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NEHEMÍAS
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Ne 1,1-13,31
El libro de Nehemías constituye una unidad literaria con el de Esdras. En éste se había narrado el regreso de los deportados, la reconstrucción del Templo (cfr Esd 1,1-6,22) y la restauración religiosa llevada a cabo por Esdras, el escriba (cfr Esd 7,1-10,44). Ahora la narración continúa con la reconstrucción y repoblación de Jerusalén, y con la restauración del pueblo en la Ciudad Santa, llevada a cabo por Nehemías (1,1-13,31).
Nehemías fue un funcionario de la corte real persa a quien el rey Artajerjes dio la autorización para dirigirse a Jerusalén, en la provincia de Judá, y reconstruirla. El origen de la mayor parte de este libro se encuentra probablemente en las «memorias de Nehemías», escritas por él mismo unos años después de haber llevado a cabo su misión, y redactadas a partir de un breve informe elaborado inmediatamente después de los acontecimientos. Estas memorias constituyen una valoración de los hechos vividos a la luz de la fe en el Dios de Israel. El autor sagrado que redactó el libro en su forma actual uniendo las memorias de Esdras y Nehemías organizó los contenidos de esas «memorias» insertando en las de Nehemías datos de las de Esdras, como por ejemplo el que habla de la lectura de la Ley realizada por Esdras (cap. 8).
El relato comienza con el proyecto de reconstrucción de Jerusalén, principal objetivo de la primera misión de Nehemías (1,1-2,20); a continuación se describen las obras de restauración de la ciudad (3,1-6,19), y las tareas de repoblación (7,1-72). Sin embargo, el núcleo central del libro lo constituyen la proclamación de la Ley realizada por Esdras y la confesión de los pecados del pueblo que se compromete a cumplir la Ley (8,1-10,40). Una vez expuesta la idea central, se describe la repoblación del resto del territorio (11,1-12,26) y la dedicación de la muralla ya reconstruida (12,27-47). Finalmente, el libro concluye con la reseña de la restauración de la sociedad judía según la Ley de Moisés, principal tarea de la segunda misión de Nehemías (13,1-31). De este modo, en el centro de la estructura literaria del libro se puede descubrir su enseñanza fundamental: la valoración, a la luz de la Ley de Dios, de la propia vida y de la historia del pueblo, y la confesión de los pecados puestos al descubierto por la Ley.
En la tradición cristiana la reconstrucción de la Ciudad de Dios, relatada en este libro, ha sido identificada alegóricamente con la edificación de la Iglesia.
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Ne 1,1-11
Las «memorias de Nehemías» exponen en primer lugar los motivos de los que se sirvió el Señor para mover a Nehemías a pedir al rey el permiso para dirigirse a Jerusalén y restaurar la Ciudad Santa. Están escritas en primera persona y con la espontaneidad y el agradecimiento a Dios de quien, pasado el tiempo, recuerda con emoción los esfuerzos realizados al servicio de su Señor.
Al enterarse Nehemías de que la ciudad de Jerusalén estaba desolada, al parecer por algunos acontecimientos recientes que desconocemos, tuvo una reacción profundamente religiosa: comprendiendo que esa situación era consecuencia de las infidelidades cometidas contra Dios, hizo penitencia y, dolido, oró ante el Señor (v. 4). En este sentido, San Beda comenta que así como entonces Jerusalén estaba desolada, «también ahora la Iglesia es afligida, y se duelen con una saludable tristeza los que mirándose a sí mismos observan que, como consecuencia de sus pecados pasados, de los vicios de otros y de la negligencia de quienes podían haber hecho que las cosas fuesen mejor si hubieran corregido a muchos, el diablo tiene un acceso a la Iglesia tan fácil como a través de los muros derruidos de la ciudad» (In Esdram et Nehemiam 3,15).
La oración de Nehemías (vv. 4-11) incluye el reconocimiento de los pecados cometidos, la confianza en que Dios escucha las súplicas que se le dirigen, y la convicción de que sólo Él puede hacer cambiar el curso de los acontecimientos. Recuerda al Señor la promesa que había hecho a Moisés previendo de antemano el destierro (cfr Dt 30,1-4).
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Ne 2,1-20
Nehemías, absolutamente confiado en el Señor, puso los medios humanos a su alcance para ayudar a sus compatriotas. Después de haber rezado durante cuatro meses —desde Kisleu (1,1) hasta Nisán (v. 1)—, y aprovechando una ocasión propicia, resolvió exponer sus proyectos al monarca, y consiguió de éste no sólo la autorización para llegar hasta Judá y reconstruir Jerusalén, sino también los materiales necesarios para su construcción (vv. 1-9). El rey Artajerjes al que se alude (v. 1) sería probablemente Artajerjes I (465-425 a.C.); y el año veinte de su reinado corresponde al 445 a.C.
Cuando Nehemías llegó a la ciudad de sus antepasados, encontró desde el principio la oposición del gobernador de Samaría, Sanbalat, y de Tobías, un influyente hacendado que había emparentado con familias sacerdotales (cfr 6,17-18). Sin embargo, consiguió que personajes influyentes de Jerusalén (v. 16) se uniesen a su proyecto. Actuando con prudencia, y al mismo tiempo con audacia, se apoyó siempre en la certeza de que contaba con el auxilio del Señor para sacar adelante sus proyectos (v. 20).
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Ne 3,1-38
Se introduce aquí, rompiendo el hilo del relato que se reanuda en el v. 33, una lista de los grupos que participaron en esa tarea, especificando la zona en la que trabajó cada uno. Entre los constructores figuran sacerdotes y levitas; nobles y príncipes; representantes de diversos gremios, como los orfebres, los perfumistas o los mercaderes; los jefes de los distritos de la provincia, y gentes venidas de otras ciudades como Jericó, Tecoa, Gabaón o Mispá. Todos ellos colaboraron en la obra común desempeñando cada uno su labor en el lugar asignado. Así pues, para que el proyecto del Señor en favor de su pueblo se desarrollara con éxito, fue necesario el esfuerzo coordinado de muchos; pero, sobre todo, fue determinante el auxilio de Dios que escuchó sus plegarias (v. 36) y bendijo su esfuerzo.
También hoy, en la construcción de la Iglesia y de un mundo mejor no faltarán dificultades procedentes de personas que se sienten ofendidas por el esfuerzo y el entusiasmo de quienes toman en serio esa tarea. Así «los enemigos de la Iglesia se enfadan cuando ven que los elegidos se ponen a trabajar en la restauración de los muros de la Iglesia, es decir, por la fe católica o por la reforma de las costumbres» (S. Beda, In Esdram et Nehemiam 3,16). Sin embargo, así como las burlas de sus oponentes no lograron disuadir a los que trabajaban en la reconstrucción de Jerusalén, de la misma manera, por grandes que sean los sufrimientos que haya que afrontar para superar los obstáculos, no puede faltar la certeza de que el Señor sigue apoyando el trabajo que su Iglesia realiza.
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Ne 4,1-17
Los que trabajaban en la reconstrucción de las murallas tuvieron que hacer frente a dificultades de todo tipo. La primera llegó de los pueblos de alrededor: Asdod por el este, Sanbalat y el ejército de Samaría al norte, los amonitas al oeste y los árabes en las zonas desérticas del sur se aliaron en contra de los habitantes de Jerusalén. La ciudad estaba totalmente rodeada. En esas circunstancias los judíos comenzaron a decir que estaban desanimados y sin fuerzas para construirla, tal vez intentando disuadir a sus enemigos de realizar un ataque (v. 4). Pero después, al recibir más noticias de las asechanzas que se cernían sobre la ciudad, Nehemías dispuso sus efectivos para la defensa; y, cuando se conjuró el peligro más inminente, dejó preparado un sistema capaz de reaccionar con prontitud ante cualquier agresión que se produjese (vv. 9-17). En una lectura espiritual del texto, aquellos constructores que tienen en una mano el instrumento de trabajo y en la otra la espada son imagen del cristiano que está llamado a edificar el Reino de Dios con obras de amor y caridad, y, al mismo tiempo, a defenderse mediante una lucha ascética constante de las asechanzas del enemigo.
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Ne 5,1-19
El segundo problema con el que se encontró Nehemías fue la situación social de los judíos. Existía descontento entre la población judía más pobre debido a que habían tenido que entregar sus campos a sus compatriotas más pudientes a cambio de préstamos para pagar el impuesto al rey. Ahora se encontraban sin campos y sin recursos, por lo que tenían que someter a sus hijos e hijas a servidumbre como si fueran esclavos. El peso de las deudas contraídas con sus compatriotas era realmente insoportable (vv. 1-5). Nehemías, con la autoridad que ya había adquirido entre sus compatriotas, y proponiéndose él mismo como ejemplo de solidaridad (vv. 14-16) emprende una reforma social de enorme importancia y trascendencia.
En primer lugar establece la condonación de las deudas y la vuelta de los campos enajenados a sus propietarios originales, al modo como se establece en Dt 15,1-18 para el año sabático. Propone, además, que cada siete años se proceda a hacer lo mismo con los intereses de los préstamos efectuados (cfr 10,32). Nehemías encontró ciertas resistencias a tales medidas, sobre todo de parte de los hacendados o notables y de los funcionarios (cfr v. 7), aunque sin duda comprendían que a la larga aquella situación era insostenible. Por otra parte, ellos con sus fortunas ayudaban a sostener el culto del Templo, y por eso gozaban del apoyo de los sacerdotes. A estos últimos precisamente responsabiliza Nehemías de que se apliquen aquellas medidas, urgiéndoles mediante un gesto parecido a los que hacían los profetas (vv. 12-13; cfr Jr 18,1-12). En contraposición y para compensar a los sacerdotes de las pérdidas que pudieran suponer para ellos y para el culto esas disposiciones drásticas, Nehemías establece otra forma de sostener el culto y el personal del Templo, que queda recogida en 10,33-40. Las nuevas medidas incluyen un impuesto general de dinero para el Templo, turnos para aportar leña para los sacrificios, ofrenda de las primicias para los sacerdotes y el diezmo de todo para los levitas, si bien bajo la supervisión de los sacerdotes.
Con esas reformas Nehemías sienta los fundamentos para la estructuración socioeconómica del judaísmo durante el periodo siguiente, hasta la destrucción del Templo. De manera semejante, la reconstrucción de la ciudad —las murallas y antes el Templo— constituye la base para hacer de ésta el centro espiritual de todos los judíos. Posteriormente se desarrollaron leyes más precisas —aunque también más idealizadas— sobre el año sabático y jubilar (cfr Lv 25,1-55), y el centro de atención espiritual será ocupado por la Ley y sus prescripciones dictadas por Esdras (cfr Ne 8,1-18).
Al presentar los problemas sociales como un obstáculo para el avance de las obras —problemas que muy probablemente no se produjeron como consecuencia de las tareas de reconstrucción sino que vendrían de antes— el texto sagrado resalta la necesidad de no descuidar la justicia social ni la solidaridad con los más desfavorecidos con la excusa de sacar adelante una gran empresa común, como en ese caso era la reconstrucción de las defensas de Jerusalén. En primer término estaba la dignidad de los judíos como miembros de un pueblo al que Dios había dado la libertad. El problema sigue siendo actual, y plantea un reto de coherencia entre la distribución de los bienes materiales y el reconocimiento de la dignidad humana, a la luz de la fe. «El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. Los que cuentan más, al disponer de una porción mayor de bienes y servicios comunes, han de sentirse responsables de los más débiles, dispuestos a compartir con ellos lo que poseen. Éstos, por su parte, en la misma línea de solidaridad, no deben adoptar una actitud meramente pasiva o destructiva del tejido social y, aunque reivindicando sus legítimos derechos, han de realizar lo que les corresponde, para el bien de todos. Por su parte, los grupos intermedios no han de insistir egoístamente en sus intereses particulares, sino que deben respetar los intereses de los demás. (…) La solidaridad nos ayuda a ver al “otro” —persona, pueblo o nación—, no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un “semejante” nuestro, una “ayuda” (cfr Gn 2,18,20), para hacerlo partícipe como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios» (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, n. 39).
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Ne 6,1-19
Paralelo al progreso de las construcciones, se intensifica el empeño de los que se oponían a que llegasen a buen término. Insisten en llamar a Nehemías para que acuda a reunirse con ellos, tal vez con el propósito de matarlo (vv. 1-4). Restaurar la muralla equivalía a hacer de Jerusalén una ciudad fuerte, símbolo de la restauración del pueblo judío, con un gobernador propio, Nehemías, y con capacidad de cerrarla a los de fuera. De ahí la oposición de los habitantes de Samaría y de los pueblos vecinos, pero también de algunos judíos que quizá veían peligrar así sus negocios. Los gobernadores de esos pueblos amenazan a Nehemías con acusarlo ante el monarca persa de estar preparando una sublevación para proclamarse rey de Judá (vv. 5-8). También intentan asustarlo diciéndole que se está preparando un plan para darle muerte, y así ver si actúa con cobardía y se esconde, con lo que quedaría desprestigiado ante sus conciudadanos (vv. 10-13). Sin embargo, nada consigue apartarle de su camino, y por fin tiene el gozo de contemplar terminada su tarea, a comienzos de octubre del 445 a.C. (v. 15).
Aunque los constructores pusieron todos los medios humanos necesarios para llevar a cabo la reconstrucción, no se les ahorró ningún esfuerzo ni en la edificación ni en la defensa de las obras. Reconocen con sencillez que el mérito no es suyo, ya que la obra fue realizada «con el auxilio de nuestro Dios» (v. 16).
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Ne 7,1-72
Concluida la reconstrucción de los muros de la ciudad y colocadas las puertas, se tomaron las medidas pertinentes para custodiarla y controlar el tránsito por ella. Antes de narrar la ceremonia de la dedicación solemne de las murallas (cfr 12,27-47), el texto sagrado se detiene en la descripción de la restauración de la vida ciudadana y en primer lugar de la repoblación de Jerusalén y de Judá. El tema continuará en 11,1-36, pero antes el hagiógrafo dará cuenta de la renovación de la vida religiosa del pueblo en torno a la Ley (caps. 8-9) y del pacto escrito del pueblo con Dios (cap. 10).
Cuando Nehemías se dispone a realizar un censo de los habitantes de Jerusalén para su repoblación, encuentra una lista de los que habían regresado del destierro (vv. 6-72). Esa lista es la misma que figura en el libro de Esdras (cfr Esd 2,1-67) reproducida aquí con muy pocas variantes. Una de las variaciones significativas es que mientras en Esd 2,70 se supone ya repoblada Jerusalén, aquí (v. 72) se recuerda que los repatriados se establecieron en sus ciudades, sin mencionar a Jerusalén, ya que la tarea de repoblarla la va a llevar a cabo Nehemías, como se narra más adelante (11,1-24). La lista de los repatriados sirve aquí no tanto como recuerdo de los primeros retornados —así sucede en Esd 2,1-67—, sino para comprobar efectivamente quién pertenecía al pueblo y quién no. El que no pertenecía quedaba excluido, y el que no podía probar su pertenencia era al menos suspendido de sus cargos (vv. 64-65). Se considera que el pueblo lo forman los descendientes de los que regresaron del destierro —como antes lo habían formado los que subieron de Egipto— y los que aún permanecen en él. Para nada cuentan los hebreos en general descendientes de Abrahán, ni los que permanecieron en la tierra en tiempos de la cautividad, ni los que habían pertenecido al reino del Norte. La política de Nehemías, a diferencia de lo que había sucedido a la vuelta del destierro cuando incluso los extranjeros que se adherían al Señor eran admitidos en el pueblo (cfr Is 56,1-8), era ahora claramente aislacionista. Este aspecto se pondrá aún más de relieve en el cap. 10 al narrar el pacto que el pueblo hace con Dios. En el conjunto de la historia de la salvación podemos comprender esta reforma de Nehemías como algo que sirvió para salvaguardar la pureza de la fe del antiguo pueblo judío hasta la llegada de Nuestro Señor Jesucristo.
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Ne 7,68
A partir de aquí hasta el v. 72b, en que vuelven a juntarse, la numeración de la Neovulgata va desfasada un número con respecto al Texto Masorético. Seguimos la numeración de la Neovulgata.
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Ne 8,1-18
El texto de este capítulo forma parte de las «memorias de Esdras» aunque el autor sagrado lo ha situado dentro del relato de la reconstrucción de la ciudad. Resalta así la importancia de la Ley en la configuración de la nueva etapa de la historia del pueblo elegido, que para el autor sagrado comienza con la reconstrucción de su vida nacional y religiosa llevada a cabo por el sacerdote Esdras y el laico Nehemías. No se conoce con exactitud el año que sucedió lo que aquí se narra, ni el contenido exacto de la Ley que fue proclamada en esa ocasión. Posiblemente se trataría de una parte considerable de lo que actualmente constituye el Pentateuco.
La lectura y explicación de la Ley no tuvo lugar en el recinto del Templo; el pueblo se reunió alrededor del estrado preparado al efecto fuera del Santuario. Si desde el reinado de Salomón hasta la caída de Jerusalén en manos de Nabucodonosor la actividad religiosa se había centrado en el culto del Templo, a partir del destierro fue configurándose en torno a la Ley mediante la institución de la sinagoga. Los deportados, al no poder acudir a la Casa del Señor, se reunían en casas particulares o al aire libre para escuchar la lectura de textos legales y proféticos. La reunión solemne, celebrada en una explanada delante de las murallas, testimonia que en esta nueva etapa protagonizada por Esdras la Ley del Señor estaba pasando a ocupar un lugar preferente en la vida religiosa del pueblo, y que era ya más importante que la ofrenda de víctimas para el sacrificio.
Al escuchar la lectura de los mandamientos de la Ley, el pueblo llora porque no cumplen muchos de ellos y podría sobrevenirles un castigo de parte de Dios. Pero Esdras y los levitas les harán comprender que se trata de recomenzar a partir de ese día, considerado, por ello mismo, «santo». Era el día festivo del comienzo del año civil (cfr Lv 23,24-25; Nm 29,1-6).
La proclamación de la Ley aparece ligada a la celebración de la fiesta de las Tiendas. Esa celebración había sido ya mencionada, más brevemente, en Esd 3,4-6, pero ahora presenta la novedad, sin duda debido a la interpretación de Esdras, de que las tiendas se construyen con los ramos cortados en el monte (cfr Lv 23,39-43). De la fiesta de la Expiación, en cambio, que se celebraba el día diez de ese mes (cfr Lv 23,26-32) no se hace mención. Durante los siete días de la fiesta de las Tiendas Esdras sigue haciendo la lectura de la Ley tal como prescribía Dt 31,9-13 para cuando la fiesta caía en año sabático. En estas acciones de Esdras y de los levitas, maestros de la Ley, puede verse el inicio de lo que sería la «gran sinagoga», órgano oficial del judaísmo durante los siglos siguientes para interpretar la Ley y discernir cuáles eran los libros sagrados. La lectura de los libros de la Ley se convierte en lo sucesivo en el medio más importante de encuentro con Dios y escucha de su palabra.
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Ne 9,1-37
Después de escuchar la proclamación de la Ley y transcurridos los días de alegría de la fiesta de las Tiendas (cfr 8,1-18), el pueblo confiesa sus pecados y reconoce la benevolencia con que Dios les ha tratado una y otra vez. Se ha cambiado el orden de las fiestas que aparecen en Lv 23,26-32 retrasando el día de la Expiación a una fecha posterior a la lectura de la Ley, probablemente para resaltar que aquella lectura avivó en el pueblo la conciencia de su pecado (v. 3).
La oración que aquí se recoge, de estilo semejante a los salmos 78,105 y 106, se inicia reconociendo las bendiciones recibidas de Dios a lo largo de la historia de la salvación, comenzando por la creación del mundo, la elección de Abrahán y la promesa de que su descendencia recibiría la tierra que ahora habitaban (vv. 5-8). Después se centra en la liberación de los hijos de Abrahán de la esclavitud de Egipto y cómo el Señor los cuidó en el desierto hasta que tomaron posesión de la tierra prometida (vv. 9-23). A continuación recuerda que, a pesar de las advertencias de los profetas, los israelitas fueron rebeldes una y otra vez, por lo que, aunque estaban viviendo en la tierra que el Señor había dado a sus padres, no la tenían en propiedad sino que estaban sometidos a la servidumbre de reyes extranjeros (vv. 24-37).
La costumbre de comenzar la oración reconociendo los beneficios del Señor tiene una gran tradición en la Sagrada Escritura tal como lo atestigua el texto que estamos comentando. Así lo hicieron también los primeros cristianos. Por ejemplo, cuando se reúnen en Jerusalén para orar por la libertad de Pedro, prisionero en la cárcel, se dirigen a Dios con las mismas palabras que aquí se emplean: «Señor, Tú eres el que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos» (Hch 4,24; cfr v. 6).
La confesión de los pecados refleja los sentimientos de la gente del pueblo que había permanecido en Judá desde que sus antepasados llegaron a esa tierra, y no los de los que habían regresado allí después de haber sufrido el destierro. A diferencia de estos últimos, no miran con simpatía a los soberanos persas (cfr vv. 36-37) y no hacen ninguna alusión al exilio ni a la posterior restauración.
Este doble movimiento de la oración, agradecimiento a Dios por sus dones y petición de perdón por nuestros pecados, está siempre presente en la oración de los santos y ha de estarlo en la de todo cristiano.
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Ne 10,1-40
Este capítulo continúa la temática del cap. 5 y presenta el compromiso del pueblo a aceptar la reforma propuesta por Nehemías. Sin embargo, el autor sagrado sitúa aquí este pacto, una vez escuchada la proclamación de la Ley hecha por Esdras (cfr 8,1-18), y después de que el pueblo ha reconocido ante Dios sus pecados (cfr 9,1-37). De esta forma realza la unidad entre la obra de Esdras y la de Nehemías, y deja entender que el pacto tenía como fundamento la Ley proclamada por Esdras. Aparece al principio la relación de los firmantes (vv. 1-29), que son ahora los intermediarios de aquel pacto del pueblo con Dios, de manera semejante a como en otras épocas lo fuera Moisés, o Josué o el rey. Como en Dt 5,27; 6,25; Jos 24,16, todo el pueblo se comprometió a guardar esta Ley (vv. 29-30). Los mediadores de la Alianza con el pueblo son sus instituciones y las personas que las representan. Sin duda esto respondía a la situación en que se encontraban, pero no significaba que fuese la definitiva, como pondrán de manifiesto otros libros del Antiguo Testamento, especialmente el de Daniel.
Las cláusulas concretas que se enumeran hacen referencia a las cuestiones especialmente relevantes en el tiempo de la llegada de Nehemías a Jerusalén y que no parece que se hubiesen planteado antes. Nehemías urge al cumplimiento de no emparentar con las gentes del país (v. 31), aplicando lo que en Dt 7,3-4 se dice sobre los gentiles. Tal medida tenía como finalidad salvaguardar la identidad religiosa del pueblo, y, en estas circunstancias, la de los repatriados de Babilonia. Asimismo, Nehemías regula la observancia del sábado que no se cumplía en algunos aspectos y la práctica del año jubilar en lo concerniente a los préstamos (v. 32). Además establece la forma de proveer los medios para el culto, el Templo y su personal, actualizando leyes que se encuentran en el libro del Deuteronomio y de las Crónicas (cfr Dt 14,22-28; 26,1-5; 2 Cro 24,6-9).
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Ne 11,1-36
En el cap. 7 de este libro, al concluir el relato de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, se informó de que la ciudad estaba casi despoblada (cfr 7,1-4) y se incluyó la lista de los que habían regresado del destierro (cfr 7,5-72). Después se abrió un largo paréntesis acerca de la reforma religiosa que llevó a cabo Esdras secundado por Nehemías (cfr 8,1-10,40). Ahora llega el momento de explicar cómo tuvo lugar la repoblación de Jerusalén y del resto de las ciudades de Judá. Los datos pertenecían a las memorias de Nehemías.
Se llama a Jerusalén «la ciudad santa» (v. 1), nombre que se va a emplear con frecuencia a partir de esa época. Así se designa por ejemplo en dos ocasiones en el Evangelio de San Mateo (4,5; 27,53) pero especialmente en el Apocalipsis (11,2; 21,2.10; 22,19) al presentar la nueva Jerusalén como la Esposa del Cordero, una ciudad maravillosa en la que reinan Dios Padre y Cristo, y que es símbolo de la humanidad renovada.
Así como en la Ley estaba prescrito que se debían ofrecer al Señor los diezmos de lo producido por la tierra y también por el ganado (cfr Lv 27,30-33; cfr Dt 14,22-29), ahora se establece que una de cada diez personas fuera destinada a vivir en la Ciudad Santa, consagrada al Señor (v. 1).
La lista de los que se establecieron en Jerusalén y en Judá incluida en vv. 3-20 refleja la situación real de ese momento. Esa lista, con ligeras variantes, fue reproducida en 1 Cro 9,2-17 para hacer notar, lo mismo que ahora, la continuidad existente entre los antiguos pobladores del territorio y los nuevos habitantes de Jerusalén y de Judá después de la restauración. A esta primera lista se añadieron algunos datos complementarios relativos a las personas dedicadas al culto (vv. 21-24), así como un elenco de las ciudades que habitaban en el territorio de Judá y Benjamín (vv. 25-36).
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Ne 12,1-26
Antes de la dedicación de la muralla encontramos la relación de sacerdotes y levitas repatriados en la primera expedición, de modo parecido a como en Esd 2,1-67 se recoge una lista similar antes de narrar el comienzo del culto en Jerusalén, y a como en Ne 7,1-72 aparece la misma lista antes de que se celebre la proclamación solemne de la Ley. Ahora esta lista de sacerdotes y levitas prepara el otro momento importante en el conjunto de los acontecimientos narrados en Esdras-Nehemías: la dedicación de la muralla, en la que estos personajes tendrían un papel de primer orden, pues se trata de un acto de gran relevancia religiosa.
Es posible que la lista, que tal como está presenta signos de haber sido reelaborada según la intención del autor sagrado (cfr v. 26), respondiera originariamente a salvaguardar los derechos de antigüedad adquiridos por algunos sacerdotes y levitas. En cualquier caso el v. 10 nos ofrece un dato interesante para la cronología de los hechos, ya que nos dice que Elyasib, contemporáneo de Nehemías (cfr 13,4) era nieto de Josué, el sacerdote que llegó a Jerusalén con Zorobabel.
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Ne 12,27-43
Por fin llegó el momento largamente esperado por los deportados que habían regresado a restaurar la ciudad de Jerusalén. Concluidas las obras y repoblada la ciudad y sus alrededores, tuvo lugar la dedicación solemne de las murallas. Para ello, se organizaron dos cortejos que fueron rodeando la ciudad con cánticos hasta encontrarse en el Templo, donde se culminó la celebración con la ofrenda de grandes sacrificios. Desde el principio del pasaje (v. 27) hasta el final (v. 43) se subraya el gran gozo de todos por haber concluido la obra emprendida.
San Beda interpreta estos festejos del pueblo que toma posesión solemne de la ciudad como una alegoría de la entrada triunfal de la Iglesia en la gloria una vez realizada su misión en la tierra: «Se hace la dedicación una vez terminada la Ciudad Santa. De igual modo, cuando al fin de los tiempos se haya completado el número de los elegidos, toda la Iglesia será introducida en los cielos para contemplar a su Fundador» (In Esdram et Nehemiam 3,33).
Aquellos hombres que, dirigidos por Nehemías, reconstruyeron la ciudad de Jerusalén tuvieron que superar numerosos obstáculos hasta vivir el gozo de ese momento; pero como fruto de su tenacidad y confianza en Dios, lograron ver recompensados sus esfuerzos al servicio del Señor y de sus conciudadanos. La profunda alegría de ese momento, fruto de la satisfacción del deber cumplido, es una perenne invitación a culminar las tareas que se afrontan. «Comenzar es de todos; perseverar, de santos. Que tu perseverancia no sea consecuencia ciega del primer impulso, obra de la inercia: que sea una perseverancia reflexiva» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 983).
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Ne 12,44-13,3
Queda aquí reflejada la situación ideal para el autor sagrado. El pueblo es feliz y su felicidad le viene de ver que el culto en el Templo se desarrolla perfectamente. Para ello se han previsto los mecanismos económicos necesarios y todos colaboran a su mantenimiento. En esa situación se ve cumplido el orden que había establecido David y que había recuperado Zorobabel con los primeros repatriados. Ahora se restablece gracias a Nehemías. El que aquí no se mencione a Esdras puede deberse a que lógicamente no aparecería en las memorias de Nehemías.
El cuadro idealizado del fruto de la reforma de Nehemías culmina con la aplicación de Dt 23,4-7 que prohibía admitir en la comunidad a dos pueblos que combatieron a los israelitas antes de entrar en la tierra prometida (cfr Nm 22,2-24,25). Ahora esta prohibición se lleva al extremo y se hace extensible a todos los no judíos. La medida va más allá de lo establecido por Nehemías en su primera misión (cfr 10,31), y puede reflejar una situación posterior, aunque derivada ciertamente de aquellas reformas.
Si bien con rasgos idealizados, y reflejando el contexto propio de esa situación, el pasaje no deja de señalar el bien que supone para toda la sociedad el hecho de que haya personas consagradas a Dios y dedicadas al culto divino y a la oración. Asimismo, conlleva una invitación a alejar todo aquello que en el propio ambiente suponga un riesgo de infidelidad a Dios y a la vocación personal.
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Ne 13,4-31
El libro termina con unos recuerdos de las «memorias de Nehemías» en los que éste habla de su segunda misión, al volver de nuevo a Judá después de que hubiera regresado en el año 433 a.C. a la corte persa (v. 6). Esta segunda misión tuvo lugar antes del año 424 a.C., año en el que murió Artajerjes.
Se ve que las disposiciones de Nehemías en su primera misión no produjeron el efecto que él y la comunidad en el destierro deseaban. O al menos no todos las habían aceptado. Tras su marcha vuelven a imponerse en Jerusalén, e incluso en el Templo, los intereses de Tobías, el amonita (cfr 6,17-19), apoyado por el sumo sacerdote Elyasib, con el que había emparentado (vv. 4-7). Los impuestos para el Templo y los levitas habían dejado de pagarse (vv. 10-13), y los intereses comerciales prevalecían sobre el descanso sabático (vv. 15-22). Pero además, y probablemente como causa de todos estos males (cfr vv. 26-27), Nehemías ve que se siguen dando los matrimonios con mujeres no judías hasta el punto de que algunos pierden su identidad nacional y judía reflejada incluso en la lengua que hablan (vv. 23-25). Nehemías actúa con contundencia en todas estas cuestiones, pero especialmente con la familia del sumo sacerdote Elyasib y con Sanbalat, el gobernador de Samaría. Pero no llega a disolver aquellos matrimonios y expulsar a las mujeres extranjeras con sus hijos como hará Esdras (cfr Esd 10,3.44). Es probable que el sacerdote que Nehemías apartó de su lado (v. 28) encontrase apoyo y se estableciese en Samaría, siendo el inicio, junto con otros, de lo que será más tarde otra rama del pueblo hebreo, los samaritanos.
Como es habitual en la redacción de sus memorias (cfr 5,19 y 6,14), Nehemías interrumpe de vez en cuando la narración para dirigirse al Señor pidiéndole que no se olvide de todo el bien que ha procurado hacer: «¡Acuérdate de mi, Dios mío!» (vv. 14.22.31).