Caριτulo 1
Prólogo: título del libro y afirmación de su origen divino, 1:1-3
San Juan comienza su libro por una especie de introducción, en la que nos presenta su escrito, nos habla de su contenido y de su origen divino. Y termina este pequeño prólogo con un macarismo, en el que declara bienaventurado al que escucha y pone en práctica las cosas que están escritas en dicho libro.
1 Apocalipsis de Jesucristo, que, para instruir a sus siervos sobre las cosas que han de suceder pronto, ha dado Dios a conocer por su ángel a su siervo Juan, 2 el cual da testimonio de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo, de todo lo que él ha visto. 3 Bienaventurado el que lee, y los que escuchan las palabras de esta profecía, y los que observan las cosas en ella escritas, pues el tiempo está próximo.
La palabra griega apocalipsis vale tanto como revelación, como manifestación de algo oculto. Y puede referirse a la manifestación de secretos de orden natural o sobrenatural. En el Nuevo Testamento, sin embargo, designa la manifestación de verdades sobrenaturales! San Pablo es el que más emplea el término apocalipsis 2; algunas veces utiliza dicha expresión para significar la manifestación gloriosa de Cristo y de los fieles 3, pero el sentido más frecuente en San Pablo es el de revelación de los secretos divinos 4. Más tarde se aplicará dicha palabra para designar el libro en que está contenida la revelación de las cosas ocultas, de los secretos divinos, comunicados a los hombres por Dios. Unas veces esas revelaciones serán puras invenciones, y entonces tendremos los apocalipsis apócrifos; otras veces las revelaciones serán auténticas, verdaderas, y en ese caso tendremos el Apocalipsis de San Juan, o partes de otros libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
Por consiguiente, el término apocalipsis es muy apropiado para designar el último libro de la Biblia, que contiene la revelación divina comunicada a su siervo Juan, por medio de un ángel, sobre las cosas que están para suceder.
Jesucristo mismo es el que comunica a Juan los secretos de esta revelación divina, como se ve por el contexto inmediato, así como por la visión de Ap 1:9 y por las cartas a las siete iglesias 5, en donde el mismo Cristo en persona aparece como revelador. El ángel intermediario es solamente una exigencia del género literario apocalíptico 6.
El origen primordial de la revelación es Dios. En todo el Nuevo Testamento, Dios Padre es la fuente de cuanto existe, porque El creó el mundo y El lo conserva. El predestinó a los santos y El, llevado de su amor hacia los hombres, les da a su Unigénito. El conduce las almas a Jesús. Mientras que el Hijo tiene como misión cumplir la voluntad de su Padre y darla a conocer a los hombres. Jesucristo es, pues, el que nos descubre los misterios del Padre, los misterios de su naturaleza y de su providencia. El es el verdadero revelador de su Padre. Esta es una idea muy propia de San Juan 7.
A pesar de que Apocalipsis de Jesucristo pueda tomarse en el sentido de una revelación comunicada por Cristo a San Juan, de hecho se trata de una revelación que tiene por objeto al mismo Cristo. Jesucristo es el centro de todo el Apocalipsis. Toda la revelación comunicada a Juan gira en torno a la manifestación de Cristo en la historia de la Iglesia y del mundo. Y el contenido de esta revelación es lo que ha de suceder pronto (v.1), es decir, los juicios de Dios sobre el mundo. San Juan, a imitación de los profetas del Antiguo Testamento, considera la ejecución de los juicios de Dios ya cercana. La razón de esto hemos de buscarla en la manera que tienen los profetas de contemplar el futuro mesiánico: sus visiones y profecías son cuadros sin perspectiva, en los que el futuro lejano se entremezcla con el presente, sin delimitación de planos y de épocas. Por eso, para ellos, lo lejano en el tiempo se presenta ya como en el horizonte, próximo a realizarse e íntimamente unido a los sucesos que anuncian. También la literatura apocalíptica suele insistir en que los hechos que predice sucederán pronto o inmediatamente. De donde hemos de deducir que la proximidad de ejecución de los hechos, anunciados por los escritos proféticos y apocalípticos, es relativa, y no hemos de interpretarla según nuestras maneras de pensar actuales.
La presentación sobria y sin títulos que se hace de Juan es un indicio de veracidad 8. Al final del Apocalipsis 9 será reiterada de nuevo la garantía dada a sus visiones. Esta insistencia encaja bien en el tono de la literatura joánica 10.
Los beneficiarios de la revelación recibida por Juan serán los sierros de Jesucristo, es decir, los fieles cristianos del Asia Menor, 9 Y por medio de ellos, todos los cristianos de la Iglesia universal. 10 Apocalipsis es un libro de consolación dirigido a los fieles de fines del siglo I, que se sentían desalentados y como acobardados ante la hostilidad de los poderes públicos, y decepcionados por la tardanza de la par usía del Señor. El vidente de Patmos les dice que la manifestación gloriosa de Cristo está próxima, y que mientras tanto han de mantenerse firmes en la prueba para que cuando venga Jesucristo, puedan presentarse a El purificados. Y entonces los que hayan permanecido fieles reinarán gloriosos con Cristo triunfador.
San Juan se siente después como obligado a dar testimonio y a atestiguar ante la Iglesia y ante el mundo la verdad de la palabra de Dios (v.2), es decir, todo lo que ha visto y nos irá declarando en el curso del libro. Esta palabra de Dios es, según Juan, una profecía (v.3), o sea una exhortación que consuela, instruye y estimula 11. Esta profecía despertará en los corazones cristianos la certeza de la victoria sobre las fuerzas enemigas de Dios. San Juan la coloca de golpe al mismo rango que las profecías del Antiguo Testamento, porque proclama bienaventurados a los que la lean y la escuchen con obediencia. El que cumpla el mensaje del Apocalipsis vencerá y obtendrá de Cristo una grande recompensa. En el Apocalipsis existen siete bienaventuranzas o macarismos 12. El macarismo, que se encuentra en la literatura griega y latina, es una forma literaria muy propia de la literatura bíblica, mediante la cual se proclama feliz a alguien a causa de una buena acción, de una virtud, por la cual será recompensado. El macarismo consta de cuatro elementos: a) ha de empezar con la expresión bienaventurado, que en hebreo es 'asrey, en griego μακάριος, y en latνn beatus (Vulgata); b) después viene la persona a la cual se dirige el macarismo; c) se alude a la causa que ha motivado la alabanza: una buena acción, una virtud.; d) y, finalmente, se expresa la recompensa de la buena acción, que suele ser descrita con imágenes exuberantes. Puede suceder, sin embargo, que alguno de estos cuatro elementos no esté expresado, en cuyo caso será suficiente atender al contexto para suplirlo 13.
Juan apremia a los cristianos, a los que se dirige, para que reciban el mensaje y conformen su conducta a las instrucciones morales de la profecía. Esto es tanto más necesario y útil cuanto que el tiempo esta próximo 14. En la perspectiva teológica de San Juan, los hechos se suceden con celeridad tal que el cristiano dispone de poco tiempo para prepararse a la venida gloriosa de Cristo 15.
La manifestación gloriosa de Jesucristo constituirá el tiempo de la plena salud, el tiempo en que cada uno ha de recibir su recompensa, que con tanta instancia promete Juan a los fieles, a través de todo el libro, para animarlos a la lucha.
Primera parte: Revelación sobre el estado espiritual de Las Siete Iglesias de Asia, 1:4-3:22.
Después del prólogo 16, que ofrece ciertas semejanzas con el encabezamiento de los libros proféticos del Antiguo Testamento 17, San Juan comienza su libro con una fórmula epistolar. En esto tal vez trate de imitar el modo de empezar de las epístolas paulinas y de los demás apóstoles.
Saludo de Juan a las siete iglesias de Asia, 1:4-8
4 Juan, a las siete Iglesias que hay en Asia: Con vosotros sean la gracia y la paz, de parte del que es, del que era y del que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono, 5 y de Jesucristo, el testigo veraz, el primogénito de los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre, 6 y nos ha hecho un reino y sacerdotes de Dios, su Padre, a El la gloria y el imperio por los siglos de los siglos, amén. 7 Ved que viene en las nubes del cielo, y todo ojo le verá, y cuantos le traspasaron; y se lamentarán todas las tribus de la tierra. Sí, amén. 8 Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso.
San Juan se dirige a las siete Iglesias de la provincia proconsular de Asia, que comprendía la parte sudoccidental de la actual Turquía, y cuya capital era Efeso. Las siete iglesias locales o distritos religiosos, a modo de diócesis, eran: Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea. De cada una de ellas hablará con más detalle en Ap 2-3. W. M. Ramsay 1S ha mostrado que las iglesias son escogidas siguiendo una vía imperial circular, al oeste de la provincia proconsular. Sin duda que en Asia Menor había más de siete iglesias; sin embargo, el número siete, número simbólico que indicaba plenitud, totalidad, es evidentemente elegido para simbolizar el conjunto de las cristiandades de la provincia proconsular de Asia. La tradición nos dice que San Juan residió la última época de su vida en Efeso. Y en dicha ciudad y en las regiones circunvecinas, donde estaban situadas las siete iglesias, ejerció su apostolado. Las cartas dirigidas a estas iglesias pueden ser consideradas como dirigidas de un modo mediato a todas las iglesias cristianas. Según esto, dice muy bien el Fragmento de Muratori: "lohannes enim in Apocalypsi, licet septem ecclesiis scribat, tamen ómnibus dicit." 19
A esas iglesias San Juan desea la gracia y la paz (v.4), comenzando con esta expresión el saludo epistolar. A semejanza de San "ablo, el autor del Apocalipsis junta el saludo griego gracia, Χάρις, con el saludo hebreo paz, salom, para significar todo el conjunto de bendiciones que deseaba a los fieles a quienes escribía. El término Χάριβ, gracia, sólo aparece aquí y en la fórmula final del Apocalipsis 20. También es digno de tenerse en cuenta que en el cuarto evangelio se lee Χάρις sσlo tres veces en el prólogo, y, en las epístolas joánicas, una sola vez en el saludo de la 2 Jn. Este fenómeno se explica si tenemos presente que San Juan suele expresar la idea de gracia con otras expresiones, como la luz, la vida, el amor. Junto con la gracia, que es la benevolencia divina 21, les desea la paz, aquella paz que Jesucristo dejó a los discípulos al despedirse de ellos, y "que el mundo no puede dar" 22. Esta gracia y esta paz proceden de Dios Padre, al cual designa con la extraña expresión de el que es, el que era y el que viene. Parece ser que esta frase es una explicación targúmica del nombre de Yahvé, para significar la eternidad de Dios, que domina todos los tiempos. El Targum de Jonatán (s.III-IV d.C.) sobre Dt 32:39 tiene: "Yo soy aquel que es, y que fue y que será." De igual modo, los escritores paganos atribuyen a Júpiter esta misma expresión: "Júpiter es, fue y será." El futuro sera, que emplea el Targum de Jonatán y Pausanias, parece más apropiado para abarcar toda la duración de los tiempos. Sin embargo, nuestro profeta sustituyó el que sera por el que viene, que concuerda mejor con el tema del libro, que es el de la venida de Dios a juzgar al mundo. Ερχόμενος implica una intervenciσn de Dios en la historia humana para llevar a cabo su plan salvífico. Después de mencionar al Padre Eterno como el que es, el que era y el que viene, el autor sagrado pasa a hablarnos de los siete espíritus que están delante de su trono. A propósito de esta expresión son posibles dos interpretaciones. La primera es la que cree que aquí San Juan se refiere a los siete ángeles de la tradición judía, que sirven ante el trono de Yahvé 23. Y el hecho de que se hable de ellos antes de Jesucristo sería únicamente para indicar su posición junto al trono de Dios, sin que se quiera expresar jerarquía 24. La segunda interpretación, que nos parece la más probable, es la que ve en esta frase una alusión al Espíritu Santo septiforme 25. Esta manera de ver está avalada por varias razones: en la fórmula trinitaria inicial, los siete espíritus son mencionados antes de Jesucristo, y están colocados en el mismo rango que el Padre y el Hijo. Además, la gracia y la paz que Juan desea a sus lectores, son un don divino, que, en el Nuevo Testamento, es concedido por Dios y nunca por los ángeles. De ahí que la tradición latina admita unánimemente que este pasaje se refiere al Espíritu Santo. En cambio, la tradición griega está dividida: unos admiten la referencia al Espíritu Santo y otros a los siete ángeles 26. Por consiguiente, creemos que la fórmula de Ap 1:4-5 es trinitaria y que supone la igualdad de las personas divinas, fuente indivisible de vida y de felicidad 27. El hecho de que San Juan ernplee la imagen de los siete espíritus para designar al Espíritu Santo, tal vez haya sido motivada por el simbolismo del número siete, que tanta importancia tiene en el Apocalipsis. Por otra parte, también el texto de Isaías de los siete dones del Mesías 28, y el de Zacarías sobre los siete ojos divinos 29, pudieron sugerir la imagen al vidente de Patmos. Del mismo modo que los siete cuernos y los siete ojos del Cordero simbolizan el poder absoluto y el conocimiento perfecto de Jesucristo, así también los siete espíritus simbolizan la plenitud de los dones divinos del Espíritu Santo, con los cuales consolará y fortificará a los fieles en la lucha que tienen entablada con las Bestias.
A Jesucristo se le designa, en nuestro pasaje (v.5), con varios apelativos, muy propios del Apocalipsis. Se le llama primeramente testigo veraz, como en Ap 3:14. Designación muy propia de San Juan, pues él mismo nos dice en el cuarto evangelio que Cristo vino al mundo a "dar testimonio de la verdad." 30 El segundo título de Jesucristo es el ser primogénito de los muertos. Esto significa que El es el primero que resucitó a una vida gloriosa e inmortal, y que, por lo tanto, es el fundamento y el garante de nuestra propia resurrección, como afirma también San Pablo 31. La expresión "primogénito de los muertos" supone una concepción curiosa del Seol-Hades: el Seol, o región de los difuntos, es concebido como una mujer encinta que retiene en su seno a los muertos, y la resurrección, como un nacimiento 32. El tercer apelativo dado a Cristo es el de príncipe de los reyes de la tierra, pues le ha sido dado todo poder en la tierra y en el cielo 33. γ San Pablo enseña que, por las humillaciones de su pasión, Jesucristo recibió del Padre el título de Señor, con pleno poder en el cielo, en la tierra y hasta en los infiernos 34. El título de Cristo-Rey es como el tema principal del Apocalipsis, e insinúa una oposición a los emperadores romanos 35. San Juan desea destacar la soberanía de Jesucristo sobre todos los poderes, principalmente sobre el poder imperial que se oponía violentamente a la difusión de la Iglesia en la tierra. Esto era necesario para consolar e infundir nuevo valor a los cristianos, mostrándoles la superioridad de Cristo sobre todos los poderes terrenos.
Jesucristo, además de ser Rey y Señor de toda la creación, es también el Redentor, que nos ama, y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre (ν.5) 36. Jesucristo nos amó y nos dio la mayor prueba posible de su amor muriendo por nosotros 37 y librándonos de los pecados en virtud de su sangre derramada. San Pablo dice lo mismo en su epístola a los Efesios: "Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios" 38 El rescate por la sangre es una doctrina común del cristianismo primitivo 39. Cristo es el Pontífice de la nueva alianza, que, en virtud de su sangre, se ha convertido en Mediador supremo entre Dios y nosotros y nos ha hecho participantes de su soberanía real y sacerdotal.
Jesucristo, después de absolvernos de nuestros pecados, nos ha constituido reyes-sacerdotes de Dios Padre (v.6). Formamos, pues, ahora un reino sacerdotal, una clase sacerdotal especial, como la que formaban los levitas en el Antiguo Testamento. Juan se refiere en este pasaje al Ex 19:5-6, en donde se dice que Yahvé eligió a Israel e hizo de él "un reino sacerdotal, una nación santa." Para los antiguos, el rey era el sumo sacerdote del dios nacional, lo mismo que el jefe de familia era el sacerdote familiar. Israel, la nación santa, la más próxima a Dios, estaba consagrada de un modo especial al culto de Yahvé, y en cuanto tal había de ejercer el sacerdocio en nombre de todos los pueblos de la tierra. San Pedro 40 aplica las palabras del Éxodo a los cristianos: "sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable." Es en la Iglesia en donde se cumplen las promesas hechas al pueblo judío 41, pues los cristianos constituyen la continuación del Israel de Dios. Jesucristo se ha dignado comprar con su sangre para Dios hombres de todas las razas para hacer de ellos un reino y sacerdotes 42. Es decir, Cristo, en cuanto Sumo Sacerdote del Padre 43, ha conferido a sus fieles una parte de ese sacerdocio para que "cada uno ofrezca su cuerpo como hostia viva, santa, grata a Dios" 44. Esta oblación, unida a la de Jesucristo, siempre resulta grata al Padre celestial, al cual es debida la gloria y la majestad de un imperio eterno 45. El cristiano, incorporado a Cristo por el bautismo, se encuentra en una situación totalmente particular de proximidad y de unión íntima con El. Por cuya razón goza de un poder especial de intercesión delante de Dios, como gozaba el sacerdote levítico en la Antigua Alianza. Este sacerdocio de los fieles no presupone la transmisión de un poder especial, propio del sacramento del orden. El sacerdocio de los cristianos tiene más bien como finalidad el recordarles su dignidad de hijos de Dios, el valor de su bautismo y las obligaciones que en él han contraído, y el servicio religioso al que han sido llamados. Lo mismo que el antiguo pueblo israelita ocupaba una posición privilegiada entre todos los pueblos respecto de Dios, porque podía acercarse a El, gozar de sus intimidades y hacer de intermediario entre Yahvé y todos los demás pueblos, así también los cristianos, por la gracia de adopción como hijos de Dios y por su íntima unión con Cristo, ocupan una posición absolutamente única que les permite interceder por las almas 46.
La doxología del v.6 parece evocar en la mente del autor sagrado la última venida triunfal de Cristo sobre las nubes del cielo, ante la mirada atónita de todos los pueblos (v.y). El profeta está tan seguro de la próxima venida de Jesucristo, que lo presenta ya como avanzando en medio de las nubes. La imagen de la parusía de Cristo rodeado de nubes proviene del profeta Daniel, que en visión nocturna ve "venir en las nubes del cielo a uno como hijo de hombre" 47. Nuestro Señor también se sirvió de ella delante del sumo sacerdote para confesar su mesianidad y su triunfo futuro 48. La relación que tiene esta confesión de Jesús ante Caifas con su pasión redentora, recuerda a Juan un texto del profeta Zacarías: "Y a aquel a quien traspasaron, le llorarán como se llora al hijo único, y se lamentarán por él como se lamenta por el primogénito." 49 El profeta alude a un llanto general a causa de la muerte de un justo traspasado, que parece haber sido víctima inocente del pueblo elegido. Yahvé llevará a cabo una efusión de gracias divinas sobre los moradores de Jerusalén, por cuyo medio Dios producirá en ellos un cambio interior, que les hará convertirse de nuevo a El y llorar, con un duelo nacional, la muerte del misterioso justo. San Juan aplica el texto de Zacarías a Jesucristo crucificado por el mismo pueblo judío: Cristo es el Justo traspasado de la profecía. Pero también llegará un tiempo en que los judíos reconocerán su pecado y se lamentarán en señal de dolor y de arrepentimiento. En nuestro texto son todas las tribus de la tierra las que condividen los remordimientos de Israel.
La alusión a la crucifixión y a la lanzada de Cristo es bastante clara, tanto más cuanto que es Juan quien nos transmite la noticia de esta última 50. La crucifixión parece asociada, en el v.7, a la gloria parusíaca, como en Mt 24:30.
La doble afirmación con que se termina el v.7: Sí, amén, indica la solemnidad y la convicción de lo que acaba de decir. Recuérdese el amén, amén del cuarto evangelio.
Del mismo modo que sucede al final de los oráculos proféticos, una declaración divina garantiza la verdad de lo que acaba de decir.
Las últimas palabras de esta sección están puestas en boca del Señor Dios (= Yahvé-Elohim). El que habla es el Padre, el cual hace una declaración de su eternidad: Yo soy el alfa y la omega (v.8), o sea el principio y el fin de las cosas. Esta designación simbólica de la divinidad — que en otros lugares será aplicada al mismo Cristo — por la primera y la última de las letras del alfabeto griego, tal vez sea la imitación de un procedimiento tomado de los rabinos. Estos también solían designar a Yahvé con la primera y la última de las letras del alfabeto hebreo: a/e/ y tau. En la literatura rabínica también se dice que el sello de Dios es el 'emet, es decir, la "fidelidad y la firmeza"; y esa expresión está escrita con la primera, la mediana y la última letra del alefato hebreo 51. La expresión de San Juan también pudiera tener estrecha relación con la mística helenística de las letras, que era frecuente entonces. Así la serie αεηιουω en los papiros mαgicos, significa la universalidad del mundo, y sirve, al mismo tiempo, para designar a la divinidad 52.
Finalmente, el autor sagrado insiste de nuevo sobre la eternidad de Dios y sobre el poder absoluto que tiene sobre toda la creación: (Yo soy). el que es, el que era, el que viene, el todopoderoso (v.8). Con esto quiere tranquilizar a sus lectores, pues el Dios justo y triunfador del pasado continuará siendo el mismo en todos los tiempos, ya que su soberanía sobre todos los seres es absoluta.
Visión Introductoria a Todo el Libro, 1:9-20
San Juan recibe de Jesucristo, que se le aparece en la isla de Patmos, el encargo de escribir a las siete Iglesias de Asia. La visión viene a ser como la introducción a todo el libro. En este sentido se puede comparar con las visiones de la vocación de Isaías 53, de Jeremías 54 y de Ezequiel 55.
9 Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la paciencia en Jesús, hallándome en la isla llamada Patmos, por la palabra de Dios y por el testimonio de Jesús, 10 fui arrebatado en espíritu el día del Señor y oí tras de mí una voz fuerte, como de trompeta, que decía: 11 Lo que vieres escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias, a Efeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea. 12 Me volví para ver al que hablaba conmigo; 13 y vuelto vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros a uno, semejante a un hijo de hombre, vestido de una túnica talar y ceñidos los pechos con un cinturón de oro. 14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos, como llamas de fuego; 15 sus pies, semejantes al azófar, como azófar incandescente en el horno, y su voz, como la voz de muchas aguas. 16 Tenía en su diestra siete estrellas, y de su boca salía una espada aguda de dos filos, y su aspecto era como el sol cuando resplandece en toda su fuerza. 17 Así que le vi, caí a sus pies como muerto; pero él puso su diestra sobre mí, diciendo: 18 No temas, yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno. 19 Escribe, pues, lo que vieres, tanto lo presente como lo que ha de ser después de esto. 20 Cuanto al misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra y los siete candeleros de oro, las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros las siete iglesias.
El autor sagrado hace su presentación personal a semejanza de los profetas de la Antigua Alianza 56. Juan — su nombre ya nos era conocido desde Ap 1:1 — tiene una visión hallándose en la pequeña isla de Patmos. Hoy día esta isla se llama Patino, y forma parte de las islas Esperadas. Está situada enfrente de Milito y de Efeso, en el mar Egeo. Tiene unos doce kilómetros de largo por cinco de ancho en su parte más amplia. Según Plinio 57, los romanos utilizaban el islote de Patmos como lugar de deportación para algunos condenados especiales. San Juan también fue deportado a esta isla, castigado a causa del Evangelio, como nos dice él expresamente (v.9). Victorino, obispo de Pettau, en Styria, martirizado bajo Diocleciano, nos dice que San Juan fue condenado por Domiciano a trabajos forzados en las canteras situadas al norte de la isla de Patmos: "in metallum damnatus." 58 Esto mismo es confirmado por San Jerónimo 59.
El apóstol se nos presenta como hermano en la fe y como compañero en la tribulación, sufrida por la fe; como copartícipe en el reino sacerdotal 60 y en la paciencia con que soporta la tribulación. San Juan ha tenido que pasar por grandes pruebas exteriores y persecuciones a causa del Evangelio. Su destierro en el islote de Patmos era una señal evidente de los sufrimientos que había tenido que soportar. Pero todo lo sufrió con paciencia (υπομονή), es decir, con fe, esperanza y firmeza. Juan es el prototipo del verdadero cristiano que sabe aguantar y perseverar en la fe, a pesar de las muchas dificultades que se le opongan. Y esta perseverancia en el servicio de Cristo será la que consiga el triunfo del reino de Jesucristo en medio de todas las persecuciones desencadenadas contra él.
Después de la presentación, San Juan comienza inmediatamente con la narración de la primera visión. Esta tuvo lugar en el día del Señor, es decir, en domingo, día venerado por los cristianos a causa de la resurrección del Señor, que tuvo lugar en tal día 61. Este texto del Apocalipsis (v.10) constituye la primera mención expresa del domingo cristiano. La expresión, que se hizo técnica, pudo nacer en los ambientes asiáticos como reacción contra la designación de día de Augusto, que indicaba un día mensual establecido en honor del emperador 62. Juan fue arrebatado en éxtasis, para que, desligado de la vida de los sentidos, percibiese mejor las cosas divinas. En este estado oye una voz fuerte, como de trompeta, que le intimaba la orden de escribir lo que viese para transmitirlo a las siete iglesias de Asia (v.11). Se trata del Apocalipsis entero. Las siete ciudades nombradas, unidas por magníficas vías, formaban un círculo fácil de recorrer para un mensajero llegado de Patmos a Efeso. Pero, ¿cuál es la razón de nombrar sólo siete iglesias, cuando en la misma región había muchas otras de mayor importancia? Ramsay cree que la razón hay que buscarla en el hecho de que la provincia romana de Asia estaba dividida en siete distritos postales, cada uno de los cuales tenía por centro una de esas siete ciudades, las cuales formaban un círculo alrededor de la provincia. De cada uno de estos centros era fácil enviar la carta a otras ciudades 63.
Juan, al volverse para ver al que le hablaba, lo primero que contempla son siete candelabros de oro. En medio de ellos había uno semejante a un hijo de hombre (v.12-13). Es Jesucristo que se le aparece en sus funciones de juez escatológico, como en Daniel 7:13. Jesús empleó con mucha frecuencia esta expresión daniélica, aplicándosela a sí mismo 64. Era un título mesiánico que ponía de realce las cualidades humanas de Cristo. La Iglesia cristiana primitiva lo empleó muy raramente, prefiriendo llamarle Señor, con el fin de poner de manifiesto su carácter divino. El autor del Apocalipsis describe las prerrogativas de Cristo simbólicamente; su túnica talar lo caracteriza como sacerdote 65, y su cinturón de oro designa la dignidad regia del Mesías 66. El sumo sacerdote de la Antigua Ley llevaba también una larga túnica talar, ceñida con una faja de cuatro dedos de ancho 67. Los cabellos blancos, como la nieve 68, significan la eternidad del personaje que ve Juan. Los ojos llameantes indican la mirada que todo lo penetra y de la que nadie puede huir. Es su ciencia divina 69. Una majestad aterradora parece como desprenderse de toda su persona: sus pies son como azófar (una aleación de cobre y cinc) incandescente; su voz, potente como el ruido de muchas aguas; su aspecto, resplandeciente como el sol. Esta descripción se apoya indudablemente en las narraciones de Ezequiel y Daniel, que contemplan a su personaje resplandeciente cual bronce bruñido 70. Ezequiel contempla a "una figura semejante a un hombre que se erguía sobre el trono; y lo que de él aparecía, de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego, y todo en derredor suyo resplandecía" 71. Y Daniel todavía nos describe con mayor detalle "a un varón vestido de lino y con un cinturón de oro puro. Su cuerpo era como de crisólito, su rostro resplandecía como el relámpago, sus ojos eran como brasas de fuego, sus brazos y sus pies parecían de bronce bruñido, y el sonido de su voz era como rumor de muchedumbre" 72.
El fuego, a causa de su resplandor y de su acción purificadora, es un símbolo bíblico muy frecuente para representar la santidad divina. Dios es la santidad misma, totalmente separado de la más mínima impureza humana. Por eso, los profetas y autores apocalípticos suelen representar a la divinidad rodeada de fuego.
El vidente de Patmos percibe en la visión que Jesucristo tenía en su mano derecha, es decir, en su poder, siete estrellas, que representaban las siete iglesias a las cuales se dirige Juan 73. Como se nos dirá en el v.ao de este capítulo, las estrellas simbolizan los ángeles protectores de las siete iglesias, que debían velar por cada una de ellas. De la boca de Cristo sale una espada de dos filos, que es el símbolo de su autoridad de juez supremo, a cuyos fallos nadie puede resistir (v.14-16)74.
Todos los elementos de esta descripción contribuyen a darnos una imagen impresionante del misterioso personaje que se le aparece a Juan, el cual, como ya dejamos indicado, no es otro que Jesucristo glorioso.
A la vista de esta aparición, San Juan sufre un desmayo, del que le hace volver Cristo, que le conforta, inspirándole confianza. Escenas semejantes las encontramos en los profetas Ezequiel y Daniel 75. Las palabras que le dirige Cristo son tranquilizadoras, y se proponen infundirle ánimo. Con este mismo fin, Jesucristo enumera sus títulos y poderes: yo soy el primero y el último (v.18). Esta designación, tomada probablemente de Isaías 44:6, en donde se aplica a Yahvé, es sinónima de la expresión alfa y omega 76. Dios siempre es el mismo; y por eso Juan no ha de temer, pues Jesucristo es tan misericordioso como cuando él le conoció en este mundo.
A continuación Cristo se presenta como resucitado. Y reivindica una triple prerrogativa: en primer lugar afirma su poder sobre la vida (tengo las llaves), la muerte y el infierno (= Seol-Hades). Seguramente el autor sagrado alude aquí al descenso de Cristo a los infiernos para librar a los allí detenidos 77. Jesucristo es señor del infierno porque tiene las llaves, es decir, el poder para penetrar en aquel lugar misterioso en donde estaban reunidos los muertos 78. Y es dueño de la muerte, porque sobre ella ejerce su soberanía.
Cuando quiere la puede soltar para que actúe en el mundo y la puede volver a encerrar bajo llave cuando lo estime conveniente. Este poder extraordinario de Cristo ha de servir para tranquilizar a San Juan, y para justificar ante sus ojos y ante los de las siete iglesias el mensaje que va a comunicarle.
Una segunda prerrogativa de Cristo es la de tener derecho de gobierno sobre las iglesias. Y, finalmente, es dueño de los destinos de esas mismas iglesias y del mundo entero. Estas dos últimas prerrogativas están expresadas en el v.1q, cuando Cristo ordena a Juan escribir para las siete iglesias tanto lo presente como lo que ha de suceder después. Las cosas presentes se refieren al estado de las siete iglesias, y las cosas futuras parecen aludir a lo que dirá en el resto del Apocalipsis. Por consiguiente, la profecía tendrá por objeto no sólo el futuro, sino también el presente. San Pablo concebía el carisma de la profecía como un don que Dios da para exhortar, consolar y edificar 79.
Las iglesias están representadas por siete candeleros (v.20), porque participan de la luz de Cristo. El hijo del hombre, Cristo, vive en medio de ellos (cf. v.13). Las siete estrellas en la mano diestra de Cristo representan los ángeles de las siete iglesias. Según las concepciones judías, entonces vigentes, no sólo el mundo material estaba regido por ángeles 80, sino también las personas y las comunidades. De ahí que San Juan considere cada iglesia regida por un ángel, que era el responsable de su buena conducta 81. Estos ángeles tutelares eran los obispos de las diversas iglesias, que, a su vez, representaban a Cristo ante las comunidades.
1 Gf. Lc 2:32; Ef 1:17. — 2 De diecisiete veces que se emplea el término apocalipsis en el Ν. Τ., catorce veces pertenecen a las epνstolas de San Pablo. — 3 Cf. 2 Tes 1:7; Rom 2:5; 8:19; 1 Cor 1:7; ver 1 Pe 1:7.13; 4:13. — 4 Rom 16:25; 2 Cor 12:1; Gal 1:12; 2:2; Ef 3:3. — 5 Ap 2-3- — 6 Cristo reveló a su Padre al mundo, pero aquí lo hace por medio de un ángel (cf. Ap 22, 6.16) para acomodarse al estilo apocalíptico. A partir de Ezequiel, Zacarías y Daniel, los ángeles eran los guías de los videntes y los intérpretes de sus visiones. El ángel, enviado por Jesu-isto y como ministro suyo, viene a comunicar la revelación a Juan. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento es frecuente el ministerio de los ángeles entre Dios y los hombres (£,240:1-44:3; Zac 1:9; 2:3; Dan7,16; 8:15-26; 9:20-27; 10:4-21; 12:5-12; Ap 22:6-9). — 7 Cf. Jn 1:18; 5:20ss; 7:16; 14:10; 17:8. — 8 Cf. Ap 1:9, en donde vuelve a presentarse como Juan, recordando al mismo tiempo a Js lectores que, como ellos, ha tenido que sufrir la tribulación en la isla de Patmo^. Véase también Ap 22:8. — 9 Ap 22:8-9. — 10 Jn 19:35; 21:21; 1 Jn 1:1-3. — 11 Gf. 1 Cor 14. — 12 Cf. Ap 1:3; 14:13; 16:15; 19.9; 20:6; 22:7.14. El nombre de macarismo proviene del adjetivo griego μακάριος: feliz, dichoso, bienaventurado. Por eso los griegos llaman μακαρισ-μοί las bienaventuranzas del sermσn de la Montaña. — 13 Cf. S. Bartina, Los macarismos del Nuevo Testamento. Estudio de la forma: EstEcl 34 (1960) 57-88. Véase también el Excursus I: Los siete macarismos del Apocalipsis, del mismo autor, en La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento III (BAC, Madrid 1962) p.618-621. — 14 Cf. Ap 22:10. — 15 Cf. M. García Cordero, El libro de los siete sellos (Salamanca 1962) ρ.34· — 16 Cf, Jer 1:1-3. — 18 The Letters to the Seven Churches of Asia (Londres 1904). — 19 Cf. EB 4 Jn.57-59. — 20 Ap 22:21 — 21 Cf. Lc 1:30. — 22 Jn 14:127. — 23 Cf. Tob 12:15. Ver también el Targum de Jonatán sobre Gen 11:7: "Dijo Dios a los siete ángeles que están en su presencia." — 24 Cf. P. Jouon, Apocalypse 1:4: RSR 21 (1931) 486-487. — 25 Cf. Is 11:2-3(LXX). — 26 Cf. J. M. Bover, Los siete espíritus del Apocalipsis: Razón y Fe 52 (1918) 289-99; J. Lebreton, Histoire du dogrne de la Trinité 7 (París 1927) p.628-631; E. B. Allo, Apocalypse (París 1933) p.8-9; A. Skrinjar, Les sept Esprits: Bi 16 (1936) 1-24.113-140; J. Michl, Die En-elvorstellungen in der Apokalypse des heiligen Johannes: I. Die Engel um Gott (München 1937) 112-210; E. Schweizer, Die sieben Geister in der Apokalypse: Evangelische Theologie n (1951-1952) 502-512; L. F. Rivera, Los siete espíritus del Apocalipsis: Revista Bíblica 64 (Buenos Aires 1952) 35-39- — 27 Así lo cree también el P. E. B. Allo. Véase su obra U Apocalypse p.6. — 28 Is 11:2-3. — 29 Zac 3:9; 4:10. — 30 Jn 18:37. — 31 Cf. 1 Cor 15:20; Col 1:18. — 32 Cf. Act 2:24. Véase también IV Esdrás 4:33-42. J. Chaine, Deséente du Christ aux en-fers: DBS II 414-415. — 33 Mt 28:18. — 34 Fil 2:6-9. — 35 Cf. A. Gelin, Apocalypse, en La Sainte Bible de Pirot-Clamer, XII (París 1938) P-596s. — 36 Los v. 5-6 constituyen una especie de doxología, la primera de las muchas contenidas en el Apocalipsis. Deben de ser sin duda ecos de las asambleas cristianas, que nos son conocidas por la 1 Cor y la Didajé. Estas doxologías, introducidas a veces con Allelu-Yah (Ap iq,iss), parecen ser una herencia del judaismo. Son de gran importancia teológica, sobre todo para la cristología. — 37 Jn 15:13. — 38 Ef 5:2. — 39 Cf. Mc 10:45; Rom 3:24; Heb 0:11-22. — 40 1 Pe 2:9. Cf. M. García Cordero, El sacerdocio real en 1 Pe 2:9: CultBib 16 (1959) 321-323; véase en Recueil L. Cerfaux (Gembloux 1954) II p.283-315, el artículo Regale Sacer-dotium; R. B. Y. Scott, A Kingdom of Priests, en Oudtestamentische Studien VIII (Leiden 1950) p.213-219; J- Lécuyer, Le sacerdoce dans le mystére du Christ (París 1957) p.iyiss. — 41 Ex 19:6; cf. Ap 5:10; 20:6. — 42 Ap 5:9-10. — 43 Heb 7:20. — 44 Rom 12:1. — 45 Cf. W. H. Brownlee, The Priestly Character ofthe Church in the Apocalypse: NTStS (1959) 224-225. — 46 Cf. A. Gharue, Les Építres Catholiques, en La Sainte Bible, de Pirot-Clamer, XII P-453S. Véase también M. García Cordero, a.c.: CultBib 16 (1959) 322S. — 47 Dan 7:13. — 48 Mt 26:64; Me 14:62. Jesús también empleó la imagen de Daniel en el discurso escato-logico (Mt 24:30; Mc 13:26; Le 21:27). — 49 Zac 12:10. — 50 Jn 19:34- — 51 Cf. G. Kittel, Theologisches Worterbuch zum N. T. I 2 ; S. bartina, Apocalipsis de San Juan, en La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento III p.óoó. — 52 E. B. Allo, o.c. p.8. — 53 Jn 6.155. — 54 Jer i,4ss. — 55 Ez 1-2. — 56 Dan 7:28; 8:1. — 57 Hist. Nat. 4:12:23. Cf. G. camps, Patmos: DBS VII 73-81. — 58 Comm. in Apocalypsin: PL 5:317. — 59 De viris illustr. 9: PL 23:625. Véase también A. berjon, San Juan en Patmos: CultBib 10 (1953) 51-52. — 60 Cf. Api,6. — 61 Cf. Act 20:7-8; 1 Cor 16:1-2. La Didajé (14:1) afirma claramente que los cristianos se reunían el domingo para la fracción del pan. Y San Ignacio de Antioquía dice expresamente: "Vivid, no ya sabatizando, sino según el día dominical" (Ad Magn. 9:1: F. X. Funk, I 235-239). — 62 Cf. A. Gelin, L'Apocalypse, en La Sainte Bible de Pirot-Clamer (París 195i)p.598. — 63 W. M. Ramsay, The Letters to the Seven Churches of Asia (Londres 1906) p.iqiss. — 64 Mt 16:13-27; 17:9: Me 9:8s. — 65 Cf. Lev 8:13. — 66 Dan 10:5. — 67 Ex 28:4.31-32; 29:5· Cf. josefo flavio, Ant. 3:7:4. — 68 Cf. Dan 7:9- — 69 Cf. Dan 10:6. — 70 Ez 1:7; Dan 10:6. — 71 Ez 1:26-27. — 72 Dan 10:6. — 73 Cf, S. Bartina, En su mano derecha siete ásteres: EstEcl 26 (1952) 71-78. — 74 Cf. S. Bartina, Una espada salía de la boca de su vestido: EstBib 20 (1961) 207-217. — 75 Ez 1:28; 2:1-2; Dan8,18; 10:15-19. — 76 Ap 1:8; 22:13. La expresión "Yo soy el primero y el último" se encuentra otras dos veces en el Apocalipsis (2:8; 22:13) y siempre es aplicada a Jesucristo. — 77 Cf. Jn 5:26-28; 1 Pe 3:19; 1 Sam 2:6. — 78 Is 38:10. — 79 1 Cor 14:3. — 80 Cf. Ap 7:1; 14:18; 16:5. — 81 Cf. M. E. Boismard, L'Apocalypse, en La Sainte Bible dejérusalem p.so; A. Skrinjar, Antiquitas christiana de angelis septem ecclesiarum (Ap 1-3): VD 22 (1942) 18-24.51-56; W. H. Brownlee, The Priestly Character of the Church in the Apocalypse: NTSt 5 (19583) 224-225.
Las Siete Cartas a las Iglesias, c. 2-3
Estos dos capítulos se diferencian claramente del resto del libro. Y, sin embargo, son inseparables de todo el conjunto del Apocalipsis. Porque, de una parte, la mención de los atributos de Jesucristo, al comienzo de cada una de las cartas, está tomada de la visión inaugural l; de otra parte, las promesas con que termina cada epístola resultan incomprensibles si no se tiene presente el final del Apocalipsis 2, que da la explicación de símbolos como el "árbol de la vida" y la "nueva Jerusalén." 3 El mismo Cristo, que en in había ordenado al profeta escribir cuanto viere, es el mismo que ahora dicta a San Juan estas epístolas dirigidas a las siete iglesias.
El plan de las cartas es uniforme, y la simetría es casi perfecta. Todas comienzan por esto dice, y el que habla es Jesucristo, designado por uno de sus siete atributos: por aquel que dice mayor relación con la condición especial de cada Iglesia. Todas terminan por una promesa dirigida al vencedor, o sea a todo cristiano fiel, la cual responde más o menos directamente al atributo proclamado. En el cuerpo de cada carta también se observa el mismo orden. Las palabras de Cristo comienzan en todas las cartas por conozco, que tiene por complemento la situación de la iglesia, con las amonestaciones oportunas. En todas las cartas se encuentra la expresión el que tenga oídos, y a continuación se declara que es el Espíritu el que habla a las Iglesias, es decir, el Espíritu Santo que posee Jesús 4. Este Espíritu aparece aquí como una persona.
La doctrina de las cartas presenta muchas semejanzas con el resto del Nuevo Testamento, especialmente con los sinópticos, con las epístolas a los Tesalonicenses, Colosenses, con la epístola de Santiago y la i Pe. La cristología se presenta ya muy avanzada, sobre todo en la afirmación clara de la divinidad de Jesús. El objeto principal de las promesas — a semejanza del cuarto evangelio — es la vida de la gracia, la vida eterna del Evangelio, comenzada ya en este mundo y que se completará en la gloria.
Los motivos que indujeron a San Juan a escribir estas cartas debieron de ser los peligros y errores que comenzaban a introducirse en las comunidades cristianas. Los peligros de las iglesias son más bien interiores que exteriores. La persecución parece que es todavía considerada como algo futuro. Juan conoce perfectamente la historia y la geografía de estas ciudades asiáticas, lo que supone que ya había vivido en ellas 5.
Las cartas están dirigidas al ángel de cada iglesia, que debe representar al jefe o al obispo de cada una de ellas. Esto supone que ya existía en todas partes un episcopado monárquico. Aunque el apóstol fuese el obispo de Efeso, esto no impide que San Juan se dirija al pastor de esta iglesia, ya que podía tener un pastor local distinto del apóstol; o, al menos, alguien había tenido que sustituirle durante su destierro 6
Capitulo 2
Carta a la iglesia de Efeso, 2:1-7
1 Al ángel de la Iglesia de Efeso escribe: Esto dice el que tiene en su diestra las siete estrellas, el que se pasea en medio de los siete candeleros de oro. 2 Conozco tus obras, tus trabajos, tu paciencia, y que no puedes tolerar a los malos, y que has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos, 3 y tienes paciencia y sufriste por mi nombre, sin desfallecer. 4 Pero tengo contra ti que dejaste tu primera caridad. 5 Considera, pues, de dónde has caído, y arrepiéntete, y practica las obras primeras; si no, vendré a ti y removeré tu candelero de su lugar si no te arrepientes. 6 Mas tienes esto a tu favor, que aborreces las obras de los nicolaítas como las aborrezco yo. 7 El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de mi Dios.
Efeso es nombrada en primer lugar a causa de su importancia y por ser la metrópoli de la provincia proconsular de Asia. La ciudad era muy antigua y la más rica del Asia Menor en aquel tiempo. Dotada de un gran puerto, con un territorio muy fértil, y una industria muy floreciente, era un gran centro comercial entre el Oriente y el Occidente. En ella confluían las grandes vías romanas que venían de Galacia, de Mesopotamia y de Antioquía. Su grandioso templo de Artemis o Diana, considerado como la séptima maravilla del mundo, era famoso en toda la antigüedad y hacía de la ciudad un centro religioso de los más notables del mundo antiguo. En la época de Domiciano vino a ser también el centro del culto imperial de la provincia proconsular de Asia. Era también la residencia del procónsul romano. Y en ella residía una numerosa colonia judía 7.
La iglesia de Efeso había sido fundada por San Pablo en su tercer viaje apostólico 8. El Apóstol de las Gentes llegó a Efeso por los años 53-56, y predicó allí con grande éxito durante casi tres años. Tuvo que abandonar la ciudad a causa de la sublevación de los orfebres, que veían amenazada su industria de fabricación de estatuitas de Diana con la propagación de la fe cristiana. Más tarde, probablemente después de la ruina de Jerusalén, el año 70, San Juan vino a establecerse en Efeso, y allí se mostraba su sepulcro y hasta la casa en que había vivido en compañía de la Virgen María. Después de la caída de Jerusalén, Efeso vino, pues, a convertirse en el primer centro del cristianismo oriental. En la actualidad, Efeso no es más que un campo de ruinas grandiosas, que, por sí solas hablan de la importancia que tuvo esta ciudad en la época en que San Juan escribía el Apocalipsis.
Jesucristo es presentado hablando y dictando al vidente de Patmos (v.1)· La orden que le da es que escriba las cosas que le va a decir para comunicárselas al ángel de la iglesia de Efeso. En todas las cartas se repite el mismo mandato con las mismísimas palabras. Sólo cambia el nombre de la ciudad a la cual va dirigida la carta. El ángel, en estos pasajes, muy probablemente simboliza al obispo de cada una de las Iglesias. Así lo han entendido generalmente los Padres latinos. Y esto explicaría los reproches que Jesucristo les dirige tocante a su conducta, lo cual resultaría de difícil explicación si admitimos que se trata de los ángeles tutelares de cada iglesia.
El autor sagrado describe a Cristo con rasgos tomados de Ap 1:13. Se añade, además, el detalle de que se pasea en medio de los siete candeleros de oro, como para significar con esta actitud su dominio sobre todas las Iglesias, pues Efeso era como la metrópoli de todas las demás que ha de nombrar. Jesucristo tiene en su mano y domina a todos los jefes de las iglesias, y es señor absoluto de ellas. El hecho de pasear por en medio de ellas significa que Cristo vigila constantemente sobre esas comunidades cristianas.
Jesucristo conoce la vida de la iglesia de Efeso, de la cual hace un gran elogio. En los trabajos sufridos y en las persecuciones padecidas por el nombre de Jesús ha mostrado paciencia; y no ha tolerado la presencia de malvados y falsos apóstoles en su comunidad (v.2-3). Se hace particular referencia a los seudoapóstoles, de los cuales habla ya San Pablo en la 2 Cor 9, poniendo en guardia a los fieles contra esos falsos maestros. Se servían de mil maneras para sembrar entre los cristianos doctrinas corruptoras, que producían confusión y mucho daño en las almas. La Didajé 10 manda que para descubrir el verdadero espíritu de los que se presentaban como apóstoles, profetas, maestros, se confrontase su vida y doctrina con la vida y la doctrina de Cristo. La iglesia de Efeso los ha probado y los ha hallado mentirosos. Se debe de tratar de los nicolaítas (cf. v.6) o de otros propagandistas de la semilla gnóstica, o también de judíos o judaizantes, que se esforzaban por introducirse y perturbar las comunidades cristianas. El Señor alaba la conducta de la iglesia de Efeso con estos falsos doctores. San Ignacio de Antioquía alaba igualmente a la iglesia de Efeso por haber cerrado sus oídos a los falsos doctores 11.
El hermoso elogio que hace Jesucristo de esta iglesia, tanto en lo referente a su fidelidad doctrinal como en la paciencia manifestada en las persecuciones, supone que la vida cristiana en lo que tiene de más esencial era floreciente en ella. Pero entonces, ¿cómo se entiende el reproche que le dirige: Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad? (v.4). Ahora bien, la caridad es la virtud esencial de la vida cristiana 12. ¿Cómo explicar, pues, esta especie de paradoja? Para entender esto hemos de tener presente que el verbo ι, empleado aquν por San Juan, puede significar "renunciar, abandonar," pero también "aflojar, descuidar." Y el reproche que le dirige Cristo parece ser a causa de su negligencia. El aflojamiento de los efesios en la caridad, sin constituir un abandono propiamente dicho de la caridad, es una desobediencia progresiva o una vía de escape de una obligación rigurosa que tienen todos los cristianos de practicar la caridad 13. Por consiguiente, la iglesia de Efeso se ha resfriado en el fervor de su caridad primera. San Juan opone la caridad actual de la iglesia a la que tuvo en un principio, es decir, después de la conversión de los efesios. La caridad en aquella época era muy fervorosa. Pero con el tiempo, en lugar de desarrollarla mediante el continuo ejercicio para que diese sus frutos, la han dejado decaer.
La caridad de que nos habla aquí Juan no parece referirse únicamente al fervor interior. En Ap 2:5 y 19 es asociada expresamente con las obras. De donde se deduce que se trata de la manifestación concreta del amor. Y esa manifestación se lleva a cabo por medio de las obras de caridad para con el prójimo, especialmente para con los pobres. Por lo tanto, esta caridad debe de ser la caridad fraterna manifestada en las obras de misericordia 14. El reproche del v.4 está, por consiguiente, en una línea auténticamente joánica, pues el mismo San Juan es el que dice: "Quien ama a su hermano está en la luz, y en él no hay escándalo" 15. La caridad es como el lazo que da consistencia y vigor a todas las virtudes. Los efesios, con su cansancio en la práctica de esta virtud, ponen en peligro toda su vida moral. Su pereza en el ejercicio de las obras de caridad les conduce a una especie de tibieza espiritual. Conservan, es verdad, su capacidad de amar divinamente, porque no han perdido la gracia, pero se muestran perezosos en la práctica de la caridad 16.
Después Jesucristo exhorta a la iglesia de Efeso a la reflexión, al arrepentimiento y a la práctica de sus obras primeras de caridad. De lo contrario, el Señor vendrá y removerá el candelera de su lugar (v.5). La amenaza simbólica podría ser una alusión a los desplazamientos sucesivos de la ciudad 17 y su definitiva destrucción. Para otros significaría más bien que la comunidad de Efeso decaería de su rango, perdiendo la primacía religiosa que entonces tenía en el Asia Menor.
Sin embargo, la iglesia de Efeso tiene a su favor el hecho de haber aborrecido las obras de los nicolaítas (v.6). No sabemos con seguridad quiénes eran estos nicolaítas. En la antigüedad ha habido muchos escritores que ligaban equivocadamente esta secta con el diácono Nicolás 18. No obstante, no se conoce con certeza ni su autor ni sus enseñanzas erróneas, que debieron de ser de orden moral. Según Clemente Alejandrino 19, los nicolaítas permitían comer las carnes sacrificadas a los ídolos, después de echar sobre ellas los exorcismos, y afirmaban que la fornicación no era pecado. En cuyo caso, los nicolaítas constituirían una especie de herejía pregnóstica, que sería la continuadora, en las iglesias del Asia, del error del cual nos hablan las epístolas paulinas de la cautividad y las pastorales. Ha habido también autores modernos que han visto en nicolaítas un juego de palabras: los nicolaítas habría que identificarlos con los baalamitas de la Iglesia de Pérgamo 20 y con la Jezabel de Tiatira 21, pues reflejarían los mismos vicios. En este caso, las palabras griegas νίκα λαόν = “ιl domina al pueblo" de Dios, equivaldrían a la expresión hebrea baaíam = "dueño del pueblo" de Dios. Se trataría, pues, de un nombre simbólico, no de un nombre histórico. A continuación San Juan trata de atraer la atención de sus lectores para que mediten seriamente en el sentido del mensaje que les acaba de exponer: el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (v.7). En los evangelios, Jesucristo emplea también frecuentemente esta misma expresión 22. El Espíritu que habla es el Espíritu Santo, inspirador de los profetas. Pero aquí es presentado como Espíritu de Cristo, porque es el mismo Cristo el que habla 23. Ese Espíritu conoce perfectamente el corazón de los hombres y sabe valorar sus acciones. Por eso puede reprender y corregir con conocimiento de causa. Y al mismo tiempo, como Dios, puede amenazar con castigos o bien ofrecer premios. Al cristiano que haya sido fiel y que, por lo tanto, haya resultado vencedor 24 el Señor le dará en premio a comer del árbol de la vida (v.7) 25. La vida cristiana es una especie de milicia, pues presupone una continua lucha contra todo lo que le puede apartar de Dios. Pero al que venciere, el Señor le dará el don de la inmortalidad. La imagen del árbol de la vida procede del Génesis 26, que lo coloca en medio del paraíso, guardado por querubines para que el hombre caído no logre arrebatar su fruto y recobrar la inmortalidad 27. En la literatura rabínica y apocalíptica se alude con frecuencia al árbol de la vida que se da a comer a los vencedores 28. Y según las ideas judías de entonces, atestiguadas por diversos apocalipsis apócrifos 29, el paraíso y el árbol de la vida debían volver a aparecer al fin de los tiempos para gozo de los elegidos. Sin embargo, el árbol es una pura imagen. El premio prometido es la inmortalidad bienaventurada. El árbol de la vida, que estaba en el paraíso terrenal, confería al que lo comía el don de la inmortalidad 30. Pero, por el pecado, el hombre quedó privado del don de la inmortalidad. Ahora Cristo promete a todo cristiano que venciere al pecado el don de la inmortalidad gloriosa en el cielo. Esto es lo que significa comer del árbol de la vida que está en el paraíso de mi Dios. La literatura apocalíptica, siguiendo en esto el ejemplo de los profetas, idealiza frecuentemente el futuro mesiánico comparando su felicidad con la del paraíso terrestre 31.
En virtud de la identidad joánica entre gracia y gloria, también se podría ver aquí la presencia de Cristo en el alma fiel. Desde esta vida Cristo y el Espíritu Santo nutrirán a los cristianos fieles con el alimento que da la vida 32.
Carta a la iglesia de Esmirna, 2:8-11
8 Al ángel de la Iglesia de Esmirna escribe: Esto dice el primero y último, que estuvo muerto y ha vuelto a la vida: 9 Conozco tu tribulación y pobreza, aunque estás rico, y la blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son, antes son la sinagoga de Satán. 10 Nada temas por lo que tienes que padecer. Mira que el diablo os va a arrojar a algunos en la cárcel para que seáis probados, y tendréis una tribulación de diez días. Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. 11 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El vencedor no sufrirá daño de la segunda muerte.
Esmirna era otra de las grandes ciudades del Asia Menor, situada a 50 kilómetros al norte de Efeso. Edificada sobre una grande bahía, disfrutaba de un magnífico puerto. Se distinguió siempre por su fidelidad a Roma en sus luchas contra los Seléucidas, Cartago y Mitrídates. Por eso se le concedió el título de fiel. Este fervor por Roma lo manifestó también levantando, la primera de todas las ciudades, en el año 195 a. C., un templo a la diosa Roma. En el año 26 d.C. obtuvo, antes que Efeso y Sardes, el privilegio de erigir un templo a Tiberio, a Livia y al Senado 33. Ignoramos cuándo recibió Esmirna la fe de Cristo. Es muy probable que la haya recibido de Efeso, por medio de algunos convertidos por San Pablo en esta ciudad 34. Esmirna era una ciudad rica y de mucho comercio. Por eso contaba con una comunidad numerosa de judíos. Es probable que por la fecha en que se escribía el Apocalipsis fuese ya obispo de Esmirna San Policarpo: discípulo de San Juan, que, al morir mártir por no querer decir, "César es Señor" (f 156), llevaba ochenta y seis años sirviendo a Cristo. Los judíos fueron los que impulsaron al pueblo a pedir su muerte. De todas las ciudades antiguas de la provincia, es Esmirna la única que ha renacido de sus cenizas, gracias a su magnífico puerto. Actualmente existe en Esmirna un buen grupo de católicos con su obispo. Se supone que Esmirna fue la patria de Hornero 35.
La carta dirigida a la Iglesia de Esmirna es la más breve de todas. Y sólo contiene elogios, lo cual parece indicar que era una comunidad ejemplar. Comienza con el mandato de escribir dirigido al obispo de Esmirna. Jesucristo se describe a sí mismo con los dos epítetos de /φ ι,18: es el primero y el último, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida (v.8). Cristo se mantuvo siempre fiel a la voluntad de su Padre, incluso en el momento terrible de su pasión y muerte. Por este motivo obtuvo la vida. La Iglesia de Esmirna ha de hacer otro tanto, aun cuando se vea sumergida en la tribulación.
Jesucristo hace un buen elogio de la iglesia de Esmirna, que ha sufrido mucho, pero que todavía tendrá que sufrir más. En la causa de estos padecimientos tendrán parte los judíos, los cuales no merecen este honroso nombre, sino el de sinagoga de Satán (v.q). Los judíos, muy numerosos e intrigantes en Esmirna, como en Efeso, han sido siempre particularmente duros para el cristianismo, como se ve por el Martirio de San Policarpo 36, en el que aparecen ellos como los principales instigadores contra el santo obispo. Aquí, como en tantas otras partes, se cumple el dicho de Tertuliano: "Synagogas iudaeorum fontes persecutionum." La blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son debió de consistir probablemente en renegar de Jesucristo y de su Iglesia 37. Por eso mismo, no son verdaderos judíos; pues, en realidad, solamente los que creen en Jesucristo son los verdaderos judíos, los auténticos herederos de los privilegios del pueblo elegido. Los cristianos son, como dice San Pablo, el verdadero Israel de Dios 38. San Juan también reconoce el singular privilegio de los judíos, como se ve por su evangelio 39 y por este pasaje, pero a condición de que se mantengan en el plan establecido por Dios. En una ciudad rica, los fieles son pobres en bienes materiales, pero ricos en virtudes y merecimientos ante Dios. La antítesis riqueza espiritual y pobreza material 40 es empleada de nuevo, aunque en sentido inverso, en la carta a la iglesia de Laodicea 41. La comunidad cristiana de Esmirna se encuentra en estado de tribulación y de pobreza, causado probablemente por la persecución de los judíos, auxiliados a su vez por los poderes públicos. Unos y otros se han aprovechado de la ocasión para despojar a los cristianos de sus bienes. Por otra parte, sabemos que los cristianos primitivos procedían en su mayoría de la clase más pobre y humilde.
El Señor anuncia a los esmirnenses — exhortándolos al mismo tiempo a no temer (v.10) — la persecución que el diablo va a desencadenar contra algunos de la comunidad. El diablo, sirviéndose de la sinagoga de Satán, arrojará en la cárcel a estos esforzados campeones de Cristo. Pero la tribulación, o la prueba permitida por Dios, durará solamente diez días. Esta expresión designa una corta duración, y es un símbolo de la impotencia de Satanás 42. Ante la prueba ya próxima, Jesucristo exhorta a los cristianos a mantenerse fieles a la fe hasta la muerte. La prueba suprema del amor del cristiano es el martirio 43. La exhortación a mantenerse fiel se comprende bien teniendo en cuenta que la fidelidad a Roma era la nota que había caracterizado siempre a la ciudad de Esmirna. Al que se haya mantenido firme en medio de la tribulación el Señor promete darle la corona de la vida, es decir, la corona de la vida eterna, que será el premio que Dios dará a los que hayan perdido la vida terrena por amor de El. La imagen de la corona de la vida está tomada de los juegos griegos, en los que el atleta vencedor era coronado. Ya San Pablo había comparado la vida cristiana a una carrera en el estadio, en la cual sólo los vencedores obtendrán la corona de la vida eterna 44. También la imagen aludida de la corona pudiera estar inspirada en la belleza, de la ciudadela, que era llamada por los antiguos la "corona de Esmirna." Sabido es que San Juan, en las cartas a las diversas iglesias, suele aludir a las cosas verdaderamente específicas de cada una de ellas.
El Señor termina la carta prometiendo al vencedor que no sufrirá daño de la segunda muerte (v.11)45. La segunda muerte 46 significa la muerte eterna, la pérdida del alma y la privación eterna de Dios en el estanque de fuego. De todo esto se verá libre el cristiano que permanezca fiel a Dios hasta la muerte. El autor sagrado parece contraponer la segunda muerte a la primera, es decir, a la muerte corporal, que algunos de los esmirnenses iban a sufrir pronto como mártires. Por eso Jesucristo se ha presentado a esta iglesia como el principio y el fin de toda vida, como el que pasó por la muerte para vivir eternamente 47.
Carta a la iglesia de Pergamo, 2:12-17
12 Al ángel de la Iglesia de Pérgamo escribe: Esto dice el que tiene la espada, la espada de dos filos, la aguda: 13 Conozco dónde moras, donde está el trono de Satán, y que mantienes mi nombre, y no negaste mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi fiel, que fue muerto entre vosotros, donde Satán habita. 14 Pero tengo algo contra ti: que toleras ahí a quienes siguen la doctrina de Balam, el que enseñaba a Balac a poner tropiezos delante de los hijos de Israel, a comer de los sacrificios de los ídolos y fornicar. 15 Así también toleras tú a quienes siguen de igual modo la doctrina de los nicolaítas. 16 Arrepiéntete, pues; si no, vendré a ti pronto y pelearé contra ellos con la espada en mi boca. 17 El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al que venciere le daré del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en ella escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe.
Pérgamo, otra de las grandes ciudades de Asia Menor, estaba a unos 70 kilómetros al norte de Esmirna y a unos 30 del mar. Su grandeza y prosperidad databan del año 282 a. C., en que fue constituido el reino de los Atálidas, que duró hasta el año 133 a. C. En este año, el rey Átalo III se sometió al dominio de Roma. Estaba situada sobre una solitaria colina de unos 300 metros de altura, desde la que dominaba el amplio valle del Caico. Los reyes de Pérgamo habían fundado en ella una gran biblioteca, que competía con la de Alejandría. Esto dio origen al desarrollo de una industria, la del pergamino, que sustituía al papiro para la composición y escritura de los libros. Fue famosa por sus monumentos religiosos, entre los cuales descollaba el santurario de Zeus Soter, en el que los reyes de Pérgamo habían levantado un altar colosal, en uno de cuyos lados estaba representada la Gigantomaquia, o sea la lucha de los gigantes con los dioses. También era notable el culto de Esculapio, a cuya sombra nació el cultivo de la medicina. De sus escuelas salió el insigne Galeno. Pérgamo fue la sede de un Augusteum, o templo dedicado al emperador Augusto, y otro dedicado a la diosa Roma 48. Sobre los orígenes del cristianismo en Pérgamo nada sabemos.
Después de la invitación a escribir, común a todas las cartas, Jesucristo se presenta empuñando la espada de dos filos (v.12) 49. El contexto de la carta indica claramente que se trata del poder irresistible de la palabra divina 50. La palabra de Cristo es penetrante como una aguda espada de dos filos. Los que no sean fieles a la doctrina cristiana serán combatidos por el mismo Jesucristo con la espada de su boca (cf. v.16).
Cristo alaba la fe y la fortaleza de la Iglesia de Pérgamo, porque, aun morando donde está el trono de Satán, ha mantenido firme la fe recibida. Pérgamo podía ser llamada con mucha propiedad trono de Satán (v.13), a causa de sus templos, de los cultos paganos y de su colegio sacerdotal. El templo de Zeus Soter dominaba, desde la acrópolis, los valles que rodeaban la ciudad. Además, era el centro del culto imperial oficial, por lo cual venía como a dominar sobre todos los demás templos de Asia Menor.
El Señor hace el elogio de su constancia por su fidelidad en una ocasión determinada, probablemente en una explosión del furor pagano, en que sufrió la muerte el mártir Antipas.Nada sabemos de él fuera de lo que nos dice este pasaje del Apocalipsis, Los Bolandistas lo colocan en el 11 de abril, y afirman que padeció martirio bajo Domiciano, quemado dentro de un buey de bronce. Antipas tal vez haya sido martirizado por rehusar el culto al emperador de Roma, es decir, por no querer reconocer el título de Kyrios, Señor, al emperador, reservándolo únicamente para Cristo. Los cristianos se opusieron tenazmente ya desde un principio a dar al César el título de Kyrios (Καίσαρ Κύριος: “Cιsar es el Señor"), porque lo consideraban como un título divino, que no era lícito dar a ninguna persona humana. En el Martirio de San Policarpo se lee que los jueces incitaban a este ilustre santo a pronunciar el César Kyrios como una formalidad cualquiera, con lo cual se libraría de la muerte. Pero el santo rehusó, pues teniendo en cuenta el significado que se le atribuía, constituía una grave blasfemia.
A pesar de la fidelidad demostrada por la Iglesia de Pérgamo, el Señor tiene sus quejas contra ella: tolera en su seno a los que siguen las doctrinas de Balam y de los nicolaítas (v.14-15). El v.15 parece identificar — según opinión de la mayoría de los intérpretes — los nicolaítas con los secuaces de Balam. Este famoso adivino fue llamado por Balac, rey de Moab, para que maldijera a los israelitas, que amenazaban su reino. Balac esperaba que la maldición tuviese como efecto la destrucción de Israel. Pero Balam en lugar de maldecir, es obligado por Yahvé a proferir sobre Israel magníficas bendiciones 51. Sin embargo, por Núm 31:16 sabemos que las mujeres moabitas y madianitas indujeron a los israelitas, por consejo de Balam, a tomar parte en los cultos idolátricos de Baal Fogor. Así lo afirma también un comentario haggádico judío, añadiendo que fue Balam el que dio este perverso consejo al rey de Moab, A esta interpretación parece aludir nuestro pasaje. Balam quedó en la literatura judaica como el prototipo del inductor al mal.
A semejanza de Balam, hay en la Iglesia de Pérgamo falsos doctores que con sus doctrinas erróneas inducen a los fieles al mal. Es probable que San Juan mire aquí a algún falso doctor que no tenía reparo en enseñar ser lícito tomar parte en los banquetes de los ídolos, en los sacrificios paganos o también dejarse llevar del desenfreno moral. El problema de los idolotitos preocupó ya desde un principio a los apóstoles. San Pablo había tenido que intervenir en este asunto para dar normas concretas a las cuales debían atenerse los fieles 52. Según esto, la fornicación de que nos habla el v.14 hay que entenderla de la connivencia con la idolatría. Es muy frecuente en los profetas del Antiguo Testamento el considerar la idolatría como una fornicación 53. La razón de esto está sin duda en el hecho de que Israel era considerado por esos mismos profetas como la esposa de Yahvé. Al darse a la idolatría venía como a prostituirse a un extraño, faltando así a la fidelidad debida a su esposo Yahvé. Sin embargo, es también posible que haya que tomar la expresión fornicar de nuestro texto en sentido propio, pues las fiestas religiosas de Pérgamo, en las cuales tal vez participaban algunos cristianos, solían llevar consigo desórdenes morales.
Cristo exhorta a la Iglesia al arrepentimiento y a la corrección. De lo contrario vendrá pronto a ella y peleará contra los corruptores con la espada de su boca (v.16). Esta espada no designa otra cosa que el fallo de su justicia pronunciado por su boca. Cristo, en cuanto juez, condenará con terrible castigo a los falsos doctores que se esfuerzan por seducir a los fieles de Pérgamo.
Al vencedor en los combates de la fe le promete, en cambio, dos cosas: el mana escondido y una piedrecita blanca (v.11). En el maná hay una clara alusión al Éxodo, durante el cual Dios alimentó a su pueblo con este alimento caído del cielo 54. Por el libro del Éxodo 55 también sabemos que una muestra del maná se conservó escondida en el arca de la alianza. La tradición rabínica también consideraba como algo característico de la era mesiánica la reaparición del maná, escondido en el tercer cielo 56. La mención del maná en este pasaje tal vez haya sido sugerida por la alusión a Balam y a los recuerdos del Éxodo, o bien por contraposición a los idolotitos de los que ha hablado en el v.14. El maná, junto con el árbol de la vida 57 y el agua de la vida 58, vendrán como a formar el alimento de inmortalidad para los elegidos. En el cuarto evangelio, el maná es símbolo de la Eucaristía 59. También aquí San Juan parece referirse al alimento espiritual que es la Eucaristía, como reconocen casi todos los intérpretes. La Eucaristía es el alimento que da la verdadera vida, y se opone a los idolotitos que dan la muerte 60. Hay algunos autores, sin embargo, que piensan que la Eucaristía no es el premio aludido, porque los fieles de Pérgamo ya la poseían. El premio prometido al vencedor sería más bien de tipo escatológico. Se referiría a la visión beatífica, que sacia totalmente las ansias y deseos del bienaventurado. En este sentido hablaría el arcángel Rafael cuando decía a Tobías: los ángeles "se sustentan de un manjar invisible y de una bebida que los hombres no pueden ver." 61
La piedrecita blanca — el blanco es color de victoria y de alegría — es una imagen tomada probablemente de los billetes de entrada — tessera — a los teatros, a los banquetes, o bien de los talismanes protectores, que solían llevar un nombre mágico grabado. Esta piedrecita blanca dada a los cristianos fieles simboliza el billete para entrar y tomar parte en el banquete celestial, en el reino de los cielos. La literatura rabínica también refiere que con el maná cayeron del cielo piedras preciosas 62. No es del todo improbable que el autor del Apocalipsis haga referencia a esta opinión rabínica. Otra hipótesis muy sugestiva es la que identifica la piedrecita blanca del Apocalipsis con el símbolo (σύνθημα) que Arνstides de Esmirna recibió de Esculapio de Pérgamo como consolador auxilio moral 63. El nombre nuevo, que va escrito sobre la piedrecilla, alude probablemente a un nombre de Cristo 64. Solamente el que posee ese nombre conoce su sentido, y únicamente será gustado por los fieles que han triunfado.
Con esto se quiere poner más de realce, posiblemente, un lazo mucho más íntimo entre Cristo y el alma del cristiano. Sería la experiencia íntima y personal que el cristiano tenga de Jesucristo. Sólo aquel que la sienta podrá darse cuenta de ella: es un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe (v.17). También podría interpretarse el nombre nuevo como equivalente a santo y seña, con el que se facilitaría al agraciado la entrada al banquete celeste 65.
Carta a la iglesia de Tiatira, 2:18-29
18 Al ángel de la Iglesia de Tiatira escribe: Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llamas de fuego, y cuyos pies son semejantes a azófar: 19 Conozco tus obras, tu caridad, tu fe, tu ministerio, tu paciencia y tus obras últimas, mayores que las primeras. 20 Pero tengo contra ti que permites a Jezabel, esa que a sí misma se dice profetisa, enseñar y extraviar a mis siervos hasta hacerlos fornicar y comer de los sacrificios de los ídolos. 21 Yo le he dado tiempo para que se arrepintiese; pero no quiere arrepentirse de su fornicación, 22 y voy a arrojarla en cama, y a los que con ella adulteran, en tribulación grande, por si se arrepienten de sus obras. 23 Y a sus hijos los haré morir con muerte arrebatada, y conocerán todas las iglesias que yo soy el que escudriña las entrañas y los corazones, y que os daré a cada uno según vuestras obras. 24 Y a vosotros, los demás de Tiatira, los que no seguís semejante doctrina y no conocéis las que dicen profundidades de Satán, no arrojaré sobre vosotros otra carga. 25 Solamente la que tenéis, tenedla fuertemente hasta que yo vaya. 26 Y al que venciere y al que conservare hasta el fin mis obras, yo le daré poder sobre las naciones, 27 y las apacentará con vara de hierro, y serán quebrantados como vasos de barro, 28 como yo lo recibí de mi Padre, y le daré la estrella de la mañana. 29 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
Tiatira, la menos importante de las siete ciudades nombradas por San Juan, estaba situada a 65 kilómetros al sudeste de Pérgamo. Antes de que fuera incorporada al imperio romano era una pequeña ciudad de guarnición entre la Misia y la Lidia, levantada por Seleuco I (312-280 a. C.), y estaba situada entre los ríos Caico y Hermo. Hacia el año 190 a. C. fue conquistada por Roma. Desde entonces comenzó a crecer la ciudad, llegando a alcanzar un desarrollo industrial muy floreciente. Era célebre en la antigüedad por sus industrias de tejidos, de tintorería y de fundición. Esto contribuyó al desarrollo de sus numerosas asociaciones obreras y patronales de carácter profesional y religioso, como nos lo atestigua la epigrafía de la ciudad 66. Eran frecuentes los banquetes idolátricos que se celebraban con motivo de las fiestas patronales de cada gremio laboral. Por lo cual los cristianos se veían con frecuencia en compromiso, al sentirse por una parte obligados a cumplir con sus deberes gremiales y, por otra, a llevar a efecto sus exigencias cristianas. Era famoso el templo dedicado a la sibila oriental Sambata, que, por eso, era llamado Sambatheion. Ignoramos de qué manera penetró en esta ciudad el cristianismo. Sólo sabemos que entre los convertidos por San Pablo en Filipos se contaba una mujer, por nombre Lidia, originaria de Tiatira y dedicada al comercio de la púrpura 67.
La carta a la iglesia de Tiatira es la más larga de todas. En ésta, y en las otras tres que faltan, se invierten las dos constantes finales.
El título de Hijo de Dios (v.18) sólo se encuentra bajo esta forma en este pasaje. Sin embargo, la idea se expresa implícita o equivalentemente en muchos otros lugares del Apocalipsis, con fórmulas diversas 68. La divinidad de Cristo y su filiación natural era una verdad fundamental del cristianismo. Jesucristo había muerto precisamente por afirmar inequívocamente esta verdad 69.
Los ojos de Cristo son como llamas de fuego. Existe en esta expresión una alusión manifiesta a la visión inaugural 70. Los antiguos creían, al parecer, que los ojos emitían una luz con la cual la visión resultaba mucho más perfecta. Jesucristo tiene un foco de luz potentísimo en sus ojos, con los cuales puede penetrar hasta los más profundos escondrijos de las almas y de los corazones. De este modo puede contemplar la vida de la Iglesia de Tiatira y las maldades que cometen algunos de sus miembros incitados por Satán. Los pies de Cristo son semejantes a azófar o a auricalco incandescente, como ya se dijo en Ap 1:15. Para muchos autores el auricalco incandescente designaría un metal muy duro, que serviría para simbolizar la acción de Cristo pisoteando y deshaciendo a sus enemigos y toda clase de maldad que se pueda cometer en este mundo 71. Sin embargo, la luminosidad de los pies de Cristo nos parece una imagen muy apropiada y en perfecto paralelismo con el fulgor de los ojos, para significar la naturaleza espiritual de Jesucristo, que penetra hasta lo más recóndito del corazón humano 72.
Como en las otras cartas, San Juan hace primero el elogio de la Iglesia de Tiatira, para pasar después a los reproches. En la 1 Tes también San Pablo procede de la misma forma: los reproches sólo los comienza en el capítulo 4. El elogio de la Iglesia de Tiatira es el más rico y espléndido de todas las cartas. Discuten los autores si los términos aquí empleados para describir las virtudes de dicha iglesia han de ser tomados en sentido propio, o si, por el contrario, San Juan cita únicamente un catálogo tradicional de virtudes 73. En las epístolas pastorales de San Pablo encontramos muchas enumeraciones análogas de virtudes 74. Y en todas es mencionada la caridad, que casi siempre es asociada a la fe y a la paciencia 751 Esto nos fuerza a considerar la caridad de nuestro texto más bien como una virtud moral que se manifiesta en las obras de misericordia. De modo semejante, la fe designa no la fe teologal propiamente dicha, sino la lealtad y la fidelidad. No obstante, estas manifestaciones concretas de la caridad y de la fe proceden de la íntima unión del alma con Cristo. Por eso, el cristiano caritativo y fiel en la vida ordinaria es el que cree en Cristo y le ama personalmente 76.
San Juan alaba las obras (epyoc) de la Iglesia de Tiatira, la primera de las cuales es la caridad. El ministerio (διακονία) es probable que se refiera al servicio de los pobres y de los afligidos 77, es decir, sería una manifestación de la caridad eficiente para con los hombres, y en especial para con los cristianos. La paciencia (υπομονή) es probable que se refiera a la fuerza que da la caridad para sufrir con resignaciσn. Esta es, precisamente, la característica de la caridad, según el sermón de la Montaña y las epístolas de San Pablo: "la caridad todo lo tolera."78
Además, la Iglesia de Tiatira no se ha estancado en la vida cristiana, sino que ha progresado: sus obras últimas son mayores que las primeras (v.18), no sólo en número, sino también en calidad 79. A la Iglesia de Tiatira le sucede lo contrario de lo que sucedía a la de Efeso, que había aflojado en su primera caridad 80. En cambio, las obras de caridad de la Iglesia de Tiatira son ahora más excelentes que al principio. Para San Juan, lo que caracteriza el verdadero amor, la auténtica caridad cristiana, es la manifestación externa de ese amor en obras de misericordia.
Pero no todo es bueno en Tiatira. El apóstol le reprocha varias cosas que pueden ser motivo de perversión para los fieles. Su mal es muy parecido al de Pérgamo, pero da la sensación de estar más extendido. Y como al hablar a la iglesia de Pérgamo se sirvió el autor sagrado del nombre de Balam 81, así ahora toma el nombre de Jezabel para designar probablemente a alguna dama influyente de aquella Iglesia 82. El nombre de Jezabel es indudablemente simbólico, y está tomado de la tristemente famosa mujer de Ajab, que introdujo los cultos fenicios en el reino de Israel y persiguió a muerte a los verdaderos profetas 83. El Señor la castigó con muerte terrible, lo mismo que a toda su descendencia 84. La Jezabel de que nos habla San Juan — perteneciente posiblemente a la secta de los nicolaítas — enseñaba y fomentaba con su ejemplo la idolatría, participando en los sacrificios de los ídolos 85. En Tiatira abundaban las asociaciones de artesanos, las cuales celebraban con frecuencia sus fiestas y banquetes religiosos, que darían ocasión a los actos idolátricos aquí condenados. A esta dama, o a esta porción de fieles representados por la dama Jezabel, les había dado el Señor tiempo para que se arrepintiesen (v.21), tal vez por medio de una corrección pública; pero no había querido cambiar de conducta. La falsa profetisa se ha empeñado en seguir con sus fornicaciones y adulterios. Los términos fornicación y adulterio pueden aludir a la convivencia con la idolatría, pues en el Antiguo Testamento fornicación es sinónimo de idolatría. Pero también pueden designar una doctrina moral laxista, y referirse a los desórdenes que acompañarían la participación de los nicolaítas en los banquetes paganos (v.20-21).
De la carta dirigida a los de Tiatira se desprende con bastante claridad que los cristianos de esta ciudad tomaban parte, con rek-tiva facilidad, en los banquetes en que se comía carne sacrificada a los ídolos. Lo cual no ha de extrañar si esos banquetes eran los celebrados por los gremios laborales de la industriosa ciudad. Esta costumbre de asistir a los banquetes de los ídolos parece inveterada, pues no quieren arrepentirse de su fornicación.
Por cuyo motivo, Jesucristo amenaza con arrojarla en cama (v.22), en el lecho de la enfermedad 86. Es un contraste sarcástico con el lecho del adulterio o con el triclinium de los banquetes sagrados 87. El Señor va a castigarla, juntamente con sus hijos (v.23), es decir, los que siguen su ejemplo, con una muerte desastrosa, como la que sufrió la fenicia Jezabel 88. Este castigo lo permite el Señor con el fin de que se arrepienta de sus obras, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y les concede el tiempo y las gracias suficientes para ello. Además, el castigo servirá de ejemplo no sólo a la Iglesia de Tiatira, sino también a otros, a los que pudiera llegar el escándalo. Con esto conocerán todos cuan verdaderas son las palabras del profeta: "Yo soy Yahvé, el que escudriña las entrañas y los corazones, y el que os dará a cada uno según vuestras obras" 89.
A continuación (v.24-25) el Señor contrapone a los que acaba de condenar los demás que se han mantenido fieles a la verdadera doctrina y han conservado pura la tradición apostólica. Estos no han aceptado las profundidades de Satán. La expresión profundidades de Satán parece designar el sistema doctrinal nicolaíta, que nosotros no conocemos. Los adherentes a este sistema enseñaban errores doctrinales, unidos a un cierto libertinaje moral, que les llevaba a separarse de la doctrina recibida de los apóstoles 90. Porque consideraban esta doctrina apostólica como un peso insoportable. Pero San Juan les dice que la única carga que Cristo impone a los fieles es la de conservar la fe en El (v.25), absteniéndose de toda participación en las ceremonias idolátricas, especialmente en los banquetes sagrados. El concilio de Jerusalén también había prohibido comer carne sacrificada a los ídolos, principalmente por lo que esto implicaba de participación en los cultos paganos 91. Los cristianos fieles de Tiatira han de guardar firmemente la doctrina apostólica hasta que venga Cristo. Se refiere el autor sagrado a la manifestación escatológica de Jesucristo como juez del mundo. Entonces, cuando Cristo venga, al que venciere 92 y perseverare hasta el fin en las obras de fe y caridad, a las que ha aludido arriba 93, le dará un premio singular: el dominio sobre las naciones (v.26). La expresión está tomada del salmo 2:9, en el que se dice del Mesías que regirá las naciones con cetro de hierro y las quebrará como vaso de barro. Es la promesa que Dios hace al Mesías futuro de constituirlo soberano de todos los pueblos. De este poder que el Mesías recibe de Yahvé (v.28) participarán en su día los fieles de Cristo, que ahora sufren la opresión de las naciones rebeldes a la fe 94. Cuando los elegidos reinen con Cristo en el cielo participarán de algún modo en su soberanía, porque juntamente con El han logrado vencer al mundo 95. San Juan insiste frecuentemente en el Apocalipsis sobre el dominio absoluto de Cristo victorioso sobre todas las criaturas, y en unión con El gozarán de ese dominio los elegidos 96. Era una manera de consolar a los afligidos cristianos que estaban sometidos a la tiranía imperial, que se esforzaba por arrebatarles su fe 97.
Un segundo premio que se promete a los vencedores es la estrella de la mañana (v.28), es decir, el mismo Cristo, el cual se aplica este título en Ap 22:16. Se trata, pues, de la posesión del mismo Cristo, prometida en otros textos bajo la forma de árbol de vida, de maná, etc. Por eso, las iglesias, en cuanto participan de esta luz, que es Cristo, son representadas por candeleros 98, y sus ángeles son estrellas ." Jesucristo es llamado también estrella de la mañana en 2 Pe 1:19, que la Vulgata traduce por Lucifer.
Este nombre, en los primeros siglos cristianos, era aplicado a Cristo. Sólo a partir de la Edad Media se comenzó a dar a Satanás el título de Lucifer, a causa de la aplicación que se le hizo del texto de Is 14, 12, en donde el rey de Babilonia, símbolo de Satanás, es llamado lucifer o estrella de la mañana 100. Una confirmación de esto la tenemos en el cántico litúrgico Exultet de la vigilia pascual, en el cual Cristo es llamado lucifer matutinus.
Es posible que San Juan nos hable de Cristo como estrella de la mañana, como astro resplandeciente, para oponerlo al culto del sol, que era adorado en Tiatira como un dios.
1 Ap 1:13-18. — 2 Ap 21-22. — 3 A. Gelin, o.c — 4 Ap 5:6. — 5 E. B. Allo, o.c. p.29-30. — 6 A propósito de las cartas a las siete iglesias, se pueden consultar las obras siguientes: Hort, The Apocalypse ofSt. John I-III (Londres 1908); W. Ramsay, The Letters to the Seven Churches of Asia, and their Place in the Plan ofthe Apocalypse (Londres 1909); C. H. Parez, The Seven Letters and the Rest ofthe Apocalypse: JTS 12 (1910-1911) 284-286; j. Breuer, Geheim-nis der sieben Sterne. Von Ephesus bis Laodicea: Das Heilige Land in Vergangenheit und Ge-genwart 84 (1952) 57-62; I. Schuster, La Chiesa e le sette chiese apocalittiche: ScuolCat 81 (1953) 217-223; A. George, Un appel a lafidelité. Les lettres aux sept églises d'Asie (Ap 2-3)' Bivichr 15 (1956) 80-86; F. Hoyos, La carta común a las siete iglesias. Iniciación a la parte parenética del Apocalipsis: RevBi 18 (Buenos Aires 1956) 82-90.135-141-198-203; 19 (1957) 18-22; H. Martin, The Seven Letters, Christ's Message to His Church (Londres 1956); J. A. Seiss, Letters to the Seven Churches (Grand Rapids 1956); W. Barclay, Letters to the Seven Churches (Londres 1957); A. S. Macnair, To the Churches with Love. Biblical Studies ofthe Seven Churches (Filadelfia 1960); M. Hubert, L'architecture des lettres aux Sept Églises: RB 67 (1960) 349-353; L. Poirier, Les sept Églises ou le premier septénaire prophétique de Γ Apocalypse (Montréal 1943). — 7 Cf. Act 19:1-20. — 8 Gf. Act 19:10; 20:31. — 9 2 Cor 3:1; 11:3-5. — 10 Didajé 11:8:4. — 11 San Ignacio De Antioquía, Ad Ephes. 7:1 : 19:1· — 12 Cf. 1 Cor 13:1-13. — 13 Cf. G. Spicq, Ágape III (París 1959) p.114-116. — 14 Cf. Ap 2:19; Mt 24:12. Véanse A. Gelin, L'Apocalypse, en La Sainte Bible de Pirot-Clamer, XII p.óoo; J. Moffat, The Love in the Ν. T. (Londres 1929) p.236. — 15 1 Jn 2:10; 3,14s; cf. Jn 13:35; 2 Jn 5-6. — 16 Cf. C. Spicq, o.c. p. 117-118. — 17 Cf. W. Ramsay, o.c. p.245. — 18 Cf. Act 6:5; San Ireneo, Adv. haer, i,26:3: PG 7:687. — 19 Stromata 2:20:118; 3:4:25: PG 8:10628.11305; cf. San Hipólito, Filosofumena 8:36. — 20 Ap 2:14-15. — 21 Ap 2:20. — 22 Cf. Mt 11:15; 13:9-43; Mc 4:9.23. — 23 Ap2:1. — 24 El término νικών = "vencedor" es eminentemente joánico. Se emplea mucho en el Ap y seis veces en la 1 Jn. — 25 Cf. A P 22:2. — 26 Gen 2:9. — 27 Gén 3:22ss. — 28 Cf. J. Bonsirven, Judaísme palestinien I (París 1934) p.329.333-35.511.518; Strack-Billerbeck, III p.?92; IV 885.933.1121-1125.1130-1165. — 29 Apocalipsis de Moisés 28, etc. — 30 Cf. Gen 3:22.24. — 31 Cf. Henoc etiópico 24:4-6; 25:1-7; Apocalipsis de Moisés 28; Apocalipsis de Pedro v. 15-16. — 32 Gf. Jn 6:4855: "Yo soy el pan de vida." Véase E. B. Allo, o.c. p.33; A. Gelin, o.c. p.6oi. — 33 Tácito, Ármales 4:15. — 34 Act 19:10. — 35 Cf. E. Deschamps, Smyrne, la ville d'Homére: Bulletin de la Société Géographique de Marseille 36 (1912) 151-178; G. Cadoux, Ancient Smyrna (Oxford 193^). — 36 Martirio de San Policarpo 12:2. — 37 Act 13:45; Ap 13:6. Cf. San Ignacio De Antioquía, Ad Smyrn. 1:2. — 38 Gal 6:15; Rom 2:28; 1 Cor 10:18. — 39 Jn i,n; 4:22. — 40 Cf. Le 12:21; 2 Cor 6:10; Sant 2:5; 1 Tim 6:175' — 41 Ap3:17. — 42 Cf. Dan 1:12.14. — 43 Fil 2:8; Heb 12:4. — 44 Gf. 1 Cor 9:24-27; 1 Pe 5:4. — 45 Cf. P. Hoyos, La fidelidad en el combate y el premio (Ap 2:8-11): RevBib 20 (Buenos Aires 1958) 73-77.127-133.190-193- — 45 Gf. Ap 20:6. — 47 E. B. Allo, o.c. p.36. — 48 Cf. K. Humann, Altertümer von Pergamon (Berlín 1885-1923); H. Kahler, Pergamon (Berlín 1949); R. north, Thronus Satanae Pergamenus: VD 28 (1950) 65-76. — 49 Cf. Ap 1:16. — 50 E. B. Allo, o.c. p.s8. — 51 Núm 22:2-24:25. — 52 1 Cor 8-10; Rom 14:2.15; 2 Cor 6:16; cf. Act 15:20.29. — 53 Cf. Os 4:10-14; 5:4; Jer 3:9; Ez 16:20-34. — 54 Ex 16:4. — 55 Ex 16:32-34- — 56 Cf. Strack-Billerbeck, Kommentar zum N. T. aus Talmud una Midrasch III p.?93 ; Apocalipsis siríaco de Baruc 29:8; Orne, sibil. 7:148. — 57 Ap 22:2. — 58 Ap 22:1. — 59 Jn 6:31-32; A. Gelin, o.c. p.6o3. — 60 A. Jankowski, Manna absconditum (Ap 2:17) quonam sensu ad Eucharistiam referatur: Collectanea Theologica 29 (Varsovia 1958) 3-10. — 61 Tob 12:19. Cf. S. bartina, o.c. p.635. — 62 Cf. Talmud in Josué 8. — 63 W. M. Ramsay, The White Stone and the Gladiatorial Tessera: The Expositor 16 (Londres^ 1904-1905) 558-561. — 64 Cf. Ap 3:12; 19:12. En Ap 19:16 se dice que Cristo lleva escrito sobre su manto su nombre, que suena: Rey de reyes, Señor de señores. — 65 Gf. S. Bartina, o.c. — 66 Cf. Act 16:14. — 67 Act 16:14. — 68 Cf. Ap 1:6; 2:273; 3:5-21; 14:1. — 69 Mt 26:63; Jn 19:7. — 70 Ap 1:14. — 71 Cf. Sal 2:9. — 72 S. Bartina, o.c. p.637. — 73 Cf. C. Spicq, Ágape III P.I 18-119. — 74 Cf. 1 Tim 1:14; 2:15; 4:12; 6:11; 2 Tim 1:7.13; 2:22; 3:10; Tit 2:2. — 75 Cf. 1 Tim 6:11; 2 Tim 3:10; Tit 2:2. — 76 Cf. Heb 6:10. Véase C. spicq, o.c. p.ng. — 77 Cf. Act 11:29; Rom 15:25.31; 1 Cor 16:15; 2 Cor 8:4; 9:1; 1 Pe 4:10. — 78 1 Cor 13:7. — 79 El término πλείονα no sσlo significa multiplicidad (Mt 11:20), sino también valor, excelencia (Mt 6:25; 12:41; Me 12:43; Le 12:23; 21:3; Heb 3:3; 11:4). — 80 Ap 2:4. Cf. C. Spicq, o.c. p.ng. — 81 Ap 2:14. — 82 Hay, sin embargo, algunos manuscritos (A,O,46), la versión sir., etc., que añaden el pronombre posesivo σου = tu. Segϊn esto, habría que traducir: "permites a tu mujer Jezabel.." En cuyo caso se referiría a la mujer del obispo de Tiatira, o a la mujer de un falso doctor, o bien designaría la comunidad en sentido figurado. Con todo nos parece que tiene mucha más probabilidad de autenticidad el texto sin el pronombre posesivo, como se puede ver por las ediciones críticas. — 83 1 Re 16:31-33; 19:1-7; 2 Re 9:30-32. — 84 1 Re 21:17-26; 2 Re 9:22.33-3? — 85 Cf. Shurrer Die profetin Isabel in Thiathira.39-57. — 86 LA expresión hebrea "caer en un lecho" ( Ex21:18, Jue 8:3.) — 87 E. B. Allo, o.c. p.43. — 88 Cf. 2 Re 9:33-37- — 89 Jer 17:10; cf. 1 Tes 2:5; Rom 8:27. — 90 La doctrina gnóstica es llamada por algunos escritores antiguos τα βάβη: “las profundidades” (cf. San Ireneo, Adv. haer. 2:22:1.3; San Hipólito, Filosofumena 5:6; Tertuliano, Adv. Valentinum i). — 91 Act 15:28-29. — 92 En las cuatro últimas cartas, como ya dejamos indicado, el profeta invierte el orden de los dos puntos postreros, poniendo primero el premio de los vencedores y luego la amonestación para que escuchen la voz del Espíritu. — 93 Ap 2:19. — 94 Cf. Sab 3:8. — 95 5 Jn 16:33; 1 Jn 5:4-5. — 96 Ap 12:5; 19:15-16. — 97 Cf. M. García Cordero, El libro de los siete sellos ρ.ζζ. — 98 Ap 1:13. — 99 Ap 1:20. — 100 Cf. A. Gelin, o.c. p.604.
Capítulo 3
Carta a la iglesia de Sardes, 3:1-6
1 Al ángel de la Iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo, pero estás muerto. 2 Estáte alerta y consolida lo demás, que está para morir, pues no he hallado perfectas tus obras en la presencia de mi Dios. 3 Por tanto, acuérdate de lo que has recibido y has escuchado, y guárdalo y arrepiéntete. Porque si no velas, vendré como ladrón, y no sabrás la hora en que vendré a ti. 4 Pero tienes en Sardes algunas personas que no han manchado sus vestidos y caminarán conmigo vestidos de blanco, porque son dignos. 5 El que venciere, ése se vestirá de vestiduras blancas, jamás borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. 6 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
Sardes, la capital del antiguo reino lidio, estaba situada a unos 50 kilómetros al sudeste de Tiatira. El núcleo principal de la ciudad surgía sobre una alta y escarpada montaña, que hacía de ella una fortaleza inexpugnable. Cuando Ciro el Grande conquistó el imperio de Creso (546 a. C.), rey de Lidia, Sardes no se rindió y sólo por sorpresa pudo ser tomada. De igual estratagema se hubo de servir Antíoco III. El apogeo de la grandeza de Sardes tuvo lugar bajo el reinado de Creso (s.VI a. C.). Sin embargo, la fundación de Pérgamo le quitó grande importancia, aunque todavía en la época romana era residencia de un conventus iuridicus. El año 17 de la era cristiana fue destruida por un temblor de tierra. Pero con la ayuda del emperador Tiberio logró rehacerse. En agradecimiento levantó un templo en honor del emperador y de su madre Livia V Sin embargo, el culto principal de la ciudad era el tributado a la Magna Mater, una divinidad indígena parecida a la Artemis de Efeso, y que se cubría con el manto griego de Demeter, la Ceres de los romanos. La industria principal de la ciudad era la de la lana y la tintorería. Sus habitantes tenían fama de licenciosos e inmorales 2.
La carta a la Iglesia de Sardes es la más severa e imprecatoria de las siete. La iglesia de Sardes había decaído mucho de su fervor primitivo y se encontraba en un estado lamentable. Estaba como muerta. Y el pequeño núcleo de cristianos fieles se hallaba amenazado de indiferencia en la vida espiritual. Por eso, San Juan trata con su severa misiva de excitar a la iglesia a volverse al buen camino.
Jesucristo se presenta aquí como el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas (v.1). El autor sagrado quiere significar con estas expresiones el poder absoluto que Cristo tiene sobre las iglesias y sobre todos los cristianos. En Ap 1:16 ya había empleado la expresión de "las siete estrellas en su diestra." Estas estrellas representan las iglesias a las cuales se dirige San Juan. Y el tenerlas en su mano indica el poder que Jesucristo ejerce sobre los jefes de las iglesias y sobre las iglesias mismas 3. Otro tanto podemos decir de los siete espíritus, que Cristo tiene en su mano como algo de que puede disponer. Estos siete espíritus pueden designar al Espíritu septiforme de que nos habla Is 11:2, o sea al mismo Espíritu Santo 4. Aquí los siete espíritus de Dios pertenecen al Hijo, como en Ap 5:6 pertenecen al Cordero, porque Jesús distribuye los diversos dones de este Espíritu, del que depende la vida de todas las iglesias 5. Este Espíritu, que en Jn 15:26 se dice proceder del Padre, es también el Espíritu del Hijo, lo que no puede ser sino procediendo de El 6. Jesús dice también que irá al Padre y le rogará que envíe a sus discípulos el Espíritu Paráclito. Pero, al mismo tiempo, dice en otra parte que El mismo lo enviará 7. Para algunos autores, los siete espíritus de Dios representarían los siete ángeles que están ante el trono de Dios 8. En cuyo caso, la expresión querría significar que Cristo domina también sobre los espíritus angélicos.
El juicio que el Señor emite sobre la vida religiosa de la Iglesia de Sardes es de lo más triste. Sus obras no son buenas, pues, si bien tiene nombre de vivo 9, en realidad está muerto (v.1). Con lo cual quiere significar que la vida religiosa de la iglesia de Sardes es tan lánguida y tan falta de la caridad de Cristo, que está como muerta. El pecado ha matado en ella la gracia de Jesucristo. Sin embargo, el juicio que el Señor profiere acerca de la vida de esta iglesia no es absolutamente negativo, es decir, no comprende a todos los miembros de la iglesia de Sardes. Muchos de los cristianos de Sardes carecen de la vida divina de la gracia; pero otros — tal vez los menos — todavía la conservan. Por eso exhorta a velar para que no llegue a faltar también la vida en aquellos en los que aún subsiste (v.2). Para estimularla a velar le recuerda el valor de los dones recibidos, que son dones de vida eterna. La exhortación a la vigilancia, sirviéndose de la imagen del ladrón (v.3), es frecuente en los sinópticos 10. El consejo de velar convenía de modo particular a Sardes, a causa de las desastrosas consecuencias que tuvieron para la ciudad dos hechos de su historia. Ciro el Grande logró apoderarse de la ciudad en 546 a. C. mediante un ataque ejecutado por sorpresa, y lo mismo hizo más tarde Antíoco III el Grande (218 a. C.) 11. El recuerdo de estos dos hechos históricos podía servir a los cristianos para meditar en su vida religiosa deficiente, para arrepentirse y volver de nuevo a la vida fervorosa del principio. De lo contrario, el castigo no se haría esperar. El Señor se presentará de improviso, a la manera del ladrón, para castigar a los culpables.
En el v.4 San Juan afirma que en la Iglesia de Sardes, al lado de las almas muertas y de las que gozaban de vida lánguida, había todavía otras de vida perfecta. Estas personas no han manchado sus vestidos, y por eso caminaran con el Señor vestidas de blanco. Los vestidos blancos, que tantas veces aparecen en el Apocalipsis, son símbolo, no sólo de pureza, sino también de victoria, de alegría, de fiesta. En el cielo, los elegidos, los ángeles y hasta el mismo Dios 12 aparecen vestidos de blanco. Esas almas selectas de Sardes, a las que alude el autor sagrado, formarán parte del séquito de Cristo en el cielo. Por otra parte, la mención de vestidos convenía a la perfección a esta ciudad, ya que Sardes era muy renombrada en la antigüedad por sus telas y tejidos.
A los cristianos fieles de Sardes que resulten vencedores en la lucha moral y espiritual contra los enemigos de Dios, Cristo les promete el premio escatológico de la vida eterna (v.5). Este premio es designado bajo una triple forma 13. En primer lugar, los vencedores se vestirán de vestiduras blancas, que representan la victoria final y la gloria de que serán revestidos los elegidos en el cielo 14. Después se les promete que jamás será borrado su nombre del libro de la vida. En el Antiguo Testamento se menciona el libro de la vida, en el cual Dios tenía escritos los nombres de los hijos de Israel 15. El estar escrito en dicho libro daba derecho a participar en las bendiciones mesiánicas 16; en cambio, si se era borrado de él, significaba la exclusión del pueblo de Dios y de los tiempos me-siánicos. Posteriormente el concepto de libro de la vida evolucionó en la teología judía, pasando a significar el derecho a participar en las alegrías de la vida futura del cielo 17. En el Nuevo Testamento el libro de la vida designa el libro en donde están registrados los nombres de los elegidos 18. En tercer lugar, el Señor promete al vencedor confesar su nombre delante de su Padre y delante de sus angeles, es decir, le reconocerá como cosa suya en el último juicio 19. Este premio, presentado bajo una triple forma, designa una misma cosa: la vida eterna, que se promete a los vencedores en las luchas contra el mundo, el demonio y la carne.
Y San Juan termina la carta a la Iglesia de Sardes con las palabras el que tenga oídos, que oiga lo que dice el Espíritu (v.6), como para incitar a los fieles a escuchar las amonestaciones de Cristo y llevarlas a la práctica.
Carta a la iglesia de Filadelfia, 3:7-13
7 Al ángel de la Iglesia de Filadelfia escribe: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre. 8 Conozco tus obras; mira que he puesto ante ti una puerta abierta, que nadie puede cerrar, porque teniendo poco poder, guardaste, sin embargo, mi palabra y no negaste mi nombre. 9 He aquí que yo te entregaré algunos de la sinagoga de Satán, de esos que dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; yo los obligaré a venir y postrarse a tus pies y a reconocer que te amo. 10 Porque has conservado mi paciencia, yo también te guardaré en la hora de la tentación que está para venir sobre la tierra para probar a los moradores de ella. Vengo pronto. 11 Guarda bien lo que tienes, no sea que otro se lleve tu corona. 12 Al vencedor yo le haré columna en el templo de mi Dios, y no saldrá ya jamás fuera de él, y sobre él escribiré el nombre de Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, de la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo de mi Dios, y mi nombre nuevo. 13 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
Filadelfia, ciudad de la Lidia, a 45 kilómetros al sudeste de Sardes, había sido fundada por el rey de Pérgamo Átalo II Filadelfo (159-138 a.C.), que le dio su nombre. La ciudad estaba situada en una región volcánica, como un centro de civilización abierto sobre la Frigia salvaje. El año 17 de nuestra era fue destruida por un temblor de tierra. Con la ayuda liberal del emperador Tiberio pudo ser reconstruida. En señal de agradecimiento cambió su nombre de Filadelfia por el de Neocesarea. Y no contenta con esto, levantó altares en honor del hijo adoptivo del emperador, Germánico, considerado como presunto heredero de Tiberio, que entonces se encontraba en Asia. Como en tantas otras ocasiones, el cambio oficial del nombre no perduró. En la carta a esta Iglesia, San Juan hará alusión a muchos de estos sucesos. En la ciudad vivían bastantes judíos, probablemente por estar situada en una región muy fértil. De los orígenes del cristianismo en esta ciudad nada sabemos, aunque podemos suponer fundadamente que debió de nacer de la predicación de San Pablo en Efeso. La Iglesia de Filadelfia, juntamente con la de Esmirna, es muy alabada por el autor del Apocalipsis. En tiempo de San Ignacio de Antioquía gozaba todavía de gran reputación 20.
La presente carta no contiene ninguna amonestación. Los cristianos, que debían de ser pocos y de baja condición social, se han mantenido fieles a la doctrina cristiana. El autor sagrado se complace en acumular en la carta sobreabundancia de promesas y recompensas.
Los apelativos que se dan en ella a Cristo son dignos de tenerse en cuenta. El primero lo designa como el Santo (v.7), que es aplicado frecuentemente a Yahvé en el Antiguo Testamento, pero que únicamente se encuentra aquí en el Apocalipsis, aplicado a Jesucristo. Sin embargo, en los evangelios se da ya a Jesucristo el apelativo de Santo 21. El segundo epíteto, el Verídico, el Verdadero, que va junto con el apelativo de fiel en Ap 3:14; 19:11, designa la fidelidad de Cristo en el cumplimiento de sus promesas. Antes faltará el cielo y la tierra que Jesucristo falte a sus promesas 22. Cristo es veraz en todo lo que dice y hace; en cambio, los que combaten su doctrina y obra son falsarios. El término verdadero (άλη·8ινόβ) es muy frecuente en la literatura joαnica 23. El Santo, el Verídico, tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre (v.7). Es una metáfora bíblica y rabínica que significa los plenos poderes que Jesucristo tiene en la nueva ciudad de David, en la Jerusalén celeste, es decir, en la Iglesia. Jesucristo puede abrir y cerrar, o sea, tiene plena autoridad para admitir o excluir de la Iglesia. La imagen y las expresiones empleadas por el autor del Apocalipsis están tomadas de Isaías 22:21, en donde el profeta presenta a Eliaquín recibiendo en sus manos el poder y sobre sus espaldas la llave del palacio real.
El Señor conoce las obras de la Iglesia de Filadelfia, y ha puesto ante ella una puerta abierta, que nadie puede cerrar (v.8). La puerta abierta para San Pablo significaba las posibilidades que se abrían al esfuerzo misionero del Apóstol de los Gentiles y de sus colaboradores 25. Aquí se trata de las facilidades que se le han presentado a Filadelfia para el apostolado y la propaganda cristiana a través de toda la Frigia. A pesar de ser una ciudad pequeña y contar con escasos medios, Cristo le garantizó el éxito de sus esfuerzos. Y esa puerta sigue abierta, porque la comunidad cristiana de Filadelfia continúa vigorosa en su fe, y el mismo Cristo la sostiene en sus ímpetus misioneros. Por eso, nadie podra cerrar dicha puerta mientras Jesucristo la mantenga abierta.
San Ignacio de Antioquía 26 atestigua que esta Iglesia era muy floreciente, no obstante los muchos judíos y judaizantes que vivían en dicha ciudad. Entre las conquistas apostólicas de los filadelfios había que contar la conversión de cierto número de judíos, que, abrazando la fe en Cristo, vendrían a postrarse a los pies de la iglesia. Entonces los judíos convertidos reconocerán el amor, la predilección del Señor por la comunidad que los ha acogido en su seno (v.9). Aquí también el amor se manifiesta en los signos externos que la humilde y ejemplar comunidad religiosa de Filadelfia da a los neoconvertidos. El autor sagrado aplica a la Iglesia de Filadelfia las palabras que el mismo Yahvé había dirigido a su pueblo, para justificar su manera de proceder con las demás naciones: "Porque eres a mis ojos de muy gran estima, de gran precio, y te amo, y entrego por ti reinos y pueblos a cambio de tu vida." 27 La conversión de que nos habla el Apocalipsis en este pasaje no alude a la conversión en masa de Israel, predicha por San Pablo 28, sino a la de algunos judíos de Filadelfia.
A continuación (v.10) prosigue el Señor ponderando cómo la iglesia había sabido imitar en medio de las dificultades los ejemplos de paciencia y perseverancia que Jesús nos había dejado y que han de ser para los cristianos verdaderas enseñanzas. Por el hecho de haber sido fiel en la guarda de la palabra de paciencia dada por Cristo, también el Señor la sostendrá en el día de la prueba que vendrá sobre la tierra. Y esto será pronto. Semejante prueba no será sólo de la iglesia, sino de la tierra entera. El profeta debe de referirse a la serie de azotes descritos en los capítulos 8-9 y 16; o bien a algún terremoto, como los que habían asolado la región en tiempos pasados. Termina la exhortación estimulando a la Iglesia de Filadelfia a guardar los bienes que posee, es decir, a perseverar en la conducta hasta ahora observada, a fin de no perder la corona que tiene merecida (v.11). Esta será su victoria y su gloria. Cada iglesia ha de aferrarse tenazmente a la doctrina recibida de los apóstoles, así nadie les arrebatará su herencia espiritual. Con esto no quiere decir el profeta que otra comunidad podrá arrebatar la corona de Filadelfia, sino que se refiere simplemente a la posibilidad de perder lo que se tiene. .
El premio prometido al vencedor de la prueba es hacerlo columna en el templo de Dios (v.1a). La imagen de la columna simboliza el puesto honorífico que tendrá el vencedor en la Iglesia, y al mismo tiempo significa su estabilidad 29. En Gálatas 2:9, San Pablo se vale de la misma expresión para significar el lugar importante que ocupaban en la Iglesia los apóstoles Santiago, Cefas y Juan.
En otras epístolas también emplea la imagen de los cristianos, que son edificados para formar el templo de Dios 30. La promesa de estabilidad era muy oportuna para la Iglesia de Filadelfia, cuya ciudad fue destruida por un terremoto en el año 17 d.C. El cristiano que permanezca fiel hasta el fin se convertirá en una columna firme e inconmovible en el templo celeste. Por eso dice que no saldrá ya jamás fuera de él. Sobre la columna se escribirá el nombre de Dios y el de la nueva Jerusalén y el nombre nuevo de Cristo. La acción de escribir estos nombres sobre el fiel vencedor significa que éste pertenece a Dios y a Jesucristo y que es ciudadano de la Jerusalén celeste. Filadelfia había cambiado de nombre en tiempo de Tiberio, dándosele el nombre nuevo de Neocesarea en honor del emperador. Esto tal vez haya sugerido a San Juan la expresión de nombre nuevo de Cristo. También en el templo de Jerusalén había dos columnas, cada una de las cuales tenía escrito un nombre: Yakín. "Yahvé da estabilidad," y Boaz, "Yahvé da fuerza." 31 En otros lugares del Apocalipsis 32 se habla de una señal puesta sobre la frente de los elegidos para indicar que pertenecen a Dios. Lo que se promete a los vencedores es en realidad, tanto aquí como en las cartas precedentes, la vida eterna.
Carta a la iglesia de Laodicea, 3:14-22
14 Al ángel de la Iglesia de Laodicea escribe: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios. 15 Conozco tus obras y que no eres ni frío ni caliente" 16 Ojalá fueras frío o caliente, mas porque eres tibio y no eres caliente ni frío, estoy para vomitarte de mi boca. 17 Porque dices: Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad, y no sabes que eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo; 18 te aconsejo que compres de mi oro acrisolado por el fuego, para que te enriquezcas, y vestiduras blancas para que te vistas, y no aparezca la vergüenza de tu desnudez, y colirio para ungir tus ojos a fin de que veas. 19 Yo reprendo y corrijo a cuantos amo: ten, pues, celo y arrepiéntete. 20 Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo. 21 Al que venciere le haré sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. 22 El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
Laodicea de Frigia estaba situada a unos 65 kilómetros al sudeste de Filadelfia, en el valle del río Lico. Fue fundada en el siglo ni a.C. por Antíoco II (261-246), con el fin de que fuese una ciudadela del helenismo en los confines de la Frigia. Y le impuso el nombre de su mujer Laodicea. En sus cercanías brotaban abundantes aguas termales. Era un centro industrial y comercial muy activo. Su industria se distinguía sobre todo por la fabricación de un tejido especial de lana negra. También era importante su escuela de oculistas, en la que sobresalieron Zeuxis y Alejandro Filetes. En ella se preparaba un colirio, hecho de una piedra frigia pulverizada, el cual se exportaba a todo el Imperio romano. Por eso, la ciudad estaba llena de bancas y de casas de comercio. Esto mismo atraía a muchos judíos a la ciudad, como atestigua Josefo Flavio 33. Laodicea sufría también de los terremotos, que la destruyeron en gran parte el año 61 d.C. Sin embargo, orgullosa y confiada en sus recursos, no quiso aceptar la ayuda que le ofreció Roma. Y por sus propios medios logró levantarse pronto de sus ruinas 34. Es la autosuficiencia de Laodicea aflora también en la carta que vamos a examinar, pues, como la precedente, está llena de alusiones a los hechos que acabamos de narrar 35. Jesucristo se muestra severo con los tibios que se enorgullecen de su autosuficiencia. El oro de sus bancos es delante de Dios como moneda falsa. En lugar de sus lanas negras, haría mejor en adquirir los vestidos blancos de la pureza y del triunfo. Su famoso colirio no podrá curar sus ojos ciegos por las riquezas 36. Estas alusiones tan claras a las circunstancias locales hacen de esta carta la más pintoresca de las siete. Es también una de las más amplias, y tal vez la más hermosa por el vigor y la ternura. No conocemos los orígenes de la iglesia de Laodicea, que debió de ser fundada por los discípulos de San Pablo, como nos lo indican las relaciones que el Apóstol de las Gentes mantenía con esta iglesia 37.
Son varios los títulos que se dan a Cristo al comienzo de la carta: el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios (v.14). La extraña designación de Cristo como el amén 38, es decir, el fiel, el inmutable, contrasta con la triste condición de Laodicea. Convenía afirmar, al principio de la carta, la veracidad absoluta e inmutable de Jesucristo, fiel en sus promesas y en sus obras, antes de hablar de Laodicea, la ciudad de los compromisos. El texto parece inspirarse en Is 65:16, en donde ya aparece Amén como nombre divino. Otro de los apelativos dados a Cristo es el ser el principio de la creación de Dios (v.14). Este título de Cristo significa que Jesús sea considerado como la primera de las criaturas de Dios, como lo interpretaban los arríanos, sino que designa el principio causal de la creación. La idea responde a lo que dice el mismo San Juan en el prólogo de su evangelio: "Todas las cosas fueron hechas por El" 39. Y es semejante a la expresada ya por el Apocalipsis: "Yo soy el primero y el último." 40 Jesucristo es el principio, junto con el Padre y el Espíritu Santo, de toda la creación. "El es — como dice San Pablo a los Colosenses — la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en El fueron creadas todas las cosas.; todo fue creado por El y para EL.; El es el principio" el primogénito de los muertos, para que tenga la primacía sobre todas las cosas." 41 La doctrina de San Pablo sobre Cristo primogénito de toda la creación debe de tener especial relación con la del Apocalipsis. Lo cual se explica bien si tenemos presente que Colosas estaba cerca de Laodicea, y debía de encontrarse en circunstancias bastante parecidas. Además, San Pablo manda expresamente que su carta a los Colosenses sea también leída a los de Laodicea 42.
A la Iglesia de Laodicea, Cristo reprocha el haber decaído de su fervor, dejándose llevar de la pereza y del tedio por las cosas religiosas. Cosa bien explicable en una ciudad dominada, por el afán del negocio y del lucro temporal. Las preocupaciones por las cosas terrenas han sumido a los cristianos en un estado de indiferencia espiritual. Se han vuelto tibios 43, como las aguas termales que corrían por sus términos. Este estado espiritual es el peor, porque en él no se sienten los remordimientos de conciencia. Hubiera sido mucho mejor que fuera fría o caliente, porque así el Señor no sentiría vómitos de ella y no la vomitaría de su boca (v.16). Las aguas termales, al perder su alta temperatura y volverse tibias, no se pueden beber por los vómitos que producen. La tibieza de la Iglesia de Laodicea era causada por su orgullo y por la conciencia de su autosuficiencia, que le hacía creerse rica y que de nada tenía necesidad. El bienestar material de los laodicenses no les sirve sino para hacerse ilusión sobre su pobreza espiritual. Jesucristo les quiere hacer ver la realidad por medio de una serie de epítetos de gran vigor. La ciudad que se creía rica y autosuficiente, es llamada desdichada, miserable, indigente; la metrópoli del colirio es tachada de ciega, y la que traficaba con ricas lanas y tejidos se encuentra desnuda (v.17). Todos estos epítetos debían de sonar extrañamente en la ciudad del negocio y de la opulencia. Ella corría infatuada tras el dinero y las riquezas, sin darse cuenta de la extrema indigencia espiritual en que se encontraba. Para el cristiano, la tibieza espiritual, la falta de ánimo y de arranque para progresar en la vida espiritual, constituyen un grave mal, que los autores espirituales han denunciado con frecuencia apoyándose en este pasaje.
Cristo mismo índica los remedios que se han de aplicar a la Iglesia de Laodicea para que pueda salir del mal estado en que se encuentra (v,18). Puesto que se encuentran en la indigencia y, por otra parte, son buenos comerciantes, les aconseja que compren de su oro acrisolado por el fuego, para que se enriquezcan. Es decir, han de acudir al que es rico y fuente de toda riqueza, a Jesucristo, el cual les dará un don espiritual que los enriquecerá sobre toda ponderación. Este don debe de ser la fe y la gracia santificante. En 1 Pe 1:7 la imagen del crisol es aplicada a la fe, lo cual es probable que suceda también en nuestro pasaje. Los laodicenses han de comprar también vestiduras blancas, en lugar de negociar con sus lanas negras, para cubrir su desnudez espiritual. Las vestiduras blancas son símbolo de la gracia y de las virtudes del verdadero cristiano, que vienen como a cubrir la miseria de nuestra naturaleza corrompida. Y, finalmente, han de conseguir un colirio espiritual, que les curará de su ceguera, confiriéndoles, al mismo tiempo, el don de la penetración en su vida espiritual íntima. Es un don muy grande de Dios el darse cuenta del mal estado en que se está, para así poder entrar dentro de sí y volverse al Señor 44.
Jesucristo reprende a la Iglesia de Laodicea guiado por el amor que siente por ella (v.1q). De modo semejante decía el autor de los Proverbios: "Al que Yahvé ama le corrige, y aflige al hijo que le es más caro" 45. Dios siempre se ha servido en la historia de las pruebas y castigos para purificar a los que amaba. La pedagogía del sufrimiento tiene mucha importancia en el Antiguo Testamento, especialmente en los libros sapienciales 46. Las pruebas son también venidas de Cristo al alma fiel. Jesucristo, que reina como Dios omnipotente sobre toda la creación, se presenta como humilde peregrino a las puertas de los cristianos, pidiendo hospitalidad y solicitando suplicante le abran 47 para celebrar con ellos la cena de la amistad (v.20) 48. La cena con Cristo es símbolo de los dones mesiánicos que el Señor está dispuesto a dar, ya desde este mundo, a los que realmente le aman. La imagen de la cena o del banquete 49 representa frecuentemente en la Sagrada Escritura la bienaventuranza de la vida futura, la gloria. Sin embargo, aquí, en nuestro pasaje, no se trata del banquete de la gloria, sino de la entrada secreta en el corazón del fiel, seguida de las alegrías de la gracia y de la recepción de la Eucaristía 50.
Los ν. 19-20 se pueden contar entre los mαs conmovedores y tiernos del Nuevo Testamento. San Juan no olvida nunca, incluso en los momentos en que tiene que corregir más severamente, que Dios es amor 51.
El premio prometido a los vencedores es el reino de los cielos. La promesa, por tanto, se hace aquí escatológica 52. Cristo, sentado a la diestra de Dios Padre, participa plenamente de su soberanía. Los fieles, que hayan vencido, también reinarán con Cristo y participarán del poder real que posee Jesucristo. El Señor prometió a los apóstoles que se sentarían sobre doce tronos para juzgar a Israel 53. Pero esta gracia no es exclusiva de los apóstoles, sino de todos los que imiten su ejemplo 54. Lo mismo se puede decir del sentarse con Cristo en el trono de la gloria, o sea del reinar con él en el cielo. Son todas imágenes diversas para expresar una realidad inefable, la vida eterna.
San Juan nos presenta, en esta primera parte del Apocalipsis, a Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, resucitado y glorioso, juez de vivos y muertos y cabeza de las iglesias. Cuanto dice de cada una de estas iglesias puede ser aplicable a otras que se hallen en las mismas circunstancias. Porque la palabra del Señor está por encima de los lugares y de los tiempos. Dignas de especial atención son las promesas de vida eterna con que trata de alentar a las iglesias y a los fieles en los momentos de prueba. Tal es el pensamiento dominante del Apocalipsis y el más conveniente en aquellas circunstancias. Todo cuanto aquí se dice de las iglesias conviene mejor a los fieles. La vida de la gracia está dirigida, y la organización de las iglesias se ordena precisamente a fomentar y a conservar la vida divina de los fieles, para que puedan conseguir la vida eterna en el cielo.
1 Tácito, Arma/es 2:47; 4:55. — 2 Herodoto, 1:55; Esquilo, Los persas 45. Cf. H. Butler, Sardis (Princeton 1922-1930); G. Hanfmann, Sardis: Illustrated London News 234 Ü959) 924; Basor 154 (1959) 5-35- — 3 Ap 1:20. — 4 Cf. Ap 1:4. — 5 Act 2:33; Jn 16:14; E- B. Allo, o.c. p.47. — 6 Jn 16:7.143. — 7 Jn 14:16.26. — 8 Tob 12:15. — 9 Algunos autores creen que se da aquí un juego de palabras: tiene nombre de vivo (ότι ζρ5), que pudiera hacer referencia al nombre del obispo, llamado tal vez Zósimo, "el que vive." Cf. S. Bartina, o.c. p.643. — 10 Mt 24:42-51; 25:13; Mc 13:35; Le 12:39ss; cf. 1 Tes 5:2; 2 Pe 3:10. — 11 Cf. E. B. Allo, o.c. p.47. — 12 Ap 19:14; 15:6; 1:12-17. — 13 Cf. 1 Jn 2:133; 5:4s. — 14 Ap 7:9.135. — 15 Ex 32:32-33; Sal 69:29. — 16 Cf. Is 4:3. — 17 Dan 12:1. Cf. J. Bonsirven, Le Judaísme palestinien I p.iSgss. — 18 Cf. Mt 10:32; Lc 10:20; Fil 4:3; Ap 20:11-15; 21:27. — 19 Cf. Lc 9:26. — 20 San Ignacio De Ant., Ad Phil. 3:5:10. Véanse W. Ramsay, Histórica! Geography of Asia Minor (Londres 1890) p.121; V. Tshrerikower, Die hellenistischen Stddtengründungen von Alexander der Gross bis auf die Romerzeit (Lipsias 1927) p.17955; Dictionnairede la Bible de Vigouroux, art. Philadelphia 5:261. — 21 Gf. Mc 1:24; Lc 1:35; 4:34; Jn 6:69; Act3:14 — 22 Mt 24:35. — 23 Cf. Jn 1:9; 4:23; 7:28; 15:1; 17:3; 1 Jn 2:8; 5:20; Ap 3:14; 6:10; 16:7; 19:2.9.11; 21,5s. — 24 Mt 16:19. — 24 Mt 16:19. — 25 1 Cor 16:9; 2 Cor 2:12; Col 4:3. — 26 AdPhilad.3,i. — 27 Is 43:4. Cf. C. spicq, Ágape III p.iao. — 28 Rom 11:25-27. — 29 Cf. Ap 21:22. — 30 Gf. Ef2:21. — 31 Gf. i Re 7:15-21; 2 Crón 3:15-17. — 32 7:3; 14:1; 22:4. — 33 Ant. lud. 14:10:20. — 34 Cf. Tácito, Ármales 14:29. — 35 Cf. W. M. Ramsay, The Cities and Bishoprics ofPhrygia (Oxford 1895) I 1-83.34235; II 512ss.542ss.785ss; E. Beurlier, Laodicée, en Dict. de la Bible 4:86. — 36 E. B. Allo, o.c. p.57. — 37 Col 2:1; 4:13-16; cf. Act 19:10. — 38 El 'Amen hebreo vale tanto como firme, fiel, que inspira confianza. — 39 Jn 1:3 — 40 Ap 1:18. — 41 Col 1:15.16.18. — 42 Col 4:16. — 43 A propósito de la tibieza de los laodicenses se pueden consultar J. Alonso, El sentido de tibieza en la recriminación de la iglesia de Laodicea: Miscelánea Comillas 19 (1953) 121-130; El estado de tibieza espiritual en relación con el mensaje del Señor a Laodicea (Comillas 1955) 94; J. B. Bauer, Salvator nihil médium amat (Ap 3:15; Mt 25:29; Heb 4:12): VD 34 (1956) 352-355- — 44 Cf. Col 1:27; 2:3. De los polvos frigios empleados como colino nos hablan varios autores antiguos: Horacio, Satir. 1:5.30; Juvenal, 6.579; Celso, 6.7; 7:74. — 45 Prov 3:12. — 46 Cf. Prov 13:24; Job 5:17; véase 1 Cor 11:32; Heb 12:6ss. — 47 Cf. Cant 5:2. — 48 Cf. Le 24:13-35. — 49 Cf. Le 14:15; Is 25:6. — 50 E. B. Allo, o.c. p.s6. — 51 1 Jn 41:16. — 52 Ap 20:4. — 53 Jn 5:27 — 54 Mt 19:28.