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ESDRAS

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Esd 1,1-6,22

El libro segundo de las Crónicas se cerraba con la narración de la ruina de Jerusalén, consecuencia de la repetida infidelidad a Dios de sus habitantes (cfr 2 Cro 36,17-21), y con el decreto de Ciro ordenando, de parte de Dios, la reconstrucción del Templo de Jerusalén y la vuelta de los desterrados (cfr 2 Cro 36,22-23). El libro de Esdras comienza exponiendo esto mismo (1,1-4) y a continuación narra cómo se realizó. Da cuenta de la preparación para la vuelta (1,5-11), y de quiénes fueron los que regresaron entonces (2,1-70); de cómo se construyó en Jerusalén, antes que nada, un altar y se reanudó el culto (3,1-6), y de la oposición que, al empezar a reconstruir el Templo, les presentaron las gentes del país (4,1-5), que escribieron al rey persa, el cual ordenó parar las obras (4,6-24). Pero los que habían regresado, animados por los profetas Ageo y Zacarías, las reemprendieron de nuevo (5,1-2) y las continuaron, esperando la confirmación del rey (5,3-5). Una nueva carta dirigida ahora al rey Darío por parte de aquellas autoridades (5,6-17) y la respuesta de éste ordenando dejar a los judíos construir en paz el Templo según lo había decretado Ciro (6,1-12), hacen que, efectivamente, puedan terminarlo y dedicarlo al Señor (6,13-18), y después celebrar con gozo la primera Pascua en el país (6,19-22).

En esta primera parte del libro destacan la piedad y la tenacidad de los repatriados, dedicados por completo al culto del Señor y a la reconstrucción de su Templo. Pero también queda resaltada la animosidad contra ellos de los que habitaban en el país. Sólo la voluntad de Dios que actúa a través de las decisiones de los reyes persas hace posible que pueda llevarse a término aquella empresa que suponía el nuevo resurgir del pueblo en la tierra prometida.

En la tradición cristiana, a la luz del mensaje de Jesucristo, se han leído estas páginas en sentido espiritual buscando en ellas unos puntos de referencia adecuados para trabajar en la construcción de la Iglesia. En efecto, así como el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento volvió a reconstituirse después de la dura experiencia del destierro y pervivió a pesar de las dificultades que hubo de padecer en esta y otras circunstancias, así el nuevo Pueblo de Dios se mantiene a lo largo de los siglos aunque continuamente haya de afrontar la tarea de superar los obstáculos que se le presenten. «Si no crees en las palabras, cree en las obras. ¿Cuántos tiranos han intentado oprimir a la Iglesia? ¡Cuántos calderos de aceite hirviendo!, ¡cuántos hornos, y dientes de fieras, y espadas afiladas! ¡Y no la han sofocado! ¿Dónde están ahora aquellos que la han combatido? ¿Y dónde está la Iglesia? Brilla más que el sol. La fuerza de aquellos se ha apagado, pero la fuerza de la Iglesia es inmortal. Si cuando los cristianos eran todavía pocos no pudieron vencerlos, ahora que el mundo entero está lleno de fe y religiosidad, ¿tú podrás vencerla? “El cielo pasará pero mis palabras no pasarán”; y es obvio: la Iglesia es más querida por Dios que el mismo cielo. Él no asumió un cuerpo celeste sino un cuerpo eclesial. Por la Iglesia existe el cielo y no la Iglesia por el Cielo» (S. Juan Crisóstomo, Sermo antequam iret in exilium 2).

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Esd 1,1-4

Ciro reinó en Persia desde el año 559 hasta el 529 a.C. Los testimonios históricos coinciden en presentarlo como un rey tolerante con las costumbres tradicionales de sus vasallos y respetuoso con sus prácticas religiosas. Por eso, cuando Ciro entró triunfante en Babilonia el año 539 a.C., restableció allí el culto a Marduc, y cuando tuvo noticias de lo sucedido con los deportados de Jerusalén dio toda clase de facilidades para que regresaran a su tierra y reconstruyeran el Templo de su Dios.

Pero el libro sagrado, que enseña la realidad desde una perspectiva más profunda, hace notar que esas decisiones no fueron simple consecuencia del buen carácter de este gobernante, sino que tuvieron su origen en Dios. El Señor movió el espíritu de Ciro (v. 1) y el de los cabezas de familia de Judá y Benjamín (1,5) para que, en esta nueva etapa en la historia de la salvación se llevara a cabo la reconstrucción del pueblo y del Templo de Dios en Jerusalén. Dios se sirve de un rey pagano como instrumento para llevar a cabo su designio salvador sobre el pueblo elegido. En este sentido en Is 45,1 se llama a Ciro «Ungido» del Señor, pues aunque él no lo sepa —«sin que tú me conozcas» (Is 45,4)— sirve a los planes de Dios. Además, los «setenta años» de destierro profetizados por Jeremías (cfr 2 Cro 36,21) se han abreviado con la decisión de Ciro, que hace que el regreso del destierro se produzca el año 538 a.C. Se trata de dos aspectos que resaltan la soberanía de Dios sobre todos los reyes y naciones, y su misericordia con su pueblo.

A diferencia de otros pasajes en los que vuelve a aparecer el decreto de Ciro (cfr 2 Cro 36,22-23; Esd 6,3-12), aquí se atribuye a este rey el reconocimiento de que «el Señor, Dios de los cielos» (v. 2) —que al parecer era el título dado a la suprema divinidad persa Ahura-Mazda— es el mismo que «el Señor, Dios de Israel, que es el Dios que está en Jerusalén» (v. 3). Se profesa de este modo la fe en un solo y verdadero Dios, el que se ha revelado al pueblo judío, pero cuyo poder se extiende sobre todas las naciones.

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Esd 1,5-11

Aunque el decreto de Ciro iba dirigido a todos los pertenecientes al pueblo de Dios (1,3) residentes en el imperio persa, considerados ya como el «resto» de lo que fue el antiguo Israel (1,4), ahora se habla únicamente de los «cabezas de familia de Judá y Benjamín» (v. 5); precisamente las dos tribus que habían formado el reino del Sur o de Judá. Los deportados a la caída del reino del Norte (cfr 2 R 17,6) han desaparecido del horizonte del autor de manera parecida a como ese reino había sido olvidado por el autor de 1-2 Cro. La reconstrucción del pueblo en la nueva etapa que va a comenzar se basa exclusivamente en lo que fue el reino de Judá, con los sacerdotes y levitas que habían permanecido en el Templo de Jerusalén (2 Cro 29,4), pues para este autor sólo los de Judá eran el verdadero pueblo de Dios, y entre éstos, de manera especial los que corrieron la aventura de la vuelta abandonando su posición en Babilonia.

Es muy posible que Sesbasar, llamado «príncipe de Judá» (v. 8), fuese hijo del rey Yoyaquín (cfr 2 Cro 36,9-10), y el que mantenía el título de rey de Judá, como rey vasallo, cuando Ciro ocupó el trono de Babilonia. Así parece reflejarlo 1 Cro 3,17-18 aunque ahí se le llame Senasar. Él no sólo se hace cargo de los utensilios sagrados robados por Nabucodonosor (cfr 2 Cro 36,10; 2 R 25,14-15), sino que conduce el primer grupo de los que retornaron y pone los cimientos del Templo (cfr 5,15-16). En tal caso tanto él como su sobrino Zorobabel (cfr 1 Cro 3,19), que fue quien guió la siguiente expedición (cfr 2,2), eran de la familia de David. Este hecho no dejaría de tener importancia en aquellos momentos, ya que suponía la continuación de la estirpe de David. Y, sin embargo, el texto de Esdras no da a su condición davídica ningún relieve. Tanto es así que por esta ausencia de datos se ha pensado a veces que Sesbasar y Zorobabel eran la misma persona. En cambio, los profetas Ageo (cfr Ag 2,20-23) y Zacarías (cfr Za 4,6-10) tendrán en cuenta esa condición en el caso de Zorobabel y alimentarán esperanzas mesiánicas. El autor de Esdras se fija en la continuidad que supone el empleo de los mismos objetos de culto.

En la narración del regreso de los deportados, hay elementos que rememoran acontecimientos del Éxodo, no sin dejar de manifiesto un cierto contraste entre ambas situaciones. El primer éxodo comenzó cuando el rey opresor, el faraón, accedió a que los israelitas salieran de su país, obligado por las plagas (cfr Ex 3,12; 7,26; etc.). En cambio, en este segundo éxodo ha bastado el poder de Dios para remover en un instante el espíritu de Ciro. Además, así como los israelitas no salieron de Egipto con las manos vacías, ya que despojaron a sus vecinos de sus objetos de oro y plata (cfr Ex 3,21-22; 12,35-36), así tampoco los deportados regresaron de vacío después de la cautividad, sino que volvieron a Jerusalén cargados de abundantes regalos. Si en el primer éxodo Israel se había constituido como pueblo, el éxodo que se narra ahora es presentado como un nuevo resurgir.

Cuanto aquí se narra ofrece su enseñanza permanente para todos los tiempos. En la Sagrada Escritura se muestran numerosas intervenciones salvíficas de Dios, muchas de ellas narradas de modo espectacular y otras con mayor sobriedad. Dios guía la historia incluso por medio de aquellos que no le reconocen. Aunque cambian las condiciones sociales y políticas en las que se encuentra el pueblo de Dios, éste sigue siendo el mismo; permanece un resto con el que se da un nuevo recomenzar. Esto es aplicable a la Iglesia en su historia: cambian las circunstancias e incluso pueden cambiar las formas de organización, pero la Iglesia sigue siendo siempre la misma que fundó Jesucristo y estableció sobre el fundamento de los Apóstoles.

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Esd 2,1-63

Al principio del libro del Éxodo se enumeraban los hijos de Israel que bajaron a Egipto con Jacob para mostrar que existía continuidad entre la generación que había llegado a ese país en la época de los patriarcas y la generación que salió de allí guiada por Moisés (cfr Ex 1,1-7). Más adelante, en el libro de los Números, se incluyeron dos censos del pueblo en los que se especificaban los miembros de cada linaje: uno en el desierto del Sinaí (Nm 1,1-46 y 3,1-39), y otro en las estepas de Moab a las puertas de la tierra prometida (Nm 26,1-65). Estos censos están situados en dos momentos decisivos: el primero cuando los hijos de Israel se habían constituido en pueblo de Dios mediante la Alianza, y el segundo cuando se preparaban para instalarse en el país que Dios les iba a entregar. En ambos casos era necesario que quedara constancia de las personas y linajes que formaban parte del pueblo.

Ahora, cuando se inicia la reconstrucción de ese mismo pueblo en la tierra que Dios les había entregado y de la que habían sido deportados por los babilonios, también se recoge en un censo quiénes constituyen ese nuevo pueblo. La misma lista aparece en las memorias de Nehemías (Ne 7,6-72) de donde la habría podido tomar el autor de Esdras-Nehemías acomodándola a la situación que describe. Ahora se trata de mantener vivo el recuerdo de los que fueron pioneros en la reconstrucción del pueblo y de mostrar su pertenencia a él. Comienza con once nombres (según Ne 7,7 son doce) que podrían representar simbólicamente a «todo Israel». A continuación se da la lista de los «hombres del pueblo», o laicos (vv. 3-35), según su ascendencia o su lugar de origen, indicando quizá de este modo su distinta relevancia social. Después se da la relación de sacerdotes (vv. 36-39), cuyo elevado número respondería al objetivo primero de la misión, establecer el culto, y de los levitas (v. 40), mucho menos numerosos, puesto que no eran allí tan necesarios para enseñar la Ley. Cantores y porteros (vv. 41-42) tenían asimismo una función importante en el culto; «netineos», que significa «donados», y los «hijos de los siervos de Salomón» (vv. 43-58), descendientes de prisioneros de guerra que habrían abrazado el judaísmo (cfr Nm 31,30.47; Jos 9,19-27; 1 R 9,20-21) ejercían los servicios más humildes.

El dejar constancia de que algunos no pudieron probar su ascendencia judía (vv. 59-63) sirve para resaltar el rigor requerido en este asunto, especialmente si se trataba de personas que figuraban entre los sacerdotes, ya que la participación de estos últimos en los sacrificios comiendo la parte de la víctima correspondiente al sacerdote, haría aquellos actos inválidos e impuros. La solución acerca de la identidad de estas personas sólo podía venir de parte de Dios, cuando un sacerdote mediante las suertes (urim y tummim) llegase a conocerlo.

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Esd 2,64-67

El número de los que vuelven es bastante elevado, si bien sólo representa una pequeña parte de los judíos de la diáspora. Los siervos y siervas, aunque no muchos, indican que había familias de buena posición económica. Los medios de transporte utilizados en el viaje parecen más bien escasos para el largo camino recorrido por aquella multitud. Los cantores y cantoras mencionados en el v. 65 sugieren el carácter litúrgico y de peregrinación que tuvo la marcha.

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Esd 2,68-70

Destaca la generosidad de esta primera comunidad judía. Su establecimiento en Jerusalén y en las ciudades de Judá se ve aquí como una nueva toma de posesión de la tierra por parte del pueblo; allí llega «todo Israel». El autor sagrado no recuerda ni las penalidades del camino ni las dificultades que lógicamente hubieron de sufrir para establecerse. Lo que cuenta, en definitiva, es el hecho de haber dejado Babilonia y haber entrado en la tierra, haber sido los primeros en tomar posesión de ella.

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Esd 3,1-6

El mes séptimo correspondía al primer mes de otoño (15 de septiembre o 15 de octubre), en el que se celebraba la fiesta de los Tabernáculos en recuerdo de la permanencia de los israelitas en el desierto (cfr Lv 23,33-34). Lo más urgente por tanto para los repatriados era restablecer la comunicación con Dios por medio de los sacrificios y especialmente de los prescritos para esa fiesta. De ahí la rápida construcción del altar para actuar como los israelitas tras salir de Egipto (cfr Ex 29,35-46). Se destaca la acción de Josué, el sacerdote, y Zorobabel, el descendiente de David, aunque este último no tiene ahora el relieve que le correspondería, quizá porque cuando se escribe el libro de Esdras ha desaparecido del horizonte la perspectiva de la restauración monárquica. San Beda comenta la prioridad que dieron a la construcción del altar de esta forma: «[los que regresaron de la cautividad] primero, una vez construido el altar, cada día ofrecían por sí mismos holocaustos a Dios, para que así, mejor purificados, fueran dignos de emprender la reconstrucción del Templo. Así sucede también en la edificación espiritual, en la que es absolutamente necesario que el que pretende enseñar, primero se enseñe a sí mismo: quien pretenda instruir al prójimo en el temor o en el amor de Dios, que primero se haga digno del oficio de doctor sirviendo él mismo a Dios con constancia» (In Esdram et Nehemiam 1,3).

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Esd 3,7-6,18

Comienza ahora la narración de cómo se llevó a cabo la reconstrucción del Templo. El autor sagrado ha reunido diversas informaciones para resaltar las dificultades que tuvieron que superar hasta llevar a término aquella empresa (4,1-6,12), y la alegría y la alabanza al Señor con que la iniciaron (3,10-13) y la completaron (6,16-18). Esas informaciones no están presentadas con riguroso orden histórico, pero, en cualquier caso, dejan constancia de que la construcción del Templo fue tarea que duró unos veinte años, desde el 536 a.C., que comienzan las obras (3,8), hasta el 515 en que fue dedicado el nuevo Templo (6,15). Para justificar esa tardanza se incluyen informaciones de época posterior tocantes a la construcción de la muralla (4,6-23).

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Esd 3,7-13

De modo parecido a como habían actuado David y Salomón, se contratan gentes especializadas para los trabajos y se recaban de Fenicia los materiales convenientes (cfr 1 Cro 22,1-5; 2 Cro 2,1-14). Entre los que dirigen los trabajos destacan de nuevo Zorobabel y Josué, mientras que Sesbasar (cfr 1,8) ha desaparecido de la escena. En algunos Salmos, como el 100,106 y sobre todo el 136, quedan reflejadas la alegría y alabanza a Dios de esos momentos, aunque no deja de señalarse aquí el dolor por el anterior Templo destruido.

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Esd 4,1-7

Las dificultades comienzan cuando los repatriados quieren mantener su identidad judía frente a los que, a su llegada, habitaban la tierra. Éstos, calificados aquí como «enemigos de Judá y Benjamín» (v. 1), eran los que no habían pertenecido al reino de Judá, es decir, aquella población que los asirios habían llevado a Samaría después de la caída del reino del Norte (722 a.C.), y que al caer Jerusalén y ser deportados sus habitantes, habían ocupado asimismo esta región, mezclándose con los judíos que no fueron deportados. Habían aceptado el culto al Señor, Dios de Israel, junto a sus propios cultos, de manera que practicaban una religiosidad sincretista (cfr 2 R 17,24-41). Su participación en la construcción del Templo les hubiera dado derecho a ofrecer allí sacrificios al Dios de Israel comprendiéndolo como un dios local más. Esto no podía ser aceptado en modo alguno por los repatriados. Así comienza el enfrentamiento que pronto deriva en oposición abierta por parte de la gente del país, no sólo a la reconstrucción del Templo, sino a la de la ciudad. En el origen de todo ello hay una causa religiosa: la afirmación judía de la fe en un solo y único Dios, el Dios de Israel, que se ha elegido un pueblo. No se trata por tanto de exclusivismo racial, pues más adelante se dirá que también las gentes del país que se habían apartado de la idolatría celebraron la Pascua con los judíos (cfr 6,21).

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Esd 4,8-24

Como testimonio de las dificultades que surgieron en la construcción, el texto sagrado reproduce el contenido de una carta en la que se pide al rey de Persia la orden de paralizar las obras (vv. 11-16). Esa carta es reproducida en el texto sagrado en arameo, el idioma en que fue escrita. A partir de ahí, el resto del relato sobre las vicisitudes de las obras hasta que se termina de construir el Templo y tiene lugar su Dedicación (6,18) está redactado en esta lengua. Después, el texto sagrado vuelve a utilizar la lengua hebrea. En la primera carta y en la respuesta del rey se habla de la reconstrucción de la muralla y de la ciudad que se realizaría más adelante (vv. 12.21; cfr Ne 2,11-18). En cuanto al Templo, lo cierto es que se paralizaron las obras hasta el año 520 a.C., segundo del reinado de Darío (v. 24), debido no sólo a las dificultades que pusieron las gentes del país, sino también quizá al desánimo que se produjo entre los repatriados al verse solos en aquella empresa (cfr 4,4). Las cartas escritas al rey reflejan perfectamente cuáles eran las autoridades delegadas de éste para la región, el prefecto y el gobernador, que residían en Samaría (cfr v. 9; 5,3), y la condición de las gentes que habitaban la tierra (v. 10).

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Esd 5,1-5

También en estos pasajes redactados en arameo en el texto original se hace notar, de una parte, el cuidado que Dios tiene de los suyos y el apoyo que presta a su tarea, y de otra, el esfuerzo constante de los constructores, que ponen todos los medios humanos a su alcance para que los trabajos prosigan sin interrupción. El cuidado de Dios se manifiesta suscitando nuevos profetas (Ageo y Zacarías) y moviendo a Josué y Zorobabel. Al poco tiempo de acceder Darío al trono, los israelitas reemprendieron la construcción desafiando la prohibición de las autoridades locales (vv. 3-5). Dios los protegió para que pudieran continuar con sus trabajos mientras llegaba la respuesta del nuevo rey.

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Esd 6,1-12

Finalmente, la providencia de Dios hizo que se esclareciera la situación y quedase de manifiesto la legalidad de las obras, de modo que Darío no sólo autorizó sino que favoreció la conclusión de la labor emprendida. Los repatriados reciben en esta ocasión un trato de favor de parte del rey persa, como si éste reconociese no sólo los legítimos derechos que tenían, sino al Dios al que ellos van a dar culto en aquel Templo. A ese Dios invoca Darío contra quienes no cumplan los decretos reales (v. 12). Es como el signo de que la obra que están llevando a cabo es voluntad divina, aunque se muestre a través de un rey extranjero. Lo mismo había ocurrido con Ciro.

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Esd 6,13-15

Llama la atención que sea a «los ancianos de los judíos» a quienes se atribuye ahora la última etapa de construcción y la terminación del Templo. Quizá Zorobabel y Josué ya han desaparecido de la escena. Asimismo queda claramente reflejado que el mandato divino se realiza a través de los decretos de los reyes persas, nombrados ahora según el orden de sus respectivos reinados. Dada la importancia del suceso no podía faltar el recuerdo de la fecha exacta: el tres de marzo del año 515 a.C.

En el Nuevo Testamento se dice que la Iglesia es «edificación de Dios» (1 Co 3,9). «El mismo Señor se comparó a la piedra que rechazaron los que edificaban, pero que fue puesta como piedra angular (cfr Mt 21,42 par.; etc.). Sobre ese fundamento levantan los Apóstoles la Iglesia (1 Co 3,11)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 6). En ella, nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en este mundo (cfr 1 P 2,5). Esta edificación de Dios está bien fundada, pero progresa constantemente y está continuamente por hacer. No le faltan las dificultades de fuera ni las que proceden del cansancio de los constructores, pero así como el Señor permitió entonces que se concluyera felizmente la reconstrucción del Templo, también ahora saca adelante a su Iglesia apoyándose en el trabajo esforzado de cada cristiano en el lugar que ocupa en el mundo.

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Esd 6,16-18

A pesar de ser un momento culminante en la trama del libro, la Dedicación del Templo es descrita de manera sucinta, sobre todo si se compara con la Dedicación hecha por Salomón según 2 Cro 5,1-7,22. Probablemente se quiere así poner de manifiesto que no se trata de un nuevo Templo, sino que es continuación del que ya existía. En cambio, para legitimar la novedad del altar y aun del Templo, en 2 M 1,18-36, atribuyendo su construcción a Nehemías, se recuerda una tradición distinta.

El texto de Esdras evoca con gusto la generosidad de las ofrendas de los israelitas. En la tradición cristiana, la ceremonia de la Dedicación ha quedado presente en la Dedicación de las Iglesias, y los pastores no han dejado de alentar a los fieles para que presentaran ofrendas espirituales adecuadas: «Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella. ¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 229,3).

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Esd 6,19-22

En la narración del regreso de los deportados se rememoran acontecimientos que guardan cierto paralelismo con los relatados en el Éxodo. Uno de ellos es la celebración de la Pascua. Sin embargo, el contexto y el significado de esa celebración tiene sus propios matices en cada caso.

En el Éxodo la Pascua se celebró antes de partir, como preparación para esa gran intervención salvadora que Dios habría de realizar en favor de su pueblo. Aquí la Pascua se sitúa como punto final y ratificación del agradecimiento a Dios, que les ha permitido regresar de Babilonia, reconstruir el Templo y recomenzar la vida ordinaria en la tierra que les había prometido. Conviene observar que junto a los que volvieron del destierro también comen la Pascua algunas «gentes del país» (v. 21).

La Pascua es la gran fiesta de la acción liberadora de Dios, que no queda en el pasado como simple recuerdo de la salida de Egipto, sino que se actualiza de diversos modos en las cambiantes circunstancias históricas de la vida del pueblo. La celebración de la Pascua es memorial de lo que ya ha pasado pero que se actualiza cada vez que se celebra. Se va preparando así el camino que permite entender el sentido del misterio pascual de Jesús, la gran intervención salvadora de Dios a favor del género humano, que llevaría a su plenitud las antiguas celebraciones pascuales. También hoy cada vez que se celebra el memorial del misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la Eucaristía se actualiza su acción salvífica.

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Esd 7,1-10,44

Las autoridades persas fueron bastante tolerantes con las leyes y costumbres tradicionales de los pueblos que les estaban sometidos. De este modo se ganaban su respeto. Así como Ciro había permitido el regreso de los deportados para que reconstruyeran el Templo, Artajerjes envió a Esdras, que era experto en la Ley que el Señor Dios de Israel había entregado a Moisés, para que la hiciera cumplir en Jerusalén y sus alrededores. No se sabe con certeza si se trata de Artajerjes I (465-425 a.C.) o Artajerjes II (405-359 a.C.), aunque, según apuntan los datos conocidos, fue con mayor probabilidad Artajerjes II (cfr Introducción).

La segunda parte del libro de Esdras narra lo sucedido en el cumplimiento de esa misión. La mayor parte de su contenido probablemente procede de un documento conocido como las «memorias de Esdras» (que, además de lo recogido aquí, también incluiría Ne 8). En ellas, Esdras habría consignado un informe dirigido a las autoridades imperiales persas, sobre cómo había realizado la misión que le asignaron.

Las «memorias de Esdras» comienzan exponiendo la misión que le fue encomendada y reproducen el documento, redactado en arameo, por el que Artajerjes le entregaba todos los poderes necesarios para llevarla a cabo (7,11-26). Después se describe la comitiva que Esdras formó para que le acompañase hasta Jerusalén, la preparación material y espiritual para esa marcha, y su camino hasta llegar a la Ciudad Santa (8,1-36). Una vez allí, el problema que más preocupó a Esdras fue la relajación en el cumplimento de algunas disposiciones que servían para salvaguardar la identidad del pueblo, como eran las que prohibían los matrimonios con extranjeros y el dar culto a sus dioses. Ante la gravedad de la situación, Esdras se dirigió a Dios entonando una plegaria penitencial en la que reconoció las culpas del pueblo (9,1-15). Por último se pusieron los medios para arreglar aquella situación (10,1-44).

En el plan redaccional conjunto de los libros de Esdras y Nehemías, esta sección tiene gran importancia. Como ya se dijo, los deportados se habían ocupado primero de lo que se refería a Dios, y habían comenzado por reconstruir el Templo (1,1-6,22). Terminadas las obras y restablecido el culto, había llegado el momento de poner en orden las propias vidas de acuerdo con la Ley de Dios. Sobre estos aspectos tratan fundamentalmente los capítulos que siguen.

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Esd 7,1-10

Las genealogías en la Biblia tienen entre otras funciones la de mostrar la importancia de un personaje. A veces se incluyen al hablar de su nacimiento (Gn 11,10-32; Mt 1,1-17) o al inicio de su misión (Ex 6,14-27; Jdt 8,1; Lc 3,23-28), como en este caso (vv. 1-5), donde se indica que Esdras es del linaje de Aarón y, por tanto, sacerdote. Así lo llamará el texto en numerosas ocasiones (cfr 10,10.16; Ne 8,2.9, etc.). Pero de él también se dice que era «escriba experto en la Ley de Moisés» (v. 6). De ahí que otras veces se le denomine simplemente como «Esdras, el escriba» (Ne 8,1.4.5.13, etc.), o sacerdote y escriba al mismo tiempo (7,11.12.19, etc.). Probablemente el título de escriba hace referencia a su papel de consejero y secretario del gobierno persa para asuntos judíos y también a que era especialista en los textos y tradiciones judaicas. Así pues, con Esdras comienza a tener enorme influencia en el pueblo judío la figura del sacerdote experto en la Ley, y a comprenderse ésta como un conjunto de prescripciones escritas en unos libros. Esta figura se había desarrollado en el destierro y ahora va a imponerse sobre todo el judaísmo. Por eso, la tradición posterior señalará a Esdras como el primer recopilador de los libros sagrados, el primero en hacer un canon bíblico.

Esdras se sintió movido por Dios a enseñar y hacer cumplir en Israel la Ley del Señor, y para ello comenzó por reunir en torno a sí un grupo de personas que lo acompañasen a Jerusalén, y por solicitar el permiso del rey persa para llevar a cabo su proyecto. Lo logró gracias a la protección de Dios: en dos ocasiones se dice que «la mano del Señor estaba con él» (vv. 6 y 9). Y Dios le prestó su ayuda porque vio la rectitud de su intención: «Esdras tenía bien dispuesto su corazón para buscar la Ley del Señor» (v. 10). La misma idea se repite más adelante: «La mano de nuestro Dios está sobre los que lo buscan para hacer el bien» (8,22). San Beda comenta que «uno se hace idóneo para acercar a otros a Dios mediante su doctrina, cuando primero él mismo se fortalece interiormente con su gracia para hacer frente a todo lo que se opone a esta santa tarea» (In Esdram et Nehemiam 1,10). En la tradición cristiana la figura de Esdras es contemplada en relación con Jesucristo: así como Esdras instruyó en la Ley de Moisés al pueblo de Dios, Jesús enseñó esa Ley y la llevó a la plenitud (cfr Mt 5,17).

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Esd 7,11-26

Esdras es enviado a Jerusalén con unos poderes verdaderamente extraordinarios. Por una parte lleva la Ley reconocida por el rey persa como ley de Judá y Jerusalén (v. 14), y lleva también la autoridad, recibida del mismo rey, para imponerla a todos los judíos que viven al oeste del Éufrates (v. 25). Por otra parte, Esdras recibe el poder de recaudar fondos para el Templo de Jerusalén y de administrarlos por su cuenta (vv. 16-18). La actividad de Esdras no se reducía por tanto a la enseñanza de la Ley de Dios para la renovación religiosa del pueblo, sino que suponía una organización del judaísmo que implicaba al mismo tiempo su autoridad en cuestiones de ámbito civil, como el nombramiento de magistrados y jueces, y la ejecución de sentencias (v. 26). Es así como se va a configurar el judaísmo oficial después del destierro, de forma que, aunque cambien los reyes y los imperios, el sumo sacerdote y la clase sacerdotal seguirán ejerciendo esas funciones en la medida de lo posible.

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Esd 7,27-28

Desde este momento hasta el final del capítulo 9 hay cambio de narrador. Ahora es Esdras quien comienza a hablar en primera persona. Al reconocer lo que Dios ha hecho en el corazón del rey, exclama lleno de júbilo: «¡Bendito sea el Señor, Dios de nuestros padres!». Como buen israelita, al constatar los beneficios de Dios con él y su pueblo, bendice al Señor, reconociendo que Dios, fuente de toda bendición, una vez más ha obrado maravillas. También Jesús, de quien Esdras es figura, enseñó a reconocer y agradecer los beneficios de Dios. Él mismo, por ejemplo, en el llamado «himno de júbilo» (Mt 11,25-27) alaba al Padre en agradecimiento por la acogida que tiene la Palabra de Dios entre los humildes: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…». Después, los Apóstoles, a imitación de su Maestro, proclamarán con gozo por los grandes bienes que Dios nos ha obtenido «en Cristo»: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los cielos!» (Ef 1,3). La bendición se convierte así en una bella forma de oración. «La bendición expresa el movimiento de fondo de la oración cristiana: es encuentro de Dios con el hombre; en ella, el don de Dios y la acogida del hombre se convocan y se unen. La oración de bendición es la respuesta del hombre a los dones de Dios: porque Dios bendice, el corazón del hombre puede bendecir a su vez a Aquél que es la fuente de toda bendición. Dos formas fundamentales expresan este movimiento: o bien la oración asciende llevada por el Espíritu Santo, por medio de Cristo hacia el Padre (nosotros le bendecimos por habernos bendecido); o bien implora la gracia del Espíritu Santo que, por medio de Cristo, desciende del Padre (es Él quien nos bendice)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2626-2627).

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Esd 8,1-14

El nuevo contingente de repatriados suponía sin duda un refuerzo importante para los que habían llegado a la Ciudad Santa con anterioridad, pues aunque ya hubiesen reconstruido el Templo y probablemente la muralla, era necesaria una reorganización de la comunidad judía, y, sobre todo, una reafirmación de su identidad religiosa. Entre los componentes del nuevo grupo se cuentan primero dos familias sacerdotales (Pinjás e Itamar), luego un descendiente de David (Jatús), aunque no se le da más relieve, y, a continuación, miembros de doce familias de Israel. En estos números y en el orden de presentar los componentes de la expedición puede haber un simbolismo de lo que era Israel para el autor.

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Esd 8,15-30

Ya en la primera expedición el número de levitas era sorprendentemente reducido (cfr 1,40). Ahora se requiere una intervención específica de Esdras para reclutarlos, y el hecho de que se unan a la caravana se considera un favor divino (v. 18). Es probable que éstos tuviesen mejores condiciones en Babilonia que en Jerusalén. En la narración del viaje queda reflejada la confianza que Esdras y sus acompañantes tienen en el Señor, hasta el punto de que, para que no apareciesen siquiera signos de lo contrario, prescinden de la posible protección y ayuda que pudieran haber obtenido del rey (vv. 21-23). La atención, con todo, se centra especialmente en la enorme cantidad de oro y plata que llevan consigo al Templo del Señor (vv. 24-30). Suponía al mismo tiempo una aportación económica importante para la comunidad de los repatriados.

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Esd 8,31-35

El viaje concluye felizmente con la protección del Señor. En Jerusalén los recién llegados encuentran la hospitalidad de los ya asentados en la ciudad, pero la atención sigue centrada en su aportación al Templo y en el culto que allí ofrecen.

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Esd 8,36

El reconocimiento de la autoridad de Esdras por parte de los representantes de la autoridad del rey persa fue de primera importancia para el desarrollo de los acontecimientos. Aquí se interpreta como algo favorable a todo el pueblo judío y al Templo.

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Esd 9,1-15

Esdras se duele profundamente al comprobar que el pueblo de Dios se ha mezclado con las gentes del país, contrayendo matrimonio con personas que no pertenecen al pueblo elegido por Dios. El motivo de su dolor, que le lleva a hacer penitencia reconociendo ese pecado, es la prohibición de los matrimonios mixtos recogida en la Ley (cfr Dt 7,3-4).

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Esd 10,1-44

El empeño manifestado por Esdras y los que habían venido en la primera expedición por cumplir y hacer cumplir la Ley sobre los matrimonios mixtos (cfr 10,5-44) no pretende inculcar una actitud aislacionista ni xenófoba, sino que hace entender que el pueblo de Israel es un pueblo santo, depositario de una Ley y unas promesas de Dios. Por este motivo debe conservar su propia identidad, que está ligada a su fidelidad al Señor. Para salvaguardarla y defenderse del peligro de idolatría era conveniente que mantuviera un cierto distanciamiento en la relación con sus vecinos, aunque esto creara no pocas dificultades, como lo reflejan los vv. 12-17. Este texto sagrado expresa la importancia de poner los medios para proteger los dones recibidos de Dios y permanecer fieles. No obstante, había también posturas que reflejaban una actitud más abierta. De hecho, el libro de Rut, compuesto también en esta época, nos habla de la historia de una mujer de Moab que se casó con un israelita, y tras convertirse al Dios de Israel, llegó a ser nada menos que la bisabuela del Rey David.

En el Nuevo Testamento y en la práctica de la Iglesia siempre se han tenido presentes los riesgos de los matrimonios mixtos o de disparidad de cultos, al tiempo que se ve en ellos un camino para acercar a los cónyuges a la verdadera fe: «La diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo. Pero las dificultades de los matrimonios mixtos no deben tampoco ser subestimadas. Se deben al hecho de que la separación de los cristianos no se ha superado todavía. Los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama de la desunión de los cristianos. La disparidad de culto puede agravar aún más estas dificultades. Divergencias en la fe, en la concepción misma del matrimonio, pero también mentalidades religiosas distintas pueden constituir una fuente de tensiones en el matrimonio, principalmente a propósito de la educación de los hijos. Una tentación que puede presentarse entonces es la indiferencia religiosa» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1634).

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