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Jb 28,1-28

La exaltación de la sabiduría supone la culminación de los diálogos. Muchos comentaristas de este siglo, al investigar el proceso de redacción del libro, han supuesto que este capítulo es de un autor distinto, anterior o posterior al de los diálogos, y que el redactor final lo incluyó, consciente de su alto valor literario y doctrinal. Otros piensan que en el original no estaría puesto en boca de Job, porque encajaría mejor al final de los discursos del Señor, o que quizá habría que leerlo como reflexión del autor de la obra y no en boca de Job. Sin embargo, todos los testimonios que poseemos, tanto en hebreo como en griego, contienen este elogio de la sabiduría en el mismo lugar. Por otra parte, el lenguaje y el estilo coinciden con el resto del libro y no dan pie a atribuirlo a un autor diferente. Además no rompe el hilo conductor de la obra suponer que Job, una vez que ha rechazado los argumentos de los amigos que se jactaban de conocer las fuentes de la sabiduría y todos sus entresijos, prorrumpiese con este poema sobre la inaccesibilidad de la sabiduría.

Al margen de estas cuestiones de asignación, el poema es de gran belleza: trata de la sabiduría no como cualidad humana, sino como patrimonio de Dios, inaccesible a toda criatura. De acuerdo con la tradición sapiencial llega a contemplarla como cualidad independiente y personificada en consonancia con otros pasajes de la Biblia (cfr Pr 8,22-31; Ba 3,9-4,4). El himno comprende tres partes separadas por las preguntas acerca del origen de la sabiduría y el lugar donde se encuentra (vv. 12.20). La primera parte (vv. 1-11) pondera la habilidad del hombre capaz de descubrir y dominar lo más profundo de la tierra; la segunda (vv. 12-19) presenta el afán de todo hombre por alcanzar la sabiduría sin que conozca completamente su valor ni sepa dónde encontrarla; la tercera (vv. 20-28) desarrolla la respuesta a esa inquietud: sólo Dios conoce el camino para alcanzarla, porque sólo Él sabe dónde está (v. 23). La última frase (v. 28) señala cómo puede el hombre participar de ella.

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Jb 28,1-11

Oro, plata, hierro y cobre (vv. 1-2) eran los metales conocidos hasta entonces. El autor sagrado aporta datos sobre los avances técnicos usados en la minería de la época; de este modo deja también constancia del dominio que el hombre ejerce sobre la creación, cumpliendo el mandato originario de Dios (cfr Gn 1,28). Pero, por encima de esto, el autor subraya el asombro que le produce el hombre inteligente, capaz de extraer los grandes tesoros de las entrañas de la tierra, de construir sofisticadas galerías o de trabajar en posturas extrañas (v. 4). En esta actividad el homo faber no tiene competidor entre los seres creados, porque ni las aves más sagaces, ni las fieras más feroces llegan donde llega la investigación y la técnica del hombre (vv. 7-8). Pero la técnica todavía no es la sabiduría. La Iglesia, que reconoce los enormes progresos técnicos de la humanidad, clama para que se reconozca también el sentido y el valor de la actividad humana: «El hombre siempre se ha esforzado con su trabajo y su ingenio por desarrollar más su vida; hoy en día, sobre todo gracias a la ciencia y a la técnica, ha ampliado y continuamente amplía su dominio sobre casi toda la naturaleza, y, principalmente con ayuda del aumento de medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se reconoce y se constituye, poco a poco, como una comunidad en todo el mundo. Con ello, muchos bienes que el hombre esperaba antes principalmente de fuerzas superiores, hoy se los procura ya con su propia habilidad. Ante este inmenso esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen entre los hombres muchos interrogantes: ¿Cuál es el sentido y valor de esta actividad? ¿Cómo se deben utilizar todas estas cosas? ¿Cuál es el fin que pretenden conseguir los esfuerzos de los individuos y las sociedades? (…) El hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido el mandato de regir el mundo en justicia y santidad, sometiendo la tierra con todo cuanto en ella hay, y, reconociendo a Dios como creador de todas las cosas, de relacionarse a sí mismo y al universo entero con Él, de modo que, con el sometimiento de todas las cosas al hombre, sea admirable el nombre de Dios en toda la tierra» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, nn. 33-34).

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Jb 28,12-19

«Adquirir sabiduría» (v. 18) es el objetivo máximo al que se puede aspirar, pero si no se alcanza con la técnica y la industria, como se explica en la primera parte, tampoco se consigue con dinero (v. 15). Este poema, como se ha señalado, aporta datos para conocer los avances técnicos de aquel tiempo; también contiene elementos del comercio de entonces y de lo que se consideraba más valioso (oro, plata, gemas). Utiliza todos estos datos para subrayar el valor de la sabiduría. Frente a la opinión más generalizada de que la sabiduría proporciona riqueza (cfr 1 R 10; Ez 28,4), el himno sostiene que todas los bienes del mundo ni igualan ni pueden compararse con ella. San Gregorio Magno, siguiendo su método de lectura espiritual, identifica la sabiduría con Jesucristo y comenta: «¿Qué otra cosa quiere decir que la sabiduría no se compara a las piedras preciosas sino que Aquel que es virtud de Dios y sabiduría de Dios, es decir, el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, excede a todas las cosas en tanta grandeza que ni los hombres en la tierra ni los ángeles en el cielo le pueden ser comparados?» (Moralia in Iob 4,18,47).

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Jb 28,20-27

El himno juega con abundancia de verbos para marcar grados en la consecución de la sabiduría: las criaturas, hasta las más misteriosas, llegan a tener noticias sólo de oídas (v. 22); en cambio, Dios conoce y sabe (v. 23). Sólo Él puede contemplar y conocer todo lo creado (v. 24) y, por tanto, puede ver la sabiduría, examinarla, revisarla, y escudriñar su origen (v. 27). Dios la creó en el principio (cfr Pr 8,23), y la pudo contemplar en el proceso de la creación.

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Jb 28,28

El hombre no alcanza la sabiduría sólo por su técnica o industria, tampoco por su actividad comercial; pero puede alcanzarla mediante la piedad. El temor de Dios es el principio de la sabiduría (cfr Pr 1,7; Sal 111,10), teniendo en cuenta que «temor» no es miedo. El miedo paraliza, mientras que el temor de Dios mueve al hombre a acercarse a Él, único autor de la sabiduría, a aceptar sus proyectos y a seguir sus caminos; y, por encima de todo, impulsa a pedir la sabiduría en una oración humilde y sencilla (cfr Sb 8,21; 9,4).

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Jb 29,1-31,40

Amplio discurso de Job que no pretende ser una respuesta a sus amigos, como lo indica la frase introductoria: «Continuó su discurso» (literalmente, su «poema» o «narración»), que es distinta del habitual «intervino» o «respondió». Es un monólogo que sirve de unión entre los diálogos que han resultado estériles y —tras la intervención de Elihú (32,1-37,24)— los discursos del Señor (38,1-41,26), que aportarán la solución definitiva. Como todas las palabras de Job, esta pieza está cargada de sentimiento y de pasión; prepara la teofanía, que será no tanto una respuesta teórica a las cuestiones que agitan el alma de Job, como un encuentro personal que apacigüe sus inquietudes más profundas. Por tanto, aunque algunas secciones sean una reflexión personal, contienen siempre una referencia a Dios, único interlocutor de este discurso.

Se puede dividir en tres partes que coinciden con los tres capítulos: en primer lugar, la memoria del pasado feliz, cargada de añoranza (cap. 29); luego, el lamento del presente, en el que vuelven a aparecer las quejas de soledad y sufrimiento (cap. 30); por último, la confesión de inocencia, también conocida pero expresada aquí con acentos de patetismo desconsolado (cap. 31). En esta confesión están recogidas las frases más tensas y los desafíos más ásperos dirigidos a Dios.

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Jb 29,1-25

Los recuerdos de Job evocan la etapa de su vida narrada en el prólogo, cuando vivía en prosperidad. Ahora se describe esa misma situación, pero con un estilo poético y de manera idealizada. El centro lo ocupa la persona de Job, que añora los días en que se sentía protegido por Dios (vv. 1-6), y recuerda con nostalgia cuando era honrado por todos, jóvenes y ancianos, notables y jefes (vv. 7-11), porque reconocían que en la administración de justicia era modelo de preocupación por los más débiles y necesitados (vv. 12-17). Confiesa que se prometía un futuro feliz (vv. 18-20), porque su prestigio y su influencia entre todos era enorme (vv. 21-25).

La descripción del pasado de Job, lejos de significar una actitud gozosa y agradecida, es el arranque de una queja contra Dios que le ha abandonado. Pero, al mismo tiempo, es una muestra profunda de fe en el Dios único, autor de la prosperidad pasada y de la desgracia presente.

Los Santos Padres han visto en Job una imagen de Cristo sufriente, y también de la Iglesia que ha padecido a lo largo de la historia las heridas de los herejes y el dolor de las persecuciones. Así, San Gregorio Magno comenta que en las palabras de este capítulo Job «denuncia lo que ha de venirle a la Santa Iglesia; y por lo que él padece demuestra lo que ella ha de padecer (…). Sucederá que serán tantas las tribulaciones que ha de soportar, que deseará con ansiedad estos tiempos, aunque nosotros los soportamos con trabajo» (Moralia in Iob 4,19,9-10).

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Jb 29,4

«Los días de mi otoño». Así el texto hebreo, en una expresión gráfica de los días de plenitud, puesto que el otoño es tiempo de recolección de frutos. La Neovulgata, siguiendo al griego, traduce «los días de mi adolescencia», es decir, los años iniciales de la vida. En todo caso, es una imagen poética que indica el tiempo más gozoso y pletórico de la persona.

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Jb 29,18

«En mi nido moriré». La imagen del nido expresa gráficamente el calor de la familia frente a la desolación del vagabundo (cfr Pr 27,8). Job añora la prosperidad de sus bienes, pero sobre todo la compañía de sus hijos, entre los que hubiera acabado sus días como lo hicieron los patriarcas.

«Numerosos como arena serán mis días». Así, según el texto hebreo. Puesto que la arena suele usarse en la Biblia como imagen de la descendencia numerosa, más que de la larga vida, las antiguas versiones, como la Vulgata, tradujeron «como la palmera», que era uno de los árboles conocidos más longevos. Los comentaristas judíos de la Edad Media traducían «como el ave fénix», en referencia a la leyenda griega del ave que resurgía una y otra vez de sus cenizas.

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Jb 30,1-31

En contraste con la prosperidad pasada, Job llora la desgracia presente, los males que le aquejan «ahora» (vv. 1.9.16). Fray Luis de León lo describe con precisión: «Y agora, como diciendo, esto fue entonces: dábanme el primer lugar a doquier que llegaba, cercábanme como a rey, estaban de mi boca colgados; mas agora hacen mofa de mí los mozos y viles, no sólo los ancianos y graves. Y para encarecer más el desprecio, encarece con particulares señales la bajeza y vileza de los que le menosprecian» (Expositio libri Iob 30,1).

Con tono pesimista Job se queja del desprecio de los jóvenes, los miserables y los delincuentes (vv. 1-10), y más aún de la humillación a la que Dios le ha sometido con tanta abundancia de males (11-19). Job grita suplicante a Dios, pero como respuesta sólo percibe el silencio (vv. 20-23); está a punto de perder toda ilusión y se siente totalmente deprimido (vv. 24-31). El centro del capítulo es la oración dolorida sin respuesta aparente (v. 20), en cuanto que refleja la fe del que ama en medio de desgracias y de dudas, y persevera en su esperanza de obtener algo de Dios: «Mucho aprovecha para acrecentar la sabiduría de los santos recibir tarde las cosas que demandan, para que en la dilación crezca el deseo y con el deseo se acreciente el entendimiento. Y cuando el entendimiento se esfuerza, se le manifiesta en Dios el amor más encendido» (Moralia in Iob 4,20,31).

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Jb 30,3-8

La descripción de los desheredados es particularmente cruda y contrasta con la consideración positiva que los pobres tienen en toda la Biblia y también en el pensamiento de Job, como queda reflejado en 30,25 y 31,13-23. Pero aquí el autor sagrado quiere acentuar en lenguaje poético la desgracia y el desamparo de Job, y lo expresa mediante la burla que recibe de los que socialmente están más marginados.

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Jb 30,24

Este texto admite muchas interpretaciones, pues tanto el original hebreo como la versión griega resultan ininteligibles. Nosotros hemos tomado como base el hebreo haciendo una lectura coherente con el contexto, especialmente con el v. 23. Entendemos que aquí se describe el desaliento del enfermo que no encuentra salida a su desgracia, pero que tampoco está conforme con su suerte.

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Jb 31,1-40

Con especial crudeza proclama Job su inocencia ante los hombres y, en particular, ante Dios: una y otra vez le interpela y le solicita su sentencia favorable. En este largo parlamento se pueden distinguir las secciones siguientes: a modo de introducción (vv. 1-6) Job reclama a Dios que manifieste su justicia para que todos puedan verla. El cuerpo del discurso (vv. 7-34) está formado por una serie de juramentos de disculpa; en ellos se usa una fórmula conocida ya en algunos textos egipcios, que incluye la descripción del delito o la culpa con una condicional: «Si mis pasos se han desviado…, y mi corazón fue tras mis ojos…» (v. 7), y luego una automaldición en la que se menciona la pena a la que se somete en caso de haber cometido el delito: «que otro consuma lo que yo siembre…, que mi mujer muela para otro…» (vv. 8.10); la automaldición a veces falta porque se sobreentiende. La parte final (vv. 35-40) contiene un fuerte alegato a Dios, conminándole a que responda a la confesión de inocencia. Aunque es casi un ultimátum, está basado en una firme esperanza en Dios, el único que puede escucharle.

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Jb 31,1-6

Como anticipo del resto del discurso, Job subraya que ha evitado los delitos: en concreto, ha prevenido los malos deseos carnales (v. 1) y ha rechazado el engaño y la mentira (vv. 5-6). A la vez dirige las primeras imprecaciones a Dios que parece ajeno a los buenos deseos del inocente (vv. 2-4) y desentendido de la integridad del justo (v. 6).

La referencia a la guarda de los sentidos (cfr Si 9,5-8) y a la sinceridad, como exponentes de virtud (cfr Sal 12,2-3), aparece únicamente en los libros sapienciales. Esto supone un gran avance en la moral personal, que alcanzará su culminación en el Nuevo Testamento (cfr Mt 5,28.37). Son dos virtudes tan relacionadas que de ordinario no se da la una sin la otra. San Josemaría hablando de la santa pureza, decía con fuerza: «Perdonad mi machaconería, pero juzgo imprescindible que se grabe a fuego en vuestras inteligencias que la humildad y —su consecuencia inmediata— la sinceridad enlazan los otros medios, y se muestran como algo que fundamenta la victoria (…). ¡Abrid el alma! Yo os aseguro la felicidad, que es fidelidad al camino cristiano, si sois sinceros. Claridad, sencillez: son disposiciones absolutamente necesarias; hemos de abrir el alma, de par en par, de modo que entre el sol de Dios y la claridad del Amor» (Amigos de Dios, nn. 188-189).

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Jb 31,7-34

En esta serie de juramentos se contiene la lista de pecados más amplia del Antiguo Testamento; concretamente se enumeran doce: la codicia de los bienes materiales (vv. 7-8), el adulterio (vv. 9-10), la violación de los derechos de los subordinados (vv. 13-14), el abandono de los pobres y de las viudas (vv. 16-17), la negación del vestido al indigente (vv. 19-20), el abuso de poder contra el huérfano (vv. 21-22), el apego a las riquezas (vv. 24-25), el culto a los astros (vv. 26-27), la alegría por el mal ajeno (vv. 29-30), negar la hospitalidad (vv. 31-32), el disimulo y la hipocresía (vv. 33-34) y, al final del discurso, la explotación abusiva de la tierra (vv. 38-40). Posiblemente es un artificio buscado para dar relieve a la idea de que el hombre piadoso debe rechazar todos los vicios, dado que el número doce resultaba tan significativo en el Antiguo Testamento. Más que seguir el Decálogo, Job menciona junto a la idolatría los pecados que se cometen contra el prójimo, en especial contra los más débiles y despreciados de la sociedad. Job no usa aquí una terminología jurídica, como era habitual en los discursos anteriores, sino moral, como buscando presentar ante Dios una conducta irreprochable desde el punto de vista ético y no sólo legal.

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Jb 31,18

Los pronombres de este versículo son imprecisos y son interpretados de distintas maneras: la Neovulgata se acomoda a la versión griega en la que el sujeto es Job: «Lo he criado [al huérfano] desde niño como un padre, y la he guiado [a la viuda] desde el seno materno». Nuestra traducción sigue el texto hebreo que tiene por sujeto de las acciones a Dios; este sentido es coherente con el contexto, pues señala que la preocupación por los más necesitados se fundamenta en la convicción de que cada hombre es un proyecto de Dios; ahí radica su dignidad (cfr 31,13-15).

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Jb 31,35

«Ésta es mi rúbrica». El texto dice literalmente: «Ésta es mi tav», que es la última letra del alfabeto hebreo. Era frecuente poner esta letra al final de los documentos oficiales importantes. Seguramente aquí significa: «Ésta es mi última palabra sobre mi propia inocencia»; ahora le toca a Dios responder. El desafío es audaz, casi ofensivo; sin embargo late en el fondo una fuerte esperanza. Job provoca a Dios para poder acercarse a Él, para manifestar que tiene confianza en que la justicia viene de Él, para proclamar ante los hombres que el que se muestre la inocencia de su comportamiento también depende de Dios.

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Jb 32,1-37,24

Cuando la tensión, los diálogos y la lamentación de Job han llegado a su punto álgido y parece que habría de venir la intervención de Dios, irrumpe Elihú, un personaje desconocido hasta ahora, con un parlamento mucho más largo que el de los amigos anteriores. Su nombre, a diferencia de los mencionados antes, es israelita y bastante común en la Biblia (cfr 1 S 1,1; 1 Cro 12,21; 26,7; 27,18); y sus discursos también son diferentes tanto en el fondo como en la forma. Todos estos datos han dado pie a que algunos comentaristas hayan considerado que esta sección fue añadida cuando el libro estaba terminado y que podría tratarse de un primer comentario a los discursos de Job (cfr 33,9-11; 34,5-6; 35,2-3), de los amigos y del mismo Dios (cfr 37,14-18). Sin embargo, a pesar de las diferencias, los discursos de Elihú también tienen muchos puntos de contacto literarios y doctrinales con el resto de los discursos, y bien podrían deberse al mismo autor del libro que decidiera intercalarlos cuando había compuesto ya la intervención de Dios.

Dejando a un lado las cuestiones sobre la redacción del libro, que necesariamente se mueven en el ámbito de las hipótesis, es evidente que desde muy antiguo se consideró que la intervención de Elihú formaba parte de la trama como tal, pues así ha llegado hasta nosotros en todos los testimonios, tanto hebreos como griegos y latinos. En cualquier caso, los discursos de Elihú no son elementos sin conexión con lo precedente, pues tienen como base los diálogos anteriores, aluden a las palabras de Job y mencionan las argumentaciones de los amigos. En sí mismos constituyen una pieza unitaria con una estructura sencilla: el primer discurso (32,6-22) sirve de exordio; los tres siguientes (33,1-33; 34,1-37 y 35,1-16) desarrollan la temática ya vista, a saber, la culpabilidad del que sufre y la retribución inmediata; el último discurso, el más largo (36,1-37,24), es un himno a la soberanía de Dios manifestada en la historia y en la creación.

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Jb 32,1-5

Es significativa esta amplia presentación de Elihú, que incluye su genealogía y explica los motivos que tiene para intervenir. Se trata de un personaje que, hasta ahora, por cortesía con los ancianos, había permanecido callado, y que, movido por su celo y su piedad, se enfurece contra Job y contra los amigos. El narrador trata a Elihú con un punto de ironía, quizá para aludir a las corrientes sapienciales de los que abusaban de las palabras sin tener ideas sólidas: «Después de los amigos se allega Elihú, más joven, para reprender al bienaventurado Job; en su persona se perciben las formas de algunos doctores fieles pero arrogantes» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 5,23,31,4).

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Jb 32,6-22

Elihú justifica su intervención con tres explicaciones concatenadas: primero, porque tiene deseos de hablar como uno más entre los sabios (vv. 6-10); segundo, porque tiene algo que añadir a los argumentos esgrimidos hasta ahora, que se le antojan escasos (vv. 11-16); por último, porque tiene necesidad de decir en voz alta lo que lleva dentro (vv. 17-22).

Comienza solicitando con insolencia la atención de sus oyentes: «Escuchadme» (v. 10), y habla como si se dirigiera a un público más numeroso (v. 15) con referencias despectivas en tercera persona a los amigos de Job. Elihú aparece como un personaje altivo y así lo han descrito los comentaristas cristianos: «Cualquier arrogante busca no tanto tener ciencia, sino aparentar que la tiene, porque ciertamente los orgullosos no se esfuerzan por alcanzar la sabiduría sino por mostrarla (…). En cambio, los santos se complacen en lo más íntimo de la sabiduría; y, cuando por caridad manifiestan el bien que han recibido, se gozan más del provecho de los oyentes que de su propia demostración» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 5,23,10,17).

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Jb 33,1-33

Elihú se dirige directamente a Job con una perorata construida con artificio. En el exordio solicita de nuevo la atención de su interlocutor y le invita a dialogar entre los dos como iguales (vv. 1-7). En el cuerpo del discurso va respondiendo a las grandes afirmaciones de Job: a su proclamación de inocencia (vv. 8-11) y a la queja del silencio de Dios (vv. 12-25), y termina aconsejándole cómo tiene que comportarse (vv. 26-30). La conclusión (vv. 31-33) es una nueva interpelación retórica, semejante a la del comienzo, para dar al discurso aire de pieza oratoria perfecta.

Hay en este discurso muchos aspectos de gran valor humano y religioso, como la trascendencia de Dios que está por encima de los hombres (v. 12), o el modo de comunicarse Dios en la intimidad del sueño o por medio del dolor (vv. 19ss.). Pero hay demasiado artificio y las razones suenan a hueco, a un cierto aire vanidoso que provoca rechazo: «La soberbia es desagradable, también humanamente: el que se considera superior a todos y a todo, está continuamente contemplándose a sí mismo y despreciando a los demás, que le corresponden burlándose de su vana fatuidad» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 100).

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Jb 34,1-37

También este discurso está construido según las reglas retóricas como corresponde a quien está versado en lides sapienciales. Ahora se dirige y solicita la atención de los sabios (vv. 2-4), aunque el tema siga siendo como en el discurso anterior el juicio que merece el comportamiento de Job. Las fórmulas de interpelación (vv. 2.10.16.34) marcan las secciones del discurso. En la primera (vv. 5-9), Elihú recoge las objeciones de Job, que se siente injustamente tratado por Dios, y le acusa de afirmar que con la inocencia no se obtienen beneficios. En la siguiente (vv. 10-15) proclama la justicia divina en la retribución. En la parte central y más amplia (vv. 16-33), Elihú expone con cierto desorden el dominio soberano de Dios: como buen gobernante se cuida de todos con imparcialidad, sin acepción de personas, y administra justicia con equidad, sin favorecer a los poderosos contra los más débiles. En la sección conclusiva (vv. 34-37), solicita un veredicto de condena contra Job. Elihú, que se había presentado como sabio entre sabios (cfr 32,8-9), va poco a poco asumiendo funciones de juez y dictando sentencias que no le corresponden.

El autor sagrado deja traslucir irónicamente la vanidad de Elihú, dispuesto a dar lecciones y a someter a juicio a Job sin tener en cuenta su penosa situación; pero pone en labios de este joven israelita palabras correctas sobre Dios y su actuar en el mundo (vv. 16-33). El autor sagrado utiliza de este modo un sutil recurso literario para dejar bien sentada la doctrina sobre Dios como único y soberano Señor del universo y de los hombres; viene a decirse que hasta los que yerran en el modo de hablar, aciertan en la verdad sobre Dios.

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Jb 34,12-13

Como argumento principal para demostrar que Dios retribuye a cada uno con justicia, Elihú aduce el poder supremo de Dios. En efecto, Dios no depende de nadie ni en la creación ni en la providencia; actúa con total libertad porque quiere y, por tanto, no puede sino amar lo que ha creado y procurar lo mejor para aquello que Él gobierna: «Por sí solo rige el mundo quien por sí solo lo creó, y no tiene necesidad de ayuda ajena para regirlo quien no tuvo necesidad de ella para crearlo. Todo esto se ha dicho para demostrar con claridad que Dios Todopoderoso no descuida regir por sí mismo lo que por sí mismo creó; lo que hizo piadosamente no puede disponer de ello con crueldad, y el que cuidó que comenzaran a existir los que todavía no existían, no puede abandonar a los que ya existen. Así, pues, porque está presente en la gobernación el que fue hacedor en la creación, no puede olvidar el cuidado por cada uno de nosotros» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 5,24,20,46).

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Jb 35,1-16

El tercer discurso de Elihú es breve, pero tan recargado de preguntas retóricas y de artificios oratorios, que apenas llegamos a comprender con claridad los argumentos. Comienza, como de costumbre, resumiendo la opinión de Job que a continuación va a rebatir, en este caso, porque se confiesa inocente ante Dios, y no se siente atendido por Él (vv. 1-3). Sigue con un primer argumento: el pecado y la inocencia no quitan ni añaden nada a Dios, sino que afectan sólo al hombre que peca o se mantiene fiel (vv. 4-8). El segundo argumento parece más enmarañado: cuando los hombres sufren, gritan, suplican y no son atendidos por Dios es o porque ese grito no va dirigido a Dios, por tanto no es oración, o porque no buscan con sinceridad al Dios verdadero, al único creador, y la plegaria no es válida (vv. 9-11); o, también, porque lo hacen con soberbia, y entonces inutilizan la plegaria (vv. 12-13). En conclusión tu queja —dice dirigiéndose a Job— de que Dios no te escucha carece de sentido, no se apoya en motivo fundado (vv. 14-16).

Tampoco en este discurso da Elihú una respuesta comprensiva a los lamentos de Job sumido en el sufrimiento, sino que sólo pretende reprenderle y hacerle callar, sin tener la más mínima tolerancia hacia sus quejas y preguntas (v. 16). San Gregorio Magno, que ve en Elihú el prototipo de orador vanidoso, escribe a propósito de este versículo: «Este defecto suele ser propio de los soberbios: que tienen por pocas las muchas cosas que han dicho, y creen que son muchas las pocas que les dicen a ellos, porque como siempre quieren decir sus cosas, no escuchan las ajenas y piensan que se les lleva la contraria si no derraman destempladamente lo que también sin templanza se les ocurre» (Moralia in Iob 5,26,22,40).

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Jb 35,2

«Mi justificación está ante Dios». El texto hebreo admite varias interpretaciones. Así la versión griega traduce: «Soy justo delante del Señor», mientras que la Vulgata lee: «Soy más justo que Dios»; otros entienden: «Tengo razón ante Dios». Nuestra traducción, concorde con el original hebreo y coincidente con la Neovulgata, pretende reflejar las ideas de que Job se sabe inocente (justo) ante Dios, y de que sólo de Dios espera el veredicto definitivo, que será positivo.

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Jb 36,1-37,24

En este último y largo discurso el joven Elihú pone en juego todas sus dotes oratorias estructurando minuciosamente su intervención. En efecto, a pesar de que algunos versículos son difíciles de entender, quizá por no haberse transmitido bien el texto, la estructura parece clara. En el exordio (36,2-4) Elihú reclama, como en otros discursos, la atención de su interlocutor —Job, aunque no lo nombra— porque le queda algo importante que decir en favor de Dios. El cuerpo del discurso (36,5-37,13) está distribuido en tres grandes secciones de distinta extensión, pero introducidas con una misma confesión: «Dios es grande» (v. 5), «Dios es sublime» (v. 22), «Dios es grande, no podemos abarcarlo» (v. 26). La conclusión (37,14-24) contiene la última interpelación a Job para que acepte su situación aunque no la comprenda (vv. 14-18), y la explicación de que ningún mortal puede abarcar la justicia y las decisiones divinas; sólo puede crecer en el temor de Dios (vv. 19-24).

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Jb 36,1-4

Reclama Elihú la atención porque, según él, el tema, la defensa de Dios, lo merece y porque quien va a hablar es «un sabio perfecto» (v. 4) o cabal. San Gregorio Magno subraya la insolencia de esta introducción y comenta que los oradores vanidosos «procuran mostrarse a sí mismos más que predicar las acciones de Dios» (Moralia in Iob 5,26,23,41).

Fray Luis de León, más benévolo, resume los temas del discurso y puntualiza que en ellos también estará de acuerdo Job: «Elihú, cuanto dice no es propiamente contra lo que Job siente o afirma, sino contra lo que él se imagina que dice. Y, en efecto, prueba en el pasado y en este capítulo aquello de que Job no tiene duda ninguna: que Dios es justo, que tiene providencia y que reparte el castigo y la pena» (Expositio libri Iob 36,1).

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Jb 36,5-10

Los vv. 5-9 presentan dificultades y alteraciones en su transmisión: el texto hebreo es difícil de entender y la antigua versión griega los omite. Según la posible lectura del texto que hemos seguido, queda clara su enseñanza sobre el modo de intervenir de Dios en la vida personal de los hombres. Una de las aportaciones más importantes de estas palabras de Elihú es el poner de relieve el carácter pedagógico del sufrimiento. Mantiene, en coherencia con los amigos de Job, que Dios castiga a los impíos, pero añade que a veces también a los justos, y en ese caso lo hace «para descubrirles» (v. 9) las obras de cada uno y «para abrirles el oído» (v. 10). Fray Luis captó muy bien la pedagogía del dolor cuando escribía que también «nosotros solemos advertir a los niños con un repelón o con tirarles ligeramente la oreja. Y son sin duda como repelones que da Dios a los suyos los trabajos a quien en la brevedad desta vida los sujeta, para despertar su niñez, o por mejor decir para, despejándolos della, dalles juicio entero y perfecto de hombres» (Expositio libri Iob 36,10).

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Jb 36,15

Esta afirmación frecuente en los oráculos proféticos de salvación (cfr Is 40,2; 48,10) es poco común en los libros sapienciales, que se limitan a ver el dolor como castigo por algún pecado. Aquí parece insinuarse el valor positivo del sufrimiento para quien lo sufre. En el Nuevo Testamento se afirmará con claridad: «En la Cruz de Cristo no sólo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido (…). Cada uno está llamado a participar en este sufrimiento [de Cristo] por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido» (Juan Pablo II, Salvifici doloris, nn. 4 y 19).

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Jb 36,16-17

El texto hebreo de estos versículos es confuso y resulta imposible traducirlo con fidelidad; las versiones antiguas no ayudan mucho porque el griego los omite, y la Vulgata contiene una lectura casi incomprensible. Nosotros hemos intentado no apartarnos del texto hebreo manteniendo incluso el sentido ambiguo. Así el v. 17 expresaría que Job por su comportamiento es juzgado como los impíos y debe asumir la misma sentencia, y también que Job ha juzgado como malvados a sus oponentes y, por eso, su propia sentencia revierte sobre él.

Al margen de las dificultades que el texto comporta, queda claro que Elihú aplica a la situación de Job el aspecto pedagógico del sufrimiento: también él puede alcanzar la salvación por medio de sus angustias (v. 16), y también él debe alejarse de la maldad (v. 21). En definitiva, cada hombre puede encontrar en el sufrimiento un modo de acercarse más a Dios.

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Jb 36,19-20

También estos versículos ofrecen dificultades textuales y están recogidos de diversas maneras en las versiones antiguas. Elihú denuncia que pueda utilizarse el sufrimiento o las noches en vela para formular peticiones egoístas.

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Jb 36,22-25

Con preguntas retóricas Elihú proclama dos propiedades que pertenecen exclusivamente a Dios: Él es el único maestro, Él es el único árbitro del comportamiento humano. Por tanto, el hombre no es quién para juzgar a Dios, sino que debe adoptar la actitud del discípulo, dispuesto a aprender y a imitar. Esta doctrina es correcta y ha sido muchas veces enseñada en la tradición cristiana: «Si nos preguntaran por muchas maravillas de la naturaleza —escribió San Agustín— nos veríamos obligados a confesar la impotencia y la limitación de nuestra inteligencia. Sin embargo estamos seguros de que el Omnipotente no hace nada sin razón, aunque el intelecto humano, que es débil, no puede dar razón de ello. Estamos, sin embargo, convencidos de que en muchas cosas no es incierto su querer y de que no es imposible para Él nada de cuanto quisiere. Por eso nosotros asentimos a lo que nos dice porque no podemos tenerle ni por incapaz de obrar todo ni menos por mentiroso» (De Civitate Dei, 21,5). Y San Gregorio Magno escribió al hilo de estos versículos: «Nadie juzga bien lo que desconoce. Así que debemos mantenernos en silencio bajo los juicios de Dios, puesto que vemos que no podemos alcanzar las razones de los mismos» (Moralia in Iob 5,17,3,5).

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Jb 36,26-37,13

Esta parte del discurso es un himno en el que se exalta cómo gobierna Dios los fenómenos atmosféricos. En los primeros versículos (vv. 26-31) se contempla el prodigio de la lluvia, que unas veces cae mansamente y otras en chaparrones torrenciales. «Con todo esto Dios gobierna a los pueblos» (v. 31). Fray Luis de León, en sintonía con este espíritu contemplativo, comenta: «Porque vemos cómo Dios suspende unas veces la lluvia y otras en gran copia las envía, y no sabemos la razón que le mueve ni a lo uno ni a lo otro; y cómo cubre a tiempos con nubes el cielo y a tiempos lo descubre puro y sereno, y no sabemos la causa de la serenidad ni del nublado; y cómo truena unas veces y lanza rayos, y no sabemos por qué; ansí los días y la vida del hombre los gobierna Dios con diferentes sucesos, unos prósperos, otros adversos, unos claros, otros turbios y tristes, y algunos mortales y de postrera calamidad. Y no hay que pedirle cuenta ni alcançar lo que hace, como en lo demás no se alcança» (Expositio libri Iob 36,36).

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Jb 36,32-37,5

La tormenta con el aparato eléctrico que suele acompañarla es con frecuencia en la Biblia imagen de la teofanía (cfr Ex 19,16-25) y, en especial, de la manifestación de la ira divina (cfr Sal 18,14-16). Elihú hace hincapié en los elementos más estremecedores —relámpago, rayos, truenos potentes— para ensalzar el poder de Dios, y describe los fenómenos naturales más misteriosos para enaltecer la sabiduría divina: «La voz de Dios (cfr 37,2) no sólo tiene como objetivo manifestar la doctrina que deben escuchar los hombres, sino también descubrir la perfección de las obras naturales que se hacen en virtud del mandato de la sabiduría divina» (S. Tomás, Expositio super Iob 37,2).

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Jb 37,6-13

Como la tormenta, también los demás fenómenos atmosféricos —nieve, hielo, nubes, rayos— reflejan el poder y la sabiduría de Dios. Los hombres y los animales lo perciben cuando se sienten obligados a refugiarse en sus casas o en sus guaridas. Aquí Elihú añade, como algo importante, que las acciones divinas llevadas a cabo con poder y sabiduría tienen como finalidad última el ejercicio de la justicia, retribuyendo con bienes a los buenos y con males a los malos (v. 13).

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Jb 37,14-24

Job había terminado sus discursos pidiendo la intervención de Dios y su veredicto favorable (cfr 31,35), pero Elihú considera inaceptable esa actitud y vuelve a hacerle dos recomendaciones: contemplar y admirar las maravillas de Dios (v. 14), y orientar toda su vida en el temor de Dios (v. 24). Muchas de las consideraciones que aquí se hacen coinciden con las del discurso del Señor (cfr 38,5-11), pero el tono agrio y recriminatorio las vacía de eficacia. Santo Tomás señala con acierto que Elihú habló correctamente en sus discursos, pero estaba equivocado «en la persona de Job, porque pensaba que su desgracia era castigo por algún pecado oculto, y que la inocencia que parecía tener era simulada» (Expositio super Iob 37,24).

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Jb 38,1-42,6

La teofanía y el subsiguiente discurso del Señor constituyen la culminación de la trama del libro: después de que cada uno de los amigos y el atrevido Elihú han expuesto sus opiniones sobre la actitud de Job y sobre el sentido del sufrimiento, y después de que el propio Job ha solicitado una y otra vez el veredicto divino, la presencia del Señor viene a ser el remate perfecto de la discusión. El Señor desautoriza a los amigos que negaban la posibilidad de una manifestación de Dios para responder a Job, y acredita a éste que ansiaba encontrarse con Él.

El contenido de los discursos de Dios coincide con los anteriores en la consideración de las criaturas como reflejo del poder y de la sabiduría de su Hacedor, pero difiere radicalmente en el tono. El Señor no se enfrenta con las opiniones de Job ni lamenta su situación angustiosa, y ni siquiera responde directamente al requerimiento sobre su inocencia; más bien le invita a contemplar, como en un extraordinario reportaje fotográfico, las maravillas de la creación, a descubrir la belleza y las cualidades extraordinarias de los seres creados, y a reconocer, con sencillez, la soberanía y la sabiduría del Creador.

Desde el punto de vista literario, los discursos del Señor contienen expresiones de alto valor lírico y excelentes descripciones de las diversas criaturas, como la del avestruz (39,13-18), la del caballo de guerra (39,19-25), o las de Behemot y Leviatán (40,15-41,26). En la presentación de estos animales se mezclan rasgos realistas y pinceladas fantásticas con tal pericia que no se sabe si se trata de seres reales o míticos. En todo caso son criaturas del Señor.

La estructura de la teofanía es sencilla: dos amplios discursos de Dios (38,4-39,30; 40,15-41,26), precedidos cada uno de una interpelación a Job (38,1-3; 40,6-14) y seguidos de una respuesta de acogida y sumisión por parte de Job (40,3-5; 42,1-6).

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Jb 38,1-39,30

El primer discurso del Señor, de enorme riqueza expresiva y de cuidada construcción literaria, es sencillo en su enseñanza: Dios está presente donde nunca lo estuvo Job ni ningún otro hombre; ha intervenido e interviene donde nunca lo hizo ni lo puede hacer el ser humano; organiza sabiamente y cuida con esmero de las criaturas —estrellas, aves o animales— que quedan lejos del alcance de los hombres. En resumen, Dios es infinitamente más poderoso y más sabio que Job; y, sin embargo, entabla diálogo con él y le invita a admirar juntos las maravillas del cosmos y de los animales.

No es propiamente una lección teológica sobre la creación y, de hecho, las coincidencias con los relatos del Génesis o con el libro de la Sabiduría son escasas e irrelevantes; es más bien una descripción sapiencial del universo entero y del comportamiento de las criaturas en sí mismas, prescindiendo de las causas segundas y de la utilidad que pueda representar para el hombre.

Consta de una introducción (38,1-3) y de dos amplias secciones. La primera se centra en el mundo inanimado (38,4-38), la segunda en los animales (38,39-39,30). La primera sigue un cierto orden lógico y hace un recorrido desde los elementos más conocidos a los más desconocidos: tierra, mar, luz, extremo del mundo y abismo, fenómenos atmosféricos y cuerpos celestiales. La segunda, en cambio, no parece tener orden claro, pero utiliza recursos propios de la literatura sapiencial: en la enumeración de diez animales —león y cuervo, rebecos y ciervos, onagro y toro salvaje, avestruz y caballo, gavilán y águila—, presenta todo un simbolismo como número que significa plenitud; y en la elección de los que nunca han sido domesticados por el hombre, acentúa el poder de Dios.

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Jb 38,1-3

La introducción a los discursos contiene las claves para comprenderlos mejor. Utiliza el nombre propio del Dios de Israel, el Señor (Yhwh), como en el prólogo (2,1-7) y en el epílogo (42,7-17), mientras que en los diálogos, como hemos comprobado, aparece el nombre genérico de Dios (El, Eloah, Elohim, Sadday). Se quiere subrayar de esta forma que la sabiduría auténtica pertenece al Dios de Israel, y Éste la comunica a su pueblo. Por otra parte, hay una insistencia en que Dios habla: «Respondió… diciendo». Habría bastado la teofanía «desde el seno del torbellino», es decir, desde el mismo fenómeno que llevó a Elías al cielo (2 R 2,1.11) y que forma parte del cuadro cósmico de las apariciones escatológicas del Señor (cfr Ez 1,1-3,15; Za 9,14); habría sido suficiente la presencia del Señor en silencio para satisfacer los deseos de Job que pedía un encuentro con Él. Pero, al responderle con la palabra, Dios le otorga a Job el mismo favor que a los patriarcas y a Moisés, con los que Él hablaba cara a cara. El autor sagrado consigue así realzar la figura del protagonista a la dignidad más elevada.

«Mis designios» (v. 2). Este término —en hebreo ‘esah— indica el plan de Dios, sus proyectos, que son estables desde toda la eternidad (cfr Is 25,1) e irrevocables (Is 14,24.26). En primer lugar, el término expresa aquí el gobierno del universo, la providencia divina: «Puesto que la sabiduría humana no basta para comprender la verdad sobre la providencia divina, fue necesario que la disputa previa [de Job y los amigos] se resolviera con la autoridad divina (…). Y así el Señor, en cuanto resolutor de la cuestión, recrimina a los amigos porque no juzgaban con rectitud a Job con su modo incorrecto de hablar y a Elihú por su determinación inconveniente» (S. Tomás, Expositio super Iob 38,2). Pero como en el Antiguo Testamento ese término está siempre unido a la intervención divina en la historia de los pueblos y de los individuos (Jr 32,19), aquí sirve también para expresar la acción de Dios en la existencia dolorida del propio Job. Es esa acción la que Job ha puesto en tela de juicio. El Señor mismo invita ahora a contemplar esos «designios» desde la perspectiva de Dios y no desde la del hombre, que resulta pequeña y enturbiadora.

«Yo te preguntaré y tú me instruirás» (v. 3). De acuerdo con el tono irónico que aflora en otros momentos del discurso (38,4.18.21), el Señor concede a Job el rango de interlocutor y le supone capaz de dar respuesta a las grandes preguntas y a los argumentos de tipo sapiencial que va a utilizar en su intervención. En ningún momento pretende el Señor humillar a Job, sino más bien estimularle para que acepte de buen grado la enseñanza que le va a ofrecer.

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Jb 38,4-15

La descripción de la tierra (vv. 4-7), del mar (vv. 8-11) y de la luz (vv. 12-15) contiene rasgos simbólicos de gran expresividad. La tierra, por ejemplo, es pintada como un grandioso edificio que causa asombro a los seres celestiales. Con razón San Gregorio Magno aplica esta descripción a la Iglesia, querida por Dios, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y apoyada en la piedra angular que es Cristo; la tierra y la Iglesia son el asombro de los ángeles (cfr Moralia in Iob 6,28,5-7,14-35).

El océano, que se muestra bravío en alta mar, se amansa en la orilla (vv. 8-11), como un bebé inquieto que se calma al sentirse vestido y arropado. «Las puertas de la Santa Iglesia, explica San Gregorio Magno en sentido místico, podrán ser combatidas por las olas de la persecución, pero nunca podrán ser quebrantadas; la ola de la persecución podrá moverlas por fuera, pero nunca puede penetrar lo de dentro de su corazón» (Moralia in Iob 6,28,18,38).

La luz del amanecer disipa las tinieblas (vv. 12-13), que son las aliadas de los delincuentes, como había confesado antes Job (cfr 24,13-17): «Los malhechores aman la noche, y encógense y desaparecen luego que el día amanece. Y por eso añade: Y sacudiste della los malvados, esto es, hiciste que se escondiesen huyendo, quitándoles con la luz del día el manto que los cubre de noche» (Fray Luis de León, Expositio libri Iob 38,13).

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Jb 38,16-38

Los elementos mencionados en esta sección resultaban enigmáticos para el hombre antiguo hasta el punto de que con frecuencia fueron mitologizados. Presenta primero las realidades misteriosas que se ven en la tierra: mar, abismo, muerte, sombras, luz–tinieblas (vv. 16-21); después, los fenómenos atmosféricos: nieve, granizo, sol tórrido o aguacero, centella y trueno, lluvia o hielo (vv. 22-30); y por último las constelaciones y cuerpos celestiales (vv. 31-38). Dios, en cambio, los conoce a la perfección, los dirige, los ordena y los gobierna. Es decir, todos esos elementos constituyen una manifestación de su omnipotencia por la que ha creado todas las cosas con sabiduría y amor: «Creemos que esa omnipotencia es universal, porque Dios, que ha creado todo (cfr Gn 1,1; Jn 1,3), rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre (cfr Mt 6,9); es misteriosa, porque sólo la fe puede descubrirla cuando «se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9; cfr 1 Co 1,18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 268).

La enseñanza es clara. Hemos de creer en la soberanía de Dios y en la bondad de su Providencia, aunque no alcancemos a comprender del todo cómo el sufrimiento humano y el mal en general forman parte del plan divino: «Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia. Pero los caminos de su providencia nos son con frecuencia desconocidos. Sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios “cara a cara” (1 Co 13,12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales, incluso a través de los dramas del mal y del pecado, Dios habrá conducido su creación hasta el reposo de ese Sabbat (cfr Gn 2,2) definitivo, en vista del cual creó el cielo y la tierra» (ibidem, n. 314).

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Jb 38,39-39,30

Antes se ponía de relieve que los elementos de la creación y los fenómenos atmosféricos no existen sólo en función del hombre, ni para favorecerle ni para castigarle; sencillamente son un elemento más del maravilloso tapiz de lo creado. Los animales salvajes, que ahora se describen con sus costumbres específicas, también existen y viven al margen del ser humano; no lo necesitan ni para alimentarse ni para reproducirse. Más aún, unos son depredadores y pueden llegar a atacar al hombre —león, cuervos, aves rapaces— (38,39-41; 39,26-30); otros, como los ciervos o como el onagro y el toro salvaje, contrastan y ridiculizan al asno y al buey que sufren la humillación de haber sido domesticados (39,1-12); otros, como el avestruz (39,13-18) o el caballo (39,19-25), pueden ser despreciados o admirados, pero ninguna de sus cualidades o deficiencias se la deben a los hombres.

La descripción del caballo de guerra (39,19-25) merece una lectura pausada ya que, dentro de su belleza literaria, resalta los valores más apreciados en el mundo cultural del autor del libro: la fortaleza y la belleza de dicho animal (v. 19), la audacia y el valor de sus acciones (vv. 20-23), la agilidad y la decisión de sus movimientos (vv. 24-25). Job ha de comprender que no sólo no ha hecho nada para dotar de estas cualidades a este esbelto y admirable animal, sino que ni siquiera puede fomentarlas o dominarlas. Fray Luis de León transcribe en su comentario una descripción del caballo de guerra tomado de las Geórgicas de Virgilio, precisamente porque coincide en muchos aspectos con la del libro de Job.

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Jb 40,1-5

El discurso del Señor se interrumpe y deja paso a un diálogo breve pero intenso entre Dios y Job. De nuevo aparece el estilo de disputa sapiencial y, para el interés del lector, el libro llega a un punto decisivo por el encuentro entre los dos protagonistas. Con este recurso literario el autor sagrado consigue mantener la atención en esta parte culminante de su obra.

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Jb 40,6-41,26

El Señor cambia radicalmente el modo de enfocar el problema del dolor del inocente, tal como lo planteaba Job. También con frecuencia se plantea así en muchos ámbitos del pensamiento moderno. A veces se condena a Dios (v. 8) porque no parece justo su proceder con el inocente. Pero en este discurso se enseña que Dios, en su justicia y providencia, tiene en cuenta el conjunto de los seres creados y no sólo algunos; y que el sufrimiento, lo mismo que los seres monstruosos, Behemot y Leviatán, símbolos del mal, entran en los designios divinos.

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Jb 40,6-14

Con ironía que raya en el absurdo, el Señor invita a Job a ponerse en su lugar (vv. 10-13) y a aplicar la justicia vindicativa que propugna: humillaría, derribaría y aplastaría a los que considera malvados. Al final, el mismo Señor le alabaría reconociendo su victoria (v. 14), pero habrían desaparecido todos los seres de la creación. La enseñanza es grandiosa: a Dios no le alabamos porque su forma de hacer justicia se acomode a la nuestra, sino por su sabiduría, por su magnanimidad. Así, en el Evangelio se dice que hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores (cfr Mt 5,45). Dios es el hacedor, y no se dedica a destruir sino a conservar incluso a los seres como Behemot y Leviatán, que pueden parecer dañinos y terribles a los ojos de los humanos, pero que embellecen la creación y reflejan la fuerza del poder de Dios. Así, el sufrimiento del hombre entra también en los planes divinos sobre el hombre en la creación, aunque éste no entienda cómo. Ha de aceptarlo porque en último término también viene de Dios.

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Jb 40,15-24

Behemot, como Leviatán, descrito más adelante, es imagen de un animal monstruoso que causa pavor al hombre por su tamaño, su fuerza y su voracidad. Etimológicamente es el plural de una palabra que designa al ganado de casa, pero es evidente que el parecido con los animales domésticos es nulo. Santo Tomás, siguiendo la interpretación de los antiguos, lo identificó con un elefante y explicó, al hilo del texto bíblico, sus cualidades. Los comentaristas más modernos prefieren ver en la base de la descripción al hipopótamo, pero descrito con trazos hiperbólicos hasta presentarlo como un ser fantástico. En todo caso el autor sagrado esta pensando en una fiera que habita en tierra, frente al Leviatán que habita en el mar.

Los rasgos intencionalmente exagerados ponen de manifiesto la grandeza extraordinaria del Señor, porque Behemot es también una criatura (v. 15) y todas sus perfecciones se deben a su Hacedor (v. 19). En sentido alegórico Behemot ha sido visto como figura del demonio: «Ahora, comenta Santo Tomás, se dedica a describir la malicia del diablo (…) y lo hace bajo la figura de animales extraordinarios y monstruosos. Entre los animales terrestres sobresale el elefante por su tamaño y por su fuerza, y por eso el Señor describe al diablo bajo la figura del elefante» (Expositio super Iob 40,15).

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Jb 40,25-41,26

Leviatán designa, según los antiguos, a un monstruo marino, una especie de serpiente o dragón (cfr nota a 3,8): «Después de que el Señor ha descrito al diablo en la figura del elefante, que es el mayor de los animales terrestres, ahora lo describe bajo la figura del Leviatán, es decir, del cetáceo, que es el mayor de los animales del mar (…). San Isidoro explica que este animal es una ballena porque lanza el agua a mayor altura que cualquier otro animal» (S. Tomás de Aquino, Expositio super Iob 40,25). Los comentaristas modernos suelen ver en esta descripción al cocodrilo, sin olvidar que en otros lugares de la Biblia el Leviatán personifica al monstruo primordial que se opone a los planes de Dios (3,8; Sal 74,14; 104,26; Is 27,1).

La primera sección (40,25-32) pone de manifiesto mediante preguntas retóricas que es una criatura indómita que escapa al saber y al poder humano; la segunda (41,1-26) es una descripción pormenorizada del animal. Ambas consideraciones están orientadas a señalar que existen criaturas fuertes, poderosas y hasta dañinas para el hombre, pero que no por eso van a ser aniquiladas puesto que cumplen su función en la armonía de la creación.

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Jb 41,1-3

El texto hebreo tal como está es poco inteligible y el griego no aclara apenas nada. Los comentaristas, tanto antiguos como modernos, discrepan en sus interpretaciones. Nosotros hemos traducido el original hebreo siguiendo posibles conjeturas con objeto de aclarar su sentido: la esperanza de capturar al Leviatán es ilusoria porque él aniquila a todos, animales y hombres, que se le enfrentan. El autor sagrado carga las tintas en la ferocidad y violencia de este mítico cetáceo para hacer hincapié en que Dios cuenta con él en su proyecto sobre la creación.

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Jb 42,1-6

La conclusión de la parte poética del libro está puesta en labios de Job, que recoge, a su vez, dos interpelaciones que el Señor le había planteado. A la primera (v. 3) Job responde reconociendo que ha hablado sin conocer todos los datos, es decir, sin tener a la vista la armonía de todos los seres creados, las maravillas que reflejan incluso los seres aparentemente inútiles y hasta dañinos. Se puede calificar de respuesta sapiencial. Al segundo requerimiento (v. 4) Job da una respuesta llena de fe reconociendo que Dios se le ha manifestado en persona: ahora le ha visto con sus ojos (v. 5), como le habían visto Moisés y los profetas. Job se siente consolado y se arrepiente a partir de la experiencia que ha vivido en su encuentro con Dios. Este encuentro, más que las palabras que ha escuchado, ha sido decisivo para él: «Una cosa es oír de Ti, otra verte delante de los ojos, que como delante del sol se aclara todo y huyen sin dejar rastro de sí las tinieblas, ansí tu rostro resplandeciente, amanecido en el alma, hace huir della toda ignorancia y error. Assí que ahora que te veo a Ti, me reprendo y me repruebo a mí, y me duelo amargamente de te haber en alguna manera ofendido» (Fray Luis de León, Expositio libri Iob 42,6).

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Jb 42,7-17

El epílogo en prosa supone una rehabilitación extraordinaria de Job, como sabio por haber hablado certeramente y como persona por haber dialogado con sus oponentes y estar dispuesto a interceder por ellos. Es casi seguro que el pasaje pertenecía al relato originario junto al prólogo, puesto que ambos están muy relacionados y contienen rasgos literarios similares. Algunos comentaristas han pensado que este final feliz no encaja bien con la doctrina del libro porque parece confirmar que a los buenos les va bien, y a los malos mal. Pero no es del todo así. En este epílogo resplandece la misericordia de Dios que, como juez supremo, tiene en proyecto la salvación de todos; la de algunos por medio de su dolor, como en el caso de Job.

Hay detalles que ayudan a comprender el objetivo de este final del relato: Satán ya no es mencionado, quizá porque su presencia era irrelevante en la cuestión que el libro plantea. Elifaz y sus amigos, que pensaban haber hablado en favor del Señor, han de reconocer su error, ya que no «hablaron con rectitud» (vv. 7-8) y han de convertirse al Señor, pues sólo en el encuentro con Dios está la verdad. Job, finalmente, es compadecido y reconocido por parte de sus familiares y amigos (vv. 10-11), y bendecido por Dios con abundancia de hijos, de riquezas y de días de vida (vv. 12-17). En consecuencia Dios no se supedita al pensamiento y a la lógica de los hombres, sino son éstos quienes han de admirar a Dios y ponerse en sus manos.

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Jb 42,11

«La moneda de plata», en hebreo qesitáh, debía de ser una pieza de gran valor, usada para solventar asuntos graves de familia (cfr Gn 33,19; Jos 24,32). Al entregarla junto al «anillo de oro» se pone de relieve que la familia era acomodada y, sobre todo, que Job fue acogido dentro de ella con todos los derechos.

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Jb 42,12-17

La bendición divina lleva consigo abundancia de hijos y de riqueza. Es relevante el realce que se da a las hijas: participarán en la misma herencia que sus hermanos, son las más bellas del país y reciben nombres que así lo subrayan: «Yamimá», según la etimología árabe (Jamama) significa Paloma; «Casia» es nombre de árbol, seguramente Acacia, muy apreciado en aquella región por su belleza; y «Queren-Hafuc» o «Cuerno de Antimonio» designaba un recipiente de perfumes de extraordinario valor.

Los Santos Padres que, como hemos venido indicando, muestran cómo Job prefigura a Jesús, aplican también a él la restauración final de Job: «Job recobró la salud y la fortuna. También el Señor, al resucitar, otorgó a los que creen en Él no sólo la salud, sino la inmortalidad, y recobró el dominio de toda la naturaleza, como Él mismo atestigua cuando dice: Todo me lo ha dado mi Padre. Job engendró nuevos hijos en sustitución de los anteriores. También el Señor engendró a los santos apóstoles como hijos suyos, después de los profetas. Job, lleno de felicidad, descansó por fin en paz. Y el Señor permanece bendito para siempre, antes del tiempo y en el tiempo, y por los siglos de los siglos» (S. Zenón de Verona, Tractatus 1,15).

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Jb 42,17

Se aplica a Job la fórmula que cerraba el relato de la vida de los patriarcas (Gn 25,8; 35,29). Los Santos Padres suelen entender estas palabras en sentido amplio, como un resumen de los bienes que recibirán los bienaventurados en el cielo. Santo Tomás, siguiendo esta explicación, escribe: «Por la plenitud de días se designa la abundancia tanto de los bienes materiales como de los bienes de la gracia, con los cuales fue llevado Job a la gloria que dura por los siglos de los siglos» (Expositio super Iob 42,17).

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