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Ex 25,1-31,18

Estos capítulos recogen las normas detalladas y minuciosas sobre la construcción del Arca y del Tabernáculo, cuya ejecución será narrada al final del libro, después de que el Señor haya restablecido el orden que los israelitas quebrantaron con la adoración del becerro de oro (caps. 35-40). La «tradición sacerdotal», a quien se atribuye la composición de ambas secciones, ha unido elementos antiquísimos del culto en el desierto con otros más recientes en una norma que orientaría la construcción del templo de Zorobabel (cfr Ez 40-48).

En efecto, es históricamente probable que las caravanas israelitas del desierto montaran una tienda especialmente dedicada al culto —el Tabernáculo— en el que depositarían el Arca, objeto portátil especialmente venerado en el que guardaban los tres símbolos de la liberación de Egipto: el báculo de Moisés, la urna con el maná (cfr Ex 16,33) y las tablas de la Ley. Los detalles sobre medidas, materiales a emplear, y el modo concreto de combinarlos, reflejan construcciones posteriores, como el templo de Silo y, sobre todo, el templo de Salomón en Jerusalén.

El autor sagrado deja entrever en esta descripción diversos temas doctrinales: en primer lugar, la legitimación del culto en el Templo, puesto que su construcción y su normativa se remontan al propio Moisés; por otra parte, la existencia misma de un Templo y su significado: el Tabernáculo del desierto, y más tarde el Templo, son un signo sensible de la presencia de Dios en medio del pueblo; por eso, el culto será siempre la manifestación del reconocimiento de la presencia activa de Dios entre los hombres. Finalmente, la construcción del Tabernáculo evoca en muchos momentos el relato de la creación (Gn 1,1-2,4): hay un orden directamente buscado, pues Dios mismo ordena cómo hay que «hacer» los elementos del santuario y los objetos de culto; y, al final, Moisés termina toda su obra (Ex 40,33; cfr Gn 2,2) y bendice aquel día a los artífices (Ex 39,43; cfr Gn 2,3). De esta forma se enseña que el templo y el culto reflejan un mundo nuevo.

La liturgia cristiana fomenta con mayor razón la dignidad de los elementos que utiliza porque celebra la novedad del misterio de Cristo y prefigura la liturgia celestial: «En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos participar con ellos y acompañarlos; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste Él, nuestra Vida, y nosotros nos manifestemos con Él en la gloria» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 8).

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Ex 25,1-9

La construcción del Santuario y del Arca se hará con los materiales que voluntariamente aportarán los hijos de Israel. El término hebreo terumah, que hemos traducido por ofrenda (v. 2), tiene carácter de tributo, en cuanto que cada cual tendría obligación de aportarlo en conciencia; pero tiene fundamentalmente un sentido religioso, como parte de un sacrificio (cfr Lv 7,14; Nm 15,19-21).

La dignidad del culto exige que se utilicen únicamente metales preciosos o elementos muy apreciados; algunos términos resultan hoy desconocidos, como «pieles selectas» (v. 5), literalmente «pieles de marsopa» o de tejón, o de un animal hoy desaparecido, quizá una especie de delfín que se criaba en el Mar Rojo. También la Iglesia se ha esmerado en el valor artístico de los lugares y elementos del culto. «La santa madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó constantemente su noble servicio y apoyó a los artistas, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 122).

El Santuario o Tabernáculo (vv. 8-9) son dos términos sinónimos que indican la tienda sagrada, es decir, la que se utilizaba para guardar el Arca, y en la que Dios se hacía presente a los hebreos. La nomenclatura refleja a la vez la trascendencia divina y su proximidad a los suyos: Dios habita en el Cielo, pero se comunica con su pueblo en la sekinah (morada). San Esteban recuerda el verdadero sentido del Santuario citando palabras de Isaías (66,1-2) para señalar que «el Altísimo no habita en casas construidas por manos de hombres» (Hch 7,48; cfr Hb 8,2; Ap 15,5).

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Ex 25,10-22

El Arca era un cofre rectangular, de madera de acacia y recubierto de oro por dentro y por fuera. El codo hebreo era la distancia del codo hasta el extremo del dedo medio, unos 45 cm.; por tanto las medidas del Arca serían aproximadamente 1,25 m., por 0,70, por 0,70 m. Los accesorios del Arca, anillas y varales, van encaminados a facilitar su traslado durante las diversas etapas del desierto. El Arca tuvo una importancia enorme en la historia antigua de Israel y, por tanto, adquirió distintos apelativos según los lugares o las tradiciones que la mencionan. Así, se la llama Arca de Dios (en Josué), Arca del Señor (en 1 Samuel), Arca de la Ley (en el libro del Deuteronomio), Arca del Testimonio. Era memorial del pacto entre Dios y su pueblo por contener las tablas de la Alianza; pero era, sobre todo, símbolo de la presencia de Dios (v. 22; cfr 1 S 4,4; 2 S 6,2).

El Arca estaba tapada por una gruesa placa de oro, denominada el Propiciatorio, porque el día de la Expiación (cfr Lv 16,15-16) el sacerdote rociaba sobre él la sangre de las víctimas implorando el perdón de los pecados del pueblo. San Pablo llama a Jesucristo «Propiciatorio», por cuanto en su sangre alcanza el hombre la remisión de los pecados (cfr Rm 3,25).

En los dos extremos del Propiciatorio había dos querubines, probablemente dos figuras de animales alados, que representaban a los seres espirituales o ángeles que sirven de cerca a Dios. Estas figuras, junto con el Propiciatorio, formaban una especie de trono majestuoso desde donde el Señor hablaba (v. 22; cfr Nm 7,89). De ahí la fórmula «el Señor que se asienta sobre querubines» (1 S 4,4; 2 R 19,15; Sal 99,1).

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Ex 25,23-30

La mesa del pan de la proposición (cfr 37,10-16) era también de madera de acacia, recubierta de oro. Sobre ella debían colocarse cada sábado doce tortas de pan, intercaladas con recipientes de incienso (cfr Lv 24,5-9). Significaban que el pan de cada día tiene su origen en la bondad de Dios (cfr el Padrenuestro). Por estar colocada la mesa delante del Arca, se llaman «panes de la presencia» (1 S 21,7), pero también «panes consagrados» (cfr 1 S 21,4-6) o «panes perpetuos» (Nm 4,7). Solamente podían comerlos los sacerdotes, aunque David en momento de persecución no dudó en alimentarse con ellos (1 S 21,4-7), hecho que aprovechó nuestro Señor para hablar de la libertad de espíritu frente a la letra de la ley (cfr Mc 2,23-28).

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Ex 25,31-40

El candelabro de siete brazos o menorah (cfr 37,17-24) debía ser de oro y debía pesar un talento, es decir unos 32 kg. Su descripción es bastante confusa, pero da idea de ser el elemento más artísticamente elaborado. No se conoce con exactitud el simbolismo de los siete brazos, pero quizá por representar un hermoso árbol, podría ser un signo más de que el Santuario era el lugar de la presencia de Dios, que da vida, luz y cobijo a los fieles. Ver también nota a Nm 8,1-4.

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Ex 26,1-14

La descripción del Santuario (cfr 36,8-19) es minuciosa hasta en los más pequeños detalles, aunque no resulta fácil hacerse una idea exacta, dado que utiliza una serie de tecnicismos que hoy se desconocen. Constaba de cuatro cobertores: el primero, de unos 17 por 12 metros era de lino, formado de diez tapices. El segundo, de 19 por 13 metros era de pelo de cabra. Sobre ellos se ponían otros dos cobertores, uno de piel de cabra, teñida de rojo, y otro de cuero fino, probablemente de piel de carnero. Aunque el Santuario tenía la apariencia de las tiendas que los israelitas utilizaban, es indudable su majestuosidad; la riqueza de sus elementos ponía de relieve la dignidad del culto y el convencimiento de que a Dios hay que entregarle siempre lo mejor.

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Ex 26,15-30

El armazón del Santuario (cfr 36,20-34) lo formaban grandes tablones de unos 4,20 por 0,60 metros. El conjunto resultante medía unos doce metros de largo por unos cinco de ancho; la altura sería de unos cuatro metros. Se conseguía así una estructura sólida similar al templo que se habría de construir en Jerusalén, pero con la diferencia de que todos los elementos del desierto eran desmontables y transportables.

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Ex 26,31-37

El Sancta sanctorum y el Sanctum eran las dos partes en que se dividía el recinto formado por los tablones. El primero, una habitación cuadrada de cuatro por cuatro metros, era el lugar más sagrado; en él se conservaba el Arca y era considerado como la morada del Señor. Allí sólo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez al año para el rito de la expiación (cfr Lv 16); la carta a los Hebreos presenta a Cristo como único sacerdote, que alcanza la redención universal, de una vez para siempre, con su sacrificio en la Cruz y con su entrada gloriosa en el Cielo (cfr Hb 9,1-14). Tal modo de aislar el recinto sacratísimo reflejaba la trascendencia de Dios. Este velo (v. 31) se mantuvo en el Templo de Salomón (cfr 1 R 6,15-16) y en el de Herodes; fue el que se partió en dos en el momento de expirar Jesucristo, como señal de que comenzaba una nueva era de salvación (cfr Mt 27,51), en la que todos los hombres tienen acceso directo a Dios.

En el recinto del «Santo» (hekal) se hallaban la mesa de los panes y, enfrente, el candelabro de los siete brazos. Tampoco aquí podían entrar los simples fieles, como lo indicaba el velo de la entrada. Pero era mucho más importante el velo ricamente bordado que aislaba el recinto del «Santo de los Santos» (debir).

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Ex 27,1-8

El altar de los sacrificios (cfr 38,1-7) es una especie de mesa de madera de acacia de 2 metros de ancho, 2 de largo y 1,20 de alto. En los cuatro extremos había cuatro cuernos, que serían untados con la sangre de las víctimas sacrificadas (cfr 29,12); al agarrarse a ellos, los fugitivos conseguían el derecho de asilo (cfr 1 R 1,50; 2,28).

No parece que la combustión de las víctimas se realizara sobre el altar, puesto que sus materiales no resistirían el calor de las brasas; es más probable que las víctimas se quemaran en otro lugar, según la normativa de Ex 20,24, y que sobre el altar se hiciera una combustión simbólica.

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Ex 27,9-21

El atrio del santuario (cfr 38,9-20) era un rectángulo amplio de unos 42 metros de largo por 21 de ancho. Las cortinas apoyadas en los postes separaban este lugar sagrado del resto del campamento. En la construcción del Templo de Salomón y en el Segundo Templo construido después del destierro, este recinto formaba los atrios (cfr 1 R 6,36) de donde Jesús habría de expulsar a los vendedores por profanar el lugar sagrado (Mt 21,12-17).

El uso de aceite puro de oliva (vv. 20-21) es un detalle más del valor y de la prestancia de todos los elementos del culto.

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Ex 28,1-5

Después de las normas sobre el Santuario y todos sus elementos se recoge la normativa sobre los sacerdotes. El sacerdocio en Israel era hereditario, lo ejercieron los descendientes de Aarón, y mucho más tarde los miembros de la tribu de Leví; pero éstos siempre tuvieron como modelo a Aarón, constituido sacerdote por el mismo Dios (cfr 29,4-7). La clase sacerdotal desempeñará un importante papel no sólo como sustentadores del culto, sino también como defensores de la fe y transmisores de la doctrina, especialmente a partir del destierro de Babilonia. Y desde la época de los Macabeos, tendrán un gran protagonismo también en asuntos políticos.

Los ornamentos sacerdotales reflejaban la dignidad del culto: debían ser elaborados con materiales preciosos y a cargo de los artesanos más hábiles.

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Ex 28,6-30

El efod (cfr 39,2-7) es la vestidura específica de los sacerdotes (cfr 1 S 2,18) y de los que participaban directamente en el culto (por ejemplo, David: cfr 2 S 6,14). El mismo nombre se aplicaba a un instrumento utilizado en los antiguos santuarios del norte que contenía las suertes con que se consultaba al Señor (cfr 1 S 2,28; 14,18-20); llegó incluso a designar un objeto idolátrico (cfr Jc 8,26-27). Como ornamento sacerdotal, es distintivo del Sumo Sacerdote, una especie de delantal que se sujetaba con un ceñidor y dos hombreras; en éstas llevaba dos piedras de ónice con los nombres grabados de las tribus de Israel.

El pectoral del juicio era un paño rectangular artísticamente bordado, colocado sobre el pecho y sujeto por la parte superior a las hombreras del efod y por la inferior al cinturón. Cuando el autor sagrado escribe, las vestiduras sacerdotales habían sufrido múltiples modificaciones; de ahí la dificultad para saber con exactitud cómo eran en su origen. Con todo, parece claro que el pectoral tenía una especie de bolsa interior donde se guardaban los urim y tummim, instrumentos para descubrir la voluntad del Señor y la suerte de los hijos de Israel (v. 30). Llevaba también engarzadas las doce piedras con los nombres de las doce tribus de Israel, mostrando así que la función principal del Sumo Sacerdote era representar al pueblo ante Dios en las funciones litúrgicas más solemnes.

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Ex 28,31-35

El manto del efod (cfr 39,22-26) era una amplia vestidura a modo de dalmática que llegaba hasta la rodilla, de una sola pieza y con una abertura para la cabeza. Era de gran prestancia con las granadas bordadas y las campanillas en la orla. El tintineo de estas campanillas, cuyo sentido originario no se conoce, vino a ser más tarde «memorial para los hijos de Israel» (Si 45,9) del esplendor de la gloria del Señor.

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Ex 28,36-39

El tocado de la cabeza (cfr 39,27-31) constaba de un magnífico turbante o tiara en cuyo centro llevaba una lámina de oro que probablemente tenía forma de flor (como así parece sugerirlo su raíz hebrea: cfr Nm 17,23) —símbolo de vida y salud— con las palabras «consagrado al Señor», es decir, separado de los demás para dedicarse a las cosas de Dios. Este lema vino a significar ante el pueblo que en la persona del Sumo Sacerdote se reparaban los pecados rituales involuntarios. La función expiatoria del sacerdote se irá subrayando con el paso del tiempo, de modo que llegue a ser el objeto principal de su misión: «El Sumo Sacerdote… debe ofrecer expiación por los pecados, tanto por los del pueblo como por los suyos» (Hb 5,3).

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Ex 28,40-43

Los demás sacerdotes vestirán también ornamentos artísticamente confeccionados, aunque menos solemnes. La última disposición (vv. 42-43) está relacionada con el precepto de Ex 20,26 y tiende a realzar el culto hasta en los más pequeños detalles evitando cualquier inmodestia (cfr 2 S 6,20-23).

Sobre el sentido de la investidura (v. 41) véase nota a Ex 29,9.

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Ex 29,1-9

El rito de consagración de los sacerdotes está descrito con toda minuciosidad. Algunos detalles se completan con la normativa de Lv 8. Este ceremonial supone que el sacerdocio era ejercido únicamente por los miembros de la tribu de Leví, hecho que ocurrió a partir del destierro de Babilonia. Anteriormente ejercieron funciones sacerdotales algunos no levitas como Micá (cfr Jc 17,5), Eleazar (cfr 1 S 7,1), y el mismo David (cfr 2 S 8,18). En este ritual hay, por tanto, elementos antiguos junto a otros que sólo tuvieron vigencia en el templo de Zorobabel.

La consagración tenía dos partes: la unción y los sacrificios. La unción con aceite significaba la dedicación exclusiva al servicio de Dios. Parece que sólo el Sumo Sacerdote debía ser ungido (cfr Lv 16,32; 21,10), a pesar de las alusiones a la unción de todos los sacerdotes (cfr Ex 28,41; 30,30; 40,15). Antes de la unción el Sumo Sacerdote debía bañarse totalmente y revestirse cuidadosamente con las vestiduras sacerdotales. Todos estos detalles reflejaban el estado de pureza ritual plena exigido al Sumo Sacerdote (cfr nota a 30,22-33).

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Ex 29,4

Los baños rituales significaban la pureza interior de los oficiantes. Siempre que se acercaban al altar debían hacer las abluciones de pies y manos (cfr 30,18-21); pero el día de la consagración debían lavarse todo el cuerpo. En la liturgia cristiana las abluciones son muy sobrias para significar la contrición interior; por ejemplo, el lavabo de la Misa es, ante todo, un signo de arrepentimiento acompañado de unas palabras tomadas del Salmo 51.

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Ex 29,9

Así investirás». Literalmente «les llenarás las manos» (cfr 28,41; Lv 8,22-29; Jc 17,5.12). Es un término técnico que probablemente alude a que se les entregaba por primera vez la parte de las víctimas que habían de ofrecer en los sacrificios. En la ordenación de sacerdotes cristianos, el Obispo entrega el cáliz y la patena como signo del ministerio que se les confiere.

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Ex 29,10-37

Los sacrificios de consagración son tres: uno expiatorio (vv. 10-14), según el ritual recogido en Lv 4,1-12; el segundo como holocausto (vv. 14-18), en alabanza y acción de gracias a Dios (cfr Lv 1); el último es un sacrificio de consagración (vv. 19-37), que tiene carácter de ofrenda, al que se le unen los panes ácimos (v. 32); además de sus peculiares detalles, es un sacrificio de comunión (vv. 31-37).

La importancia de la consagración del Sumo Sacerdote queda reflejada en la celebración de los tres sacrificios más solemnes. En el Antiguo Testamento los sacrificios son los actos específicos de culto, porque en ellos se expresa sensiblemente la unión con Dios, la soberanía del Señor sobre la creación y su misericordia al perdonar los pecados. La unión con Dios se hace patente sobre todo en los sacrificios de comunión, que son probablemente los más antiguos, en los cuales Dios acepta la víctima y recibe una parte en el altar, mientras que los oferentes comen el resto en un banquete sagrado. La soberanía de Dios queda reflejada más claramente en el holocausto, en el que Dios acepta la víctima completa en señal de donación del oferente, que reconoce el dominio supremo del Señor: «Todo proviene de ti y lo que te hemos dado es de tu misma mano» (1 Cro 29,14). Los sacrificios expiatorios expresan la fe en la misericordia divina: en ellos el rito con la sangre es imprescindible, en cuanto que refleja la purificación que Dios lleva a cabo. Ahora bien, los sacrificios nunca fueron ritos mágicos que alcanzasen su objetivo al margen de la actitud de los oferentes. De ahí la condena constante de los profetas contra quienes pretendían justificar su conducta depravada, multiplicando los sacrificios rituales (cfr Os 2,3-15; Am 4,4-5, etc.).

Estos tres sacrificios son, como la Pascua, figura del único y verdadero sacrificio de Jesucristo en la Cruz, que es a la vez expiación, holocausto y comunión.

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Ex 29,10

La imposición de manos sobre la víctima es un rito frecuente en los sacrificios. Este gesto no significa propiamente transmisión de los propios pecados a la víctima, ni sustitución del oferente, sino un signo de propiedad para indicar que la víctima es suya. Por tanto, este gesto indica que es el oferente quien hace el sacrificio, aunque sean otros, los ministros que realizan las diversas ceremonias.

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Ex 29,18

Es frecuente en la Biblia el antropomorfismo de que los sacrificios son aroma agradable para el Señor. Lejos de suponer un craso materialismo como si Dios se alimentara de las víctimas (cfr Dn 14,1-22), expresa que es voluntad divina que se le ofrezcan sacrificios; por eso, se dice, se complace en ellos.

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Ex 29,19-20

El sacrificio de consagración tiene como característica más propia el ritual de la sangre. Con ella, se unta no sólo el altar, sino también los lóbulos de las orejas, las manos y los pies del sacerdote, que debe estar tan separado de sus conciudadanos como lo está el altar de los objetos profanos. La triple unción concreta las exigencias de su oficio, pues el sacerdote debe escuchar siempre la voz de Dios, debe dedicarse a los trabajos del Templo, y debe caminar santamente. Tal es el sentido de la consagración de los sacerdotes.

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Ex 29,26-28

Esta ceremonia consistía en balancear de delante hacia atrás la porción de la víctima que, una vez ofrecida, quedaba en posesión de los sacerdotes para su sustento. El término tenufah que significa este balanceo ritual pasó al lenguaje ordinario para referirse o bien al sacrificio del que participaban los sacerdotes, o, incluso, a la parte de la ofrenda que les correspondía.

Otra parte de la víctima —hoy no conocemos cuál sería— se elevaba ritualmente y quedaba también como estipendio para los sacerdotes. El término técnico terumah vino a ser en el lenguaje ordinario sinónimo de ofrenda o tributo religioso (cfr 25,1).

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Ex 29,31-37

La comida que sigue a la consagración formaba parte del sacrificio y tenía carácter sagrado, ningún laico podía participar en ella. Además, los restos que quedaran debían quemarse. Todos los detalles del sacrificio de consagración reflejan insistentemente la trascendencia y santidad de Dios. Todo lo que formaba parte del rito, tanto instrumentos como personas, debían reflejar la idea de que a Dios se le sirve en exclusiva.

Las ceremonias de consagración se prolongaban durante siete días (vv. 35-37) porque abarcaban también la consagración del altar y de los demás objetos de culto. Eran celebraciones festivas poniendo así de relieve la alegría de quienes sirven al Señor: «Servid al Señor con alegría, acercaos a él entre gritos de júbilo» (Sal 100,2).

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Ex 29,38-46

Los sacrificios diarios se ofrecían desde muy antiguo en Israel, como lo atestigua el relato de Elías (cfr 1 R 18,29) y la ofrenda de Ajaz, rey de Israel (2 R 16,13). Pero con la minuciosa normativa que aquí se recoge (cfr Ez 46,13-15; Lv 6,2-6) parece que no se practicaron hasta después del destierro.

En lenguaje cultual un «décimo» de flor de harina equivale a un décimo de efah de flor de harina (cfr Lv 5,11; 6,13), es decir, a un décimo de la capacidad de un recipiente de unos 21 litros (cfr nota a Ex 16,32-36). Un hin, utilizado para el aceite, el vino o el agua, equivale aproximadamente a 3,5 litros.

El culto en Israel sufriría con el paso de los años muchas modificaciones, pero a pesar del peligro permanente de caer en un formalismo externo siempre mantuvo la idea de que los hombres pueden acceder a Dios, presente entre los suyos. Los vv. 44-46 reflejan con claridad que el culto es expresión de la fe en Dios, salvador de la esclavitud de Egipto. En la nueva Liturgia que nace de la obra redentora de Cristo, cada uno de los ritos forma parte de la acción sublime de Cristo Sacerdote, especialmente presente en su Iglesia, que tributa el culto debido a Dios Padre y alcanza la gracia a los fieles: «En esta obra tan grande (la Liturgia) por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7).

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Ex 29,45-46

Las prescripciones sobre la consagración de los sacerdotes y del altar terminan con esta enseñanza teológica, propia de la «tradición sacerdotal»: los prodigios del éxodo tienen como finalidad hacer presente a Dios entre su pueblo; pero también el Templo y el culto, que son memorial de aquel acontecimiento, han de ser expresión de que Dios está entre los suyos y es accesible a ellos. La liturgia cristiana hace realidad lo que entonces era figura y símbolo: «Cristo está siempre presente en su Iglesia, principalmente en los actos litúrgicos. Está presente en el sacrificio de la misa, no sólo en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz” (Conc. de Trento, sess. XIII), sino también, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues es Él mismo el que habla cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura. Está presente, finalmente, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20)» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7).

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Ex 30,1-10

El altar para el incienso (cfr 37,25-28; 40,26) estaba colocado en el Templo de Salomón delante del Santo de los Santos (cfr 1 R 6,20-22; 7,48). Desde tiempo muy antiguo el uso del incienso era común dentro del culto tanto en Mesopotamia como en Canaán. Siendo una sustancia aromática es muy apropiada no sólo para ambientar y perfumar los locales en las grandes aglomeraciones profanas o religiosas, sino sobre todo para significar la alabanza que sube olorosamente hasta el Cielo.

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Ex 30,11-16

El tributo en Israel tiene un marcado carácter religioso (cfr 38,24-31). En efecto, puesto que los israelitas, todos y cada uno, son posesión divina, los dirigentes no podían utilizarlos en provecho propio ni exigirles aportaciones económicas. Por tanto, el censo era una evidente ocasión de pecado (cfr 2 S 24) porque quienes lo hacían tenían el riesgo de inscribir como propiedad propia lo que sólo es de Dios; todo censo podía acarrear una plaga o cualquier otro castigo (v. 12). Para evitar esa intención torcida, se concedía a cada individuo mayor de edad el derecho de participar en el sostenimiento del culto; pobres y ricos son iguales ante Dios y tienen idénticos derechos: tal es el sentido de que el tributo personal sea el mismo para todos (v. 15).

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Ex 30,17-21

La pila de bronce para las abluciones (cfr 38,8; 40,30) facilitaba las purificaciones constantes de los sacerdotes. En contraste con los demás elementos del Santuario, no se detallan con la misma minuciosidad sus medidas. Tampoco se conocen las dimensiones exactas, aunque en el Templo de Salomón está atestiguada la existencia de un enorme recipiente («el mar de bronce»: cfr 1 R 7,23-26), sostenido por doce figuras de toros, y de otras diez pilas más pequeñas (cfr 1 R 7,38-39).

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Ex 30,22-33

El óleo de la unción (cfr 37,29) era una mezcla de aceite de oliva con otras sustancias aromáticas, muchas de ellas importadas y de alto precio. Puesto que el aceite se usaba tanto para el embellecimiento corporal (cfr Rt 3,3; 2 S 12,20; Mt 6,17) como para curar las heridas (cfr Is 1,6; Mc 6,13; Lc 10,34, etc.), la mezcla complicada del óleo de la unción reflejaba una vez más la dignidad del culto y la trascendencia de Dios, que exige la máxima perfección moral a sus servidores.

Con este óleo se ungían, además de los objetos más importantes del culto, a las personas consagradas, en concreto, a los sacerdotes, a los profetas y, muy especialmente, al rey (vv. 25-30; 1 S 10,1). Al rey se le aplicaba el título de Ungido (cfr 1 S 26,9.11.23; 2 S 1,14.16; 19,22). De ahí que este título es el más específico del futuro Rey-Mesías que el Nuevo Testamento aplica a Jesús, Señor Nuestro. «Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido” (…). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 436).

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Ex 30,34-38

La fórmula para elaborar el incienso (cfr 37,29) era bastante complicada; algunos tratados rabínicos tardíos describen una composición más refinada aún, con dieciséis ingredientes distintos. Únicamente podemos saber que muchas de las sustancias empleadas no eran oriundas de Palestina y que el uso del incienso suponía un refinamiento en el culto. Es, por tanto, una señal más de que no se escatimaba ni el valor material ni el esfuerzo humano en los elementos destinados al culto divino.

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Ex 31,1-11

Para asegurar que las obras del Santuario se van a realizar con toda perfección, siguiendo las indicaciones divinas, Dios transmite su espíritu de sabiduría, es decir, una extraordinaria habilidad, a los artesanos que Él mismo elige.

La sabiduría, tan apreciada en los pueblos orientales, es, según la Biblia, participación de la sabiduría divina: Dios es el único Sabio que ha llevado a cabo la creación del universo con habilidad y destreza únicas. Por tanto, los más sabios son los que mejor imitan a Dios; no lo son sólo los que gozan de unos conocimientos teóricos ni de una filosofía o capacidad intelectual superior, sino sobre todo los que están dotados de una pericia especial en la realización de lo que Dios quiere. Los artesanos del Santuario poseen la sabiduría para construirlo según el querer de Dios. Más adelante, los libros sapienciales enseñarán que los sabios no son los que más conocimiento poseen, aun cuando éste sea un conocimiento religioso, sino los que viven conforme a él. Es decir, el sabio es el piadoso.

La Sabiduría divina es el atributo que más ampliamente se explica en el Antiguo Testamento, hasta el punto de que llega a personificarse (cfr Pr 8,22-31). En el Nuevo Testamento, por ejemplo en el prólogo del Evangelio de San Juan (Jn 1), se atribuyen al Verbo rasgos de la Sabiduría creadora de Dios.

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Ex 31,12-17

Al introducir en este contexto las prescripciones sobre el sábado, el texto sagrado quiere significar que su observancia es el acto de culto más importante del pueblo de Israel. Quizá porque las normas de estos dos capítulos (30-31) son tardías y minuciosas, también esta sección suele considerarse como la más completa sobre el significado del sábado.

En efecto, aquí se indican tres razones, ninguna de ellas de tipo social, por las que el descanso sabático tiene carácter religioso: la soberanía de Dios (v. 13), la Alianza (vv. 16-17) y la pertenencia al pueblo de Dios (vv. 14-15). El descanso dominical cristiano tiene también este triple significado, al conmemorar la resurrección del Señor en la que se hace realidad la nueva creación, la nueva Alianza y el nuevo pueblo de Dios.

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