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Salmos 50-72

Al grupo de salmos de los hijos de Coré, que centraban la atención en Jerusalén y en el Templo, se añade ahora esta serie que comienza con un poema atribuido a Asaf (Sal 50) y continúa con unas oraciones de súplica y alabanza, en su mayor parte asignadas a David (Sal 51-72). En su conjunto éstas representan las respuestas del hombre a Dios que en Sal 50 habla desde el Templo (cfr Sal 50,5). Sobre los salmos de Asaf, cfr Sal 73. La primera respuesta es la petición de perdón (Sal 51), luego se considera el mal proceder de los impíos: su prepotencia inútil y su necedad (Sal 52-53), y la violencia que ejercen contra el justo, motivo a su vez de súplica (Sal 54-60; cfr nota a Sal 61). La oración cambia de tono en Sal 61-64, acentuando la seguridad que se encuentra en el Señor, y en Sal 65-68 en los que predomina la alabanza, para terminar esta segunda parte del libro con tres salmos que destacan la confianza en el Señor (Sal 69-72).

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Salmo 50

En el salmo anterior, un sabio invitaba a todos los pueblos a escucharle (cfr Sal 49,2-3); en éste es Dios quien invita a hacerlo a su pueblo, poniendo como testigos cielo y tierra, pues es Señor de ambos (Sal 50,4). La belleza de Sión, cantada en los salmos anteriores (cfr Sal 46; 48) es el marco en el que el Señor se manifiesta y deja oír su voz (Sal 50,2.7). Quizás por este motivo el salmo 50 ha sido separado del grupo de salmos atribuidos a Asaf (Sal 73-83) e introducido en este lugar. La belleza de Sión por la presencia de Dios en ella exige la santidad de los miembros del pueblo.

Comienza el poema describiendo la manifestación de Dios que va a hablar a su pueblo (vv. 1-6). Habla el Dios de cielos y tierra que habita en Sión (vv. 1-2), y su voz resuena convocando a su pueblo (vv. 3-6). Después viene la locución divina a modo de un oráculo (vv. 7-23). Tras invitar al pueblo a escuchar (v. 7), le habla de los sacrificios de animales que, aunque Él no los necesita (vv. 8-13), los acepta como alabanza (vv. 14-15); luego corrige la conducta hipócrita de quienes no cumplen sus mandamientos aunque los proclaman (vv. 16-22); y termina mostrando su aceptación de los sacrificios sinceros y de la conducta recta (v. 23).

Las advertencias que el Dios de la Alianza hace a su pueblo en este salmo quedan recogidas en las palabras de Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21).

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Sal 50,1-2

Llamar al Señor «Dios de los dioses» —título empleado entre los cananeos para designar la divinidad suprema— no significa aquí que haya otros dioses, sino la soberanía absoluta del verdadero Dios. Él es el Dios que manifiesta su gloria en el Templo de Jerusalén (v. 2).

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Sal 50,3-6

Es el mismo Dios que manifestó su gloria en el Sinaí (v. 3; cfr Ex 19,16-25; 24,15-17). Como sucedía al establecer la Alianza con el pueblo (cfr Dt 31,28; Is 1,2), también ahora el cielo y la tierra son puestos por testigos en el juicio divino sobre su pueblo (v. 4). Él mismo manda congregarlo ante Sí (v. 5), para que se manifieste su justicia y su fidelidad a la Alianza (v. 6).

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Sal 50,7

Se utiliza una fórmula solemne de invitación a escuchar (cfr Dt 6,4) y a presentarse ante Dios como el Dios de la Alianza —«tu Dios»— (cfr Ex 20,2; Dt 5,6).

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Sal 50,8-13

Dios no rechaza los sacrificios en general (v. 8), sino la actitud de querer comprar con ellos su voluntad, de querer obligarle, como si Él tuviese necesidad del algo (vv. 10-13). Queda recogido el sentir de los profetas (cfr Am 5,21-27; Mi 6,6-8; Is 1,11-17; Jr 6,20), por lo que este salmo puede haber sido compuesto en los siglos VIII-VII a.C., e incluso estar relacionado con la reforma de Josías (cfr 2 R 22,1-23.25).

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Sal 50,14-15

Dios pide actos de culto que procedan verdaderamente del deseo de alabarle y de la sincera petición de auxilio. Por eso todos pueden agradarle y mostrarle su amor, como sentía Santa Teresa de Lisieux escuchando en estas palabras la voz de Jesús: «Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud, como dijo en el salmo 50: No aceptaré un becerro de tu casa… Ofrece a Dios sacrificios de alabanza y de acción de gracias. He aquí, pues, todo lo que Jesús exige de nosotros. No tiene necesidad de nuestras obras, sino sólo de nuestro amor. Porque ese mismo Dios que declara que no tiene necesidad de decirnos si tiene hambre, no vacila en mendigar un poco de agua a la Samaritana. Tenía sed… Pero al decir: “Dame de beber”, lo que estaba pidiendo el Creador del universo era el amor de su pobre criatura. Tenía sed de amor…» (Manuscritos autobiográficos 9).

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Sal 50,16-22

Se introduce otra recriminación divina, ahora dirigida a los «impíos», que son caracterizados por su hipocresía al querer engañar a Dios (vv. 16-18) y por su deslealtad hacia los demás (vv. 19-20). Ellos interpretan el aparente silencio de Dios como si éste aprobase su conducta; imaginan un Dios a su medida, que equivale a olvidarse del verdadero Dios. Por eso se les anuncia el castigo (vv. 21-22). «Frente a Cristo, que es la Verdad, será puesta al desnudo definitivamente la verdad de la relación de cada hombre con Dios (cfr Jn 12,49). El Juicio final revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho de bien o haya dejado de hacer durante su vida terrena» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1039).

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Sal 50,23

En contraposición a lo anterior, Dios mismo señala quiénes le van a ser gratos; y el salmista proclama quiénes verán la salvación.

De nada sirve conocer la Ley, o enseñarla, dirá San Pablo a los judíos en Rm 2,17-24, si se deshonra a Dios transgrediéndola. «La Ley evangélica entraña la elección decisiva entre “los dos caminos” (cfr Mt 7,13-14) y la práctica de las palabras del Señor (cfr Mt 7,21-27); está resumida en la regla de oro: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros; porque ésta es la Ley y los profetas” (Mt 7,12; cfr Lc 6,31)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1970).

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Salmo 51

Por su situación, este salmo aparece como respuesta a la acusación divina expresada en el salmo anterior (cfr Sal 50,7). Los vv. 18-19 muestran que se ha comprendido lo que Dios pedía en Sal 50,8-13, y toda la oración de Sal 51 viene a ser el cumplimiento de Sal 50,15. Por ello se piensa que Sal 50 y Sal 51, aun siendo tan diferentes, van uno a continuación de otro y que fueron usados en la misma liturgia penitencial.

El salmista comienza su oración pidiendo a Dios que le quite el pecado (vv. 3-4); luego presenta su condición de pecador (vv. 5-8) y de nuevo pide ser librado del pecado mediante un rito de purificación (vv. 9-11). A esta primera parte centrada en el pecado le sigue otra centrada en la gracia (vv. 12-19): se pide a Dios una nueva condición humana (vv. 12-14) y se promete dar testimonio de su acción, alabarle y ofrecerle un sacrificio agradable, el del corazón (vv. 15-19). Finalmente se ruega por Jerusalén (vv. 20-21), de manera semejante a como el salmista oraba por él mismo al comienzo de la oración.

El título de este salmo resalta su carácter penitencial pues sitúa su composición después de que David reconociera su pecado por haberse unido a Betsabé y haber tramado la muerte de Urías (cfr 2 S 11-12). Ahora sirve al cristiano para pedir a Dios el perdón de los pecados y la renovación interior por el Espíritu Santo.

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Sal 51,3-4

El salmista siente el peso de su pecado a través del dolor de una enfermedad (v. 10). Se dirige a Dios con un grito de petición de auxilio —«Ten misericordia de mí» (cfr Sal 56; 57)— apoyándose no en su inocencia, como sucede en otros casos (cfr Sal 17), sino en la bondad y en la inmensa misericordia de Dios, tal como había hablado a Moisés (cfr Ex 34,6-7).

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Sal 51,5-8

El hombre, por su parte, sólo puede presentar ante Dios su pecado, concepto que con un término u otro, «pecado», «delito», «iniquidad», aparece hasta doce veces en esta primera parte del salmo (vv. 3-11). Ese pecado es la causa del dolor del salmista, y no tanto sus manifestaciones en la enfermedad (v. 5), porque, en cualquier caso, ha sido una ofensa a Dios (v. 6). Confiesa que siempre ha sido pecador, inclinado al pecado desde su nacimiento (cfr Gn 8,21), pero que también ha recibido de Dios la capacidad —«sabiduría»— de reconocerlo y confesarlo; esto es, precisamente, lo que agrada al Señor (vv. 7-8).

Las expresiones del v. 7 se comprenden mejor a la luz de la doctrina del pecado original tal como, también a partir de Rm 5,12, la Iglesia profesa: «Siguiendo a S. Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con que todos nacemos afectados y que es “muerte del alma” (Cc. de Trento: DS 1512)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 403).

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Sal 51,9-11

Pide de nuevo que mediante el rito de la aspersión (cfr Lv 14,4-7; Nm 19,6.18) quede sanado de su enfermedad.

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Sal 51,12-14

La petición del salmista va más allá de la curación física, signo de la purificación de su pecado. Suplica a Dios que mediante un acto de creación le renueve en lo más íntimo de su ser (v. 12), de forma que pueda permanecer en la presencia de Dios y gozar de la vida que Él posee y concede —«tu santo Espíritu», «tu salvación» (vv. 13-14)—. Se trata de la fidelidad a Dios anunciada por los profetas en la nueva Alianza que Dios iba a hacer con su pueblo (cfr Jr 24,7; 31,33; Ez 36,25-27).

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Sal 51,15-19

Las promesas que el salmista hace a Dios son consecuencia de que se le ha concedido lo que pide: conocimiento de los preceptos divinos (v. 15; cfr v. 8); liberación de la enfermedad, o de los enemigos —«la sangre»—, para que brille la justicia divina (v. 16); manifestación de argumentos para poder hablar y proclamar alabanzas —«abre mis labios» (v. 17)—; y un espíritu de contrición por el que el mismo salmista es la ofrenda agradable a Dios (vv. 18-19).

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Sal 51,20-21

Una petición semejante a la que el salmista ha pedido para sí, pide ahora para Jerusalén. Suplicar que sean reconstruidos los muros de la ciudad puede reflejar la situación de su destrucción por Nabucodonosor en tiempos de Jeremías y Ezequiel. Los sacrificios en el Templo sólo serán agradables a Dios cuando Él reconstruya la ciudad santa, de manera análoga a como el hombre sólo es agradable al Señor cuando Él le crea un corazón nuevo.

En la liturgia cristiana Sal 51 ha sido el salmo penitencial por excelencia, el Miserere, pues sus palabras, además de ser una petición de perdón, sirven para reconocer la profundidad con la que el pecado arraiga en la vida humana desde su mismo origen —pecado original (v. 7)—, y para pedir a Dios que nos haga una nueva creación (cfr 2 Co 5,17-19). «El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 386).

San Agustín, comentando este salmo, escribe: «Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate Tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. (…) Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón. (…) Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, Tú no lo desprecies. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro. Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a Él le disgusta» (Sermones 19,2-3).

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Salmo 52

Frente al hombre que, en el salmo anterior, reconocía su pecado, está el que se gloría en su maldad tal como es presentado en este salmo (Sal 52,3). Es el que, a pesar de la advertencia divina (cfr Sal 50,19), sigue urdiendo males con su lengua (cfr Sal 52,4); por eso, conforme se anunciaba en Sal 50,22, su destino será su destrucción (Sal 52,7), pues ha confiado en su riqueza (cfr Sal 49,7; 52,9). Estas conexiones con los salmos anteriores explican la inserción de Sal 52 en este lugar. Por otro lado, Sal 52 tiene un parecido con Sal 1, en cuanto pone en contraste la suerte del impío y la del justo (Sal 1,3: 52,10; 1,4: 52,7). De esta forma la oración al hilo de los salmos lleva a la meditación sobre el destino final del hombre según su actitud y su conducta (Sal 52,10).

Comienza con la recriminación a un hombre por su conducta traicionera (vv. 3-6) y el anuncio de su destrucción por Dios (v. 7). Después se proclama la reacción gozosa de los justos por ello (vv. 8-9); y, finalmente, el salmista expresa sus sentimientos de confianza en Dios y la alabanza de su Nombre (vv. 10-11).

En el título el salmo viene atribuido a David, que lo habría pronunciado cuando Doeg, un siervo de Saúl, denunció ante éste al sacerdote Ajimélec por haber ayudado a David (cfr 1 S 21,8-10). Como consecuencia, Saúl mandó darle muerte y el mismo Doeg ejecutó la sentencia (cfr 1 S 22,9-18). Bien podían, pues, aplicarse las palabras del salmo al traicionero Doeg y ver en el «yo» del v. 10 a David. Sin embargo, el poema no responde a aquella situación, ya que supone la existencia del Templo (v. 10). Más bien refleja una temática siempre presente: la actitud del hombre que prefiere el mal al bien (v. 5). Esta actitud encuentra su punto culminante en el rechazo consciente a Jesucristo y a su mensaje, tal como leemos en el Evangelio de San Juan: «Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3,19).

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Sal 52,3-6

El texto de la segunda parte del v. 3 es muy oscuro. La versión griega, las latinas antiguas y algunas modernas corrigen «devoto de Dios», por «de la malicia». Otros traductores modernos, uniendo los vv. 3 y 4, ponen «mientras que la fidelidad de Dios permanece todo el día». En la traducción que hemos adoptado subyace un sentido irónico que recoge la idea de Sal 50,16. En cualquier caso estos versículos describen la opción consciente del hombre por el mal y la mentira (cfr Sal 50,19-20).

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Sal 52,7

El salmista sabe con certeza cuál es el final que espera al hombre traicionero —pues Dios mismo lo ha manifestado (cfr Sal 50,22)— y se lo anuncia: una muerte trágica sin ninguna esperanza ni consuelo.

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Sal 52,8-9

La reacción de los justos ante el fracaso del impío —mediante la metáfora de la risa (cfr Sal 37,13)— es reafirmarse en su temor de Dios, y alegrarse, porque de ese modo Dios manifiesta que a Él pertenece la vida y que ésta no puede comprarse con las riquezas.

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Sal 52,10-11

El salmista, por su parte, espera vivir en la abundancia y durante muchos años —el olivo verde es símbolo de ambas cosas (cfr Jr 11,16; Sal 128,3)— junto al Templo (v. 10), y dar gracias a Dios toda su vida, experimentando la fidelidad de Dios a Sí mismo y a sus fieles (v. 11; cfr Sal 18,26-27).

El salmo no pierde actualidad. También ahora «muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente, hasta tal punto que el ateísmo debe ser considerado entre los problemas más graves de esta época» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 19). Pero «la Iglesia sabe muy bien que su mensaje» —coincidente con el del salmista— «conecta con los deseos más profundos del corazón humano (…) devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de su destino más alto» (ibidem, n. 21).

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Salmo 53

Es la misma composición que Sal 14 con ligeras diferencias (ver notas a este salmo). Situado en este lugar del libro, Sal 53 recoge, con Sal 52, la respuesta negativa del hombre a Dios. La respuesta positiva era reconocer el pecado (cfr Sal 51). Quien no escucha la advertencia hecha en Sal 52,9, y sigue obrando el mal pensando que Dios no existe o no actúa, puede ser calificado de necio (Sal 53,2; cfr Sal 14,1).

En Sal 14 a Dios se le llamaba «el Señor» (Yhwh); en este, se le llama «Dios» (Elohim). Este dato hace pensar que Sal 53 sea la forma en que usaba el mismo salmo en otra colección que quizá circulaba en el reino del Norte.

Ante la necedad de no reconocer a Dios comenta San Gregorio de Nisa: «Delante de tan grandes pruebas (…), ¿cómo es posible que el necio diga en su corazón: Dios no existe, y fueron corrompidos y llegaron a ser abominables por quedarse en este pensamiento? Pues la desaparición de Aquel que es realmente el ser debe constituir verdaderamente la corrupción y la disolución de todo lo que existe. Entonces, ¿cómo se podría existir sin estar con el que realmente “es”?, ¿cómo se podría permanecer con el que “es” sin creer que existe? Y el que realmente es el ser mismo es Dios, en sentido propio, como lo testimonia la visión de la teofanía del gran Moisés. Así pues, aquel que expulsaba de su propia mente al ser de Dios diciendo que no existe, destruía su propio existir pues se expulsaba a sí mismo fuera del ser» (In inscriptiones Psalmorum 2,13).

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Salmo 54

El salmo anterior concluía con el deseo de que el Señor diera la salvación a su pueblo haciendo temblar a quienes lo devoraban (cfr Sal 53,6-7). Ahora el salmista pide esa liberación para él (v. 3), y pide también que sus adversarios desaparezcan (v. 7). El sacrificio voluntario que promete ofrecer (v. 8) responde al que Dios quiere (Sal 50,14; 51,18-19). Sal 54 por tanto personaliza la oración de Sal 53, enlazando de este modo con Sal 51 y 52,10.

Primero se presenta la súplica (vv. 3-4), y enseguida su motivación (v. 5). Después se expresa la confianza en Dios (vv. 6-7), y, finalmente, el propósito de ofrecerle un sacrificio (vv. 8-9). Estamos ante la estructura típica de un salmo de súplica individual. Al comienzo y al final, como enmarcando la oración, aparece «el Nombre» del Señor (vv. 3.8), y su acción liberadora (vv. 3.9); en el centro, la confesión de confianza (v. 6).

La situación del orante ha sido asimilada en el título de este salmo a la de David cuando, perseguido por Saúl, se refugió en el desierto de Zif y sus habitantes le delataron ante el rey (cfr 1 S 23,19; 26,1). Pero como sucede en otros salmos atribuidos a David, su contenido sobrepasa aquella situación y puede actualizarse en cualquier momento. Así el v. 8 puede aplicarse a nuestro Señor Jesucristo, que aceptó voluntariamente su muerte (cfr Jn 10,18) como sacrificio de expiación por los pecados de todos los hombres (cfr Hb 10,9).

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Sal 54,3-4

«Salvar» y «hacer justicia» —expresiones de carácter jurídico— están en paralelismo (v. 3), indicando así que la justicia divina es salvación para quien confía en Dios. También están en paralelismo «Nombre» y «poder», ya que el Dios que revela su Nombre a su pueblo es el Dios de cielos y tierra, el Todopoderoso (cfr Sal 47).

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Sal 54,5

Los «soberbios» que se alzan contra el salmista parecen ser miembros del pueblo que le persiguen con crueldad (cfr Sal 86,14).

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Sal 54,6-7

Los adversarios del salmista no han contado con el hecho de que es Dios quien protege la vida de éste (v. 6), y el mal que traman va a volverse contra ellos (v. 7) según la ley del talión (cfr Dt 19,16-19).

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Sal 54,8-9

Al ser «voluntario» —es decir, no prescrito por la Ley ni a causa del pecado (cfr Lv 7,16-17; 22,18.21)—, el sacrificio que el salmista ofrece al Señor manifiesta la sinceridad de su corazón (v. 8; cfr Sal 51,19). La acción del salmista es figura del sacrificio que realizará Nuestro Señor Jesucristo: «Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cfr Hb 10,10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cfr Jn 4,10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cfr Jn 15,13), ofrece su vida (cfr Jn 10,17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cfr Hb 9,14), para reparar nuestra desobediencia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 614).

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Salmo 55

A los «soberbios», que atentan contra la vida del orante según el salmo anterior (cfr Sal 54,5), se suma ahora el «amigo» (vv. 13-15). En Sal 50,19-20, Dios recriminaba al que urdía contra su hermano, ahora es el propio salmista el que lo experimenta en su vida (v. 22). Es el hombre de lengua traicionera de Sal 52,5. La destrucción que Dios anunciaba para aquél (cfr Sal 50,22), y se pedía en Sal 54,7, viene concretada ahora en Sal 55 (vv. 16.24). En este salmo, por tanto, están desarrollados los sentimientos contenidos en los salmos anteriores.

La oración comienza con una apelación a Dios para que escuche (v. 2-3a), y pasa a exponer la opresión que sufre el salmista (vv. 3b-6). Hablando consigo mismo expresa su deseo de encontrar descanso lejos (vv. 7-9), y pide al Señor que confunda a sus enemigos (vv. 10-12). Después se lamenta del agravio que recibe de su amigo (vv. 13-15), deseando que aquéllos y éste desaparezcan (v. 16). Luego expone su actitud de súplica y de esperanza en Dios (vv. 17-20) y la maldad de sus adversarios (vv. 21-22), invitando al lector a acudir al Señor (v. 23). Concluye dirigiéndose de nuevo a Dios y expresándole su confianza (v. 24). Así la expresión de confianza al final del salmo (v. 24e) enlaza con la petición inicial (v. 2). La agitación interior del salmista queda reflejada en el reiterado cambio de la dirección del discurso.

El sufrimiento que se manifiesta en este salmo lo experimentó de forma eminente nuestro Señor Jesucristo cuando Judas Iscariote, uno de sus discípulos —«compañero», «confidente» (v. 14)— tramó contra él (cfr Mt 26,21-24; Jn 13,18-19; Sal 41,10). Como el salmista, también Jesús clamó a Dios para que le salvara (cfr Hb 5,7-9) y también nos enseñó a orar incesantemente sin descanso (cfr v. 18; Lc 18,6-8).

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Sal 55,2-3

Cuatro verbos se suceden sin interrupción para instar a Dios. Son signo de la fuerza con la que suplica el salmista.

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Sal 55,3b-6

El salmista señala tanto las causas de su situación (v. 4), como los efectos que produce en su interior (vv. 5-6).

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Sal 55,7-9

El deseo de huir lejos refleja una decisión desesperada, pues significa alejarse del Templo (cfr Sal 11,1). En sentido alegórico, San Juan Clímaco aplica la imagen de las dos alas al recogimiento exterior e interior. «Ambas virtudes, escribe, son de hecho como dos alas de oro por medio de las cuales un alma llamada a la santidad asciende segura a lo alto del cielo. Sin duda el escritor inspirado cantó sobre ellas: ¿Quien me diese alas, como a la paloma, para volar —se entiende por el camino de la práctica— y, después, encontrar descanso por el camino de la contemplación y la humildad?» (Scala paradisi 4[15]).

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Sal 55,10-12

Pero para el salmista tal lejanía sería mejor que soportar la situación en la ciudad que, por los términos en los que se describe, refleja probablemente los problemas internos surgidos a la vuelta del destierro (cfr Ne 5,1-5).

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Sal 55,13-15

El dolor del salmista llega al colmo cuando ve que se ha vuelto contra él quien, en otros tiempos, le acompañaba al Templo gozando juntos de la alegría de la peregrinación.

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Sal 55,16

El castigo deseado recuerda el que sufrieron los que se rebelaron contra Moisés en el desierto (cfr Nm 16,30-33).

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Sal 55,17-20

Los tres momentos señalados de oración (v. 18; cfr Dn 6,11) reflejan en realidad que la oración es continua, y el v. 19 indica que el salmista ve ya anticipada su liberación.

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Sal 55,21-22

La hipocresía en el hablar y el actuar la ve el salmista en la conducta de los enemigos: ni temen a Dios ni son leales con los hombres (v. 21); y, a pesar de sus apariencias suaves y bondadosas, no hacen más que ejercer violencia (v. 22).

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Sal 55,23

Puede verse la exhortación que el salmista se hace a sí mismo, o una voz que él oye interiormente proveniente del Señor, o, incluso, un oráculo pronunciado por un sacerdote. Son palabras que invitan a la esperanza en medio de la tribulación —«no abandona para siempre»—. De ahí que le llevaran a confesar a San Josemaría: «Paradoja: desde que me decidí a seguir el consejo del Salmo: arroja sobre el Señor tus preocupaciones, y Él te sostendrá, cada día tengo menos preocupaciones en la cabeza… Y a la vez, con el trabajo oportuno, se resuelve todo, ¡con más claridad!» (Surco, n. 873).

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Sal 55,24

El «pozo de la perdición» es el sepulcro. La muerte prematura será el castigo por la maldad.

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Salmo 56

La oración del salmo anterior pidiendo a Dios que escuchara y respondiera (cfr Sal 55,2-3) se continúa ahora, rogándole que «tenga piedad» (Sal 56,2). El grito con el que concluía Sal 55 —«yo confío en Ti»— se recoge de nuevo (v. 4) y se desarrolla en términos de seguridad frente a todo lo que pueda hacer el hombre (vv. 5.12).

La oración contiene la súplica de un hombre perseguido (vv. 2-3) que, enseguida, manifiesta su confianza en Dios (vv. 4-5). Pasa luego a describir la acción de los enemigos (vv. 6-7) y pide a Dios que se fije en su dolor (vv. 8-9) y les haga retroceder, ya que él confía y no teme lo que pueda hacerle el hombre (vv. 10-12). Finalmente reconoce ante Dios que ha de cumplir las promesas hechas, pues ya se ve salvado (vv. 13-14). La oración se inserta en el marco literario de la petición (v. 2) y del haber sido escuchado (v. 14). Su desarrollo está marcado por un estribillo en el que se proclama la confianza en Dios (vv. 5.11-12).

El título que acompaña a este salmo presenta a David prisionero de los filisteos, cuando en realidad él mismo fue a refugiarse en Gat, y temiendo por su vida se hizo el loco y se marchó de allí (cfr 1 S 21,11-22,1). Ciertamente puede darse una cierta analogía entre la situación de David en Gat y la que refleja el salmista en su vida, pero una vez más vemos que el contenido del salmo trasciende las circunstancias concretas. Al rezar este salmo, el cristiano recuerda las palabras de San Pablo cuando afirma que nada nos podrá separar del amor de Dios (cfr Rm 8,35-39).

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Sal 56,2-3

«Un hombre» tiene aquí el sentido de «el hombre» en cuanto ser débil frente al poder de Dios (cfr vv. 5-12).

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Sal 56,4-5

Ya pueden los hombres acechar constantemente —«todo el día» (vv. 2.3.6)—, juntándose muchos (vv. 3.7), que nada malo podrán hacer a quien confía en Dios (vv. 4-5). «Alabar la palabra» (v. 5) significa aceptar y dar gracias a Dios por su promesa de salvación (cfr Sal 50,15); promesa que lleva a confiar en Él y a no temer a ningún hombre. Las palabras del v. 5, en las que se resume la oración del salmo, vuelven a aparecer, casi idénticas, en Sal 118,6. En la Carta a los Hebreos las encontramos como exhortación dirigida a los cristianos para que estén contentos con lo que tengan, desechando toda codicia, «de modo que podamos decir confiadamente: El Señor es mi auxilio y no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?» (Hb 13,6).

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Sal 56,6-7

La acción de los enemigos, cuya identidad no sabemos, parte de sus designios perversos, de su interior (v. 6), y se desarrolla progresivamente (v. 7).

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Sal 56,8-9

Sobre sus enemigos lanza el salmista la imprecación que se hacía contra los gentiles (v. 8), al tiempo que siente la protección de Dios sobre su vida (v. 9): le acompaña como a los patriarcas en sus peregrinaciones —«errante» (cfr Dt 26,5)—, se cuida de todos sus sufrimientos —«lágrimas en tu odre»—, y no lo echa en olvido —«estar en tu libro»—. San Agustín recurre a estas palabras para enseñar cómo debe ser nuestra oración: «Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque, con frecuencia, la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su Palabra, y no necesita las palabras humanas» (Epistolae 130,10,20).

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Sal 56,10-12

Como Dios no cuida de los enemigos del salmista, éste ve ya anticipadamente su dispersión. En cambio él se apoya en su fe en Dios que es el Señor, es decir, en el Dios de la Alianza que ha hablado a su pueblo (v. 11).

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Sal 56,13-14

El orante manifiesta a Dios la deuda que ha contraído con Él porque ya se siente salvado. El contraste entre «muerte» por un lado, y «presencia de Dios» y «luz de los vivientes» por otro, deja entender que para el salmista vivir es estar con Dios.

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Salmo 57

Continúa la oración del salmo anterior con el que éste coincide en las palabras iniciales (cfr Sal 56,2; 57,2). En aquél la seguridad del orante estaba en la promesa divina (cfr 56,5.11-12); en éste se apoya en la omnipotencia de Dios (vv. 3.6.12). La esperanza del retroceso de los enemigos cantada en Sal 56,10, se proclama cumplida en Sal 57,7.

Comienza con una súplica en la que se expresa la confianza en Dios (v. 2), seguida del motivo por el que la hace (vv. 3-4). Enseguida, el salmista, pasa a manifestar la situación insoportable en la que se encuentra (v. 5), y desde la que clama al Dios de cielos y tierra (v. 6). Después, como en una segunda parte de la oración, viene el reconocimiento de que Dios le ha salvado (v. 7), y la promesa de alabarle por su misericordia (vv. 8-11), para concluir con el mismo clamor del v. 6 al Dios de cielos y tierra (v. 12).

En el título que le acompaña, este salmo es presentado como recitado por David cuando Dios puso a su alcance a Saúl en una cueva (1 S 24,4-8). David no quiso dar muerte al rey pudiendo hacerlo, pero aquel suceso le confirmó su persuasión de gozar de la protección divina y de que la caída de Saúl estaba cerca. La proyección del salmo a aquellas circunstancias indica que se trata de una oración transida de esperanza y de firmeza en la cercanía de la salvación (cfr v. 8), porque se perciben ya los indicios de su llegada. Esto hace que la oración se intensifique: «Álzate… oh Dios» (vv. 6.12). El cristiano reza este salmo desde la fe en nuestro Señor Jesucristo, que proclamó que la llegada del Reino de Dios estaba cerca y lo manifestó con sus obras y su presencia (cfr Mt 12,18; Mc 1,15). Y también nos enseñó a pedir a Dios: «Venga tu Reino…» (Mt 6,10).

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Sal 57,2

La repetición de la súplica refleja su intensidad. Las expresiones del salmista dejan suponer que ha buscado refugio en el Templo durante la noche —«a la sombra de tus alas»—. Pero tal forma de expresarse puede ser un modo de manifestar que en una situación difícil recurre al Señor y encuentra la salvación.

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Sal 57,3-4

La súplica brota de haber puesto la confianza en el Señor, y suscita la esperanza de salvación porque es el Dios que ha mostrado su misericordia y fidelidad en la Alianza con su pueblo.

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Sal 57,5

La situación del salmista viene descrita con imágenes comunes a otros salmos: los enemigos son comparados con fieras (cfr Sal 7,3); manifiesta el dolor de tener que vivir con ellos (cfr Sal 55,7-9); sus acciones son como redes tendidas y fosa cavada (cfr v. 7; Sal 7,16).

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Sal 57,6

Desde su situación angustiosa, el salmista alza su voz a Dios pidiendo que muestre su poder en el cielo y en la tierra (cfr Sal 19).

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Sal 57,7.8-11

Porque Dios ha mostrado su poder frente a los enemigos (v. 7), la petición deriva en proclamación de confianza en el Señor (v. 8). Como se avecina la aurora a medida que transcurre la noche, así se avecina la salvación de Dios en la tribulación (v. 9), y el orante se dispone a proclamarlo al rayar el alba ante todos los hombres (vv. 10-11). Puesto que los vv. 8-12 se repiten casi literalmente en Sal 108,2-6, se puede pensar que constituían una pieza suelta aplicable a distintas situaciones.

La firmeza de corazón expresada en estos versículos, la experimenta el cristiano considerando la providencia de Dios: «Con la claridad de Dios en el entendimiento, que parece inactivo, nos resulta indudable que, si el Creador cuida de todos —incluso de sus enemigos—, ¡cuánto más cuidará de sus amigos! Nos convencemos de que no hay mal, ni contradicción, que no vengan para bien: así se asientan con más firmeza, en nuestro espíritu, la alegría y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos, porque estas visitaciones siempre nos dejan algo suyo, algo divino. Alabaremos al Señor Dios Nuestro, que ha efectuado en nosotros obras admirables (cfr Jb 5,9), y comprenderemos que hemos sido creados con capacidad para poseer un infinito tesoro (cfr Sb 7,14)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 305).

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Salmo 58

La petición del salmo anterior —«Álzate… oh Dios» (cfr Sal 57,6.12)— se concreta en éste a propósito de los que «se alzan» a sí mismos —«poderosos»— en la tierra (Sal 58,2). Ni los jueces con su poder serán capaces de hacer nada contra el que confía en el Señor (cfr Sal 56,5.12); también sobre ellos recae el juicio divino (cfr Sal 50,4.16). Puesto que estos temas ya se encuentran en los salmos anteriores, Sal 58 se presenta como reafirmación de la confianza en el Señor por parte del hombre que le teme.

Comienza con una acusación a los jueces de su falta de justicia (vv. 2-3), y describe a continuación la perversidad de sus acciones (vv. 4-6). Después pide a Dios que éstos fracasen en sus proyectos (vv. 7-9) y augura su inmediata destrucción (v. 10), que contrasta con la alegría del justo (vv. 11-12). El salmo está enmarcado en la idea de «hacer justicia», ausente en los jueces inicuos (v. 2) y propia de Dios que también les juzga a ellos (v. 12).

La imagen del juez inicuo, que no teme a Dios ni a los hombres, es recogida por nuestro Señor Jesucristo como tipo del hombre poderoso que desoye el clamor del pobre que busca justicia (cfr Lc 18,2-8). Pero a diferencia del tono del salmo, en la enseñanza de Jesús ese juez aún puede ser movido por la constancia de la petición del humilde.

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Sal 58,2-3

Hemos traducido por «poderosos» un término hebreo bastante oscuro que algunos interpretan como «dioses». Se refiere a los jueces de la tierra y pone de relieve, quizá irónicamente, su poder. También el v. 3 es de difícil traducción, y muchos lo entienden en el sentido de que aquellos jueces ejercen la violencia con sus propias manos, además de proyectarla en su corazón, es decir, en sus deseos y pensamientos.

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Sal 58,4-6

El mal en aquellos jueces no es algo esporádico, sino constante: lo han hecho siempre, desoyendo la voz del Señor (cfr Sal 50,21; 51,7).

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Sal 58,7-9

La oración imprecatoria de estos versículos contiene imágenes de gran fuerza. Para su interpretación en la tradición de la Iglesia, cfr Sal 109,16-20.

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Sal 58,10

El sentido este versículo, aunque el texto es muy oscuro, podría ser que el éxito de esos impíos dura menos que lo que tarda el fuego de la zarza seca, fácilmente inflamable, en calentar la olla; su desaparición va a ser algo repentino.

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Sal 58,11-12

En contraste con lo anterior, el justo se alegra, y todos pueden reconocer que Dios hace justicia. Las crudas expresiones del v. 11 resaltan la completa victoria de Dios en sus juicios.

La dureza de muchas de las frases de este salmo (vv. 7-9.11) han sido causa de que no se utilice en la liturgia cristiana. Sin embargo, su enseñanza queda recogida en la doctrina de la Iglesia, pues no deja de ser una advertencia ante el juicio de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras: «Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 682). Y el Catecismo Romano señalando la conveniencia de este juicio comenta: «Era razonable que no sólo se estableciesen premios para los buenos y castigos para los malos en la vida futura, sino que también se decretase en un juicio general y público, a fin de que resultase para todos más notorio y grandioso, y para que todos tributasen a Dios alabanzas por su justicia y providencia, en vez de aquella injusta queja que hasta los varones justos solían a veces exhalar como hombres, cuando veían a los malos engreídos de sus riquezas y alegres con sus honores. (…) Es necesario que se celebre un juicio universal, no dijeran acaso los hombres que Dios, andando, paseándose de uno a otro polo del Cielo, no se cuida de las cosas de la tierra» (1,8,4).

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Salmo 59

En este salmo se personaliza la perspectiva del anterior. Allí se contemplaba la perversidad de los jueces; ahora el salmista se siente injustamente perseguido sin que haya delito alguno en él (vv. 4-5). Es acosado en la ciudad paganizada, como en Sal 56, y ante los enemigos que «se alzan» contra él (v. 2), pero encuentra su lugar seguro, su alcázar, en Dios que se alza sobre los cielos (cfr Sal 57,6). De nuevo es la mañana el momento de proclamar la gloria de Dios (cfr Sal 57,9; 59,17).

El salmo se inicia con un grito que pide a Dios la liberación de los enemigos (vv. 2-3), y luego se desarrolla en dos partes que terminan, cada una, con la misma proclamación de Dios como fortaleza y alcázar (vv. 10.18). Ambas partes incluyen la misma comparación de la acción de los enemigos con la de los perros que merodean por la ciudad (vv. 7.15). En la primera predomina la súplica a Dios para que intervenga (vv. 4.6.8); en la segunda se concreta más el tipo de intervención divina que se espera (vv. 11.12.14), y se promete alabanza al Señor (vv. 17-18).

El título que acompaña al salmo apunta a la situación de David cuando Saúl envió a su casa gentes para que la vigilaran por la noche y le dieran muerte al amanecer; pero David, advertido por su esposa Mical, huyó durante la noche por una ventana (cfr 1 S 19,11-22). Se trata de la acomodación del salmo a unas circunstancias que si bien no quedan reflejadas en su contenido, pueden encontrar cierto parecido con algunas expresiones, como la comparación de los perros que llegan al atardecer (v. 7.15), o la posibilidad de cantar la bondad del Señor por la mañana (v. 17). En realidad el salmo está abierto para convertirse en oración de quien, injustamente acosado por sus enemigos, busca refugio en su Dios. En este sentido el contenido del salmo se cumplió en nuestro Señor Jesucristo, cuyos enemigos actuaron como los perros descritos en el salmo, mientras él, inocente y sin culpa, ponía toda su confianza en Dios.

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Sal 59,2-3

En las cuatro peticiones se resalta la iniquidad y violencia que sobre el orante ejercen sus enemigos.

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Sal 59,4-6

En contraste con sus perseguidores, el salmista presenta a Dios su propia inocencia (cfr Sal 7; 17). De esa forma urge al Señor para que intervenga como juez justo (vv. 5b-6). Le invoca apelando a su dominio universal —«Dios de los ejércitos» (Sal 24,10; 48,9)— y a la elección de Israel como su pueblo.

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Sal 59,7

La comparación con bandas de perros vagabundos, que acuden a la tarde a la ciudad en busca de comida, denota un profundo desprecio (cfr vv. 8-9; 15-16; Sal 22,17-18; cfr Dt 23,19).

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Sal 59,8-10

La petición del castigo de las naciones ha llevado a pensar que los enemigos son los pueblos gentiles (v. 9) y que el orante sería el rey. Pero más bien parece tratarse de una generalización del salmista: sus enemigos son como los paganos que acechan al pueblo de Dios y se les incluye en la misma petición de castigo (v. 6). Frente a ellos el salmista encuentra su seguridad en Dios (v. 10). «Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza. Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 92).

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Sal 59,11-14

La reivindicación que el salmista pide al Señor conlleva que sus enemigos no sean destruidos de inmediato, sino castigados a una vida errante, sin tierra, de manera que haya tiempo para que en la conciencia del pueblo quede bien grabada la acción de Dios, y no caigan pronto en el olvido, como otras veces (v. 12; cfr Dt 8,1-19). Pero, con todo, el destino final que se pide para los enemigos es su desaparición (v. 14).

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Sal 59,15-16

Sigue adelante la comparación con los perros, destacando ahora su avidez. Conforme al sentido espiritual y atendiendo a la vida interior comenta San Juan de la Cruz: «Y por eso justamente, [los malos apetitos] como perros, siempre andan hambreando, porque las meajas más sirven de avivar el apetito que de satisfacer el hambre. Y así, de ellos dice David (Sal 59,15-16): Famen patientur ut canes, et circuibunt civitatem. Si vero non fuerint saturati, et murmurabunt; quiere decir: Ellos padecerán hambre como perros y rodearán la ciudad y, como no se vean hartos, murmurarán. Porque ésta es la propiedad del que tiene apetitos, que siempre está descontento y desabrido, como el que tiene hambre. Pues, ¿qué tiene que ver el hambre que ponen todas las criaturas con la hartura que causa el espíritu de Dios? Por eso, no puede entrar esta hartura increada en el alma si no se echa primero esotra hambre criada del apetito del alma; pues, como habemos dicho, no pueden morar dos contrarios en un sujeto, los cuales en este caso son hambre y hartura» (Subida al monte Carmelo 1,6,3).

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Sal 59,17-18

En contraste con el desasosiego de sus enemigos, el salmista podrá proclamar el poder del Señor, porque habrá pasado la tribulación —«por la mañana» (v. 17)—, y podrá confesarle como su «alcázar».

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Salmo 60

En el salmo anterior se pedía a Dios el castigo de los paganos (cfr Sal 59,6) pues Él «se ríe de ellos» (Sal 59,9); ahora se contempla al pueblo de Dios derrotado por aquéllos. La causa, sin embargo, no es el poder de los gentiles, sino que Dios se ha airado con su pueblo (Sal 60,3; cfr Sal 44,10-15). A los jueces inicuos (cfr Sal 58) y a los enemigos del salmista (cfr Sal 57; 59) se añaden ahora los paganos (Sal 60) como aquellos de quienes Dios salva, pues a quien confía en Él nada puede hacerle el hombre (cfr Sal 56). Incluso «vana es la salvación que viene del hombre» (Sal 60,13). La oración comunitaria del salmo 60 lleva así adelante la que hacía el individuo en los salmos anteriores.

La oración comienza con el reconocimiento ante Dios de que ha sido Él quien ha castigado a su pueblo (vv. 3-5), proporcionándole al mismo tiempo una señal de salvación (vv. 6-7). A continuación se recoge la respuesta divina dada a modo de oráculo (vv. 8-10); y, a la pregunta retórica sobre quién les guiará a la victoria (v. 11), se responde con una confesión de confianza en que con Dios los enemigos serán vencidos (vv. 12-14).

La segunda parte del título (v. 2) relaciona este salmo con las victorias de David (cfr 2 S 8,2.3.13; 1 Cro 18,2.3.12). Pero, como en los salmos anteriores, se trata de una acomodación superficial, pues la idea de fondo del salmo, es decir, la seguridad de la victoria cuando Dios acompaña a su pueblo, tiene sentido universal. San Pablo expresaba esos mismos sentimientos cuando afirmaba que si Dios está con nosotros podemos vencer todos los obstáculos (cfr Rm 8,31).

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Sal 60,3-5

Aunque no se dice expresamente, parece suponerse un pecado del pueblo que habría suscitado la ira de Dios (v. 3). La acumulación de verbos con significado de desgracia, todos ellos teniendo como sujeto a Dios, resalta el carácter dramático de la prueba. Puede pensarse en la caída de Samaría el año 721 o en la de Jerusalén, el 587; en cualquier caso queda reflejada una derrota militar con graves consecuencias.

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Sal 60,6-7

Paradójicamente el mismo Dios que ha causado la derrota ha dado una ocasión de salvarse —«una bandera»— a quienes le temen, a algunos «predilectos», proporcionándoles la posibilidad de huir y, en consecuencia, de elevar la súplica. También pueden entenderse estos versículos en el sentido de que Dios, tras una derrota, ha congregado de nuevo a su pueblo —«los que le temen»— y éste pide la respuesta divina antes de volver a atacar (v. 11).

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Sal 60,8-10

El oráculo, quizás pronunciado por un sacerdote en el Templo, presenta al Dios de Israel como un rey guerrero y vencedor que conquista territorios y los distribuye como botín (v. 8), se reserva los que prefiere (v. 9) y somete a los que rodean su reino (v. 10). Los territorios mencionados hacen pensar en las conquistas de David, y el carácter arcaico de las expresiones supone alguna fuente antigua, como el Libro de las guerras del Señor (Nm 21,14). Pero la calificación de Judá como cetro presupone la profecía de Natán en 2 S 7,13-14. Además los versículos 7-14 se encuentran repetidos en Sal 108,7-14, por lo que puede pensarse en una pieza independiente de carácter oracular sobre la que se ha construido el salmo.

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Sal 60,11

La «ciudad fortificada» pudiera ser Bosrá, capital de Edom (Idumea).

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Sal 60,12-14

Puesto que la derrota se ha debido a Dios, con Él del lado del pueblo y acompañando al ejército está asegurada la victoria. De ahí el ánimo para seguir luchando: «No desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes peligros, porque no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis todas las dificultades» (S. Juan Crisóstomo, Homiliae in Mattheum 46,2).

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Salmos 61-64

Sal 51-60 contemplaban, desde distintos puntos de vista, la malicia humana: el pecado por el que se pide perdón (cfr Sal 51), la prepotencia de los fuertes (cfr Sal 52), la necedad de quien niega a Dios (cfr Sal 53), la alevosía de los enemigos del salmista (cfr 54-57), la iniquidad de los jueces (cfr Sal 58) y la saña de los pueblos enemigos de Israel (cfr Sal 59-60). Ahora viene un grupo en el que predomina el tema de la seguridad que se encuentra en Dios y en el Templo, en su fuerza, cuando aparece alguna desgracia o se vive bajo amenazas (Sal 61-64). Sal 61 refleja la desgracia de estar lejos del Templo.

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Salmo 61

La oración se introduce pidiendo a Dios que escuche (v. 2), luego se presenta la súplica (vv. 3-8), y finalmente la promesa de alabanza (v. 9). La súplica incluye primero la petición del salmista de ser conducido al Templo (v. 3); luego la motivación para que su deseo le sea concedido (v. 4), el anhelo de obtenerlo (v. 5) y la seguridad de que se realizará (v. 6); después se pide por el rey (vv. 7-8). El clamor a Dios (v. 2) y la promesa de alabar su nombre (v. 9) son el marco en que se desarrolla la oración.

Las expresiones de la oración por el rey —«de generación en generación», «por los siglos» (vv. 7-8)—, aun teniendo un carácter metafórico en el salmo (cfr Sal 45,18), apuntan a un reinado singular que el judaísmo antiguo proyectó sobre el reinado del Mesías. La fe cristiana las ve cumplidas en Jesucristo que, mediante su Ascensión a los Cielos, se sentó a la derecha de Dios Padre y su Reino no tendrá fin. Por eso, al rezar este salmo, el cristiano lo proyecta a estar con Cristo en la patria celestial.

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Sal 61,2

El hombre que eleva a Dios su clamor en este salmo puede ser, como en Sal 42, alguien alejado de Jerusalén: «Desde el confín de la tierra» (v. 3), expresión que también puede hacer referencia al límite que supone la tumba, en cuyo caso el salmista clama a Dios estando al borde de la muerte.

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Sal 61,3-6

El salmista es consciente de que él, por sí mismo, no puede alcanzar su deseo. Puesto que Dios es invocado con frecuencia como «roca de refugio» (Sal 31,3; 71,3; cfr también 18,3), la «roca inaccesible» puede ser Dios mismo, llamado a continuación «refugio», «torre inexpugnable» frente al enemigo que, en este caso, puede ser la muerte (vv. 3b-4). La seguridad que da Dios la encuentra el salmista en el Templo, donde el Señor está presente para protegerle; de ahí su ardiente deseo de permanecer siempre en él (v. 5; cfr Sal 17,8). La confianza de ser escuchado se apoya en experiencias anteriores y en pertenecer al pueblo elegido (v. 6). La «heredad» de los que temen el Nombre del Señor puede ser la tierra prometida en la que se desea habitar, o mejor aún, el gozar de la presencia y protección del Señor.

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Sal 61,7-8.9

Los bienes mencionados en los vv. 4-6 se piden ahora para el rey; petición que, si bien algunos han considerado una inserción posterior en el salmo, tal como aparece puede significar que el salmista ve su suerte unida de algún modo a la del rey. Que éste tenga larga vida y que reine —«esté sentado»— en la presencia del Señor es como la garantía de que el salmista también la tendrá. De ahí la promesa de alabanza con la que concluye la oración (v. 9).

Atendiendo a la literalidad de las palabras del salmo, San Agustín lo leía como cumplido en la Iglesia, donde un solo hombre, Cristo, reza en todos los lugares de la tierra: «Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, si se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros» (Enarrationes in Psalmos 60,2-3).

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Salmo 62

La roca a la que el orante anhelaba llegar en el salmo anterior (cfr Sal 61,3) viene descrita con más precisión en este salmo: es Dios y sólo Él (Sal 62,3.7). A Dios se le sigue considerando «alcázar» y «refugio» (vv. 3.8; cfr Sal 59,10-18), y los enemigos siguen caracterizados por su hipocresía (v. 5; cfr Sal 50,16-20; 52,4; 55,22). Continúa, por tanto, la oración de los salmos anteriores.

Comienza con la proclamación del salmista de que Dios es su refugio (vv. 2-3) ante el acoso de quienes quieren derribarle (vv. 4-5). Vuelve a proclamarlo con las mismas palabras (vv. 6-7), reafirmándolo para sí y para el pueblo (vv. 8-9). Como para ratificarlo se fija en la fragilidad del hombre (vv. 10-11) y en la fuerza de Dios (vv. 12-13). La oración está enmarcada entre la confesión personal de confianza en Dios (vv. 2-3) y la motivación para ello (vv. 12-13). La parte central, en la que se recoge la confesión personal de confianza en Dios (vv. 6-9) culmina con la exhortación al pueblo a tener la misma esperanza que el salmista.

El descanso que el salmista encuentra en Dios, el cristiano que reza este salmo lo encuentra al mismo tiempo en Jesucristo, pues así lo prometió Él mismo a quienes se acercan a Él y cargan con su yugo (cfr Mt 11,28-30).

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Sal 62,2-3

La confesión personal hecha en estos versículos, y en vv. 6-7, destaca el carácter exclusivo que Dios tiene para el salmista y que le proporciona paz y seguridad interiores. En perspectiva cristiana esta confianza se acrecienta: «Las oleadas son numerosas y peligrosas las tempestades, pero no tememos el naufragio: estamos consolidados sobre la roca. Aunque el mar se enfurezca, no demolerá la roca. Aunque las olas se agiten, no podrán hundir la barca de Jesús. (…) Me importa poco cuanto el mundo considera como temible. Me río de sus bienes. Ni temo la pobreza, ni deseo la riqueza. Ni tengo miedo a la muerte, ni deseo seguir viviendo, si no es para aprovechamiento espiritual» (S. Juan Crisóstomo, Sermo antequam iret in exilium).

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Sal 62,4-5

La razón para confiar en Dios es que, haciéndolo, no hay posibilidad de vacilar, a pesar de la debilidad personal en que se encuentre el hombre —«pared inclinada», «tapia ruinosa» (v. 4)—, y de la malicia de sus adversarios (v. 5).

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Sal 62,8-9

Como Dios es refugio para el salmista, así puede serlo para todo el pueblo —«mi refugio» / «nuestro refugio»—.

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Sal 62,10-11

Como argumento para buscar el refugio en Dios (vv. 8-9) el salmista recuerda una verdad alcanzada por la reflexión característica de los sabios de la época: el hombre comparado con Dios es nada (v. 10), y nada obtiene con sus malas acciones o con su poder y sus riquezas (v. 11; cfr Qo 2,16; 5,9). La convicción de encontrar la seguridad sólo en Dios y no en las riquezas es recogida en la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo cuando exhorta a sus discípulos a no amontonar tesoros en la tierra (cfr Mt 6,19), y les pone en evidencia que nadie puede servir a dos señores (cfr Mt 6,24).

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Sal 62,12-13

Además de la experiencia se aduce el argumento de que lo ha dicho el mismo Dios en una especie de oráculo escuchado por el orante (v. 12), que le lleva a reconocer ante Él su misericordia y su justicia: Él retribuye a cada hombre (v. 13).

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Salmo 63

Prosigue la oración del anterior. Allí se proclamaba que sólo Dios es salvación y refugio (cfr Sal 62,2-3; 6-7), aquí se anhela llegar a Él (Sal 63,2); allí se escuchaba al Señor (cfr Sal 62,12), aquí se le contempla (Sal 63,3); allí se proclamaba que Dios retribuye al hombre (cfr Sal 62,13), aquí se concreta cuál es la retribución para los hombres violentos (Sal 63,10-11) y para el rey y los suyos (Sal 63,12).

La oración comienza con el anhelo de Dios por parte del salmista (v. 2), recordando a continuación la experiencia que ha tenido de su presencia en el Templo (vv. 3-6), y exponiendo los sentimientos que le embargan durante la noche (vv. 7-9). En contraste, proclama el fracaso de sus enemigos y la alegría del rey por su triunfo sobre ellos (vv. 10-12). El deseo inicial (v. 2) desemboca en esperanza segura al final del salmo (v. 12), a través del recuerdo de su experiencia en el Templo (vv. 3-6) y sus sentimientos durante la noche (vv. 7-9).

En el título este salmo se atribuye a David errante por el desierto de Judá (cfr 1 S 22-24), y es posible que el último versículo sea un añadido en virtud del recuerdo de aquel rey. En cualquier caso, la confesión de que contemplar la bondad de Dios en el Templo vale más que la vida (v. 4), significa considerar la vida culminada cuando se ha contemplado tal bondad. Es la actitud del anciano Simeón cuando tras haber visto al Niño Jesús en el Templo exclama: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).

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Sal 63,2

La intensidad del deseo de Dios queda resaltada en su búsqueda desde el primer momento del día y con las metáforas de la sed (cfr Sal 42; 43).

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Sal 63,3-6

El mismo deseo viene encendido por la experiencia anterior de encuentro con Dios en el Templo y por la comprensión del orante de que ese momento es el mayor bien posible, más que la misma vida (vv. 3-4). Este deseo se acrecienta en la oración y en la alabanza del Dios que se ha dado a conocer —«tu Nombre» (v. 5). «El alma que de verdad ama a Dios no puede querer estar satisfecha y contenta hasta que de veras posea a Dios. Todas las cosas que no son Dios, no sólo no la satisfacen, sino que le aumentan el deseo de verle tal cual Él es» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 6,3).

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Sal 63,7-9

En los momentos oscuros de dificultad —«en el lecho»—, la alegría y la fortaleza se encuentran en la unión con Dios.

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Sal 63,10-12

El salmista manifiesta su convicción de que la unión con Dios va a darle la liberación de los males que le acechan, los enemigos. Ser «pasto de chacales» (v. 11) significa quedar insepultos, un mal aún peor que la misma muerte. La liberación que el salmista espera va unida al éxito del rey (v. 12; cfr Sal 61,7), al que se unen los que son fieles a Dios —«cuantos juran por Él»—, y ante el que enmudecen los ídolos —«embustes»—. Este salmo, como otros que describen la situación del justo perseguido, tiene su aplicación más clara en Jesús, el justo por excelencia. Sin embargo, Jesús no es sólo un ejemplo para nosotros, sino redentor. Por eso no es extraño que los sufrimientos del salmista se interpretaran, a la luz de las palabras de San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col 1,24). Así se ven insertos en el misterio de la redención: «Cada uno de nosotros aportamos a esta especie de común república nuestra lo que debemos de acuerdo con nuestra capacidad, y en proporción a las fuerzas que poseemos, contribuimos con una especie de canon de sufrimientos. No habrá liquidación definitiva de todos los padecimientos hasta que haya llegado el fin del tiempo. No se os ocurra, por tanto, hermanos, pensar que todos aquellos justos que padecieron persecución de parte de los inicuos, incluso aquellos que vinieron enviados antes de la aparición del Señor, para anunciar su llegada, no pertenecieron a los miembros de Cristo. Es imposible que no pertenezca a los miembros de Cristo, quien pertenece a la ciudad que tiene a Cristo por rey» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 61,4).

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Salmo 64

Las acciones y el fracaso de quienes pensaban perder la vida del salmista (cfr Sal 63,10) se describen ahora con más precisión llevando así adelante la oración de los salmos anteriores (Sal 64,2; cfr Sal 61,2; 63,2). Sal 64 muestra, en efecto, cómo Dios retribuye al hombre según sus obras (cfr 62,13): a los que disparan sus palabras como flechas (Sal 64,4), Dios les lanza una flecha (64,8).

Se inicia la súplica con la petición del auxilio divino (vv. 2-3). A continuación se describe la forma en que actúan los enemigos del salmista (vv. 4-7) y cómo Dios les hace fracasar (vv. 8-9). Concluye exponiendo cómo reaccionarán ante ello todos los hombres y, particularmente, los justos (vv. 10-11). Este salmo ofrece el esquema tipo de los salmos de súplica individual.

Las tramas contra el justo descritas en este poema las sufrió de modo extremo nuestro Señor Jesucristo, cuando las autoridades judías conspiraron contra Él para prenderlo con engaño y darle muerte (cfr Mt 26,3-5.14-16).

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Sal 64,2-3

La acción de los enemigos es presentada ahora como una conspiración o amotinamiento a espaldas del salmista (cfr Sal 2,1), y no sólo como falsa acusación (cfr Sal 59,13).

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Sal 64,4-7

Predomina la idea de «trampa» (v. 6), «plan urdido» (v. 7), «a escondidas» (v. 5). El texto del v. 7 es oscuro; puede entenderse en el sentido de que Dios escruta lo íntimo del hombre y lo profundo del corazón. Sobre la comparación de la lengua con la espada, cfr Sal 55,22; 57,5.

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Sal 64,8-9

La acción de Dios puede referirse al pasado o al futuro; pero tal como aparece tiene más bien carácter atemporal: significa la forma de actuar Dios con los malvados.

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Sal 64,10-11

Todos los hombres reconocerán que es Dios quien actúa. El salmista, como el justo, ha buscado refugio en el Señor (v. 11; cfr vv. 2-3). Como en tantos salmos, las palabras finales son un hálito de esperanza para los que permanecen fieles a Dios en la adversidad: «Ahora amamos en esperanza. Por esto, dice el salmo que el justo se alegra en el Señor. Y añade, enseguida, porque no posee aún la clara visión: y espera en él. Sin embargo, poseemos ya desde ahora las primicias del Espíritu, que son como un acercamiento a aquel a quien amamos, como una previa gustación, aunque tenue, de lo que más tarde hemos de comer y beber ávidamente. ¿Cuál es la explicación de que nos alegremos con el Señor, si Él está lejos? En realidad no está lejos. Tú eres el que hace que esté lejos. Ámalo, y se te acercará; ámalo, y habitará en ti. El Señor está cerca. Nada os preocupe» (S. Agustín, Sermones 21,3-4).

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