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2 SAMUEL

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2 S 1,1-8,18

El segundo libro de Samuel contiene la actividad de David antes de subir al trono y durante su reinado. En la primera parte se narran las vicisitudes hasta consolidarse como rey en la Ciudad Santa de Jerusalén (caps. 1-8), y en la segunda, las intrigas de sus hijos en la sucesión al trono (caps. 9-24). El capítulo primero sirve de eslabón entre el ciclo de Saúl, cuya muerte se relata de nuevo, y el ciclo de David. A partir del capítulo segundo el protagonista fundamental es David y sus múltiples dificultades hasta ser aceptado por todos: primero es elegido solamente rey de Judá en Hebrón (2,1-4); en segundo lugar tendrá que desbaratar con sabiduría y astucia las tentativas de los descendientes de Saúl que todavía aspiraban al trono (2,5-4,12); y por último será reconocido rey de todo Israel, también en Hebrón (5,1-5). Una vez alcanzada la aceptación general, habrá de consolidar su trono en Jerusalén (5,6-8,18).

Como en el primer libro, también aquí lo importante es la interpretación religiosa de los hechos: el rey David es instrumento en manos de Dios que es quien en el fondo gobierna a su pueblo librándole de todos sus enemigos. En este sentido ocupa un lugar destacado en la historia de la salvación y es figura de Jesucristo, puesto que con él se inicia la tradición del mesianismo real (cfr 7,1-17).

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2 S 1,1-16

«Después de la muerte de Saúl» (v. 1). Estas palabras semejantes a las de Jos 1,1 y Jc 1,1 pudieron ser motivo para dividir aquí los dos libros de Samuel, si es que alguna vez formaron una unidad. En cualquier caso, son una fórmula para indicar el comienzo de una nueva etapa.

David se enteró de la muerte de Saúl por un fugitivo perteneciente a un pueblo enemigo (vv. 1-10), un amalecita que dio una versión bien distinta de la recogida en el capítulo final del libro anterior (cfr 1 S 31,4-5): allí el propio rey se dejó caer sobre su espada, aquí es el amalecita quien lo remata. Quizá pensó que con la noticia y con las insignias reales que traía consigo (v. 10) conseguiría algún privilegio, pero se equivocó. David mantuvo siempre el respeto al «ungido del Señor» (v. 16), le lloró como merecía (vv. 11-12) y en ningún momento buscó en provecho propio la caída del rey elegido por Dios.

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2 S 1,17-27

La elegía por Saúl y Jonatán es uno de los poemas más bellos conservados en la Biblia; se atribuye a David y, al mismo tiempo, se sabe que pertenece al Libro del Justo (v. 18), una colección de escritos de tipo castrense y nacional (cfr Jos 10,13), más que de tipo religioso como son los Salmos. De hecho, en la elegía no se menciona a Dios ni se recogen argumentos religiosos; en cambio, abundan las exclamaciones patrióticas (vv. 19-20.24-25, etc.), y las expresiones marciales (vv. 19.21). Su elevado lirismo (vv. 23-25) refleja que el momento y las circunstancias en que fue compuesto eran de grandísimo dolor y preocupación por el futuro.

Por otra parte, el lugar estratégico que ocupa en el libro cierra definitivamente la etapa de Saúl y abre la de David. A partir de ahora queda el camino expedito para que David, ungido rey por Samuel en privado (cfr 1 S 16,1-13), llegue a ser reconocido como tal en público.

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2 S 1,19

«La gala de Israel». Las versiones antiguas han interpretado de diversas maneras esta expresión hebrea: la griega lo entiende como verbo («considera, Israel, a los que han muerto heridos sobre los montes»); la siríaca como sustantivo («gacela de Israel»); la latina como adjetivo («los ínclitos, Israel, han sido heridos»). Es preferible mantener lo más fielmente posible el original hebreo que refleja muy bien la imagen poética aplicada a Saúl y a Jonatán.

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2 S 1,21

«Campos de primicias». Con esta maldición se pide la esterilidad de los campos, condenados a no tener primeros frutos, es decir, ningún fruto. Una bendición opuesta aparece en Gn 27,28.

«No untado con aceite». Los soldados untaban las pieles del escudo con aceite para mantenerlas tersas y resbaladizas ante la espada de los enemigos. Saúl en cambio hacía lo mismo con la sangre y la grasa de los enemigos liquidados en combate.

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2 S 2,1-7

El itinerario del ascenso al trono de David había comenzado en Belén cuando fue ungido por Samuel en una ceremonia privada (cfr 1 S 16,1-13). Sin embargo, ahora, en Hebrón, ignorando lo ocurrido en Belén, David es «ungido» por los hombres de Judá como rey de Judá (v. 4). Se trata más bien de un acto político de reconocimiento o entronización. A partir de ahora el rey de Judá tendrá que ir superando muchas dificultades hasta ser constituido también rey de Israel (5,1-5).

David llevó a cabo la primera gestión diplomática con aquellos de Yabés de Galaad que se habían portado lealmente con Saúl. En la fórmula de saludo (v. 7) se compromete con ellos con la misma lealtad que había mostrado con Saúl, y, a la vez, les sugiere que sigan el ejemplo de los de la casa de Judá aceptándolo como rey.

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2 S 2,8-11

Abner, primo y general de Saúl (cfr 1 S 14,50; 17,55; 26,5), fue el primer gran oponente de David al querer reafirmar la dinastía de Saúl colocando en el trono a Isbaal, su único hijo superviviente. La enumeración de las regiones más importantes del norte (v. 9) da idea de la dificultad que David encuentra para integrarlas en la unidad del nuevo reino; también la información de la edad madura de Isbaal, cuarenta años, refuerza la severa oposición que tendrá que superar el nuevo rey de Judá.

En cuanto al hijo de Saúl, el texto hebreo lo nombra siempre como Isbóset, que etimológicamente significa «hombre de mentira, hombre falaz», mientras que el griego lo llama Isbaal, «hombre de Baal» o «don de Baal», que resultaba un nombre menos ofensivo. Es preferible esta lectura que ha pasado a las versiones latinas más autorizadas.

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2 S 2,12-3,1

La primera confrontación bélica entre Israel y Judá es relatada como una lamentable guerra civil en la que los intentos de reconciliación resultan fallidos (vv. 20-23). La batalla tiene lugar en dos escenarios diferentes: en el primero (vv. 12-16) se entabla un duelo entre iguales para dilucidar la victoria; todos quedan vencidos por igual y, sin embargo, la batalla continúa de modo encarnizado; finalmente la victoria favorece a los hombres de David (v. 17). El segundo escenario presenta la pelea personal entre Joab, el lugarteniente de David, y sus hermanos frente a Abner, el lugarteniente de Saúl (vv. 24-32). El proceso es el mismo: muere uno de los tres hermanos, Asael (v. 23), y se intenta y se alcanza un acuerdo de paz entre los contendientes (vv. 26-30). Sin embargo, la guerra entre el norte y el sur continúa hasta que finalmente los de Judá terminan con más ventaja y poco a poco se van afianzando (cfr 3,1). En esta primera escaramuza no interviene David, que siempre se muestra como artífice de la unidad entre los dos reinos y no como causa de las desavenencias entre ellos.

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2 S 3,2-5

La enumeración de los hijos de David nacidos hasta este momento significa que la «casa de David» va consolidándose tanto por el número de descendientes como por la extensión de la herencia, puesto que el hijo de Abigaíl tenía derecho a la región de los calebitas y el de Maacá a la región de Guesur. En contraste, la casa de Saúl se desmoronaba con rapidez, como se pone de relieve en el episodio siguiente.

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2 S 3,6-39

Las personas que intervienen en la muerte trágica de Abner iluminan, por contraste, la figura egregia de David, el único dotado de las cualidades de un buen rey. Así, Isbaal, el nombrado rey de Israel, es incapaz de imponerse a su general Abner y de corregir sus abusos porque le tiene miedo (v. 11). Abner es tan ambicioso y torpe que sólo es capaz de granjearse enemistades: al ocupar el puesto de Saúl haciendo suya a una concubina, molesta al heredero, Isbaal (v. 7); y al sellar un pacto con David (vv. 12-13), molesta a Joab que no le perdonará la vida. Por último, Joab, el jefe de las tropas de David, es vengativo y en la primera oportunidad llegará a matar a traición a Abner (vv. 26-27), haciéndose reo de una severa maldición por parte de David (v. 29).

En cambio, David obra con más serenidad y prudencia. Aprovecha las dificultades políticas de Abner para tender lazos de unión con los del norte; solicita la vuelta de su esposa Mical, porque así él se convierte en heredero legítimo del trono de Saúl sin necesidad de violencias ni de crímenes; más tarde llora sinceramente la muerte de Abner (vv. 31-35) y le dedica un canto fúnebre, con lo que echa por tierra cualquier acusación de culpa en este crimen (vv. 36-37). Finalmente, al pronunciar la maldición sobre Joab y su familia, deja claro que él odia la violencia y que busca exclusivamente el camino de la concordia.

Aunque el relato resulta cruel y poco edificante, por dos veces se repite en boca de Abner que ha de cumplirse lo que el Señor ha jurado a David (vv. 9-10.17-18): que le haría rey sobre Israel. De esta forma, se vuelve a poner de manifiesto que la historia de la salvación transcurre incluso a través de episodios tan duros como éstos. David también es figura de Jesús en el sentido de que, rodeado de violencia, buscó siempre el bien y la concordia de los suyos. A imitación del Maestro, los cristianos también estamos llamados a promover la paz. «Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: “En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: ‘De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate’ (Is 2,4)” (GS 78,6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2317).

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2 S 3,33-34

La lamentación está cargada de ironía: Abner, el heroico lugarteniente de Saúl, ha muerto víctima de una burda estratagema; ni siquiera ha tenido el honor de morir luchando en el campo de batalla, como lo tuvieron Saúl y Jonatán (cfr 1,19-23). En aquella época se consideraba una deshonra la muerte de un soldado fuera del combate. Por otra parte, como han comentado los Santos Padres, el canto fúnebre es una muestra de la lealtad de David: «David con este gesto enseña que hay que mantener la fidelidad prometida incluso con los adversarios, y que hay que reconocer el valor también de los enemigos» (S. Ambrosio, De apologia David 7,36).

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2 S 4,1-12

Muerto Abner, ya sólo Isbaal, descendiente de Saúl, podría obstaculizar a David la ascensión al trono del Norte. Pero, al ser cobardemente asesinado, le dejó completamente expedito el camino. Sin embargo, la reacción de David fue inmediata para alejar otra vez toda duda de complicidad en esta muerte: manda ajusticiar a los traidores que han matado a Isbaal, especificando que les corten las manos y los pies, pues con las manos le dieron muerte y con los pies se apresuraron a traer la noticia pensando en granjearse el favor de David.

La noticia del hijo de Jonatán (v. 4) quiere llamar la atención sobre otro descendiente que podía inquietar a David, pero es un niño y además está tullido; más adelante (cfr 9,1-13) se relata su mayoría de edad. En cuanto al nombre, ocurre lo mismo que con Isbaal (cfr nota a 2,8-11): el texto hebreo lo llama Mefibóset, que significa «de la boca de la mentira», mientras que el texto griego y las demás versiones antiguas siguiendo a 1 Cro 8,34 lo denominan Meribaal, que significa «defendido por Baal». Es probable que el cambio de nombre se debiera a que el texto hebreo detesta nombrar al dios cananeo Baal.

Todos los episodios narrados hasta aquí, que facilitan el acceso de David al trono, ponen de relieve que es Dios mismo quien dirige los acontecimientos y los orienta hacia el proyecto salvífico sobre su pueblo. David llegará a ser rey de Israel no por un pronunciamiento, ni sólo por sus hábiles estrategias, sino porque el Señor así lo ha querido.

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2 S 5,1-5

La consagración de David como rey de Israel está narrada con sobriedad pero destacando detalles de gran trascendencia en la historia de la salvación: los habitantes del norte y los del sur son hermanos («hueso tuyo y carne tuya somos», v. 1); la imagen del «pastor» (v. 2), antiguo oficio de David, resume la función del dirigente y del rey que no buscan en el gobierno el propio provecho, sino el bienestar de los súbditos; el pacto de David con los ancianos (v. 3) es reflejo de la doctrina general de la alianza, que estará en la base de las relaciones de Dios con su pueblo y de los miembros del pueblo entre sí; el número de los años de gobierno (v. 5) también está cargado de significado, porque estas cifras eran consideradas como símbolo de plenitud: siete como rey de Judá, y cuarenta como rey de Judá e Israel. Todavía en el Nuevo Testamento los números siete y cuarenta conservan el mismo sentido de plenitud (cfr Mt 4,2; 18,22; Ap 1,11; Hch 4,22, etc.). Hebrón, donde había sido ungido también como rey de Judá (cfr 2,1-4), era la ciudad más importante del sur; en su interior conservaba la cueva de Macpelá y en sus alrededores se hallaba la encina sagrada de Mambré. Sin embargo, quizá por estas resonancias antiguas, no fue escogida como capital del nuevo reino, sino que fue sustituida por Jerusalén.

David es figura de Jesucristo en muchos aspectos, pero la raíz de todos ellos es su condición de rey: Jesucristo será también aclamado Rey de Israel. «Pero ¿qué era para el Señor ser aclamado por Rey de Israel? ¿Qué era para el Rey de los siglos ser hecho rey de los hombres? Cristo no era Rey de Israel para imponer tributos ni para tener ejércitos armados y guerrear visiblemente contra sus enemigos; era Rey de Israel para gobernar las almas, para dar consejos de vida eterna, para conducir al reino de los cielos a quienes estaban llenos de fe, de esperanza y de amor» (S. Agustín, In Ioannis Evangelium 51,4).

La liturgia de la Iglesia propone este texto del libro de Samuel en la Solemnidad de Cristo Rey, junto con la escena de la crucifixión (Lc 23,35-43). Jesús ha conseguido su reinado con la obediencia que culmina en la muerte en la cruz, obteniendo la salvación definitiva para todos los hombres.

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2 S 5,6-8,18

David, después de ser consagrado y reconocido como rey de todas las tribus de Judá y de Israel, se dedica a formar un verdadero reino con sus instituciones, su capital y sus fronteras. En estos capítulos se relata en primer lugar la conquista de Jerusalén y su elección como nueva capital política del reino (5,6-12). A continuación, se narra el establecimiento del Arca en Jerusalén —designada así capital religiosa (6,1-23)—, la institución de la dinastía sucesoria con la que se asegura la permanencia de la monarquía (7,1-29) y, finalmente, la expansión de las fronteras gracias a los territorios arrebatados a los filisteos, asegurando así la fortaleza del reino (8,1-18).

Esta sección, además de contener relatos socio–políticos, está impregnada de enseñanzas religiosas: la institución de Jerusalén como capital del reino es, a partir de este momento, señal de la protección divina (cap. 6); la profecía de Natán garantiza que la sucesión dinástica es parte del proyecto divino de salvación (cap. 7); y la victoria sobre los filisteos es la prueba de que Dios garantiza la paz dentro de las nuevas fronteras (cap. 8).

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2 S 5,6-12

Jerusalén había de ser la capital del reino y, por tanto, el centro de la vida del pueblo, y también el punto de referencia para explicar la doctrina religiosa de la Alianza hasta la época del Nuevo Testamento: en Jerusalén culminará la vida de Jesús y desde allí se extenderá el mensaje y la vida de la Iglesia.

Fuera de la Biblia esta ciudad aparece mencionada en textos egipcios del siglo XIX-XVIII a.C. que la consideran uno de los territorios enemigos de Egipto, y las cartas del siglo XIV a.C. encontradas en El-Amarna, al norte de Egipto, la mencionan junto a Guézer, Ascalón y Laquís, todas ellas ciudades cananeas pero de escasa importancia política.

Los jebuseos la consideraban inexpugnable (cfr Jos 10,1-15; 15,63; Jc 1,21) hasta el punto de suponer que los más desvalidos bastarían para detener el ataque de David (vv. 6 y 8). Pero éste gracias a la «estratagema del canal» (estrategia bélica desconocida hoy por nosotros), consiguió apoderarse de Jerusalén, la reconstruyó con esmero (vv. 9-10), levantó allí su palacio y la declaró «Ciudad de David», es decir, capital del reino.

Su situación geográfica, en la frontera de los territorios del norte y del sur resultaba estratégica y era una señal clara de que David era el único rey de todo el territorio por querer de Dios. Para acceder a Jerusalén fue necesario vencer primero a los filisteos (vv. 17-25); pero el autor sagrado, al anticipar la narración de la conquista, está utilizando un artificio literario para resaltar que el episodio bélico más importante de David fue la toma de Jerusalén y el asentamiento de su corte en ella.

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2 S 5,9

«El Miló». Parece que se trata de un relleno de tierra para cubrir el espacio existente entre la Ciudad de David y la colina rocosa sobre la que estaban construidos el Templo y el palacio del rey. Es probable que aquí se haga referencia a él de manera anacrónica, pues según 1 R 9,15 fue Salomón quien ordenó prepararlo.

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2 S 5,13-16

En la relación de los hijos de David nacidos en Hebrón (cfr 3,2-5) se mencionó el nombre de las madres con la intención de señalar la extensión de los dominios de David. Aquí, en la lista de los hijos nacidos en Jerusalén, basta enumerar a los hijos porque el autor sagrado sólo pretende indicar que la familia ha crecido y que está definitivamente afincada en Jerusalén.

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2 S 5,17-25

Una vez que David se ha asentado en Jerusalén, el Señor le protege en sus batallas contra los filisteos. Aunque, como se ha dicho (cfr nota a 5,6-12), estas guerrillas debieron de ser anteriores a la conquista de Jerusalén, el autor sagrado prefiere subrayar la soberanía y la religiosidad de David. Así pues, son los filisteos quienes atacan por dos veces (vv. 17.22), por dos veces David consulta al Señor antes de tomar una decisión (vv. 19.23), y por dos veces los derrota (vv. 20.25) precisamente por haber cumplido lo que el Señor le había dicho (v. 25). «Con Dios, que no pierde batallas, seremos siempre vencedores. Por eso, en la pelea para la santidad, si te notas sin fuerzas, escucha los mandatos, haz caso, déjate ayudar,… porque Él no falla» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 151).

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2 S 6,1-23

Al trasladar el Arca desde Baalá, una aldea fronteriza con los filisteos (cfr 1 S 4,1-7,1), hasta Jerusalén, David confiere a esta ciudad la categoría de capital religiosa: en adelante, será la Ciudad Santa bendecida por la presencia del Señor. La narración refleja la solemnidad del traslado, una procesión litúrgica como canta el Salmo 132, y, en las tres partes de que consta, contiene detalles cargados de enseñanzas.

La primera etapa del traslado del Arca (vv. 1-11) fue interrumpida por la muerte de Uzá, hijo de Abinadab. Es probable que este episodio sorprendente refleje el predominio de una familia sacerdotal, la de Abiatar (cfr 1 S 22,20-23; 2 S 15,27-29) y la desaparición de los descendientes de Abinadab por alguna razón que se nos escapa; pero, sobre todo, muestra el respeto y la veneración que merece el Arca como símbolo de la presencia de Dios entre los suyos. Sólo los encargados pueden tocarla. El propio rey duda si es correcto llevarla hasta Jerusalén, y es el Señor mismo quien, al bendecir la casa de Obededom, promueve el traslado definitivo.

La procesión con el Arca hasta el interior de la Ciudad Santa (vv. 12-15) (segunda etapa) está narrada cuidadosamente: David mismo, como rey de Jerusalén, asume las funciones sacerdotales y promueve el júbilo ritual de todo el pueblo. Los Santos Padres han visto en el Arca una figura de la Santísima Virgen. Así el traslado del Arca sería figura de la visita de María a su pariente Isabel (cfr Lc 1,39-45), y la danza de David, figura del Bautista, alegre en el vientre materno ante la Virgen María gestante de Jesús: «El profeta David danzó ante el arca; pero ¿qué es el arca si no habláramos de Santa María? Pues el arca encerraba las tablas del testamento, María gestaba al heredero del testamento; el arca llevaba la Ley, María el Evangelio; el arca portaba la voz de Dios, María al Verbo; el arca brillaba por dentro y por fuera con el resplandor del oro, María brillaba por dentro y por fuera con el resplandor de la virginidad; el arca estaba adornada con oro terrenal, María con oro celestial» (S. Máximo de Turín, Sermones 42,5). Ver también nota a 1 Cro 15,1-24.

Finalmente, la última escena recoge la incomprensión de Mical (vv. 16-23): además de realzar, por contraste, la piedad decidida y sincera de David hacia el Arca, el rechazo de Mical tiene un marcado carácter político de cambio de dinastía. En efecto, el rey David tendrá muchos descendientes que más tarde se disputarán el trono, pero ninguno será de la estirpe de Saúl. La sentencia contra Mical, su primera esposa, viene a ser el punto final a la descendencia de Saúl.

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2 S 7,1-17

Natán es un profeta cortesano del que también se conservan sus intervenciones relacionadas con Salomón y Betsabé, su madre (cfr 2 S 12,1-25; 1 R 1,11-40). Como profeta es portavoz de Dios —dos veces repite la fórmula clásica: «Así dice el Señor» (vv. 5 y 8)—, también cuando tiene que oponerse a los planes del rey (vv. 5-7), y proclama un mensaje que necesariamente afecta a quien lo escucha porque la palabra de Dios es verdadera y siempre se cumple.

La profecía de Natán tiene especial relevancia por fundamentar la sucesión davídica y la doctrina mesiánica que nace con ella. Con la solemnidad de un oráculo se da razón de la monarquía hereditaria de Israel y se concreta la función específica del Templo dentro del pueblo elegido por Dios.

El templo era para los pueblos paganos, egipcios, asirios y babilonios, el centro de su vida y de su religiosidad porque allí guardaban a sus dioses. En Israel, en cambio, la función del Templo iba a ser completamente diferente. Se fundamenta en que el Dios verdadero no puede contenerse en un templo, ni necesita un edificio en el que permanecer (cfr 1 R 8,27). Él es un Dios personal, ligado a su pueblo, y, si acepta los lugares de culto antiguos (cfr Gn 28,20-22), el tabernáculo del desierto (cfr Ex 33,7-11) y más tarde el Templo de Jerusalén (cfr 1 R 8,1-66), es sólo como signos de su presencia en medio del pueblo, no como habitáculo imprescindible. En la profecía de Natán se señala que más que el Templo, es la dinastía davídica el signo de la presencia y protección divina constituida desde el principio por querer exclusivo de Dios. De ahí el juego de palabras entre «la casa de Dios» (Templo) y «la casa de David» (dinastía).

La monarquía hereditaria es, por tanto, el centro del oráculo de Natán. Si con la esterilidad de Mical se interrumpe la línea sucesoria de Saúl (cfr 6,23), con la promesa profética queda consolidada la descendencia de David. A tenor de la parte central del oráculo (vv. 13-16) todo descendiente de David, figura del Mesías futuro, tendrá las siguientes cualidades:

a) Será un hijo para Dios (v. 14a). No se trata todavía de una filiación natural, sino de la estrecha relación entre Dios y el monarca (cfr Sal 2,7; 89,27-28), de modo que la persona y el gobierno del rey deberán ser símbolo de la presencia e intervención del mismo Dios. La filiación divina del rey es, por tanto, la expresión de la Alianza establecida entre Dios y el descendiente de David. Dios se compromete a comportarse con el rey de Israel como un buen padre con su hijo. Jesús llevará a plenitud estas palabras y esta Alianza puesto que es el «Hijo eterno de Dios» hecho hombre (cfr Ga 4,4). Mientras que Él es Hijo por generación natural, todos nosotros somos «hijos en el Hijo»: «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: Para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (S. Ireneo, Adversus haereses 3,19,1; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 460).

b) Será castigado cuando sea necesario, pero el castigo no será definitivo (vv. 14b-15), es decir, no habrá supresión de descendencia, como ocurrió con Saúl, ni destronamiento irreversible, porque siempre prevalecerá el amor de Dios. A la luz de este oráculo las desgracias del pueblo, incluido el posterior destierro a Babilonia, aunque sean consecuencia de los pecados, serán ante todo muestra de la misericordia divina. También la muerte de Jesucristo en la Cruz, aun siendo causada por los pecados de los hombres, es ante todo muestra del amor de Dios que entregó a su Hijo (cfr Rm 8,32) y del amor del propio Jesucristo que se entregó a sí mismo por los hombres (cfr Rm 4,25; Ef 5,25).

c) La dinastía davídica permanecerá siempre (vv. 12-13.15-16). El título «hijo de David» no será sólo indicativo de una genealogía, sino de ser beneficiario de esta profecía y de la Alianza davídica (cfr 1 R 8,25; Sal 132,10-18; Jr 17,24-27; Ez 34,23-24, etc.). Después del destierro será el título que con más insistencia se aplicará al Mesías, y, finalmente, los escritores del Nuevo Testamento mostrarán con empeño que Jesús es «hijo de David» (cfr Mt 1,1; 9,27; Rm 1,3). La liturgia de la Iglesia propone este texto en la Solemnidad de San José, esposo de la Virgen María, ya que él garantiza la descendencia davídica de Jesús (Mt 1,20) puesto que el Santo Patriarca era «de la casa de David» (Lc 1,27).

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2 S 7,18-29

En respuesta a la profecía, la oración de David es un canto de alabanza siguiendo los tres elementos principales que el profeta ha anunciado: la elección divina del propio David (vv. 18-21), la elección del pueblo como pueblo de Dios (vv. 22-24) y la consolidación de la dinastía davídica (vv. 25-29). En esta oración David se identifica con su descendencia, y por esto las bendiciones que ha recibido alcanzan a toda la casa de David (vv. 28-29). «David es, por excelencia, el rey “según el corazón de Dios”, el pastor que ruega por su pueblo y en su nombre, aquél cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya alabanza y arrepentimiento serán modelo de la oración del pueblo. Ungido de Dios, su oración es adhesión fiel a la promesa divina (cfr 2 S 7,18-29), confianza cordial y gozosa en aquél que es el único Rey y Señor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2579).

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2 S 8,1-14

David, además de fundar la Ciudad Santa y de consolidar la dinastía consiguió establecer la paz con los pueblos de alrededor. En esta sección se resumen con un estilo sobrio y positivo las campañas contra los enemigos tradicionales: filisteos, moabitas, arameos, amonitas, amalecitas e idumeos. La fuerza de esta síntesis queda reflejada en el estribillo repetido por dos veces (vv. 6 y 14): «El Señor protegía a David en todo lo que emprendía». Esta interpretación de la historia da sentido a la personalidad grandiosa del rey David y a la rápida expansión de sus dominios.

«Gat y sus zonas de apoyo» (v. 1). Se ha reconstruido el texto a tenor de 1 Cro 18,1 que dice: «Gat y sus aldeas». Puesto que se trata de un contexto bélico parece más acorde entenderlo de este modo. El hebreo contiene dos palabras desconocidas que podrían ser el nombre propio de un lugar, Méteg Amá, pero las versiones antiguas no coinciden entre sí.

«Valle de la Sal» (v. 13) se refiere a la parte más desértica, al sur del Mar Muerto, donde comienza la Arabá.

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2 S 8,15-18

La lista de los encargados de las instituciones políticas, religiosas y militares indica que David está al frente de un reino plenamente organizado y no de un grupo de seguidores preparado ocasionalmente para la guerra. Además, se percibe una gran estabilidad en la corte y administración. Ahora que se ha logrado la paz y que están bien organizadas las distintas funciones, surgirán las intrigas por la sucesión.

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2 S 9,1-20,26

Comienza el relato sobre la sucesión de David. Estos capítulos junto con los dos primeros del libro siguiente (cfr 1 R 1-2) presentan gran homogeneidad literaria y van orientados a justificar la subida al trono de Salomón a pesar de que él no era el primogénito. Se cuentan con crudeza las insidias de la corte: adulterios, crímenes, envidias, venganzas…, y se deja bien claro que el Señor cumple las promesas hechas por medio de Natán, y que Salomón llega a ser rey no tanto por méritos propios, ni por su protagonismo en las intrigas, sino por designio de Dios que va rechazando, uno a uno, a todos los aspirantes; ninguno era digno. En todas estas peleas cortesanas resalta la conducta prudente y religiosa de David frente a los delitos y traiciones de quienes le rodean.

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2 S 9,1-13

El primer episodio de la historia de sucesión trae a escena al único descendiente de Saúl, presentado antes en su niñez (cfr 4,4) y que más tarde estará involucrado en un complot contra David (cfr 16,1-4). Lo más relevante de este relato es el comportamiento de David que es respetuoso con la familia de Saúl y leal a su amigo Jonatán (cfr 1 S 18,1-4; 19,1-7; 20,1-21,1; 2 S 1,25-26). Meribaal, por ser hijo de Jonatán, recibirá trato de príncipe; y David le disculpará de todas sus veleidades: «Tendré misericordia» (vv. 1.3). Con esta expresión se traduce el término hesed, palabra que indica amor, cuidado y lealtad y que en la Biblia se aplica con frecuencia al comportamiento de Dios con el hombre. Al tratar así al hijo de Jonatán, David da muestras de su grandeza de espíritu.

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2 S 10,1-19

Las batallas contra amonitas y arameos sirven para contrastar el trato leal de David frente a la respuesta descortés y cruel del joven rey amonita (vv. 1-5), así como el valor de David y la habilidad de sus tropas frente a la torpeza de los arameos que sucumben y caen en el combate (vv. 15-19). Sin embargo, la contienda con los amonitas no termina sino que será el marco del episodio de Urías y de Betsabé narrado en los capítulos siguientes. De esta forma el autor sagrado pone de manifiesto cómo el rey generoso, sabio y valiente llegará a hacerse egoísta, necio y cobarde cuando se deja llevar por la pasión.

Joab, que al paso de los años tendrá un protagonismo importante como hombre ambicioso y sin escrúpulos en medio de las intrigas de palacio, aparece aquí como extraordinario estratega militar (vv. 6-14), capaz de salir victorioso en las contiendas bélicas regresando inmediatamente a la corte de Jerusalén. Es un ejemplo de hombre leal que terminará corrompiéndose por la ambición de poder y la codicia.

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2 S 11,1-12,25

El nacimiento de Salomón, elegido por Dios para ser el monarca más grande y primer sucesor de la dinastía davídica (12,20-25), viene precedido del drama ocasionado por el pecado gravísimo cometido por David. El libro de las Crónicas, quizá para no empañar la figura de David, lo omite; en cambio, el libro de Samuel lo describe con detalle. De este modo se pone de relieve que la historia de la salvación no es fruto de los méritos y virtudes de los protagonistas, sino de la misericordia divina que perdona los pecados y vuelve a proyectar el designio de salvación. En efecto, David, como hizo el primer hombre, a pesar de haber recibido todo de Dios, sucumbe ante la tentación y comete los dos pecados más graves, los únicos castigados con la muerte tanto en Israel como en los pueblos vecinos: el asesinato y el adulterio. Sin embargo, ahora, como con Adán, prevalece la misericordia de Dios que reorienta de nuevo la vida de los hombres. David, una vez que se ha arrepentido y ha sido perdonado, tendrá otro hijo de la propia Betsabé, «de la que fue de Urías» (Mt 1,6), pero lo tendrá dentro ya del matrimonio, cumpliéndose así la profecía de Natán. Este hijo, Salomón, llamado por el propio profeta «Yedidías», es decir, «amado del Señor» (12,25), será el primer eslabón de los «hijos de David» y marcará el inicio de la esperanza mesiánica.

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2 S 11,1-27

Tres acciones constituyen el grave pecado de David: el adulterio (vv. 1-5), la estratagema para encubrir su ignominia y escapar de la pena que llevaría consigo ese pecado (vv. 6-13) y la decisión de buscar la muerte de Urías (vv. 14-24).

El adulterio es narrado con sobriedad señalando sólo los detalles suficientes para dar a entender que David es el padre del niño concebido. El texto muestra de forma velada —al referirse a Betsabé bañándose imprudentemente a la vista del monarca— que tampoco ella es inocente del adulterio. De esta manera queda más marcada la analogía de este pecado con el de Adán y Eva. Así pues, la que habría de tener un protagonismo importante en la vida de Salomón, habría tenido una participación activa desde su primera relación con David. La imagen del rey ocioso, expuesto a los asaltos de las pasiones, es utilizada en la tradición cristiana como una advertencia sobre la necesidad de la guarda de los sentidos para evitar las ocasiones de otros pecados. «Los apetitos se inflaman con la sensualidad de la mirada, y los ojos, habituados a mirar impúdicamente al prójimo por estar ocioso, encienden los deseos impuros» (Clemente de Alejandría, Paedagogus 3,77,1). Y San Josemaría escribe: «¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. —¡Cuántas experiencias a lo David!… —Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón» (Camino, n. 183).

Con más detenimiento se describe la malicia del rey al intentar por todos los medios que su fama no quedase empañada: por dos veces intenta que Urías baje a su casa («lavarse los pies», v. 8, es un eufemismo que expresa las relaciones matrimoniales) y en vista de que no puede responsabilizar a Urías del embarazo de Betsabé, decide programar su muerte en el campo de batalla. No cabe mayor cinismo en el alma de un rey. La muerte de Urías (vv. 16-17), uno de los mejores y más leales combatientes del ejército, es la culminación del pecado de David: el asesinato ha sido planeado como un crimen perfecto que queda encubierto en sí mismo y que sirve además para encubrir el adulterio anterior. El cómplice de toda esta trama es Joab, el lugarteniente frío y sin escrúpulos que piensa sólo en su provecho personal (vv. 19-21), sin arriesgar nada.

Todo parecía transcurrir con normalidad cuando Betsabé llegó a palacio como esposa del rey y dio a luz a su hijo. Pero David, como Adán en los orígenes, es desenmascarado por el Señor: cuando parece triunfar la astucia del protagonista, se produce el dictamen divino que no puede ser más severo: «Todo esto que David había hecho desagradó al Señor» (v. 27).

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2 S 12,1-25

La intervención de Natán (vv. 1-15), el arrepentimiento de David (vv. 16-19) y el nacimiento de Salomón (v. 20-25) conforman el contenido principal de este capítulo. Natán interpela a David con una de las parábolas más bellas del Antiguo Testamento provocando en el monarca la condena de su propia conducta: «El que haya hecho tal cosa es reo de muerte» (v. 5). En respuesta Natán le anuncia el castigo del Señor que, en línea con la ley del talión, es triple pues corresponde al triple delito de asesinato, adulterio y abuso de un inocente, Urías. En concreto, por el asesinato, la espada no se apartará de la familia de David (v. 10); este castigo se cumplirá en los hijos mayores Amón, Absalón y Adonías que morirán violentamente. En segundo lugar, por el adulterio, sus mujeres serán violentadas en público (v. 11); esto se cumplirá cuando su propio hijo Absalón haga suyo el harén de su padre (cfr 16,20-23). En tercer lugar, por la muerte de un inocente, su hijo recién nacido no llegará a sobrevivir (v. 14).

El arrepentimiento de David es ejemplar (vv. 16-19): llora su pecado, ayuna y suplica por la salud de su hijo; con esta actitud, a pesar de las debilidades y pecados, mantiene su confianza y se muestra como «hombre según el corazón de Dios» (cfr 1 S 13,14). David es modelo de penitencia porque, reconociendo su delito, alcanzó el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el Salmo 51, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica del Rey pecador ante el Señor: «Ten piedad de mí, oh Dios, según tu bondad; según la inmensidad de tu misericordia borra mis delitos. Lávame por completo de mi iniquidad, y purifícame de mi pecado» (Sal 51,3-4).

El nacimiento de un nuevo hijo (vv. 20-25) es el desenlace de la narración, orientada para dejar claro que Salomón nació dentro del matrimonio, que fue motivo de alegría para David que le impuso el nombre y, sobre todo, que fue objeto de un mensaje del profeta Natán: el niño llevará «como sobrenombre Yedidías (amado del Señor)» (v. 25). Por tanto, desde su nacimiento, Salomón es el elegido por Dios para llevar adelante su plan de salvación en favor del pueblo.

Grande fue el pecado de David y profunda su contrición. Pero lo que sobrepasa toda medida es el perdón de Dios. «A lo largo de su historia, Israel pudo descubrir que Dios sólo tenía una razón para revelársele y escogerlo entre todos los pueblos como pueblo suyo: su amor gratuito. E Israel comprendió, gracias a sus profetas, que también por amor Dios no cesó de salvarlo y de perdonarle su infidelidad y sus pecados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 218).

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2 S 12,25

En la Biblia no se vuelve a designar a Salomón con el sobrenombre de «Yedidías». Sin embargo, el hecho de que aparezca reseñado aquí, tiene el valor de certificar que el profeta Natán, enviado por Dios para transmitir la sentencia divina a David (12,1-5), es también encargado de comunicarle que Salomón es el depositario de la promesa dinástica (cfr 7,14).

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2 S 12,26-31

El relato del delito de David termina donde comenzó (cfr 10,1-19): con las guerras amonitas. Pero aquí el final es feliz: el rey David conquista y hace suya la capital de Amón, arrebata la corona de Milcom, que etimológicamente significa «rey de ellos» (de los de Amón), hace esclavos a los amonitas y regresa en triunfo a Jerusalén. El rey y el reino vuelven a recobrar la serenidad y la calma frente a los pueblos vecinos.

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2 S 13,1-19,44

Terminado el relato del nacimiento de Salomón, comienza la historia de Absalón y de las intrigas de palacio por la sucesión de David (cfr nota a 9,1-20,26). En las monarquías de esa época eran frecuentes las luchas entre los aspirantes al trono por alcanzar la sucesión. Los israelitas tampoco fueron ajenos a ellas. Sin embargo, en este caso se narran desde la óptica religiosa haciendo hincapié en el sufrimiento que ha de soportar el anciano David hasta purgar su pecado. Antes de traspasar a Salomón el reino, deberá conseguir la paz con los enemigos de fuera y amainar las tempestades de dentro.

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2 S 13,1-39

Si la narración del pecado de David tiene cierta analogía con el pecado de Adán, pues ambos protagonistas son los «padres» de una descendencia, los delitos de los dos hermanos mayores tienen también el eco del primer fratricidio relatado en el Génesis.

El incesto de Amnón es narrado con más detalle que el adulterio de David, poniendo de relieve la malicia del primogénito, incapaz de una brizna de amor o compasión: en su alma anida sólo la pasión (v. 2) y el odio (v. 15). David, al menos, se casó con Betsabé; pero Amnón dejó abandonada a su hermanastra después de haberla deshonrado.

Absalón actúa con más ingenio (vv. 20.23-29), pero es frío y se deja llevar únicamente por la ambición y el afán de venganza dando muerte a Amnón, el primogénito; no busca tanto ejercer la justicia, sino dejar el camino libre para hacerse con el trono. De hecho la huida a Guesur, la zona de donde su madre era originaria (v. 37), no es sino un compás de espera antes de programar el golpe de mano contra su padre.

En todo este relato David es el protagonista que sufre en silencio las consecuencias de la pasión del primogénito (v. 21), la perversa astucia de Absalón (v. 26) y la trágica muerte del primer heredero del trono (v. 31). Su actitud callada y pasiva denota la aceptación de estas desgracias como venidas de la mano de Dios como castigo de sus delitos pasados. «Por el pecado perdemos la unión con Dios; es justo, por tanto, que volvamos a la paz con él a través de las contrariedades. De este modo, cuando cualquier cosa creada, incluso buena en sí misma, se nos convierte en causa de sufrimiento, ello nos sirve de corrección, para que volvamos humildemente al autor de la paz» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 3,15-16).

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2 S 14,1-33

Al haber desaparecido Amnón, el heredero legítimo es ahora Absalón; pero no lo merece por su ambición y su crimen, pues según la Ley (cfr Ex 21,12.14) toda muerte violenta exige la muerte del homicida. Sólo David, como rey, podría perdonarle, con tal de que hubiera una razón suficiente para soslayar el rigor de la Ley. El relato del perdón es entrañable en las tres escenas de que consta:

La primera (vv. 1-7) contiene la hermosa parábola de la mujer de Tecoa, que recuerda la que David había escuchado del profeta Natán (cfr 12,1-4). En aquella ocasión David reconoció su crimen e imploró el perdón del Señor, ahora es él quien debe perdonar al hijo criminal y rebelde; entonces él fue el escuchado, ahora es él quien debe escuchar la plegaria de la madre desconsolada.

La segunda escena (vv. 8-24) se centra en el diálogo entre aquella sabia mujer y el rey David. Ella designa a Absalón como «mi hijo» (vv. 11 y 16) y «el desterrado» (vv. 13 y 14), y al rey como «un ángel de Dios» (v. 17 y 20). Poco a poco conmueve al rey, que accede de buen grado, no sin antes dejar constancia de su sabiduría al desenmascarar la estratagema de Joab (v. 19). La mujer de Tecoa prefigura a Santa María que tras la «pérdida», es decir la muerte y resurrección, de Jesús, su primogénito, intercede por todos los hombres que son también hijos suyos.

La tercera escena (vv. 25-33) presenta con solemnidad la figura de Absalón. La descripción de su aspecto físico (vv. 25-26) recuerda a la de los reyes Saúl y David (cfr 1 S 10,23-24; 16,12.18). También se reseña el número y cualidades de los hijos que componían su familia, «la casa de Absalón» (v. 27), y a continuación se relata la estratagema organizada hasta conseguir entrar en palacio y reconciliarse plenamente con su padre. El beso de David (v. 33) es señal de perdón del padre al hijo, que prefigura el núcleo de la parábola del hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32).

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2 S 15,1-12

La conspiración de Absalón contra su padre se va fraguando desde que elige para su guardia personal una gran escolta formada por carros, caballos y hombres aguerridos (v. 1); se consolida cuando Absalón se dedica a sembrar desconfianza y descontento entre los ciudadanos (vv. 2-6), y culmina cuando se establece en Hebrón (vv. 7-12) donde había nacido y donde el propio David había sido consagrado rey (cfr 2,1-7).

Aunque Absalón es el protagonista de la conspiración, es a David a quien se le denomina rey (vv. 2.3.7) y quien sufre en silencio la actitud injusta de su hijo, puesto que de hecho rehúsa enfrentarse directamente con él.

La rebelión se entiende como un castigo por sus pecados: «David experimentó la huida de su hijo porque él había abandonado la castidad; experimentó la huida de su hijo porque había violado un matrimonio limpio, había abandonado la ley de Dios que dice: “No matarás, no cometerás adulterio”(Ex 20,13-14)» (S. Juan Crisóstomo, Expositio in Psalmos 3,a).

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2 S 15,13-17

Ante la inminente llegada del sublevado Absalón, David decide abandonar Jerusalén. La huida de David está cargada de nostalgia, y se lleva a cabo como una procesión ritual en la que hay una aceptación del designio divino expresado en el levantamiento de Absalón. David sale deprisa para preservar a la ciudad de una catástrofe (v. 14); si la conquista de Jerusalén fue para él señal de protección divina, la marcha debe ser signo de que el Señor le abandona. La actitud humillante del rey se refleja en su salida a pie (15,30); pero la esperanza en que la ciudad no pierda su capitalidad regia se manifiesta en que el palacio real queda bien atendido por las concubinas para que pueda ser ocupado por el que el Señor designe.

A pesar de ser una huida vergonzante, David percibe la adhesión afectiva de los más incondicionales (vv. 18.23); la parada en la última casa (v. 17) refuerza la nostalgia del rey que se resiste a abandonar la ciudad que él mismo había fundado.

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2 S 15,24-37

El Arca ha de quedarse en Jerusalén, capital religiosa, como símbolo de que el Señor seguirá protegiendo a sus habitantes y al legítimo rey, sea quien sea. David espera volver junto al Arca si todavía goza del favor del Señor.

A pesar de que David sabe que la marcha de Jerusalén es un castigo de Dios (v. 26), continúa ejerciendo sus funciones de rey y envía a Jerusalén personas de su confianza para que, como espías, le tengan al corriente de lo que suceda (v. 28). Una vez fuera de la ciudad, David ha de soportar la traición de los que le abandonan, como Ajitófel (v. 31), pero es reconfortado con la adhesión de los más leales (vv. 32-37).

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2 S 16,1-14

La huida de Jerusalén es para David una ruta de dolor que irá purificando su ánimo; además de abandonar su ciudad más querida, tiene que soportar el desprecio y la burla de muchos de sus súbditos. Las dos primeras personas que salen a su encuentro —Sibá y Semeí— son del norte y vienen a recordarle que entre los de Saúl no se ha apagado el odio contra él. Sibá, con intenciones poco rectas, le anuncia que Meribaal, el hijo de Jonatán, tratado con deferencia en la corte de David (cfr 9,6-13), se ha pasado al bando de Absalón. David toma una decisión que será matizada cuando al volver compruebe que la participación de Meribaal en el complot no fue tan grave (cfr 19,25-31). Semeí actúa cobardemente y maldice desde lejos a David. El rey, en vez de reaccionar con violencia, asume estas humillaciones como venidas de Dios. De esta forma va creciendo en su piedad y en la aceptación del castigo merecido.

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2 S 16,15-23

Como contrapunto a la salida de David se narra la entrada de Absalón en Jerusalén; aquélla fue humillante pero terminará gloriosa; ésta parece gloriosa, pero terminará en desgracia.

El interrogatorio de Jusay es significativo (vv. 15-19). En la respuesta ambigua Jusay reconoce que lo que está en juego no es la lealtad a David o Absalón, en cuanto individuos, sino al que verdaderamente es el elegido de Dios (v. 18). Por tanto no se trata de una cuestión política sino religiosa.

La toma del palacio real y de las concubinas significaba la instauración del nuevo rey. Así lo entiende Ajitófel. Sin embargo, en el libro este hecho queda reseñado como cumplimiento del castigo impuesto a David de que sus mujeres serían deshonradas en público (cfr 12,11). Incluso la tienda nupcial es colocada sobre la terraza desde donde David tramó el adulterio (cfr 11,2).

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2 S 17,1-16

De modo magistral se contraponen los proyectos presentados a Absalón: por una parte el de Ajitófel, su consejero, y por otra, el de Jusay, el amigo de David. Se muestra así cuál de los dos es más sabio y, por tanto, cuál de los dos ha sido inspirado por Dios. Ajitófel, cuyos consejos eran como un oráculo del Señor (cfr 16,23), propone un plan humanamente correcto que consistía en salir inmediatamente contra David. Jusay, en cambio, aconseja calma; con habilidad desautoriza del todo a Ajitófel (v. 7) y astutamente provoca la vanidad de Absalón al sugerir que sea él quien vaya al frente de las tropas (v. 11). Al final es Jusay quien logra convencer a Absalón y a los suyos. De esta forma consigue ganar tiempo y salvar la vida de David. El autor sagrado no alaba la sabiduría de Jusay (v. 14), pero señala que todo discurre según el designio divino: Dios ha escuchado la plegaria de David que pedía el fracaso de los planes de Ajitófel (cfr 15,31). El consejo dado a David (v. 16) es prudente, pero sobre todo es necesario para que llegue a cumplirse el designio divino de preservar la vida del rey.

La expresión «como retorna una esposa a su marido» (v. 3) está tomada del texto griego; el hebreo resulta difícil de entender: «Como el retorno de todos es el de este hombre»; la imagen esponsal es muy gráfica para expresar el afecto de los súbditos por su rey.

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2 S 17,17-23

También en este relato se resalta la sabiduría de los seguidores de David frente a la torpeza de los de Absalón: dos mujeres hábiles ayudan a los informadores de David y burlan a los perseguidores. Con estas tretas se pone de relieve una vez más que el Señor protege a David de todas las asechanzas.

Ajitófel, que no ha percibido el querer de Dios y ha interpretado todo como un fracaso personal, llegó a desesperarse y a quitarse la vida de modo ignominioso (v. 23).

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2 S 17,24-29

La estrategia de Absalón y las acciones de David narradas en esta breve sección sirven de introducción al desenlace de la contienda, es decir, a la muerte de Absalón y al fin de la gravísima conjura. El Señor no había elegido a Absalón, a pesar de ser el primogénito de los hijos vivos de David. Los datos reseñados muestran que es una guerra de familia, pues incluso los generales Amasá y Joab eran parientes (v. 25); sin embargo, sólo David recibe la ayuda y el reconocimiento de los súbditos y vecinos. Todo parece ponerse a favor de David, el único rey legítimo.

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2 S 18,1-8

Comienza la batalla que será dura y definitiva para los hombres de Absalón (vv. 7-8). David dirige la estrategia organizando las tropas (vv. 1-2), sabe escuchar prudentemente los consejos de sus generales (vv. 3-4) y, sobre todo, manifiesta sus sentimientos paternales respecto a Absalón (v. 5). Más aún, el rey David, con una grandeza de ánimo que contrasta con la frialdad castrense de Joab, parece emprender con desgana esta batalla como previendo un desenlace no deseado. De hecho no intervino en la batalla (v. 4) y además su recomendación más insistente fue la de respetar la vida de Absalón, su hijo rebelde.

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2 S 18,9-18

En la muerte de Absalón son significativas las acciones de los protagonistas: David es completamente ajeno, pues se había quedado en la retaguardia; el ramaje de la encina que casualmente atrapa a Absalón (v. 9) indica que la mano de Dios no está lejos del desenlace; Joab, al desatender el ruego del rey y lanzar dardos contra Absalón (v. 14), actúa como un frío guerrero más que como fiel vasallo de David. Finalmente, el pobre Absalón, que aspiraba a grandes honores y a un mausoleo honroso (v. 18), tiene que conformarse con una fosa anónima en medio del bosque (v. 17). Todos estos datos refuerzan el convencimiento de que la muerte de Absalón fue una enorme tragedia para todos, aunque pudiera considerarse como bien merecida por su ambición y crueldad. En todo caso, entraba en los planes de Dios impedir que llegara a suceder a David en el trono de Israel.

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2 S 18,19-32

El episodio de la «noticia» que hay que transmitir a David, refleja de nuevo las características de los protagonistas. Joab es el estratega calculador que, sabiendo que la noticia de la victoria supone un enorme disgusto para David, evita transmitirla con celeridad (v. 20). Ajimaas es un joven impetuoso que quiere ser el primero en comunicar el fin de la contienda, y, a la vez, es hábil al soslayar la pregunta sobre Absalón (vv. 28-29). David, aun siendo el rey, conserva su gran humanidad, pendiente de la suerte de su hijo. Como anteriormente ocurrió con la muerte de Saúl, nadie podrá culpar a David de la desaparición de Absalón porque ni la buscó ni recibió la más mínima alegría al conocerla. De esta forma, los lectores de estos sucesos perciben la intervención divina en la historia del pueblo: el Señor había quitado su favor a Saúl, había rechazado a Amnón y ahora cierra a Absalón la posibilidad de subir al trono.

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2 S 19,1-8

David, en el llanto por su hijo, muestra su entrañable amor de padre, sus sentimientos profundamente humanos (cfr 12,15-18); Joab, en cambio, muestra su faceta más despiadada exigiendo con amenazas al rey (v. 8) que interrumpa el duelo. El dolor de David por la muerte de su hijo, a pesar del mal comportamiento de éste, resalta la grandeza del rey y su corazón de padre, figura del corazón de Cristo que llora por la ingratitud y rebeldía de los hombres hacia su Padre Dios (cfr Lc 19,41-42).

A pesar de la desgracia que le ha supuesto la pérdida de Absalón, David tiene que sobreponerse y anteponer su responsabilidad de rey a la piedad paterna.

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2 S 19,10-15

La revuelta de Absalón ha sido más profunda de lo que cabía esperar, hasta el punto de que los israelitas que la habían secundado permanecían escondidos en sus casas comentando su traición a David (vv. 9-11). Éste, consciente de que tiene que ganarse la adhesión de unos y de otros, comienza atrayéndose a los de Judá, como había hecho en la primera etapa de su reinado (cfr 2,4). La sustitución de Joab (v. 14) es consecuencia de su participación en la muerte de Absalón; de esta forma, David se granjea el apoyo de los hombres de Judá a la vez que pone en práctica sus dotes de gobierno y de prudencia, al fomentar la concordia más que el enfrentamiento.

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2 S 19,16-40

En su camino de vuelta a Jerusalén, David vuelve a encontrarse con las mismas personas que le habían zaherido cuando huía de Absalón y con todos ellos se muestra magnánimo; así perdona a Semeí, el que le había insultado y apedreado (cfr 16,5-14); y sin prestarle mucha atención, pasa por alto el comportamiento ambiguo de Meribaal al no acompañar al rey en su desgracia (cfr 16,1-4). Lo importante de estos episodios es que hasta los más acérrimos contrincantes se rinden y tributan pleitesía a David como verdadero rey. El perdón de David a quienes le habían ofendido es un tenue anticipo de la radical enseñanza de Jesús a perdonar las ofensas que nos puedan hacer (cfr Mt 18,21-35). «Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti» (Camino, n. 452).

La grandeza de alma de David se muestra abiertamente con los que le ayudaron en los peores momentos: a Barzilay, que le había dado avituallamiento (cfr 17,27-28), le brinda un puesto en palacio y, aunque no lo acepta, se compromete con exquisita cortesía a favorecer a su hijo recomendado, respondiéndole con la misma fórmula que Barzilay había utilizado en la recomendación (v. 38): «haré con él como tú quieras» (v. 39) (literalmente «como más agradable resulte a tus ojos»).

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2 S 19,41-44

Cuando parece que la trágica sublevación de Absalón ha terminado y que a David le esperan días de serenidad, resurgen las viejas rencillas entre las tribus del norte y del sur. El rey David, que está empeñado en unificar ambos territorios, no interviene directamente. Sin embargo, el texto muestra cómo tuvo que sufrir profundamente porque él, que fue capaz de vencer a los enemigos de fuera, nunca consiguió calmar del todo las intrigas de dentro. El sufrimiento acompaña a David, como a gran parte de los personajes elegidos por el Señor para misiones importantes, en los momentos de más gloria y alegría; así, es posible imaginar su dolor por las palabras duras de los de Judá nada proclives a la unidad con los de Israel.

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2 S 20,1-22

La revuelta de Seba se resolverá con cierta facilidad porque no estaba protagonizada por un hijo de David sino por un líder benjaminita. Sin embargo, tiene su importancia porque refleja la enemistad nunca acallada del todo entre las tribus del norte y del sur.

David tampoco tiene un protagonismo directo en la solución del conflicto, sino que aparece más bien como quien contempla lo que ocurre a su alrededor. Únicamente interviene en la reclusión de las concubinas violadas por Absalón (v. 3; cfr 16,22). Probablemente esta decisión de separarlas no fue un castigo, sino una cautela para cerciorarse de que Absalón no tuvo descendencia ni de otras mujeres, ni de las que por un momento fueron suyas.

La muerte de Amasá (vv. 4-13) —general de Absalón indultado por David y que había ocupado el cargo de jefe del ejército en lugar de Joab (cfr 17,25; 19,14)— facilitó la victoria del ejército dirigido por Joab, pero fue llevada a cabo a traición (vv. 9-10) y su culpa recaerá sobre Joab, que al final habrá de pagar la sangre derramada sin motivo (cfr 1 R 2,28-33).

En la solución de la revuelta de Seba (vv. 14-22) interviene una vez más «una mujer sabia» (v. 16; cfr 14,1); y, como ocurrió con la que convenció a David tras la muerte de Amnón (cfr cap. 14), ésta, con particular ingenio, consiguió orientar la acción de Joab con el fin de salvar «la heredad del Señor» (v. 19). El protagonismo de aquella mujer evitó la destrucción de una ciudad importante situada en el norte del valle del Jordán, colaborando así en la función de David de integrar los dos reinos.

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2 S 20,23-26

Al terminar el relato de las rebeliones que tuvo que soportar David, el autor sagrado repite la lista de funcionarios de la corte, dando así a entender que se ha restablecido el orden y que todo ha vuelto a su estado primitivo. La diferencia más notable entre esta lista de funcionarios y la anterior (cfr 8,15-18) es que aquí no se mencionan los hijos de David, porque en adelante sólo Salomón y Adonías serían los que iban a tener opciones al trono (cfr 1 R 1,11-31).

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2 S 21,1-24,25

El relato de las intrigas por la sucesión de David continuará en los primeros capítulos del primer libro de los Reyes (cfr 1 R 1,1-2,46); aquí queda interrumpido por seis unidades literarias orientadas a explicar el sentido de las acciones de David dentro de la historia de la salvación: las dos primeras (cap. 21) narran la desaparición de todos los descendientes de Saúl y la victoria sobre los filisteos; las dos siguientes (22,1-23,7) son dos poemas de alabanza a Dios porque ha establecido una monarquía y una dinastía; las dos que cierran el libro (23,8-24,25) relatan con anécdotas vivas que es Dios quien ha dispuesto a los guerreros más valientes y a las distintas categorías que forman el pueblo. Con todo ello se enseña que el dueño del pueblo no es el rey, sino Dios, que designa el puesto de cada uno de los dirigentes y sienta en el trono a David para que lleve adelante sus designios.

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2 S 21,1-14

La muerte de todos los descendientes de Saúl está narrada con finalidad pedagógica más que con fidelidad cronológica. De hecho, los tres años de hambre y carestía (v. 1) debieron de causar severos estragos en la economía del pueblo. Pero el autor sagrado no los describe, sino que se limita a dejar constancia de que David ha sido elegido por el Señor mientras que la familia de Saúl ha sido rechazada; David se encuentra en la necesidad de decretar la muerte de los hijos de Saúl (v. 6), no por odio, sino en cumplimiento de una «ley de solidaridad» que resulta extraña a la mentalidad moderna, pero que entonces obligaba al monarca. Diríamos que, por fidelidad al designio divino, David tiene la obligación de entregar a todos los descendientes de Saúl para que sean ejecutados por los gabaonitas, que eran extranjeros. Probablemente el número de siete (v. 6) tiene carácter simbólico para expresar que la ejecución de esos siete estaban incluidos todos los de la familia de Saúl.

Como demostración de que David no obró movido por afán de venganza, él mismo se encargará de dar sepultura a los familiares difuntos de Saúl con todos los honores, dando así cumplimiento a una exigencia religiosa: «Dios se mostró aplacado con la región» (v. 14). Y, a pesar de la dureza de la decisión, el propio David salva la vida del hijo de Jonatán, Meribaal, tal como había jurado (cfr nota a 9,1-13).

La conducta de Rispá al velar los cadáveres de sus hijos para que las alimañas o las aves no se acercaran a ellos es alabada sin paliativos. Para los israelitas era una ignominia no dar sepultura a los difuntos, como lo era también para los pueblos vecinos; recuérdese Antígona de Sófocles, el episodio de Guilgamés, el de Palinuro en la Eneida, etc. La Iglesia Católica muestra la misma actitud de respeto hacia los muertos y enseña que «los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal, que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo. (…) La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo (cfr CIC, can. 1176,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2300-2301; cfr Tb 1,3-22).

En realidad, el relato, a pesar de su dramatismo, contiene y resalta los detalles de piedad de una madre dolorida, que conmueven al propio rey David.

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2 S 21,15-22

Cuatro episodios contra cuatro «gigantes» filisteos realzan la fortaleza del reino de David que no tiene contrincante. Son relatos reunidos artificialmente, en los que no se menciona ninguna motivación religiosa; sólo pretenden exaltar a los guerreros valientes y poderosos que están al servicio de David. Están cargados de ironía y probablemente se transmitieron como expresión de la supremacía de los israelitas; de hecho aparece el nombre de Goliat (v. 19), al que había vencido David. No está claro quienes eran los «descendientes de Rafá»; probablemente alude a una antigua tradición que recordaba a los refaítas como seres extremadamente altos y fornidos.

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2 S 22,1-51

El himno de David coincide, con pequeñas variantes, con el Salmo 18, y en parte también con el Salmo 144. Es un canto de alabanza y de agradecimiento que se supone muy antiguo tanto por su estilo (mayor frecuencia de verbos que de sustantivos y adjetivos) como por el uso simbólico del término «universo».

La primera parte (vv. 1-29) canta las acciones de Dios a favor del rey: tras la enumeración de los atributos divinos (vv. 2-4), se describen las amenazas y peligros del monarca (vv. 5-6); a continuación se agradece la respuesta de Dios que se manifiesta en los fenómenos naturales (vv. 7-16) y que libera al propio rey del poder de sus angustias (vv. 17-20); finalmente se reconoce el favor divino que hace justicia al orante que se comporta con rectitud (vv. 21-29).

La segunda parte (vv. 30-51) canta las acciones llevadas a cabo por el rey con la ayuda del Señor. Tiene un esquema quiástico: en primer lugar se ensalza a Dios de quien provienen el valor y la fortaleza (vv. 30-33); en la parte central se reconoce que Dios protege al rey en todas sus acciones (vv. 34-37), sobre todo en las emprendidas contra sus enemigos (vv. 38-46); la parte final vuelve a recoger el canto de alabanza que entona primero el propio rey (vv. 47-49) y luego el salmista (vv. 50-51).

La idea central es la salvación que Dios otorga a los que ama (los términos relacionados con «salvación» aparecen hasta siete veces, y los relacionados con «liberación», tres), pero además resume en tono poético y cultual los elementos esenciales de la doctrina deuteronomista: alabanza a Dios, reconocimiento de su protección, compromiso de justicia. Si el autor sagrado lo ha colocado al final del libro es porque también resume la historia de David.

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2 S 23,1-7

Las «últimas palabras de David» son una reflexión lírica sobre la figura del rey (vv. 1-4) y sobre la dinastía (vv. 5-7). Aunque están presentadas como testamento religioso de David, difieren en la forma y en el contenido de las bendiciones de Jacob (cfr Gn 49,1-28) o de Moisés (cfr Dt 33,1-29). En cambio, son una bella síntesis de la doctrina mesiánica y un canto de esperanza para el futuro. Sin duda, este poema es un eco de la profecía de Natán (cfr cap. 7) que ahora se refiere al rey ideal. David se presenta en primera persona como «elevado a lo más alto», como «ungido» (v. 1) y como profeta inspirado por el Espíritu del Señor (v. 2). Las promesas sobre el monarca están puestas en labios del Señor (vv. 3-4). Su casa, es decir, su dinastía, está consolidada en virtud de la alianza (v. 5) que es fundamento de la salvación, mientras que los reinos que están basados en la maldad son frágiles y no prevalecerán (vv. 6-7).

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2 S 23,8-39

La organización del ejército de David es señal de la estabilidad del pueblo como nación; David no es un líder carismático que recluta voluntarios de forma aleatoria para gestas esporádicas, sino un rey bien asentado y rodeado de un ejército estructurado jerárquicamente.

El texto hebreo contiene algunas incongruencias, pero con ayuda de la versión griega, y con los textos paralelos del libro de las Crónicas (cfr 1 Cro 11,10-47; 27,1-15) se puede reconstruir bastante bien. En todo caso, queda clara la organización del ejército en tres bloques y al mando de tres grandes personajes —«los Tres»— que forman la cúpula y están más próximos al rey. En un grado inferior hay treinta grupos al mando de otros tantos jefes —«los Treinta»—, que constituyen un cuerpo de generales o dirigentes. Esta misma organización es conocida en otros pueblos vecinos como en el ejército del faraón egipcio Ramsés II.

Las hazañas de «los Tres» son relatos idealizados para justificar su elección y poner de relieve las dotes de gobierno de David que ha sabido rodearse de los mejores.

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2 S 24,1-25

El relato del censo tiene muchos elementos que evocan la muerte de los descendientes de Saúl (cfr 21,1-14): allí hubo tres años de sequía, aquí tres días de peste; aquella tragedia fue causada por un pecado de Saúl, ésta por un pecado de David; en aquella ocasión el Señor quedó aplacado cuando David enterró piadosamente a Saúl y a su familia, es decir, cuando se dio fin a una etapa de la historia de Israel (cfr 21,14); ahora el mismo efecto se atribuye a los sacrificios ofrecidos por David en el nuevo altar de Jerusalén, es decir, cuando se inicia una nueva y prometedora etapa para el pueblo escogido (v. 25).

El comienzo del relato es sorprendente pues anticipa el desenlace, esto es, la cólera divina y el castigo, y también explica las circunstancias del delito, señalando que es el Señor quien incita a cometerlo (v. 1). En la mentalidad de entonces se atribuye a Dios todo lo que acontece entre los hombres, incluidos los desastres naturales como la peste, la cólera divina y la incitación al pecado; son antropomorfismos que ponen de relieve la gravedad del delito. El censo es un pecado tan enorme que parece ideado por un ser sobrenatural (1 Cro 21,1 lo denomina «Satán») y cuyas consecuencias sólo el mismo Dios puede evitar o paliar.

Conocer el número de los miembros del pueblo (v. 2) equivalía a dominarlos y a aprovecharse de ellos, unas veces con impuestos y otras utilizándolos como soldados o como esclavos en las obras del rey. El pueblo de Israel es posesión exclusiva de Dios y sólo a Él está sometido. Cuando la Ley permitía el censo, cada uno de los censados debía pagar un rescate parecido al que se pagaba cuando se rescataba a un primogénito (cfr nota a Ex 30,11-16), indicando que de algún modo pasaban del dominio de Dios al del rey.

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2 S 24,18-25

La erección del altar de Jerusalén cierra los libros de Samuel y está cargada de significado: es una iniciativa de Dios transmitida por el profeta Gad (v. 18), lleva consigo la exigencia de los sacrificios inaugurales que aplacan al Señor y reportan al pueblo el fin de la plaga (v. 25), y ha de ser erigido en un lugar comprado, no prestado o regalado (v. 24) para que quede constancia de que se ha colocado en la propiedad de Israel. El libro de las Crónicas especifica que este lugar será el elegido por Dios para construir el Templo de Salomón (cfr nota a 1 Cro 21,1-30). De esta forma Dios toma de nuevo posesión del terreno comprado, del pueblo censado y del rey arrepentido, y da comienzo a un nuevo periodo, la era de Salomón, que no tendrá que soportar el lastre de los pecados anteriores.

Con este último episodio se reafirma una vez más el mensaje de esperanza de los libros de Samuel: el Señor, que ha estado presente en los avatares del pueblo y en los orígenes de la monarquía, seguirá orientando sus pasos hasta que llegue Aquél que, como hijo de David, «reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,33).

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