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ISAÍAS

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Is 1,1

Según los datos del encabezamiento, las visiones proféticas de Isaías acerca del sentido y razón de los acontecimientos que suceden en su entorno tuvieron lugar en un período de unos cuarenta años: desde tiempos de Uzías (785-733) hasta Ezequías (727-698).

En esas décadas fue creciendo el poder del imperio asirio, que desarrolló una política expansionista, sometió a vasallaje e impuso fuertes tributos a amplios territorios de Oriente Medio, y llevó a cabo grandes deportaciones. En toda la región cundió el temor a los ejércitos asirios y algunos reinos se aliaron para hacerles frente. También Judá estuvo atemorizada, debatiéndose entre la alternativa de buscar el apoyo en alianzas con otros pueblos o confiar en el Señor. El año 722 a.C. las tropas asirias conquistaron Samaría, lo que supuso el fin para el vecino reino de Israel. Durante los últimos años del siglo la amenaza asiria se hizo más apremiante para el reino del Sur, hasta que durante la campaña de Senaquerib el año 701 gran parte del territorio de Judá fue devastado y la propia Jerusalén se vio sitiada y al borde de ser asaltada.

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Is 1,2-39,8

La primera parte del libro de Isaías se suele denominar también «Isaías I», o «Primer Isaías». Incluye textos proféticos que tienen como marco histórico de referencia la amenaza de los ejércitos asirios sobre Judá y Jerusalén en la segunda mitad del siglo VIII a.C. Tanto en el comienzo como al final de esta parte se habla de Jerusalén como de una «ciudad sitiada» en medio de una región «arrasada por extranjeros» (cfr 1,7-8; 36,1-22).

El texto sagrado relaciona la situación de inseguridad en la que se encuentra el pueblo de Judá ante sus poderosos enemigos con su apartamiento de Dios, pues los israelitas viven al margen de Él, como si ignorasen todo lo que el Señor ha hecho por ellos. Las perspectivas de futuro no son buenas, ya que no se aprecia reacción positiva alguna ante las llamadas del profeta a la conversión. Un gran castigo parece inminente. Sin embargo, queda un resquicio de esperanza, pues un pequeño resto permanece fiel y será como el germen de un pueblo restaurado. De diversos modos se presenta el contraste entre aquellos que —como el rey Ajaz (cfr 7,1-17)— manifiestan desconfianza en Dios y sólo se fían de la prudencia humana para resolver sus problemas, y aquellos que —como el rey Ezequías (cfr 36,1-38,22)— se apoyan en el Señor y, además de empeñarse en buscar soluciones, piden confiadamente la ayuda divina y tienen fe en que Dios traerá la salvación.

En esta primera parte se incluyen piezas proféticas de distinto género y procedencia. Desde las más antiguas resuena el temor ante el poderío de Asiria, que se presenta como vara o bastón con los que el Señor golpea en su furor (cfr 10,5). La amenaza asiria se hace sentir sobre todos los pueblos de la región y llega a las mismas puertas de Jerusalén durante el asedio de Senaquerib con el que se concluye la primera parte del libro.

Las palabras proféticas se estructuran en seis secciones. La primera trata de la amenaza que se cierne sobre Israel y Judá (1,2-12,6), y la segunda contiene los oráculos contra las naciones (13,1-23,18). En la tercera, que de algún modo recoge los fundamentos teológicos de toda la enseñanza expresada en esta parte y se denomina «Apocalipsis de Isaías», se trata del juicio del Señor —soberano del mundo, al que nada escapa— sobre los pueblos; es un juicio que traerá un castigo, pero en el que se abren esperanzas de salvación (24,1-27,13). A continuación se abunda de nuevo en las penalidades que amenazan a Jerusalén por sus culpas, y también ahora se alimenta la esperanza de que la destrucción no será total (28,1-33,24). Después de tornar al tema del juicio del Señor y dar ánimos para aguardar la salvación en una sección que se suele llamar «Pequeño Apocalipsis» (34,1-35,10), esta primera parte culmina con una sección narrativa en la que se habla de la destrucción realizada en Judá por las tropas asirias de Senaquerib, aunque al menos por el momento se salvó de esa gran desolación un pequeño resto, el constituido por aquellos que permanecieron junto con el rey Ezequías en la ciudad de Jerusalén (36,1-39,8).

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Is 1,2-12,6

El ministerio profético de Isaías debió de comenzar en los años previos a la guerra sirio–efraimita, llamada así porque los reinos de Siria y de Efraím (Israel), estimulados por Egipto, se aliaron y promovieron campañas bélicas para oponerse al avance de las tropas asirias. Los reyes de Siria e Israel intentaron persuadir a Ajaz, rey de Judá, de que entrase en la liga antiasiria. Ajaz declinó entrar en esa coalición y, en cambio, buscó congraciarse con Asiria para evitar el desastre. El año 734 a.C. Asiria invadió en una campaña fulgurante el reino de Siria, gran parte de Israel y del Líbano, de la costa filistea y de la Transjordania. En los años siguientes afianzó aún más su control sobre esas regiones. Tras la caída de Samaría (722 a.C.) se produjeron las crueles deportaciones de población israelita y la instalación de gentes extranjeras en sus tierras.

El reino de Judá no se vio directamente invadido, pero sufrió graves consecuencias: pago de impuestos y vasallaje a Asiria. Consiguió la paz a costa de muchas cesiones. A la vez, hubo una notable relajación de la justicia y de la vida religiosa. En tales circunstancias fueron pronunciados los oráculos más antiguos contenidos en estos doce capítulos.

La sección comienza con una recriminación por el abandono del Señor sin hacer referencias explícitas a acontecimientos concretos; refleja un momento de grave crisis, con Judá desolada y Jerusalén sitiada (1,2-20), situación que exige una llamada a la purificación de los pecados e infidelidades cometidos (1,21-31). Tras un chispazo de esperanza sobre la gloria que aguarda a Jerusalén (2,1-5), siguen unos oráculos en los que se describe la postración en que ha quedado el pueblo como castigo a su arrogancia (2,6-22). Sin embargo, en medio de tanta inmundicia, ha quedado un germen de hermosura que permite abrigar esperanzas de renacimiento (3,1-4,6). Podría decirse que el núcleo de toda la sección está constituido por la «Canción de la viña» (5,1-7), en la que con una bella alegoría se pondera la atención que el Señor dispensó a su pueblo y la falta de correspondencia que encontró a tales cuidados. A partir de aquí comienzan las alusiones a noticias históricas concretas en el denominado «Libro del Enmanuel» (7,1-12,6), que viene introducido por el relato de la vocación de Isaías, enviado por el Señor a su pueblo para explicar el sentido de lo que sucedía y lo que cabría esperar (6,1-13). De este modo, el profeta interviene ante Ajaz para que confíe en el Señor (7,1-17) frente a las amenazas de invasión (7,18-25). El terror de Asiria se cierne sobre Israel y Judá (8,1-22), pero se abren perspectivas de liberación (8,23-9,6). Ciertamente habrá un castigo para Israel y Judá (9,7-10,4), pero también para Asiria (10,5-19). Mientras tanto, el «resto» de Israel progresará en el camino del conocimiento del Señor y de la paz (10,20-11,9). La sección termina con un canto de alegría y alabanza al Señor que salva y restaura a su pueblo (11,10-12,6).

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Is 1,2-31

Los primeros oráculos están redactados con el lenguaje propio de un proceso judicial. Se trata de un género literario común en los escritos proféticos de Israel, que tiene notables similitudes con modos de expresión habituales en textos del antiguo Oriente Medio. Sin embargo, en otros pueblos se recurre a ese modo de hablar para justificar un castigo al vasallo decretado por un señor que se ha visto traicionado. En cambio, en los textos proféticos la demostración de la culpa es un modo de reclamar con urgencia la conversión. El Señor no se goza en castigar sino en perdonar y restablecer la amistad.

De entrada se invoca al cielo y a la tierra como testigos de los delitos cometidos por el pueblo, y se formula la acusación de haber abandonado al Señor (vv. 2-3). A continuación el oráculo increpa a quienes se han apartado del Señor y no se sienten movidos a reaccionar a pesar de las desgracias que les han sobrevenido (vv. 4-9), así como denuncia la hipocresía de un culto que se limita a prácticas externas que no van acompañadas por una actitud interior adecuada (vv. 10-15). El discurso sigue con una llamada a la conversión (vv. 16-17). El Señor está dispuesto a litigar con su pueblo, y a premiar su rectificación o a castigar su persistencia en el mal (vv. 18-20). La situación es lamentable, pues la infidelidad ha sido grande (vv. 21-23). El castigo será ejemplar, por lo que se llama con urgencia a la purificación y al retorno a la fidelidad del principio (vv. 24-31).

Este oráculo sintetiza los grandes temas teológicos presentes en la historia del pueblo elegido del Antiguo Testamento: elección divina, ofrecimiento de la Alianza por parte de Dios, ruptura de la Alianza por parte del pueblo con sus pecados, y castigo de Dios por la infidelidad. Pese a todo, muestra a un Dios misericordioso capaz de perdonar las ofensas y que nunca abandona a quienes ha amado.

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Is 1,3

Un escrito apócrifo del siglo VII u VIII ve en estas palabras una profecía que se cumplió con el nacimiento de Jesucristo, que al nacer sólo fue adorado por un buey y un asno (Evangelio del Pseudo Mateo 14). Entiende de esa manera que el rechazo del pueblo a su Señor, del que se lamenta el profeta, se cumple con la falta de acogida a la Virgen y a San José que narra San Lucas (Lc 2,7). Esta interpretación dio paso a la representación tradicional del nacimiento de Jesús en una cueva en la que están presentes el buey y la mula, que San Gregorio Magno interpreta simbólicamente: «El buey se refiere al pueblo de Israel sojuzgado por el yugo de la Ley; el asno indica el pueblo gentil, entregado a las pasiones y muy violento» (Moralia in Iob 35,16,39).

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Is 1,4-9

El profeta se lamenta ante la desolación, daño y sufrimientos que pudieron experimentar quienes se apartaron de Dios e increpa al pueblo por su abandono. El Señor, como un buen Padre (cfr 1,2), había cuidado de su pueblo, pero ellos fueron desagradecidos. Cuando se apartaron del Señor quedaron en una situación lastimosa. Judá arrasada y Jerusalén sitiada por los ejércitos de Asiria hacen pensar y mueven a sacar conclusiones. Es el primer mensaje del profeta, que intenta mover a la conversión. No todo está perdido, no ha habido una aniquilación total pues el Señor ha conservado un resto (v. 9), por lo que aún cabe rectificar y tener esperanza en alcanzar la salvación. San Pablo, en Rm 9,27-29, cita el v. 9 en un contexto en el que el Apóstol defiende la elección divina irrevocable de Israel, del que, a pesar de sus pecados, Dios reservará un resto fiel.

El pecado del pueblo, su rebelión contra Dios, no consistió tanto en un interés deliberado por ofenderlo cuanto en «no conocer», «no discernir» (cfr 1,3), que todo cuanto tenían procedía de la bondad del Señor y no de sus propios logros personales.

La situación se repite en la historia y, con frecuencia, lo que debía suscitar acogida y agradecimiento es despreciado. Pero hoy y siempre es posible el triunfo sobre el mal y el pecado gracias a la Redención realizada por Jesucristo al llegar la plenitud de los tiempos (cfr Ga 4,4). «Es costumbre constante de los profetas no sólo anunciar el terrible castigo que deben sufrir los pecadores, sino también el que habrían merecido sufrir, para que en el momento del castigo den muchas gracias a Dios, porque la pena que Él les inflige no es proporcional a sus faltas sino mucho menor (…). Pablo ha expresado la misma idea; y lo hace de una manera más conveniente que el profeta: pues, al igual que en los tiempos del profeta, manifiesta que, si no hubiera sido muy grande la misericordia de Dios, todos habrían sido exterminados. Si no se hubiera manifestado la gracia en el tiempo de la venida de Cristo, todos habrían sufrido una suerte más terrible» (S. Juan Crisóstomo, In Isaiam 1,4).

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Is 1,10-20

Estos versículos de algún modo forman también una unidad literaria redactada según el esquema de «pleito», frecuente en la literatura profética: la exposición de delitos (vv. 10-15) contrasta con la relación de obras buenas, redactadas aquí a modo de exhortación (vv. 16-17), para desembocar en la sentencia final, que en este caso queda reflejada en la actitud del juez, que representa a Dios (vv. 18-20).

El inicio (v. 10) es duro al identificar a los habitantes de Judá con los de Sodoma y Gomorra, ciudades prototipo del crimen y del alejamiento de Dios. Los delitos de los que se les acusan son contra los actos de culto (vv. 11-15), que se describen gradualmente: sacrificios, incienso, festividades, plegarias. La acusación no se dirige contra los actos de culto en sí, pues éstos son los ordenados en el libro del Levítico y por tanto correctos. La malicia que se condena es el formalismo y la falta de coherencia de quienes los realizan, como se desprende de los versículos siguientes. La conducta que Dios exige (vv. 16-17) comprende la conversión sincera, la justicia, la defensa de los débiles: en definitiva, el comportamiento correcto con los demás miembros del pueblo. El Señor en esta especie de juicio se muestra propenso a perdonar, aunque sin negar la posibilidad del castigo (vv. 18-20). La imagen de los colores para indicar el pecado —rojo— y el perdón —blanco— (v. 18) ponen de relieve cómo Dios se complace en los que perdona como un pintor en sus obras.

En la Liturgia se leen algunos textos de esta sección durante el tiempo de Cuaresma (Martes de la Segunda Semana) que estimulan a recapacitar acerca de si se ha tributado a Dios el culto debido, a la vez que invitan a realizar una conversión sincera y profunda. Partiendo de este pasaje de Isaías —entre otros textos de la Escritura—, los escritores cristianos han venido explicando que la religión y la conversión verdaderas comienzan por el interior de la persona y se traducen en su conducta externa. Así escribía uno de los padres apostólicos: «De la penitencia hablaron, inspirados por el Espíritu Santo, los que fueron ministros de la gracia de Dios. Y el mismo Señor de todas las cosas habló también, con juramento, de la penitencia diciendo: Por mi vida —oráculo del Señor—, juro que no quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta; y añade aquella hermosa sentencia: Cesad de obrar mal, casa de Israel. Di a los hijos de mi pueblo: “Aunque vuestros pecados lleguen hasta el cielo, aunque sean como púrpura y rojos como escarlata, si os convertís a mí de todo corazón y decís: ‘Padre’, os escucharé como a mi pueblo santo”. Queriendo, pues, el Señor que todos los que Él ama tengan parte en la penitencia, lo confirmó así con su omnipotente voluntad. Obedezcamos, por tanto, a su magnífico y glorioso designio, e, implorando con súplicas su misericordia y benignidad, recurramos a su benevolencia y convirtámonos, dejadas a un lado las vanas obras, las contiendas y la envidia, que conduce a la muerte» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 8,1-9,1).

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Is 1,17

«Aprended a hacer el bien». La conducta que Dios pide exige un renovado esfuerzo en mejorar nuestro comportamiento mediante el empeño en formarse mejor. San Basilio comenta: «Como la ciencia moral no es evidente ni por sí misma es clara para todos, debemos aprender a hacer cosas buenas mediante la doctrina» (Enarratio in Isaiam 1,40). Y junto a la doctrina, el camino de la santidad requiere ejercitarse en las virtudes un día y otro, con constancia, en el ambiente y en las circunstancias en que vivimos. Las «virtudes humanas (…) son el fundamento de las sobrenaturales; y éstas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. Discite benefacere (Is 1,17), aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos correspondientes —hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia—, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios sólo de palabra, sino con obras y de verdad (1 Jn 3,18)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 91).

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Is 1,21-31

Como prolongación de la sentencia, el profeta lamenta intensamente la condición deplorable de Jerusalén (vv. 21-23) y anuncia una situación renovada (vv. 24-31). En este proceso, sobresale el sentido purificador: «Como lejía, limpiaré tus escorias» (v. 25). Con esta imagen tan expresiva queda claro que el Señor no busca la ruina del pecador, sino su reforma y progreso: «No castiga para destruir, sino educa para corregir» (S. Basilio, Enarratio in Isaiam 1,55).

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Is 2,1-4,6

Esta sección afronta una nueva disputa en la que resuena la enseñanza sobre el «día del Señor» (2,12; cfr Am 5,18-20). Si antes se había acusado al pueblo de abandonar a Dios (cfr 1,2-3), ahora se explica por qué el Señor ha abandonado a su pueblo (cfr 2,6): ha sido a causa de su arrogancia y de su idolatría (cfr 2,6-4,1). Pero el día en que se manifieste el juicio de Dios, la arrogancia humana será humillada y el Señor será ensalzado (cfr 2,9.11.17).

Unos oráculos sobre la gloria que Sión alcanzará en aquel día preceden (cfr 2,1-5) y culminan (4,2-6) esta contienda.

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Is 2,1-5

A pesar de los pecados del pueblo y de la calamitosa situación de Judá que se está describiendo en la primera parte del libro de Isaías, se abre ya desde el comienzo un resquicio a la esperanza con esta visión de restauración mesiánica y escatológica, en la que se subraya la centralidad universal de Sión, «el monte del Señor», es decir, Jerusalén.

Todos los pueblos acudirán entonces a la ciudad santa no con ánimo belicoso para despojarla de sus riquezas, sino en son de paz, para escuchar la palabra del Señor y ser instruidos en su Ley. Con esa esperanza a la que se apunta ya desde el principio se culminará el libro (cfr 66,18-24), y queda así rubricado al comienzo y al final del escrito uno de los mensajes más importantes que se contienen en él.

El poema (vv. 2-5), que con ligeras variantes aparece también en el libro de Miqueas (4,1-3), pone en relación la Ley con el Templo, centro espiritual de la Jerusalén renovada tras el regreso del destierro de Babilonia.

En contraste con la violencia y desolación que acompaña al pecado (cfr 1,2-9), la reverencia a Dios y el afán de vivir de acuerdo con sus disposiciones, la práctica de la justicia y el amor al prójimo conducen a la paz. La indumentaria bélica se transforma en aparejo de labranza y desarrollo: «En la medida en que los hombres son pecadores —dice el Concilio Vaticano II—, les amenaza, y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas, podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestran más para el combate” (Is 2,4)» (Gaudium et spes, n. 78).

Estas palabras de Isaías que anuncian la intervención salvífica de Dios al final de los tiempos alcanzan su plenitud en el nacimiento de Cristo. Con Él se inaugura una época de perfecta paz y reconciliación. La Iglesia utiliza este texto en la liturgia del primer domingo de Adviento, dirigiendo nuestra atención hacia la espera de la segunda venida de Cristo, mientras se prepara a recordar su primera venida en la Navidad.

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Is 2,6-22

Los hombres son arrogantes, confían en sus tesoros, en sus ejércitos y en los consejeros que se han buscado para halagar sus oídos. Sin embargo, cuando comparezcan ante Dios, toda esa altanería se esfumará. Los que confiaban en sí mismos quedarán aterrados ante la majestad del Señor.

El poema es una enérgica llamada de atención a los habitantes de Judá y Jerusalén acerca de sus actitudes, para invitarlos a depositar su confianza en Dios, el único que merece estimación (cfr v. 22). La lección sigue siendo actual, especialmente para aquellos que confiados en el desarrollo de la ciencia y de la técnica y refugiados en el bienestar que poseen, se olvidan de los necesitados y, sobre todo, de Dios. De nada les aprovecharán sus aparentes logros cuando llegue el «día del Señor» (v. 12), «aquel día» (vv. 11. 17.20) en que su Juicio será inapelable. Comentando el v. 9 San Jerónimo escribe: «Podemos decir por analogía que toda opinión contraria a la verdad acabará adorando a los ídolos de sus manos, y se hará ídolos sobre la tierra; y el hombre será doblegado, y el varón será humillado, y no podrá erguirse porque estará atado por el diablo, si el Señor no le endereza, como por ejemplo sucedió con aquella mujer a la que Satanás había dominado durante dieciocho años, para que no pudiera mirar al cielo sino siempre a la tierra» (Commentarii in Isaiam 2,9).

«Aquel día» (vv. 11.17.20) es una fórmula que aparece aquí por primera vez, pero que reaparecerá muchas otras a lo largo del libro de Isaías, para introducir un oráculo escatológico, generalmente referido al «día del Señor». Será el momento de la exaltación definitiva de Dios.

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Is 3,1-15

El oráculo, que comienza y termina hablando del «Señor de los ejércitos», anuncia el juicio divino sobre Judá y Jerusalén, cuyo orgullo y suficiencia merecen el castigo.

El cuadro que se dibuja es el de una situación anárquica, con un pueblo a la deriva, sin que nadie asuma un gobierno responsable. Parece que se alude a un momento histórico de transición, bajo una regencia (cfr vv. 4 y 12). Es posible que se trate de la época en que el rey Uzías (Azarías) contrajo la lepra y su joven hijo Jotam comenzó a hacerse cargo de los asuntos de gobierno (cfr 2 R 15,5).

Se reitera la predicación moral dirigida al conjunto de la sociedad y al individuo: todos serán juzgados, con premio para el justo y castigo para el malvado (cfr vv. 10-11).

Las referencias peyorativas hacia la mujer, que aparecen aquí (v. 12) y en otros lugares del libro (19,16; 32,9; 54,6; etc.), responden a la mentalidad de la época en que fue escrito. En esos momentos la condición de la mujer en el ámbito jurídico era de inferioridad, dependiente para todo de su padre o del marido.

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Is 3,16-4,1

El profeta habla ahora con ironía dramática sobre la desolación y las víctimas que inundarían a Judá de dolor: la altivez y el lujo con que se adornan las mujeres de Jerusalén se tornarán en humillación y tormento (3,16-24), y no encontrarán quien las tome por esposas de tantos hombres como habrán perecido (3,25-4,1).

En el lector de estos oráculos resuenan sin duda los acontecimientos de la caída de Jerusalén ante las tropas de Nabucodonosor y las filas de deportados con sus familias caminando tristemente hacia Babilonia. Los que llevaban una vida atolondrada y frívola, despreocupada del Señor, comprobaron que sus placeres eran efímeros y sus alegrías superficiales, que se trocaron en sufrimientos y privaciones.

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Is 4,2-6

En medio de tanta aflicción ha quedado un germen que permite abrigar esperanzas de que el Señor volverá a estar presente entre los suyos otorgándoles su protección. Se completa así la visión de 2,1-5. El monte Sión se refiere sobre todo a la congregación de ese resto de Israel reunida en el Templo, que gozará de la protección del Señor como en los días del desierto, cuando tras la liberación de Egipto peregrinaban hacia la tierra prometida bajo la guía de la columna de nube y fuego (cfr Ex 13,21-22).

El «brote del Señor» (v. 2) es un título del monarca descendiente de David (cfr 11,1). No es sólo el «resto» de Israel que sobrevivirá y verá la gloria de la Jerusalén purificada, sino que es el Mesías, hijo de David. Por eso, un antiguo autor cristiano, al comentar el saludo de Isabel a María —«Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc 1,42)— dice: «De este fruto habla Isaías cuando dice: Aquel día, el germen del Señor será hermosura y gloria, fruto del país. ¿Cuál puede ser este fruto, sino el Santo de Israel, que a la vez es semilla de Abrahán, vástago del Señor, y flor que sube de la raíz de Jesé, fruto de vida del que hemos participado?» (Balduino de Cantorbery, De salutatione angelica).

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Is 5,1-7

La «canción de la viña» es una obra maestra de la poseía hebrea, que condensa un gran significado simbólico y pedagógico. Bajo la imagen del labrador desencantado se descubre al Señor dolorido por la falta de frutos de justicia de su pueblo. En vv. 1-2 el autor asume el papel del amigo de Dios; en vv. 3-6 es el amado quien expone los prolongados cuidados con su pueblo, y en v. 7 el autor vuelve a tomar la palabra. La trama es fácil y rápida: tras mantener en suspenso el significado de su mensaje (vv. 1-6) —de modo semejante a la parábola que cuenta Natán a David (cfr 2 S 12,1-15)— el autor lo descubre de pronto (v. 7): la viña es «la casa de Israel», que a pesar de los cuidados recibidos del amado, que es el Señor, no dio los frutos esperados, uvas selectas, sino «agraces». Israel habrá de reconocer su culpabilidad. Por eso, el comienzo lírico se cambia en anuncio de castigos. En la canción hay varios juegos ingeniosos de palabras, imposibles de expresar en una traducción.

El profeta Oseas ya había aplicado a Israel la metáfora de la viña (Os 10,1). También lo hace de nuevo más adelante el propio Isaías (27,2-5), y vuelve a aparecer en Jeremías (Jr 2,21; 5,10; 6,9; 12,10) y Ezequiel (Ez 15,1-8; 17,3-10; 19,10.14). Igualmente se encuentran alusiones en Sal 80,9-19 y en el «Cántico de Moisés» (Dt 32,32-33). Por su parte, el Eclesiástico aplica la imagen a la sabiduría divina (cfr Si 24,23-30). Finalmente, Jesucristo lo retomará en la parábola de los viñadores homicidas, presentando la parábola como un compendio de la historia de la salvación, que llega hasta la actitud de los jefes judíos con Él mismo (Mt 21,33-46; Mc 12,1-12; Lc 20,9-19).

Como continuación del antiguo pueblo de Israel, la Iglesia está también prefigurada en la historia de la viña. Así lo hace notar el Concilio Vaticano II al recordar las figuras bíblicas de la Iglesia: «La Iglesia es labranza o campo de Dios (1 Co 3,9). En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11,13-26). El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21,33-43 par.; cfr Is 5,1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en Él por medio de la Iglesia y que sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,1-5)» (Lumen gentium, n. 6).

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Is 5,8-30

Seis ayes o lamentaciones configuran el conjunto del poema (vv. 8-10.11-17.18-19.20.21 y 22-24), que se cierra con la amenaza de un castigo aún mayor del que han sufrido (vv. 25-30). El profeta denuncia seis especies de pecados de los hijos de Judá y Jerusalén, que acarrearán el castigo divino. Es otro modo de lamentar la falta de correspondencia censurada antes en la parábola de la viña (5,1-7).

La primera lamentación (vv. 8-10) se dirige a los que atesoran riquezas para sí, despreocupándose de los demás (cfr St 5,1-5). El castigo divino será una gran penuria, descrita de modo dramático. El texto hebreo dice literalmente: «Pues diez yugadas de viña producirán un solo bat, y un jómer de simiente producirá un efah». Una yugada es el terreno que puede arar en un día una yunta de bueyes, y un bat es una medida de capacidad de unos 21 litros. Un jómer, medida de áridos, equivale a unos 200 kgs., y un efah es la décima parte de un jómer. La imagen del profeta alude a que la tierra ni siquiera devolverá una cantidad equivalente a la que recibió en la siembra, sino menos aún: solamente la décima parte de lo que se empleó para sembrar.

En las demás lamentaciones se hace patente la degradación moral y ética de los nobles para los que sólo cuentan los banquetes, la vanidad y la mentira, pero no la justicia ni el derecho. Así pues, se dirigen invectivas contra los que viven tan sólo ocupados de pasarlo bien (vv. 11-17) y contra los que denigran desvergonzadamente el mensaje profético (vv. 18-19). De éstos se resalta su apegamiento al pecado, simbolizado en las cuerdas que les atan a la «vanidad», es decir, a la malicia, a la vez que desprecian la voluntad de Dios. A continuación se condena a los que niegan la verdad moral objetiva (v. 20), a los que presumen de ser sabios (v. 21), a los bebedores (v. 22) y a los jueces injustos (v. 23). A todos ellos se les anuncia que les llegará el castigo (v. 24). En la descripción de esta condena del pueblo de Judá y de Jerusalén se alude a todo tipo de desgracias: unas naturales, como fue el devastador terremoto (v. 25) sucedido durante el reinado de Uzías (cfr Am 1,1; Za 14,5); otras, consecuencia de la guerra (vv. 26-29), como la desolación que las tropas asirias fueron sembrando por todo el territorio de Judá, y que con el tiempo fue mayor, pues llegaron nuevos refuerzos aún más fuertes y fieros que los que ya estaban devastando el país.

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Is 5,20

Entre las lamentaciones que suscitan los malvados destaca la denuncia profética ante la falsía de los que engañan sin reparos, que mantienen actitudes frívolas ante la verdad. Por ese camino sólo cabe esperar una corrupción cada vez mayor. Desgraciadamente, actitudes análogas no han faltado ni faltan en momentos posteriores de la historia. Juan Pablo II señala que los mártires, dando testimonio del bien, «representan un reproche viviente a cuantos transgreden la ley (cfr Sb 2,2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: “¡Ay, de los que llaman al mal bien, y al bien mal; de los que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad; que dan lo amargo en dulce, y lo dulce en amargo!” (Is 5,20). Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades que, incluso en las circunstancias más ordinarias, puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que —como enseña San Gregorio Magno— le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno”» (Veritatis splendor, n. 93).

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Is 6,1-13

Como introducción del llamado «Libro del Enmanuel» (7,1-12,6) se sitúa este relato sobre la vocación profética de Isaías, que durante la guerra sirio–efraimita fue enviado por el Señor a su pueblo para explicarles el sentido de lo que estaba sucediendo y dar orientaciones sobre cómo actuar en esas circunstancias.

El relato comienza con una teofanía (vv. 1-4), que constituye uno de los puntos clave del mensaje del libro de Isaías. La manifestación de Dios sentado a la manera de los antiguos reyes orientales, en medio de la corte de seres angélicos —los «serafines»— en actitud de sumo respeto y proclamando la santidad del Señor, pone de relieve la grandiosa majestad de Dios. En esta visión del profeta, Dios es presentado como el tres veces santo (v. 3), máximo superlativo que usa la lengua hebrea. Ser santo implica lo que en nuestras lenguas, con mayor desarrollo conceptual, llamamos transcendencia. Dios transciende, está más allá de todos los otros seres, que son criaturas suyas. Santo, en hebreo, incluye también el concepto de sagrado o sacro. Quiere decir que Dios no se contamina de las limitaciones e imperfecciones de las criaturas, tanto en el orden del ser como en el del obrar.

Ante la santidad y majestad del Señor, Isaías responde con estremecimiento al sentir su propia impureza y la del pueblo (v. 5). Esta sensación de temor es habitual en las apariciones de Dios a lo largo de la historia bíblica, incluso en el anuncio del ángel a Santa María (cfr Lc 1,30: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios»). «Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. Ante la zarza ardiente, Moisés se quita las sandalias y se cubre el rostro (cfr Ex 3,5-6) delante de la Santidad Divina. Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: “¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!” (Is 6,5). Ante los signos divinos que Jesús realiza, Pedro exclama: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8). Pero porque Dios es santo, puede perdonar al hombre que se descubre pecador delante de él: “No ejecutaré el ardor de mi cólera… porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo el Santo” (Os 11,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 208).

En el momento en que Isaías reconoce humildemente su indignidad e insignificancia ante Dios es purificado y consolado (vv. 6-7). De ese modo, a pesar de aquel primer momento de temor, viene enseguida la respuesta confiada y generosa del profeta ofreciéndose para llevar a cabo la voluntad de Dios (v. 8). «A solas con Dios, los profetas extraen luz y fuerza para su misión. Su oración no es una huida del mundo infiel, sino una escucha de la palabra de Dios; es, a veces, un debatirse o una queja, y siempre una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia (cfr Am 7,2.5; Is 6,5.8.11; Jr 1,6; 15,15-18; 20,7-18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2584).

Finalmente, el Señor le encarga una misión. El mensaje que debe transmitir está formulado de modo provocador, mediante expresivas y sorprendentes paradojas (vv. 9-10). En efecto, la tarea que se le encomienda no consiste, como a primera vista podría parecer, en hacer que el pueblo se haga incapaz de escuchar y entender la palabra de Dios que podría moverlo a la conversión. Se trata más bien de explicar a ese pueblo que no prestar atención a la palabra divina produce una ceguera de corazón que impide ver clara la realidad y, como consecuencia, el pecador por sí solo no se siente urgido a recapacitar y cambiar. Los evangelios sinópticos ven cumplidas en la predicación de Jesús las palabras de los vv. 9-10 (cfr Mt 13,13-15; Mc 4,11-12). El Evangelio de San Juan ve también en esas palabras un anticipo de lo que sucedía a quienes rechazaban la predicación de Jesús: «Por eso no podían creer, porque también dijo Isaías: Les ha cegado los ojos / y les ha endurecido el corazón / de modo que no vean con los ojos / ni entiendan con el corazón ni se conviertan, / y yo los sane. Isaías dijo esto cuando vio su gloria y habló sobre él» (Jn 12,37-41). San Pablo asimismo recurre a los vv. 9-10 para hacer reproches a los judíos de Roma que rechazan la Buena Nueva de la Salvación en Cristo que les anuncia (cfr Hch 28,23-28).

El endurecimiento del pueblo será grave y merecerá un castigo severo, pero no será indefinido. El desastre será tremendo —ciudades y casas devastadas—, pero quedará un germen santo que rebrotará (vv. 11-13). El mensaje de estos versículos sigue vigente para los hombres y mujeres de cualquier época. Isaías manifiesta ante Dios una actitud humilde, de máximo respeto y, al mismo tiempo, llena de confianza. Por su parte, el Señor purifica a sus elegidos y los envía como colaboradores de su obra de salvación. Orígenes, que comentó numerosas veces este pasaje, señala: «Que se me traigan, por tanto, del altar celeste las brasas que quemen mis labios. Si las brasas del Señor tocan mis labios, los purificarán y cuando los hayan así purificado y circuncidado de los vicios (…) abrirán mi boca al Verbo de Dios y no saldrá más de ella una palabra impura (…). El serafín que ha sido mandado a purificar los labios impuros del profeta no ha purificado los labios del pueblo (…); por eso se comportan todavía como impíos, todavía repudian al Señor Jesucristo, todavía lo maldicen con labios impuros. En cuanto a mí, yo le pido al serafín que venga y purifique mis labios» (Orígenes, Homiliae in Isaiam 1,4). Tan sólo hace falta tener la misma actitud de humilde docilidad que mostró Isaías: «Habiendo recibido la gracia de Dios, no ha requerido recibirla en vano, sin hacer uso de ella para cuanto convenía. Viendo a los serafines, viendo al Señor de los ejércitos sentado en su alto y excelso trono, ha dicho: “Ay de mí…”. Al hablar así y hacerse “indigno”, consigue la ayuda de Dios, porque Él acoge su humildad» (ibidem 6,2). Y San Juan Crisóstomo comentando la respuesta de Isaías señala que el profeta se muestra disponible a cumplir su misión entre el pueblo porque «como los santos son amigos de Dios, aman también muchísimo a todos los hombres» (In Isaiam 6,5).

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Is 7,1-12,6

Este conjunto de relatos y oráculos ha sido llamado comúnmente «Libro del Enmanuel», porque se estima que su cumbre está en el misterioso anuncio del Mesías-Salvador, llamado Immanu-El, «Enmanuel», que significa «Dios–con–nosotros» (7,14). Es uno de los bloques más interesantes de la primera parte de Isaías. Algunos autores incluyen también en el «Libro del Enmanuel» la visión de la majestad divina y vocación del profeta (6,1-13), que puede ser considerada como un capítulo introductorio.

La profecía del Enmanuel comienza con el anuncio profético del «signo» salvífico que será dado por Dios: la «virgen» que concebirá y dará a luz un «niño» (7,1-8,22). El «niño» es descrito con atributos que difícilmente se explican en el nivel de lo meramente humano (8,23-9,6). La alegría de la salvación que acaba de anunciarse se entenebrece —es una de las paradojas frecuentes del libro— con los anuncios de la ira del Señor y la destrucción de Samaría y la amenaza a Jerusalén a manos de Asiria (9,7-10,19). Pero, como es habitual en la enseñanza de Isaías, se salvará un «resto». Dios hará surgir un «vástago» del tronco de Jesé, esto es, un descendiente de David en el que «se posará el Espíritu del Señor», e inaugurará el reinado de justicia y paz y volverán a su tierra los exiliados (10,20-11,16). Por ello, el profeta entona un breve salmo de acción de gracias (12,1-6).

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Is 7,1-9

Tras el relato de la vocación de Isaías donde se hablaba de la incapacidad de un corazón endurecido para escuchar la palabra del Señor (cfr 6,9-10), se aduce ahora un ejemplo que lo corrobora. Se trata de lo sucedido en un encuentro entre Isaías y el rey Ajaz, en el que el monarca se debate en la duda de qué postura tomar ante las presiones que recibe para que su reino se incorpore a la coalición antiasiria formada por Israel (aquí también llamado Efraím) —cuya capital era Samaría— y por Siria —cuya capital era Damasco—. De Tabeel (o Tabeal) (v. 6) no se conoce más de lo que aquí se dice. Quizá fuera un alto funcionario, dispuesto a seguir la política aramea en el reino del Sur. El mensaje profético consiste en advertir a Judá que debe confiar en Dios prestando fe a su palabra, sin recurrir a alianzas políticas, ni con los sirio–efraimitas ni con Asiria. El párrafo termina lacónicamente con la amenaza de que si Ajaz y los suyos no creen, no subsistirán (vv. 7-9). En la narración se pone como testigo del diálogo a un hijo de Isaías al que se llama «Sear-Yasub» (v. 3), nombre que está cargado de simbolismo, pues significa «un resto volverá». De algún modo, con su presencia, está testificando que Dios asegura la permanencia perenne del pueblo: siempre habrá una parte, un resto, que volverá a Dios y recobrará lo perdido (cfr 10,20-22).

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Is 7,10-17

Aunque el monarca la había rechazado, el Señor le ofrece una señal de que no tiene por qué temer las amenazas de los reyes de Israel y Siria: una doncella está encinta y dará a luz un niño a quien llamará Enmanuel; en pocos años, antes de que el niño tenga uso de razón, los dos reinos a los que Ajaz teme habrán quedado desolados y vendrá una prosperidad a Judá como no la tenía desde antes de que comenzaran las amenazas del poderío asirio.

Las palabras del profeta, que en su contexto histórico y en su significación literal resultarían bastante claras para los protagonistas, tienen además la capacidad de enriquecerse con nuevos significados: es lo que ha sucedido con este texto en el desarrollo progresivo de la Revelación. En efecto, en el v. 14 hay tres elementos que, por separado y en su conjunto, pueden ser signo de la paz y de la salvación: la madre, el hijo y el nombre «Enmanuel». La madre es una doncella, es decir, una mujer joven que no ha tenido hijos antes. Podría referirse a la joven esposa de Ajaz o a una joven indeterminada. En todo caso, al presentar su embarazo en el marco de una señal que se da al rey, se indica que estamos ante un hecho novedoso. No es extraño, por eso, que los intérpretes posteriores, especialmente los que tradujeron el texto al griego hacia el siglo II a.C., para subrayar esa novedad asombrosa tradujeran la palabra hebrea «doncella» por la palabra griega «virgen». Después, los evangelistas San Mateo (Mt 1,23) y San Lucas (Lc 1,26-31) indicaron que la virginidad de María era la señal de que su Hijo es el Mesías, el verdadero Dios con nosotros, que trae la salvación.

El niño es el elemento más significativo. Si se trata del hijo de Ajaz, el futuro rey Ezequías, la profecía estaría mostrando que su nacimiento iba a ser señal de la protección divina, porque con él se aseguraría la sucesión dinástica. Si se refiere a un niño indeterminado, las palabras del profeta enseñarían que el nacimiento de este niño pondría de manifiesto la esperanza de que «Dios iba a estar con nosotros», y su edad de discernimiento (v. 16) indicaría la llegada de la paz; sería, por tanto, la señal de que «Dios está con nosotros». En el Nuevo Testamento, estas palabras se cumplen en su sentido más profundo: María es Virgen y es Madre, y su Hijo no es un símbolo de la protección de Dios sino la realidad del Dios verdadero que habita entre nosotros.

El nombre «Enmanuel» es expresión profética del carácter de revelación que tiene el nacimiento del niño, como eran reveladores los nombres de los hijos de Isaías: Sear-Yasub, que significa «un resto volverá» (7,3), y Maher–salal–jas–baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín» (8,1-3). En el Nuevo Testamento, el nombre subraya la realidad gozosa de que Jesús es en verdad «Dios con nosotros».

La tradición cristiana ha contemplado el oráculo de Isaías con el mayor respeto y veneración: «Aprende del profeta mismo cómo ha podido suceder esto. ¿Según, quizá, la ley de la naturaleza? De ninguna manera, responde el profeta. He aquí que una virgen…, replica el profeta (…). ¡Oh evento admirable: una virgen llega a ser madre permaneciendo virgen! (…) Convenía, en efecto, que el que hacía su ingreso en la vida humana para la salvación de los hombres (…) tomase origen de una integridad absoluta y entregada a Él sin reserva alguna» (S. Gregorio de Nisa, In diem natalem Christi 1136).

Por eso, exponiendo el sentir de la Iglesia, el Concilio Vaticano II puede expresarse así: «La Sagrada Escritura, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y la venerable Tradición van mostrando de manera cada vez más clara la función de María en la historia de la salvación y, por así decirlo, la proponen a nuestra contemplación. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación en la que se va preparando, paso a paso, la venida de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y se interpretan a la luz de la plena revelación ulterior, iluminan poco a poco con más claridad la figura de la mujer, Madre del Redentor. Bajo esta luz, ella aparece proféticamente en la promesa hecha a nuestros primeros padres acerca de la victoria sobre la serpiente (cfr Gn 3,15). Igualmente, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo que se llamará Emmanuel (Is 7,14; Mi 5,2-3; Mt 1,22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los misterios vividos en su carne» (Lumen gentium, n. 55).

El hecho de que el oráculo fuera pronunciado en circunstancias históricas concretas no cierra, pues, su horizonte más trascendente, es decir, mesiánico, que se ha ido abriendo a la luz de la historia de la salvación, en la que se deben mirar los episodios en función del designio salvador de Dios y de su acontecimiento último, que es Jesucristo. Sólo desde esta perspectiva se está en condiciones de entender que la historia del Antiguo Testamento, en su conjunto y en muchas de sus etapas, constituye una profecía del Nuevo, una «preparación del Evangelio». Por esto, para la lectura cristiana, que dispone de alguna manera del conocimiento del «final», la interpretación mesiánica del oráculo del Enmanuel es perfectamente coherente con su sentido literal.

Las palabras del profeta, cumplidas en Cristo, han dado pie a numerosas y bellas interpretaciones espirituales: «Este Enmanuel, nacido de la Virgen, come manteca y miel, y pide de cada uno de nosotros manteca para comer (…). Nuestras obras dulces, nuestras palabras suaves y buenas, son la miel que come el Enmanuel nacido de la Virgen (…). Comiendo en verdad de nuestras buenas palabras, obras y razones, nos alimenta con sus alimentos espirituales, que son divinos y mejores. Y desde el momento que es una cosa dichosa acoger al Salvador, abiertas las puertas de nuestro corazón, preparamos para Él la “miel” y toda su cena, y así Él mismo nos conduce a la gran cena del Padre en el reino de los cielos, que está en Cristo Jesús» (Orígenes, Homiliae in Isaiam 2,2).

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Is 7,18-25

Se incluyen aquí, tal vez porque aluden a temas relacionados con los que se vienen tratando en esta sección del libro, cuatro oráculos que comienzan con la expresión «aquel día». Probablemente se refieren a las campañas asirias que desolaron el territorio de Judá y llegaron hasta el asedio de Jerusalén.

El primer oráculo (vv. 18-19) habla de la amenaza de devastación por parte de las potencias extranjeras. Podría referirse a las constantes provocaciones de Egipto o, más probablemente, al inminente ataque de Asiria.

En el segundo (v. 20) se compara a Asiria con una «navaja alquilada»: es alusión irónica a la ayuda pedida por Ajaz a ese reino (cfr 2 R 16,8). «El Río» se refiere al Éufrates.

El tercer oráculo (vv. 21-22), por contraste, es una llamada a la confianza total en el Señor. En él se habla de «cuajada y miel» (v. 22), como en la profecía del Enmanuel (cfr 7,15). A pesar de la escasez de productos agrícolas debida a la devastación de los campos de cultivo, el Señor proporcionará alimentos abundantes y sabrosos al «resto» que quede en la tierra, que será como el germen para la futura reconstrucción del país.

El cuarto oráculo (vv. 23-25) describe con crudeza la desolación del país tras las campañas de los ejércitos asirios.

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Is 8,1-20

La amenaza asiria sigue pesando sobre los habitantes de Jerusalén. No faltaban quienes abogaban por unirse a la alianza antiasiria formada por Resín de Damasco y el rey de Samaría, pero el profeta advierte que aceptar esa propuesta no impediría verse arrastrados por el poderío asirio (vv. 5-8). Todos los acuerdos de los hombres que no cuentan con Dios, fracasarán (vv. 8c-10). En cambio, no hay que tener miedo a poner toda la confianza en el Señor, el único a quien se debe reverenciar (vv. 11-15). El v. 14 es retomado por San Pablo para mostrar que si Israel no encontró la justicia fue porque no la buscó en la fe en Dios, sino como fruto de sus propias obras (cfr Rm 9,31-33). La Carta a los Hebreos (Hb 2,13) traslada las palabras de los vv. 17-18, según el texto griego, a Jesucristo, que ha asumido en su carne los padecimientos propios y de los hombres, que así pueden llamarse sus hermanos. Todas esas consideraciones vienen enmarcadas por textos narrativos (vv. 1-4 y 16-20). El primero (vv. 1-4) alude a una acción simbólica de Isaías: escribir de parte del Señor el nombre de Maher–salal–jas–baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín», e imponer ese nombre simbólico a un hijo suyo. Es decir, los que presionan al rey de Judá para que se unan a la alianza antiasiria serán en poco tiempo presa de los asirios. El segundo (vv. 16-20) recoge la acción de sellar el testimonio, llevada a cabo por el mismo profeta, que equivale a aferrarse a la palabra de Dios que asegura la permanencia del pueblo y de Jerusalén a través, sobre todo, del significado del nombre de sus dos hijos (v. 18; cfr 7,3). Dios es fiel y no puede frustrar a los suyos incumpliendo sus promesas; sería absurdo, además de idolátrico, acudir a nigromantes o adivinos como hacen los paganos (vv. 19-20).

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Is 8,21-22

El temor que había surgido ante las inquietantes noticias que llegaban acerca del creciente poderío asirio se hizo aún mayor cuando comenzaron a sentirse sus efectos. Parece que este texto se refiere a la deportación de los galileos, llevada a cabo por Teglatpalasar III el año 732. Con muy pocas, pero expresivas palabras, se describe el dolor de los que marchan al exilio y contemplan camino del destierro que toda su tierra ha sido devastada por los enemigos. Este panorama tan negativo prepara los ánimos para recibir con gozo el oráculo que viene a continuación.

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Is 8,23-9,6

Comienza a hacerse presente, aún entre sombras, la figura del rey Ezequías, que a diferencia de su padre Ajaz, fue un rey piadoso que confió totalmente en el Señor. Después de que Galilea fuera devastada por Teglatpalasar III de Asiria, con la consiguiente deportación del pueblo que vivía allí (cfr 8,21-22), el rey Ezequías de Judá reconquistaría esa zona, que recobraría su proverbial esplendor durante un cierto tiempo. Estos sucesos abrieron de nuevo paso a la esperanza.

Es posible que este oráculo tenga relación con la profecía del Enmanuel (7,1-17), y que el niño con prerrogativas mesiánicas que ha nacido (cfr 9,5-6) sea aquel niño del que profetizó Isaías que habría de nacer (cfr 7,14). En este sentido 8,23-9,6 es considerado el segundo oráculo del ciclo del Enmanuel. Ese «niño» que ha nacido, el hijo que se nos ha dado, es un don de Dios (9,5), porque significa la presencia de Dios entre los suyos. El texto hebreo le atribuye cuatro cualidades que parecen sumar las de los más grandes hombres que forjaron la historia de Israel: la sabiduría de Salomón (cfr 1 R 3) («Consejero maravilloso»), el valor de David (cfr 1 S 7) («Dios fuerte»), las dotes de gobierno de Moisés (cfr Dt 34,10-12) («Padre sempiterno») y las virtudes de los antiguos patriarcas («Príncipe de la paz»). En la antigua Vulgata latina se traducían por seis («Admirabilis, Consiliarius, Deus, Fortis, Pater futuri saeculi, Princeps pacis»), que son las que pasaron al uso litúrgico. La Neovulgata ha vuelto al texto hebreo. En todo caso se trata de títulos que los pueblos semitas aplicaban al monarca reinante, pero que, en su conjunto, trascienden a Ezequías y a cualquier otro rey de Judá. Por eso, la tradición cristiana ha visto que tales cualidades se cumplen sólo en Jesús. San Bernardo, por ejemplo, comenta así la razón de ser de cada uno de esos nombres: «Es Admirable en su nacimiento, Consejero en su predicación, Dios en sus obras, Fuerte en la Pasión, Padre perpetuo en la resurrección, y Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna» (Sermones de diversis 53,1).

Así como esos nombres se han aplicado a Jesús, la reconquista efímera de Galilea por Ezequías ha sido vista sólo como anuncio de la definitiva salvación realizada por Jesucristo. En los Evangelios resuenan expresiones de este oráculo en diversos pasajes en los que se habla de Jesús. Cuando Lucas narra la Anunciación a María (Lc 1,31-33) alude a que el hijo que concebirá y dará a luz recibirá «el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1,32b-33; cfr 9,6). Y en el relato de la manifestación del nacimiento a los pastores de Belén se les anuncia que «os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Mesías, el Señor…» (Lc 2,11-12; cfr 9,5). San Mateo ve en el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea (Mt 4,12-17) el cumplimiento de este oráculo de Isaías (cfr 8,23-9,1): las tierras que en tiempo del profeta se encontraban devastadas y a las que los asirios habían llevado gentes extranjeras para colonizarlas, han sido las primeras en recibir la luz de la salvación del Mesías.

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Is 9,7-10,4

Éste es un severo oráculo contra Israel, el reino del Norte. Los territorios de Efraím y Manasés, y la capital Samaría, sufrieron la acometida de sus enemigos, pero sólo fue el comienzo de los acontecimientos trágicos que terminarían con el derrumbamiento total del reino (cfr 2 R 15,17-38).

En cada una de las estrofas se repite por tres veces el mismo estribillo: «A pesar de todo, no se ha calmado su ira, y su mano continúa extendida» (9,11.16.20 y 10.4). Se insiste, pues, dramáticamente en el gran castigo que se cierne sobre ellos debido a su impiedad, y a que no se han convertido. El oráculo comienza por tratar de una invasión provocada por la soberbia del pueblo a manos de los arameos y filisteos (9,7-11), para seguir con la descripción de la falta de arrepentimiento en los responsables del pueblo, que conllevará un castigo del que ni siquiera los más débiles —los que en otras ocasiones son los predilectos de la misericordia y amor de Dios— escaparán (9,12-16). A continuación describe la confusión reinante entre el pueblo y las guerras fratricidas que lo asolan (9,17-20), para terminar lamentándose de los legisladores injustos y de los que son culpables de la injusticia social (10,1-4).

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Is 10,5-19

El profeta ve en las actuaciones de los asirios una manifestación del gobierno de Dios sobre las naciones: Asiria ha sido el instrumento del que el Señor se ha valido para corregir la infidelidad de su pueblo (cfr vv. 5-6). Tomando pie en este pasaje de Isaías y en otros de la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica explica: «Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura, atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es “una manera de hablar” primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cfr Is 10,5-15; 45,5-7; Dt 32,39; Si 11,14)» (n. 304).

Sin embargo, Asiria se excedió en sus funciones tratando a Judá como a las naciones paganas; no se imaginó que su fortaleza era prestada por Dios y se llenó de orgullo por su propio poderío —el v. 9 recoge una lista de ciudades importantes conquistadas por los asirios— (vv. 7-11). Por eso, en su momento, el Señor los juzgará y humillará su soberbia (vv. 12-18). No quedará de aquella más que un resto insignificante (v. 19).

Hay aquí una llamada a reconocer a Dios como Señor de la historia y a ser dóciles a sus planes (cfr vv. 15-16), a la vez que se condena el pecado de orgullo, que lleva a arrogarse lo que pertenece a Dios y a ponerse en su lugar. Por eso, en sentido espiritual, Orígenes ve en el v. 10 una imagen de la arrogancia de todo pecador: «Cada uno se hace un dios de lo que le parece bien y sirve al pecado, sujeto a la maldición, haciendo una estatua, fundiendo la obra de las manos de un artesano y poniéndola en secreto. Y ciertamente en el secreto del corazón construimos muchos ídolos cuando pecamos» (Homiliae in Isaiam 8,1).

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Is 10,20-34

En contraste con el resto insignificante de Asiria (cfr 10,19), el «resto» de Israel se salvará y estará lleno de vitalidad (cfr 4,3; 7,3). No es un residuo de algo llamado a desaparecer, sino una cepa que fue podada y que al rebrotar en el momento oportuno será hermosa y dará fruto abundante.

Desde luego, las palabras del profeta son claras y advierten a Judá de lo que le espera: un castigo ejemplar (vv. 20-23), al que sólo sobrevivirán los que se apoyen en el Señor y no en quien los hiere (v. 20), es decir, los que hagan caso a lo que el Señor advirtió a Ajaz por medio de Isaías: «Si no creéis —esto es, si no os apoyáis en Dios—, no subsistiréis» (7,9). La invasión va llegando desde el norte y arrasando cuantas ciudades hay entre Samaría y Jerusalén (vv. 27-32), pero Judá puede aguardar con paciencia esos momentos amargos, ya que sólo durarán un tiempo y después el Señor intervendrá a favor de su pueblo, como lo había hecho con sus padres en otros momentos anteriores de dificultad (vv. 33-34).

El v. 22 es citado explícitamente por San Pablo en Rm 9,27 (según la versión de los Setenta) en apoyo de las reflexiones del Apóstol acerca de la elección de Israel y la vocación de los gentiles a la salvación dentro del misterio de la predestinación.

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Is 11,1-9

Este pasaje es considerado el tercer oráculo del Enmanuel. Tiene dos secciones. La primera (vv. 1-5) anuncia al vástago que saldrá de la cepa de Jesé, el padre de David, en un futuro. La segunda (vv. 6-9) presenta los frutos de su reinado con las imágenes de la paz mesiánica, esto es, la restauración del estado de justicia original de la creación.

En la primera parte se anuncia con solemnidad la llegada al trono de un nuevo rey, nacido de la misma estirpe de David; humilde como indica la imagen del tronco talado, pero con la vitalidad de un retoño tierno. Se refiere al rey venidero («saldrá») y no al monarca reinante. El nuevo rey gozará de cualidades excepcionales para gobernar gracias al Espíritu del Señor que vendrá sobre él. El Espíritu divino es una fuerza interior, un don concedido por Dios a los personajes más notables de la historia de la salvación para cumplir una misión arriesgada y difícil: a Moisés (cfr Nm 11,17), a los jueces (cfr Jc 3,10; 6,34), a David (1 S 16,13). El nuevo descendiente de David regirá al pueblo no con el despotismo de los monarcas de la época sino con el dinamismo carismático que le viene de Dios. Las cualidades o dones del Espíritu son seis, enumerados de dos en dos: la sabiduría e inteligencia se refieren a la destreza y prudencia para no errar en el juicio, a ejemplo de Salomón (cfr 1 R 5,26); el consejo y fortaleza son propias del buen estratega como David; el conocimiento y el temor de Dios son de orden religioso para que el rey no olvide que representa a Dios en el pueblo.

La segunda parte describe, de manera bella y expresiva, la paz mesiánica que conseguirá este nuevo «vástago». El panorama que se presenta es la restauración del paraíso en la armonía de que gozaba al inicio de la creación, y que fue rota por el pecado. La violencia desaparecerá incluso entre los animales irracionales. En contraste con el intento soberbio de los hombres de querer «ser como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,5), entonces recibirán como un don divino el llenarse del «conocimiento del Señor» (v. 9). El «niño» que por dos veces se menciona (vv. 6.8) no tiene que ver directamente con el rey–niño del oráculo recogido en el cap. 9 (9,5) ni con el Enmanuel (7,14). Sin embargo, en lo íntimo del profeta probablemente tenían muchos puntos de contacto, como queda de manifiesto por la referencia a la función de gobierno, que se refleja en la misión de guiar (v. 6).

La imagen del «vástago» de estirpe real que hará posible la paz en la tierra ha sido interpretada en la tradición cristiana como cumplida en Jesucristo. Santo Tomás de Aquino, que entiende que aquí se habla de Cristo como el que lleva a cabo la restauración del género humano, señala: «Primero se habla del “restaurador”, Cristo, en cuanto a su nacimiento (v. 1); luego en cuanto a su santidad (vv. 2-9) y finalmente en cuanto a su dignidad (v. 10)» (Expositio super Isaiam 11). Y Juan Pablo II comenta: «Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé / y un retoño de sus raíces brotará. / Reposará sobre él el espíritu del Señor: / espíritu de sabiduría e inteligencia, / espíritu de consejo y fortaleza, / espíritu de ciencia y de temor del Señor. / Y le inspirará en el temor del Señor” (Is 11,1-3). Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de “espíritu”, entendido ante todo como “aliento carismático” y el “Espíritu” como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David (“del tronco de Jesé”) es precisamente aquella persona sobre la que “se posará” el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza» (Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 15).

En el contexto de lectura cristiana que descubre en estas palabras una alusión a la actuación del Espíritu Santo en las almas, se entiende que se haya prestado especial atención a los «espíritus» que reposan de modo estable sobre el Mesías, y que son «dones» estables a través de los cuales actúa el Espíritu Santo. Éstos son seis según el texto hebreo, al que sigue la Neovulgata. La traducción griega de los Setenta y la Vulgata desdoblaron el don de temor en dos: «el don de piedad» y el de temor de Dios. Por eso, la catequesis y la teología hablan de siete: «Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cfr Is 11,1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1831).

 ▲ COMENTARIO

Is 11,10-12,6

La primera gran sección del libro de Isaías (1,2-12,6), que había comenzado describiendo un momento de crisis profunda, con Judá desolada y Jerusalén sitiada (1,2-23), termina ahora con palabras de alegría y alabanza al Señor, que salva y restaura a su pueblo. Tras los malos momentos, las infidelidades del pueblo, las severas advertencias del profeta, el terror y destrucción sembrados por los ejércitos extranjeros, sobrevivirá un «resto» que retornará triunfante y jubiloso a la tierra que Dios le había otorgado. Las cuatro estrofas que componen esta pieza dirigen la mirada hacia «aquel día» (cfr 11,10.11;12,1.4), situando así el cumplimiento glorioso de las promesas de salvación en una perspectiva escatológica. Las dos primeras podrían ser una adición de la época persa (siglo V a.C.), cuando ya habían vuelto los exiliados de Babilonia, pero quedaban muchos judíos dispersos en otras naciones.

El Señor, que había extendido su mano para castigar las infidelidades (cfr 5,26; 9,11.16.20; 10,4), la volverá a extender para rescatar a su pueblo (cfr 11,11) de todos los países donde fueron dispersados —Patrós se refiere al alto Egipto; Elam a la antigua región del sudoeste de Irán; Sinar a Babilonia; Jamat a una ciudad de Siria; las islas del mar especialmente a los pueblos del mar Egeo— y para restablecer la unidad entre las tribus. Todos experimentarán la cercanía de Dios en su camino de retorno, como la experimentaron sus antepasados cuando salieron de Egipto para emprender el camino a la tierra prometida (cfr 11,11-16).

La Iglesia se ve reflejada en ese «resto» que ha conocido y experimentado la salvación de Dios y se siente llamada a llevar el testimonio de su alegría a la humanidad entera. «Por ello —dice el Concilio Vaticano II—, todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, fomentar en sí mismos un espíritu verdaderamente católico y consagrar sus energías a la obra de evangelización. Sepan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación en pro de la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Así, su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como signo levantado entre las naciones, luz del mundo (Mt 5,14) y sal de la tierra (Mt 5,13)» (Ad gentes, n. 36).

El sentido de la protección divina sobre la Iglesia y sus hijos es constante en la conciencia cristiana: «La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (cfr Is 11,12). Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).

Los vv. 12,1-6 son como un breve salmo de acción de gracias y alabanza a Dios, digno colofón del ciclo de profecías o «Libro del Enmanuel» (7,1-12,6). En el centro del himno está la «salvación» (vv. 2.3) prometida por Dios, el Santo de Israel (v. 6; cfr 6,3), en estos capítulos. San Jerónimo escribe: «De aquel a quien antes llamara Enmanuel, dice después que quita los expolios y corre a entregar el botín, y le da otros nombres para que no parezca que es otro del que Gabriel anunció a la Virgen (cfr Lc 1,31). Ahora le llama Salvador y proclama que han de beberse las aguas de sus fuentes» (Commentarii in Isaiam 12,1). Y San Cirilo de Alejandría, por su parte, identifica estas fuentes con el mismo Cristo: «El agua es la palabra vivificante de Dios, las fuentes son los apóstoles y evangelistas y los mismos profetas: pero sobre todo la fuente de la salvación es Cristo» (Commentarius in Isaiam 12,3).

Las palabras del v. 3 dieron título a la encíclica que el Papa Pío XII dedicó a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: «Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal. Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: Toda dádiva buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces (St. 1,17), razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: En el último gran día de la fiesta, Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz: “El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí”. Pues, como dice la Escritura, “de su seno manarán ríos de agua viva”. Y esto lo dijo Él del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él (Jn 7,37-39)» (Haurietis aquas, n. 1).

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