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JOSUÉ

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Jos 1,1-18

El libro del Deuteronomio terminaba hablando de la muerte y el sepelio de Moisés (Dt 34,1-12). Era el fin de una etapa en la que el pueblo de Dios, guiado por Moisés, había experimentado la protección del Señor en el largo camino recorrido desde su salida de Egipto hasta las puertas de la tierra prometida. Ahora comienza una nueva etapa. Josué sucede a Moisés, y todo el pueblo se dispone a tomar posesión de la tierra que Dios había prometido a sus padres. El libro de Josué tratará del establecimiento de las tribus israelitas en ese territorio y del reparto de la tierra entre las distintas tribus. A estos dos temas se dedicarán respectivamente la primera (2,1-12,24) y la segunda parte del libro (13,1-21,45). Enmarcando ambas partes, el autor sagrado puso un prólogo (1,1-18) y un epílogo (22,1-24,34), que centran la atención sobre dos aspectos de particular relevancia para el mensaje de esta obra: la continuidad entre las misiones de Josué y Moisés como mediadores entre Dios y el pueblo (1,1-9 y 23,1-24,33); y la unidad de ese pueblo cuyas tribus realizan juntas la conquista de todo el país (1,10-18 y 22, 1-34).

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Jos 1,1-9

A lo largo de la historia de la salvación, Dios se va apoyando en hombres que actúan a su servicio y en beneficio de sus hermanos. En los libros de la «historia deuteronomista» siempre aparece un personaje importante en los momentos decisivos de la vida del pueblo elegido: Josué, en su llegada a la tierra prometida; David y Salomón, en los orígenes de la monarquía; Josías, en la reforma religiosa del reino de Judá. En estos primeros versículos se presenta a Josué como sucesor legítimo de Moisés para regir los destinos del pueblo. Éste había sido el gran protagonista de la gesta del éxodo, de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Él había sido el guía y maestro del pueblo hasta las puertas de la tierra prometida. Y aunque Moisés murió, la historia debía seguir. Así pues, el libro de Josué se abre con un discurso en el que el Señor insta al hijo de Nun a tomar el relevo de Moisés y le promete el mismo apoyo que había prestado a su predecesor. Dios permanece fiel y reclama del hombre que va a conducir a su pueblo en esta nueva etapa la misma fidelidad que había tenido antes Moisés.

El nombre de Josué, en hebreo Yehosúa, significa «el Señor salva» o «Salvador». Hace referencia a su misión: salvar al pueblo (ver nota a Nm 13,16). Este nombre, que también llevaron otros personajes en Israel (cfr Esd 3,2-8), es el mismo que tuvo Jesús (Mt 1,21), de quien Josué es figura: «¿Con cuánta más verdad entenderemos que debe ser llamado con este nombre nuestro Salvador? Porque ha traído la vida, la libertad y la eterna salvación, no a un pueblo cualquiera, sino a los hombres todos de todos los tiempos; no en verdad oprimidos por hambre o por dominio de los egipcios o babilonios, sino sentados en la sombra de la muerte y sujetos con las durísimas cadenas del pecado y del demonio; que ha adquirido para ellos el derecho y la herencia del Reino celestial; que nos ha reconciliado con Dios, su eterno Padre: en aquéllos vemos representado a Cristo nuestro Señor, que enriqueció al género humano con todos los bienes que hemos indicado» (Catecismo Romano 1,3,6). De hecho, ha sido habitual en la tradición cristiana leer el libro de Josué a la luz de la figura de Jesús. «Este libro —dirá Orígenes— no nos indica tanto las gestas de Josué, hijo de Nun, como nos dibuja los misterios de mi Señor Jesús» (Homiliae in librum Iesu Nave 1,3).

La promesa del Señor a Josué, «estaré contigo» (v. 5), fue renovada por Jesús a los que habrían de continuar su misión: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta promesa es el fundamento de la seguridad que poseen los que trabajan por Dios: «¿Acaso me apoyo en mis propias fuerzas? Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Cuál es esa palabra escrita? “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”» (S. Juan Crisóstomo, Sermo antequam iret in exilium 2).

Con términos análogos a los empleados con Josué (vv. 6-7), el Señor se dirigió a San Pablo para impulsar su trabajo apostólico en Corinto: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo y nadie se te acercará para hacerte daño» (Hch 18,9-10). Y en la Epístola a los Hebreos se aducen esas palabras como una invitación a confiar plenamente en Dios: «Contentaos con lo que tengáis, pues Él ha dicho: No te dejaré ni abandonaré, de modo que podamos decir confiadamente: El Señor es mi auxilio y no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?» (Hb 13,5-6).

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Jos 1,10-18

Josué, siguiendo el comportamiento de Moisés, comienza inmediatamente a ejercer su tarea de mediador entre Dios y el pueblo. Ha recibido el mensaje del Señor, y lo hace llegar a todos con prontitud; da órdenes para afrontar inmediatamente la misión y, con iniciativa, comienza por concretar algunos medios: disponerse para la marcha y preparar provisiones. Pero la principal disposición, como sucesor de Moisés, consiste en recordar a las tribus que se iban a asentar en Transjordania que, antes de quedarse a disfrutar de los territorios que Moisés les había adjudicado (cfr Nm 32,1-42), colaboren con sus hermanos en la toma de posesión de la tierra prometida (cfr Dt 3,18-20), de modo que sean todas las tribus las que reciban ese don de Dios.

El deseo de unidad que manifiestan las tribus de Israel, que es un obsequio al Señor, tiene como consecuencia inmediata la pronta adhesión a las disposiciones del hombre escogido por Dios para presidir a su pueblo. La respuesta animosa de las tribus de Transjordania a Josué es también una continua invitación a sacudir la propia comodidad para buscar con hechos y de verdad la unidad del nuevo Pueblo de Dios, en torno al Romano Pontífice y a los Obispos que «dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal, contribuyen eficazmente al bien de todo el Cuerpo místico que es también el Cuerpo de las Iglesias» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 23).

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Jos 2,1-12,24

Esta primera parte del libro narra diversos episodios sobre el establecimiento del pueblo de Israel en la tierra de Canaán. De redacción deuteronomista en su mayor parte, utiliza elementos de origen litúrgico y relatos etiológicos, es decir, narraciones que explican el origen de nombres, costumbres o lugares.

El autor sagrado hace notar de múltiples maneras que la ocupación de Canaán es consecuencia de una donación de Dios y no el resultado de una conquista lograda gracias al ardor de sus guerreros: los exploradores descubren que la población de Jericó tiene terror de los israelitas porque saben que Dios les ha otorgado esa tierra (2,9); las aguas del Jordán se separan milagrosamente para dejar paso al pueblo (3,15-17); las murallas de Jericó se derrumban (6,20); los hijos de Israel logran conquistar la ciudad de Ay induciendo a sus habitantes a caer en una emboscada (8,18-23); una fuerte tormenta de granizo destroza los ejércitos de los reyes que habitaban en la región central y meridional (10,11); y con la ayuda del Señor las tropas de Josué sorprenden junto a las aguas de Merom a las tropas de los reyes del norte, desjarretan sus caballos y prenden fuego a sus carros (11,7-9). Con ello enseña que mientras Israel cumple fielmente las instrucciones del Señor, sus enemigos no le pueden resistir. La única ocasión en que fueron derrotados fue debido a la prevaricación de Acán, que no había respetado las normas del anatema; pero cuando Acán fue quitado de en medio del pueblo, éste volvió a gozar del auxilio divino (7,1-26).

En la composición de esta parte del libro se recogieron antiguas tradiciones acerca del nombre y el origen de algunos lugares de particular relevancia, como las doce piedras de Guilgal (4,19-24); los montones de piedras del valle de Acor (7,26) y a la entrada de la cueva de Maquedá (10,27); o las ruinas de la ciudad de Ay (8,28). Y también otras ligadas a personas, como las que dan razón de la hospitalidad del pueblo con la familia de Rajab (6,25), o de la presencia de los gabaonitas en los oficios de leñadores y aguadores al servicio del altar del Señor (9,27).

En el corazón mismo de estos capítulos, separando los relatos de las primeras hazañas puntuales en la ocupación de la tierra (el paso del Jordán, el campamento de Guilgal, la toma de Jericó y de Ay) de los relatos de carácter más general (conquista de las regiones central y meridional, conquista de la región septentrional, y relación de monarcas vencidos), se habla de la ratificación del compromiso de Israel en cumplir la Ley que el Señor había entregado a Moisés (8,30-35). De este modo se proporciona la clave para entender el núcleo central del mensaje: cuando Israel es fiel al Señor, recibe la posesión de la tierra como una bendición divina, pero si no cumple lo dispuesto por el Señor, se hace acreedor de la maldición contenida en la Ley.

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Jos 2,1-24

Josué es el sucesor de Moisés y sigue sus pasos. Así como Moisés cuando preparaba la entrada en la tierra prometida envió unos exploradores (cfr Nm 13,1-33), ahora también Josué envía a dos hombres para que investiguen cómo llevar a cabo las primeras conquistas en esa tierra. Los exploradores comienzan a comprobar que Dios está dejando expedito el camino a su pueblo al constatar el terror que ha invadido a los habitantes de Jericó cuando han advertido la presencia de Israel al otro lado del Jordán.

En su inspección son protegidos por Rajab, una prostituta. Cuando la mujer explica a los exploradores el motivo del temor de sus conciudadanos, muestra en sus palabras una sensibilidad religiosa —pues reconoce la grandeza del Señor (tres veces pronuncia Rajab el nombre del Señor) y su actuación en los acontecimientos del éxodo—, que tal vez no se esperara en una mujer de su clase y de su procedencia no israelita. Además, tiene muestras de piedad y fidelidad con esos forasteros, al esconderlos en su casa y no traicionarlos. Aunque es cananea, logra el compromiso de que su casa sea respetada cuando Dios entregue su ciudad a Israel. De este modo también ella alcanzó la salvación. Según afirma la Epístola de Santiago, Rajab logró la justificación gracias a su fe manifestada con palabras y obras: «El hombre queda justificado por las obras y no por la fe solamente. Del mismo modo Rajab, la meretriz, ¿no fue también justificada por las obras, cuando hospedó a los mensajeros y les hizo salir por otro camino?» (St 2,24-25).

La historia de esta mujer es prototipo de que la salvación que procede de Dios es universal. Así como Josué, respetando el compromiso de sus exploradores, salvó a Rajab (6,22-23), la salvación que nos obtuvo Jesús alcanza a todos, mujeres y hombres pecadores, con tal de que nos movamos a penitencia (Mt 21,31-32).

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Jos 2,17-21

En la liberación de Egipto la sangre del cordero pascual que teñía las jambas de las puertas en las casas de los israelitas libró a sus moradores de la muerte (cfr Ex 12,13.23); ahora este cordón de color púrpura será la señal para que sean librados de la muerte los que estén en casa de Rajab.

Apoyándose en ese paralelo entre los efectos salvadores de la sangre y del cordón púrpura al que apunta el texto sagrado, San Clemente Romano, uno de los primeros escritores cristianos, dice que ese «cordón de hilo púrpura» atado a la ventana de Rajab y que trajo la salvación a toda su casa «ponía de manifiesto que por la Sangre del Señor tendrán redención todos los que creen y esperan en Dios» (Ad Corinthios 12,7).

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Jos 3,1-8

Se inician unos relatos relacionados con Guilgal, un lugar en la depresión del Jordán próximo a Jericó, donde hubo un importante santuario israelita. El Arca de la Alianza comienza a tomar protagonismo en la guía del pueblo, como lo había tenido en algunas etapas recorridas desde el Sinaí (cfr Nm 10,33-36). De este modo se insiste en que es Dios mismo quien señala a su pueblo el camino que debe seguir para ocupar la tierra.

Así como Moisés ordenó al pueblo que se purificara antes de la manifestación de Dios en el Sinaí (cfr Ex 19,14), ahora Josué le indica que se purifique antes de la grandiosa manifestación del poder de Dios que va a presenciar en el paso del río Jordán (v. 5).

Con la narración de los sucesos que siguen a continuación se cierra el relato de la peregrinación del pueblo por el desierto. Por eso ahora vuelven a aparecer los grandes acontecimientos del comienzo: cuando los israelitas eran oprimidos en Egipto, el Señor se manifestó a Moisés para que guiara a su pueblo en la liberación que iba a realizar (Ex 3,1-20); cuando éste se dirigía con su mujer e hijo a conversar con el faraón, tuvo lugar la circuncisión de su hijo (Ex 4,24-26); cuando los israelitas se disponían para la salida de Egipto, celebraron la Pascua (Ex 12,1-51); cuando pasaron el Mar Rojo, se vieron definitivamente libres de sus opresores (Ex 14,15-31) e iniciaron su marcha por el desierto donde fueron alimentados con el maná (Ex 16,1-36). Ahora esta peregrinación llega a su final y, tras pasar el Jordán (3,9-4,24) y realizar la circuncisión de los varones del pueblo (5,2-9), celebrarán la Pascua en la tierra prometida y dejarán de recibir el maná (5,10-12); finalmente Dios se manifestará a Josué al inicio de la toma de Jericó (5,13-14).

Esta narración previa a la toma de posesión de la tierra prometida no es una simple repetición de lo ocurrido en la salida de Egipto, sino la plasmación escrita de una nueva experiencia, que pone de manifiesto la continuidad de la acción de Dios entre los suyos en las nuevas circunstancias históricas. Pero al seguir las mismas pautas de la narración antigua constituye un nuevo motivo de esperanza. Así sucederá durante la cautividad de Babilonia, en donde Israel encontró en la experiencia del éxodo un refuerzo para su confianza en Dios y aliento para disponerse a regresar a la tierra de la que habían sido expulsados. Por eso también todas las generaciones de creyentes podemos alimentar nuestra esperanza en el poder salvador y liberador de Dios, que nunca abandona a los suyos, pues «la esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1819).

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Jos 3,9-17

El pueblo guiado por Josué, sucesor de Moisés, revive los prodigios del Éxodo. El autor sagrado narra el paso del Jordán en tono litúrgico y festivo, como si el pueblo fuera en una gran procesión presidida por el Arca en su acceso a la tierra prometida. Subraya de este modo la acción de Dios en la toma de posesión de la tierra y el gozo del pueblo al experimentar su cercanía.

Si el paso del Mar Rojo fue el momento culminante de la liberación de la esclavitud de Egipto llevada a cabo por el Señor, en la toma de posesión de la tierra lo es el paso del Jordán, gracias a la protección divina. Cuando salieron de Egipto la presencia de Dios se manifestaba mediante su ángel y con la columna de nube que los acompañaba (cfr Ex 14,19), ahora esa función la desempeña el Arca de la Alianza que es testimonio del compromiso que ya se ha establecido entre Dios y el pueblo.

El paso del Jordán quedará en la tradición de la Iglesia como una imagen anticipada del Bautismo: «El Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna. La promesa de esta herencia bienaventurada se cumple en la nueva Alianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1222).

La frase «el Dios vivo está en medio de vosotros» (v. 10) es sumamente expresiva. El Dios verdadero es el único «Dios vivo», es decir, «que da vida e interviene en la historia» (ibidem, n. 2112).

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Jos 4,1-25

En el momento sublime del paso del Jordán, cuando las aguas dejan abierto el camino al pueblo de Dios, se acentúa el protagonismo del Señor a través del Arca de la Alianza. Las aguas del río habían detenido su curso cuando los sacerdotes portadores del Arca pisaron sus orillas, y vuelven a correr cuando todo el pueblo ha terminado de pasar y los sacerdotes reemprenden su marcha. Israel revive y celebra los acontecimientos salvíficos realizados por Dios en su historia. Por eso, para no perder esa memoria histórica, toman doce piedras del Jordán y las erigen como monumento conmemorativo en Guilgal, donde quedarán como un recordatorio importante para todas las generaciones.

De este modo, el relato del paso del Jordán da razón de la presencia de doce grandes piedras en el santuario de Guilgal, al que se hace referencia en otros textos de la Biblia. El mismo nombre de Guilgal (de la raíz hebrea galal, «dar vueltas, girar») probablemente haga referencia a un «círculo» de piedras o estelas conmemorativas (frecuentes en los santuarios cananeos) que habría allí. La unción de Saúl como rey de Israel (1 S 11,15) se sitúa en ese santuario, que durante la monarquía israelita fue un gran centro de peregrinaciones para la gente del reino del Norte. Tales peregrinaciones serán recriminadas más tarde por los profetas debido a la proliferación de los cultos idolátricos en aquel lugar (cfr Os 4,15; 9,15; 12,12; Am 4,4; 5,5).

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Jos 5,1-9

La circuncisión se practicaba en los pueblos semitas como rito de iniciación a la madurez. Entre los israelitas se realiza al octavo día del nacimiento y tiene un sentido eminentemente religioso, como signo distintivo de la pertenencia al pueblo de Dios (cfr nota a Gn 17,10-14 y Lv 12,1-4). Estar circuncidado es una de las condiciones que se imponen explícitamente para poder celebrar la Pascua (Ex 12,43-49).

La explicación que se da en el texto sagrado sobre la circuncisión del pueblo en Guilgal —el retraso que se había producido en la circuncisión de los varones nacidos en el desierto— es plausible. Sin embargo, el hecho de que la circuncisión tenga lugar en este momento adquiere un profundo significado: es un modo de hacer notar que ese pueblo que llega a las puertas de la tierra prometida ha alcanzado su madurez después de su larga peregrinación por el desierto. Israel es realmente, después de la Alianza del Sinaí, un pueblo que pertenece a Dios.

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Jos 5,10-12

Una vez que han sido circuncidados los varones para poder celebrar la Pascua, tiene lugar la primera celebración de esta fiesta en la tierra prometida. Los israelitas pudieron emplear los cereales producidos en esa región para la elaboración de los panes ácimos y, desde ese momento en que ya eran capaces de alimentarse con la producción agrícola de la tierra, el maná, con el que Dios los había sostenido desde que comenzaron su peregrinación por el desierto, desapareció.

Dios no tuvo inconveniente en alimentar prodigiosamente a su pueblo durante años en el desierto cuando fue necesaria esa protección especial, al no ser posible encontrar allí lo necesario para la subsistencia. Sin embargo, en cuanto pueden alimentarse con los medios ordinarios, esforzándose en el cultivo de la tierra, Dios deja de prestar el auxilio extraordinario.

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Jos 5,13-14

La aparición a Josué de este personaje enviado por el Señor es sorprendente y viene a ratificar la continuidad de su misión con la de Moisés. La indicación de quitarse las sandalias debido a la santidad del lugar es la misma que había recibido Moisés ante la visión de la zarza ardiendo (Ex 3,5). Y así como la manifestación de Dios a Moisés ocurrió al inicio de su misión, la visión de Josué tiene lugar cuando éste va a comenzar la conquista de la tierra. Así se señala que esas tareas forman parte del designio divino de conducir a su pueblo hacia la posesión de la tierra prometida a sus padres.

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Jos 6,1-11

Desde el inicio de la conquista de la tierra prometida, el autor sagrado insiste en que los israelitas no lograron la posesión y el dominio de las ciudades por su potencial militar sino como don de Dios, que puso todo en manos de su pueblo. El comienzo del pasaje resulta paradójico: a la vez que se hace notar que «Jericó estaba completamente cerrada» (v. 1), el Señor comunica a Josué: «Pongo en tus manos Jericó» (v. 2). Como para Dios no hay nada imposible, Él entregará la ciudad a su pueblo.

Por eso, las instrucciones para la toma de la ciudad no responden a movimientos de estrategia militar, sino al deseo de subrayar el protagonismo del Señor en esa acción. Parecen más bien las disposiciones para preparar la solemne entrada en procesión del Arca de la Alianza en el recinto de la ciudad. Contienen además resonancias litúrgicas como son la preparación en seis días para culminar el séptimo, o el transporte del Arca precedida por sacerdotes que tocan las trompetas de carnero. No se trata de una acción marcial. El Señor tiene sus designios y sus modos de actuar, y el éxito de la operación dependerá de la fidelidad con que se ejecuten los planes de Dios.

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Jos 6,12-27

El relato de la toma de Jericó no es, ciertamente, una crónica militar sobre la conquista de la ciudad. Está narrado en lenguaje teológico, con el que se enseña que el éxito en ese primer asedio realizado por Israel en la tierra prometida fue consecuencia de su obediencia a los designios de Dios. El asalto a la ciudad, que según se indica al principio del relato resultaba difícil ya que estaba bien fortificada (cfr 6,1), se consiguió por unos medios muy distintos a los convencionales. La fe en Dios manifestada en la obediencia rendida a las órdenes de Josué, su mediador, fue suficiente para que los obstáculos se desvanecieran por sí mismos. «Por la fe, se derrumbaron los muros de Jericó después de dar vueltas alrededor de ellos durante siete días. Por la fe, Rajab, la meretriz, no pereció con los incrédulos, por haber acogido en son de paz a los exploradores» (Hb 11,30-31).

En la historia del Pueblo de Dios a lo largo de los siglos, y en la historia personal de cada uno, se comprueba muchas veces que las dificultades desaparecen cuando se afrontan con fe y se obedece a quien en nombre de Dios indica los medios que han de ponerse, aunque parezcan desproporcionados. La obediencia que nace de la fe siempre es eficaz: «¡Oh, cuán dulce y gloriosa es esta virtud en la que se encuentran todas las demás porque es concebida y dada a luz por la caridad! En ella está fundada la piedra de la santísima fe. El que esté desposado con esta reina no siente mal alguno: percibe paz y quietud. No le pueden dañar las olas del mar tempestuoso ni tempestad alguna. (…) ¡Oh obediencia, que navegas sin trabajo y alcanzas sin peligro el puerto de la salvación! ¡Te pareces al Verbo, mi Hijo Unigénito: subes a la navecilla de la santísima cruz disponiéndote a sufrir antes que transgredir la obediencia del Verbo o abandonar sus enseñanzas! (…) Estás completamente alegre, porque tu rostro no se ha turbado con la impaciencia; estás serena y con fortaleza. Eres grande en la prolongada perseverancia; tan grande que participas del cielo y de la tierra, porque con ella se quita el cerrojo del cielo» (S. Catalina de Siena, El diálogo 155).

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Jos 6,21

En Dt 7,1-6.25-26; 13,13-19 y sobre todo en 20,16-18 se dan normas precisas sobre el anatema y se insta a Israel a atenerse fielmente a ellas para no contaminarse con la idolatría de los pueblos cananeos. Esta normativa, que para nuestra mentalidad resulta incomprensible y aparece como feroz e inhumana, hay que entenderla en su contexto histórico y en el marco del desarrollo progresivo de la revelación divina. De una parte, refleja una práctica habitual en la antigüedad; pero además, en las leyes bíblicas, está regulada con enorme fuerza porque tiene un poder disuasorio, ya que, si el botín que se pueda alcanzar (tesoros, animales o personas que se utilizarían como servidores) ha de ser destruido, no tiene sentido emprender una guerra por afán de avaricia. Se modera de este modo la belicosidad impulsada por la codicia. Pese a todo, conviene tener presente que se trata de una disposición transitoria sólo vigente para aquellos tiempos, por lo que no sería adecuado aducir éste ni ningún otro pasaje de la Sagrada Escritura para justificar la violencia ni los crímenes. La manifestación de Dios a los hombres se ha ido realizando poco a poco hasta alcanzar su plenitud en la encarnación del Verbo. En la predicación de Jesucristo es donde podemos encontrar el verdadero punto de referencia sobre el respeto a la vida y a las legítimas posesiones de los demás. En el Sermón de la Montaña el Señor dijo: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores» (Mt 5,44-45).

En la literatura mística se encuentran interpretaciones alegóricas de ese mandato para ejemplificar que el alma ha de desprenderse de todo para acercase a Dios. En este sentido San Juan de la Cruz comenta que se ordena esa destrucción de todo «para que entendamos cómo para entrar en esta divina unión ha de morir todo lo que vive en el alma, poco y mucho, chico y grande, y el alma ha de quedar sin codicia de todo ello» (Subida al monte Carmelo 1,11,8).

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Jos 6,22-23

Rajab se incorporó a Israel y obtuvo la salvación como premio a su buena acción con los exploradores (2,1-21). Su recuerdo llega hasta el Nuevo Testamento. Es una de las mujeres que figuran en la genealogía de Jesús (Mt 1,5), y su fe con obras es alabada en Hb 11,31 y St 2,25.

Los Padres de la Iglesia han visto en Rajab una figura de la salvación de los gentiles que acogen la fe cristiana: «Esta Jericó simbólica, esto es, el mundo, está destinada a caer. El fin del mundo es algo de que nos hablan ya desde antiguo y repetidamente los libros santos. (…) [El Señor] salvará únicamente a aquella mujer que acogió a sus exploradores, figura de todos los que acogieron con fe y obediencia a sus apóstoles y, como ella, los colocaron en la parte más alta, por lo que mereció ser asociada a la casa de Israel. Pero a esta mujer, con todo su simbolismo, no debemos ya recordarle ni tenerle en cuenta sus culpas pasadas. En otro tiempo fue una prostituta, mas ahora está unida a Cristo con un matrimonio virginal y casto» (Orígenes, Homiliae in librum Iesu Nave 6,4).

Otros han visto en la casa de Rajab, fuera de la cual no hubo salvación, una figura de la Iglesia: «¿Crees tú —comenta San Cipriano— que puede mantenerse en pie y seguir viviendo quien se aleja de la Iglesia y se construye otras moradas y otros habitáculos distintos, teniendo en cuenta lo que se le dijo a aquella (Rajab), en quien estaba prefigurada la Iglesia? Esto es: reunirás a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la casa de tu padre junto a ti, en tu misma casa; y sucederá que quien saliera fuera de la puerta de tu casa, se constituirá culpable por su cuenta» (S. Cipriano, De unitate Ecclesiae 8).

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Jos 6,26

La maldición pronunciada por Josué alude a la costumbre cananea de ofrecer sacrificios humanos con motivo de la construcción de las ciudades. En 1 R 16,34 se dice que Jiel de Betel, que reedificó Jericó puso los cimientos sobre Abiram, su hijo mayor, y colocó las puertas sobre Segub, su hijo menor.

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Jos 7,1-26

Este capítulo supone una interrupción brusca en el relato de la toma de posesión de la tierra prometida. Hasta el momento se había ocupado de los acontecimientos en el campamento de Guilgal, el primero que se estableció después del paso del Jordán, y se había narrado la conquista de Jericó. Ahora Israel prosigue su ocupación de la tierra y se dirige a la ciudad de Ay. Sin embargo, este pasaje es una larga explicación de por qué resultó fallido el primer intento de conquistar esa ciudad: un israelita, Acán, no respetó la ley del anatema y se quedó parte del botín para su uso particular; hasta que no fue exterminado, el pueblo no pudo recobrar el favor de Dios. El texto sagrado recuerda de forma impresionante la gravedad que supone guardarse algo que pertenece a Dios, como si a Él se le pudiera engañar. Un episodio análogo puede encontrarse en los Hechos de los Apóstoles: Ananías y Safira se pusieron de acuerdo para guardarse parte del precio recibido por un campo e intentar ocultar la verdad a los Apóstoles; ambos murieron de modo trágico (cfr Hch 5,1-11).

En el relato de la prevaricación de Acán se presenta con toda su crudeza la ley del anatema. Hiere nuestra sensibilidad, pero señala de modo inequívoco lo que constituye uno de los mensajes centrales del libro: la tierra de Canaán es una donación de Dios a su pueblo y no es una conquista lograda gracias al potencial bélico de Israel. Por eso, cuando hay alguien que no cumple con exactitud lo establecido, el Señor deja de ayudar a su pueblo y éste queda abocado al fracaso.

Este hecho también incide en otra gran lección del libro de Josué: el pueblo constituye una unidad. Aunque cada persona sea responsable de sus propias acciones, el mal realizado por uno perjudica a toda la comunidad. Fue necesaria la purificación del pecado cometido para que Israel pudiera continuar su avance victorioso por la tierra prometida. Tal solidaridad de unos miembros del pueblo con los demás, tanto para el mal como para el bien, prefigura de algún modo la realidad de la comunión que existe entre los miembros del nuevo Pueblo de Dios, comunión que San Pablo expone admirablemente con la imagen del Cuerpo Místico de Cristo: «Si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. Vosotros sois cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él» (1 Co 12,26-27).

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Jos 8,1-29

La conquista de las ciudades es en realidad la toma de posesión que se hace de ellas cuando Dios las entrega a su pueblo. Después del intento previo que terminó en fracaso debido a la prevaricación de Acán, el Señor pone en manos de los israelitas la ciudad de Ay. En este caso no hay ninguna acción extraordinaria como sucedió en la toma de Jericó, sino que la conquista es fruto de una estratagema urdida por Josué.

En el texto aparece un detalle que realza la continuidad entre Josué y Moisés: así como en la lucha contra los amalecitas Moisés mantuvo alzados sus brazos con el bastón en la mano hasta que el pueblo logró una victoria completa (cfr Ex 17,11-13), así Josué levantó su lanza en dirección a la ciudad para dar a los emboscados la señal de intervenir y no bajó su brazo hasta que se culminó la acción guerrera con la destrucción completa de la ciudad, convertida en un montón de ruinas.

Este relato proporcionaría sin duda una explicación de cómo se había formado la montaña de ruinas abandonadas que las generaciones de israelitas posteriores al establecimiento de su pueblo en Canaán encontraban en medio del campo y que llamaban con el nombre de Ay, que en hebreo significa «ruina, escombros».

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Jos 8,30-35

La continuidad entre Moisés y Josué sigue quedando patente en más detalles. Así como después de la batalla contra Amalec Moisés mandó escribir los sucesos y edificó un altar (cfr Ex 17,14-16), de la misma manera, ahora que los israelitas han conquistado Ay guiados por Josué, se edifica un altar y se escribe una copia de la Ley. De este modo, cuando se ha llegado al centro de la narración contenida en esta parte del libro —una vez narradas las primeras conquistas de Israel en Canaán y antes de explicar cómo se produjo el resto de la ocupación de la tierra prometida—, se deja constancia de la fidelidad de Israel a su Dios. Primero se construye un altar y, después de ofrecer holocaustos y sacrificios de comunión (cfr notas a Lv 1,1-17 y 3,1-17), se escribe una copia de la Ley que es leída en su integridad ante el pueblo; todo ello siguiendo las instrucciones dadas por Moisés antes de llegar a la tierra prometida (cfr Dt 11,29 y 27,1-8).

La lección que el autor sagrado enseña es clara: Josué y su generación cumplieron con fidelidad la Ley que Dios entregó a Moisés; por eso pudieron gozar del favor divino que, entre otros bienes, trae consigo la posesión de la tierra que el Señor había prometido a sus padres. Cuando pase el tiempo y los israelitas sean expulsados de esa tierra y llevados a la cautividad de Babilonia no tendrán motivos de queja. Una vez más se muestra que Dios es siempre fiel, pero cuenta con nuestra fidelidad en el cumplimiento de sus mandatos.

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Jos 9,3-27

Este relato explica el motivo de la presencia de habitantes de Gabaón trabajando al servicio del culto en Israel como leñadores y aguadores. Era necesario justificar por qué esos hombres habían sido respetados por los israelitas y destinados a tal tarea ya que, según se establece en el Deuteronomio, Israel no debía hacer pactos con los habitantes de la tierra que iba a recibir del Señor, sino que tenía el mandato de exterminarlos por completo para que no los indujeran a practicar cultos idolátricos (cfr Dt 7,1-2 y 20,16-18). Y Gabaón era una ciudad situada en esa tierra, en la montaña de la región central de Canaán.

El autor sagrado cuenta el engaño urdido por los gabaonitas para salvar sus vidas llegando a un acuerdo de paz con los israelitas. En la exposición de los motivos que formulan a Josué para proponer ese acuerdo realizan una confesión del poder del Señor, Dios de Israel, y de los prodigios que ha realizado en favor de su pueblo (vv. 9-10). Cuando los israelitas descubren el engaño, no quebrantan el pacto que habían establecido con ellos, ya que la fidelidad requiere mantener siempre los compromisos contraídos. Es una lección importante para el pueblo de Dios a lo largo de su historia. Sus antepasados permanecieron fieles a las alianzas establecidas con Dios y con los hombres, y tomaron posesión de la tierra prometida; el incumplimiento de la Alianza será el motivo por el que siglos después Dios permitirá que sean expulsados de esa tierra.

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Jos 10,1-43

El ataque a los gabaonitas, aliados de Israel, por parte de la coalición formada por los reyes de la región central y meridional de Canaán propicia una batalla que dejará en manos de los israelitas las fortalezas que dominaban esa región. En este avance rápido de la conquista por ese amplio territorio, el autor sagrado subraya una vez más que la victoria es un don de Dios, que «luchaba a favor de Israel» (vv. 14 y 42). Esto se hace notar con la indicación de que la mayor parte de las bajas en el ejército enemigo no las produjo la espada de los israelitas sino que fue obra de las piedras de granizo que Dios hizo caer desde el cielo; incluso la aparición del sol después de la larga y densa oscuridad de la tormenta supuso una prolongación del día que sirvió para que el pueblo terminara de destruir a sus enemigos. El recuerdo de aquellos acontecimientos memorables quedó plasmado en el Libro del Justo (v. 13), una composición poética en la que se cantaban las hazañas de los héroes israelitas; aparece citada también en 2 S 1,18, pero no ha llegado a nosotros.

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Jos 10,13-14

Éste fue uno de los textos que se invocó en la polémica del heliocentrismo con ocasión del llamado caso Galileo. Pero en la base de la polémica había una comprensión equivocada de la naturaleza de los textos sagrados por parte de algunos teólogos de aquel tiempo. Ya San Agustín y Santo Tomás habían explicado el sentido salvífico que tenían los libros santos; posteriormente el papa León XIII resumió la doctrina: «Los escritores sagrados, o más exactamente, “el Espíritu de Dios que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas (a saber, la constitución íntima de los objetos visibles) que no tienen importancia alguna para la salvación eterna” (S. Agustín, De Gen. Ad litt, 2,9,20), por lo que ellos, más que atender a la investigación de la naturaleza, describen a veces objetos y hablan de ellos (…) como lo exigía el lenguaje común de aquella época (…). Dado que en el lenguaje común lo que se expresa propiamente y en primer lugar es lo que cae bajo los sentidos, así también el escritor sagrado (tal como nos advierte el Doctor Angélico) “atiende a lo que aparece ante los sentidos” (S. Th., I, q. 70, a. 1, ad 3), es decir, a aquello que Dios mismo, hablando a los hombres, expresó de modo humano para hacerse comprender por ellos» (León XIII, Providentissimus Deus, EB 121).

«El Señor obedeció a la voz de un hombre» (v. 14). Más que la alusión a que el sol se detuviera es digno de resaltarse el hecho de que Dios ajuste su actuación a lo que piden las palabras de un hombre. Meditando sobre este texto comenta San Alfonso María de Ligorio: «Pasma el oír que Dios obedeció a Josué cuando ordenó al sol que se detuviese en su carrera (…). Pero sorprende más el oír que con pocas palabras del sacerdote, el mismo Dios baja obediente a los altares y donde quiera que lo llame, todas las veces que lo llame, y se ponga en sus manos» (Selva de materias predicables 1,1,3).

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Jos 11,1-15

De modo análogo a como se había narrado la conquista de las regiones central y meridional, se relata ahora la conquista de la zona septentrional de Canaán. También el motivo para plantear la batalla es dar respuesta al ejército formado por los reyes de la región que se habían coaligado contra Israel. El autor sagrado no deja de hacer notar que el Señor infunde tranquilidad y confianza a su pueblo, prometiendo que Él les dará la victoria, tal y como realmente sucede.

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Jos 11,15

Este último episodio de la toma de posesión de la tierra prometida se concluye ratificando la fidelidad de Josué a su misión personal de llevar a término la tarea divina iniciada por Moisés. La lógica de Dios se apoya en la fidelidad de los hombres a lo recibido de parte de Dios, para llevarlo a cabo y transmitirlo en toda su integridad a los que vendrán después. Entregar lo recibido es una dimensión característica de la Tradición Apostólica, de acuerdo con la enseñanza de San Pablo: «Yo recibí del Señor lo que también os transmití» (1 Co 11,23; cfr 15,3). Y es una responsabilidad permanentemente actual para todos los cristianos.

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Jos 11,23

Concluida la toma de posesión de la región septentrional, la ocupación de la tierra de Canaán ha llegado a su fin. Se hace, pues, una recapitulación del territorio conquistado por Josué para dejar constancia de que Dios ha cumplido sus promesas, y que desde ese momento «el país descansó de la guerra». Una vez que Dios hizo todo eso sólo quedaba que también los israelitas cumplieran lo establecido en su Alianza con el Señor.

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Jos 12,1-24

Como complemento del breve resumen descriptivo de la tierra que Dios había entregado a su pueblo, se ofrece el elenco de los reyes que dominaban ese territorio y que fueron vencidos gracias al apoyo prestado por Dios a su gente. La tarea fue iniciada por Moisés (vv. 2-6) y culminada por Josué (vv. 7-24). Treinta y un reyes derrotados por Josué sería una buena cifra para llenar de orgullo a los ejércitos de Israel, pero todo el pueblo sabe bien que no ha sido mérito suyo sino un don que el Señor les ha concedido.

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Jos 13,1-21,45

Una vez establecido que la tierra de Canaán es propiedad de Israel, ya que la ha recibido como donación de Dios que ha cumplido la promesa hecha a sus padres, se deja constancia por escrito del reparto entre las tribus, enumerando los límites de cada heredad así como las ciudades que se incluyen en ella. Según se desprende de algunos breves comentarios incidentales, se trata de fijar los derechos sobre las tierras y poblaciones adjudicadas a cada tribu, más que de posesiones adquiridas de hecho. Así, cuando, pasado el tiempo, los israelitas regresen a su tierra desde la deportación de Babilonia tendrán un punto de referencia para reclamar la posesión del territorio de su familia.

Esta segunda parte del libro, de redacción sacerdotal, incluye los detalles de ese reparto. Se presenta en tres etapas. La primera ya había tenido lugar en las campiñas de Moab, y en ella Moisés había adjudicado las tierras de Transjordania a las tribus de Rubén, Gad y a media tribu de Manasés (13,1-33). La segunda fase del reparto se sitúa en Guilgal, y en ella se adjudican los territorios a las tribus más importantes: Judá, Efraím y el resto de la tribu de Manasés (14,1-17,17). En un tercer momento los israelitas se reúnen en Siló para distribuir el resto del territorio entre las demás tribus (18,1-19,51). Como colofón se enumeran las ciudades de refugio (cfr nota a 20,1-9) así como las asignadas a los levitas (20,1-21,45).

Cabe señalar el hecho de que la adjudicación de territorios se realiza en lugares ligados a santuarios, como Guilgal y Siló, y por sorteo. De este modo se expresa, una vez más, que la tierra no es propiedad adquirida por cada tribu con sus propios medios, sino que toda ella es de Dios, que la ha entregado a Israel. El modo establecido para realizar el reparto entre las tribus, el sorteo, no permite maniobras particulares para recibir lo que se desea, sino que deja en manos de Dios, único propietario, la adjudicación de los territorios que corresponden a cada uno.

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Jos 13,1-7

Conforme a lo narrado en la primera parte del libro podría parecer que Israel logró dominar toda la tierra de Canaán en poco tiempo. La realidad no fue así. Aquí se hace notar que todavía estaban lejos de tener un dominio pleno sobre toda la zona, y en el libro de los Jueces se darán detalles más precisos de cuál podría ser la situación de los israelitas que iban llegando para instalarse en el país.

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Jos 13,8-32

En Nm 32,1-42 y Dt 3,12-20 se dice que los hijos de Rubén y de Gad pidieron a Moisés quedarse con la tierra que ya habían conquistado en Transjordania, ya que eran tierras de pastos y ellos tenían ganado. Moisés accedió a su petición, aunque les impuso la condición de que no abandonaran a sus hermanos, sino que les ayudasen en la ocupación de su tierra al otro lado del Jordán. Una vez aceptada esa condición, realizó un reparto de Transjordania entre esas tribus y una parte de la tribu de Manasés. Ahora, cuando se va a describir la distribución de toda la tierra prometida entre las tribus de Israel, se respeta aquella primera partición y se deja aquí constancia de ella, completando el elenco que allí se hacía de las ciudades que correspondían a cada tribu con algunas otras de las que no se hablaba en esos textos.

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Jos 13,33

Se insiste por segunda vez (cfr 13,14) en que a la tribu de Leví no le fue adjudicado ningún territorio (cfr Dt 18,1-8; Nm 18,8-32 y las notas correspondientes). A la tribu de Leví se le habían reservado en exclusiva las tareas de servicio del culto; a esas tareas deberían dedicarse en plenitud y, lógicamente, vivir de ellas. No tendrán por tanto ningún territorio en propiedad para sus cultivos, sino que vivirán entre sus hermanos y se alimentarán de la parte que les pertenece de sus ofrendas, sacrificios y aportaciones para el culto (cfr Dt 12,6-12; 14,22-29; 26,1-15).

Los sacerdotes del Nuevo Testamento nada tienen que ver con los levitas, puesto que no reciben el sacerdocio por generación, sino por vocación ratificada en el sacramento del Orden; por otra parte son sólo ministros de Jesucristo, único y verdadero sacerdote. Sin embargo, como su dedicación al ministerio ocupa todo su tiempo, la Iglesia ha dispuesto que puedan recibir una remuneración adecuada: «Los presbíteros, dedicados al servicio de Dios en la realización de la tarea a ellos confiada, merecen recibir una justa remuneración, porque “el obrero merece su salario” (Lc 10,7), y “el Señor, a los que anuncian el Evangelio, les mandó vivir del Evangelio” (1 Co 9,14). Por eso en la medida en que no se haya asegurado de otra forma una justa remuneración de los presbíteros, los propios fieles, ya que los presbíteros se ocupan de su bien, tienen verdadera obligación de preocuparse de que se les proporcionen los medios necesarios para llevar una vida digna y respetable» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum Ordinis, n. 20).

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Jos 14,1-5

En el libro del Génesis se dice que el patriarca José, antes de la llegada de sus hermanos y de su padre, tuvo dos hijos en Egipto llamados Efraím y Manasés (cfr Gn 41,50-52). Al efectuar el reparto de la tierra prometida se adjudicó un territorio a cada tribu patriarcal, pero a la casa de José se le asignaron dos heredades, una para la tribu de Manasés —con una parte en Transjordania y otra en Canaán— y otra para Efraím, de acuerdo con lo dicho por Jacob antes de morir (cfr Gn 48,5-6). Sin embargo, como a la tribu de Leví no se le adjudicó ningún territorio en propiedad (cfr Jos 13,14.33), el número total de heredades repartido entre las tribus de Israel se mantuvo en doce.

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Jos 14,6-15

El clan de Caleb tuvo particular importancia en la época en que las tribus israelitas se asentaban en Canaán. Según parece, era de origen edomita (cfr Gn 36,42) y posteriormente se incorporó a la tribu de Judá. Así consta en el libro de los Números, donde se dice que Caleb fue uno de los exploradores enviados por Moisés desde Cadés a la tierra prometida, el designado por la tribu de Judá (cfr Nm 13,6). Al regreso, cuando los demás exploradores desalentaron al pueblo magnificando las dificultades que iban a encontrar, sólo Caleb y Josué hicieron frente a la murmuración suscitada y animaron a emprender la conquista confiando en el Señor (cfr Nm 13,30 y 14,6-9). Como premio a su fidelidad, se prometió a Caleb que llegaría a entrar en la tierra prometida y recibiría en heredad la región que había inspeccionado (cfr Nm 14,24). Ahora, cuando se está haciendo en Guilgal el reparto de toda la tierra, Josué le entrega su heredad, de acuerdo con lo que el Señor le había prometido. Se trata de un pequeño episodio más, pero al que el autor sagrado ha concedido particular relevancia situándolo al comienzo del reparto de la tierra que correspondió a Judá para insistir en que Dios cumplió siempre todos sus compromisos.

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Jos 15,1-63

La descripción del territorio de Judá es exhaustiva: definición detallada de los límites que le corresponden y enumeración de ciudades en las distintas regiones. A Judá se le adjudica todo el sur de Canaán. Es, con mucho, la tribu de la que se proporcionan más detalles geográficos. La descripción de las fronteras, especialmente la del norte que limita con el territorio de Benjamín, es muy precisa. Es, además, la única tribu de la que se incluye un elenco exhaustivo de sus ciudades. Esta circunstancia indica, de una parte, que era la zona mejor conocida por quienes escribieron estos documentos; y, de otra, subraya la importancia que se concede a esta tribu entre todas las demás, como ya había sido puesto de manifiesto en las cifras de los censos incluidos en el libro de los Números (cfr Nm 1,26-27 y 26,19-22). Refleja también cómo toda la actividad religiosa de Israel se centralizaba en la tribu de Judá cuando se escribieron estos elencos.

La segunda parte del versículo 59 falta en el texto hebreo, pero está atestiguada en el texto griego y ha sido recogida por la Neovulgata.

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Jos 16,1-17,18

Una vez descrita en detalle la heredad adjudicada a Judá, se delimita el territorio correspondiente a Efraím (16,5-10) y Manasés (17,1-17), dos tribus que tendrán una gran relevancia en la historia posterior del pueblo de Israel. A ambas tribus, que componen la casa de José, corresponde la mayor parte de la zona central de Canaán. Se realza su importancia por la minuciosidad en la descripción de sus heredades y por realizarse la adjudicación simultáneamente con la tribu de Judá. Sin embargo, las fronteras no están descritas con el mismo detalle que las de Judá ni se incluye el elenco de ciudades que les pertenecen.

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Jos 18,1-19,51

El escenario del reparto a las restantes tribus de Israel se traslada de Guilgal, cerca del Jordán en las proximidades de Jericó, a Siló, en las montañas de la región central de Canaán. En esta ocasión los territorios que se han de distribuir son peor conocidos que los anteriores y se impone hacer un registro antes de distribuirlos. Cuando todo esté preparado, la adjudicación de las heredades se realizará por sorteo, para que sea el Señor quien asigne a cada uno su territorio.

Como consecuencia de ese reparto, correspondió a Benjamín (18,11-20) una franja de terreno en la zona central que separa la heredad de Judá de las asignadas a la casa de José, y a Simeón algunas ciudades en el territorio de Judá. Las demás tribus obtuvieron sus heredades en la zona norte de Canaán. El caso más singular es el de Dan (19,40-51), a la que se adjudica un territorio en la Sefelá; sin embargo, los danitas conquistaron unas ciudades y sus terrenos en la zona más septentrional y se establecieron allí.

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Jos 20,1-9

Concluido el reparto de la tierra prometida entre las tribus, se designan seis ciudades de refugio (cfr notas a Nm 35,1-34). Su existencia estaba prevista en el Código de la Alianza (cfr Ex 21,13) y en el Código Deuteronómico (cfr Dt 19,1-13), donde se especifican con más detalle las condiciones en las que se admitirá en ellas al homicida, y se señala que tres estarán en Transjordania; a la vez se ordena a Israel que cuando pase el Jordán reserve otras tres ciudades para este fin (cfr Dt 19,1-10). Las seis ciudades que ahora se señalan están bien distribuidas en el territorio, tres a cada lado del Jordán: una en el norte, otra en el centro y otra en el sur de cada parte.

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Jos 21,1-42

Después de las ciudades de refugio para el homicida se enumeran las cuarenta y ocho ciudades reservadas a los levitas (cfr Nm 35,1-8 y nota correspondiente). La relación tan minuciosa refleja la importancia de los sacerdotes y levitas en la sociedad israelita, sobre todo después del destierro, cuando terminó de redactarse este libro.

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Jos 21,43-45

La segunda parte del libro de Josué concluye con la afirmación explícita de que Dios cumplió todos sus compromisos con Israel. La fórmula final (v. 43) es una bella invitación a la confianza en el Señor. Dios es un Dios fiel (cfr Dt 7,9; 32,4), que siempre mantiene sus promesas (cfr Tb 14,4) y nunca deja de cumplir lo que establece (Is 55,11).

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Jos 22,1-24,33

En estos capítulos que constituyen el epílogo del libro reaparecen los dos mismos temas del prólogo (1,1-18), aunque ahora con más extensión y en orden inverso al seguido entonces. Se subraya de nuevo que todo el pueblo ha realizado unido, sin que faltase nadie, la conquista del país. Una vez concluida ésta, los de las tribus de Transjordania regresan a su territorio; y para que con el paso del tiempo el Jordán no llegue a ser una frontera que separe las tribus, erigen un altar que no se dedicará al culto, sino que será testimonio de que ellos, lo mismo que sus hermanos, confiesan que el Señor es Dios (22,1-34). Por último, se indica que Josué, el sucesor de Moisés, ya ha cumplido su misión; antes de morir exhorta a todo el pueblo a mantenerse fiel al Señor que les ha entregado la tierra en la que habitan y a cumplir la Alianza que el Señor hizo con sus antepasados y que ahora ellos renuevan en Siquem (23,1-24,33).

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Jos 22,1-8

En todo este libro se exhorta a la fidelidad en el cumplimiento de los compromisos contraídos. Dios ha sido fiel entregando a su pueblo la tierra que había prometido a sus padres. También se hace notar la fidelidad de las tribus de Transjordania que han cumplido lo mandado por Moisés y no han abandonado a sus hermanos en la toma de posesión de sus territorios. Ahora que se ha llegado al final de esa tarea, regresan a su heredad con la bendición de Josué, que alaba la obediencia de estos hombres y les augura una vida venturosa siempre que mantengan la misma fidelidad al Señor que han demostrado en esta ocasión.

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Jos 22,9-34

Al hablar del regreso de las tribus de Transjordania, el texto sagrado recoge una antigua tradición acerca de un altar que existía junto al Jordán, y que fue motivo de disensiones. En efecto, de acuerdo con el espíritu y las prescripciones del Deuteronomio sólo podría haber un lugar adecuado para el culto y para ofrecer sacrificios al Señor (cfr Dt 12,2-12). La unidad en el culto era manifestación de que sólo hay un Dios, y se evitaba de ese modo el peligro de que se introdujeran costumbres idolátricas al realizar acciones de culto en otros santuarios, o sacrificar en otros altares. Por eso, el altar erigido por las tribus de Transjordania junto al Jordán, a la vista de los demás israelitas, es interpretado por éstos como un comienzo de infidelidad, al no ajustarse a las normas previstas.

El redactor, al narrar esa tradición, explica en el discurso de los representantes de las demás tribus y en la respuesta de los de las tribus transjordanas la trascendencia teológica de la unicidad del culto como manifestación de servicio a un único Dios. Cuando se deja claro que en ese altar no se ofrecerán sacrificios ni habrá ninguna actividad cultual al margen del culto legítimo, pues se trata sólo de una representación emblemática que recuerde a unos y a otros que el Señor es el único Dios de todos, sus hermanos quedan conformes y bendicen al Señor. El altar no sería motivo de separación, sino signo de unión que sirviera para superar la frontera natural de separación entre las tribus que es el río Jordán.

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Jos 23,1-16

Josué, antes de morir, dirige un discurso al pueblo en el que recapitula e interpreta en sentido religioso los acontecimientos que han vivido. También en esto sigue las huellas de Moisés (cfr Dt 1,1ss.). Es característico del redactor deuteronomista incluir estos discursos de los grandes personajes en los momentos importantes de la historia. Las palabras de Josué resultan particularmente emotivas. El mensaje que transmite es prácticamente el mismo que Dios le comunicó a él cuando murió Moisés (cfr 1,1-9): una invitación a fiarse del Señor y a cumplir enteramente su Ley. Promesas y amenazas se entrecruzan con la insistencia en la necesidad de ser fieles para conservar la tierra recibida de Dios. La exhortación resulta apremiante, como también lo fue para los israelitas en momentos posteriores de la historia, especialmente en las duras circunstancias del destierro.

La asimilación por parte de Josué de ese mensaje que deja en herencia al pueblo constituyó la gran tarea de su vida. Primero fue el Señor quien le dio instrucciones. Con el decurso de los acontecimientos pudo comprobar por propia experiencia la verdad que encerraban las palabras divinas: el Señor dispersó en su presencia a sus enemigos, entregó a su pueblo la tierra que le había prometido, cumplió con todas sus promesas. La experiencia de la eficacia que Dios había concedido a los suyos al esforzarse por seguir el camino que les proponía, sin desviarse ni a un lado ni a otro, le reforzó el convencimiento de que valía la pena ser fiel al Señor. Por eso, cuando se acerca el momento de su muerte, propone a los israelitas como cosa suya lo que Dios le había propuesto a él mismo al inicio de su tarea.

Algo análogo sucedió, en plenitud, con Jesús, cuya vida es ejemplo de un empeño continuo por identificarse con la voluntad del Padre: desde su infancia (cfr Lc 2,49) hasta la cruz su alimento es cumplir los designios de quien le ha enviado: «Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Por eso, San Pablo podrá proponer su ejemplo a todos los cristianos: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina, (…) se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Y por eso Dios lo exaltó» (Flp 2,5-6.8-9). Ese es también hoy el camino para los que siguen al Señor: escuchar su palabra y acoger sus planes para cada uno. Asimilar y llevar a la práctica ese mensaje es una tarea que da sentido a toda una vida. Y en la medida en que se experimenta la eficacia divina, el afán de dar testimonio a los demás de esa extraordinaria realidad adquiere una fuerza irresistible.

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Jos 24,1-28

El libro de Josué es, más que un reportaje de acciones bélicas, una extraordinaria lección de teología sobre la fidelidad de Dios que siempre cumple sus promesas y una llamada a corresponder a esa fidelidad. Así lo confirma el hecho de que el libro termine con la ratificación de la Alianza, con la renovación, por parte de la gente que ha tomado posesión de la tierra prometida, del compromiso asumido por sus padres en el Sinaí. La ceremonia se sitúa en Siquem. Después del prólogo histórico en el que se recuerda cuanto ha hecho el Señor por los israelitas (vv. 2-13), Josué interroga al pueblo sobre su determinación de permanecer fiel al Señor (vv. 14-24). Cuando todos a una asumen el compromiso de servir al Señor y obedecerle en todo, se lleva a cabo el rito que ratifica la Alianza (vv. 25-27). Estos elementos aparecen en algunos pactos hititas de vasallaje pertenecientes al segundo milenio a.C. Por tanto, además del carácter religioso, la Alianza tenía fuerza de ley.

La Alianza está en la base de la moral cristiana, pues supone comprender que Dios dirige la historia y elige a los que han de asumir un compromiso concreto de fidelidad: «La doctrina moral cristiana, en sus mismas raíces bíblicas, reconoce la específica importancia de una elección fundamental que cualifica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios. Se trata de la elección de la fe —de la obediencia de la fe (cfr Rm 16,26)—, por la que “el hombre se entrega entera y libremente a Dios”, y le ofrece “el homenaje total de su entendimiento y voluntad” (Dei Verbum, 5). (…) En el Decálogo se encuentra, al inicio de los diversos mandamientos, la cláusula fundamental: “Yo, el Señor, soy tu Dios” (Ex 20,2), la cual, confiriendo el sentido original a las múltiples y varias prescripciones particulares, asegura a la moral de la Alianza una fisonomía de totalidad, unidad y profundidad. La elección fundamental de Israel se refiere, por tanto, al mandamiento fundamental (cfr Jos 24,14-25; Ex 19,3-8, Mi 6,8)» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 66).

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Jos 24,29-31

En el escueto relato de su muerte (cfr Jc 2,8-9) Josué recibe el título de «siervo del Señor» (v. 29) que hasta este momento no se le había aplicado en el texto, sino que se había reservado sólo para Moisés (cfr 1,1.13.15; 8,31.33; etc.). Ahora, al culminar una vida de entrega al Señor, es digno de esa fórmula de reconocimiento análoga a la empleada en la parábola evangélica: «Muy bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,21).

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Jos 24,32-33

Se deja constancia de que los huesos de José encontraron sepultura en la tierra que sus descendientes recibieron como heredad, cumpliendo un deseo que había manifestado antes de su muerte (cfr Gn 50,24-25).

También Eleazar, el sacerdote que había estado siempre junto a Josué —como Aarón había acompañado a Moisés— muere y es sepultado. Se cierra así la generación de los hijos de Israel que tomaron posesión de la tierra que Dios prometió a sus antepasados.

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