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Jr 46,1-51,64

Esta colección de oráculos contra nueve naciones extranjeras ha sido colocada en el texto hebreo, al que sigue la Neovulgata, cerrando el libro de Jeremías, justo antes del epílogo. Sin embargo, parece que en su origen estaban situados al final de la primera parte, inmediatamente después de 25,13 (cfr nota a 25,15-38). Así se encuentran en el texto griego de los Setenta, que a su vez los presenta en un orden diverso del transmitido por el texto hebreo. La mayor parte de estos oráculos fueron compuestos probablemente entre el año 605 a.C. (el primer oráculo contra Egipto) y el 590 a.C. (los oráculos contra Edom, Amón y Moab), antes, por tanto, de los acontecimientos narrados en 39,1-44,30.

En otros libros proféticos hay colecciones análogas de oráculos contra las naciones vecinas. Más concretamente en Amós (1,3-2,3), Isaías (13,1-23,18) y Ezequiel (25,1-32,32). Desde el punto de vista teológico, el que los profetas de Israel se dirijan y condenen a las naciones manifiesta la fe de Israel en que el Señor es el único Dios, el Dios de todos los pueblos, el que tiene poder para juzgarlos y frecuentemente condenarlos con severidad. Por otra parte, el trato despiadado a las naciones contrasta con la predilección a Israel, a pesar de que también sea castigada.

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Jr 46,2-28

Durante los últimos años de Judá muchos eran partidarios de una alianza con Egipto para, con su ayuda, poder hacer frente al poder babilónico. Sin embargo, Jeremías siempre fue contrario a una alianza de este tipo, ya que era un modo de eludir la solución verdadera que consistía en convertirse al Señor y ser fieles a la Alianza. Además existía el peligro de idolatría en la que se podía caer como consecuencia de relaciones amistosas con otros pueblos vecinos. También Isaías (Is 19,1-15) y Ezequiel (Ez 29,1-32,32) tienen oráculos dirigidos a Egipto, aunque en el caso de Isaías se concluyen con una esperanza de conversión.

Contra Egipto se recogen aquí dos oráculos. El primero (vv. 3-12) se centra en la expedición del faraón Necó contra Babilonia el año 605 a.C. Su ejército dio muerte al rey Josías de Judá cuando salió a su encuentro para detener su campaña (2 R 23,29-30; 2 Cro 35,20-24). Sin embargo, ese mismo año fue derrotado en Carquemís por los babilonios. Presenta por duplicado la exhortación de los jefes al combate (vv. 3-4; 9) y la derrota humillante de los egipcios a orillas del Éufrates (vv. 5-6; 10-12). El poder de Egipto (vv. 7-8) es vencido por no contar con el Señor, y su derrota se contempla como un sacrificio de alabanza al Señor (v. 10).

El segundo (vv. 13-24) gira en torno a la campaña de Nabucodonosor contra Egipto. De ella no se tienen otras referencias históricas. En el oráculo se narra la invasión del rey babilonio, como instrumento en las manos de Dios (vv. 15-16), avanzando con majestuosidad (v. 18) contra un faraón que ha sido un falso apoyo (v. 17), refiriéndose quizá a Jofrá, que no fue de ayuda real para los judíos durante el asedio babilonio. El poderío del ejército invasor humillará a Egipto (vv. 20-24).

En los dos oráculos se presenta a Egipto derrotado y retrocediendo ante el furor de sus adversarios. No es, pues, un aliado adecuado en el que buscar ayuda. La sección termina con esperanza: después de una promesa de restauración a Egipto (vv. 25-26), se añade una llamada a la casa de Israel para que confíe en el Señor (vv. 27-28; cfr 30,10-11), a pesar de los castigos que de Él recibe. Con ello el profeta vuelve a proclamar que el Dios de Israel es justo y Señor de todos los pueblos. Corrige por los pecados, para llamar a la conversión. «La pena tiene sentido no sólo porque sirve para pagar el mismo mal objetivo de la transgresión con otro mal, sino ante todo porque crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que sufre. Éste es un aspecto importantísimo del sufrimiento. Está arraigado profundamente en toda la Revelación de la Antigua y, sobre todo, de la Nueva Alianza. El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios» (Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 12).

«Tu toro» (v. 15). Parece que tiene dos sentidos: puede referirse tanto al toro Apis, representación del dios Ptah, protector de Menfis, como al bien armado ejército egipcio. La palabra hebrea que designa a «toro», significa también «fuerte». El empleo aquí de este vocablo querría indicar el contraste entre «el fuerte de Egipto», el dios Apis, y «el fuerte de Jacob», el Señor, Dios de Israel (cfr Is 1,24; 49,26; 60,16; Sal 132,2.5; Gn 49,24).

«Amón de No» (v. 25). Amón es la principal divinidad egipcia, que se veneraba especialmente en Tebas, capital del Alto Egipto, que en hebreo se llama No.

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Jr 47,1-7

Los filisteos eran un pueblo que llegó por mar a la tierra de Canaán a finales del segundo milenio a.C., y se estableció en la costa. Ascalón y Gaza se contaban entre sus ciudades más importantes. Parece que provenían de Creta (Kaftor en hebreo) y conocían la fundición de hierro. En muchos pasajes de la Biblia aparecen oponiéndose a los israelitas ya desde la época de los Jueces, y continuaron haciéndolo en tiempos de David y también durante la monarquía. El oráculo puede hacer alusión al momento en que Necó II se retira de su campaña de ayuda a los asirios el 609 a.C. (cfr 2 R 23,33), o a la campaña de Jofrá contra los sirios el 570. En cualquier caso el enemigo, bajando desde el norte, derrota a los filisteos, aliados de los fenicios (v. 4). Sus señales de duelo continuarán (v. 5). Se les llama «resto de los anaquitas», porque ocupaban el territorio habitado por los antiguos descendientes del gigante Anac (cfr Jos 11,22), haciendo alusión también con ello al filisteo Goliat. El oráculo es breve, pero contundente, y no termina con promesas de esperanza como en el caso de Egipto.

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Jr 48,1-47

Los oráculos que siguen a continuación se dirigen a Moab (vv. 1-47), Amón (49,1-6) y Edom (49,7-22), que eran las tres naciones situadas al oriente del Jordán y del Mar Muerto en las que se habían refugiado muchos judíos durante los años de violencia que precedieron a la caída de Jerusalén, y desde donde comenzaron a regresar cuando Godolías fue nombrado gobernador de Judá (cfr 40,11-12). Son regiones vecinas con las que los israelitas tuvieron conflictos desde los comienzos de su establecimiento en Canaán.

Resulta sorprendente la extensión del oráculo contra Moab, el más largo de todos. Los datos bíblicos y extrabíblicos de ese pequeño país, vecino de Judá por el este, no nos proporcionan una explicación adecuada. En el libro de los Jueces se habla de la opresión de Eglón, rey de Moab, sobre los israelitas (Jc 3,12-14). También lucharon contra ellos Saúl (1 S 14,47) y David (2 S 8,2). Durante un tiempo estuvieron sometidos a la servidumbre de Israel, pero Mesá, rey de Moab, se rebeló y fue combatido por Joram de Israel ayudado por Josafat de Judá (2 R 3,4-27). En tiempos de Jeremías algunas bandas armadas de Moab, favorables a Nabucodonosor, atacaron Judá (2 R 24,2).

El dios nacional de Moab era Camós, a quien Salomón llegó a edificar un lugar de culto cercano a Jerusalén (1 R 11,7.33; 2 R 23,13).

También Amós (Am 2,1-3), Ezequiel (Ez 25,8-11) y sobre todo Isaías (Is 15,1-16,14) tienen oráculos sobre Moab. Incluso algunas expresiones contenidas en Jeremías se encuentran formuladas con términos parecidos en Isaías (vv. 32-33 e Is 16,6-10; vv. 37-38 e Is 15,2b-3). Los oráculos presentan una región totalmente devastada, que sólo es capaz de lamentarse. Se anuncia su destrucción, ciudad por ciudad, desde el norte hasta el sur (vv. 1-12). Por su orgullo y presunción los moabitas serán castigados (vv. 13-30), de modo que en Moab habrá un lamento y duelo tal, que será digno de compasión (vv. 31-39). El castigo es inevitable: la capital Jesbón, con el palacio en el que habitó su antiguo rey Sijón (cfr Nm 21,28), será destruida y sus habitantes llevados en cautividad (vv. 40-46). Así lo ha decidido el Señor por levantarse contra Él (v. 42) confiando en su dios Camós (vv. 7.13.46). Sin embargo, al final también se le transmite a Moab la esperanza de restauración (v. 47). De este modo, se deja entrever de nuevo que el Dios de Israel es también Señor de los pueblos.

El v. 10 (cfr Jc 5,23), que condena a aquel que no se muestra celoso en llevar a cabo un mandato divino, en este caso la destrucción de los moabitas, ha sido con frecuencia utilizado en la tradición ascética en sentido espiritual. Especialmente el Papa San Gregorio Magno lo empleaba para subrayar con fuerza la responsabilidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal o como exhortación para no descuidar la lucha por la perfección (cfr Regula Pastoralis 3,25). Así, por ejemplo, comentando la primera parte del versículo, decía: «Dos son las cosas que hay que evitar cuidadosamente: la desidia y el fraude, según lo que es dicho por el profeta en una antigua traducción: Maldito el que hace la obra de Dios fraudulentamente. Pero hay que tener en cuenta sobre todo que la desidia surge por el sopor, y el fraude por el amor propio, pues un amor de Dios pequeño provoca lo primero y el amor propio que se apodera de la mente crea lo segundo. Hace un fraude en la obra de Dios quien amándose desordenadamente a sí mismo por lo que ha hecho bien, se apresura a buscar la recompensa en los bienes transitorios» (Moralia in Iob 9,34,53).

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Jr 49,1-6

La segunda nación del oriente a la que se dirigen los oráculos de Jeremías es Amón, territorio situado al norte de Moab y de Judá. También los amonitas habían planteado enfrentamientos a los israelitas. Se aliaron con Eglón de Moab contra los israelitas (Jc 3,13) y los oprimieron junto con los filisteos (Jc 10,6-11,28). Atacaron de nuevo en tiempos de Saúl (1 S 14,47) y de David (2 S 10,1-14). En tiempos de Jeremías, algunos amonitas se aliaron con los babilonios, sirios y moabitas contra Judá (cfr 2 R 24,2), y amonita era el rey Baalís, que promovió la muerte de Godolías (cfr 40,14). Dioses de Amón eran Moloc y Milcom, a los que Salomón construyó un lugar de culto cerca de Jerusalén, como a Camós de Moab (1 R 11,7.33; 2 R 23,13). Rabá (la actual Amán, en Jordania) era la capital.

Jeremías anuncia el castigo porque este pueblo pagano, representado por su dios Milcom, se ha apoderado de un territorio que el Señor había dado a la tribu de Gad (v. 1; cfr Nm 32,34-37; Jos 13,24-28). A pesar de tener abundante agua y ser por eso difícil de conquistar (v. 4), caerá bajo el poder enemigo (v. 5). La ciudad de Ay (v. 3) no debe identificarse con la conquistada por Josué (cfr Jos 7,2-8,29). Jesbón es una ciudad que unas veces se considera amonita y otras moabita (cfr 48,2). Los profetas Amós (Am 1,13-15) y Ezequiel (Ez 25,1-7) dirigieron oráculos de condenación sobre los amonitas. Sólo en el caso de Jeremías se les abre una esperanza de restauración (v. 6), pero falta en la versión griega, por lo que podría ser adición tardía.

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Jr 49,7-22

El tercero de los pueblos situados al oriente de la tierra de Israel y Judá al que Jeremías dirige sus oráculos es Edom, al sur de Moab. Los idumeos eran descendiente de Esaú, hermano de Jacob (cfr Gn 25,19-28,9; 32,4-33,17; Dt 23,8) y, por tanto, de la misma familia que los israelitas. No obstante, estuvieron siempre enfrentados: en el libro del Génesis, Esaú (Gn 25,30; cfr Jr 49,10) es el hermano gemelo que desde el seno materno está en constante lucha con Jacob (Israel) (Gn 25,23-26). Pero como vendió su primogenitura a Jacob, los israelitas reclamaban su superioridad sobre los idumeos. Según Ab 12, Edom se regocijó con la destrucción de Jerusalén. Tanto Isaías (Is 34,1-17) como Ezequiel (Ez 25,12-14; 35,1-15) tienen también oráculos contra los edomitas. Sin embargo, los que guardan un mayor parecido con los de Jeremías son los que figuran en el libro de Abdías (cfr notas a Ab 1-14).

Los oráculos anuncian la destrucción de Edom. De nada les servirá su reconocida sabiduría, que era célebre en la región de Temán al sur del país (cfr Jb 2,11; 15,18; Ab 8; Ba 3,22). Los dedanitas, un pueblo al sudeste de Edom, tendrán que huir por la destrucción que se cierne sobre sus vecinos (v. 8). El Señor castigará a los idumeos con Bosrá, su capital, a la cabeza, porque se han dejado llevar por el orgullo (v. 16). Edom será destruido, con una aniquilación total, como la de Sodoma y Gomorra (v. 18; cfr Gn 19,1-28). El águila (v. 22) representa a Nabucodonosor, como se deduce de la magnífica alegoría conservada en Ezequiel (cfr Ez 17,3-6).

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Jr 49,23-27

Después de vaticinar desgracias contra los pueblos que se encuentran en la Transjordania, Jeremías mira al confín norte. Damasco era la capital de Siria y cabeza de uno de los grandes imperios de la antigüedad, que contaba entre sus ciudades importantes con Jamat, situada a unos 200 km. al norte de Damasco, y Arpad, más al norte, no lejos de la actual Alepo. Era célebre por su esplendor. Pero aquí se anuncia que de nada le valdrá, pues también a ella le llegará el dolor y la aniquilación. Varios de sus reyes llevaron el nombre de Ben-Hadad (v. 27), por lo que aquí es sinónimo de «real». Amós (Am 1,3-5) e Isaías (Is 17,1-3) también habían pronunciado oráculos contra ella.

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Jr 49,28-33

Más allá de las fronteras de la tierra de Israel, el poder y la justicia del Señor alcanza a las tribus árabes nómadas del desierto, Quedar (cfr 2,10) y Jasor, quizá al sudeste y al este de la tierra de Canaán. La destrucción también llegará adonde no hay ciudades y la gente habita en tiendas. El poder de Dios no queda circunscrito a los límites de los asentamientos urbanos conocidos, sino que llega a lo más remoto del desierto. La campaña de Nabucodonosor contra los árabes pudo ocurrir el 605 a.C., pero no hay datos ciertos de ella.

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Jr 49,34-39

Elam se encuentra más allá de Babilonia, en el límite del mundo conocido en tiempos de Jeremías. Su capital era Susa. De nada servirá a los elamitas su habilidad con el arco por la que eran famosos (v. 35). Serán destruidos, aunque también para ellos habrá esperanza de restauración (v. 39). El oráculo, pronunciado hacia el 597 a.C. (v. 34), se dirige a este pueblo para enseñar que el juicio de Dios llega hasta los mismos confines de la tierra. Jeremías anuncia que el Señor pondrá allí su trono (v. 38), es decir, que no habrá rincón de la tierra que escape al dominio del Señor.

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Jr 50,1-51,19

La serie de oráculos contra las naciones (46,1-51,64) se abría con los dirigidos contra uno de los grandes imperios del momento, Egipto. Ahora se cierra mirando a la otra gran potencia, Babilonia. De ella vinieron las continuas amenazas de invasión en vida de Jeremías, hasta que impuso su yugo sobre Judá y Jerusalén.

A lo largo del libro, Babilonia se veía con simpatía: era el instrumento en manos de Dios para castigar al pueblo elegido por los pecados que habían cometido y para conseguir su conversión. Ahora todo ha cambiado porque Babilonia se ha excedido en sus funciones, ha destruido el Templo y no ha reconocido el dominio del Señor. Por eso, en este largo oráculo las amenazas de destrucción son contundentes y se entremezclan con cantos de esperanza para los desterrados. Se inicia (50,2-20) indicando que Babilonia y sus dioses, Bel y Merodac, serán castigados y que su destrucción dará pie a la restauración de Israel (50,2-7). Dios tendrá misericordia de los extranjeros deportados en Babilonia y aplastará, en cambio, la arrogancia de los nativos, mediante los ejércitos enemigos a los que Él convoca para devastar la ciudad (50,8-16). El texto muestra los cuidados del Gran Pastor por su rebaño, Israel (50,6.17), al que hace regresar a casa una vez purificado, tras castigar a quienes lo han oprimido (50,18-20). Aunque podría pensarse en los medos como el enemigo invasor, no parece que el texto esté pensando en ningún pueblo en concreto, sino que más bien se esté refiriendo genéricamente a una potencia que, como ocurría en los otros casos, viene del norte a ejecutar el escarmiento del Señor (50,3).

Seguidamente (50,21-46) el oráculo vuelve a los anuncios de destrucción. Ésta vendrá desde el norte y llegará hasta los confines del imperio babilónico, es decir, hasta la desembocadura del Tigris y Éufrates («Merataim») por el sur, y hasta la zona fronteriza con Elam («Pecod»), por el este. Los que sembraron la devastación por doquier —eran «martillo»—, serán devastados y quedarán atrapados como una bestia salvaje (50,23-24); sus hombres poderosos —«novillos»— morirán (50,27). La arrogancia y la idolatría de Babilonia serán la causa de que la desolación sea total (50,29-40). La severidad y la inexorabilidad del castigo queda reafirmada por la insistencia en las ideas e imágenes ya aparecidas y por la repetición de las palabras (se menciona la «espada» cinco veces). Y como resumen de lo hasta ahora dicho, el oráculo reafirma que Dios no sólo profiere amenazas, sino que tiene poder para ejecutarlas (50,41-46).

En tercer lugar (51,1-19), abundando en lo anterior, el oráculo enseña que el que combate contra Babilonia es suscitado por Dios, para vengar a su esposa, Israel (51,5). La ciudad que seducía al resto de las naciones no tiene posibilidades de curación a pesar de los remedios que se le han aplicado (51,7-9). Su riqueza y su poder no le servirán para nada frente al poder del Señor (51,10-19). Probablemente el nombre de Leb-Camay (51,1) sustituye al de Caldea, según el mismo procedimiento empleado en 51,41 y 25,26 para designar a Babilonia como Sesac (ver nota a 25,15-38). El Papa San Gregorio aplicará en sentido espiritual las palabras de 51,9 al alma del cristiano que se encuentra en situación de pecado: «A Babilonia se le dan medicinas y, sin embargo, no llega a estar sana, pues el alma, confundida por el mal obrar, oye las palabras y recibe los castigos de la corrección y, no obstante, desprecia volver a los rectos caminos de la salvación» (Regula pastoralis 3,13).

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Jr 51,20-58

El oráculo desarrolla en primer lugar (51,20-26) la imagen ya utilizada del martillo (50,23). Babilonia, que había sido instrumento de Dios para castigar a otras naciones, es ahora triturada por haber hecho pedazos el Templo de Jerusalén (cfr 50,28).

Pero las amenazas no cesan (51,27-44). Se invita a la destrucción del imperio babilónico no sólo a los reyes de Media (51,11.28), sino a los pueblos que fueron conquistados por aquél y que estaban más al norte, en la zona de Armenia («Ararat») y alrededor del lago Urmia («Miní y Ascanaz») (51,27). Babilonia quedará desolada (51,29-33), porque Dios acudirá a hacer justicia a la ciudad santa y a sus habitantes (51,36-40), que como el profeta Jonás han sido devorados por un monstruo y vomitados en el exilio (51,34-35.44). No quedará más que lamentarse por la célebre ciudad (51,41-43), pues incluso sus murallas, famosas en el mundo entero, se derrumbarán.

El oráculo finalmente se dirige a los que están en el exilio (51,45-58). El profeta les exhorta a tener confianza, pues el Señor cumplirá su palabra. El Señor hará venganza de lo que hicieron contra el Templo de Jerusalén, porque Él es justo remunerador.

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Jr 51,56

«El Señor es un Dios remunerador». Se trata de una de las verdades acerca de Dios que se va manifestando de distintos modos y cada vez con mayor claridad a lo largo de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Forma parte de los contenidos fundamentales de la fe cristiana. «Siguiendo a los profetas (cfr Dn 7,10; Jl 3,4; Ml 3,19) y a Juan Bautista (cfr Mt 3,7-12), Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno (cfr Mc 12,38-40) y el secreto de los corazones (cfr Lc 12,1-3; Jn 3,20-21; Rm 2,16; 1 Co 4,5). Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios (cfr Mt 11,20-24; 12,41-42). La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino (cfr Mt 5,22; 7,1-5). Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 678).

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Jr 51,59-64

A modo de apéndice se narra otra acción simbólica. Aunque no tenemos noticias de diversa fuente acerca de este viaje de Sedecías del año 593 a.C. a Babilonia, es muy probable que el rey de Judá tuviera que presentarse en la capital del imperio a rendir vasallaje a Nabucodonosor. Además, el carácter histórico del episodio vendría reafirmado por el hecho de que Seraías era hermano de Baruc, redactor del libro.

Al leer estas palabras, y especialmente los vv. 60-64 con 51,1-19, el lector cristiano no puede menos que pensar en el anuncio de la destrucción de Babilonia que se encuentra en el Apocalipsis de San Juan (cfr Ap 16,19; 17,5; 18,20-24; etc.). Allí Babilonia no sólo se refiere a Roma (cfr 1 P 5,13), sino a cualquier poder que quiere construir una civilización al margen de Dios. Si por un tiempo persigue a los justos, al final será castigado.

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Jr 52,1-34

El libro de Jeremías tiene como colofón el relato de la caída de Jerusalén. Muestra así que las profecías contenidas en él se cumplieron. La narración está compuesta con textos procedentes del libro segundo de los Reyes (2 R 24,18-25,30) y es reproducida sin apenas variaciones. Tan sólo omite el informe sobre el gobierno de Godolías (2 R 25,22-26).

El texto hebreo de Jeremías (no sucede así en el griego) añade al relato de 2 Reyes procedente de la «historia deuteronomista» un resumen de las cifras de los llevados a Babilonia en las sucesivas deportaciones (52,28-30). Éstas tuvieron lugar los años 597,587 y 582-581. De esta última no tenemos más noticias.

Con la ascensión al trono de Evil-Merodac el año 561 el rey Yoyaquín es indultado. De este modo el libro de Jeremías termina con un rayo de esperanza, mostrando que, a pesar de tanta desgracia, Dios no abandona a su pueblo.

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