▲ COMENTARIO
Dt 27,1-26
Este capítulo parece estar integrado por unos complementos, entre los caps. 26 y 28. Pueden distinguirse tres tradiciones diversas: la primera (vv. 1-8) y la tercera (vv. 11-26) regulan actos de culto que parece que hay que relacionar con el santuario de Siquem, donde se renovó quizá varias veces la Alianza (cfr Jos 24). La segunda parte (vv. 9-10) podría estar conectada con el final del cap. 26. Muy complicado parece, pues, el proceso de composición literaria hasta llegar al texto conservado. En cualquier caso, en este capítulo se explicita la sucinta indicación de 11,29-30, sobre la ceremonia de bendición y maldición. El libro de Josué da cuenta de su cumplimiento (cfr 8,30-35). Estas impresionantes celebraciones suponen la aceptación solemne por parte del pueblo de Israel de la Alianza de Yahwéh.
Sobre el desarrollo de la ceremonia, Eusebio de Cesarea y San Jerónimo, buenos conocedores de la topografía de la región, ya comentaron que las cimas del Ebal y del Garizim están demasiado distantes como para poder oírse los dos grupos entre sí. Algunos autores solucionan esta dificultad sugiriendo que se distribuirían por las laderas de su monte respectivo: serían como dos anfiteatros orientados hacia el estrecho valle que los separa, donde estarían el Arca y los levitas, encargados de formular las bendiciones y las maldiciones.
No se indica el criterio de la distribución de las tribus en los montes (vv. 12-13). Puede señalarse que en el Ebal —situado más al norte— predominan las tribus que ocuparán la parte septentrional de Palestina; en el Garizim, las de la zona sur. También puede advertirse que en el monte de las bendiciones se colocan los hijos de las dos esposas legítimas de Jacob —Lía y Raquel—; en el otro están los cuatro hijos de sus esclavas, más Rubén —quizá por su mal comportamiento (cfr Gn 35,21-22; 49,4)— y Zabulón, el último de los hijos de Lía.
En el capítulo se recoge únicamente el texto de las maldiciones (vv. 15-26). Las bendiciones son expresadas a continuación, en 28,1-14.
▲ COMENTARIO
Dt 27,1-10
El escribir sobre piedras revocadas con cal era una costumbre difundida en los pueblos de la antigüedad.
▲ COMENTARIO
Dt 27,14-26
Las doce maldiciones castigan la transgresión de diversos preceptos de la Ley. No está claro cuál es el criterio seguido por el autor sagrado en esta selección que no obedece a la condena de los pecados que podríamos considerar más graves. Hay pecados contra Dios (v. 15), los padres (v. 16), la justicia y la caridad (vv. 17-19), y de lujuria y homicidio (vv. 20-25).
El v. 26 es citado por San Pablo en Ga 3,10 para ilustrar su enseñanza referente a que la justificación por las obras de la Ley mosaica pertenecía a una disposición divina para el tiempo anterior a la Redención operada por Cristo.
▲ COMENTARIO
Dt 28,1-69
Este capítulo enlaza con el final del cap. 26 (y 27,9-10): las «Bendiciones» y «Maldiciones» siguen un modelo que se encuentra en otros escritos del antiguo Oriente, para dar fuerza y solemnidad a los pactos o alianzas; pero en el Deuteronomio adquieren valores morales especiales, coherentes con exhortaciones de los profetas de Israel.
El autor sagrado enseña que la Alianza viene sancionada mediante bendiciones y maldiciones, de acuerdo con la fidelidad o infidelidad de Israel a sus preceptos. Hay pasajes similares en otros lugares del Pentateuco: en el libro del Éxodo, distintas promesas de bendiciones ratifican el Código de la Alianza (23,20-23); en el Levítico, bendiciones y maldiciones concluyen la Ley de Santidad (cap. 26).
Resulta llamativa la desproporción entre las maldiciones (vv. 15-68) y las bendiciones (sólo vv. 1-14).
El contenido de los premios y los castigos hace referencia únicamente a bienes temporales. Es una manifestación más de la pedagogía divina, y de su condescendencia con la mentalidad y la cultura de aquellos hombres; la prosperidad y el poder por un lado, y la miseria y la esclavitud por otro, eran para ellos índices significativos de su fidelidad o infidelidad a la Alianza con el Señor. Con el desarrollo progresivo de la Revelación, Dios irá haciendo ver al pueblo elegido la existencia de una retribución en la otra vida (cfr nota a 4,32-40). Con Jesucristo llegará a su plenitud esta doctrina, y las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) supondrán un cambio total de perspectiva: la prosperidad o la miseria terrenas dejarán de ser índices de la bendición o del castigo de Dios.
▲ COMENTARIO
Dt 28,1-14
El conjunto de bendiciones contiene promesas de gran prosperidad: descendencia del pueblo, fertilidad de la tierra, fecundidad de los ganados y predominio sobre los demás pueblos. Tendrán éxito en todas sus empresas. Esta intención de abarcar la vida entera es lo que incluye las expresiones «cuando entres… cuando salgas» (v. 6), «la ciudad y el campo» (v. 3), la descendencia humana y el fruto del ganado, de la tierra y del rebaño (v. 4), la talega y la artesa (v. 5), etc. Todo ello será consecuencia de la obediencia a los preceptos de la Alianza y de la fidelidad al Señor.
Aun cuando las promesas sean de bienes temporales, la felicidad de Israel no está en función únicamente de ese bienestar material: debe ir acompañada de la especial presencia del Señor en medio del pueblo (cfr Lv 26,11-12).
▲ COMENTARIO
Dt 28,15-68
Esta amplísima relación de maldiciones advierte de los tremendos castigos que esperan al pueblo de Israel, si es infiel a la Alianza. Tras comenzar en paralelismo con las bendiciones (cfr vv. 16-19 comparados con 3-6), siguen después un orden diverso; los temas vienen a ser los mismos que en las bendiciones, aunque ampliados y desarrollados: castigos para sus cultivos, para sus ganados; y para los propios israelitas, que sufrirán todo tipo de enfermedades, verán reducido su número y quedarán a merced de sus enemigos, siendo sus ciudades destruidas y ellos mismos llevados al destierro. A lo largo de la historia de Israel, en repetidas ocasiones se producen las circunstancias referidas en estas maldiciones: culminan en la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C. y la consiguiente dispersión del pueblo judío.
En el modo de formulación de estas maldiciones, pueden notarse dos partes claramente diferenciadas: vv. 15-46 y vv. 47-68.
▲ COMENTARIO
Dt 28,45-68
El cambio de estilo literario, las referencias a la invasión por parte de una nación extranjera, y las semejanzas con los profetas de los siglos VIII y VII (cfr, p.ej., Os 8-9), han inclinado a considerar estos versículos como un añadido de algún escritor posterior. La descripción del pueblo invasor puede aplicarse tanto a los asirios —conquistadores del Reino del Norte o de Samaría (721 a.C.)— como a los babilonios —que conquistan el Reino de Judá y destruyen Jerusalén (587 a.C.)—; en ambos casos, buena parte de los israelitas supervivientes fueron llevados al exilio.
El contraste entre la alegría de servir a Dios y la desgracia de servir a sus enemigos (vv. 47-48) sigue siendo una experiencia universal. Cuando se rechaza el yugo suave y ligero del Señor (cfr Mt 11,28-30), se acaba bajo el «yugo de hierro» de las propias miserias. «Esclavitud por esclavitud, explicaba San Josemaría Escrivá —si, de todos modos, hemos de servir, pues, admitiéndolo o no, ésa es la condición humana—, nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos» (Amigos de Dios, n. 35).
El espeluznante cuadro de la situación de los asediados (vv. 53-57) se cumple en la historia de Israel durante el sitio de Samaría (2 R 6,26-29). En el libro de las Lamentaciones se describen situaciones similares en Jerusalén (cfr, p.ej., Lm 2,20; 4,1-10).
El retorno forzado a Egipto (v. 68) supone el culmen de todas esas amenazas. La vuelta al país donde habían vivido en esclavitud supone la inutilidad de todos los sufrimientos del éxodo y de la conquista de la tierra prometida, en una palabra, la frustración; y en una situación peor todavía que la primera: antes al menos eran esclavos, lo cual podía asegurarles el sustento; ahora ni siquiera serán aceptados como esclavos, con lo que su miseria será total. Y, lo que es más importante, la vuelta a Egipto equivale a la derogación de todas las acciones salvíficas que el Señor ha llevado a cabo.
Puesto que el Antiguo Testamento es en su conjunto una figura y anticipo del Nuevo, se debe tener presente que sus vaticinios son también aplicables de alguna manera al pueblo surgido de la Nueva Alianza en Jesucristo. Es más, los cristianos, que hemos sido favorecidos con infinitas muestras de amor y de perdón divinos, también hemos de pensar en las consecuencias de nuestras infidelidades al amor de Dios.
▲ COMENTARIO
Dt 28,69
Se duda si este versículo es la conclusión de todo el discurso anterior, o el exordio del tercer discurso atribuido a Moisés. El texto hebreo masorético, seguido por la Neovulgata, parece inclinarse por la primera interpretación, mientras que la Vulgata (en la edición sixto–clementina) y diversos comentaristas se inclinan por la segunda. El texto por sí mismo no permite decidir de manera definitiva.
▲ COMENTARIO
Dt 28,69-30,20
Incluyendo 28,69 como exordio, el «Tercer Discurso de Moisés» abarca los caps. 29 y 30; ha sido llamado «La Alianza de Moab». Únicamente el Deuteronomio habla de esta Alianza en Moab, que viene a reiterar y completar la Alianza en el Horeb (Sinaí). Es posible que el autor sagrado que dio el último toque redaccional al escrito, se diera cuenta de la reiteración que suponía y añadiera las últimas palabras de 28,69 («además de la Alianza que había sellado con ellos en Horeb»). Tanto el contenido de este tercer discurso como su exordio parecen reforzar el Código Deuteronómico (12,1-26,15).
El tercer discurso contiene los elementos formales esenciales de todo documento oriental de alianza o pacto: después de una introducción histórica (29,1-8), presenta lo que puede ser llamado protocolo de la alianza (29,9-14); luego, un pasaje exhortativo sobre la obligación de cumplir lo pactado (29,15-20); bendiciones y maldiciones que solían acompañar a tales documentos (30,15-20). Entre los dos últimos elementos hay un pasaje (29,21-30,10), donde se reúnen algunas piezas pequeñas de diversa índole, que vienen a prolongar la sección exhortativa que le precede; parece posterior al grueso del tercer discurso.
La figura de Moisés queda muy resaltada en estos dos capítulos: el texto sagrado subraya la misión extremadamente importante de Moisés como mediador de la Alianza entre el Señor y su pueblo.
▲ COMENTARIO
Dt 29,1-8
Recuerda nuevamente la especialísima protección que el Señor ha dispensado al pueblo durante el éxodo: sin embargo, ellos no han sido capaces de entender esas intervenciones salvadoras de Dios y de serle fieles (v. 3). La dureza de corazón de los israelitas no puede achacarse a Dios —aunque en el modo de expresarse del Antiguo Testamento se le atribuya a Él—; ellos son completamente libres para elegir entre el bien y el mal (cfr 30,15-20), y su cerrazón es consecuencia de sus malas disposiciones. San Agustín comenta a este propósito que Moisés no les echaría en cara su dureza de corazón si estuvieran exentos de culpa (cfr Quaestionum in Heptateuchum 5,50).
El v. 3, junto con Is 29,10, es citado por San Pablo en Rm 11,8. El Apóstol interpreta como proféticos ambos textos del Antiguo Testamento y los aduce como apoyo de su reproche al endurecimiento de buena parte de Israel ante la venida del Mesías.
▲ COMENTARIO
Dt 29,9-20
La Alianza entre el Señor e Israel —«para constituirte en pueblo suyo y Él ser tu Dios» (v. 12)— se establece no sólo con la generación presente, sino también con las futuras (vv. 13-14), con todo el pueblo, desde los notables de las tribus hasta los estratos más humildes de la sociedad, como los leñadores y aguadores, oficios generalmente desempeñados por extranjeros al servicio de los israelitas (cfr Jos 9,27).
Se insiste de nuevo en la necesidad de evitar la idolatría (vv. 15-20), y apercibe a quien —desoyendo esa advertencia— pensara evitar el castigo. La expresión proverbial: «Aunque la riada se lleve el regadío y el secano» (v. 18), de traducción dudosa, indica la extensión del castigo y, tal vez, la repercusión social del pecado.
«Pacto solemne» (vv. 11.13.18) que también podría traducirse por «juramento». Las alianzas solían ir acompañadas de unos juramentos, mediante los cuales los contrayentes reclamaban maldiciones diversas para quien no cumpliera lo pactado (cfr 27,14-26; 28,15-68).
▲ COMENTARIO
Dt 29,21-28
Admá y Seboim (v. 22) eran dos ciudades situadas en la parte sur del Mar Muerto, próximas a Sodoma y Gomorra (cfr Gn 14,2), y que debieron de haber sido destruidas con ellas (Gn 19,24-25). El profeta Oseas también recuerda su castigo (Os 11,8).
▲ COMENTARIO
Dt 30,1-10
Se pone de manifiesto la fidelidad de Dios a su palabra: aun cuando las transgresiones de la Alianza por parte de Israel lleguen a provocar el castigo extremo del destierro, si se arrepienten, el Señor les perdonará y les hará tornar de nuevo. Es más, volverá a gozarse con ellos, como con sus antepasados (v. 9); el pasaje recuerda el perdón y la alegría del padre de la parábola ante la conversión del hijo pródigo (cfr Lc 15,20-24). El autor sagrado juega con el término «volver», para relacionar la conversión (vuelta del pecado) con la repatriación (vuelta del destierro, del castigo).
En el Antiguo Testamento la misericordia amorosa divina, jésed, está muy relacionada con la fidelidad, émet. A su vez, la misericordia del Señor se pone en conexión con la Alianza —que es un don y una gracia para Israel—, y lleva consigo, en cierto modo, unas obligaciones legales. «Este compromiso jurídico por parte de Dios, enseña Juan Pablo II, dejaba de obligar cuando Israel infringía la alianza y no respetaba sus condiciones. Pero precisamente entonces jésed (misericordia), dejando de ser obligación jurídica, descubría su aspecto más profundo: se manifestaba lo que era al principio, es decir, como amor que da, amor más fuerte que la traición, gracia más fuerte que el pecado» (Dives in misericordia, n. 28, nota 52). La piedad cristiana invoca con frecuencia a Dios «de quien es propio tener misericordia siempre y perdonar».
«Los confines de los cielos» (v. 4). La expresión indica la concepción del universo de aquella época, según la cual, la bóveda de los cielos descansaba en sus extremos sobre la tierra.
▲ COMENTARIO
Dt 30,6-10
La Ley mosaica indicaba el camino moral que se debe seguir. Era una enseñanza clara y estimulante. Pero, por sí misma, no proporcionaba al hombre la fuerza para cumplirla, fuerza que sólo da la gracia de Jesucristo. En la Carta a los Romanos (8,2-4) «el apóstol Pablo, señala Juan Pablo II, nos introduce a considerar, en la perspectiva de la historia de la salvación que se cumple en Cristo, la relación entre la Ley (antigua) y la gracia (Ley nueva). Él reconoce la función pedagógica de la Ley, la cual, al permitirle al hombre pecador valorar su propia impotencia y quitarle la presunción de la autosuficiencia, lo abre a la invocación y a la acogida de la “vida en el Espíritu”. Sólo en esta vida nueva es posible practicar los mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo como somos hechos justos (cfr Rm 3,28): la “justicia” que la Ley exige, pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente manifestada y concedida por el Señor Jesús. De este modo San Agustín sintetiza admirablemente la dialéctica paulina entre ley y gracia: “Por esto, la Ley ha sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se observase la Ley” (S. Agustín, De spiritu et littera 19,34)» (Veritatis splendor, n. 23).
▲ COMENTARIO
Dt 30,11-14
El sentido inmediato del texto es la situación privilegiada de Israel por tener la Ley. El autor sagrado lo expresa de manera bellísima y admirable, a través de dos hermosas metáforas, compuestas con un cierto ritmo poético. También en la Epístola a los Romanos (10,6-8), San Pablo utiliza este pasaje aplicándolo no ya al conocimiento de la Ley, sino al conocimiento de «la palabra de la fe» que predican los Apóstoles: ésta es ahora —como antes la Ley— la que pone de manifiesto los preceptos y los mandamientos de Dios, y —también como la Ley— debe estar constantemente en la boca y el corazón. Teodoreto de Ciro —comentando el texto griego de los LXX, que añade en el v. 14 «y en tus manos»— dice: «Se significa por la boca la meditación de las palabras divinas; por el corazón, a su vez, la prontitud del ánimo; por las manos la ejecución de los mandamientos» (Quaestiones in Octateuchum 38).
El pueblo cristiano, que posee la Nueva Ley y la Nueva Alianza, está en circunstancias aún mejores que el antiguo pueblo, puesto que ha recibido además la gracia de Cristo. Por esto, el Concilio de Trento enseña que «Dios no manda cosas imposibles, sino que al mandar avisa que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas, y ayuda para que puedas» (De iustificatione 11). En la Antigua Ley, aunque no se disponía de la gracia ganada por Cristo, la Providencia divina ayudaba a los israelitas a cumplir sus exigencias en previsión de esa gracia.
▲ COMENTARIO
Dt 30,15-20
El final del discurso dirige esta llamada solemne y patética a Israel, poniéndolo ante sus responsabilidades: es completamente libre para elegir entre el bien y el mal; pero de su fidelidad o infidelidad dependerán las bendiciones del Señor o sus castigos.
La exhortación conclusiva (vv. 19-20) resulta particularmente conmovedora: «elige la vida», viviendo para el amor del Señor, «Él es tu vida». En el Nuevo Testamento hay pasajes en los que resuenan las mismas ideas: «Yo soy la Vida», dirá el Señor (Jn 14,6); y San Pablo: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20); «para mí, el vivir es Cristo» (Flp 1,21).
Es de advertir que al comienzo del v. 16 hemos seguido el texto más amplio de la versión griega de los LXX, como también hace la Neovulgata. En el texto hebreo no viene la frase «si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios», que sin embargo subraya mejor el contraste con lo que se dirá en el v. 17.
▲ COMENTARIO
Dt 31,1-34,12
Estos capítulos constituyen una conclusión que parece desbordar la perspectiva del Deuteronomio, para abarcar todo el Pentateuco. El redactor final ha aprovechado materiales, más o menos elaborados —según los casos— por tradiciones anteriores.
Predomina el género que puede llamarse histórico, incluyendo —como era costumbre no sólo en la historiografía oriental, sino también en la clásica— piezas poéticas, especialmente el «Cántico de Moisés» (32,1-43) y la «Bendición de Moisés» (33,2-29). Los trozos narrativos tratan de los últimos días de Moisés y de la elección y misión de Josué (31,1-8.14-15), de la lectura ritual de la Ley (31,9-13) y de la muerte del gran liberador (cap. 34).
▲ COMENTARIO
Dt 31,1-8
Josué será el sucesor de Moisés al frente del pueblo (cfr también vv. 14.23), y quien llevará a cabo la conquista de la tierra prometida.
Los ciento veinte años de Moisés aparecen divididos en tres partes de cuarenta —en Egipto (Hch 7,23), en Madián (Ex 7,7) y en el desierto—. Posiblemente, ese número indica una generación, pero no es fácil dar una respuesta segura acerca del valor que el hagiógrafo da a esas cifras. De cualquier manera, quedan suficientemente marcadas las tres etapas de la vida del gran legislador. En cada una Dios ha manifestado su poder y su elección, y en cada una Moisés ha sido dócil y eficaz.
▲ COMENTARIO
Dt 31,9-13
Se prescribe aquí una lectura periódica de la Ley en el año de la Remisión (cfr 15,1-18), en la que deben estar presentes todos los habitantes de Israel y no sólo los hombres, que eran quienes debían acudir normalmente a la fiesta de los Tabernáculos (cfr 16,16). Esta lectura debería facilitar el conocimiento y la familiaridad con los mandamientos del Señor (cfr 30,11-14). La indicación de que se reúnan en un mismo sitio se adapta mejor a tiempos antiguos, cuando Israel era todavía un pueblo muy pequeño; y, con todo, expresa la unidad del pueblo, de su fe y de su norma de conducta.
Haciendo una aplicación al Nuevo Testamento, el Papa Juan Pablo II ha escrito: «Promover y custodiar, en la unidad de la Iglesia, la fe y la vida moral es la misión confiada por Jesús a los Apóstoles (cfr Mt 28,19-20), la cual se continúa en el ministerio de sus sucesores. Es cuanto se encuentra en la Tradición viva, mediante la cual —como afirma el Concilio Vaticano II— “la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree (…)”. Dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y circunstancias. Esta “actualización” de los mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la Revelación y una nueva comprensión de las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe» (Veritatis splendor, n. 27).
Las referencias a la actividad escritora de Moisés aparecen también en el libro del Éxodo (cfr Ex 17,14; 34,27).
▲ COMENTARIO
Dt 31,14-30
De nuevo se refiere el autor sagrado a las infidelidades del pueblo de Israel, que traen sobre él terribles castigos. El Cántico de Moisés sirve de testimonio contra los israelitas infieles (v. 19).
La abundancia de bienes materiales resulta con frecuencia un peligro para la santidad de las personas y de los pueblos (cfr 8,7-20). Así lo vaticina este pasaje (v. 20) y lo repite el profeta Oseas: «Yo en el desierto te cuidé, en la tierra de la sequedad; Yo los apacenté y se saciaron, y, saciados, se engrió su corazón, y se olvidaron de Mí» (Os 13,6-7). De hecho, en la Historia Sagrada hubo quienes fueron justos y piadosos, hasta que al abundar en riquezas y poder se pervirtieron, como sucedió al rey Salomón (cfr 1 R 10-11).
Por otra parte, la triste experiencia del pueblo elegido se repite continuamente en la historia de los hombres que, conociendo tantos dones de Dios (la Encarnación, la muerte de Jesús en la Cruz, los Sacramentos…), se apartan de Él y le son infieles. De ahí que el Catecismo Romano exhorte a pedir «que no condescendamos con los apetitos desordenados, ni desmayemos en resistir a las tentaciones, ni nos desviemos de los caminos del Señor (Dt 31,29); que guardemos igualdad y firmeza de ánimo, así en los sucesos adversos como en los prósperos, y que en ninguna situación nos deje Dios desamparados de su protección» (4,15,15).
La apostasía de Israel es presentada con la imagen de la prostitución (v. 16), como en otros lugares del Pentateuco (cfr, p.ej., Ex 34,15-16; Lv 20,5), porque la Alianza entre el Señor y su pueblo es considerada como un matrimonio. Se trata de una figura que desarrolla ampliamente el profeta Oseas.
▲ COMENTARIO
Dt 32,1-52
El Cántico de Moisés constituye una sublime expresión de la Alianza en forma poética, extendiéndose en el comportamiento tan diverso de los dos protagonistas: de una parte, la fidelidad inquebrantable del Señor; de otra, la deslealtad de Israel. Comienza recordando los innumerables beneficios y cuidados de Dios sobre su Pueblo (vv. 1-14) y la increíble ingratitud de éste (vv. 15-18). Sigue la lógica irritación del Señor y el abandono de Israel en manos de sus enemigos (vv. 19-25). Pero la arrogancia de los opresores y la fidelidad y misericordia de Dios le llevarán finalmente a perdonar a su Pueblo y a restaurarlo (vv. 26-43). El Canto, de una fuerza epopéyica extraordinaria, presenta una panorámica de la historia de Israel, similar a la de algunos Salmos (cfr, p.ej., Sal 78; 105; 106) y pasajes del profeta Ezequiel (p.ej., caps. 16 y 20). Muchas estrofas reflejan la grandeza de las concepciones sobre Dios que están en la base del pensamiento del poema, como la de Dios Padre y Creador (v. 6) y la de Dios vivo eternamente (v. 40).
Este poema contiene rasgos muy arcaicos junto con conceptos y desarrollos teológicos cercanos a la literatura sapiencial y a algunos escritos proféticos tardíos. Todo ello hace pensar en un largo periodo de desarrollo, más que en una composición hecha en un momento determinado, si bien sólo pueden hacerse por ahora conjeturas razonables.
▲ COMENTARIO
Dt 32,1-14
Se recuerdan con acentos poéticos entrañables los cuidados del Señor hacia su pueblo. En este sentido, se le muestra distribuyendo a las distintas naciones por el mundo y reservándose para Sí a Israel, como su porción elegida, teniendo presente hasta el número de los israelitas (vv. 8-9). En la traducción griega de los LXX, en lugar de «hijos de Israel» (v. 8) dice «ángeles de Dios» —más o menos equivalente a la variante «hijos de Dios» de algunos manuscritos hebreos—; según esto se estaría indicando que Dios encarga el cuidado de cada nación a uno de sus ángeles (cfr Dn 10,13.20-21), pero de la protección de Israel se cuida Él mismo. La descripción de la solicitud maternal de Dios por Israel resulta particularmente conmovedora en las imágenes utilizadas en los vv. 10-11.
El nombre de «la Roca» (v. 5) con el que se designa al Señor —y que se repite a lo largo del Canto— subraya su lealtad a la Alianza. Aparece también en otros lugares del Antiguo Testamento, como el Sal 89,27: «Él me invocará: ¡Tú eres mi Padre, mi Dios y la Roca de mi salvación!»; o Is 44,8b: «Vosotros sois testigos: ¿Hay otro Dios fuera de Mí? ¡No hay otra Roca; yo no la conozco!» (cfr también Sal 18,32; Is 17,10). En el Nuevo Testamento se aplica a Cristo este nombre, manifestando así su divinidad (cfr 1 Co 10,4 y nota correspondiente).
▲ COMENTARIO
Dt 32,6
En todo el Antiguo Testamento a Dios se le llama Padre más de 20 veces. Con tal calificativo va unido el aspecto de su dominio absoluto, o el carácter radical de Creador de cielos y tierra, o de Fundador de Israel. Un texto relevante acerca de tal concepción es precisamente el presente versículo. Otros pasajes importantes para este tema son, p.ej., Ex 4,22-23, Os 11,1-4 y el mismo Dt 1,31. La paternidad de Dios, en el Antiguo Testamento, se refiere la mayoría de las veces a las relaciones con Israel en su conjunto. Son unas cincuenta veces en el Antiguo Testamento las que expresan la relación paterno–filial entre Dios y el pueblo de Israel. El Señor, pues, se relaciona con Israel como un padre con su hijo, a quien da la vida y el sustento, a quien llena de beneficios (cfr Jr 31,9) y también corrige (cfr Pr 3,11-12). El sentido más íntimo y profundo de la paternidad divina se encuentra en las oraciones del justo en los Salmos (cfr Sal 88) y en los libros Sapienciales (cfr Si 23,1.4; Sb 2,16; 14,3).
Sin embargo, la piedad individual israelita no había llegado a expresarse en los términos en que lo hace Jesucristo y lo enseña a sus discípulos. Los textos del Nuevo Testamento a este respecto son innumerables. Acudir a Dios como padre en la piedad personal podemos decir que fue una revelación de Jesús, recibida por la primitiva comunidad cristiana.
▲ COMENTARIO
Dt 32,8-9
El tema de la tierra dada por Dios a su pueblo aparece en estos dos versículos con tonos de gran belleza poética y reflexión sapiencial. La conciencia de que los hebreos eran el pueblo elegido y de que habían recibido la promesa de una tierra como un acto de la divina gracia, fue también un elemento vivo de su fe a lo largo de los siglos. La posesión de la tierra, sin embargo, estuvo condicionada a su comportamiento (cfr 4,1; 8,7-20): cuando los israelitas se mantuvieron fieles a la Alianza, la conservaron; cuando se apartaron de Dios, transgrediendo sus mandatos, adorando a los ídolos y dejándose llevar por prácticas religiosas de otros pueblos, el Señor los castigó expulsándolos de la tierra (cfr Jr 16,10-13; 22,26; etc.).
En la Historia Sagrada, la «tierra prometida» va adquiriendo poco a poco dimensiones que transcienden la mera significación topográfica de «tierra de Israel», hasta alcanzar el sentido de la «patria celestial», el Cielo y bienaventuranza eterna.
▲ COMENTARIO
Dt 32,15-18
A pesar de tantos beneficios, el pueblo elegido se muestra ingrato con Dios, volviéndose a dioses extraños. El autor sagrado —aprovechando quizá la similitud de las letras consonantes— llama «Yesurún» a Israel (v. 15): es un término honorífico, que equivale a recto o justo, y que aparece sólo en otros tres lugares de la Biblia (33,5.26; Is 44,2); en el contexto de las infidelidades de Israel, designarle así constituye una amarga ironía. Las referencias a su engorde recuerdan los avisos anteriores sobre el peligro de que, en la prosperidad, los israelitas se olviden de Dios (cfr, p.ej., 31,20).
En el v. 18 se señala de nuevo la imagen del padre —«te engendró»— y de la madre —«te dio a luz»— para expresar la actitud del Señor con Israel.
La ingratitud e infidelidad del pueblo elegido es repetida por la humanidad a lo largo de la historia. Los beneficios que, con la Redención, Dios ha concedido a los hombres son inmensamente superiores a los que dio a Israel. En este sentido, enseñaba San Juan Crisóstomo hablando de los beneficios del Bautismo: «Los judíos pudieron contemplar milagros. Tú los verás también, y más grandes todavía, más fulgurantes que cuando los judíos salieron de Egipto. No viste al Faraón ahogado con sus ejércitos, pero has visto al demonio sumergido con los suyos. Los judíos traspasaron el mar, tú has traspasado la muerte. Ellos se liberaron de los egipcios, tú te has visto libre de los demonios. Ellos abandonaron la esclavitud de un bárbaro, tú la del pecado, mucho más penosa todavía» (Ad illuminandos catecheses 3,24).
▲ COMENTARIO
Dt 32,19-33
La lógica indignación del Señor trae como consecuencia el castigo de Israel. A su perversión con los ídolos, no–dioses, Dios va a responder permitiendo que sean avasallados por una nación pagana, «un no–pueblo» (v. 21). Incluso podría permitir la desaparición del pueblo elegido (v. 26); pero la necedad y arrogancia de los opresores, atribuyendo a su propio poderío lo que es un castigo del Señor, lo impiden (vv. 26-33): es un argumento similar al que utiliza Moisés cuando —tras el episodio del becerro de oro— el Señor habla de destruir a su pueblo (9,25-29; Ex 32,7-14).
En su Carta a los Romanos San Pablo aplicará el v. 21 a la conversión de los gentiles, en contraste con la infidelidad de Israel (cfr Rm 10,19).
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Dt 32,34-43
Finalmente, prevalece la misericordia del Señor, restaurando a Israel, y liberándolo de sus enemigos. Las palabras que Dios dirige a su pueblo constituyen una nueva y radical afirmación del monoteísmo que han de vivir (cfr especialmente el v. 39), marcando vivamente las diferencias con los falsos dioses de los paganos: frente a tantos no–dioses, Él es el único que existe; frente a su debilidad e impotencia, Él es el Señor Omnipotente de la vida y de la muerte.
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Dt 32,48-52
Comenta Teodoreto de Ciro que «el Señor nos enseña, a través de estas cosas, que exige de los perfectos suma virtud: y así como con otros hombres que han pecado gravemente es longánime, sin embargo a los santos no concede esta indulgencia. También dijo esto el sabio: “El despreciado es digno de perdón y misericordia, pero los prepotentes serán muy castigados” (Sb 6,6)» (Quaestiones in Octateuchum 43). Más claras son las palabras de Jesús: «A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que encomendaron mucho, mucho le pedirán» (Lc 12,48).
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Dt 33,1-29
Como el Génesis reseña que Jacob bendice a sus hijos al final de su vida (cfr Gn 49), así el Deuteronomio expresa que Moisés, a punto de morir, bendice una a una a las tribus de Israel: mientras que Jacob mezcla las bendiciones con los reproches; en el caso del caudillo de Israel sólo hay bendiciones. No aparece aquí la tribu de Simeón, posiblemente porque fue rápidamente absorbida por la de Judá. Este detalle inclina a pensar que esos versículos podrían ser de la época de la Monarquía (siglos X-IX a.C.).
El capítulo está dividido en tres partes diferenciadas: las bendiciones ocupan la parte central (vv. 6-25), con una introducción (vv. 2-5) y un epílogo en el que se describe la paz y la felicidad en que vive Israel bajo la protección de Dios (vv. 26-29). El contenido de las bendiciones, con referencias aparentemente concretas a una época de asentamiento de las tribus en sus correspondientes territorios, inducen a retrasar esta sección a una época posterior. Posiblemente también, las diversas estrofas tuvieran origen independiente.
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Dt 33,1-5
Aparece Dios con gran majestad colocándose a la cabeza de su pueblo; para ello, desde el Sinaí (nótese que aquí no le llama Horeb), va recorriendo los diversos lugares del éxodo. El esplendor con que la protección del Señor sobre Israel es presentada recuerda otros pasajes del Antiguo Testamento, como la introducción del Canto de Débora (Jc 5,4-5), o el Salmo 68 (vv. 8-9).
La traducción de estos versículos resulta a veces muy dificultosa por las distintas posibilidades que se presentan. Esto ocurre de modo especial en los dos últimos esticos o líneas del v. 2 y en todo el v. 3, donde el texto hebreo presenta tales dificultades que las versiones —tanto antiguas como modernas— los interpretan de diversas maneras. Damos la traducción siguiendo en gran parte la Neovulgata, que nos parece más inteligible.
La Ley (v. 4) es considerada por los israelitas como el máximo don de Dios; cfr lo que escribe San Juan en el Prólogo de su Evangelio: «La Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17).
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Dt 33,2
El último verso: «desde el Mediodía hasta Asedot» es muy oscuro. Se han propuesto versiones dispares. Si nuestra traducción es correcta, «Asedot» son estribaciones de la sierra del Pisgá, que llegan hasta el ángulo noreste del Mar Muerto.
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Dt 33,6-7
La referencia a la tribu de Rubén, primogénito de Jacob, parece indicar que pasa por momentos difíciles, en trance de desaparecer. De hecho, su territorio —situado en la parte sur de la Transjordania— caerá pronto en manos de los moabitas, y la tribu no tendrá importancia en la futura historia de Israel. Es posible que esta penosa situación, teniendo presente además que se trata del primogénito, pueda relacionarse con el grave pecado que se narra en Gn 35,21-22 (cfr también Gn 49,4).
Los deseos expresados para Judá hacen suponer que pasa también por dificultades: posiblemente se refiere a sus luchas por asentarse en la parte correspondiente de Canaán, con pueblos que de alguna manera lo aíslan del resto de las tribus: eso explicaría la petición del verso tercero, «condúcelo hacia su pueblo». Tales circunstancias nos remitirían a la primera época de los Jueces (del 1200 al 1100 a.C.).
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Dt 33,8-11
La bendición a la tribu de Leví es —junto con la de José— la más amplia. Era la tribu de Moisés y Aarón, y quizá se refiere a ellos, más que al conjunto de la tribu, la mención de Masá y Meribá (v. 8; cfr Ex 17,7; Nm 20,1-13). Se afirma la fidelidad de los levitas al Señor, por encima de los lazos familiares (v. 9), recordando el episodio del becerro de oro, cuando los hijos de Leví hicieron morir, como castigo por su idolatría, a un crecido número de israelitas (cfr Ex 32,25-29). También se mencionan sus oficios sacerdotales: explicación de la Ley y cuidado del culto (v. 10).
Los urim y los tummim eran unos pequeños objetos utilizados para echar suertes, cuyo resultado se consideraba que manifestaba la voluntad divina (cfr 1 S 14,41). Según Ex 28,30 y Lv 8,8, los llevaba el sumo sacerdote a quien correspondía hacer la consulta a Dios.
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Dt 33,12
«En sus colinas morará tranquilo». La frase es de dudosa intrepretación. Parece que el sujeto debe de ser Benjamín, llevado cariñosamente por Dios sobre sus espaldas. Pero también podría ser sujeto el mismo Dios. En este caso, el lugar de morada podría referirse a Jerusalén, situada en el límite de los territorios de Benjamín y Judá; o, más probablemente, a Betel, ciudad de Benjamín, donde estuvo con anterioridad el Arca de la Alianza (Jc 20,27). La Neovulgata en vez de «colinas» traduce «hombros».
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Dt 33,13-17
La amplia bendición a José recuerda la correspondiente de Jacob en Gn 49,22-26. Incluye a sus hijos, Efraím y Manasés, considerados como dos tribus diversas en el reparto de la tierra prometida. Se hace referencia a la fertilidad de sus territorios, situados en la franja central de Canaán, a ambos lados del Jordán. También se alude a su ardor guerrero (v. 17). La tribu de Efraím tendrá particular importancia en la futura historia de Israel: a la muerte de Salomón (931 a.C.), al producirse la división en dos reinos, el efraimita Jeroboam será jefe y guía de las tribus del norte (cfr 1 R 12).
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Dt 33,18-19
Las bendiciones a estas tribus contienen referencias a su situación geográfica y sus modos de vida. Isacar ocupaba la fecunda llanura de Esdrelón, situada al norte de la cordillera del Carmelo, desde los montes del sur de Galilea hasta el Mediterráneo. Zabulón, al noroeste de Isacar, estaba en contacto inmediato con los pueblos fenicios —conocidos navegantes y negociantes— con los cuales mantendría contactos comerciales. «Los tesoros ocultos en la arena»: algunos interpretan que se refiere a la púrpura, extraída de un pequeño molusco; otros lo aplican a la industria del vidrio.
Los dos primeros esticos o líneas del v. 19 es posible que se refieran a las tribus de Israel, convocadas para ofrecer sacrificios a Dios en el monte Carmelo o en el Tabor, situados en los territorios de estas dos tribus. En los LXX la versión es diversa: «Ellos exterminarán pueblos, y seréis invocados».
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Dt 33,20-21
Se alude al carácter guerrero y valeroso de la tribu de Gad que —habiendo participado en el primer reparto de la Transjordania: «en las primicias»— ayudaron después al resto de las tribus en sus conquistas (cfr Jos 4,12), tal y como se habían comprometido (cfr Nm 32). En la frase «puso por obra la justicia del Señor» también podría verse una referencia a su fidelidad a la religión del Señor, puesta de manifiesto en el episodio narrado en Jos 22,9-34.
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Dt 33,22-23
En la bendición de Dan parece recordarse su marcha desde la región asignada en principio —en el centro de Canaán, al oeste de Benjamín— hasta la parte más septentrional de las tribus: allí conquistaron Laish, que significa «león», que en adelante será llamada Dan (cfr Jc 18). Basán era en tiempos antiguos una región montañosa, con frondosos bosques y fieras, situada en la ribera opuesta del Jordán, al este del lago de Genesaret.
La tribu de Neftalí ocupaba la zona más fértil de Galilea, desde el lago de Genesaret al Líbano.
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Dt 33,24-25
Aser ocupaba la franja noroeste de Palestina, un territorio rico en olivos (v. 24). En medio de fenicios y cananeos, debía proteger fuertemente sus poblaciones (v. 25).
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Dt 34,1-12
Antes de morir, Moisés contempla la tierra prometida, con sus regiones fundamentales: Transjordania, Galilea (Neftalí), Samaría (Efraím y Manasés) y Judea. En realidad, desde el Monte Nebo no se alcanza a simple vista todo el panorama que se describe: sólo Dios podía hacer ver a Moisés todas esas regiones. Soar se encontraba, posiblemente, al sureste del Mar Muerto.
«Él lo enterró» (v. 6). La construcción hebrea no permite precisar el sujeto del verbo, aunque, por el contexto, debe de referirse a Dios.
El libro del Eclesiástico traza un resumen de lo que fue la vida de este hombre de Dios (cfr Si 45,1-5).
El sabio judío Filón de Alejandría (15 a.C.-45 d.C.) hace también amplias alabanzas de sus virtudes: fue amigo y discípulo de Dios, siendo enseñado «cara a cara» por Él; fue «un hombre de Dios», capaz de realizar signos y portentos; superó a los patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob y José en su intimidad con Dios y en la posesión de la Palabra divina, que le inspiró e informó como caudillo, legislador, profeta, taumaturgo, asceta y pensador (cfr De vita Mosis 1,80,154,158; 2,187-292; 3,1-186).
San Gregorio de Nisa, uno de los más grandes entre los Santos Padres griegos, hace un elogio de Moisés, en los siguientes términos: «Nuestro breve discurso te ha ofrecido a ti, hombre de Dios, estas cosas sobre la perfección de la vida virtuosa, presentándote la vida del gran Moisés como modelo evidente de bondad, para que cada uno de nosotros, imitando sus acciones, copie en sí mismo los rasgos de la belleza que se nos ha mostrado. Y de que Moisés ha conseguido realizar la perfección que es posible, ¿qué testimonio más digno de fe podríamos encontrar que la palabra divina, cuando le dice: «Te he conocido sobre todos los demás» (Ex 33,12.17)? También el hecho de que sea llamado amigo de Dios por el mismo Dios (cfr Ex 33,11), y el hecho de que habiendo elegido perecer junto con los demás si Dios no se aplacaba con benevolencia de aquello en que le habían ofendido, detuvo su ira contra los israelitas, al cambiar Dios mismo su propio juicio para no entristecer al amigo (cfr Ex 32,7-14). Todos estos testimonios son una clara demostración de que en la vida, Moisés alcanzó el límite más elevado de la perfección» (De vita Mosis 2,319).
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Dt 34,10
La conversación con Dios «cara a cara» indica un trato especialmente íntimo, pero no es preciso entenderlo al pie de la letra. Las visiones que los patriarcas y profetas —Abrahán, el mismo Moisés, Elías, Isaías, etc.— tuvieron de Dios en este mundo fueron indirectas, contemplando distintas manifestaciones de la gloria divina, del resplandor de su grandeza. Estas teofanías del Antiguo Testamento serán superadas por la epifanía de Jesucristo; ninguna revelación más perfecta puede hacer Dios de Sí mismo al hombre que la Encarnación de su Verbo eterno: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Jn 1,18).
Comparando la misión de Moisés con la de Jesús, San Cirilo de Alejandría enseñaba: «Nuestro Señor Jesucristo libró al mundo de los antiguos delitos: ya que Él es la verdad y santo por su naturaleza, que santifica a los que hayan creído por su sangre, y los constituye superiores a la muerte, y los introducirá en el mismo reino de los cielos, en la tierra verdaderamente santa y deseable, en las mansiones superiores, en la ciudad celeste, en la Iglesia de los primogénitos, cuyo artífice y creador es Dios» (Glaphyra in Deuteronomium 34,10).