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NÚMEROS

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Nm 1,1-10,36

Los diez primeros capítulos del libro de los Números completan la narración contenida en los últimos capítulos del Éxodo acerca de la estancia de Israel en el Sinaí, después de que Dios estableciera la Alianza con el pueblo y antes de que éste emprendiera de nuevo la marcha por el desierto. En ellos se muestra al pueblo, preparándose para la partida, como una comunidad santa, perfectamente organizada y congregada en torno a la Tienda de la Reunión, a la que los levitas sirven con esmero.

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Nm 1,2-46

Dios ordena el censo del pueblo como señal de que le pertenece a Él. Se hace un recuento de los varones útiles para la guerra. Sin embargo, en el contexto del Pentateuco a este censo militar se le reconoce un valor religioso, puesto que el pueblo es considerado como el ejército del Señor (cfr Ex 7,4). Ya en Ex 38,25-26 se tuvo en cuenta el resultado total de este censo a la hora de calcular la aportación con la que cada uno debía contribuir para la construcción del Tabernáculo.

Las cifras de los censados reflejan el recuerdo de la importancia de cada tribu. Entre ellas sobresale, como más numerosa, la de Judá. En la redacción definitiva del Pentateuco tiene su importancia el situar este censo cuando el pueblo peregrina por el desierto camino de la tierra prometida. El elevado número asignado al conjunto indica que, de las dos promesas que el Señor había hecho a Jacob —posesión de la Tierra y una descendencia numerosa (cfr Gn 28,13-14)— ya se había cumplido la segunda, y se acercaba el momento en que se realizaría la primera.

El lector judío de este pasaje puede admirar en él la unidad y diversidad del pueblo elegido, al tiempo que sentirse identificado en alguno de esos grupos, según sus tradiciones familiares.

El lector cristiano ve en aquel pueblo de las doce tribus una prefiguración de la Iglesia que, fundada por Jesucristo sobre los doce Apóstoles (cfr Mt 19,28), es el nuevo pueblo de Dios. Bajo esta consideración, ni la Iglesia, ni el cristiano, se sienten ajenos a aquel pueblo, cuyo censo en el desierto anuncia el «censo» simbólico de los salvados por la sangre de Cristo (cfr Ap 7,5-8).

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Nm 1,47-54

En el censo de los hijos de Israel no se incluyen los miembros de la tribu de Leví. El empadronamiento era de carácter militar y los levitas, destinados a funciones en relación directa con el santuario, no podían ocuparse de otras tareas para no quedar impuros por un contacto profano. Esta tribu había sido reservada para dedicarse exclusivamente al servicio del Tabernáculo.

Las funciones de culto en los santuarios, y particularmente en el Templo de Jerusalén, que desempeñarían los levitas, tienen sus raíces en la Alianza; por eso se recuerda el comienzo de esta actividad durante la peregrinación por el desierto.

La importancia que se concede al cuidado del Tabernáculo es extraordinaria, hasta el punto de que, según el texto sagrado, se destinó una tribu completa a custodiar con exquisito cuidado todos sus enseres y a dedicarse a su servicio. Incluso se advierte que esa vigilancia solícita es importante para todo el pueblo, para que la ira de Dios «no caiga sobre la comunidad de los hijos de Israel» (v. 53).

El texto invita a reflexionar también ahora acerca del cuidado que merecen los lugares y objetos de culto. El Tabernáculo del desierto era una señal de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Con ese mismo nombre de «Tabernáculo» designamos los cristianos al Sagrario donde está realmente presente Jesucristo, Hijo de Dios, bajo las especies sacramentales. La solicitud de los levitas por aquel antiguo Tabernáculo sirve de ejemplo a los cristianos de hoy del cuidado y veneración que han de mostrar ante el Sagrario. «La nobleza, la disposición y la seguridad del tabernáculo eucarístico deben favorecer la adoración del Señor realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1183).

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Nm 2,1-34

El pueblo es descrito en formación alrededor del Tabernáculo como un pueblo santo, en perfecto orden, acampando y avanzando a través del desierto, unido a su Señor. La disposición de las doce tribus, tanto cuando están acampados como en orden de marcha, tiene la figura de un cuadrado. Cada uno de sus lados lo forman tres tribus, y en el centro se sitúan los levitas rodeando la Tienda. Una representación similar hará de Jerusalén el profeta Ezequiel (cfr Ez 48,30-35), y de la Jerusalén celeste el libro del Apocalipsis (cfr Ap 21,12-13). El texto encierra una enseñanza fundamental: Dios está continuamente presente en medio de su pueblo y habita en medio de él.

San Juan, en el prólogo de su Evangelio, dice: «Y el Verbo se hizo carne y habitó (literalmente, “acampó”) entre nosotros» (Jn 1,14). Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, lleva a su plenitud lo que apenas se insinúa en este texto: que «el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 84).

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Nm 3,2-4

Estos versículos vienen a ser un reflejo de la asignación del sacerdocio legítimo a la familia de Eleazar, de la que sería descendiente Sadoc —sacerdote cuyo linaje ostentó en exclusiva el ejercicio del sacerdocio en el Templo de Jerusalén hasta la época del destierro—, y a la familia de Itamar, de la que descenderá Abiatar —sacerdote contemporáneo de Sadoc (cfr 2 S 8,17), cuyo linaje compartió el ejercicio del sacerdocio con los sadoquitas después del destierro (cfr 1 Cro 24,1-6).

El sacerdocio en el antiguo Israel, como otros oficios, era hereditario. La expresión «llenar la mano» (cfr v. 3) es una fórmula muy primitiva para designar la investidura de alguien como sacerdote. Según parece, sólo en época muy tardía, tras el destierro, se practicó el rito de la unción con el significado de preparación para ejercer unas funciones sagradas (cfr Ex 40,12-15). Originariamente sólo se ungía al rey, y, al transferirse este rito al sacerdote, no solamente se acentúa su carácter de persona sagrada, sino que se prepara el camino para comprender que el Ungido por antonomasia, el Mesías, será también verdadero y único sacerdote.

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Nm 3,5-10

En este pasaje se fundamenta la diferenciación entre los sacerdotes y los levitas que más adelante aparecerá con precisión (cfr 18,1-7). De una parte, en él se muestra el origen común de sacerdotes y levitas, todos descendientes de Leví y, por tanto, de igual dignidad; y, de otra, se fundamenta la diferenciación de sus funciones como procedente de la misma constitución del pueblo en el Sinaí. El menor rango de los levitas —viene a decir el texto— se debe a la voluntad de Dios que quiso «dárselos» como servidores a Aarón y a sus hijos (cfr 3,9); y, en la realización de sus funciones, aunque sean humildes, cumplen lo que el Señor ordenó a Moisés, es decir, obedecen la Ley de Dios.

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Nm 3,11-13

Al final del cap. 1 (cfr 1,49-53) se hablaba de la distinción entre los levitas y los demás hijos de Israel. Los levitas habían sido separados de ellos para que se dedicaran al servicio del Tabernáculo. Ahora se subraya otro aspecto de su peculiar vocación: han sido tomados por Dios para servir de rescate por los primogénitos de los israelitas. Conviene tener en cuenta, por una parte, que todos los primogénitos, tanto de hombres como de ganados, debían ofrecerse a Dios (cfr Ex 13,1). Pero, además, los primogénitos de los hijos de Israel le pertenecían especialmente al Señor por haberlos preservado de la muerte durante la décima plaga que asoló Egipto (cfr Ex 13,14-15; Nm 8,17). A cambio de esos primogénitos, el Señor toma a su servicio a los levitas. Queda así acentuada su pertenencia al Señor, como la de los primogénitos, y el servicio que prestan a toda la comunidad de Israel, en cuanto que ejercen una función de sustitución «vicaria» por los demás.

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Nm 3,14-39

Se especifica cómo se han de situar en el campamento los linajes de la tribu de Leví. En el lugar más noble —hacia el este, frente a la entrada— están Moisés, Aarón y sus hijos, los sacerdotes. En los otros flancos del Santuario se sitúan los distintos linajes de los levitas. A cada uno de ellos se les encomienda una función concreta en la conservación del mismo.

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Nm 3,40-51

Véase nota a 3,11-13.

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Nm 4,1-49

A diferencia del censo del pueblo, en el que se contaban los varones a partir de veinte años, en el censo de los levitas hay limitación de edad por abajo y por arriba. Es una forma de mostrar la importancia del servicio que han de realizar: se requiere edad madura y plenitud de facultades.

Llama la atención la cantidad de detalles concretos que se indican en el texto referentes a la dignidad y respeto con la que se deben tratar las instalaciones y objetos de culto; al mismo tiempo, se hace notar que eso es la voluntad de Dios. Los Padres de la Iglesia con frecuencia han señalado que, con mayor motivo, es necesario cuidar los objetos de culto eucarístico. Entre otros, San Jerónimo escribe que «los testimonios de las Sagradas Escrituras enseñan qué veneración deben recibir las cosas santas y las que sirven al ministerio del altar. Pues los sagrados cálices, los lienzos sagrados y todo lo demás que se refiere al culto de la Pasión del Señor, no deben ser tenidos como objetos ordinarios y carentes de santidad, ya que por el contacto que tienen con el Cuerpo y la Sangre del Señor hay que venerarlos con el mismo respeto que su Cuerpo y su Sangre» (Epístola 114,2).

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Nm 5,1-4

Comienza la primera sección normativa del libro. Ésta es la primera de una serie de disposiciones acerca de la pureza ritual de los integrantes del campamento. La lección que se trasmite es clara: en donde está Dios todo ha de ser puro. Como Dios habita en medio del campamento es necesario velar por la santidad del mismo. Por lo tanto, cualquier pecado o impureza —aunque sea solamente externa— ha de desaparecer.

En aquella época se consideraba rechazable al leproso (cfr Lv 13), al que padecía flujo seminal (cfr Lv 15,1-18) y al que había tocado un cadáver (cfr Lv 21,1; Nm 19,11-16), probablemente por el peligro de contagio que comportaba.

La norma acerca de la expulsión de los impuros —como muchas otras del Pentateuco— tuvo una vigencia transitoria. Jesucristo, que llevó la Ley a su perfección, acogió y limpió a los leprosos (cfr Mc 1,40-42), enseñó que sólo manchan al hombre los malos pensamientos o deseos que brotan de su corazón (cfr Mt 15,18-19), y se acercó lleno de compasión a los difuntos (cfr Mt 9,25; Lc 7,14). Con todo, la enseñanza que subyace en esta normativa, es decir, la necesidad de la pureza para acercarse al Señor, seguirá teniendo un valor permanente (cfr Mt 5,8).

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Nm 5,5-8

Más importante que la pureza ritual (vv. 1-4) es el cuidado de la pureza moral en las relaciones con los demás. Por eso se dan ahora algunas indicaciones acerca de la propiedad de los bienes materiales, y después otras relativas a la fidelidad conyugal (vv. 11-31).

Una formulación más amplia de la ley acerca de la apropiación injusta de bienes se encuentra en Lv 5,20-26. Aquí se concreta que al realizar la restitución es necesario devolver, además de lo robado, un quinto más (un veinte por ciento más) a la persona defraudada, o, en su defecto, al goel (pariente responsable de defender los derechos de un difunto); y si también éste falta, al sacerdote. Los delitos contra el prójimo eran castigados con severidad; además, acarreaban una deuda con el Señor y, por tanto, la obligación de ofrecer un sacrificio de reparación (cfr nota a Lv 5,14-26).

Es importante la puntualización del texto: el que comete pecado contra un hombre, no sólo peca contra él, sino que «hace traición al Señor» (v. 6).

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Nm 5,11-31

La pureza del pueblo exige también la fidelidad conyugal. El adulterio es un delito muy grave (cfr nota a Ex 20,14); si se probaba, los culpables eran condenados a muerte (cfr Lv 20,10). Para el caso en que el marido tuviera una duda razonable acerca de la fidelidad de su mujer, pero no se pudiera demostrar su culpabilidad, se establece este rito peculiar. Las ceremonias que se prescriben recuerdan a las ordalías o juicios mágicos en los que se buscaba poner de manifiesto la culpabilidad o inocencia de un sospechoso contra el que no hay pruebas claras. En contraste con la crueldad de tales ritos en los pueblos vecinos a Israel, en los que se arrojaba a la mujer a un río, este rito es relativamente benigno para la mujer sospechosa. Además de escuchar las terribles fórmulas de imprecación en las que se pide a Dios que la haga estéril para siempre si ha sido infiel, sólo se la obliga a beber agua mezclada con un poco de polvo y las raspaduras de un escrito.

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Nm 6,1-21

El voto de nazareato del que aquí se habla, fue frecuente en Israel desde muy antiguo. Sansón era nazareo perpetuo (cfr Jc 13,2-7) y quizá también Samuel (cfr 1 S 1,28); los había en tiempo de Amós (Am 2,11) y en la época de los Macabeos (1 M 3,49-50). Probablemente algunos judíos convertidos al cristianismo hicieron también este voto (cfr Hch 21,24) y tal vez hasta el mismo San Pablo lo realizó (cfr Hch 18,18). Indicaba una especial consagración a Dios, al menos durante un tiempo.

El nazareo adquiría tres compromisos: dejarse crecer el cabello, abstenerse de toda bebida alcohólica y evitar el contacto con cadáveres. El más específico era el del cabello, que es mencionado siempre que se habla del nazareo; el término pasa incluso al vocabulario profano de la Biblia que, para referirse a las vides no podadas (cfr Lv 25,5), el texto hebreo las llama vides nazareas. No se sabe con claridad qué sentido podía tener el dejarse cabello largo; quizá era señal de fortaleza (cfr Jc 5,2), o de proximidad con Dios, puesto que algunos textos dan a entender que los sacerdotes llevaban el cabello largo (Lv 21,5). La abstinencia de bebidas alcohólicas no presupone que se considere malo el beber vino, puesto que se permite tomarlo en el banquete sacrificial con que culmina el nazareato; probablemente es un signo de que la persona consagrada prescinde de lo efímero de esta tierra para dedicarse a las cosas de Dios. Era, sin duda, una manifestación de la entrega a Dios en exclusiva. La obligación de evitar el contacto con cadáveres es común con los sacerdotes (cfr Lv 21,1) y sirve para prevenir el caer en impureza ritual.

Las ceremonias de terminación del voto son especialmente solemnes y reflejan la alegría de quien ha intentado estar más cerca de Dios. Los sacerdotes y los amigos participan del sacrificio de comunión y del gozo de la persona consagrada.

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Nm 6,23-27

Esta fórmula de bendición es una de las más antiguas que nos ha conservado la Biblia. Se alude a ella en algunos Salmos (cfr 31,17; 67,2; etc.) y era empleada por los sacerdotes en la liturgia del Templo. Consta de tres peticiones que comienzan con el nombre del Señor. Algunos autores de la antigüedad vieron en la triple invocación un preanuncio de la Santísima Trinidad. Se implora a continuación la protección de la vida, la gracia y la paz; tres dones que resumen las aspiraciones del hombre y que sólo Dios puede otorgar en plenitud.

La Iglesia ha continuado la tradición de bendecir a los fieles dentro de las ceremonias litúrgicas, y muy especialmente al terminar la celebración de la Eucaristía, para implorar sobre ellos el favor divino. Entre las fórmulas que el sacerdote puede utilizar al final de la Misa, el Misal Romano propone este venerable texto.

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Nm 7,1-88

En el Pentateuco hay dos maneras de reflejar las prescripciones que regularían la vida del pueblo: una, por medio de fórmulas normativas, como en los dos capítulos precedentes; otra, por medio de narraciones de lo que hicieron los que peregrinaron por el desierto, como en esta sección, en la que se relatan los acontecimientos del día de la erección y consagración del Santuario (cfr Ex 40). Los israelitas asentados en Canaán volverán siempre la vista a sus antepasados para imitarles; en este caso, para emular la generosidad en el culto y la diligencia en llevar sus ofrendas al Señor en el Templo.

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Nm 8,1-4

El candelabro de oro o menorah era una rica pieza de oro (cfr Ex 25,31-40) colocada junto a la mesa de los Panes de la proposición. Aunque no es seguro el significado del mismo, es evidente que era un elemento importantísimo en el culto, puesto que las lámparas debían permanecer siempre encendidas (cfr Lv 24,2-4). El número de siete brazos podría indicar plenitud. De hecho Flavio Josefo comenta que el candelabro recordaba el poder creador de Dios, pues los siete brazos representaban a la luna y los planetas (cfr Antiquitates Iudaicae 3,144-6). En la tradición de la Iglesia, las lámparas se han aplicado tipológicamente a Cristo. Clemente de Alejandría comenta: «El candelabro de oro tiene otra simbología: la de ser signo de Cristo, no por su sola naturaleza, sino porque ilumina “de muchos modos y en diversos momentos” (Hb 1,1) a los que creen y esperan en Él» (Stromata 5,6,35). Por su parte, Rábano Mauro señala: «Las siete lámparas son los siete dones del Espíritu Santo, que permanecieron siempre en el Señor, Redentor nuestro, y en sus miembros, es decir, en todos los elegidos según su voluntad» (Enarrationes in Numeros 14).

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Nm 8,5-22

La ceremonia de dedicación de los levitas tiene muchos puntos de contacto con la de los sacerdotes (cfr Lv 8), con la diferencia de que éstos eran consagrados (cfr Lv 8,12), mientras que los levitas solamente purificados (v. 6). Los levitas gozaban de gran estima. Leví es hijo de Lía, lo mismo que Judá y Simeón. En el episodio del becerro de oro, los levitas permanecieron fieles a Moisés frente a los idólatras (cfr Ex 32,25-29). Eran colaboradores de los sacerdotes, pero ejercían las funciones secundarias del Templo (cfr Nm 3,6-9 y Ez 44,11-31). Tenían, por ello, un puesto de consideración dentro del pueblo: no se incluían en el censo con las otras tribus (cfr Nm 1,47-49; 4,1-49) y no se les asignó un territorio en el reparto de las tierras (cfr Jos 14,3-4), sino que recibían como ingresos los diezmos del resto de las tribus (cfr Nm 18,21-24). Por su dedicación al servicio del Señor, debían procurar una esmerada pureza ritual, como lo manifiesta esta minuciosa ceremonia. El agua de expiación (literalmente «agua del pecado») (v. 7) era, posiblemente, un tipo de agua lustral, o de purificación de personas u objetos, semejante a aquella cuya preparación se describe en 19,1-10. Probablemente había varios modos de preparar el agua, según el tipo de ablución (cfr 31,23) y según las personas que tenían obligación de hacerlas. Las detalladas prescripciones acerca de la purificación de los levitas antes de incorporarse a desempeñar sus tareas en el culto a Dios, han sido tema de meditación en la Iglesia para considerar la purificación necesaria en un culto en el que ya no hay sombras y figuras, sino que la víctima es el mismo Cristo. «¿Qué pureza no deberá tener el que ofrece tan gran sacrificio? —pregunta San Juan Crisóstomo— ¿No deberá tener la mano que parte esta carne un esplendor más brillante que el del sol? ¿Cómo deberá ser la boca que se llena de ese fuego espiritual, la lengua que se enrojece con tan preciosa sangre?» (Homiliae in Matthaeum 82,5).

La imposición de manos indicaba que la ofrenda que se entregaba a Dios, era propiedad del oferente: los hijos de Israel transferían a Dios la propiedad de los levitas (v. 10), del mismo modo que éstos hacían con los novillos del sacrificio (v. 12).

«Aarón balanceará a los levitas como ofrenda balanceada ante el Señor» (vv. 11.13.15). La ofrenda balanceada era la que, una vez presentada ante el Señor, quedaba en posesión de los sacerdotes (cfr Ex 29,24-28). En este caso es probable que no se realizaran los mismos ritos de balanceo que se hacían con los vegetales o animales ofrecidos. En cualquier caso con este rito se indicaba que los levitas estarían siempre al servicio de los sacerdotes. Quedaba así de manifiesto que eran la donación que todo Israel hacía al Señor en lugar de los primogénitos (v. 18; cfr 3,12-13).

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Nm 9,1-14

El recuerdo de la segunda celebración de la Pascua especifica las normas que debían seguirse cuando era imposible celebrarla a su tiempo, ya fuera porque se había contraído impureza por contacto de un cadáver, o porque ese día se estaba de viaje. Esta normativa parece especialmente adecuada a las circunstancias en las que vivió Israel después del destierro; cuando las comunidades dispersas por tantos lugares tenían dificultades para reunirse. Según el libro de las Crónicas (2 Cro 30), Ezequías aplicó estas disposiciones al instaurar la Pascua en el Templo, como parte de su reforma religiosa.

La Pascua es la fiesta específica de Israel: quien no participase en ella, pudiendo hacerlo, se le consideraba excluido del pueblo; en cambio, los extranjeros que participaban en ella eran tenidos como conciudadanos. Esta fiesta tiene un sentido importante en la religión del pueblo elegido: es el memorial de su liberación de la opresión de Egipto, que vuelve a hacer presente la intervención de Dios sobre su pueblo cada vez que se celebra, de modo que cada uno conforme su vida a estos acontecimientos (cfr también notas a Ex 23,14-17; Lv 23,5-8 y Dt 16,1-8).

Por eso, así como era esencial para los israelitas el participar en la Pascua, por actualizar el recuerdo de la intervención salvadora del Señor, ahora, la Iglesia, siguiendo una tradición apostólica, ha establecido que los cristianos deben participar al menos el domingo en la actualización del misterio pascual que se realiza en la Eucaristía (cfr Código de Derecho Canónico, c. 1246,1).

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Nm 9,15-23

La nube que de noche parecía de fuego y que acompaña a los israelitas por el desierto, simboliza la presencia protectora del Señor y, a la vez, la transcendencia divina. Los hijos de Israel estaban seguros de que la protección constante de Dios era más importante que el resguardarles del calor tórrido del desierto. Por otra parte, la nube es una señal del Ser Supremo, cuyo rostro nadie puede ver cara a cara en la tierra.

Se observa así cómo la Sagrada Escritura muestra que Dios se sirve en ocasiones de realidades sensibles ordinarias como signos manifestativos de intervenciones sobrenaturales invisibles: la nube que protege del sol manifiesta la presencia de Dios en medio de su pueblo, su guía providente y la protección que le dispensa. El pueblo de Dios no camina solo ni vaga, porque Dios le acompaña y lo guía.

Al simbolismo de la nube parece aludir el arcángel San Gabriel cuando anuncia a María que por obra de Dios será madre del Mesías: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). En la persona de Jesús se puede contemplar la plenitud del signo, ya dicho, del Tabernáculo: es el Verbo que establece su morada entre los hombres (cfr Jn 1,14). Al igual que el pueblo de Israel, la Iglesia no peregrina sola: cuenta con la presencia de Dios en medio de ella que la protege y la orienta en su peregrinar terreno.

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Nm 10,1-10

Estas trompetas de plata servían para convocar la asamblea y para acompañar al culto; pero también se usaban para dar la orden de combate. Su forma era la de un tubo largo, abierto en forma de campana en su extremo. El toque de alarma (vv. 5.7) era un sonido agudo que podía oírse a larga distancia o dentro del estruendo de una batalla.

Pero las trompetas, sobre todo, eran como una llamada a Dios para que viniera en socorro de los suyos. Tenían, por tanto, la finalidad de recordar al pueblo que Dios acompañaba siempre a Israel y le daba éxito en las batallas (v. 10).

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Nm 10,11-28

Casi un año han permanecido los israelitas al pie del Sinaí (cfr Ex 19,1). Ahora inician de nuevo la marcha hacia el desierto de Parán, situado aproximadamente en la zona central al norte de la península del Sinaí, al sur del Négueb. El texto destaca que la iniciativa la lleva el Señor, cuya presencia está simbolizada en la nube. El Señor mismo es quien les guía hacia el lugar a donde deben ir. El orden de la caravana, que tiene rasgos de una procesión litúrgica, responde al orden del campamento descrito en el cap. 2; pero con la peculiaridad de que los levitas, encargados de transportar la Tienda, se dividen en dos grupos. En efecto, abren la marcha las tribus que formaban el lado este del campamento, seguidas por una parte de la tribu de Leví que lleva la Tienda de la Reunión. Después siguen los que formaban el lado sur, y a continuación el resto de la tribu de Leví con el Arca y los utensilios sagrados. De este modo, cuando los portadores del Arca llegaban al sitio de parada, encontraban la Tienda ya montada. Era por tanto una forma de cumplir inteligentemente lo que el Señor había mandado en 2,17, sobre el lugar que debía ocupar la Tienda durante la marcha, salvando al mismo tiempo la dificultad que podía suponer el hecho de que el Arca tuviese que esperar al aire libre mientras se montaba la tienda. Finalmente seguían las tribus que formaban los lados oeste y norte del campamento.

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Nm 10,33-36

El pueblo de Israel experimentó la protección divina en el auxilio que recibía para protegerse de sus enemigos. Cuando estaban en la tierra prometida, en ocasiones particularmente difíciles, llevaban el Arca al campo de batalla y aclamaban al Señor para implorar auxilios y para agradecer su ayuda. Las exclamaciones de Moisés son dos antiquísimas piezas poéticas que probablemente se utilizaban en la liturgia primitiva del Arca, y que servirían de inspiración del Salmo 132 (cfr v. 8), destinado a alabar al Señor al conmemorar el traslado del Arca al Templo de Jerusalén.

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Nm 11,1-12,16

Más que una descripción de lo que fue la marcha por el desierto desde el Sinaí hasta Cadés (cfr 13,26), estos capítulos nos ofrecen algunos rasgos de extraordinaria importancia sobre las relaciones entre Dios y su pueblo: la reiterada protesta y rebelión de los israelitas ante las dificultades del largo camino, los castigos de parte de Dios, y, finalmente, el perdón por intercesión de Moisés.

En estas narraciones se han recogido recuerdos de diversos acontecimientos: las codornices y el maná (cfr Ex 16), la institución de los setenta ancianos (cfr Ex 18,13-26; Ex 24,9), el caso de los profetas Eldad y Medad, y la murmuración de Aarón y María contra Moisés. La concatenación de los sucesos sigue esta lógica: el pueblo se queja de no comer carne y protesta del maná; Moisés, cansado de soportar al pueblo, recurre a Dios; y Dios responde con una doble intervención: hace partícipes del espíritu de Moisés a setenta ancianos que le ayuden a gobernar el pueblo, y envía codornices para saciar su apetito.

La descripción del pueblo en perfecto orden, casi como un ejército acompasado, en su marcha por el desierto, ha desaparecido ahora, cuando el pueblo se siente acosado por el hambre y bajo el influjo de los extraños que se le unían. Encontramos, en efecto, una chusma entremezclada con el pueblo (cfr v. 4), que lleva a todos a la protesta contra el Señor. Una protesta que surge de la duda acerca de Dios y de sus intenciones hacia ellos (cfr Ex 16,3), y que desemboca en lamentarse de haber salido de Egipto, querer echarse atrás del camino emprendido y desear volver a la esclavitud (cfr vv. 18-20). Ésta es la gran tentación y el gran pecado del pueblo.

Cuanto sucede al pueblo en la peregrinación por el desierto, ayuda a comprender la realidad del nuevo pueblo de Dios: «Caminando la Iglesia a través de tentaciones y tribulaciones, de tal forma se ve confortada por la fuerza de la gracia de Dios que el Señor le prometió, que en la debilidad de la carne no pierde su fidelidad absoluta» (Conc. Vaticano II, Lumen Gentium, n. 9).

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Nm 11,1-3

Taberah en hebreo significa «incendio». En las tradiciones de Israel, el lugar de nombre Taberá está unido al relato de la queja del pueblo, desanimado en su camino, que encendió la ira del Señor. Lo que el pasaje viene a poner especialmente de relieve es la absoluta soberanía de Dios y de sus designios que el hombre debe secundar a pesar de las dificultades. Por otra parte, se resalta el papel mediador de Moisés. Aquí no se menciona un motivo concreto en la queja del pueblo, tal como aparecerá después (cfr v. 4); pero esa queja denota el cansancio y pérdida de ilusión, tras haber salido de Egipto.

La tentación del desánimo puede presentarse a veces durante la peregrinación terrena de los hijos de Dios. Esto no debe ser motivo serio de preocupación. «Después del entusiasmo inicial, han comenzado las vacilaciones, los titubeos, los temores. —Te preocupan los estudios, la familia, la cuestión económica, y, sobre todo, el pensamiento de que no puedes, de que quizá no sirves, de que te falta experiencia de la vida.

Te daré un medio seguro para superar esos temores —¡tentaciones del diablo o de tu falta de generosidad!-: “desprécialos”, quita de tu memoria esos recuerdos. Ya lo predicó de modo tajante el Maestro hace veinte siglos: “¡no vuelvas la cara atrás!”» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 133).

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Nm 11,7-9

El pueblo añora los alimentos de Egipto. El maná era un signo de la providencia de Dios, que procuró alimento a su pueblo en la aridez del desierto. Por eso, la falta de aprecio por el maná, unida a la protesta contra Dios, es una manifestación de la ceguera para reconocer los dones que Él otorga. Acerca del maná, véase la nota a Ex 16,1-36.

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Nm 11,10-15

Las palabras de Moisés, a pesar del tono de queja, dejan entrever la paternidad de Dios sobre aquel pueblo, pues era Él, en realidad, quien lo había formado. Por otro lado, el pasaje refleja el enorme peso de la responsabilidad que Dios ha confiado a Moisés, hasta el punto de que se siente incapaz de llevar su encargo adelante.

Las imágenes que aquí se emplean para expresar la solicitud por el pueblo serán utilizadas por San Pablo para hablar de su dedicación a las comunidades cristianas surgidas de su predicación y a las que ha de guiar hacia Cristo (cfr 1 Ts 2,7-11).

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Nm 11,16-23

Ya en Ex 18,13-27 aparece la necesidad de ayuda que tiene Moisés para gobernar al pueblo. Allí se rodea de hombres capaces por consejo de su suegro Jetró; aquí, en cambio, es Dios mismo quien le manda elegir setenta ancianos, o jefes de familia, y les comunica parte del espíritu que poseía Moisés. De los setenta ancianos se ha hablado ya en Ex 24,9; pero ahora se resalta que Moisés poseía el espíritu de profecía en tan gran medida que una participación del mismo hace entrar en trance profético a quienes se les comunica. En Dt 18,18 se presentará a Moisés como un gran profeta y en Nm 12 se realza el carácter excepcional de su relación con Dios. Así se va perfilando en la tradición de Israel la grandeza de la figura de Moisés. Al mismo tiempo, el pasaje está indicando que la tarea de gobernar al pueblo sólo puede llevarse a cabo mediante el espíritu de Dios.

«¿Acaso es mezquina la mano del Señor?» (v. 23). Esta expresión aparece repetidamente en la Biblia para expresar el poder de Dios y su magnanimidad (cfr Is 50,2; 59,1). Cuando Moisés se encuentra ante un problema aparentemente irresoluble, Dios lo tranquiliza haciéndole notar que para Él no hay nada imposible. También hoy podemos estar serenos, porque «Non est abbreviata manus Domini, no se ha hecho más corta la mano de Dios (Is 59,1): no es menos poderoso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 130).

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Nm 11,24-30

La fuente del espíritu es Dios mismo, y puede darlo a quien quiere, por encima de las determinaciones humanas. Moisés, por su parte, con total rectitud de intención, no busca la exclusividad en la posesión o transmisión del espíritu, es decir, en la recepción del don de Dios, sino que, mirando al bien del pueblo, se alegra de la manifestación del espíritu en otras personas, e incluso lo pide para todos los israelitas.

San Cirilo de Jerusalén, comentando este pasaje, enseña: «se insinuaba lo acontecido en Pentecostés entre nosotros» (Catequeses ad illuminandos 16,26). En efecto, Dios prometió el espíritu a todo el pueblo (cfr Jl 3,1-2), y llegó el día en que cumplió esa promesa por medio de Jesucristo que, tras su Ascensión al Cielo, envía el Espíritu Santo a la Iglesia (cfr Hch 1,13). Por eso, la Iglesia, «el pueblo santo de Dios participa también del don profético de Cristo, difundiendo su vivo testimonio sobre todo por la vida de fe y de caridad. (…) Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que distribuyéndolas a cada uno según quiere (1 Co 12,11), reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 12).

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Nm 11,31-34

Al narrar este episodio se pone de realce la providencia con la que Dios atiende a los suyos. En el contexto de este relato ese cuidado de Dios contrasta con la actitud rebelde y pecadora del pueblo que por su avaricia y su gula convierte el don en instrumento de castigo.

El nombre del lugar —Quibrot–ha-Taavá significa «tumbas del apetito»— une los recuerdos de las codornices y de los castigos recibidos por el pueblo debido a su dureza de corazón y a su glotonería.

El jómer (v. 32) significaba una carga de asno (cfr nota a Lv 27,16). El texto sagrado subraya que los israelitas recogieron una gran cantidad de carne.

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Nm 12,1-16

La murmuración de los hermanos de Moisés comienza con el tema del matrimonio de éste con una extranjera. Aunque el texto hebreo dice «cusita», que significa «de Etiopía», comparando con Ha 3,7 que habla de Cusán en relación con los madianitas, tal vez podamos entender que se refiere a Séfora (cfr Ex 2,16-21). En cualquier caso, la murmuración de María y de Aarón se dirige contra algo más esencial: la autoridad única de Moisés como interlocutor entre Dios y el pueblo. En contra de tal autoridad aducen sus propias actividades proféticas que, al contrario de Moisés, no las entienden con actitud humilde como un carisma al servicio del pueblo, sino como un privilegio del que quieren beneficiarse. Este rasgo negativo de la conducta de Aarón, unido a lo que de él se cuenta en Ex 32, parece indicar que los recuerdos sobre su figura no siempre fueron tan positivos como podría parecer a primera vista.

El pasaje viene a mostrar el carácter único de la personalidad de Moisés entre todos los grandes personajes de la historia de Israel. Él era el que más confiaba en el Señor —tal es el significado de la palabra hebrea anaw que hemos traducido por «humilde»—. Esta confianza era la que le llevaba a ser el más paciente. Por eso Dios sale en su defensa. La severidad del castigo, así como la rapidez en la curación de María por la intercesión de Moisés, resaltan la grandeza de éste. Grandeza que le viene, sobre todo, porque a él le hablaba Dios directamente, y no mediante visiones o sueños como a los profetas. Por eso Moisés es mayor que los profetas. Según el texto hebreo Moisés contemplaba la «figura» o la «imagen» del Señor; pero ya la traducción griega, teniendo sin duda presente el carácter espiritual de Dios y su trascendencia, dice que Moisés contemplaba «la gloria del Señor». En ese mismo sentido afirmará San Juan que «a Dios nunca le ha visto nadie» (Jn 1,18), para resaltar a continuación que únicamente Jesucristo, el Hijo de Dios y verdadero Dios, ha podido revelarnos toda la verdad acerca del Él.

Sin embargo, el carácter espiritual y trascendente de Dios no impide que se pueda entablar con Él un diálogo abierto y confiado mediante la oración. «La oración de Moisés es típica de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de Dios es fiel a su misión. Moisés “habla” con Dios frecuentemente y durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su Dios y guiarlo. “Él es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente” (Nm 12,7-8), porque “Moisés era un hombre humilde más que hombre alguno sobre la haz de la tierra” (Nm 12,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2576).

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Nm 13,1-14,45

A partir de la idea de fondo de la constante rebelión del pueblo, y del perdón de parte de Dios, en los caps. 13 y 14 se da una explicación de por qué los israelitas no entraron en la Tierra directamente desde Cadés, sino que tuvieron que dar un largo rodeo para entrar desde Transjordania. La causa fue, en definitiva, su falta de audacia en la obediencia al Señor, su desprecio hacia la tierra prometida y su añoranza de Egipto. En este esquema subyacen recuerdos muy antiguos, tales como la actitud destacada de Caleb, de la tribu de Judá, una exploración de la tierra reducida a la zona de Hebrón (cfr 13,22-23), y un intento fallido de penetración por el Négueb (cfr 14,39-45).

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Nm 13,16

El nombre de Josué significa «Yahwéh salva». Al ser llamado así por Moisés, se deja entrever la misión que le va a corresponder: Josué salvará al pueblo de parte de Dios, como ya lo había hecho en la batalla contra los amalecitas según Ex 17,9-13. El nombre de Josué y la misión que realizó de introducir al pueblo en la Tierra dio pie a los Padres de la Iglesia para ver en él un anuncio de Jesucristo, cuyo nombre, Jesús, significa lo mismo que Josué (cfr Mt 1,21; Lc 1,31).

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Nm 13,24

Najal-Escol significa «torrente del racimo» y estaba cerca de Hebrón.

En sentido alegórico, algunos Santos Padres interpretaron que el racimo de uva nacido de la tierra prometida representa a Jesucristo, nacido de la Virgen María. Y el llevarlo pendiendo de un palo significa a Jesucristo pendiendo del madero de la cruz. «Los dos portadores, comenta San Cesáreo de Arlés, son los dos Testamentos: delante van los judíos, detrás los cristianos. Éstos llevan la salvación ante sus ojos. (…) Nosotros, que venimos detrás, hemos merecido adorar y portar al Señor Jesús, según aquello que dijo el Apóstol: “Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo”, y en la medida en que podamos, trabajemos con su ayuda» (Sermones 107,3).

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Nm 13,27-29

El testimonio de los exploradores confirma, efectivamente, lo que Dios había prometido sobre la excelencia de la Tierra (cfr Ex 3,8). Al resaltar el poder de los pueblos que la ocupan, por una parte se está aludiendo al poder de Dios y a su amor hacia el pueblo, ya que Él sería quien los iba a arrojar de allí (cfr Dt 7,1); y, por otra parte, se prepara el argumento de la protesta del pueblo que se va a narrar a continuación.

Los descendientes de Anac son los gigantes que, según la tradición israelita, poblaban la zona sur de Canaán, y de cuyo origen se da una explicación en Gn 6,1-4.

Los amalecitas eran seminómadas que se movían al sur del Négueb, y con los que lucharon los israelitas en más de una ocasión (cfr Ex 17,8-16). Los hititas habían sido un gran imperio en el siglo XIV a.C., y los amorreos fueron los ocupantes de los valles del Tigris y el Éufrates. Los jebuseos fueron los anteriores pobladores de Jerusalén. La distribución de esos pueblos en la Tierra está simplificada recogiendo datos de carácter genérico.

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Nm 13,30-33

Dos actitudes se contraponen: la de Caleb movido por la fe y la confianza en Dios, y la del resto de los exploradores que, ante la dificultad con la que han de enfrentarse, no sólo no cuentan con la ayuda de Dios, sino que ponen en cuestión la bondad del don que Dios les promete, la bondad de la Tierra. Éste es el punto de partida que les llevará a la rebeldía abierta contra Dios y Moisés.

Con frecuencia se hacen patentes las dificultades que cualquier proyecto humano o sobrenatural lleva consigo. Pero la solución no consiste en claudicar ante los obstáculos, sino en luchar con fe y valentía por superarlos. El miedo de los israelitas a la lucha para conquistar la Tierra, debido a la magnitud de los enemigos que han de combatir, lleva a algunos de ellos a despreciar y hablar mal de la misma Tierra. Algo similar ocurre en el cristiano, cuando, por miedo, se retrae en la lucha por alcanzar la perfección: «Sé que, enseguida, al hablar de combatir se nos pone por delante nuestra debilidad, y prevemos las caídas, los errores. Dios cuenta con esto. Es inevitable que, caminando, levantemos polvo. Somos criaturas y estamos llenos de defectos. Yo diría que tiene que haberlos siempre: son la sombra que, en nuestra alma, logra que destaquen más, por contraste, la gracia de Dios y nuestro intento por corresponder al favor divino. Y ese claroscuro nos hará humanos, humildes, compasivos, generosos» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 76).

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Nm 14,1-25

La rebelión llega a su punto culminante con la pretensión de elegir otro jefe en vez de Moisés, volverse a Egipto y apedrear a quienes proclaman la confianza en Dios. Aarón vuelve a aparecer junto con Moisés y Josué, unido a Caleb y participando de su entusiasmo (vv. 5-6). Sin embargo, quien resuelve la cuestión es la gloria y el poder del Señor que amenaza con castigar y, lo que es más tremendo, con desheredar al pueblo, disponiéndose a crear un pueblo nuevo a partir de Moisés (vv. 11-12). Pero una vez más éste intercede en favor del pueblo, ahora recurriendo a los argumentos más fuertes que pudiera presentar: el mismo honor de Yahwéh ante los pueblos, y su ser clemente y misericordioso como Él mismo había dicho de Sí (cfr Ex 34,6-7). Dios, en efecto, perdona al pueblo una vez más, y no lo destruye; pero ha de actuar con justicia diferenciando entre los que confiaron en Él como Caleb, y los que, por el contrario, se rebelaron contra Él hasta «diez veces» (v. 22), es decir, completamente y con plena conciencia.

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Nm 14,26-38

De nuevo se menciona la respuesta de Dios ante la murmuración y desánimo del pueblo y se presenta el castigo teniendo en cuenta el censo hecho anteriormente, de forma que no escape a la ira de Dios nadie mayor de veinte años, excepto Caleb y Josué. Los cuarenta años de peregrinación empiezan a contar desde ahora, y se corresponden a los cuarenta días que les llevó explorar la Tierra, dando así a entender la severidad, y al mismo tiempo, la proporción del castigo divino. Los primeros en recibir aquel castigo fueron los que, habiendo tenido la dicha de contemplar la Tierra, sembraron el desánimo y la protesta entre los demás, es decir, los que habiendo experimentado de algún modo el don de Dios, no supieron apreciarlo a causa de su cobardía, sino que lo despreciaron y desacreditaron ante los otros.

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Nm 14,39-45

Jormá, en hebreo, significa «destrucción».

Bajo este relato parece que subyace el recuerdo de un primer intento frustrado de penetración en Canaán a través del Négueb que no tuvo éxito. La explicación tiene sobre todo una dimensión religiosa: el pueblo se arrepintió, pero demasiado tarde; siguieron en el fondo sin obedecer al Señor, y desoyendo la palabra de Moisés; es más, prescindieron de Dios, de Moisés y de la Alianza, queriendo actuar con sus solas fuerzas. El resultado mostró su gran error y puede ser para nosotros una lección: «Sin el Señor no podrás dar un paso seguro. —Esta certeza de que necesitas su ayuda, te llevará a unirte más a Él, con recta confianza, perseverante, ungida de alegría y de paz, aunque el camino se haga áspero y pendiente» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 770).

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Nm 15,1-19,22

Se interrumpe de nuevo el hilo de la narración para introducir una serie de normas, casi todas rituales. Como en otras ocasiones, las ordenanzas que regían el Templo durante la monarquía (v. 2) y, más aún, a la vuelta del destierro, se atribuyen a Moisés, impregnándolas así de la máxima autoridad.

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Nm 15,1-16

En esta sección se especifican las ofrendas vegetales y las libaciones que debían acompañar a los sacrificios de animales. Éstos eran de dos clases: holocaustos en los que toda la víctima era quemada, y sacrificios de comunión, en cuya víctima participaban los oferentes y los sacerdotes, como se explica en el ritual de sacrificios del Levítico (cfr Lv 1-7). Ambos se ofrecían por tres motivos: para cumplir un voto, como sacrificio voluntario (o de donación), o en acción de gracias, siendo este último propio de las solemnidades (v. 3).

Las ofrendas vegetales y las libaciones son muy antiguas en la tradición israelita, aunque muchos detalles pudieron ser asumidos del ritual cananeo. Tienden a significar que los sacrificios son el banquete en el que participan Dios y los oferentes, entrando así en comunión. Aunque algunas expresiones, como el «suave aroma en honor del Señor» (v. 3) reflejen un antropomorfismo fuerte, como si Dios necesitara aspirarlo, lo cierto es que el Antiguo Testamento sale al paso una y otra vez contra esa consideración, y enseña que los sacrificios no son para satisfacer ninguna necesidad de Dios, sino que son signo de reconocimiento de la soberanía de Dios, del pacto, de la reconciliación, de la amistad, etc. Pero se requieren las disposiciones internas de los oferentes como insistieron los profetas y exigió Jesucristo: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13 y nota).

El «décimo» (v. 4) se refiere a la décima parte de una efah, medida de capacidad de áridos equivalente a unos 21 litros (cfr nota a Ex 16,32-36). El hin era una medida de capacidad de líquidos, equivalente a unos 3,5 litros.

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Nm 15,17-21

El «tributo» de las primicias tiene carácter eminentemente religioso, puesto que el mismo término utilizado pertenece al lenguaje ritual. Refleja la soberanía y el dominio absoluto de Dios, a quien se le hace partícipe de lo mejor y lo primero, como reconocimiento de que es Él quien hace partícipe a los hombres de los bienes de la tierra.

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Nm 15,22-31

Los sacrificios que debían ofrecerse por los pecados de inadvertencia de la comunidad o de un individuo hay que completarlos con lo determinado en Lv 4-5. Conviene observar la importancia que tiene la advertencia al ponderar la gravedad del pecado. Cuando éste se ha cometido por inadvertencia se pueden ofrecer los sacrificios prescritos para su remisión. En cambio, si se trata de una acción deliberada, los sacrificios rituales son impotentes para alcanzar su perdón, y quien lo comete queda excluido del pueblo.

Se comienza a apuntar aquí, algo que quedará más claro a la luz del Nuevo Testamento: que no todos los pecados tienen igual gravedad. Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica distingue entre pecado mortal y venial. «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios; aparta al hombre de Dios, que es su fin último y su bienaventuranza, prefiriendo un bien inferior. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere» (n. 1855). También se establece que «para que un pecado sea mortal se requieren tres condiciones: “Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (Reconciliatio et poenitentia, n. 17)» (n. 1857). En cambio, «se comete un pecado venial cuando no se observa en una materia leve la medida prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en materia grave pero sin pleno conocimiento y sin entero consentimiento» (n. 1862).

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Nm 15,32-36

Se trata ahora de un pecado cometido deliberadamente, y en materia grave, ya que llevaba consigo la pena de muerte para quien lo cometiera (cfr Ex 31,14-15). En este caso se especifica el modo concreto de ejecutar esa sentencia, que es el usual en el judaísmo antiguo: la lapidación. La dureza de la pena prevista sirve para hacer patente la magnitud de la ofensa a Dios que supone la comisión de un pecado mortal.

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Nm 15,37-41

El uso de los flecos en la orla del vestido es un detalle más de cómo el texto sagrado explica el carácter religioso de algunas costumbres de la época. En adelante este fleco de color distinto a los demás les recordará a los israelitas su singularidad entre todos los pueblos de la tierra, y manifestará su decisión de obedecer fielmente los preceptos de la Ley, sin miedo a significarse por su comportamiento entre las gentes. Probablemente los usó el mismo Jesucristo, como parece insinuarse en el episodio de la hemorroísa (cfr Mt 9,20), pero recriminó que se llevasen con hipocresía (cfr Mt 23,5).

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Nm 16,1-35

En esta sección se entremezclan la rebelión de los levitas, capitaneados por Coré, y la de los rubenitas, laicos, encabezados por Datán y Abiram. La lección que dejará el relato quedará imborrable en el pueblo de Israel: sólo quienes siguen con docilidad el querer de Dios podrán proseguir el camino que conduce a la tierra prometida. Con ello queda sentado que Moisés detenta la función preeminente de guiar al pueblo en nombre de Dios, que los sacerdotes tienen encomendada la prerrogativa del culto y que los levitas ejercen las funciones secundarias de la liturgia al servicio de los sacerdotes.

La queja de los levitas parece ser doble: por una parte, contra Moisés y Aarón que tienen el privilegio de acercarse al Santuario (v. 3), a pesar de que toda la asamblea de Israel está igualmente santificada con la presencia de Dios (cfr Ex 19,16); y por otra, contra los sacerdotes que ejercen unas funciones a las que ellos se sienten con derecho (v. 10). El hecho de que fueran «doscientos cincuenta hombres» (v. 2) de entre los principales de la asamblea y de entre hombres distinguidos, muestra la gravedad del caso. Todos ellos recibirán el mismo castigo (16,35).

Moisés reivindica su misión por haber sido elegido y les propone que ofrezcan incienso (v. 7; cfr vv. 17-19). La ofrenda del incienso se consideraba exclusiva de los sacerdotes; por tanto, la propuesta es audaz, al transferir a Dios mismo la decisión de aceptarles o rechazarles como sacerdotes. El desenlace es negativo (v. 35).

El motín de los rubenitas está relatado con todos los agravantes: ni siquiera acceden a la convocatoria que les hace Moisés (v. 12); aplican a Egipto la expresión «tierra que mana leche y miel», propia de la tierra prometida (v. 13); rechazan la esperanza de obtener la heredad de campos y viñas (v. 14). Se oponían frontalmente, por tanto, al liderazgo de Moisés. El castigo es severo: ni siquiera puede impedirlo la intercesión de Moisés (v. 22), como no pudo impedir Abrahán la destrucción de Sodoma (cfr Gn 18,16-33); alcanza a la familia y las posesiones de los cabecillas (vv. 26.32), y no consiste sólo en la muerte, sino en la aniquilación (vv. 31-32). Se pone así de relieve la enseñanza del relato: si la pena impuesta es tan enorme es debido a que la rebelión contra los planes de Dios constituye el delito más grave.

«Dios de los espíritus de toda carne» (v. 22) es una perífrasis que aparece sólo aquí y en 27,16, y que expresa gráficamente que Dios es el único que tiene poder sobre la vida (espíritu) de todo hombre (carne). Es decir, es Creador y Providente.

El conjunto del capítulo enseña que Dios elige a quienes quiere, y encomienda a cada persona las funciones que debe desempeñar. Cada uno ha de ser fiel en su puesto. Sin embargo, el afán de poder o de protagonismo pueden llevar a algunos a reivindicar el derecho a puestos a los que no han sido llamados. Estas rebeliones contra el orden establecido por Dios son muy graves, y por eso el texto sagrado muestra que son castigadas con extraordinaria severidad.

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Nm 16,6-7

En las ceremonias de culto se utilizaban unos incensarios. Sin embargo, los incensarios que cuelgan de cadenas, como los que actualmente se utilizan, entonces eran desconocidos. En aquella época se trataba de simples badiles, esto es, paletas de metal con las que se tomaba unas brasas sobre las que se echaba el incienso. En algunas excavaciones arqueológicas se han encontrado varios incensarios primitivos de este tipo.

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Nm 17,1-5

Con este breve relato se explica el sentido del revestimiento de metal que tenía el altar de los holocaustos (cfr Ex 27,2): en él se ofrecían los sacrificios de expiación, de ahí que incluso el material de que estaba hecho («badiles de los que han pecado», v. 3) reflejara su objetivo; por otra parte, servía para recordar que nadie, excepto los sacerdotes, podría en lo sucesivo acercarse al altar (v. 5), para no sufrir el mismo castigo que esos levitas.

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Nm 17,6-15

Función propia de los sacerdotes era realizar los ritos de expiación, como lo pone de relieve este episodio. Se narra un motín, aunque no se describe en detalle el castigo; simplemente se menciona «la plaga», es decir, una desgracia que, como las de Egipto, sería ocasión de manifestar el dominio del Señor sobre las criaturas y su intervención en la historia del pueblo. En cambio, se narra con amplitud la ofrenda de incienso, llevada a cabo por Aarón (vv. 11-13), para dejar claro que la función primordial del sacerdote es el rito de expiación por los pecados del pueblo. El libro de la Sabiduría (cfr Sb 18,20-25) se refiere a este hecho, destacando la figura y la función del sacerdocio aaronítico.

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Nm 17,16-25

Con el prodigio de la vara florecida se da pleno relieve a la preeminencia de la tribu de Aarón sobre todas las demás. Pero no florece porque sea de más valía, puesto que todas las varas son iguales (vv. 17-18), sino porque Dios la ha elegido por pura benevolencia; la producción de flores y frutos es símbolo de vitalidad y de bendición divina (cfr Gn 1,11.22.28).

El relato es un bello paradigma de la vocación divina, y así un antiguo escrito apócrifo cuenta que, como la de Aarón, también la vara de San José floreció (Protoevangelio de Santiago 9). Así ha pasado a la piedad cristiana, plasmada en las imágenes del Santo Patriarca. En la tradición de la Iglesia se ha aplicado también a la Virgen. «La vara ni plantada ni regada germina, florece, da fruto y, según dijo el Profeta, sale de la raíz de Jesé y produce una flor sobre la que descansa el espíritu septiforme del Señor. ¿Quién es, pues, esa vara sino la Virgen Regia de la estirpe de David, que, según la fe evangélica, sin concurso de varón nos dio a Cristo, verdadera flor y gloria del género humano, en quien habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad?» (Ruperto de Deutz, Commentarium in Numeros 2,4).

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Nm 17,27-28

Como conclusión de los dos capítulos el autor sagrado recoge la lección que el pueblo deduce: nadie, si no es sacerdote, puede acercarse al altar. La crudeza del lenguaje refleja la importancia de esta norma. Hay que tener en cuenta que muchas de estas prescripciones rituales tenían también carácter pedagógico y servían para enseñar la trascendencia divina; así nadie podrá pensar que con el culto se consigue manipular al Señor en provecho propio.

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Nm 18,1-7

Los dos capítulos precedentes enseñan de forma narrativa lo que ahora se formula en términos de prescripciones, es decir, los derechos y las responsabilidades, tanto de los sacerdotes como de los levitas. En esta sección se detallan las funciones de unos y otros: los sacerdotes ejercen el ministerio más digno, lo relacionado con el altar y el santo de los santos (v. 7); los levitas, por su parte, están al servicio de los sacerdotes, pues a ellos han sido «donados» (vv. 2-6). Estas normas son dirigidas directamente a Aarón y no, como es habitual, a Moisés.

Véase también nota a Nm 3,5-10.

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Nm 18,8-32

Con minuciosidad se especifican los derechos de los sacerdotes (vv. 8-19), y posteriormente de los levitas (vv. 21-32). Los sacerdotes se sustentaron siempre de su participación en los sacrificios y oblaciones del pueblo, especificándose en diversos textos la parte que les correspondía (cfr Dt 18,3-5; Lv 6-7; Ez 44,29-31). Las asignaciones que aquí se determinan son muy favorables para los sacerdotes. Los levitas, por su parte, percibían sólo los diezmos que los israelitas estaban obligados a entregar. Ellos mismos eran considerados como «donación» a Dios en lugar de los primogénitos (cfr 3,12; 8,16). En el fondo de estas normas late la idea de que el servicio del Templo redunda en beneficio de la comunidad entera y, por tanto, ésta tiene obligación de procurar el sustento digno de los servidores. San Pablo recoge esta misma responsabilidad: sin descender a detalles indica que los cristianos deben colaborar en las necesidades materiales de la Iglesia (cfr 1 Co 9,8-14).

Alianza «sellada con sal» (v.19) significa que es perpetua e inviolable. En aquellas zonas desérticas la sal era muy apreciada porque previene la deshidratación; de hecho, la participación en una comida y tomar la misma sal sellaba los pactos entre las personas. Era además utilizada en los sacrificios (cfr Lv 2,13), porque, teniendo la propiedad de conservar los alimentos, es signo de pervivencia y de fidelidad. Nuestro Señor utilizó la imagen de la sal en este sentido (cfr Mt 5,13).

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Nm 19,1-10

Los ritos de purificación ritual dan unidad a este capítulo que contiene tres apartados: las cenizas de la vaca roja (vv. 1-10); las disposiciones para borrar algunas impurezas rituales (vv. 11-16); la preparación y uso del agua lustral (vv. 17-22).

El ceremonial de la vaca roja contiene una serie de elementos arcaicos, cuyo significado no es del todo conocido; sin embargo, en todos ellos prevalece el carácter protector: el color rojo era símbolo de ausencia de mal, y las ramas de cedro, el hisopo y la grana eran considerados como medicinales. Por otra parte, la inmolación del animal debía hacerse con extremo cuidado: fuera del campamento, realizada por un laico en presencia del sacerdote, quemando todo hasta reducirlo a cenizas, etc. Es posible que fuera un rito inicialmente pagano, pero que en el culto de Israel quedó despojado de todo carácter mágico; de hecho únicamente se menciona en este texto y a propósito de la purificación de un botín de guerra (cfr 31,23). La inmolación se realiza «fuera del campamento» (v. 3). Algunos Padres de la Iglesia vieron esta inmolación, que forma parte de un rito purificador, como una prefiguración del sacrificio de Jesús que «para santificar al pueblo con su sangre, padeció fuera de la puerta» (Hb 13,12).

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Nm 19,11-16

El contacto con un cadáver se consideraba como causa de una impureza importante, y requería dos abluciones con el agua lustral antes de entrar en el santuario (vv. 12-13). Al nazareo (cfr 6,9-11) y al sacerdote (Lv 21,1-4) se les prohibía tocar a un muerto, y el sumo sacerdote no podía acercarse ni siquiera al cadáver de su propio padre (cfr Lv 21,11). Esta normativa refleja el profundo respeto que entonces tenían a todo lo relacionado con la vida y con la muerte; ambas provienen de Dios, pero Él es el único autor de la vida. Por tanto, aun los que por obligación o por piedad familiar han tocado un cadáver, deben purificarse con esmero antes de acercarse al culto de Dios. Es probable que en el trasfondo hubiera un especial cuidado para evitar el contagio de enfermedades; incluso puede suponerse que los hebreos, como otros pueblos de la antigüedad, consideraran evitar todo aquello que estuviera en relación con los muertos como un tabú. Pero, por encima de todo ello, las disposiciones bíblicas, más que a los efectos que puede ocasionar el contacto con un cadáver, miran a la excelencia del culto, que exige limpiarse de todo lo que los hombres sencillos consideran contaminación, aunque científicamente no lo sea.

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Nm 20,1-19

Cuando los enviados a explorar la tierra de Canaán regresaron de su expedición, el pueblo de Israel se encontraba en el desierto de Parán, en Cadés (cfr 13,26). El desierto de Sin, del que se habla ahora, distinto del que con un nombre muy parecido se menciona en Ex 16,1 y 17,1, constituye la franja noroeste del de Parán, a donde la nube había conducido a los israelitas desde el Sinaí (cfr 10,12). Cadés no es propiamente una ciudad, sino una zona de frondosos oasis. Es un punto importante de referencia en las etapas del pueblo de Israel hacia la tierra de Canaán. A Cadés llegan desde el Sinaí, y de allí partieron hacia las llanuras de Moab (cfr 22,1). En Cadés termina la andadura por el desierto (cfr caps. 33-38) y comienza la tierra habitada con cuyas gentes entran en contacto los israelitas.

En su caminar, el pueblo encontrará dificultades, tanto externas como internas; pero no se detendrá en su avance hacia la tierra de promisión, porque es Dios quien le guía y le ayuda. En este sentido, aquel pueblo peregrinante es figura de la Iglesia, pues «así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado alguna vez Iglesia (cfr Nm 20,4; etc.), así el nuevo Israel que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente (cfr Hb 13,14) se llama Iglesia de Cristo (cfr Mt 16,18), porque Él la adquirió con su sangre (cfr Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).

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Nm 20,2-13

A diferencia de Ex 17,1-17, aquí es Aarón quien acompaña a Moisés, de tal manera que ambos son partícipes del pecado de desconfianza en Dios (cfr v. 12). El texto no dice en qué consistió tal pecado: podemos pensar que en el hecho de haber golpeado la roca dos veces por falta de fe (cfr vv. 11-12), o en el acto mismo de golpearla, siendo que Dios les había ordenado hablar a la roca (cfr v. 8) —aunque en Ex 17,6 sí manda golpearla—. En el v. 24 se dice que fue un pecado de desprecio, y en Sal 106,32-33 se interpreta como haber pronunciado palabras insensatas. En Dt 1,37, y en otros pasajes, el castigo que padeció Moisés se atribuye, en cambio, a la desobediencia del pueblo. En cualquier caso, el suceso es aquí narrado justo antes de contar la muerte de Aarón, como también será recordado en Dt 32,51 antes de contar la muerte de Moisés. Aquí el episodio se relaciona con dos nombres geográficos: Cadés que significa precisamente «santidad» y suscitaría el recuerdo de la santidad de Dios (cfr v. 12), y Meribá que significa rebelión y traería a la memoria la falta de Moisés. Ambos nombres aparecen unidos formando uno sólo, Meribá Cadés, en Dt 32,51 y Ez 47,19.

Aquella roca prefiguraba a Cristo, como enseña 1 Co 10,4-5. Los Santos Padres interpretaron alegóricamente que la piedra es Jesucristo, y el agua la gracia que brota del costado abierto del Señor; el golpear dos veces significa los dos maderos que forman la cruz. Moisés representa a los judíos, pues lo mismo que Moisés dudó y golpeó la piedra, el pueblo judío crucificó a Cristo, no creyendo que era el Hijo de Dios (cfr S. Agustín, Contra Faustum 16,15; Quaestiones in Heptateuchum 35).

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Nm 20,14-21

En los caps. 13 y 14 ya se había dado una explicación de por qué los israelitas no entraron directamente en Canaán siguiendo la ruta de Egipto a Berseba y Hebrón (cfr 14,26-38). Ahora se habla de otra dificultad que encontraron en el camino que les obligó a apartarse otra vez del trayecto más corto. Como Edom les cerró el paso, tuvieron que rodear el país de los edomitas bajando de nuevo hacia el sur, hacia el golfo de Ácaba (cfr 21,4), para entrar en la Tierra desde el otro lado del Jordán.

Edom era el pueblo descendiente de Esaú, como Israel lo era de Jacob. Eran, pues, pueblos hermanos; pero mantenían una enemistad tradicional, reflejada ya en la historia de los antepasados (cfr Gn 32). Ante Edom, Israel presenta su propia historia como «historia de salvación» (cfr vv. 15-16), pero aquél no la acepta y le impide el paso. Israel, sin embargo, prosigue su camino por otra ruta sin retraerse ante las dificultades.

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Nm 20,22-29

No es posible precisar el lugar de la muerte de Aarón, que en Dt 10,6 se denomina Moserá. Lo más significativo de este pasaje es, sin embargo, la trasmisión ordenada por Dios del sacerdocio de Aarón a su hijo mediante el rito de las vestiduras (cfr Dt 10,6).

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Nm 21,1-3

Al dolor por haber perdido a uno de sus dirigentes, se le une el ataque por parte de un pueblo enemigo. Pero Israel recurre al Señor y así sale victorioso. La toma de esta ciudad adquiere el significado de una primicia de la victoria sobre los cananeos, antes de iniciar el largo recorrido hasta Moab. El nombre de la ciudad, Jormá, se pone en relación con la costumbre del anatema, en hebreo jérem. Sobre el anatema cfr 31,1-54. Responde a la convicción de que el botín adquirido en la guerra pertenece a Dios, y por eso no puede ser empleado para utilidad de los vencedores, sino que debe ser destruido en señal de consagración al Señor.

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Nm 21,4-9

El pueblo continúa protestando contra Moisés, ahora a causa de aquel gran rodeo en torno a Edom. Pero esa protesta es, al mismo tiempo, contra Dios. Ante el castigo, Moisés se convierte una vez más en intercesor a favor del pueblo. Los sucesos a los que alude el relato pudieron tener lugar en la zona de la Arabá, donde ya desde el siglo XIII a.C. se explotaron minas de cobre. En la actual Timná se ha encontrado un santuario egipcio con una serpiente de cobre, señal de que a estas serpientes se les atribuía algún poder mágico.

Este pasaje de Números es interpretado en Sb 16,5-12 donde se resalta que quien curaba no era la serpiente, sino la misericordia de Dios, mientras que la serpiente era una señal de la salvación que Dios ofrece a todos los hombres. La serpiente de bronce vuelve a mencionarse en el Evangelio como tipo de Cristo clavado en la cruz, causa de salvación para cuantos dirigen a Él su mirada con fe: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él» (Jn 3,14-15). En el Evangelio se contempla la acción salvadora de la serpiente levantada en lo alto aludiendo al levantamiento de Jesús en la Cruz y a su eficacia salvífica. Cuando Cristo es alzado sobre todas las realidades humanas, eleva todas las cosas hacia él, de modo que su glorificación es medio de curación definitiva para toda la humanidad.

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Nm 21,10-20

Los pastores nómadas acostumbraban a celebrar con cantos la excavación de un nuevo pozo. El tono poético que ahora adquiere la redacción, resalta la alegría que se produce a medida que se acercan a la tierra prometida. Beer significa pozo, la canción refleja el gozo del pueblo al poder disponer del agua que necesitaba.

No es posible determinar con exactitud el camino que recorrieron, ni el tiempo que les supuso el trayecto de Cadés a las estepas de Moab. Según Dt 2,14 fueron treinta y ocho años, pero esta cifra parece prescindir del tiempo que les tomó ir del Sinaí a Cadés. Sobre esta cuestión véase la Introducción. Lo más lógico es pensar que durante ese tiempo vivieron como pastores nómadas.

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Nm 21,21-35

Este pequeño reino cananeo, al norte del Arnón, en Transjordania, es el primer territorio conquistado, como una anticipación de la conquista de la Tierra. De ahí la importancia que esta victoria sobre Sijón, rey de los amorreos, adquirirá a lo largo de la tradición bíblica. El territorio conquistado a Sijón fue ocupado por las tribus de Rubén y Gad (cfr cap. 32). Tras este triunfo se narra el obtenido sobre Og, rey de Basán, que será aludido en Dt 2,26-3,11. La magnitud de tales victorias es la respuesta de Dios a la obstinación de aquellos reinos en no querer permitir que se cumpliese su plan impidiendo que Israel entrase en la tierra prometida.

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Nm 22,1-36,13

Los recuerdos de lo ocurrido en las llanuras de Moab, frente a Jericó, que iba a ser como la puerta de entrada en la Tierra, ocupan el resto del libro de los Números y todo el libro del Deuteronomio. El conjunto tiene el carácter de una larga y cuidadosa preparación antes de pasar el Jordán.

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Nm 22,1-24,25

La narración de la estancia en Moab comienza con los oráculos de Balaam, en los que se pone de relieve el futuro glorioso de Israel. De ahí la amplitud redaccional que se da a tal historia y su relevancia a lo largo de la Biblia.

En la historia de Balaam subyace el reconocimiento gozoso de la predilección de Dios por su pueblo. La iniciativa divina se resalta por la elección de un adivino, que no es israelita, y por el impulso que le lleva a Balaam a pronunciar unos oráculos que, en contra de lo que se esperaba de él, son cada vez más favorables a Israel.

La figura de Balaam representa a la clase de adivinos y lanzadores de maldiciones famosos en Mesopotamia, a donde, según el relato, van a contratarle los emisarios del rey de Moab (cfr 22,5). Resulta, no obstante, sorprendente que conozca al Dios de Israel, Yahwéh, y hable con Él. Sin embargo, este detalle viene a resaltar, sencillamente, que el Dios de Israel domina también sobre los magos paganos, e incluso puede servirse de ellos para anunciar sus designios. Además, el conjunto de la historia de Balaam viene a mostrar que Dios salva a su pueblo, tanto de los ejércitos armados, como hemos visto antes, como de los poderes oscuros de la magia.

Lo más importante del pasaje son los cuatro oráculos proféticos pronunciados por Balaam, en los que el destino glorioso de Israel se une a la especial protección de Dios sobre el pueblo, y en los que se vislumbra la figura del Rey Mesías. Estos oráculos en forma poética pudieron pertenecer originariamente a una antigua colección de oráculos contra Moab, conforme a un estilo literario desarrollado más tarde por los profetas.

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Nm 22,4

Madián era un conjunto de tribus caravaneras que se movía al sur de Moab y de Edom, pero también hacía incursiones más al norte (cfr Jc 6,1-6). Así se explica su presencia en este lugar. A unos mercaderes madianitas fue vendido José (cfr Gn 37,28) y con gente de este pueblo estuvo Moisés cuando huyó del faraón (cfr Ex 2,11-22). Más tarde, los madianitas se asentarían al este del golfo de Ácaba.

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Nm 22,6

En el contexto cultural del antiguo Medio Oriente se consideraba que la palabra de la maldición o la bendición tenía eficacia por sí misma, especialmente cuando era pronunciada por una persona con autoridad, como por ejemplo el padre (cfr Gn 27,37). En el caso de Balaam, su palabra se consideraba portadora de una eficacia singular.

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Nm 22,20

Antes, en el v. 12, Dios había prohibido a Balaam ir a maldecir a Israel tal como le pedía Balac. Ahora, en cambio, Dios le envía poniéndolo de esta forma al servicio de sus planes, no al del propio Balaam (el dinero), ni al de Balac.

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Nm 22,31-33

La burra aparece más sabia que Balaam. Subyace una descalificación irónica de los poderes del mago. Lo mismo que en el resto del relato, queda claro que Dios está guiando los acontecimientos. No tiene sentido el empeñarse en llevar a cabo unos planes contrarios a los divinos, ya que tal pretensión estaría abocada al fracaso.

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Nm 22,40

Este sacrificio se realiza con vistas a un banquete de comunión entre Balaam y Balac. El que se menciona a continuación (cfr 23,2) es, en cambio, un holocausto que prepara una manifestación divina.

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Nm 23,7-10

Balaam hará tres intentos de maldecir a Israel, situándose cada vez en un lugar distinto para divisar una mayor parte del pueblo. Los tres resultan bendición en vez de maldición. El primer oráculo, introducido por una alusión a las circunstancias, resalta la condición de Israel como pueblo elegido de Dios, distinto de las demás naciones (cfr Ex 19,5), y en el que ya se ha cumplido la promesa divina de la fecundidad (cfr Gn 15,5).

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Nm 23,18-24

El segundo poema recuerda la Alianza y la salida de Egipto. Bajo la imagen del león, se presagian las victorias de Israel.

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Nm 24,3-9

Este tercer oráculo no se produce tanto por palabras puestas por Dios en boca de Balaam, sino en forma de visión. Junto al esplendor de Israel reflejado bajo imágenes de vegetación, se alude a un rey victorioso, y se recuerda, una vez más, la salida de Egipto.

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Nm 24,15-24

A las tres bendiciones precedentes se añade ahora una serie de cuatro oráculos nacionales: sobre Israel, sobre Amalec, sobre los quenitas, y sobre Asur. En el primero se anuncia la llegada de un rey, simbolizado en la estrella y en el cetro (v.17). En el antiguo Oriente las diversas estrellas representaban a los dioses y a los reyes. En este pasaje de Números puede haber una referencia a David y su estrella; de hecho, desde muy pronto, este texto se interpretó en sentido mesiánico. Así la tradición judía unió el advenimiento del Mesías con la aparición de una estrella, como se refleja en algunas traducciones arameas —targumim— de este pasaje. En el Evangelio de San Mateo aparece una estrella en el episodio de los Magos que fueron a adorar a Jesús (cfr Mt 2,1-12). En el hecho de que en la segunda revuelta judía contra Roma (años 132-135 d.C.), un famoso maestro judío, Rabbí Aquiba, cambiase el nombre al caudillo judío que dirigía la guerra, Ben Kosheba, llamándole Bar Kokheba, es decir, «hijo de la estrella» se manifiesta también la relación entre la estrella y el Mesías esperado.

Los Santos Padres interpretaron que la estrella que predijo Balaam es la misma que vieron los Magos. De esta interpretación dedujeron que los Magos venían de Mesopotamia, de donde procedía también Balaam.

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Nm 24,21-22

En este oráculo se hace un juego de palabras en el texto hebreo. La capital de los quenitas se llamaba Cáyin, palabra que en hebreo significa «nido»; por eso se alude, antes de nombrar la ciudad, a que el «nido» (Cáyin) está sólidamente edificado sobre roca. A pesar de todo, será destruida y sus habitantes condenados a la cautividad.

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Nm 25,1-18

Israel ha salido victorioso de ejércitos enemigos (cfr 21,21-35), y también se ha visto libre de los poderes de la magia (cfr caps. 22-24); ahora se ha de enfrentar a otro enemigo más temible: la seducción de los cultos idolátricos. El texto refiere dos relatos que manifiestan la reacción de Israel frente a la contaminación con cultos paganos: el primero narra el hecho de que los israelitas se prostituyeron con las moabitas tanto en sentido material, de unión fornicaria, como espiritual, de adoración de sus ídolos (cfr 25,1-4); el segundo, en cambio, ensalza el castigo infligido a un israelita por haberse unido a una mujer madianita (cfr 25,6-15). Ambos recuerdos sirven de severa amonestación para evitar los cultos cananeos que con tanta frecuencia tentaban a los israelitas.

La acción de Pinjás es presentada como algo glorioso y como motivo de una promesa divina en su favor. Bajo la crudeza propia de un contexto y de una época que hemos de comprender, el texto bíblico quiere explicar por qué una línea de la tribu de Leví, los sadoquitas o descendientes de Sadoc, sacerdote del templo de Jerusalén en tiempos de David y Salomón (cfr 2 S 8,17), gozaban de la autenticidad del sacerdocio (cfr Ez 44,15): porque descendían de Pinjás con quien Dios había hecho una alianza sacerdotal (cfr 1 Cro 5,30-34; Esd 7,1-5). Así se ponía también de relieve que el fundamento de aquella legitimidad sacerdotal era el celo por Yahwéh. Sobre las familias sacerdotales cfr Nm 3,1-4.

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Nm 26,1-56

El censo hecho al comenzar la peregrinación por el desierto (cfr caps. 1-4), después de cuarenta años necesitaba ser actualizado para la repartición de la Tierra, puesto que la generación anterior había muerto en el desierto a causa de su pecado (cfr caps. 13-14). En este censo se quiere mostrar el cumplimiento de la promesa hecha por Dios en Cadés tras el pecado (cfr 14,30-31). Propiamente se trata de un censo militar, como el anterior, y presenta a Eleazar sustituyendo en sus funciones a Aarón. Un rasgo que destaca es la notable disminución del número de los pertenecientes a la tribu de Simeón, y el aumento de los de Manasés, reflejo posiblemente de la historia posterior de estas tribus.

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Nm 27,1-11

Se presenta un caso concreto y la decisión de Moisés, tras consultar al Señor, como fundamento de la ley de herencia de la Tierra. Por ser don de Dios, la Tierra debía continuar siendo poseída por la misma familia o por la misma tribu. A ello contribuía la ley que hacía posible que heredaran las hijas, cuando no existía hijo varón, siempre con la condición de que se casaran dentro de la tribu de su padre (cfr cap. 36). Este mismo sentido tenían la ley del jubileo (cfr Lv 25), la del levirato (cfr Dt 25,5-10), y el derecho del familiar más cercano a adquirir la tierra si había que venderla. De esta forma se mantenía en Israel una estructura social en la que todos participaban del gran don de Dios a su pueblo: la posesión de la tierra. Tal principio es aplicable, de forma análoga, a todos los hombres en relación a los bienes de la creación, en cuanto que todos tienen derecho a obtener lo necesario para su desarrollo personal: en el origen Dios destinó los bienes de la tierra a todos los hombres (cfr Gn 1,28).

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Nm 27,12-23

Al igual que toda la generación de los que salieron de Egipto, excepto Caleb y Josué, también Moisés va a morir antes de entrar en la tierra prometida. Sin embargo, a diferencia de Aarón, Dios le concede como una gracia singular contemplar la Tierra de lejos antes de su muerte. Pero Moisés piensa en el pueblo, y, por su mediación, Dios concede a éste un nuevo caudillo, de forma que, aun sin Moisés, llegue a cumplirse la promesa.

Josué ya posee el espíritu, es decir, la capacidad de actuar con el poder de Dios por encima de las posibilidades humanas. Ahora, mediante la imposición de manos de Moisés, le será comunicada parte de su autoridad, la necesaria para conducir al pueblo. Con todo, Josué no recibe toda la autoridad de Moisés, ya que la figura de éste es inigualable, pues hablaba con Dios cara a cara (cfr 12,6-8).

El sacerdote Eleazar no sólo aparece como testigo excepcional, sino que, por su medio, a través de las suertes (los urim de Ex 28,30 y Lv 8,8), Dios confirma con un rito lo que ha ordenado personalmente a Moisés.

Moisés y Josué son las dos figuras centrales en los acontecimientos del éxodo de Egipto y conquista de la Tierra. Para el lector cristiano Moisés marca un primer paso en el camino de la salvación, ya que la Ley se relaciona con él, y la Ley fue como un pedagogo que condujo a la humanidad hacia Cristo; Josué, por su parte, también es el precursor de Jesucristo que con su victoria sobre la muerte nos abre el camino al descanso prometido en la vida eterna (cfr 13,1-24).

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Nm 28,1-29,39

La muerte de Moisés no se va a narrar a continuación de su anuncio por parte de Dios, como en el caso de Aarón, o tras haber sido designado un sucesor, sino que se va a retrasar hasta el final del libro del Deuteronomio (cfr Dt 34). Así se crea literariamente el espacio para seguir presentando a Moisés como el legislador que da normas concretas sobre el culto al Señor y sobre la aplicación de la Ley justo antes de entrar en la Tierra.

En los caps. 28 y 29 se vuelve a presentar un calendario litúrgico muy similar al de Lv 23; pero ahora con la peculiaridad de recoger las disposiciones concretas sobre lo que había de ofrecerse al Señor cada día y cada fiesta. Frente al calendario de Lv 23, éste de Números prescribe la celebración de una fiesta mensual, el día de luna nueva en que comenzaba el mes; sin embargo, no incluye la ofrenda de la primera gavilla (cfr Lv 23,9-14). Sobre el significado de estas fiestas cfr notas a Lv 23.

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Nm 30,1-17

Sobre los votos en general cfr Lv 27; Nm 6; Dt 23,22-24. Éste es el único pasaje que trata en concreto de los votos hechos por mujeres. En él subyace la idea de que la mujer soltera está bajo la potestad del padre, y la casada bajo la del marido; esto ocurre incluso en lo referente a las relaciones con Dios, cuando éstas implicaban el ofrecimiento de algún bien externo, como en el caso de los votos, cuya propiedad pertenecía por derecho al padre o al marido. De ahí que la viuda o la que ha sido repudiada se consideren con la misma responsabilidad que el varón. La discriminación que tal costumbre podía suponer, no se debía propiamente a la condición femenina como tal, sino a la situación familiar de la mujer en un contexto socio–cultural concreto.

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Nm 31,1-54

Este capítulo continúa la narración del cap. 25, que se había interrumpido precisamente para presentar el censo militar del pueblo, la elección de Josué y las normas de culto, reflejo de la santidad de Israel. Ahora se trata de erradicar, siguiendo el mandato de Dios, lo que constituía ocasión de pecado para el pueblo.

El texto sagrado, sobre la base de antiguos recuerdos de carácter épico, habla de la normativa sobre la guerra santa y el reparto del botín, delimitando lo que corresponde a los sacerdotes. El pasaje recoge sin duda la victoria de algún grupo hebreo sobre los madianitas, enemigos declarados de Israel durante la conquista de la Tierra (cfr Jc 6-8); se le da así el carácter de guerra santa, es decir, de guerra ordenada por Dios para aniquilar a Madián. De ahí que sólo puedan quedar con vida las jóvenes aún vírgenes, pues se garantizaba de este modo que no hubiese descendencia de Madián. A diferencia del anatema que aparece en 21,1-3, aquí parte del botín se reserva, tras ser purificado, al santuario, y otra parte se distribuye entre los combatientes, la comunidad y los sacerdotes.

El concepto de guerra santa, tal como se encuentra en este pasaje y en otros lugares de la Biblia, parte de la idea de que aquellos contra los que se lucha son enemigos de Dios y obstructores de sus planes. De ahí que la guerra sea entendida como el llevar a cabo un decreto divino, y que el resultado final sea la aniquilación del enemigo, como expresión de la fuerza de la ira de Dios. Esta interpretación de la guerra, que daba dimensión religiosa a una realidad existente de hecho, irá siendo corregida por la revelación posterior, hasta el punto de que en el Nuevo Testamento pierde completamente aquella significación: se habla de guerra, pero no contra los hombres, todos ellos hijos del mismo Padre, sino contra el pecado y el mal. A la luz de esta enseñanza, la Iglesia considera la guerra como fruto del pecado, y el Concilio Vaticano II, «después de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llamamiento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor, y a aportar los medios de la paz» (Gaudium et spes, n. 77).

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Nm 31,6

Este versículo ha dado pie a una interpretación alegórica de gran belleza: los objetos sagrados son los santos ángeles que animan y ayudan a los hombres rectos y piadosos en la lucha contra los demonios y los pecados; las trompetas son las predicaciones y exhortaciones de los apóstoles enviados por Jesucristo; Pinjás, el sacerdote, es Cristo, el jefe y capitán en esta guerra. En el mismo sentido se interpreta que el Arca de la Alianza, que contenía el maná, es decir, Cristo, es la Virgen María, que otorga la victoria contra el demonio.

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Nm 32,1-42

El conjunto actual del cap. 32 tiene la intencionalidad de mostrar que también las tribus de Transjordania, y, por tanto, esa parte de territorio, pertenecen a Israel, a pesar de que normalmente se considerase el Jordán como la frontera oriental de la tierra prometida. Al mismo tiempo, se quiere resaltar, igual que en el libro de Josué, la acción conjunta de las doce tribus en la conquista de la Tierra, como participación de todas ellas en el don de Dios a su pueblo.

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Nm 33,1-49

El camino por el desierto, hacia la tierra prometida, constituía un recuerdo de enorme importancia en la memoria de Israel. Por medio de Moisés, Dios les había guiado cuidadosamente a lo largo de unas cuarenta etapas, con cuarenta y dos estaciones de parada. Valía la pena por tanto registrarlas con detalle como testimonio fidedigno de aquella gesta que Dios llevó a cabo con su pueblo. Tal es la intención que se refleja en la redacción de este capítulo de Números. Para reconstruir las etapas de aquel recorrido, el redactor del libro se sirve de datos que procedían de antiguas tradiciones. Así, al principio (vv. 5-15) recoge los nombres que habían ido apareciendo desde Ex 12,37 hasta Ex 19,2 (excepto los dos nombres nuevos del v. 13); después (vv. 16-36) introduce lugares en su mayor parte desconocidos para nosotros; y a continuación (vv. 37-38), empalma con los mencionados antes en Nm 20,22-29. Sin embargo, en las últimas etapas (vv. 41-49), es decir, en el camino de Cadés a Moab, recuerda el paso de Israel a través de Edom y Moab, sin tener en cuenta el rodeo por el sur de la Arabá del que se ha hablado en 20,14-21.

Las estaciones de Israel en el desierto, camino de la tierra prometida, fueron interpretadas por algunos Santos Padres como San Ambrosio y otros escritores cristianos como Tertuliano, en el sentido de ser prefiguración de los cuarenta días de ayuno en la cuaresma, camino hacia la Resurrección del Señor. De ahí que esos días se llamaran también «estaciones», porque los cristianos estaban orando y vigilando, entre todos los demás hombres, en espera de la tierra prometida. San Jerónimo, yendo más lejos en su interpretación de este pasaje, veía en cada uno de los cuarenta y dos nombres de las estaciones del desierto, uno de los cuarenta y dos momentos, o virtudes, por los que el cristiano llega al cielo. Por ej. Ramsés, o «alegría del trueno», significa la alegría de la conversión mediante la escucha de la predicación; Mará, o «amargura», significa la penitencia; Sinaí, o «zarza», las dificultades del camino en que Dios comunica su voluntad; Cadés, o «santo», donde Dios castigó a Moisés y a Aarón, el recuerdo de que todos hemos de morir a causa del pecado; etc. (cfr S. Pedro Damiano, De XLII Hebraeorum mansionibus).

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Nm 33,50-56

Las etapas por el desierto conducen a la tierra prometida. De ahí que tras el recuerdo de aquellas, se traigan también a la memoria las condiciones impuestas por Dios para poseer la Tierra y habitarla en paz. Estas condiciones piden al pueblo absoluta fidelidad a Dios, eliminando de raíz todo lo que pudiera apartarle de Él, y, en concreto, los ídolos y los lugares de culto cananeos. En el tono del pasaje subyace, en cierto modo, la experiencia contraria: que Israel cedió con frecuencia ante los cultos idolátricos.

El reparto a suertes indica que, siendo la tierra de Canaán un don de Dios a su pueblo, todos participan de él, poseyendo cada uno aquella porción que Dios mismo le asigna mediante las suertes. Esta participación de todos en la posesión de la tierra prometida viene a ser una concreción, y como un reflejo, de la donación de toda la tierra y sus bienes a todos los hombres (cfr nota a Nm 27,1-11).

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Nm 34,1-15

Estableciendo Dios mismo los límites de la Tierra, el Señor aparece con claridad como Aquél que la da a Israel en herencia. De ahí el concepto de tierra prometida. En este texto, las fronteras que delimitan la Tierra no nos resultan del todo conocidas. Algunos lugares, especialmente en la frontera norte, no se han podido identificar. El monte Hor, distinto del que aparece en 20,22, parece indicar el macizo norte del Líbano. En conjunto, esta delimitación corresponde a lo que era la provincia egipcia de Canaán a finales del siglo XIII a.C., tal como pervivía en el recuerdo de los israelitas.

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Nm 34,16-29

De los nombres de esta lista, únicamente Josué y Caleb han aparecido antes (cfr 14,30). Los demás son nuevos debido precisamente a que es una nueva generación la que va a entrar en la Tierra. La generación anterior ya ha muerto debido a su rebelión contra Dios, o como nos dice la Carta a los Hebreos, debido a su incredulidad (cfr Hb 3,19). En esta Carta se nos enseña que la tierra prometida era figura del descanso celestial, y, teniendo presente lo ocurrido en el desierto, se nos recomienda no desfallecer, como hicieran los hebreos, para poder entrar en el descanso definitivo, pues la promesa sigue estando vigente (cfr Hb 3-4).

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Nm 35,1-8

Queda aquí reflejada, una vez más, la preocupación por el sostenimiento de los levitas, que era responsabilidad del resto de las tribus, hasta el punto de que tenían que darles una parte de su propia heredad.

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Nm 35,9-34

Es Dios mismo, por mediación de Moisés, quien determina cómo se ha de organizar Israel en la tierra prometida, y cuáles han de ser las características de sus ciudades. Ahora se trata de las ciudades de refugio que, más adelante, al narrar el reparto de la Tierra, se especificará cuáles van a ser (cfr Jos 20,7-8).

La función de estas ciudades entronca con la expresada en Ex 21,13, y viene a ser un límite impuesto a la ley de la venganza de sangre, según la cual la muerte de un hombre debía ser vengada por el pariente más próximo. En el texto aludido del libro del Éxodo era Dios quien protegía; aquí en Números es la comunidad (v. 24) por disposición de Dios.

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Nm 36,1-12

Se trata de un desarrollo de la ley de la herencia de las hijas, expuesta ya en 27,1-11. A partir de aquel caso concreto se regula el matrimonio de las hijas que heredan, para que la propiedad de la Tierra no pueda pasar a otra tribu. Es un detalle más en el que se refleja la fe en que la Tierra es un don de Dios, no sólo al pueblo en general, sino a cada familia y a cada individuo. La consecuencia es que la porción que le ha correspondido a cada uno ha de cuidarla como un don que es de Dios.

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