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RUT

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Rt 1,1-5

Se expone el motivo por el que una familia de Belén de Judá tuvo que abandonar su tierra y emigrar a la campiña de Moab. El libro de los Jueces narraba la opresión que sufrieron los de la tribu de Benjamín por parte de los moabitas en tiempos de Eglón de Moab (Jc 3,12-14). Sin embargo, ahora no se aprecia ningún reparo de esta familia israelita hacia ese pueblo. Se establece allí con paz y los hijos se casan con mujeres moabitas. Esas buenas relaciones quedan reflejadas en la amistad de David y el rey de Moab de la que hablan algunas tradiciones (cfr 1 S 22,3-4).

El nombre de Elimélec significa «mi Dios es rey» y el de Noemí, «mi agrado». Los nombres de los hijos significan: el de Majlón, «dolencia» y el de Quilyón, «destrucción»; los de las mujeres moabitas: Orpá, «la que da la espalda» y Rut, «la que reconforta». Todos ellos expresan bien las características de los personajes que los llevan.

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Rt 1,6-22

Noemí no engaña a sus nueras para que la acompañen. Al contrario, les expone con toda claridad la situación en la que se van a encontrar si lo hacen. En sus explicaciones (vv. 11-13) se sobreentiende que está pensando en la ley del levirato, en virtud de la cual si uno muere sin dejar descendencia, el hermano del difunto tomará a la viuda como mujer, y el primer hijo de ese matrimonio será considerado jurídicamente hijo del que murió (cfr Dt 25,5-10). De esa manera, si Noemí llegara a tener otro hijo, éste sería un nuevo cuñado de Rut y Orpá y quien, por la misma ley del levirato, podría tomarlas por esposas. Pero, aun teniendo en cuenta esa ley, no valía la pena que se quedasen con ella, ya que no tenía más hijos ni edad para tenerlos.

Orpá tomó una decisión que se comprende bien y es razonable. Se despidió de Noemí con gran pena y regresó a su casa. Tal vez por eso impresiona más la decisión asumida por Rut de abandonar su tierra y la casa de su familia para regresar con su suegra a la tierra, para ella extraña, de su difunto esposo. La firmeza de sus palabras constituyen un hermoso canto de fidelidad al Dios que ha descubierto en la familia de su marido: «Adonde vayas iré y donde pases las noches, las pasaré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios» (v. 16). Rut no pertenecía a Israel por nacimiento. El texto insiste repetidas veces en que era moabita (1,4.22; 2,2.6.21; 4,5.10), extranjera (2,10). Pero cuando conoce al pueblo de Dios se incorpora a él por propia decisión. Ratifica además su voluntad con un juramento imprecatorio (v. 17). La costumbre era manifestar en voz alta las maldiciones de que uno se hacía merecedor si no cumplía lo prometido. No obstante, en el texto sagrado es frecuente sustituir esas palabras, que habitualmente son fuertes, por una fórmula genérica: «Que el Señor me haga esto y aquello me añada» (cfr 1 S 3,17; 2 S 3,9, etc.).

La tradición cristiana ha visto en Rut a la Iglesia de los gentiles, de todos los hombres y mujeres de pueblos muy diversos que al conocer al Señor por el testimonio de otros se incorporan al Pueblo de Dios que acoge a todos los que creen en Él: «En ella encontramos —comenta San Ambrosio— una figura de la incorporación a la Iglesia de todos nosotros, que hemos sido recogidos de todos los pueblos» (Expositio Evangelii secundum Lucam 3,30).

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Rt 1,20

Como ya se ha señalado, Noemí significa «mi agrado». Pero cuando regresa a Belén después de haber perdido a su marido y a sus hijos pide que ya no se le llame Noemí sino Mará, «amargura». Saday es uno de los nombres con los que se designa a Dios en el Antiguo Testamento (cfr nota a Gn 17,1).

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Rt 2,1-17

El Señor retribuyó abundantemente la generosidad de Rut. Estas páginas hablan de la providencia de Dios, que con gran discreción, con aparente naturalidad, sin realizar acciones prodigiosas, fue disponiendo los medios para que no faltara a Noemí y Rut lo necesario para sustentarse. «La solicitud de la divina providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, de las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia. Las Sagradas Escrituras afirman con fuerza la soberanía absoluta de Dios en el curso de los acontecimientos: “Nuestro Dios en los cielos y en la tierra, todo cuanto le place lo realiza” (Sal 115,3); y de Cristo se dice: “si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir” (Ap 3,7); “hay muchos proyectos en el corazón del hombre, pero sólo el plan de Dios se realiza” (Pr 19,21)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 303).

En la Ley estaba previsto que después de segar un terreno no se volviese a recoger lo que se les hubiera caído u olvidado a los segadores, de modo que los necesitados pudieran alimentarse de las espigas que quedasen en el suelo (cfr Lv 19,9-10 y Dt 24,19). Rut, acogiéndose a esta medida humanitaria, sale tras los segadores para buscar algo de alimento y entra en el campo de Booz. Éste, al visitar a sus hombres, reparó en la muchacha y la trató con benevolencia al saber quién era.

Ese favor fue una muestra de la protección que le dispensó «el Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas buscaste refugio» (2,12), como le diría Booz. La idea de acudir al Señor para encontrar cobijo bajo sus alas es un modo de hablar frecuente en la Biblia (cfr Dt 32,10-11; Sal 17,8; 36,8; 61,5; 63,8 y 91,4) que expresa con gran fuerza poética la ternura con que Dios se hace cargo del cuidado de los que se acogen a Él. Nuestro Señor Jesucristo la utilizará también para manifestar el afecto que había mostrado hacia la Ciudad Santa sin ser correspondido: «Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste» (Mt 23,37).

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Rt 2,17

Un efah era una medida de áridos equivalente a 21 litros.

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Rt 2,18-23

La palabra goel (que aquí aparece por primera vez en plural, goalim, en el v. 20) podría traducirse por «redentor», aunque hemos preferido mantener en nuestra traducción el término hebreo, ya que tiene algunos matices peculiares. El goel de una persona era un pariente próximo, que tenía la obligación de resolver las situaciones comprometidas que se presentasen si aquel que se encontraba en dificultades no podía salir de ellas por sí mismo. Por ejemplo, si un israelita se veía obligado a vender una casa o un terreno de su propiedad, su goel debía rescatar esa propiedad de manos del comprador, pagando su precio, para restituirla a su propietario original (cfr Lv 25,25.29). Si el propio israelita había tenido que venderse como esclavo a uno que no pertenecía al pueblo, su goel lo debía redimir de la esclavitud (cfr Lv 25,47-49). Esta institución legal tenía como objeto el mantenimiento de las propiedades de cada familia, de modo que no pasasen a otras manos si sobrevenía algún revés de fortuna a un miembro del clan. No se conoce con certeza si el cumplimiento de la «ley del levirato» (cfr nota a 1,6-22) era también una de las obligaciones del goel, aunque lo más probable es que así fuera. En todo caso es una muestra de la importancia que tiene la institución familiar en el Antiguo Testamento y en toda la tradición cristiana: «Así, la familia, en la que se reúnen diversas generaciones y se ayudan mutuamente a adquirir una sabiduría más plena y a conjugar los derechos de las personas con las otras exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir con eficacia a la promoción del matrimonio y la familia» (Conc. Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 52).

Booz era un pariente próximo del difunto Elimélec, y por lo tanto era uno de los que tenía el deber y el derecho de actuar para salvaguardar las propiedades de su familia. Rut lo había encontrado aparentemente por casualidad. Sin embargo, tejiendo la trama de toda la historia se adivina la acción providente de Dios que hace que las cosas ocurran en el momento preciso y del modo adecuado (v. 20).

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Rt 3,1-18

La providencia de Dios cuenta también con los consejos llenos de sentido práctico de Noemí para que los acontecimientos se encaminen hacia una solución satisfactoria. Terminada la siega, y mientras había abundantes mieses en la era, el dueño del campo dormía allí para cuidarlas. Noemí sugiere a Rut que aproveche la ocasión para conversar con él y así lo hace ella. Instruida por Noemí, acude a buscar la protección de quien puede, con su matrimonio, asegurar la perpetuación de la familia de su difunto esposo.

Booz ve en Rut a una mujer virtuosa y se decide a ejercer los deberes de goel para con ella si aquel al que corresponde asumirlos en primer lugar declina hacerlo. A pesar de ser extranjera y no pertenecer por nacimiento al pueblo de Dios, se hace acreedora de los beneficios de las leyes sobre la redención (que se referían sólo a los israelitas) gracias a su fidelidad, bondad y sencillez.

Con la expresión «extiende el borde de tu manto sobre tu esclava» (v. 9), Rut está pidiendo a Booz que la tome por esposa (cfr Ez 16,8). De este modo se manifiesta nuevamente su resolución de adherirse al pueblo de su difunto esposo. Ya había tomado la decisión de acompañar a Noemí cuando regresó. Ahora se muestra dispuesta a perpetuar su familia.

En una lectura espiritual del texto, Rut sigue ofreciendo un modelo de gran fuerza expresiva para todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que, al buscar con sencillez a Jesús y al acercarse a su Iglesia, han sido llamados a participar de las promesas de Dios a su pueblo y a alcanzar la Redención llevada a cabo por Jesucristo.

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Rt 4,1-12

Puesto que Booz no era el pariente más próximo al que correspondía redimir las propiedades de Elimélec, antes de adquirir ningún compromiso con Rut, busca a ese pariente con intención de preguntarle en presencia de los ancianos del lugar si estaba decidido a actuar como goel o no. Para eso, se sienta en la puerta de la ciudad y, con la misma naturalidad con que la providencia de Dios hace que sucedan todas las cosas que se narran en este libro, en seguida el otro pasa por allí. Booz lo llama y habla con él. Tras advertirle de que no se trata sólo de adquirir el campo, sino también de contraer matrimonio con Rut, el otro declina hacerlo.

En el antiguo Israel la acción de entrar a un terreno y tirar el propio calzado sobre la tierra era una señal de posesión (cfr Sal 60,10; 108,10). En cambio, quitarse la sandalia y entregarla a otro es un modo de expresar la renuncia a esa posesión. Incluso, cuando uno se ratificase en presencia de los ancianos en desentenderse de una obligación derivada de la ley del levirato, la cuñada le debería quitar la sandalia con desprecio (cfr Dt 25,9-10). El libro de Rut fue escrito en una época tardía, cuando estas costumbres ya no estaban en uso, por eso el autor sagrado explica a sus lectores lo que significa ese gesto (v. 7).

Al recibir la sandalia en sus manos, Booz asumió su responsabilidad de adquirir las posesiones de Elimélec y tomó por esposa a Rut, dando cumplimiento a los deberes de goel y a la ley del levirato.

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Rt 4,13-22

Rut se ha beneficiado de la redención efectuada por Booz, y se ha incorporado al pueblo de Dios. Dios bendijo su matrimonio con un hijo, Obed, que pasando el tiempo sería abuelo del rey David. De este modo, esta mujer moabita que dejó su familia y su tierra por fidelidad al Dios de su esposo, fue premiada con generosidad por ese Dios que hizo de ella una de las grandes mujeres que protagonizaron la historia de la salvación (cfr 4,11-12). Rut entró así en la genealogía de David (vv. 18-22; cfr 1 Cro 2,5-15).

En el Evangelio de San Mateo aparece el nombre de Rut en la línea directa de la que habría de nacer Jesucristo (Mt 1,5). «Con razón recordó San Mateo mediante su Evangelio que el Señor, que habría de llamar a los gentiles a incorporarse a la Iglesia, Él mismo asumió según la carne un linaje en el que había extranjeros» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam 3,33).

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