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Ez 25,1-32,32

Estos capítulos constituyen la que podemos llamar segunda parte de Ezequiel. Los «Oráculos contra las naciones» forman un elemento sustancial en los libros proféticos más importantes desde Amós, que fue el primero en proclamarlos (cfr Am 1-2), pasando por Isaías (Is 13-23) y Jeremías (Jr 46-51). En estos profetas reflejan el pensamiento y la orientación doctrinal del libro entero. En Ezequiel tienen rasgos peculiares: están colocados aproximadamente en el centro del libro, después de los oráculos de condena y antes de los de renovación. Van dirigidos contra siete naciones, número significativo que indica totalidad; en Amós también son siete. Los oráculos de Ezequiel excluyen a Babilonia, condenada en Isaías y Jeremías, y, en cambio, condenan a los pueblos que se opusieron al gran coloso caldeo. Seguramente se quiere sugerir que Babilonia actúa como instrumento del Señor, prescindiendo de sus métodos crueles. En la enumeración de los pueblos se sigue un orden temático más que cronológico: se comienza con cuatro que se mofaron de Israel y celebraron su caída (Amón, Moab, Edom, y los filisteos) y se termina con los que se creyeron superiores a los demás, y se enfrentaron a Babilonia (Tiro, Sidón, y, por encima de todos, Egipto).

La intencionalidad del profeta en estos oráculos contra las naciones es clara: quiere poner de relieve que Dios es el único soberano sobre Israel y sobre los demás pueblos; Él es quien mueve los hilos de la historia. Esta soberanía divina se opone, sobre todo, al politeísmo reinante: sólo el Señor prevalece, mientras que los demás dioses (Marduc, Baal, etc.), en quienes confiaban esos pueblos, no han sido capaces de defenderlos porque no son dioses verdaderos. Probablemente, con estos oráculos Ezequiel quiere transmitir un mensaje de esperanza a los deportados: destruir a los pueblos enemigos significa afianzar a Israel, a quien el Señor nunca abandona.

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Ez 25,1-17

Los cuatro pueblos denunciados en este capítulo fueron destruidos poco después de Judá, concretamente entre los años 586 y 570 a.C.; eran vecinos de Israel y enemigos acérrimos desde sus orígenes. Los amonitas aparecen ya en el libro de los Jueces oponiéndose a los israelitas (Jc 3,13; 10,11); los moabitas aparecen unidos a los anteriores como fruto del incesto de las hijas de Lot (Gn 19,30-38), y también se opusieron al ejército israelita desde el principio (Jc 3,12-30; cfr nota a Jr 48,1-47); los edomitas, descendientes de Esaú, son descritos como vengativos y toscos (Gn 25,29ss.; cfr nota a Jr 49,7-22), estuvieron en permanente tensión con los israelitas. Los tres pueblos estaban emparentados con los israelitas. Los filisteos, en cambio, provenían de Asia Menor y se habían establecido en el litoral mediterráneo, haciendo constantes tentativas por penetrar en el interior de Israel (cfr 2 S 5,17ss.; 1 R 16,16ss.). Fueron siempre considerados como extranjeros de distinta etnia.

Los oráculos de esta sección tienen un esquema parecido: descripción del delito (vv. 3.8.12.15) y promulgación de la sentencia, introducida por la expresión típica «por eso» (vv. 4.9.13.16). Son breves, contundentes, claros. Y terminan con la fórmula de reconocimiento: «sabrán que Yo soy el Señor». Subyace, por tanto, un afán por explicar los sufrimientos y desastres de los pueblos paganos: todo esto ocurrió para manifestar el dominio supremo de Dios y conseguir que los pueblos lo reconozcan y confiesen. Es un rasgo, aunque imperfecto todavía, de la universalidad del mensaje profético, que extiende sus objetivos más allá de las fronteras de Israel.

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Ez 26,1-28,19

Tiro era una ciudad–estado al norte de Palestina, entre los montes del Líbano y el Mar Mediterráneo. Era fenicia como Sidón, Biblos, etc.; estaba situada sobre una isla rocosa, perfectamente fortificada, pero su dominio se extendía también dentro del continente. Por su situación privilegiada era centro comercial del antiguo Oriente, allí se daban cita los mercaderes de las demás ciudades de Asia Menor y de los pueblos continentales. Nabucodonosor no llegó a conquistarla, pero tras sus ataques la dejó prácticamente destruida.

Ezequiel dedica a Tiro una serie de oráculos de condena en los que se mezclan sentimientos encontrados de alegría por su destrucción, de admiración por su fortaleza y por su influencia, y de desprecio por su rey ensoberbecido. Pero en las palabras del profeta queda de manifiesto que Dios es el único soberano y que tiene especial predilección por Israel.

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Ez 26,1-21

Desde el primer oráculo contra Tiro, Ezequiel se esmera en sus palabras y cuida los detalles: comienza señalando la fecha, «año undécimo» (v. 1), es decir, a finales del año 586, uno después de la caída de Jerusalén. A continuación, denuncia la burla que los de Tiro hicieron por la destrucción de la ciudad del Señor (v. 2). Por último, proclama la sentencia solemne en un oráculo dividido en cuatro partes introducidas con la misma frase: «Esto dice el Señor» (vv. 3.7.15.19).

Las dos primeras (vv. 3-6 y 7-14) anuncian la destrucción de lo que parecía inexpugnable y subrayan con ironía que la ciudad va a quedar totalmente arrasada, «como secadero de redes» (vv. 5.14). Las dos últimas (vv. 15-18 y 19-21) tienen el estilo de lamentación fúnebre ante la pérdida de algo tan preciado como Tiro. En todo este capítulo hay una cierta añoranza de la fortaleza, la prosperidad y la influencia de aquella ciudad.

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Ez 27,1-36

El oráculo segundo es una excelente elegía por la destrucción de Tiro bajo la imagen de una nave que naufraga. Consta de tres partes: la primera (vv. 1-11) ensalza en verso las cualidades, la riqueza y la belleza de un navío mercante construido con los mejores materiales de los pueblos de alrededor: cedro del Líbano, encina de Basán, bordados de Egipto, etc. La segunda, en prosa (vv. 12-25), enumera las mercancías y las ciudades con las que comerciaba. Resulta prolija, pero ese estilo recargado confirma el prestigio de Tiro y la admiración que despertaba. La tercera parte, en verso, es la más poética (vv. 25b-36): describe con pena el hundimiento de la nave (vv. 26-27) y enumera con detalle los lamentos de los pueblos vecinos ante tanta tragedia (vv. 28-36).

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Ez 27,8-15

Arvad (vv. 8.11) es una isla fenicia próxima a Tiro; por eso, este nombre parece preferible al desconocido Arad de la versión griega y de la latina. En el v. 15 la versión de los Setenta y las versiones latinas leen «Rodas», en vez de «Dedán» (cfr Gn 10,4 donde se menciona a los «Dodanim»).

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Ez 27,17

Judá e Israel aparecen aquí como dos pueblos más que comerciaban con Tiro sin especial importancia política o religiosa. Minit es una ciudad amonita poco relevante. Quizá por eso la versión griega y latina interpretan «trigo excelente» en vez de trigo de Minit.

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Ez 28,1-10

El oráculo va dirigido contra el rey de Tiro —el «príncipe», en el lenguaje de Ezequiel—, pero dada la comprensión corporativa, según la cual el dirigente principal se identifica con su pueblo, incluye, como los anteriores, el reino entero de Tiro. Se condena el delito de soberbia, más patente en el rey, quien llegó a creerse una divinidad por su riqueza, sabiduría e influencia sobre los pueblos de alrededor (vv. 2-5). Se dicta una sentencia severa: morirá como cualquier hombre (v. 9), más aún «como un incircunciso a manos de extranjeros» (v. 10). El profeta deja traslucir que el orgullo es un pecado casi tan grave como la idolatría, puesto que la gravedad de todo pecado está en querer ser como dioses. «El pecado se levanta sobre el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse “como dioses” pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3,5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei 1.14.28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cfr Flp 2,6-9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1850).

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Ez 28,11-19

Los oráculos contra Tiro culminan con esta elegía en la que, como exige el estilo, se mezclan, y en este caso se contraponen, las cualidades más nobles con los delitos más viles. Hay en este poema alusiones claras al relato de la creación: el rey de Tiro, como el primer hombre, ha sido puesto en el Edén, colmado de riquezas y acompañado del «querubín protector» (vv. 14-16). Pero también pecó con delitos de violencia (v. 16), y fue expulsado por el mismo querubín que lo protegía. La expulsión del Edén es prototipo de todo castigo divino, como explica el Catecismo de la Iglesia Católica, puesto que allí se dio el paso del paraíso de la libertad a la servidumbre de este mundo (cfr n. 2061). En cambio, vivir los mandatos de Dios es hacer de uno mismo un jardín de delicias (cfr v. 13). Así lo apuntaba un antiguo escritor cristiano: «Si os encontráis con estas enseñanzas [las del Verbo] y las escucháis con atención, conoceréis lo que Dios procura a quienes lo aman con rectitud, pues os habréis convertido en un jardín de delicias, habréis hecho brotar en vosotros mismos un árbol floreciente que ofrece todo tipo de frutos y estaréis adornados con frutos variados» (Epistula ad Diognetum 12,1).

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Ez 28,20-23

Sidón era la otra ciudad fenicia que pretendió levantarse contra Babilonia arrastrando consigo a Judá (cfr Jr 27,3). Con este oráculo termina el juicio divino sobre los pueblos vecinos de Israel. No se menciona el delito, y la condena es genérica: peste y guerra. Sin embargo, habla expresamente del reconocimiento del Señor y de la manifestación de su santidad, que es la finalidad de los oráculos contra las naciones.

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Ez 28,24-26

Como colofón de estos oráculos de condena, Ezequiel piensa en Israel y señala el castigo de las naciones como el inicio de la restauración. La ruina de los pueblos, la desgracia de los deportados y la restauración definitiva tienen como autor al mismo Dios y como objetivo la manifestación de su santidad y el reconocimiento universal de su soberanía.

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Ez 29,1-32,32

Egipto fue el gran imperio que había acogido a las tribus descendientes de Jacob, luego las maltrató y finalmente vio cómo salían liberadas por el poder de Dios. Estas tradiciones del Éxodo son el paradigma de los altibajos que tuvieron los dos pueblos, Israel y Egipto, en sus relaciones. Nunca fueron neutrales entre sí. Israel siempre salía perdiendo cuando pactaban, pero nunca pudo prescindir de entablar algún tipo de alianza. En los años inmediatos a la invasión babilónica, los reyes Joacaz (2 R 23,31-35), Yoyaquim (2 R 23,36-24,7), Yoyaquín (2 R 24,8-17) y Sedecías (2 R 24,18-20) pagaron muy caras sus aproximaciones a Egipto. Tanto Jeremías como Ezequiel desaconsejaron estos tratos de amistad y los interpretaron como traiciones al Señor.

En esta sección Ezequiel recopila siete oráculos contra Egipto, indicando al comienzo de cada uno la fecha de su proclamación: el primero (29,1-16), el año décimo del reinado de Yoyaquín (588); el segundo (29,17-21), el año vigésimo séptimo (571), es decir, es el más tardío de todos; el tercero (30,1-19), el único no fechado, puede datarse con cierta probabilidad a finales del 587 o principios del 586; el cuarto (30,20-26), el año undécimo (587); el quinto (31,1-18), dos meses más tarde; el sexto (32,1-16), el año duodécimo (586) y, por último, el séptimo (32,17-32), quince días después del anterior. El número siete indica totalidad y da a entender que la sentencia del Señor es definitiva. Todos los oráculos son de los primeros años del destierro, excepto el segundo (29,17-21), que hay que datar dieciséis años más tarde y que merece especial atención por explicar la caída de Egipto.

En el estilo recargado y barroco de todo el libro, el profeta enfatiza que, en la caída del coloso Egipto, Babilonia y su rey Nabucodonosor son instrumentos dóciles en manos del Señor, que es quien maneja los hilos de la historia y fija el día exacto de esplendor o de ruina. Especialmente en el oráculo más tardío (29,17-21), el profeta sale al paso de una acusación grave: había anunciado la caída de Tiro (26,3-14) y, en realidad, sólo se ha conseguido su sumisión a Babilonia. ¿Se ha equivocado el profeta, o ha fracasado el Señor que no ha conseguido su propósito? La respuesta supera la objeción: Tiro sufrió una severa sanción y perdió su grandeza y su identidad; y Egipto fue absorbido por Babilonia. En la explicación de estos hechos el profeta señala que el Señor ha premiado a Nabucodonosor con el país de Egipto por los riesgos que ha corrido en las batallas contra Tiro. Por tanto, lejos de fracasar en el castigo a cada pueblo, queda claro que el Señor dirige de tal manera la historia que su poder y su benevolencia resplandecen siempre.

Por último, y quizá es la enseñanza más relevante, Ezequiel fomenta entre los deportados la confianza exclusiva en el Señor, que terminará restableciendo a Israel y también a Egipto, el enemigo ancestral (29,13-16).

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Ez 29,1-16

La altivez del faraón y del país de Egipto será completamente humillada, como un cocodrilo sacado del Nilo y abandonado en la estepa para pasto de aves rapaces. Probablemente Ezequiel se refiere al faraón Jofrá que murió el año 569, poco antes de que Nabucodonosor invadiera Egipto el 568-567 (cfr Jr 44,30). La imagen del cocodrilo aplicada al faraón y tan desarrollada en este oráculo, está atestiguada en textos antiguos extrabíblicos. La restauración de Egipto (vv. 13-16) tendrá lugar después de cuarenta años, es decir, después de una generación. No será tan completa como la de Israel, puesto que no volverá a ser un gran imperio, pero de todos modos, este oráculo le abre un horizonte de esperanza y de sosiego (cfr Is 19,16-25).

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Ez 29,17-21

Este breve oráculo, el último que pronunció Ezequiel el año 571 a.C., es una explicación teológica de la caída de Egipto: Nabucodonosor, que como instrumento dócil del Señor expuso su ejército en el ataque de la inexpugnable Tiro (cfr 28,1-10), recibe en compensación el país de Egipto. Con esta operación el orgulloso país del Nilo queda humillado puesto que se le considera inferior a la inexpugnable Tiro que ha conservado su independencia, aunque haya quedado maltrecha.

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Ez 30,1-19

El día del Señor es día de juicio y de condena para los impíos (cfr Am 5,18-20; So 1,14-18). Ezequiel repite las catástrofes escatológicas conocidas de los profetas anteriores, las aplica a Egipto, y añade su repercusión en los países del entorno. En este oráculo hay un interesante reflejo de la geografía política de aquel tiempo, aunque algunas de las ciudades resulten difíciles de identificar hoy. La enumeración de tantas ciudades paganas refuerza la soberanía del Señor, que domina sobre todas las naciones entonces conocidas. Y si el castigo es general, como prueba de la justicia divina, con mayor razón será general la salvación cuando todos reconozcan al Señor (v. 19).

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Ez 30,20-26

Con estilo reiterativo Ezequiel contrapone el hundimiento progresivo del ejército del faraón y el creciente fortalecimiento del babilónico.

«Dispersaré a Egipto entre las naciones» (v. 23). Sólo Egipto habrá de soportar el mismo castigo que Israel, el destierro. Aunque los profetas, en especial Jeremías y Ezequiel, tratan con dureza a Egipto, manifiestan que existe cierta solidaridad entre Israel y el país del Nilo no sólo en la desgracia, sino también en la restauración tras su destierro (cfr 29,13-16).

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Ez 31,1-18

El cedro, de gran altura, con ramas extendidas que dan densa sombra, de madera muy apreciada en la construcción de edificios, mástiles, cofres e instrumentos musicales, era muy abundante en el Líbano. El cedro con el que se compara al faraón es extraordinario, y supera a los conocidos en el mundo natural. Si se enfatizan sus cualidades es para subrayar el estrepitoso fracaso de la caída: la soberbia del faraón y su humillación fueron paradigma de su exaltación y castigo merecido. La descripción poética del cedro (vv. 3-9) introduce el juicio divino de Egipto y de su faraón (vv. 10-14), y la repercusión que su destrucción tuvo en las naciones de alrededor (vv. 15-18). La soberbia y el orgullo son denunciados, una vez más, como los pecados más graves que Dios siempre castiga, como recordará en el Nuevo Testamento el canto del Magnificat: «Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,51-52).

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Ez 32,1-16

La elegía o canto fúnebre contiene, de ordinario, una alabanza de las cualidades de la persona, ciudad o nación desaparecida. En ésta, sin embargo, la alabanza se limita a comparar al faraón y a Egipto con un león (v. 2), o con el cocodrilo mitologizado (cfr 29,3-5), mientras que la descripción de la devastación y exterminio ocupa el resto. Puede dividirse la elegía en una primera parte, que describe la desaparición del dragón del Nilo (vv. 3-10), y una segunda, que desarrolla la aplicación de la metáfora a la caída de Egipto a manos de los babilonios (vv. 11-16). Como los oráculos anteriores, este canto está impregnado de gozo por el triunfo del Señor sobre los enemigos, aunque, al tratarse de una elegía, no se recrea en la humillación que supone la catástrofe de Egipto.

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Ez 32,17-32

Este canto fúnebre está fechado el año duodécimo, es decir, el 586 a.C., como el anterior (32,1). Está construido literariamente sobre un esquema repetido, casi con las mismas palabras, para describir la suerte de pueblos famosos en tiempos pasados y desaparecidos por completo: Asiria y su capital Nínive, Elam como representante de los pueblos mesopotámicos, Mésec y Tubal, pioneros de Asia Menor, y finalmente fenicios y edomitas. La cadencia de las mismas expresiones refuerza la sensación de que el desenlace final es inevitable. Si aquellos pueblos terminaron en el seol (v. 21), en las profundidades de la tierra (vv. 23.24), Egipto, su faraón y sus huestes seguirán la misma suerte.

La fuerza doctrinal y hasta poética del oráculo parte de la pregunta retórica: «¿A quién superas en belleza?», es decir, en nobleza (v. 19). Y la respuesta irreversible: «Desciende y yace con los incircuncisos» (v. 19). El castigo mayor de Egipto consiste en equipararlo con los pueblos más crueles y más infieles.

A la vista de las desgracias anunciadas en los oráculos contra las naciones, los deportados se sentirían aliviados y reconocerían al Señor que les mantuvo vivos con la esperanza del regreso a la tierra y la renovación del pueblo entero.

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