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Libro II: Salmos 42-72
La segunda parte del libro de los Salmos comienza con un grupo de ocho poemas atribuidos a los hijos de Coré (Sal 42-49), en los que predomina el deseo de llegar al Templo y permanecer en él, así como el gozo de la contemplación de Sión. A continuación viene un salmo atribuido a Asaf (Sal 50) en el que Dios se dirige a su pueblo como si le hablara desde el Templo, seguido de una serie de salmos de David (Sal 51-65; Sal 68-70) y uno de Salomón (Sal 72), que pueden comprenderse como la respuesta del orante a lo que Dios dice a su pueblo en Sal 50. Una doxología al final de Sal 72, similar a la de Sal 41,14, marca la conclusión de esta segunda parte de libro de los Salmos.
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Salmos 42-49
Sobre los «hijos de Coré», cfr Introducción, pág. 172. En estos salmos, se percibe un gran amor al Templo, y además se contempla la dimensión universal de la salvación.
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Salmo 42
Los sentimientos expresados en este poema se condensan en las palabras repetidas a modo de estribillo en los vv. 6 y 13, y en el v. 5 del salmo siguiente, pues ambas composiciones forman parte de una misma oración que se desarrolla en tres momentos. En cada uno de ellos el salmista comienza dirigiéndose a Dios (vv. 2.7-8; Sal 43,1) y termina hablándose a sí mismo en el estribillo. En un primer momento manifiesta el deseo de un encuentro con Dios, avivado por el sufrimiento presente y el recuerdo del pasado (v. 2-6); después, a los sentimientos anteriores, une la expresión de su confianza en el Señor (vv. 7-12); y, finalmente, eleva a Dios su petición de poder acercarse al Templo (43,1-5).
Al rezar los salmos 42-43, el cristiano acrecienta su deseo de Dios con las imágenes del agua y de la sed (vv. 2-3). Pero al mismo tiempo escucha aquellas palabras de Jesús: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba» (Jn 7,37).
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Sal 42,2
El simbolismo del agua está presente en los vv. 2-3 y en el v. 8, pero con distinto significado: en los primeros, como absolutamente necesaria para vivir, y así es también la presencia de Dios, contemplada en su Templo (vv. 2-3); en el v. 8, como estado de desorden y signo de castigo (cfr Gn 1,2; 7,11), y así considera el salmista su situación (v. 10).
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Sal 42,3-5
La presencia de Dios que el orante anhela contemplar es, precisamente, lo que cuestionan sus adversarios al verle en medio del sufrimiento (v. 4) y de la enfermedad (v. 11). Es una pregunta insistente que pone a prueba al salmista, y que le lleva, al mismo tiempo, a recurrir al recuerdo de sus días felices en los que podía subir al Templo y gozar de la presencia del Señor (v. 5). «Ver el rostro de Dios» significa para el cristiano contemplar a la Santísima Trinidad: «Como ansía la cierva las corrientes de agua, así te ansía mi alma, Dios mío. Como la cierva del salmo busca las corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al Faraón con todo su ejército, después de haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. (…) Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso dice: Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí: ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación» (Autor incierto, In psalmum XLI, ad neophytos).
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Sal 42,6
Apoyado en su recuerdo, el salmista se da a sí mismo palabras de ánimo y esperanza que le hagan superar la inclinación a la tristeza y al abatimiento que siente en su interior. La esperanza es más fuerte que la turbación y puede clamar «salvación de mi rostro y Dios mío».
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Sal 42,7-8
El autor del salmo se sitúa en la alta Galilea, aunque no es posible identificar el monte Misar (v. 7). Se ha pensado que es un levita desterrado del lugar en el que estaba el Santuario, quizás Dan; pero las referencias geográficas pueden ser un recurso para expresar la lejanía del Templo y de Dios. Las cascadas de las fuentes del Jordán, a las que aludiría el v. 8, sugieren la idea de la fuerza arrolladora con la que el orante experimenta su desgracia, en la que ve la mano de Dios. Incluso su sufrimiento es para él signo de la presencia divina.
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Sal 42,9-11
En su situación dolorosa y pensando en el Señor (v. 8), el salmista mantiene la esperanza (v. 9) y ésta le mueve a la oración (v. 10). El texto hebreo del v. 9 es oscuro: en vez de «su canto», muchas versiones proponen «mi canto». Ambas interpretaciones tienen sentido. «Su canto», en paralelismo con «su misericordia», indica la alegría de la salvación que le otorgó el Señor, y que le acompaña en la oración ininterrumpida —«día», «noche»—. Las palabras con las que el salmista piensa dirigirse a Dios (v. 10) —y con las que, en efecto, se dirigirá mas adelante (cfr Sal 43,2)— relacionan su situación de amargura y opresión con el «olvido» de parte de Dios, puesto en contraste con el «recuerdo» que él tiene (vv. 5.7). Es una forma de llamar la atención del Señor y urgirle a intervenir. La expresión «Dios de mi vida» (v. 9) implica el reconocimiento de que es Dios quien hace vivir y llena de sentido la vida del salmista. De ahí que la oración haya de ser continua: «Una oración al Dios de mi vida (Sal 42,9). Si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida en oración. Pero no penséis que la oración es un acto que se cumple y luego se abandona. El justo encuentra en la ley de Yavé su complacencia y a acomodarse a esa ley tiende, durante el día y durante la noche (Sal 1,2). Por la mañana pienso en ti (cfr Sal 42,7); y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso (cfr Sal 91,2). Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración (cfr Dt 6,6 y 7)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 119).
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Salmo 43
Con esta petición finaliza la oración iniciada en Sal 42,2, reflejando, además, la situación que vive el salmista y que espera en el futuro.
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Sal 43,1
La «gente sin piedad» pueden ser los no judíos entre los que vive el desterrado, o simplemente los desleales a Dios.
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Sal 43,2-4
La «luz» y la «verdad» divinas están personificadas (v. 3): «luz» en el sentido de amor y salvación; «verdad», en el de fidelidad y justicia. En su oración el salmista piensa en el futuro: espera la alegría que producen la contemplación de la presencia de Dios en el Templo y su alabanza (v. 4). Entretanto sabe que Dios es su fuerza. Así también «la ascética del cristiano exige fortaleza; y esa fortaleza la encuentra en el Creador. Somos la oscuridad, y Él es clarísimo resplandor; somos la enfermedad, y Él es salud robusta; somos la debilidad, y Él nos sustenta, quia tu es, Deus, fortitudo mea (Sal 43,2), porque siempre eres, oh Dios mío, nuestra fortaleza» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 80).
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Sal 43,5
El estribillo adquiere nueva intensidad al final de la oración, pues en ese contexto cobran toda su fuerza las palabras: «Aún podré alabarlo»; en Sal 42,6 el acento recaía en: «¿Por qué te abates, alma mía», y en Sal 42,12 en: «Espera en Dios».
Dios como fuente de vida se hace presente en Jesucristo —«quién me ve a mi ha visto al Padre» (Jn 14,8)— y en sus acciones salvíficas, los sacramentos. Éstos son las corrientes de agua viva —de la gracia divina— que pueden calmar la sed que el hombre tiene de Dios (cfr Sal 42,2). Las situaciones de turbación, que también se dan en la vida del cristiano, llevan a buscar a Dios con más fuerza en esas fuentes. «Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque “lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios” (S. León Magno, serm. 74,2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1115).
Las palabras de este salmo, que anteriormente se recitaban como parte del introito en la liturgia de la Misa, bien pueden servir para fomentar las disposiciones personales antes de participar en la Sagrada Eucaristía.
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Salmo 44
Sal 42-43 presentaban la reacción de una persona al pensar que Dios le ha abandonado (cfr Sal 42,10; 43,2); ahora vemos la reacción del pueblo en parecidas circunstancias (vv. 10-17). En Sal 42 el recuerdo de tiempos pasados, en contraste con el «olvido» de parte de Dios, fundaba la esperanza y movía a la oración (42,5.7); en éste el pueblo recuerda el auxilio recibido en otros tiempos (vv. 2-4) y aduce que él no se ha olvidado de Dios (vv. 18-23). Al final de Sal 43 se recurría a la ayuda de Dios (cfr 43,5); en éste se acude a su misericordia (v. 27). Sal 44 continúa de esta forma la oración de los salmos 42-43.
La oración comienza apelando al pasado (vv. 2-9): el recuerdo de las victorias de los antepasados cuando conquistaron la tierra prometida (vv. 2-4) lleva a poner la confianza en el Señor (vv. 5-9). Sigue con la descripción del presente (vv. 10-23): el pueblo de Dios ha sido vergonzosamente vencido (vv. 10-17), a pesar de haberse mantenido fiel al Señor (vv. 18-23). Concluye quejándose a Dios de su aparente inoperancia y pidiendo socorro (vv. 24-27). Es la primera súplica colectiva que aparece en el libro de los Salmos.
Si grande era el amor por el que Dios dio la victoria a los que entraron en la tierra prometida (v. 4), mayor lo ha sido cuando ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos y lo ha glorificado, abriéndonos las puertas de la vida eterna (cfr Ef 1,10-11). Sufrir, incluso la muerte, por causa de Jesús (cfr 2 Co 4,11) nos dispone a que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo (2 Co 4,10).
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Sal 44,2-4
La tradición oral de las gestas del Señor (cfr Ex 10,2) tiene en este salmo la misma función que la experiencia personal de salvación aducida en tantos otros. La tradición hace comprender los acontecimientos en su verdadera dimensión: «Porque te complacías en ellos» (v. 4).
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Sal 44,5-9
La alternancia entre la primera persona del singular y del plural en estos versículos indica que el salmista, que podría identificarse con un rey (vv. 7-8), habla en nombre y en representación del pueblo. Reconoce la realeza suprema de Dios y alude a la elección del pueblo —«Jacob» (v. 5)—.
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Sal 44,10-17
La imagen de Dios rey–pastor (cfr Sal 23) resuena de nuevo en el v. 12 —«ovejas»—; a Él y a su voluntad se atribuye la causa de las desgracias ocurridas. Él, y sólo Él, es responsable de las derrotas, como en otro tiempo lo fue de las victorias (v. 3; cfr Is 45,7). Ni siquiera se alude a que el pecado o la culpa tengan algo que ver, como sucedía en otros salmos de súplica individual.
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Sal 44,18-23
El pueblo proclama haber cumplido su parte en el pacto de la Alianza; en cambio, no se ve que Dios cumpla la suya. Al contrario, ha actuado en contra de su pueblo (vv. 18-20). El «lugar de chacales» (v. 20) —que la versión griega interpreta como «lugar de miseria»— se refiere al desierto donde viven las bestias salvajes; «sombras de muerte» es sinónimo de desgracias, como «luz» lo es de salvación (cfr Sal 43,3). Señal de que el pueblo ha guardado fielmente la Alianza es que no ha recibido un mal a modo de castigo por sus pecados (vv. 21-22), como hubiese sido una sequía o una peste, sino que, precisamente, sufren cada día la muerte violenta por mantenerse fieles a su Dios, por ser su pueblo (v. 23). Un acto de confianza semejante al que encontraremos en este salmo es el que está llamado a realizar el cristiano en medio de las contrariedades, y especialmente en la persecución. Así lo enseña de forma expresa San Pablo cuando cita literalmente las palabras del v. 23 como prueba de la Escritura de que nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (cfr Rm 8,35-39).
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Sal 44,24-27
Con la proclamación de inocencia y la atribución a Dios de los males que padece el pueblo se pretende moverle a que actúe en su favor: a que no olvide su desgracia (v. 25) puesto que ellos no han olvidado su nombre (v. 21). Le suplican porque siguen creyendo en aquel amor divino (v. 27) que da explicación de las victorias de sus antepasados (v. 4). La petición final entraña un acto de fe en que Dios es fiel a la Alianza y a sí mismo, a pesar de que las circunstancias presentes no lo manifiesten.
La súplica de la benevolencia divina se resume en la petición del salmista del v. 25. Ver el rostro de Dios es darse cuenta de que la oración ha sido escuchada y, por tanto, de que ya no hay motivos de aflicción: «¿Por qué escondes tu rostro? Cuando estamos afligidos por algún motivo nos imaginamos que Dios nos esconde su rostro, porque nuestra parte afectiva está como envuelta en tinieblas que nos impiden ver la luz de la verdad. En efecto, si Dios atiende a nuestro estado de ánimo y se digna visitar nuestra mente, entonces estamos seguros de que no hay nada capaz de oscurecer nuestro interior. Porque, si el rostro del hombre es la parte más destacada de su cuerpo, de manera que cuando nosotros vemos el rostro de alguna persona es cuando empezamos a conocerla, o cuando nos damos cuenta de que ya la conocíamos, ya que su aspecto nos lo da a conocer, ¿cuánto más no iluminará el rostro de Dios a los que Él mira?» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 43,87).
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Salmo 45
Llama la atención el carácter profano en la literalidad de esta composición, y sorprende bastante verla introducida aquí. Su significación se aclara en cierto modo desde el salmo anterior en el que la figura del rey —veladamente presente en las expresiones en primera persona del singular (cfr Sal 44,7.16-17)— aparecía llena de vergüenza y de oprobio (cfr Sal 44,16-17), al mismo tiempo que se señalaba su especial relación con Dios, rey supremo (cfr Sal 44,5). Sal 45 presenta, en contraste con el anterior, la gloria del rey como fruto de la bendición divina (v. 3) en el momento en que se manifiesta con mayor esplendor: sus nupcias con una princesa extranjera. Es la majestad propia del ungido de Dios: el Mesías (v. 8) victorioso (vv. 4-6) y sentado en su trono (vv. 7-10). Así este salmo, en la oración, levanta el ánimo tras la angustia reflejada en el anterior. En la liturgia del Templo llevaba a dirigir la mirada al futuro Rey Mesías.
Tras expresar su propósito de dedicar su canto al rey (v. 2), el salmista se dirige a él (vv. 3-10) ensalzándole (v. 3), invitándole a actuar (vv. 4-6) y reconociendo su justicia y esplendor (vv. 7-10). Después se dirige a la reina (vv. 11-16) exhortándola (vv. 11-12) y cantando su belleza (vv. 13-16). Finalmente hace augurios para la descendencia del rey (v. 17), y expresa de nuevo el propósito del canto que ha entonado (v. 18). Hay que notar la correspondencia entre el v. 18 y el 2, y entre el 17 y el 3, que hacen de marco al cuerpo del salmo.
El salmo no da el nombre del rey; podría, por tanto, ser cantado en cualquier boda real. Pero ninguno de los reyes de Judá —y menos de Israel— poseyó las cualidades militares y administrativas, o el esplendor que en este salmo se proclaman del «Ungido de Dios». Las mismas expresiones de eternidad (vv. 3.18) y de universalidad (vv. 6.17-18), originariamente pertenecientes al lenguaje poético, llevan a pensar en un rey futuro de características especiales: el Rey Mesías. En el Nuevo Testamento, al ser citado este salmo, se aplica a Jesucristo.
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Sal 45,2
No son sólo palabras, fruto de las circunstancias o del oficio, sino el sentir más profundo —del «corazón»— lo que brota con espontaneidad y fluidez de boca del salmista y del lector.
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Sal 45,3
Tanto la bella presencia física del rey, como sus sabias palabras, son bendición de Dios, tal como convenía a los reyes (cfr 1 S 9,2; 16,18).
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Sal 45,4-6
Se destacan la espada y el poderío militar como signos de la grandeza del rey.
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Sal 45,7-10
El trono «por siempre» alude a la profecía de Natán a David según la cual el mesías salvador saldría del linaje de éste (cfr 2 S 7,13-16). El rey es llamado «dios» quizá en referencia al carácter sagrado de la monarquía davídica, pero también puede entenderse como una invocación en medio del verso: «Oh Dios», o traducirse: «Que es de Dios». Al trono va unido el cetro, símbolo de la justicia administrada por el rey. Esto es signo de que ha sido elegido por Dios entre otros que podían haber aspirado al trono, como sucedió en el caso de David (cfr 1 S 16,1-13) o de Jehú (cfr 2 R 9,1-10). A través de la unción —«óleo de alegría» (v. 8)— Dios ha otorgado sus dones salvíficos al rey y al pueblo. Tras el aspecto militar y administrativo se señala el esplendor de su persona y de su palacio, incluido el harén. Destaca la presencia de la reina a su derecha, que puede referirse a la reina madre cuyo influjo en los reinados de los distintos monarcas señala con frecuencia la historia de los reyes (cfr 1 R 1,16-28; 2 R 10,13; etc.), o a la nueva esposa de la que se va a hablar a continuación. En cualquier caso el esplendor del rey y su reinado incluye a la reina. Las palabras de los vv. 7-8 vienen citadas literalmente en la Carta a los Hebreos (cfr Hb 1,8-9) como dirigidas por Dios a su Hijo, Jesucristo, al ser enviado al mundo.
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Sal 45,11-12
Se expone la invitación a la nueva esposa a someterse y dedicarse totalmente al rey en el que encontrará su felicidad, pues éste la ama.
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Sal 45,13-16
Por la alusión a Tiro se ha pensado en Jezabel de Sidón, esposa del rey Ajab (cfr 1 R 16,31). En tal caso las recomendaciones de los vv. 11-12 irían orientadas a que abandonase sus ídolos y adorase al Dios de Israel. Pero «hija de Tiro» puede indicar la ciudad misma, como «hija de Sión» indica Jerusalén. El v. 13 muestra la relevancia del rey en el plano internacional y en su mismo pueblo. El séquito de amigas, importante en la ceremonia de presentación de la nueva reina al rey e introducción al palacio, destaca, junto a los hermosos vestidos, la dignidad de la esposa (vv. 14-16).
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Sal 45,17
Ahora el salmista se dirige al nuevo rey. Las expresiones de carácter universal —«toda la tierra»— aparecen con frecuencia en los salmos dedicados al rey, y aunque pertenecen al lenguaje poético, reflejan la convicción de que la monarquía de Judá responde a proyectos divinos en favor de todos los pueblos.
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Sal 45,18
Apunta a un cumplimiento más allá de la historia: el dominio del rey de Judá, mediante sus descendientes, no sólo será universal sobre toda la tierra, sino que durará por siempre. Son palabras que se cumplen en Jesucristo, rey eterno y universal (cfr Ap 19,16).
La tradición cristiana, a partir de la actualización de este salmo en la Carta a los Hebreos, ha ampliado su significación viendo aludidas en la esposa a la Iglesia y a la Santísima Virgen. En concreto, la segunda parte del v. 10 ha servido para ratificar la verdad de la Asunción de la Virgen a los cielos: «Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la Esposa, Madre del Esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del salmista, que decía al Señor: A tu derecha está la reina, adornada con oro de Ofir» (S. Amadeo de Lausana, Homilía 7). La liturgia de la Iglesia utiliza este salmo en la solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora y en otras festividades de la Virgen.
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Salmo 46
La fuerza y majestad del rey cantadas en el salmo anterior llevan como de la mano a fijar la mirada en Jerusalén. Es lo que se hace en este salmo, el primero de los dedicados a Sión (cfr Sal 48; 76; 87). En la ciudad santa lo más destacable no es ya el trono del rey ni su palacio (cfr Sal 45,7.9.16), sino la morada del Altísimo (Sal 46,5). Él da la alegría–salvación que allí existen (cfr Sal 45,8.16; 46,5), y a Él es a quien reconoce toda la tierra (Sal 45,6.13.17-18; 46,3.7.9.11). Con Sal 46 la oración se reorienta hacia Dios, Señor de cielo y tierra, bien en la liturgia, bien en la lectura personal del libro de los Salmos.
La estructura del poema la marca el estribillo repetido en los vv. 8 y 12, y que parece que habría de suponerse también tras el v. 4; en él se desarrolla la afirmación inicial (v. 2). Aunque hubiera desórdenes cósmicos (vv. 3-4), «el Señor de los ejércitos está con nosotros»; está en Jerusalén, dando seguridad cada día mientras tiemblan las naciones (vv. 5-7), pues «el Señor… está con nosotros» (v. 8); contempladlo (vv. 9-10) ya que Él se muestra (v. 11), pues «el Señor… está con nosotros» (v. 12).
El sentido de este salmo queda enriquecido cuando se hace oración del cristiano. La cercanía de Dios, cantada en el estribillo, se hace real en Jesucristo, el Emmanuel o «Dios con nosotros» (Mt 1,23; 28,20).
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Sal 46,2
Comienza hablando la comunidad (vv. 2-4), que es también la que repite el estribillo.
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Sal 46,3-4
Como pueblo elegido la asamblea manifiesta su total confianza en Dios, capaz de poner en orden y dominar los elementos de la naturaleza (cfr Gn 1,2.6-9; 7,11; Sal 136,6).
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Sal 46,5-7
Ahora parece hablar un sacerdote o levita director de la liturgia, proclamando la fecundidad y frescura de Jerusalén porque Dios, en el Templo, está en medio de ella (cfr Ez 47,1-12; Jl 4,18). Frente a las aguas agitadas y destructivas de los vv. 3-4 aparecen ahora las aguas tranquilas y encauzadas, símbolo de fecundidad (cfr Gn 2,4-10). Dios asiste a la ciudad al «despuntar el alba», momento en el que solían atacar los enemigos.
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Sal 46,8
El «Señor de los ejércitos», de los cielos, es al mismo tiempo el Dios de Israel. Es de notar la fuerza expresiva dada por el paralelismo cruzado del estribillo.
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Sal 46,9-10
Se puede pensar que aquí y en el v. 6 hay referencias a la milagrosa liberación de Jerusalén en tiempos del rey Ezequías, cuando fue atacada por Senaquerib en el año 701 a.C. (cfr 2 R 18,13-19,37; Is 36,1-37,38).
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Sal 46,11
El mismo sacerdote, a modo de oráculo, como si hablase el mismo Dios, invita a reconocer la divinidad del Dios del Templo (cfr Is 33,10-13) y su domino universal.
En la Iglesia —«ciudad de Dios» como la llamó San Agustín— el Señor ofrece la abundancia de sus bienes y proporciona fuerza interior, una seguridad que nace de saber que el Espíritu Santo está presente en ella: «El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. (…) La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).
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Salmo 47
En el salmo anterior la mirada se fijaba en Jerusalén, a la que la presencia de Dios daba esplendor y seguridad (cfr Sal 46,5-7); ahora se fija en Dios: es el rey de toda la tierra y de todos los pueblos. A Dios como rey ya se le aclamaba en Sal 24, y se le volverá a aclamar en Sal 93-100. En Sal 47 la aclamación de la realeza de Dios viene unida a la contemplación de la gloria de Jerusalén (cfr Sal 46), y a su reconocimiento por los demás pueblos (Sal 47,10).
Está estructurado sobre dos invitaciones a la alabanza (vv. 2.7) seguidas de sus motivaciones (vv. 3-6; 8-10): primero se invita a los pueblos a aclamar al Dios de Israel porque es rey de toda la tierra, ha elegido a Israel y ha hecho presente su gloria en el Templo (vv. 3-6); después se invita a la alabanza litúrgica, porque siendo rey de todas las naciones hace que éstas se unan al pueblo de Israel (vv. 8-10).
La alabanza contenida en este salmo la hace suya el cristiano con más fuerza pensando en la realeza de Cristo y en la congregación en la Iglesia de gentes de toda lengua, raza y nación.
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Sal 47,2
Los gestos que se realizaban para aclamar al rey terreno (cfr 2 R 11,12) sirven aquí para proclamar a Dios como rey universal. De ahí que la invitación inicial tenga también horizonte universal: «pueblos todos».
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Sal 47,3-6
El Dios de Israel —«el Señor»— es el Dios Altísimo —«Elyon»—, nombre dado por los antiguos semitas al dios principal de sus panteones. Aquí este nombre significa la trascendencia y superioridad del Dios de Israel sobre cualquier otro «dios» o poder concebido por el hombre (cfr Gn 14,19). En este sentido es «el gran Rey» —título dado al rey de Asiria (cfr 2 R 18,19)—, es decir, emperador, pero de toda la tierra (v. 3). Así se ha mostrado precisamente al dar a Israel —«Jacob» (v. 5)— la tierra prometida, llevado por el amor a este pueblo (vv. 4-5), y así fue reconocido al permitir que el Arca —«su trono» (cfr v. 9)— fuese introducida en Jerusalén y en el Templo en los tiempos de David y Salomón (cfr 2 S 6,14-15; 15,24-29; 1 R 8,1-13; Sal 132,8).
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Sal 47,7.8-10
En consecuencia con lo anterior, es en el Templo donde resuena la invitación a alabar al Dios de Israel como rey de toda la tierra, y a hacerlo con «el himno más bello» —literalmente, «salmo compuesto con sabiduría»— (v. 8), porque allí está su santo trono, el Arca (v. 9). Por esto mismo todos los pueblos, representados en sus «príncipes» o «poderosos» —literalmente, «escudos»— (v. 10) se unen a la alabanza que tributa a Dios el pueblo en el que Él ha cumplido sus promesas: «El pueblo del Dios de Abrahán» (cfr Is 2,2-5; 56,7).
La Iglesia apostólica vio las palabras del v. 6 cumplidas en la Ascensión de Cristo a los cielos (cfr Hb 9,24-28; 10,19-23; Hch 1,1-11), y por eso posteriormente emplea este salmo en la fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos, profesando su fe en que Cristo ejerce así su reinado universal. Este reinado universal de Cristo trasciende los reinos de este mundo, y la Iglesia, al proclamarlo, contribuye a que todas las naciones de la tierra alcancen su destino: «El Reino de Cristo no es de este mundo (cfr Jn 18,36). Por eso, la Iglesia, o Pueblo de Dios, al hacer presente este Reino no quita ningún bien temporal a ningún pueblo. Al contrario, ella favorece y asume las cualidades, las riquezas y las costumbres de los pueblos en la medida que son buenas, y al asumirlas, las purifica, las desarrolla y las enaltece. La Iglesia, en efecto, recuerda que su misión es congregar a las naciones con aquel Rey que las recibió en herencia (cfr Sal 2,8) y a cuya ciudad traen regalos y dones (cfr Sal 71 [72],10; Is 60,4-7; Ap 21,24). Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores, bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 13).
La liturgia judía recita este salmo en la fiesta del Año Nuevo —Rosh Hasanah—.
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Salmo 48
La meditación sobre Sión de Sal 46,5-6 y la contemplación de Dios como Rey en Sal 47,3.7-9 se complementan considerando la belleza y seguridad que da a la ciudad santa la presencia de Dios en ella (Sal 48,3). Es la ciudad del Dios de los ejércitos (cfr Sal 48,9; Sal 46,8.12), cuya alabanza se eleva por toda la tierra (Sal 48,11; cfr Sal 47,10).
El salmo se abre (v. 2) y se cierra (v. 15) con la proclamación de la grandeza de Dios. El centro lo ocupa la afirmación de haber contemplado esa grandeza en la salvación de Jerusalén (v. 9). Antes se describe la hermosura de la ciudad (vv. 3-4) y su condición inexpugnable (vv. 5-8). Después se reflexiona sobre la presencia del Señor en la ciudad (vv. 10-12), y se invita a fijarse en las defensas de ésta (vv. 13-14).
El cristiano puede calar el hondo significado de este salmo aplicándolo a la Iglesia, la nueva Jerusalén (cfr Ga 4,26-28; Ap 21,2). La Iglesia, por la presencia de Jesucristo en ella (v. 3; cfr Mt 28,20) se mantiene firme frente a todos los poderes adversos (vv. 5-8; cfr Mt 16,18). En ella se escucha y se contempla la salvación de Dios por medio de Jesucristo (v. 9), y en ella también se reconocen la bondad del Señor y su designio universal de salvación (vv. 10-12; cfr Col 1,18).
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Sal 48,2
La grandeza de Dios manifestada en la creación (cfr Sal 8; 19) es reconocida en el Templo de Jerusalén (cfr Sal 24), y, por extensión, en la ciudad misma identificada aquí con el «monte Sión».
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Sal 48,3-4
Llamar a Jerusalén «arcano del Norte» equivale a llamarla «morada de Dios», pues la expresión en hebreo suena como «monte Safón», que era el monte al norte de Fenicia en el que los cananeos creían que habitaba la divinidad, de modo parecido a lo que era el Olimpo para los griegos. En Jerusalén habita el Dios rey de todos los pueblos (cfr Sal 47,3), y por eso ella es gozo para toda la tierra (v. 3). La defensa de la ciudad es Dios mismo, conocido por todos como su protector (v. 4).
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Sal 48,5-8
La narración incluida en estos versículos puede recordar, como en Sal 46,9, la milagrosa liberación de la ciudad sitiada en tiempos de Ezequías (cfr 2 R 19,35-36). Las «naves de Tarsis» (v. 8) eran naves grandes, capaces de largas travesías, quizás hasta la península ibérica (cfr 1 R 10,22).
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Sal 48,9
La proclamación de la grandeza y eternidad de Dios (vv. 2.15) brota de la experiencia del pueblo en el pasado, conocida por tradición, y la que tiene en el presente, celebrada en la liturgia en el Templo. Es posible que las palabras de este versículo sean una especie de antífona pronunciada por la comunidad tras haber escuchado la narración anterior.
Entendiendo que la verdadera «ciudad de Dios» es la Iglesia, San Agustín aplica a ella directamente las palabras de este versículo: «Como lo habíamos oído, así lo hemos visto. ¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 47,7).
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Sal 48,10-12
Continúa hablando la comunidad —o el salmista identificado con ella— que saca consecuencias de la narración anterior: la bondad del Señor (v. 10), su gloria reconocida en todos los pueblos (v. 11), la salvación de las ciudades —«hijas»— de Judá (v. 12).
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Sal 48,13-14
Los edificios defensivos de la ciudad que el salmista invita a contemplar son signo de la protección de Dios sobre ella, que también ha de conocer la posteridad.
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Sal 48,15
El Dios de Israel —«nuestro Dios»— garantiza el futuro de su pueblo «por siempre». «Eternamente» es traducción de la expresión hebrea «hasta la muerte» o «más allá de la muerte», que tiene ese mismo significado de eternidad.
La belleza de la nueva Jerusalén la describe San Juan en Ap 21-22. «Como sacramento, la Iglesia es instrumento de Cristo. Ella es asumida por Cristo “como instrumento de redención universal” (LG 9), “sacramento universal de salvación” (LG 48), por medio del cual Cristo “manifiesta y realiza al mismo tiempo el misterio del amor de Dios al hombre” (GS 45,1). Ella “es el proyecto visible del amor de Dios hacia la humanidad” (Pablo VI, discurso 22 junio 1973) que quiere “que todo el género humano forme un único Pueblo de Dios, se una en un único Cuerpo de Cristo, se coedifique en un único templo del Espíritu Santo” (AG 7; cfr LG 17)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 776).
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Salmo 49
Tras haber contemplado la hermosura y seguridad de Jerusalén (cfr Sal 46; 48) y la presencia de Dios en ella (cfr Sal 47), el grupo de salmos de los hijos de Coré termina centrando la atención en el hombre concreto. A él se dirige ahora una enseñanza derivada de la fe en la presencia de Dios en Sión: la seguridad de los individuos no está en su riqueza sino en la confianza en el Señor. La enseñanza va dirigida a todos los hombres (v. 2), pues el Dios de Israel es Rey de todos los pueblos y de toda la tierra (cfr 46,9.11; 47,2.4.9-10; 48,3.11).
El salmista comienza invitando a todos los hombres a escuchar su enseñanza (vv. 2-5), y a continuación la expone (vv. 6-21). Ésta se condensa en la frase repetida a modo de estribillo en los vv. 13 y 21, que sirve de punto final a las dos grandes reflexiones que presenta. La primera manifiesta la serenidad de ánimo del salmista ante los ricos y opulentos que le ponen insidias y confían en sus propias fuerzas, pues la vida no depende ni de las riquezas ni de la sabiduría ni de la fama del nombre (vv. 6-12). En la segunda contrasta la suerte de aquéllos con la suya propia (vv. 14-16), e invita a la serenidad ante el enriquecimiento de algunos, pues, al morir, nada de su riqueza podrán llevar consigo (vv. 17-20).
La enseñanza de este salmo sobre la vida y las riquezas es recogida por nuestro Señor Jesucristo: nadie puede añadir un codo a su estatura (cfr Mt 6,27), ni de nada sirve el hombre ganar todo el mundo si pierde su vida (cfr Mt 16,26); los bienes recibidos en vida por el rico sin misericordia de nada le sirven tras la muerte (cfr Lc 12,13-21).
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Sal 49,2-5
Con tono parecido al de los profetas, y enfatizando la importancia de su mensaje con expresiones en paralelismo, el salmista se dirige a todo hombre sin excepción (vv. 2-3). Su discurso es discurso de sabiduría (vv. 4-5), fruto de su reflexión profunda (v. 4) y de escuchar la enseñanza tradicional —«el proverbio»— (v. 5). Exponer tal enseñanza «con la cítara» indica un ambiente cultual, sin duda en el Templo.
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Sal 49,6-12
Una vez más los ricos son identificados con los malvados (cfr Sal 37), si bien ahora se acentúa la confianza que ellos ponen en sus grandes riquezas (vv. 6-7), como si con ellas pudieran garantizar su vida, que, en realidad, depende de Dios y no puede comprarse —«rescatarse»— con bienes materiales (vv. 8-10). La experiencia muestra que la muerte alcanza a todos: sabios, necios, hombres famosos (vv. 11-12; cfr Qo 2,16).
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Sal 49,13
No comprender la enseñanza expuesta, y apoyarse en las riquezas, hacen al hombre semejante a las bestias (cfr v. 21).
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Sal 49,14-16
La descripción de la suerte de los que confían en sí mismos —vv. 14-15, que presentan bastante oscuridad en el texto hebreo—, se ha de comprender en contraste con la afirmación del salmista en el v. 16, que puede, a su vez, ser interpretada de distintas formas. Si se entiende este versículo en el sentido de que Dios recibe al justo y lo libra de la muerte —como había sucedido con Henoc (cfr Gn 5,21-24) y con Elías (cfr 2 R 2,9-11)—, los versículos anteriores significan que los que confían en sí mismos van al sepulcro para siempre. Si, en cambio, se entiende el v. 16 en el sentido de que Dios da larga vida a los justos que mueren en paz tras largos años, los vv. 14-15 indicarían que los que confían en sí mismos van prematuramente a la muerte y están aterrorizados ante ella.
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Sal 49,17-20
De una u otra forma queda patente la confianza que el salmista pone en Dios pensando en el final de su vida. Es el fundamento de la serenidad expresada en el v. 6, y que ahora quiere comunicar a quién le escucha.
Este salmo enseña una verdad que lleva al cristiano a vivir el desprendimiento de los bienes materiales, pues «no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él» (1 Tm 6,7). Queda poner la confianza en Dios, como el salmista (v. 16), pero sabiendo además que lo que no puede hacer el hombre, rescatar su vida (vv. 8-9), lo ha hecho Dios para el hombre, entregando a su Hijo, Jesucristo, como redención y rescate por todos (cfr Rm 8,21-23; 1 Co 1,30). Él es el Redentor del hombre. Escribe Juan Pablo II: «La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro: “Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna”» (Redemptor hominis, n. 7).