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Salmos 25-34

Con Sal 25, construido con secuencia alfabética, se inicia un conjunto de salmos que va hasta Sal 34, compuesto de la misma forma. En los dos aparece además cantada la bondad del Señor (cfr 25,8; 34,9). En este conjunto se resaltan conceptos como el amor, la misericordia y la gracia de Dios (cfr nota a Sal 34).

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Salmo 25

Aunque con este salmo se inicia una nueva serie, conecta al mismo tiempo con el anterior en cuanto que ahora el orante alza su alma al Señor (v. 1) y no a los ídolos (cfr Sal 24,4), y en cuanto que muestra quién es el justo que teme al Señor y puede entrar en su Templo (cfr Sal 24,3; 25,12-15).

La oración se inicia con una súplica, hecha al principio en tono genérico de liberación (vv. 1-3), y después concretada en la petición de ser instruido por la Ley de Dios y en la obtención de perdón (vv. 4-7). Continúa con una reflexión sobre el proceder divino: primero contemplando su bondad (vv. 8-10), y después, tras la breve interrupción con la petición de perdón (v. 11), con la descripción de los bienes que el Señor otorga a quien le teme (vv. 12-15). Concluye con una nueva petición de perdón, de liberación de los enemigos y de integridad ante el Señor (vv. 16-21). Fuera ya de la secuencia alfabética con la que está construida el salmo, aparece una breve súplica por Israel (v. 22).

Junto a la petición de perdón y de protección divina, en este salmo se pide con insistencia que el Señor instruya interiormente al hombre y le ayude a seguir sus caminos (cfr vv. 4-5.14.21). Al elevar esta petición el cristiano se apoya en la promesa de Jesús de enviar desde el cielo al Espíritu de la Verdad «que os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Jn 14,26; cfr 16,13) y pide al Padre los dones del Espíritu Santo.

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Sal 25,1-3

«Levantar el alma» al Señor (cfr Sal 86,4; 143,8) significa el ardiente deseo de poner ante Él la propia existencia. «Alma» es uno de los términos configuradores de este salmo (cfr vv. 1.20), como lo son «confiar» y «esperar» (vv. 2.21) y «no quedar avergonzado» (vv. 2.20). Los «traidores sin motivo» (v. 3) pueden ser o los enemigos del salmista, o quienes han abandonado al verdadero Dios por los ídolos, traicionando la Alianza; ambas cosas van unidas en el poema.

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Sal 25,4-7

Se pide al Señor ser instruido en sus caminos, pues es Él quien lleva al hombre a la salvación (vv. 4-5), y se le pide perdón en virtud de su misericordia, amor y bondad (vv. 6-7).

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Sal 25,8-10

«Pecadores» y «humildes» están en paralelismo; humilde es el que reconoce su pecado ante Dios. Las palabras de estos versículos se cumplen en la venida de Nuestro Señor Jesucristo, pues «todas las sendas del Señor son misericordia y verdad ¿Qué caminos les enseñará sino la misericordia, con la cual se aplaca, y la verdad, por la que es insobornable? Ejerce la una en unos, condonando el pecado, y la otra en otros, juzgando los méritos. Y por eso todos los caminos del Señor son las dos venidas del Hijo de Dios: la una de misericordia, la otra de juicio. Por tanto, se acerca al Señor, siguiendo sus caminos, el que viéndose librado, sin merecimiento alguno propio, depone la soberbia y, en adelante, evita la severidad del que lo escudriña todo porque ha experimentado la clemencia del que vino en su ayuda» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 24,10).

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Sal 25,11

La súplica de perdón constituye el centro de esta oración sálmica, pues en el perdón se muestran la «misericordia» y «bondad» del Señor (cfr v. 7), fundamento de nuestra confianza en Él: «No dudéis del perdón por grandes que sean vuestras culpas; la magnitud de su misericordia perdonará, sin duda, la enormidad de vuestros muchos pecados» (S. Jerónimo, Commentaria in Ioelem).

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Sal 25,12-15

Teme al Señor el que cumple sus mandamientos, y como premio tendrá los bienes necesarios para la vida, descendencia y conocimiento del amor de Dios (vv. 12-14).

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Sal 25,16-21

El santo temor de Dios (cfr v. 12) hace volver constantemente a la oración, para —en primer lugar— pedir sin cesar perdón de todos los pecados (v. 18): de los errores de la juventud (cfr v. 7) y de las transgresiones de la Ley conscientes o inconscientes (cfr vv. 7.11). Sólo la experiencia del perdón divino puede liberar al hombre de su angustia personal (vv. 17-18). Por otro lado, la protección del Señor sobre la vida de quien acude a Él hace que éste pueda mostrarse como digno de respeto ante los demás (vv. 19-21).

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Sal 25,22

Esta breve súplica por Israel, añadida al final, quiere hacer partícipe a todo el pueblo de la liberación experimentada por el salmista (cfr v. 17).

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Salmo 26

Si en el salmo anterior el salmista reconocía su pecado y pedía perdón (cfr Sal 25,7.11.18), en éste presenta a Dios su inocencia y pureza de corazón; tales eran las condiciones requeridas en Sal 24,4 para entrar en el Templo y recibir la bendición del Señor. Sólo se es plenamente inocente cuando el Señor perdona (Sal 25); pero el hombre puede presentar ante Él su propia y legítima conciencia de inocencia, sin que equivalga a una autojustificación arrogante. En definitiva, se deja al Señor, cuya gloria está en el Templo (cfr Sal 24,7; 26,8), el hacer justicia (cfr Sal 24,5; 26,1).

El autor inicia su súplica pidiendo al Señor que juzgue y examine su conducta y sus sentimientos (vv. 1-2); después, los expone ante Dios aduciendo un recto proceder (vv. 3-8), y concluye implorando no correr la misma suerte que los pecadores y prometiendo una alabanza pública (vv. 9-12).

Solamente Jesucristo ha podido rezar este salmo con todo el alcance de sus palabras, ya que sólo Él ha podido decir que ha hecho siempre lo que agrada al Padre (cfr Jn 8,29). Al cristiano, las palabras de esta oración le hacen tomar una conciencia más profunda de la santidad en la que está llamado a vivir (cfr 1 Co 1,2; Ef 1,4; etc.).

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Sal 26,1-2

En la petición inicial subyace ya la contraposición entre el salmista y sus enemigos perseguidores, y entre la conducta de aquéllos y la de éste. «Entrañas» —literalmente «riñones»— y «corazón» indican lo más interior del hombre, la conciencia. Ahí es donde, en medio de las pruebas, surge la humildad y la paz que da el Señor, como enseñaba Santa Teresa de Jesús: «El Señor os lo dará a entender, para que saquéis de las sequedades humildad y no inquietud, que es lo que pretende el demonio; y creed que adonde la hay de veras, que, aunque nunca dé Dios regalos, dará una paz y conformidad con que anden más contentas que otros con regalos; que muchas veces —como habéis leído— los da la divina Majestad a los más flacos; aunque creo de ellos que no los trocarían por las fortalezas de los que andan con sequedad. Somos amigos de contentos más que de cruz. Pruébanos, tú, Señor, que sabes las verdades, para que nos conozcamos» (Moradas 3,1,9).

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Sal 26,3-8

En la apelación de inocencia (cfr Sal 7; 17) se presenta primero el haberse mantenido en la Alianza con Dios (v. 3; cfr Sal 25,10); después, el haber evitado los caminos del mal (vv. 4-5; cfr Sal 1,1) y, finalmente, el haber acudido al Templo para purificarse (v. 6) y cantar alabanzas al Señor (vv. 7-8). La liturgia cristiana tomó las palabras de los vv. 6-12 para que sirvieran de oración al sacerdote en el momento del lavabo de la Santa Misa. Es, en efecto, en el sacrificio eucarístico donde podemos expresar a Dios nuestra inocencia, el haber sido «lavados con la sangre del Cordero» (cfr Ap 7,14-17).

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Sal 26,9-12

Para mover a Dios a proteger la vida del justo se presenta ante Él el contraste de la propia conducta con la de quienes practican la violencia y la mentira (vv. 9-12a), así como el propósito de continuar alabándole en el Templo (v. 12b). La conciencia de caminar con integridad daba comienzo (cfr v. 1) y da fin a la oración.

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Salmo 27

La confesión de inocencia en el salmo anterior incluía acudir al Templo (cfr Sal 26,6-8); ahora se cantan el gozo y la salvación obtenidos allí (vv. 4-6). Antes se pedía a Dios que rescatase la vida (cfr 26,9-11); ahora se proclama que la vida está segura en Él (v. 1), en su Templo (v. 4) con Él en medio de los hombres (vv. 10-12).

En la primera parte del salmo se proclama la seguridad personal hallada en el Señor (vv. 1-6), y en la segunda se le dirige una encendida súplica pidiendo su intervención (vv. 7-12) y se vuelve a proclamar la confianza en Él (vv. 13-14). Aunque originariamente pudieran haber sido dos oraciones distintas, su unión en una sola indica el paso de la confianza a la petición.

Inicia el poema la afirmación, en forma de soliloquio y enfatizada en dos interrogaciones, de que el Señor es salvación y refugio (v. 1). Un refugio ante el que fracasan los ataques del enemigo (vv. 2-3) y que se encuentra precisamente en el Templo (vv. 4-6). La súplica, desarrollada quizá en el mismo Templo, pide al Señor que escuche cuando se le invoca (vv. 7-9); y, tras una breve reflexión que sirve para incentivar la oración (v. 10), se concreta en los bienes solicitados (vv. 11-12). Finalmente el salmista se reafirma a sí mismo en la esperanza (vv. 13-14).

La confianza contenida en las palabras: «El Señor es mi luz…» (v. 1), tiene para el cristiano una nueva referencia en las palabras de Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12: cfr Jn 1,9). Por otra parte, Cristo resucitado da el sentido pleno a la expresión «tierra de los vivos» (v. 13), pues es en el cielo donde está el verdadero Santuario de Dios (vv. 4-5; cfr Ap 7,15-16) y donde contemplaremos definitivamente su rostro.

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Sal 27,1

Las tres definiciones de Dios recuerdan a las de Sal 18,3.29; pero ahora se acentúa la sensación personal de seguridad que tiene el salmista. La relevancia que las primeras palabras del salmo tienen para el cristiano podemos verla, por ejemplo, en un sermón de San Juan de Nápoles: «El Señor es nuestra luz, Él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A Él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere» (Sermones 7).

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Sal 27,2-3

Estos versículos hacen pensar en el rey combatido a muerte —«devorar mi carne»— por sus enemigos, y que, aun en las circunstancias más difíciles, recobra la plena confianza al pensar en su Dios. Pero las expresiones adquieren el carácter de metáforas que resaltan con viveza la situación de cualquier hombre que se siente perseguido a muerte. Y también podría aplicarse a las tentaciones que ha de soportar el que quiere ser fiel a Dios: «Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 60,3).

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Sal 27,4-6

El primer deseo es permanecer junto al Señor, es decir, poder estar en el Templo para recibir su auxilio y poder darle gracias. El deseo de habitar en la casa del Señor no es sino un trasunto del deseo de salvación y de ver a Dios (cfr v. 8).

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Sal 27,7-9

La oración que se expresa con la voz (v. 7) brota de lo más íntimo del hombre que ansía ver el rostro de Dios, obtener su benevolencia —litúrgicamente en el Templo— (v. 8). San Agustín, comentando este salmo, escribe: «En lo escondido, donde solamente Tú lo oyes, te dijo mi corazón: Buscaré, Señor, tu rostro: perseveraré en esta búsqueda sin cansancio, a fin de amarte gratuitamente, pues nada encuentro más precioso que esto» (Enarrationes in Psalmos 26,8). Y San Anselmo, por su parte, exhorta: «Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él. Di, pues, alma mía, di a Dios: Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro. Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. (…) Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré» (Proslogion 1,97-100).

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Sal 27,10

En Dios encuentra el orante una seguridad y confianza comparables, aunque superiores, a las que encuentra en su padre y en su madre.

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Sal 27,11-12

Se pide al Señor no sólo que dé a conocer su voluntad sino la ayuda para secundarla (cfr Sal 25,4-5; 86,11).

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Sal 27,13-14

Los sentimientos expresados ahora corresponden a aquéllos con los que comienza el salmo, si bien añaden el matiz de la esperanza.

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Salmo 28

Continúa la misma actitud orante que en el salmo anterior, con el que éste tiene muchos términos en común: clamor, roca, escuchar, auxilio, etc. Ahora se pone mayor énfasis en el «escuchar» del Señor (vv. 2.6; cfr Sal 27,7) como condición para no acabar en la muerte (v. 1; cfr Sal 27,13). El gesto de levantar las manos hacia el Templo (v. 2) se une a la voz que anhelaba habitar en él (cfr Sal 27,4-6).

El autor comienza su súplica pidiendo al Señor que le escuche (vv. 1-2) y que castigue a los malvados (vv. 3-5); después alaba al Señor por haberle escuchado (vv. 6-7) y pide la salvación para el pueblo (vv. 8-9).

Este salmo adelanta la promesa de Jesús de que el Hijo del Hombre, en su venida, «retribuirá a cada uno según su conducta» (cfr 2 Tm 4,14; Ap 20,12-13). Por eso, para el cristiano, es ante todo una oración pidiendo la perseverancia en el bien y el saber discernir las acciones del Señor en la propia vida.

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Sal 28,1-2

El salmista está convencido de que el silencio de Dios equivale a la muerte del hombre.

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Sal 28,3-5

La conducta perversa de los impíos proviene en último término de no reconocer en los acontecimientos de la vida la mano de Dios (v. 5). Si no escuchan a Dios están abocados a la muerte. Es lo que pide para ellos el salmista como consecuencia lógica de su forma de actuar (v. 4). La petición, parecida a la de Sal 5,11, no está motivada por el deseo de venganza, sino por el de que brille la justicia divina.

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Sal 28,6-7

El orante sí comprende la acción divina en su propia vida —o por haber sido salvado de una desgracia o porque está seguro de que lo será—, y por eso bendice a Dios con la misma fuerza con que antes le suplicaba, manifestando la alegría y la paz que sólo le da la confianza en Él: «La paz, que lleva consigo la alegría, el mundo no puede darla. —Siempre están los hombres haciendo paces, y siempre andan enzarzados con guerras, porque han olvidado el consejo de luchar por dentro, de acudir al auxilio de Dios, para que Él venza, y conseguir así la paz en el propio yo, en el propio hogar, en la sociedad y en el mundo. —Si nos conducimos de este modo, la alegría será tuya y mía, porque es propiedad de los que vencen; y con la gracia de Dios —que no pierde batallas— nos llamaremos vencedores, si somos humildes» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 102).

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Sal 28,8-9

Ahora la visión se amplía al pueblo elegido y a la persona del rey; concluye pidiendo por el pueblo. Estos versículos pueden ser adiciones posteriores a la composición originaria. El primero, para darle carácter comunitario recordando la figura del rey (v. 8); el otro (v. 9), cuando ya no existe la monarquía, para afirmar que Dios mismo pastorea —es rey— a su pueblo (cfr Is 40,11; Ez 34). El término «Ungido» del v. 8 podría también referirse al pueblo en virtud del paralelismo del verso (cfr Ex 19,6; Sal 105,15).

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Salmo 29

A la voz suplicante del hombre en el salmo anterior (cfr Sal 28,2.6) corresponde ahora la voz poderosa del Señor que se manifiesta en la tormenta (vv. 3-9). La petición conclusiva de Sal 28 en favor del pueblo se ve ahora atendida por el «rey eterno» (v. 10). Este salmo viene, por tanto, a completar el anterior.

Se inicia con una encendida invitación a alabar al Señor, mencionando su nombre cuatro veces (vv. 1-2); a continuación se describe el poder de «la voz del Señor» que se hace oír siete veces, mencionando diez veces el nombre del Señor (vv. 3-9). Concluye con la proclamación de dónde está el Señor y qué hace para su pueblo: de nuevo aparece el nombre del Señor cuatro veces (vv. 10-11). Si el salmista quiere significar que el Señor lo llena todo, la constante repetición del nombre que se hace en el salmo parece un procedimiento estilístico eficaz para lograrlo.

La «gloria de Dios» y «la paz» para el pueblo son los términos con los que se abre y se cierra este salmo. Son los mismos que aparecen en el anuncio que los ángeles hacen a los pastores en el nacimiento de Cristo (cfr Lc 2,14).

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Sal 29,1-2

Los «hijos de Dios» a los que se dirige el salmista son los seres que rodean en el cielo el trono de Dios, los ángeles (cfr Sal 103,20; 148,2; Jb 1,6; Is 6,2); o quizá se está refiriendo a los considerados «dioses» por la religión pagana cananea (cfr Sal 97,7 con el que Sal 29 tiene rasgos comunes). En cualquier caso todos los seres celestes son invitados a reconocer la gloria del Señor, Dios de Israel. «En su atrio santo» es la interpretación que hace la versión griega (LXX) del término original hebreo que significa propiamente «en santo esplendor» —que puede entenderse como «con ornamentos santos»—, en cuyo caso estaría proyectando al cielo la forma en que se realizaba la liturgia de alabanza del Templo.

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Sal 29,3-9

La «voz del Señor», equivalente al estruendo del trueno, tiene el significado simbólico de fuerza y de poder. Aparece siete veces —número de plenitud— y domina desde el mar (v. 3), pasando y haciendo sentir su fuerza en los bosques del Líbano, cuyos cedros eran símbolo de seguridad y de soberbia (cfr Is 2,13; Sal 92,13; 104,16), hasta el desierto (v. 8). La interpretación del v. 9 es dudosa. En vez de «retuerce los robles», que tiene paralelismo con el v. 5, también podría traducirse «que hace parir a las ciervas», en cuyo caso indicaría que el poder del Señor se extiende al reino animal, adelantando con la tormenta el parto de las ciervas. De todos modos el punto culminante del salmo está en afirmar que todos proclaman la gloria del Señor ante la magnificencia de la tempestad, tanto en su morada celeste como en el Templo terrestre, tanto los «hijos de Dios» (vv. 1-2) como los habitantes de la tierra (vv. 5-9).

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Sal 29,10-11

El Señor, Dios de Israel, es más que un dios de las tormentas, o de la lluvia, como se consideraba a Baal en la religión cananea, al que se dirigían himnos parecidos al de este salmo. El Señor domina las aguas (cfr Gn 1,2.6-10), es «rey eterno» (v. 10) y concede la paz a su pueblo (v. 11).

Los judíos recitan este salmo en la fiesta de Pentecostés recordando la voz del Señor que dio la Ley en el Sinaí (cfr Ex 19-20; Dt 5,2.22-23). La Iglesia lo recita en la fiesta del Bautismo del Señor, momento en que se dejó oír la voz del Padre. Los Santos Padres lo interpretaron como la promulgación del Evangelio tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

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Salmo 30

El Señor, rey eterno, cuya voz poderosa se deja oír en la tormenta (cfr Sal 29), ha escuchado la voz suplicante (cfr Sal 28) del enfermo que ha recurrido a Él (Sal 30). Sal 30 canta, desde la experiencia personal, la convicción manifestada en Sal 28,1.

La oración consta de cuatro estrofas: 1) promesa de alabanza al Señor por haber curado al salmista (vv. 2-4); 2) invitación a los fieles para que también alaben al Señor (vv. 5-6); 3) recuerdo detallado de la enfermedad y de la súplica (vv. 7-11); y 4) reconocimiento ante el Señor de la curación, prometiéndole alabanza por siempre (vv. 12-13).

Según el título, este canto era recitado en la fiesta de la Dedicación del Templo, en la que se celebraba su purificación y nueva consagración en el año 146 a.C., tras haber sido profanado por Antíoco IV Epífanes (cfr 1 M 4,36-61; 2 M 10,1-8). De esta forma se actualizaba su contenido aplicándolo a la liberación del Santuario, otorgada por el Señor tras haber permitido que por breve tiempo estuviese en manos de paganos. El cristiano actualiza este salmo aplicándolo a la resurrección de Cristo y pidiendo la participación en ella.

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Sal 30,2-4

En todo el cántico queda reflejada la liturgia de acción de gracias en el Templo tras la curación de una enfermedad que le ha llevado al salmista al borde de la muerte.

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Sal 30,5-6

La perspectiva de los versículos anteriores se amplía contemplando la forma de actuar de Dios: su «bondad» sobrepasa con mucho a su «ira» (v. 6; cfr Is 54,7-8).

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Sal 30,7-11

La ira divina en realidad consiste en «ocultar su rostro», dejar solo al hombre (v. 8) cuando éste se considera autosuficiente (v. 7). Así lo ha experimentado el salmista mismo, que reaccionó a tiempo acudiendo a la súplica (vv. 9.11) y arguyendo ante el Señor la inutilidad de su muerte, ya que, en tal caso, no podría alabarle. Sólo vale la pena vivir porque se puede alabar al Señor, fuente de todo bien. «Si la vida no tuviera por fin dar gloria a Dios, sería despreciable, más aún: aborrecible» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 783).

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Sal 30,12-13

«Danza» y «vestido de alegría», contrapuestos a luto y penitencia —«mi saco»— son manifestaciones externas, probablemente cultuales, de la alegría que acompaña a la alabanza; una alegría que brota en el interior, en «mi corazón» —literalmente «mi gloria», quizá en el sentido de «mi salud»— y se expresa con la voz (v. 13).

En la liturgia cristiana este salmo 30 es recitado en la Vigilia Pascual, tras la lectura de Is 54,5-14, en la que se proclama el consuelo y el rescate de Jerusalén después de haber sido abandonada un instante por Dios. En este contexto este salmo muestra su significado profético, en cuanto proclama la forma de actuar de Dios que resucitó a Jesucristo después de que éste hubo gustado la muerte.

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Salmo 31

En el salmo anterior alababa al Señor alguien que, estando a punto de morir, había sido curado (cfr Sal 30,3-4); en éste manifiesta su confianza en Dios un hombre que, además de haber estado enfermo (vv. 8.10-11), ha sido abandonado de sus conocidos y perseguido por sus enemigos (vv. 12-14.16.18-19). Pero Dios ha escuchado la voz de su súplica (v. 24; cfr Sal 30,9; 28,2.6). Reuniendo expresiones y motivos comunes a otros salmos, Sal 31, como expresión de confianza en Dios, complementa al anterior en el que prevalecía la alabanza.

En esta oración pueden distinguirse tres partes según predominan los sentimientos de confianza (vv, 2-9), de súplica (vv. 10-19) o de reconocimiento de la bondad de Dios (vv. 20-26). Pero en cada una de ellas se entremezclan de hecho los distintos sentimientos. En la primera parte, las expresiones de confianza (vv. 2.4.5) alternan con las de petición de ayuda (vv. 2.3.5) y con las de reconocimiento a Dios por haber socorrido al salmista (vv. 6-9). La parte central (vv. 10-19) contiene una súplica ante la situación de desgracia del orante (vv. 10-14), manifiesta de nuevo la confianza en Dios (vv. 15-16), y vuelve a pedir la intervención divina (vv. 17-19). La parte final (vv. 20-26) recoge un nuevo reconocimiento de la bondad de Dios (vv. 20-21), una bendición al Señor por haber escuchado (vv. 22-23) y la invitación dirigida a todos a amar al Señor y esperar en Él (vv. 24-25). La confluencia de todos esos sentimientos en un mismo salmo, aunque pudiera parecer artificiosa, responde en realidad a la vida misma puesta en oración ante Dios.

La angustiosa situación humana referida en este salmo, que recuerda a la del profeta Jeremías, la experimentó, más que nadie, nuestro Señor Jesucristo en su pasión y muerte. Hizo suyas las palabras del v. 6 justo antes de expirar en la cruz (cfr Lc 23,46), dándonos a conocer que Dios es fiel, es el Padre que no iba a abandonar a su Hijo. Rescatado de la muerte y exaltado a la derecha del Padre, Cristo es también aquel en cuyas manos pone el cristiano su vida antes de morir, como hizo San Esteban, el primer mártir cristiano: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7,59).

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Sal 31,2-5

El mismo grito inicial de confianza en el Señor ya aparecía en Sal 7,2; 11,1; 16,1. Ahora se apela no a la «justicia» del orante, como en Sal 7,9, sino a la «justicia» divina, es decir, a su voluntad salvífica (cfr v. 8). Las metáforas de seguridad de los vv. 3-5 ya las hemos encontrado en Sal 18,3; 23; 27,1. Las primeras palabras del salmo son una expresión de confianza en Dios que marca la vida del hombre: «Con las alas de la esperanza, que anima a nuestros corazones a levantarse hasta Dios, hemos aprendido a rezar: in te Domine speravi, non confundar in aeternum (Sal 31,2), espero en Ti, Señor, para que me dirijas con tus manos ahora y en todo momento, por los siglos de los siglos» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 209).

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Sal 31,6-9

El título «Señor, Dios fiel», o «Dios de fidelidad», aparece aquí por vez primera. Expresa que Dios siempre cumple sus promesas y que el hombre puede confiar totalmente en su palabra, poner la vida en sus manos (v. 6a). En el v. 7 seguimos la versión griega y a San Jerónimo —«detestas»— en vez del texto hebreo —«detesto»— porque mantiene mejor el ritmo de los versos. El sentido es que Dios no puede tolerar a quienes van tras los ídolos, por lo que el salmista mantiene su adhesión a Él, pese a todo.

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Sal 31,10-14

La enfermedad oprime física y moralmente al salmista, que reconoce que es debida a su pecado; pero todavía le hace sufrir más el hecho de que, al verle enfermo, sus propios allegados le abandonan, le rehúyen y queda totalmente abandonado (vv. 12-13; cfr Jb 19,13-19; Jr 12,6) y solo ante sus enemigos que traman contra él (cfr v. 14).

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Sal 31,15-16

En la situación en que se encuentra, el orante reafirma su confianza en Dios de manera continuada, y le pide auxilio en virtud de la relación personal que guarda con Él —«mi Dios»—.

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Sal 31,17-19

La petición se centra en que Dios, devolviéndole la salud, haga callar para siempre —«mudos en el seol» (v. 18)— a quienes le acusan públicamente de falsedad.

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Sal 31,20-21

A la petición sigue la proclamación de la bondad del Señor para quienes le temen, dejando entender que son el grupo de los que acuden con confianza al Templo.

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Sal 31,22-23

El salmista testimonia que en el Templo —«en la ciudad fortificada», es decir, Jerusalén (v. 22)— ha sido escuchado en momentos en los que creía que había sido abandonado —«expulsado de tu presencia» (v. 23)—.

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Sal 31,24-25

Por eso invita a quienes puedan vacilar en su fe debido a las desgracias, a amar al Señor y a confiar en Él.

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Salmo 32

En el salmo anterior el salmista reconocía que la enfermedad de la que le había salvado el Señor era debida a su pecado (cfr 31,10-14), y ponía su vida en manos del Señor (cfr 31,16). Sal 32 centra la atención en cómo el Señor ha perdonado el pecado, y «su mano» ha cesado en el castigo (cfr v. 4). Los numerosos términos comunes entre ambos salmos hacen pensar que responden al mismo contexto: la acción de gracias en el Templo tras la curación de una enfermedad.

A la proclamación de la bienaventuranza —felicidad— del hombre que ha sido perdonado por Dios (vv. 1-2), sigue la oración del salmista que confiesa ante Dios su experiencia personal del perdón divino (vv. 3-7), y testimonia ante los demás lo que él ha escuchado de parte del Señor (v. 8). Termina con una exhortación a actuar con inteligencia y a alegrarse en el Señor (vv. 9-11).

Dios se muestra dispuesto a perdonar y a guiar a quien reconoce ante Él su pecado. No exige otra condición que confiar en Él y volver a Él. Nuestro Señor Jesucristo enseñará esto mismo con más fuerza aún en la parábola del hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32).

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Sal 32,1-2

El hombre encuentra la dicha cuando recibe el perdón divino y puede presentarse ante Dios con sinceridad de corazón. San Pablo, recordando el ejemplo de Abrahán, aplica los vv. 1-2 al hombre justificado por Dios en virtud de su fe, no de sus obras: «En este sentido David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye la justicia con independencia de las obras: Bienaventurados aquellos a quienes se les han perdonado los delitos y a quienes se les han cubierto los pecados; bienaventurado el hombre a quien el Señor no le tenga en cuenta su pecado» (Rm 4,6-8).

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Sal 32,3-7

El salmista narra su situación de sufrimiento físico y moral anterior a la presentación de su culpa ante Dios (vv. 3-4) y su reacción, motivada por aquel sufrimiento, para acudir a Él y encontrar su perdón (v. 5). Desde la propia experiencia, es consciente de que encuentran el perdón divino todos los fieles que recurren al Señor, por grande que sea la amenaza del castigo, que aquí, con la imagen de «aguas caudalosas» (v. 6), recuerda al diluvio (cfr Gn 7,5-24; Sal 18,17). Por eso mismo manifiesta a Dios su confianza en Él (v. 7). Para el cristiano, estas palabras muestran la situación angustiosa del alma en pecado y la necesidad de encontrar la paz en el sacramento de la Penitencia, en el que «contrición y conversión son (…) un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31).

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Sal 32,8

Ahora es el Señor quien habla —quizá por medio del sacerdote— para prometer su ayuda de cara a llevar una conducta recta. Es el punto culminante del salmo.

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Sal 32,9-11

No atender a las palabras del Señor recogidas en el versículo anterior, sería obrar sin inteligencia y permanecer en el sufrimiento (vv. 9-10). La alegría, en cambio, caracteriza a quien abre su corazón al Señor (v. 11).

La Iglesia tiene este salmo como el segundo de los penitenciales (cfr Sal 6); con él canta especialmente el perdón divino interiormente percibido por aquellos que han confesado sus pecados. En este sentido escribirá San Juan Crisóstomo: «¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo. El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios. Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas —dice el Señor—, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros» (De diabolo tentatore 6).

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Salmo 33

El salmo anterior terminaba con la invitación a alegrarse en el Señor «todos los rectos de corazón» (32,11); en este salmo se expresa la alegría de los justos en forma de alabanza. Se reconoce que el Señor ve a cada hombre (vv. 13-15) y que sus ojos velan por los que le temen (v. 18), tal como Dios prometía en Sal 32,8 a quien le confesaba su pecado. El amor de Dios que en Sal 31,8 lo experimentaba el orante, y en Sal 32,10 se proclamaba para los que confían en Él, en Sal 33,5 se contempla abarcando toda la tierra.

Este salmo presenta con claridad la estructura propia de un salmo de alabanza. Comienza con la invitación a alabar al Señor (vv. 1-3), sigue con la exposición de los motivos —cuerpo del salmo— (vv. 4-19), y termina con la proclamación de la comunidad que pone su confianza en el Señor (vv. 20-22). Los motivos de alabanza expuestos son: primero, y como principio general, la fidelidad y misericordia de Dios (vv. 4-5), luego su poder manifestado en la creación (vv. 6-9), después la elección de Israel (vv. 10-12), y, finalmente, su providencia con todos los hombres (vv. 13-19).

Cuando los cristianos recitamos este salmo, alabamos a Dios no sólo por lo que en él se dice, sino también, y más aún, por la revelación de Sí mismo que ha hecho a través de Jesucristo.

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Sal 33,1-3

La alabanza al Señor requiere rectitud de corazón y también solemnidad exterior: la «cítara» y el «arpa» eran instrumentos empleados por los levitas (cfr 1 Cro 15,16). «Un cántico nuevo» (v. 3) hace alusión o bien a su composición o a su música, o más bien a la respuesta ante un nuevo acto salvador de Dios (cfr Sal 96,1-2; 98,1-2). La alabanza tiene siempre aspecto de novedad en las circunstancias en que se pronuncia. Comentando el v. 3 dice San Agustín: «Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. (…) ¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? (…) He aquí que Él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Y qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón» (Enarrationes in Psalmos 32,7-8).

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Sal 33,4-5

La atención se centra primero en Dios mismo tal como se ha manifestado, siempre fiel a sí mismo.

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Sal 33,6-9

Resuena la narración del capítulo primero del Génesis, si bien ahora se resalta la permanencia de la acción divina (v. 9). Algunos Santos Padres, como San Atanasio, San Agustín o San Gregorio, veían aludidos en la «Palabra» y el «Aliento» a las personas del Hijo y del Espíritu Santo.

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Sal 33,10-12

La continuidad de las acciones de Dios, la fidelidad a Sí mismo, aparece igualmente cuando es recordada la elección del pueblo de Israel de entre todas las naciones (v. 12).

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Sal 33,13-19

Se admira la providencia divina sobre todos los hombres, pues cada uno es criatura de Dios y Él conoce su interior (vv. 13-15). Entre los hombres, ni siquiera los fuertes —el «rey», los «héroes» (vv. 16-17)— se salvan por su fuerza, sino que todos deben su vida al auxilio divino (vv. 18-19).

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Sal 33,20-22

Ahora queda reflejada la respuesta de la asamblea cultual tras haber escuchado la proclamación de las obras del Señor. «Su santo Nombre» (v. 21) es el nombre que Él reveló a Moisés y sobre el que se estableció la relación personal entre Dios y su pueblo (cfr Ex 3,13-15).

La actualización de este salmo en sentido trinitario se fundamenta en la fe de la Iglesia, según la cual, «la acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada en el Antiguo Testamento (cfr Sal 33,6; 104,30; Gn 1,2-3), revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia: “Sólo existe un Dios…: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría” (S. Ireneo, haer. 2,30,9), “por el Hijo y el Espíritu”, que son como “sus manos” (ibid., 4,20,1). La creación es la obra común de la Santísima Trinidad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 292). Por eso la Iglesia utiliza este salmo en la solemnidad de la Santísima Trinidad.

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Salmo 34

El salmo anterior invitaba a los justos a alabar al Señor (cfr Sal 33,1); en éste una persona singular eleva su alabanza. Proclama que «los ojos del Señor» velan sobre los justos (v. 16; cfr Sal 32,8; 33,18). La construcción alfabética de Sal 34 es similar a la de Sal 25; además en Sal 25 se afirmaba que «el Señor es bueno» (25,8) y ahora se invita a «gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sal 34,9). Y es que la bondad del Señor se ha ido manifestando en este conjunto de salmos: el Señor hace justicia (Sal 26), protege y guía (Sal 27), es refugio seguro (Sal 28), deja oír su voz (Sal 29), cura de la enfermedad (Sal 30), no abandona frente a los perseguidores (Sal 31), perdona el pecado (Sal 32) y es creador y providente (Sal 33).

El salmista comienza expresando su propósito de alabar al Señor e invitando a los humildes a unirse a Él (vv. 2-4). El resto del salmo desarrolla las motivaciones para hacerlo así (vv. 5-23). Presenta primero su experiencia personal de haber sido salvado (vv. 5-7) y, desde ella, invita a reconocer la bondad de Dios y a temerle (vv. 8-11); después habla como un sabio que instruye, lleva a quien le escucha a reflexionar y orienta en la buena conducta (vv. 12-15); a continuación proclama que el Señor ve y escucha a los justos (vv. 16-17) y que libra a quienes claman a Él (vv. 18-19), pues Él cuida siempre del justo mientras deja a los impíos ser víctimas de su propia maldad (vv. 20-23).

Al rezar este salmo, el cristiano puede escuchar en él la voz de la Sabiduría de Dios, Cristo, o de la Santísima Virgen, que dio asimismo testimonio de la forma de actuar de Dios (cfr Lc 1,46-55).

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Sal 34,2-4

En todo el salmo se habla del Señor, sin que haya expresiones dirigidas a Él directamente. El Señor es el Dios de Israel que se ha mostrado grande en la historia del pueblo y en el Templo.

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Sal 34,5-7

El salmista ha experimentado la grandeza del Señor en su propia persona y en todas sus tribulaciones y da testimonio de ello. Desde la fe cristiana se aprecia con más profundidad la acción de Dios en el interior del hombre.

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Sal 34,8-11

Recurriendo al lenguaje militar y recordando al ángel del Señor que salvó a los antepasados (cfr Gn 32,3; Ex 14,19-20), proclama que Dios sigue socorriendo (v. 8), e invita a experimentar personalmente su bondad recurriendo a Él. El destino de «los ricos» (v. 11) —lectura según la versión griega de un término hebreo que significaría «leones»— volveremos a encontrarlo con una expresión muy parecida en la alabanza a Dios pronunciada por la Virgen María en casa de Santa Isabel: «A los ricos los despidió vacíos» (Lc 1,53). Se ratifica así la forma de actuar de Dios, que deja sin su gracia a los autosuficientes frente a Él, mientras colma de ella a los humildes, y, de forma totalmente singular, colmó a la Santísima Virgen.

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Sal 34,12-15

Para dar más fuerza a su invitación el salmista se presenta como un maestro de sabiduría que instruye para que a uno le vaya bien (v. 12; cfr Pr 1,8; 2,1; etc.). Es la única vez que aparece esta forma en un salmo de alabanza. La enseñanza propuesta en los vv. 13-15 queda recogida literalmente en la primera carta de San Pedro cuando éste exhorta a los cristianos a no devolver mal por mal, sino a hablar siempre bien de los demás (cfr 1 P 3,8-12). Es la manera de actuar de quienes «buscan la paz» (v. 15) y a los que nuestro Señor Jesucristo llama «bienaventurados» (Mt 5,9).

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Sal 34,16-17

El bienestar y el éxito no dependen sin más de la conducta recta (cfr vv. 13-14), sino de la acción del Señor que escucha y libra al justo que clama a Él.

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Sal 34,18-19

El justo se caracteriza no sólo por su recta conducta (cfr vv. 14-15) sino sobre todo por el arrepentimiento y la vuelta humilde al Señor.

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Sal 34,20-22.23

El Señor es también quien deja a su suerte —«condena» (v. 22)— a los malhechores (vv. 17.22). El v. 23, compuesto fuera de la sucesión alfabética, pero iniciado con la letra «p», lo mismo que sucedía en Sal 25,22, es como una síntesis de la enseñanza del salmista. Esto se pone de relieve aún más si se piensa que la letra «p» es la última de la raíz verbal «alp» que significa enseñar.

La mayor sabiduría está, por tanto, en acudir siempre al Señor. El salmo es así una oración confiada a Dios: «El Señor está cerca. Nada os preocupe: el Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a Él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; Él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; Él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello, no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los contritos de corazón, salva a los de espíritu abatido. Muchas son las aflicciones del justo, pero el Señor lo libra de todas. Si nosotros procuramos observar lo que Él nos manda, Él no tardará en darnos lo que prometió» (S. Ambrosio, Commentarius in Philippenses 4).

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