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1 CRÓNICAS
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1 Cro 1,1-9,44
Las genealogías contenidas en estos capítulos están distribuidas en dos listas, la primera desde Adán a Israel (1,1-54), la segunda desde los doce hijos de Israel hasta David (2,1-9,44). Ambas están elaboradas con la misma intención doctrinal de todo el libro, esto es, señalar que el pueblo de Dios que ha regresado del destierro ha mantenido la identidad que tenía desde Adán y es, por tanto, el depositario de las promesas de salvación; tras el destierro, su existencia y su vida giran en torno a la figura de David y a la ciudad de Jerusalén. Las listas se basan en las genealogías ya conocidas por los libros anteriores —desde Génesis hasta Reyes—, pero sin ceñirse a ellas con exactitud, pues con frecuencia eliminan algunos nombres que podrían desviar la atención de la línea genealógica predominante —como ocurre con los descendientes de Caín recogidos en Gn 4,17-24— o añaden otros, como ocurre en las genealogías de los levitas.
Aunque no se relatan con detalle los grandes acontecimientos de la historia de Israel, se recogen breves noticias sobre algunos episodios significativos, especialmente los relacionados con el asentamiento de las tribus en las diversas zonas de la tierra prometida. También en este caso se mantiene el objetivo de destacar la ciudad de Jerusalén, resaltar la continuidad del pueblo y legitimar las funciones de cada tribu, en particular las de los levitas. Así se omite cualquier alusión a Moisés y al Éxodo que podría empañar la procedencia lineal de Abrahán; en cambio se subrayan los hechos, personas o lugares que acentúan la identidad del pueblo. De este modo, mientras que en el Génesis la tribu de Judá ocupa el cuarto lugar entre los hijos de Jacob (Israel) (cfr Gn 29,35; 35,23; 46,12; 49,8; cfr también 1 Cro 2,1), aquí pasa a ocupar el primer lugar (cfr 1 Cro 2,3; 12,25), pues ella recibió en herencia Jerusalén y de ella nació David. Lo mismo ocurre con la tribu de Leví, tan importante en la sociedad postexílica: se reseñan varias listas genealógicas y se enumeran varios grupos de ciudades levíticas (cfr 5,27-6,66).
En el primer gran periodo (1,1-54) Jacob es nombrado como Israel (v. 34), probablemente porque el Cronista piensa más en la unidad del pueblo que en los hechos históricos del progenitor. A los descendientes de Esaú (vv. 35-53) se les dedica bastante atención pero no volverán a aparecer en todo el libro. De este modo se concede una cierta relevancia a los edomitas (descendientes de Esaú/Edom), pero muy escasa si se compara con los israelitas (descendientes de Jacob/Israel), que van a ocupar el resto del libro. Solamente hay una breve alusión a un dato histórico: «Antes de que hubiera rey en Israel» (v. 43), dejando así constancia de que la monarquía fue un hito fundamental en la historia del pueblo de Abrahán; cabría decir que todo lo anterior es prehistoria.
El segundo periodo (caps. 2-7) comprende los largos años que van desde el nacimiento de las tribus de Israel hasta su asentamiento definitivo en las distintas zonas de Palestina. También aquí la intención doctrinal del Cronista orienta la elaboración de las listas realzando la descendencia de Judá (cap. 2), y, sobre todo, la de David (cap. 3) como figura culminante en la historia y punto de referencia para la identidad del pueblo. Del mismo modo se destaca la tribu de Benjamín, en cuyo territorio está la Ciudad Santa de Jerusalén (7,6-12; 8,1-40). Finalmente se da especial relieve a la tribu de Leví (6,1-66) haciendo constar los miembros que la componen, las funciones que desempeñan en el Templo y las ciudades que ocupan.
Los capítulos 8-9 constituyen un apéndice sobre los descendientes de Benjamín, entre los que sobresale Saúl, el primer rey de Israel, y sobre los habitantes de Jerusalén antes y después del destierro. Entre los que regresaron y ocuparon sus antiguas posesiones destacan las familias levitas. Estas genealogías últimas ponen más de relieve la estrecha relación de los repatriados con los antepasados de Saúl y de David; y, por tanto, el derecho a la herencia de las promesas patriarcales. La doctrina que subyace en las listas pervive hasta el Nuevo Testamento, donde las genealogías de Jesús (cfr Mt 1,1-16; Lc 3,23-38) le vinculan con los patriarcas, con David y con los repatriados de Babilonia. De esta forma los evangelistas confiesan que con Jesús da comienzo la plenitud de la historia de la salvación que en ningún momento llegó a interrumpirse.
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1 Cro 1,5-16
Las genealogías de Jafet (cfr Gn 10,2-4) y las de Cam (cfr Gn 10,6-9) son breves en comparación con la de Sem que culmina en Abrahán (v. 28). De esta forma el autor sagrado destaca a Noé y a Abrahán como dos figuras relevantes de la historia de la salvación. Nótese que de los dos hijos de Abrahán (v. 28) se nombra a Isaac antes que a Ismael aunque nació después.
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1 Cro 2,15
David es descendiente destacado de Judá. Según 1 S 17,12.14 era el más pequeño de ocho hermanos, sin embargo aquí ocupa con carácter simbólico el número siete.
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1 Cro 3,1
La lista de los hijos de David nacidos en Hebrón coincide con la de 2 S 3,2-5. Únicamente se cambia el nombre del segundo, Quilab, que en Crónicas es llamado Daniel. Es posible que tuviera ambos nombres, o que muriera muy joven, pues no tuvo ninguna relevancia en comparación con sus hermanos Amnón, Absalón y Adonías que fueron los aspirantes al trono de David.
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1 Cro 3,5-6
Salomón ocupa el último lugar entre los hijos de Betsabé, no porque sea el más joven, sino porque el autor, nombrándolo al final de la lista, quiere señalar que fue el más importante de sus hermanos.
«Betsabé, hija de Amiel». El texto hebreo dice «Batsúa» que es quizá otra forma del mismo nombre; por otra parte, según 2 S 11,3 era hija de Eliam. Este tipo de variantes se explican porque el autor de Crónicas probablemente utilizó, además de los libros de Samuel y Reyes, otras fuentes extrabíblicas que hoy no conocemos. Parece que ha habido repetición o confusión en los nombres de Elisamá y Elifélet (v. 6).
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1 Cro 3,10-24
Los descendientes de Salomón están distribuidos en dos listas sucesivas. En la primera (vv. 10-16) se enumeran los reyes de Judá hasta el destierro; en la segunda (vv. 17-24), los dirigentes repatriados de Babilonia. El destierro es aludido en el apelativo «el cautivo» de Jeconías (v. 17) para subrayar de esta manera la vinculación de los contemporáneos del Cronista con los que formaban el reino de Judá.
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1 Cro 4,1-23
Esta genealogía de Judá repite, con algunas variantes, la contenida en 2,3-55, y pone de relieve que la tribu más significativa de Israel es la de Judá, puesto que de ella había de nacer David en Belén (v. 4).
Los vv. 9-10 indican la importancia de Yabés, que en 2,55 aparece como ciudad. En las listas genealógicas se identifica frecuentemente el lugar geográfico de una familia con el personaje que se supone su fundador o antepasado. En todo caso el Cronista no deja de señalar que el desarrollo de los clanes se debe a una especial protección divina (v. 10).
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1 Cro 4,17-19
Estos versículos son distintos en el texto griego y en el hebreo, y ninguno de los dos es del todo inteligible. Hemos tomado como base el griego, aunque lo hemos completado con el hebreo que dice así: «17Hijos de Ezrá: Yéter, Méred, Éfer y Yalón. Yéter engendró a Miriam, Samay y Yisbaj, padre de Estemoa. 18Su mujer, la de Judá, le dio a luz a Yéred, padre de Guedor, a Éber, padre de Socó y a Yecutiel, padre de Zanóaj. Éstos son los hijos de Bitia, la hija de Faraón que tomó como esposa Méred. 19Y los hijos de la mujer de Hodías, hermana de Nájam, fueron: el padre de Queilá, el garmita, y Estemoa, el maacatita».
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1 Cro 4,24-43
La tribu de Simeón ocupaba el sur, junto con la de Judá, pero tuvo un desarrollo más limitado. En esta lista además de los descendientes (vv. 24-27 y 34-40) se señalan las ciudades adquiridas por herencia y otras que se anexionaron en sus incursiones pacíficas y bélicas (vv. 28-33 y 41-43).
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1 Cro 5,1-10
La genealogía de Rubén encabeza las de las tribus de Transjordania. Antes de iniciar la lista el Cronista intercala una indicación en la que justifica tres datos significativos: la pérdida de los privilegios por parte de Rubén, a pesar de ser el primogénito (v. 1; cfr Gn 35,22); la primacía de la tribu de Judá, porque de ella había de nacer David, «el soberano» (v. 2), el gran rey; y la importancia de las tribus de Efraím y Manasés, más extensas porque heredaron el derecho de primogenitura de José, el predilecto de Jacob. Estos datos confirman que las genealogías de Crónicas están elaboradas con criterios doctrinales más que con exactitud cronológica.
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1 Cro 5,11-22
La tribu de Gad habitó en Galaad, al otro lado del Jordán, en vecindad con la de Rubén. El Cronista, que sigue pendiente de la orientación doctrinal más que de la exactitud geográfica o cronológica, se detiene en el pacto estrecho que establecieron los de Gad con los de Rubén y los de Manasés para entablar batalla con un enemigo común, los agaritas (vv. 18-22). El Señor les prestará una especial protección y podrán apoderarse de los enseres y del territorio de los vencidos porque pelearon unidos en una «guerra santa», es decir, en una guerra «querida por Dios» (v. 22).
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1 Cro 5,23-26
Al final de la genealogía de la tribu de Manasés, que ocupó la región más septentrional de Transjordania, el autor sagrado deja una muestra más de la interpretación religiosa de los acontecimientos. La causa de la invasión de Asiria (durante los años 733-732 a.C., cfr 2 R 15,29) fue la infidelidad y la idolatría de las tribus que formaban el reino del Norte, y el rey asirio fue el instrumento del castigo en manos de Dios. Aplicando de esta manera la doctrina de la retribución queda justificada la desaparición del territorio de estas tribus para siempre.
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1 Cro 5,27-41
La tribu de Leví recibe una atención especial, pues se le dedica más espacio que a ninguna otra (5,27-6,66) y se coloca la genealogía de sus clanes y familias en el centro de las demás.
Esta primera genealogía de Leví enumera a los sumos sacerdotes pertenecientes a la familia de Aarón y Eleazar (cfr Nm 26,59-60) y deja entrever la especial protección divina sobre ellos, al destacar algunos detalles importantes: es la única relacionada con el Templo de Salomón, de modo que su construcción divide la genealogía en dos etapas casi simétricas; realza, como hace la otra genealogía de Aarón recogida más adelante (6,36-38), la figura de Sadoc de quien tomaron nombre los sadoquitas —saduceos del Nuevo Testamento—, que ejercían el sacerdocio cuando se escribió este libro; y, sobre todo, subraya la continuidad del sacerdocio supremo desde Aarón hasta Yehosadac, deportado a Babilonia (v. 41) y padre de Josué, primer sumo sacerdote de la restauración a la vuelta del destierro (cfr Esd 3,2).
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1 Cro 6,1-15
Esta segunda lista nombra en primer lugar a los descendientes de Leví (vv. 1-4), pero sin mencionar a María, la hermana de Aarón (cfr Ex 6,16-19 y Nm 3,17-20), que no fue progenitora de ninguna línea sacerdotal. A continuación (vv. 5-15) enumera otras familias sacerdotales, distintas de los sumos sacerdotes, con la intención de justificar que todos los que ejercieron el sacerdocio en Israel eran descendientes de Leví. En concreto, Samuel y su padre Elcaná (v. 12) entran aquí en la línea genealógica de los levitas, a pesar de que provenían de la tribu de Efraím (cfr 1 S 1,1). En cambio no figura Elí, el sacerdote de Siló, de quien el propio Samuel heredó el sacerdocio, porque sus hijos fueron castigados severamente a no transmitirlo a sus descendientes (cfr 1 S 2,34-36). Sin duda el Cronista pasa por alto las dificultades que podría plantearse un historiador minucioso y se limita a certificar la descendencia levítica de todos los sacerdotes.
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1 Cro 6,16-38
Dentro de la familia levítica ocuparon un puesto relevante los cantores, necesarios en el culto de después del destierro a Babilonia (cfr cap. 25). Aquí se señala que David en persona les encomendó la dirección del canto (vv. 16-17) y que, por tanto, había instituido este ministerio para siempre. Por otra parte, en la lista aparecen como descendientes de Leví los tres grandes sabios a los que se atribuye la composición de algunos salmos (cfr 1 R 5,11; Sal 89,1): Hemán (vv. 18-23), Asaf (vv. 24-28) y Etán (vv. 29-32). De esta manera los cantores adquirieron una altísima dignidad como sabios, como compositores de salmos y hasta dotados de funciones proféticas (cfr 25,2).
Además de dirigir el canto, los levitas de grado inferior ayudaban en todos los servicios del Templo (cfr Nm 3,9) a los sacerdotes, que eran los encargados de las ofrendas y los sacrificios (vv. 33-34).
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1 Cro 6,39-66
En la enumeración de las ciudades heredadas o cedidas a la tribu de Leví se sigue la relación de Jos 21,1-42 con pequeñas variantes. Hay levitas y sacerdotes en todas las regiones en las que están asentadas las restantes tribus, mostrando de este modo que eran imprescindibles en la vida del país. En concreto la distribución es la siguiente: a) Ciudades sacerdotales en el territorio de Judá y Simeón, con Hebrón como centro y ciudad de refugio (vv. 39-45; cfr Jos 21,9-19). b) Ciudades levíticas en Efraím, con Siquem como centro y ciudad de refugio (vv. 51-55; cfr Jos 21,20-26). c) Ciudades levíticas del norte asignadas a los guersonitas (vv. 56-61; cfr Jos 21,27-33). d) Ciudades levíticas de la zona de Zabulón (vv. 62-66; cfr Jos 21,34-35). El centro de la sección (vv. 46-50) resume esta misma distribución de ciudades entre las grandes familias levíticas: Quehat, Guersón y Merarí (cfr Jos 21,5-8).
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1 Cro 7,1-40
Las listas de las tribus del norte, excepto la de Dan y la de Zabulón, completan el mapa genealógico de Israel. A pesar de que los del norte ocuparon una zona muy amplia y de que desarrollaron una historia muy intensa, el Cronista se limita a reseñar las genealogías sin mencionar ningún episodio. De esta forma se refleja el convencimiento de que sólo los descendientes de las tribus del sur, es decir, los antepasados de los que regresaron del destierro, mantuvieron su identidad mientras que los del norte habían desaparecido en castigo por su idolatría y por sus otros pecados.
La genealogía de Benjamín (vv. 6-12) no coincide plenamente con la que aparece en 8,1-32. Aunque se han propuesto diversas explicaciones, únicamente puede afirmarse que a esta familia pertenecían gran parte de los repatriados. Quizá por eso conservaban dos genealogías diferentes.
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1 Cro 8,1-32
La genealogía de Benjamín recogida en este capítulo contiene anotaciones breves de episodios que, aunque difíciles de comprobar, van orientados a encumbrar unas veces la tribu de Benjamín, y otras la ciudad de Jerusalén. Ehud es el juez que liberó a los hijos de Benjamín de la esclavitud de Moab según cuenta Jc 3,12-30. El drama de Guibeá está narrado con detalle en Jc 19,1-21,25 y la huida de los benjaminitas (cfr Jc 20,45-47) es considerada aquí como una deportación (v. 7). En el v. 28 se reseña que los benjaminitas residían desde antiguo en Jerusalén (cfr v. 32), la futura capital del reino. Pero en Jc 1,21 se dice que los benjaminitas no pudieron expulsar a los jebuseos.
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1 Cro 8,33-40
Entre los descendientes de Benjamín sobresale Saúl, el primer rey de Judá. Su genealogía se repite en 9,35-44, pero aquí se reseña el valor y la destreza de los benjaminitas con el arco (v. 40; cfr 2 S 1,22; 1 Cro 12,2). El Cronista apenas recoge sucesos de la vida de Saúl, y atribuye a la familia entera las cualidades personales del rey.
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1 Cro 9,1-44
Este capítulo, que cierra la primera parte del libro dedicada a los antepasados de David, contiene unas listas de descendientes de Judá y Benjamín (vv. 4-16) casi idénticas a las de Ne 11,3-19. A continuación, enumera a los levitas porteros, con la descripción de sus funciones (vv. 17-34), y la genealogía de Saúl (vv. 35-44), reseñada en el capítulo anterior (8,33-40).
Pero antes de estas últimas genealogías hay una breve introducción (vv. 1-3) con los puntos doctrinales que vertebran la orientación religiosa del libro: en primer lugar, las listas aquí contenidas no son invención del autor, puesto que «todos los israelitas» (v. 1), literalmente «todo Israel», estaban inscritos en el libro de los Reyes. Esto significa que entre los que regresaron del destierro y los protagonistas de la historia antigua no hay ruptura. En segundo lugar, el destierro es interpretado como castigo por las infidelidades de los propios deportados, no de sus antepasados. Resplandece de esta manera la doctrina de la retribución personal e inmediata. Por último, Jerusalén es la capital donde residen tanto las tribus del sur (Judá y Benjamín) como las del norte (Efraím y Manasés). Se quiere certificar que se ha alcanzado la unidad, el «todo Israel», y que se ha superado toda división entre los reinos antiguos.
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1 Cro 9,20
«Que el Señor esté con él» es una fórmula frecuente en el judaísmo tardío para manifestar el respeto por una persona ya fallecida, pero que en la Biblia sólo aparece aquí: Pinjás había merecido una bendición especial del Señor (cfr Nm 25,6-13).
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1 Cro 9,35-44
La repetición de la genealogía de Saúl cierra esta primera parte dedicada a los antepasados. La dinastía que viene a continuación, la de David, ha de marcar el modo de ser del pueblo: es nueva porque nada tiene que ver con la de Saúl, pero es antigua porque hunde sus raíces en el origen mismo de la humanidad.
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1 Cro 10,1-14
Al comenzar los relatos de la monarquía el Cronista dedica unas líneas al reinado de Saúl y a su muerte, antes de presentar la figura de David, que será el protagonista y rey ejemplar en el resto de este primer libro de Crónicas. Nada se dice de Samuel y de los acontecimientos bélicos, sociales y religiosos que acaecieron en Israel durante la azarosa vida de Saúl, narrados en el primer libro de Samuel.
La muerte de Saúl (v. 13) pone fin a la primera dinastía que no llegó a consolidarse y deja el camino expedito para la siguiente, la de David, que permanecerá incólume y elevará al pueblo a la dignidad que le corresponde. La narración tomada de 1 S 31,1-13 introduce la noticia de que en la batalla murieron junto con el rey «todos los de su casa» (v. 6). Con esta modificación el Cronista deja sentado que la desaparición de la familia de Saúl fue parte del designio divino. David nada tuvo que ver, ni pudo ser acusado de crimen para alzarse con el trono.
Por otra parte, los últimos versículos (vv. 13-14), específicos de este libro, están redactados a modo de sentencia judicial: Saúl murió «por su infidelidad» al no guardar la palabra de Dios y no consultar al Señor sino a una pitonisa (cfr 1 S 28,1-25). El Cronista interpreta los hechos aplicando la doctrina de la retribución personal, según la cual cada uno recibe el castigo merecido por sus propios delitos, pero el Señor mantiene la iniciativa benéfica en el devenir de la historia. Ambos elementos están contenidos en la frase final: el Señor «le hizo morir, y entregó el reino a David, hijo de Jesé» (v. 14).
La insistencia en la responsabilidad personal de los propios actos constituye una novedad frente a la idea extendida en aquella época en el mundo oriental de que cada individuo es tan solidario con su familia y su pueblo que Dios castiga en los hijos los pecados de los padres (cfr Introducción). La enseñanza de que la retribución personal se dará en la otra vida es propia del Nuevo Testamento. Debe ser un estímulo para un comportamiento recto de cara a la eternidad. «La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien» (S. Fulgencio de Ruspe, De remissione peccatorum 2,12).
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1 Cro 11,1-12,41
Los acontecimientos del reinado de David van a ser ordenados con el fin de dejar constancia de la personalidad y cualidades de David; por tanto, aunque casi todos los datos están tomados del segundo libro de Samuel, las modificaciones son siempre interesantes para conocer la orientación doctrinal de Crónicas.
El reinado de David, tal como está recogido en este libro, comprende tres acontecimientos trascendentales: la subida al trono (caps. 11-12), el traslado del Arca a Jerusalén (caps. 13-16) y los preparativos para la construcción del Templo (caps. 17-29).
La subida al trono contiene la proclamación de David como rey (11,1-3), la conquista de Jerusalén (11,4-9), y la lista de los seguidores más fieles, primero los valientes (11,10-47) y luego los representantes de las tribus (12,1-41). Para ensalzar el prestigio de David se hace hincapié en que no encontró obstáculos en su ascenso al trono y, sobre todo, que desde el principio fue rey de «todo Israel», no sólo del sur.
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1 Cro 11,1-3
En este breve relato, paralelo a 2 S 5,1-3, afloran de nuevo los criterios de interpretación del reinado de David. En primer lugar no hay ningún dato de las divisiones entre el norte y el sur: acudieron a Hebrón «todos los israelitas», los de Judá —los que pronuncian las palabras: «Nosotros somos de tu misma carne…» (v. 1)— proclamaron a David rey en asamblea solemne (v. 2), los de Israel lo ungieron en un rito cultual (v. 3). La expresión «todo Israel», que aparece por vez primera en 9,1, vino a ser una fórmula fija (11,4.10) que refleja la unidad del pueblo.
Por otra parte, David es rey por designio divino, puesto que así «lo había dicho el Señor por medio de Samuel» (v. 3). Es doctrina repetida en el libro que Dios comunica su voluntad por medio de los profetas, de ahí que Samuel sea aquí considerado como profeta más que como juez o sacerdote.
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1 Cro 11,4-9
La conquista de Jerusalén, que será capital política de «todo Israel» (v. 4), está relatada según los datos de 2 S 5,6-10, pero omitiendo lo que puede entenderse como negativo para David, por ejemplo la oposición de los ciegos y cojos. Se trata de una entrada triunfal en la que David, además de apoderarse de la ciudad, antes Jebús, inicia su organización y gobierno: Joab se encarga de las restauraciones secundarias mientras que David en persona se reserva la construcción de las murallas de la ciudad.
Sobre el Miló (v. 8) cfr nota a 2 S 5,9.
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1 Cro 11,10-47
En el libro de Samuel esta relación de hombres valerosos está interpretada como un apéndice (cfr 2 S 23,8-38); aquí, al colocarla al comienzo del reinado de David, se da a entender que desde el comienzo «todo Israel» (v. 10) y sus más valerosos representantes dieron su consentimiento y su apoyo al nuevo rey. La insistencia en la unidad era una interpelación para los contemporáneos del Cronista, y lo es también para todos los creyentes de todos los tiempos. «Cuando nuestras ideas nos separan de los demás, cuando nos llevan a romper la comunión, la unidad con nuestros hermanos, es señal clara de que no estamos obrando según el espíritu de Dios» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 17).
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1 Cro 12,1-23
Junto a los más valientes, están los representantes de las distintas tribus que apoyaron a David, las del norte y las del sur. Amasay actúa como profeta, pues se dice que «el espíritu le invadió» (v. 19) y confirma con solemnidad que la monarquía de David es parte del designio divino.
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1 Cro 12,24-41
El censo del poderoso ejército de David refleja que el inicio de la monarquía no puede ser más prometedor: los soldados son numerosos y valientes, expresan su lealtad sin fisuras (v. 39) y traen abundancia de provisiones y de pertrechos (cfr v. 41). Todo ello confirma la protección divina a David y a su reinado.
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1 Cro 13,1-16,43
Siguiendo el relato del libro de Samuel (cfr 2 S 5,1-6,23), después de haber erigido Jerusalén como capital política, David le confirió también el rango de capital religiosa. Éste es el sentido del traslado del Arca de Dios a Jerusalén.
Pero el Cronista subraya en esta historia su particular orientación doctrinal. En primer lugar, la unidad del pueblo: «toda la asamblea» y «todo Israel» (cfr 13,2.4-6; 15,3.28; 16,3.43) aprueba sin excepción las decisiones del monarca. En segundo lugar, la ejemplar personalidad de David: no busca el provecho personal en la posesión del Arca (13,13), es apreciado por sus vecinos de Tiro (14,1-2), bendecido por Dios con numerosos hijos (14,3-7) y temido por sus enemigos, los filisteos (14,8-17). En tercer lugar, la importancia del culto y del Templo (15,1-16,43): el traslado del Arca se convierte en una liturgia extraordinaria con el protagonismo de levitas y sacerdotes, preámbulo y hasta prototipo de las ceremonias que habrán de tener lugar en el futuro Templo, una vez que regresen del destierro de Babilonia.
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1 Cro 13,1-14
La propuesta del rey fue aprobada de buen grado por «toda la asamblea», es decir, por el pueblo considerado como comunidad cultual (v. 4). De esta manera se pone de relieve que el traslado del Arca no es un acto social o político, sino estrictamente religioso. El Arca, el objeto más sagrado del culto premonárquico, era un cofre rectangular, de madera de acacia y recubierto de oro por dentro y por fuera (cfr nota a Ex 25,10-22). Entre otras denominaciones recibía la de «Arca de Dios», pues representaba la presencia de Dios entre su pueblo. Aunque el Cronista no oculta que el trato irrespetuoso del Arca puede acarrear incluso la muerte, como le sucedió a Uzá (v. 10; cfr nota a 2 S 6,1-23), sin embargo, en este libro termina el relato de forma positiva, con la bendición divina sobre Obededom y sus posesiones (v. 14).
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1 Cro 14,1-17
En estos episodios, tomados de 2 S 5,11-25, David es respetado y temido por los reyes extranjeros (vv. 1.17), pero sobre todo es el rey piadoso que reconoce la soberanía del Señor (v. 2) y cumple escrupulosamente la Ley al mandar destruir los ídolos de los filisteos (v. 12). La orden de quemar los ídolos, que no aparece en el libro de Samuel, es muy significativa para el Cronista, luchador infatigable contra la idolatría y defensor de la adoración al único Dios verdadero: «Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios. (…) La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2097).
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1 Cro 15,1-24
En los preparativos del traslado del Arca intervienen los protagonistas de la vida del pueblo y del culto: en primer lugar el propio David que prepara el lugar del Arca (v. 1), convoca al pueblo (v. 3) y da las órdenes oportunas (vv. 4.11-12.16). En segundo lugar, los levitas, escogidos en exclusiva para llevar el Arca (vv. 2.12) y organizar el canto litúrgico (v. 19). En tercer lugar, los sacerdotes, particularmente los nombrados por David, Sadoc y Abiatar (cfr 2 S 8,17), que se santificaron junto con los levitas (vv. 11.14). Y finalmente el pueblo entero convocado en asamblea litúrgica.
La liturgia de la Iglesia recoge gran parte de este pasaje en la Misa de la Vigilia de la Asunción de la Virgen. Enseña de esta manera que María Santísima es la verdadera Arca de la Alianza, Templo de la definitiva Presencia de Dios sobre la tierra. Hablando de la Asunción de Santa María dice San Juan Damasceno en un significativo juego de palabras: «Hoy descansa en el Templo divino, no fabricado por mano alguna, la que fue también Templo del Señor» (In Assumptionem 2).
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1 Cro 15,25-29
En el cortejo procesional aparecen los ancianos y los jefes de mil, es decir, todos los que gozaban de alguna autoridad; destaca una vez más la egregia figura de David, vestido «como todos los levitas» (v. 27), es decir, con la más alta dignidad en el culto. David es despreciado por Mical (v. 29), pero él no le responde como narra el libro de Samuel (cfr 2 S 6,20-23). De esta forma el episodio con Mical queda reducido a una simple anécdota que no empaña la grandiosidad de la ceremonia.
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1 Cro 16,1-43
Los levitas que habían trasladado el Arca reciben del mismo David el encargo de organizar el servicio litúrgico y el canto. Queda así establecido el estatuto de los levitas, como punto de referencia para los que vengan después, también para los que vivían cuando se compuso este libro.
«Celebrar, dar gracias y alabar al Señor» (v. 4) son tres elementos esenciales de la liturgia que estructuran también el salmo que viene a continuación. Celebrar es recordar gozosamente los prodigios del Señor (vv. 12.15); dar gracias es reconocer al Señor en sus obras (vv. 8.34.35); alabarle es participar de su gloria, gloriarnos en Él (vv. 10.25.36). En la liturgia cristiana, como respuesta de fe y de amor a las bendiciones espirituales que Dios Padre nos da, «la Iglesia, unida a su Señor y “bajo la acción del Espíritu Santo” (Lc 10,21) bendice al Padre “por su don inefable” (2 Co 9,15) mediante la adoración, la alabanza y la acción de gracias» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1083).
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1 Cro 16,8-36
El himno es un conjunto de piezas ya existentes, en concreto, del Sal 105,1-15 (vv. 8-22), Sal 96,1-13 (vv. 23-33) y Sal 106,1.47-48 (vv. 34-36). Algunas modificaciones son importantes, como la del v. 13 «estirpe de Israel», en vez de «estirpe de Abrahán» (Sal 105,6), pues de este modo quien canta es el Israel que ha vuelto del destierro de Babilonia y que celebra en su vida y liturgia los prodigios que Dios le ha hecho en el pasado y se sabe «reunido de entre las naciones para dar gracias a tu santo nombre» (v. 35).
Los que han vuelto del exilio encuentran en el culto un lugar privilegiado para reconocer su identidad como pueblo elegido por Dios que existe «desde antiguo y por siempre» (v. 36).
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1 Cro 17,1-27
Comienza la última sección del libro dedicada a narrar los preparativos para la edificación del Templo, la gran tarea que llevará a cabo Salomón. La profecía de Natán está recogida con fidelidad a partir de 2 S 7,1-29. Sin embargo, con pequeños retoques adquiere una orientación doctrinal acomodada a la etapa en que se encuentran tras el regreso del destierro. Mientras que el oráculo del libro de Samuel tiene carácter mesiánico, puesto que es aplicable a la dinastía davídica como tal y a cada uno de los descendientes de David, aquí tiene aplicación inmediata a Salomón y al Templo que se va a edificar.
En concreto, en el v. 1 se evita presentar a David como rey de paz y se omite «y el Señor le concedió la paz con los enemigos de alrededor» (1 S 7,1); con esto se indica que el Señor no se opone a la construcción del Templo, sino a que lo construya David, que no fue capaz de alcanzar la concordia con los vecinos y que durante toda su vida fue «hombre de guerra» (cfr 28,3). David, de hecho, cuidará con esmero los preparativos, pero será Salomón quien lleve a cabo la edificación. También es significativo el cambio de la pregunta: «¿Eres tú el que va a edificar una casa…?» (2 S 7,5), por la negativa tajante: «No eres tú el que me va a edificar…» (v. 4). En cambio se asegura que Salomón sí va a edificar el Templo: en 2 S 7,12 se lee: «Suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas…», mientras que en Crónicas leemos «suscitaré después de ti a uno de tus hijos, de tu linaje» (v. 11), concretando así que el linaje es Salomón.
Otra ligera modificación sirve para señalar que Dios no da estabilidad a la dinastía sino a la sucesión inmediata. La promesa: «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia» (2 S 7,16), se cambia del modo siguiente: «Lo [Salomón] estableceré en mi casa y en mi reino para siempre» (v. 14). Después del destierro, cuando no hay monarca reinante, permanecerá el mismo Templo y el mismo Señor que garantizará la permanencia del mismo pueblo. El significado teológico del Templo ha servido para explicar la novedad extraordinaria de la Encarnación de Jesucristo: «La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación del divino Templo, pero con mayor gloria; este nuevo Templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la ley, o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras. Con referencia a ello, creo que puede también afirmarse lo siguiente: el Templo antiguo era uno solo, estaba edificado en un solo lugar, Jerusalén, y sólo un pueblo, el israelita, podía ofrecer en él sus sacrificios. En cambio, cuando se hizo semejante a nosotros el Unigénito, (…) la tierra se ha llenado de templos santos y de adoradores innumerables, que veneran sin cesar al Señor del universo con sus sacrificios espirituales y con oraciones» (S. Cirilo de Alejandría, In Aggaeum 14).
Los cambios introducidos en la «oración de David» (vv. 16-27) en relación a como se recoge en 2 S 7,18-29 realzan más y más la piedad profunda del monarca dispuesto a reconocer que sus cualidades y sus éxitos se deben sólo al Señor.
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1 Cro 18,1-20,8
Las guerras de David relatadas en esta sección ponen de relieve cómo Dios bendice todas las empresas del monarca (cfr 17,27), incluidas las bélicas. Pero también manifiestan el comportamiento intachable del rey, de modo que los detalles más cruentos transmitidos en los relatos paralelos del libro de Samuel, aquí se atenúan o se omiten. Y sobre todo contribuyen de algún modo al esplendor del Templo pues, gracias al botín conseguido, Salomón podrá elaborar la pila y los demás objetos de bronce (18,8). Por último, el adulterio y la muerte de Urías, que el libro de Samuel narra en el contexto de estas guerras amonitas (cfr 2 S 10,1-12,31), se han omitido, posiblemente con el fin de preservar la fama de Salomón de toda sombra de impureza, incluso la que podría haber heredado de sus padres.
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1 Cro 18,17
Los hijos del rey, que según 2 S 8,18 eran sacerdotes, en este libro son presentados sólo con función política, reservándose para los levitas y los sacerdotes lo referente al culto. Esta separación de lo religioso y lo político llegó a ser importante a la vuelta del destierro y lo será más en el Nuevo Testamento. Los evangelistas recogen las palabras de Jesús que fundamentan la distinción entre el servicio de Dios y el de la comunidad política: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21).
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1 Cro 19,1-19
Este relato bélico es casi idéntico a 2 S 10,1-19, y las escasas modificaciones se deben al interés del autor por realzar la personalidad del rey David.
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1 Cro 20,1-8
Las guerras contra los amonitas y los filisteos son interpretadas como episodios en los que resplandecen las extraordinarias cualidades de David. Así, en la conquista de la capital amonita, Rabá, David no es el estratega que se contrapone a su lugarteniente Joab (cfr 2 S 12,26-28), sino el rey piadoso que lucha contra la idolatría y destroza la imagen de Milcom. Y en la lucha contra los gigantes refaítas no es David el joven osado que se enfrenta a Goliat (cfr 1 S 17,1-58) sino el rey maduro que acepta el sometimiento de los enemigos (v. 8), mientras deja que sus hombres protagonicen las peleas más cruentas. En cuanto rey vencedor, pero pacífico, es también figura de Cristo. «La palabra David significa mano fuerte. Era, pues, un gran guerrero. Confiando en el Señor, su Dios, emprendió todas las guerras, derrotó a todos sus enemigos; ayudándole Dios, llevaba el gobierno de aquel imperio; con todo, prefiguraba a cierto individuo de mano fuerte que había de someter a los enemigos: el diablo y sus ángeles. La Iglesia vence a todos estos enemigos. ¿Cómo los vence? Con la mansedumbre. Con la mansedumbre venció nuestro Rey al diablo» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 131,3).
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1 Cro 21,1-30
El episodio del censo, a pesar de que supone una ofensa contra Dios, (v. 7; cfr 2 S 24,1), es interpretado en este relato como marco para ensalzar la piedad de David, que se arrepiente sinceramente y prepara con esmero el lugar definitivo donde se levantará el Templo.
En efecto, el rey, engañado por Satán (v. 1), ordenó hacer el censo sin darse cuenta del pecado que cometía. Pero en cuanto conoció la decisión divina de castigar a Israel, comprendió la gravedad y necedad de su comportamiento y se humilló sinceramente (v. 8); aceptó el castigo, hizo penitencia junto con los ancianos (v. 16) e intercedió con insistencia por el pueblo pidiendo que el castigo recayera sólo sobre él (v. 17). A continuación el profeta Gad le hizo ver que Dios había elegido la era de Ornán para edificar allí el altar, lugar que será también el elegido para edificar el futuro Templo (v. 18): la presencia del ángel (vv. 15.19) confirma la elección, y el fuego sobre el altar de los holocaustos demuestra la aceptación definitiva de ese lugar por parte de Dios. David pagó una cantidad fuerte por la era, seiscientos siclos (v. 25). Según el libro de Samuel (2 S 24,24) pagó únicamente cincuenta; es probable que el Cronista interpretara que eran cincuenta siclos por cada una de las doce tribus, para que así todas colaboraran en los gastos. Al terminar los trámites de la compra el rey proclamó con toda solemnidad: «Éste es el Templo del Señor Dios, y éste el altar de los holocaustos de Israel» (22,1).
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1 Cro 21,1
«Satán» es el personaje que incita a los hombres al mal. El libro de Crónicas refleja una etapa muy avanzada de la revelación sobre el diablo y sobre los ángeles. En libros anteriores la palabra hebrea satán designa en general a todo adversario (cfr 1 R 5,18; 11,14-23) o al que engaña (cfr 1 R 22,19-23); todavía en Jb 1,6-12; 2,1-10 hace este papel de acusador ante el Señor y en Za 3,1 acusa ante Dios al sacerdote. Pero aquí satán, sin artículo, es nombre propio: «El que maquina el mal contra los hombres». En el Nuevo Testamento se designa con el nombre griego de «diablo» al mismo que urde las tentaciones al Señor (cfr Mt 4,1-11; cfr Lc 4,1-13) y ejerce la posesión de los endemoniados. La doctrina cristiana es clara sobre el carácter personal del diablo y sobre su intención de inducir a los hombres al pecado. «“Satanás, el seductor del mundo entero” (Ap 12,9) es aquél por medio del cual el pecado y la muerte entraron en el mundo, y por cuya definitiva derrota, toda la creación entera será “liberada del pecado y de la muerte” (MR, Plegaria Eucarística IV)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2852).
«El ángel», en cambio, es el cumplidor fiel de los mandatos divinos (vv. 12.15-16.20.30). En este episodio ha de ejecutar el castigo impuesto por Dios, por lo que se le denomina también «ángel exterminador» (v. 15; cfr Ex 12,23), y atemoriza a los hombres (v. 30). Dios interviene en los asuntos humanos a través de sus ángeles: «De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles» (ibidem, n. 334).
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1 Cro 22,1-29,30
La última sección de 1 Cro no tiene paralelos exactos en los libros de Samuel o Reyes aunque conserva algunos elementos aislados. El tema central es el proyecto de edificación del Templo, que por ser la última gran gestión del reinado de David, tiene carácter de testamento que tendrán que ejecutar su hijo Salomón, los sacerdotes y los levitas. Se muestra a David al final de su vida en paralelismo con Moisés: éste no llegó a entrar en la tierra prometida y tuvo que dejarle el puesto a su lugarteniente Josué (cfr Dt 31,1-3); David tampoco vio cumplido su gran deseo de edificar el Templo, y tuvo que encomendárselo a su hijo Salomón. En ambos casos el Señor guía los hilos de la historia a través de los hombres, instrumentos leales.
Todo el conjunto consta de tres elementos simétricos: los discursos de David dirigidos a Salomón y a los ancianos del pueblo (cap. 22), las listas de los servidores del Templo (caps. 23-27) y los discursos finales sobre la edificación y el ulterior servicio cultual (caps. 28-29).
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1 Cro 22,1-19
El discurso de David a Salomón (vv. 7-16) es un canto a la paz: la dedicación a la guerra fue el verdadero impedimento para que David no edificara personalmente el Templo; y no porque todas las guerras sean moralmente condenables, sino porque sólo un «hombre de paz» podía construir el Templo que debe ser lugar de «paz y descanso» (cfr 28,2). Salomón, el elegido para edificarlo, lleva impuesto un nombre relacionado fonéticamente con Shalom (paz); en sus días el Señor concederá paz y tranquilidad a Israel (v. 9). En este sentido Salomón será también figura de Cristo, «Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios y, restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo, mató en su propia carne el odio y, exaltado por la resurrección, derramó el Espíritu de caridad en los corazones de los hombres» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 78).
El segundo discurso dirigido a los jefes (vv. 18-19) es una exhortación a «buscar al Señor» (v. 19), es decir, a cumplir decididamente la voluntad de Dios que en concreto era la edificación del Templo. Este testamento de David, que llevarán a cabo sus súbditos, deberá ser actualizado entre los que más tarde habían de volver del destierro y tenían la obligación de restaurar el Templo profanado por los babilonios.
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1 Cro 23,1-6
David transmitió personalmente el trono a Salomón sin intrigas sucesorias (v. 1), estableció las funciones de cada grupo de levitas (vv. 4-5) y distribuyó las familias levíticas por turnos (v. 6). De esta forma queda de manifiesto la lucidez mental y el gobierno eficaz de David hasta los últimos días. Y, sobre todo, su piedad y su dedicación al culto ya que puso las bases para el buen funcionamiento de los levitas.
La edad mínima de los levitas para iniciar su ministerio no fue siempre la misma: parece que inicialmente era de treinta años (v. 3; cfr Nm 4,3); en algún momento se rebajó a veinticinco (cfr Nm 8,24) y en la época de composición de Crónicas bajó hasta los veinte años (cfr v. 27). Probablemente a partir del siglo II a.C. la mayoría de edad estaba en los veinte años como lo atestiguan muchos documentos hallados en Qumrán (Regla de la Congregación 1,7-12). Estos detalles ayudan a comprender que Jesús, al comenzar su vida pública hacia los treinta años (cfr Lc 3,23), era considerado una persona de edad madura.
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1 Cro 24,1-19
La distribución de los sacerdotes en veinticuatro turnos (v. 4), atribuida a David, es un anacronismo porque refleja una organización que no llegó a tener vigencia hasta unos años después de Nehemías (cfr Ne 7,39-42; 10,2-9; 12,1-7.12-21). Sin duda el autor sagrado busca fortalecer el sacerdocio como institución fundamental a la vuelta del destierro de Babilonia. Esta misma distribución se mantuvo hasta el Nuevo Testamento donde se señala que Zacarías pertenecía al turno octavo de Abías (cfr Lc 1,8).
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1 Cro 25,1-31
Los cantores estaban distribuidos en 24 turnos, lo mismo que los sacerdotes. Después del destierro, cuando el culto adquirió mayor esplendor, los cantores estaban muy bien considerados y eran imprescindibles.
«Ejercían funciones proféticas» (v. 2) significa que en tiempos del Cronista ya se atribuía la composición de muchos salmos a las familias de cantores, especialmente a Asaf, Hemán y Etán. Y, en todo caso, es señal de que las composiciones musicales fueron adquiriendo cada día mayor relieve en la liturgia del Templo.
El cristianismo ha heredado el aprecio por la música en el culto: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 112).
En el v. 3 Semeí no aparece en el texto hebreo, pero lo atestiguan varios manuscritos griegos y es coherente con el v. 17. Como dice a continuación los hijos de Yedutún eran seis (v. 6).
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1 Cro 26,1-19
Los levitas encargados de guardar las puertas del Templo también gozaban de una dignidad muy alta puesto que estaban distribuidos también en veinticuatro turnos, como los sacerdotes. Obededom (v. 4), probablemente es el mismo que guardó el Arca en su casa (cfr 2 S 6,10-11; cfr 13,13). Por esta razón, a pesar de ser forastero, quizá filisteo, Dios le bendijo con una descendencia numerosa; y más tarde fue tratado como los levitas, con el encargo añadido de guardar los almacenes (v. 15).
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1 Cro 26,20-32
Los levitas, según atestigua aquí el libro de las Crónicas, tuvieron una enorme influencia en el Israel de después del destierro. Además del protagonismo en el culto, tenían a su cargo los tesoros del Templo y, sobre todo, la función de escribas, encargados de poner por escrito las decisiones administrativas, y la de jueces, encargados de dirimir los pleitos (v. 29).
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1 Cro 27,1-34
La organización del cuerpo administrativo, impuesta por David, era semejante a la del cuerpo cultual y reflejaba una sociedad muy jerarquizada y teocrática. Constaba de cuatro estamentos o clases: el ejército (vv. 2-15) dividido en doce secciones; la administración de las tribus (vv. 16-24) que recuerda la división del primer censo del desierto (cfr Nm 1,5-16); la organización de los bienes de la casa real (vv. 25-31) y, finalmente, el cuerpo de consejeros reales (vv. 32-34).
La mención del censo que había hecho Joab (vv. 23-24; cfr 21,1-6) significa que era legítimo hacer el recuento de los hombres aptos para la guerra, es decir, de veinte años en adelante, pero no de todos los israelitas, porque esto supondría desconfiar de que el Señor cumpliría la promesa de multiplicarlos (cfr Gn 15,5; 22,17).
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1 Cro 28,1-29,30
La conclusión del libro tiene carácter de declaración de última voluntad. Consta de varios discursos de David, dirigidos a la asamblea entera del pueblo (28,2-10 y 29,1-5), a su hijo Salomón (28,20-21) y a Dios mismo en emocionada plegaria (29,10-19). En todos ellos se repite la misma doctrina que ha vertebrado el conjunto del libro. En primer lugar, la unidad del reino, sin peleas ni divisiones entre el norte y el sur; en este sentido se repite una y otra vez la expresión ya conocida de «todo Israel» (28,4; 29,21.23.25-26). En segundo lugar, la doctrina de la elección divina, interpretada de modo singular. En efecto, Salomón es el «elegido por Dios» (29,1), como antes lo había sido Saúl (cfr 1 S 10,24) y David (cfr 2 S 6,21), pero en este caso con una finalidad concreta, la edificación del Templo: «El Señor te ha elegido para edificar un Templo que sea su santuario» (28,10; cfr 28,6.20; 29,1). Llegamos así al tercero y más importante punto doctrinal, la centralidad del Templo en la vida de Israel: David, por ser «hombre de guerra» (28,3), no podrá edificarlo, pero dejará en herencia a su hijo y a la asamblea el diseño de todas las dependencias (28,11-12.19), como antiguamente había hecho Moisés en el desierto cuando encomendó a los hijos de Israel el modelo del Santuario (cfr Ex 25,8-9). Más aún, David entregará las posesiones de la casa real y sus propios bienes (29,3-5) para contribuir a los gastos de construcción, y animará a los demás a hacer lo mismo (29,6-9).
Salomón llegará a edificar el Templo porque el Señor le concedió la paz (cfr 22,9) y él correspondió con la integridad de su corazón (29,19). Paz y virtud son condiciones previas para poner por obra los planes de Dios, así como el cumplimiento de los preceptos divinos (28,8-9) es requisito indispensable para poseer la herencia de la tierra y participar de las promesas divinas. «Paz completa tienen los que aman tu Ley, no hay tropiezo para ellos», canta el Salmo 119,165. Y comenta San León Magno: «Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios» (De beatitudinibus 95,9).
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1 Cro 29,10-19
La oración de David es un bello canto de acción de gracias, que concuerda más con la liturgia solemne del Templo reconstruido tras la deportación de Babilonia que con la sobriedad ceremonial que cabe suponer en tiempo de David. Consta de tres partes: una alabanza solemne a la soberanía y al poder de Dios (vv. 10-13), un reconocimiento humilde de la limitación de la persona y posesiones del orante, ya que todo es donación de Dios (vv. 14-17), y una petición para perseverar siempre con corazón íntegro (vv. 18-19). En esta plegaria David deja su testamento de hombre piadoso y queda como modelo para todos los israelitas que vengan después.
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1 Cro 29,23-25
La proclamación de Salomón, según estos datos, fue pacífica y no tuvo que superar ninguna oposición; ni siquiera se menciona a Adonías (cfr 1 R 2,13-25). Lo único que importa es que tuvo lugar dentro de una solemne liturgia en la que también fue ungido el sacerdote Sadoc (29,22). El reinado de Salomón comienza como modelo de gobierno teocrático, pues el trono de Israel es ahora «el trono del Señor» (v. 23). «Entre los israelitas, los reyes y sacerdotes lo eran por una unción material de aceite; no que fuesen ambas cosas a la vez, sino que unos eran reyes y otros eran sacerdotes; sólo a Cristo pertenece la perfección y la plenitud en todo, él, que vino a dar plenitud a la ley» (Faustino Luciferano, De Trinitate 39). Los cristianos, por la unción recibida en el sacramento del Bautismo y de la Confirmación, participan de la misión de Jesucristo: «Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda “el buen olor de Cristo” (cfr 2 Co 2,15)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1294).