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2 CRÓNICAS
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2 Cro 1,1-9,31
La primera parte del libro está dedicada al reinado de Salomón; refuerza los dos puntos doctrinales señalados en el primer libro de Crónicas: el primero es que el rey, en este caso Salomón, primer descendiente de David, ha sido elegido por el Señor y, por tanto, goza de las cualidades requeridas en un gobernante, y no ha cometido delitos o faltas que puedan empañar su imagen. El segundo es la importancia del Templo de Jerusalén que en la época del Cronista era tenido como síntesis de todas las maravillas obradas por Dios en la historia de los hombres y, más en concreto, en la historia de Israel.
Con el objetivo de enseñar esas dos ideas, la primera parte está estructurada en torno a la construcción y consagración del Templo (caps. 3-7). Previamente, a modo de introducción, se presenta a Salomón dotado de sabiduría y riqueza por parte de Dios (cap. 1) y reconocido por el rey de Tiro (cap. 2). Tras el relato de la consagración del Templo, se reseñan algunas actuaciones del gobierno de Salomón (cap. 8) y la visita de la reina de Sabá, que, como el rey de Tiro, a pesar de ser extranjera alaba con entusiasmo la sabiduría y riquezas de Salomón (cap. 9).
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2 Cro 1,1-18
Salomón, dejando al margen las intrigas de su subida al trono (cfr 1 R 1-2), comenzó a reinar con absoluta tranquilidad sobre «todo Israel» (v. 2), y su primer gesto fue dirigirse con «toda la asamblea» (v. 3) a Gabaón donde Dios le concedió la sabiduría. Si en el libro de los Reyes (1 R 3,4-15) recibió la sabiduría sólo para gobernar a su pueblo, aquí recibe también riquezas (v. 12) para poder construir el Templo que será el objeto primordial de su reinado (v. 18). Así Salomón deja constancia del cumplimiento de las promesas del Señor y de la importancia central del Templo de Jerusalén. La insistencia en señalar que Salomón gobernó sobre todo Israel y que aglutinó a toda la asamblea despeja cualquier duda sobre divisiones en el reino de Salomón.
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2 Cro 2,1-17
El pacto de Salomón con el rey de Tiro (cfr 1 R 5,15-32) es promovido para dar al Templo la dignidad extraordinaria que se merece: «Ha de ser grande porque es grande nuestro Dios, más que todos los dioses» (v. 4). Debe ser edificado por los artesanos más expertos y han de emplearse los mejores materiales. En su construcción se tendrán en cuenta, para darles cumplimiento, los datos detallados en la descripción del Santuario del desierto (Ex 25,1-31,18) y en la del Templo de Ezequiel (Ez 40,1-48,35).
El rey de Tiro reconoce la sabiduría de Salomón (vv. 10-15), no por los aciertos de un gobierno todavía incipiente, sino por la decisión de edificar un Templo para el Señor (v. 11). Cuando Jesús hable de la destrucción–reconstrucción del Templo como imagen de su muerte–resurrección hará una interpretación sublime de la centralidad del Templo en el Israel de esta época en que se escribe el libro de las Crónicas, dando a entender que el centro auténtico de la vida del pueblo de Dios es Él, Jesús, el Salvador (cfr Jn 2,19-21).
El nombre del rey de Tiro es Jiram (cfr 1 R 5,15.22.25.32; 9,11.14 etc.), aunque en el texto hebreo de Crónicas se le denomina habitualmente Juram; nosotros hemos preferido utilizar el mismo nombre que en el libro de los Reyes, para evitar equívocos.
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2 Cro 3,1-17
A pesar del paralelismo con 1 R 6,1-38 y 7,15-22 se han introducido pequeños retoques que realzan la grandiosidad del Templo y su carácter religioso: la mención del monte Moria (v. 1) es significativa, pues es el único texto bíblico que identifica el monte donde está edificado el Templo con aquél en el que Dios mandó a Abrahán sacrificar a su hijo Isaac (Gn 22,2).
La introducción del relato (vv. 1-2) es solemne, como corresponde al inicio de una nueva etapa con un Templo nuevo, culto nuevo y sociedad nueva.
Parvaim (v. 6) es una ciudad desconocida que podría recordar el paraíso donde el oro era abundante y de gran pureza. Las medidas del Templo, tanto de la superficie (vv. 3-4) como de las naves (v. 8) y los querubines (vv. 10-11) son mayores que las señaladas en el libro de los Reyes. Probablemente son hiperbólicas para reflejar que el Templo contiene la gloria de Dios; al autor sagrado le interesaba su significado religioso más que la exactitud.
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2 Cro 4,1-22
En la descripción de los objetos del Templo, paralela a 1 R 7,23-26.38-51, se han introducido muy pocas variantes, especialmente a partir del v. 11. La capacidad del «depósito» (literalmente «mar») es de tres mil medidas (v. 5). Y como la medida (bat en hebreo) equivalía a unos 21 litros, habría que suponer que cabrían 63.000 litros. Pero no es muy posible que un depósito de las medidas señaladas en el v. 2 tuviera tal capacidad. En el libro de los Reyes (1 R 7,26) se indica que cabían dos mil medidas, o sea, unos 42.000 litros, que es más probable. Aquí, con intención teológica, se utiliza la hipérbole para reflejar la grandiosidad del Templo, que debía simbolizar hasta en los detalles de su ornato la grandeza de Dios.
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2 Cro 5,1-14
El traslado del Arca está narrado como en 1 R 8,1-13, con la diferencia de que aquí (cfr también 1 Cro 15,2.16-24) los levitas tienen más protagonismo: ellos transportan el Arca, se encargan de los cantos y de los instrumentos y se colocan al lado de los sacerdotes dentro del Templo (vv. 12-13). Estos detalles muestran cómo los levitas ocupaban un papel relevante dentro del pueblo durante la época persa, cuando fue redactado este libro.
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2 Cro 6,1-42
La plegaria de Salomón sigue palabra por palabra la recogida en 1 R 8,12-52, y lo hace tanto en el himno introductorio (vv. 1-2) como en el discurso al pueblo (vv. 4-11) y en la oración propiamente dicha (vv. 12-42). Únicamente introduce tres matices significativos: según el v. 11 el Señor estableció la Alianza «con los hijos de Israel», expresión que abarca a los que vivían después del destierro, y no «con nuestros padres» (1 R 8,21); por tanto, los contemporáneos del autor del libro son beneficiarios de dicha Alianza y, por tanto, están sujetos a sus exigencias. Según el v. 13 Salomón habla desde un estrado construido al efecto, y no desde el altar (1 R 8,22) que estaba reservado a los sacerdotes. De esta forma, queda clara la distinción entre rey y sacerdote, entre función de gobierno y función de culto. Por último, los vv. 41-42 están tomados del salmo 132,8-11 en sustitución de 1 R 8,53 que evocaba a Moisés y la liberación de Egipto. El Cronista prefiere ver cumplidas las promesas divinas en el culto, en los sacerdotes y en los levitas más que en la historia del pueblo; y pone el acento en la Alianza con David más que en la Alianza con Moisés en el Sinaí. Con estos retoques mínimos la antigua plegaria de Salomón conserva su vigor en la compleja sociedad posterior al destierro. Es un claro ejemplo de relectura de un texto bíblico antiguo, aplicado a las nuevas circunstancias.
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2 Cro 7,1-10
Después de la plegaria del rey comienza la celebración que consta de tres elementos fundamentales: la manifestación de Dios tanto en el fuego como en la gloria que llenaba el Templo (vv. 1-3), los sacrificios solemnes (vv. 4-6), y la fiesta propiamente dicha que, al coincidir con la fiesta de los Tabernáculos, se prolonga siete días más (vv. 8-10).
La manifestación divina sustituye la segunda bendición de Salomón narrada en el libro de los Reyes (cfr 1 R 8,54-61). Con gran expresividad se pone de relieve que Dios acepta el Templo reedificado y la oración de Salomón (cfr 1 Cro 21,26), evoca la consagración del Tabernáculo del desierto (v. 3; cfr Ex 40,34-35), y revive la inauguración del ministerio de los sacerdotes (cfr Lv 9,22-24); de este modo, quedó inaugurada con solemnidad la nueva etapa del culto israelita.
Los sacerdotes, y no el rey, son los encargados de ofrecer los sacrificios, y los levitas de dirigir el culto. En esta ocasión el estribillo, repetido con frecuencia en Crónicas (1 Cro 16,34.41; 2 Cro 5,13, etc.), y en los Salmos (Sal 106,1; 136,1.3.8, etc.), constituye una importante doxología: «Porque es bueno, porque su misericordia es eterna».
La fiesta de la Dedicación será actualizada cuando los Macabeos vuelvan a consagrar el altar profanado por Antíoco Epífanes (cfr 1 M 4,59) y se llamará Hanukkah o «fiesta de las Lámparas»; seguirá vigente en tiempo de Jesús (cfr Jn 10,22) y todavía hoy se celebra en las comunidades judías.
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2 Cro 7,11-22
La respuesta del Señor, casi idéntica a la recogida en 1 R 9,1-9, tiene importancia porque refleja hasta qué punto Dios asume que el Templo es el símbolo de la protección divina mientras éste se mantenga en pie, y el símbolo del castigo cuando sea destruido. Lo es también de la presencia del Señor siempre dispuesto a escuchar todas las peticiones y a socorrer a quienes acuden a Él en todas las necesidades (vv. 13-15). Es también una invitación a la confianza constante en Dios. «Si no le dejas, Él no te dejará» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 730).
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2 Cro 8,1-6
Además del Templo, Salomón edificó nuevas ciudades y reconstruyó otras muchas (cfr 1 R 9,10-18). Según el libro de los Reyes (1 R 9,11-14), algunas de estas ciudades fueron entregadas por el propio Salomón a Jiram en pago por la ayuda prestada para construir el Templo. Pero Jiram, descontento por su escaso valor, las devolvió. El Cronista, en cambio, pasa por alto esas desavenencias y se limita a insistir en que Salomón es el restaurador tanto de las ciudades recibidas en donación pacífica, como de las conquistadas o de las pertenecientes desde antiguo a Israel. De esta manera, la figura del gran rey queda fortalecida, pues todo lo hizo bien.
Tadmor (v. 4) es Palmira en griego, es decir, un oasis de palmeras y olivos situado en el centro del desierto de Siria y que llegó a ser en la época helenística un importante centro de comunicaciones y de intercambios comerciales y culturales.
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2 Cro 8,7-18
Salomón organizó su gobierno con gran pericia (cfr 1 R 9,20-28) tanto en el comercio como en la administración interna. El relato contiene dos detalles significativos de la doctrina del libro. El primero, que Salomón nunca empleó a los israelitas en los trabajos penosos de construcción (cfr en cambio 1 R 5,27). El segundo, que edificó un palacio para la hija del faraón con quien se había casado (cfr 1 R 3,1; 9,16.24) no como regalo, sino por razones religiosas, para preservar al Templo y al palacio real de la impureza que llevaba consigo la estancia de una mujer pagana. Con estas dos decisiones Salomón se comporta como defensor de los suyos y como piadoso observante de las leyes cultuales. Fue modelo en todo porque obró «como había ordenado Moisés» (v. 13), y hasta en la distribución de los turnos a los sacerdotes y levitas se ajustó a lo establecido por David, su padre (vv. 14-15).
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2 Cro 9,1-12
La visita de la reina de Sabá, narrada según el texto paralelo de 1 R 10,1-13, tiene aquí la finalidad de poner el acento en que los soberanos extranjeros, tanto el rey de Tiro (2,1-17) como la reina de Sabá, reconocen y se asombran ante la riqueza y sabiduría de Salomón. Se cierra así el reinado extraordinario de Salomón cuya sabiduría y poderío quedó plasmado en el Templo para admiración de propios y de extraños.
En el relato se ha cambiado la alabanza «dichosas tus mujeres» de 1 R 10,8 por el de «dichosos tus hombres» (v. 7): de este modo se evita ensalzar el harén de Salomón que podría interpretarse como consecuencia de las debilidades del monarca en el aspecto político y religioso.
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2 Cro 9,13-28
El resumen del reinado de Salomón (cfr 1 R 10,14-29) está contenido en el v. 22: «El rey Salomón sobrepasó a todos los reyes de la tierra en riqueza y sabiduría». Esta abundancia de recursos, exagerada si se compara con el texto paralelo del libro de Reyes, refleja que Dios ha bendecido a Salomón y le ha constituido como un monarca modélico en el gobierno y en la piedad. Si se omiten o suavizan los errores del rey (cfr 1 R 11,1-40) es para ponderar la eficacia de la intervención divina. Dios nunca defrauda y su designio siempre se cumple, como podían comprobar quienes contemplaban el Templo, obra primordial del gran monarca. El Templo vino a ser el símbolo del pueblo forjado desde antiguo y la señal palpable de que Dios seguía bendiciéndolo.
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2 Cro 9,29-31
El colofón de los capítulos dedicados a Salomón está tomado de 1 R 11,41-43 y repite la fórmula final de la vida de otros reyes. Únicamente se añade la mención de los profetas Natán, Ajías de Siló y Yedó. Aunque hoy no se conocen los escritos de estos personajes, es evidente que el autor de Crónicas tiene interés en dejar constancia de que los profetas aprobaron el reinado y la persona de Salomón.
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2 Cro 10,1-28,27
Comienza la segunda parte de este libro dedicada a la historia de los sucesores de Salomón en el reino de Judá. La fuente literaria más utilizada sigue siendo el libro de los Reyes. Sin embargo, se omite casi por completo todo lo relacionado con el reino del Norte —aunque en la realidad fue mucho más importante— y ni siquiera se mencionan los profetas Elías y Eliseo que ejercieron allí su ministerio. El autor sagrado, por otra parte, no pretende elaborar una crónica de lo acaecido en el reino de Judá y, menos aún, presentar con precisión las guerras, pactos, conquistas o derrotas que cada rey llevó a cabo; tampoco se ciñe a la doctrina deuteronomista que emite un juicio sobre cada monarca a partir del principio de que las desgracias y derrotas del pueblo son consecuencia y castigo del soberano reinante. Más bien se limita a reseñar la historia del Templo y de las instituciones cultuales que habían establecido David y Salomón, haciendo hincapié en que éstas se mantuvieron a pesar de los muchos y diversos ataques. Los reyes que favorecieron la desunión, como Roboam (caps. 10-12), o la idolatría, como Ajaz (cap. 28), son presentados con tintes negativos, mientras que los que fomentaron el culto verdadero y unificado en el Templo de Jerusalén son encumbrados y alabados. En este libro cada monarca es aprobado o censurado según su propia actuación, con lo que se subraya la doctrina de la retribución individual (cfr Ez 18,1-32) tan acentuada por los que volvieron del destierro. Cada rey, por tanto, inicia una nueva andadura bajo la protección constante del Señor.
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2 Cro 10,1-19
La separación de los dos reinos está narrada a partir de los datos de 2 R 12,1-25, pero dejando la impresión de que en realidad no se han escindido del todo. Ni Jeroboam fue nombrado rey (se omite 1 R 12,20), ni se ha dividido Israel. Se insiste, en cambio, en que Roboam siguió reinando sobre los israelitas, sobre «todo Israel», que habitaban en las regiones de Judá (vv. 1-3.17). Con estos retoques el Cronista, manteniendo la fidelidad a los hechos, deja entrever que hay continuidad entre el Israel entero de David, el de Salomón, y el de los que permanecieron en Judá y Benjamín hasta después del destierro.
Los profetas y sus designios tienen enorme importancia en la segunda parte del libro de Crónicas. En este relato la separación de los del Norte resulta ser el cumplimiento de la profecía de Ajías de Siló (v. 15), mientras que, según el libro de los Reyes, fue causada por los pecados de Salomón (1 R 11,31). Lo que al autor de Crónicas le interesa es mostrar que Dios mismo había decidido esta situación de ruptura.
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2 Cro 11,1-12
Siguiendo el texto paralelo de 1 R 12,21-24 se destacan aquí tres elementos doctrinales específicos del libro de Crónicas: en primer lugar, se evita cualquier referencia a la división de los reinos; de este modo los habitantes de Judá son el verdadero Israel, como lo muestra el matiz del v. 3, «todos los israelitas de Judá y Benjamín», frente a «el resto del pueblo» de 1 R 12,23. Además en el mismo oráculo de Semaías se refiere a los del Norte como «vuestros hermanos» (v. 4), omitiendo la denominación «los hijos de Israel» (1 R 12,24). En segundo lugar, de ahora en adelante se subraya la obediencia a la palabra de Dios proclamada por los profetas (v. 4): al secundarla se obtiene prosperidad, al rechazarla sobrevienen las desgracias. Por último, Roboam, que ha seguido el designio divino, se dedica como su padre Salomón a reconstruir y fortificar las ciudades. Como conclusión de este buen comienzo del reino de Judá, Dios protegió a Jerusalén permitiendo al rey establecerse allí, y consolidó todo el territorio de Judá.
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2 Cro 11,13-17
En contraste con la política nefasta de Jeroboam en el Norte (cfr 1 R 12,26-33), Roboam llevó a cabo un gobierno intachable: favoreció la unidad de los sacerdotes (v. 13), de los levitas (v. 14) y de todo Israel (v. 16); consiguió la fidelidad de los levitas (v. 14) y restableció el culto verdadero al Señor en Jerusalén (v. 16). Dios bendijo con la estabilidad el buen comportamiento inicial del rey Roboam (v. 17).
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2 Cro 11,18-23
Dios bendijo también a Roboam con una familia numerosa. El Absalón, nombrado aquí (v. 20), no puede ser el hijo de David que murió sin descendencia (cfr 2 S 18,18), sino un familiar de Roboam (Abisalom, en 1 R 15,1) difícil de determinar como ocurre con muchos personajes mencionados en las listas genealógicas. En todo caso, se insiste en la protección del Señor que favoreció la subida al trono de Abías (también llamado Abiam en 1 R 15,1ss.), hijo de Maacá, la esposa predilecta de Roboam, y que ayudó a la distribución del territorio entre los descendientes del rey.
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2 Cro 12,1-16
El texto paralelo (1 R 14,21-31) es tomado como punto de referencia, pero se modifica para introducir la doctrina de la retribución personal e inmediata, y la relevancia del mensaje del profeta. En efecto, el rey de Egipto ataca a Jerusalén como consecuencia de la infidelidad de Roboam (vv. 1-5), pero cuando los dirigentes de Judá hacen penitencia, el rey de Egipto se detiene en el ataque. El profeta Semaías es el encargado de interpretar el sentido del ataque egipcio y de transmitir el designio divino de preservar Jerusalén.
La terminología usada aquí tiene mucha importancia puesto que va a llegar hasta el Nuevo Testamento: la infidelidad se expresa como «abandono de Dios y de su Ley» (vv. 1.5; cfr Mt 23,23; Mc 7,8; etc.), y como «rebelión» (v. 2; cfr Rm 2,8; Ef 5,6; etc.); en cambio la fidelidad y conversión se traduce en «búsqueda del Señor» (11,16; 12,14; cfr Mt 6,33; Lc 12,31; Jn 5,30; etc.), en humillación y en reconocimiento de que «justo es el Señor» (vv. 6-7).
El Catecismo Romano, citando el v. 6, enseña que los castigos que recibieron los israelitas por parte de sus reyes enemigos, imagen del «mundo» en sentido peyorativo, los permitió Dios para que «aprendiéramos que no son amigos de Dios sino los enemigos del mundo y los peregrinos en la tierra (…); y para que, convertidos al culto de Dios, entendiésemos que son al fin más dichosos los que sirven a Dios que los que sirven al mundo» (Catecismo Romano 3,1,13).
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2 Cro 13,1-23
El reinado de Abías ocupa muy pocas líneas en el libro de los Reyes (1 R 15,1-8, donde se le llama Abiam); en cambio, aquí se amplía con el discurso que Abías dirigió a sus hermanos del Norte. La batalla entre ambos (cfr 1 R 15,6) se convierte en contienda religiosa en la que están en juego los principios doctrinales recogidos en el discurso de Abías (cfr el discurso semejante de David ante Goliat, 1 S 17,45-47), y que resumen la enseñanza de Crónicas: el reino legítimo es el de Judá (v. 5); los del Norte son rebeldes (v. 6), idólatras (v. 8) y están dirigidos por sacerdotes ilegítimos (v. 9), mientras que los de Judá no han abandonado al Señor (v. 10) y conservan el culto legítimo llevado a cabo por sacerdotes auténticos (vv. 10-11).
La batalla más que militar está descrita como una procesión litúrgica con sus elementos característicos: oración inicial, sonido de trompetas, grito de guerra, contienda y victoria concedida por Dios a sus fieles (vv. 14-18). El triunfo, por tanto, es ante todo religioso y supone no sólo la continuidad de la dinastía davídica en Judá, sino también la permanencia del culto y del sacerdocio.
El pasaje también enseña que la fidelidad a Dios y al honor que se le debe es garantía de victoria. Frente a lo inútil que resulta tratar de enfrentarse a Dios, tal como lo reflejan las palabras del v. 12: «Hijos de Israel, no luchéis contra el Señor, Dios de vuestros padres, que no triunfaréis», destaca el éxito de los que se mantuvieron fieles a su lado: «Los de Judá salieron fortalecidos por haber confiado en el Señor, Dios de sus padres» (v. 18). El episodio es una invitación permanente a la fidelidad basada en la omnipotencia divina: «Confía siempre en tu Dios. —Él no pierde batallas» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 733).
Dios bendijo a Abías afianzando su reinado y concediéndole una familia numerosa (v. 21), es decir, le retribuyó personalmente y lo hizo de modo inmediato por haber permanecido fiel.
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2 Cro 13,5
«Alianza inviolable», al pie de la letra «alianza de la sal»: así como la sal preserva los alimentos y al disolverse no pierde su sabor, el pacto no debía perder su vigor, sino vitalizar las relaciones entre los pactantes (cfr Lv 2,13 y nota; Nm 18,19; Esd 4,14).
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2 Cro 14,1-16,14
El reinado de Asá está narrado siguiendo los datos del libro de los Reyes (1 R 15,9-24), pero introduciendo las modificaciones oportunas para resaltar de nuevo la retribución personal e inmediata: en los diez primeros años «el país gozó de tranquilidad» (13,23) porque «Asá obró lo bueno y recto a los ojos del Señor» (14,1), y así continuó hasta el año trigésimo quinto de su reinado (15,19). Pero, a partir del año trigésimo sexto (16,1), las cosas cambiaron: el rey saqueó los tesoros del Templo (16,2), hizo una alianza con el rey sirio (16,3) y declaró la guerra a las ciudades de Israel (16,4). Como consecuencia de ello, el año trigésimo noveno Asá enfermó gravemente, no recurrió al Señor y murió (16,12).
La determinación cronológica de treinta y cinco años buenos y cinco catastróficos suman el número significativo de cuarenta, es decir, un ciclo vital completo que dejó paso a un nuevo periodo con un nuevo rey. Cada ciclo y cada rey heredan la promesa de protección divina con todas las características positivas que conlleva, pero no el lastre de los pecados de los antepasados.
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2 Cro 14,1-14
Dos grandes gestiones ocuparon a Asá en sus primeros años: la lucha contra la idolatría (vv. 2-4) y la reconstrucción de las ciudades de Judá (vv. 5-6). Como premio, el Señor atendió las súplicas confiadas del rey (v. 10) y le concedió la victoria en todas las batallas.
La plegaria de Asá (v. 10) contiene los elementos típicos de la piedad y el culto: reconocimiento del poder soberano de Dios, confianza plena en Él y, finalmente, intención religiosa en la actividad militar y de gobierno.
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2 Cro 15,1-19
La reforma religiosa llevada a cabo por Asá (vv. 8-18) fue radical: eliminó la idolatría e impulsó el culto verdadero (v. 8; cfr 14,1-2), convocó en asamblea litúrgica a todos sus súbditos para renovar la Alianza (vv. 9-15) y llegó incluso a destituir a su abuela de la dignidad de reina madre (v. 16). El discurso profético de Azarías (vv. 2-7) resume la enseñanza de esta sección: «Si le buscáis [al Señor] se dejará encontrar; pero si le abandonáis, Él os abandonará» (v. 2). Estas palabras fueron el motor de la reforma, que se concretó en destruir todo signo idolátrico (v. 8), restaurar el altar que estaba ante el vestíbulo y comprometerse a buscar al Señor con todo empeño (v. 12). Buscar al Señor es el único camino para alcanzar la salvación y la verdadera alegría: «Que se alegren y se gocen todos los que buscan al Señor» (Sal 70,5). Y buscar al Señor Jesús ha de ser el empeño de todo buen cristiano. «En este esfuerzo por identificarse con Cristo, he distinguido como cuatro escalones: buscarle, encontrarle, tratarle, amarle. Quizá comprendéis que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre, buscadlo en vosotros mismos con todas vuestras fuerzas. Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 300).
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2 Cro 16,1-14
La última etapa de Asá contrasta con la primera en lo esencial: en la falta de confianza en el Señor (v. 7) y en la búsqueda de pactos con los reyes paganos (v. 3). Como consecuencia sobrevino de modo incomprensible la cólera del rey contra los mismos miembros del pueblo (v. 10), y también las guerras (v. 9). El Señor castigó al monarca culpable con la muerte (vv. 12-13), pero mantuvo la predilección por su pueblo, que se consolidó en el reinado de Josafat, hijo y sucesor de Asá (17,1).
El autor sagrado aprovecha cualquier oportunidad para recordar que el verdadero Israel está en el reino de Judá, y así, al recordar por vez primera la fórmula frecuente en el libro de los Reyes para concluir el relato de un reinado: «el resto de los hechos de Asá… están escritos en el libro de los reyes de Judá» (1 R 15,23), añade: «y de Israel».
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2 Cro 17,1-20,37
El reinado de Josafat está narrado en el libro de los Reyes con mucha sobriedad (cfr 1 R 15,24b y 22,1-35.41-51). Es posible que el Cronista utilizara otras fuentes que hoy desconocemos, o que sencillamente ampliara los datos del libro de Reyes, añadiendo elementos útiles para hacer hincapié en su interpretación de la historia. Así, insiste en la protección divina del monarca mientras éste permanece fiel, y en su castigo cuando se desvía. Repite su doctrina sobre el progreso del pueblo al comienzo del reinado (17,3-18,1) y los desastres al final (20,37); sobre la permanencia del verdadero Israel a pesar de las vicisitudes del gobierno de Josafat; y, por encima de todo, sobre la necesidad del culto y de la plegaria confiada al Señor.
En concreto, el reinado de Josafat está dividido en cinco etapas: el comienzo vigoroso dedicado a combatir la idolatría y a reconstruir ciudades (cap. 17); la alianza con Ajab y la batalla contra Siria (cap. 18); la reorganización interna de la administración, valiéndose de sacerdotes y levitas (cap. 19); la plegaria y la victoria sobre amonitas y moabitas (20,1-30); y, finalmente, la conducta impía del monarca acompañada de derrotas y desgracias (20,31-37). En su conjunto fue un reinado floreciente porque fueron muchas las reformas religiosas llevadas a cabo.
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2 Cro 17,1-19
El resumen de la primera etapa está contenido en el v. 3: «El Señor estaba con Josafat porque seguía la antigua conducta de David». El autor sagrado, apoyado en la doctrina de la retribución personal, desarrolla con gozo los beneficios que Dios concedió al rey y a los súbditos: riquezas, ejércitos, construcciones, etc. Todo les fue bien. Esta enseñanza de la solicitud divina por los suyos será recogida por San Pablo cuando escribe: «Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rm 8,28).
«El libro de la ley del Señor» (v. 9). En la época persa se denominaba así al Deuteronomio y quizá al Pentateuco entero (cfr 2 Cro 34,14.19). Los levitas tenían el encargo de instruir al pueblo en las cuestiones doctrinales y morales contenidas en dicho libro.
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2 Cro 18,1-34
La alianza con Ajab, rey de Israel, y la batalla contra Siria (vv. 2-27) están tomadas casi al pie de la letra de 1 R 22,3-36. Dentro de la doctrina del Cronista se resalta la intervención del profeta Miqueas, hijo de Yimlá. La palabra del Señor, transmitida por el profeta del Señor, es infalible y siempre se cumple.
Este profeta es distinto de Miqueas de Moréset cuyo libro se conserva entre los profetas menores. Las palabras del v. 16 son una llamada a la responsabilidad del monarca sobre su pueblo; son un eco de la petición que había hecho Moisés para que Josué gobernara al pueblo (Nm 27,17) y de la denuncia de los malos pastores hecha por Ezequiel (Ez 34,5). En el Evangelio se encuentra la misma fórmula: «Como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36; Mc 6,34), para indicar la situación de abandono en que Jesús encontró a sus oyentes.
Josafat se salvó milagrosamente no tanto por sus gritos como relata 1 R 22,32, sino porque el Señor escuchó su plegaria e intervino en su favor (v. 31). La actitud piadosa de Josafat borró el delito de la alianza con Ajab (v. 1) y fue la razón de que saliera ileso del combate. De nuevo resplandece la retribución inmediata, pues el Señor castigó a Ajab y liberó a Josafat.
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2 Cro 19,1-11
Este capítulo no tiene paralelo en el libro de los Reyes; relata la institución de los jueces inspirándose en los datos del Deuteronomio (cfr Dt 16,18-20; 17,8-13), con lo que se atribuye a Josafat parte de la reforma que más tarde llevaría a cabo Josías. El fruto de la gestión jurídica es tan positivo porque, a pesar de los defectos, el rey decidió en su corazón buscar a Dios (v. 3). La exhortación a la integridad que el rey dirige a los jueces es válida para todos nosotros, que debemos juzgar siempre a las personas de cara a Dios. Jesús ratificó esta doctrina extendiéndola a cualquier situación en la que uno deba emitir un juicio condenatorio del prójimo: «No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,1-2; cfr también Rm 2,1-3).
Los sacerdotes y los levitas tienen la función de juzgar las causas más importantes, pero también los laicos, cabezas de familia (vv. 8.11), debían juzgar las causas civiles o «causas del rey». Estos datos reflejan el ambiente de los tribunales en el s. IV a.C.
▲ COMENTARIO
2 Cro 20,1-30
La batalla y la victoria de Josafat sobre los moabitas, amonitas y meunitas está narrada con el esquema de las guerras en las que se cuestionan valores religiosos más que razones políticas o de territorio. En la primera sección del relato (vv. 3-5), ante el ataque inminente de los enemigos se describe el terror del pueblo y su reacción de «invocar al Señor» (v. 4). La plegaria del rey (vv. 6-12) contiene la doctrina fundamental de todo el libro (cfr 14,10): soberanía de Dios, confianza en su protección y compromiso de acudir con piedad al Templo (v. 9). La arenga del levita Yajaziel (vv. 15-17) presenta las características de un oráculo profético que recuerda la exhortación de Moisés antes de cruzar el mar Rojo (cfr Ex 14,13-14).
La batalla se transforma así en una procesión litúrgica (cfr notas a 13,1-23) en la que tienen una función insustituible los cantores (v. 21) y los levitas (vv. 14.19). La victoria culmina en una peregrinación hacia el Templo enfervorizada con cantos y música: esta entrada en Jerusalén (vv. 27-28) recuerda el regocijo del pueblo cuando transportaron el Arca en tiempo de David (cfr 1 Cro 15,28).
▲ COMENTARIO
2 Cro 20,31-37
Los últimos días de Josafat están marcados por la infidelidad y el castigo correspondiente. Comparado con el paralelo de 1 R 22,41-46.49-51, aquí se añade el nuevo pacto con el rey impío de Israel, el oráculo del profeta Eliézer, condenando esta acción, y el desastre de la armada (vv. 35-37). El autor sagrado deja constancia de que todo el que se aparta de los planes de Dios recibirá un castigo, aunque antes haya obrado con rectitud; es decir, se cumple una vez más la retribución personal e inmediata.
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2 Cro 21,1-20
El reinado de Joram fue muy negativo en todos los sentidos: idolatría, pactos con el rey de Israel y abandono del culto dieron lugar a derrotas estrepitosas, a la peste entre el pueblo y a la enfermedad vergonzante del propio rey. Pero a pesar de que según la retribución personal e inmediata el Señor tuvo que infligir al rey un severo castigo, mantuvo la alianza hecha con David (v. 7). En la narración de los reinados menos brillantes, el Cronista deja siempre a salvo la fidelidad del Señor que, a pesar de los castigos, nunca abandonó a su pueblo.
«Joacaz, el más pequeño» (v. 17). Este hijo pequeño de Joram es Ocozías, que le sucedió en el trono (22,1). Quizá hay un error en la transmisión manuscrita, puesto que el texto griego lee Ocozías, o era un sobrenombre como a veces ocurre con otros nombres de la Biblia.
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2 Cro 21,2
«Josafat, rey de Israel». Aunque en algunos manuscritos se lee «rey de Judá» en consonancia con la realidad explicada en los capítulos precedentes, el original hebreo mantiene esta denominación. Si el Cronista le designa «rey de Israel» es porque considera que el reino de Judá es el heredero de las promesas antiguas y, por tanto, el verdadero Israel.
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2 Cro 21,7
Este versículo es paralelo a 2 R 8,19, pero añade el dato de la «alianza con David» como razón para que el Señor no destruyera la dinastía. El Cronista da mayor relevancia a la Alianza con David que a cualquier otra, incluso a la establecida con Moisés en el Sinaí.
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2 Cro 21,12-15
Elías proclama un oráculo contra Joram, al estilo de los profetas de Judá que también anunciaron el castigo a otros reyes (cfr 16,7; 20,37). Según el libro de los Reyes (2 R 3,11) en tiempos de Joram ya no vivía Elías, pero el Cronista lo menciona para dar mayor autoridad a la denuncia severa contra Joram. Por otra parte, es la única vez que se recoge la actuación de un profeta del reino de Israel, señal evidente del prestigio que conservaba la memoria de Elías, en el tiempo en el que el libro de las Crónicas fue redactado.
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2 Cro 22,1-12
Los reinados de Ocozías y de Atalía fueron también muy negativos para Judá tanto en el aspecto religioso como en el político. El relato sobre Ocozías está inspirado en 2 R 8,25-27; 9,27-29 poniendo el acento en que las desgracias del pueblo fueron causadas por los delitos del rey, en concreto por los pactos establecidos con Ajab, rey de Israel. La muerte de Ocozías está narrada con toda intención: fue «cosa de Dios» y llevada a cabo por Jehú a quien «el Señor había ungido» (v. 7).
Los crímenes de Atalía, la única mujer que reinó sobre Judá (vv. 10-12), reflejan la crisis profunda de la dinastía davídica. En esta narración, que sigue muy de cerca el texto paralelo de 2 R 11,1-3, se ensalza la figura de Yehoseba, hija del rey Joram y, por tanto, hermana de Ocozías, por parte de padre. Ella, salvando a Joás, garantizó la permanencia de la dinastía davídica. El Cronista subraya que era esposa del sacerdote Yehoyadá, mostrando así que el sacerdocio y el Templo tuvieron un papel relevante en momentos de crisis.
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2 Cro 23,1-21
La proclamación de Joás como rey y la muerte de Atalía formaban parte del designio divino de salvación; ambos episodios están narrados siguiendo de cerca el texto paralelo de Reyes (2 R 11,4-20), pero con pequeños matices para subrayar el papel importantísimo de los sacerdotes y del Templo: Yehoyadá, como sacerdote (22,11; 23,8.11), reunió a los levitas (v. 2) haciéndoles partícipes de la trama contra Atalía, puesto que, como encargados de revisar la ceremonia de proclamación, eran los únicos que podían entrar en el Templo (vv. 4-8).
Después de la desaparición de Atalía, el mismo Yehoyadá llevó a cabo una reforma entre los ministros del culto, acomodándose a las antiguas disposiciones de David (vv. 18-19). Una vez más los sacerdotes garantizaron la permanencia de la dinastía davídica y del Templo.
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2 Cro 23,13
«Pueblo llano» (cfr vv. 20.21). Literalmente el «pueblo de la tierra», que en griego traduce aquí simplemente por laós. De esta palabra viene «laico», que significa el que pertenece al pueblo sin tener una especial consagración. En la Nueva Alianza, los cristianos, al participar de la función sacerdotal de Cristo por la fe y el Bautismo, participan en la vocación sacerdotal del Pueblo de Dios: «Cristo el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, ha hecho del nuevo pueblo “un reino de sacerdotes para Dios, su Padre” (Ap 1,6). Los bautizados, en efecto, por el nuevo nacimiento y por la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 10).
▲ COMENTARIO
2 Cro 24,1-27
El reinado de Joás está narrado con clara orientación pedagógica y, por tanto, distribuido en dos etapas para mostrar con más facilidad la doctrina religiosa de la historia.
La primera (vv. 1-16), dedicada a recabar fondos (siguiendo el texto paralelo de 2 R 12,1-17) para la restauración del Templo. Durante estos años el protagonista verdadero fue el sacerdote Yehoyadá, que secundó las iniciativas reales para reconstruir el Templo y devolverlo a su esplendor primitivo (v. 13). Al morir recibió sepultura en la ciudad de David (v. 16), es decir, se le reconocieron y tributaron, como a los reyes, los mayores honores.
La segunda etapa fue de deslealtad al Señor y de idolatría. Los desastres bélicos y las conjuras vinieron como castigo por los pecados del rey (vv. 17-26). El delito más grave fue la muerte ignominiosa del hijo de Yehoyadá, el profeta Zacarías (distinto del último de los profetas menores), que se atrevió a denunciar los delitos del monarca. Como consecuencia de este crimen el propio rey perderá su vida a manos de los conspiradores (v. 25). De nuevo se pone de relieve en esta narración que Dios no deja impunes los delitos y que castiga a quien los comete.
Este profeta Zacarías es probablemente el que fue recordado por Jesucristo como paradigma de víctima inocente sacrificada por los suyos: «… para que caiga sobre vosotros toda la sangre inocente que ha sido derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que matasteis entre el Templo y el altar» (Mt 23,35). El hecho de que Jesús le llame «hijo de Baraquías» en vez de «hijo de Yehoyadá», puede que responda al empleo de genealogías diferentes o a una confusión en la transmisión textual. En cualquier caso, teniendo en cuenta que el libro de las Crónicas ocupa el último lugar en la Biblia hebrea, Jesús está indicando que todas las víctimas inocentes, desde la primera (Abel) hasta la última (Zacarías), son figuras de los mártires cristianos y participan de la redención llevada a cabo en la Cruz. «No se os ocurra, por tanto, hermanos, pensar que todos aquellos justos que padecieron persecución de parte de los inicuos, incluso aquellos que vinieron enviados antes de la aparición del Señor, para anunciar su llegada, no pertenecieron a los miembros de Cristo. Es imposible que no pertenezca a los miembros de Cristo, quien pertenece a la ciudad que tiene a Cristo por rey. Efectivamente, toda aquella ciudad está hablando, desde la sangre del justo Abel, hasta la sangre de Zacarías. Y a partir de entonces, desde la sangre de Juan, a través de la de los apóstoles, de la de los mártires, de la de los fieles de Cristo, una sola ciudad es la que habla» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 61,4).
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2 Cro 25,1-28
El reinado de Amasías está dividido también en dos etapas, la primera de fidelidad y prosperidad (vv. 1-13) y la segunda de impiedad y, en consecuencia, de desgracias y de derrotas (vv. 14-24). En cada una interviene un profeta indicando el plan de Dios: en la primera el rey lo escucha (vv. 9-10), en la segunda lo rechaza (v. 16). Todo el relato vuelve a ser una enseñanza sobre la retribución individual e inmediata; y en este caso, la primera decisión del monarca de mantener vivos a los asesinos de su padre está regida por el principio de que cada uno debe pagar por sus delitos, no por los de los antepasados (v. 4). Las palabras citadas en el v. 4 están tomadas de Dt 24,16, donde se refieren a la justicia humana.
La muerte de Amasías a manos de los conspiradores (v. 27), como antes la derrota por el rey de Israel (v. 20), no son simples episodios casuales, sino castigos divinos por la idolatría e infidelidad del monarca.
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2 Cro 26,1-23
El esquema de las dos etapas, fidelidad–infidelidad, es aplicado también a la narración del reinado de Uzías, poniendo el acento en la retribución individual, tanto cuando el rey sigue los designios divinos como cuando se opone a ellos. Sin embargo, en este relato hay algunos detalles de especial interés.
Con el nombre de Uzías (Ozías, en griego) se designa aquí al mismo rey que es denominado ordinariamente Azarías en el libro de los Reyes (cfr 2 R 14,21-22 y 15,1-3.5-7; pero Uzías en 15,34), y es el que está atestiguado en los profetas (cfr Is 6,1) y en el Nuevo Testamento (cfr Mt 1,8-9). Quizá era un sobrenombre o un diminutivo.
Las construcciones llevadas a cabo, así como las victorias sobre los filisteos y árabes, o la fortaleza del ejército son presentadas como premio a la fidelidad del monarca mientras siguió los consejos de un hombre del que sólo conocemos que se llamaba Zacarías (v. 5), distinto de aquel al que se hace referencia en 24,20ss. Entre los edificios construidos destacan las torres y cisternas del desierto (v. 10), probables cimientos de los edificios posteriores de Qumrán.
En sintonía con la doctrina del Cronista, se subraya la importancia de los sacerdotes y del Templo: Zacarías enseñó al rey el temor de Dios durante la primera época (v. 5); y el sacerdote Azarías le echó en cara su infidelidad durante la segunda (vv. 17-18). El Templo fue, por otra parte, el escenario del castigo divino, puesto que la enfermedad impura por antonomasia, la lepra, le sobrevino al rey en el Templo y como castigo por haber usurpado funciones que sólo los sacerdotes podían ejercer.
Las palabras «mientras buscó al Señor, Dios le hizo progresar» (v. 5) muestran una vez más los beneficios que se siguen de la fidelidad a Dios. Cuando se hace el esfuerzo de seguir la voluntad de Dios, el Señor no deja de recompensarlo. «Cuanto más generoso seas, por Dios, serás más feliz» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 18).
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2 Cro 27,1-9
El rey Jotam cumplió con piedad y fidelidad sus funciones hasta el final de sus días (cfr 2 R 15,32-38). Los únicos datos propios de este libro (vv. 4-6) realzan una vez más que la actividad constructora del monarca y la expansión del territorio fueron consecuencia de que el rey «se mantuvo fiel al Señor, su Dios» (v. 6).
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2 Cro 28,1-27
Ajaz es el contrapunto negativo de su piadoso abuelo Uzías: todo su reinado estuvo plagado de impiedad y de idolatría; la derrota era el final de todas las batallas que entabló. Pero el delito más grave y que con más severidad condena el Cronista fue la profanación del Templo y de sus objetos (vv. 20-24).
La guerra sirio–efraimita (vv. 5-15) contiene en esta narración elementos desconocidos en el libro de Reyes (2 R 16,5-9) y en el de Isaías (Is 7,1-8,23). Aquí el Señor, para castigar a Ajaz (v. 5), decide la derrota, primero a manos de los sirios y luego de los efraimitas (vv. 5-8). En esta narración la intervención de un profeta y la ayuda del pueblo israelita a los de Judá (vv. 9-15) son determinantes para paliar los efectos de la derrota; no hubo grandes quebrantos. De todo esto se deduce la predilección divina a favor de los judíos y la certeza de que nunca llegarán a ser esclavos de nadie a pesar de que sus reyes sean impíos y merezcan severos castigos.
La alianza de Ajaz con los asirios es, si cabe, más humillante (v. 19) porque en vez de ayudarle asediaron Jerusalén y exigieron grandes tributos. No hubo desgracias personales, pero se cometieron en el Templo las idolatrías más vergonzosas (v. 23) y las profanaciones más horribles hasta llegar incluso a clausurar el Templo (v. 24).
En la interpretación religiosa que el libro de Crónicas hace de la historia, éste es el momento más crítico porque llegó a ponerse en peligro la dinastía davídica y la permanencia del Templo, es decir, la identidad misma del pueblo.
En el v. 19 se llama a Ajaz «rey de Israel», aunque la versión griega corrige «rey de Judá». El Cronista está más atento a presentar a Israel como un solo reino que a la exactitud histórica.
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2 Cro 29,1-32,32
Ezequías «obró con rectitud a los ojos del Señor como lo había hecho su padre David» (29,2). Este juicio tan positivo sobre Ezequías orienta la amplia sección de cuatro capítulos dedicada a relatar los acontecimientos de su reinado. Como imitador de David, Ezequías devolverá a Jerusalén su prestigio original de capital política y religiosa, y procurará la unidad de los dos reinos acogiendo a los grupos venidos de Israel (30,25); conseguirá que todos los israelitas (literalmente «todo Israel», 31,1) se decidan a destruir los lugares altos, y convocará la Pascua «por todo Israel» (30,5).
Como rey piadoso que obró con rectitud, llevó a cabo una decisiva reforma religiosa que abarcaba los aspectos más importantes del culto: la reapertura y purificación del Templo (29,3-19), el restablecimiento del culto (29,20-36), la celebración de la Pascua en todo el país (30,1-27), la destrucción de todo lo idolátrico (31,1) y la reorganización del clero en el servicio del Templo (31,2-9). El calificativo final sobre Ezequías, uno de los reyes de Judá más extraordinarios, es casi idéntico al del comienzo, pues se revela que todo lo hizo «para buscar de todo corazón a Dios; y por eso tuvo éxito» (31,21).
El último acontecimiento de su vida fue su comportamiento gallardo y, a la vez, piadoso ante la invasión de los asirios (32,1-23) y, en otro orden de cosas, su humildad para pedir al Señor la curación de su gravísima dolencia (32,24-26).
Fueron años de gran prosperidad política y religiosa que el Cronista interpreta como fruto de la bendición divina y del comportamiento ejemplar del rey.
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2 Cro 29,3-36
El relato de la reforma religiosa no se encuentra en el libro de los Reyes, pero proporciona datos que confirman el influjo enorme de los sacerdotes y levitas en la sociedad contemporánea del libro de Crónicas. Con especial énfasis se indica que el Templo y sus puertas son las mismas, aunque restauradas.
Los ritos de purificación, tanto de las personas como del santuario y de sus elementos, siguen las normas contenidas en el Levítico (cfr Lv 13,1-16,34).
El discurso de Ezequías (vv. 5-11) contiene los temas específicos de la predicación de los profetas: infidelidad de los antepasados, castigo merecido y necesario, invitación a la conversión y ratificación de la Alianza. Esta doctrina está en la base de la reforma que se llevará a cabo.
El esplendor de los sacrificios, cantos y ritos de purificación prefigura la liturgia de la Iglesia y los sacramentos: «El pueblo elegido recibe de Dios signos y símbolos distintivos que marcan su vida litúrgica: no son ya solamente celebraciones de ciclos cósmicos y de acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza se puede nombrar la circuncisión, la unción y la consagración de reyes y sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios, y sobre todo la pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los sacramentos de la Nueva Alianza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1150). Y en lo que se refiere específicamente a los cantos el Concilio Vaticano II enseña: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne» (Sacrosanctum Concilium, n. 112).
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2 Cro 30,1-27
La celebración de la Pascua fue la señal más perceptible de que el culto estaba normalizado: se había restaurado el Templo y se habían purificado los ministros (los levitas con más diligencia que los sacerdotes: cfr v. 3; 29,34). Sólo faltaba reunir a «todo Israel y Judá» (v. 1) en la fiesta más específica del pueblo elegido.
Los preparativos (vv. 1-12) reflejan la orientación abierta que Ezequías quiso dar a su primera Pascua. El pregón real (vv. 6-9), invitando a los israelitas del Norte, parece recogido aquí para que lo escucharan los samaritanos y otros disidentes contemporáneos del Cronista. Contiene una vibrante exhortación a reconciliarse: sólo convirtiéndose al Señor es posible la unidad de todos los israelitas. Esta llamada sigue siendo válida hoy día en la tarea ecuménica: «El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior. Los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad. Por eso tenemos que implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestros servicios y de la fraterna generosidad del alma para con los demás» (Conc. Vaticano II, Unitatis redintegratio, n. 7).
La celebración propiamente dicha (vv. 13-22) es solemne y multitudinaria. Como muchos habían venido de lejos no tuvieron tiempo de purificarse y los levitas tuvieron que multiplicarse para inmolar tantas víctimas. En este contexto es importante la oración del rey (vv. 18-19) que considera la limpieza del corazón por encima de la pureza ritual.
La alegría (vv. 23-27) fue desbordante, tanto que decidieron prolongar la fiesta durante una semana más, como había hecho Salomón para celebrar la Dedicación del Templo (cfr 2 Cro 7,9). Los levitas, señala el autor sagrado una y otra vez, fueron los grandes protagonistas, hasta el punto de que acompañaron a los sacerdotes en la solemne bendición al pueblo (v. 27), sobrepasando sus funciones propias.
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2 Cro 31,1-21
La reforma de Ezequías fue ante todo cultual, haciendo del único Templo de Jerusalén el centro de toda actividad religiosa. El rey determinó con detalle las funciones de los sacerdotes y levitas con relación al culto (v. 2), como habían hecho David y Salomón; pero además destinó una parte de los sacrificios para ellos con el fin de que «pudieran dedicarse de lleno a la Ley del Señor» (v. 4). De este modo quedó establecido que los levitas fueran los responsables de la enseñanza de la Ley.
La abundancia de ofrendas que llegaban al Templo (v. 10) era un claro indicio de que la reforma había calado en el pueblo, y también de que el Señor bendecía los esfuerzos realizados. Conforme a la doctrina del Cronista, se enseña de nuevo que Dios premia con creces lo que se hace por Él. «Dios no se deja nunca ganar en generosidad» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 40).
Sobre los diezmos ver nota a Dt 14,22-29.
El autor sagrado concluye el relato de la reforma religiosa (vv. 20-21) ponderando de nuevo la persona y actuación de Ezequías en favor del Templo, de la Ley y de los mandamientos.
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2 Cro 32,1-32
En este capítulo se resumen los tres episodios finales de la vida de Exequias, que en otros libros están más desarrollados (cfr 2 R 18,9-20,21; Is 36,1-38,20): la invasión asiria, la enfermedad–curación del rey y la prosperidad de este reinado. Al narrarlos de forma breve, se pone el acento, una vez más, en que el Señor bendice al que le busca sinceramente (v. 7).
En la invasión asiria destaca la pericia militar de Ezequías que decidió desviar las aguas de la fuente de Guijón (vv. 3-30) hacia el centro de Jerusalén mediante un canal, que hoy todavía se conserva y se llama «Canal de Ezequías», para mantener abastecida a la ciudad durante el asedio. Y, por encima de todo, sobresale su piedad y su confianza en el Señor, al enfrentarse al poderoso ejército asirio. El resultado fue que «el Señor salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib» y «les concedió paz en sus alrededores» (v. 22) como había ocurrido en tiempos de Salomón.
La enfermedad no tuvo carácter de castigo como en Asá y Joram (cfr 16,12; 21,18-19), sino que fue ocasión para que el Señor obrara «un prodigio» (v. 24). Sin embargo estuvo a punto de ser ocasión de ruina para el rey porque en un primer momento no lo reconoció; no obstante, supo humillarse y evitó el castigo (v. 26). El autor sagrado subraya la necesidad de acudir con humildad y confianza al Señor tanto en problemas públicos como privados. La actitud del rey es un anticipo de la enseñanza del Nuevo Testamento de confiar siempre en Dios: «Ésta es la confianza que tenemos en Él: si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha» (1 Jn 5,14). La liturgia de la Iglesia lo recuerda también con sencillez y belleza: «Dios todopoderoso, lleno de misericordia, mira compasivo nuestras penas, alivia el dolor de tus hijos y robustece su fe, para que siempre confíen en tu paternal providencia» (Misal Romano, Misa por cualquier necesidad B, oración colecta).
La prosperidad del reinado de Ezequías es señal de la bendición del Señor (vv. 27-29). La relación con los emisarios de Babilonia (cfr 2 R 20,12-19; Is 39) es relatada escuetamente (v. 31) y pone de relieve la humildad y piedad de Ezequías (vv. 25-26).
Sobre el Miló (v. 5) cfr nota a 2 S 5,9.
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2 Cro 33,1-20
El reinado de Manasés tuvo dos épocas, pero en contra de lo que era habitual en sus predecesores, la primera fue de impiedad (v. 1-9) y la segunda, después de su conversión, fue de fidelidad al Señor (vv. 10-20). El relato de la época de infidelidad sigue de cerca el libro de los Reyes (2 R 21,1-10), que presenta a Manasés como uno de los reyes más crueles e impíos. En cambio, el relato de la segunda época es específico de este libro: de nuevo se busca una interpretación religiosa de la vida de Manasés. Si este rey se mantuvo en el trono durante cincuenta y cinco años (698-642), más que David o Salomón, fue porque el rey «se humilló profundamente ante el Dios de sus padres» (v. 12), y, por lo tanto, el Señor le bendijo (v. 13). Si todavía pervivieron cultos idolátricos, no fue achacable al rey, sino a la gente (v. 17). Con esta interpretación queda en pie la doctrina de la retribución personal que informa todo el libro de Crónicas.
«El Señor se conmovió y escuchó su plegaria» (v. 13). Posiblemente este dato dio pie a la «Oración de Manasés», que es un salmo apócrifo, breve, que aparece en algunos códices griegos al final del libro de los salmos y que fue utilizada en la liturgia cristiana durante la Cuaresma. Es una plegaria piadosa compuesta probablemente en el siglo I o II d.C., que trata sobre la infinita compasión de Dios Todopoderoso y la eficacia del verdadero arrepentimiento: «He pecado, Señor, he pecado / y mis faltas yo conozco, / pero Te pido suplicante: / ¡Aparta de mí tu enojo, Señor, aparta de mí tu enojo / y no me hagas perecer junto a mis faltas / ni, eternamente resentido, me prestes atención a las maldades / ni me condenes a los abismos de la tierra! / Porque Tú eres, Señor, el Dios de los que se arrepienten y en mí mostrarás tu bondad / ya que aun siendo indigno, me salvarás conforme a tu mucha misericordia» (Oratio Manassae 12-14).
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2 Cro 33,3
A lo largo de los libros de las Crónicas, pero de manera cada vez más acentuada en los últimos capítulos, hay continuas referencias a la edificación de «lugares altos» por parte de hombres impíos. Se trataba originariamente de santuarios cananeos o ilegítimos, en donde se realizaban actos de culto por pensarse que se estaba más cerca de la divinidad. En la época de los reyes, probablemente se trate de cerros artificiales, plataformas ovales o circulares, construidos con fines cultuales. cfr también nota a 1 R 3,2-14.
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2 Cro 33,21-25
El reinado de Amón fue breve, pero tan desastroso como el de su padre Manasés. Aquí se recogen los datos del libro de Reyes (2 R 21,19-24), pero se añade que «no se humilló ante el Señor» (v. 23) para señalar que su muerte prematura fue castigo de su comportamiento impío, aunque de hecho fuera consecuencia de una conspiración.
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2 Cro 34,1-35,27
Josías fue el rey piadoso que llevó a cabo una reforma profunda, seguramente más trascendente que la de Ezequías, ya que tuvo el honor de encontrar el libro de la Ley, es decir, el núcleo fundamental de lo que hoy se recoge en el libro del Deuteronomio (cfr 2 R 22,1-23,30). El relato de Crónicas sigue de cerca los datos de la narración de Reyes, pero ordenándolos de manera que resplandezca la piedad de Josías, el protagonismo de los levitas y la centralidad del Templo. Así, la primera actividad del monarca consistió en destruir los lugares idolátricos de Judá (34,3) y en purificar el resto de ciudades, incluidas las del norte (34,6-7). Después, cuando todo estaba ya purificado, encontró el libro (34,8ss.). Así este hallazgo no es tanto el origen de la reforma, sino el premio a la restauración llevada a cabo.
Los levitas fueron imprescindibles en la reforma: ellos llevaron la dirección de los trabajos de reparación del Templo (34,12-13); fueron testigos de la renovación de la Alianza (34,30) y, sobre todo, se encargaron de dirigir la celebración de la Pascua (35,3-16). Finalmente el Templo de Jerusalén volvió a ser el centro del culto y de la enseñanza religiosa. Precisamente el libro de la Ley apareció «al extraer el dinero aportado al Templo del Señor» (34,14), es decir, como recompensa divina por los cuidados mostrados hacia la Casa de Dios. Y al Templo acudirán a celebrar la Pascua tanto los de Judá como los de Israel (35,18). Es probable que las ceremonias de la Pascua descritas aquí perduraran todavía en tiempo de Jesús.
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2 Cro 34,19-28
El rey, impresionado por la lectura del libro, envió una embajada a consultar a la profetisa Juldá, con lo que mostraba su actitud humilde a aceptar su contenido, como venido de Dios. Todo este relato sigue muy de cerca la narración contenida en 2 R 22,11-20; pero añade un matiz significativo al recordar las «maldiciones contenidas en el libro» (v. 24), en alusión a los últimos capítulos del Deuteronomio (cfr Dt 30,7.15-20). De esta forma el Cronista da por sentado que «el libro de la Ley» era en la época persa todo el Deuteronomio —no sólo la parte central, de carácter normativo—, y quizá todo el Pentateuco.
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2 Cro 35,20-27
La muerte trágica del piadoso rey Josías resultaba difícil de explicar para los que pensaban que una vida ejemplar no podía terminar en tragedia. Pero, al indicar que el rey de Egipto envió mensajeros anunciándole que su incursión no era contra él (v. 21), se señala que Josías desobedeció al no atender esas palabras que «venían de Dios» (v. 22). Este pecado fue la causa de su muerte y, de este modo, quedaba en pie la doctrina de la retribución personal e inmediata. cfr también nota a 2 R 23,4-30.
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2 Cro 36,1-21
El reinado de los últimos reyes de Judá (cfr 2 R 23,1-25,30) está relatado casi de forma telegráfica, sin utilizar con detalle la fórmula introductoria habitual: «Comenzó a reinar…», ni la conclusiva: «El resto de los hechos…». Únicamente se reseña el comportamiento impío de cada monarca y, como castigo, su deportación. Además, a la escalada de impiedad corresponde una trágica progresión en el castigo: Joacaz fue deportado a Egipto él solo, sin repercusión en las posesiones ni en los habitantes del pueblo (v. 4); Yoyaquim y Yoyaquín obraron mal y fueron llevados a Babilonia junto con muchos objetos del Templo, pero sin daños en otras personas (vv. 7 y 10); y finalmente, Sedecías, que arrastró a los dirigentes al mal, decidió no volver al Señor y profanó el Templo del Señor (v. 14), atrajo el más severo castigo: la muerte de los mejores, la destrucción del Templo y la demolición de Jerusalén, y la deportación de los supervivientes (vv. 17-20).
De este modo, el destierro no es interpretado como un castigo infligido al pueblo entero por las infidelidades cometidas a lo largo de su historia, sino únicamente como castigo a Sedecías y a sus contemporáneos por sus propios pecados. La nueva generación que vuelva del destierro no heredará las consecuencias de esos delitos, sino que comenzará de nuevo, contando con la protección divina.
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2 Cro 36,9
«Yoyaquín tenía dieciocho años». Seguimos a muchos manuscritos y versiones antiguas porque el texto hebreo que dice «tenía ocho años» parece equivocado: con esa edad no habría sido responsable de mal a los ojos del Señor.
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2 Cro 36,21
La mención de Jeremías (cfr Jr 25,11-12; 29,10) indica que su libro era ya reconocido en tiempos del Cronista como profético y sagrado; y, por otra parte, subraya que el destierro fue un acontecimiento previsto por Dios que guardó la tierra en «sábado prolongado», es decir, descanso total, hasta la vuelta de los que constituían el verdadero Israel. Al omitir el gobierno de Godolías (cfr 2 R 25,22-26) se evita la ocasión de marcar divisiones entre los deportados y los que quedaron en Jerusalén.
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2 Cro 36,22-23
El final del libro de Crónicas es idéntico al comienzo del de Esdras (Esd 1,1-3) y probablemente se repitió cuando los libros de Crónicas fueron definitivamente separados de los de Esdras y Nehemías. En todo caso refuerza la enseñanza, contenida en los versículos anteriores, de que el destierro no es el fin, sino que todo ha de continuar igual que antes de ir a Babilonia puesto que volverán «los que pertenezcan al pueblo» y seguirá en pie la clave de la fe: que el Señor está con ellos, con todos los que al redactarse este libro, pertenecían al pueblo.