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SALMOS

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Salmos 1-2

En los primeros siglos cristianos Sal 1 estaba unido a Sal 2, que termina con una bienaventuranza semejante a la que comienza el primero: «Dichoso…» (1,1; 2,12). Estos dos salmos sirven de introducción a todo el libro; con ellos se invita al lector a hacer motivo de meditación y de oración cada uno de los acontecimientos de la vida humana a la luz de la Ley de Dios (cfr Sal 1,2) y en unión con su Ungido, el Mesías (cfr Sal 2,6).

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Salmo 1

En su estructura, proclama primero la dicha del hombre que sigue la Ley de Dios (vv. 1-3), y luego, en antítesis, el fracaso de aquél que se aleja de ella (vv. 4-6).

La expresión «dichoso el hombre que…» (v. 1) se irá repitiendo hasta veintiséis veces en los salmos, indicando la actuación con la que el hombre encontrará su felicidad. Nuestro Señor Jesucristo proclamará definitivamente quién es el hombre «dichoso» o «bienaventurado»: aquel que pertenece al Reino de los Cielos (cfr Mt 5,1-11; Lc 6,20-23).

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Sal 1,1-3

El hombre justo es caracterizado ante todo por su conducta, alejada de la de quienes desprecian la Ley divina. Los términos «seguir», «detenerse» y «tomar asiento» indican tres estadios sucesivos de alejamiento de la conducta recta (v. 1). El justo busca y encuentra en la Ley de Dios el criterio para orientar su vida (v. 2). Será feliz porque tendrá éxito (v. 3). La imagen del árbol frondoso significa la prosperidad y el bienestar.

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Sal 1,4-6

Con el árbol firme (v. 3) contrasta la paja o el polvo de la era dispersados por el viento, con la que se compara la vida de los impíos y los pecadores (v. 4). Éstos no podrán imponerse sobre los justos (v. 5) porque, en definitiva, es el Señor quien juzga la conducta de unos y otros (v. 6).

La oración de Sal 1 invita a seguir leyendo el libro, pues «es en los salmos donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido está llamado a tener hacia la ley de Dios, junto con la exhortación a conocerla, meditarla y traducirla en la vida» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 44).

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Salmo 2

La situación histórica del salmo responde a los intentos de sublevación contra el rey de Israel, por parte de los reinos vasallos, con ocasión del cambio de monarca. Se trata por tanto de una composición que refleja los tiempos de la monarquía (siglos X-VI a.C.). Situada al comienzo del libro y unida a Sal 1, en la recopilación de los salmos y cuando ya no existía rey en Israel, proclama que el Señor va a realizar sus proyectos e imponer su Ley a través del Rey Mesías, cuando éste sea enviado a Israel.

Se expone en primer lugar la reacción negativa de quienes rechazan al Ungido del Señor (vv. 1-3), y después se contempla el poder de Dios para hacer cumplir sus designios (vv. 4-6). A continuación se aduce la presentación que el Ungido hace de sí mismo (vv. 7-9), y finalmente se recogen las recomendaciones y la reflexión del salmista ante tales hechos (vv. 10-12). Concluye con una bienaventuranza de alcance universal que enlaza con el contenido de Sal 1.

En el Nuevo Testamento este salmo se aplica repetidamente a Jesucristo. Él es el Rey Mesías, el Hijo de Dios, a quien el Padre ha entregado su Reino.

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Sal 2,1-3

En los vv. 1-3 se emplean términos hiperbólicos, ya que Israel, sólo en contadas ocasiones y por poco tiempo, tuvo sometidos reinos de su alrededor como Edom, Moab, o Amón. Pero en la perspectiva del salmo, el rey de Israel, en cuanto ungido de parte de Dios (cfr 1 S 16,13) representa a Dios, y por eso a Él se han de someter todos los pueblos y reyes de la tierra. Cuando éstos atentan contra el Ungido del Señor, lo hacen contra el mismo Dios (v. 2); cuando pretenden escapar del vasallaje a ese rey, están rechazando a Dios (v. 3). Las palabras de los vv. 1-2 las vieron cumplidas los Apóstoles en el acuerdo entre Herodes y Poncio Pilato para dar muerte a Jesús (cfr Hch 4,25-26); y pueden verse cumplidas a lo largo de la historia en los ataques que sufre la Iglesia. San Josemaría, que utilizó muchas veces este salmo en su predicación, comentaba: «¿Lo veis? Nada nuevo. Se oponían a Cristo antes de que naciese; se le opusieron, mientras sus pies pacíficos recorrían los senderos de Palestina; lo persiguieron después y ahora, atacando a los miembros de su Cuerpo místico y real. ¿Por qué tanto odio, por qué este cebarse en la cándida simplicidad, por qué este universal aplastamiento de la libertad de cada conciencia?» (Es Cristo que pasa, n. 185).

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Sal 2,4-6

Dios «se ríe, se burla,… habla en su ira…». Son expresiones antropomórficas que indican su absoluta superioridad sobre los poderosos de este mundo, a los que hace conocer su voluntad manifestada en la unción de un nuevo rey en Sión, es decir, Jerusalén, la ciudad santa edificada sobre una colina.

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Sal 2,7-9

También el nuevo rey reconoce y proclama el señorío divino, haciéndose eco de las palabras del v. 6. No reina por su propio poder o en virtud de su ascendencia, sino por «decreto del Señor» que lo ha elegido y le ha prometido el dominio sobre todos los pueblos de la tierra. Es el acta que legitima la subida al trono. La elección se expresa en términos de generación humana: «Tú eres mi hijo…»; y el día de la coronación es el «hoy» en el que se cumplen las promesas de Dios a David (cfr 2 S 7,14). Esta forma de hablar en sentido figurado queda abierta a un significado más pleno cuando llegue el momento, el «hoy», del cumplimiento definitivo de las promesas. Así, ese decreto divino, punto central del salmo, volvió a ser pronunciado por Dios cuando Cristo fue bautizado en el Jordán (cfr Mt 3,17 y par.), y cuando se transfiguró en el Tabor (cfr Mt 17,5 y par.). Él es el Hijo en el que se complace Dios Padre. Al resucitarle de entre los muertos Dios cumplió aquel decreto que a su vez era una promesa (cfr Hch 13,32-33). Las mismas palabras del v. 7 son citadas en la Carta a los Hebreos para mostrar la dignidad de Cristo, superior a los ángeles, por ser el Hijo de Dios (cfr Hb 1,5). Siguiendo esta aplicación a Jesucristo comenta San Cirilo de Alejandría: «Dice haber engendrado hoy a quien era Dios, engendrado de Él mismo desde antes de los siglos, a fin de recibirnos por su medio como hijos adoptivos; pues en Cristo, en cuanto hombre, se encuentra significada toda la naturaleza: y así también el Padre, que posee su propio Espíritu, se dice que se lo otorga a su Hijo, para que nosotros nos beneficiemos del Espíritu en Él. Por esta causa perteneció a la descendencia de Abrahán, como está escrito, y se asemejó en todo a sus hermanos» (Commentarium in Ioannem 5,2).

Por otra parte, los santos padres ven dirigidas a Jesucristo las palabras del v. 8. Así, por ejemplo, Orígenes comenta que «como nadie puede tener un don de Dios si no lo pide, el mismo Salvador es exhortado por el Padre a pedir para que se lo pueda dar» (In Evangelium Ioannis 13,3). Y Clemente de Alejandría dirá que «Dios enseña a que se le haga una petición verdaderamente digna de un rey, la salvación de los hombres, sin recompensa a cambio, para que nosotros podamos heredar y poseer al Señor» (Stromata 4,136).

Cada cristiano puede escuchar esas mismas palabras como dirigidas a él: «La misericordia de Dios Padre nos ha dado como Rey a su Hijo. Cuando amenaza, se enternece; anuncia su ira y nos entrega su amor. Tú eres mi hijo: se dirige a Cristo y se dirige a ti y a mí, si nos decidimos a ser alter Christus, ipse Christus. Las palabras no pueden seguir al corazón, que se emociona ante la bondad de Dios. Nos dice: tú eres mi hijo. No un extraño, no un siervo benévolamente tratado, no un amigo, que ya sería mucho. ¡Hijo! Nos concede vía libre para que vivamos con Él la piedad del hijo y, me atrevería a afirmar, también la desvergüenza del hijo de un Padre, que es incapaz de negarle nada» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 185).

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Sal 2,10-12

Al final del poema habla de nuevo el salmista invitando a los reyes a actuar con sabiduría. Es la sabiduría de reconocer a Dios y darle culto. El v. 12 exhorta a rendir homenaje al hijo (v. 7), es decir, al rey designado por Dios, para evitar así el castigo destinado a los rebeldes. La invitación a aprender —«escarmentad»— (v. 10) y volver al Señor muestra que «Dios, que puede vencer siempre, prefiere convencer» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 186).

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Libro I: Salmos 3-41

Con Sal 3 comienza un grupo de salmos atribuidos a David que forman la primera parte del salterio. En ellos el rey David es presentado como modelo del hombre que ora en diversas situaciones. Dentro de este conjunto de «salmos de David» se pueden apreciar ciertas agrupaciones que dan orden interno a esta colección. Sal 3-14 constituyen una serie que concluye mostrando la necedad de quien no reconoce a Dios. Sal 15-24 son en cambio oraciones del hombre que sí reconoce al Señor presente en el Templo de Jerusalén; forman un grupo que comienza y termina con un canto de entrada en el Templo (cfr Sal 15 y 24; cfr nota a Sal 15). Sal 25 y 34, ambos construidos en forma alfabética, sirven de marco a otro grupo de composiciones que van cantando el amor, la misericordia y la gracia que el Señor otorga a los que le son fieles (cfr nota a Sal 34). Por último, Sal 35-41 tratan especialmente de los enemigos del salmista y, en contraste, de la confianza de éste en el Señor (cfr nota a Sal 35). Así, esta colección de «salmos de David» muestra que Dios asiste al rey (cfr Sal 2,6) al que siguen oponiéndose sus enemigos (cfr Sal 3,2).

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Salmos 3-14

Este conjunto de salmos incluye al comienzo plegarias de la mañana y de la noche (cfr Sal 3-5); luego, oraciones en las que el hombre abre su conciencia ante Dios (Sal 6-7); y, como punto culminante, un poema de reconocimiento de la grandeza divina en Sal 8. A éste le siguen, en contraste, Sal 9-14 que tratan de quienes no reconocen a Dios como Señor, los impíos o pecadores, que finalmente son calificados de «necios» por negar su existencia (cfr Sal 14,1).

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Salmo 3

En Sal 2 los reyes de la tierra se alzaban contra el Señor y su Ungido (cfr Sal 2,2s.); en éste son los enemigos del salmista los que se alzan contra él. Aunque Dios habita en los cielos (cfr Sal 2,4), escucha desde el Templo la plegaria que se le dirige.

Sal 3 es una súplica personal al Señor estructurada en cuatro estrofas: el salmista, perseguido, presenta primero su situación a Dios (vv. 2-3), y después expresa su confianza en Él (v. 4); continúa con la confesión de la seguridad y paz que produce tal confianza (vv. 5-7) y, finalmente, pide la intervención divina y proclama su salvación (vv. 8-9).

El momento histórico que aparece en el título introductorio al salmo (cfr 2 S 15-19) no refleja su contenido. Se trata de una acomodación para resaltar una situación de peligro. Para el cristiano que reza este salmo, los enemigos no son otra cosa que la tentación y el pecado. Frente a ellos pide el auxilio divino.

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Sal 3,2-3

La situación es dramatizada por el salmista como si fuese perseguido por multitud de enemigos (cfr v. 7). Lo más doloroso para él es que ponen en duda que Dios le salve.

El término hebreo que traducimos por «Pausa» y que aparece con bastante frecuencia se refiere probablemente a alguna indicación para el canto o recitación del salmo.

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Sal 3,4

Ante la duda de los adversarios, se alza el grito de confianza del salmista, que clama a Dios como protector —«escudo»—, y como el que puede darle éxito frente a aquéllos —«mi gloria»—.

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Sal 3,5-7

El Señor escucha siempre la plegaria que se le dirige en el Templo de Jerusalén (cfr 1 R 8,30). El sueño del que, gracias al Señor, se despierta el salmista simboliza el sueño de la muerte del que despertó Jesucristo por el poder de Dios que le resucitó de entre los muertos (cfr Rm 1,4). «En los salmos hallamos profetizado no sólo el nacimiento de Jesús, sino también su pasión salvadora, su reposo en el sepulcro, su resurrección, su ascensión y su glorificación a la derecha del Padre. El salmista anuncia lo que nadie se hubiera atrevido a decir, aquello mismo que luego, en el Evangelio, proclamó el Señor en persona» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 1,8).

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Sal 3,8-9

Se pide a Dios que «se levante» en paralelismo a como «se alzan» los enemigos (v. 2), y que actúe como lo hizo en otras ocasiones. La petición por el pueblo puede reflejar que es el rey quien ora en este salmo.

«David es, por excelencia, el rey “según el corazón de Dios”, el pastor que ruega por su pueblo y en su nombre, aquél cuya sumisión a la voluntad de Dios, cuya alabanza y arrepentimiento serán modelo de la oración del pueblo. Ungido de Dios, su oración es adhesión fiel a la promesa divina (cfr 2 S 7,18-29), confianza cordial y gozosa en aquél que es el único Rey y Señor. En los salmos, David, inspirado por el Espíritu Santo, es el primer profeta de la oración judía y cristiana. La oración de Cristo, verdadero Mesías e hijo de David, revelará y llevará a su plenitud el sentido de esta oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2579).

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Salmo 4

La seguridad del salmista expresada al despertar, según el salmo anterior (cfr Sal 3,6), continúa siendo reafirmada en este salmo al acostarse (cfr Sal 4,9).

La oración se estructura de la siguiente forma: se inicia con la petición confiada del salmista (v. 2); sigue la exhortación dirigida a quienes vacilan en su confianza en Dios (vv. 3-7) y termina con una nueva oración en la que testimonia ante Dios la alegría y la paz recibidas de Él (vv. 7b-9).

La alegría cantada en el v. 8 preludia la que Jesús promete a sus discípulos cuando les habla de su futura resurrección. En Cristo resucitado se cumple plenamente este salmo, ya que, salvado por Dios de la angustia de la muerte, comunica a los suyos su misma alegría; una alegría que nadie podrá arrebatar (cfr Jn 15,11; 16,20-22).

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Sal 4,2

Invocar a Dios como «Dios de mi justicia» es invocarle como salvador frente a quienes oprimen injustamente al que confía en Él. Justicia en el lenguaje bíblico significa conceder a cada uno lo que necesita y, por tanto, equivale a salvación y misericordia de parte de Dios. La súplica al Señor de que escuche la oración aparece plenamente cumplida al final, en los vv. 8-9.

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Sal 4,3-7

El salmista ofrece su testimonio personal a quienes no acuden a Dios sino a los ídolos (v. 3), o no le honran como es debido con la oración y sacrificios sinceros (vv. 5-6), o dudan de Él (v. 7). La traducción del v. 5 en la Neovulgata —irascimini et nolite peccare— sigue la interpretación que hace la versión de los Setenta. De ella depende San Pablo cuando, citando este pasaje, enseña: «Si os enojáis, no pequéis; no se ponga el sol estando todavía airados, y no deis ocasión al diablo» (Ef 4,26-27).

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Sal 4,7b-9

El punto culminante del salmo es la alegría, paz y seguridad que Dios otorga al hombre que confía plenamente en Él y acude a Él en los momentos difíciles. A la tribulación exterior, Dios responde concediendo paz interior. Así, por ejemplo, lo reafirmaba Santa Teresa de Jesús a sus monjas: «Poned los ojos en vos y miraos interiormente, como queda dicho; hallaréis vuestro Maestro, que no os faltará, antes mientras menos consolación exterior, más regalo os hará. Es muy piadoso, y a personas afligidas y desfavorecidas jamás falta, si confían en Él solo. Así lo dice David, que está el Señor con los afligidos. O creéis esto o no. Si lo creéis, ¿de qué os matáis?» (S. Teresa de Jesús, Camino de Perfección 29,2).

Las últimas palabras del salmo (v. 9) son especialmente aptas para ser recitadas antes de acostarse. Aparecen recogidas en la oración para antes del descanso nocturno en la Liturgia de las Horas.

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Salmo 5

En el salmo anterior se expresaba la paz y seguridad del salmista durante la noche (cfr Sal 4,9); en éste se recoge su oración durante el día: al despertar (Sal 5,4; cfr Sal 3,6) y luego en el Templo (Sal 5,8; cfr Sal 3,5).

La oración se inicia con una súplica elevada al comenzar el día (vv. 2-4), en la que el salmista reconoce y proclama la rectitud de Dios (vv. 5-7). Después anhela ir al Templo, a la presencia del Señor (v. 8), pide su protección frente a los enemigos traicioneros (vv. 9-11) y la bendición para los justos (vv. 12-13).

Este salmo lleva al cristiano a anhelar la unión con Jesucristo verdadero Templo de Dios (cfr Jn 2,21-22). Si el salmista confía que en el Templo Dios le escuchará (v. 8) y llenará de gozo a quienes le busquen allí (v. 12), el cristiano sabe que lo que pida al Padre en nombre de Jesús le será concedido (cfr Jn 15,16), y que de Él recibirá la alegría completa (cfr Jn 17,3).

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Sal 5,2-4

Al invocar a Dios como «Rey mío» —expresión que aparece en los salmos seis veces (cfr Sal 44,5; 47,7; 68,25; 74,12; 84,4)— se resalta la confianza en que Él interviene estableciendo la justicia y el derecho. Una vez presentada ante Él la súplica, se puede esperar confiadamente (v. 4). El amanecer, contrapuesto a la noche, se considera el momento más propicio para las intervenciones divinas (cfr Sal 17,15).

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Sal 5,5-7

Dios no es como los jueces de la tierra que se dejan sobornar por los malvados.

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Sal 5,8

El salmista reconoce que sólo por la bondad de Dios le es permitido entrar en el Templo, donde, en el sacrificio matutino, culmina la oración iniciada al comienzo del día (v. 4). «Bondad» (hesed) equivale aquí a fidelidad, porque Dios escucha siempre a quien le suplique en el Templo (cfr 1 R 8,30-39).

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Sal 5,9-11

Ahora el salmista no sólo pide que Dios le escuche y le defienda (cfr Sal 3,8), sino que le guíe por el camino de la justicia —de la santidad— que Dios ha manifestado en sus leyes. De esta forma sus enemigos no tendrán fundamento para acusarle. La caracterización de los impíos culmina en que se han rebelado contra Dios (v. 11), y esa rebelión se manifiesta en las mentiras e intrigas tramadas contra el justo (vv. 9-10); en algunos salmos se trata de maquinaciones contra el rey cuando parece que éste ha perdido fuerza para mantener su reinado (cfr Sal 17; 25; 35; etc.). En el v. 10 la maldad del impío se expone con cuatro imágenes construidas a partir de cuatro partes del cuerpo humano, indicando así la perversión de toda la persona. San Pablo tomará la segunda parte de este versículo para perfilar la imagen pecadora del hombre, sea judío o gentil, que necesita la redención de Cristo (cfr Rm 3,13). Las imprecaciones del v. 11 son una apelación a Dios para que el justo se salve, dejando que el impío sufra en sí mismo las consecuencias de sus propios actos. En eso consiste el «castigo» divino.

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Sal 5,12-13

En contraposición a la suerte del impío, está la del justo que, al recurrir a Dios, encuentra su protección y su bondad. «Nombre» (v. 12) equivale a «persona». «Los que aman tu Nombre» equivale a aquellos que reconocen con agradecimiento lo que Dios —que reveló su nombre a Moisés (cfr Ex 3,14)— ha hecho por su pueblo y confían en Él. En la nueva Alianza Dios ha otorgado a Jesucristo «el Nombre que está sobre todo nombre» (Flp 2,9). Por eso para el cristiano no existe bajo el cielo otro Nombre en el que pueda encontrarse la salvación que el de Jesús (cfr Hch 4,12). «El nombre de Cristo —comenta San Gregorio de Nisa— lleva la justicia, la sabiduría, el poder, la verdad, la bondad, la vida, la salvación, la inmortalidad. La virtud que está por encima de todo cambio y mutación» (Ad Harmonium 14).

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Salmo 6

La paz nocturna del salmista cantada en los salmos anteriores (cfr Sal 3,6; 4,9) se ve a veces turbada por el dolor (Sal 6,7). Este salmo se presenta como modelo de oración elevada a Dios en tales circunstancias, y, precisamente, cuando el hombre reconoce su condición de pecador.

El salmista, consciente de su culpabilidad, comienza suplicando el perdón divino (v. 2). A continuación (vv. 3-8) desarrolla su plegaria: presenta ante Dios su situación de enfermedad física y de aflicción interior (vv. 3-4); después aduce los motivos por los que espera una intervención divina (vv. 5-6); y expone de nuevo su angustia acrecentada por la opresión de sus enemigos (vv. 7-8). Termina proclamando ante éstos que Dios ha escuchado su súplica (vv. 9-11).

La respuesta de Dios a la petición del salmista en medio de su dolor nocturno (v. 10) es tipo de la que dio a la pasión y muerte de Cristo resucitándolo de entre los muertos. A la luz de este acontecimiento, la petición que el cristiano dirige a Dios pidiendo su perdón se orienta, no tanto a ser librado de la enfermedad y de la muerte, sino a poder reconocerle y alabarle en la bienaventuranza eterna.

El salmo 6 es el primero de los siete «salmos penitenciales» establecidos por la tradición litúrgica cristiana para expresar el deseo de conversión (Sal 6; 32; 38; 51; 102; 130; 143). En él destaca la petición de perdón hecha con esperanza: «Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores —aunque, por la gracia divina, sean de poca monta—, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en este barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y —con mi dolor y con tu perdón— seré más fuerte y más gracioso que antes! Una oración consoladora, para que la repitamos cuando se destroce este pobre barro nuestro» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 94-95).

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Sal 6,2

Dios es invocado como aquel que reprende y castiga para corregir (cfr Sal 38,2; Jr 10,24), como un padre hace con su hijo (cfr Pr 3,11-12; Hb 12,5-7).

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Sal 6,3-4

La interrogación: «¿Hasta cuándo?», indica la justa impaciencia del hombre que vuelve sus ojos a Dios en el sufrimiento.

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Sal 6,5-6

Se presentan dos motivos para que Dios intervenga: primero, su amor y misericordia paternales (v. 5); segundo, el deseo del salmista de seguir recordando y alabando a Dios, cosa que él piensa que no va a ser posible tras la muerte (v. 6), ya que todavía no se había esclarecido la pervivencia en el más allá. El «seol» era entendido como el lugar en el que los muertos permanecían como sombras.

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Sal 6,7-8

La angustia experimentada con más profundidad en la soledad de la noche aviva la oración de modo parecido a como en el salmo anterior era avivada al comenzar el día (cfr Sal 5,4).

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Sal 6,9-11

Queda expresada la seguridad del salmista frente a quienes estaban en su contra debido a la enfermedad, e intentaban minar su confianza en Dios. Esa seguridad le viene de la certeza de que va a ser curado, bien porque confía plenamente en que se va a producir, bien porque se le ha confirmado a través de un oráculo en el Templo. También puede entenderse —y parece lo más lógico— que el salmo en su conjunto está compuesto tras experimentar la curación recogiendo en él la súplica que había elevado con anterioridad. En cualquier caso, es la expresión de que Dios ha perdonado al ver el llanto y las lágrimas del hombre que, arrepentido, acude a Él. Éste es el punto central del salmo. Las primeras palabras del v. 9 las emplea Jesús para expresar el castigo que recibirán los que quieren obrar en su nombre sin cumplir sinceramente la voluntad de Dios (cfr Mt 7,23).

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Salmo 7

En contraste con el salmo anterior, en el que el salmista se consideraba pecador y pedía el perdón divino, en éste, cuando el orante piensa en sus opresores, se considera inocente y pide ser juzgado por Dios. Es un salmo de súplica individual que incluye al mismo tiempo una reflexión característica en la literatura sapiencial, por lo que se considera de composición tardía.

Se distinguen claramente dos partes. En la primera, el salmista se dirige personalmente a Dios pidiendo su protección (vv. 2-10); en la segunda, se dirige a los lectores proclamando su confianza en Dios que salva al justo y castiga al pecador (vv. 11-18). La primera parte se inicia con una invocación habitual y una petición de ayuda (vv. 2-3), y sigue con la declaración de inocencia por parte del salmista (vv. 4-6), para volver de nuevo a pedir la intervención divina que establezca un juicio justo (vv. 7-10). La segunda parte se abre con la proclamación de la confianza del salmista en Dios y en su justicia (vv. 11-12), y continúa con la exposición de la suerte del pecador (vv. 13-17), para concluir con el propósito de seguir alabando al Señor (v. 18).

El modelo para el cristiano que reza los salmos siempre es Jesucristo. Él, en su pasión y en la cruz, no proclama el castigo de quienes le persiguen, sino que pide para ellos el perdón porque «no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

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Sal 7,1

Este título puede referirse al momento en que David conoció por medio de un cusita la muerte de Absalón (cfr 2 S 18,21).

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Sal 7,2-3

La petición inicial supone la persecución a muerte del salmista por parte de sus enemigos. No se dice quiénes son éstos, pero su intención y ferocidad quedan reflejadas en la imagen del león. A tenor de los versículos siguientes esos enemigos son los que le acusan injustamente de haber obrado el mal y de haber violado el derecho y la justicia.

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Sal 7,4-6

Puesto que el salmista no puede defenderse en un juicio humano, apela a Dios haciendo profesión o juramento de inocencia, quizá en el Templo ante el sacerdote (cfr Dt 12,4-12; 1 R 8,31).

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Sal 7,7-10

Dos rasgos caracterizan a Dios como juez: Él es el juez supremo y universal de los pueblos; y Él conoce verdaderamente el pensar y el querer —«el corazón y las entrañas»— de cada hombre (v. 10). También nuestro Señor Jesucristo, como Dios, «conocía el interior de cada hombre» (Jn 2,25) y no necesitaba que nadie le informara sobre los hombres. «Nada hay escondido para el Señor, sino que aun nuestros secretos más íntimos no escapan a su presencia. Obremos, pues, siempre conscientes de que Él habita en nosotros» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Ephesios 15,3).

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Sal 7,11-12

Apelar con sinceridad al juicio divino significa, para todo hombre de corazón recto (v. 11), esperar encontrar en Dios su defensa —«escudo»— frente a sus acusadores injustos.

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Sal 7,13-17

Los pecadores, en contraste con el justo, sufrirán los castigos divinos —representados aquí con imágenes de guerra— en cuanto que sus actos violentos se volverán contra ellos. El mal sigue su curso y da su fruto con la misma continuidad con la que a la generación sigue el parto (v. 15), y tal como muestra la experiencia (cfr Pr 26,27). El pecado del hombre siempre se vuelve contra el mismo hombre, porque «el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo (…). Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1849).

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Sal 7,18

«Su justicia». Es la actuación de Dios que, como juez justo y supremo, reconoce la conducta recta —«justicia» del hombre (cfr v. 9)— y le salva de sus perseguidores.

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Salmo 8

El salmo anterior terminaba con el propósito de alabar el «Nombre del Señor» (cfr Sal 7,18). Ahora se cumple ese propósito, fijando la atención en su primera gran obra: la creación, y, más en concreto, la creación del hombre. En la sucesión de los salmos, Sal 8 es el punto culminante de la oración iniciada en Sal 3. Tras las súplicas, la oración se despliega en alabanza.

El poema se abre con el reconocimiento ante Dios de su grandeza en la tierra y en el cielo (v. 2). A continuación proclama la forma en que Dios manifiesta su gloria: primero, mostrando su poder por medio de lo humanamente débil (v. 3); después, cuidándose del hombre y otorgándole una dignidad semejante a la suya (vv. 4-9). Concluye con el mismo reconocimiento de la gloria de Dios con el que comenzaba (v. 10).

Este salmo se cumple plenamente en Jesucristo: Él recibió, como Dios, la alabanza de los niños (cfr v. 3), Él ha sido coronado de gloria y esplendor en la resurrección (cfr v. 6), y a Él le han sido sometidas todas las cosas, incluso la muerte (cfr v. 7). Al rezar este salmo, el cristiano proclama la grandeza de la dignidad humana recuperada en Jesucristo.

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Sal 8,1

«Según la de Gat». Parece que hace referencia a un acompañamiento musical, un arpa o una melodía.

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Sal 8,2

Dios es aquel que se ha dado a conocer y se ha elegido un pueblo —«Señor nuestro»—; pero a la vez es aquel a quien pertenecen todos los pueblos, toda la tierra, y cuya gloria se manifiesta desde el lugar de su morada, encima de los cielos visibles o firmamento.

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Sal 8,3

También en la tierra y en la historia hace Dios brillar su gloria cuando es reconocido y alabado por los que son débiles —los pequeños y los niños de pecho— y de esa forma vence la obcecación de quienes rechazan o rehúsan someterse a Él y a su voluntad. Sus planes se van cumpliendo en la historia a través de personas socialmente insignificantes, como lo era David en sus comienzos, o a través de un pueblo políticamente sin relieve, como lo era Israel. Jesús aplicó las palabras de este versículo a los niños que, cuando él entró en Jerusalén, gritaban: «Hosanna al Hijo de David» (Mt 21,15-16). La alabanza a Dios expresada en este salmo la realiza el cristiano alabando al mismo tiempo a Jesucristo: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo». La Iglesia utiliza este salmo en la celebración litúrgica de la solemnidad de la Santísima Trinidad.

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Sal 8,4-10

Entre los humildes que reconocen a Dios se encuentra el salmista que manifiesta su admiración ante el hecho de que Dios, creador del universo, se haya fijado en el hombre y haya cuidado especialmente de él, y le haya dado además el dominio y señorío sobre toda la creación, haciéndole partícipe de su propio poder (vv. 6-9). Expresa de una manera poética que el hombre es «imagen y semejanza» de Dios (cfr Gn 1,26-27). El reconocimiento de la grandeza del hombre lleva a la contemplación de la grandeza infinitamente mayor de Dios. Contrasta con la actitud de quien, creyéndose poderoso, rechaza a Dios y se rebela contra Él (cfr v. 3).

«Poco menor que los ángeles» (v. 6). Así traducen los Setenta y las versiones latinas. En hebreo dice literalmente «poco menos que un dios» o «que unos dioses», aludiendo a los seres intermedios entre el dios supremo y los hombres, que se adoraban en el panteón cananeo.

En la Carta a los Hebreos se citan las palabras de los vv. 5-7 para afianzar la esperanza en el futuro mundo glorioso que pertenece a Cristo y que ya ha comenzado a realizarse con su resurrección y ascensión a los cielos: «Ahora no vemos que todo le esté ya sometido. En cambio, a aquel que fue hecho por un momento inferior a los ángeles, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor a causa de la muerte padecida. De modo que, por gracia de Dios, experimentó la muerte en beneficio de todos» (Hb 2,8-9). San Pablo apela asimismo al v. 7 para enseñar que la muerte será vencida definitivamente por Jesucristo, y que la creación entera será sometida a Dios por la obra redentora de Jesús: «Como último enemigo será destruida la muerte porque [Dios] ha sometido todas las cosas bajo sus pies [de Cristo]… Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces también el mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas» (1 Co 15,26-28). El sometimiento de la creación al hombre y con él a Cristo está, por tanto, en proceso; pero ya se ha iniciado de manera irreversible en la resurrección de Jesús. Cristo lo va realizando mediante la Iglesia, en la medida en que los cristianos ponen a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Pues Dios «todo lo sometió bajo sus pies [de Cristo] y a él lo constituyó cabeza de todas las cosas en favor de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de quien llena todo en todas las cosas» (Ef 1,22-23). «La Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado “a imagen de Dios” capaz de conocer y amar a su Creador, y que ha sido constituido por Él señor de todas las criaturas terrenas (cfr Gn 1,26; Sb 2,23), para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios (cfr Si 17,3-10)» (Gaudium et spes, n. 12).

Con este salmo se da gracias a Dios por la dignidad que le ha otorgado al hombre. «Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos» (S. Bernardo, Sermones de tempore 3).

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