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Jr 34,1-36,32

Después del inciso que suponen los oráculos del «Libro de la Consolación» (30,1-33,26), se reanuda la narración de las dificultades que encontró Jeremías en su ministerio profético. A partir de ahora, el relato se centra más en sus relaciones y conflictos con los reyes.

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Jr 34,1-7

El momento en el que ocurre este anuncio podría situarse cuando el ambicioso faraón Jofrá envió auxilios a Judá, sitiada probablemente desde comienzos del 588 a.C. (cfr Ez 17,15-18; Lm 4,17). Laquís, a unos 38 km. al sudoeste de Jerusalén, y Azecá, a unos 30 km. al oeste de la capital, todavía resistían. Como consecuencia, el ejército de Babilonia en algún momento debió de levantar el cerco para combatir a los egipcios (cfr 37,5-11). En esas circunstancias, Jeremías hace llegar a Sedecías el mismo mensaje que había escrito en la carta a los deportados (cfr 29,1-20), y que había originado la oposición de los falsos profetas. El camino a seguir ante el poder babilonio no era el del enfrentamiento sino el de la sumisión. Sólo por esa vía pacífica se podría salvar él (vv. 1-7). Sin embargo, el rey no escuchó las palabras del profeta.

A tenor de los términos de la promesa (vv. 4-5) se podría deducir que el rey moriría en paz, en contra de lo que otros textos informan que sucedió (cfr 39,7; 52,11; 2 R 25,7; Ez 12,13; 17,20). Por eso, estas palabras deben ser interpretadas como una promesa condicionada: «Si escuchas…».

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Jr 34,8-22

No se conocen con detalle las circunstancias históricas de este suceso, y si responde al cumplimento de lo establecido en la Ley. De acuerdo con Ex 21,2; Dt 15,12-18, si alguien no podía pagar una deuda, podía cancelarla poniéndose al servicio de su acreedor durante seis años. Al séptimo debía quedar libre. Es posible que en este caso la decisión de dejar en libertad a los esclavos estuviera causada por la situación de asedio en que se encontraban, bien porque no podían mantenerlos, bien porque eran necesarios para el ejército. El caso es que, más tarde, durante la tregua a que dio lugar la momentánea retirada de las tropas babilonias (cfr 37,5), los que habían tenido esclavos se arrepintieron de ello y éstos tuvieron que volver a la esclavitud. Pero con esta acción (vv. 11.16) los antiguos dueños rompieron el solemne pacto que habían realizado ante Dios (vv. 15.18). No cumplieron el compromiso sellado con el paso entre la víctima partida en dos (v. 18), profanando el Nombre de Dios (vv. 15-16). Y así como esta acción significaba que también sería descuartizado quien lo incumpliera (cfr Gn 15,10; 1 S 11,7), así, por su infidelidad al compromiso, iba Dios a destruirles (vv. 19-22). Detrás de la importancia que se otorga aquí a ser fieles a los pactos subyace la necesidad vital de ser fieles a la Alianza. Supone al mismo tiempo una llamada a ser fiel a los compromisos adquiridos: «Corresponde a la fidelidad del hombre cumplir aquello que prometió» (Sto. Tomás de Aquino, Summa theologiae 2-2,101,a.3). Y San Agustín alabando esta virtud comenta: «¡Qué hermosa es la fidelidad! (…) Como brilla el oro ante los ojos del cuerpo, así brilla la fidelidad ante los ojos del corazón» (Sermones 9,16).

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Jr 35,1-19

Aunque el suceso que aquí se narra tuvo lugar en tiempos de Yoyaquim (v. 1) —es decir, varios años antes de lo narrado en el capítulo anterior y no más tarde del 598 a.C.—, cuando se recopiló el libro de Jeremías se incluyó en este lugar por lo que tiene de ejemplar en relación con el episodio anterior. Si antes se había hablado de la falta de fidelidad al compromiso por parte de los habitantes de Judá (34,8-22), ahora, por contraste, se presenta el ejemplo de fidelidad y obediencia de los recabitas. Sobre este grupo no tenemos más información de la que aquí nos dice Jeremías y que dio lugar a varias leyendas, recogidas en un libro apócrifo cristiano llamado Historia de los recabitas. Se sabe que eran quenitas (cfr 1 Cro 2,55) y descendientes de Yonadab (también llamado Yehonadab). Éste aparece en 2 R 10,15.17 asociado al rey Jehú de Israel en su lucha contra el culto a Baal. Eran muy celosos del Señor, con costumbres austeras propias de la vida seminómada, entre las que estaban la de habitar en tiendas y no sembrar ni cultivar. Mostraban así su resistencia a un estilo de vida agrícola sedentario y a las comodidades de la vida urbana. De ahí su rechazo a beber vino (v. 6).

En esos años las tropas de Nabucodonosor sembraban el terror en los campos de Judá, lo que hacía que muchos buscaran refugio en las murallas de Jerusalén. Los recabitas también lo hicieron (v. 11), pero no deseaban perder sus costumbres. Jeremías los lleva al Templo y les ofrece vino (vv. 3-5). Ellos, sin embargo, lo rechazan por lealtad a las costumbres de sus antepasados (vv. 6-11). Ésta es la actitud que el profeta alaba. De este modo, el ejemplo de la obediencia de los recabitas a la palabra de su antepasado Yonadab hace más patente la actitud desobediente de Judá. No se trata sólo de un detalle anecdótico y edificante de sobriedad, sino del ejemplo de fidelidad y obediencia que dan con su comportamiento. Por eso, gozarán de las bendiciones del Señor (vv. 12-19). En cambio, los habitantes de Judá serán castigados por haber desobedecido a la palabra de Dios.

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Jr 36,1-32

El recuerdo del encuentro con los recabitas que se acaba de evocar (35,1-19) dirige la atención hacia la época del reinado de Yoyaquim en que sucedió este otro episodio. Anteriormente se habían señalado las dificultades que le habían sobrevenido a Jeremías cuando predicó en el Templo al poco de subir este rey al trono (cfr 7,1-8,3; 26,1-24). Ahora se muestra que los problemas continuaron. El incidente que aquí se narra ocurrió en el 605 y 604 a.C. (v. 1). La referencia a su «estar preso» (v. 5) hay que entenderla como una prohibición de entrar en el Templo, quizá como consecuencia de las dificultades antes referidas. El Señor pide a Jeremías que ponga por escrito todas las profecías desde que comenzó su predicación el año 627 y las lea en público. La impresión que causó la lectura de los oráculos en el pueblo y en los nobles fue muy positiva (vv. 9-19). Por contraste, la reacción del rey fue muy distinta (vv. 20-26).

La escena de la lectura del rollo ante el rey Yoyaquim probablemente contrastaba con otra análoga sucedida a su padre Josías. Según los libros de los Reyes y de las Crónicas, se encontró en el Templo el rollo de la Ley con motivo de unas obras que se estaban realizando. El rollo fue llevado al rey Josías y leído en su presencia. Éste rasgó sus vestiduras y se sintió movido a conversión. Además envió a preguntar a los profetas que le indicasen de parte del Señor lo que tenía que hacer (cfr 2 R 22,8-20; 2 Cro 34,14-28). La actitud de Yoyaquim fue totalmente distinta a la de su padre. No sólo no se sintió movido a conversión, sino que, a pesar de que algunos intentaran disuadirle (v. 25), el rollo terminó roto y quemado en un brasero con el deseo inútil de hacer desaparecer las palabras dichas de parte del Señor (vv. 22-24). Pero los hombres no pueden anular la palabra de Dios. El Señor protege al profeta y éste no sólo vuelve a dictar las mismas palabras sino que además añade «otras muchas» (vv. 27-28.32). La enseñanza del pasaje es obvia: si Dios tuvo misericordia de Judá por la conversión de Josías, Yoyaquim mereció recibir los castigos que el Señor le había anunciado y él no quiso oír (vv. 29-31; cfr 22,18-19).

En esta interesante narración los estudiosos han encontrado datos sobre la redacción de éste y de otros libros de la Biblia: fueron redactados por algún discípulo de un profeta y, con frecuencia, sufrieron modificaciones y adiciones hasta llegar a la forma definitiva. En todo el proceso estuvo presente la acción del Espíritu Santo.

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Jr 36,4

Son interesantes las referencias al oficio de escriba. Éste, sirviéndose de un rollo, confeccionado con hojas de papiro (en ocasiones, pergamino), escribía con tinta al dictado del autor (v. 18). Lo hacía en columnas no muy anchas de modo que el lector, enrollando con una mano y desenrollando con la otra, tuviera a la vista tres o cuatro a la vez. Entre los materiales que empleaba se encontraba también un instrumento cortante para afilar su pluma (v. 23).

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Jr 37,1-44,30

Después de narrar las persecuciones sufridas por Jeremías de parte de profetas, sacerdotes y reyes, los relatos biográficos sobre su persona culminan en esta sección donde se exponen los acontecimientos de los últimos días de Judá y Jerusalén antes de su destrucción y de la subsiguiente y más numerosa deportación a Babilonia (587 a.C.). En este tiempo Jeremías estuvo casi siempre en prisión, desde donde desarrolló su actividad profética hasta que, después de la caída de Jerusalén, marchó a Egipto. Allí, según una antigua tradición, murió mártir.

Los relatos impresionan por la entereza del profeta ante el sufrimiento en medio de tantas penalidades, y por su fidelidad a Dios. Por eso han sido leídos con frecuencia en la Iglesia como figura de la Pasión de Jesucristo. San Isidoro de Sevilla comenta que «Jeremías con sus palabras y sus padecimientos prefiguró la muerte del Señor y Salvador» (Allegoriae quaedam 108). Y Santo Tomás de Aquino dice que la pasión de Jesús «fue anunciada clarísimamente por Jeremías con sus palabras y misterios, y muy expresamente figurada en sus padecimientos» (Summa theologiae 3,27,a.6c).

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Jr 37,1-21

La trama narrativa del libro de Jeremías da otra vez un salto de varios años. La situación que ahora se describe es semejante a la narrada en el cap. 21 y es probable que este episodio no haya que situarlo mucho tiempo después (cfr nota a 21,1-10 y 34,1-7). Los babilonios levantan momentáneamente el cerco para luchar contra los egipcios (v. 5) y Sedecías, que conocía bien cuál era la palabra de Dios sobre el destino de la ciudad por no quererse someter a los caldeos (v. 3), envía mensajeros al profeta confiando obtener un mensaje más esperanzador. Parece que continuaba confiando en una intervención milagrosa, tal como sucedió en tiempos del rey Ezequías (cfr nota a 21,1-10). Sin embargo, las palabras de Jeremías confirman el juicio de Dios sobre la ciudad (vv. 6-10).

En esa situación Jeremías aprovecha para resolver unos asuntos familiares en su ciudad natal (cfr vv. 11-12). Posiblemente es lo relativo a la compra de un campo, de la que se habló en 32,1-15. Sin embargo, el clima de incertidumbre era grande y debían de ser muchos los que intentaban huir (cfr 38,19; 39,9). Como consecuencia, el profeta es acusado de traición por querer pasarse al enemigo y termina encarcelado en una casa privada, en un lugar que hacía las veces de calabozo (vv. 13-16). No obstante, Sedecías, inseguro y de débil personalidad, está inquieto y busca todavía un oráculo favorable de parte del profeta, al margen de los nobles de la ciudad (v. 17). Por contraste, la respuesta de Jeremías resalta la figura del de Anatot. A pesar de las circunstancias en que se encontraba, se mantiene fiel a la palabra de Dios y manifiesta al rey la injusticia que se ha hecho con él (vv. 18-21). Queda así como ejemplo perenne de amor a Dios y a la verdad, por encima de las consecuencias que de ello se puedan seguir: «No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 34).

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Jr 38,1-28

Como el capítulo anterior, éste también contiene una narración sobre el arresto de Jeremías (vv. 1-13) y un diálogo con el rey (vv. 14-28). Jeremías insiste en sus recomendaciones de sometimiento pacífico y conversión interior, lo que suscita la animadversión de los nobles, partidarios de la política contraria. Temerosos quizá de matar a un enviado de Dios, lo encierran en una cisterna, de la que es rescatado por un funcionario extranjero. Tras la liberación, el profeta consigue vivir en el atrio de la guardia sin que aparentemente le molesten (v. 13). Un escritor eclesiástico, Olimpiodoro, veía en la prisión de Jeremías una figura de la pasión y resurrección de Jesucristo. Comentando el v. 6, explica: «El profeta se convierte en tipo del misterio de Cristo, que entregado por Pilatos a manos de los judíos, bajó al funesto y repugnante hades y resucitó de entre los muertos: pues también el profeta subió de nuevo de la cisterna, y la Escritura llama muchas veces al hades cisterna» (Fragmenta in Jeremiam 38,6).

En el diálogo con el rey, Jeremías vuelve a confirmar su mensaje (vv. 17-18), y ante el temor de Sedecías de sufrir las consecuencias de la rendición (v. 19), el profeta le asegura que debe fiarse de Dios. En caso contrario, su humillación será tal, que hasta las mujeres le despreciarán (v. 22). Sedecías se hundirá en el fango (v. 22) más de lo que había padecido Jeremías (v. 6).

Sin que se den las razones, el rey pide al profeta que guarde secreto de lo que se refiere al vaticinio (vv. 24-26) y Jeremías así lo hace cuando los gobernantes que le habían enviado a prisión le interrogan sobre su entrevista con el rey (v. 27). La repuesta del profeta no implica que los engañara —no tenían autoridad para indagar sobre la conversación con el monarca— ni que tuviera miedo de ellos, pues bien había demostrado antes su valor.

Los relatos subrayan la distinta actitud del rey Sedecías y del profeta Jeremías. Sedecías buscaba con todo su ingenio y capacidad política salvar su vida y la de Judá haciendo frente a sus enemigos, pero perdió ambas, la vida y el territorio. En cambio, Jeremías predicaba la palabra de Dios sin amilanarse ante la sentencia de muerte que se pedía para él (v. 4), y cuando llegaron los babilonios salió de la cárcel y salvó su vida (v. 28). El comportamiento del profeta prepara la enseñanza de Jesús: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25).

En el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas (Domingo XXIII del tiempo ordinario) se lee gran parte de este pasaje, y en su responsorio se invita a servir con fidelidad al Señor, con la disposición de sobrellevar con entereza los sufrimientos que pudieran presentarse. Para ello se combinan algunas palabras de Jdt 8,23 (Vg) con otras de San Pablo referidas a situaciones análogas a las del profeta, que el Apóstol afrontó en su ministerio: «En todo nos acreditamos como ministros de Dios: con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades y angustias; en azotes y prisiones» (2 Co 6,4-5a).

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Jr 39,1-40,6

Se habla ahora con cierto detalle de los acontecimientos relativos a la caída y destrucción de Jerusalén en agosto del año 587 a.C., después de año y medio de asedio, resumiendo las noticias que de ellos también se conservan en 52,1-34 y en 2 R 25,1-30. El trágico fin en el que acaba el intento de huida del rey y de su familia confirma lo que había sido anunciado por el profeta. Sedecías es llevado a Riblá, en Siria, y, después de torturado, conducido a Babilonia (39,1-10). Se supone que allí murió, pues no se dice nada más de él en ningún otro lugar de la Biblia. Es probable que este silencio quiera reflejar la condena de este último rey de Judá. Por su parte, Jeremías es puesto en libertad (39,11-14; 40,1-6), probablemente después de que hubiera sido incluido en el grupo de prisioneros que habían sido llevados a Ramá camino del cautiverio (40,1; cfr 31,15-17). Elige permanecer junto a Godolías, nieto de Safán, secretario del piadoso rey Josías, e hijo de Ajicam, protector del profeta (cfr 26,24). Godolías había sido nombrado gobernador de Judá por Nabucodonosor después de la toma de Jerusalén (cfr 40,7) y se había establecido en Mispá, a 13 km. al norte de la capital.

Lo acontecido en la ciudad y la suerte de Sedecías contrasta con la salvación que se promete al funcionario etíope (39,15-18) y la liberación del profeta (40,1-6). Sedecías desconfió de Dios, trató de salvar su vida y la perdió. El etíope confió en Dios, pues se preocupó de salvar la vida de Jeremías (38,7-13), y se salvó de los babilonios y de sus enemigos (39,17). Y Jeremías fue liberado, porque fue fiel a la palabra de Dios que anunciaba la desgracia de Jerusalén. Los hechos, que no escapan a la providencia divina, han venido a ratificar la autenticidad del mensaje que tantas dificultades le había traído al profeta, pero que él repitió con valentía una y otra vez. Si en la discusión con Ananías alguien había quedado con la duda de cuál de los dos transmitía de verdad la palabra de Dios (cfr 28,1-17), ahora los acontecimientos avalan a Jeremías. Una vez más, el texto bíblico vuelve a enseñar que la palabra de Dios se cumple siempre y que la felicidad en la vida depende de la confianza en Dios y de la fidelidad a su palabra.

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Jr 40,7-41,18

El relato del intento fallido de reorganizar a los que no habían sido deportados amplía lo conocido por 2 R 25,22-26. El profeta, no obstante, no aparece mencionado en él. Las autoridades babilónicas habían dejado a Godolías, persona de noble carácter (cfr 40,14-16), como gobernador de Judá, y en torno a él se estaba organizando la vida de aquellos que, como Jeremías, habían aceptado pacíficamente la sumisión a Babilonia. Sin embargo, entre las gentes que no habían sido llevadas al destierro, no faltaban quienes miraban con animadversión al nuevo gobernador como alguien impuesto por los invasores. El rey de Amón, quizá por envidia a Godolías, se aprovechó de ello. Instigó a Ismael, lejanamente emparentado con la dinastía davídica (41,1), para dar muerte a Godolías. En dos meses (cfr 39,2 y 41,1) la situación que se prometía esperanzadora terminó trágicamente. Ismael sembró el terror, asesinando a casi todo un grupo de peregrinos del norte que, tras la destrucción de Jerusalén, se dirigía a ella manifestando externamente su duelo por la ciudad santa, para ofrecer sacrificios en el Templo (41,4-7). No se dice por qué los mató, pero en última instancia se sugiere que no fue más que un latrocinio (41,8) y un desprecio hacia Mispá. La cisterna, construida por Asá (cfr 1 R 15,22) e imprescindible para sobrevivir, fue llenada de cadáveres (41,9). Ismael y sus hombres se llevaron presos a los que estaban con Godolías en Mispá. Pero, su intento de pasarse a los amonitas es truncado por Yojanán, a pocos kilómetros de allí. A pesar de todo, los prisioneros temieron volver a Mispá por temor a la reacción que pudieran tener los babilonios ante la noticia del asesinato de Godolías y tomaron el camino de Egipto. Es posible que Jeremías estuviese entre los que fueron apresados, pues él mismo había decidido quedarse con Godolías (cfr 40,6); sin embargo, no se le menciona. Quizá el redactor final no quiso mezclarlo entre tanto desastre, o quizá no se sabía nada de su paradero.

El asesinato de Godolías pasó a ser un día de ayuno en la tradición judía (Za 7,5; 8,19).

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Jr 42,1-43,7

De nuevo reaparece Jeremías, cuyos sufrimientos no parecen tener fin. Después de que Godolías, con una política análoga a lo que el propio Jeremías había defendido en los años anteriores a la caída de Jerusalén, es asesinado (cfr 41,1-18), el profeta vuelve a sufrir la incomprensión de los suyos. De nuevo buscan su guía y su palabra (42,1-6), pero, cuando ésta no les convence, la rechazan (43,1-4). Piden que Jeremías interceda por ellos ante Dios y, después de diez días, cuando quizá la espera les había hecho inclinarse por la huida, reciben una respuesta contundente, que es análoga a la que había ido dando en los años anteriores: no tienen nada que temer si permanecen en la tierra, pero si se marchan a Egipto les sobrevendrá toda clase de calamidades (42,7-22). La búsqueda de lo fácil les acarreará sufrimientos, mientras que las aparentes dificultades y peligros, que implica la confianza en Dios, les salvarán. Si van a Egipto, en vez de la vida que buscan, encontrarán muerte (42,22). Sin embargo, los que estaban con Jeremías rechazan una vez más al profeta y le acusan de no transmitir la palabra de Dios sino una palabra de hombre, de Baruc (43,1-4), y desobedeciendo la voz del Señor, se marchan al país del Nilo llevándose consigo al profeta (43,5-7). Se dirigen a Tafnes, una ciudad situada al este del Delta, probablemente porque había en ella una colonia judía.

La escena refleja, de una parte, el prestigio de Jeremías y el respeto hacia su ministerio profético que había adquirido con su fidelidad en los momentos más difíciles. Pero, por otra, muestra la persistente infidelidad de sus conciudadanos. Ante lo que Dios les comunica, de nuevo se resisten, prefiriendo atender a sus propios criterios. Pero la palabra del Señor era clara: ir a Egipto no constituía sólo un descenso geográfico; significaba volver al estado —en este caso de esclavitud moral— del que Dios había sacado a sus padres.

El pasaje alecciona a no querer acomodar la palabra de Dios a la propia voluntad humana. Lo que el Señor dice puede resultar costoso, pero el bien resultará de su acatamiento. Análogamente, la escena enseña que, si acudimos a buscar consejo de quienes merecen confianza por su fe y rectitud, hemos de estar sinceramente dispuestos a seguirlo, aunque nos resulte difícil o no sea de nuestro agrado: «Te mandan una cosa que crees estéril y difícil. —Hazla. —Y verás que es fácil y fecunda» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 623).

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Jr 43,8-44,30

La predicación de Jeremías en Egipto, al final de su actividad profética, comienza por el encargo de realizar una nueva acción simbólica, que anuncia la inminente victoria de los babilonios sobre los egipcios (43,8-9). El profeta, que ha llegado a Egipto en contra de su voluntad, conducido por los cabecillas del pueblo que esperaban encontrar junto al faraón la protección contra las asechanzas de Babilonia, les dice que no lo lograrán, pues los babilonios también conquistarán ese país (43,10-13; cfr 46,13-26; Ez 30). Flavio Josefo indica que así sucedió el 582 a.C. (Antiquitates Iudaicae 10,9,7), aunque no hay otros testimonios de ello. Sí hay datos, en cambio, de que Nabucodonosor II derrotó al faraón Amasis (568-526 a.C.) el año 568, aunque no llegó a conquistar Egipto.

Tras la acción simbólica se recoge la condena de la idolatría en la que habían caído los judíos en Egipto. La palabra de Dios parece dirigirse a todos los israelitas residentes en el país del Nilo: a los que vivían en el Delta (Migdol, Tafnes y Menfis) y a los del alto Egipto (Patrós); a los que estaban establecidos allí desde hacía tiempo y a los que acababan de llegar desde Judá. La capital de esta última región era Elefantina, donde se han encontrado numerosos documentos que atestiguan un gran sincretismo religioso entre los judíos residentes allí.

El pasaje enseña la diferente interpretación de la historia según Jeremías y según los que estaban en Egipto (44,28). Las comunidades judías de Egipto entendían que la reforma de Josías había causado el desastre y que, por tanto, era mejor volver a la situación anterior. En diálogo con ellos, Jeremías alude, en cambio, a las consecuencias que había traído la idolatría (44,1-14). Les anuncia que si no dejan de adorar a los falsos dioses serán destruidos como lo fue Judá. La reacción del pueblo es nula. Incluso las mujeres, que necesitaban el consentimiento de sus maridos para realizar votos (cfr Nm 30,4-17), son las favorables a las prácticas idolátricas. Fundamentados en la experiencia, responden que precisamente el abandono de los cultos cananeos (cfr 7,18) ha sido lo que ha ocasionado la tragedia (44,15-19). El profeta, en respuesta, rebate esa errónea interpretación de la historia, reafirmando lo anteriormente dicho y presagiando para ellos terribles desgracias (44,20-30). El Señor «está vigilando» y no dejará impune su rebeldía (44,27). Es más, ante su escepticismo, les ofrece una señal que podrá confirmar la veracidad de su vaticinio (44,29): el faraón seguirá la misma suerte que Sedecías. El texto no dice más, pero su palabra se cumplió con el asesinato de Jofrá el 568 a.C.

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Jr 45,1-5

Como ya se señaló en la nota a 26,1-45,4, la mayoría de las narraciones contenidas en esta segunda parte del libro de Jeremías, en la que predominan los relatos en prosa, fueron probablemente redactadas por Baruc, secretario de Jeremías. En la conclusión, como si fuera su firma, Baruc transcribe un oráculo pronunciado tiempo atrás por Jeremías y dirigido a él personalmente. Es como la recompensa a la tarea de escribir las palabras de Jeremías el año 605 (v. 1; cfr 36,1-4). Ante la queja confiada de Baruc por los sufrimientos que padece en su tarea de asistirle (v. 3), Jeremías le tranquiliza diciendo que Dios también «padece», deshaciendo lo que había hecho con tanto amor (v. 4). Por tanto, si el Amo sufre, el siervo no debe extrañarse si también ha de sufrir. Pero debe tener confianza porque el Señor mismo cuidará de él (v. 5). Son palabras que evocan las de nuestro Señor Jesucristo cuando anuncia a sus discípulos que participarán de los sufrimientos del Maestro (cfr Jn 15,20), pero que pueden estar tranquilos pues también recibirán su recompensa: «En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33; cfr Mt 28,20).

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