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1 SAMUEL
▲ COMENTARIO
1 S 1,1-7,17
Los libros de Samuel comienzan con la narración del nacimiento del personaje de quien reciben el título, es decir, de Samuel, que llegará a ser juez de Israel y profeta. Este inicio es comparable al del Éxodo que también comienza con el nacimiento de Moisés, el personaje central del libro. A Samuel, de hecho, se le aplican muchas características de Moisés: así como éste inauguró una nueva etapa trascendental en la historia del pueblo, también Samuel da lugar al comienzo de un periodo, el monárquico, que marcará para siempre el perfil religioso de Israel.
La historia de Samuel comprende sólo la primera parte del libro, los primeros siete capítulos, que contienen también la historia del Arca. La narración abarca tres relatos distintos dispuestos de manera que el primero y el último tengan el mismo protagonista: nacimiento, vocación y actividad de Samuel como profeta (caps. 1-3), historia del Arca (caps. 4-6) y actividad de Samuel como juez (cap. 7). Estas narraciones, si bien pudieron ser independientes en su origen, en el texto final forman una unidad perfecta tanto por su contenido doctrinal como por el lugar en que se desarrollan, el santuario de Siló, y por sus protagonistas, Samuel y los sacerdotes, hijos de Elí. Este santuario, que estaba situado entre Betel y Siquem y era el lugar de culto principal en la etapa de los jueces (Jc 21,19-21), cobra ahora especial importancia: Siló va a ser el ámbito en que se producirá el inicio de la época monárquica y transmitirá su esplendor al Templo de Jerusalén con el traslado del Arca.
Los hijos de Elí fueron los últimos sacerdotes de Siló. Mientras Samuel es cumplidor fidelísimo del querer de Dios, los hijos de Elí se comportan con refinada malicia en el cumplimiento de sus funciones sacerdotales; con su muerte desaparece para siempre la relevancia del templo de Siló.
El hilo doctrinal que engarza los episodios mencionados es la intervención activa de Dios en estas vicisitudes trascendentales del pueblo: a Él se debe el nacimiento prodigioso de Samuel (1,1-20), elegido para dar paso a la monarquía (1,21-28); Él pone al descubierto y castiga el pecado de los hijos de Elí (cap. 2) e inicia un entrañable diálogo vocacional con Samuel (cap. 3). En el episodio del Arca, es el Señor quien castiga a su pueblo alejando de ellos el Arca, que era símbolo de su presencia (cap. 4), quien después fustiga con mil desgracias a los filisteos que se habían apoderado de ella (cap. 5), y quien obliga a devolverla de nuevo a Israel que la recibe con alborozo (cap. 6). Finalmente, el Señor constituye a Samuel como juez al frente de su pueblo (cap. 7), de modo que pueda ejercer su función en todos los santuarios de Israel: en Betel, Guilgal y Mispá (7,15).
El libro de Samuel viene a ser desde el principio como una interpretación religiosa de la historia, al poner más énfasis en el significado de los hechos narrados que en su sucesión cronológica o su ambientación topográfica. Samuel es figura de Cristo que iniciará la etapa culminante de la salvación mediante su obediencia plena al querer de Dios (cfr Flp 2,8).
▲ COMENTARIO
1 S 1,1-28
El nacimiento de Samuel es relatado con los ingredientes de un prodigio que pone de relieve la intervención divina y la importancia del niño. Contra toda expectación humana, una mujer estéril y humillada por la esposa fértil de su marido busca la solución de su angustia sólo en Dios, pidiéndole un hijo. Su marido la quiere, pero no la comprende (v. 8); Elí, el sacerdote y guía supremo del santuario de Siló, llega a bendecirla, pero tampoco comprende su dolor (vv. 15-17). Sólo Dios acoge su petición y su voto (v. 11). Ana sigue la línea de Sara, de Raquel y de la madre de Sansón, en las que también brilló la acción divina quitándoles el oprobio de la esterilidad. Pero, más que ninguna, es prototipo de mujer piadosa que persevera en su oración con la seguridad de obtener lo pedido. «¿Para qué es necesario enumerar aquí a todos los que orando como es debido, consiguieron de Dios los mayores beneficios? Porque resultaría fácil a todos hacer una abundante selección de casos, a base de la Sagrada Escritura. En efecto, Ana pudo engendrar a Samuel, que sería parangonado con el mismo Moisés (cfr Jr 15,1), porque, siendo estéril, tuvo fe y suplicó al Señor (1 S 1,9ss.) (…) ¡Cuántos favores podría contar cada uno de nosotros, si recordando, con gratitud, los beneficios recibidos, quisiéramos hacer con ellos una alabanza a Dios! Almas que han permanecido largo tiempo sin descendencia, afectadas de esterilidad en lo más noble de su ser y con síntomas de muerte en su alma, una vez fecundadas por el Espíritu Santo en la oración asidua, concibieron pensamientos saludables y llenos del conocimiento de la verdad» (Orígenes, De oratione 13,2-3).
Ana, que había de llevar en su seno a Samuel, es tipo de María y es también «tipo de la Iglesia que lleva al Señor. Su oración no es clamorosa, sino callada y modesta; rezaba dentro de las entretelas de su corazón, porque sabía que Dios la escuchaba» (S. Cipriano, De oratione dominica 5).
Samuel viene al mundo como donación divina, es el «pedido al Señor» (v. 20), según una etimología popular. Su misión en la tierra será tan excepcional como lo fue su nacimiento; Ana, su madre, lo presenta en el santuario «para que durante toda su vida esté entregado al Señor» (v. 28). Samuel se inicia junto al sacerdote Elí en el santuario de Siló, es decir, junto a las instituciones antiguas del tiempo de los jueces, de modo que las novedades que ha de aportar no supongan la ruptura o negación de lo anterior.
▲ COMENTARIO
1 S 1,1
Es posible que Ramá sea la Arimatea del Nuevo Testamento (Mt 27,57 y par.), una ciudad situada a unos 35 km. de Jerusalén.
▲ COMENTARIO
1 S 1,11
En Siló se invocaba a Dios como «Señor de los ejércitos», que expresa la soberanía de Dios sobre todas las criaturas y, a la vez, la predilección especial por los suyos. La oración de Ana en el ámbito del Templo pone de manifiesto que Samuel será fruto de la plegaria y significará que Dios ha intervenido de forma muy especial en favor de la madre y en favor del pueblo.
El voto de Ana sobre su futuro hijo lleva consigo la aplicación de la ley del nazareo según la cual el consagrado prescindía del alcohol, se comprometía a no tocar cadáveres y no se cortaba el cabello (cfr nota a Nm 6,1-21). El sentido de este voto es que Samuel estará dedicado de forma permanente y exclusiva a las misiones que el Señor le encomiende.
▲ COMENTARIO
1 S 2,1-11
El cántico de Ana es un salmo de alabanza a Dios por su acción salvífica en medio del pueblo; al final del segundo libro de Samuel (2 S 22,1-51) otro salmo de alabanza canta la intervención divina por medio de la dinastía davídica. Ambos tienen muchos elementos semejantes, pero el cántico de Ana, aunque termina aludiendo al rey y al ungido, se detiene más en el modo específico del actuar divino: subraya la predilección de Dios por los débiles, los hambrientos, la estéril, el pobre, el indigente, frente a los hartos de pan, la madre de muchos hijos, el rico, etc. El Magníficat (Lc 1,46-55) se inspira en este canto, señalando que en la plenitud de los tiempos la intervención divina es definitiva.
▲ COMENTARIO
1 S 2,12-26
Los hijos de Elí, sacerdotes del santuario de Siló, son el contrapunto de Samuel: sus pecados son muy graves, tanto en sus obligaciones rituales «porque menospreciaban las ofrendas del Señor» (v. 17), como en sus obligaciones morales, corrompiendo a las mujeres que atendían al culto (v. 22). En contraste, Samuel «continuaba sirviendo al Señor» (v. 18) y agradaba al Señor y a los hombres (v. 26). Los pecados de los sacerdotes de Siló, tan fuertemente denunciados (vv. 17.24-25), ponen de relieve que el castigo divino estaba justificado: la expresión «era voluntad del Señor hacerlos perecer» (v. 25) no indica que el castigo estuviera predeterminado, sino que en la historia de la salvación los hijos de Elí cuentan únicamente como ejemplo de lo que hay que evitar.
▲ COMENTARIO
1 S 2,27-36
Por boca de un profeta anónimo (v. 27) este oráculo es una sentencia de gran severidad contra los sacerdotes. Aunque contiene una mención expresa de los hijos de Elí (v. 34), parece una condena genérica de los sacerdotes depravados de todas las épocas y una exaltación de los sacerdotes fieles (v. 35). Es, pues, un oráculo aplicable a la situación creada en el santuario de Siló, pero válido también para la época de Josías cuando se lleve a cabo una reforma religiosa a fondo que afectará también a los sacerdotes sadoquitas; incluso a la vuelta del destierro seguirá teniendo actualidad cuando los sacerdotes asuman la función de purificar el culto del nuevo Templo y de instaurar en él el culto verdadero. Pero, sobre todo, ha de tener vigencia cuando llegue la plenitud de los tiempos, pues como dicen los Santos Padres, Cristo es el sacerdote fiel que Dios ha suscitado, asumiendo las funciones de los sacerdotes del Antiguo Testamento. En Samuel «fue figurado entonces el cambio del antiguo sacerdocio, que ahora vemos cumplido, y fue entonces cuando la que tuvo muchos hijos quedó sin vigor, a fin de que la estéril, trocada en madre de siete, tuviera un nuevo sacerdocio en Cristo» (S. Agustín, De civitate Dei 17,4,9; cfr 17,5,1-5).
▲ COMENTARIO
1 S 3,1-21
El relato de la vocación de Samuel es tipo de la llamada divina a cumplir una misión, pues refleja perfectamente tanto la actitud de quien se sabe llamado, en este caso de Samuel, como las exigencias que Dios impone. En primer lugar (vv. 1-3) presenta a los protagonistas —el Señor, Elí y Samuel— y las circunstancias que rodean el acontecimiento: la noche, cuando todos duermen, el Templo, el Arca y la lámpara de Dios, todavía encendida, indican que aquello es extraordinario y viene sólo de Dios.
La segunda escena (vv. 4-8) es un delicioso diálogo entre el Señor y Samuel, y entre Samuel y Elí, que culmina en una fórmula sublime de disponibilidad: «Aquí estoy porque me has llamado» (v. 8). «Aquel niño nos da muestras de una altísima obediencia. La verdadera obediencia ni discute la intención de lo mandado, ni lo juzga, pues el que decide obedecer con perfección, renuncia a emitir juicios» (S. Gregorio Magno, In primum Regum 2,4,10-11).
La tercera escena (vv. 9-14) refleja la doble función del profeta, que inicia de forma solemne Samuel: escuchar atentamente a Dios (vv. 9-10) y saber transmitir fielmente el mensaje recibido, aunque resulte severo a sus oyentes inmediatos (vv. 11-14; cfr v. 18). «Inmensamente bienaventurado es aquel que percibe en silencio el susurro divino y repite con frecuencia aquello de Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha”» (S. Bernardo, Sermones de diversis 23,7).
La última escena (3,19-4,1) es un resumen de lo que será la actividad profética de Samuel. Se inicia así la nueva etapa del pueblo en la que Dios dará a conocer su palabra a través de los profetas que, como hombres de Dios, interpelarán al pueblo, a los sacerdotes y hasta al mismo rey.
▲ COMENTARIO
1 S 3,9-10
«Habla, Señor, que tu siervo escucha». Esta oración fue el inicio del itinerario de Samuel como profeta, llamado por Dios, y la pauta de su comportamiento, pues toda su actividad estuvo regida por el trato asiduo y directo con el Señor y la intercesión por los suyos. Como sugiere el Catecismo de la Iglesia Católica todo esto lo aprendió de su madre desde niño: «La oración del pueblo de Dios se desarrolla a la sombra de la Morada de Dios, el Arca de la Alianza y más tarde el Templo. Los guías del pueblo —pastores y profetas— son los primeros que le enseñan a orar. El niño Samuel aprendió de su madre Ana cómo “estar ante el Señor” (cfr 1 S 1,9-18) y del sacerdote Elí cómo escuchar su Palabra: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 S 3,9-10). Más tarde, también él conocerá el precio y la carga de la intercesión: “Por mi parte, lejos de mí pecar contra el Señor dejando de suplicar por vosotros y de enseñaros el camino bueno y recto” (1 S 12,23)» (n. 2578).
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1 S 4,1-7,1
Las vicisitudes del Arca significan un cambio en la historia del pueblo, puesto que, al abandonar su antigua sede, desaparece para siempre Siló, el santuario de la época de los jueces, su culto y sus sacerdotes, y comienza una nueva etapa, con un nuevo santuario en la casa de Abinadab y un nuevo sacerdocio (7,1). Además, estos relatos contienen otra enseñanza importante: Dios protege a su pueblo, pero no se identifica con él. En el Antiguo Oriente se consideraba que la victoria de un pueblo sobre otro llevaba consigo la supremacía del dios del vencedor sobre el del vencido; pero en Israel no es así; aunque el pueblo sea derrotado por los filisteos, el Señor, Dios de Israel, seguirá siendo el Dios supremo y nunca se doblegará ante los dioses falsos de los vencedores.
Estos relatos contienen anécdotas llenas de ironía y elementos propios del folklore popular, como la ofrenda de ratas y tumores de oro (cfr nota a 6,1-7,1), pero bajo este ropaje se transmite la idea fundamental de que el Señor rige a su pueblo y le protege incluso en los momentos de mayor desgracia; por eso, será reconocido y honrado incluso por los pueblos paganos, como los filisteos.
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1 S 4,1-22
El marco de la desaparición del Arca son las guerras contra los filisteos. De este modo se subraya que la muerte de Elí y la de sus hijos, los sacerdotes de Siló, la captura del Arca y la derrota del pueblo tienen la misma causa: los pecados de los hijos de Elí. Dios no podía dejar impune su delito e impuso un castigo tan severo, que con razón exclamó la mujer de Pinjás: «La gloria de Israel ha sido desterrada» (v. 21). Las desgracias están concatenadas para dejar claro que la pena mayor fue la pérdida del Arca: su captura llevó consigo la muerte de Jofní y Pinjás (v. 11); al conocer las dos noticias, Elí cae y muere (v. 18); y la mujer de Pinjás, al enterarse de las tres desgracias, sufre el adelanto del parto y muere también (v. 20). Sería erróneo pensar que los filisteos han vencido; más bien es Dios quien vence a los israelitas por haber desconfiado de Él y haber confiado sólo en las instituciones y los objetos que no tienen valor permanente, como son el santuario y los sacerdotes.
Los filisteos (en hebreo, pelestim) eran uno de los «pueblos del mar», es decir, no semitas (Gn 10,14), que se instalaron en la costa meridional de Canaán. Sus cinco ciudades más importantes fueron: Gaza, Ascalón, Asdod, Gat y Ecrón. Por extensión, la palabra griega Palaistine («tierra de los pelestim») pasó a designar toda la tierra de Canaán y dio así origen al nombre de Palestina. Sin embargo, los israelitas nunca llegaron a apoderarse del todo de la zona filistea, por lo que desde los relatos patriarcales (Gn 21,32.34) hasta los libros de los Reyes los filisteos son presentados como enemigos irreconciliables.
▲ COMENTARIO
1 S 5,1-12
Dios, cuya presencia está representada en el Arca, no es afectado por la derrota de su pueblo Israel sino que conserva su soberanía imponiéndose a Dagón, el dios de los filisteos, en su propio templo, y a los filisteos en sus ciudades más emblemáticas: Asdod, Gat y Ecrón. Nadie, ni en el territorio de Israel ni en el territorio enemigo, hay superior al Señor. De Él dependen todos los acontecimientos, la derrota de los israelitas y las desgracias de los filisteos.
El relato contiene una descripción burlesca de Dagón y de su templo; incluso ironiza la costumbre extendida en el Medio Oriente que prohibía pisar el umbral de los templos y de los palacios por considerarlo sede de demonios o de espíritus peligrosos (cfr So 1,9).
En este recorrido del Arca por la región de los filisteos ya no se mencionan ni el santuario de Siló ni sus sacerdotes, sino que el centro de atención es el Señor y su extraordinario dominio sobre los filisteos y sobre sus divinidades falsas. La peste y los tumores (vv. 6 y 9), que tantos estragos produjeron, dieron origen a las ofrendas de desagravio al Señor, único Dios verdadero (6,5).
▲ COMENTARIO
1 S 6,1-7,1
El retorno del Arca a tierras de Israel está narrado con pinceladas llenas de intención doctrinal: la necesidad de acompañar el Arca con una ofrenda de reparación (v. 3) supone el reconocimiento del Dios de Israel como único y supremo soberano; la alusión a los egipcios y al faraón (v. 6) indica que se renuevan los prodigios y la intervención divina, como ocurrió en el Éxodo; la elección de una carreta nueva y de unas vacas todavía no uncidas, es decir, no profanadas (v. 7), dan idea de que aquél es un acontecimiento religioso y cultual más que político.
Dentro de la alegría de los habitantes de Bet-Semes surge otra vez el pecado y la desgracia. Todos los ciudadanos, según el texto hebreo, o, al menos, los hijos de Jeconías, según el texto griego que parece más coherente, no participaron de los festejos de la acogida del Arca y fueron castigados (v. 19). Este episodio justifica el traslado del Arca al territorio de los gabaonitas, como zona neutral, hasta que David decida llevarla a Jerusalén (2 S 6,1-23); pero también muestra que la historia de los israelitas, y de los hombres en general, está teñida de pecados y de infidelidades, y que sólo sigue adelante gracias al perdón y a la misericordia divina.
La ofrenda de tumores y ratas de oro indica o bien que hubo dos tipos de plagas, peste y ratas, o bien que las ratas eran las que propagaban la peste. En todo caso, son exvotos que reflejan el reconocimiento del poder del Arca; se ofrecen cinco porque cinco eran las ciudades filisteas: todo el territorio, y no sólo las tres ciudades antes mencionadas en el texto (5,1.8.10), acepta la soberanía del Dios de Israel. Los Santos Padres utilizan esta ofrenda de oro como imagen de la conversión: «Así como los pecados con su pestilencia ocultan el valor de la salvación, al llorarlos se transforman en oro valioso» (S. Gregorio Magno, In primum Regum 3,3,5).
▲ COMENTARIO
1 S 7,2-17
Reaparece de nuevo la figura de Samuel en el momento en que el pueblo se arrepiente y se convierte. El autor sagrado perfila la misión de Samuel como un nuevo Moisés en las tres funciones fundamentales: como profeta predica al pueblo moviéndole a la conversión (vv. 3-6) e intercede por ellos (vv. 7-8); como sacerdote ofrece holocaustos al Señor (vv. 9-12); como juez y guía del pueblo garantiza un largo periodo de paz (vv. 13-17). Con él se va a cerrar la etapa de jueces dirigentes.
Mispá (v. 5) era el santuario donde se reunieron las doce tribus de Israel en momentos de gran trascendencia (cfr Jc 20,1-2). Estaba a unos 12 km. al norte de Jerusalén y, con Betel, era uno de los dos grandes santuarios israelitas del Norte.
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1 S 8,1-12,25
Con las primeras intervenciones de Samuel comienza en Israel la instauración de la monarquía que se ha de prolongar hasta el destierro de Babilonia. Serán años trascendentales para la vida y la religiosidad del pueblo elegido que irá aprendiendo, bajo la guía de los profetas, el alcance de los acontecimientos que habrá de protagonizar.
Antes de narrar el gobierno del primer rey, Saúl, estos cinco capítulos relatan las dificultades de su elección. Dan pie a una reflexión sobre la necesidad y validez de la institución monárquica como tal. De hecho hay narraciones favorables a la monarquía (cfr 9,1-10,16; 11,1-15) frente a otros textos abiertamente antimonárquicos (cfr 8,1-22; 10,17-21; 12,1-15). Es posible que en los últimos años de Samuel (siglo XI a.C.) existieran ya las dos corrientes contrapuestas; pero es más probable que las reflexiones antimonárquicas sean de un autor deuteronomista tardío (siglo VI a.C.), que se muestra contrario a la monarquía porque conoce los desastres que han acarreado los reyes. En cualquier caso, hay que subrayar que la intención del último redactor del libro es interpretar la historia con sentido teológico, mostrando cómo el Señor interviene en los asuntos de los hombres, unas veces permitiendo las perversiones de los dirigentes, otras castigándolas para provocar la conversión. La enseñanza principal es que el Señor nunca permanece indiferente.
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1 S 8,1-23
Las desgracias que la institución monárquica acarreará para Israel están recogidas en este capítulo. Las más graves son de orden religioso: la apostasía y la idolatría (vv. 7-8). El autor sagrado refuerza la malicia de esta actitud recordando la deslealtad que siguió a la liberación de Egipto y poniendo toda la advertencia en boca del propio Dios.
Junto a los peligros religiosos, la monarquía conlleva desastres sociales. El «estatuto del rey» puesto ahora en labios de Samuel (v. 10-17), es probablemente el resumen de un documento antiguo, que regulaba las monarquías de gran parte de las «ciudades–estado» del Medio Oriente; aquí están recogidos los abusos más graves que en el Deuteronomio se condenan taxativamente (Dt 17,14-20).
Sin embargo, el gran peligro es que el pueblo, al elegir al rey y poner toda su confianza en él, está excluyendo a Dios (cfr v. 18). En adelante el mayor esfuerzo de los profetas irá encaminado a convencer a los suyos de que la confianza en Dios no exige el rechazo de los medios humanos, en este caso la monarquía, como tampoco el uso de los medios materiales lleva consigo el abandono de Dios. En cualquier caso el riesgo mayor de la monarquía va a ser el afán de solucionar los problemas militares, políticos o sociales al margen o en contra de Dios.
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1 S 9,1-10,16
Esta sección está dedicada a la figura de Saúl, que será el primer rey de Israel. Antes de que llegue al trono, el hagiógrafo deja bien claro que es el Señor quien promueve los acontecimientos, quien elige a Saúl y quien de modo espontáneo y gratuito lo coloca al frente de su pueblo.
El relato, compuesto quizá de tradiciones originalmente independientes, forma una unidad literaria en la que cada episodio tiene sentido en sí mismo y se engarza perfectamente con el siguiente. Saúl es el hilo conductor y sirve de apoyo para mostrar al Señor como verdadero protagonista. Se pueden distinguir siete escenas enmarcadas en otros tantos lugares: 1) Presentación de la familia de Saúl, de la tribu de Benjamín, asentada en el sur (9,1-2). 2) Saúl y el criado que, gracias a la anécdota de las asnas, llegan al norte, donde habitaba el «hombre de Dios» (9,3-10). Las circunstancias son tan casuales que están suponiendo la intervención divina. 3) Saúl y las jóvenes que en el camino de la fuente van a sacar agua (9,11-13). La escena evoca los episodios de Jacob (Gn 24,11ss.) y de Moisés (Ex 2,16ss.) cuando un encuentro casual cambió el rumbo de sus vidas. 4) Saúl y Samuel se encuentran por primera vez en la ciudad de Ramá (9,14-27). El sacrificio, el banquete sacrificial y el diálogo ponen de relieve el carácter religioso del suceso y la iniciativa del Señor al elevar a Saúl a la dignidad de jefe (naguid) del pueblo, aunque todavía no a la de rey (mélek). 5) La unción de Saúl en las afueras de la ciudad (9,27-10,1-9). Esta escena ocupa el centro del relato. Es un rito privado pero solemne en el que Samuel le unge como rey y le besa con veneración. 6) El encuentro de Saúl y los profetas camino de Guibeá (10,10-12). Marca un contrapunto de la escena anterior pues desmitifica la figura de Saúl (cfr 19,24) que de forma ridícula quiso identificarse con los «profetas» que abusaban del éxtasis y del trance. 7) El diálogo de Saúl con su tío en Guibeá (10,13-16). Reafirma la vocación de Saúl como rey aunque todavía no deba darlo a conocer.
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1 S 10,5
«Guibeá de Dios». Ciudad de la tribu de Benjamín situada probablemente a unos 5 km. de Jerusalén, junto a la carretera que viene del norte. En otros textos se llama «Guibeá de Benjamín» (Jc 19,14; 20,4.10; 2 S 23,29), «de Saúl» (1 S 11,4; 15,34), «de los benjaminitas» (1 Cro 11,31).
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1 S 10,9
Saúl fue el primer rey ungido por mandato divino (9,15-16). La unción con óleo sagrado significaba la elección divina de una persona para desempeñar en nombre de Dios la función encomendada. Más tarde serán ungidos también los sacerdotes (cfr nota a Ex 30,22-33) e incluso los profetas (1 R 19,16). Pero sólo el rey de Israel es denominado el «ungido del Señor» (24,7; 26,9.23; 2 S 23,1), en cuanto elegido como representante de Dios para dirigir al pueblo. En este sentido el rey de Israel, sobre todo a partir de David, es figura de Jesús, llamado Cristo: «Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido”. No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa. En efecto, en Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión que habían recibido de Él. Éste era el caso de los reyes, de los sacerdotes y, excepcionalmente, de los profetas. Este debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino. El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor a la vez como rey y sacerdote, pero también como profeta. Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 436).
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1 S 10,17-27
La elección pública de Saúl como rey tiene lugar en Mispá, ciudad donde Samuel había confirmado su función profética y sacerdotal (cfr 7,5). El relato contiene detalles que no son del todo coherentes con lo narrado anteriormente: Samuel parece no conocer a Saúl e insiste en la oposición a la monarquía (vv. 17-19); la elección mediante suertes contradice la tradición cultual de la unción (vv. 20-25); en Guibeá rebrota la división de opiniones sobre la figura de Saúl (vv. 26-27). Sin embargo, este relato conserva la frescura de lo antiguo y refleja lo sucedido con más fidelidad. En todo caso, tanto la narración anterior de la unción (10,1-16) como ésta de las suertes coinciden en atribuir a Dios la iniciativa de la elección y en poner de relieve los problemas que la institución monárquica tuvo desde el principio.
▲ COMENTARIO
1 S 11,1-15
La victoria contra los amonitas fue rotunda y proporcionó a Saúl el reconocimiento definitivo como rey de Israel. De esta forma Saúl llega al trono con el asentimiento de todos: de los más religiosos, al ser ungido ritualmente por Samuel (10,1-16), de la gente sencilla al comprobar que la suerte sagrada había recaído sobre él (10,17-27), y de las clases dirigentes al experimentar que fue invadido por el espíritu de Dios para derrotar a los enemigo de Israel (11,1-15).
Najás imponía a sus vasallos que se arrancaran el ojo derecho. De esta forma garantizaba que no se sublevaran contra él, pues, tal como se hacían entonces las guerras, el ojo derecho resultaba imprescindible para la lucha al quedar el izquierdo tapado con el escudo. Según un fragmento encontrado en Qumrán, Najás ya había aplicado esta práctica a los hombres de Gad y a los de Rubén.
La ceremonia de Guilgal recuerda la asamblea de Mispá (10,17) y confirma que la institución monárquica terminó siendo aceptada por todo el pueblo. Con las ceremonias rituales y los sacrificios se confiesa una vez más que el rey está obligado como sus súbditos a dar culto a Dios.
▲ COMENTARIO
1 S 12,1-25
El discurso de Samuel a la asamblea de Israel viene a ser el resumen y la interpretación religiosa de la historia narrada en los capítulos anteriores. Está impregnado de la doctrina sobre la Alianza. El Señor es quien toma la iniciativa para establecerla y quien exige su cumplimiento: si el pueblo se mantiene fiel, Dios no lo abandonará (v. 22); pero si el pueblo obra mal, Dios tendrá que castigarlo junto con su rey. Así ocurrirá a lo largo de todo el periodo de la monarquía, y así el destierro final a Babilonia será el castigo por las infidelidades cometidas en los años que había rey.
La declaración de inocencia de Samuel (vv. 1-3) y el reconocimiento del pueblo (vv. 4-5) ponen fin a su etapa de gobernante (juez) como precursor de la monarquía. En adelante la función de Samuel será puramente profética: se limitará a interceder ante Dios y a señalar los aciertos y los errores de Saúl y de David.
La segunda parte del discurso (vv. 6-15) y el prodigio de la tormenta de verano (vv. 16-19) son las últimas indicaciones antimonárquicas del libro de Samuel. Se reitera la tentación que van a tener los reyes de suplantar a Dios, unas veces permitiendo la idolatría, otras relegando las obligaciones morales y cultuales. Esta parte del discurso está cuidadosamente elaborada y contiene las claves religiosas para valorar el quehacer de cada monarca; los profetas aludirán a estas mismas ideas al denunciar los abusos que con frecuencia van a cometer los reyes y las clases dirigentes. La función de profeta que Samuel asume con solemnidad (v. 23) es doble: la intercesión y la enseñanza. «Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abrahán, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo; es la expresión de la comunión de los santos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2635).
▲ COMENTARIO
1 S 13,1-15,35
La narración de estos tres capítulos contiene elementos de procedencia distinta, pero engarzados en una misma línea doctrinal: la enseñanza de que Dios rige los destinos de su pueblo. En concreto hay dos clases de episodios: los que recogen las hostilidades con los pueblos vecinos, especialmente con los filisteos (13,1-6.16-23; 14,1-23), y los que resumen algunas actuaciones de Saúl dentro de Israel (13,7-15; 14,24-46; 15,1-30). En las primeras, Dios otorga la victoria frente a los filisteos y frente a los amalecitas, es decir, Dios es fiel a su compromiso de favorecer a su pueblo; en cambio, en la política interna, Dios rechaza a Saúl porque no ha puesto su confianza solamente en Él (13,7-15) y no ha obedecido con exactitud sus mandatos (15,1-30). Saúl viene a ser imagen del cristiano que por tibieza no termina de aceptar del todo el querer de Dios; sus pecados no parecen objetivamente muy graves, pero le acarrean un progresivo deterioro de sus relaciones con Dios.
▲ COMENTARIO
1 S 13,1-6
A modo de introducción estos versículos señalan las hostilidades entre israelitas y filisteos, y la victoria de los primeros en todas las escaramuzas. La intención del autor sagrado es subrayar la protección divina. No es, por tanto, extraño que pase a segundo plano la exactitud en la cronología de los hechos y en los datos topográficos.
Así el v. 1 en hebreo dice que «Saúl tenía un año cuando empezó a reinar y reinó durante dos años»; el texto griego no lo traduce, y otras versiones interpretan «que era como un niño de un año» (Símaco), que «era inocente» (Targum). Lo cierto es que utiliza una fórmula técnica que incluía la edad del nuevo rey (cfr 2 S 2,10; 5,4 etc.), pero se dan cifras imposibles o se evitan cifras exactas para rebajar el protagonismo de Saúl. Nuestra traducción se apoya en el sentido de las distintas versiones antiguas.
En cuanto al escaso rigor geográfico, la ciudad de Micmás parece estar bajo el dominio de Saúl (v. 2-4) y bajo el de los filisteos (v. 5). Se menciona por vez primera a Jonatán (v. 2), pero no se indica que es hijo de Saúl. Estas imprecisiones en los datos secundarios no empañan la importancia del acontecimiento central del relato que se va a narrar a continuación: la osadía de Saúl al ejercer funciones sacerdotales sin contar con Samuel (13,9).
▲ COMENTARIO
1 S 13,7-15
La condena de Saúl podría parecer demasiado severa, puesto que su acción sólo ha sido una impaciencia a la hora de comenzar los holocaustos antes de la llegada de Samuel, previamente concertada (cfr 10,8); pero la gravedad de la acción no es ofrecer sacrificios, que en aquella época era potestad también de los reyes (cfr 2 S 6,17; 1 R 3,4 etc.), sino hacerlo por su cuenta, al margen del querer de Dios, desconfiando de la palabra de Dios transmitida por Samuel.
El reproche de Samuel «¿Qué has hecho?» (v. 11) y el castigo de arrebatarle el reino (v. 13-14) es un eco de la condena del primer pecado (Gn 3,13.23). Se pone así de relieve que la consecuencia inmediata y grave de todo pecado es que aleja al pecador de Dios y de los beneficios que de Él proceden. «El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 386).
▲ COMENTARIO
1 S 13,16-23
Vuelven a aparecer las hostilidades entre filisteos e israelitas, interrumpidas por la condena de Saúl. Por documentos extrabíblicos se tienen noticias de la superioridad de los filisteos que en el siglo X a.C. eran ya maestros en el uso del hierro, mientras que en Palestina se hacían todavía las primeras tentativas con este metal. Pero el autor sagrado, al constatar la inferioridad de medios de Israel, no pretende aportar un mero dato, sino que está destacando la ayuda y protección divina sin la cual hubiera sido imposible cualquier victoria.
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1 S 14,1-14
Los filisteos tenían todo a su favor: número de soldados, armas más perfectas, etc. Sin embargo, los israelitas se harán con la victoria gracias al favor del Señor. Esta hazaña, que es llevada a cabo por el joven Jonatán fiado solamente en la ayuda divina (v. 6), recuerda la que más tarde protagonizará David ante Goliat (17,1-58).
Jonatán propone una «señal» para conocer lo que Dios va a hacer (vv. 8-10). En el Antiguo Testamento es frecuente percibir la presencia e intervención divina interpretando los signos de la naturaleza y los acontecimientos por pequeños que sean. Así Moisés comprende el sentido de la zarza ardiente (Ex 3,12-14), o un «hombre de Dios» interpreta la muerte de los hijos de Elí (cfr 1 S 2,34). En el Nuevo Testamento Jesús es la señal suprema de la intervención divina «en esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por él la vida» (1 Jn 4,9).
Dios sigue manifestándose mediante signos ordinarios, como son los sacramentos de la Iglesia; pero también puede manifestarse mediante signos extraordinarios, que llamamos milagros. Pedir una intervención extraordinaria de Dios, por ejemplo, la curación de un enfermo desahuciado, no sólo es legítimo sino que, como toda ocasión de petición, es una muestra de confianza en Dios, cuya voluntad suprema aceptamos de antemano (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2633).
▲ COMENTARIO
1 S 14,15-52
Los tres episodios que aquí se narran transmiten la misma enseñanza: la confianza en Dios. El primero es más negativo: Saúl en la batalla contra los filisteos (vv. 15-23) confió sólo en sus fuerzas (v. 17), no esperó la respuesta del Señor a su consulta (v. 19) y no se dio cuenta de que «el Señor salvó a Israel aquel día» (v. 23). En contraste, en el segundo episodio (vv. 24-35) Jonatán, que había violado una norma de Saúl, confió sólo en el Señor cuando recriminó el juramento de su padre por no tener en cuenta las necesidades del pueblo (v. 31); Saúl se mantuvo en su autosuficiencia, incluso cuando decidió construir un altar (v. 35), pues buscó justificar el juramento más que honrar al Señor. El último episodio (v. 36-46) contrapone de nuevo la obstinación de Saúl que no admite su error con la sencillez de Jonatán, que reconoce haber quebrantado un mandato, aunque involuntariamente. Saúl decide la muerte de su hijo (v. 44), pero el pueblo le salva (v. 45). Es un testimonio claro de que la autoridad no puede existir sino al servicio de los súbditos; unos y otros han de confiar sólo en el Señor.
El apéndice de este capítulo (vv. 47-52), que resume las gestas de Saúl y enumera los miembros de su familia, viene a ser la ampliación de un formulario típico para concluir la narración de la vida de un rey. El hagiógrafo lo anticipa antes de terminar de contar los hechos de Saúl, y además reduce toda su actividad a la lucha continua contra los filisteos. De esta forma la figura de Saúl queda devaluada; porque ante el Señor cuenta sólo la fidelidad y la confianza en Él, no las múltiples gestas que se hayan llevado a cabo, sin tenerle en cuenta. Es también una llamada para que todo hombre considere que por encima de las múltiples actividades está primero su relación personal con Dios. Y a la luz de la doctrina de Jesucristo es aún más apremiante esta enseñanza: «Corren un serio peligro de descaminarse aquellos que se lanzan a la acción —¡al activismo!—, y prescinden de la oración, del sacrificio y de los medios indispensables para conseguir una sólida piedad: la frecuencia de Sacramentos, la meditación, el examen de conciencia, la lectura espiritual, el trato asiduo con la Virgen Santísima y con los Angeles custodios… Todo esto contribuye además, con eficacia insustituible, a que sea tan amable la jornada del cristiano, porque de su riqueza interior fluyen la dulcedumbre y la felicidad de Dios, como la miel de panal» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 18).
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1 S 14,19
«Retira tu mano». El sacerdote, para consultar sobre lo que Dios quería, utilizaba unos objetos (urim y tummim) que guardaba en una especie de bolsa unida al efod, que era la vestidura específica de los sacerdotes (cfr nota a Ex 28,6-30). Al ordenar Saúl que Ajías retire la mano del efod está impidiendo la consulta a Dios y, por tanto, decidiendo emprender la batalla por propia iniciativa, al margen de la voluntad de Dios.
▲ COMENTARIO
1 S 15,1-35
La batalla contra los amalecitas es la ocasión por la que Saúl es definitivamente rechazado por Dios. Los episodios narrados hasta aquí venían subrayando los pecados de Saúl y, en concreto, su falta de confianza en el Señor. Sin embargo, ahora destaca su desobediencia.
En el relato se perciben los ecos de antiguas condenas divinas. El Señor «se arrepiente» (antropomorfismo expresivo) de haber hecho rey a Saúl (v. 11) como antes «se había arrepentido» de haber creado al hombre (Gn 6,6); el rechazo de los planes divinos que Saúl lleva a cabo (vv. 11.23.26) produce el rechazo de Dios, que cierra a Saúl el acceso al trono para siempre, como antes había cerrado a Adán las puertas del Paraíso (Gn 3,23-24). El castigo divino, como sucedió tras el pecado de Adán, es severo y no admite indulgencia por tratarse de un pecado muy grave, a saber, la rebeldía y la repulsa de Dios y de su palabra (v. 26).
En adelante Saúl, aunque conoce que el Señor no acepta su reinado, siguió siendo rey de hecho, porque la sentencia condenatoria se la ha comunicado Samuel en secreto (vv. 30-31), como había sido en secreto la primera unción (cfr 10,1-16).
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1 S 15,22-23
El oráculo de Samuel redactado en verso es uno de los más antiguos que se conservan en la Biblia. Además de su belleza literaria destaca la claridad con que define la obediencia al identificarla con el reconocimiento de Dios: obedecer es el acto más perfecto de culto —más que un sacrificio—, desobedecer es un acto de idolatría. La sentencia final resulta severa y clara, pues se aplica la antigua ley del talión, empleando el mismo verbo (rechazar) en la exposición de la culpa y en la formulación de la pena.
Este canto a la obediencia tiene su resonancia en los profetas del Norte (Am 5,21; Os 6,6) y será actualizado por Jesús (Mt 9,13), que es quien da sentido pleno a la obediencia a Dios y a sus representantes. «La obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos equivocamos nunca» (S. Maximiliano María Kolbe, Cartas, en Liturgia de las Horas, Oficio de lecturas 14-VIII).
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1 S 15,32-33
La muerte del rey amalecita parece cruel a nuestra mentalidad cristiana, pero en aquel estadio de la revelación, todavía imperfecto, se corta de raíz cualquier brote de avaricia en las guerras (v. 9), y se da más relieve a la obediencia que a la defensa, muchas veces interesada, de la vida de los enemigos. Sobre la práctica del anatema cfr nota a Nm 21,1-3; 31,1-54.
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1 S 16,1-31,13
Comienza aquí la última sección del primer libro de Samuel en la que se relata la progresiva decadencia de Saúl hasta su muerte en la batalla de Guilboá contra los filisteos (cap. 31) y, a la vez, el resurgir complicado, a veces lento, pero decisivo del nuevo gran rey, David. Propiamente esta sección abarca también el primer capítulo del segundo libro de Samuel. Desde el punto de vista literario llama la atención el estilo narrativo de crónica de palacio sin otro afán que recopilar los episodios protagonizados por los reyes. Muchos de estos sucesos están narrados dos veces: por ejemplo, la entrada de David al servicio de Saúl (16,14-23; 18,1-2), el intento de Saúl de matar a David (18,10-11; 19,9-10), la promesa de Saúl de dar a David por esposa a una de sus hijas (18,17-19; 18,20-27), la intercesión de Jonatán en favor de David (19,1-7; 20,25-34), la huida de David (19,10-18; 20,1-21), la oportunidad para David de quitar la vida a Saúl (24,7-8; 26,11-12). Todo esto pone de manifiesto que se han recogido datos de diversas fuentes sin aplicar una crítica rigurosa de la historiografía.
En los episodios aquí relatados son escasas las referencias religiosas, mientras que se realzan con crudeza las tensiones entre Saúl y David; más aún, a pesar de ser el relato del rey más celebrado, David, y de que se insiste en la predilección de Dios por él, no se disimulan sus errores, como ocurrirá en los libros de Crónicas: David aparece como un político astuto, capaz de aliarse con los eternos enemigos de su pueblo, los filisteos, para salvarse a sí mismo (cap. 27); como un usurpador del trono de Saúl (caps. 19 y 21); como un hombre apasionado capaz de grandes matanzas (21,12; 22,17) y de otras debilidades humanas (18,17-27; 25,32-44), pero también de grandes lealtades con el rey ungido del Señor (caps. 24 y 26) y con sus propios amigos (cap. 20). Los relatos, en suma, muestran el lado más humano de aquellos personajes, pero dejan traslucir que el protagonista de fondo es el Señor, Dios de Israel. Ante todo, porque es quien elige y acompaña a David, desde el principio de su irrupción en escena (16,1) y durante los momentos claves de su trayectoria; así lo repite el estribillo «el Señor estaba con él» (16,18; 18,14.28). Por otra parte, Saúl, David y el resto de las personas que intervienen en la historia no van guiados por un ciego destino, sino que forman parte del proyecto divino de salvación. La gran lección de estas narraciones es que el Señor no interviene de ordinario con milagros o acciones prodigiosas, sino conduciendo el curso de la historia entre luces y sombras hasta conseguir el objetivo esencial de darse a conocer a todos los hombres y alcanzarles la salvación. La otra gran lección es que esta historia salvífica irá progresando con altibajos, con actos heroicos y grandes debilidades hasta alcanzar la plenitud en Jesucristo.
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1 S 16,1-13
La unción de David, realizada por Samuel, en un recinto familiar y privado recuerda la unción de Saúl también en secreto (cfr 10,1-16). El relato insiste en la carencia de méritos para ser elegido: David es un desconocido sin apenas genealogía puesto que sólo se habla del ascendiente inmediato, de Jesé, su padre (v. 5); es el más pequeño de sus hermanos (vv. 11-12) y, como su familia, se dedica al oficio común de pastores; no venía ni de familia noble, ni militar, ni sacerdotal. No podía invocar ningún derecho para ser ungido.
La elección gratuita por parte de Dios da sentido profundo y religioso a la acogida de David por parte del rey Saúl (16,14-23) y a la aceptación más pública después del combate con Goliat (17,55-18,5). Las cualidades y las gestas de David no habrían sido suficientes si previamente no se hubiera fijado el Señor en él. David es tipo de los que después de Cristo son llamados a cumplir una función en la Iglesia: ni la familia, ni las cualidades personales, ni los medios materiales cuentan, sino sólo el saberse llamado por Dios. Por otra parte hay que tener presente que «el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (v. 7); de ahí la exigencia de vivir y actuar conforme a la llamada recibida. «Pues, en su interioridad, el hombre es superior al universo entero; retorna a esa profunda interioridad cuando vuelve a su corazón, donde Dios, que escruta los corazones, le aguarda y donde él mismo, bajo los ojos de Dios, decide sobre su propio destino» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 14).
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1 S 16,14-23
Como episodio independiente del anterior, se relata la acogida de David en la corte al servicio de Saúl; pero lo que aquí se pone de relieve es la decadencia del viejo rey Saúl y la vitalidad del joven David: el espíritu del Señor se había alejado de Saúl (v. 14) y un nuevo espíritu le perturbaba (v. 16) hasta hacerle caer en una depresión enfermiza y crónica (v. 23; cfr 18,10). David, en cambio, es un joven apuesto lleno de vitalidad (v. 18), capaz de alegrar con su música al propio rey (v. 21). El centro del episodio es la expresión dicha de pasada por uno de los cortesanos: «El Señor está con él» (v. 18).
▲ COMENTARIO
1 S 16,15
«Un mal espíritu enviado por Dios», literalmente «un espíritu de Elohim», que podría traducirse por «espíritu divino» o «espíritu sobrenatural». Es un hebraísmo coherente con el convencimiento de que todo procede de Dios, tanto la salud como la enfermedad. Por otra parte, estos decaimientos de ánimo son interpretados como falta de apoyo del Señor en su función de rey.
▲ COMENTARIO
1 S 17,1-18,5
El combate y la victoria de David sobre Goliat es un hermoso episodio en el que el autor sagrado se recrea para presentar a David como guerrero sagaz, como vencedor de los enemigos, los filisteos, y, sobre todo, como elegido y protegido del Señor. Por todo esto David es reconocido y aceptado por Saúl, por Jonatán, el heredero legítimo, por los cortesanos y por todo el pueblo. Con este acontecimiento se cierra la sección dedicada a la vocación de David.
El relato consta de tres partes: en la primera (17,1-11) se hace la presentación de Goliat de Gat como el filisteo potente y representante de su pueblo dispuesto a dirimir la batalla en un duelo con cualquier guerrero de Israel; las palabras del gigante filisteo (vv. 8-10) reflejan la soberbia humana y plantean la batalla como un duelo en el que se dilucida cuál de los dos pueblos será vasallo y esclavo del otro. La segunda parte (17,12-54) gira en torno a David y su victoria prodigiosa. Éste surge como un adolescente desconocido, inexperto en la guerra (vv. 12-31), pero lleno de valor (vv. 32-36) y de confianza en el Señor (v. 37); sólo con sus utensilios de pastor, cayado y honda, consiguió vencer al enorme filisteo (vv. 38-54). La tercera parte (17,55-18,5) recoge la reacción de los asistentes. Se insiste en que es un desconocido (vv. 55-58), para dar mayor relieve a las muestras de afecto de todos los que han contemplado la hazaña de vencer al arrogante filisteo.
Es importante la proclamación de confianza que hace David: «El Señor obtiene la salvación no con espada y lanza» (v. 47), que recuerda la que formuló Jonatán en circunstancias semejantes (cfr 14,6). Así la victoria sobre Goliat no es un episodio más de la vida de David, sino uno de los más importantes porque manifiesta la supremacía del Señor sobre los pueblos que adoran a otros dioses, sobre Saúl y su corte, y sobre el propio David. «En el nombre del Señor omnipotente, así, y no de otra manera; sólo así se vence al enemigo del alma. Quien lucha con sus propias fuerzas, antes de comenzar la batalla, es derrotado» (S. Agustín, Sermones 153,9).
▲ COMENTARIO
1 S 17,12-31
Esta sección falta en algún códice importante de la versión griega, quizá porque, siendo una nueva presentación de David, no es fácil armonizarla con el relato anterior de la vocación del futuro rey (16,14-23): si ya se conocía a David, no tendría sentido volverlo a presentar. Quizá por la misma razón la mencionada versión alejandrina tampoco trae la investigación de Saúl (17,55-58) y la acogida de David en la corte real (18,1-5). Sin embargo, parece mejor aceptar el texto entero a pesar de que plantee dificultades de tipo histórico y literario, porque está atestiguado en el texto hebreo, en la mayor parte de los códices griegos y en las versiones siríacas y latinas. Al describir a David como muy joven (v. 14) e inexperto en asuntos militares (cfr 17,28-33) se subraya el carácter prodigioso de la derrota de Goliat.
▲ COMENTARIO
1 S 17,32-37
En el diálogo entre Saúl y David sobre el reto de Goliat se contrapone el desánimo del primero y la audacia generosa de David. No es locura juvenil, sino entrega decidida para acometer una empresa difícil, confiado en la protección del Señor tantas veces experimentada en su oficio de pastor (vv. 34-37). Los Santos Padres aplican la experiencia de David a Jesucristo: «David, esto es, Cristo, estranguló al león y al oso cuando, descendiendo a los infiernos, liberó a todos de sus fauces (…). Y puesto que el oso tiene la fuerza en sus garras y el león en su boca, estas dos fieras prefiguran al diablo. Por tanto, todo esto se ha dicho de Cristo, que habría de arrancar a su única Iglesia de las fauces, es decir, del poder del diablo» (S. Cesáreo de Arlés, Sermones 121,4).
▲ COMENTARIO
1 S 18,1-5
Entre las muestras de afecto que el rey y los cortesanos prestaron a David, destaca la actitud de Jonatán, príncipe heredero, que llegó a amarlo como a sí mismo (vv. 1.3). La amistad que aquí se inicia y que se expresa con términos tan intensos («se sintió unido», como lo estaba Jacob con Benjamín, cfr Gn 44,30-31), culmina en un pacto (v. 3) que en momentos difíciles se invocará como «pacto del Señor», es decir, pacto sagrado (cfr 20,8). La sincera amistad entre David y Jonatán, además de reflejar la magnanimidad de ambos, es fundamental para dejar claro que David nunca quiso arrebatarle el trono, sino que accedió a él por designio divino, sin violentar los acontecimientos.
▲ COMENTARIO
1 S 18,6-16
Pronto la admiración de Saúl por David tras la derrota de Goliat se transformó en envidia y celos. A la vez que crece el aprecio y el entusiasmo de los ciudadanos que incluso inventan una canción (cfr 21,12; 29,5), crece también la envidia del rey. El intento de matar a David (cfr 19,9-10) confirma la malicia y torpeza de Saúl frente a la habilidad de David. La clave de este episodio está expresada categóricamente: «El Señor estaba con David y se apartaba de él (Saúl)» (v. 12; cfr 18,28). Los éxitos (18,5.14-15) hay que atribuirlos a la destreza del joven David, pero sobre todo a Dios que le protege.
▲ COMENTARIO
1 S 18,17-30
Saúl trama varias estratagemas para quitar de en medio a David. De nuevo la mezquindad de Saúl contrasta con los valores del joven aspirante: la promesa de darle la hija mayor, que por otra parte ya debería haberle entregado (17,25; v. 17), rezuma hipocresía y mala intención, pues Saúl sólo busca que los filisteos acaben con David (v. 25). De hecho no la cumple. La siguiente promesa de entregar a Mical, la hija menor, es igualmente falaz, pero en este caso se pone más de relieve el amor entre Mical y David (v. 28) frente al desapego de Saúl por su hija.
El desenlace resalta la actitud contradictoria del rey: Saúl reconoce, una vez más, que «el Señor está con David» (v. 28) puesto que tiene éxito en todo lo que emprende y, sin embargo, le declara abiertamente su enemistad (v. 29). Saúl es paradigma del pecador que, ante la evidencia de la protección divina, se obstina en su delito.
▲ COMENTARIO
1 S 19,1-24
La huida de David lejos de la corte de Saúl da ocasión a unos cuantos episodios independientes entre sí pero que de forma dramática muestran la bajeza de Saúl y la magnanimidad y sagacidad de David.
En un consejo solemne de gobierno (vv. 1-7) el odio de Saúl que propone la muerte de David sólo encuentra la oposición de Jonatán defendiendo a su mejor amigo. Triunfa la amistad.
En la vida cotidiana del hogar (vv. 8-10) la vileza de Saúl que le lleva a arrojar la lanza contra su escudero contrasta con la habilidad de David al esquivarla.
Estos dos episodios están repetidos, el primero con más amplitud en el cap. 20 y el segundo casi con las mismas palabras en 18,10-11. El autor sagrado, al recogerlos aquí brevemente sólo quiere subrayar con ironía el contraste entre Saúl y David.
El tercer episodio ocurre en la propia casa de David (vv. 11-17). Mical, con sabiduría, prepara una estratagema para facilitar la huida de David y burlar los planes aviesos de su padre. Saúl comprueba que su propia hija le ha abandonado y se ha puesto a favor de David. Sobre los terafim cfr nota a Jc 17,5.
El último suceso (vv. 18-24) es también paralelo de otro anterior (10,10-12), y ambos dan razón de aquel dicho popular que recoge el v. 24: «¿También Saúl anda entre los profetas?». Sin embargo, en este contexto, tiene carácter de pleito sagrado entre Saúl y David. El viejo Samuel que había ungido a uno y a otro, y que ya se había decantado a favor de David y en contra de Saúl (cfr 13,13-14), es ahora testigo de que el mismo Señor, con su espíritu, desbarata las intenciones malvadas de Saúl y le impide llegar hasta donde estaba David. El éxtasis profético, que en Guilgal fue un modo con que el Señor manifestó su designio a favor de Saúl, aquí, en Ramá, le paraliza, le deja desnudo un día entero y le impide llevar a cabo su intención de quitar de en medio a David. Es la prueba definitiva, solemnizada con la presencia de Samuel, de que David es quien está bajo la protección divina, mientras que Saúl ha sido rechazado.
▲ COMENTARIO
1 S 20,1-42
Este último episodio que refleja el odio declarado de Saúl contra David es también una magnífica expresión de sincera amistad entre David y Jonatán. El hijo de Saúl, además de comprobar la intención de su padre, toma conciencia de las graves consecuencias que puede acarrearle su amistad, puesto que puede estar jugándose su futuro como rey (vv. 30-31). Sin embargo, se mantiene fiel a su amigo y arriesga su propio destino. «Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él: Tú —le dice— serás el rey, y yo seré tu segundo. (…) Ésta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo» (B. Elredo, De spirituale amicitia 3).
Una vez más el odio que anida en el alma de Saúl contrasta con la habilidad serena de David para burlar todas las insidias; y, por encima de todo, se confirma que el Señor, aun sin apenas nombrarlo, está a favor de David, le protege y favorece sus empresas, no sólo en las más trascendentales, sino también las más íntimas, como en este caso su profunda amistad con Jonatán.
▲ COMENTARIO
1 S 20,12-19
El texto hebreo de estos versículos es difícil de entender quizá porque ha llegado hasta nosotros muy deteriorado. En nuestra traducción hemos tenido en cuenta la versión griega, que difiere bastante del texto hebreo, y las demás versiones antiguas. En todo caso, queda claro que el pacto entre Jonatán y David es solemne y tiene carácter sagrado, puesto que se hace ante el Señor. Así lo reflejan las fórmulas de juramento que conservan expresiones muy arcaicas: «Que el Señor, Dios de Israel, sea testigo» (v. 12), literalmente: «Por el Señor, Dios de Israel»; «Que el Señor le haga esto y aquello le añada» (cfr v. 13), equivalente a: «Que el Señor le castigue»; «Que el Señor tome cuentas a todos los enemigos de David» (v. 16), que significa: «Que el Señor les trate como al peor enemigo».
Los israelitas utilizaban el juramento, es decir, la invocación de Dios como testigo, en circunstancias extraordinarias y solemnes, evitando el uso del nombre de Dios en vano. Hoy, la Iglesia enseña las condiciones sobre la licitud del juramento. «“El juramento, es decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia” (CIC, can. 1199,1). La santidad del nombre divino exige no recurrir a él para motivos fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede ser rehusado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2154-55; cfr también nota a Ex 20,7).
▲ COMENTARIO
1 S 20,41-42
La despedida vuelve a repetir el pacto entre David y Jonatán con una fórmula carente de juramentos. Sólo Dios es garante de los compromisos adquiridos que alcanzarán a la descendencia de ambos. Aquí, como más tarde en el desierto de Zif (cfr 23,15-18), Jonatán es quien habla, mostrando que su dignidad de heredero es superior a la de David.
▲ COMENTARIO
1 S 21,2-27,12
Los hechos que se narran en esta sección presentan el perfil más humano de David y sus dotes militares. Él, como los jueces antiguos, ha de ir ganándose adhesiones en las diferentes zonas de Israel. Comienza con un pequeño ejército de mercenarios (22,2) y disputa el territorio al propio Saúl, aunque manteniendo siempre un gran respeto al rey, como ungido (caps. 23-24). A pesar del carácter bélico de estos episodios, siempre se vislumbra la mano del Señor que conduce los acontecimientos hacia el fin previsto de hacer realidad la elección de David.
Los capítulos 21 y 27 sirven de prólogo y de conclusión respectivamente, y narran cómo David burla los planes de los filisteos. En cambio, los capítulos 22-26 relatan las escaramuzas de David con los de su pueblo.
▲ COMENTARIO
1 S 21,2-16
La llegada de David al santuario de Nob dará pie a la cruenta matanza de los sacerdotes de ese santuario ordenada por Saúl al considerarlos traidores (22,16-23). La visita breve al rey filisteo de Aquis es un atisbo de cómo David supo manejar a los filisteos. De hecho, siempre sacó provecho de ellos.
El encuentro de David con Ajimélec en el santuario de Nob (vv. 2-10) es muy significativo: el sacerdote otorga a David privilegios muy excepcionales al darle de comer los panes consagrados y al brindarle la espada de Goliat. La ofrenda de los panes estaba regulada con normas muy estrictas (cfr nota a Ex 25,23-30): los panes estaban destinados exclusivamente a los sacerdotes (cfr Lv 24,9) y, al dárselos a David, Ajimélec interpreta el sentido de la ley más allá de la letra y reconoce que David, como soberano, puede alimentarse con ellos. En el Nuevo Testamento (Mt 12,3-8 y par.) se alaba esta interpretación generosa de la Ley y se aplica a la ley del sábado: si David, soberano y señor, no quebrantó la ley de los panes dándolos a los suyos como alimento, tampoco Jesús, «señor del sábado», quebranta su ley permitiendo a sus discípulos arrancar en sábado unas espigas para comer. También en esto David es figura de Cristo.
La anécdota de David fingiéndose loco ante el rey Aquis (vv. 11-16) muestra su sagacidad, muy superior a la de los filisteos (caps. 27 y 29). La ingenuidad del rey Aquis será aprovechada más adelante por David (27,1-12) para ir destruyendo a los aliados de los filisteos.
▲ COMENTARIO
1 S 22,1-5
David comienza su actividad de dirigente y de estratega, y lo hace repitiendo el gesto de los elegidos del Señor: desprendiéndose de su familia (v. 3), como hizo Abrahán (cfr Gn 12,1), y siguiendo el consejo de quien Dios ha puesto en su camino (v. 5), como Moisés (cfr Ex 3,7). Desprendimiento y obediencia son virtudes exigidas a quienes tienen una misión importante en la historia de la salvación. Jesucristo pedirá también dejar familia y bienes con total radicalidad (cfr Lc 14,26) y ser dóciles a la palabra del Señor (cfr Lc 11,28). «Renunciar a la propia vida significa no buscar nunca la propia voluntad sino la voluntad de Dios, y hacer del querer divino la norma única de la propia conducta» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
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1 S 22,6-23
La muerte de los sacerdotes de Nob es uno de los episodios más negativos de la vida de Saúl pues deja al descubierto sus defectos más graves: recelo ante sus más allegados (v. 8) y odio contra David a quien denomina despectivamente «el hijo de Jesé» (vv. 7.13); condena a Ajimélec sin apenas escucharle (v. 16) y decide matar a todos los sacerdotes de Nob (v. 17). Es una orden tan absurda que sus servidores se niegan a cumplirla, y tiene que ser un forastero, un edomita, quien dé muerte a los sacerdotes.
También tras este desgraciado episodio se deja ver la mano del Señor, pues permitió que Abiatar huyera a las filas de David (v. 20), seguramente con los utensilios sacerdotales, o al menos con el efod para consultar al Señor (cfr 23,6). De esta forma David, que tenía ya un ejército propio, incorpora a su gobierno otra institución imprescindible en los reinos de entonces, la del sacerdocio.
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1 S 23,1-14
David va poco a poco preparando su futuro gobierno. Por una parte fortalece al ejército con las escaramuzas contra los enemigos del pueblo, los filisteos (v. 5), y con la huida prudente de su contrincante personal, Saúl (v. 13). Por otra, consolida el sacerdocio, acudiendo una y otra vez a Abiatar para que en su ministerio consulte al Señor con el efod (vv. 2.4.9). Sobre el efod, cfr nota a Ex 28,6-30.
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1 S 23,15-18
Este esporádico encuentro de los amigos David y Jonatán (cfr 18,1; 20,17) es importante por ser el último que tendrán en esta vida y porque en él, a modo de testamento, Jonatán reconoce el destino de David: «Tú reinarás sobre Israel (…). Hasta mi padre Saúl está convencido de esto» (v. 17). La renovación del pacto sagrado (cfr 20,16) fortalece el ánimo de David en momentos en que es víctima de la persecución de Saúl.
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1 S 23,19-28
Saúl, guiado por la denuncia traidora de algunos de Zif, está a punto de dar alcance a David, pero una incursión de los filisteos en la parte opuesta del país le hace interrumpir la persecución (v. 28). Hasta los enemigos más irreconciliables parecen favorecer a David, y así queda patente cómo Dios le protege. Es significativo que David, aguerrido soldado al frente de un ejército de valientes, rehúsa enfrentarse con Saúl; pone así de manifiesto que su acceso al trono no será por derrocamiento de su predecesor sino por aclamación del pueblo, cumpliéndose de este modo el designio divino.
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1 S 24,1-23
En este episodio, cargado de ironía, se contrasta de nuevo la mezquindad de Saúl con la generosidad de David, que respeta la persona y la vida del ungido del Señor. Las circunstancias de la cueva y el hecho de cortarle la punta del manto a Saúl sin que se enterara, y la posibilidad de hablar ante los hombres de Saúl subrayan lo ridículo de la situación. David es más inteligente y magnánimo que su perseguidor.
El discurso de David (vv. 10-16) manifiesta su inocencia, su respeto por el rey, su sencillez y humildad, su disposición a aceptar el veredicto divino. El de Saúl es más directo, y habla sólo de David (vv. 18-22); reconoce su justicia y su bondad, es decir, las cualidades de un buen rey, y como tal, le solicita benevolencia. Es la primera vez que Saúl trata a David como soberano de Israel (vv. 21-22).
En la confrontación de Saúl y David se valoran las cualidades de cada uno, pero sobre todo se tiene en cuenta la elección divina: «Tú Saúl, gozas de dinero, ciudades, armas, caballos, soldados, en resumen, todo lo que constituye el aparato real; éste (David) en cambio, está vacío y desnudo, sin ciudades, sin casa y sin familia. ¿Por qué entonces le hablas así? (…) Está claro, quien goza del favor divino es el más poderoso de todos» (S. Juan Crisóstomo, Homiliae de Davide et Saule 3,8).
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1 S 25,1-44
El encuentro y posterior matrimonio entre David y Abigaíl es uno de los más bellos relatos del libro de Samuel. David muestra sus mejores cualidades de honradez porque nunca se apoderó de lo ajeno, aunque en sus circunstancias de guerrero en el desierto habría sido comprensible (vv. 7.15); de prudencia al atender a una mujer y moderar su afán de venganza (vv. 33-34); de sencillez y lealtad al tomar por esposa a Abigaíl después de que su marido había fallecido (vv. 39-42). Abigaíl, por su parte, es presentada con las dotes femeninas más valoradas: es prudente y hermosa (v. 3), previsora al preparar los regalos que ablandarán a David (v. 18), y capaz de pronunciar un discurso lleno de recursos oratorios para conseguir su propósito (vv. 24-31). En contraste, Nabal, como indica la etimología popular de su nombre (v. 25; nabal significa «insensato, sinvergüenza»), es grosero (v. 3), borracho (v. 36) y de corazón insensible; su muerte refleja la condición endurecida de su personalidad así como su maldad (vv. 37-39).
La consecuencia de este episodio es que David, que ya había instituido el ejército y el sacerdocio, debe iniciar la formación de su familia, de la corte real. Saúl le había arrebatado a su primera esposa, Mical (v. 44). Ahora David, que se había casado con Ajinóam, de la que apenas habla el texto, toma por esposa a Abigaíl, una gran mujer de la que estaba prendado y que le aportará riquezas y beneficios políticos entre los calebitas. El Señor, por tanto, seguía protegiendo a David y confirmando su elección.
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1 S 25,1
La muerte de Samuel es reseñada con tres pinceladas escuetas —muerte, duelo y entierro—, que se repiten más adelante (28,3). Frente a las solemnes ceremonias funerarias de Egipto (cfr Gn 50,1-11), en Israel la muerte de los grandes personajes como Aarón (Nm 20,29) o Moisés (Dt 34,5-8) o la de los reyes, se considera normal y se narra con toda sencillez. En la historia de la salvación que la Biblia recoge, las personas son instrumentos imprescindibles, pero el protagonista que orienta los hechos y permanece siempre es el Señor «que, como Padre omnipotente y sabio está presente y actúa en el mundo, en la historia de cada una de sus criaturas, para que cada criatura, y específicamente el hombre, su imagen, pueda realizar su vida como un camino guiado por la verdad y el amor hacia la meta de la vida eterna en Él» (Juan Pablo II, Alocución 30.IV.86).
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1 S 25,18
«Seim». Plural de seah, una medida de áridos que correspondía probablemente a una tercera parte del efah, es decir, a unos 7 litros.
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1 S 25,29
«La bolsa de los vivos» indica que Dios cuida celosamente la vida de sus amigos frente a cualquier ataque exterior. Sólo Dios es el dueño de la vida, como se indica con otra expresión parecida: el libro de los vivos (Sal 69,29; Ap 3,5). La imagen de la «bolsa» podría estar tomada de un recipiente a modo de adorno que, al parecer, usaban algunas mujeres como amuleto.
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1 S 26,1-25
El nuevo encuentro entre Saúl y David tiene muchos puntos de contacto con el narrado en el cap. 24. Sin embargo, aquí se ponen más de relieve la personalidad y la misión de David: David es mejor estratega que Saúl, y es reconocido como soberano en la bendición del viejo monarca (v. 25). En efecto, esta confrontación con Saúl no es ni casual ni tiene lugar en una cueva, sino intencionada y llevada a cabo al aire libre, en el campamento militar (vv. 4-7). Abner y los soldados encargados de la seguridad del rey se quedan dormidos y no cumplen su misión de velar por el rey; en cambio David es quien garantiza la vida de Saúl (vv. 9.15). El texto pone de manifiesto una vez más la compasión y la misericordia de David («El Señor te ha entregado hoy a mis manos…», v. 23), a la vez que resalta la figura del futuro rey, pues la misericordia es una perfección propia de Dios y por tanto una virtud que debe usar todo representante suyo y todo el que quiera parecerse a Él (cfr Lc 6,36).
Pero, por encima de las anécdotas y estratagemas humanas, se vuelve a poner de relieve que sólo el Señor tiene la última palabra: Él decidirá el momento y el modo de la muerte de Saúl (v. 10); Él paga a cada uno según sus méritos (v. 23-24); Él, en definitiva, ha elegido a David y le concede el éxito en todo lo que emprende, como reconoce Saúl en las últimas palabras (v. 25).
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1 S 27,1-12
El éxito de David entre los filisteos cierra la sección que había comenzado en el capítulo 21 y justifica su vuelta al país sólo después de la muerte de Saúl. David no pretendió nunca derrocar a su predecesor; más aún, como otros grandes personajes bíblicos, tiene que refugiarse entre sus propios enemigos: así lo hizo Abrahán huyendo a Egipto (Gn 12,10), y más tarde todos los descendientes de Jacob (Gn 46); así lo hizo Moisés escondiéndose entre los madianitas para más tarde volver a liberar a su pueblo (Ex 2,15; 3,7ss.). David, del mismo modo, se ve obligado a refugiarse entre los filisteos para escapar de Saúl (v. 1). Pero muestra su sagacidad y astucia militar pues no acude como individuo particular, sino como jefe de un pequeño ejército. Ya en el relato del cap. 21 había engañado a Aquis y a los suyos haciéndose pasar por loco; ahora les vuelve a engañar haciéndoles creer que sale a pelear contra Judá, cuando en realidad está destrozando a los aliados de los filisteos (vv. 7-12). El relato es irónico y realza la personalidad de David que sale airoso de todas las peripecias: Dios sigue protegiéndole. De hecho consigue ridiculizar a los filisteos, hacer estragos entre las tribus enemigas de Judá, guesuritas, guezeritas y amalecitas (v. 8), y atraerse a los que más tarde serán sus súbditos (cfr 30,26-31).
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1 S 28,1-25
Los últimos capítulos del libro (caps. 28-31) dan razón de la muerte de Saúl haciendo hincapié en que está decidida por el Señor y, por tanto, de ninguna manera se puede culpar de ella a David. Los acontecimientos que aquí se narran están enmarcados en las guerras entre filisteos e israelitas.
El primer episodio tiene como protagonista a David, que contesta con una evasiva de doble sentido a la proposición de Aquis de participar en la guerra contra Israel y contra Saúl (v. 2); puede interpretarse como que jamás peleará con los de su pueblo o, como interpreta Aquis, que David no le traicionará nunca. La conclusión es clara: David jamás engañó a Saúl ni se enfrentó militarmente con él.
El siguiente episodio (vv. 4-25) está protagonizado por Saúl, que sufrió en sus últimos días la soledad y la tristeza (vv. 5.20). Al comprobar que el Señor no responde a sus consultas por ninguno de los medios establecidos (v. 6), decide evocar a Samuel, difunto desde hacía tiempo, sin importarle quebrantar las normas acordes con la ley divina que él mismo había establecido. Todas las circunstancias del relato dejan a Saúl en una postura ridícula, pero, sobre todo, reafirman que el Señor ha decidido apartarle su protección y elevar a David a la dignidad real.
Sobre el uso de los urim, ver nota a 14,19.
▲ COMENTARIO
1 S 28,8-14
El rito de la evocación del espectro queda interrumpido cuando Samuel se hace presente antes de que la mujer nigromante diga o haga algo (v. 12). De esta forma se deja patente que aquellas ceremonias evocadoras de espíritus no son eficaces, sino que es Samuel quien toma la iniciativa y se presenta como espíritu sobrenatural («espíritu de Elohim», según el texto hebreo, v. 13), para hablar no como un particular, sino en nombre de Dios (vv. 16-19). Con este recurso literario, la nigromancia pasa a segundo plano y resplandece la manifestación de lo que el Señor ha decidido sobre Saúl.
La nigromancia estaba prohibida en Israel (cfr Dt 18,10-12), pues implica querer arrogarse un conocimiento que sólo corresponde a Dios. La Iglesia denuncia también toda práctica adivinatoria que pueda poner en duda la providencia amorosa de Dios sobre cada persona: «Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cfr Dt 18,10; Jr 29,8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2116).
▲ COMENTARIO
1 S 29,1-11
El rechazo de David por parte de los filisteos sería irrelevante si no fuera porque la batalla que se está preparando será la última para Saúl y sus hijos. David no sólo no participó en ella, sino que ni siquiera estaba en el país de los filisteos; por tanto nunca podrá ser acusado de haber subido al trono asesinando a Saúl.
Por otra parte, David muestra una vez más su astucia al engañar a Aquis y su sagacidad al conseguir abandonar el país enemigo como si fuera un aliado suyo. El autor sagrado al reseñar los engaños frecuentes de David, que pueden resultar sorprendentes al lector formado con criterios del Nuevo Testamento, no alaba la mentira, sino que, por contraste con la necedad de los filisteos, resalta la sagacidad del futuro rey de Israel. Y, por encima de todo, con estos recursos literarios confirma que el Señor concede el éxito a todas las empresas de David.
▲ COMENTARIO
1 S 30,1-31
La batalla contra los amalecitas manifiesta que David está dotado de las cualidades que se esperan de un buen rey de Israel: antes de tomar una decisión de importancia acude al Señor para confortarse y para consultar (vv. 6-8), mostrando así la piedad que es indispensable en el rey. Además es un gran estratega al dirigir con eficacia su ejército poco numeroso (vv. 9-10); es sagaz y sabe aprovechar la debilidad de un egipcio para sorprender al enemigo (vv. 11-16); es ejemplar en el comportamiento con los enemigos al consagrar al anatema a los amalecitas, en contraste con lo que tiempo atrás había hecho Saúl (cfr 15,16-23); y finalmente sabe granjearse la confianza de los suyos al distribuir el botín entre todos sus hombres, haciendo partícipes incluso a los que no habían tomado parte en el combate (vv. 21-24). Este nuevo éxito de David es señal de que el Señor le protege y de que sus batallas son distintas y, sobre todo, entabladas muy lejos de la que va a acarrear la muerte a Saúl.
▲ COMENTARIO
1 S 31,1-13
La muerte de Saúl es narrada sin enjuiciarla, pero en un contexto de tristeza y de abatimiento que prepara el camino para la llegada de David, el rey liberador. La primera escena, la derrota de los israelitas (v. 1), es premonitora de lo que va a ocurrir. La segunda escena (vv. 2-7) es la muerte de Saúl precedida por la de sus hijos; es una muerte en soledad pues ni siquiera es consecuencia de la pelea. La siguiente escena (vv. 8-10) describe la suerte de los despojos de Saúl y de sus hijos que vienen a ser para los filisteos los trofeos más preciados de victoria, como en otro tiempo había sido el Arca (caps. 5-6). Incluso su cabeza es llevada al templo de Astarté. La última escena (vv. 11-13) refleja la piedad de los galaaditas (cfr 11,1-11) que recogieron los restos, los enterraron e hicieron el duelo correspondiente.
El primer libro de Samuel termina con la mención sobria de las honras fúnebres de Saúl, aunque falta el gesto de duelo más importante, el de David; pero esto quedará reseñado en el libro siguiente (2 S 1,1-27). El final de Saúl es también el fin de una monarquía balbuciente, que sirve de prólogo y preparación a la nueva etapa de la monarquía que ha de protagonizar David.
▲ COMENTARIO
1 S 31,4-5
Sobre la muerte de Saúl hay otra tradición según la cual lo mató un amalecita, es decir, uno del pueblo enemigo de Israel por antonomasia (2 S 1,6-10). En cualquier caso el autor sagrado no juzga la muerte del rey como un delito grave de suicidio, como tampoco lo hace en otros casos semejantes (cfr Jc 9,54; 16,30; 1 R 16,18), sino sólo como una muerte ignominiosa, indigna de un rey que debía ser modelo de fortaleza y valor. Cuando la revelación llegue a su plenitud en el Nuevo Testamento, se manifestará también la gravedad del suicidio: «Lo decimos, lo afirmamos y lo demostramos de todos los modos posibles: nadie debe darse muerte espontáneamente, ni por huir de los problemas temporales, ni por querer reparar pecados ajenos, ni por lavar sus antiguos pecados propios, ni por el deseo de una vida mejor. Nunca hay razón para quitarse la vida» (S. Agustín, De civitate Dei 1,26).