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Salmos 65-68
Al grupo de salmos de súplica en los que se acentuaba la seguridad que el orante encuentra en el Señor (Sal 61-64) sigue ahora otro en el que se alaba al Señor con una perspectiva universalista (Sal 65-68). Es como si Dios hubiese escuchado y actuado.
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Salmo 65
En Sal 64 se aseguraba un hecho venturoso: que todos los hombres «temerán» al ver las acciones de Dios (Sal 64,10). Ahora se insiste en lo mismo desde otra perspectiva: «Los habitantes… del orbe temen» al ver lo que Dios ha hecho con su pueblo (Sal 65,9). La oración adquiere de este modo una dimensión comunitaria: el orante se siente miembro del pueblo bendecido por Dios. La perspectiva universalista es similar a la de Is 49,1.6; 66,18-20, por lo que se piensa que se trata de un salmo postexílico.
Comienza la oración reconociendo ante el Dios de Israel que a Él se le debe alabanza (vv. 2-3), y se desarrolla después exponiéndole los motivos (vv. 4-14): primero, porque perdona y acoge en su Templo (vv. 4-5); después, porque con su poder ha salvado a su pueblo (vv. 6-9); finalmente, porque bendice la tierra prometida con la fertilidad (vv. 10-14).
La alabanza a Dios cantada en este salmo adquiere una dimensión nueva al hacerse oración del cristiano. Dios, en efecto ha elegido y acercado a Él, por medio de Jesucristo, a hombres de todos los confines de la tierra para hacerlos partícipes de su santidad (v. 5; cfr Ef 1,4), perdonando sus pecados (v. 4; cfr Ef 1,7). La acción salvadora y poderosa de Dios, que «amansa el fragor de los mares» (v. 8), quedó manifestada no sólo en los prodigios en favor de Israel a los que alude el salmo, sino también en los milagros realizados por Jesús en el Mar de Galilea (cfr Mt 8,26).
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Sal 65,2-3
El texto no es muy claro. La versión griega de los Setenta, a la que sigue la Neovulgata, tradujo la primera parte del v. 2 como: «Oh Dios, a Ti se te debe un himno en Sión», y añadió «en Jerusalén» al final del versículo. En el texto hebreo encontramos: «A Ti el silencio, la alabanza». «Silencio» corresponde al mismo término hebreo que en Sal 62,2 traducíamos por «descanso». El sentido es que a Dios se debe el «descanso», la paz del pueblo, y, en consecuencia, la alabanza. También puede entenderse que, para Dios, el «silencio» o «descanso» de los servidores del Templo es ya alabanza, antes de que se rompa con los votos y súplicas de quienes acuden allí. «Toda carne», puede tener el significado de «todo hombre» en sentido universalista (cfr Is 2,2-4), o referirse a «todo el pueblo» como en Joel 3,1.
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Sal 65,4-5
El primer don divino que el salmista reconoce es la misericordia y el perdón que Dios otorga en el Templo. Aunque en el original hebreo se expresa en primera persona —«sobre mí»— lo hace como miembro del pueblo. Los Setenta y otras versiones a las que seguimos cambian por «sobre nosotros». Rasgo de la misericordia divina es asimismo mostrar su presencia, su «santidad» en el Templo (v. 5).
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Sal 65,6-9
Dios se ha manifestado y ha salvado a Israel, siendo de esa forma causa de esperanza para todos los pueblos, porque es Señor de todos ellos y de toda la tierra (vv. 7-8). Al reconocimiento de Dios al que llegarán todos los hombres por las señales —«prodigios»— que ha obrado con Israel, se une la creación entera, el sol y las estrellas, es decir, «la salida de la aurora y de la tarde» (v. 9).
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Sal 65,10-12
Dios es presentado como un agricultor que tiene poder sobre la lluvia y la fecundidad de la tierra. Por eso cada año la cosecha es espléndida y las huellas del carro que la transporta refleja su abundancia (v. 12; cfr Is 66,15; 68,5.18). Él hace que todos los terrenos sean fecundos.
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Sal 65,13-14
Utilizando unas bellas metáforas, el salmista ve a la naturaleza unirse a la voz del hombre para cantar la bondad de Dios (vv. 13-14; cfr Is 44,23; 49,13). Los vv. 10-14 pudieron ser en su origen un canto de recolección que ahora el salmista ha integrado en su canto de alabanza. Es fácil entender que las expresiones de este salmo sobre la fecundidad de la tierra como don de Dios sirvieran para admirar el don excelso que otorga el Señor a los cristianos en el Espíritu Santo y en la Eucaristía: «El manantial de Dios rebosa de agua, haces crecer los trigos. No hay duda de qué manantial se trata, pues dice el salmista: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor dice en los evangelios: El que beba del agua que yo le daré; de sus entrañas manarán torrentes de agua viva, que salta hasta la vida eterna. Y en otro lugar: El que cree en mí; como dice la Escritura, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Así, pues, esta acequia está llena del agua de Dios. Pues, efectivamente, nos hallamos inundados por los dones del Espíritu Santo, y la corriente que rebosa del agua de Dios se derrama sobre nosotros desde aquella fuente de vida. También encontramos ya preparado nuestro alimento. ¿Y de qué alimento se trata? De aquel mediante el cual nos preparamos para la unión con Dios, ya que, mediante la comunión eucarística de su santo cuerpo, tendremos, más adelante, acceso a la unión con su cuerpo santo. Y es lo que el salmo que comentamos da a entender, cuando dice: Haces crecer los trigos; porque este alimento ahora nos salva y nos dispone además para la eternidad» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 64,14-15).
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Salmo 66
La atención se centra ahora en la salvación del pueblo (vv. 5-12), ya aludida en la alabanza del salmo anterior (cfr Sal 65,6). También se proclama que Dios ha escuchado al salmista (vv. 16-19) dando así testimonio personal de lo que se profesaba en Sal 65,3: «Porque escuchas la plegaria». Continúa por tanto la oración de alabanza iniciada en Sal 64.
Se abre con una invitación dirigida a toda la tierra a proclamar el Nombre del Señor (vv. 1-4), y luego se cantan los motivos (vv. 5-12): hizo pasar a Israel a través de las aguas como signo de su poder sobre las naciones (vv. 5-7), y lo libró de los desastres de una derrota que había sufrido como prueba (vv. 8-12). Después viene la acción de gracias personal del salmista (vv. 13-20): promete cumplir sus votos (vv. 13-15) y da testimonio de que Dios le ha escuchado (vv. 16-20).
La invitación a la alabanza a Dios, que impregna todos estos salmos, es secundada por el cristiano al tener presente no sólo lo que Dios hizo por el antiguo pueblo de Israel, sino lo que ha hecho por su nuevo pueblo, la Iglesia. También a ésta la mantiene en pie a pesar de las pruebas que ha sufrido a lo largo de la historia. Cualquier cristiano, al recitar este salmo, puede sentirse elegido por Dios en Cristo para ser «alabanza de su gloria» (Ef 1,12.14).
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Sal 66,1-4
La invitación inicial se dirige a toda la tierra, como señal de que Dios domina y envía sus beneficios sobre ella (cfr Sal 47,2), y está encuadrada en el «Nombre» de Dios (vv. 2.4), es decir, se trata del Dios que se ha dado a conocer a Israel (cfr Ex 3,14ss.).
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Sal 66,5-7
El salmista invita a «ver las obras de Dios» porque éstas y sus efectos pueden ser contempladas en el Templo en cuanto que en él son celebradas. Se recuerda el paso del Mar Rojo (cfr Ex 14-15) y del Jordán (cfr Jos 3,7-17). También se puede descubrir, por tanto, el poder de Dios en la misma existencia del pueblo (v. 7). Algo parecido puede hacer cada hombre recordando los beneficios recibidos de Dios: «Cuando el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando endereza su mirada hacia el porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría» (Casiano, Collationes 9).
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Sal 66,8-12
Todos los pueblos pueden reconocer al Dios de Israel, pues, a pesar de los reveses sufridos por el pueblo de Dios —la «prueba» puede aludir a las campañas asirias (cfr 2 R 18-19) o al destierro—, éste sigue subsistiendo en paz (cfr Is 40,1-2).
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Sal 66,13-15
De proclamar la salvación del pueblo el salmista pasa a confesar la suya personal. Este paso ha hecho suponer que quien habla es el rey en nombre del pueblo; pero puede tratarse de la acción de gracias de un fiel que se ha visto salvado por Dios, unida ahora a la proclamación de la salvación del pueblo. Como es común en las acciones de gracias, se expresa primero el propósito de cumplir las promesas hechas a Dios (vv. 13-15).
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Sal 66,16-20
A la promesa sigue el testimonio del beneficio recibido. El «venid, escuchad» del v. 16 se corresponde al «venid a ver» del v. 5. Subyace la reivindicación de la inocencia del salmista (v. 18) tal como sucede en los salmos en que aparecen los enemigos (cfr Sal 17; 59).
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Salmo 67
Al recuerdo de las obras de Dios en favor de su pueblo en el pasado (cfr Sal 66,5-12), se suma ahora la petición de que siga actuando en el presente (Sal 67,2), para que de esa forma sea secundada la invitación a la alabanza divina dirigida a todos los pueblos (cfr Sal 66,2.8; 67,4.6). Así el mismo argumento de la invitación se hace objeto de súplica a Dios. El testimonio se completa con la oración.
El contenido del salmo se anuncia ya a modo de introducción en el v. 2; luego se desarrolla como una oración dirigida a Dios en la que se presentan la finalidad (vv. 3-4) y las motivaciones (vv. 5-6) de la petición. Termina con la proclamación, en los vv. 7-8, de que Dios ha escuchado. Un estribillo, repetido en los vv. 4 y 6, condensa el contenido de la oración.
El deseo y la petición de salvación universal expresados en este salmo encuentran su cumplimiento en el envío de los Apóstoles por parte de Jesucristo, mandándoles predicar la conversión a todas las naciones (cfr Lc 24,47), y en la implantación de la Iglesia en la que hombres de todos los pueblos se unen en la alabanza al Señor (cfr Hch 2,9-12.47).
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Sal 67,2
El deseo se hace eco de las palabras de la bendición sobre los israelitas que encontramos en Nm 6,24-26. Se refiere a la fecundidad de la tierra (v. 2; cfr Gn 1,28) y a la protección frente a los enemigos (cfr Sal 4,7; 13,2).
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Sal 67,3-4
La finalidad de la súplica no es tanto el bien de Israel, cuanto el reconocimiento de Dios y de sus designios salvíficos en toda la tierra, y el que todos los pueblos y toda la humanidad se unan en la alabanza a Dios cantada por Israel (v. 4).
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Sal 67,5-6
Se pide que la salvación llegue a todas las naciones y que todas ellas se rijan según los planes divinos (v. 5), para que de esa forma se unan a la alabanza (v. 6).
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Sal 67,7-8
Se reconoce que la fecundidad de la tierra prometida es efecto de la bendición divina, y se resume el contenido del salmo que ya se había expresado en el v. 2. Destaca la perspectiva universalista.
La alabanza de todos los pueblos a Dios se realiza en la Iglesia, cumpliéndose así lo anhelado en el salmo: «¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 47,7).
La liturgia de la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad de Santa María Madre de Dios, para expresar que a través de la Santísima Virgen hemos recibido la mayor de las bendiciones, Jesucristo, y que, con su intercesión maternal, continúa dándonos su bendición.
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Salmo 68
Culminan aquí las alabanzas iniciadas en Sal 65, ya que en Sal 68 convergen los recuerdos de las hazañas del Señor en el pasado (cfr Sal 66,5-12), la contemplación de su presencia en el Templo (cfr Sal 65,2.5), y la consideración de su señorío sobre toda la tierra y todos los pueblos (Sal 65,9; 66,1; 67,3-6). La oración de alabanza encuentra un momento culminante en este salmo.
Es un canto complejo en el que no se aprecia una estructura clara. Comienza, a modo de introducción, proclamando el poder de Dios frente a sus enemigos (vv. 2-4); continúa cantando cómo se ha manifestado ese poder (cuerpo del salmo, vv. 5-32); y concluye invitando a reconocerlo en el Cielo y en el Templo (vv. 35-36). El recuerdo de la manifestación del poder divino se entremezcla con invitaciones a la alabanza (vv. 5.27.33) y con expresiones laudatorias dirigidas a Dios (vv. 10.11.19.25.29-31).
El cuerpo del salmo se inicia proclamando que el Dios de los Cielos está presente en el Templo desde donde protege al débil (vv. 5-7); es el Dios del Sinaí que guió a su pueblo por el desierto a la tierra prometida, dispersando pueblos enemigos (vv. 8-15); es el que quiso habitar en el monte Sión (vv. 16-19), desde donde cuida de su pueblo (vv. 20-24). Allí, en el Santuario, le aclaman las tribus de Israel (vv. 25-28), y desde allí hace fuerte a su pueblo y atrae a los reyes y naciones de la tierra (vv. 29-32). Este salmo pudo haber sido un canto procesional (vv. 25-28) que recogía piezas de tradición antigua similares a las citadas en Ex 15,1-21, Jc 5,1-31 y Ha 3,1-19, y que fue desarrollándose con el paso del tiempo.
La alabanza que el antiguo Israel dirigía a Dios en este salmo recordando su historia y contemplando el Templo de Jerusalén, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, la dirige a Jesucristo recordando su entrada en el Santuario del Cielo (cfr Hb 4,14-16; 7,26; 8,1; etc.). En Cristo, ascendido a los Cielos, tiene su culminación el señorío de Dios que, en otro tiempo, se manifestaba en el Templo de Jerusalén.
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Sal 68,2-4
En las palabras del v. 2 resuena el grito de Moisés cuando los israelitas iniciaron su camino por el desierto con el Arca (cfr Nm 10,35). Como entonces, también ahora Dios actúa con eficacia y rapidez, destruyendo al impío y salvando —dando alegría— al justo (vv. 3-4).
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Sal 68,5-7
Se invita a alabar al Dios del Sinaí y a rendirle homenaje —«aplanad el camino» (v. 5)—. El que «cabalga sobre las nubes» —título con resonancias cananeas que se aplica a veces al Dios de Israel (cfr Dt 33,26; Is 19,1; Sal 18,11; etc.)—, es el mismo Dios que reveló su nombre a Moisés y que está presente en el Templo protegiendo al débil —«padre de los huérfanos», «defensor de las viudas», etc.—, (v. 6). «La invocación de Dios como “Padre” es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como “padre de los dioses y de los hombres”. En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (cfr Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su “primogénito” (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cfr 2 S 7,14). Es muy especialmente “el Padre de los pobres”, del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cfr Sal 68,6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 238).
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Sal 68,8-15
Las alusiones a la manifestación de Dios en el Sinaí (v. 9), al caminar del pueblo por el desierto (v. 8) y a la conquista de la tierra (vv. 10-14) son bastante veladas y recogen temas y expresiones del libro del Éxodo y del de los Jueces (cfr Ex 15,1-21; Jc 5,16). La «paloma» con plata y oro (v. 14) significa al pueblo entrando en la tierra prometida (cfr Os 11,11) con riqueza y esplendor. El monte «Salmón» (v. 15), o monte umbrío, se refiere, al parecer, a una colina cerca de Siquem, en el centro de Samaría (cfr Jc 9,48-49).
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Sal 68,16-19
Los frondosos bosques de Basán (Za 11,2; cfr Sal 22,13) pueden sentir celos del monte Sión (Jerusalén), porque en éste ha puesto su gloria —«el carro» (v. 18; cfr 2 R 6,17)— el Señor, llevando consigo, como un rey victorioso, prisioneros y gran tributo (v. 19). San Pablo en Ef 4,8-13 aplica el v. 19 a Jesucristo, pero cambiando ligeramente el texto: «Subiendo a lo alto llevó cautiva la cautividad y concedió dones a los hombres» (Ef 4,8). El Apóstol entiende que Cristo ascendió a los Cielos, desde donde dio el Espíritu Santo (cfr Hch 1,6-2,13). Siguiendo esta orientación el salmo fue leído en la tradición cristiana en sentido cristológico: «La pasión de Cristo ha fructificado en fuerza y en poder. Porque el Señor, habiendo subido a las alturas, por su pasión, ha llevado con él a los cautivos y ha dado todos los dones a los hombres: a los que creen en Él les ha dado poder de pisar con los pies las serpientes, los escorpiones y todo el poder del enemigo» (S. Ireneo, Adversus haereses 2,20,3).
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Sal 68,20-24
Tras la proclamación de la presencia de Dios en el Templo se introduce la alabanza, con la reafirmación de la seguridad que el pueblo encuentra en su Dios frente a los enemigos.
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Sal 68,25-28
Queda reflejada la forma procesional de una liturgia de alabanza, siendo quizás el v. 27 una antífona invitatoria dirigida a todo el pueblo —«fuente» equivaldría a «estirpe»— para que se una a la alabanza. La mención de la tribu de Benjamín como guía puede deberse a Saúl, perteneciente a aquella tribu y primer rey de Israel; la de Judá, a que con David se inicia la monarquía sucesoria (cfr 2 S 7,14); y la de Zabulón y Neftalí, a que éstos tomaron parte en la victoria de Débora (cfr Jc 4,6; 5,18).
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Sal 68,29-32
El pueblo elegido recibe su fortaleza de Dios, presente en el Templo y reconocido por los reyes. El v. 31 se refiere a Egipto; se pide su castigo y se predice su sumisión al Dios de Israel (v. 32).
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Sal 68,33-36
La oración concluye con una invitación a la alabanza al Dios de Israel dirigida a todos los reyes de la tierra, recogiendo de nuevo en los vv. 34-36, a modo de resumen, la proclamación del poder de Dios en los cielos, sobre las naciones, y en su Templo para su pueblo.
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Salmos 69-72
Tras el grupo de salmos de alabanza que preceden (Sal 65-68), vienen tres de súplica en los que se acentúa la esperanza (Sal 69-72). Con ellos concluye la segunda parte del libro de los Salmos (cfr Sal 72,18-19).
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Salmo 69
La conexión de este salmo con el anterior puede estar en que se concreta para la situación del individuo lo que en Sal 68 se proclamaba para el pueblo (cfr Sal 68,20-21). De nuevo la oración se orienta a la vida personal del hombre, integrado en una comunidad de salvación (Sal 69,36; Sal 60-61) en la que también se dan sufrimientos y tensiones.
Comienza la súplica con un grito a Dios pidiendo salvación en una situación límite (v. 2), causada por algo humillante, quizá una enfermedad, y por el odio de los enemigos (vv. 3-5). A continuación el orante confiesa a Dios su culpa y, al mismo tiempo, su celo por Él, motivo de burla para los que le rodean (vv. 6-13), y eleva sus plegarias pidiendo auxilio (vv. 14-19). Luego manifiesta su dolor por las afrentas que recibe (vv. 20-22), y pide a Dios que sus enemigos reciban el castigo merecido (vv. 23-29) y él la salvación (v. 30). Después promete alabanzas al Señor (vv. 31-32) y exhorta a los humildes y al universo entero a la alabanza (vv. 33-35). Concluye con el anuncio de la reconstrucción de Jerusalén y Judá (vv. 36-37).
Nuestro Señor Jesucristo soportó de forma eminente los sufrimientos expresados en este salmo. Por eso, después de Sal 22, es el más citado en el Nuevo Testamento para mostrar que se ha cumplido en Jesucristo, y para exhortar a encontrar en su texto, como en toda la Escritura, el consuelo que ayuda a mantener viva la esperanza (cfr Rm 15,4).
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Sal 69,2.3-5
La imagen del hombre a punto de ahogarse ya aparecía en Sal 40,3 (cfr Sal 88,7; Lm 3,53), y los síntomas de dolor en la garganta y los ojos (v. 4) en Sal 22,16; 6,7. Sobre la proclamación de inocencia del salmista y la descripción de los enemigos (v. 5) cfr Sal 17; 35,7.19. Jesucristo apeló a las palabras del v. 5 —«me odiaron sin motivo» (Jn 15,25; cfr Sal 35,19)— para describir la actitud de sus enemigos.
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Sal 69,6-13
Aunque inocente frente a sus enemigos (v. 4), el salmista se reconoce, sin duda a causa de su desgracia, culpable ante Dios (vv. 6-7), y pide ante todo que los piadosos como él —«los que esperan en Ti» (v. 7)— no queden confundidos por los impíos que se burlan ante la piedad y penitencia de un hombre que sufre (vv. 8-13). La piedad del salmista se refleja en su amor al Templo, por lo que se convierte en blanco de los que desprecian el lugar santo y la presencia de Dios en él (v. 10). Las palabras del v. 10 —«el celo de tu Casa me devora»— las vieron cumplidas los discípulos de Jesús cuando éste manifestó su piedad hacia el Templo echando de él a los mercaderes (cfr Jn 2,17). «Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21,13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará” (Sal 69,10; Jn 2,16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cfr Hch 2,46; 3,1; 5,20.21; etc.)». (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 584).
San Pablo se apoya en las siguientes palabras del v. 10 —«las afrentas de los que te afrentan caen sobre mí»— para iluminar el sentido de los sufrimientos de Cristo que cargó sobre Él el peso de los pecados de los hombres, y para proponerlo como ejemplo a sus discípulos que «debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (Rm 15,1).
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Sal 69,14-19
Para ser escuchado por Dios el orante apela primero a los atributos del Dios de la Alianza —«misericordia», «fidelidad», «compasión» (vv. 14.17; cfr Ex 34,6)—, y después a la situación de extrema angustia en la que se encuentra (vv. 15-16.18-19). Señala así el orden de las motivaciones que mueven a Dios.
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Sal 69,20-22
También presenta a Dios el dolor que le producen las afrentas que recibe, la soledad en que se encuentra y las asechanzas que le tienden sus enemigos. Al narrar la pasión y la agonía de Jesucristo, los evangelistas recuerdan estos versículos: abandonado de todos en el huerto de los Olivos y sin hallar compasión de sus verdugos fue llevado al suplicio (v. 21; cfr Mt 26,40-41; Jn 16,32); y le dieron a beber vino mezclado con hiel y vinagre (v. 22; cfr Mt 27,34.48).
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Sal 69,23-29.30
En cuanto a los enemigos, se pide que reciban lo que ellos hacen —ley del talión— (v. 29), y él la salud (v. 30). Sobre el «libro de los vivos»— expresión que no aparece así en ningún otro lugar del Antiguo Testamento— cfr Ex 32,32-33; Is 4,3; Jr 22,30; Ez 13,9; Dn 12,1: son pasajes en los que se habla del libro en el que Dios lleva cuenta de sus fieles. San Pablo cita las palabras de los vv. 23-24 viéndolas cumplidas en la suerte de los judíos que endurecieron su corazón y no aceptaron el Evangelio de la salvación por Jesucristo (cfr Rm 11,9-10). Y en los Hechos de los Apóstoles se ve cumplida la imprecación del v. 26 en la muerte de Judas Iscariote, cuando en su lugar eligieron a Matías (cfr Hch 1,16-20).
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Sal 69,31-32
De nuevo encontramos que la alabanza a Dios de un corazón contrito es más valiosa que los sacrificios de animales (cfr Sal 51,18-19).
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Sal 69,33-35
La instrucción sapiencial del v. 34 sirve de quicio para la alegría de los pobres (v. 33), y para la alabanza con dimensiones cósmicas (v. 35).
▲ COMENTARIO
Sal 69,36-37
El cambio de perspectiva en estos versículos ha llevado a pensar que son una añadidura posterior a la composición originaria del salmo, como sucedía en 14,7; 51,20-21; 53,7. Con todo, y tal como aparecen, muestran una vez más que la súplica individual abarca también la salvación de la comunidad: compárense los vv. 36 y 2 en los que aparece el verbo «salvar».
Interpretado en sentido cristológico, este salmo «contiene una plegaria del Salvador, pronunciada en función de su humanidad, y recoge también las causas por las que fue conducido a la muerte en la cruz. Además, cuenta claramente sus sufrimientos, así como las desgracias que tenían que acaecerles a los judíos después de su Pasión. En cuanto a que el Señor ha presentado esta plegaria en función de su naturaleza humana, esto está indicado al final del salmo cuando dice: el Señor escucha a los necesitados, no desdeña a sus cautivos» (S. Atanasio, Expositiones in Psalmos 68).
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Salmo 70
Se condensa la misma súplica contenida en el salmo anterior, si bien ahora destacando la urgencia. Los enemigos del salmista no sólo le persiguen y le hacen sufrir (cfr Sal 69,22.27), sino que quieren matarle, buscan su vida (Sal 70,3); mientras que los justos —los que buscan a Dios— no sólo son invitados a tener esperanza (cfr Sal 69,4) sino a proclamar la grandeza del Señor (Sal 70,5). La unidad temática y de vocabulario indican la unión de este salmo con el anterior y con el siguiente.
Comienza con un grito de socorro dirigido a Dios (v. 2), y continúa —cuerpo del salmo— con la expresión de lo que el salmista desea para sus enemigos (vv. 3-4), y para los que buscan a Dios (v. 5). Concluye pidiendo de nuevo urgentemente auxilio (v. 6). La súplica contenida en este salmo está incluida, en versión yahvista, en Sal 40,14-18.
El título pone esta súplica en relación con la ofrenda de flor de harina o «memoria» (cfr Lv 2,1-2). Quizá fuese usado con tal motivo en la liturgia israelita. En la Iglesia es un salmo propio del tiempo de Adviento por entender que el Señor, cuya venida se anhela, es Jesucristo.
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Sal 70,2
La intensidad de la oración se manifiesta en la urgencia con la que se pide el auxilio divino (cfr v. 6). Por este motivo se ha convertido en invitatorio oficial en muchas celebraciones litúrgicas cristianas: «Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme».
▲ COMENTARIO
Sal 70,3-4.5
Se desea que el griterío burlón de los enemigos del salmista, los que «buscan» darle muerte, se convierta en vergüenza para ellos (vv. 3-4), mientras que la confianza de los que «buscan» la salvación en Dios se convierta en ellos en grito de alabanza (v. 5). Supone la intervención divina.
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Sal 70,6
La situación de debilidad y de desgracia aviva la oración. Así sucedió en la vida de nuestro Señor Jesucristo y sucede en la Iglesia: «Señor, te he llamado, ven deprisa. Esto lo podemos decir todos. No lo digo yo solo, lo dice el Cristo total. Pero se refiere, sobre todo, a su cuerpo personal; ya que, cuando se encontraba en este mundo, Cristo oró con su ser de carne, oró al Padre con su cuerpo, y, mientras oraba, gotas de sangre destilaban de todo su cuerpo. Así está escrito en el Evangelio: Jesús oraba con más insistencia, y sudaba como gotas de sangre. ¿Qué quiere decir el flujo de sangre de todo su cuerpo sino la pasión de los mártires de la Iglesia? Señor, te he llamado, ven deprisa; escucha mi voz cuando te llamo. Pensabas que ya estaba resuelta la cuestión de la plegaria con decir: Te he llamado. Has llamado, pero no te quedes ya tranquilo. Si se acaba la tribulación, se acaba la llamada; pero si, en cambio, la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los tiempos, no sólo has de decir: Te he llamado, ven deprisa, sino también: Escucha mi voz cuando te llamo» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 140,4).
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Salmo 71
La oración de este salmo, transmitido sin título, queda unida a la del anterior (cfr Sal 70,2; 71,12), si bien ahora se eleva desde la situación concreta de un hombre anciano y sin fuerzas (Sal 71,1.13.18). Si en Sal 69 se acentuaba la confianza en Dios y en Sal 70 la urgencia en la petición, en Sal 71 sobresale la confesión de esperanza a pesar de la vejez del salmista.
Se inicia con la petición del auxilio de Dios en quien se ha puesto la confianza (vv. 1-4), y, tras apelar a que Él ha sido protector del salmista desde la niñez (vv. 5-8), éste suplica a Dios que no le abandone en la vejez ante los que atentan contra él (vv. 9-13), y confiesa su esperanza (v. 14). A continuación hace votos de dar testimonio (vv. 15-18), y proclama la justicia divina que ha experimentado a lo largo de su vida (vv. 19-21). Termina con la promesa de una alabanza cultual (vv. 22-24). La correspondencia entre la petición de no ser avergonzado (v. 1) y el haber quedado avergonzados sus enemigos (v. 24) tras haberlo pedido así (v. 13) da unidad a esta composición, en la que se encuentran, como en una antología, expresiones de otros salmos (para vv. 1-3, cfr Sal 31,2-4; para v. 12, cfr Sal 22,20; para v. 13, cfr Sal 35,4; 40,15).
Para el lector cristiano, Jesucristo es la salvación que se pide en este salmo. Dios se la mostró al anciano Simeón que, en su vejez, vio culminada su vida —«aumentado su honor» (v. 21)— al contemplar al Niño Jesús en el Templo (cfr Lc 2,25-35). También Dios mostró su salvación a Juan Bautista cuando estaba en el seno de su madre, Santa Isabel (cfr Lc 1,44). De esta forma el salmo se cumple en Jesús, cuyo nombre significa precisamente «el Señor salva».
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Sal 71,1-4
La expresión «espero» (v. 1) se refiere al tiempo presente, pero supone el pasado, tal como traducen las versiones griega y latina: «esperé», en vez de «espero», señalando que el salmista ya puso su confianza en el Señor en su juventud (cfr v. 5). Su experiencia le dice que Dios ha decretado salvarle (v. 3). Muchas traducciones, sin embargo, corrigen este versículo siguiendo las antiguas versiones, y ponen «el alcázar firme de mi salvación» en vez de «has decretado salvarme», que sería la traducción literal del hebreo. De esta forma, el texto cuadraría mejor con el tono de la súplica.
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Sal 71,5-8
El salmista reconoce que Dios le protegió al nacer (v. 6; cfr Sal 22,10-11), y que le ha protegido a lo largo de su vida; ésta puede ser presentada como un signo extraordinario —«prodigio»— de tal protección (v. 7).
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Sal 71,9-13
La falta de fuerzas en la vejez significaría, para los enemigos del orante, que Dios le ha abandonado (vv. 10-11; cfr Sal 22,8-9). Es el argumento que se presenta para mover al Señor a actuar.
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Sal 71,14
Es el punto central y culminante del salmo. El orante profesa su esperanza sin admitir dudas (v. 14). «Crezcamos en esperanza (…) que es suplicar al Señor que acreciente su caridad en nosotros, porque sólo se confía de veras en lo que se ama con todas las fuerzas. Y vale la pena amar al Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 220).
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Sal 71,15-18
La esperanza del salmista va unida a la firme convicción de que podrá dar testimonio de lo que el Señor va a hacer por él (vv. 15-16). El sentido exacto de estos versos es, con todo, dudoso: la expresión «aunque no sepa contarlas» (v. 15) parece ser añadidura de un copista para dar a la frase siguiente —«publicaré las hazañas…»— el significado de «me presentaré mostrando las acciones de Dios en mí», aunque no sea capaz de narrarlas o explicarlas como lo fue en otro tiempo (v. 17).
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Sal 71,19-21
Apoyado en experiencias pasadas, el salmista canta la grandeza de Dios (v. 19), aun en medio de la tribulación y el riesgo de muerte (v. 20), y espera una intervención divina que le salve (v. 21).
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Sal 71,22-24
Esa intervención le llevará a la alabanza cultual, con arpa y cítara, y a un convencimiento más profundo de la justicia de Dios (v. 24).
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Salmo 72
En los tres salmos anteriores el salmista pedía para él el auxilio divino (Sal 69-71); ahora se pide para el rey y su reinado. Se cierra así la segunda parte del libro de los Salmos, con una mirada a toda la comunidad y a todas las naciones. En Sal 71 se apelaba a la justicia —salvación— de Dios (cfr Sal 71,2) y se la proclamaba (cfr Sal 71,15.19.24). Es la misma justicia que ahora se pide para el rey (Sal 72,1). Mediante ella Dios librará al pobre y desvalido (Sal 72,12-14; cfr Sal 69,3-4; 70,6; 71,9). La sucesión de estos salmos manifiesta la convicción de que Dios envía su auxilio a través de su ungido, el rey.
Comienza con la petición de que Dios conceda al rey su juicio y su justicia (v. 1), y sigue exponiendo los bienes que el salmista desea que acompañen el reinado (vv. 2-17): la equidad y la justicia dentro del pueblo (vv. 2-4); larga duración y amplitud geográfica (vv. 5-8); el reconocimiento del rey y la sumisión a él de todos los pueblos (vv. 9-11); la defensa del débil (vv. 12-14); larga y próspera vida del rey, abundancia en el país y fama eterna (vv. 15-17). Concluye con la solemne doxología que marca el final de la segunda parte del libro de los Salmos (vv. 18-19) y, al final, trae una curiosa anotación editorial (v. 20).
Aunque atribuido en el título a Salomón, esta composición puede responder a la ceremonia de entronización del rey en época posterior, quizás la de Isaías (s. VIII a.C.) o la de Josías (s. VII a.C.). Presenta un rey y un reinado ideales que la tradición judía atribuyó al Mesías. El cumplimiento de este salmo en Jesucristo subyace en la adoración de los Magos (vv. 10.15; cfr Mt 2,1-12), y en la universalidad de la salvación que Él trae como Rey Mesías. Por este motivo, la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad de la Epifanía del Señor.
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Sal 72,1
«Juicio» y «justicia» son atributos relacionados con el poder salvador de Dios (cfr Sal 9,5.8; 19,10; etc.). El emplear «rey» e «hijo del rey», aunque son sinónimos, indica la legitimidad dinástica.
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Sal 72,2-4
El rey participa del poder salvador de Dios, que viene de lo alto (v. 3; cfr Is 45,8; 55,12), cuando sale en defensa del pobre (vv. 3-4).
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Sal 72,5-8
Un reinado así se desea que dure siempre, y es comparable a la lluvia que hace fructificar a la tierra. Pero ahora son frutos de justicia (v. 7; cfr Os 6,3). En vez de «dure» (v. 5), tal como traducen los Setenta, el texto hebreo dice «que te tema»; la corrección hecha en el texto griego sirve para que la frase tenga mejor sentido. La extensión que se desea al reino (v. 8) es la que responde a las promesas (cfr Za 9,10; Si 44,22): desde el Mar Rojo, hasta el Mediterráneo; y desde el Éufrates, hasta el confín de la tierra (cfr Gn 15,18).
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Sal 72,9-11
Todos los pueblos han de servir a ese rey agraciado con la justicia de Dios, desde el extremo occidente —«Tarsis y las islas»— hasta la Arabia suroccidental —«Sebá y Sabá»— (cfr 1 R 10,13.22).
La tradición cristiana entendió estos versículos como profecía acerca de Jesús. «También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia. Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo» (S. León Magno, In Nativitate Domini 3).
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Sal 72,12-14
El motivo del reconocimiento universal del rey mesías es que su acción liberadora llega a todos los oprimidos.
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Sal 72,15-17
Estas aclamaciones sirven para cerrar la oración por el rey, deseando que se siga rezando por él (v. 15), que haya hartura de bienes en el país durante su reinado (v. 16) y que en su persona sean bendecidas todas las naciones (v. 17; cfr Gn 12,3).
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Sal 72,18-19
Esta doxología final, más desarrollada que la de Sal 41,14, incluye la universalidad de la salvación (v. 19).
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Sal 72,20
Aunque en el título este salmo se atribuye a Salomón, para el recopilador forma parte de una colección de «salmos de David» iniciada en Sal 51, distinta de la recogida en la primera parte del libro (Sal 3-41).
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Libro III: Salmos 73-89
La parte tercera del libro de los Salmos incluye primero un grupo de once composiciones atribuidas a Asaf (Sal 73-83; cfr Sal 50). A éstas les sigue un nuevo grupo de salmos «de los hijos de Coré» (Sal 84-88) entre los que se intercala una plegaria de David (Sal 86). Termina con una oración, asignada a Etán, en la que se pide por el rey (Sal 89). En general, por tanto, reúne piezas atribuidas a cantores del Templo, entre los que puede considerarse a David.