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Salmos 84-88
Terminado el grupo de salmos de Asaf (Sal 73-83), la parte III del libro incluye dos pares de salmos de los hijos de Coré (Sal 84-85; 87-88) separados por una plegaria de David (Sal 86). Cada par consta de un salmo dedicado a Sión (Sal 84 y 87), seguido de otro de súplica (Sal 85 y 88); sus acentos son similares a los que encontrábamos en el grupo de salmos de los hijos Coré al comenzar la segunda parte del libro de los Salmos (cfr Sal 42-49). La oración de David, en el centro del grupo, proclama la venida de todas las gentes a postrarse ante Dios en el Templo.
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Salmo 84
Ya el grupo anterior de salmos de los hijos de Coré (Sal 42-49) comenzaba con el recuerdo anhelante de la peregrinación al Templo (cfr Sal 42,5). Algo parecido sucede ahora en Sal 84, con la diferencia de que aquí el salmista parece haber conseguido su deseo (Sal 84,11). La secuencia entre este salmo y el anterior parece estar señalada en que en aquél se confesaba a Dios como el que «sólo» Él era el Altísimo (cfr Sal 83,19), y en éste como «el Dios de los dioses» que habita en Sión (Sal 84,8).
A la confesión inicial del deseo de morar en el Templo para ser dichoso (vv. 2-5), sigue la proclamación de la dicha de los que peregrinan a Jerusalén (vv. 6-8), y la súplica por el rey acompañada del reconocimiento de los bienes que allí el Señor le otorga (vv. 9-12). Concluye proclamando dichoso a quien confía en Dios (v. 13).
Los deseos de morar en el Templo y la dicha de estar junto a Dios, tal como aparece en éste y en otros salmos (cfr Sal 120-134), los actualiza el cristiano en su deseo de vivir con Cristo (cfr Flp 1,21). Cristo es, en efecto, el nuevo Templo de Dios (cfr Jn 2,21). De ahí que la meditación de este salmo sea un medio para fomentar las ansias de unirse íntimamente a Cristo en la celebración eucarística, y especialmente al recibirle en la Sagrada Comunión. Por eso, este salmo, junto con los dos siguientes (Sal 85 y 86) y con Sal 116 y 130, es uno de los que la Iglesia ha aconsejado rezar a los sacerdotes antes de celebrar la Santa Misa.
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Sal 84,2-5
El «Señor de los ejércitos», o poderoso en los cielos (cfr Sal 80,8), mora en el Templo donde se manifiesta amable con sus fieles, con los que le confiesan «mi Rey y Dios mío» (v. 4), y donde escucha sus plegarias (cfr vv. 9-10). Es el «Dios vivo» que fortalece interior y físicamente, en todo su ser, al hombre (v. 3; cfr Sal 16,9). El deseo del salmista de estar junto a Dios en el Templo (v. 3) se compara poéticamente a los pájaros que encuentran refugio en su nido. Cuánto más no va a desearlo él siendo el Señor su Rey y su Dios (v. 4). En estar allí y alabarle consiste la felicidad (v. 5).
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Sal 84,6-8
En vez de «en su corazón decide peregrinar» (v. 6), como traducen glosando el texto hebreo los Setenta y la Neovulgata, puede traducirse también «dichosos quienes ponen su corazón en los senderos», es decir, quienes han iniciado la peregrinación. En ambos casos se siente el gozo de querer estar junto a Dios. El «valle del llanto» puede ser un nombre figurativo de las penalidades de la marcha que, para ellos, se convierten en momentos de gozo (v. 7), pues el Señor va aumentando sus fuerzas en el camino hasta que le encuentran en Jerusalén (v. 8). «Fuerzas» puede entenderse también como «baluarte» o «torreón», y «el Dios de los dioses» como «hasta Dios». En tal caso podría traducirse «camino de baluarte en baluarte, hasta ver a Dios en Sión», como encontramos en la traducción litúrgica española.
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Sal 84,9-12
Quizás ya en el Templo —el salmo respondería en este caso a una liturgia de entrada (cfr Sal 15; 24)— se eleva la oración por el rey. Se invoca aquí a Dios como protector del pueblo —«escudo nuestro» (cfr v. 10)— porque Él ejerce su protección a través de su ungido, el rey. El número «mil», contrapuesto a «uno» (v. 11), es símbolo de perennidad (cfr Sal 90,4; Ap 20,4-6).
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Sal 84,13
El salmista se dirige al Señor con la misma invocación con la que había comenzado la oración: «Señor de los ejércitos».
Entendiendo que la verdadera morada de Dios es el cielo que nos espera, comenta San Bruno: «¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. (…) ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa? (…) Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, si no fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad. Que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad» (Expositio in Psalmos 83).
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Salmo 85
El salmo anterior terminaba profesando que Dios «no niega sus bienes a los que caminan en integridad» (84,12); en éste se proclama que Él ha sido bueno con su pueblo y lo va a ser de nuevo y de inmediato. La oración que en salmo anterior se elevaba por el rey (cfr 84,9-10), ahora se hace por el pueblo en momentos de desgracia (85,5-8).
Se confiesa al comienzo la bondad de Dios con su pueblo en el pasado (vv. 2-4) y se le pide que la muestre en el presente (vv. 5-8). Dios mismo la anuncia para un futuro cercano (vv. 9-10), y el salmista proclama la seguridad de que Dios otorgará sus dones —perdón y cumplimiento de sus promesas—, y el pueblo dará frutos de buenas obras (vv. 11-14).
La misericordia y la fidelidad de Dios cantadas en este salmo se han dado encuentro en Jesucristo. En Él se manifiesta el ofrecimiento del perdón divino (misericordia), y en Él se cumplen las promesas hechas por Dios a su pueblo (fidelidad). Por eso San Juan proclamará que el Verbo encarnado está lleno de «gracia y verdad» (Jn 1,14), que equivalen a la misericordia y fidelidad. Y Teodoreto de Ciro, aplicando estas palabras a la bendición dada a la tierra con Cristo, comenta: «Le otorga esa bendición egregia que consiste en la Encarnación de su Hijo, con la cual el Padre anula aquella otra maldición del Génesis (cfr Gn 3,17), y muestra que cualquier tristeza ha llegado a su fin, que toda la creación queda renovada» (Interpretatio in Psalmos, 84).
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Sal 85,2-4
La mejor explicación de estos versículos iniciales es ver en ellos la alusión a la vuelta del destierro de Babilonia (cfr Sal 126); de hecho, la segunda parte del v. 2 podría traducirse también por «has hecho volver a los cautivos de Jacob». Las expresiones «tu tierra» (v. 2) y «nuestra tierra» (cfr v. 13), que hacen de marco inclusivo del salmo, muestran el reconocimiento de que la tierra es un don que Dios ha vuelto a otorgar a su pueblo perdonando sus pecados.
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Sal 85,5-8
Las dificultades surgidas a la vuelta del destierro, entre ellas la sequía narrada en Ag 1,6-11, han podido dar origen a esta insistente súplica, similar a la que encontramos en Sal 77,8-10. La Iglesia en su liturgia emplea las palabras del v. 8 como antífona de invitación a la oración.
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Sal 85,9-10
Ahora el Señor anuncia por medio del salmista una situación mejor de paz y prosperidad para quienes son fieles (v. 9) y se esfuerzan por la reconstrucción del Templo (v. 10; cfr Ag 1,14-15; Ez 43,1-12). La frase «con tal de que no retornen a la necedad», según los Setenta y la Neovulgata sería «a los que se convierten de corazón».
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Sal 85,11-14
Con la imagen del fruto producido por la lluvia que baja del cielo y por la fecundidad de la tierra (v. 13) el salmista proclama que también la salvación llega por el encuentro entre la misericordia de Dios que perdona y la fidelidad que Él mantiene a sus promesas. De los cielos vendrá el perdón —«justicia»—; en la tierra se cumplirán sus promesas —«fidelidad y paz»— (vv. 11-12). Es una de las expresiones mas bellas de la forma de actuar de Dios que encontramos en la Sagrada Escritura. «El pueblo de la Antigua Alianza conoció esta miseria [del pecado] desde los tiempos del éxodo, cuando levantó el becerro de oro. Sobre este gesto de ruptura de la alianza triunfó el Señor mismo, manifestándose solemnemente a Moisés como “Dios de ternura y de gracia, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad” (Ex 34,6). Es en esta revelación central donde el pueblo elegido y cada uno de sus miembros encontrarán, después de toda culpa, la fuerza y la razón para dirigirse al Señor con el fin de recordarle lo que Él exactamente había revelado de Sí mismo y para implorar su perdón. Y así, tanto en sus hechos como en sus palabras, el Señor ha revelado su misericordia desde los comienzos del pueblo que escogió para Sí y, a lo largo de la historia, este pueblo se ha confiado continuamente, tanto en las desgracias como en la toma de conciencia de su pecado, al Dios de las misericordias. Todos los matices del amor se manifiestan en la misericordia del Señor para con los suyos» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 4).
Muchos comentaristas espirituales ven en los vv. 11 y 12 la Encarnación redentora del Verbo, la unión de la divinidad y la humanidad en Jesucristo. Y por eso, también San Atanasio podrá decir: «Ciertamente la verdad y la misericordia se besaron mediante la verdad que trajo al mundo la siempre Virgen Madre de Dios» (Expositiones in Psalmos 84).
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Salmo 86
Este salmo aparece como una «plegaria de David» insertada entre los salmos de los hijos de Coré (Sal 84-88). En él se encuentran bastantes frases pertenecientes a otros salmos (v. 4 en Sal 25,1; v. 11 en Sal 27,11; v. 14 en Sal 54,5; v. 16 en Sal 25,16), reunidas aquí a modo de antología. Es indicio de una composición tardía. Las frecuentes alusiones a la misericordia del Señor (vv. 5.13.15) y a su fidelidad (v. 11) hace pensar que ha sido introducido en este lugar porque testimonia en la vida del salmista el encuentro entre la misericordia y la fidelidad del Señor, proclamadas en el salmo anterior (Sal 85,11-12).
Comienza pidiendo la protección del Señor (vv. 1-4), porque Él es bueno y escucha la plegaria del salmista (vv. 5-7) y porque es poderoso y hace maravillas (vv. 8-10). Sigue la petición de conocer el camino del Señor y se le promete alabanza (vv. 11-13). Concluye exponiendo al Señor la situación en la que se encuentra el orante, la confianza que pone en Él y, de nuevo, su súplica (vv. 14-17). La oración está enmarcada en la invocación al Señor pidiéndole auxilio (v. 1) y la proclamación de que Él socorre y consuela (v. 17).
Este salmo anuncia el reconocimiento universal del Dios de Israel, pues Él es el único Dios y no hay obras como las suyas. Esa proclamación la realiza el cristiano no ya sólo recordando la manifestación de Dios misericordioso y clemente a Moisés (v. 15), sino la gran acción salvífica de Dios resucitando a Jesús de entre los muertos.
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Sal 86,1-4
El salmista acude al Señor presentándose como un «pobre» que ha puesto su confianza en Él, y como un «siervo» dedicado a su servicio (cfr Is 42,1). De ahí la constante apelación a Dios como «Señor» o «Señor mío» —Adonay— (vv. 3.4.5.8.9.12.15), en el sentido de «mi Dueño», «mi Amo».
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Sal 86,5-7
El orante sabe que el Señor, por ser como es, le escucha cuando le suplica, y ese convencimiento da apoyo a su oración.
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Sal 86,8-10
Porque el salmista sabe que el Señor le escucha, le alaba reconociéndole como Dios único de todos los pueblos. El cántico de los salvados en Ap 15,3-4 recoge las palabras del v. 9 presentándolas como «cántico de Moisés, siervo de Dios, y cántico del Cordero», y proclama que «todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque tus juicios se han manifestado» (Ap 15,4).
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Sal 86,11-13
El salmista pide poder corresponder con su vida a lo que Dios ha hecho por él —«andar en tu fidelidad»— y reverenciarle con sinceridad de corazón (v. 11). Es la súplica central de este salmo. Junto a ello, promete alabanza en reconocimiento del auxilio divino que le ha librado de la muerte (vv. 12-13).
El «camino» (v. 11) que Dios ha enseñado definitivamente al hombre es Cristo Jesús, que dijo de sí mismo: «Yo soy el camino» (Jn 14,6). San Agustín recurre a esta realidad para enseñar que Cristo es el camino de la oración del cristiano: «No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a Él como miembros suyos, de forma que Él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en Él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros» (Enarrationes in Psalmos 85,l).
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Sal 86,14-17
Con expresiones acuñadas para indicar la situación de aflicción (v. 14; cfr Sal 54,5) y la bondad de Dios (v. 15; cfr Ex 34,6), reitera su petición (vv. 16-17). Tal como hemos traducido —«señal de benevolencia»—, el salmista está pidiendo que Dios le auxilie de forma extraordinaria. También podría traducirse por «signo de bondad», en el sentido de que la bondad divina brille en la vida del salmista, tanto por los beneficios recibidos como por la santidad de su conducta.
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Salmo 87
En correspondencia a Sal 84 que ensalza el Templo, éste exalta a Jerusalén. Es un canto a Sión como los de Sal 46; 48; 67, pero en éste se acentúa el privilegio de «nacer en ella» (Sal 87,5-6). El salmo queda abierto a diversas interpretaciones.
El término «Pausa» —selah— marca el ritmo de este salmo, que comienza con la alabanza a Jerusalén (vv. 1-3), continúa con el reconocimiento de su singularidad como madre (vv. 4-6), y concluye iniciando una canción en su honor (v. 7).
Si este salmo se interpreta en el sentido de que todas las naciones llegarán a formar parte del pueblo de Dios, fácilmente se ve su cumplimiento realizado en la Iglesia que congrega en su seno hombres de todas las naciones (cfr Hch 2,5). La imagen de Jerusalén como madre aplicada a la Iglesia la encontramos claramente recogida por San Pablo en Ga 4,26 donde llama a la Jerusalén celestial «nuestra madre».
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Sal 87,1-3
Los «montes santos» (v. 1), en plural, pueden aludir a las colinas sobre las que fue construida Jerusalén, o ser simplemente una manera de resaltar la importancia del monte Sión. Por sinécdoque se menciona la parte —«puertas»— por el todo. Dios eligió Jerusalén como lugar de su morada entre todas las ciudades de Israel —«Jacob» (v. 2)—, y de ella, que pertenece por tanto a Dios, se dicen —y lo dice Dios, pues el sujeto impersonal puede referirse a Él— cosas maravillosas.
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Sal 87,4-6
Se introduce, como un oráculo, lo que dice el Señor. El sentido más obvio, y el que ha seguido la tradición, es que Dios hará que Egipto —«Rahab» (cfr Is 30,7)— y Babilonia, las grandes naciones hostiles a Israel, se conviertan al Dios de Israel, es decir, se contarán entre los que le reconozcan (cfr Is 19,21). Por ello, junto con otros pueblos de menor relieve en la costa mediterránea y en el sur, sus habitantes se considerarán como nacidos en Jerusalén e incorporados al pueblo de Dios. Esta interpretación viene avalada por otros pasajes del Antiguo Testamento que muestran la universalidad de la salvación (cfr Gn 12,3; Is 2,2-3; 19,23-25; 66,18-20; etc.). Pero las últimas palabras del v. 4 —«han nacido allí»— también pueden entenderse como referidas a los judíos de la diáspora que residen en esos países, en cuyo caso Dios advertiría a esas naciones que cada uno de los miembros del pueblo elegido, residan donde residan, es hijo de Jerusalén. De cualquier forma a Jerusalén le será reconocido cada uno de sus hijos, sean quienes sean y estén donde estén, porque la ciudad pertenece a Dios (v. 5). Un reconocimiento que se expresa —acudiendo a la imagen de los censos, cfr Nm 1,1-3; Esd 2,1-67— como inscripción especial en el libro en el que Dios tiene registrados a todos los hombres (v. 6).
También el cristiano tiene a la Jerusalén celestial, la Iglesia, por madre, pues por ella nace a la vida de la gracia: «La salvación viene sólo de Dios; pero puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: “Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación” (Fausto de Riez, De Spiritu Sancto, 1,2). Porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe. (…) La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la madre de todos los creyentes. “Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre” (S. Cipriano, De Ecclesiae unitate, 6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 169 y 181).
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Sal 87,7
«Todas mis fuentes» indica todos los beneficios del Señor, recordando el paraíso (cfr Ez 47,1-12; Za 13,1).
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Salmo 88
Es el último de los salmos de los hijos de Coré agrupados en este lugar (Sal 84-88) y, al mismo tiempo, viene atribuido a un tal Hemán, al parecer un cantor del Templo (v. 1). Quizá oscilaba su transmisión entre una y otra colección, y han sido las afinidades con Sal 86 las que han motivado su inserción aquí como segundo salmo de súplica de los hijos de Coré (cfr Sal 85). En Sal 86 se suplicaba al Señor «todo el día»; ahora de «día» y de «noche» (Sal 88,2) porque la angustia (cfr Sal 86,7) es más intensa. En Sal 86,13 el salmista se veía librado de la muerte (seol), mientras que en Sal 88,7 se ve abocado a ella. La desgracia que torna una y otra vez hace más viva y confiada la oración.
Comienza con la invocación al Señor y la petición de auxilio (vv. 2-3) motivadas por la grave situación en la que se encuentra el salmista (vv. 4-6), porque el Señor le ha puesto en ella (vv. 7-10). Tras intentar con unos interrogantes persuadir a Dios para que actúe (vv. 11-13), de nuevo se le pide auxilio y se le pregunta por qué (vv. 14-15). Termina con una nueva manifestación de los sufrimientos del salmista (vv. 16-19).
En la antigüedad, y también recientemente, algunos intérpretes ven reflejado en este salmo el dolor de Israel en la cautividad de Babilonia, mientras que otros suponen la situación de un hombre enfermo, herido de lepra como el rey Ozías (cfr 2 R 15,5) o de otra enfermedad mortal como Ezequías (cfr 2 R 20,1-11). En cualquier caso, en el texto de este salmo puede verse anticipado el sufrimiento de Cristo en la pasión cuando experimenta, con la máxima intensidad, la angustia y la tristeza ante la muerte (cfr Mc 14,34-36).
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Sal 88,2-3
La invocación inicial «Dios de mi salvación» y la misma petición de auxilio (cfr v. 14) son las únicas expresiones de confianza en Dios que aparecen en el salmo, traspasado todo él por la queja del salmista ante el Señor y por la amenaza de la muerte —es el salmo en el que más veces se hace referencia al lugar donde reposan los muertos (seol, fosa, abismos, sepulcro, etc.)—.
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Sal 88,4-6
El orante se ve al borde de la muerte, que, para él, significa ser abandonado de Dios. Orígenes interpreta de manera distinta el v. 6. Traduce «libre» en vez de «abandonado» entre los muertos y descubre en él un anuncio de la ausencia de corrupción en el cuerpo del Señor tras su muerte en la cruz: «Y llegó a ser como un hombre sin ayuda, libre entre los muertos. Como en esta vida Él tuvo más cosas que el resto de los hombres, porque nació de una Virgen y porque obró durante toda su vida de manera extraordinaria, así también tras la muerte, en cuanto que allí era el único hombre libre, su alma no fue abandonada en poder del Hades. De ese modo, Él es el “primero y el último”» (In Evangelium Ioannis 1,220).
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Sal 88,7-10
Se atribuye a Dios la situación de agobio —«todas tus olas» (v. 8)—, de abandono por parte de los familiares (v. 9), de necesidad de súplica incesante (v. 10).
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Sal 88,11-13
Estas preguntas, de carácter retórico, suponen la respuesta negativa en un momento en el que todavía no se ha revelado la vida después de la muerte, pero indican al mismo tiempo que el sentido de la vida es la alabanza a Dios y el reconocimiento de sus obras.
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Sal 88,14-15
Aun sin comprender la conducta divina, como le sucedía a Job (cfr Jb 9,1-10,22), el salmista pide constantemente el auxilio de Dios.
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Sal 88,16-19
Aquí el orante no presenta ante Dios experiencias anteriores de salvación como es habitual en los salmos de súplica, sino que, por el contrario, acentúa la aflicción que sufre desde niño (vv. 16-17) y en el presente (vv. 18-19).
Desde una perspectiva cristiana, el lector ve cumplidos en Cristo los sentimientos de dolor expresados por el salmista y encuentra también en ellos el consuelo y la fuerza para afrontar el propio sufrimiento: «Quienes participan en los sufrimientos de Cristo tienen ante los ojos el misterio pascual de la cruz y de la resurrección, en la que Cristo desciende, en una primera fase, hasta el extremo de la debilidad y de la impotencia humana; en efecto, Él muere clavado en la cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetradas por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la cruz de Cristo. En esta concepción, sufrir significa hacerse particularmente receptivos, particularmente abiertos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, ofrecidas a la humanidad en Cristo. En Él, Dios ha demostrado querer actuar especialmente por medio del sufrimiento, que es la debilidad y la expoliación del hombre, y querer precisamente manifestar su fuerza en esta debilidad y en esta expoliación». (Juan Pablo II, Salvifici doloris, n. 23).
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Salmo 89
Con este salmo y la alabanza final se cierra la parte III del libro de los Salmos. En correspondencia con el final de la parte II, también ahora se concluye con una oración por el rey (cfr Sal 72). En ella no aparecen expresamente perspectivas de futuro, como tampoco aparecían en el salmo anterior (cfr Sal 88,19); pero las preguntas dirigidas al Señor implican, como allí, una esperanza (cfr Sal 88,2.11-13.15; 89,2-3.47.49).
Comienza, a modo de introducción (vv. 2-5), proclamando el poder y la misericordia del Señor (vv. 2-3) y recordando la Alianza que hizo con David (vv. 4-5). Después desarrolla en primer lugar la manifestación del poder y de la misericordia de Dios (vv. 6-19): su poder en el cielo (vv. 6-9) y en la tierra (vv. 10-15), y la dicha de Israel protegido por Él (vv. 16-19). Luego se fija en la Alianza y en la Promesa a David tal como Dios la pronunció (vv. 20-38): su elección como rey y la promesa de un linaje perpetuo (vv. 20-30), y el anuncio de castigo si no guarda la Ley (vv. 31-38). A continuación se expone ante Dios lo sucedido al rey derrotado por sus enemigos (vv. 39-46) y, urgiendo al Señor a cesar en su cólera (vv. 47-50), se le pide que atienda al sufrimiento de su pueblo y del rey (vv. 51-52). Termina con una expresión de alabanza al Señor (v. 53).
La oración que se eleva a Dios en Sal 89 fue escuchada por Él, no reponiendo política y militarmente la antigua monarquía, sino exaltando al Hijo de David, Jesús, como rey eterno, y cumpliendo así sus promesas. La Iglesia emplea este salmo (vv. 2-5.27.29) en la festividad de San José, mostrando así que en él Dios ha cumplido lo prometido, haciendo nacer a Jesús de la casa de David.
▲ COMENTARIO
Sal 89,2-3
Los términos «misericordia» y «fidelidad» con los que se inicia el salmo predominan en toda la primera parte (vv. 2-38). Tales atributos divinos son firmes porque pertenecen a Dios (cfr Sal 85,11).
▲ COMENTARIO
Sal 89,4-5
Igualmente es firme la Alianza de Dios con David, porque Él lo ha jurado así (cfr 2 S 7,13-16).
▲ COMENTARIO
Sal 89,6-9.10-15
Es posible que aquí se recoja un himno más antiguo al Dios Creador. Así lo sugiere la terminología mitológica «hijos de los dioses» (v. 7), designando seres celestiales, o «Rahab» (v. 11), personificación mítica del caos primordial que luego se aplica a Egipto (cfr Sal 87,4; Is 30,7). Insertado en el salmo ese himno se refiere al Dios de la Alianza que sacó a su pueblo de Egipto (vv. 9.14-15). El poder divino sobre las aguas embravecidas lo mostró también Jesús (cfr Mt 8,26).
▲ COMENTARIO
Sal 89,16-19
La atención pasa enseguida al pueblo. «Caminar a la luz de tu rostro» (v. 16) significa ser guiados por la protección divina y por sus mandamientos. Al Señor pertenece la seguridad del pueblo y del rey (v. 19, que también podría traducirse «porque nuestro escudo es el Señor, nuestro rey el Santo de Israel»).
▲ COMENTARIO
Sal 89,20-30
Dios fue quien eligió al rey (v. 20), lo ungió (v. 21) y le prometió fuerza frente a sus enemigos (vv. 22-24) y un reino desde el Mediterráneo al Éufrates y al Tigris (vv. 25-26). Le hizo además la promesa de una relación paterno–filial con Él y de un linaje perpetuo (vv. 27-30; cfr 2 S 7,13; Sal 2). San Juan en el libro del Apocalipsis aplica a Jesucristo resucitado las palabras del v. 28 al llamarle «primogénito de los muertos», «el Príncipe de los reyes de la tierra» (Ap 1,5).
Al aplicar este salmo a Jesucristo, la tradición cristiana se fija especialmente en el v. 27: «Aquí, aquel que se encarnó en virtud de la economía divina llama a Dios su propio padre: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20,17). Porque es de Él de quien habla el profeta, porque, profetizando acerca del niño engendrado, le llama “Dios fuerte, padre del mundo venidero” (Is 9,6)» (S. Atanasio, Expositiones in Psalmos 88).
▲ COMENTARIO
Sal 89,31-38
La promesa divina era incondicional, aunque Dios habría de corregir al pueblo mediante el castigo como un padre. Que la elección de David y la promesa se introduzcan en el salmo como oráculo divino indica la forma en que se transmitía la profecía de Natán (cfr 2 S 7,8-16) tras la experiencia histórica de la época de la monarquía. Pero además sirve como recurso retórico que dará fuerza a la queja de los versículos siguientes.
▲ COMENTARIO
Sal 89,39-46
La situación reflejada aquí es seguramente la destrucción de Jerusalén y la deportación del rey a Babilonia en el año 587 a.C.
▲ COMENTARIO
Sal 89,47-50
En aquellas circunstancias el salmista no ha perdido del todo la esperanza, pues reconoce los designios divinos en la vida del hombre y sobre el pueblo elegido. Espera que Dios reivindicará al rey (cfr v. 52).
▲ COMENTARIO
Sal 89,51-52
La súplica brota de la esperanza apoyada en la fidelidad de Dios, y de la situación de desprecio que sufre la persona del rey. Las expresiones referidas a un sujeto singular (vv. 48.51) pueden dar a entender que la oración la pronuncia el rey; pero también podría pronunciarla un judío fiel que sufre por el destino del rey. El título que atribuye el poema a Etán, el ezrajita, apunta en esta dirección.
▲ COMENTARIO
Sal 89,53
Al final, el salmista manifiesta la misma actitud con la que iniciaba la oración: el deseo de que Dios sea alabado «por siempre».
A la luz de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, se comprende que la misericordia de Dios, proclamada al comienzo del salmo (vv. 2-3), se ha manifestado precisamente en los sufrimientos de su Ungido, Cristo: «Las heridas que su cuerpo recibió nos dejan ver los secretos de su corazón; nos dejan ver el gran misterio de piedad, nos dejan ver la entrañable misericordia de nuestro Dios, por la que nos ha visitado el sol que nace de lo alto. ¿Qué dificultad hay en admitir que tus llagas nos dejan ver tus entrañas? No podría hallarse otro medio más claro que estas tus llagas para comprender que Tú, Señor, eres bueno y clemente, y rico en misericordia. Nadie tiene una misericordia más grande que el que da su vida por los sentenciados a muerte y a la condenación. Luego mi único mérito es la misericordia del Señor. No seré pobre en méritos, mientras Él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos. Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y, si la misericordia del Señor dura siempre, yo también cantaré eternamente las misericordias del Señor. ¿Cantaré acaso mi propia justicia? Señor, narraré tu justicia, tuya entera. Sin embargo, ella es también mía, pues Tú has sido constituido mi justicia de parte de Dios» (S. Bernardo, In Cantica Canticorum 61,4-5).