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JUDIT
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Jdt 1,1-7,32
El libro de Judit es una invitación a la esperanza en Dios, que nunca abandona a su pueblo si éste permanece fiel. Sus relatos se despreocupan de la historia y de la geografía, pero ofrecen un marco admirable para una narración teológica. En la primera parte se cuenta la campaña militar realizada por un ejército extranjero de extraordinario poderío que pretende conquistar Jerusalén. Después de una larga marcha triunfal, llega a una pequeña ciudad, Betulia, último reducto defensivo de los judíos que podía detener el avance en dirección a la Ciudad Santa, y la somete a tal asedio que Betulia está a punto de rendirse.
El texto subraya que las terribles desgracias que las tropas traen consigo, son el resultado del afán de venganza de Nabucodonosor, un rey muy poderoso que se siente herido en su orgullo personal. Desde el comienzo del relato se subraya el potencial guerrero de su ejército: fue capaz de vencer en solitario a sus poderosos enemigos, pues nadie quiso prestarle ayuda (1,1-16); una vez alcanzada la victoria, toma represalias contra los que rehusaron auxiliarle, y su ejército mandado por Holofernes los derrota uno tras otro (2,1-3,10). Cuando en su avance triunfal se acerca a los judíos, éstos se preparan a hacerle frente atemorizados e invocando la protección de Dios (4,1-15). A pesar de la situación desesperada, el lector comienza a percibir que hay motivos para la esperanza. Cuando los jefes de las tropas enemigas están planeando el modo de acometer a los israelitas, un personaje de ese ejército, Ajior, el amonita, advierte a sus aliados de la fortaleza del pueblo al que se disponen a atacar cuando es fiel a su Dios (5,1-6,21). Pese a todo, la expedición sigue adelante, ponen cerco a Betulia, y su población llega a estar tan angustiada que se fijan un plazo de cinco días para presentar su rendición (7,1-32).
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Jdt 1,1-16
El enemigo es presentado como la síntesis de las potencias que habían causado el hundimiento de Israel y de Judá: la fuerza de Asiria (cfr 2 R 17,5-6) y el orgullo de Babilonia (cfr 2 R 24,10-25,21). Nabucodonosor no fue en realidad rey de los asirios en Nínive (v. 1), pero es el prototipo de gobernante poderoso, opresor y ensoberbecido en su dominio. El autor sagrado, que elabora una narración con fines didácticos más que históricos y cronológicos, se sirve de esa figura para aludir a los opresores seléucidas, que dominan sobre los judíos cuando se escribe el libro. De hecho el monarca aquí es descrito como un rey orgulloso y lleno de poder, que va extendiendo su dominio por todo el Oriente Medio. Primero planea enfrentarse en una gran batalla al rey Arfaxad, de quien se indica su poder ponderando la magnitud de las murallas con las que fortificó su capital, Ecbatana. A pesar de que Nabucodonosor buscó aliados para asediarla no los encontró, y prometió vengarse de los que no habían secundado sus proyectos. Con todo, el poder de su ejército era tal que pudo conquistar Ecbatana sin la ayuda de nadie. De este modo se enfatiza su enorme dominio.
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Jdt 2,1-3,10
Nabucodonosor, decidido a vengarse, encarga a Holofernes que, como comandante supremo de sus fuerzas, prepare todo lo necesario para la expedición de castigo. «El año decimoctavo» de Nabucodonosor es el 587 a.C., precisamente aquel en que Jerusalén fue conquistada por las tropas babilónicas, su Templo profanado e incendiado, y parte de su población deportada (cfr Jr 52,29). La fecha está cargada de simbolismo: el que había destruido el Templo, Nabucodonosor, reclama para sí un poder divino.
Holofernes reúne una ingente tropa e inicia su campaña sembrando la destrucción y la muerte. La orden de que les preparen «tierra y agua» (2,7), fórmula persa para designar todo lo necesario para que el ejército vencedor pueda pasar y establecerse en un país, indica la voluntad de Nabucodonosor de que los pueblos le quedasen sometidos. Ultrajó a todos, incluso a los que no le opusieron resistencia. Pero la mayor afrenta consistió en forzar a las poblaciones conquistadas a que adorasen a Nabucodonosor y lo invocaran como a un dios (cfr Dn 3,1-7). Por eso, el peligro que se cernía sobre Jerusalén era particularmente insidioso, ya que no se trataba solamente de que sus habitantes pudieran morir o quedar sometidos a un poder extranjero, sino que podrían verse forzados a la idolatría, tributando a un hombre el culto que sólo debían a Dios (3,8). Esta situación que describe el libro se vivió en Judea de modo particularmente intenso durante la dominación seléucida, en la cual, además de la opresión militar, se intentaba imponer la divinización del monarca.
El itinerario que se describe en 2,21-3,10 es geográficamente inverosímil. El autor magnifica las hazañas de Holofernes para preparar la enseñanza religiosa que quiere trasmitir.
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Jdt 4,1-15
Los israelitas recibieron con temor las noticias del avance de Holofernes y se dispusieron a resistir. De una parte, se aprestaron a la lucha preparando fortalezas, reuniendo alimentos y distribuyendo a sus hombres en posiciones estratégicas (vv. 4-8). De otra, se esforzaron en buscar la ayuda de Dios mediante la oración y la penitencia (vv. 9-15).
El mensaje del libro aparece cada vez con más claridad. La lucha se plantea ante todo en el plano religioso. El ejército enemigo representa la fuerza de la impiedad y el orgullo de quien piensa que tiene todo el poder y no necesita contar con Dios. Los hijos de Israel son, por el contrario, hombres piadosos conscientes de que sólo en Dios pueden encontrar fortaleza, y de que la súplica es el mejor modo de reconocer su dependencia de Dios: «Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores, sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre. La petición ya es un retorno hacia Él» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2629).
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Jdt 4,6
No ha sido posible identificar geográficamente la ciudad de Betulia. Es probable que se trate de una manifestación más de la libertad del autor que, basándose quizá en algunas historias de hazañas heroicas, prepara el relato para subrayar la enseñanza que va a trasmitir. Algunos autores señalan que el nombre de Betulia tiene sentido simbólico y significa «virgen», «casa del Señor Dios», o «casa de la subida».
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Jdt 4,9
«Se humilló profundamente», literalmente «humillaron sus almas con fervor», es la traducción griega de una expresión hebrea referida al ayuno (cfr 4,13; Lv 16,29.31; 23,27). La Ley prescribía el ayuno sólo para el día de la Expiación (Yom kippur); pero, por indicación de los profetas, su práctica como muestra de penitencia, se vinculó (cfr Jl 1,14; 2,12.15; Za 8,19) a otras manifestaciones penitenciales como la oración, el vestir de saco, cubrirse la cabeza con polvo o ceniza, dormir en el suelo, etc. Tenía que ser señal de arrepentimiento y humillación. El profeta Isaías recuerda su valor simbólico como manifestación del deseo de abstenerse de toda obra mala (cfr Is 58,3-5). En la época posterior al destierro llegó a ser una práctica habitual entre los judíos piadosos, que ayunaban dos días por semana (cfr Lc 18,12). Esta costumbre queda reflejada en 8,5-6 y en los libros de Tobías (Tb 12,8) y Ester (Est 4,16). Ante la amenaza de graves calamidades públicas se recurría al ayuno junto con la oración para implorar la misericordia de Dios (cfr Jon 3,5; 2 M 13,12).
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Jdt 5,1-6,21
El relato sitúa a Holofernes con su ejército frente a los israelitas, dispuestos a repeler la invasión de su ciudad. Los hijos de Israel son un pueblo tan insignificante a los ojos del general extranjero que éste parece no saber nada de ellos y, antes de atacar, pide información para disponer su estrategia. Ajior, el comandante de los amonitas, toma entonces la palabra para responderle.
Ajior, cuyo nombre significa «mi hermano es luz», le hace un resumen de las grandes etapas de la historia de Israel desde la época patriarcal hasta la ocupación de Canaán, aludiendo también a la conquista y saqueo de Jerusalén por obra de Nabucodonosor II. Explica que la singularidad de ese pueblo no se puede comprender con criterios exclusivamente políticos o sociológicos, y que su pervivencia no depende de la fuerza de las armas. El discurso se divide en tres partes: historia del pueblo judío (5,5-16), fidelidad a Dios como explicación de su fortaleza (5,17-19) y consejos a Holofernes para que pondere si le interesa enfrentarse con ellos o no (5,20-21). En este resumen no hay nombres concretos y a Dios no se le da el nombre específico de Señor, sino el más genérico y universal de «Dios del cielo» (cfr Esd 5,11-12). Se trata de una visión teológica de la historia, análoga a la que encontramos en algunos Salmos (cfr Sal 78; 105; 106; cfr también Ne 9,6-37), que se pone en evidencia en la conclusión (5,17-18.21), pero que puede ser comprendida también por los paganos. La figura de Ajior, un extranjero que proclama tan atinadamente la acción de Dios con el pueblo israelita en medio del campamento enemigo, evoca de algún modo la figura del pagano Balaam (cfr Nm 22,1-24,25), que bendijo a Israel en presencia de quienes le habían llamado para que lo maldijera. Con sus palabras se pone de manifiesto que Dios es el refugio de Israel y éste no debe temer nada mientras se mantenga fiel al Señor.
Holofernes toma la palabra frente a Ajior y exalta el poder divino de Nabucodonosor con expresiones típicas del lenguaje profético (cfr Is 44,6; 45,21; Sal 18,32). Así se acentúan por contraste las consecuencias religiosas de la expedición, en la que el deseo de venganza de Nabucodonosor se opone a la voluntad y poder del Dios de Israel. Lo confirma la frase «(Nabucodonosor) habló y las palabras que pronunció no caerán al vacío» (6,4), que encuentran su antítesis en varias afirmaciones de los Profetas (cfr Is 55,10-11; Jr 1,12; Ez 12,28; 2 R 10,10). El combate es ideológico y religioso más que militar.
Holofernes, airado, castiga a Ajior abandonándolo en manos de los israelitas (6,1-13). Cuando éstos le detienen, sienten con mayor apremio la necesidad de acudir a Dios. Por su parte, acogen benignamente a Ajior.
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Jdt 7,1-32
Holofernes puso finalmente en marcha el asedio de Betulia. Los israelitas, a pesar de pedir ayuda a Dios (v. 19), al verse cercados se llenaron de temor. Al no vislumbrarse ninguna salida, el pueblo pidió a los príncipes de la ciudad que considerasen la conveniencia de rendirse. El discurso que el pueblo dirigió a Ozías, dirigente principal (cfr 6,15), y al consejo de los ancianos refleja desesperación, como si hubieran perdido la fe en Dios, y recuerda las repetidas quejas de los israelitas en el desierto contra Moisés (cfr Ex 16,2-3; Nm 11,4-6; 14,2-4; 20,2-5). Ozías, presionado por el clamor popular, sólo consiguió retrasar cinco días la decisión de rendirse, confiando en que Dios aún podría manifestar su misericordia en ese breve plazo. El dramatismo del relato refleja la situación angustiosa en que se encontraban los judíos bajo el dominio de Antíoco IV Epífanes y, en general, bajo los seléucidas, pero también prepara la maravillosa intervención de Dios, que recuerda a la del Éxodo.
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Jdt 8,1-16,25
La segunda parte del libro narra el desenlace del drama. Comienza con la entrada en escena de una viuda joven y temerosa de Dios, que a pesar del desánimo generalizado se mantiene llena de confianza en el Señor y se apresta a intentar por sí sola la salvación del pueblo. Primero, ora confiadamente a Dios poniendo en sus manos el buen éxito de su propósito (8,1-9,14). Después, se dirige llena de audacia al campamento enemigo y consigue hablar con Holofernes, que cautivado por su hermosura y sensatez la acoge bien. Tras un banquete en el que Holofernes había bebido en exceso, Judit se acercó al lecho en que yacía y le cortó la cabeza. Aún de noche logró salir del campamento y se encaminó a Betulia llevando como trofeo la cabeza del jefe enemigo (10,1-13,20). Ajior, el comandante de los amonitas acogido por los hijos de Israel, al enterarse de lo sucedido creyó en Dios y se incorporó a la casa de Israel (14,1-10). Cuando las tropas del poderoso ejército que sitiaban Betulia descubrieron que Holofernes había muerto, huyeron presa del pánico (14,11-15,7). El libro termina exaltando la figura de Judit, pues por medio de ella y gracias a su fe y confianza en Dios, el Señor hizo grandes bienes a su pueblo (15,8-16,25).
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Jdt 8,1-8
En hebreo el nombre de la protagonista, Judit, quiere decir «judía». Se trata, pues, de un gentilicio empleado como nombre propio. En la Biblia, el único antecedente de este nombre es el de una de las mujeres de Esaú (cfr Gn 26,34), Judit, hija de Berí, el hitita; tal vez por eso y para subrayar la pertenencia de Judit al pueblo elegido se ofrece su genealogía hasta Jacob. Estos datos hacen pensar que para el autor sagrado Judit representaría a toda la nación judía. De hecho, en el himno que cierra el libro la personalidad de Judit se confunde con la del pueblo elegido. En la genealogía no se dice a qué tribu pertenecía, pero más adelante (9,2) alude a su pertenencia a la tribu de Simeón. Los nombres de Salamiel y Sarasadai figuran en Nm 1,6 (en hebreo, Selumiel y Surisaday) entre los príncipes de aquella tribu. El difunto marido de Judit, Manasés, pertenecía a su misma tribu y familia, pues era costumbre de los judíos piadosos contraer matrimonio entre los del mismo clan (cfr Tb 4,12).
Judit reúne todas las cualidades que se podían desear en una mujer, desde la hermosura hasta una posición económica acomodada y una piedad ejemplar. Para poder vivir retirada y dedicarse a la oración se construye en la parte alta de la casa una especie de cabaña o tienda. Ese tipo de construcciones no eran desacostumbradas (cfr Jc 3,20; 2 S 19,1; 2 R 4,10; Ne 8,16).
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Jdt 8,9-27
En el discurso de Judit (8,9-27) se pueden distinguir tres partes que corresponden a tres ideas distintas. En primer lugar (vv. 11-17), que no se pueden poner condiciones a Dios, sino que hay que suplicarle con fe y confianza. En segundo lugar (vv. 18-24), que los habitantes de Betulia, de una parte, tienen motivos para confiar en Dios, por lo que no pueden rendirse ante las dificultades; de otra, su ciudad es de una importancia estratégica fundamental para la defensa de Jerusalén y del Templo, por lo que rendirse equivaldría a hacerse responsables de la destrucción de la Ciudad Santa y del Santuario. Por último (vv. 25-27), que Dios somete a los hombres a distintas pruebas para purificarlos y manifestar luego su protección, como ya hizo con los Patriarcas.
Tres son también las ideas religiosas que sustentan el discurso de Judit: no se pueden conocer los pensamientos de Dios (vv. 13-14); Dios ha enviado castigos a su pueblo debido a la idolatría e infidelidad de los israelitas (vv. 18-20); y Dios pone a prueba a los que tiene cerca de sí (vv. 25-27). Cada una de estas convicciones posee numerosos pasajes paralelos en la Sagrada Escritura: por ejemplo en los cantos de consolación de Isaías (cfr Is 40,12-26; 44,24-28; 46,8-13); en los Salmos que tratan de la historia de Israel (cfr Sal 78,56-66; 106,34-46); y en el libro de Job. Sin embargo, en el discurso de Judit el sentido que se da al sufrimiento es superior al del libro de Job; se acerca más al del libro de la Sabiduría (cfr Sb 3,1-9), y sobre todo al que se le da en la tradición cristiana, en cuanto amonestación y llamada a mayor perfección: «El sufrimiento debe servir para la conversión, es decir, para la reconstrucción del bien en el sujeto, que puede reconocer la misericordia divina en esta llamada a la penitencia. La penitencia tiene como finalidad superar el mal, que bajo diversas formas está latente en el hombre, y consolidar el bien tanto en uno mismo como en su relación con los demás y, sobre todo, con Dios» (Juan Pablo II, Salvifici Doloris, n. 12).
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Jdt 9,1-14
La oración de Judit, llena de sentido poético, es un ejemplo de la piedad del pueblo judío, comparable a las numerosas plegarias que se recogen en los libros históricos del Antiguo Testamento, sobre todo en los tiempos posteriores al destierro (cfr Esd 9,6-15; Ne 9,5-37; Tb 3,2-6.11-15; Est 4,17h-z). Se puede dividir en tres partes: 1) La alusión al episodio del rapto y violación de Dina, la hija de Jacob, por parte de Siquem, con la consiguiente venganza de Simeón y Leví (Gn 34,1-31); en la plegaria de Judit ese suceso es símbolo de todas las ofensas, todavía frescas en el recuerdo, sufridas por el pueblo de Israel y especialmente de la conquista y destrucción de Jerusalén (vv. 2-6). 2) La descripción del poder militar de los asirios y la petición de la victoria sobre ellos por obra de una mujer (vv. 7-11). 3) La súplica de que se lleve a cabo su plan (vv. 12-14). Lo que Judit pide constantemente, con distintas consideraciones en cada parte, es la exaltación del Dios de Israel y la confusión de los enemigos. Momentos particularmente intensos de esta oración son las frases con que se alude a la bondad y providencia de Dios (v. 11) así como a su omnipotencia (v. 12). Dios es invocado con distintas expresiones que reflejan la piedad veterotestamentaria: es el «Señor» (v. 8) capaz de romper las batallas y dispersar a los enemigos como guerrero poderoso (cfr Ex 15,3 griego; Jdt 16,2); el «Dios de la herencia de Israel, Señor de los cielos y la tierra, creador de las aguas, rey de todas tus criaturas» (v. 12); y sobre todo es el «Dios de los humildes, ayuda de los más débiles, protección de los enfermos, amparo de los desvalidos, salvación de los desesperados» (v. 11).
La preocupación de Judit por el Santuario y por la Ciudad Santa es constante como lo demuestra el hecho de que hiciera su oración a la misma hora en que se ofrecía incienso en el Templo (v. 1; cfr Ex 29,41; Esd 9,4-5), así como las alusiones a Sión, al altar y al Santuario (vv. 8 y 13).
A través de las palabras de Judit se vislumbra parte de su plan: liberar a su pueblo. Los enemigos de Israel, Nabucodonosor y su general Holofernes, son los enemigos de Dios. La confrontación de la que habla este libro es una guerra religiosa sin piedad, dirigida a arrancar del pueblo elegido la fe, el culto y hasta su propia identidad. Por este motivo, se pide a Dios que haga fracasar esta tentativa idólatra y blasfema quitando de en medio a sus impulsores. En ningún momento se alabará el engaño y la seducción de Holofernes por parte de Judit. Más aún, la heroína misma se sentirá en la obligación de asegurar a los ancianos y al pueblo de Betulia que entre ella y Holofernes no hubo nada reprochable: «Que viva el Señor que me ha protegido en el camino que he recorrido, porque la seducción de mi rostro le ha perdido, sin que haya cometido conmigo pecado alguno que me contaminara y avergonzara» (13,16). Judit es la heroína que Dios suscitó para salvar a su pueblo en circunstancias graves y casi desesperadas. Para la tradición cristiana lo verdaderamente importante es que el enemigo de Israel y de Dios sea derrotado por una mujer. En esto se fija la liturgia de la Iglesia cuando dirige a la Santísima Virgen María la alabanza que Ozías o los ancianos de Jerusalén dirigirán a Judit: «El Señor te ha bendecido con su poder, porque por tu medio ha aniquilado a nuestros enemigos. El Señor te ha bendecido, hija nuestra, más que todas las mujeres de la tierra» (Liturgia de las Horas, 15-VIII¸ lect. brev.; cfr 13,18); «¡Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú el orgullo de nuestra raza!» (Liturgia de las Horas, Común de Santa María Virgen, ad Laudes, antif. 2; cfr 15,9).
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Jdt 10,1-12,9
«La bienaventurada Judit, cuando su ciudad estaba cercada, pidió a los ancianos que le permitiesen salir al campamento de los extranjeros. Así pues, entregándose al peligro, por amor a su patria y su pueblo que se hallaba cercado, salió, y el Señor entregó a Holofernes en las manos de una mujer» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 55,4-5).
Judit sigue poniendo en Él su confianza y cumple fielmente los preceptos de la Ley, por lo que rechaza los manjares que se le ofrecen (12,1-4), considerados impuros según la tradición de los judíos piadosos (cfr Tb 1,10-12; Dn 1,8). Por eso, lleva consigo las provisiones suficientes para alimentarse. El texto cita el vino, en una bota de cuero; el aceite, en un pequeño recipiente; y los alimentos sólidos: frutos secos, higos y uvas, y harina tostada (o granos tostados), que se llamaba en hebreo qali (cfr Rt 2,14; 1 S 25,18) y se tomaba mezclada con agua y aderezada con aceite; todos, alimentos puros. Sólo come estas provisiones convencida de que el Señor acudiría prontamente en auxilio de su pueblo (12,1-4).
Judit, antes de poner por obra su plan, y dentro ya del campamento enemigo, se dedica intensamente a las prácticas de piedad: oración, baños rituales de purificación y ayuno (12,5-9). En la tradición cristiana, la oración de Judit ha quedado como ejemplo de eficacia para vencer las dificultades: «Judit, después de elevar a Dios su plegaria, logró vencer con la ayuda de Dios a Holofernes, causando así una sola mujer hebrea la deshonra en la casa de Nabucodonosor» (Orígenes, De oratione 13,2).
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Jdt 12,10-13,20
Se acerca el momento de actuar. Holofernes organiza un banquete. Ella acude ataviada con sus mejores galas, pues la ocasión dispuesta por la providencia de Dios así lo aconseja. Al mismo tiempo mantiene interiormente una actitud de humildad y confianza en el Señor y se comporta en el festín con dominio y sobriedad. El texto da a entender que Holofernes y sus ministros acostumbraban a comer recostados sobre pequeños lechos o divanes cubiertos de pieles, según un uso reprobado por los profetas (cfr Am 6,4; Ez 23,41). En cambio Judit se recuesta sobre unas pieles extendidas directamente en el suelo. Es un detalle de austeridad en medio de un ambiente relajado y sensual. «¿Qué diré de la sobriedad? (…) Pues si Judit hubiese bebido, habría dormido con el adúltero, pero como no bebió, la sobriedad de una sola pudo, sin dificultad, vencer y ganar a los ejércitos ebrios» (S. Ambrosio, De viduis 7,40). En cambio, Holofernes bebió hasta perder el sentido. Se presentaba así ante Judit la ocasión providencial para resolver la difícil situación en que se encontraba su pueblo. Antes de ejecutar su propósito dirige a Dios una breve oración. No hay en ella ningún sentimiento de odio o de venganza, sino sólo la conciencia de actuar en defensa del pueblo elegido y por la glorificación de Jerusalén. Sus palabras recuerdan las de los Salmos de lamentación nacional (cfr Sal 79,6-7; 83,10-15). Una oración parecida, pero más extensa, se encuentra en Si 36,1-17.
Judit emplea para cortar la cabeza a Holofernes su «alfanje». El texto griego habla de akinake, espada de origen persa, corta, que llevaban a la cintura los arqueros y las tropas ligeras. El relato presenta un cierto paralelismo con los episodios de la muerte de Sísara (Jc 4,21) y de Goliat (1 S 17,49-51), en que los poderosos que confían en sus propias fuerzas caen derrotados ante los débiles que sólo cuentan con el apoyo de Dios.
Antes de que descubran lo sucedido, Judit regresa a Betulia llevando la cabeza de Holofernes. Las palabras de bendición pronunciadas por Ozías (vv. 18-20) en las que alude a que ha herido la cabeza del enemigo, contienen una cierta referencia al protoevangelio (Gn 3,15).
También por este motivo, en la tradición cristiana se han subrayado las analogías entre Judit y María Santísima. Nótese el paralelismo entre la bendición de Ozías —«Bendita tú, de parte del Dios altísimo, hija, por encima de todas las mujeres de la tierra, y bendito Dios, que creó los cielos y la tierra» (13,18)— y la bendición de Santa Isabel —«Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc 1,42)—. Sobre el uso del libro de Judit en la liturgia de las fiestas de Nuestra Señora véase la nota a 9,1-14.
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Jdt 14,1-10
Los acontecimientos narrados en la parte central de esta obra han venido a confirmar la verdad de las palabras de Ajior, el amonita (cfr 5,6-19). Ahora, cuando la narración se acerca a su final, aparece de nuevo Ajior que, al enterarse de lo sucedido, creyó en Dios y decidió incorporarse al pueblo que goza de tal favor divino.
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Jdt 14,11-15,7
El ejército que había recorrido un largo camino triunfal y se encontraba preparado para atacar a los israelitas (5,1ss.), se deshace en desbandada ante el poder del Dios de Israel que ha dado muerte a su general por medio de una mujer. Cada cual huyó como pudo. Los israelitas los persiguieron y lograron una gran victoria y un espléndido botín. La fuerza de los poderosos que confiaba en sus recursos humanos quedó deshecha por el poder del Señor. De Judit se ha alabado su valor, pero también su sabiduría: «Pues con su mano vencería solamente a Holofernes, mientras que con la inteligencia venció a un ejército de enemigos. En efecto, habiendo levantado la cabeza de Holofernes —cosa que la sabiduría de los hombres no fue capaz de pensar—, levantó el ánimo de los suyos y quebrantó el de sus enemigos, incitando a los suyos con el sentido del honor, infundiendo terror en los enemigos, que por esto fueron vencidos y puestos en fuga. Así la templanza y la sobriedad de una sola viuda no sólo vencieron su propia naturaleza, sino —lo que es más importante— hizo también más fuertes a los hombres» (S. Ambrosio, De viduis 7,41).
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Jdt 15,8-16,25
El libro de Judit había comenzado describiendo la exaltación orgullosa de Nabucodonosor. La acción de Dios por medio de Judit puso fin a su engreimiento. El libro concluye con la exaltación de Judit, la viuda humilde que puso sólo en Dios su confianza (vv. 21-24). San Ambrosio ensalza la vida sencilla y ordinaria que llevó Judit en sus últimos días: «No abandonó su fidelidad a la viudez, sino que despreciando a todos los que querían casarse con ella, se quitó el vestido de fiesta y se volvió a poner el de viuda, y ni siquiera apreció los adornos de sus triunfos, estimando que aquellos con los que se vencen los vicios del cuerpo son mejores que aquellos con los que se derrotan las armas de los enemigos» (De viduis 7,42).
A la luz del Nuevo Testamento se entiende con mayor claridad la lógica de Dios que este libro refleja: el Señor «derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,52), pues, como enseñó Jesús, «todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado» (Mc 14,11; Lc 18,14; Mt 23,12).
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Jdt 16,1-17
El cántico de Judit es una de las más bellas piezas poéticas del Antiguo Testamento por la riqueza de las imágenes y la profundidad del contenido. Se pueden distinguir cuatro partes: introducción, con la invitación a alabar a Dios y un breve resumen de los motivos de acción de gracias (vv. 1-2); exposición de los acontecimientos, desde la invasión asiria hasta la victoria conseguida por Judit (vv. 3-12); canto de alabanza a Dios por sus maravillas (vv. 13-15); invitación a la confianza y amonestación a los enemigos de Israel (vv. 16-17).
El himno comienza de modo similar a los Salmos de alabanza y acción de gracias (cfr Sal 81,2-4; 149,1-3). Los tambores (literalmente «tímpanos») y los platillos se mencionan también en el Sal 150,4-5. Su música servía como acompañamiento festivo del canto.
La expresión «Dios que quiebra las guerras» (v. 2), indica el poder divino que derrota al enemigo en la batalla. Es éste un atributo de Dios mencionado en algunos Salmos (cfr Sal 46,10; 68,31; 76,4) y que Judit ya había empleado en su oración (cfr 9,7).
La parte final del himno presenta muchos paralelismos con otros textos poéticos del Antiguo Testamento. Son varios, por ejemplo, los Salmos que empiezan con un exhortación a entonar un cántico nuevo a Dios (Sal 33,3; 95,1; 96,1; 144,9; 149,1). Además, la exaltación de Dios creador se encuentra en muchos lugares con acentos parecidos, por ejemplo en Sal 86,10; 148,5 y sobre todo en los Sal 33,6-9 y 104,1-8.29-30.