COMENTARIOS:
ECLESIÁSTICO (SIRÁCIDA)
▲ COMENTARIO
Si Prólogo
El Prólogo no pertenece al libro original de Ben Sirac, sino que fue escrito por su nieto para presentar la traducción griega que había realizado. Este prólogo proporciona datos que ayudan a situar el libro del Eclesiástico en su contexto histórico, cultural y literario. Los intérpretes han discutido acerca de la inspiración divina de esta pieza. El hecho de que se haya conservado en los manuscritos y ediciones del libro aboga por una solución afirmativa.
El traductor señala de modo explícito aunque conciso la principal originalidad de este libro, que consiste en haber sido compuesto para que los amantes del saber, además de adquirir la sabiduría, pueden progresar en una conducta conforme a la Ley (vv. 12-14). Sirácida quiere orientar a quienes buscan respuesta a las nobles exigencias de la razón y desean saber en qué medida tal búsqueda es compatible con la aceptación de las normas de comportamiento que el Señor ha manifestado a su pueblo. Su mensaje es que Ley de Dios y racionalidad no son instancias contrapuestas sino complementarias. Se trata de una cuestión relevante, pues, en las siempre nuevas y cambiantes circunstancias de la vida humana, «la vida moral —recuerda Juan Pablo II— exige la creatividad y la ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos deliberados. Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina» (Veritatis splendor, n. 40).
El autor del Prólogo se enorgullece de los libros sagrados de Israel que le han dado una «doctrina y sabiduría» tan encomiables (vv. 1-3). San Pablo, recogiendo esta idea, precisará más tarde que esa sabiduría no es un fin en sí misma, sino una pedagogía que conduce a Jesucristo salvador. Así se lo escribe a Timoteo: «Pero tú permanece firme en lo que has aprendido y creído, ya que sabes de quiénes lo aprendiste, y porque desde niño conoces la Sagrada Escritura, que puede darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena» (2 Tm 3,14-17).
▲ COMENTARIO
Si 1,1-16,23
Así como la Torah está constituida por los cinco libros del Pentateuco, la obra de Ben Sirac también se podría considerar dividida en cinco partes, en las que poco a poco el maestro va condensando su enseñanza. La primera de ellas ocupa casi dieciséis capítulos. Comienza con una introducción de tipo doctrinal sobre el origen divino de la sabiduría (1,1-2,23). A continuación (3,1-16-23), se incluye un conjunto de enseñanzas prácticas sobre aspectos muy diversos de la vida corriente: la piedad filial (3,1-18), la solidaridad (4,1-11), las virtudes humanas (3,19-32; 4,30-5,17; etc.), etc. Como un estribillo, se intercalan periódicamente exhortaciones a la prudencia y a adquirir la verdadera sabiduría.
▲ COMENTARIO
Si 1,1-2,23
En la introducción doctrinal a la primera parte del libro de Ben Sirac se apuntan las grandes líneas de pensamiento que se irán desarrollando a lo largo de su obra. Trata en concreto acerca del Señor como origen de la sabiduría y de la actitud que el hombre ha de adoptar ante Él para conseguir ser sabio. En la traducción griega de esta obra, lo mismo que sucede en la traducción de los Setenta de otros libros del Antiguo Testamento, se utiliza el término «el Señor» en los lugares donde el texto hebreo emplea el nombre propio de Dios, Yhwh.
La primera cuestión que se plantea es: ¿de dónde viene la sabiduría? Y la respuesta es clara desde el principio: «Toda sabiduría procede del Señor y está eternamente con Él» (1,1). No hay otra fuente que el único Dios: «Uno sólo es sabio» (1,8). Él creó todas las cosas y «ha infundido la sabiduría en todas sus obras» (cfr 1,10). Por lo tanto la observación y estudio de la naturaleza y del hombre es camino para descubrirla. De todo esto se hablará con más detalle en la sección introductoria a la segunda parte del libro (16,24-18,14).
Ahora bien, cada una de las criaturas ha sido hecha con unas características propias y la sabiduría del Señor se manifiesta en el orden de lo creado y en las leyes que rigen el funcionamiento de la naturaleza y de la actuación de los hombres. El propio ser humano alcanzará la felicidad y la sabiduría si se ajusta a esas normas que el Señor le ha marcado. Por eso, Ben Sirac expresa con claridad lo que constituye la principal aportación de todo su libro: «Si deseas la sabiduría, guarda los mandamientos» (1,33). Quien se acerca al Señor con sencillez y corazón dispuesto a escuchar y llevar a la práctica sus preceptos encontrará la respuesta que busca su afán de conocer el porqué de las cosas que hay sobre la tierra. En la introducción a la tercera parte del libro se desarrollarán más a fondo estas ideas (24,1-47).
En consecuencia, la actitud lógica de quien está abierto a recibir la sabiduría es el respeto agradecido que se debe al Creador y que se manifiesta en una conducta respetuosa con las normas de funcionamiento impresas con sabiduría en la naturaleza creada. Esto es lo que en la tradición de Israel se llama «el temor del Señor», que por eso mismo es «sabiduría y enseñanza» (1,34). La expresión «temor del Señor» no alude, pues, en absoluto a que haya que tener miedo a Dios. Por el contrario, es un modo reverente de indicar la actitud religiosa del hombre ante quien se ocupa de él con tanta solicitud. Cuando en la cuarta parte del Eclesiástico se expongan los motivos de fondo de las enseñanzas prácticas, se hará notar la necesidad del temor del Señor para ser sabio (32,18-33,18).
Quien comienza a poner los medios para progresar en el camino de la sabiduría ha de estar dispuesto a mantenerse fiel al Señor porque no le faltarán las dificultades. Pero tiene motivos de sobra para confiar en Dios. Entre otros, la experiencia de lo sucedido en la historia: «Fijaos en las generaciones pasadas y aprended: ¿Quién confió en el Señor y quedó avergonzado?» (2,11). La quinta y última parte del libro ofrecerá una glosa detallada de esos testimonios (44,1-50,23).
Las ideas que se exponen en estos capítulos preparan el camino para la plena manifestación de la Sabiduría de Dios, realizada en la Encarnación del Verbo tal como se expresa en el Prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1,1-18). A la luz de este texto del Nuevo Testamento se entiende mejor el sentido pleno de algunas de las afirmaciones que aquí se realizan. «Toda sabiduría procede del Señor y está eternamente con él» (1,1), pues «el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1,1); el Señor «la ha infundido en todas sus obras, en todo viviente, conforme a su generosidad» (1,10a), pues «todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,3-4); y el Señor «la ha comunicado a los que le aman» (1,10b), pues «a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios» (Jn 1,12-13). La Ley dada por Dios en el Antiguo Testamento preparó el camino para la plena manifestación de Dios mismo en quien se encierra toda la Sabiduría: «La Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17). La Carta a los Hebreos, siguiendo la invitación de Si 2,11, invita a contemplar el testimonio admirable de fe que ofrecen los grandes hombres de Israel (cfr Hb 11,1-40).
Los primeros comentaristas cristianos no dejaron de percibir en las frases del Sirácida alusiones a la plenitud de la revelación de Dios en Jesucristo: «El divino Pedagogo [Jesucristo] es digno de nuestra plena confianza, porque posee las tres más hermosas cualidades: el saber, la benevolencia y la franqueza. El saber, porque es la sabiduría del Padre: Toda sabiduría procede del Señor, y con Él está por siempre (Si 1,1); la franqueza, porque es Dios y Creador: Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada se hizo (Jn 1,9); la benevolencia, porque se ha entregado a sí mismo como víctima única por nosotros» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 1,97,3).
▲ COMENTARIO
Si 1,18
El v. 19 y todos los que más adelante aparezcan entre paréntesis corresponden al texto de la Vulgata, y han sido omitidos por la Neovulgata.
▲ COMENTARIO
Si 1,37-40
Estas sentencias sobre el dominio de la lengua encuentran su desarrollo más preciso en la carta de Santiago (St 3,1-18) y han sido desarrolladas ampliamente por los Padres de la Iglesia: «Perseverar en la adversidad y soportar los males, sostenerse hasta el fin en la tentación y no ceder en la sorpresa a la ira, ni decir palabra insensata, ni sospechar ni pensar cosa que no convenga a un hombre piadoso» (S. Máximo el Confesor, Liber asceticus 21).
▲ COMENTARIO
Si 3,1-16,23
A lo largo del libro a cada exposición doctrinal le sigue una sección compuesta de consejos prácticos, reflexiones sapienciales sobre el comportamiento, elogios de las diversas virtudes y de los verdaderos bienes, etc. Ésta es la primera de ellas. El lector encontrará aquí una exhortación práctica a la prudencia en su verdadera dimensión y en su más diversas manifestaciones.
▲ COMENTARIO
Si 3,1-18
La sabiduría tradicional invita a observar atentamente lo que sucede, para encontrar los modos más eficaces de alcanzar la felicidad. Desde esa perspectiva se contemplan ahora las relaciones de los hijos con sus padres: honrar a los padres trae beneficios.
Sin embargo, la perspectiva de Ben Sirac es, por encima de todo, religiosa: «Quien teme al Señor honra a los padres» (v. 8). El Decálogo así lo establecía claramente: «Honra a tu padre y a tu madre, como te mandó el Señor, tu Dios, para que se alarguen tus días y te vaya bien en la tierra» (Dt 5,16; cfr Ex 20,12), y estos versículos son una preciosa glosa, en la que no se ahorran elogios para quien cumple delicadamente este mandamiento. Con todo, el v. 3 señala también un hondo motivo para vivir la piedad filial: los buenos hijos son, sobre todo, honra gloriosa para los padres. Con razón la liturgia de la Iglesia recoge estos versículos como primera lectura en la fiesta de la Sagrada Familia, pues Dios honró a Santa María y a San José con Jesús.
Finalmente (cfr vv. 14-18), el texto se detiene en los deberes de piedad filial cuando los padres no pueden valerse por sí mismos: «El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cfr Mc 7,10-12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2218).
▲ COMENTARIO
Si 3,19-32
Siguiendo con la costumbre, procedente del ámbito escolar, el autor se dirige a su lector como el maestro a su discípulo: «Hijo» (v. 19; cfr Pr 1,8; etc.). Va a tratar de una virtud fundamental para el amante de la sabiduría: la humildad para reconocer las propias carencias y abrirse confiadamente con ánimo de aprender. En el contexto en que Ben Sirac escribió su obra, la filosofía griega y los nuevos conocimientos deslumbraban a muchos. Algunos abandonaban la Ley de Dios y la enseñanza tradicional de Israel para seguir a los maestros extranjeros. El orgullo de la razón, que se consideraba capaz de encontrar respuestas para todo, les impedía acoger con sencillez las verdades que Dios había puesto al alcance de quienes lo buscan sinceramente.
Forma parte del legado del Antiguo Testamento la idea de que Dios concede su favor a los humildes (cfr Pr 3,34; Sal 25,14). El Nuevo Testamento pone en boca de Santa María en el canto del Magnificat una expresión llena de gozo al experimentar esa realidad. La Virgen se siente humilde esclava del Señor y proclama que Dios la ha favorecido escogiéndola como instrumento para manifestar la salvación a su pueblo. De ahí que pueda clamar: «Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48).
En la línea de los consejos del Sirácida grandes pensadores como San Buenaventura han visto la necesidad ineludible de la piedad humilde para alcanzar la verdad: «No es suficiente la lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción, la búsqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la actividad disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la divina gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada por Dios» (Itinerarium mentis in Deum, Prol. 4).
▲ COMENTARIO
Si 3,33-4,11
En la Ley de Dios no faltan llamadas a la responsabilidad de socorrer a quien padece necesidad (Dt 15,7-11), por lo que la limosna es una obra de misericordia muy querida y practicada por los hombres piadosos de Israel. En el libro de Tobías se contienen bellos ejemplos y enseñanzas (cfr Tb 1,3.16; 4,7-16; 12,8-9; 14,2.8-11). La limosna «es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cfr Mt 6,2-4): “El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo” (Lc 3,11). “Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros” (Lc 11,41). “Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘id en paz, calentaos o hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?” (St 2,15-16; cfr 1 Jn 3,17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2447).
La preocupación positiva por ayudar al prójimo cuando lo necesita es consecuencia de la fraternidad que hay entre los hombres, pues todos somos hijos de Dios. Y, si cabe hablar así, Dios se conmueve al constatar el amor entre sus hijos. El versículo que cierra esta sección expresa con gran fuerza el premio que Dios da al que así se comporta: le amará más que su propia madre (cfr 4,11).
▲ COMENTARIO
Si 4,12-22
Este texto, lo mismo que algunos otros de los libros sapienciales, proclama los bienes que reporta la sabiduría a quienes la buscan. Leído en un contexto cristiano, en el que es posible reconocer a Jesucristo como la Sabiduría de Dios que se ha hecho hombre, cada una de sus afirmaciones se llena de sentido. Desde esa perspectiva buscar la sabiduría es inseparable de buscar «al Santo» (v. 15), es decir, a Dios mismo. El camino descrito en estas líneas (vv. 18-22), con todas sus vicisitudes, es el camino del conocimiento y la intimidad con Dios.
▲ COMENTARIO
Si 4,23-36
Reflexiones sobre aquello que debemos afrontar y aquello de lo que nos debemos avergonzar. En el centro de estos consejos se encuentra (cfr v. 25) una máxima paradójica de estilo enigmático, que ha sido utilizada por varios Padres de la Iglesia en sus catequesis. Así la explicaba el papa San Gregorio Magno: «Cuando traemos a la mente el mal cometido y nos arrepentimos, sufrimos al momento una pesada y amarga confusión: un torbellino de pensamientos agita el ánimo, lo oprime la amargura, la ansiedad lo devasta, el alma cae en la tristeza (…). Así pues (…), que la aflicción del arrepentimiento perturbe con una justa amargura el atractivo del mal» (Moralia in Iob 4,32).
Por su parte, Nicetas de Remesiana, también recurría a este versículo: «Y que no se avergüence nadie del buen deseo de la santidad, pues los malos no se avergüenzan de perpetrar infamias. Con razón, pues, dice la Escritura en los proverbios: Existe una vergüenza que conduce al pecado. En efecto, sentirse avergonzado de una obra buena es pecado, como el no sentirse confundido de hacer el mal es la perdición» (De vigiliis servorum Dei 3).
▲ COMENTARIO
Si 5,1-7
Una de las tentaciones más frecuentes es la presunción, es decir, confiar en exceso. Hay quienes se jactan de tener fortuna, fuerzas físicas e inteligencia para hacer lo que les place, como si fuesen autosuficientes y no hubieran de dar cuentas de sus acciones a nadie. Llegará el momento en que «el Señor hará justicia» (v. 3), advierte Ben Sirac. Pero hay una presunción aún peor, la de quienes se fían en exceso de la bondad de Dios, pecan sin temor, no valoran el arrepentimiento y, si es el caso, dilatan afrontar la conversión confiando temerariamente en la misericordia divina.
Se trata de una actitud ante la que se ha de estar prevenidos, pues en definitiva es reflejo de la fe que uno tiene en Dios. «Está escrito: El Señor que paga es paciente, de ahí que tolere largo tiempo a los que condena para siempre. Unas veces golpea con rapidez, para socorrer con su consuelo la pusilanimidad de los inocentes. Otras veces, Dios, en su omnipotencia, deja que los inicuos prevalezcan por mucho tiempo para limpiar con mayor pureza la vida de los justos. Otras, fulmina al momento a los injustos y conforta con su intervención los corazones de los inocentes. Si golpeara ahora a todos los que hacen el mal, ¿qué quedaría entonces para el juicio final? Y si no los golpease nunca, ¿quién creería que el Señor se ocupa de los asuntos humanos? Así pues, hiere unas veces a los inicuos para mostrar que no deja impune la maldad; tolera otras veces a los malvados largo tiempo para dar a entender, a los que meditan sobre ello, qué juicio les está reservado» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 5,35).
▲ COMENTARIO
Si 5,8-17
Sigue el autor dando consejos sobre las virtudes humanas. En el centro de todos ellos quizás esté la invitación a la prudencia al hablar, como señal de toda conducta moderada. El autor de la carta de Santiago se hace eco de la recomendación del v. 13 cuando dice: «Bien lo sabéis, hermanos míos queridísimos. Que cada uno sea diligente para escuchar, pero lento para hablar y lento para la ira» (St 1,19). La prudencia al hablar forma parte de toda catequesis sobre la caridad y de la ascética sobre el dominio de sí: «Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes… Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 173).
▲ COMENTARIO
Si 6,1-17
Ésta es la primera ocasión en que Ben Sirac trata acerca de la amistad, una de las cuestiones que aparecen repetidas en su enseñanza (9,14-23; 19,13-17; 22,24-32; 27,17-24; 37,1-19), hasta el punto de que Eclesiástico es el libro de la Biblia donde más se habla de ella. En éste y en los demás pasajes, más que un desarrollo teórico acerca de la amistad, el autor desciende a lo concreto para mostrar con ejemplos y situaciones reales qué se espera de un amigo.
En el Evangelio hay ejemplos expresivos del trato de Jesús con sus amigos y enseñanzas preciosas acerca de lo importante en la amistad y los límites hasta los que se ha de llegar: «Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Y San Ambrosio comentando el versículo 16 escribe: «La amistad debe ser constante (…). No dejes al amigo en la necesidad ni le hagas daño ni le abandones, porque la amistad es una ayuda para la vida» (De officiis 2,3,22).
Contemplando el ejemplo de Jesús, San Josemaría Escrivá invitaba a pensar: «Un amigo es un tesoro. —Pues… ¡un Amigo!…, que donde está tu tesoro allí está tu corazón» (Camino, n. 421).
▲ COMENTARIO
Si 6,18-37
El maestro da algunos consejos al discípulo acerca del esfuerzo y el tesón necesarios para adquirir la sabiduría.
Primero habla de docilidad y disponibilidad para asumir el trabajo, utilizando diversas imágenes de las labores agrícolas y, en especial, la del yugo (cfr v. 25-26), aunque advirtiendo que no supone una carga insoportable. Estas expresiones encuentran eco en las palabras de Jesús, que invita al hombre a unirse a Él y a encontrar en la ley que Él propone la verdadera Sabiduría y la paz del alma: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,29).
Después, según la tradición pedagógica del Antiguo Oriente, recomienda dedicar tiempo y atención a aprender de los ancianos frecuentando su trato y siguiendo su ejemplo. Por último, volviendo a una de las ideas que aparecen continuamente a lo largo del libro, concluye con su consejo habitual al discípulo que quiere ser sabio: debe meditar los preceptos del Señor y ejercitarse en sus mandamientos (v. 37). Y es que la verdadera madurez, más que la edad, la da el cumplimiento de la voluntad de Dios: «Has de tener la mesura, la fortaleza, el sentido de responsabilidad que adquieren muchos a la vuelta de los años, con la vejez. Alcanzarás todo esto, siendo joven, si no me pierdes el sentido sobrenatural de hijo de Dios: porque Él te dará, más que a los ancianos, esas condiciones convenientes para hacer tu labor de apóstol» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 53).
▲ COMENTARIO
Si 7,1-19
Lo mismo que con los mandamientos de la Ley, que son positivos y negativos, nos encontramos ahora con una sección de consejos negativos. El maestro le dice a su discípulo lo que no debe hacer. El uso de esta forma «no significa que, en la vida moral, las prohibiciones sean más importantes que el compromiso para hacer el bien, como viene indicado por los mandamientos positivos. La razón es más bien la siguiente: el mandamiento del amor de Dios y del prójimo no tiene en su dinámica positiva ningún límite superior, sino más bien uno inferior por debajo del cual se viola el mandamiento» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 52).
▲ COMENTARIO
Si 7,20-30
En la sociedad israelita el entorno familiar era extenso ya que incluía al menos a padres, hijos y nietos, así como a las personas que trabajaban al servicio de la casa. En el ámbito doméstico se desarrollaba gran parte de la vida y actividad ordinaria de cada persona. Por eso, quien busca la sabiduría conviene que actúe sabiamente con quienes tiene cerca. En el Nuevo Testamento, San Pablo no deja de exhortar en sus cartas a llevar una vida cristiana coherente en la propia familia (Ef 5,21-6,9; Col 3,18-4,1). En continuidad con la doctrina de la Revelación, el Magisterio denomina a la familia «iglesia doméstica» y camino del hombre, porque «entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre» (Juan Pablo II, Carta a las familias, n. 2).
▲ COMENTARIO
Si 7,31-40
Muestra singular de religiosidad es el respeto hacia los sacerdotes, ministros del Señor (vv. 31-35). Como testimonio de la veneración debida a quienes corresponden las tareas de culto se recuerda que se les proporcione lo establecido en la Ley para su sustento (cfr Ex 29,26-28; Lv 7,32-34; Nm 18,11-32; Dt 18,3-4).
Los vv. 36-40 recogen una de las muchas formulaciones presentes en la Sagrada Escritura de lo que la Tradición de la Iglesia ha llamado «obras de misericordia»: «Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cfr Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cfr Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cfr Tb 4,5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cfr Mt 6,2-4)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2447).
▲ COMENTARIO
Si 8,1-9,23
Llama la atención en estos dos capítulos la larga serie de consejos que comienzan con la palabra «No». Se trata de una expresiva llamada a la prudencia en el trato con las diversas personas y en diversas situaciones: en la vida social (8,1-22), con las mujeres (9,1-13), y con los amigos (9,14-23). La consideración, muchas veces negativa, que reciben las mujeres a lo largo de este libro choca al lector actual. Para entender su sentido correcto, debe tenerse presente que el autor es un sabio que, en una sociedad patriarcal, ofrece a sus jóvenes alumnos consejos para la vida que se les abre.
Todas las sentencias de esta parte son enormemente expresivas; apenas necesitan comentario. Tienen el sabor de la sabiduría popular, de las cosas aprendidas de la experiencia. Éste es, probablemente, el contexto en el que también nuestro Señor llamó la atención de sus discípulos para que, sin perder la sencillez, no fueran excesivamente ingenuos al desarrollar su misión en todos los ambientes: «Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sed sagaces como las serpientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). Y comenta Clemente de Alejandría: «No basta que los que son prudentes se mantengan puros, sino que han de procurar mantenerse al margen de todo reproche, no dando motivo alguno para la sospecha» (Paedagogus 3,83,2).
▲ COMENTARIO
Si 9,24-10,5
Consejos para el buen gobierno. Como en muchas ocasiones a lo largo del libro, los últimos versículos dan luz sobre el fundamento de los consejos que preceden: ninguna cosa escapa al Señor, cuánto menos el lugar de las personas que, de alguna manera, son autoridad.
▲ COMENTARIO
Si 10,6-22
Alegato contra la ira y la soberbia (vv. 6-7). El autor recuerda que el hombre no fue creado con estos dos vicios (v. 22), sino que tienen su origen en el pecado (cfr v. 15). La tradición cristiana los ha encuadrado entre los denominados pecados capitales: «Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a S. Juan Casiano (Conlatio 5,2) y a S. Gregorio Magno (Mor. 31,45). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1866).
Ben Sirac se detiene en la soberbia. Dos consideraciones presiden su discurso: la insensatez que supone enorgullecerse de las cualidades o de la propia posición (vv. 10-13) y, sobre todo, cuánto nos aleja del Señor ese pecado. Unas palabras semejantes a las de los vv. 17-18 se recogen más tarde en el Magnificat, la oración de Santa María. Por eso, la Virgen aparece también como modelo cumplido de humildad: «Humildad es mirarnos como somos, sin paliativos, con la verdad. Y al comprender que apenas valemos algo, nos abrimos a la grandeza de Dios: ésta es nuestra grandeza. ¡Qué bien lo entendía Nuestra Señora, la Santa Madre de Jesús, la criatura más excelsa de cuantas han existido y existirán sobre la tierra! María glorifica el poder del Señor, que derribó del solio a los poderosos y ensalzó a los humildes (Lc 1,52)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 96).
▲ COMENTARIO
Si 10,23-11,10
Muchas veces se observa que personas que actúan mal gozan de fortuna y fama, mientras gente que pasa la vida trabajando honradamente no ve reconocido su esfuerzo e incluso a veces son criticados. ¿Es que no han actuado con sabiduría? Ésta es la cuestión a la que Ben Sirac responde.
Su enseñanza es que linaje, riquezas y fama no traen consigo un honor verdadero. El cumplimento de lo que Dios pide es lo que honra verdaderamente a una persona, no la posición social ni la riqueza (10,23-28), que pueden inducir a la arrogancia, actitud contraria a la sabiduría (10,29-32). La sabiduría, en cambio, lleva a la humildad y puede darse por igual en el rico y en el pobre (10,33-34), aunque las apariencias puedan inducir a pensar de otra manera en el caso del pobre (11,1-6). Al final sólo el humilde será honrado entre los grandes (11,1) mientras que los poderosos serán humillados (11,6). Indicaría falta de sabiduría alabar o despreciar a alguien en razón de lo que a simple vista parece (11,2) o al vestido que lleva (11,4). Las apariencias engañan, como lo muestra la miel que produce la abeja (11,3) y, sobre todo, las maravillas que hace Dios y que sólo Él conoce (11,4). Se trata en definitiva de una llamada a valorar a los hombres no por lo que tienen o parecen sino por lo que son.
▲ COMENTARIO
Si 11,11-30
Continúa el tema iniciado en el apartado anterior, y se enseña ahora que la vida y los bienes de este mundo vienen de Dios, lo mismo que la sabiduría (vv. 11-17). Él es quien favorece a los humildes y les da fuerza para realizar las buenas obras (v. 15), porque —como escribirá San Pablo— «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Flp 2,13). El hombre que cree que todo lo consigue con su esfuerzo sin contar con Dios se equivoca, pues todo le será arrebatado a la hora de la muerte (vv. 18-30). Las palabras de Ben Sirac apuntan a la enseñanza de Jesús en la parábola acerca del hombre rico que confiado en sus bienes sólo piensa en disfrutarlos y le sobreviene la muerte: «Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,21).
Ciertamente, para el autor del libro la prosperidad del pecador es efímera y el pensamiento de la muerte es el mejor antídoto contra el orgullo: sólo al final de la vida es posible hacer balance. «Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su cumbre» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 18). En estos versículos finales del pasaje (vv. 28-30) se vislumbran las ideas del autor sagrado sobre estos momentos. Ben Sirac advierte claramente que el Señor recompensará a cada uno según su conducta (v. 28), y, aunque no habla explícitamente de una vida ultraterrena, sí advierte que una vida lograda producirá, en el momento de morir, el sentimiento de que uno ha cumplido su destino, que su existencia ha tenido sentido, que el proyecto trazado ha sido llevado a cabo; uno puede entonces morir en paz. Hasta ese momento cabe la posibilidad de que el hombre tuerza su conducta y reciba el castigo divino (v. 30).
▲ COMENTARIO
Si 11,31-12,19
Las máximas de esta sección reclaman de nuevo prudencia en las relaciones con los demás. El autor se detiene en tres casos distintos: con quién hay que ejercer la hospitalidad (11,31-36), a quién hay que hacer el bien (12,1-7), y cómo reconocer a los amigos verdaderos (12,8-19).
Los consejos que da Ben Sirac en 11,31-36 contrastan con las costumbres de la hospitalidad oriental y, en general, con la doctrina del Nuevo Testamento; sin embargo, parecen dictados por la experiencia y son así verdadera sabiduría. En contraste con ellos, las sentencias sobre a quién hay que hacer el bien (12,1-7) incorporan una referencia al Señor. Por tanto, hay que ayudar al piadoso (12,1.4), al hombre de bien (12,5) y al humilde (12,6), no al pecador, porque podría emplear para el mal los bienes que recibe (12,2.7) y éstos contribuirían a que tuviera un castigo mayor (12,2.4.7). A la hora de repartir bienes o dar cuantiosas limosnas hay que tener en cuenta buscar siempre el bien del que los recibe. San Gregorio Magno precisa: «A los que reparten lo suyo misericordiosamente hay que exhortarles a que se reconozcan como administradores, puestos por el Señor del cielo, de los bienes temporales» (Regula pastoralis 3,20).
▲ COMENTARIO
Si 13,1-30
Muchos buscan las riquezas y el poder con ahínco, como si su posesión proporcionase la felicidad absoluta. Sin embargo, el atractivo de conseguir estas cosas puede inducir a trastocar el orden de valores, prescindir de Dios y cometer injusticias con los demás. Es experiencia común que en el trato con los otros se introducen muchas veces acepciones de personas que llevan a valorar a los hombres que poseen fortuna y a despreciar a quien no tiene nada. Será pues tarea de los hombres de fe ofrecer sugerencias para orientar las relaciones personales en una perspectiva justa, y coherente con la dignidad humana. Lo recordaba un documento del último Concilio Ecuménico «La actividad humana, así como procede del hombre, está también ordenada al hombre. Pues el hombre, cuando actúa, no sólo cambia las cosas y la sociedad, sino que también se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, sale de sí y se trasciende. Si este crecimiento es rectamente comprendido, vale más que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, todo lo que los hombres hacen para conseguir una mayor justicia, una más amplia fraternidad y una ordenación más humana en las relaciones sociales, vale más que los progresos técnicos» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 35).
▲ COMENTARIO
Si 13,31-14,2
La conciencia moral es un juicio de la razón mediante el cual podemos reconocer si un acto concreto —que se piensa hacer, se está haciendo o ha sido realizado— es justo y recto, o no lo es. Es una voz interior que nos ayuda a percibir si nuestros actos están de acuerdo con la ley divina. La conciencia bien formada aprueba las buenas acciones y reprende las malas, prestando así una gran ayuda para reconocer nuestros pecados y volver a Dios mediante la conversión. Ben Sirac habla de la serenidad y paz que proporciona la tranquilidad de conciencia que posee el que obra bien: se le nota incluso en el semblante alegre (cfr 13,31-32).
Pero incluso el pesar que producen los remordimientos de la conciencia es saludable, ya que ayuda a reconocer que estamos necesitados de rectificación y abre el camino a la felicidad que proporciona la conversión. «Se sabe que reconocer el mal en uno mismo a menudo cuesta mucho —hace notar Juan Pablo II—. Se sabe que la conciencia no sólo manda o prohibe, sino que juzga a la luz de las órdenes y de las prohibiciones interiores. Es también fuente de remordimiento: el hombre sufre interiormente por el mal cometido. ¿No es este sufrimiento como un eco lejano de aquel “arrepentimiento por haber creado al hombre” que con lenguaje antropomórfico el Libro Sagrado atribuye a Dios; de aquella “reprobación” que, inscribiéndose en el “corazón” de la Trinidad, en virtud del amor eterno se realiza en el dolor de la Cruz y en la obediencia de Cristo hasta la muerte? Cuando el Espíritu permite a la conciencia humana la participación en aquel dolor, entonces el sufrimiento de la conciencia es particularmente profundo y también salvífico» (Dominum et vivificantem, n. 45).
▲ COMENTARIO
Si 14,3-21
Ben Sirac invita a reflexionar sobre el uso de las riquezas a la luz de un hecho indiscutible: todos hemos de morir y entonces no podremos llevarnos nada. En ese momento se podrá juzgar del uso que se haya hecho de los bienes materiales que poseíamos. En el Evangelio se utiliza también la referencia a la muerte para ponderar el uso que se hace del dinero y de las posesiones que se tengan; así, por ejemplo, en la parábola del rico insensato (cfr Lc 12,13-21) y en la del rico Epulón y el pobre Lázaro (cfr Lc 16,19-31).
▲ COMENTARIO
Si 14,22-15,10
Estos versículos, muy densos, relatan la búsqueda y el encuentro con la sabiduría. Se describen las actitudes de los que encuentran la sabiduría (14,22-15,1) y las de los que no la alcanzarán jamás (15,7-10). En el fiel de la balanza que dirime esta actitud correcta está el contenido de 15,1: «Quien se aferra a la Ley alcanzará la sabiduría». «No es casual que, en el momento en que el autor sagrado quiere describir al hombre sabio, lo presente como el que ama y busca la verdad», comenta Juan Pablo II a la vez que cita este pasaje del Eclesiástico. Y añade más tarde: «La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia» (Fides et ratio, n. 16).
Sin embargo, la nota más sobresaliente del pasaje es, sin duda, la descripción de la sabiduría que se hace en 15,2-6. Lo mismo que en otros pasajes del libro del Eclesiástico, la sabiduría aparece personificada, en este caso con la imagen de la madre y esposa (15,2). Con la personificación se muestra que la iniciativa la lleva la sabiduría, pero con la imagen de esposa y madre se señala que la sabiduría ejerce sobre el hombre unos cuidados de los que él tiene imperiosa necesidad. Al mismo tiempo, se subraya que el origen de estos cuidados no es otro que el amor, como es el amor el origen del cuidado que madre y esposa tienen hacia su hijo y esposo. Se entiende así que esas solicitudes amorosas, aunque sean características de una imagen femenina, se puedan aplicar a Jesucristo, Verbo y Sabiduría de Dios encarnada.
▲ COMENTARIO
Si 15,11-21
El maestro de Israel se detiene ahora en unas sentencias en torno a la libertad y la responsabilidad de los hombres. El v. 14 las condensa cuando hace del libre albedrío algo constitutivo del hombre, un don que Dios le dio cuando lo creó: «Quiso Dios “dejar al hombre en manos de su propio albedrío” (Si 15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 17); o en palabras de un Santo Padre: «El ánimo manifiesta su realeza y excelencia (…) en su estar sin dueño y libre, gobernándose autocráticamente con su voluntad. ¿De quién es más propio esto sino del rey? (…). Así la naturaleza humana, creada para ser dueña de las demás criaturas, por la semejanza con el soberano del universo, fue constituida como una viva imagen, partícipe de la dignidad y del nombre del Arquetipo» (S. Gregorio de Nisa, De hominis opificio 4).
Pero, con la libertad, el Señor también le dio al hombre los mandamientos (v. 15). La Ley de Dios no coarta la libertad humana, pues no limita su capacidad de elección, sino que enseña a utilizar con provecho el libre albedrío. Los mandamientos del Señor protegen la verdadera libertad (v. 16). Por eso, Juan Pablo II puntualiza: «La verdadera autonomía moral del hombre no significa en absoluto el rechazo, sino la aceptación de la ley moral, del mandato de Dios (…). La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre» (Veritatis splendor, n. 41).
Aunque en ocasiones la seducción del pecado pueda dificultar la toma de decisiones, siempre queda en manos del hombre la decisión de optar por el bien o por el mal. «Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque junto con los mandamientos el Señor nos da la posibilidad de observarlos: “Sus ojos están sobre los que le temen, él conoce todas las obras del hombre. A nadie ha mandado ser impío, a nadie ha dado licencia de pecar” (Si 15,19-20). La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el Concilio de Trento: “Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. ‘Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas’ y te ayuda para que puedas. ‘Sus mandamientos no son pesados’ (1 Jn 5,3), ‘su yugo es suave y su carga ligera’ (Mt 11,30)”» (Veritatis splendor, n. 102).
▲ COMENTARIO
Si 15,22-16,23
Lo importante no es el número, sino la calidad. Con diversos ejemplos, Ben Sirac pondera que no es la multitud, sino el valor de cada una de las personas singulares lo que tiene importancia: el buen comportamiento de una sola persona influye más que la mediocridad de muchos (16,5).
Lo que vale para el ámbito doméstico (cfr 15,22-16,6) tiene también vigencia en uno más universal (cfr 16,7-23). A pesar de lo que consideraban muchos coetáneos del autor, influidos por las corrientes filosóficas del helenismo, Dios no es un ser lejano que se despreocupa de las acciones humanas individuales (cfr 16,16), sino que está atento y juzga todo lo que ocurre. La valoración que se hace de los que piensan que Dios no se ocupa de los asuntos humanos es despectiva: se les tacha de necios y descarriados (cfr 16,23). Frente al deísmo, los hombres de fe «creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cfr Gn 2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 314).