Ressources Catholiques Missel Romain

précédent
 ▲ COMENTARIO

Si 16,24-23,38

Se inicia la segunda de las cinco secciones que se pueden distinguir en el libro de Ben Sirac. Su estructura, como la de todas ellas, es semejante a la que vimos en la parte anterior: primero (16,24-18,14), una introducción doctrinal acerca de la Sabiduría divina que el Creador manifiesta en sus obras; a continuación (18,15-23,38), una recopilación de enseñanzas prácticas. Lo mismo que en la sección anterior, es difícil encontrar un orden o una estructura que guíe la articulación de los consejos. Con todo, en esta parte se intensifican las llamadas a la prudencia al hablar.

 ▲ COMENTARIO

Si 16,24-18,14

La introducción doctrinal a la primera parte del libro (1,1-2,23) anticipaba sintéticamente el desarrollo de las principales ideas que lo configuran. Se centraba entonces, de modo más directo, en el Señor, el Único Dios, como origen de la sabiduría. Ahora se avanza un poco más, y en esta segunda parte se explica que al crear sus obras, el Altísimo puso orden entre todas ellas y estableció unas leyes que las rigieran siempre (16,27). En esta primera sección (cfr 16,24-31) se recuerdan algunas enseñanzas de los primeros capítulos del Génesis: la creación fue hecha «en el principio» (16,26a; Gn 1,1); en ella el Señor fue distinguiendo y estableciendo un orden en lo que creaba (16,26b; Gn 1,3-2,3), de modo que todo «era bueno» (16,30b; Gn 1,4.10.12.18.21.25.31), y «cubrió la superficie con toda clase de seres vivos» (16,31a; Gn 1,20-31).

Entre las criaturas sobresale de modo eminente el ser humano, creado a imagen de Dios (17,1; Gn 1,26-2,7). La razón humana, al observar la armonía del universo y de todos los seres que lo pueblan, puede descubrir en él unas leyes y llegar a conocer a Dios (17,1-8). San Pablo, en la Carta a los Romanos, volverá a incidir en la posibilidad de percibir «las perfecciones invisibles de Dios —su poder eterno y su divinidad— (…) a través de las cosas creadas» (Rm 1,20). Además, el hombre ha recibido la ayuda de la Ley divina para orientar su conducta de acuerdo con el conocimiento de Dios que se ha revelado en la historia. La Revelación sobrenatural de la Ley hecha a Moisés muestra con mayor esplendor la sabiduría de Dios (17,9-15).

De ahí procede la consideración de Dios como Juez y del hombre como criatura que debe rendir cuentas a su creador, no de modo meramente exterior, sino íntimo. Es una llamada bien razonada a la vuelta a Dios (cfr 17,16-32). Las ideas de Ben Sirac sobre el sentido de la vida y la muerte son luminosas, aunque sin llegar a la claridad de las expuestas en el Nuevo Testamento. Él es consciente de que el Señor retribuirá a los hombres fieles dándoles el «premio merecido» (17,19), sin embargo no llega a afirmar la existencia de la vida más allá de la muerte (17,25-32). En todo caso, para el autor, lo importante es dar gloria a Dios (17,25-27), y de ahí su llamada a la conversión (17,20.23.28).

La introducción doctrinal a esta segunda sección concluye elevándose, de nuevo, a la reflexión sobre la majestad y magnanimidad de Dios desde la comprobación de la pequeñez del hombre (cfr 18,1-14). Una vez asentada la insignificancia del ser humano, se pregunta Ben Sirac: ¿qué bien puede el hombre reportar a Dios? ¿Qué bien puede hacerle? Dios podría no tener en cuenta al hombre, ni para bien ni para mal. Es una pregunta sapiencial para enfatizar la benevolencia y misericordia de Dios hacia la criatura humana. El autor sagrado no dispone de la última revelación de Dios en Jesucristo; pero desde la contemplación de las misericordias de Dios con Israel le basta para acceder a una antropología que va bien encaminada. Juan Pablo II hace notar que «estos interrogantes están en el corazón de cada hombre, como lo demuestra muy bien el genio poético de todos los tiempos y de todos los pueblos, el cual, como profecía de la humanidad propone continuamente la “pregunta seria” que hace al hombre verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan la urgencia de encontrar un porqué a la existencia, a cada uno de sus instantes, a las etapas importantes y decisivas, así como a sus momentos más comunes. En estas cuestiones aparece un testimonio de la racionalidad profunda del existir humano, puesto que la inteligencia y la voluntad del hombre se ven solicitadas en ellas a buscar libremente la solución capaz de ofrecer un sentido pleno a la vida. Por tanto, estos interrogantes son la expresión más alta de la naturaleza del hombre: en consecuencia, la respuesta a ellos expresa la profundidad de su compromiso con la propia existencia. Especialmente, cuando se indaga el “porqué de las cosas” con totalidad en la búsqueda de la respuesta última y más exhaustiva, entonces la razón humana toca su culmen y se abre a la religiosidad. En efecto, la religiosidad representa la expresión más elevada de la persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota de la aspiración profunda del hombre a la verdad y está en la base de la búsqueda libre y personal que el hombre realiza sobre lo divino» (Fides et ratio, nota 28).

 ▲ COMENTARIO

Si 18,15-23,38

De nuevo, se recopila aquí, de forma algo revuelta, un conjunto de sentencias y recomendaciones prácticas, que vienen a ser la aplicación de las reflexiones teológicas de la sección precedente (16,24-18,14). De la magnanimidad divina se concluye cómo debe practicar la criatura humana la caridad con sus semejantes (18,15-29) y la necesidad de dominar las propias inclinaciones e instintos (18,30-19,3). Subraya el dominio que hay que tener sobre la propia lengua (19,4-18) y la necesidad de llevar a la práctica la verdadera sabiduría, que consiste en la observancia de la Ley de Dios (19,20-28). Repite ideas ya expuestas con otras imágenes y proverbios: discreción al hablar (20,1-8); las palabras del sabio y del necio (20,9-25); oprobio de ser mentiroso (20,26-28); sentencias varias (20,29-33); recriminación del pecado y la transgresión (21,1-11); diferencias entre sabios y necios (21,12-31); sobre el perezoso y los hijos malcriados (22,1-6); diversos aspectos de la necedad (22,7-22) y de la amistad (22,24-32), con una oración a Dios «Padre y dueño de mi vida» (22,33-23,6). Termina esta sección y la segunda parte de Ben Sirac con unas instrucciones sobre el hablar (23,7-20), cómo evitar la lujuria (22,21-31) y el peligro de la mujer adúltera (22,32-38).

 ▲ COMENTARIO

Si 18,15-29

En el núcleo de estas llamadas a la prudencia está la recomendación: «Antes de hablar, aprende» (18,19). Aunque pueda parecer una cuestión obvia, es una máxima llena de sabiduría, pues incide en la necesidad de adquirir los conocimientos adecuados para lo que se va a hacer o decir.

La cuestión es delicada, especialmente en lo que se refiere a la formación de la conciencia, pues de que se haya puesto el empeño necesario en formarla bien depende el que sea una ayuda para obrar rectamente, o quede adormecida sin lograr orientar rectamente el comportamiento. «La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, o sea “cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito al pecado” (Gaudium et spes, n. 16). Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: “La lámpara del cuerpo es el ojo. Por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!” (Mt 6,22-23). En las palabras de Jesús antes mencionadas encontramos también la llamada a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del Apóstol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a “transformarse renovando nuestra mente” (cfr Rm 12,2). En realidad, el “corazón” convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de la conciencia. En efecto para poder “distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12,2) sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de “connaturalidad” entre el hombre y el verdadero bien. Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús ha dicho: “El que obra la verdad, va a la luz” (Jn 3,21)» (Veritatis splendor, nn. 63-64).

 ▲ COMENTARIO

Si 18,30-19,3

El titulillo «Continencia de alma» viene como tal en algunos manuscritos griegos: de hecho resume adecuadamente las diversas manifestaciones de la virtud de la templanza que se reúnen en estos versículos. En el centro del grupo (19,1) hay una exhortación a cuidar las cosas pequeñas. No es extraño que la tradición ascética comentara este versículo precisamente en relación con las faltas leves: «Por eso está escrito: Quien desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá. En efecto, quien descuida llorar y evitar los pequeños pecados, pierde el estado de justicia no de repente, pero sí progresivamente. Quienes se exceden con frecuencia en los pequeños detalles deben ser amonestados para que caigan en la cuenta de que no es verdad que se peque menos en lo pequeño que en lo grave. Pues, al reconocer más rápidamente la mayor gravedad de un pecado, lo enmendamos con mayor prontitud; sin embargo, el pecado menor, justamente porque lo consideramos como casi nada, se convierte en peor, pues lo mantenemos en uso con mayor tranquilidad. Por eso, sucede a menudo que el alma habituada a males leves, no tiene reparo en los graves, y llega —nutrida de culpas— a cierta autojustificación de su maldad; de modo que, en la medida en que aprendió a pecar no temiendo a los menores, menosprecia el caer en los mayores» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 3,33).

 ▲ COMENTARIO

Si 19,4-18

Reflexión sobre los chismes, las habladurías, la murmuración y las calumnias. Como tantas veces, el sabio fustiga estos defectos con imágenes incisivas: flecha en el muslo, dolor como de parto. En el último versículo ofrece el antídoto correcto para vencer en la lucha y ser sabio: de la misma manera que el necio no tiene nada dentro de sí y las habladurías encuentran entonces sitio para moverse a gusto, el sabio debe hacer «sitio a la Ley del Altísimo» (v. 18).

 ▲ COMENTARIO

Si 19,20-28

A veces es difícil distinguir dónde comienza la prudencia y dónde acaba la astucia. Por eso, estas sentencias vienen precedidas de lo que podría ser el estribillo del libro (v. 18): «Toda sabiduría es temor del Señor», y «en toda sabiduría está la práctica de la Ley». En el temor de Dios —que incluye la reverencia y el amor— consiste la verdadera sabiduría; sin el temor de Dios, ni siquiera puede darse el comienzo de la sabiduría (cfr 1,l6), ni la coronación de ella (cfr 1,20). El anhelo de seguir el camino de la sabiduría dispone y estimula a la práctica de la Ley, porque la Ley divina contiene el camino y la norma de toda verdadera sabiduría. Hay, pues, una cierta equiparación entre sabiduría, temor de Dios y práctica de la Ley.

 ▲ COMENTARIO

Si 20,1-8

Preciosas consideraciones en torno a la corrección: hay que evitar la ira (v. 1), la violencia (v. 3), la indolencia y la precipitación (v. 6). Quizá el comienzo del v. 7 sea el que resuma más certeramente el comportamiento adecuado. San Gregorio Magno recurre a él en sus consejos ascéticos: «Aquellos que ven las malas acciones de los demás y, no obstante, reprimen su lengua con el silencio, actúan como quien, viendo las heridas, no aplican el medicamento. Así se hacen cooperadores de esa muerte, porque pudiendo curar no quieren hacerlo. Por tanto, la lengua debe ser prudentemente moderada, pero no tenerla totalmente amarrada. Pues está escrito: El sabio guarda silencio hasta la ocasión propicia. De modo que, cuando lo considere oportuno, dejando a un lado la censura del silencio, se ocupa provechosamente en decir aquello que sea conveniente» (Regula pastoralis 3,14).

 ▲ COMENTARIO

Si 20,9-33

La sección se compone de sentencias de sabiduría práctica en las que resulta difícil encontrar un orden. Con todo, hay dos motivos que le dan cierta unidad: las palabras en boca de los necios y de los sabios. Los vv. 9-25 hablan del «necio». El necio, en el lenguaje sapiencial de la Biblia, es el que no tiene suficiente nivel moral. Ante él el consejo de Ben Sirac es: ten cuidado con él, con aceptar sus favores, con hacerle caso cuando habla, o con imitarle. Obviamente, el prototipo de esta conducta es el mentiroso (vv. 26-28).

En los vv. 29-33 cambia el horizonte de los consejos. Si el necio debe callar, el sabio tiene que hablar: su sabiduría es un tesoro, un capital que no puede permanecer inactivo. Dirigiéndose a los pastores, el papa San Gregorio recoge estos dichos para enseñar la responsabilidad de corregir los errores y defectos; pero la doctrina es aplicable a todo cristiano maduro: «Si éstos escondieran el dinero que tengan ante los prójimos necesitados, sin duda se harían cómplices de su calamidad. Por tanto, consideren de qué delito se hacen culpables quienes esconden los remedios vitales para las almas que se mueren cuando no les dan la palabra de la predicación a esos hermanos pecadores. Por eso, cierto sabio dice con razón: Sabiduría escondida y tesoro invisible, ambos ¿de qué sirven? Si el hambre acosara a los pueblos y ellos conservaran escondidos los trigos, sin duda actuarían como cooperadores de su muerte. Por consiguiente, consideren con qué pena deberán ser castigados los que, mientras las almas se mueren a causa del hambre de la palabra, no administran el pan de la gracia que han recibido» (Regula pastoralis 3,25).

 ▲ COMENTARIO

Si 21,1-11

Como es habitual en los libros sapienciales, se aducen motivos de conveniencia para acoger los consejos que se ofrecen. Es necesario evitar el pecado por muchas razones, sobre todo, porque acaba derruyendo la vida del hombre (cfr 21,3-5). También por eso el sabio procurará evitarlo, y si en alguna ocasión cae buscará inmediatamente el perdón. «¿Has pecado, hijo? No lo vuelvas a hacer (Si 21,1). Mas para que no se creyera seguro con ello añadió: Y de los pecados pasados, pide que se te perdonen. (…) Pero ¿de qué sirve el pedirlo si no te haces digno de ser escuchado obrando los frutos dignos de la penitencia? (…) Por tanto, si queréis ser escuchados cuando suplicáis que se os perdonen vuestros pecados, “perdonad y se os perdonará; dad y se os dará”» (S. Agustín, Sermones 389,6).

 ▲ COMENTARIO

Si 21,12-31

Contraposición entre el necio y el sabio. El autor compara las reacciones y los comportamientos de uno y otro en las múltiples circunstancias que se dan en la vida. En los versículos iniciales se ofrece una vez más el consejo general que Ben Sirac repite con unas u otras palabras. Hay que ser astuto (cfr v. 14), pero eso no basta (cfr v. 15); lo realmente importante es temer al Señor (cfr v. 13) y guardar su Ley (cfr v. 12).

 ▲ COMENTARIO

Si 22,1-32

De nuevo Ben Sirac acude a imágenes de la sabiduría popular para expresar las consecuencias que pueden derivarse del trato con los necios (vv. 1-22). Las imágenes rozan muchas veces la hipérbole, ya que, como no se consigna un fundamento moral para esa conducta, tienen que ser forzosamente expresivas. En el caso de la educación de los hijos (vv. 3-6), es evidente que el autor sigue las costumbres del momento.

Frente a las prevenciones contra los necios, destaca el alcance de la amistad descrito en los vv. 24-32. Ben Sirac insiste sobre todo en qué hacer en los momentos de crisis: cuando media una ofensa contra un amigo, o cuando el amigo está en dificultades. La amistad es un gran don que no debe perderse, porque ella sola es capaz de transformar la convivencia humana: lo que en términos de relaciones sociales es motivo de contienda, en los amigos es motivo de gozo y emulación. Así lo recoge San Gregorio Nacianceno al describir los inicios de su amistad con San Basilio: «Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y, sin embargo, carecíamos de envidia; en cambio, teníamos en gran aprecio la emulación. Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia. Parecía que teníamos una misma alma que sustentaba dos cuerpos» (In laudem Basilii 19-21).

 ▲ COMENTARIO

Si 22,33-23,6

La segunda sección del Eclesiástico termina con una oración en la que Ben Sirac pide ayuda a Dios para no dejarse llevar por la maledicencia (23,7-20) ni por la lujuria (23,21-38).

La oración consta de dos partes. Cada una de ellas comienza por una pregunta y concluye con una petición llena de confianza a Dios. En la primera se pide su auxilio para no caer en los pecados de la lengua (22,33-23,1), y en la segunda para no caer en las redes de la sensualidad (23,2-6). Es la primera vez que en la Sagrada Escritura, casi al final de la época del Antiguo Testamento, aparece una oración en la que una persona se dirige a Dios llamándolo «Padre». A lo largo de la historia de Israel, Dios había ido mostrando su cercanía y cuidados paternales con su pueblo, y cada uno de los israelitas había podido experimentar esa providencia de Dios. Cuando Ben Sirac escribe su libro se aproxima el momento en que el Hijo de Dios hecho hombre lleve a la plenitud la revelación de Dios como Padre.

 ▲ COMENTARIO

Si 23,7-20

Tras haber pedido a Dios ayuda contra la maledicencia el autor muestra las consecuencias que se derivan del mal uso de la lengua, especialmente cuando se menciona el nombre de Dios o se le pone por testigo. «Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la Montaña: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘no perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos’. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno… sea vuestro lenguaje: ‘sí, sí’; ‘no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno” (Mt 5,33-34. 37; cfr St 5,12). Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2153).

 ▲ COMENTARIO

Si 23,21-38

Respondiendo a la segunda parte de la oración anterior (23,2-6), Ben Sirac presenta las consecuencias que se siguen de la lujuria. Como un motivo más que ayude a vivir la castidad, recuerda que siempre estamos en la presencia de Dios. Pecar confiando en que nadie es testigo de la torpeza es necio, pues nada escapa al Señor (vv. 25-27). De ahí, que en relación a estos versículos Clemente de Alejandría, contraponiendo lo que se ve externamente y lo que ve Dios, escribe: «Qué miserable es este hombre, que sólo teme los ojos humanos, y que imagina que pasará inadvertido a Dios (…) Porque quizá pasen inadvertidos a la luz visible, pero es imposible que pasen inadvertidos a la espiritual» (Paedagogus 2,99,3-5).

En los vv. 27-28 las versiones latinas cambian algunas expresiones, explicitando más hasta dónde llega la mirada de Dios. La Neovulgata en concreto dice así: «No comprende que su ojo ve todas las cosas, / porque semejante temor humano aparta de sí el temor de Dios (…) / y no se da cuenta que los ojos del Señor, / mucho más luminosos que el sol, / observan todos los caminos de los hombres y lo profundo del abismo, / y ven los rincones más secretos del corazón humano».

A continuación (vv. 32-38) se presenta el caso paralelo, cuando es la mujer quien falta al compromiso conyugal. Si antes se mostraba que el pecado del hombre no escapará al Altísimo, que todo lo ve, ahora se añade que el castigo por el pecado de adulterio de la mujer pasará también a sus hijos (vv. 35-36).

 ▲ COMENTARIO

Si 24,1-32,17

La tercera parte, de las cinco en que cabe dividir este libro, se dedica a mostrar que el cumplimiento de la Ley es el camino que conduce a la sabiduría. Su estructura es la habitual. Se pueden distinguir dos secciones: una primera, a modo de introducción doctrinal, acerca de las relaciones entre sabiduría y fidelidad a la Alianza (24,1-47); y otra segunda, como aplicación práctica de las reflexiones de la primera, acerca de muy diversos temas sobre la vida familiar y las relaciones sociales (25,1-32,17).

 ▲ COMENTARIO

Si 24,1-47

En la introducción a la primera parte (cfr 1,1-2,23) se adelantaba el contenido de las cinco grandes secciones doctrinales del libro y se trataba especialmente acerca de Dios como único origen de la sabiduría. En la segunda parte (cfr 16,24-18,14) se explicaba que Dios infundió la sabiduría en sus obras, y por eso el estudio de la naturaleza y del hombre es camino para alcanzarla. Se llega así a esta introducción doctrinal de la tercera parte en la que se trata de la Ley y la sabiduría. La novedad de Sirácida, como ya se ha vislumbrado antes, es ésta: la sabiduría no se alcanza sólo por el temor de Dios; ha de acompañarla el cumplimiento de la Ley. La Ley da la sabiduría, o, dicho de otro modo, la sabiduría se ha expresado en lenguaje humano en la Ley.

Muchos autores ven en esta sección el centro del libro. Lo es desde el punto de vista literario —como en muchas obras literarias de la antigüedad donde el argumento principal del libro se situaba en el centro—, pero, sobre todo, lo es por su contenido. Estos versículos contienen uno de los más bellos y ricos textos de la obra de Ben Sirac. Se trata de un elogio que la sabiduría hace de sí misma, proclamando que procede de la boca del Altísimo (v. 5), busca un lugar donde plantar su morada en la tierra (v. 11) y lo encuentra en el Templo de Jerusalén (v. 15). Allí arraigó (vv. 16-23) y desde allí mostró el camino a seguir (vv. 24-31). Se prepara así la identificación de la sabiduría con la Ley de Dios, como a continuación se señalará explícitamente (vv. 32-33).

Esta noción supone una profundización en la concepción de la sabiduría que se había ido manifestando en los libros sapienciales más antiguos. La presente alabanza de la sabiduría recuerda en parte a Pr 8,22-31, pero ahora se reúnen en ella los aspectos sapienciales, cultuales y legales que configuran la tradición religiosa de Israel. Si nos fijamos en la forma en que comienza el libro se observa aquí una polarización desde la universalidad de la creación del hombre a la elección específica de Israel como pueblo elegido, al que se ha dado la Alianza. El esquema mental está configurado sobre todo por el libro del Génesis: en ambas obras, Génesis y Sirácida, hay un proceso de selección y delimitación que va desde la universalidad del género humano, a un pueblo, el de Israel. Por tanto, parece claro que, para el autor, la Sabiduría de Dios se descubre en la revelación a Israel contenida en los escritos sagrados (cfr Prólogo 1-3): la Sabiduría de Dios se ha hecho Ley escrita. El autor del Prólogo del cuarto evangelio (Jn 1,1-18) seguramente tenía estas ideas en la cabeza cuando más tarde afirmó que este recorrido de la Sabiduría no acabó en la Ley, sino que, finalmente, el Verbo, la Sabiduría de Dios, se ha hecho carne (Jn 1,14) en Jesucristo, lo que significa que los hombres encuentran en Él la plenitud (Jn 1,16) de la gracia —de los dones de Dios— y de la verdad (Jn 1,17).

Para terminar esta sección el maestro de Israel habla de su tarea al buscar la sabiduría y enseñarla a sus discípulos, una labor enriquecedora de la que no sólo se beneficia él mismo sino todos los amantes del saber (vv. 40-47). Las versiones latinas introdujeron «la sabiduría» (v. 40) con la intención de aclarar el pasaje, que resultaba algo oscuro. Probablemente esa adición les indujo a añadir otra en el v. 41 («como cauce caudaloso de río»). Con esas inserciones se cambia de matiz el sentido del pasaje. En ambos casos parece más congruente la tradición manuscrita griega, en la que el «Yo» inicial del v. 40 es el mismo autor del libro, que se explicita más en el v. 47. En el marco geográfico de un desierto, en el que un oasis es como la mayor bendición, Ben Sirac considera que, si la sabiduría es como un inmenso río que inunda a Israel, él es un canal que riega modestamente una parcela.

Leídos estos textos a la luz del Nuevo Testamento se aprecia, como en Pr 8,22-31 antes citado, un avance hacia la plena manifestación de la Sabiduría de Dios en Cristo. En efecto, la Sabiduría está íntimamente unida a Dios pero es una persona distinta de Él, que procede de su boca —es su Palabra—. Se prepara así lo que se entenderá más a fondo en el contexto de la teología de la Trinidad. El eco de estas palabras del Sirácida resuena no sólo en el prólogo del Evangelio de San Juan, sino en otros pasajes del mismo evangelio. Por ejemplo, el lector de este texto recordará, al leer el v. 29, las palabras del Señor en el discurso sobre el «pan de vida»: «Jesús les respondió: Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá nunca sed» (Jn 6,35; cfr 4,14; 7,37).

Como en otros textos sapienciales, la Sabiduría está aquí personificada. Pero, además, se describe con rasgos que la presentan como un modelo ideal, inalcanzable con el solo esfuerzo humano. Por eso, la tradición cristiana los ha aplicado a Jesucristo, y también a la Virgen que es «llena de gracia», y por tanto, don completo de Dios. De ahí que, la devoción a nuestra Señora haya tomado la expresión del v. 24, «Madre del amor hermoso», como una advocación mariana. Lógicamente, el sentido de la expresión en la piedad cristiana es distinto del que tiene el texto original: «Ego quasi vitis fructificavi…: como vid eché hermosos sarmientos y mis flores dieron sabrosos y ricos frutos. (…) Que esa suavidad de olor que es la devoción a la Madre nuestra, abunde en nuestra alma y en el alma de todos los cristianos, y nos lleve a la confianza más completa en quien vela siempre por nosotros. Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza. Lecciones que nos recuerda hoy Santa María. Lección de amor hermoso, de vida limpia, de un corazón sensible y apasionado, para que aprendamos a ser fieles al servicio de la Iglesia. No es un amor cualquiera éste: es el Amor. Aquí no se dan traiciones, ni cálculos, ni olvidos. Un amor hermoso, porque tiene como principio y como fin el Dios tres veces Santo, que es toda la Hermosura y toda la Bondad y toda la Grandeza» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 277).

 ▲ COMENTARIO

Si 25,1-32,17

Esta larga sección, como ocurría en las dos partes anteriores de Ben Sirac, es un conjunto de proverbios y refranes que atañen a muy diversos aspectos de la conducta moral de la criatura humana en la vida familiar y social. No es fácil ver una estructura ordenada. Hay, primero, una recopilación de proverbios sobre la concordia entre hermanos, la amistad entre prójimos y el matrimonio bien avenido (25,1-16). Se detiene a considerar la desgracia que es tener una mujer maliciosa (25,17-35), y la suerte de haber desposado una mujer virtuosa (26,1-24). Pero a continuación viene un cambio de temática: peligro del afán desmedido de lucro (26,25-27,11); buen y mal uso de la lengua (27,12-24); vituperación de la hipocresía (27,25-30); malas consecuencias del ánimo vengativo y buenas de la práctica del perdón (27,31-28,13); vuelta sobre las malas lenguas (28,14-30); precauciones sobre los préstamos (29,1-10); elogio de la limosna (29,11-18); cautelas al salir fiador o garante (29,19-27); práctica y disfrute de la hospitalidad (29,28-35); educación de los hijos (30,1-13); salud, riqueza y alegría (30,14-27); seducciones de las riquezas (31,1-11); urbanidad en los banquetes (3,12-29); moderación en el vino (31,30-42); y de nuevo sobre los banquetes (32,1-17).

 ▲ COMENTARIO

Si 25,1-16

Los sabios del antiguo Oriente Medio buscaban la sabiduría para encontrar la felicidad. Todo hombre desea ser feliz, aunque no es fácil descubrir el modo de lograrlo plenamente. Ben Sirac plantea el tema con algunos proverbios numéricos (vv. 1-4 y 9-16) para concluir que en felicidad «nadie supera a quien teme al Señor» (v. 13). El «temor de Dios», como ya se ha hecho notar, no alude a una actitud de miedo sino al respeto debido al Creador y dador de la Ley, que se manifiesta en el acatamiento de sus mandamientos, en los que se concreta el recto orden moral. «El orden moral —enseña Juan Pablo II—, precisamente porque revela y propone el designio de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de su humanidad plena con el amor delicado y vinculante con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada creatura hacia su felicidad» (Familiaris consortio, n. 34).

 ▲ COMENTARIO

Si 25,17-26,24

Se reúnen varios proverbios y pensamientos que en su mayor parte aluden a las mujeres. Como en todo el Antiguo Testamento, y especialmente en algunos de sus pasajes, no se puede perder de vista que en el conjunto de la Sagrada Escritura hay un desarrollo progresivo de la Revelación. Algunos textos antiguos, como sucede con muchos de los pensamientos aquí contenidos, reflejan una mentalidad arcaica que ha sido superada en momentos posteriores de la Revelación divina.

Aunque desde el principio Dios creó al varón y a la mujer con igual dignidad, en las tradiciones populares de muchos pueblos, también en el antiguo Israel, el varón imponía valoraciones y actitudes injustas sobre la mujer. Jesús, con su ejemplo y con su enseñanza hizo frente a «aquella tradición que comportaba la discriminación de la mujer. En esta tradición —explica Juan Pablo II— el varón “dominaba”, sin tener en cuenta suficientemente a la mujer y a aquella dignidad que el “ethos” de la creación ha puesto en la base de las relaciones recíprocas de dos personas unidas en matrimonio» (Mulieris dignitatem, n. 12).

 ▲ COMENTARIO

Si 26,24

El manuscrito griego 248, la versión siríaca, algunos manuscritos latinos y citas de escritores eclesiásticos antiguos y Santos Padres incluyen aquí unos versículos, numerados del 19 al 27 en la numeración tradicional de los Setenta. Algunas ediciones del texto griego las recogen bien en letra pequeña o en notas. La Neovulgata, en cambio, no los recoge. Son los siguientes: «19Hijo mío, conserva sana la flor de tu juventud / y no entregues tu vigor a mujeres extrañas. / 20Busca el campo más fértil en toda la llanura / y siembra en ella tu propia simiente, / confiando en tu buen linaje. / 21Así, los vástagos que te sucedan / hablarán con orgullo de su nobleza. / 22Mujer de alquiler es mirada como esputo; / mujer casada es torre mortal para quienes la pretenden. / 23Esposa incrédula es el lote del impío; / mujer piadosa será dada a varón que teme al Señor. / 24Mujer desvergonzada gasta el tiempo en infamias; / hija pudorosa será modesta hasta con su marido. / 25Mujer impúdica es juzgada como perra; / mujer recatada temerá al Señor. / 26Mujer que honra a su marido / será vista por todos como sabia; / pero si por orgullo le deshonra, será tenida por impía. / 27Dichoso el marido de mujer virtuosa: / el número de sus días se duplicará».

 ▲ COMENTARIO

Si 26,25-27,33

No es fácil, desde el punto de vista temático, ver la unidad, o las pequeñas unidades, de todo este conjunto. Como en otras ocasiones, los proverbios recogidos aquí reflejan muchas veces la sabiduría popular y así se invita a obrar no fiado sólo en el momento presente o guiado por un análisis superficial, pues las consecuencias de los actos pueden volverse contra uno (cfr por ejemplo 27,28-33). Sin embargo, el motivo profundo que guía a Sirácida es religioso: se trata de no pecar (cfr 26,25-27,1), de no hacer lo que odia el Señor (cfr 27,27), de seguir siempre la justicia (cfr 27,9).

También hay en estos versículos una invitación a saber hablar y a saber escuchar (27,12-24). El sabio, sensato y prudente, se manifiesta en el hablar. Tiene el arte de saber decir la verdad de la manera adecuada en cada momento, de modo que su conversación sea siempre amable y llena de delicadeza con todos, también cuando otros conducen la conversación por derroteros inoportunos. «La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda petición de información o de comunicación. El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie esta obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla (cfr Si 27,17; Pr 25,9-10)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2489).

 ▲ COMENTARIO

Si 27,2

Aquí la Vulgata latina traía el v. 3 («Pero delito y delincuente serán quebrantados»). La Neovulgata no lo ha recogido, aunque ha conservado la numeración, dando un salto del v. 2 al 4.

 ▲ COMENTARIO

Si 28,1-13

Tres grupos de sentencias con un motivo común: no hay que buscar la discordia, sino la reconciliación y la paz. El primer grupo (vv. 1-5) se refiere al perdón: hay que perdonar para poder ser perdonado. El segundo grupo (vv. 6-9) expone los motivos singulares para no mantener el ánimo irritado contra el prójimo: hay que «recordar» quiénes somos y qué ha hecho Dios con nosotros. El tercer grupo (vv. 10-13) previene contra las disputas, porque una disputa no se queda en ella sino que engendra consecuencias más graves.

Parece claro que nuestro Señor tenía presentes estos u otros consejos semejantes al enseñar en el Padrenuestro: «perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6,12; cfr también Mt 6,14). «La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cfr Mt 5,43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan este testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2844). Y San Juan Crisóstomo citando 28,2-4 escribe: «Aunque no les causes ningún mal [a los enemigos], si les miras con poca benevolencia, conservando viva la herida dentro del alma, entonces tú no observas el mandamiento ordenado por Cristo. ¿Cómo es posible pedir a Dios que te sea propicio cuando no te has mostrado misericordioso, también tú, con quien te ha faltado?» (De compunctione 1,5).

 ▲ COMENTARIO

Si 28,14-30

Al leer este pasaje (y también 5,13; 14,1; 23,1.15-17; 28,15-30) se recuerda fácilmente el de St 3,1-12, que parece haberse inspirado en el libro de Ben Sirac.

En sus Catequesis bautismales San Juan Crisóstomo se apoya varias veces en el Sirácida, citándolo literalmente, según el texto griego. Así, por ejemplo, en su Segunda Catequesis considera muy importante en la formación del catecúmeno que adquiera el hábito de controlar su lengua. He aquí sus palabras: «Él [el demonio] está acostumbrado a intentar dañarnos por todos los medios, pero sobre todo a través de la lengua y de la boca, porque no hay para él instrumento más apropiado para engañarnos y perdernos que una lengua intemperante y una boca sin puertas. De aquí nacen nuestras numerosas caídas, de aquí nuestros graves motivos de acusación.

»Y cuán fácil sea resbalar con la lengua, alguien lo declaró cuando decía: Muchos cayeron a filo de espada, mas no tantos como los caídos por obra de la lengua (Si 28,22). Y la gravedad de la caída la revelaba el mismo diciendo: Mejor es resbalar en losa que resbalar en lengua (Si 20,20) (…). Pero no solamente habla de caídas, sino que además nos exhorta a que andemos con gran cuidado para no ser derribados, cuando dice así: Pon a tu boca puerta y cerrojos (Si 28,28), no para que realmente preparemos puertas y cerrojos, sino para que, con gran seguridad, cerremos a la lengua el paso a las palabras inconvenientes» (Catequesis ad illuminandos 2,4).

 ▲ COMENTARIO

Si 29,1-35

Se incluye ahora un conjunto de proverbios acerca de los préstamos y fianzas. En el fondo de esos consejos late la idea de que los bienes materiales no están para atesorarlos de modo egoísta y en provecho propio, sino para hacer el bien. Ciertamente emplear de ese modo las propias riquezas no está exento de riesgos, por lo que es necesario ejercitar la prudencia. Por eso, en el libro de los Proverbios se recomendaba ser cautos en préstamos y fianzas (cfr Pr 6,1-5; etc.). Sin embargo, tal circunstancia no debe ser excusa para que los bienes materiales puedan proporcionar sus beneficios a cuantas más personas mejor.

En coherencia con ese principio, el Magisterio de la Iglesia ha insistido con frecuencia a lo largo del siglo XX en que «los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos [cfr Gaudium et spes 69; Pablo VI, Populorum Progressio 22; Libertatis Conscientia 90; cfr Santo Tomás, S.Th. II-II q. 66, a.2]. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio —hace notar Juan Pablo II—. En efecto, sobre ella grava “una hipoteca social”, es decir, posee, como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes» (Sollicitudo rei socialis, n. 42).

 ▲ COMENTARIO

Si 30,1-13

Aunque los modos concretos del quehacer pedagógico responden a las costumbres del momento y en algunos aspectos se han de considerar superados, la llamada a la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos continúa manteniendo su vigor, de la misma manera que el ejercicio de las virtudes necesarias: la fortaleza, la paciencia, el buen ejemplo, etc. «Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. La familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Ésta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones “materiales e instintivas a las interiores y espirituales” (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos». (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2223).

 ▲ COMENTARIO

Si 30,14-27

Los consejos que ahora ofrece Sirácida tienen un cierto sabor epicúreo, aunque la polémica contra los ídolos y la referencia al Señor que se introducen, casi de lado, en los vv. 19-20 le confieren un tono más elevado. Con este fondo religioso el pasaje contiene una enseñanza sugerente: hay que procurar la salud corporal y espiritual. Es la doctrina que recoge la Iglesia, aunque de modo más trascendente, cuando mantiene el deseo de una vida plena para sus fieles. Así se expresa en una oración de la liturgia: «Te pedimos, Señor, que nosotros, tus siervos, gocemos siempre de salud de alma y cuerpo, y, por la intercesión de Santa María, la Virgen, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del cielo» (Misal Romano, Or. Colecta, Misa Común de Santa María Virgen).

 ▲ COMENTARIO

Si 31,1-11

Los bienes materiales, cuando uno se preocupa excesivamente de conseguirlos y aumentarlos, en vez de proporcionar serenidad y servir a la justicia, traen consigo inquietudes, desazones y pueden arrastrar a la ruina. No proporcionan mayor libertad, sino que conducen a una esclavitud. En el v. 8, el texto hebreo utiliza el término mammón para referirse a la riqueza expresada con la palabra «oro»: es la misma palabra que, en plural, utiliza el Señor en el Nuevo Testamento —«no podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6,24; Lc 16,13)—, pero con un sentido más radical que el autor del Eclesiástico, ya que, al personificar el término, y al poner a las riquezas en el mismo orden que Dios, sugiere la idolatría de quien obra de ese modo.

 ▲ COMENTARIO

Si 31,12-32,17

Con una larga serie de consejos acerca de la templanza y los detalles de educación en el comer se terminan las enseñanzas prácticas de esta tercera parte del libro del Eclesiástico. Primero se exponen algunas normas de corrección en la mesa (31,12-22), para seguir con recomendaciones sobre la moderación en el comer (31,23-29) y el beber (31,30-42), y se termina con otros consejos para quienes han de presidir un banquete (32,1-17). El lector occidental reconocerá aquí el origen de tantas normas elementales de buena educación que ha recibido desde su niñez. De hecho, muchas veces en la catequesis (cfr, por ejemplo, Clemente de Alejandría, Paedagogus 2,55,2-3) los Padres se limitan poco menos que a copiar algunos de estos consejos.

San Gregorio Magno aplica de modo alegórico la sentencia de Si 32,1 a los que gobiernan en la Iglesia, aunque su enseñanza se refiere a todo el que tiene alguna responsabilidad sobre otras personas: «Esfuércense los pastores sin descanso en humillar su autoridad exteriormente, para que no venza a la reflexión, ni arrastre al alma a complacerse en sí misma, no sea que no pudiéndola administrar ya con la mente, se apodere de ella el placer de dominar. Por eso, para que el ánimo del pastor no se engría complaciéndose en su poder, se dice acertadamente por el sabio: ¿Te han puesto a presidir? No te envanezcas…» (Regula pastoralis 3,6).

 ▲ COMENTARIO

Si 32,18-42,14

Ésta puede ser considerada la cuarta parte de Ben Sirac. También aquí se observa un esquema bipartito: una primera sección (32,18-33,18), a manera de introducción teológica sobre el temor de Dios y la Sabiduría divina, que ha creado admirables diferencias entre los seres; después su aplicación práctica al tratamiento moral concreto de los diversos seres, clases de personas y cosas, tratamiento que ha de estar de acuerdo con la diversificación que tienen ya desde su creación (33,19-42,14).

 ▲ COMENTARIO

Si 32,18-33,18

En la introducción doctrinal a esta cuarta parte del libro, Ben Sirac continúa exponiendo sistemáticamente las ideas que desea trasmitir. En la primera (1,1-2,23) se había ocupado de Dios como único origen de la sabiduría. En la segunda (16,24-18,14) hacía notar que el estudio de la naturaleza y del hombre es camino para alcanzar la sabiduría que Dios infundió en sus obras. En la tercera habló de la Ley como fuente de sabiduría (24,1-47). Llega, pues, el momento de exponer con detenimiento algo que ya había apuntado desde el principio, y es que «el temor del Señor es sabiduría y enseñanza» (1,34), o, dicho de otro modo, que el cumplimiento de la Ley, de las normas que el propio Creador ha manifestado, ha de estar motivado por el principio fundamental de reverencia a Dios y de reconocimiento de su bondad; en esto consiste el temor del Señor, que lleva a la sabiduría y a alcanzar la felicidad.

Se explaya Ben Sirac sobre la función del temor de Dios en el aprendizaje de la sabiduría (32,18-33,6), trae a consideración las maravillas de la diversificación de los seres desde su creación (33,7-15), y termina con un apunte autobiográfico, algo inusual en el Antiguo Testamento (33,16-18).

El que «teme al Señor» no es engreído ni se considera capacitado para descubrir por sí mismo toda la verdad ni el modo más adecuado de actuar en todo momento, sino que sabe contar con el parecer de los demás y pide consejo con sencillez para discernir con la ayuda de personas prudentes cuál es la voluntad de Dios (cfr 32,22-26). Por eso, San Gregorio Magno dice que los atolondrados «se adelantan al momento oportuno de hacer una obra buena, echan a perder su valor; y, con frecuencia, llegan a caer en el mal, por no discernir el bien. Éstos no consideran el qué y el cuándo del actuar, aunque normalmente reconozcan que no deberían haber actuado así. A éstos, como si fueran sus oyentes, les dice Salomón: Hijo, no hagas nada sin tomar consejo, así no tendrás luego que arrepentirte de tus actos» (S. Gregorio Magno, Regula pastoralis 3,15).

suivant