▲ COMENTARIO
Ex 32,1-34,35
Terminada la relación de prescripciones sobre la construcción del Santuario, se reanuda el relato interrumpido al final del cap. 24. En esta última sección narrativa se relata el grave pecado de apostasía en el desierto (cap. 32) y la renovación de la Alianza (caps. 33-34).
Ante el amor de Dios que han supuesto los acontecimientos del Sinaí, la primera acción del pueblo como tal vuelve a ser un pecado, esta vez un gravísimo pecado de idolatría, merecedor de castigo severo. Pero, por intercesión de Moisés, Dios se mantiene fiel a su Alianza y continúa dirigiendo la historia del pueblo. En los acontecimientos que aquí se relatan, el pueblo toma conciencia de su propio pecado, del alcance del castigo y, sobre todo, del perdón de Dios «lento a la cólera y rico en misericordia» (Ex 34,6).
De esta forma, vuelven a aparecer las grandes enseñanzas del Éxodo: la unidad de Dios que exige un culto exclusivo; la elección del pueblo, liberado de los peligros externos, pero sobre todo de las perversiones interiores; la Alianza ratificada una y otra vez; y, en definitiva, la manifestación de Dios, justo y misericordioso, que entabla un trato íntimo con los hombres.
▲ COMENTARIO
Ex 32,1-6
El toro o becerro era en el antiguo Oriente uno de los símbolos de la divinidad, en cuanto que, por su fortaleza, simbolizaba la omnipotencia divina. El rey Jeroboam mandó poner sendos becerros en los templos de Dan y Betel (cfr 1 R 12,28) al producirse la escisión del Reino del Norte. Puesto que con la imagen del becerro se pretendía representar al verdadero Dios, no se trata propiamente de un pecado de idolatría sino de la transgresión del precepto de hacer imágenes del Señor; bien es verdad que este mandamiento tenía por finalidad evitar toda ocasión de idolatría (cfr Hch 7,40-41).
Mientras Moisés estaba lejos en el monte (cfr 24,18) Aarón no fue capaz de negarse a las exigencias del pueblo que le pide un dios sensible y palpable, como lo tenían otros pueblos. El contraste entre Moisés y Aarón es intencionado en este relato: el primero está en el monte en diálogo íntimo con el Señor para poder transmitir al pueblo lo que Dios quiere de ellos (cfr nota a 24,12-18); Aarón, en cambio, toma estas decisiones por sí mismo, sin contar con el querer de Dios. La enseñanza que el relato deja entrever es que el pueblo ha de tener siempre en cuenta la palabra de Dios, por encima de intereses o conveniencias humanas. «No quieras que te llene nada que no sea Dios. (…) La fe y el amor serán los lazarillos que te llevarán a Dios por donde tú no sabes ir. La fe son los pies que llevan a Dios al alma. El amor es el orientador que la encamina» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 1,11).
El autor sagrado hace hincapié en que el becerro era hechura de manos humanas, de plata y oro, y fabricado con técnicas conocidas; así vino a ser como cualquiera de los ídolos que tienen boca y no hablan, ojos y no ven (cfr Sal 106,19-20; 115,5ss.). La mención de la fiesta (v. 5) posiblemente incluía ritos idolátricos y orgiásticos, imitando a otros pueblos. Con todos estos detalles queda claro que el pecado de Israel es muy grave, al abandonar radicalmente el camino marcado por el Señor (v. 8). Han roto la Alianza antes de estrenarla.
▲ COMENTARIO
Ex 32,7-14
Este diálogo del Señor con Moisés contiene las bases doctrinales de la historia de la salvación: alianza, pecado, misericordia. Sólo el Señor conoce la gravedad del pecado: con la adoración del becerro de oro, el pueblo se ha apartado del camino y ha pervertido el sentido del éxodo; pero, sobre todo, se ha rebelado contra Dios y le ha abandonado, quebrantando la Alianza (cfr Dt 9,7-14). Dios ya no le llama «mi pueblo» (cfr Os 2,8), sino «tu pueblo» (de Moisés) (v. 7). Es decir, le hace ver que se ha hecho como los demás, guiado por líderes humanos.
El castigo merecido es la destrucción (v. 10), porque aquél es un pueblo de dura cerviz (cfr 33,3; 34,9; Dt 9,13). El pecado merece la muerte: así ocurre con el primer pecado narrado en Gn 3,19 y con el pecado que dio origen al diluvio (cfr Gn 6,6-7). Ahora bien, por encima del delito prevaleció siempre la misericordia.
Moisés, como en otro tiempo Abrahán en favor de la ciudad de Sodoma (Gn 18,22-23), intercede ante el Señor. Pero esta vez la intercesión tiene éxito, porque Israel es el pueblo a quien el Señor ha hecho suyo: lo eligió, sacándolo de Egipto con poderío; por eso, ahora no puede volverse atrás; más aún, lo había elegido desde el juramento hecho a Abrahán (cfr Gn 15,5; 22,16-17; 35,11-12). Estableció con él la Alianza que Moisés rememora al referirse a «tu pueblo, al que has sacado del país de Egipto» (v. 11). De esta forma, promesa, elección y Alianza forman la base que garantiza el perdón divino, aun de los pecados más graves.
Dios, en efecto, perdona a su pueblo (v. 14), no porque lo merezca, sino por pura misericordia y movido por la intercesión de Moisés. Así el perdón y la conversión son igualmente iniciativa divina. Se juega con los pronombres («tu pueblo», v. 7; «su pueblo», v. 14) para poner de relieve el proceso que va del pecado a través de la conversión hasta llegar al perdón.
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Ex 32,15-24
También el castigo narrado en estos versículos está cargado de significación. En primer lugar, Moisés rompe las tablas escritas por Dios (vv. 16.19), indicando que el pecado ha quebrantado la Alianza, y que la principal consecuencia y castigo del pecado es la falta de Ley (cfr Am 8,11-12), es decir, lo que hoy llamaríamos la pérdida de conciencia de pecado.
Moisés destruye el becerro porque no tiene en sí ninguna fortaleza. Las tablas eran «obra de Dios» (v. 16), mientras que el becerro lo habían hecho los hombres (v. 20). Y les da a beber los residuos (v. 20) en un gesto que recuerda las ordalías (cfr Nm 5,23-24), pero que tiene por finalidad enseñar que el pecado es personal: sólo quienes pecaron recibieron el castigo. Finalmente, el reproche a Aarón, que recuerda el que Dios dirigió a Adán (cfr Gn 3,11), descubre al verdadero culpable.
El misterio del pecado afecta también a los grandes personajes elegidos por Dios, y la Biblia no lo oculta. En otro lugar a Moisés se le recuerda su pecado (cfr Nm 20,12; Dt 32,51) y más tarde a David el suyo (1 S 12,7-9); en el Nuevo Testamento se narran también con detalle las negaciones de Pedro (Mt 26,69-75). La historia de la salvación la realiza Dios mismo, a pesar de las infidelidades de los hombres.
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Ex 32,25-29
La intervención de los levitas resulta un tanto extraña para la mentalidad moderna. Quizá es un relato que quiere realizar la función que los levitas habían de ejercer en el futuro: en efecto, los descendientes de Leví son alabados como guardianes de la palabra y de la Alianza (cfr Dt 33,9); aquí permanecen fieles a Moisés y son capaces de distinguir entre culpables e inocentes. Toda la sección del castigo muestra que el pecado, aun siendo perdonado, no por eso queda impune. La Iglesia enseña que el pecado, además de ser ofensa a Dios, «hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes causados. Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por tanto, debe hacer algo más para reparar sus pecados. (…) Esta satisfacción se llama también penitencia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1459).
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Ex 32,30-35
El nuevo diálogo de Moisés con el Señor resume lo narrado en todo el capítulo. Moisés actúa una vez más como intercesor; el Señor se muestra misericordioso y perdona. «De esta intimidad con el Dios fiel, tardo a la cólera y rico en amor (cfr Ex 34,6), Moisés ha sacado la fuerza y la tenacidad de su intercesión. No pide por él, sino por el pueblo que Dios ha adquirido. Moisés intercede ya durante el combate con los amalecitas (cfr Ex 17,8-13) o para obtener la curación de María (cfr Nm 12,13-14). Pero es sobre todo después de la apostasía del pueblo cuando “se mantiene en la brecha” ante Dios (Sal 106,23) para salvar al pueblo (cfr Ex 32,1-34,9). Los argumentos de su oración (la intercesión es también un combate misterioso) inspirarán la audacia de los grandes orantes tanto del pueblo judío como de la Iglesia. Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su Gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2577).
Pero el pueblo habrá de soportar una pena en el tiempo oportuno (v. 34). A lo largo de la historia bíblica, Israel tiene conciencia de merecer un severo castigo por éste y otros pecados que irá acumulando. Los profetas identificarán el destierro a Babilonia con el pago de esta deuda.
La mención del libro en el que Dios escribe los nombres de los que Él ha elegido, como en un empadronamiento (cfr Is 4,3; Ap 3,5.12; 17,8), es un modo gráfico de reflejar la predilección divina por aquellos que tienen una misión que cumplir en la obra de la salvación.
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Ex 33,1-23
Después del pecado, el autor sagrado explica cómo va a comportarse Dios de ahora en adelante con su pueblo, cómo va a ser su presencia en medio de ellos: no podrá ser como antes del pecado (vv. 1-6) cuando los prodigios divinos llenaban de gozo al pueblo; a partir de ahora habrá más llanto (v. 6); solamente con Moisés mantendrá sus diálogos cara a cara (vv. 7-11). Pero Moisés intercede para obtener una presencia más activa de Dios (vv. 12-17) e incluso consigue ver la gloria de Dios (vv. 18-23).
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Ex 33,1-6
La orden de partida del Sinaí se fundamenta no tanto en la salida–alianza, que se adjudica a Moisés sino en el juramento–promesa que Dios hizo a los Patriarcas. Esto significa que la situación ha variado radicalmente después del episodio del becerro de oro.
El Señor mantiene la promesa de conducir al pueblo hasta la tierra prometida, pero no con su asistencia inmediata. La presencia del ángel (v. 2) que se había entendido como señal de protección (cfr 23,20; Nm 20,16), es interpretada ahora como castigo, porque significa que el Señor ha decidido quedarse lejos y enviar un intermediario. Esta decisión provocó una gran tristeza en el pueblo y sólo tras una nueva intercesión de Moisés será revocada (vv. 15-17).
El castigo que Dios inflige al pueblo negándole su presencia sensible recuerda el castigo del pecado de Adán (cfr Gn 3,24). Si aquél era el primer pecado del hombre, después de su creación, éste es el primero del pueblo, después de su constitución por la Alianza del Sinaí. Allí les expulsó de su presencia; ahora se niega a acompañarles. Allí ordenó al ángel que se interpusiera y les obligó a abandonar los bienes del paraíso; ahora también encomienda a su ángel una función de intermediario y obliga a los israelitas a despojarse de las joyas que probablemente habían utilizado en la fiesta del becerro de oro (vv. 5-6); más aún, Dios exige que se desprendan de ellas para mostrar de esta forma una actitud de conversión que deberán mantener durante el resto de su peregrinación en el desierto.
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Ex 33,7-11
La Tienda de la Reunión o del Encuentro, llamada en otras ocasiones del Testimonio o también Santuario, se refiere normalmente a la tienda principal del recinto sagrado, que se prescribe en los caps. 25-27. Aquí, sin embargo, aparece como distinta del Santuario, ya que éste se encontraba en el centro del campamento y era lugar de culto, mientras que ahora la Tienda está fuera y es un lugar de consulta (v. 7). Tal discrepancia probablemente es debida a que este texto pertenecería a una tradición más antigua que la sacerdotal. Mientras que ésta insistiría en los elementos cultuales, la anterior se fijaría más en los aspectos sociales.
El autor sagrado muestra con este relato que Dios continúa presente, pero a más distancia, y que sólo Moisés tiene el privilegio de conversar «cara a cara» con Él (cfr el contraste con 33,20). El pueblo es únicamente testigo mudo de los diálogos Dios-Moisés, aunque sigue siendo objeto de la predilección divina.
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Ex 33,12-17
Ésta es una entrañable oración de Moisés con dos peticiones: que Dios le enseñe el camino y que acompañe a su pueblo. El «camino» no es sólo la ruta material por el desierto, de la que Moisés y los suyos eran expertos, sino más bien las pautas de conducta. Este mismo sentido tiene en otros textos bíblicos, especialmente en los Salmos y como tal se ha usado en la ascética cristiana. «“Señor, indícame tus caminos, enséñame tus sendas” (Sal 25,4). Pedimos al Señor que nos guíe, que nos muestre sus pisadas, para que podamos dirigirnos a la plenitud de sus mandamientos, que es la caridad» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.1).
El Señor accede también a la segunda petición de acompañar al pueblo (vv. 15-17), con lo cual queda sin efecto el castigo que Dios mismo había anunciado antes (v. 3). De esta forma la presencia protectora de Dios seguirá siendo la señal distintiva de Israel. «Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cfr Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cfr Ex 33,12-17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 210).
Nuestro Señor manifiesta su amor a su pueblo, aproximándose a él. Lo mismo hace con cada alma: «Tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío» (S. Agustín, Confesiones, 3,6-11). Al llegar la plenitud de la Revelación, el Evangelio de San Juan enseña que en la Encarnación culmina la presencia de Dios entre los hombres: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
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Ex 33,18-23
Moisés pide un conocimiento más íntimo de Dios: ver su gloria, es decir, su naturaleza, su misma realidad divina. Pero, siendo Dios infinito, es imposible que el hombre, por su limitación de criatura, pueda comprenderlo o abarcarlo plenamente. Con frecuencia se lee que «nadie puede ver el rostro de Dios y permanecer con vida» (cfr v. 20; Gn 32,30; Ex 19,21; Dt 4,33; Jc 6,22-23). Para indicar la excelsa grandeza de Dios, la Escritura dice que incluso los Serafines ocultan su rostro ante la presencia del Señor (cfr Is 6,2).
La visión de Dios que aquí se narra de modo misterioso, es señal de un favor singular a Moisés, «amigo de Dios» (cfr Nm 12,7-8; Dt 34,10). Pero ni siquiera es una visión clara, sino sólo de espaldas, como indicando que el hombre sólo puede llegar a descubrir a Dios en las huellas que deja. Esta visión fue un privilegio muy especial, que volverá a repetirse con el profeta Elías (cfr 1 R 19,9-13). Precisamente estos dos personajes aparecerán en la Transfiguración en el Tabor (cfr Mt 17,1-7); allí se hizo patente la divinidad de Jesucristo. Sólo Él ha visto a Dios y lo ha dado a conocer (cfr Jn 1,18). La visión más plena de Dios la alcanzan los bienaventurados en el Cielo (cfr 1 Co 13,12; 1 Jn 3,2).
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Ex 34,1-28
La renovación de la Alianza es narrada en este capítulo siguiendo el mismo esquema del relato que narra el establecimiento de la misma (cfr Ex 19-24), pero con más brevedad y mencionando los dos protagonistas principales, Dios y Moisés.
En efecto, comienza con los preparativos para la teofanía y el encuentro con el Señor (vv. 1-5); sigue la revelación de Dios y la súplica de Moisés (vv. 6-9); y culmina con la renovación de la Alianza y el llamado Código Ritual (vv. 10-28). Las tablas de piedra reconstruidas tras el pecado del becerro de oro son el eje de la narración y simbolizan la oferta de Dios a mantener los lazos del pacto sellado de una vez para siempre.
▲ COMENTARIO
Ex 34,1-5
La teofanía está aquí descrita con sobriedad, pero contiene los mismos elementos señalados en el capítulo 19: preparación esmerada de Moisés (v. 2; cfr 19,10-11); prohibición de que se aproximen a la montaña los miembros del pueblo (v. 3; cfr 19,12-13); aparición de Dios dentro de la nube (v. 5; cfr 19,16-20).
Comparando ambos relatos, éste destaca menos la trascendencia divina y hace más hincapié en la familiaridad de Dios: «se colocó junto a él» (v 5). La iniciativa divina de aproximarse al hombre es patente y fundamenta la Alianza.
«E invocó el nombre del Señor» (v. 5). Por el contexto es Moisés quien invoca, aunque el texto hebreo admite que fuera Dios el sujeto del verbo, en cuyo caso el sentido debe ser: «Y proclamó su nombre, Señor». Es ésta la misma expresión del v. 6, que resulta más comprensible, suponiendo que es el Señor quien «proclama» y quien da la definición de Sí mismo cumpliendo así lo prometido (cfr 33,19). Cabe pensar que el autor sagrado ha dejado estas frases con el doble sentido intencionadamente porque tienen el mismo valor de revelación puestas en boca de Moisés o como pronunciadas directamente por Dios.
▲ COMENTARIO
Ex 34,6-7
A la invocación de Moisés, el Señor responde manifestándose a Sí mismo. La repetición solemne del nombre de Yahwéh (Señor) enfatiza la presentación litúrgica de Sí mismo ante la asamblea israelita. En la descripción que sigue y que viene a ser un estribillo en muchos otros lugares (cfr 20,5-6; Nm 14,18; Dt 5,9-18, etc.) se subrayan dos atributos fundamentales de Dios: la justicia y la misericordia. Dios no puede dejar impune el pecado y lo castiga siempre; los profetas enseñarán también que el castigo es, ante todo, personal (cfr Jr 31,29; Ez 18,2 ss.). Pero en este antiguo texto únicamente se señala de modo general que Dios es justo, para poner más de relieve que es misericordioso. El hombre que tiene conciencia de su propio pecado sólo tiene acceso a Dios, desde la certeza de que Dios puede y quiere perdonarlo. «El concepto de misericordia, comenta Juan Pablo II, tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. Debemos remontarnos hasta ella para que resplandezca más plenamente la misericordia revelada por Cristo. (…) La miseria del hombre es también su pecado. El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria desde los tiempos del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la Alianza, triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como “Dios de ternura y de gracia, lento a la cólera y rico en misericordia y fidelidad” (Ex 34,6). Es en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que Él había revelado de sí mismo y para implorar su perdón» (Dives in misericordia, n. 4). Sobre el «celo de Dios» véase nota a 20,5-6.
▲ COMENTARIO
Ex 34,8-9
Moisés vuelve a implorar al Señor en favor de su pueblo formulando tres peticiones que resumen otras muchas oraciones previas: su presencia y protección en la aventura del desierto (cfr 33,15-17), el perdón del gravísimo pecado cometido (cfr 32,11-14), y finalmente la decisión de tomarlos como heredad propia, distinguiéndolos así de todos los pueblos de la tierra (cfr 33,16) y haciéndoles volver al estado originario que Dios había anunciado como «posesión suya» (cfr 19,5). Estas tres peticiones serán constantes, en la vida del pueblo y de cada hombre que reconoce a Dios (cfr Sal 86,1-15; 103,8-10, etc.).
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Ex 34,10-28
Esta sección, considerada de «tradición yahvista», tiene un origen muy antiguo, probablemente anterior a las narraciones que lo enmarcan, como ocurre con otros textos legislativos de este libro. Del mismo modo que en la redacción del Decálogo moral (cfr 20,1-21), el recuerdo de las acciones divinas precede y fundamenta los preceptos y normas que vienen a continuación. De modo solemne comienza un discurso del Señor en el que se decide a establecer una Alianza con su pueblo.
La introducción histórica (v. 10) no se limita a enumerar los prodigios del éxodo, sino que abarca todas las maravillas que Dios va a realizar constantemente. La iniciativa divina en la Alianza es originaria y fundante para que el pueblo sea testigo permanente de la presencia protectora de Dios.
Hacer pactos y alianzas con los pueblos politeístas sería reconocer a sus dioses y exponerse al peligro de idolatría (vv. 12-13) o de sincretismo.
Al establecimiento de la Alianza sigue el denominado «Código Ritual» (vv. 14-28). Aunque en el v. 28 se denominan «diez mandamientos», es difícil reducir a diez todas estas prescripciones. Suele aceptarse que también este «código» o codificación de normas (cfr nota a 20,1-17), tuvo su origen y sus modificaciones independientemente del libro del Éxodo. Las prescripciones son fundamentalmente cultuales y suponen un pueblo ya sedentarizado, capaz de celebrar las fiestas de peregrinación, Ácimos, Pentecostés y Tabernáculos, aunque aquí aparecen en su normativa más embrionaria.
«Derribaréis sus estelas y destrozaréis sus aserás» (v. 13). Las estelas eran piedras conmemorativas a modo de obeliscos (cfr nota a 23,24-25). Las aserás o cipos eran monumentos de madera erigidos en forma de tocón de árbol más o menos adornados en honor de la diosa de la fertilidad Aserá, Astarté en griego.
▲ COMENTARIO
Ex 34,14-17
El contenido de los vv. 14 y17 puede considerarse como una nueva formulación de los dos primeros mandamientos (cfr 20,3-5), centrados en prohibir la idolatría y la construcción de imágenes. Los vv. 15 y 16 son prescripciones encaminadas a prevenir la idolatría; en ellos aparece la imagen esponsal, frecuente en los profetas a partir de Oseas (cfr Os 2,4-25), para reflejar la fidelidad exclusiva a Dios. Todo acto idolátrico es considerado como prostitución o adulterio contra el Señor porque la Alianza une al hombre con Dios con la fuerza del vínculo matrimonial. La imagen del amor matrimonial llega hasta el Nuevo Testamento que la aplica al amor de Cristo por su Iglesia: «Varones, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia» (Ef 5,25). El Concilio Vaticano II recoge esta doctrina en una frase sencilla y breve: «Cristo, en verdad, ama a la Iglesia como a su esposa, convirtiéndose en ejemplo del marido, que ama a su esposa como a su propio cuerpo (cfr Ef 5,25-28)» (Lumen gentium, n. 7).
▲ COMENTARIO
Ex 34,18-20
La guarda de los Ácimos podría ser el tercer precepto de este «Decálogo ritual» y la norma sobre los primogénitos, el cuarto. Aquí se señala el mes de Abib, como el de la salida de Egipto, pero no dice que sea el primer mes del año, en contraste con lo indicado en 12,2. Sobre la ley de los primogénitos cfr lo indicado en nota a 13,1-2.
▲ COMENTARIO
Ex 34,21
El precepto del descanso sabático, el quinto en el Código Ritual, está orientado a una sociedad agrícola, que todavía no se daba en la travesía del desierto. (cfr nota a 20,8). No aparecen motivos religiosos, bien porque es una formulación muy breve, bien porque siendo un texto muy antiguo, todavía no estaba desarrollado todo el sentido de este día dedicado al Señor. La revelación divina, incluso en los preceptos, es progresiva y sólo en el Nuevo Testamento alcanzará la plenitud.
▲ COMENTARIO
Ex 34,22-24
Las fiestas anuales de Pentecostés y de los Tabernáculos son el objeto del sexto mandamiento de este código. La peregrinación triple cada año parece suponer que el culto ya está centralizado en el templo de Jerusalén. Para una explicación detallada de las grandes fiestas del pueblo elegido, véase nota a 23,14-17.
▲ COMENTARIO
Ex 34,25
Los preceptos séptimo y octavo de este código, hacen referencia a la Pascua. Existe una formulación semejante en el Código de la Alianza (cfr 23,18), pero aquí la Pascua está desvinculada de la fiesta de los Ácimos, a pesar de que coincidieron en las fechas desde muy pronto. Este texto da pie a pensar que se trataba de dos celebraciones diferentes por su origen, por su significado y por su ritual. La Pascua era mucho más antigua, expresaba la peculiar protección divina y era un verdadero sacrificio, quizá el único que se celebraba en el ámbito familiar y no en el Templo (cfr nota a 12,1-14).
▲ COMENTARIO
Ex 34,26
También estos dos últimos preceptos son conocidos en otros textos legislativos (cfr 23,19). Se cierra así este Decálogo o Código Ritual que contiene normas muy diversas, aunque todas coinciden en estar orientadas al culto. Por esta razón, tales preceptos han sido superados con la venida de Jesucristo que es quien tributa al Padre el culto verdadero.
▲ COMENTARIO
Ex 34,27-28
La conclusión de la Alianza es tan sobria como su introducción (v 10). Sobre el sentido de los cuarenta días cfr nota a 24,12-18.
▲ COMENTARIO
Ex 34,29-35
La narración de los acontecimientos del Sinaí termina exaltando la figura de Moisés, cuyo rostro refleja la gloria de Dios.
«Su rostro se había vuelto radiante» (vv. 29.30.35). El término hebreo qarán, que significa «resplandecer, ser radiante», es muy parecido a qeren, que significa «cuerno». De ahí la traducción de San Jerónimo en la Vulgata: «Y su rostro volvió con cuernos luminosos», que ha influido en la tradición cristiana y en el arte. Así, por ejemplo, Miguel Angel esculpió su famoso Moisés, con dos luces luminosas, una a cada lado de la frente. En todo caso, el autor sagrado pretende indicar la transformación de Moisés por su proximidad con el Señor. El velo que cubría su rostro pone de relieve la transcendencia de Dios: los israelitas no sólo no pueden ver a Dios, sino ni siquiera el rostro de Moisés, su más íntimo intermediario.
San Pablo aludirá a este episodio para mostrar la supremacía radical de la Nueva Alianza y el sentido del ministerio apostólico, puesto que con la venida de Jesucristo todo ha quedado desvelado y el hombre tiene acceso directo al Padre (cfr 2 Co 3,7-18).
▲ COMENTARIO
Ex 35,1-40-8
La última sección del libro narra la construcción del Santuario con todos sus elementos. El autor sagrado, para subrayar la obediencia fiel de los israelitas, repite hasta con las mismas palabras las ordenanzas de los cap. 25-27 y 30. Incluso las breves adiciones dan mayor relieve a la fidelidad de aquellos hombres, que pusieron en práctica lo que el Señor había indicado. Son un acicate a que el lector imite la delicadeza en la obediencia.
▲ COMENTARIO
Ex 35,1-3
La prescripción del sábado con que finalizaban los encargos de la construcción del Santuario (31,12-17) se presenta aquí al principio. Adquiere así toda su importancia pues el día dedicado al Señor debe observarse incluso cuando el trabajo que se debe realizar ha sido ordenado directamente por Dios.
La prohibición de encender fuego, que podría estar implícita en 16,23, aparece solamente en este lugar del Antiguo Testamento. Aquí se trataba de una concreción oportuna, dado que lo necesitarían para hacer aleación de metales para muchos elementos del Santuario.
▲ COMENTARIO
Ex 36,2-7
La generosidad de los israelitas fue enorme, hasta el punto de que Moisés hubo de frenarles. Recordando el comportamiento de los hijos de Israel y las actuaciones de Dios con su pueblo, los profetas y las generaciones futuras consideraron la travesía del desierto como un ideal añorado y un punto de referencia al impulsar la conversión sincera hacia Dios (véase, por ejemplo, Os 2,16-17; Jr 2,6).
▲ COMENTARIO
Ex 38,8
No se sabe la función que estas mujeres ejercían a la entrada del Santuario (cfr 1 S 2,22). La versión griega de los Setenta dice «que ayunaban» y la también griega de Onkelos «que oraban». En ningún otro texto del Antiguo Testamento se habla de que las mujeres participaran en actividades del Templo.
▲ COMENTARIO
Ex 38,21-31
El estado de cuentas no corresponde a ninguna prescripción de los caps. 25-31. Probablemente ha sido añadido posteriormente puesto que los levitas no habían sido instituidos (cfr Nm 3,45-46), e Itamar llegó a estar al frente de ellos más tarde (cfr Nm 4,33). Con todo, el texto vuelve a subrayar la generosidad del pueblo.
▲ COMENTARIO
Ex 39,1
Según había ordenado el Señor a Moisés». Es un estribillo que se repite constantemente en este capítulo (vv. 1.5. 7.21.29.31) y en el siguiente (vv. 16.19.21. 23.25.27.29.32). Viene a confirmar que toda la obra estaba realizada con perfección: la obediencia es señal de fidelidad, y, en este caso, estímulo para las generaciones posteriores que deberán escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica.
▲ COMENTARIO
Ex 39,33-43
Una vez más se señala la importancia de cada uno de los elementos del culto. Llama la atención la insistencia en el cuidado de cada detalle relacionado con él. La Iglesia también insiste en la importancia de los detalles establecidos en la liturgia, especialmente a la hora de la celebración eucarística. «La Eucaristía es un bien común de toda la Iglesia, como Sacramento de su unidad. Y, por consiguiente, la Iglesia tiene el riguroso deber de precisar todo lo que concierne a su participación y celebración. Debemos actuar según los principios establecidos. (…) En condiciones normales omitir las prescripciones litúrgicas puede ser una falta de respeto hacia la Eucaristía, dictada tal vez por individualismo o bien por una cierta falta de espíritu de fe» (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, n. 12).
▲ COMENTARIO
Ex 40,34-38
Termina el Éxodo hablando nuevamente de la presencia de Dios entre los suyos, con la mención de la nube y de la gloria de Dios (cfr Ex 13,21-22). La nube acompañará al pueblo en la travesía del desierto (cfr Nm 9,15ss.), marcándoles el camino que deben seguir. En la tradición cristiana es imagen de la fe, que ilumina la peregrinación del cristiano de día y de noche hasta llegar a la tierra prometida, al Cielo. Los Santos Padres han considerado también esta nube como figura de Cristo: «Él es la columna que manteniéndose recta y firme, cura nuestra enfermedad. Por la noche ilumina, por el día se hace opaca, para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos» (S. Isidoro de Sevilla, Quaestiones in Exodum 18,1).