Ressources Catholiques Missel Romain

précédent

COMENTARIOS:
TITO

 ▲ COMENTARIO

Tt 1,1-4

El motivo y los contenidos de este escrito son parecidos a los de las cartas a Timoteo. El Apóstol quiere ayudar a sus colaboradores en la tarea de gobernar las iglesias. También ahora instruye sobre la organización de la comunidad (1,5-16) y el buen comportamiento que corresponde a cada uno (2,1-3,11).

El saludo es especialmente largo y solemne si se compara con el de las otras Cartas Pastorales. Se destaca el título de Apóstol y la importancia de la predicación.

 ▲ COMENTARIO

Tt 1,5-16

Recomienda a Tito la tarea de organizar jerárquicamente la comunidad cristiana de Creta y de defenderla de los errores que se comenzaban a difundir.

 ▲ COMENTARIO

Tt 1,5-9

Como en 1 Tm 3,2-7, se exhorta a que los ministros sean modelo de santidad para sus fieles. Cuando se escribieron las Cartas Pastorales aún no se habían fijado definitivamente los nombres y los cometidos de los diversos órdenes sagrados en la jerarquía de la Iglesia (cfr nota a 1 Tm 3,1-7). Aquí parece que se designa como «presbíteros» (presby´teroi) (v. 5) y «obispos» (epískopoi) (v. 7) a las mismas personas. En el primer caso se subraya más la experiencia venerable que han de tener (presby´teros significa «anciano») y en el otro la función de supervisión (epískopos significa «vigilante») que les corresponde desempeñar al cuidado de los fieles. Se trata en cualquier caso de los que presiden cada comunidad cristiana.

No se pretende hacer una enumeración exhaustiva de virtudes que deben tener. Con todo hay un cierto énfasis en cuatro aspectos: conducta irreprensible (vv. 6-7), familia fiel y ejemplar (v. 6), carácter recto y acogedor (vv. 7-8), y sólida formación doctrinal (v. 9). Son cualidades por las que la Iglesia vela. Los pastores deben «estar llenos de toda clase de bienes espirituales y dar a todos un testimonio vivo de Dios» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 41).

 ▲ COMENTARIO

Tt 1,10-16

Como en Éfeso (cfr 1 Tm 1,6), también en Creta tenían éxito ciertos filósofos —algunos provenientes del judaísmo— que hacían un arte de sus falacias y sofismas. Aquí el Apóstol recurre a la ironía, citando un verso de algún poeta antiguo (quizá Epiménides, siglo VI a.C.), sobre la reputación mentirosa de los cretenses.

«Todo es limpio para los limpios» (v. 15). «Dios hizo puras todas las cosas. Si existen cosas impuras, se trata de una cualidad que proviene del que las ha manipulado» (Severiano de Gábala, Fragmenta in Titum). La pureza interior (cfr Mt 23,25-26) es el principio de la libertad cristiana, frente a quienes pretenden compaginar la fe con una conducta corrompida.

 ▲ COMENTARIO

Tt 2,1-3,11

A cada miembro de la comunidad se le presentan unas exigencias peculiares según sus condiciones; pero todos están llamados a la piedad y a la colaboración social.

 ▲ COMENTARIO

Tt 2,1-10

Las recomendaciones son análogas a las de otros pasajes paulinos (cfr Ef 5,21-6,9; Col 3,18-4,6) en los que subyace una concepción de la Iglesia como familia de Dios, compuesta de diversos miembros. Frente a las falacias de quienes con su conducta depravada niegan lo que dicen creer, Tito es urgido a enseñar un comportamiento sincero conforme con la fe. En efecto, característica importante de la conducta moral cristiana es la de no reducirse a un código ético abstracto, sin fundamento teológico, sino ser la consecuencia lógica de la «sana doctrina» (v. 1), esto es, de la verdad de fe que se confiesa. «Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe: Los fieles deben creer los artículos del Símbolo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (S. Agustín, De fid. et symb. 10,25)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2518).

La fe cristiana reclama un esfuerzo perseverante por mantener una conducta intachable, no sólo por coherencia con lo que se cree, sino también para ofrecer a todos el testimonio atractivo y creíble de una vida limpia. «Así, viviendo cristianamente entre nuestros iguales, de una manera ordinaria pero coherente con nuestra fe, seremos Cristo presente entre los hombres» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 112).

 ▲ COMENTARIO

Tt 2,11-15

Las obligaciones descritas manifiestan un estilo de vida cristiana (v. 12) fundado en la esperanza (v. 13). Es Cristo quien con su obra redentora ha logrado que podamos tener tal vida y esperanza. En la Eucaristía, alimento del alma, recibimos la gracia para vivir así y la celebramos «expectantes beatam spem et adventum Salvatoris nostri Jesu Christi (“mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Salvador Jesucristo”: MR, Embolismo después del Padre Nuestro; cfr Tt 2,13), pidiendo entrar “en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas, por Cristo, Señor Nuestro” (MR, Plegaria Eucarística 3,128: oración por los difuntos)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1404).

El v. 14 es bello resumen de la doctrina de la Redención. Se señalan cuatro elementos esenciales: donación que Cristo hizo de Sí mismo; redención de toda iniquidad; purificación; y apropiación del pueblo. La entrega de Cristo es una alusión al sacrificio voluntario de la cruz (cfr Ga 1,9; 2,20; Ef 5,2; 1 Tm 2,6), mediante el cual nos ha librado de la esclavitud del pecado; el sacrificio de Cristo es la causa de la libertad de los hijos de Dios, de modo análogo a como la acción de Dios operó la liberación del pueblo de Israel en el éxodo, constituyéndolo en pueblo de su propiedad (cfr Ex 19,4-6). Con la nueva Alianza de su sangre, Jesucristo hace de la Iglesia su pueblo elegido, llamado a incorporar a todas las naciones: «Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia, así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).

 ▲ COMENTARIO

Tt 3,1-2

La libertad de los hijos de Dios ganada por Cristo no lleva consigo un antagonismo hacia las autoridades civiles legítimas ni una oposición por principio a las estructuras existentes, sino el anhelo de promover los cambios oportunos sobre la base de un deseo de mejora personal: «Solamente recurriendo a las capacidades éticas de la persona y a la perpetua necesidad de conversión interior se obtendrán los cambios sociales que estarán verdaderamente al servicio del hombre» (Congr. Doctrina de la Fe, Libertatis nuntius, n. 9,8). Por lo demás, el cristiano debe acatar la autoridad legítima (cfr Rm 13,1-7; 1 Tm 2,2; 1 P 2,13-14).

 ▲ COMENTARIO

Tt 3,3-8

El fundamento teológico de las obligaciones sociales antes mencionadas es el punto culminante del capítulo. Se condensa en un bello canto a Jesucristo (vv. 4-7) en el que se resume la Encarnación, la Redención y la aplicación de la salvación a cada cristiano. Cada bautizado es testigo de la historia de la salvación, del paso del pecado a la gracia, de una etapa de esclavitud y error a la era de la libertad y regeneración inaugurada por Cristo. Experimentar el perdón llena de alegría y mueve al agradecimiento. «Si no existiese en la Iglesia el perdón de los pecados, ninguna esperanza habría de vida y liberación eterna. Damos gracias a Dios porque concedió este don a su Iglesia» (S. Agustín, Sermones 213,9).

 ▲ COMENTARIO

Tt 3,9-11

La Iglesia no es lugar de discusiones. «Hereje» (v. 10) hace referencia aquí a la condición de aquellos falsos maestros que rechazaban la enseñanza y crean divisiones. Con el tiempo se precisaron más los términos: «Se llama herejía la negación pertinaz después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Codex Iuris Canonici, can. 751).

 ▲ COMENTARIO

Tt 3,12-15

Las instrucciones finales de la epístola muestran la importancia de la hospitalidad entre los primeros cristianos.

Tíquico fue compañero de San Pablo en su tercer viaje (cfr Hch 20,4) y portador de las cartas a los Efesios y a los Colosenses. Apolo aparece también mencionado en los Hechos de los Apóstoles como persona muy versada en las Escrituras y buen orador (Hch 18,24-26); además de su actividad apostólica en Éfeso, colaboró intensamente en Corinto (cfr 1 Co 1,12; 3,4-6.22; 4,6; 16,12).

«Nuestros amigos en la fe» (v. 15), o más literalmente: «Los que nos aman en la fe». Esta expresión designa a los cristianos, cuyo amor mutuo tiene origen sobrenatural. San Jerónimo comenta: «Si todo el que ama, amara en la fe, no habría añadido San Pablo la fe al amor; las madres aman a sus hijos y están dispuestas a dar la vida por ellos, pero ese amor no es necesariamente en la fe; también las esposas aman a sus maridos y con frecuencia llegan a morir con ellos, pero tampoco es amor de fe. Sólo los santos aman en la fe, pues su amor abarca también a los incrédulos; más aún, aman incluso a sus enemigos. Este es el amor en la fe, porque se basa en Aquel que ha prometido el premio a quienes cumplen el mandamiento nuevo» (Commentarii in Titum, ad loc.).

suivant