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Si 33,19-42,14

Constituye, como de costumbre, una extensa aplicación práctica de la sección anterior de 32,18-33,18. Se inicia con consejos de prudencia humana sobre el gobierno del patrimonio personal y familiar (33,19-24) y sobre el tratamiento de criados y siervos (33,25-33). Después la temática cambia, sin que se vea con claridad una continuidad de pensamiento: advertencia acerca de los sueños y esperanzas vanos (34,1-8); experiencias que se pueden adquirir en los viajes (34,9-21); rectitud de intención en los sacrificios que se ofrecen a Dios (34,22-35,13), porque Dios es justo y mira el interior de las personas (35,14-26). El pequeño tratado moral sobre los sacrificios lleva a Ben Sirac a dirigirse en oración a Dios por Israel (36,1-19), pero se interrumpe bruscamente con unas máximas sobre el discernimiento de los corazones (36,20-28), a las que siguen algunas reglas de prudencia acerca de la consulta a amigos y consejeros (37,1-19) y unas reflexiones sobre el valor de la recta razón y la sabiduría, que quizás indican contacto cultural con el mundo helénico (37,20-34). Tal vez en esta línea está el parágrafo siguiente dedicado al uso lícito de las medicinas y de los médicos, pues también la ciencia médica procede del Altísimo en beneficio de los hombres (38,1-15). Puestos a hablar de la medicina, el autor trata brevemente de no dejarse llevar de la melancolía por los difuntos (38,16-24).

Interesante es el pensamiento de Ben Sirac acerca del uso del ocio y del ejercicio de los oficios manuales, que suelen distraer de la contemplación de las cosas más altas del espíritu (38,25-39), frente al oficio de «escriba», que constante y beneficiosamente se ocupa en meditar la Ley del Señor (39,1-15). El autor, escriba de profesión, entona una alabanza a Dios por esa ocupación suya (39,16-41). Sin duda, las consideraciones precedentes le inducen a reflexionar sobre la mísera condición humana (40,1-11), la esperanza en la caducidad del mal en la tierra (40,12-16) y el honesto disfrute de las cosas placenteras y más valiosas de esta vida (40,17-32). Pero es bueno el recuerdo de la muerte, ante cuya realidad inexorable hay que prepararse (41,1-7), para no caer en la maldición destinada a los impíos (41,8-16). Vienen luego unos consejos acerca de la verdadera y falsa vergüenza, esto es, de qué cosas hay que avergonzarse y de cuáles no (41,17-42,8). Una breve digresión sobre los cuidados con las hijas y las mujeres termina esta cuarta parte del libro (42,9-14).

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Si 33,19-33

Enseñanzas sobre cómo gobernar la casa y cómo tratar a los familiares, a los amigos y a los criados. Los consejos (cfr vv. 25ss.), acordes con su tiempo, distan mucho de los que dará San Pablo a Filemón (cfr Flm 8-21).

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Si 34,1-8

En el mundo antiguo era frecuente considerar que los sueños proporcionaban claves para la interpretación del futuro (cfr Gn 37,10; 40,5-23; 41,1-49; Jc 7,13-15; Dn 2,1-45; 4,1-34). Sin embargo, en este pasaje se quita importancia a las creencias cercanas a la superstición que muchos podían tener, haciendo notar que, habitualmente, hacer caso a los sueños es cosa vana, ya que son como un espejo en el que se refleja uno mismo (v. 3). Sólo en el caso de que procedan del Altísimo vale la pena reparar en ellos (v. 6). Más que vivir de sueños e ilusiones falaces se ha de poner empeño en la realidad concreta de cumplir la Ley (v. 8).

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Si 34,9-21

El razonamiento de Ben Sirac es muy sugerente. Los viajes le han proporcionado una gran amplitud de conocimientos. Pero esos mayores conocimientos no han hecho más que reafirmarle en esta convicción: cuanto uno más sabe, más fácilmente reconoce que lo único importante es el temor del Señor.

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Si 34,22-35,26

En estos versículos se recoge la doctrina de Sirácida sobre el culto a Dios. La idea general que domina es que el culto que agrada a Dios no es el mero rito litúrgico, ya que para ser adoración verdadera debe ir acompañada de un comportamiento justo. Comienza el discurso con máximas que recuerdan la doctrina de los profetas sobre la justicia social y el culto (34,22-27).

Más de una de las recomendaciones aquí contenidas ha servido como punto de partida en la predicación de los Padres de la Iglesia para instruir a los fieles en la adoración que agrada a Dios. Por ejemplo, San Gregorio Magno reprende con firmeza a quienes encargan sacrificios con dinero adquirido injustamente: «Éstos también quitan con frecuencia a los pobres lo que ofrecen a Dios. Pero como dijo cierto sabio, el Señor los rechaza con gran indignación (Si 34,24). ¿Qué puede ser más intolerable que la muerte de un hijo ante los ojos de su padre? Con esto se muestra, pues, con qué enfado contempla Dios tal sacrificio» (Regula pastoralis 3,21).

La necesidad de reiterar con fuerza que «derrama sangre quien retiene el salario del jornalero» (34,27; cfr St 5,4) es una exigencia ineludible. En efecto, el trabajador tiene derecho a percibir un salario justo por su trabajo. «El trabajo —hace notar el Concilio Vaticano II— debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común» (Gaudium et spes, n. 67).

Sigue el pasaje con una breve exhortación a la sinceridad del arrepentimiento para que ayunos y oraciones sean verdaderos (34,28-31), y pasa otra vez a tratar de los actos de culto (35,1-13). Ben Sirac no está en polémica contra las ceremonias religiosas, al contrario: la Ley prescribe las ofrendas a Dios, y hay que cumplir la Ley con generosidad (cfr 35,1.10). No obstante, afirma con claridad tres cosas, que introducen un matiz más personal en el culto a Dios: que la limosna es también un acto de culto (35,4), que la vida moral, conforme a la Ley, es ofrenda que Dios recibe con gusto (35,5) y que los sacrificios se deben ofrecer a Dios con generosidad y alegría (35,6-13).

A partir de 35,13, el sujeto de las frases es el Señor. El Sirácida dice quién es Dios —un buen pagador (35,13), juez justo (35,14-19), que retribuye a cada uno según sus obras (35,20-25)— y quién es el escuchado por Dios: el que da con generosidad (35,14), el oprimido (35,16), el huérfano y la viuda (35,17), el que le sirve (35,20), el humilde (35,21). La mayor parte de estas cualidades —tanto las de Dios como las de quien se dirige a Él— las ve el lector del Nuevo Testamento compendiadas en la actitud de Jesús con los enfermos, pecadores y desvalidos.

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Si 36,1-19

La plegaria que se dirige a Dios en favor del pueblo de Israel hace memoria de los beneficios recibidos para impetrar nuevas gracias. No se fija en los méritos que haya podido tener el pueblo, sino que apela a las promesas del Señor y a la manifestación de la gloria que merece.

Éste es uno de los pocos pasajes del libro del Eclesiástico en el que la mirada se dirige a los tiempos mesiánicos, cuando Dios restaure a Israel. La respuesta de Dios sobrepasó las miras de aquellos hombres ya que se sirvió de Israel para hacer llegar su salvación a toda la humanidad: «En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia (cfr Hch 10,35). Sin embargo, quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa. Eligió, pues, a Israel para pueblo suyo, hizo una alianza con él y lo fue educando poco a poco. Le fue revelando su persona y su plan a lo largo de su historia y lo fue santificando. Todo esto, sin embargo, sucedió como preparación y figura de la revelación plena que iba a hacer por el mismo Verbo de Dios hecho carne» (Lumen gentium, n. 9).

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Si 36,20-28

Consejos sobre la elección de la mujer. Lo mismo que en otras ocasiones, Ben Sirac sigue el pensamiento de la época y apunta la consabida costumbre según la cual el marido podía elegir mujer, pero ésta debía aceptar el que le proponían sus padres (cfr v. 23). Junto a ello, las sentencias recogen el lugar irremplazable de la mujer en la familia.

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Si 37,1-19

Pedir consejo es propio de las personas prudentes. Pero la prudencia se ejercita, entre otras cosas, en el discernimiento de la persona a quién se pide el consejo. Es absurdo buscar la aprobación de los aduladores o pedir orientación sólo a quienes ya se sabe que van a recomendar lo que se desea oír. El consejo que verdaderamente puede orientar es el que se presta de modo desinteresado, y para ayudar a discernir el camino recto. Quien verdaderamente puede orientar es el hombre piadoso y cumplidor de los mandamientos, que sabe hacerse cargo de la situación y comprenderla (cfr vv. 15-16). Y, desde luego, el testimonio de la recta conciencia y Dios mismo cuando se le pide orientación con rectitud (vv. 17-19).

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Si 37,20-34

Conjunto de enseñanzas de carácter heterogéneo en las que una cosa lleva a la otra: del corazón (v. 21) a la lengua (v. 23); de enseñarse a sí mismo (v. 22) a enseñar a los demás (v. 26); de probar las cosas de la vida (v. 30) a no dejarse dominar por ellas (v. 34).

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Si 37,31

San Pablo parece aludir en algunas ocasiones a la primera parte de este versículo: «No todo conviene a todos». En efecto, no es bueno compararse con los demás sino que cada uno debe discernir lo que realmente es bueno que haga: «“Todo me es lícito”. Pero no todo conviene. “Todo me es lícito”. Pero no me dejaré dominar por nada» (1 Co 6,12); «“Todo es lícito”. Pero no todo conviene. “Todo es lícito”. Pero no todo edifica» (1 Co 10,23).

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Si 38,1-15

Dios es quien gobierna el universo y ha dotado a los hombres de sus dones. Estos versículos constituyen un encendido elogio de la sabiduría de los médicos, al tiempo que recuerda que tanto esa sabiduría (vv. 2.4) como la eficacia de los remedios (v. 7) vienen de Dios mismo. Esta enseñanza recuerda que la actividad médica debe respetar el plan de Dios inscrito en la naturaleza: «La biología y la medicina contribuyen con sus aplicaciones al bien integral de la vida humana, cuando desde el momento en que acuden a la persona enferma respetan su dignidad de criatura de Dios. Pero ningún biólogo o médico puede pretender razonablemente decidir el origen y el destino de los hombres, en nombre de su competencia científica» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Donum Vitae, n. 11).

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Si 38,16-24

La mirada del Sirácida a la muerte es una mirada serena. Falta en ella una consideración explícita de la vida del más allá, pues sólo apunta como retribución el recuerdo que deja quien murió (cfr 39,12-15), su buen nombre (cfr 41,15-16). Sin embargo, contra alguna doctrina de su época, afirma que «no hay retorno» (v. 22). El convencimiento del dominio de Dios sobre todo lo creado le lleva a considerar la vida como don de Dios y, por tanto, a vivirla con alegría agradecida.

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Si 38,25-39,15

Ben Sirac regentaba una escuela (cfr 51,31) en Jerusalén. En esos centros escolares los alumnos no sólo aprendían a leer y escribir, sino que recibían instrucción para todos los aspectos de la vida. De hecho, gran parte del contenido de este libro es muy posible que formase parte de la instrucción que recibirían sus alumnos. En este momento, el maestro se detiene a ponderar la importancia del trabajo de escriba para el que se están preparando. Todos los oficios manuales son importantes para el buen funcionamiento de la sociedad, pero ninguno se puede comparar con las responsabilidades de gobierno y administración de la justicia que corresponden a los escribas (cfr 38,25-39). En la formación de quienes han de ocupar esos puestos de responsabilidad no puede faltar el conocimiento de la Ley de Dios, de las profecías y de los escritos de los sabios (cfr 39,1), que debe ir acompañado por la oración para que Dios les otorgue inteligencia (cfr 39,6-8).

Los versículos finales (39,12-15) expresan la primera retribución que alcanzará el sabio que es fiel a Dios: ya sea por su alabanza en la asamblea, o bien en la memoria de los hombres, o en el eco de sus enseñanzas, de alguna manera su nombre permanecerá por siempre.

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Si 39,16-41

Ben Sirac continúa exponiendo con sosiego sus meditaciones sobre lo que Dios ha hecho, y al contemplar la creación exalta la grandeza del Creador. Nada es casual: en la Providencia de Dios «todo ha sido creado por un fin» (v. 26). Hay un proyecto en el plan creador de Dios. Sin embargo, a todo observador atento de la realidad se le presenta en algún momento el problema de la existencia del mal, al que hay que buscar una respuesta. La solución que se apunta en este pasaje es que Dios no ha hecho el mal (v. 39), sino que las cosas buenas, necesarias para la vida humana, se han vuelto malas para los pecadores (v. 32).

La liturgia de la Iglesia recoge la exhortación de los vv. 17-21 como lectura para las solemnidades de Santa María Virgen. La alabanza a Dios contenida en ellos, que presagia la del Magnificat de la Señora, resume esencialmente la respuesta del hombre a los dones de Dios: «La gloria del hombre es Dios; el hombre, en cambio, es el receptáculo de la actuación de Dios, de toda su sabiduría y su poder. (…) Si el hombre acoge sin vanidad ni jactancia la verdadera gloria procedente de cuanto ha sido creado y de quien lo creó, que no es otro que el poderosísimo Dios que hace que todo exista, y si permanece en el amor, en la sumisión y en la acción de gracias a Dios, recibirá de él aún más gloria, así como un acrecentamiento de su propio ser, hasta hacerse semejante a aquel que murió por él» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,20,2).

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Si 40,1-41,16

Después de haber apuntado la bondad de las obras creadas por Dios, el autor sagrado se detiene a buscar las raíces del mal y las descubre en el pecado y sus consecuencias. Sus reflexiones muestran, como señala Juan Pablo II, que «incluso el problema del mal moral —la forma más trágica de mal— es afrontado en la Biblia, la cual nos enseña que éste no se puede reducir a una cierta deficiencia debida a la materia, sino que es una herida causada por una manifestación desordenada de la libertad humana» (Fides et ratio, n. 80).

Las consideraciones que aquí aparecen, leídas en el contexto del desarrollo progresivo de la Revelación, se pueden apreciar como un anticipo de la doctrina sobre el pecado original que será desarrollada con más detenimiento por San Pablo (cfr Rm 5,12-21).

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Si 41,17-42,8

La enumeración de las conductas dignas e indignas bajo la imagen de las cosas de las que uno debe arrepentirse y avergonzarse, (41,17-42,1) y de las que debe sentirse orgulloso, no debe retraer de hacer estas últimas (42,1-8). La tradición ascética ha utilizado más de una vez estos contrastes para instar al arrepentimiento y a hacer el bien: «Te apartaste del camino, y no volvías porque te daba vergüenza. —Es más lógico que te diera vergüenza no rectificar» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 985).

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Si 42,9-14

Así como antes se trataba de la educación de los hijos (30,1-13), ahora se dan algunos consejos acerca de las hijas. En este caso más que medidas encaminadas a la instrucción de las muchachas se trata de avisos para cuidarlas hasta que sean dadas en matrimonio. En este pasaje se aprecian rasgos de una mentalidad arcaica que conviene valorar en sus justas dimensiones (véase nota a 25,17-26,27).

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Si 42,15-50,31

Como en las otras partes del libro, también es posible distinguir aquí dos secciones: una primera sección doctrinal acerca de lo que está en el origen, Dios como Creador y Gobernador providente de sus criaturas (42,15-43,37), y una segunda sección, a modo de aplicación práctica (44,1-50,31), dedicada al elogio de los antepasados de Israel, pues «entregó a los piadosos la sabiduría» (43,37). En este sentido, esta última parte del libro de Ben Sirac es como una recapitulación, y un desarrollo explicativo, de las dos ideas centrales de los poemas que presiden el libro (1,1-2,23; 24,1-47). En 1,1 se decía que «toda la sabiduría procede del Señor» y, ahora, en 42,15-43,37, se describe la comprensión de la naturaleza como discernimiento de la Sabiduría que el Señor ha dejado en ella; asimismo, en 24,3-8 se decía que la Sabiduría tras salir de la boca de Dios, fijó su morada en Israel, y, ahora, en 44,1-50,31 se describe la obra de la Sabiduría divina en los antepasados ilustres que vivieron conforme a la Ley. La gloria de Dios se manifiesta así tanto en la naturaleza como en la historia.

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Si 42,15-43,37

En esta última sección introductoria culmina el mensaje que transmite el libro. Se había comenzado por establecer que toda sabiduría procede del Señor (1,1-2,23). Después se hizo notar que la observación y el estudio de la naturaleza es camino para buscar la sabiduría, pues se manifiesta en las normas que el Creador ha marcado a sus criaturas (16,24-18,14). Por eso, en la tercera parte, se dice que quien desea la sabiduría debe guardar los mandamientos (24,1-47), esto es, ahondar en el «temor del Señor», en el que se centraba la cuarta parte (32,18-33,18). Ahora se ensalza la gloria de Dios, que crea y gobierna el mundo. La afirmación de que «por la palabra del Señor existen sus obras» (42,15) alude sin duda al primer capítulo del Génesis en que se narra cómo Dios fue creando y separando sus obras por medio de su palabra, pero también prepara el camino para la comprensión de la Palabra de Dios hecha carne, tal como se enseña sobre Jesucristo en el Nuevo Testamento. San Juan en el prólogo a su evangelio proclama que «todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3; véase nota a 1,1-2,23). Así, la Revelación de Dios alcanzó su punto culminante en su Hijo encarnado: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo» (Hb 1,1-2).

Al meditar sobre la gloria de Dios manifestada en la creación, Ben Sirac comienza por ponderar la sabiduría y ciencia divina (42,15-25), para seguir mostrando que los cuerpos celestes manifiestan la gloria divina: el sol (43,1-5), la luna (43,6-9), las estrellas (43,10-11) y el arco iris (43,12-13). Más adelante se glosa el poder de Dios sobre los elementos de la naturaleza —nieve, rayos, nubes, granizo, truenos, viento, escarcha, etc.—, (43,14-28). Por último se pondera la grandeza de Dios sobre todo cuanto existe y se invita a adorarlo como se merece (43,29-36), pues «el Señor creó todas las cosas, y entregó a los piadosos la sabiduría» (43,37).

«Dios es infinitamente más grande que todas sus obras (cfr Si 43,30): “Su majestad es más alta que los cielos” (Sal 8,2), “su grandeza no tiene medida” (Sal 145,3). Pero porque es el Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en lo más íntimo de sus criaturas: “En el vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Según las palabras de S. Agustín, Dios es superior summo meo et interior intimo meo (“Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad”) (Conf. 3,6,11)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 300).

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Si 44,1-50,31

El elogio de los antepasados comienza con un breve prólogo (44,1-15) en el que se condensa la doctrina de Ben Sirac. Lo que se dice de ellos es lo que se ha afirmado a lo largo del libro de las personas sabias, fieles a la Ley: estos hombres «dejaron un nombre» (44,8; cfr 41,15-16), frente a los impíos de los que «no ha quedado memoria» (44,9; cfr 41,14); sus «méritos no se han olvidado» y transmitieron una «preciosa herencia» en sus descendientes (44,10-11; cfr 23,35-37); su nombre perdura «por generaciones», en todos los «pueblos» y en la alabanza de «la asamblea» (44,14-15; cfr 39,12-15). Pero estas vidas admirables son, al fin y al cabo, una muestra más de la grandeza de Dios (44,2). En la Iglesia esta misma doctrina se recoge a propósito de los santos. En su memoria le recordamos a Dios que «manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra. Tú nos ofreces el ejemplo de su vida, la ayuda de su intercesión y la participación en su destino» (Misal Romano, Prefacio de los Santos, I).

A continuación el autor recorre la historia sagrada desde Henoc (44,16) hasta el sumo sacerdote Simón (50,1-23). En realidad, el autor se remonta hasta Adán, porque está en el origen de todos los hombres (cfr 49,19). En el recorrido que hace de la historia del pueblo se deja ver que el autor está cerca de la enseñanza presente en la tradición del Deuteronomio: fidelidad a la Alianza con Dios, cumplimiento de la Ley, único culto en el Templo. Sólo los tres reyes que reciben elogios en la historia deuteronomista —David, Ezequías y Josías— son alabados también aquí (cfr 49,5). Incluso Salomón, a pesar de ser sabio y de haber construido el Templo, puso una mancha en la gloria de Dios (47,22); por eso, de acuerdo con la enseñanza que Ben Sirac ha ido repitiendo, su hijo Roboam fue «el más necio del pueblo» (47,28).

También se recoge en la enumeración el elogio de los principales jueces y profetas. Sin embargo, llama la atención el espacio, un poco desmedido, que se dedica a Aarón (45,7-27). En realidad, el Sirácida no se dedica sólo al elogio de Aarón sino que se detiene orgulloso en la magnificencia de las vestiduras sagradas, subrayando así la reverencia que debe tenerse por los sacerdotes y por el culto. El elogio final del sumo sacerdote Simón (50,1-23) puede tenerse como la culminación de esta loa, ya que de algún modo recapitula cuanto de bueno había aprendido de sus antepasados.

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Si 44,16-19

La lista se abre con Henoc, que vuelve a ser mencionado casi al final (cfr 49,16). Sorprende el hecho de que a este patriarca, del que se dice tan poco en la Biblia (Gn 5,21-24), se le dedique este espacio. Es probable que la literatura apocalíptica común a la época en la que se escribió el libro de Ben Sirac, tuviera a Henoc como uno de los prototipos de las revelaciones celestiales. De hecho, son muy numerosas las copias y versiones de los libros de Henoc que nos han llegado. En ellos se relatan los castigos divinos a los pecadores como una forma de llamada a la conversión. Desde esta perspectiva, Henoc se podía poner como ejemplo de los que enseñan la conversión. De Noé se destaca que a partir de él comenzó a repoblarse la tierra tras el diluvio (Gn 8,15-22) y la primera Alianza de Dios con el hombre (Gn 9,1-17).

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Si 44,20-26

Lo primero que se alaba de Abrahán es que «observó la Ley del Altísimo, con él hizo Alianza» (v. 20). Con esta expresión, el autor se refiere, probablemente, a la obediencia del patriarca a lo que Dios le pedía, y a la alianza de la circuncisión (cfr Gn 17,9-14), ya que la Ley se dio más tarde, con Moisés. Sin embargo, para el lector del Eclesiástico este inciso es una invitación a contemplar en la figura de Abrahán un ejemplo del cumplimiento de la Ley, que es uno de los temas centrales del libro. La Alianza y la bendición que Dios hizo a Abrahán siguen presentes en sus descendientes, Isaac y Jacob (vv. 24-26).

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Si 44,27-45,6

Lo mismo que al hablar de Abrahán, también ahora se subraya en Moisés lo relativo a la Ley y a la Alianza (45,6). Es una nueva llamada de Ben Sirac a los lectores de su obra, para que contemplen en otro hombre ilustre cómo se ha hecho realidad en su vida lo que les ha enseñado.

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Si 45,7-27

En la figura de Aarón se ofrece un modelo ejemplar para el cuidado del culto y la atención a su dignidad, que luego será alabada en el sumo sacerdote Simón, hijo de Onías (cfr 50,1-23). Al presentar su figura se describen con detenimiento las vestiduras sagradas, ricas y preciosas, y la abundancia de sacrificios, dignos del esplendor que merece el culto al Señor (vv. 7-18). La catequesis de la Iglesia se fijó en todos estos detalles para aplicarlos no sólo al culto externo, sino también al culto interior que cada cristiano debe dar a Dios con su conducta: «Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu, haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio» (S. Pedro Crisólogo, Sermones 108).

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Si 45,28-31

Durante la estancia en el desierto, algunos israelitas cedieron a la tentación de acercarse a los cultos paganos mediante matrimonios con mujeres que no pertenecían al pueblo, por lo que el Señor les castigó con una plaga. Pinjás, llevado por su celo, dio muerte a un israelita que se había unido a una madianita, y cesó aquella plaga (Nm 25,6-15). Este episodio será recordado por San Pablo como enseñanza sobre la necesidad de ser fiel a Dios (cfr 1 Co 10,8).

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Si 46,1-8

Josué es presentado como libertador del pueblo e intercesor ante Dios (v. 6). Por su acción y por su nombre («el Señor salva») es considerado figura de Jesucristo (cfr nota a Jos 1,1-9).

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Si 46,9-12

Caleb es protagonista de dos escenas, relacionadas con la instalación de las tribus de Israel en Canaán. La primera de ellas (vv. 9-10), narrada en el libro de los Números (cfr Nm 13,30), presenta a Caleb infundiendo valor al pueblo para dirigirse a la tierra que Dios les ha prometido y tomar posesión de ella, en un momento en que el relato de los exploradores había sembrado el pesimismo entre los israelitas al ponderar con exceso las dificultades que iban a encontrar. La segunda escena (vv. 11-12) habla del premio recibido por Caleb, y aparece en el libro Josué (cfr Jos 14,10-12). Cuando se había culminado la toma de posesión de la tierra, Caleb recibe la heredad que le corresponde, y a pesar de su edad avanzada se siente con fuerzas para seguir combatiendo y tomar posesión de ella. Como premio a su valentía y fidelidad el Señor le conservó con ánimo juvenil durante muchos años, fuerte para acometer grandes tareas (cfr v. 11).

La figura de Caleb quedaría siempre en la tradición hebrea, y después en la cristiana, como ejemplo de un hombre audaz que no se acobarda ni tiene miedo ante el esfuerzo que supone acoger los dones de Dios. También hoy día, recordar el ímpetu de su fidelidad enseña a superar excusas como la del «no puedo» a la hora de responder a la propia vocación cristiana con plena radicalidad.

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Si 46,13-23-22

Aunque Samuel es considerado como el último de los jueces, aquí ocupa un lugar preeminente y es calificado como profeta. Se destaca su actuación en nombre del Señor para introducir en Israel la institución monárquica. El v. 23 alude a la corrección que Samuel, después de muerto, al ser invocado por una nigromante (1 S 28,6-19), hizo a Saúl.

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Si 47,1-13

En el elogio de David se recuerda sobre todo su amor a Dios, que le llevaba a darle gracias en sus victorias, reconociendo que era el Señor quien le proporcionaba la fortaleza necesaria para alcanzarlas (cfr vv. 9-10). Como manifestación de ese amor, y anticipando también en esto —como antes Aarón— la figura del sumo sacerdote Simón, se hace notar su empeño por fomentar el esplendor de las celebraciones cultuales (cfr vv. 11-12). Como recompensa al amor que manifestaba al cuidar lo relacionado con el culto, el Señor fue indulgente y le perdonó sus pecados (v. 13).

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Si 47,14-31

A partir de Salomón los reyes son calificados negativamente por la infidelidad de cada uno: Salomón por sus matrimonios con mujeres extranjeras (vv. 21-22); Roboam, por su necedad al no escuchar la voz del pueblo (v. 28); y Jeroboam, por su idolatría (v. 31).

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Si 48,1-18

Se hace un resumen de la vida de los profetas Elías y Eliseo. Es de destacar la misión de Elías de convertir el corazón de los padres hacia sus hijos para aplacar la ira del Señor (v. 10). En el Nuevo Testamento estás mismas palabras se aplicarán a Juan Bautista, en su misión de preparar el camino del Señor (Lc 1,17; cfr Ml 3,23-24). Como resultado de la predicación de estos profetas se recuerda la permanencia de un resto fiel (v. 17), a través del cual continúa la historia de la salvación.

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Si 48,19-49,4

Se recoge la figura de dos reyes, Ezequías (48,19-24) y Josías (49,1-4), que, movidos por la predicación de los profetas Isaías (48,25-28) y Jeremías (cfr 49,8-9), se mantuvieron fieles al Señor. Es sugerente la presentación de la figura de Ezequías. Ante la invasión de Senaquerib, que amenazaba a Jerusalén, primero pone los medios que están a su alcance para defenderse durante el asedio: fortificó la ciudad y excavó un túnel para facilitar el abastecimiento de aguas (cfr v. 19; cfr 2 R 20,20). Pero, también acude a la oración para implorar el auxilio divino (cfr v. 22; cfr 2 R 18,13-19,37). Así logró salvaguardar la ciudad santa del peligro que la acechaba. Queda con ello como ejemplo permanente de hombre de fe, que pone todos los medios humanos de su parte y al mismo tiempo acude a la oración pidiendo el auxilio divino: «En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2…» (S. Josemaría Escriva, Camino, n. 471).

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Si 49,5-12

Los demás reyes de Israel, por su mala conducta, acarrearon la ruina del pueblo a pesar de haber sido advertidos por Jeremías (vv. 8-9). Sin embargo, en el destierro Ezequiel recibió la visión de la restauración de un resto de Israel (vv. 10-11). La mención de los doce profetas como un grupo da idea de que los escritos de los profetas menores estaban ya reunidos en un solo volumen.

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Si 49,13-15

En el elogio de los distintos personajes realizado en los capítulos anteriores se habían subrayado, entre otros aspectos, los relacionados con la construcción del Templo y el esplendor del culto. También habían resaltado el cuidado que tuvieron de Jerusalén. Ahora se alaba a los personajes que, cuando la Ciudad Santa había quedado en situación ruinosa y el Templo había sido profanado, pusieron todo su empeño en la restauración del culto y la reconstrucción de la ciudad (cfr Esd 3,1-6,22; Ne 1,1-13,31). En efecto, la grandeza de quien actúa cara a Dios no está sólo en afrontar nuevas y grandiosas tareas, sino también en volver a recomenzar cuantas veces sea necesario.

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Si 49,16-19

Tras hacer un recorrido por la historia de Israel, el autor vuelve la mirada a sus orígenes, llegando a través de los patriarcas hasta el mismo Adán. Sobre Henoc, cfr 44,16. El v. 18b es uno de los añadidos recogidos en las versiones latinas y puede recoger una tradición apócrifa.

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Si 50,1-23

La enumeración de hombres ilustres realizada en los capítulos anteriores culmina en la figura de Simón II, hijo de Onías, un sumo sacerdote ejemplar que ejerció su oficio sacerdotal entre el 219 y el 196 a.C. En su alabanza se recapitulan todas las virtudes antes apuntadas en los antepasados: reparó el Templo (vv. 1-2) que había construido Salomón (47,15) y que reconstruyeron Zorobabel y Josué (49,13-14); realizó construcciones y fortificó la ciudad (vv. 3-4), como Ezequías (48,19) y Nehemías (49,15); y cuidó hasta los detalles más pequeños que pudieran proporcionar magnificencia al culto (vv. 5-23), fiel a la tradición de Aarón (45,7-18) y David (47,9-12).

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Si 50,24-31

El elogio de Simón va seguido de tres concisos conjuntos: una breve admonición a los lectores (vv. 24-26), una invectiva contra los dos pueblos vecinos, los filisteos y los samaritanos (vv. 27-28), que, a primera vista, desentona del contexto, y, finalmente, la conclusión de todo el libro (vv. 29-31). Esta conclusión viene a compendiar todo el tratado, lo mismo que otros versículos como 1,1.22, ó 19,18. Es como una especie de firma, desusada en los otros libros del Antiguo Testamento. Una forma parecida la encontramos en el Apocalipsis de San Juan (Ap 22,6-7). Como los vv. 29-31 vienen tanto en los manuscritos griegos y latinos como en hebreo, aunque con pequeñas variantes, se piensa que pudo escribirla el mismo Ben Sirac y no el traductor al griego. Pero, por expresarse en tercera persona, podría tratarse también de una apostilla de algún escriba hebreo antes de que el libro fuera traducido al griego. En cualquier caso, queda bien expresada la tarea realizada por Ben Sirac (v. 29; cfr 24,40) y la intencionalidad con que escribe: ayudar al lector a ser sabio (vv. 30-31).

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Si 51,1-17

El epílogo del libro, que quizás no sea del mismo autor, consta de un himno de acción de gracias y de un poema sobre la búsqueda de la sabiduría. El himno tiene cierto parecido con los salmos de acción de gracias: comienza con el agradecimiento a Dios (vv. 1-2), y enseguida expone los peligros a los que se vio sometido su autor, probablemente una calumnia (vv. 3.7), muy grave (vv. 5.6.8), en la que se quedó solo (v. 10). Entonces rogó a Dios que le escuchó (v. 16), y por eso le da gracias y le alaba (v. 17). Aunque el libro tiene un contexto sacerdotal, no se menciona el sacrificio que acompaña a esa alabanza.

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Si 51,18-38

En la cueva 11 de Qumrán se encontró buena parte del texto hebreo de este poema, que muestra que originalmente era un acróstico, es decir, que las letras iniciales de cada uno de los versos sucesivos componían el alfabeto hebreo completo y en orden. Sucede como en Proverbios, tal vez el más característico de los libros sapienciales, que se cierra con el poema sobre la «mujer perfecta» (Pr 31,10-31) que es también un acróstico. En este caso se trata de una invitación a los jóvenes a emprender sin demora la búsqueda de la sabiduría.

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Si 51,38

El texto hebreo añade: «Bendito sea el Señor por siempre y su Nombre sea alabado de generación en generación. Hasta aquí las palabras de Simón, hijo de Jesús, hijo de Eleazar, Ben Sirá. Bendito sea el Nombre del Señor ahora y por siempre». Algunos manuscritos griegos traen al final lo que sería el título del libro: «Sabiduría de Salomón, hijo de Sirac».

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