▲ COMENTARIO
Jb 15,1-35
El segundo discurso de Elifaz es más áspero que el primero (caps. 4-5). En la primera parte (vv. 1-16) interpela con dureza a Job echándole en cara su carencia de sabiduría (vv. 2-3), su escasa piedad (vv. 4-5) y, sobre todo, su falta de pureza y sencillez al quererse enfrentar directamente con Dios (vv. 6-16). Más que una conversación amistosa es una condena despiadada acusándole de no aceptar el contenido de la reflexión sapiencial que él había expuesto (vv. 7-9), ni los consuelos que le han brindado los amigos (vv. 11-13). El final de esta primera parte (vv. 14-16) es repetición casi exacta de parte del discurso anterior (cfr 4,17-19), pero concretando mucho más: en el primer discurso se describe la condición humana en general, aquí se acentúa la impureza y corrupción de Job: ¿cómo un hombre así se atreve a entablar una discusión con el mismo Dios? A pesar de la crudeza de la interpelación, este discurso no contiene ideas o argumentos nuevos, sino que repite el convencimiento de que hay dolor porque previamente ha habido delito.
La segunda parte (vv. 17-35) es una reflexión teórica y, por tanto, fría y desapasionada, pero carente también de novedad en el planteamiento, o de interés en el razonamiento. Con insistencia se reincide en que el impío, incluso cuando parece triunfar, está abocado al fracaso (vv. 20-24); así lo muestran las imágenes de los bandidos (v. 21), de las casas ruinosas (v. 28), o de los árboles que no llegan a dar frutos sazonados a pesar de las apariencias (vv. 31-32).
▲ COMENTARIO
Jb 15,35
El proverbio final de este discurso insiste una vez más en el fracaso inevitable del impío, aplicado con crudeza al dolorido Job. Esta formulación feliz bajo la imagen de la mujer que da a luz lo que previamente engendró vuelve a aparecer con pequeñas variantes en el Salmo 7,15 y en la carta de Santiago, cuando enseña el recorrido del alma que comienza cediendo a la concupiscencia y termina en la muerte espiritual: «La concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz al pecado y éste, una vez consumado, engendra la muerte» (St 1,15).
▲ COMENTARIO
Jb 16,1-17,16
En la nueva intervención de Job no se percibe una lógica clara. Más que de partes del discurso hay que hablar de temas predominantes. Éstos son: las quejas dirigidas contra sus amigos (16,2-6), el lamento por el trato que recibe de Dios (16,7-17), un canto de esperanza (16,18-22), una nueva súplica doliente (17,3-7) y una respuesta a la doctrina expuesta por los visitantes (17,8-16).
Comienza con una queja cargada de irritación contra los amigos a los que define como «consoladores funestos» (16,2); Job es consciente de que si en una hipótesis imposible se invirtiera la situación de los protagonistas, él mismo sería capaz de brindar las mismas palabras huecas de consuelo que ellos pronuncian (16,3-6).
Sigue un lamento profundo y emocionado por el comportamiento de Dios, el único a quien Job hace responsable de su estado de postración (16,7-17). Se utilizan audazmente cuatro imágenes de gran fuerza expresiva aplicadas a Dios. Lo presenta como fiera que desgarra a su presa (16,9), como depredador que tritura el cráneo (16,12), como arquero que dispara contra el blanco (16,12-13) y como guerrero que se lanza al asalto (16,14). Probablemente esta sección es una de las más apasionadas de todo el libro, por la fuerza con que se contrapone el enojo e impotencia de Job frente al poder de Dios, y por la expresividad con que describe su propia miseria; Job se ve como un animal vencido y humillado que se esconde en retirada (16,15-17).
Tras este lamento vehemente, Job eleva un magnífico canto de esperanza (16,18-22): Dios en el cielo es testigo de su dolor, defensor de su inocencia (16,19), árbitro del conflicto entre ambos (16,21). El mismo apasionamiento que motiva sus quejas, impregna su confianza.
La oración que sigue (17,1-7) contiene los elementos característicos de los Salmos de súplica individual, a saber, el acoso de los enemigos (17,1-2), el estado de soledad y abandono (17,4-7), el ruego emocionado (17,3). Aunque por faltar el sujeto explícito de los verbos toda la sección resulta un tanto compleja, al menos queda claro el sentimiento de confianza del hombre humillado que acude a Dios con la certeza de ser atendido.
La última sección del discurso (17,8-16) es una respuesta sapiencial a la doctrina de los amigos. Ante la brevedad de la vida (17,11), el intento de los sabios de aclarar las dudas sin conseguirlo (17,12) y el inminente desenlace de la muerte (17,14), sigue resonando el grito de quien, en medio de sufrimientos y a causa de su dolor (17,13.15), no ve dónde poner su esperanza. Quizá bajo la pregunta: «¿Dónde está mi esperanza?» (17,15), implícitamente está pensando en Dios y no en la vida. Será una actitud similar a la de Sal 39,8: «Ahora, Señor, ¿qué puedo esperar? Mi esperanza está en Ti». San Gregorio Magno lo entiende en este mismo sentido: «¿Qué otra cosa puede ser la esperanza de los justos, sino sólo Dios que es justo y justificador, que descendió espontáneamente hasta las penalidades del género humano y redimió con su justicia a los cautivos de la muerte? Por eso no cesaban de esperar esa presencia de Dios que, aun sabiendo que había de llegar, deseaban que llegara cuanto antes» (Moralia in Iob 3,12,46).
▲ COMENTARIO
Jb 16,7
El texto hebreo de este versículo es ambiguo porque en la primera parte el sujeto del verbo no está expreso y podría parecer que es Dios quien oprime a Job hasta el agotamiento. Sin embargo, parece más lógico suponer que el sujeto es el dolor mencionado en el versículo anterior, como hace la Vulgata. El paso de la tercera persona a la segunda en un mismo versículo denota la oscilación de los sentimientos frente a la realidad dolorosa que padece y en relación a Dios con quien dialoga. Santo Tomás explica cómo el dolor intenso merma la capacidad de raciocinio: «El dolor me ha impedido usar la razón con facilidad y libertad, como antes solía hacer. Porque, cuando hay un dolor vehemente en los sentidos, conviene que los deseos del alma eviten cualquier consideración intelectual» (Expositio super Iob 16,7).
▲ COMENTARIO
Jb 17,6
«Me ha hecho hablilla de la gente» (cfr Sal 44,15). Se trata de una expresión que refleja la alta consideración que tenían los israelitas de sí mismos. Llegar a ser burla de otros pueblos era una de las mayores desgracias (cfr Sal 79,4; 80,7; Jb 30,9) porque equivalía a sentirse abandonado por Dios. San Agustín, que presenta a Job como prefiguración de la Iglesia, aplica este versículo a las persecuciones: «Me has hecho hablilla de la gente, a mí, al hombre que redimiste, es decir, a la Iglesia de la que hablarán las naciones o que los judíos hablarán de ella a las naciones» (Adnotationes in Iob, 17,6).
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Jb 18,1-21
El segundo discurso de Bildad no es prolongación del primero (cfr 8,1-22), ni tiene apenas puntos comunes con aquél, sino que conecta más bien con el último de Elifaz (cfr 15,1-35). Comienza también interpelando con severidad la presunción de Job, que parece suponer que con su sufrimiento se ha alterado el orden de la creación (vv. 2-4). Describe a continuación la desaparición de todo lo que rodea al malvado en esta vida: luces, vigor físico, salud o vivienda (vv. 5-15); y de todo lo que podría sobrevivirle: herencia, memoria, descendencia, etc. (vv. 16-19). La conclusión es una sentencia inapelable: ésa es la suerte del impío (vv. 20-21).
Tampoco Bildad presenta argumentos nuevos y originales; repite la misma doctrina tradicional de la retribución automática, subrayando que el impío acaba mal necesariamente. Sin embargo, como buen conocedor de los procedimientos sapienciales, utiliza imágenes vivas para expresar los elementos del bienestar humano que se derrumban: la luz que se apaga (vv. 5-6), los pies ágiles que terminan en el cepo (vv. 7-11), el vigor juvenil que es consumido por el «hijo de la muerte» (vv. 12-13), la tienda segura que hay que abandonar para comparecer ante el «rey de los terrores» (vv. 14-15). Es, por tanto, una hermosa pieza literaria pero carente de calor y de convencimiento.
▲ COMENTARIO
Jb 18,2-3
El texto hebreo utiliza el plural: «Cuándo pondréis fin (…), reflexionad (…), vuestros ojos», quizá en señal de respeto a Job, o más probablemente porque el autor sagrado ha querido dar a este discurso un aire más académico que amistoso, y supone que hay unos oyentes que se unen a las opiniones de Job. La versión griega ya lo cambió al singular, que es más acorde con el contexto de diálogo con Job.
La mayor acusación que se puede hacer a un sabio es la falta de reflexión. Fray Luis de León explica: «[Bildad] le dice [a Job] que se le va todo en hablar, y que como no atiende a lo que le dicen, no entiende. Que lo entienda primero una vez y que después hable si tiene qué» (Expositio libri Iob 18,2).
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Jb 19,1-29
Este discurso es uno de los más comentados entre los cristianos, en especial los vv. 25-27, que han sido entendidos como confesión de fe en la resurrección. Dentro del libro supone un momento álgido de lirismo y de intensidad en las súplicas. Comienza Job, una vez más, quejándose de sus amigos que le ultrajan y le calumnian: no comprenden que con esto desprecian a Dios, el único causante de sus desgracias (vv. 2-7). A continuación, utilizando expresiones en tercera persona, se queja de cómo actúa Dios con él (vv. 8-20): Dios se ha ensañado con Job como con un enemigo (vv. 8-12) y ha extendido su acción devastadora a los familiares y amigos, a todos los que están cerca de él (vv. 13-20). De modo inesperado formula una súplica angustiosa a los amigos (vv. 21-22), implorando comprensión y pidiendo que se pongan a su favor frente al Dios perseguidor. Y llegamos a la parte más solemne (vv. 23-27) que Job desearía esculpir en bronce o en piedra. A pesar de los pesares su esperanza se dirige a Dios, el único que vive antes de los hombres y el único que permanece cuando éstos han desaparecido. En la conclusión (vv. 28-29) se dirige de nuevo a los amigos para hacerles ver que por encima de su condena hay uno, Dios, que les juzgará también a ellos: «Es necesario temer ahora al Juez, cuando aún no ejercita el juicio, cuando todavía soporta nuestros males y tolera nuestras obras perversas; porque cuando extienda su mano, tanto más severo será el castigo en el juicio cuanto más largo fue el tiempo que nos esperó» (S. Gregorio Magno, Moralia in Iob 3,14,59).
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Jb 19,4
«Mi error quedaría sólo para mí». Job llega a aceptar una falta o un error, pero nunca un delito o un pecado. Y en todo caso —viene a decir—, eso sería cosa suya, en la que ni los amigos deben intervenir ni tienen derecho a condenar. Job se queja de que los amigos se sirvan de la sabiduría no para ayudar, sino para echarle en cara sus deficiencias. «Toda nuestra ciencia, comenta San Gregorio aplicando estos versículos a los herejes, no está en vosotros porque está contra vosotros, engreídos de soberbia. En cambio, mi ignorancia está sólo para mí, porque no me atrevo a escudriñar ninguna cosa de Dios con soberbia, sino que me mantengo humildemente en la verdad. Los herejes desean saber muchas cosas para fomentar su soberbia, y para aparecer doctos contra los fieles y los humildes» (Moralia in Iob 3,14,28).
▲ COMENTARIO
Jb 19,8
La imagen del camino vallado y oscurecido expresa la incapacidad de vivir y de hacer méritos ante Dios. Probablemente esta imagen está tomada del libro de las Lamentaciones (Lm 3,6.9), que ya era conocido cuando se escribió el de Job. En concreto, el capítulo 19 contiene muchas expresiones y muchas ideas que evocan el contenido de las cinco Lamentaciones.
▲ COMENTARIO
Jb 19,20
El texto hebreo y las versiones antiguas no coinciden en este verso. Quizá se trate de un refrán o modismo antiguo que indica la extrema delgadez del enfermo terminal. «Escapar con la piel entre los dientes» podría reflejar que el enfermo tirita de frío y de debilidad.
▲ COMENTARIO
Jb 19,21-22
En esta súplica a los amigos se utiliza la misma fórmula que aparece en los Salmos para dirigirse a Dios: «Ten piedad de mí, Dios mío, ten piedad de mí» (Sal 57,2; cfr 9,14; 31,10, etc.). Job pide que sus amigos tengan misericordia de él ante la desgracia y que no le atormenten con sus acusaciones como poniéndose en lugar de Dios. La verdadera amistad implica la misericordia: «La misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 232).
▲ COMENTARIO
Jb 19,25
«Bien sé yo que mi defensor vive». Como en 16,19, vuelve a aparecer la idea de un ser extraordinario que salga a favor de Job, Pero en aquel discurso se trataba de un testigo y defensor en un pleito, es decir, tenía sentido judicial. En cambio, aquí el defensor (goel en hebreo) tiene sentido institucional: según la Ley y la tradición el goel era el familiar más próximo, el que estaba obligado a defender los derechos conculcados, unas veces recobrando las posesiones injustamente arrebatadas, otras rescatando de la esclavitud al familiar ultrajado, e incluso vengando su muerte (cfr Ex 6,6; Lv 25,23.47; Nm 35,21). Dios recibe el título de goel en los textos que interpretan el retorno de Babilonia como una redención llevada a cabo portentosamente (cfr Is 59,20; 60,16; 63,16; Jr 50,34).
Job proclama con solemnidad su fe en el goel. Sorprende que se refiera a Dios con este título, puesto que es Él quien le ultraja y le humilla, y no se ve cómo puede ser a la vez ultrajador y defensor. Sin embargo, esta doble condición es posible porque en su profunda tensión interior Job apela a Dios, casi simultáneamente, en son de queja y en son de súplica (cfr 16,7-9.21-22). A pesar de ser quien le hace sufrir de manera incomprensible, Dios sigue ahí, como el Dios vivo, el único que puede cambiarle la situación, si tal es su voluntad, y rehabilitarlo ante sus amigos. En este sentido es su goel. Por otra parte, invocar a Dios como goel era común entre los judíos de la época.
San Jerónimo, siguiendo la interpretación rabínica, tradujo este término en la Vulgata por «Redentor», y a partir de ahí la tradición cristiana lo ha entendido del Mesías, más en concreto, del Mesías resucitado que vive para siempre como Redentor de la humanidad. Santo Tomás, que recoge esta tradición antigua, comenta: «El hombre que había sido creado inmortal por Dios, incurrió en la muerte por el pecado, como dice Rm 5,12 (…); de ese pecado había de ser redimido el género humano por medio de Cristo; esto es lo que por la fe vio Job. Cristo nos redimió del pecado muriendo por nosotros (…). Ahora bien, la humanidad misma fue reparada al resucitar para la vida (…) y la vida de Cristo resucitado se difundirá a todos los hombres en la resurrección común» (Expositio super Iob 19,15). Y San Gregorio ya había escrito: «Cualquier infiel sabe que Cristo había sido azotado, escarnecido, herido con las manos, coronado de espinas, manchado con salivazos, crucificado y muerto. Pero yo sé con fe muy cierta que vive después de la muerte, confieso con libertad que vive mi Redentor, el que había muerto entre las manos de los malos» (Moralia in Iob 3,14,54).
«Él, el último, se alzará sobre el polvo». Probablemente Job quiere expresar la certeza de que la sentencia divina será la definitiva, por encima de los juicios humanos, tan débiles como el polvo. Dios, que está en los cielos (cfr 16,19), es el único que, como ser permanente, juzga sin prisa y sin apasionamientos circunstanciales.
La tradición cristiana, basándose en la traducción de la Vulgata: «En el último día resucitaré de la tierra», ha visto en estas palabras el anuncio de la resurrección de los hombres al final de los tiempos como participación en la resurrección de Jesucristo: «Así como el Padre tiene vida en sí mismo, le concedió al Hijo tener vida por sí mismo. Por tanto la causa primordial de la resurrección humana es la vida del Hijo de Dios» (S. Tomás, Expositio super Iob 19,25). Y en palabras más sencillas de San Gregorio Magno: «Nuestro Redentor recibió la muerte para que no temiésemos morir, y manifestó la resurrección para que confiemos en que podemos resucitar» (Moralia in Iob 3,14,55).
▲ COMENTARIO
Jb 19,26
El texto original es complejo porque admite varias interpretaciones, en especial la segunda parte «desde mi carne veré a Dios». Nosotros hemos pretendido ceñirnos al hebreo entendiendo que Job espera entablar una contienda directa con Dios (ver a Dios) a pesar de encontrarse en extrema debilidad. La Neovulgata ha acomodado también al original hebreo la versión de la antigua Vulgata que en este punto interpretaba cómo habría de ser la resurrección de la carne: «Y de nuevo, seré rodeado de mi piel, y en mi carne veré a Dios». A tenor de estas palabras el texto ha sido frecuentemente empleado en la tradición de la Iglesia para enseñar la doctrina sobre la resurrección de los muertos. Por ejemplo, San Clemente Romano lo emplea para reafirmar a los fieles de Corinto la promesa en la futura resurrección; y comenta: «Así pues, con esta esperanza unamos nuestras almas a Aquél que es fiel a las promesas y justo en sus juicios. El que mandó no mentir, mucho menos mentirá Él mismo, pues nada hay imposible para Dios a no ser el mentir» (Ad Corinthios 26).
Ahora bien, aun en el supuesto de que aquí no se hable abiertamente de la resurrección al final de los tiempos, no cabe duda de que Job ansía intensamente entablar una relación vital con Dios: Él es el defensor y el autor de la vida, y Él permanece eternamente. Job espera conservar un hilo de vida para «contemplarlo con sus ojos» (cfr v. 27), para dialogar personalmente con Él y no como ajeno o extraño («y no otro»). Se trata, por tanto, de un magnífico canto de esperanza de vida perdurable, que brota desde la más profunda miseria.
▲ COMENTARIO
Jb 20,1-29
La segunda intervención de Sofar vuelve a incidir en la retribución automática, repitiendo la idea de que el malvado no progresa y de que los bienes que posee o son aparentes o son efímeros. Este discurso no es una respuesta pormenorizada a la intervención anterior de Job, ni siquiera es prolongación del primer discurso del mismo Sofar (11,1-20); parece más bien una composición artificial que sirve de enlace entre el discurso encendido de Job del capítulo precedente y el que viene a continuación.
Sofar comienza (vv. 2-3) justificando su intervención porque ha escuchado «doctrinas que me molestan» (v. 3), sin especificar cuáles son, ni razonar su apreciación. A continuación expone la doctrina conocida del castigo de los malvados (vv. 4-22), elaborando un parlamento bien cuidado con metáforas e imágenes expresivas: para los impíos la alegría y el prestigio son como un sueño; y la belleza o vigor juveniles como una visión nocturna (vv. 4-11); el mal que hacen es para ellos como un alimento placentero al paladar pero dañino para el organismo (vv. 12-16), y la riqueza, como una cosecha abundante que no se puede disfrutar (vv. 17-22). La última parte del discurso (vv. 23-29) recuerda la severidad del juicio divino, «el día de la cólera» (v. 28), que es inapelable. No menciona en ningún momento ni a Job, ni su desgracia; se limita a exponerle una lección teórica, repetida machaconamente. Da la impresión de que va buscando más la propia complacencia que el remedio de su interlocutor. Pero en su contexto es una acusación a Job de estar entre los malvados; aunque recobrara la alegría sería efímera, pues no reconoce su pecado.
▲ COMENTARIO
Jb 20,26
«Le devora un fuego que nadie atiza». La imagen del fuego es muy frecuente en la Biblia para expresar la severidad del castigo divino: «Hará llover ascuas y azufre sobre los impíos; un viento abrasador será la porción de su copa» (Sal 11,6). A partir de estas imágenes y de las afirmaciones del Nuevo Testamento, los Santos Padres han visto en el fuego inextinguible una señal de que el castigo del infierno es severo y eterno: «La justicia del Omnipotente, sabedora de las cosas futuras, creó el fuego del infierno desde el nacimiento del mundo de modo que su ardor, aunque sin leña, nunca feneciese» (Moralia in Iob 3,15,29).
La enseñanza de la Iglesia utiliza la imagen del fuego eterno (cfr Mt 5,22.29; 13,42.50; Mc 9,43-49), para significar las penas de todo tipo que sufrirán los condenados. Así, el Credo del Pueblo de Dios confiesa que «los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que los hayan rechazado hasta el final serán destinados al fuego que nunca cesará» (Credo del Pueblo de Dios, n. 12). Y más recientemente el Catecismo de la Iglesia Católica explica: «La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno”. La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira» (n. 1035).
▲ COMENTARIO
Jb 21,1-34
Viene ahora un discurso de Job que tiene rasgos nuevos: en los anteriores contraponía su experiencia del sufrimiento a la doctrina tradicional de la retribución; en éste contrapone la experiencia de que hay impíos a los que les va bien hasta su muerte, y piadosos que sufren toda clase de desgracias. Job pretende rebatir así la doctrina de los amigos con argumentos semejantes a los suyos. Resulta de este modo un discurso más sereno, pero también más frío y académico.
En la introducción Job solicita la atención de los interlocutores, que deben escuchar su argumentación antes de rebatirla (vv. 1-6). En el cuerpo del discurso describe primero la prosperidad de los malvados, a los cuales no les afecta ninguna disposición divina, pues ni Dios mismo parece preocuparse de su comportamiento, ni ellos hacen nada por conocer los caminos de Dios (vv. 7-18). A continuación señala la despreocupación de los impíos por el futuro: ni les afecta que los hijos tengan que pagar por las culpas de los padres (vv. 19-22), ni les importa lo que pueda acaecerles en el momento de morir (vv. 23-26). La conclusión es incuestionable: sus amigos enseñan la teoría de la precariedad de los bienes del malvado, pero la experiencia muestra lo contrario, que el impío siempre encuentra resquicios para escapar de los desastres y con facilidad se mantiene en su abundancia (vv. 27-34).
▲ COMENTARIO
Jb 21,7
Se trata de una cuestión que subyace en todo el libro, y que está formulada aquí con sencillez y crudeza: «¿Por qué siguen viviendo los impíos?». Es una pregunta que desmorona el edificio doctrinal de los amigos de Job, pero va también dirigida a Dios en cuanto que cuestiona el misterio de la Providencia divina. También Jeremías (cfr Jr 12,1-2) y el salmista (cfr Sal 73,3) expresan su sorpresa ante el bienestar de los malvados y el sufrimiento de los buenos.
En muchos ambientes de hoy se plantea un problema similar aunque con matices distintos. No se trata tanto de que los impíos vivan y progresen a pesar de estar lejos de Dios, sino de que el progreso del hombre, al margen de Dios y olvidándose de Él, parece invitar a negarle. Así el Concilio Vaticano II advierte: «Negar a Dios o la religión, o bien prescindir de ellos, no constituye ya, como en épocas anteriores, un algo insólito e individual; hoy en día aparecen muchas veces casi como exigencias del progreso científico y de un cierto humanismo nuevo» (Gaudium et spes, n. 7). Es más, en ocasiones se presenta la fe en Dios como irreconciliable con la realización del hombre y de su libertad: «El ateísmo moderno (…) conduce el deseo de autonomía del hombre a encontrar dificultad en cualquier dependencia de Dios. Los que profesan este ateísmo pretenden que la libertad consiste en que el hombre sea el fin de sí mismo, el artífice y demiurgo único de su propia historia; opinan que esto no puede conciliarse con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todas las cosas, o que, al menos, esto hace totalmente superflua su afirmación. El sentimiento de poder que el progreso técnico actual confiere al hombre puede favorecer esta doctrina» (Gaudium et spes, n. 20). Sin embargo, «los cristianos, lejos de pensar que las obras que los hombres han generado con su ingenio y su valor se oponen al poder de Dios y que la criatura racional se alza casi como rival del Creador, están más bien persuadidos de que las victorias del género humano son signo de la grandeza de Dios y fruto de su inefable designio» (ibidem, n. 34).
▲ COMENTARIO
Jb 21,16
El texto original es poco claro y admite interpretaciones diversas, como lo muestran las versiones griegas y latinas antiguas. No hay coincidencia plena entre ellas. En nuestra traducción hemos seguido de cerca el texto hebreo, entendiendo este versículo como un paréntesis y un soliloquio de Job que manifiesta su rechazo del mal, aunque con ello pierda los bienes materiales. Santo Tomás explica a propósito de estas palabras que «las adversidades le resultan más gravosas al impío que al justo, porque cuando éste sufre una adversidad temporal le queda el apoyo de la virtud y el consuelo en Dios; en cambio, a los impíos, al perder los bienes temporales, que son su único objetivo, no les queda ningún otro apoyo» (Expositio super Iob 21,16).
▲ COMENTARIO
Jb 22,1-30
Interviene de nuevo el primero de los amigos, Elifaz. Éste, que al principio había tenido una actitud respetuosa hacia Job, le acusa ahora con dureza, no de pecados genéricos sino de abusos sociales y de incoherencia entre fe y comportamiento. Al final le insta a convertirse a Dios para alcanzar el bienestar que necesita. Presenta un discurso bien construido y cargado de alusiones bíblicas que lo dignifican, pero tiene más artificio que sinceridad, pues muchas de las expresiones son citas sin nervio y los pecados mencionados son recurso fácil en una acusación sin argumentos.
En concreto, la introducción (vv. 1-5) gira en torno al utilitarismo en las relaciones del hombre con Dios. En el prólogo del libro, Satán ponía en duda la sinceridad de Job diciendo que era piadoso sólo porque se sentía favorecido con abundantes riquezas y buena salud (cfr 1,10; 2,5), como si el hombre pagara a Dios con su piedad los beneficios recibidos. Ahora Elifaz proclama que si el hombre no debe buscar a Dios sólo a causa de los beneficios materiales, mucho menos debe actuar pensando que Dios sacará del recto comportamiento humano algún provecho para Sí. El centro del discurso es una severa acusación a Job de injusticia (vv. 6-11) inspirada en antiguas quejas de los profetas (cfr Is 58,7; Ez 18,7-8; Am 2,6-8; 4,1). Elifaz, a falta de razones convincentes, afirma claramente que todo enriquecimiento, también el de Job, fue a costa del empobrecimiento de otros, sin dejar espacio a la posibilidad de un enriquecimiento legítimo. Sigue otra acusación de impiedad (vv. 12-20), con alusiones al modo de razonar de los más descreídos, que piensan que Dios no sabe ni se ocupa de lo que sucede en la tierra (cfr Sal 73,11; 94,7; Si 23,25; Jr 23,23-24). La exhortación final a volver a Dios (vv. 21-30) parece sincera a primera vista, pero sigue fundada en la doctrina de la retribución inmediata, tantas veces repetida por los amigos: a mejor comportamiento corresponde mayor progreso económico y social, y al alejamiento de Dios, la pérdida del bienestar.
▲ COMENTARIO
Jb 22,22
En los libros sapienciales la Ley se refiere, como en toda la Biblia, a los preceptos y a las palabras de Dios (cfr Dt 6,6; 11,18), pero además la Ley se identifica con la sabiduría que procede de Dios y guía la historia de Israel (cfr Sb 10-11), y así, muchas traducciones modernas cambian aquí «Ley» por «enseñanza». En la tradición cristiana también la historia tiene esta función didáctica. San Gregorio de Nisa explicaba con claridad el significado amplio de la ley en la Iglesia: «El gran apóstol llama espiritual a la ley, y por tal entiende también las narraciones históricas, de modo que toda la Escritura inspirada por Dios es ley para los que la leen, pues les instruye no sólo por medio de preceptos, sino también por la historia» (In Canticum Canticorum commentarius, prefacio).
▲ COMENTARIO
Jb 22,29-30
El final del discurso es sorprendente por la doctrina que encierra, que parece demasiado elevada para estar en labios de Elifaz. El v. 29 en el original es una máxima sin sujeto que admite muchas interpretaciones; así, la Vulgata traducía: «El que sea humillado, alcanzará la gloria», con una expresión próxima al Nuevo Testamento (cfr Mt 23,12; Lc 14,11; 18,14). Nosotros pensamos que el sujeto de la frase es Dios que en la retribución emite un juicio severo sobre los soberbios. El v. 30 es más oscuro aún, y las versiones antiguas difieren del texto hebreo, que dice al pie de la letra: «Él (Dios) librará al no inocente, y será librado por la pureza de tus manos», es decir, Dios librará incluso al culpable gracias a tu inocencia (la de Job). La doctrina de la salvación de los pecadores gracias a la inocencia de un justo no se compagina con la enseñanza de los amigos de Job y resulta extraña en boca de Elifaz. Quizá por eso, tanto la versión griega como la Vulgata leen «hombre inocente» en vez de «no inocente»: «El inocente se salvará; se salvará por la inocencia de sus manos», reflejando la enseñanza tradicional de la retribución. Nuestra traducción recoge el fondo doctrinal de la versión griega y latina, pero mantiene el pronombre original de segunda persona («tus manos»). Elifaz dirá a Job que él, por tanto, recibirá premio o castigo por sus obras. Tal afirmación, siendo cierta, no dice todo acerca de Dios. Así, para que nadie interprete que el cielo es pago necesario y no don gratuito de Dios, San Gregorio Magno explica a propósito de este versículo: «Dios da a cada uno según sus obras (…), pero si se piensa que alguno se salva por la inocencia de sus manos de tal manera que él por sus propias fuerzas llegó a ser inocente, sin duda es error. Porque si la gracia divina no va por delante, nunca llega nadie a ser inocente y a merecer la remuneración» (Moralia in Iob 3,16,25).
▲ COMENTARIO
Jb 23,1-24,25
Este nuevo discurso de Job es tan largo y, sobre todo, tan denso, que muchos comentaristas actuales han sospechado que el texto original era diferente al actual: unos han propuesto que el cap. 24 debió de pertenecer a otro discurso de Job; otros muchos han asignado la sección de 24,18-25 a uno de los amigos, generalmente a Sofar, que inesperadamente no interviene, según el texto actual (cfr Introducción). Se basan además en que el contenido de esa perícopa contrasta con la enseñanza de los anteriores discursos de Job y es más coherente con la de los amigos. Por nuestra parte, pensamos que, a pesar de las dificultades que entraña, es preferible explicar el texto tal como ha llegado hasta nosotros, a no ser que haya testimonios textuales que justifiquen cambios de secciones de un lado a otro, cosa que no sucede en este caso.
El discurso tiene dos partes. La primera (cap. 23) contiene un deseo intenso de entablar un pleito directo con Dios, que parece mostrarse huidizo; cuadra con los anhelos de Job expuestos antes. La segunda (cap. 24) es una exposición del actuar cruel de los malvados hacia los más pobres (vv. 1-17), y de cómo Dios castiga a aquéllos inmediatamente con la muerte (vv. 18-25). Job no ha sentido ese castigo, por lo que resultan falsas las acusaciones que le hacía Elifaz (cfr 22,6-9).
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Jb 23,8-17
Job, que busca encontrarse con Dios para dirimir la justicia y rectitud de su conducta, sólo encuentra soledad (vv. 8-9). No pretende negar la presencia de Dios en todas partes, descrita casi con la misma terminología que en los Salmos (cfr Sal 139,8-10); lo que Job busca es poder encontrarse con Él y recibir respuesta sobre su dolor. Pero Dios no se deja encontrar. ¿Será que ha dictado ya sentencia condenatoria, como piensan los amigos, y no puede retractarse? (v. 13); ¿será que el que sufre no tiene más salida que vivir estremecido y aterrado hasta que llegue la muerte? (vv. 15-16). Job no se resigna a esa condición y no está dispuesto a sucumbir sin recibir una respuesta divina (v. 17). Ésta llegará al final del libro.
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Jb 24,5
Este versículo presenta alteraciones tanto en el texto hebreo como en la versión griega. Nosotros hemos seguido el original hebreo, introduciendo ligeras modificaciones para reflejar mejor su sentido: los malos son como asnos salvajes que sólo buscan su provecho, destrozando el escaso pasto de la estepa. Parece que estos animales cuando pastan arrancan la hierba de raíz y, por tanto, destrozan la campiña impidiendo que otros pasten con ellos.
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Jb 24,12
«Pero Dios no presta oído a su oración». El lamento significa que Job comprende que Dios permita la violencia y crueldad de los malvados. De esta forma traslada el problema al ámbito religioso: ¿cómo es que Dios no interviene y auxilia al débil? Los Salmos repiten que Dios escucha el grito de los oprimidos (cfr Sal 55,17-19), pero Job constata aquí lo contrario. Éste es uno de los problemas que plantea también el libro de Job: Dios asiente a esta aparente injusticia y, por tanto, tiene alguna responsabilidad en ella. Sólo en el discurso final del Señor (caps 38-41) se vislumbra la respuesta a esta dificultad.
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Jb 24,14-15
Como resumen de todos los delitos de los malvados se señalan el asesinato, el robo y el adulterio; los tres que en el Decálogo están formulados escuetamente: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás (cfr Ex 20,13-15; Dt 5,17-19), y que los profetas suelen condenar severamente (cfr Jr 7,9; Os 4,2). Aquí Job subraya que estos delitos se cometen de noche, dando a entender que los malvados piensan que Dios no se entera de ellos. San Gregorio Magno, en su comentario, entiende que al cometer estos pecados se intenta olvidar el juicio definitivo de Dios: «El adúltero cubre su rostro para no ser conocido y todo el que vive sintiendo u obrando mal cubre su rostro, porque con la perversidad de su obra o doctrina tiende a no ser conocido por Dios en el juicio postrero» (Moralia in Iob 3,16,51).
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Jb 24,23-24
Aunque algunas exposiciones sobre la muerte inmediata de los malvados (cfr 24,18-22) reflejan la doctrina tradicional, Job se sirve de ellas en coherencia con su argumentación. Dios tiene siempre en cuenta el comportamiento, y si bien es Él quien da la vida, pronto la arrebata a esos malvados (v. 24). Job, una vez más, no busca tanto la comprensión de los amigos ni verse libre de sus desgracias, cuanto pleitear con Dios, el único que sabe valorar el comportamiento de cada uno y que todavía le mantiene en vida.
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Jb 25,1-6
El discurso de Bildad, insertado aquí según el orden del texto que han transmitido todos los manuscritos hebreos y griegos, es el más breve, y también el más genérico. Sin dirigirse directamente a Job, formula dos principios indiscutibles que, por otra parte, ya han aparecido en los discursos anteriores de los amigos de Job. El primero (vv. 2-3) es la soberanía de Dios que, estando en lo más alto del cielo (cfr 22,12) y gobernando los fenómenos atmosféricos, como recordaba Elifaz (cfr 5,9-10), extiende su dominio pacificador a todo el universo, en especial a los cielos donde están las estrellas («sus huestes») y de donde proviene la luz. El segundo principio es que ante ese Dios nada ni nadie puede pretender ser justo, y mucho menos el hombre (cfr 4,17; 15,14), que viene a ser como un gusano que vive en la oscuridad (vv. 4-6). Sale así al paso de la pretensión de Job de encararse con Dios (cfr 23,2-7). Las palabras de Bildad responden ciertamente a la verdad sobre Dios y sobre el hombre, pero no tienen en cuenta la situación de Job ni son aplicadas a su caso. Job no se considera puro como la luz, o absolutamente justo; sólo busca la respuesta divina a un sufrimiento que no se corresponde a su conducta y no comprende.
Una vez más la enseñanza de las grandes verdades no es suficiente si no se tiene en cuenta la situación cultural, social y hasta psicológica de la persona a quien se comunica: «La presentación límpida y vigorosa de la verdad moral no puede prescindir nunca de un respeto profundo y sincero —animado por el amor paciente y confiado—, del que el hombre necesita siempre en su camino moral, frecuentemente trabajoso debido a sus dificultades, debilidades y situaciones dolorosas. La Iglesia, que jamás podrá renunciar al principio de la verdad y de la coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien, ha de estar siempre atenta a no quebrar la caña cascada ni apagar el pábilo vacilante (cfr Is 42,3)» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 95).
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Jb 26,1-31,40
Tal como aparece el texto, toda esta sección está puesta en boca de Job como su discurso final en la polémica con sus amigos. Sin embargo, sólo en los caps. 26-27 hay expresiones que indican que Job se dirige a sus interlocutores (cfr 26,2-4; 27,12). El cap. 28 es más bien un himno sobre la sabiduría sin conexión inmediata con lo anterior, y los caps. 29-31 una lamentación de Job en forma de soliloquio. De ahí que únicamente los caps. 26-27 hayan de considerarse respuesta de Job en los diálogos. El resto del discurso, aún puesto a continuación y en boca de Job, no formaría parte de esa respuesta, sino que habría sido introducido aquí por el autor del libro como colofón a los diálogos. Han de leerse por lo tanto como piezas independientes (cfr Introducción).
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Jb 26,1-27,23
Job responde poniendo de manifiesto la falta de solidaridad de los oponentes (26,1-4) y alaba el poder de Dios que se manifiesta en la creación (26,5-14). Job, que es inocente (27,1-6), no espera el castigo de los malvados (27,1-23).
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Jb 26,1-4
La respuesta de Job comienza con una crítica irónica a las palabras de Bildad, que pretendían ser una alabanza a Dios y en realidad en su boca son un repetitivo cúmulo de palabras huecas, una descalificación a raíz de la actitud de Job. La alabanza de las cualidades divinas se desvirtúa si se hace con intenciones torcidas, porque Dios no necesita de ella. Quizá Bildad ha querido defender la causa de Dios contra Job, ayudar a Dios, pero a costa de hundir a su amigo. «Un signo de amor es ayudar al débil, y querer ayudar al poderoso lo es de soberbia (…). Muchas veces ayudamos a Dios, aunque no es débil, si lo hacemos humildemente; porque cuando nosotros colaboramos con palabras de exhortación con Aquel que nos infunde intrínsecamente la gracia, entonces ayudamos por fuera lo que Él hace por dentro con su Espíritu (…). Pero los que se complacen en saber cosas muy altas no pueden ser ayudadores de Dios, porque piensan que sirven de provecho a Dios, pero se quedan lejos del fruto de la utilidad» (Moralia in Iob 4,17,18).
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Jb 26,5-14
El cuerpo de este discurso de Job es un canto al poder de Dios como réplica a la alabanza pronunciada por Bildad. Dado que hasta ahora no ha aparecido la alabanza en labios de Job, muchos comentaristas asignan esta sección a Bildad, como continuación de 25,1-6, o a Sofar, que no interviene en esta última serie de discursos. Sin embargo, también la alabanza cabe en un discurso de Job, puesto que también él es capaz de componer un himno sobre Dios creador. Job canta el poder de Dios manifestado en la creación visible, pero concluye que hay algo más en Él que no podemos comprender. El v. 5 está mal conservado en hebreo, y en griego falta la sección 5-11. El término hebreo que traducimos por «fantasmas» (refaim) refleja el carácter misterioso de la vida en el océano, que sin embargo está sometido a la soberanía de Dios. Podría traducirse también por «las sombras», «las ánimas» o «los difuntos»; es una expresión típica referida a los habitantes del reino de los muertos. En el discurso hay varios términos tomados de los mitos, pero que en el lenguaje sapiencial evocan seres o lugares desconocidos por el hombre. Además de esos fantasmas, que eran gigantes legendarios, encontramos el seol y el abismo (abaddom) para designar la morada de los muertos (v. 6); Rahab (v. 12), que evoca la fiereza indómita del océano (cfr 9,13); y la Serpiente Huidiza (v. 13), que es un monstruo marino identificado o, al menos, asociado a Leviatán (cfr Is 27,1). Es como si el autor del libro quisiera poner en boca de Job una discusión de gran altura cultural y literaria.
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Jb 26,8
La literatura sapiencial está llena de imágenes y metáforas, y con frecuencia, como en este caso, se detiene en descripciones de alto valor poético. Santo Tomás, inclinado a la especulación más que a la poesía se deja, sin embargo, cautivar por la belleza de esta descripción de la lluvia: «Éste es el primer efecto del poder divino en el aire, y resulta maravilloso: que el agua esté suspendida en el aire, elevada como vapor, y que no caiga toda de golpe sino en gotas» (Expositio super Iob 26,8).
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Jb 26,14
Al final del himno sobre Dios, Job confiesa que apenas sabemos nada de Él, sólo percibimos un susurro. El autor sagrado ha dejado aquí una reflexión que estimula la búsqueda, puesto que siempre podemos crecer en el conocimiento de Dios. Los autores espirituales han expresado con asombro la experiencia de conocer a Dios sin llegar nunca a quedar satisfechos: «Tú, Trinidad Eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco más encuentro, y cuanto más encuentro más te busco. Tú sacias el alma de una manera en cierto modo insaciable, ya que siempre queda con hambre y apetito, deseando con avidez que tu luz nos haga ver la luz que eres tú misma» (S. Catalina de Siena, Diálogo, cap. 167).
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Jb 27,1-23
Según el texto, este capítulo continúa la respuesta de Job iniciada en el anterior. Su desarrollo es complejo. En la primera parte (vv. 1-6) contiene unas imprecaciones emotivas con las que Job defiende su inocencia ante los hombres y ante Dios; en la segunda, en cambio, vuelve al tema, tantas veces repetido, de la suerte desgraciada del malvado (vv. 7-23). Muchos comentaristas suponen que esta sección era originariamente el discurso de Sofar, o al menos los vv. 13-23 (cfr Introducción); pero no hay razones suficientes para estos cambios y se puede explicar tal como ha llegado hasta nosotros. En efecto, es coherente que Job confiese con juramento su inocencia (vv. 1-6), pero también que proclame la doctrina de la retribución de los malvados (vv. 7-23). De esta forma querría demostrar que si él ha elevado una queja no es porque desconozca o no acepte esa doctrina, sino que, aun asumiéndola, no la ve aplicable a su caso. Así queda claro que el problema planteado es otro, a saber, que el sufrimiento no es necesariamente señal de castigo.
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Jb 27,2
La confesión de inocencia de Job se basa en su propia conciencia (27,6; cfr 1 Co 4,4; 1 Jn 3,21), que se refleja en la fórmula de juramento que suena paradójica: Job invoca a Dios, aunque le niega el derecho a defenderse; pone por testigo al Omnipotente, aunque es la causa de sus angustias. De esta forma da por zanjado el diálogo con sus amigos, porque no ha recibido de ellos ni consuelo en sus dolores, ni respuesta suficiente a sus interrogantes. El autor sagrado deja abierto el camino al único interlocutor posible, a Dios mismo, cuyos discursos cerrarán la parte poética del libro (caps. 38-41).
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Jb 27,7
No es claro quiénes son designados aquí como enemigos. Que se refiera a los malvados en general y en abstracto, es difícil de explicar en boca de Job. Pero si en coherencia con todo el discurso son los interlocutores, sus amigos, Job está pidiéndoles que se apliquen a sí mismos la doctrina que tan insistentemente han repetido. Ellos, que presumen de conocer tan perfectamente el poder de Dios (v. 12), que se atengan a las consecuencias y se sometan al castigo divino que ellos mismos han descrito: descendencia exterminada (v. 14), fortuna perdida (v. 19) y aniquilamiento personal (v. 21).