▲ COMENTARIO
Ez 40,1-48,35
La última visión del libro contiene la descripción detallada del nuevo Templo (caps. 40-43), la normativa sobre el nuevo culto (caps. 44-46) y la distribución del territorio en la nueva etapa (caps. 47-48). El estilo literario es diferente de todo lo anterior hasta el punto de que algunos comentaristas llegaron a pensar que había sido redactado por un autor posterior. Sin embargo, sus argumentos no son concluyentes. Además, esta teofanía extraordinaria completa la del río Quebar (caps. 1-3) y la del Templo profanado, en que la gloria de Dios abandona Jerusalén (caps. 8-11), y muestra la entrada solemne de la gloria de Dios en la ciudad santa y la toma de posesión del Templo.
La idea central de esta sección estaba ya presente en el libro, a saber, la necesidad de purificar y renovar a las personas, instituciones y hasta la misma tierra, porque sólo así es posible la relación con Dios, el Santo. La renovación, por tanto, más que una exigencia derivada de la Alianza, es una necesidad previa a la relación del pueblo con el Señor. Esta doctrina lleva una gozosa carga de esperanza para los deportados compatriotas de Ezequiel y para los lectores posteriores: Dios, siempre fiel a su palabra, no abandona a los suyos, aunque a veces las desgracias circunstanciales parezcan mostrar lo contrario.
▲ COMENTARIO
Ez 40,1-47
La descripción del nuevo Templo es tan minuciosa que resulta difícil de seguir. Sin embargo transmite el convencimiento de que se trata de una edificación perfecta como corresponde a la morada del Dios Altísimo.
«El año vigesimoquinto» (v. 1), es decir, el año 573 a.C., probablemente en abril, cuando comenzaba el año. Es posible que el profeta pretenda un momento religiosamente importante al señalar que la visión tuvo lugar cuando había transcurrido la mitad del periodo jubilar, que según Lv 25,10 debería marcar «la liberación de la tierra».
«En una visión divina» (v. 2). Así comienzan las visiones trascendentales del profeta (cfr 1,2; 8,3), aunque en el desarrollo de esta última tengan menos importancia las personas o las acciones y se recurra sobre todo a descripciones, con medidas y planos exactos. Sin embargo, por ser una visión profética, no cabe buscar una coincidencia ni con el antiguo Templo de Salomón ni con el reconstruido por Zorobabel (cfr Esd 5,24-6,18). Todos los datos son simbólicos y reflejan un Templo idealizado.
«Me colocó sobre un monte muy alto» (v. 2), el monte Sión, donde había de estar colocado el Templo. En realidad no es tan alto, pero Ezequiel no lo presenta en sus dimensiones geográficas sino en su simbolismo teológico, como había hecho ya Isaías: «El monte del Templo del Señor se afirmará en la cumbre de los montes» (Is 2,2).
«El hombre tenía en su mano una caña de medir de seis codos antiguos» (v. 5). Expresión oscura si se pretende una medida exacta; de hecho, cuando algunas traducciones intentan trasladar las dimensiones al sistema métrico actual, encuentran muchas dificultades. En el texto se han mantenido los nombres de codos, palmos, etc., para no perturbar el carácter simbólico de la descripción. Ezequiel, con apariencia de exactitud, describe un Templo idealizado: una enorme explanada amurallada cuadrada (vv. 1-27); en su centro, un espacio también cuadrado y amurallado, unas diez veces más pequeño (vv. 28-47). En la parte occidental de este espacio está el Templo propiamente dicho, rectangular (40,48-41,26). Dentro del Templo hay un atrio, el santuario y el «Santo de los Santos». En cada uno de los recintos amurallados o edificados las puertas tienen gran importancia en su disposición, en su construcción sólida y en su ornamentación. Las dimensiones de cada estancia y de cada sala son detalladas, pero cargadas de simbolismo; prolifera el número de siete escalones para subir de un piso a otro, y el de diez para acceder al Templo. Estos capítulos se prestan a una interpretación alegórica. San Gregorio Magno, que en sus Homilías sobre Ezequiel expresa sus intuiciones más brillantes sobre la interpretación de la Sagrada Escritura, ve en esta caña de medir una figura de las letras sagradas: «La caña es una caña de medir, porque en la palabra sagrada, consignada por escrito para nosotros, reconocemos sus designios ocultos» (Homiliae in Ezechielem prophetam 2,1,11).
El conjunto descrito viene a ser una edificación simétrica en tres estrados, perfectamente ensamblados, que transmiten la sensación de algo perfecto y bien terminado. Es como el edificio más sublime que puede pensarse, puesto que ha de albergar al único y verdadero Señor del universo.
▲ COMENTARIO
Ez 40,48-41,26
El Templo propiamente dicho también está idealizado, pero consta de los tres elementos esenciales: el atrio o vestíbulo (40,48-49), la sala grande o Santuario (41,1-2) y el Santo de los Santos (41,3-4). El atrio, ulam en hebreo, era más bien pequeño, pero flanqueado de pilastras o columnas cuadradas. Junto a la puerta de entrada había dos columnas redondas imitando las de bronce del Templo de Salomón (cfr 1 R 7,31-41). El Santuario, hekal en hebreo, era una nave amplia rectangular denominada también «el Santo», qodes en hebreo; era la parte sagrada a la que sólo tenían acceso los sacerdotes; allí estaba la mesa de los panes y el altar del incienso. El «Santo de los Santos», llamado también debir, era un recinto cuadrado donde se guardaba el Arca de la Alianza. Allí sólo entraba el sumo sacerdote una vez al año, el día de la expiación (cfr Lv 16,2); Ezequiel, que era simple sacerdote, no entra, pero escucha por primera vez las palabras del guía que le indican el lugar: «Esto es el Santo de los Santos» (v. 4). La sobriedad de la descripción de estas tres estancias indica que eran bien conocidas por los oyentes del profeta por ser las más sagradas del Templo. En la renovación conservaron las medidas exactas como señal de su prestancia en el conjunto de la edificación.
La descripción y dimensiones de los muros del Templo y de las dependencias anejas (41,5-16) simbolizan la grandiosidad de las edificaciones en las que no debería faltar de nada. El profeta se detiene en la decoración y mobiliario de las estancias interiores, especialmente del santuario (41,17-26). Destaca el mueble de madera con apariencia de un altar (41,22-23): todos los elementos de la visión están idealizados.
En el segundo volumen de sus Homilías sobre Ezequiel, San Gregorio Magno desarrolla la descripción del Templo como una imagen de la Iglesia. La Iglesia es una y universal —«católica»— como hay una sola y muchas estancias (2,3,12), están en ella los Padres del Antiguo y del Nuevo Testamento (2,3,16), y, sobre todo, «vive de dos maneras: una en el tiempo, la otra en la eternidad; una penando en la tierra, y la otra recompensada en el cielo; una amasa los méritos, la otra disfruta de ellos. En las dos se ofrece un sacrificio: en la de aquí abajo, el sacrificio de la compunción, y en la de arriba, el de alabanza (…). Pero, aquí abajo, la carne será ofrecida como un holocausto de modo que, transformada en una eterna incorruptibilidad, no habrá ya nada ni nadie que diga “no”, nada que tenga que morir, y encendida por el amor de Dios, perseverará eternamente en la alabanza» (Homiliae in Ezechielem prophetam 2,10,4).
▲ COMENTARIO
Ez 42,1-20
Las dependencias de los sacerdotes estaban adosadas al Templo y dispuestas en diferentes planos para que cada uno pudiera ocuparlas según su rango y según las tareas que tuviera que desempeñar en el Templo. En las más santas (v. 13), los sacerdotes comían y guardaban las porciones que les correspondían de los sacrificios, en concreto, la porción de las ofrendas vegetales (Lv 2,1-3) y la del sacrificio por el pecado (Lv 6,17-23) que se consideran «cosas santísimas».
La descripción del complejo del Templo termina con la indicación de las medidas de su perímetro. Además de la grandiosidad del conjunto, Ezequiel subraya que hay un muro de separación entre las construcciones profanas y el terreno dedicado al Templo (v. 20), para indicar la dignidad y prestancia de todo lo relacionado con el Señor y con su culto.
▲ COMENTARIO
Ez 43,1-12
La visión llega al punto más importante: «La gloria del Señor entró en el Templo por la puerta que da a oriente» (v. 4), es decir, por el mismo lugar por donde había salido cuando abandonó el Templo y la ciudad (cfr 10,19; 11,22-23). De este modo la renovación del Templo y del pueblo queda completada hasta el punto de que no volverá a haber profanaciones ni impurezas (vv. 7-9).
«Yo habitaré en medio de ellos para siempre» (v. 9). La presencia de Dios es garantía de seguridad y de eficacia. Nuestro Señor prometió a los discípulos su presencia hasta el fin de los tiempos (Mt 28,20) y la Iglesia se desarrolla y se extiende por todo el mundo gracias a la presencia de Jesús y a la asistencia del Espíritu Santo: «El Dios que buscamos no está lejos de nosotros, ya que está dentro de nosotros, si somos dignos de esta presencia. Habita en nosotros como el alma en el cuerpo, a condición de que seamos miembros sanos de él, de que estemos muertos al pecado. Entonces habita verdaderamente en nosotros» (S. Columbano, Instructiones 1,3).
▲ COMENTARIO
Ez 43,13-27
El altar de los sacrificios era uno de los elementos más importantes del Templo. Tenía forma piramidal y constaba de tres cuerpos superpuestos, más grande el de la base y más pequeño el último: reflejaba, en pequeño, las torres babilónicas o zigurats, que seguramente habían asombrado a los deportados.
«El hogar del altar» (v. 15). El término hebreo ari’el significa lugar donde se quema algo, en este caso, «el ara» donde se quemaban los holocaustos y donde se significaba que el hombre entra en contacto con Dios. El profeta Isaías aplica este nombre a Jerusalén (Is 29,1-4) aunque lo entiende, según otra etimología, como «león de Dios».
Los ritos prescritos aquí para la consagración del altar (vv. 18-27) no coinciden del todo con los del Éxodo (Ex 29,35-37) o los del Levítico (Lv 8,10-15). Ezequiel pretende señalar, por encima de las normas rituales concretas, el respeto que merece el culto divino y todo lo relacionado con él. De ahí la insistencia en la expiación, la purificación y la consagración (v. 26). También la liturgia de la Iglesia consta de múltiples ritos externos, pero no son lo esencial, puesto que a través de ellos manifiesta «el misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia (…), de modo que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación, y lo presente a la ciudad eterna que buscamos» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 2).
▲ COMENTARIO
Ez 44,1-31
La presencia de la gloria de Dios en el Templo modifica y da sentido a la participación de los miembros del pueblo en el culto que, a partir de ahora, será la siguiente: el príncipe puede permanecer en el umbral de la puerta de oriente, sin entrar en ella (vv. 1-3); todos los israelitas pueden entrar en el Templo, pero no los extranjeros (vv. 4-9); los levitas son servidores del Templo, pero no podrán ofrecer sacrificios (vv. 10-14); los sacerdotes, descendientes de Sadoc, ofrecen los sacrificios y, en consecuencia, serán más observantes de las normas rituales; percibirán el sustento de los demás israelitas porque su dedicación al culto ha de ser exclusiva (vv. 15-31).
La primacía del culto en el nuevo Israel es señal de la orientación religiosa del pueblo, que ha de buscar en todas sus actividades la gloria de Dios. En el Nuevo Testamento la enseñanza que aquí subyace quedará abiertamente expuesta, por ejemplo, en las palabras de Jesús en el sermón de la montaña: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán» (Mt 6,33).
▲ COMENTARIO
Ez 44,1-3
La puerta oriental permanecerá cerrada para siempre, como señal de que la gloria de Dios, su presencia, no abandonará más el Templo. Los Santos Padres (cfr, por ejemplo, S. Jerónimo, Epistolae 48,21) han visto en esta puerta cerrada un símbolo de la virginidad de María. El seno de la madre del Señor fue morada del hijo de Dios que nació sin quebrantar la entrada: «Siendo tantos y tan sublimes los misterios de la concepción y el nacimiento de Cristo, no es de extrañar que la divina Providencia los preanunciara con admirables figuras y profecías. Son muchos los pasajes de la Escritura que los santos doctores han interpretado refiriéndolos a este misterio: recordemos entre otros aquella puerta del santuario que Ezequiel vio cerrada, aquella piedra arrancada por sí sola del monte, aquella vara de Aarón…» (Catecismo Romano 1,4,10).
▲ COMENTARIO
Ez 44,4-9
Según algunos textos del Pentateuco se permitía a los paganos ofrecer sacrificios al Señor (Lv 17,8-9; Nm 15,13-14); también en el libro de las Crónicas se supone que Dios atiende a los extranjeros que se acerquen al Templo a rezar (cfr 2 Cro 6,32-33). Ezequiel, en cambio, se muestra más riguroso y no admite en el culto a nadie ajeno al pueblo. En esta normativa hay un empeño serio en preservar la pureza del culto con normas tajantes: no se admiten «incircuncisos en la carne», ni incircuncisos de corazón.
▲ COMENTARIO
Ez 44,10-14
Según la tradición sacerdotal, los levitas estaban subordinados a los sacerdotes descendientes de Aarón (cfr Nm 3,5-10), mientras que la tradición deuteronomista los igualaba (cfr Dt 18,1-18). Después del destierro sólo los descendientes de Sadoc (v. 15), el sacerdote que se mantuvo fiel a David (cfr 1 R 2,26.35), desempeñaban las funciones sacerdotales; los demás miembros de la tribu de Leví les estaban sometidos, ejerciendo funciones secundarias. Ezequiel explica esta situación con motivaciones religiosas indicando que los levitas no fueron fieles y los sadoquitas sí. Una vez más, Ezequiel insiste en la dignidad y pureza del culto, en particular, de los sacrificios.
▲ COMENTARIO
Ez 44,15-31
Los sacerdotes encargados de los sacrificios y de estar, por tanto, cerca de Dios han de vivir escrupulosamente las normas referentes al vestido (vv. 17-19), a su porte externo, limpio y sobrio, (vv. 20-21) y a su matrimonio (v. 22). Serán especialmente delicados en relación con los cadáveres para no contraer impureza (vv. 25-27). Además de ofrecer sacrificios, estaban encargados de la enseñanza religiosa (v. 23) y de dirimir los pleitos (v. 24). Su subsistencia dependía exclusivamente de su servicio en el Templo (vv. 28-31), y no podían dedicarse a actividades lucrativas, mostrando la distancia entre lo profano y lo sagrado.
En la enseñanza de Ezequiel era poco cualquier esfuerzo para preservar de impurezas el culto, el Templo y todo lo referente al ritual de los sacrificios. De esta forma ponía de manifiesto la grandeza de Dios, su trascendencia y su santidad. Los escritores cristianos vieron en estas enseñanzas una pedagogía divina para conocer verdaderamente el ser de Dios: «Así pues, daba al pueblo leyes relativas a la construcción del tabernáculo, a la edificación del templo, a la designación de los levitas, a los sacrificios y ofrendas, a las purificaciones y a todo lo demás del servicio del culto. Dios no tenía necesidad alguna de todo eso (…). Pero así educaba a un pueblo siempre propenso a tornar a los ídolos, disponiéndolo, a través de numerosas prescripciones, a perseverar en el servicio de Dios; por medio de las cosas secundarias lo llamaba a las principales, es decir: por las figuras, a la verdad; por lo temporal, a lo eterno; por lo carnal, a lo espiritual; por lo terreno, a lo celeste» (S. Ireneo, Adversus haereses 4,14,3).
▲ COMENTARIO
Ez 45,1-46,24
El nuevo Israel que nace después del destierro supone una reestructuración nueva del territorio (45,1-8), una renovada medición de granos y líquidos (45,9-17), y una nueva distribución de sacrificios según el oferente y la categoría de la fiesta (45,18-25). La renovación afectará también a los distintos servicios sagrados del Templo (46,1-15) y a la salvaguarda de las posesiones del príncipe (46,16-24). La lectura de estas prescripciones resulta tediosa, pero en su insistencia refleja hasta qué punto lo antiguo ha perdido vigencia por impuro y, sobre todo, la voluntad del Señor por implantar instituciones y normas nuevas, dignas por su pureza y santidad.
▲ COMENTARIO
Ez 45,1-8
La distribución de la tierra que propone Ezequiel, dadas las condiciones orográficas de Israel, no pudo ponerse en práctica; pero refleja que las personas y las instituciones tienen mayor dignidad cuanto mayor es su proximidad al culto. Tal era el ideal. Las zonas más alejadas, las fronterizas, serán para el pueblo llano. En la parte central del país de Israel habrá una franja de unos veinticinco mil codos de ancho que pertenecerá a los sacerdotes, a los levitas y al príncipe. Esta franja se extenderá desde el Mediterráneo hasta el Jordán; y en el centro de la misma estará el Templo de Jerusalén.
▲ COMENTARIO
Ez 45,9-17
El príncipe, es decir, el dirigente del pueblo, puesto que con el destierro ha desaparecido la monarquía, conserva prerrogativas reales, y tiene la misión de ejercer la justicia y el derecho (cfr Sal 72,1-2), pero su comportamiento ha de ser correcto, sin defraudar a los súbditos falsificando medidas y pesos (vv. 9-12). También debe ser ejemplar en el culto, aportando con generosidad las víctimas que le corresponden por su jerarquía.
La renovación afecta de forma directa a los que habían de dirigir al pueblo, que deberán poner especial esmero en el derecho y la justicia (v. 9). «Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1897).
▲ COMENTARIO
Ez 45,18-25
Las prescripciones para las fiestas también reflejan la preocupación por la pureza de los ritos y de los participantes en ellos. Solamente enumera tres: año nuevo, en primavera (vv. 18-20); la pascua, el catorce del mismo mes (vv. 21-24); y los Tabernáculos, el séptimo mes (v. 25). No menciona Pentecostés ni señala los acontecimientos que se celebran en cada una. En cambio, precisa con detalle los sacrificios que se debían ofrecer, en especial, los expiatorios. Todo el interés es salvaguardar la trascendencia de Dios y la santidad del culto en el Templo, por encima de otras costumbres y tradiciones festivas.
▲ COMENTARIO
Ez 46,1-15
Además de los sacrificios de las grandes fiestas, cada sábado, cada día de luna nueva y hasta diariamente estaban prescritos los sacrificios con minuciosidad. Es probable que la normativa de esta sección sea más un ideal que una realidad, si se piensa en la complejidad de los ritos y en la carestía de víctimas y ofrendas que debieron tener los israelitas durante la restauración. En todo caso, estas disposiciones ponen de relieve la importancia del culto como reconocimiento de la soberanía de Dios sobre todas las criaturas. «La creación está hecha con miras al Sabbat y, por tanto, al culto y a la adoración de Dios. El culto está inscrito en el orden de la creación (cfr Gn 1,14). “Operi Dei nihil praeponatur” (“Nada se anteponga a la dedicación a Dios”), dice la regla de S. Benito, indicando así el recto orden de las preocupaciones humanas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 347).
▲ COMENTARIO
Ez 46,16-24
Las posesiones del príncipe (vv. 16-18) no pueden cambiar de mano. En realidad tampoco las posesiones de los particulares, puesto que cada cincuenta años, al celebrarse el «año de la remisión» (v. 17) o año jubilar (cfr Lv 25,1-22), todo debía volver al dueño originario. La certeza de que la tierra es donación divina evita el peligro de avaricia, estimula el trabajo para cultivarla y el respeto de los seres creados. La descripción de las cocinas del Templo (vv. 19-24), separadas del resto de las dependencias, reafirma la delicadeza para que ni siquiera la necesaria manipulación de las víctimas causara alguna impureza ritual (v. 20).
▲ COMENTARIO
Ez 47,1-12
La visión del torrente que mana de la fachada sur del Templo y llega hasta el Mar Muerto, revitalizando todo lo que encuentra a su paso, es una de las más expresivas del libro. Por su contenido recuerda la visión de los huesos revitalizados (37,1-14): allí era el espíritu lo que daba vida a los huesos secos, aquí es el agua la que da fertilidad a las aguas muertas. La imagen del río recuerda el relato del paraíso (Gn 2,10-14): allí eran cuatro brazos que adornan todo el jardín, aquí uno solo que más que adornar da vida. Aunque la visión contiene datos geográficos exactos, como la alusión al oasis de En-Guedí (v. 10), al Mar Muerto, o a la Arabá, toda ella tiene carácter simbólico y muestra cómo la renovación del Templo y del culto aportará toda clase de bienes al pueblo entero.
En el Nuevo Testamento hay un eco de esta visión en las palabras de Jesús que recoge San Juan: «Si alguno tiene sed, venga a mí; y beba quien cree en mí. Como dice la Escritura, de sus entrañas brotaran ríos de agua viva» (Jn 7,37). Los Santos Padres unen este texto de San Juan con la visión de Ezequiel y ven en el manantial del Templo las aguas del bautismo, que brotan de Cristo que es la vida, o del costado de Cristo en el ara de la Cruz: «Esto significa que nosotros bajamos al agua repletos de pecados e impureza y subimos cargados de frutos en nuestro corazón, llevando en nuestro espíritu el temor y la esperanza de Jesús» (Epistula Barnabae 11,10).
▲ COMENTARIO
Ez 47,13-23
El nuevo Israel tendrá también nuevas fronteras. Ezequiel, una vez más, se basa en datos geográficos exactos y tiene en cuenta los límites asignados en las tradiciones antiguas (cfr Nm 34,7-12), pero presenta un mapa idealizado con fronteras amplias que nunca se dieron en la realidad.
Esta tierra ideal estará distribuida entre las tribus de Israel, pero sin excluir a los extranjeros (vv. 21-23). La acogida de extranjeros supone un gran avance, precisamente cuando se trata de compartir la tierra. San Jerónimo valora este gesto como extraordinario: «Aprendamos de este capítulo que no hay diferencia entre Israel y los gentiles. Si el país ha de dividirse entre Israel y los extranjeros no hay duda de que es herencia de los judíos y de los gentiles, siempre que éstos se conviertan al culto del verdadero Dios» (Commentarii in Ezechielem 47,21ss.).
▲ COMENTARIO
Ez 48,1-29
La reorganización de las tribus también está idealizada. Todas reciben la misma extensión y ocupan su territorio según un orden jerárquico: el país estará dividido en tres grandes franjas horizontales. La del norte la ocuparán siete tribus, de forma que la de Judá sea la más próxima al recinto sagrado. La franja intermedia estará dedicada a los levitas y sacerdotes y a la ciudad que se extenderá a uno y otro lado del Templo, que ocupará el cuadrado central (cfr 45,1-7); y también habrá sitio para el príncipe y su familia. La franja más meridional la ocuparán las cinco tribus restantes, de modo que la de Benjamín, el hijo predilecto de Jacob, ocupe la zona más próxima al Templo.
Ezequiel muestra con esta distribución que el lugar más importante de la tierra prometida es el Templo, receptáculo y morada de la gloria de Dios. A su lado, además del espacio dedicado a todos los habitantes —la ciudad—, vivirán los escogidos para regir al pueblo y dar culto a Dios: sacerdotes y levitas, y el príncipe. A continuación, a un lado y a otro, las tribus escogidas por Dios, Judá al norte y Benjamín al sur. Y luego, todas las demás.
Algunos Santos Padres han explicado esta ordenación de la tierra santa idealizada como símbolo del establecimiento del reino mesiánico, que implantará un orden perfecto en el que todos los hombres reconocerán y alabarán al verdadero Dios, centro de la creación y de la historia. Pero para ello es necesario apartarse del mal: «Así pues, ya que somos una porción santa, hagamos todo lo que es propio de la santidad, huyendo de la calumnia, de la unión infame e impura, de las embriagueces, de las revueltas y los deseos repugnantes, del adulterio abominable y de la soberbia repugnante» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 30,1).
▲ COMENTARIO
Ez 48,30-35
A modo de apéndice, Ezequiel presenta el plano de la ciudad santa, que será un cuadrado perfecto con tres puertas a cada lado, dedicadas cada una a una de las doce tribus de Israel.
La nueva capital tendrá un nombre nuevo. Es probable que Ezequiel juegue con la asonancia: Yerusalaim, que podría entenderse como «ciudad del dios Salem», cambiaría por Yehu-Samá «El Señor está allí», o bien «aquí». En todo caso lo importante es el sentido de la frase que cierra el libro: «El Señor está aquí», puesto que resume el mensaje de Ezequiel: la gloria de Dios, que había abandonado el Templo y la ciudad y había acompañado a los deportados en Babilonia, se queda para siempre en la ciudad renovada y santificada.