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Salmos 73-83
Sobre Asaf, cfr Introducción, § 5. Estos salmos de Asaf tienen la peculiaridad de fijarse, con más atención que otros, en las exigencias de la Alianza y en las consecuencias del pecado del pueblo.
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Salmo 73
Es el primero de los del grupo de salmos de Asaf y guarda cierto paralelismo con Sal 1, con el que se inicia el salterio. Presenta de nuevo, a modo de introducción, la suerte del justo y del impío, invitando a seguir el ejemplo del salmista que, a pesar de todo, se decide por Dios. Es la verdadera sabiduría que va guiando constantemente al lector del libro de los Salmos (cfr Sal 37; 49).
El poema se inicia con la proclamación de la bondad de Dios hacia su pueblo y sus fieles (v. 1); luego narra la experiencia personal del orante (vv. 2-27), y concluye con el testimonio de que para él lo bueno es estar junto a Dios (v. 28). La experiencia que narra el salmista es que estuvo a punto de apartarse de Dios al sentir envidia hacia los impíos (vv. 2-3), cuyo éxito y mal comportamiento describe a continuación (vv. 4-12). Cuenta cómo se planteó el sentido de su propia rectitud (vv. 13-14), pero, no pudiendo actuar como aquéllos, profundizó en los designios divinos (vv. 15-17). Entonces comprendió el destino que espera a los impíos (vv. 18-20) y la insensatez de su envidia hacia ellos (vv. 21-22), pues a él le sostiene y le sostendrá siempre el Señor (vv. 23-26), mientras que quien se aleja de Él se perderá (v. 27).
Jesús declaró bienaventurados a los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (cfr Mt 5,8). Así se manifiesta la bondad de Dios hacia éstos, tal como es proclamada al inicio de este salmo. La esperanza del salmista en que Dios le acoja en su gloria (v. 24) y en estar con Él (vv. 25.28), adquiere todo su sentido en la bienaventuranza de Jesús de «ver a Dios»: «Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1723).
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Sal 73,1
El verdadero Israel lo forman quienes buscan con sinceridad a Dios. El salmista se cuenta entre los «limpios de corazón» (cfr v. 13), es decir, entre quienes actúan con intención recta y temor del Señor (cfr Sal 24,4). Pero quiere dar a conocer el drama interior que sufre al ver la prosperidad de los impíos.
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Sal 73,2-3
Al autor del poema le asalta la tentación de seguir los caminos de los impíos al ver su éxito (cfr Pr 3,31; Jb 21,7-13).
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Sal 73,4-12
La prosperidad de los impíos (vv. 4-5) va unida al orgullo y a la violencia (v. 6), a su visión materialista de la vida (v. 7), a su capacidad de mentir, abusar y embaucar (vv. 8-10), y, sobre todo, a su desprecio a Dios (v. 11).
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Sal 73,13-14
La realidad descrita en los versículos anteriores lleva a plantearse la pregunta de si vale la pena mantenerse fiel a Dios y a sus preceptos, cuando sucede que al justo le llegan constantemente desgracias (cfr Jb 7,18).
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Sal 73,15-17
La pregunta se hace aún más dramática por la conciencia del salmista de pertenecer al pueblo de la Alianza —«la estirpe de tus hijos»— y saberse obligado por ella a mantenerse fiel al Señor (cfr v. 1). La luz sólo le viene de Dios (vv. 16-17). En el texto hebreo se lee los «santuarios» en plural y podría significar los misteriosos designios divinos; pero ya antiguas versiones como los Setenta, la Vulgata y la siríaca, y muchas modernas, entienden que se trata del Santuario en singular, es decir, del Templo. En cualquier caso es en la relación con Dios donde el orante encuentra respuesta a su inquietud.
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Sal 73,18-20
La fugacidad de la prosperidad de los impíos se comprende desde la luz que viene de Dios.
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Sal 73,21-22
A la luz de los designios divinos, el salmista se da cuenta de la irracionalidad de sus anteriores angustias. Había reaccionado sin pensar, como los animales. La Vulgata traducía «como un borrico» en lugar de «como las bestias» que dice literalmente el texto hebreo. Puesto que el texto del salmo sigue con unos versículos en los que el salmista manifiesta dejarse conducir por el Señor, puede verse aquí una invitación a la humildad y al servicio, como le gustaba sentir a San Josemaría, al considerar que un borrico fue el trono de Cristo en su entrada triunfal en Jerusalén: «No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como jumento: como un borriquito soy yo (…). Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen» (Es Cristo que pasa, nn. 181-182).
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Sal 73,23-27
Reflexionando en presencia de Dios, se experimenta el gozo de estar con Él y de seguir sus caminos, y se siente la esperanza de que Él hará brillar su favor. La exclusividad que Dios tiene para el salmista queda reflejada en los vv. 25-26: a nadie más que a Él contempla en los cielos, y en nada sino en Él halla gusto en la tierra. Los sentimientos expresados en este salmo son similares a los que aparecen en boca de un levita en Sal 16.
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Sal 73,28
«A las puertas de la hija de Sión», es una añadidura al texto hebreo que se encuentra en los Setenta y en la Neovulgata, enfatizando así el testimonio público del salmista.
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Salmo 74
De los salmos de Asaf, éste es el primero en el que aparece la queja a Dios por la situación del pueblo (cfr Sal 77,9-10; 79,1-5; 80,5-7), y el que con mayor dramatismo describe la destrucción del Templo del año 587 a.C. De esta forma, la prueba a la que Dios sometió a su pueblo se hace motivo de oración, de modo parecido a como en el salmo anterior también se hacía oración la tentación sufrida por el salmista ante la prosperidad de los impíos.
La lamentación se inicia con una queja dirigida a Dios por haber rechazado a su pueblo (v. 1) y, enseguida, se le pide que se acuerde de él a causa de la destrucción del Templo (vv. 2-8) y por la situación en que ha quedado el pueblo (vv. 9-11). A pesar de todo se confiesa a Dios Rey y Salvador (v. 12). A continuación se cantan las grandes obras que realizó en la creación (vv. 13-17), y de nuevo se le pide que, viendo la afrenta infligida por los enemigos, salve a los suyos (vv. 18-23). Los once primeros versículos se encuadran en la queja de: «¿Por qué…?» (vv. 1.11), y todo el salmo corre al hilo de la petición a Dios de que «recuerde» (vv. 2.18.22-23). La confesión del v. 12 constituye el centro del salmo.
Aunque Sal 74 expresa el dolor y la prueba que supuso la destrucción del Templo de Jerusalén, su centro de atención es la reivindicación del honor de Dios, su «Nombre» (vv. 10.18.21). Esa reivindicación la llevará Dios a cabo de modo culminante en la resurrección de Jesucristo, nuevo y definitivo Templo de Dios (cfr Jn 2,19-21).
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Sal 74,1
La lamentación se enfatiza, como en otros salmos, con una interrogación dirigida a Dios (vv. 1.10-11; cfr Sal 2,1; 10,1; etc.). En ella se da ya razón desde la fe de lo que ha sucedido: un castigo de Dios para su pueblo, tan grande —la destrucción del Templo—, que el salmista lo entiende enfáticamente como un rechazo «para siempre».
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Sal 74,2-8
Ante la situación aludida en el v. 1, para mover a Dios se aducen la elección y la Alianza por un lado (v. 2), y la brutalidad de la acción profanadora de los enemigos, por otro (v. 3-8).
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Sal 74,9-11
No hay perspectivas de la esperanza suscitada por los profetas en otros tiempos; sin embargo, está el hecho de que el Nombre de Dios es despreciado por el enemigo (v. 10), y esto constituye el mayor dolor para el salmista (v. 18).
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Sal 74,12
El salmista proclama a Dios como Rey del pueblo y recuerda la protección recibida desde el principio.
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Sal 74,13-17
La acción de Dios como rey poderoso está sobre cualquier fuerza del mal (vv. 13-14), le muestra benefactor (v. 15), señor de cielo y tierra (vv. 16-17), y contrasta con las acciones de los enemigos descritas en los vv. 4-8. Sobre «Leviatán» (v. 14), cfr nota a Jb 3,8.
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Sal 74,18-23
En virtud de que Dios es más poderoso que sus enemigos, y de que ha sido ultrajado su Nombre (v. 18), se le pide que salve a su pueblo (v. 19). En el texto hebreo éste es comparado a una tórtola («no entregues a las fieras la vida de tu tórtola»), como en Os 7,11; 11,11, para resaltar su debilidad; la versión de los Setenta y la Neovulgata leen, corrigiendo ligeramente el texto, «la vida de los que te alaban». En cualquier caso, se trata del pueblo fiel a la Alianza, que sufre violencia por todas partes (v. 20) y espera salvación (v. 21). La causa del pueblo, pobre y humilde, se ha convertido en causa de Dios (vv. 22-23).
Los pobres del Señor (vv. 19.21; cfr So 2,3; Sal 22,27; 34,3; Is 49,13; 61,1; etc.), son «los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 716). Ellos son «la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Ésta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor “un pueblo bien dispuesto” (cfr Lc 1,17)» (ibidem).
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Salmo 75
Tras los interrogantes del justo por la prosperidad de los impíos (cfr Sal 73), y la súplica–lamentación por la destrucción del Templo (cfr Sal 74), Sal 75 da gracias a Dios porque ha pronunciado su veredicto. Al angustioso: «¿Hasta cuándo?», de Sal 74,10, el Señor responde: «Cuando fije el momento» (Sal 75,3). Él es quien tiene el dominio sobre el mundo (Sal 75,4; 74,17), y el que desbarata la jactancia de aquellos que se alzan contra Él en la tierra (Sal 75,5-6; 74,7.10.18). El salmo 75 pide creer esa palabra de Dios.
La oración está enmarcada entre la acción de gracias de la comunidad (v. 2) y la promesa de alabanza del salmista (v. 10). Recoge primero un oráculo divino en el que Dios se presenta como juez poderoso (vv. 3-6), y luego el reconocimiento y la proclamación de que sólo a Dios pertenece el juicio (vv. 7-9). Se cierra con un nuevo oráculo sobre la salvación del justo (v. 11).
El cristiano que reza este salmo alaba y da gracias a Dios porque el juicio que se anuncia ya ha comenzado a realizarse con la venida de nuestro Señor Jesucristo. Sólo a Él le ha dado el Padre el poder de juzgar, y su juicio se hace ya presente en el mundo mediante la fe en Él (cfr Jn 3,16-19).
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Sal 75,2
La acción de gracias tiene al mismo tiempo carácter de alabanza por las acciones salvadoras que Dios ha realizado en el pasado, y en las que se ha manifestado como Dios salvador de su pueblo —«tu Nombre»—. A esas acciones divinas apela la comunidad reunida para el culto al Señor. El cristiano hace suya esta expresión de acción de gracias contando las maravillas que Dios ha obrado por medio de Jesucristo: «Esto fue lo que hizo el Señor, éste el don que nos otorgó: siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con Él en la resurrección de los muertos, los que, ya desde ahora, hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos, confesaremos al Señor y, con toda razón, le daremos gracias, diciendo: Te damos gracias, oh Dios, te damos gracias, invocando tu nombre» (S. Agustín, Sermones 23A,4).
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Sal 75,3-6
En el contexto cultual se escucha el oráculo que recoge el mensaje de los profetas (cfr 2 R 19,21-22), y que pone en evidencia la soberanía de Dios sobre el mundo y sobre los poderes de la tierra; Él es creador y juez. La «frente», o en el texto hebreo «cuernos» (v. 5), es símbolo de poder; y alzarla contra el cielo significa blasfemia (cfr Za 2,1-4).
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Sal 75,7-9
Del oráculo se hace eco quizá un sacerdote para explicar su significado a la asamblea: nadie en toda la tierra —se mencionan los cuatro puntos cardinales con el desierto al sur y los montes al norte— puede juzgar, sino sólo Dios, pues sólo Él puede castigar a los malvados. La imagen de la copa como símbolo del castigo divino (v. 9) es frecuente en el Antiguo Testamento (cfr Sal 11,6; Jr 25,15; Is 51,17; Ez 23,31-34). Con la metáfora de la copa llena de la ira de Dios, el libro del Apocalipsis advierte que quienes se sometan al poder del mal recibirán tal castigo (cfr Ap 14,9-10).
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Sal 75,10
La confesión del salmista —o quizá del presidente de la asamblea litúrgica— que hace votos de alabanza al Dios que ha elegido y salvado en otro tiempo a Israel —«el Dios de Jacob»—, es señal de que se cree y se acepta la palabra del Señor contenida en el oráculo anterior. El anuncio del juicio divino lleva al justo a la alabanza, no al temor.
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Sal 75,11
Este versículo puede recoger, a modo de conclusión, otro oráculo divino de características similares al anterior.
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Salmo 76
En el salmo anterior Dios se ha presentado como el único juez de toda la tierra (cfr Sal 75,3.7-8); ahora se le reconoce como tal por la victoria otorgada a su pueblo (Sal 76,8; cfr Sal 75,4-7). Significa que cuando Él se alza para juzgar (Sal 76,10; 75,3; 74,10), su sentencia dada en el Cielo se cumple en la tierra para salvación de los humildes (Sal 76,10; 75,11; 74,21). El reconocimiento del juicio divino lleva nuevamente a la alabanza.
La composición comienza proclamando la presencia de Dios en su Templo, donde manifestó su poder (vv. 2-4); después, dirigiéndose a Dios, le confiesa vencedor sobre los ejércitos (vv. 5-7) y juez universal (v. 8) que ejerce su juicio desde el cielo para salvar a los pobres de la tierra (vv. 9-11). Concluye invitando a hacerle votos y ofrendas (vv. 12-13).
El tiempo de la «ira de Dios» (v. 8), o de la manifestación de su poder, ha culminado con la venida de nuestro Señor Jesucristo (cfr Lc 17,20-24), pero se manifestará plenamente al final de la historia con la vuelta del Señor. San Pablo exhorta a mantenerse irreprensibles en aquel día (cfr 1 Co 1,8-9), y en el libro del Apocalipsis se vislumbra el temor que recaerá entonces sobre los habitantes de la tierra (cfr Ap 6,15-17).
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Sal 76,2-4
Judá e Israel no indican los dos reinos, sino el pueblo elegido en su conjunto como una unidad. «Salem» equivale a Jerusalén, y Sión al monte sobre el que estaba construido el Templo. Las expresiones del v. 4 hacen pensar en la liberación de la ciudad cuando fue atacada por Senaquerib (cfr Sal 46 con el que éste tiene gran parecido; cfr también Sal 48). San Jerónimo, haciendo referencia a Sal 19,5, pone de relieve la relación del v. 2 con Jesucristo: «Antes de que la cruz iluminase el mundo, antes incluso de que el Señor fuera visto en la tierra bien conocido era Dios en Judea, y en Israel era grande su nombre, pero cuando vino el Salvador se extendió el sonido de su voz por toda la tierra, y hasta los confines del mundo sus palabras» (Breviarium in Psalmos 75,1).
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Sal 76,5-7
Estos versículos pueden entenderse como descripción de la victoria otorgada por Dios en Jerusalén, en contraste con las que otorga en las montañas; pero, en realidad, también Jerusalén está sobre un monte y puede referirse al hecho aludido en el v. 4, que ahora se generaliza.
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Sal 76,8
El salmista concluye que ante Dios nadie puede resistirse cuando Él despliega su poder. Sobre los términos «Terrible» e «ira» cfr Jl 2,11; Ml 3,2.
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Sal 76,9-11
Dios despliega su poder desde el cielo cuando quiere salvar a los oprimidos de la tierra. Para ello doblega a los poderes humanos (v. 11). La segunda parte de este versículo, que tal como hemos traducido según el texto hebreo significa que Dios puede retrasar a algunos el castigo, tiene un sentido distinto en la versión de los Setenta y en la Neovulgata: quienes sobrevivan al castigo divino festejarán al Señor. El texto presenta gran oscuridad.
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Sal 76,12-13
Esta invitación final va dirigida primero a los israelitas para que hagan votos a Dios y los cumplan; después a las naciones, con las que se Dios se muestra «Temible», para que le ofrezcan tributos (vv. 12-13).
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Salmo 77
Se vuelven a hacer presentes los interrogantes del justo en su aflicción. Con ellos se iniciaba la tercera parte del libro de los Salmos y el grupo de los salmos de Asaf (cfr Sal 73,16; 77,3-10). Pero ahora el punto de partida no es la tentación de pensar que el Señor ha abandonado a los suyos (cfr Sal 73,2-3), sino la oración confiada en medio de la tribulación (Sal 77,2). En Sal 74,13-17 la confianza se apoyaba en la acción de Dios en la creación, en Sal 75,3-6 en la palabra del Señor, y en Sal 76,4-7 en la liberación de Jerusalén; ahora se apoya en el recuerdo de la liberación de Egipto (77,15-21). Van así apareciendo los motivos fundamentales que sustentan la confianza en Dios.
La oración, anunciada a modo de introducción en el v. 2, tiene dos momentos: el de la reflexión nocturna del salmista buscando a Dios en su desgracia (vv. 2-11), y el del reconocimiento —dirigiéndose a Dios mismo— de las maravillas que obró en favor de su pueblo (vv. 12-21). En el primer momento el salmista expresa ante todo su dolor (vv. 3-5), y después su queja de que el Señor le ha olvidado (vv. 6-11). En el segundo, proclama la santidad y la grandeza de Dios (vv. 12-14) que ha mostrado su poder sobre las naciones y sobre la naturaleza para salvar a su pueblo (vv. 15-21).
El grito del salmista en medio de su tribulación, diciendo a Dios: «Tu camino es santo» (v. 14), prepara la oración de Jesús que, en su pasión, oró al Padre diciendo: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (cfr Lc 22,42). El cristiano, siguiendo la enseñanza de Jesús, ora también diciendo «hágase tu voluntad» (Mt 6,10). La manifestación del poder de Dios en favor de su pueblo incluye también la resurrección de Cristo de entre los muertos (cfr Mt 28,3; Ef 1,18-23).
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Sal 77,2
«Clamar» expresa aquí la intensidad de la oración. Ésta se inicia con la seguridad de que Dios escucha.
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Sal 77,3-5
El salmista es consciente de que la aflicción por la que está pasando tiene relación con Dios: es Él quien le hace mantenerse en vigilia (cfr Sal 39).
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Sal 77,6-11
La aflicción lleva a profundizar en la búsqueda de la voluntad divina (vv. 6-7), sin que ahora se encuentre respuesta (vv. 8-11). La unión del sufrimiento personal con la suerte del pueblo indica que es ésta la que preocupa en primer lugar al salmista y le causa la mayor tribulación. En lugar de: «Éste es mi tormento» (v. 11), se puede leer cambiando ligeramente el término hebreo, como hacen los Setenta y la Vulgata: «Ahora comienzo». En este caso el sentido del v. 11 puede expresar la reacción del salmista que, a pesar de sus interrogaciones anteriores, pone de nuevo su confianza en el Señor. A ello queda invitado el lector del salmo: «Nunc coepi —¡Ahora comienzo!: es el grito del alma enamorada que, en cada instante, tanto si ha sido fiel, como si le ha faltado generosidad, renueva su deseo de servir —¡de amar!— con lealtad enteriza a nuestro Dios» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 161). «Di despacio, con ánimo sincero: nunc coepi —Ahora comienzo. No te desanimes si, desgraciadamente, no ves en ti la mudanza, efecto de la diestra del Señor…: desde la bajeza tuya, puedes gritar: ¡ayúdame, Jesús mío, porque quiero cumplir tu Voluntad…, tu amabilísima Voluntad» (Id., Forja, n. 398).
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Sal 77,12-14
La reacción viene por el recuerdo meditado, y lleva a la aceptación de los designios divinos.
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Sal 77,15-21
Se presenta una visión épica y teologizada de los episodios del Mar Rojo, del Sinaí y de la salvación del pueblo elegido. «Hijos de Jacob y de José» (v. 16) es una expresión que sólo aparece aquí: significa el conjunto del pueblo.
El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, se sabe guiado no por Moisés ni Aarón hacia una tierra, sino por Cristo a la patria celestial: «Nos hemos convertido, por tanto, en pueblo adquirido por Dios en virtud de la sangre de nuestro Redentor, como en otro tiempo el pueblo de Israel fue redimido de Egipto por la sangre del cordero. Porque así como los que fueron liberados por Moisés de la esclavitud egipcia cantaron al Señor un canto triunfal después que pasaron el Mar Rojo, y el ejército del Faraón se hundió bajo las aguas, así también nosotros, después de haber recibido en el bautismo la remisión de los pecados, hemos de dar gracias por estos beneficios celestiales. En efecto, los egipcios, que afligían al pueblo de Dios, y que por eso eran como un símbolo de las tinieblas y aflicción, representan adecuadamente los pecados que nos perseguían, pero que quedan borrados en el bautismo. La liberación de los hijos de Israel, lo mismo que su marcha hacia la patria prometida, representa también adecuadamente el misterio de nuestra redención: caminamos hacia la luz de la morada celestial, iluminados y guiados por la gracia de Cristo. Esta luz de la gracia quedó prefigurada también por la nube y la columna de fuego; la misma que los defendió, durante todo su viaje, de las tinieblas de la noche, y los condujo, por un sendero inefable, hasta la patria prometida» (S. Beda, Expositio super Epistulas Petri 2).
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Salmo 78
En el salmo anterior se cantaban los portentos del Señor que rescató a su pueblo de Egipto (cfr Sal 77,15-20) y lo condujo bajo la guía de Moisés y de Aarón (cfr Sal 77,21); en éste se da explicación de por qué ahora el pueblo es guiado por David (o la monarquía davídica), y de por qué, a pesar de aquellos portentos, sufrieron la pérdida del Arca. El Señor no rechazó entonces a su pueblo (cfr Sal 77,8-11). Fue un castigo, al tiempo que un don de algo mejor (78,69-72). La meditación en medio de la adversidad (cfr Sal 77,3-7) lleva al sabio a estas conclusiones (78,1-2.7-8).
Habla un sabio que inicia su poema (vv. 1-8) invitando a su pueblo a escucharle (vv. 1-2) y exponiendo el origen (vv. 3-4) y la finalidad (vv. 5-8) de su enseñanza. A continuación recuerda cómo Israel quebrantó repetidamente la Alianza, en el desierto y tras entrar en la tierra, por lo que Dios le castigó y finalmente abandonó el santuario de Siló (vv. 9-64); en su lugar, eligió a Jerusalén y a la tribu de Judá, y suscitó al rey David (vv. 65-72).
Al recordar esa historia el salmista tiene ante los ojos la infidelidad del reino del Norte, y la atribuye, en una visión general (vv. 9-16), al olvido de lo que Dios había hecho por su pueblo cuando le sacó de Egipto (vv. 9-11) y lo condujo por el desierto (vv. 12-16). Después, en una mirada más detenida (vv. 17-31), recuerda las primeras rebeliones contra Dios en el desierto (vv. 17-19) a las que Dios respondió dándoles agua y alimento (vv. 20-28), pero también castigando a los más fuertes (vv. 29-31). A continuación se mencionan las otras rebeliones del desierto (vv. 32-39): volvieron a pecar y Dios volvió a castigarlos (vv. 32-33); retornaban aparentemente al Señor (v. 34-37) y Éste los trataba con clemencia pues conocía su debilidad (vv. 38-39).
Como en un resumen se presenta de nuevo lo sucedido en el desierto y su significado (vv. 40-55): se rebelaron muchas veces (vv. 40-41) olvidándose de los portentos de la salida de Egipto —descritos ahora con más detalle— (vv. 42-51), pero Dios los llevó a la tierra prometida (vv. 52-55). A continuación se cuenta lo que sucedió allí (vv. 56-64): volvieron a rebelarse contra Dios (vv. 56-58), por lo que Dios retiró definitivamente su presencia del santuario que habían construido (vv. 59-60) y los entregó, junto con el Arca, en manos del enemigo (vv. 61-64). Pero Dios, expone finalmente el salmo (vv. 65-72), no abandonó al pueblo: castigó a los enemigos (vv. 65-66), repudió al reino del Norte y eligió a Judá, construyendo su Templo en Jerusalén (vv. 67-69) y suscitando a David, rey justo (vv. 70-72).
Con esta presentación de la historia, a veces sin seguir el orden de los hechos, el salmista afirma que el reino del Norte no ha sido fiel al Dios de Israel porque había olvidado, como sucedió en los tiempos del éxodo y la conquista, lo que el Señor hizo por su pueblo; en cambio ese recuerdo se mantiene en Judá y Jerusalén. El salmo pudo ser compuesto después de la caída del reino del Norte o tras la vuelta del destierro como preludio del salmo siguiente.
El sabio que habla en este salmo desvela el significado de los hechos de la historia de Israel, viendo el poder y la clemencia divinas en los acontecimientos del éxodo, del desierto y de la estancia en la tierra hasta David. Para el cristiano, la acción de Dios abarca mucho más. San Pablo verá culminada esa acción de Dios en favor de los hombres en la resurrección de Cristo (cfr Rm 1,2-7) y en el don del Espíritu Santo (cfr Ef 1,13-14). La reprobación de Efraím y la elección de Judá (cfr vv. 67-69) son modelo de lo que ha sucedido en Jesucristo y en la Iglesia: la rebeldía de los judíos, que no aceptaron la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo (cfr Rm 11,31), ha sido ocasión para que la salvación llegue a los gentiles mediante la Iglesia (cfr Rm 11,11).
▲ COMENTARIO
Sal 78,1-2
El estilo de instrucción sapiencial (cfr Pr 3,1) invita al lector a la meditación personal, aunque el salmo vaya dirigido a todo el pueblo y pueda tener un contexto litúrgico (cfr Sal 49,1-4 de carácter similar). El salmista califica sus palabras de «parábolas» y «misterios», como es frecuente entre los sabios y los profetas (cfr Ez 17,2), pues va a exponer el ejemplo y el sentido profundo de los hechos que recuerda. Jesús hace suyas las palabras del v. 2 añadiendo «desde la creación del mundo» cuando propone en parábolas el misterio del Reino de Dios (cfr Mt 13,35).
▲ COMENTARIO
Sal 78,3-4
La primera persona del plural indica la garantía de la tradición en lo que concierne a la relación del pueblo con Dios.
▲ COMENTARIO
Sal 78,5-8
Dios cuenta con la tradición para que el pueblo mantenga la fidelidad a través de las generaciones.
▲ COMENTARIO
Sal 78,9-11
La acusación contra la tribu de Efraím, representante del reino del Norte, no es de cobardía en la guerra (cfr Dt 33,17), sino de falta de valor para seguir la Ley de Dios, y de olvido de la tradición.
▲ COMENTARIO
Sal 78,12-16
La tradición concierne especialmente a los hechos que dieron origen al pueblo, tales como la liberación de Egipto —Soán equivale a Tanis o Ramsés en Gn 47,11; Ex 1,11— mediante el paso del Mar Rojo y la travesía del desierto guiados por la nube luminosa, reflejo de la gloria y presencia de Dios (v. 14), sin que les faltase agua abundante (vv. 15-16).
▲ COMENTARIO
Sal 78,17-19
La persistencia en pecar contra Dios es como un estribillo a lo largo del salmo (vv. 32.40.56), pues se trata de la clave teológica para comprender la historia. Se señala ya que la raíz del pecado está en dudar del poder de Dios (v. 19).
▲ COMENTARIO
Sal 78,20-28
A la duda sobre el poder de Dios sigue la falta de confianza en Él (v. 22). Pero Dios manifestó su poder desde y sobre el cielo (vv. 23.26; cfr Gn 7,11; 2 R 7,2), enviándoles el maná (vv. 24-25; cfr Ex 16,14-16) y codornices (vv. 27-28; cfr Ex 16,12-13). Al maná se le llama «pan de ángeles» en los Setenta y en la Vulgata, como en Sb 16,20, porque es enviado del cielo; el texto hebreo dice literalmente «pan de los fuertes», que puede tener el mismo significado. Entre los judíos de la época de Jesús el milagro del maná, tal como se interpreta en el v. 25, era prototipo del poder de Dios y del cuidado por su pueblo. Los judíos lo presentan a Jesús como argumento para seguir a Moisés por quien se había efectuado tal signo (cfr Jn 6,31). Jesús les advierte que, en realidad, se debió a Dios, y que Él mismo, Jesús, va a realizar un signo similar pero mucho mayor: dar a comer su cuerpo, verdadero pan del cielo (Jn 6,32-33).
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Sal 78,29-31
Dios, que envía sus dones, también corrige mediante el castigo (cfr Nm 11,33-34).
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Sal 78,32-33
Estos versículos pueden recordar la protesta del pueblo y el castigo divino narrados en Nm 14,1-9.20-35, cuando Dios estableció que aquella generación moriría antes de entrar en la tierra.
▲ COMENTARIO
Sal 78,34-37
Con el esquema propio de la narración deuteronomista de la historia (pecado–castigo–conversión–salvación, cfr Jc 2,10ss.) se resume la relación del pueblo con Dios en el desierto.
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Sal 78,38-39
Se destaca la clemencia divina, pues aunque Dios castigaba, lo hacía con moderación —«sin encender todo su furor»— (v. 38).
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Sal 78,40-41
Como visión de conjunto el salmista va a contraponer las muchas veces —diez según Nm 14,22— que el pueblo se rebeló, con la grandeza de los prodigios divinos para sacarlos de Egipto (cfr vv. 42-51).
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Sal 78,42-51
Sólo alude a siete de las diez plagas, las mismas que se encuentran en la tradición yahvista de Ex 7-11.
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Sal 78,52-55
El recuerdo, la tradición, incluye la entrada en la tierra y su reparto entre las tribus.
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Sal 78,56-58
Sobre el pecado de Israel en sus cultos idolátricos después de haber entrado en la tierra, cfr Jc 2,11-15.
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Sal 78,59-60
Los pecados de Israel tras entrar en la tierra fueron, para el salmista, la causa de la pérdida del Arca (cfr 1 S 4,1-11); hecho que ahora se interpreta en el sentido de que fue Dios mismo quien decidió abandonar el santuario de Siló.
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Sal 78,61-64
La gloria de Dios en manos del adversario significa el Arca en manos de los filisteos (cfr 1 S 4,21-22). Los sacerdotes muertos a espada son Jofní y Pinjás (cfr 1 S 2,34; 4,11), aludiendo, con una visión generalizada, a la viuda de Pinjás (cfr 1 S 4,19-20).
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Sal 78,65-66
Con una metáfora muy atrevida el salmista recuerda la acción de Dios castigando a los filisteos cuando llevaron consigo el Arca (cfr 1 S 5,6-12).
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Sal 78,67-69
La atención recae, viendo en ello lo más importante, en las consecuencias positivas que tuvo el pecado de Israel: la elección por parte de Dios de la tribu de Judá, y de Jerusalén como lugar donde se construiría el Templo.
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Sal 78,70-72
David aparece aquí como rey ideal de todo Israel. Al aludir a estos hechos el salmista resalta la iniciativa divina y pone a Dios como sujeto de todos los verbos de los vv. 70-72.
La historia de las acciones de Dios narradas en este salmo se prolonga con las que dieron origen a la Iglesia mediante la redención de Cristo y con las de la fidelidad de los cristianos: «Primero, Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes portentos y prodigios; los hizo pasar el Mar Rojo a pie enjuto; en el desierto, los alimentó con manjar llovido del cielo —el maná y las codornices—; cuando padecían sed, hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo, detuvo de su curso natural las aguas del Jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al crimen abominable de la idolatría. Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y víctima de suave olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado. Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos» (S. Juan Fisher, Commentarii super Psalmos 101).
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Salmo 79
En el salmo anterior se recordaba la pérdida del Arca y el abandono divino del santuario de Siló, como castigo por los pecados del pueblo (cfr Sal 78,59-61); ahora la oración se eleva después de la destrucción del Templo de Jerusalén el año 587 a.C. (Sal 79,1; cfr Sal 74), una desgracia similar aunque de mayor trascendencia. Pero el pueblo sigue siendo el mismo rebaño del Señor (Sal 79,13) que en otro tiempo fue guiado por Moisés y Aarón (cfr Sal 77,21) y pastoreado por David (Sal 78,70-72). Por eso puede elevar su súplica angustiosa en la nueva tribulación.
El salmista, en nombre del pueblo, comienza presentando ante Dios las desgracias que les han acarreado los gentiles (vv. 1-4), y a continuación eleva dos súplicas iniciadas con interrogación: la primera, pidiendo a Dios que cese de castigarles a ellos y que castigue a los gentiles (vv. 5-9); la segunda, rogándole que les conceda la liberación (vv. 10-12). Concluye con la promesa de alabanza por parte del pueblo (v. 13).
Al rezar este salmo el cristiano pide para la Iglesia lo que el salmista suplicaba para el antiguo pueblo de Dios: perdón de los pecados, auxilio en las tribulaciones y protección frente a los asaltos de los poderes adversos. Pero, siguiendo la enseñanza de Jesús, supera los sentimientos de venganza presentes en el texto del salmo, y los reemplaza por los de perdón pidiendo la gracia de la conversión también para los enemigos de la Iglesia.
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Sal 79,1-4
Hay un orden en la presentación de las desgracias. Primero en lo más santo: el pueblo de Israel —«tu heredad»—, el Templo y Jerusalén, ciudad de Dios (v. 1); después, en la muerte de los fieles del Señor con el agravante de quedar insepultos (vv. 2-3); por último, en la humillación política y social (v. 4).
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Sal 79,5-9
Se reconoce que los males se deben a la ira divina por los pecados cometidos, tanto por ellos como por sus antepasados (vv. 5.8); pero se aduce que mayor pecado cometen los gentiles que no reconocen a Dios y han devastado a su pueblo (v. 6). Se pide, por tanto, que Dios cambie la dirección de su ira. El perdón se solicita en virtud del límite al que ha llegado la situación (v. 8), y a la fidelidad de Dios a su amor manifestado en la Alianza, en su «Nombre» (v. 9). «En la historia de la salvación, Dios no se ha contentado con librar a Israel de “la casa de servidumbre” (Dt 5,6) haciéndole salir de Egipto. Él lo salva además de su pecado. Puesto que el pecado es siempre una ofensa hecha a Dios (cfr Sal 51,6), sólo Él es quien puede absolverlo (cfr Sal 51,12). Por eso es por lo que Israel tomando cada vez más conciencia de la universalidad del pecado, ya no podrá buscar la salvación más que en la invocación del nombre de Dios Redentor (cfr Sal 79,9)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 431).
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Sal 79,10-12
Se acude a Dios como el «vengador de la sangre» (cfr Dt 32,35.43) de los israelitas que han muerto, y el defensor de los que viven amenazados por la muerte (v. 11). «Devolver siete veces» (v. 12) equivale a cumplir plenamente la ley del talión (cfr Sal 109). Más que deseo de venganza, el salmista siente un gran celo por el honor de Dios.
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Sal 79,13
A pesar de todas las desgracias, el pueblo no se siente abandonado de Dios: sigue siendo su rebaño.
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Salmo 80
El salmo anterior presentaba ante el Señor la ruina del Templo y de Jerusalén (cfr Sal 79,2-4); ahora se le presenta la devastación sufrida por las tribus del norte (Sal 80,3). La conciencia del pueblo ante Dios, de ser «ovejas de tu rebaño» (cfr Sal 79,13) lleva a invocarle como Pastor (Sal 80,2). La oración cobra un tono más vivo y más confiado. Es muy posible que la situación descrita sea la de la invasión asiria del reino del Norte (cfr 2 R 17,1-6).
Un estribillo en el que se condensa la súplica (vv. 4.8.20) marca tres pasos en la oración. Primero (vv. 2-3), la urgente invocación a Dios para que intervenga; segundo (vv. 5-7), la queja al Señor exponiéndole el sufrimiento que padece el pueblo; tercero (vv. 9-19), la confesión de ser su pueblo: su viña arrasada (vv. 9-14), que eleva una nueva súplica (vv. 15-17) y hace una profesión de confianza (vv. 18-19).
Las imágenes empleadas en este salmo —Dios Pastor, el pueblo viña o vid— son recogidas en el Nuevo Testamento para expresar la nueva relación de Dios con los hombres mediante nuestro Señor Jesucristo. Jesús se presenta como el Pastor que guía a su pueblo, la Iglesia, y ama a sus ovejas hasta dar la vida por ellas (cfr Jn 10,14-18). En sus enseñanzas Jesús utiliza la imagen de la viña para significar al pueblo propiedad del Señor, y Él mismo se compara a la vid de la que reciben vida los sarmientos, los llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios (cfr Jn 15,1).
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Sal 80,2-3
Efraím y Manasés, hijos de José (cfr Gn 48,1-6), eran las tribus representantes del reino del Norte (cfr Jos 16-17); la de Benjamín —que quedó en parte unida a la de Judá por su proximidad geográfica (cfr 1 R 12,21-22)— es mencionada con aquéllas quizás porque en el salmo se piensa en todo el país contemplado desde Jerusalén. Dios, como Pastor de su pueblo, tiene su morada en el Templo, sobre el Arca —«sentado sobre los querubines» (cfr Ex 25,18-22)—.
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Sal 80,4
«Conviértenos» significa aquí pedir a Dios que restaure al pueblo en la situación anterior, aunque puede entenderse —así lo hace el Targum, o traducción aramea de la Biblia— en el sentido de hacer volver a su tierra los obligados a huir de ella. «Brillar el rostro» es manifestar el poder mediante acciones salvíficas (cfr Sal 31,17). El reconocimiento de que Dios lleva la iniciativa en todas esas acciones es proclamado por la Iglesia también a propósito de la justificación del hombre pecador: «Cuando en las Sagradas Letras se dice: Convertíos a mí y yo me convertiré a vosotros (Za 1,3), somos advertidos de nuestra libertad; cuando respondemos: Conviértenos, Señor, a ti, y nos convertiremos (Jr 5,21), confesamos que somos precedidos por la gracia de Dios» (Conc. de Trento, De iustificatione).
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Sal 80,5-7
El Dios Pastor de Israel es el Dios todopoderoso en los Cielos, el «Dios de los ejércitos» (cfr Sal 59,6; 84,9; Dt 4,19); a Él y a su ira en el castigo —«arderás de ira»— se debe, en definitiva, el sufrimiento del pueblo, descrito ahora como constante llanto (v. 6) y oprobio (v. 7).
La expresión «en abundancia» (v. 6) es traducida por los Setenta y la Vulgata «con medida», en el sentido de «con moderación». Así lo comprende San Agustín que lo aplica a las tribulaciones de la vida cristiana: «Los hay, en efecto, que, cuando oyen hablar de las tribulaciones venideras, se fortalecen más, y es como si se sintieran sedientos de la que ha de ser su bebida. Piensan que es poca cosa para ellos la medicina de los fieles y anhelan la gloria de los mártires. Mientras que otros, cuando oyen hablar de las tentaciones que necesariamente habrán de sobrevenirles, aquellas que no pueden menos de sobrevenirle al cristiano, aquellas que sólo quien desea ser verdaderamente cristiano puede experimentar, se sienten quebrantados y claudican ante la inminencia de semejantes situaciones. Ofréceles el alivio de la consolación, trata de vendar sus heridas. (…) Pues a él le fue dicho: Nos diste a beber lágrimas, pero con medida. De modo que el salmista, al decir con medida, viene a decir lo mismo que el Apóstol: No permitirá él que la prueba supere vuestras fuerzas. Sólo que tú no has de rechazar al que te corrige y te exhorta, te atemoriza y te consuela, te hiere y te sana» (Sermones 46,5,12).
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Sal 80,9-14
Para mover a Dios se recuerdan sus acciones salvadoras en el pasado: Él sacó a su pueblo de Egipto y le dio la tierra. Se emplea la expresiva imagen de la viña tan utilizada por los profetas (cfr Is 3,14; 5,1-7; Jr 2,21; Ez 17,6-8; etc.).
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Sal 80,15-17
La imagen de la viña, o mejor, de la vid plantada por el Señor, queda explicada al llamar a Israel «el hijo que te adoptaste» (v. 16; cfr Os 11,1). El salto que supone esta forma de hablar lleva a algunos intérpretes a corregir el texto hebreo leyendo «el retoño que hiciste vigoroso», y a los Setenta y la Neovulgata a traducir «el hijo del hombre…» como en el v. 18.
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Sal 80,18-19
El salmista considera a Israel instrumento de la manifestación del poder de Dios —«al hombre de tu diestra», equivalente a tu brazo derecho—, y pueblo elegido por Él —«hijo del hombre que adoptaste», o «fortaleciste»—. También es posible que «hombre de tu diestra» aluda a Benjamín que significa «hijo de la derecha» (cfr Gn 35,18) o a la figura de un rey. En correspondencia a la intervención de Dios está la fidelidad del hombre; en este caso, del pueblo (v. 19).
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Salmo 81
En el salmo anterior se pedía a Dios que escuchase la súplica (cfr Sal 80,2); ahora es Dios quien pide al pueblo que le escuche a Él (Sal 81,9; cfr Sal 50). La pregunta de por qué sobrevino el castigo (cfr Sal 80,13) encuentra ahora la respuesta divina: Israel no obedeció (Sal 81,12). Como en los salmos anteriores, José es el representante del pueblo (cfr Sal 78,59-60.67; 80,2-3; 81,6). Los prodigios del pasado recordados en Sal 78,24-25 se prometen para el futuro si el pueblo escucha (Sal 81,11.17). La celebración de las acciones salvadoras de Dios en el pasado se une a la invitación a la fidelidad.
Se inicia el salmo con la invitación a la alabanza a Dios en una festividad decretada por Él (vv. 2-6), y a continuación se recoge un oráculo (vv. 7-17) en el que habla el Señor recordando que Él fue el liberador del pueblo (vv. 7-8) y exhortando a éste a escucharle (vv. 9-13) para poder salvarle (vv. 14-17).
En este salmo queda resaltada la esperanza que Dios seguía poniendo en que su pueblo le escuchase. Muestra así la manera de actuar de Dios, que aparece con mayor claridad en el Evangelio: Dios es el Padre que espera la vuelta del hijo pródigo para colmarlo de manifestaciones de amor (cfr Lc 15,11-24). Y Jesús, dirigiéndose a Jerusalén y llorando por ella, se lamenta diciendo: «¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,42).
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Sal 81,2-6
La solemnidad de la alabanza queda expresada en los instrumentos musicales mencionados (vv. 3-4; cfr Sal 150,3-5). La fiesta puede ser la Pascua o la de las Tiendas (Tabernáculos), pues ambas se celebraban en la luna llena (cfr Lv 23,5.34), y ambas recuerdan que Dios sacó a su pueblo de Egipto. La mención de José (v. 6), representante del reino del Norte, puede deberse a que se considera a aquel reino como el que no escuchó al Señor (cfr vv. 12-13). El mismo salmista que invita a la alabanza se siente profeta, portador de un oráculo divino: la «lengua que ignoro» (v. 6) hace referencia a la manera misteriosa en que recibe la inspiración divina.
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Sal 81,7-8
A pesar de haberle librado de la esclavitud —«la carga» (v. 7)—, y habérsele manifestado en el Sinaí (v. 8; cfr Ex 19,19), el pueblo ya fue infiel en Meribá (cfr Sal 95,8; Nm 20,2-13).
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Sal 81,9-13
Israel ha seguido siendo infiel (vv. 12-13) a pesar del mandato recibido (vv. 10-11), que alude al primer mandamiento (cfr Ex 20,5; Dt 5,6-10).
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Sal 81,14-17
Dios sigue a la espera de que el pueblo se convierta a Él y le obedezca para colmarle de favores: salvarle de los enemigos (vv. 14-15), hacer que sea respetado por todos los pueblos (v. 16), y darle abundancia de bienes (v. 17).
La invitación a escucharle y a obedecer su voluntad, que el Señor dirige a su pueblo en este salmo, es aplicable a todas las circunstancias de la vida humana, aun las más dolorosas. Incluso en ellas Dios sigue siendo «nuestra fuerza», como enseñaba desde su propia experiencia San Josemaría: «Iubilate Deo. Exsultate Deo adiutori nostro (Sal 81,2). Alabad a Dios. Saltad de alegría en el Señor, nuestra única ayuda. Jesús, quien no lo comprenda, no conoce nada de amores, ni de pecados, ¡ni de miserias! Yo soy un pobre hombre, y entiendo de pecados, de amores y de miserias. ¿Sabéis lo que es estar levantado hasta el corazón de Dios? ¿Comprendéis que un alma se enfrente con el Señor, le abra su corazón, le cuente sus quejas? Yo me quejo, por ejemplo, cuando se lleva junto a Él a gente de edad temprana, cuando aún podría servirle y amarle muchos años en la tierra; porque no lo entiendo. Pero son gemidos de confianza, pues sé que, si me apartara de los brazos de Dios, tropezaría enseguida. Por eso, inmediatamente, despacio, mientras acepto los designios del Cielo, añado: hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén» (Amigos de Dios, n. 153).
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Salmo 82
El oráculo sobre el pueblo de Dios presentado en el salmo anterior (cfr Sal 81,9) se completa con el que Dios pronuncia en este salmo contra los «jueces» o «dioses». Pero si allí acababa con la esperanza y el deseo divino de la conversión del pueblo (cfr Sal 81,14), aquí termina con sentencia de muerte (Sal 82,7). De esta forma se amplía la perspectiva en la contemplación de Dios y de su poder, de manera parecida a la que sucedió en Sal 58.
Se comienza afirmando que Dios juzga en el cielo (v. 1), y a continuación se presenta su juicio y su sentencia (vv. 2-7). Concluye con la petición de que Dios juzgue la tierra (v. 8).
Ante las injusticias que se cometen en este mundo, el cristiano, como el autor del salmo, espera la instauración de la justicia divina (cfr Ap 6,10-11). Pero sabe que en realidad el juicio divino ya ha comenzado con la muerte y resurrección de Jesucristo, y que «el Príncipe de este mundo ya está condenado» (cfr Jn 16,8-11).
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Sal 82,1
La representación del tribunal de Dios en el cielo refleja los tribunales de la tierra en los que al juez acompañan sus consejeros. En el caso de Dios éstos son los ángeles. Se resalta así la majestad del Señor.
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Sal 82,2-7
Viene ahora el juicio de Dios dirigido a los «dioses», «hijos del Altísimo» (v. 6). No está claro si su trasfondo remoto podía hacer referencia a los reyes de las naciones que rodeaban a Israel, que se creían dioses y gobernaban injustamente, o a los dioses que ellos adoraban. El texto actual parece referirse a los guías de Israel —reyes o jueces— que abusan de su poder (cfr 1 S 8,3; Ez 34,4.21) en contra del pobre (cfr Is 1,16-17), a pesar de haber recibido de Dios su función: en ese sentido pueden ser llamados «dioses, hijos del Altísimo» (v. 6; cfr Sal 58,2), y su conducta trastorna el orden querido por Dios (v. 5). Sobre esos «dioses» realiza Dios su juicio. Al no reconocer que el único Juez es Dios, con su injusticia quebrantan el orden del mundo establecido por Dios mismo en la creación (v. 5, que puede ser comentario del salmista al oráculo). La sentencia de Dios sobre ellos les sitúa en su verdadera condición: morirán como todos los hombres (v. 7). Sólo Dios es el verdadero Juez y Rey. Jesucristo citó palabras del v. 6 —«Yo dije: “sois dioses”»— para que los judíos que le escuchaban no le llamasen blasfemo cuando se declaraba «Hijo de Dios» (Jn 10,34-36). Al igual que los judíos de su tiempo, Jesús entiende que los «guías» del pueblo, a los se «dirigió la Palabra de Dios» pueden ser llamados «dioses» porque Dios les ha otorgado capacidad y sabiduría para conducirlo. Pero si ellos no lo guían con justicia y verdad (cfr Jn 10,12), y «la Escritura no puede fallar» (Jn 10,35), Jesús, santificado y enviado al mundo por el Padre para conducir al pueblo a la salvación, puede llamarse con verdad y realmente Hijo de Dios. Así se cumplen las palabras de este salmo.
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Sal 82,8
Del reconocimiento de Dios como juez definitivo brota esta súplica final en la que se proclama el señorío de Dios sobre el mundo. Es una petición semejante a la que hacen los cristianos en la segunda petición del Padrenuestro, esperando la venida definitiva del Reino de Dios en la Parusía de Cristo: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). «Incluso aunque esta oración no nos hubiera mandado pedir el advenimiento del Reino, habríamos tenido que expresar esta petición, dirigiéndonos con premura a la meta de nuestras esperanzas. Las almas de los mártires, bajo el altar, invocan al Señor con grandes gritos: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?” (Ap 6,10). En efecto, los mártires deben alcanzar la justicia al fin de los tiempos. Señor, ¡apresura, pues, la venida de tu Reino!» (Tertuliano, De oratione 5; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2817).
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Salmo 83
En este salmo se pide que se haga extensivo a los enemigos del pueblo un juicio de Dios similar al que se pedía en el salmo anterior para los jueces que le avasallaban desde dentro. Tanto entonces como ahora se proclama a Dios juez y señor de toda la tierra (cfr Sal 82,8; 83,19).
Se comienza pidiendo la intervención de Dios (v. 2) y se le expone el motivo por el que se le suplica: los enemigos de Dios quieren destruir a Israel (vv. 3-5). A continuación se señala en concreto quienes son esos enemigos (vv. 6-9). Luego, como segunda parte del salmo, viene la petición de lo que Dios ha de hacer con ellos (vv. 10-17): lo que hizo con otros pueblos en el pasado (vv. 10-13), dispersándolos para que se arrepintieran (vv. 14-17) y avergonzándolos para que le reconocieran (vv. 18-19).
Cuando un cristiano reza este salmo pide ayuda al Señor frente a los enemigos de la Iglesia. Pero sabe que éstos no son las naciones, sino los poderes supramundanos (cfr Ef 6,12) que a veces muestran su fuerza conduciendo por sus caminos a los poderosos de este mundo (cfr Ap 13,1-18).
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Sal 83,2
La manifestación de Dios que se pide aquí tiene como fin primero su gloria (cfr v. 19).
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Sal 83,3-5
Los enemigos de Dios son los que atacan a su pueblo hasta querer hacerlo desaparecer (cfr Sal 2 en referencia al rey).
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Sal 83,6-9
Aunque la lista de pueblos coaliados contra Israel responde a intereses poéticos, es significativo que no aparezca Babilonia, por lo que se considera que el salmo se compuso antes del s. VI a.C.
▲ COMENTARIO
Sal 83,10-13
Se recuerdan las victorias de los Jueces (cfr Jc 4-5; 7-8), subrayando el castigo que sufrieron sus enemigos al quedar sus cuerpos insepultos —«estiércol para el campo» (v. 11)—, y se da por supuesto que la tierra era de Dios —«los dominios de Dios» (v. 13)—.
▲ COMENTARIO
Sal 83,14-17
Las comparaciones hechas en estos versículos destacan el carácter irresistible de la acción divina y el deseo del salmista de que todos reconozcan al Señor (v. 17). Enseña que el afán de verse libre de males debe ir unido al anhelo de que Dios reine: «Ninguna cosa mueve más al hombre a orar que el deseo y la esperanza de verse libre de los trabajos que le afligen o que le amenazan. (…) Pero, aunque verdaderamente obran con espontaneidad los hombres al invocar a Dios en los peligros y desgracias (…) quiso que antes de pedir que nos libre del mal, pidiésemos que el nombre de Dios sea santificado, que se extienda su reino, y que luego pidiésemos las demás cosas» (Catecismo Romano 4,16,2-3). Es éste el afán de almas que tuvieron los santos: «No podré descansar hasta el fin del mundo, mientras haya almas que salvar» (S. Teresa de Lisieux, Novissima verba).
▲ COMENTARIO
Sal 83,18-19
Más que la desaparición de aquellos pueblos, el salmista pide que reconozcan que el único Dios es el Dios de Israel.