COMENTARIOS:
TOBÍAS
▲ COMENTARIO
Tb 1,1-3,17
La primera parte del libro de Tobías está dedicada a presentar los personajes que van a ser protagonistas del relato (Tobit, su esposa, su hijo Tobías, Sara, sus padres, y el ángel Rafael), y a descubrir la situación crítica en que se encuentran Tobit en Nínive (Asiria) y Sara en Ecbatana (Media). Aunque estas dos personas se hallan en puntos muy lejanos entre sí, a unos mil kilómetros, y viven historias distintas, tienen mucho en común: ambas pertenecen al pueblo judío que está en la diáspora, e incluso a la misma tribu; las dos son justas y puras ante Dios: Tobit porque cumple a la letra la Ley, Sara porque obedece fielmente a su padre; ambas llegan a estar en situación humanamente desesperada; recurren en el mismo momento a Dios, por medio de la oración, poniéndose en sus manos; y, finalmente, ambas van a ser salvadas de su tribulación porque Dios decide enviar al ángel Rafael. La trama de la historia está bien organizada, aunque se adelante ya su desenlace. De esta forma queda clara ya desde el comienzo la idea central del libro: Dios socorre a quienes confían en Él y obran el bien con rectitud de corazón.
▲ COMENTARIO
Tb 1,1-2
Comienza hablando el narrador de esta historia para presentar a su principal protagonista: Tobit, padre de Tobías. Da cuenta de su estirpe, de su lugar de origen y del tiempo en que vivió, los últimos años del s. VIII a.C. El nombre de Tobías (cfr 1,9) significa «mi bien es el Señor», y a esto efectivamente corresponde la historia que se va a contar: Dios y el cumplimiento de su ley son el mayor bien para Tobit, tanto cuando le va bien como en medio de las adversidades que sufre; por eso se le manifestarán la bondad y misericordia divinas socorriéndole de forma inesperada en la desgracia.
▲ COMENTARIO
Tb 1,3-22
Ahora es el mismo Tobit quien comienza a narrar su vida poniendo el acento en que él cumplió a la perfección en todo momento la ley de Dios, a pesar de que sus compatriotas, los israelitas del reino del Norte, no lo hacían ni cuando estaban en la patria ni en el destierro. En efecto, en la patria antes del destierro, Tobit había seguido subiendo a adorar a Dios en Jerusalén, según mandaba la Ley (cfr Dt 12,1-18), y no había adorado a los becerros de oro construidos por Jeroboam (cfr 1 R 12,26-32); también había cumplido al detalle las normas sobre los tres diezmos (cfr Nm 18,12ss.; Dt 14,22-23.28-29); y se había mantenido fiel a la ley de tomar esposa de su misma nación (cfr Dt 7,3). Después, en el destierro fuera de la patria, había permanecido puro sin contaminarse con los alimentos de los gentiles (cfr Lv 11,1-47; Dt 14,3-21); y, en vez de llevar los diezmos al Templo —algo imposible—, hacía limosnas a los pobres y se ejercitaba heroicamente en las obras de misericordia, especialmente en enterrar a los muertos. En realidad los signos de piedad que aquí se mencionan no corresponden a la época en que el autor supone que vivió Tobit, sino que se establecieron a partir de la reforma de Josías en el año 622 a.C. y a la vuelta del destierro. Pero sirven al autor sagrado para presentar a Tobit como ejemplo de judío piadoso tanto en la tierra de Israel como en la diáspora. Como judío, Tobit ejerce la misericordia sólo con los de su raza. En esto contrasta la enseñanza del libro de Tobías con la del Evangelio, que amplía el concepto de prójimo a cualquier persona, no importa su nación, raza o religión (cfr Lc 10,29-37).
▲ COMENTARIO
Tb 1,15-18
Al autor del libro de Tobías no le interesa la exactitud de los acontecimientos del pasado. A Salmanasar V (727-722) le sucedió Sargón II (722-705), que fue el que conquistó Samaría y llevó cautivos a los israelitas. A éste le sucedió Senaquerib (704-681). Sobre el ataque de Senaquerib a Judea y Jerusalén, y cómo tuvo que retirarse, cfr 2 R 18,13-19,37; Is 37,36-37.
▲ COMENTARIO
Tb 1,21-22
Ajicar es el protagonista de una obra de sabiduría, originaria de Asiria, que circuló ampliamente en la antigüedad incluso en medios judíos, y con la que tiene cierta semejanza el libro de Tobías. Al decir aquí que Ajicar era sobrino de Tobit se está dando a entender que la sabiduría de éste es superior a la de aquél, y como su fuente.
▲ COMENTARIO
Tb 2,1-14
La fiesta de las Semanas o Pentecostés, llamada así por celebrarse cincuenta días después de la Pascua (cfr Dt 16,9-12; Lv 23,16), era una de las fiestas de peregrinación a Jerusalén; en el destierro parece que se conmemoraba con una comida especial hecha como un rito en recuerdo de la fiesta. Preocupándose de los necesitados Tobías cumple en el destierro lo que mandaba la Ley para esa fiesta: ser solidarios con el forastero, el huérfano y la viuda (cfr Dt 16,14), si bien lo aplica al judío que se mantuviese fiel a su religión. A pesar de su piedad y su pureza ritual (v. 5; cfr Nm 19,11-12), Tobías es hecho partícipe del sufrimiento que el pueblo soportaba por su pecado (v. 6; cfr Am 8,10). Pero las cosas van aún más allá: al practicar la misericordia le sobreviene la desgracia, primero la ceguera y, junto a ella, la penuria hasta el punto de que su mujer ha de dedicarse a un trabajo remunerado para poder sobrevivir. Después, la incomprensión de su esposa, que pone en tela de juicio la retribución divina por su conducta. A la ceguera física, soportable por la ayuda de sus parientes, se une la oscuridad interior provocada por las palabras de su esposa.
La situación vivida por Tobit se repite entre quienes se esfuerzan por ser fieles. Ya escribía San Pablo en 2 Co 4,8-10: «En todo atribulados, pero no angustiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados, llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo».
El v. 10 en la versión latina de la Vulgata incluye una reflexión sobre el sentido de las desgracias sufridas por Tobit: «El Señor permitió que le llegara esta prueba para que quedara a quienes vienen detrás un ejemplo de su paciencia como la del santo Job. Puesto que desde su infancia había tenido temor de Dios y había guardado sus mandatos, no se irritó contra Dios cuando le vino la desgracia de la ceguera, sino que permaneció firme en el temor de Dios, dando gracias a Dios todos los días de su vida. Y así como al santo Job le insultaban reyes, así familiares y parientes de Tobit se reían de su forma de vida diciéndole: “¿Dónde está tu esperanza por la que dabas limosnas y enterrabas a los muertos?” Pero Tobit les replicaba: “No habléis así, porque somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que no retiran de Él su confianza”» (Tb, Vulgata, 2,12-18).
▲ COMENTARIO
Tb 3,1-6
Tobit no responde a las recriminaciones de su esposa Ana, sino que recurre a Dios en una oración en la que resuenan frases de los Salmos, pero en la que, a diferencia de éstos, en los que siempre se pide la salud, Tobit acaba pidiendo la muerte. En esto se parece a Job (cfr Jb 3,20-23), aunque Tobit reconoce que Dios es justo ya que le castiga por sus pecados y por los de sus padres con los que Tobit se siente solidario.
El texto griego no deja entrever que Tobit pensase en la vida eterna, sino únicamente en la liberación del sufrimiento. La versión latina de la Vulgata, en cambio, da a entender que Tobit espera ir junto a Dios: «Ordena que mi espíritu sea recibido en paz» (v. 6 de la Vulgata). En cualquier caso Tobit confía en Dios, y en esa confianza puede desearse la muerte, de manera análoga a como «el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1,23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cfr Lc 23,46)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1011).
▲ COMENTARIO
Tb 3,7-10
De nuevo comienza a hablar el narrador de la historia (cfr 1,1-2). Ahora presenta a otra familia judía en el destierro que también sufre tribulación. Son dos historias puestas en paralelismo. Pero, al señalar que las cosas suceden «el mismo día», queda constancia de que ambas convergen ante Dios.
La buena condición moral de Sara queda reflejada en la obediencia a su padre y en la preocupación que siente por él (v. 10). El nombre del demonio «Asmodeo» recuerda el de Aeshma Deva uno de los siete espíritus malignos en los que creían los persas; pero también puede provenir de una palabra hebrea —smd— que significa «destruir, aniquilar». Asmodeo es el demonio que aniquila a los maridos de Sara.
El texto no dice que el demonio estuviese enamorado de Sara, como se ha interpretado a veces; más bien parece que lo que intenta es tentarla llevándola a la desesperación, como sucedía en el caso de Job. De hecho Sara está al borde de cometer un gran pecado, el suicidio; pero la retiene el amor a su padre. La versión Vulgata latina quiere evitar presentar a Sara con el pensamiento del suicidio, y en vez de ello dice que «subió al patio de arriba de su casa y se pasó tres días con sus noches sin comer ni beber, pidiendo incesantemente entre lágrimas que Dios la librase de aquella humillación».
En la Biblia rara vez aparece el suicidio (cfr 2 S 17,23) y no se emite juicio moral sobre él; pero del quinto mandamiento (cfr Ex 20,13; Dt 5,17) se deduce su reprobación moral. En efecto, «el suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2281).
▲ COMENTARIO
Tb 3,11-15
El gesto de extender las manos hacia la ventana significa probablemente que las extiende hacia Jerusalén, como debía hacer un buen judío al rezar (cfr Dn 6,11). La oración de Sara comienza con una alabanza a Dios e inmediatamente pasa a pedir la muerte (v. 13). Presenta ante Dios su situación: ella es inocente (vv. 14-15) y, sin embargo, se ve condenada a no tener descendencia, por lo que, según la mentalidad judía de aquella época, la vida no tiene sentido para ella, siendo además víctima de las vejaciones de su criada. Pero Sara deja en manos de Dios el posible remedio de su desgracia, como esperando otra alternativa a la muerte (v. 15). Dios puede, en efecto, socorrer por caminos inesperados, porque «la Providencia es el cuidado ejercitado por Dios con todo aquello que existe. (…) Y además son numerosísimos los modos de obrar de la divina providencia: tantos, que no pueden ser explicados con palabras, ni comprendidos con la mente. No se debe ignorar que todas las calamidades buscan la salvación de aquellos que las soportan dando gracias; resultando de ello un gran beneficio para ellos mismos. Pues Dios, según su voluntad antecedente, quiere que todos se salven y lleguen a ser miembros de su reino (1 Tm 2,4): Él no nos ha creado para castigarnos, sino que siendo bueno, quiere que participemos de su bondad» (S. Juan Damasceno, Expositio fidei orthodoxae 2,29).
▲ COMENTARIO
Tb 3,16-17
Se resaltan dos cosas: una, que Dios escucha las súplicas que le llegan hechas con sinceridad de corazón; otra, que Dios responde con misericordia, sabiduría y providencia de tal forma que supera las previsiones humanas. Ahora con una sola acción, el envío del ángel Rafael, va a socorrer a Sara y a Tobit. El nombre del ángel, «Rafael», que significa «Dios ha curado» o «medicina de Dios», indica el remedio que Dios dará en esas situaciones y anticipa de alguna manera la solución final de toda la historia.
▲ COMENTARIO
Tb 4,1-10,13
La segunda parte del libro de Tobías está dedicada al viaje que hace el joven Tobías a Media guiado por el ángel. Se van describiendo los preparativos y el comienzo del viaje (caps. 4-5), las incidencias del camino (6,1-9), la llegada a Ecbatana (6,10-19), el matrimonio de Tobías y Sara (7,1-8,21), la recuperación del dinero (9,1-6) y la despedida antes de iniciar la vuelta (10,8-14), no sin haber presentado previamente el autor un breve cuadro de lo que está pasando en Nínive (10,1-7). La historia está llena de emoción en cada una de sus escenas y a medida que avanza permite comprender mejor —mediante sucesivas anticipaciones del desenlace de los hechos— la idea que se quiere resaltar: la providencia divina supera la visión que el hombre pueda tener de las personas y de los acontecimientos. El joven acompañante de Tobías resulta ser un ángel, sin que ni Tobit ni su hijo lo sepan; las vísceras del pez amenazador van a ser medicina eficaz, e incluso la muerte de los siete maridos de Sara es providencial para que se cumpla la ley referente al matrimonio. Todo es providencia divina.
▲ COMENTARIO
Tb 4,1-21
El encargo de Tobit a su hijo de ir a buscar el dinero depositado en Media forma parte de la trama de la historia (cfr 1,14). Pero el autor sagrado aprovecha también para introducir una exhortación, como si fuese un primer discurso de testamento de Tobit a su hijo. En ésta se expone la identidad del verdadero israelita con alusiones a la Ley de Moisés y a los libros de sabiduría, especialmente a los Proverbios.
Las recomendaciones de Tobit, especialmente la que se refiere a la limosna, han quedado muy grabadas en la tradición cristiana: «Cuando podáis hacer el bien, no lo difiráis, porque la limosna libra de la muerte. Someteos los unos a los otros, teniendo un trato irreprensible entre los paganos para que por vuestras buenas obras también seáis alabados y el Señor no sea ultrajado por vuestra culpa» (S. Policarpo, Ad Philippenses 10,2).
La frase del v. 17 hace referencia a algún rito que se practicaba sobre las tumbas de los seres queridos. La versión de la Vetus latina añade a «esparcir el pan» «derrama tu vino».
En el mundo grecorromano se denominaba «hades» (v. 19) a la morada de los muertos. cfr nota a 1 R 2,6.
▲ COMENTARIO
Tb 5,1-23
La preparación del viaje viene descrita en cuatro escenas con otros tantos diálogos, en los que se va poniendo de relieve cómo la providencia divina se adelanta a las previsiones humanas. Todo el capítulo se centra en la presencia del ángel Rafael que Dios ha enviado (cfr 3,17).
La primera escena (vv. 1-3) es el diálogo de Tobit con su hijo Tobías, y en él se resaltan las dificultades que plantea el viaje y las soluciones que Tobit tiene pensadas. Es el primer paso para que después todo se desarrolle según el plan de Dios. Y es que, en efecto, hemos de actuar como si todo dependiera de nosotros: «Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 306).
La segunda escena (vv. 4-8) es el encuentro y diálogo de Tobías con un joven —el ángel Rafael— que curiosamente no sólo reúne todas las condiciones requeridas, sino que se muestra como el más indicado, por conocer a Gabael. Lo que refleja el texto sagrado es ante todo que Dios ejerce su providencia mediante los ángeles, sin que nadie note su deslumbrante presencia. «Desde la infancia (cfr Mt 18,10) hasta la muerte (cfr Lc 16,22), la vida humana está rodeada de su custodia (cfr Sal 34,8; 91,10-13) y de su intercesión (cfr Jb 33,23-24; Za 1,12; Tb 12,12). “Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida” (S. Basilio, Eun. 3,1). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 336).
La tercera escena recoge el diálogo de Tobit con el ángel (vv. 9-17). Tobit se preocupa no sólo de que el guía sea capaz de conducir a su hijo a Media, sino de que resulte una buena compañía para él, que sea un buen judío. Los nombres que el ángel pone ante Tobit son significativos: Azarías quiere decir «Dios ayuda», y Ananías «Dios es misericordioso». Tobit los entiende como de sus antepasados, mientras que el ángel los pronuncia como prueba de la protección divina. Es un juego de interpretación. Tobit trata al ángel como a su hijo, pues no sólo le ofrece una paga justa, sino que se preocupa de su sustento igual que lo hace del de su hijo (v. 15).
En la bendición de Tobit al ángel, y en la petición a Dios de que un ángel acompañe a su hijo en el camino (cfr Sal 91,11-12), se da una paradoja, pues Dios ya ha enviado a su ángel que trae las bendiciones para Tobit. Dios se ha adelantado a sus peticiones. Dios sabe lo que necesitamos antes de que lo pidamos (cfr Mt 6,8).
La cuarta escena (vv. 18-23) recoge el diálogo de Tobit con su esposa. Ahí se manifiesta el amor al hijo por encima del aprecio a los bienes materiales, pues éstos sólo tienen un valor relativo. Al mismo tiempo Tobit vuelve a mostrar su confianza en el auxilio divino porque el Señor, dice, escuchará su plegaria (cfr v. 17), y un ángel acompañará a su hijo (v. 22). El lector de la historia, que ya conoce la identidad del ángel, ve cumplidas las palabras de Tobit y le queda así claro que Dios despliega su protección por caminos insospechados para el hombre.
▲ COMENTARIO
Tb 6,1-9
El incidente del pez y la conversación de Tobías con el ángel contribuyen a resaltar que todo lo que les ocurre coopera a la providencia divina, pues sirviéndose de las vísceras de aquel pez Tobías expulsará al demonio (8,3) y curará la ceguera de su padre (11,8-12). En este suceso puede verse también un simbolismo más profundo, en cuanto que las aguas del río y el pez significarían las fuerzas adversas que atraen, y a la vez se muestran amenazadoras, al joven e inexperto Tobías. Pero éste puede vencerlas y ponerlas a su servicio mediante la obediencia a la palabra del ángel.
▲ COMENTARIO
Tb 6,10-18
Según la Ley (cfr Nm 36,1-13) cuando una hija recibía la herencia paterna (cfr Nm 27,1-11) debía casarse con un hombre de su misma tribu, para que así esa herencia no pasara a formar parte del lote correspondiente a otra de las tribus. Esto le correspondía hacerlo a Tobías, por ser el pariente más próximo, sin que el texto informe de si los anteriores maridos cumplían tal condición. El ángel presenta a Tobías las ventajas de cumplir aquella ley: no sólo recibiría la herencia a la que tenía derecho, sino que desposaría una mujer llena de buenas cualidades. Por todo ello el ángel propone hacerlo lo antes posible (v. 13).
A la propuesta del ángel, Tobías se resiste con objeciones de peso, no tanto porque tema a la muerte, sino pensando en sus ancianos padres y apelando a la piedad filial (vv. 14-15). También esto era una exigencia de la Ley. El ángel ofrece la solución a aquellas dificultades: le recuerda al joven el mandato paterno (v. 16, cfr 4,12), y le explica cómo superar la oposición del demonio (v. 17), no sólo con los remedios externos, sino también con la oración (v. 18). Las palabras «está destinada para ti desde la eternidad» muestran que el amor entre los jóvenes por el que se llega al matrimonio es guiado por la providencia divina y responde a un designio misterioso, pero real y eterno, de Dios. Así lo corrobora el hecho de que Tobías se enamore de la joven antes de conocerla al oír las palabras del ángel (v. 19). San Josemaría Escrivá aconsejaba a los jóvenes ponerse bajo la protección del arcángel Rafael: «¡Cómo te reías, noblemente, cuando te aconsejé que pusieras tus años mozos bajo la protección de San Rafael!: para que te lleve a un matrimonio santo, como al joven Tobías, con una mujer buena y guapa y rica —te dije, bromista. Y luego, ¡qué pensativo te quedaste!, cuando seguí aconsejándote que te pusieras también bajo el patrocinio de aquel apóstol adolescente, Juan: por si el Señor te pedía más» (Camino, n. 360).
El texto de la Vulgata trae instrucciones más detalladas del ángel a Tobías sobre su unión con Sara. Dice a partir del v. 17: «Aquellos que entienden la unión conyugal excluyendo de ella y de su mente a Dios, y se entregan al placer como caballos o mulos irracionales, están sometidos al poder del demonio. 18Tú, en cambio, cuando la recibas como esposa y entres en la alcoba, manténte en continencia durante tres días, y no hagas otra cosa sino dedicarte con ella a la oración. 19Aquella misma noche, quemando la hiel del pez, se ahuyentará el demonio. 20La segunda noche serás admitido en la unión con los santos patriarcas. 21La tercera noche alcanzarás la bendición para que nazcan de vosotros hijos incólumes. 22Pasada la tercera noche recibirás a tu esposa virgen en el temor del Señor, movido por el deseo de hijos más que por la pasión, y así obtendrás la bendición de los hijos dentro de la estirpe de Abrahán».
▲ COMENTARIO
Tb 7,1-12
Ahora es Tobías quien toma la iniciativa y pide la mediación del ángel (v. 9). La bondad de Ragüel se pone de manifiesto en su sinceridad con el joven Tobías y en que intenta evitar su muerte queriendo dilatar la decisión que le pide la Ley del Señor (v. 10). Su consentimiento al final muestra que por encima de todo está la obediencia a la Ley de Moisés (v. 11), a pesar de las consecuencias que pudiera llevar consigo.
En la Vulgata la decisión de Ragüel viene motivada por unas palabras del ángel que le dice: «No temas dársela, porque tu hija debía darse en matrimonio a éste que teme a Dios; por eso ningún otro pudo poseerla». A lo que responde Ragüel: «No dudo de que Dios ha acogido en su presencia mis oraciones y lágrimas. Creo que por eso os ha hecho venir hasta mí, para que ella se una a un pariente suyo según la Ley de Moisés. Ahora no dudes de que voy a entregártela».
▲ COMENTARIO
Tb 7,13-17
Es la primera vez que encontramos en la Biblia un acto formal de contrato matrimonial con un documento escrito. Ese documento recibirá luego entre los judíos el nombre de Ketubá. Para los padres de Sara, la boda, más que una fiesta, parece un duelo, aunque conservan la esperanza de que esta vez las cosas serán de otra manera ya que todo se hace según la Ley del Señor, al que invocan.
▲ COMENTARIO
Tb 8,1-12
Tres acciones se desarrollan al mismo tiempo: la de Rafael que vence y encadena al demonio tras haber sido ahuyentado por un poco de humo, símbolo de su debilidad ante el hombre que se deja guiar por la palabra de Dios. La de los padres de Sara que cavan la fosa para Tobías, símbolo de los que obran guiados por la prudencia humana sin confiar en la providencia divina y que se equivocan. Y la de Tobías y Sara que dedican esa noche a la oración y así obtienen la bendición del Señor. Es ésta una oración de alabanza al Señor recordando la creación del hombre y de la mujer (cfr Gn 2,18), y de petición de la bendición de Dios.
La Iglesia propone este último pasaje como uno de los que son aptos para leerse en la liturgia del sacramento del matrimonio, porque refleja el aspecto humano y divino del amor en el matrimonio. El amor matrimonial, dice el Concilio Vaticano II, «por ser eminentemente humano, ya que se dirige de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por ello, puede enriquecer con una dignidad peculiar las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como signos especiales de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar, perfeccionar y elevar este amor con un don especial de la gracia y la caridad. Tal amor, que asocia a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, demostrado con ternura y afecto de obras, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad, se perfecciona y crece. Por consiguiente, supera con mucho la mera inclinación erótica, que, cultivada de forma egoísta, se desvanece muy rápida y miserablemente. Este amor se expresa y se perfecciona de manera singular en el acto propio del matrimonio. Por ello, los actos con que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud» (Gaudium et spes, n. 49).
▲ COMENTARIO
Tb 8,13-21
La primera reacción de los padres de Sara al ver lo ocurrido es la oración, dando gracias, bendiciendo a Dios, y pidiendo la felicidad para sus hijos. Después viene lo demás: corregir el error (v. 18) y celebrar, ahora sí como verdadera fiesta, las bodas. En esta ocasión duran el doble de lo normal (v. 20) como expresión de lo excepcional que ha sido el favor divino. Por el matrimonio Tobías pasa a formar parte como hijo de la familia de Ragüel y Edna. La alegría que llena este matrimonio incoa la alegría con que los cristianos verán el matrimonio convertido en sacramento: «¿Cómo describiré la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado?… Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu… Al contemplar esos hogares, Cristo se alegra, y les envía su paz; donde están dos, allí está también Él, y donde Él está no puede haber nada malo» (Tertuliano, Ad uxorem 2,9).
▲ COMENTARIO
Tb 9,1-6
En la alegría de la boda, Tobías no olvida el motivo del viaje ni le abandona el recuerdo y la piedad hacia sus ancianos padres. Una vez más cuenta con la ayuda del ángel que ahora actúa como un fiel servidor a las órdenes del joven. Todo sucede según lo previsto. El autor sagrado se despreocupa de la lógica temporal de los hechos, pues Ecbatana estaba a 360 km. de Ragués, y el viaje duraría cerca de veinte días. Lo que le interesa mostrar es la servicialidad del ángel, la honradez de Gabael y su participación en la alegría de la boda. La oración fluye espontáneamente de labios de Gabael, como sucede a lo largo de todo el libro de Tobías. La compañía del ángel se ha mostrado como la ayuda más eficaz para cumplir la misión encomendada: «Pido al Señor que, durante nuestra permanencia en este suelo de aquí, no nos apartemos nunca del caminante divino. Para esto, aumentemos también nuestra amistad con los Santos Ángeles Custodios. Todos necesitamos mucha compañía: compañía del Cielo y de la tierra. ¡Sed devotos de los Santos Ángeles! Es muy humana la amistad, pero también es muy divina; como la vida nuestra, que es divina y humana. ¿Os acordáis de lo que dice el Señor?: ya no os llamo siervos, sino amigos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 315).
▲ COMENTARIO
Tb 10,1-7
En casa de Tobit se da un fuerte contraste entre la actitud llena de esperanza de éste, que supone las dificultades que podía haber encontrado su hijo para retrasarse, y la postura desesperada de Ana, que se empeña en pensar que su hijo ha muerto. Aunque es Tobit quien está ciego físicamente, ahora es Ana la que se vuelve ciega en su alma por perder la confianza en Dios. En la tradición ascética cristiana ha quedado señalada esta paradoja: quien confía en el Señor siempre ve con claridad aunque las contrariedades externas parezcan ofuscarle: «Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis» (S. Juan Mediocre de Nápoles, Sermones 18).
▲ COMENTARIO
Tb 10,8-13
Una vez más se enfatiza el amor de Tobías a sus padres y su firme decisión de cumplir sus deberes hacia ellos, a pesar de las instancias de Ragüel a retrasar el viaje de vuelta (v. 9). Las despedidas y las recomendaciones hechas por los padres de Sara a ésta y a Tobías rezuman de nuevo el respeto y amor hacia los padres, propios o del cónyuge, así como la solicitud y cariño que ha de tener el marido por su esposa, designada aquí como «hermana» (v. 12). Aunque tristes por la partida de la hija, los padres de Sara quedan con la esperanza de volver a verla de nuevo cuando Tobías haya cumplido sus obligaciones familiares (v. 12). Al final del pasaje el honrar a los padres durante toda la vida se considera una virtud que hay que alcanzar (v. 13). No en vano en la Ley de Dios «el cuarto mandamiento encabeza la segunda tabla. Indica el orden de la caridad. Dios quiso que, después de Él, honrásemos a nuestros padres, a los que debemos la vida y que nos han transmitido el conocimiento de Dios. Estamos obligados a honrar y respetar a todos los que Dios, para nuestro bien, ha investido de su autoridad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2197).
▲ COMENTARIO
Tb 11,1-14,15
Después de haber narrado el viaje a Media, el autor sagrado, continuando el argumento de su obra, nos lleva de nuevo a Nínive. Da cuenta, en primer lugar, de la llegada de Tobías acompañado del ángel y de Sara, y de la curación de la ceguera de Tobit (11,1-18). Con esto el ángel ha cumplido su misión (cfr 3,16-17), y ya puede manifestar abiertamente su identidad y desaparecer (12,1-22). Tobit reacciona elevando a Dios un largo cántico de alabanza (13,1-18), y, finalmente, tras dejar a su hijo su testamento espiritual, muere en la paz del Señor (14,1-11). Tobías y Sara, por su parte, tras haber cumplido sus deberes filiales en Nínive, van a establecerse a Media junto a los padres de Sara (14,12-15).
La historia tiene un final feliz, como correspondía a las buenas obras realizadas por Tobit, y a la misericordia de Dios que no abandona a los justos. Las pruebas han sido duras, pero la confianza puesta siempre en el Señor se ha visto recompensada por una especial providencia divina llevada a cabo mediante el ángel Rafael. Ésta es la lección más importante que deja el libro de Tobías. Cierto que no siempre los ángeles resuelven situaciones dolorosas de un modo tan prodigioso como lo muestra la historia de Tobías; pero siempre están junto a nosotros en las pruebas y nos confortan si confiamos en Dios. Así lo vemos cumplido ciertamente en la vida de nuestro Señor Jesucristo. En el momento de la pasión un ángel del cielo le confortó en el huerto de los olivos (cfr Lc 22,43); pero Jesús hubo de beber el cáliz del sufrimiento y la muerte para cumplir la voluntad de Dios Padre en orden a la redención de los hombres.
▲ COMENTARIO
Tb 11,1-15
La escena previa a la entrada de los viajeros a Nínive (vv. 1-8) se parece a la descrita anteriormente, antes de la entrada a Ecbatana (cfr 6,10-19), y conecta con la del inicio del viaje mediante la mención del perro (cfr 6,1). Es el ángel el que de nuevo lleva la iniciativa e instruye a Tobías sobre lo que éste ha de hacer y lo que va a suceder. Después (vv. 9-15), el narrador sagrado describe con rapidez la acción de cada personaje: Ana, Tobit y Tobías. Ana queda curada de su ceguera espiritual al ver a su hijo; Tobit de su ceguera física gracias a la sabiduría del ángel y la obediencia y colaboración de Tobías. Por eso Tobit, en la plegaria que fluye de sus labios inmediata y espontáneamente, bendice a Dios y a todos sus ángeles aun sin conocer todavía la identidad de Rafael.
▲ COMENTARIO
Tb 11,15-18
La recuperación del dinero, que había sido el motivo inmediato del viaje, cede en importancia ante la noticia de la boda con Sara que Tobías comunica a su padre (v. 15). Éste, en efecto, no se ocupa en contar el dinero, sino en testimoniar que Dios le había curado (v. 16), y en dar la bienvenida a su nueva hija y festejar el matrimonio de Tobías (vv. 17-18). Todo se lleva a cabo haciéndolo al mismo tiempo motivo de oración y alabanza a Dios.
Nadab (el texto dice Nabad, pero cfr 14,10ss.) era sobrino de Ajicar. Según la obra que mencionábamos antes, la «sabiduría de Ajicar» (cfr nota a 1,21-22) y según el mismo libro de Tobías (cfr 14,10), Nadab traicionó a su tío Ajicar. El autor del libro de Tobías parece situar la historia antes de dicha traición (v. 18).
▲ COMENTARIO
Tb 12,1-22
Dar al ángel la mitad del dinero que han traído de Media es signo de la gran generosidad de Tobit y del reconocimiento por parte de Tobías de los grandes servicios prestados por el ángel. A él atribuye el joven todos los bienes reportados por el viaje (v. 3). Pero ahora el acento se pone en las palabras de Rafael que, por ser palabras angélicas, tienen un valor especial. San Ambrosio, al comentar el libro de Tobías, se fija de manera especial en aquellas virtudes que hacen de Tobit un modelo de justicia y misericordia: «Pero el santo Tobías (…) sabía que también al servidor había que pagarle la recompensa. Ofreció hasta la mitad y no es casualidad que encontrara como servidor un ángel. Y tú, cuando defraudas la recompensa a un justo, peor aún a un débil —¡ay de aquél que escandalizara a uno de estos pequeños!— ¿cómo sabes que no estás defraudando a un ángel? No debemos pues dudar de que en el servidor pueda haber un ángel, desde el momento en que Cristo puede encontrarse en el más pequeño. Da pues su recompensa al servidor y no le prives del premio de su trabajo, porque también tú eres servidor de Cristo que te ha conducido a su viña y te ha preparado una recompensa celestial» (S. Ambrosio, De Tobia 24,91-92).
Ante el natural temor reverencial que sienten Tobit y su hijo por encontrarse en presencia de un ángel, Rafael les tranquiliza con las palabras habituales y haciéndoles ver que, en definitiva, todo responde a la voluntad de Dios, y que la respuesta a ello ha de ser la alabanza al Señor y el testimonio de sus obras puesto por escrito (vv. 17-20). Tobit y Tobías cumplen lo primero (v. 22); el autor sagrado ha cumplido lo segundo.
Numerosos salmos de la Biblia, sobre todo los de acción de gracias, corresponden a esa actitud de testimoniar lo que Dios ha hecho en la vida personal del salmista; pero donde tal testimonio brilla con el mayor esplendor es en el Magnificat, la oración de alabanza que pronunció la Virgen María después de la Anunciación (cfr Lc 1,46-55).
▲ COMENTARIO
Tb 13,1-18
La forma actual del cántico, como se ve a partir del v. 9, no responde al contexto histórico en el que el autor había situado su historia, es decir, a la deportación de los israelitas a Asiria en el s. VIII a.C. El himno supone la destrucción de Jerusalén y la cautividad de los judíos en Babilonia que sucedió el s. VI a.C. Está compuesto para ser recitado por los judíos de la diáspora en cualquier circunstancia. Quizá a este uso se debe la fuerte discrepancia del texto entre unos y otros de los antiguos códices. En el Sinaítico, que parece reflejar el texto más antiguo conocido, faltan los versículos 8-10. Los que aparecen en la traducción están tomados de la versión latina de la Neovulgata que, a su vez, los recoge de versiones latinas anteriores a la Vulgata hecha por San Jerónimo en el s. IV d.C. En otros códices griegos, como el Vaticano y el Alejandrino, de los s. IV y V d.C., esos versículos cambian notablemente dando cabida a locuciones de Tobit en primera persona. En ellos leemos: «8Yo le proclamo en la tierra de mi cautividad / y muestro su poder y majestad / a gente pecadora. / Convertíos, pecadores, / y practicad la justicia en su presencia. / ¿Quién podrá saber si os volverá a querer / y a tener misericordia con vosotros? / 9Yo ensalzo a mi Dios / y mi alma al rey del cielo, / y me alegro por su inmensa grandeza. / 10Todos le alaban, lo proclaman en Jerusalén. / ¡Jerusalén, ciudad santa!, /que será castigada por las acciones de sus hijos, / pero otra vez se apiadará de los hijos de los justos. / 11De nuevo construirá en ti con alegría tu tabernáculo».
En los versículos 11-18 del canto de Tobit que aparece en el texto resuenan frases tomadas de los Salmos y del libro de Isaías, presentando la alegría de los deportados al volver a la Tierra (cfr Is 66,1-24), la peregrinación de todas las naciones a Jerusalén (cfr Is 2,1-5; 60,1), la dicha de los que hayan llorado por ella (cfr Is 66,10), y su reconstrucción (cfr Is 49,17; 61,4). Como en estos pasajes citados, también en el cántico de Tobit late la esperanza de la reunificación del pueblo judío en torno a una Jerusalén maravillosamente reconstruida (vv. 17-18). Esperanza que continúa hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo y que en el Nuevo Testamento se proyecta a la Iglesia, la nueva Jerusalén que aparecerá gloriosa al fin de los tiempos (cfr Ap 21,2-22,15).
▲ COMENTARIO
Tb 14,1-11
Tobit es presentado con los rasgos de los antiguos patriarcas, tanto por la edad avanzada en la que muere, como por el testamento que pronuncia antes de morir, semejante a los Testamentos de los doce patriarcas según han llegado en una obra apócrifa que lleva ese nombre. Como en esos testamentos también el autor del libro de Tobías hace un breve resumen de la vida del protagonista, en este caso Tobit, y transcribe después el testamento que deja a su hijo antes de morir. En él se habla de lo que va a ocurrir en un tiempo próximo y lo que ocurrirá cuando Dios cumpla definitivamente sus promesas (vv. 3-7). También como en aquellos testamentos, Tobit da exhortaciones sobre la conducta que han de guardar sus descendientes (vv. 8-11).
La vida de Tobit viene resumida en haber soportado pruebas, haber dado limosnas y haber bendecido al Señor. Un magnífico balance. La recomendación a su hijo Tobías de que salga de Nínive y vaya a Media viene apoyada en la fe de Tobit en que han de cumplirse las palabras de los profetas. Se cita expresamente a Nahúm, cuyos oráculos contra Nínive se conservan en el libro que lleva su nombre, transmitido en la colección de los doce profetas menores. Pero se piensa, al mismo tiempo, en todos los profetas, incluidos aquellos que posteriormente predijeron la ruina de Jerusalén, la cautividad de Babilonia y la vuelta del destierro (Isaías, Jeremías, etc.). En el testamento de Tobit se encuentra además el eco de otras voces que conocemos por la literatura apócrifa, como los libros de Henoc, y que consideran provisional el Templo reconstruido a la vuelta del destierro en el siglo VI a.C. En este sentido Tobit habla de un futuro lejano en el que el Templo será construido según el modelo anunciado por los profetas (cfr Ez 40-44), todas las naciones de la tierra se convertirán, los israelitas serán congregados de entre las naciones y los pecadores desaparecerán de la tierra (vv. 5-7). Esas mismas perspectivas las encontramos en algunos pasajes de los Testamentos de los doce patriarcas, y quedan recogidas, si bien en otro lenguaje aún más simbólico, en el libro de Daniel (cfr Dn 9,24). La recomendación de Tobit a su hijo anunciándole las catástrofes futuras sobre Nínive encuentran un parecido en las palabras de Jesús cuando recomienda a sus discípulos que abandonen Jerusalén, anunciándoles también las desgracias que han de venir sobre la Ciudad Santa y uniéndolas a lo que sucederá al final de los tiempos (cfr Mt 24,15-28 y par.).
Las exhortaciones de Tobit se dirigen primero a sus descendientes (v. 8), y luego directamente a Tobías, instándole de nuevo a que abandone Nínive en cuanto haya cumplido sus deberes filiales con su madre (v. 9). Pero esta vez el argumento es la corrupción que reina en la ciudad, y le pone como ejemplo el caso de Ajicar. Éste, en efecto, según se cuenta en la obra llamada «Sabiduría de Ajicar» (cfr nota a 1,21-22), había sido condenado a muerte por el rey Senaquerib a causa de la traición y acusaciones de su sobrino Nadab, pero consiguió escapar a la sentencia con ayuda de un amigo, y esconderse de su sobrino. Más tarde el rey necesitó de sus consejos y lo rehabilitó; pero Ajicar continuó instruyendo a su sobrino. En el recuerdo que se hace de Ajicar en el libro de Tobías se atribuye su triunfo a haber hecho limosnas. Éste es un estribillo constante del libro de Tobías: la oración es escuchada cuando va acompañada de las obras, especialmente de la limosna: «Los que oran no pueden presentarse ante Dios con súplicas vacías, desprovistas de frutos. Una súplica estéril no tiene eficacia ante Dios. Así como todo árbol que no da fruto es cortado y arrojado al fuego, del mismo modo también la oración desprovista de fruto, es decir, no fecunda en obras buenas, no puede merecer ante Dios. Por ello la divina Escritura nos instruye diciendo: Buena es la oración con el ayuno y la limosna. (…) En efecto, las oraciones acompañadas con los méritos de las buenas obras suben inmediatamente ante Dios. Así se lo testificó el ángel Rafael a Tobías» (S. Cipriano, De oratione dominica 32-33).
▲ COMENTARIO
Tb 14,12-15
El libro termina presentando a Tobías como modelo de piedad filial hacia sus padres y hacia sus suegros, y destacando el premio que recibe por ello (vv. 13-14). Al señalar que se cumplen las profecías sobre la caída de Nínive —destruida por Ciaxares, rey de los medos, unido a Nabucodonosor de Babilonia, el año 612 a.C.—, el autor sagrado deja entender que también se cumplirán las otras profecías sobre la edificación del Templo y reunificación de los judíos; de ahí la alegría de Tobías.