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Segunda parte: Las visiones proféticas sobre el futuro, 4:1-22:5
Esta segunda parte del Apocalipsis anuncia las cosas que han de suceder después de esto l, y abarca casi todo el cuerpo del libro. La idea central de esta segunda parte es el misterio del reino de Dios, que se manifestará al toque de la séptima trompeta 2. Cuando comienza a realizarse este misterio, el diablo prepara una gran persecución, que terminará con el juicio de los perseguidores (c.18-19) y la venida del reinado de mil años (20:1-6). Acabado el período de mil años, el diablo vuelve de nuevo a hacer la guerra a los santos. Pero es vencido por Cristo, y entonces tiene lugar el juicio final y las bodas del Cordero (20:7-22:5). Los capítulos 4-11 pueden considerarse como una especie de introducción a la gran profecía de toda la segunda parte, que comienza propiamente en el capítulo 12. El profeta nos presenta primeramente, en los capítulos 4-5, el escenario, o sea la corte del cielo, desde donde Dios Padre y el Cordero redentor dominan todos los sucesos de la historia que va a narrar. Después viene la apertura de los siete sellos por el Cordero (c.6-7), que prepara las escenas de las siete trompetas (c.8-11), las cuales dan principio a la realización del misterio de Dios.

Visiones Introductorias a la Parte Profética, c. 4-5
San Juan, antes de comenzar a hablar de las cosas futuras, tiene una visión, en la cual ve el cielo. Y en el cielo ve un trono sobre el cual estaba sentado el Señor omnipotente rodeado de toda su corte celeste (4:1-11). Después ve también en el mismo cielo al Cordero redentor, que toma en su mano la guía de la historia, que va a ser revelada a Juan (5:1-14). Las descripciones de San Juan están inspiradas en otras descripciones, bastante parecidas, que se encuentran en muchos apócrifos. Sin embargo, San Juan ha transformado lo que él copiaba: ha simplificado y ha dado mayor firmeza a las descripciones apocalípticas, dándoles una majestad y un sentido religioso que no poseían 3.
Capítulo 4
El Dios omnipotente y su corte, 4:1-11
1 Después de estas cosas tuve una visión, y vi una puerta abierta en el cielo, y la voz, aquella primera que había oído como de trompeta, me hablaba y decía: Sube acá y te mostraré las cosas que han de acaecer después de éstas* 2 Al instante fui arrebatado en espíritu y vi un trono colocado en medio del cielo, y sobre el trono, uno sentado. 3 El que estaba sentado parecía semejante a la piedra de jaspe y a la sardónica, y el arco iris que rodeaba el trono parecía semejante a una esmeralda. 4 Alrededor del trono vi otros veinticuatro tronos, y sobre los tronos estaban sentados veinticuatro ancianos, vestidos de vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas. 5 Salían del trono relámpagos, y voces, y truenos, y siete lámparas de fuego ardían delante del trono, que eran los siete espíritus de Dios. 6 Delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal, y en medio del trono y en rededor de él, cuatro vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. 7 El primer viviente era semejante a un león, el segundo viviente, semejante a un toro, el tercero tenía semblante como de hombre y el cuarto era semejante a un águila voladora. 8 Los cuatro vivientes tenían cada uno de ellos seis alas, y todos en torno y dentro estaban llenos de ojos, y no se daban reposo día y noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene. 9 Siempre que los vivientes daban gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, que vive por los siglos de los siglos, 10 los veinticuatro ancianos caían delante del que está sentado en el trono, y se postraban ante el que vive por los siglos de los siglos, y arrojaban sus coronas delante del trono, diciendo: 11 Digno eres, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas.

San Juan es transportado en espíritu al cielo 4, en donde permanecerá hasta el capítulo 10. Allí contemplará las cosas celestiales y el anuncio de los sucesos futuros que tendrían lugar sobre la tierra. El cielo es considerado — siguiendo la concepción de los antiguos babilonios — como una bóveda sólida, en la cual se abren puertas de acceso 5. Por una de ellas entra San Juan en el cielo, en donde Dios habita con su corte celestial. Pero antes de entrar oye una voz, que era la misma que había oído antes 6. Era la voz de Cristo revelador que aquí va a hacer de guía de Juan. Hasta ahora Jesucristo le ha mostrado cosas que son 7; mas en adelante le va a mostrar las cosas que han de acaecer en el futuro (v.1). Estas serán de grande importancia para la Iglesia y para el mundo. Por eso, el vidente de Patmos ha de poner la mayor atención posible a lo que viere y oyere. Esta es una especie de introducción muy propia de los escritos apocalípticos judíos.
Al entrar en el cielo, lo primero que ve Juan es un trono, y a uno que esta sentado en ese trono (v.2), rodeado de sus asistentes. La descripción que nos ofrece San Juan de la corte de Dios está inspirada en las visiones de los profetas Isaías, Ezequiel y Daniel, y tiene también puntos de contacto con las descripciones de la apocalíptica judía. Pero es más original que ésta. Es, además, relativamente sobria y llena de grandeza y de significación. Dios aparece como el Señor del universo y de los siglos. En el cielo, desde donde son dirigidos todos los sucesos del universo, Juan verá cómo el Señor Dios omnipotente confiere al Cordero el poder de su reino 8. Sin embargo, San Juan evita el nombrar y el describir en forma humana a aquel que está sentado sobre el trono, el cual habita en una luz inaccesible, y al que nadie ha visto ni puede ver 9. El autor sagrado tiene conciencia de ver solamente figuras de realidades invisibles. Por eso evita, más todavía que Ezequiel — en el que se inspira especialmente nuestro autor —, toda descripción antropomórfica de la divinidad. De ahí que no diga como Ezequiel: sobre el trono había "una figura semejante a un hombre que se erguía sobre él; y lo que de él aparecía, de cintura arriba, era como el fulgor de un metal resplandeciente, y de cintura abajo, como el resplandor del fuego, y todo en derredor suyo resplandecía" 10. San Juan, para indicar misteriosamente la divina presencia, recurre al resplandor de piedras preciosas y del arco iris (v.3). También el profeta Ezequiel representa el trono de Dios rodeado de un resplandor como el del arco iris 11. Probablemente el jaspe sería translúcido, como un cristal; la sardónica debía de ser de color rojizo muy intenso y, finalmente, el arco iris aparecía con color esmeralda en sus diversos matices. Los autores bíblicos imaginaban la Divinidad rodeada por un halo de luz verde que la cubría como si fuera un manto 12. San Juan muestra un gusto especial por los colores vivos 13; manifestándose, al mismo tiempo, como un maravilloso colorista.
Los reyes de la tierra solían tener un consejo de ancianos 14 que les asistían en el gobierno del reino. Pues bien, al rey del cielo y de la tierra no le podía faltar este elemento de ornato — aunque en realidad como Dios sapientísimo no necesite de su consejo — para dar realce a la majestad de su corte. Los veinticuatro ancianos del v.4 forman como un senado de honor que rodea el trono de Dios. Se discute entre los autores quiénes sean estos ancianos. Para unos serían hombres glorificados o santos del Antiguo Testamento 15. Para otros habría que identificarlos con los doce patriarcas y los doce apóstoles, que simbolizarían al Antiguo y Nuevo Testamento. Otros ven en el número veinticuatro un número simbólico, que estaría inspirado en las veinticuatro clases sacerdotales que servían en el templo. Sin embargo, teniendo en cuenta que en esta primera parte de la visión Dios se presenta simplemente como Creador (cf. v.6-8.n), creemos más conforme con el contexto ver en los veinticuatro ancianos angeles a quienes Dios ha confiado el gobierno de los tiempos. "Son — dice el P. Alio — como ángeles custodios universales." 16 Están sentados en sus tronos, vestidos de blanco y con una corona de oro sobre sus cabezas. Todo esto simboliza su poder y su gran dignidad. Las vestiduras blancas significan el triunfo y la pureza. Las coronas simbolizan su autoridad y la parte que toman en el gobierno del mundo. Y son ancianos por su gobierno secular. Pero no sólo reinan, sino que también ejercen oficios sacerdotales en la liturgia celeste 17. "Están — como dice el P. Alio — a la cabeza de la iglesia celeste, y por eso representan idealmente a la humanidad rescatada, cuyas oraciones ellos ofrecen a Dios 18. Se los verá asociarse sin cesar a los sucesos de la tierra y al progreso del reino de Dios" 19. También pudiera suceder que San Juan los llamara ancianos, πρεσβύτεροι, por este motivo. El nϊmero de veinticuatro corresponde a las doce horas del día, sumadas a las doce de la noche. En las ruinas de algunas sinagogas antiguas se han encontrado representaciones del tiempo, bajo el símbolo de los doce signos del Zodíaco, de los doce meses y de las cuatro estaciones del año. Por donde se ve que la idea de que el tiempo toma también parte en la glorificación del Rey de los siglos no era extraña al pensamiento judío 20. Hay también algunos autores que ven en este número una alusión a las veinticuatro divinidades estelares de la astronomía babilónica.
No sólo los veinticuatro ancianos dan realce a la majestad de Dios, sino que también la naturaleza contribuía a esto con truenos y relámpagos (v.5), como en la teofanía del Sinaí 21. Los truenos y relámpagos son la imagen tradicional de la voz y de la acción ad extra de Dios, sobre todo en las teofanías. Simbolizan, al mismo tiempo, el poder terrible que Dios tiene, y que manifestará castigando a los transgresores de su ley y a sus enemigos. Las siete lámparas de fuego., que eran los siete espíritus de Dios (v.5), creemos que son expresiones para designar al Espíritu Santo. De este modo, San Juan contemplaría a la Trinidad beatísima: junto al Padre, sentado sobre el trono, estarían Jesucristo, el Cordero y el Espíritu Santo. Este, que es único, se presenta como múltiple por la abundancia de sus dones. Las siete lámparas y los siete espíritus simbolizan los siete dones del Espíritu Santo, que comunica a los hombres y por medio de ellos se da a conocer 22. La imagen empleada por San Juan procede del candelabro de siete brazos 23, que ardía noche y día en el templo de Jerusalén, y que el profeta Zacarías recuerda en una de sus visiones 24. También puede tener relación con el oráculo de Isaías referente al Espíritu septiforme que había de reposar sobre el Mesías 25.
Delante del trono ve el profeta como un mar de vidrio semejante al cristal (v.6). Es evidentemente el firmamento tal como se lo imaginaban los hebreos 26, y particularmente la literatura apocalíptica. Según las ideas cosmológicas de los antiguos, sobre el firmamento sólido estaban las aguas superiores o el océano celeste del Testamento de Leví 27. Pues bien, este mar sobre el firmamento forma como el alfombrado del templo celeste sobre el cual reposa el trono de Dios. Y este asombroso alfombrado del cielo era como de vidrio, material muy estimado en la antigüedad. También el profeta Ezequiel concibe el piso del cielo como si fuera de cristal, y sobre él está colocado el trono de Dios 28. San Juan ve, además, en medio del trono y en rededor de él cuatro vivientes. La posición de estos seres vivientes no resulta fácil de explicar. Sin embargo, creemos que la mejor explicación — en analogía con la visión de Ezequiel 29, de la que evidentemente depende — es la que coloca cada uno de los cuatro vivientes al pie de cada una de las cuatro caras del trono, mirando hacia los cuatro puntos cardinales. Para el profeta que mira el trono desde la parte delantera, uno de los vivientes está en medio y los otros en rededor. La descripción de los cuatro vivientes es parecida a la de Ezequiel 30, aunque más sencilla y con algunos puntos de contacto con Isaías 31. En lugar de los cuatro aspectos (panim) de los Kerub de Ezequiel, aquí cada animal sólo tiene uno. Estos cuatro vivientes del Apocalipsis están tomados sin duda de Ezequiel 1:10, y representan los cuatro reyes del reino animal: el león, rey de las fieras; el toro, rey de los ganados; el águila, rey de las aves, y el hombre, rey de la creación. La figura bajo la cual se presentan sugiere que representan lo que hay de más noble, de más fuerte, de más sabio y de más rápido en el conjunto de la creación.
La tradición cristiana se ha servido de estos cuatro vivientes, que sostienen y transportan el trono de Dios para simbolizar a los cuatro evangelistas, que forman la cuadriga de Jesucristo. San Mateo es designado por el hombre, por empezar su evangelio con la genealogía humana de Cristo. San Marcos es representado por el león, ya que empieza su evangelio con aquella frase: "Voz de quien grita en el desierto" 32; y en el desierto es el león el que ruge. San Lucas es simbolizado por el toro, porque su evangelio empieza con la historia del sacerdote Zacarías 33. Y el sacerdote del Antiguo Testamento era el que sacrificaba los toros para los sacrificios del templo de Jerusalén. Y, finalmente, San Juan es significado por el águila. La razón de esto está en que desde el prólogo de su evangelio se remonta con vuelo de águila hasta las alturas de la misma Divinidad 34.
Los cuatro vivientes estaban llenos de ojos por delante y por detrás. Ezequiel, en cambio, pone los ojos sobre las ruedas del carro de Dios 35. Los ojos son para ver, luego estos vivientes deben de tener algún oficio en el gobierno del mundo. Por otra parte, el número cuatro responde a las cuatro partes del mundo, como sucede frecuentemente en el Apocalipsis 36. Además, todo el contexto nos inclina a creer que los cuatro vivientes son seres de los cuales Dios se sirve para el gobierno de la creación y que le dan gloria en nombre de ella. Según el libro apócrifo de las Parábolas de Henoc 37, está encomendado a tres clases de ángeles el guardar el trono de la gloria del Señor, sin dormir jamás: los Serafim, los Kerubim y los Ofanim 38. Los Ofanim 39 tenían innumerables ojos para indicar que eran los ministros de Dios en el gobierno del mundo y que debían atender a todo lo que sucedía en las diversas partes del orbe 40. Al mismo tiempo, los Serafim, los Kerubim y los Ofanim eran los encargados de cantar el Trisagion: "Santo, santo, santo es el Señor de los Espíritus. El llena la tierra con espíritus" 41. Los vivientes de San Juan reúnen las características de estas tres clases de ángeles: tienen las seis alas de los Serafim 42, los numerosos ojos de los Ofanim43, y están debajo del trono de Dios como los Kerubim de Ezequiel.
Según una interpretación propuesta ya por San Ireneo y Andrés de Cesárea, estos vivientes serían los cuatro ángeles que están al frente del gobierno del mundo material. Su número corresponde al número simbólico del cosmos, pues "existen cuatro regiones del mundo en que estamos," como se expresa San Ireneo 44. Sus ojos simbolizan la ciencia universal y la providencia divina. Y dan gloria a Dios sin cesar por su obra creadora 45. También San Ireneo ve simbolizados en estos cuatro animales a los cuatro evangelistas, como ya dejamos explicado.
Los cuatro vivientes tenían seis alas (v.8), como los serafines de Isaías 46. No sabemos por qué tienen seis alas y no cuatro — los cuatro vientos —, que eran las que tenían los querubines de Ezequiel 47. Y al abrir las alas aparecían sus cuerpos llenos de ojos todo en derredor. De igual modo que los serafines de Isaías, no cesan ni de día ni de noche de ensalzar la santidad del Señor Dios todopoderoso. La triple aclamación — el trisagio 48 — a la santidad divina quiere poner de relieve la trascendencia divina, separada de todo lo contaminado y de toda maldad. La triple repetición de Santo es una manera de expresar el superlativo, muy propia de la lengua hebrea. Santo, santo, santo equivale, por lo tanto, a santísimo o supersantísimo. Los misteriosos vivientes aclaman, pues, la santidad de Dios y, al mismo tiempo, su omnipotencia y eternidad. Por eso no cesaban de repetir: Sanio, santo, santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene (v.8). Tenemos aquí una magnífica alabanza a la divinidad, a la omnipotencia y a la eternidad de Dios 49. Esta hermosa doxología se inspira en Isaías 6:3, y corresponde al Sanctus que nosotros cantamos en la misa. La liturgia de la Iglesia es, en efecto, una participación terrestre de la liturgia celeste.
Siempre que los cuatro vivientes daban gloria, honor y acción de gracias. al que vive por los siglos de los siglos (v.9), los veinticuatro ancianos se asociaban a esta liturgia celestial postrándose de rodillas e inclinándose hasta tocar la tierra, según la costumbre oriental 50. Tomando luego sus coronas, que simbolizan el poder de gobernar el mundo, las arrojaban delante del trono de Dios (v.10). El deponer sus coronas es un signo de sumisión y vasallaje, que estaba de uso en la antigüedad. Del rey de Armenia Tiritadas se narra que arrojó también su corona delante de la estatua de Nerón 51. A estos signos de respeto y adoración añaden los ancianos su propio himno litúrgico: Digno eres, Señor., de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas (v.11). Esta doxología desarrolla el tema de la gloria de Dios en las obras de la creación. En el protocolo áulico de aquella época y en el culto imperial también se deseaba al emperador la gloria, el honor y el poder 52. Sin embargo, San Juan probablemente se inspira en la piedad y en la literatura judía, que solían emplear estos términos principalmente en las oraciones litúrgicas de las sinagogas. Dios es digno de que le alabemos, porque posee todas las perfecciones posibles y su bondad se extiende al universo entero. Ha creado todas las cosas y por su voluntad existen, de ahí que sea justo que le den gloria y honor y reconozcan su dominio soberano sobre toda la creación.
En resumen, los ángeles del cielo, en quienes debe estar representada la creación entera, aclaman al Dios creador y conservador de todas las cosas 53.

1 Ap 1:19. — 2 Ap 11:15; cf. 10:7. — 3 Cf. L. Mowry, Revelation IV-V and Early Christian Liturgical Usage: LBTh 71 (1952) 75-84; A. Ruó, Gottesbild una Gottesverehrung in Ap 4 und 5:6-14: BiLi 24 (1956) 326-331; J. Giblet, De visione Templi caelestis in Ap 4: Collectanea Mechlinensia 43 (1958) 593-597 — 4 Cf. 2 Cor 12:2SS. — 5 Cf. Job 37:18. Véase Libro de Henoc 33:1; 34:2s; 35; 36:1-3. — 6 Ap 1:10-11. — 7 Ap 1:19. — 8 dom Guiu M. Camps, Apocalipsi, en La Biblia de Montserrat XXII p.266. — 9 Jn 1:18; 1Til — 10 Ez 1:26-27. — 11 Ez 1:28. — 12 Cf. Sal 104:2. — 13 Cf. Ap 21:18-21. — 14 Cf. 1 Re 12:6; 2 Re 6:32. — 15 J. Michl, Die 24 Atiesten in der Apok. des hl Johannes (München 1938) p.ioSss.!6 E. B. allo, o.c. p.yo. — 17 Ap 4:10-11; 5:9; 11:16. — 18 Ap 5:8. — 19 E. B. Allo, ibíd., p.vo. — 20 Cf. dom Guiu M. Camps, o.c. p.aóy; A. Feuillet, Les vingt-quatre vieillards de l'Apo-calypse: RB 65 (1958) 5-32; A. Skrinjar, Vingintújuatuor séniores: VD 16 (1936) 333-338. 361-368; N. B. Stonehouse, The Elders and the Living Beings in the Apocalypse. Arcana reveíala (Kampen 1951) 135-148. — 21 Ex 19,16ss; cf. Sal 18:8-16. — 22 cf. 1 Cor 12:4. — 23 Ex 25:37- — 24 Zac 4:2. — 25 Is n.i-2. — 26 Ex 24:10; Ez 1:22. — 27 Test, de Leví 2:7; cf. Gen 1:7; Sal 104:3. — 28 EZ 1:22.26. — 29 Ez I.4SS. — 30 Ez 1:4-25. — 31 Is 6:1-3. — 32 Mc 1:3. — 33 Lc 1:5. — 34 Cf. S. Bartina, Apocalipsis de San Juan. La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento III p.655 nt. 4; San Ireneo, Adv. haer. 3:11:8; San Agustín, De consensu evangelistarum 1:6. — 35 Ez 1:18. — 36 Ap 5:13; 7:1; 8:7-12; 16:2-9; 21:13. — 37 En el Libro de Henoc suelen designarse con el título Las Parábolas de Henoc los capítulos 37-71. — 38 Libro de Henoc etiópico 71:7. — 39 El profeta Ezequiel afirma que los innumerables ojos estaban en derredor de las llantas de las ruedas del carro de Dios. Ahora bien, el término que emplea para designar las ruedas es el de Ofanim, que es el vocablo empleado por el Libro de Henoc para designar a una clase de ángeles. — 40 M. garcía cordero, El libro de los siete sellos ρ.βζ. — 41 Libro de Henoc 39:12. — 42 Is 6:2. — 43 Ez 1:18. — 44 Adv. haer. 3:11:8. — 45 Ap 4:9. Cf. M. E. Boismard, Apocalypse, en La Bible de Jérusalem p.39 — 46 Is 6:2. — 47 Ezi,6. — 48 Cf. N. Walker, TheOriginofthe Thrice-Holy, Ap4:8: NTSt 5 (19585) 1325; B. M. Leiser, The Trisagion of Isaiah's Vision: NTSt 6 (1960) 261-263. — 49 A propósito de la expresión el que era, el que es y el que viene, se puede consultar la explicación que dimos de dicha frase en Ap 1:4. — 50 Cf. Eclo 50:17.21. — 51 Tácito, Annales 15:29. Cicerón (Pro P. Sestio 27) también refiere que Pompeyo devolvió, en un gesto de magnanimidad, la corona real a un reyezuelo que se la había dado en signo de sumisión. — 52 Cf. P. Touilleux, L'Apocalypse et les cuites de Domitien et de Cybéle (París 1935) P-102. — 53 Cf. Sal 8:2.
Capitulo 5
El Cordero redentor recibe el libro de los siete sellos, 5:1-14
1 Vi a la derecha del que estaba sentado en el trono un libro, escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. 2 Vi un ángel poderoso que pregonaba a grandes voces: ¿Quién será digno de abrir el libro y soltar sus sellos? 3 Y nadie podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro ni verlo. 4 Yo lloraba mucho, porque ninguno era hallado digno de abrirlo y verlo. 5 Pero uno de los ancianos me dijo: No llores, mira que ha vencido el león de la tribu de Judá, la raíz de David, para abrir el libro y sus siete sellos. 6 Vi en medio del trono y de los cuatro vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero, que estaba en pie como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra. 7 Vino y tomó el libro de la diestra del que estaba sentado en el trono. 8 Y cuando lo hubo tomado, los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos cayeron delante del Cordero, teniendo cada uno su cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. 9 Cantaron un cántico nuevo, que decía: Digno eres de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, 10 y los hiciste para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinan sobre la tierra. 11 Vi y oí la voz de muchos ángeles en rededor del trono, y de los vivientes, y de los ancianos; y era su número de miríadas de miríadas, y de millares de millares, 12 que decían a grandes voces: Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición. 13 Y todas las criaturas que existen en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y en todo cuanto hay en ellos, oí que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. 14 Y los cuatro vivientes respondieron: Amén. Y los ancianos cayeron de hinojos y adoraron.

El presente capítulo tiene como tema central a Jesucristo redentor, al Cordero inmolado por los pecados del mundo. Ya no se trata de la adoración a Dios creador, que era el argumento del capítulo 4, sino de Cristo glorioso, vencedor por su pasión y muerte redentora. En sus manos pone el Padre Eterno los destinos futuros de la humanidad. El llevará a efecto los planes divinos, luchando contra las fuerzas adversas de su Iglesia, y logrando el triunfo definitivo sobre el mal. Al recibir el Cordero la suprema investidura de manos del Padre, todas las criaturas — representadas por los cuatro vivientes, los veinticuatro ancianos y las miríadas de ángeles — prorrumpen en himnos de alabanza y de adoración 1.
Como introducción a la presentación del Cordero redentor en el cielo, San Juan nos describe con gran dramatismo la escena de un libro sellado que nadie es capaz de abrir. En la mano derecha de Dios ve el profeta un libro (v.1), es decir, un rollo de papiro conteniendo los decretos divinos contra el Imperio romano, tipo de todos los imperios paganos perseguidores de los fieles. Estaba escrito por las dos caras de la hoja de papiro. Generalmente se escribía sólo sobre una cara; pero la extensión del texto y la carestía del papel obligaban a veces a escribir por ambas caras. La imagen del libro en donde están escritas las leyes de la Providencia divina o los oráculos de Yahvé es frecuente en la Biblia 2. También en la literatura apocalíptica judía se habla de las tabletas celestes y del libro del Señor, en donde estaban consignados los planes de Dios sobre el mundo 3.
El libro o rollo que vio San Juan estaba sellado con siete sellos (v.1). Con lo cual se quiere indicar que el contenido del libro era secretísimo 4. Los siete sellos sujetaban la hoja enrollada, de suerte que para abrir el rollo era preciso soltar todos los sellos. La apertura de cada uno de los sellos no implica, pues, la publicación o la lectura de una parte del documento, sino que es más bien un preludio de su ejecución. El segundo preludio de la ejecución de los decretos divinos comenzará solamente con el toque de las siete trompetas.
Algunos autores piensan que el hecho de estar sellado el libro con siete sellos no simboliza el carácter hasta entonces secreto de los decretos divinos, sino que aludiría a la costumbre de cerrar los testamentos con sellos de diversos testigos 5. En cuyo caso, el documento que Dios entrega al Cordero significaría el testamento de Dios. Sin embargo, los decretos de Dios sobre el mundo no se puede decir que constituyan un testamento. Y, además, no requerían la presencia jurídica de los testigos para su validez, como se exigía en la legislación jurídica de aquel tiempo para abrir un testamento. Por otra parte, no resultaría fácil explicar cómo Jesucristo solo podía hacer jurídicamente lo que debían hacer siete personas 6. Por todo lo cual consideramos la opinión de estos autores como menos probable.
Un ángel poderoso grita a grandes voces, con el fin de que su voz se oiga en todo el universo 7, preguntando si hay alguno que sea digno, o capaz, de abrir el libro, soltando los siete sellos (v.a). Pero nadie responde en toda la creación. Nadie es digno, ni en el cielo, ni en la tierra, ni en los abismos, de abrir el libro (ν.β). Nadie posee la dignidad suficiente para atreverse a escudriρar los destinos futuros de la humanidad. No hay ningún ángel en el cielo, ningún hombre en la tierra, ningún difunto en el hades que pueda arrogarse tal dignidad. Sólo Cristo, redentor y mediador de los hombres, posee los títulos suficientes para llevar a cabo semejante empresa. El hecho de no encontrar a nadie en el universo capaz de desligar los sellos sirve para demostrar la alta dignidad del único digno de realizar esta hazaña.
El profeta, ante aquel silencio de toda la creación, prorrumpe en llanto (v.4), porque comprende cuál es el contenido del rollo. Y piensa que no será posible conocer la revelación de aquel libro misterioso, y, en consecuencia, tampoco tendrá la alegría de contemplar el triunfo final del reino de Dios y de su Iglesia sobre los poderes del mal, personificados en las autoridades del Imperio romano. Pero he aquí que uno de los ancianos amablemente le tranquiliza, y le dice: No llores, mira que ha vencido el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, para abrir el libro (ν.ζ). El anciano afirma claramente que sólo Cristo es capaz de soltar los sellos. Pero lo hace con lenguaje figurado, inspirado en diversos pasajes del Antiguo Testamento. El epíteto León de Judá está tomado de la bendición de Jacob a sus doce hijos, en la cual Judá es comparado a un cachorro de león 8. Sabido es que esta bendición de Judá es mesiánica. El otro título, Raíz de David, es lo mismo que la expresión mesiánica Retoño de Jesé 9, que se encuentra en la profecía de Isaías 11:10. Pues bien, es el León de Judá y el Vastago de la raza de David el que ha vencido las fuerzas siniestras del mal, simbolizadas por el Dragón infernal 10. El ha sido el que ha triunfado, mediante su pasión y resurrección n, del pecado y de la muerte. Por eso El será el único digno y capaz de abrir el libro de los siete sellos.
Por un ingenioso y paradójico contraste, el León anunciado aparece de repente bajo la forma de Cordero (v.6) 12. San Juan ve un Cordero, que estaba en pie como degollado. Es Cristo, el cordero pascual inmolado por la salvación del pueblo elegido 13. Esta imagen tiene su origen en el Antiguo Testamento, en donde el Siervo de Yahvé es llevado "como cordero al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores." 14 También San Juan, en el cuarto evangelio, nos presenta a Cristo "como el Cordero que quita los pecados del mundo." 15 Con esto se quiere aludir a su mansedumbre, humildad, inocencia y santidad 16. El Cordero se presenta de pie, pero conservando todavía en su cuello las señales de su inmolación. Está de pie porque, aunque ha sido sacrificado, ha logrado vencer la muerte con su resurrección. Cristo ha sido, en efecto, león para vencer, pero se ha convertido en cordero para sufrir (Victorino de Pettau). Su inmolación y muerte sobre la cruz ha sido la causa de su victoria sobre el demonio. Por eso las llagas de Jesucristo son las señales más gloriosas de su triunfo. Y no nos hemos de extrañar que Cristo conserve en el cielo — según San Juan 20:27 — las gloriosas llagas de su cruento sacrificio, como señales de su lucha victoriosa contra el mal. Aquí, esas llagas de los clavos y la herida del costado de Cristo están significadas por las señales en el cuello, indicio de haber sido degollado.
El Cordero tiene, además, siete cuernos, que simbolizan la plenitud — siete — del poder y de la fuerza del mismo 17. El cuerno, en el Antiguo Testamento y en las literaturas y artes plásticas del Oriente, significa poder y fuerza. Se conocen muchas representaciones de guerreros que aparecen con cascos provistos de cuernos para simbolizar su mayor o menor potencia militar. Otro tanto podemos decir de las divinidades antiguas, especialmente mesopotámicas, que suelen estar representadas con una tiara de siete cuernos. La imagen, pues, del Cordero con siete cuernos significa el poder omnímodo de que goza Jesucristo. Pero sería un error querer imaginarse a Jesucristo como una realidad con siete cuernos y siete ojos. Estas imágenes son únicamente símbolos, y como tales han de tomarse, sin tratar de forzar el pensamiento del autor sagrado. Pues San Juan, cuando esto escribía, sin duda que no imaginaba a Cristo con siete cuernos. Se sirvió sólo de esta imagen para simbolizar una realidad muy superior: la omnipotencia divina de Cristo, que es el único, en toda la creación, capaz de conocer y dirigir los sucesos futuros del universo.
El Cordero aparecía también con siete ojos, que designan su omnisciencia y providencia universal. El profeta Zacarías ve sobre una piedra siete ojos 18, que "son los ojos de Yahvé, los cuales observan la tierra en toda su redondez" 19. Lo que Zacarías decía de Yahvé, lo dice San Juan en el Apocalipsis del Cordero. Los siete ojos, como las siete lámparas de Ap 4:5, son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra (v.6). Estos representan al mismo Espíritu Santo prometido por Jesucristo, y enviado por el Padre y por Jesús sobre los discípulos para que diesen testimonio de Jesús y de su Evangelio hasta el cabo del mundo 20. El espíritu Santo, que es único, aparece aquí como múltiple para significar la abundancia de sus dones. El Apocalipsis, que se complace en el número siete, ha querido simbolizar esta abundancia de dones mediante los siete ojos. Los siete espíritus que, de una parte, se hallan al lado del que está sentado en el trono 21, el Dios omnipotente, y, de otra, junto al Cordero, indican con esto que es el Espíritu de ambos. Vienen a expresar, en forma simbólica, lo que confesamos al decir: "Creo en el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo."
El Cordero se acerca al trono y recibe el libro de manos del que está sentado en él (v.7). No hay que preguntar cómo pudo el Cordero tomar el rollo, no teniendo manos. Nos hallamos en el cielo ante el Dios omnipotente, en donde todo es posible. La significación transcendental del acto realizado por el Cordero, al tomar el libro para abrir sus sellos y revelar su contenido, se manifiesta en la escena que sigue. Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postran, en señal de adoración, delante del Cordero glorioso (v.8). Estos tienen en sus manos cítaras, para acompañar el cántico nuevo, que en seguida entonarán, y copas de oro llenas de perfume. Estos perfumes simbolizan las oraciones de todos los fieles de la Iglesia de Cristo que aún viven en la tierra. Los ancianos se muestran aquí claramente como ángeles intercesores 22. Y se distinguen evidentemente de los cristianos de la Iglesia terrestre cuyas oraciones ofrecen al Cordero. La función de los ancianos-ángeles es manifiestamente litúrgica: el cielo es un templo con su altar y sus cantores, parecido al templo de Jerusalén. Parece que el templo celeste que nos presenta San Juan está más o menos calcado en el templo hierosolimitano. El vidente de Patmos nos habla de un altar de los holocaustos 23, de un altar de los perfumes 24, de una especie de santo de los santos, que al abrirse deja ver el arca de la alianza 25. San Juan se sirve de elementos tradicionales bíblicos o extrabíblicos para componer sus escenas celestes, pero dándoles un significado mucho más elevado del que tenían 26.
Los ancianos y los vivientes, al postrarse delante del Cordero, le rinden acatamiento y adoración, al mismo tiempo que reconocen su superioridad como vencedor en la lucha contra los poderes del Dragón. Además, expresan esos mismos sentimientos de reverencia y adoración, entonando un cántico nuevo (v.9), que va dirigido no solamente a Dios creador, como sucedía en los cuatro primeros capítulos del Apocalipsis, sino principalmente a Cristo redentor. Ese cántico nuevo corresponde al orden nuevo instaurado por Jesucristo, a la suprema intervención divina en los destinos de la humanidad, por medio de la muerte redentora del Cordero. El tema, pues, de este cántico es la redención llevada a cabo por Jesucristo. El ha rescatado con su sangre a toda la humanidad, confiriendo a todos los rescatados la dignidad de reyes y sacerdotes (v.10). Todos los cristianos han comenzado ya a reinar espiritualmente desde que Cristo ha sido glorificado, y son poderosos delante de Dios por su intercesión. Son un sacerdocio real 27, porque mucho más que los sacerdotes de la Antigua Alianza se pueden acercar a Dios para interceder por los hombres 28.
El universalismo de la obra redentora de Cristo se halla aquí bien claramente afirmado 29. La idea del rescate por medio de la sangre redentora de Jesús es manifiestamente paulina 30. El cántico nuevo, entonado por los habitantes del cielo, es todo él una clara confesión de la divinidad y omnipotencia del Cordero, que es el Verbo de Dios 31.
San Juan, después de haber contemplado el grupo de los seres que están más cercanos al trono y tienen una parte más importante en el gobierno del mundo y de la Iglesia, ve un segundo grupo formado por miríadas de ángeles que rodeaban el trono (v.11). Estos son incontables, miríadas de miríadas y millones de millones 32. Las cifras que nos da aquí el profeta significan un número incontable, y parece tomarlas del profeta Daniel 33. Al cántico nuevo de los vivientes y de los ancianos hacen coro innumerables ángeles, que aclaman y confiesan al Cordero, inmolado por la salud de la humanidad, proclamándolo digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición (v.12). Estos siete términos honoríficos 34 indican la plenitud de la dignidad y de la obra redentora de Cristo. A la perfección de la obra divina, alcanzada por la redención, corresponde la perfecta glorificación de aquel que la ha realizado.
La escena que nos describe San Juan es de una grandeza admirable. Cristo, el Cordero que ha sido degollado, recibe juntamente con el libro, el homenaje y el dominio de toda la creación. Es muy significativo que la alabanza de toda la creación vaya dirigida a Dios y al Cordero, indivisiblemente unidos. San Juan junta las criaturas materiales con los ángeles en la glorificación del Cordero redentor, a quien atribuyen la bendición, el honor, la gloria y el imperio por los siglos (ν.13). En esta doxologνa de cuatro términos, que toda la creación dirige a Dios y al Cordero, se descubre una clara alusión a las cuatro partes del universo: cielo, tierra, mar, abismos, o a las cuatro regiones del mundo: norte, sur, este, oeste 35. Todas las criaturas alaban a Cristo, en paridad con Dios, como Emperador supremo de todo el universo regenerado. A la aclamación de toda la creación se unen los cuatro vivientes, diciendo: Amén (v.14). Estos, que habían dado la señal para entonar los cánticos de alabanza, dan ahora su solemne amén de aprobación a la aclamación cósmica universal. Se acomodan a la manera de proceder de la liturgia tanto judía como cristiana 36. Los ancianos también se postran en profunda adoración. Y de este modo forman como un todo único los seres de la creación, para tributar homenaje de obediencia y alabanza a Dios y a su Hijo Jesucristo. San Pablo, habiéndonos del anonadamiento de Cristo y de su obediencia hasta la muerte de cruz 37, nos dice que Jesucristo recibió, por este motivo, del Padre la dignidad más grande: fue constituido Señor, de suerte que ante El han de doblar la rodilla los cielos, la tierra y los infiernos. Y todo ello para gloria de Dios Padre.

1 S. Bartina, Apocalipsis de San Juan. La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento III p.657-658. — 2 Ez 2:9s; Dan 10:21. — 3 Libro de Henoc 81:1-2. Cf. J. bonsirven, Le Judaísme palestinien I p.190. — 4 Cf. W. S. Taylor, The Seven Seáis in the Revelation of John: JTS 31 (1930) 266-271; O. Roller, Das Buch mit sieben siegeln: Zntw 36 (1937) 98-113; B. deri, Die Vision über das Buch mit den sieben Siegeln (Ap 5:1-5) (Viena 1950-1951). — 5 Cf. Suetonio, Augustus 101; Daremberg-Saglio, Dictionnaire d'Antiquités Gréco-Ro-mainesfig.64443 y 67145; Dom Guiu M. Camps, o.c. p.27O. — 6 Cf. S. Bartina, o.c. p.659 nt. 3. — 7 Cf. Ap 14:633; 18,is. — 8 Gen 49,1055. — 9 Jesé era el padre de David. Por donde se ve que Raíz de David es equivalente a Raíz de Jesé, o al sinónimo Retoño de Jesé. — 10 Ap 12:3-9. — 11 Gf. Ap 3:21; Jn 12:313; 16:33. — 12 La imagen del cordero, aplicada a Cristo, es propia de la literatura joánica. Aquí el autor sagrado emplea el término άρνίον, que aparece veintinueve veces en Ap, y siempre designa al Mesías crucificado. En cambio, en Jn 1:29 se emplea la palabra άμνόβ· — 13 Ex 12; cf. Is 53:7; Jn 1:29.36; 1 Pe 1:19. — 14 1853:7. — 15 Jn 1:29. — 16 Cf. M. J. Lagrange, Évangile selon S. Jean 1 (París 1947) p.39-41; P. A. Harle, L'Agneau de l'Apocalypse et le Nouveau Testament: Les Études Théologiques et Religieuses 31 (1956) 26-35. — 17 Cf. Zac 1.18ss;Dan7:7;8:3s. — 18 Zac 3:9. — 19 Zac 4:10. — 20 Cf. Jn 15:26; 16:14. — 21 Ap4:5. — 22 Cf. Ap 8:3. — 23 Ap 6:9. — 24 Ap 8:3. — 25 Ap 11:19. — 26 Cf. M. García Cordero, o.c. p.68. — 27 Ex 19:6. — 28 Ya hemos explicado en el comentario a Ap 1:6 el significado de la expresión reyes-sacerdotes. — 29 Cf. 1 Pe i,18ss; 2:9; 2 Pe 2,r. — 30 Gal 3:13; 4:5; 1 Cor 6:20; 7:23. — 31 Cf. Jn i.is. — 32 Tomás afirma que "los ángeles, en cuanto sustancias espirituales, forman una multitud inmensa, superior a la de los seres materiales" (S. Th. i q.30,a.3). — 33 Dan 7:10. — 34 A la doxología que los veinticuatro ancianos habían dedicado a Dios creador en Ap 4:11, añaden ahora los ángeles otros cuatro epítetos: riqueza, sabiduría, fuerza y bendición para completar el número siete. — 35 Cf. F. Cabrol, La doxologie dans la priére chrétienne: RSR (1928) 14. — 36 Cf. 1 Crón 16:36. — 37 FÜ2.IO.
Ejecución de los decretos del libro de los siete sellos, 6:1-11:19
En estos capítulos, y sobre todo en los capítulos 6-9 y 11:14-18, encontramos una serie de visiones simbólicas que parecen anunciar y preparar el exterminio del Imperio romano, tipo de todos los imperios paganos que han de perseguir a la Iglesia de Cristo. San Juan verá idealmente, y de una manera todavía general y confusa, cómo se van preparando en el cielo los juicios divinos (c.6-7), antes de tener la visión más detallada de su realización sobre la tierra (c.8-11) l.

La Apertura de los Siete Sellos, 6:1-8:1
Toda esta escena se realiza en los cielos. A medida que el Cordero va abriendo los sellos, van apareciendo uno a uno los elementos que entran en los juicios de Dios sobre el Imperio romano y sobre todo el mundo. A la apertura de cada sello corresponde algo así como un capítulo de cuanto está escrito en el libro. El septenario de sellos se divide en dos series secundarias de cuatro y de tres miembros. Con la apertura de los cuatro primeros sellos aparecen los símbolos de diversas calamidades. Los cuatro primeros flagelos, representados por los cuatro jinetes, simbolizan las calamidades más frecuentes en la antigüedad: invasión de los bárbaros, guerra, hambre, epidemias (6:1-8). Al abrir el quinto sello se eleva al cielo la plegaria de los que han sido muertos por la causa de la palabra de Dios, pidiendo a Dios que manifieste su justicia (6:9-11). Cuando el Cordero abre el sexto sello, el profeta percibe un gran terremoto acompañado con señales del cielo, que presagian la ira del Cordero contra los impíos (6:12-17). Después aparece un ángel que marca a los justos con una señal en la frente para preservarlos de los castigos que han de venir (7:1-8). A estos elegidos se une una gran multitud de vencedores, que, uniendo sus voces a las de los ángeles, entonan himnos de alabanza a Dios y al Cordero (7:9-17). Finalmente, al ser abierto el último sello (8:1), se hace un gran silencio en el cielo. Este silencio impresionante indica la solemnidad del momento en el que el juicio se va a ejecutar.

Capitulo 6
Aparecen cuatro jinetes, 6:1-8
1 Así que el Cordero abrió el primero de los siete sellos, vi y oí a uno de los cuatro vivientes que decía con voz como de trueno: 2 Ven. Miré y vi un caballo blanco, y el que montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor, y para vencer aún. 3 Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: Ven. 4 Salió otro caballo, bermejo, y al que cabalgaba sobre él le fue concedido desterrar la paz de la tierra, y que se degollasen unos a otros, y le fue dada una gran espada. 5 Cuando abrió el sello tercero oí al tercer viviente que decía: Ven. Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. 6 Y oí como una voz en medio de los cuatro vivientes que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario, pero el aceite y el vino ni tocarlos. 7 Cuando abrió el sello cuarto oí la voz del cuarto viviente que decía: Ven. 8 Miré y vi un caballo bayo, y el que cabalgaba sobre él tenía por nombre Mortandad, y el infierno le acompañaba. Fueles dado poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar por la espada, y con el hambre, y con la peste, y con las fieras de la tierra.

Los cuatro jinetes de esta primera visión, que depende de Zacarías 6:1-3, representan el imperio de los partos, que fueron el terror del Imperio romano, y los azotes que sus invasiones provocarían: dominio extranjero, guerra, hambre, epidemias 2. Pero, al mismo tiempo, son también tipo de los azotes con que es amenazado el mundo pagano.
Los cuatro vivientes que sostienen el trono de Dios son los que dan aviso al profeta — uno tras otro — para que se acerque y vea lo que va a suceder (v.1). A la apertura del primer sello aparece un caballo blanco, y el que lo monta lleva un arco y recibe una corona, señal de una primera victoria, que irá seguida de otras más (v.2). El jinete blanco parece representar los partos — prototipo de los pueblos belicosos —, como se ve por el arco, que era el arma característica de sus guerreros 3. El color blanco del caballo y la corona son signos de victoria y de dominación. Los partos instalados sobre el Eufrates constituían una amenaza continua contra el Imperio romano. En el año 62 d.C., el rey parto Vologesis había logrado vencer a las legiones romanas junto al río Tigris. Esta victoria presagiaba otras. Por eso se dice que el jinete salió vencedor, y para vencer aún (v.2).
Desde los tiempos de San Ireneo, casi todos los comentaristas antiguos y muchos modernos han visto en el jinete blanco a Jesucristo o la personificación del Evangelio, que había obtenido victorias a través del mundo y las seguiría obteniendo. Esta interpretación se apoya sobre todo en la semejanza con el caballero victorioso de Ap 19:11, que representa evidentemente a Jesucristo. Pero contra esta interpretación militan las razones siguientes: La visión de los cuatro jinetes se inspira en Zacarías 6:1-3, en donde simbolizan azotes. Luego lo normal es que también aquí tengan ese sentido. Por otra parte, el primer jinete del Apocalipsis forma un todo con los otros tres, que ciertamente representan calamidades. Además, parece poco probable que en los tres septenarios del Apocalipsis un solo elemento sea heterogéneo. Y, finalmente, si se tratase de la predicación evangélica, no se explica por qué no lleva ningún signo distintivo, mientras que los demás jinetes llevan todos un símbolo que los caracteriza. El arco que lleva el primer jinete no parece ser un signo distintivo apropiado para designar la predicación evangélica 4.
Por consiguiente, creemos que el primer jinete representa el azote de las invasiones de los bárbaros, tan frecuentes en la antigüedad. Los bárbaros, a los cuales hace referencia San Juan en este pasaje, parecen ser los partos, que en aquella época eran los más temibles adversarios del Imperio romano y de la cultura griega. Sus amenazas y sus victorias tuvieron atemorizados a los habitantes del imperio durante mucho tiempo.
Después de abrir el segundo sello apareció un jinete de color rojo, es decir, de color sangre, al cual fue entregada una grande espada. Y se le dio el poder de desterrar la paz de la tierra y hacer que los hombres se degollasen unos a otros (v.3-4). La espada, arma de las legiones romanas, simboliza las guerras intestinas del Imperio romano, que tuvieron lugar el año 69 d.C. En dicho año, las legiones del Rhin, de las Galias, de la Grecia y del Asia, capitaneadas por Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano, se enfrentaron entre sí 5. Estas luchas eran conocidas, sin duda, por San Juan, y pudieron sugerirle la imagen del caballo rojo de la guerra.
Al abrir el tercer sello se ve un caballo negro, y el jinete que lo montaba llevaba en su mano una balanza (v.5). La voz del tercer viviente declara el significado de esa balanza, que no es otro sino el de la carestía y del hambre (v.6). Era ésta una consecuencia normal de las guerras, como lo es todavía hoy. Los ejércitos arrasan con frecuencia los campos, y la gente, ante el temor de perder sus cosechas, no siembra. La balanza de la cual se habla aquí sirve para pesar el pan 6. Con el fin de apreciar mejor los datos del texto recuérdese que, según la parábola evangélica 7, el denario era el jornal de un obrero. Pues bien, para comprar dos quénices (Χοΐνιξ) de trigo o seis quénices de cebada, que era, naturalmente, más barata y constituía el alimento de los pobres, había que pagar un denario. Para darnos cuenta de lo elevado del precio, hay que tener en cuenta que el quénice equivalía a 1,079 litros 8. Además, se sabe que en tiempos normales por un denario se podían comprar 12 quénices de trigo o 24 de cebada 9. El aumento tan exorbitante del precio del pan sirve para dar una idea del hambre que habría de venir. En cambio, el vino y el aceite abundarían sobremanera 10. Esta especie de paradoja se explica bien si tenemos presente que el Estado romano, con el fin de que costase menos el pan, hacía compras masivas de trigo en Egipto y en África. Con esto, el precio del trigo bajaba y su cultivo se hacía poco remunerador; en consecuencia, los agricultores romanos creyeron que les resultaría más rentable el convertir sus tierras en viñas. Este fue el motivo de que hubiese una gran sobreabundancia de vino en Italia principalmente. Por eso, Domiciano se vio obligado a dar un decreto en el año 92 con el fin de restringir el cultivo de las viñas. En él ordenaba que "no se plantasen más viñas en Italia y que en las provincias se destruyesen la mitad o más." 11 Esta situación económica debía de durar desde hacía años, para que el emperador tratara de remediarla con medidas tan radicales. San Juan bien pudiera aludir a esta situación. La abundancia del vino y del aceite podía agravar más el malestar porque, sin satisfacer las necesidades alimenticias, obligaba a los agricultores a vender estos productos a precios muy bajos. De este modo se encontraban sin dinero suficiente para comprar los alimentos, sumamente caros.
Después de la invasión, de la guerra y del hambre, viene la peste (v.7-8). El color claro verdoso del jinete es el color del cadáver en putrefacción. Por eso, el jinete es llamado Mortandad, o mejor, Muerte, ó θάνατος. Pero aquν muerte hay que entenderla de la peste, que los LXX traducen frecuentemente por θάνατος 12. Como el hambre, era la peste compaρera inseparable de las guerras en los tiempos antiguos, a causa del poco o ningún cuidado de enterrar los cadáveres y de la suciedad en los campos y en las ciudades. El hades-seol aparece aquí personificado 13 como un individuo siniestro que seguía a la peste y a los otros tres azotes para tragar las víctimas que éstos dejaban. El v.8 precisa que las calamidades de los cuatro primeros azotes fueron limitadas a la cuarta parte de la tierra. Esta restricción es claro indicio de la misericordia divina, que no permitirá que tales calamidades se abatan sobre toda la humanidad. La enumeración de las cuatro calamidades está tomada del profeta Ezequiel, el cual, dirigiéndose a los israelitas infieles, les dice: "¡Cuánto más cuando desencadene yo contra Jerusalén esos cuatro azotes juntamente: la espada, el hambre, las bestias feroces y la peste, para exterminar en ella hombres y animales!"14
Semejantes calamidades las habían experimentado las provincias de Oriente más de una vez durante el siglo I. San Juan, sorprendido por todos los azotes que tuvieron lugar en su tiempo: malas cosechas, desde el año 44 d.C., encareciendo la vida bajo Nerón, la gran epidemia del año 65 15, guerras civiles, temor de los partos, temblores de tierra en Anatolia, las catástrofes de Herculanp y de Pompeya, se sirvió de ellos como de símbolos para anunciar las grandes calamidades que habían de venir sobre el mundo 16. Son como el símbolo de los diversos azotes con que Dios castiga periódicamente a la humanidad.
Apertura del quinto sello: los mártires, 6:9-11
9 Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que guardaban. 10 Clamaban a grandes voces, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra? Y a cada uno le fue dada una túnica blanca, y les fue dicho que estuvieran callados un poco de tiempo aún, hasta que se completaran sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos.

San Juan concibe el cielo como un templo semejante al templo de Jerusalén, con su altar de los holocaustos, al pie del cual se derramaba la sangre de los sacrificios. Según la mentalidad hebraica, en la sangre estaba la vida, el alma 17. Por eso nos dice el autor del Apocalipsis que debajo del altar estaban las almas de los mártires sacrificados por la palabra de Dios y por el testimonio de Jesucristo (v.9). Los mártires, degollados como el Cordero, son considerados como holocaustos ofrecidos a Dios 18. Porque el martirio es un verdadero sacrificio soportado por amor de Cristo 19. Los mártires son, por este motivo, los verdaderos seguidores de Jesús, el mejor cortejo que Jesucristo glorioso puede tener en el cielo. Los que ve San Juan eran los que habían muerto bajo la persecución de Nerón 20
Una tradición judía, atestiguada por el Talmud 21, coloca las almas de los justos bajo el trono de Dios. Otra tradición judía los representaba en el acto de ser ofrecidos a Yahvé por Miguel sobre el altar celeste. Y la literatura rabínica colocaba a los justos, en especial a los muertos por causa de la Ley, muy cerca del trono de Dios 22· Es muy probable que estas tradiciones hayan influido sobre la concepción de San Juan. Por otra parte, es posible que el Apocalipsis coloque las almas de los mártires bajo el altar porque sobre el altar son ofrecidas las oraciones de los santos 23, o bien porque quiere significar que la inmolación de los que son sacrificados en la tierra es ofrecida a Dios simbólicamente sobre el altar del cielo. Según la tradición apocalíptica judía, las almas de los mártires y justos estaban en unas cuevas o receptáculos especiales en donde esperaban la resurrección 24. Es también muy posible que San Juan coloque a los mártires debajo del altar para significar una especial intimidad de éstos con Dios.
Estos mártires claman, como clamaba la sangre de Abel 25, y piden al Dios santo y fiel que vengue su sangre en los habitantes de la tierra (v.10), es decir, en los enemigos de Dios 26. Esta petición de los mártires que parece un tanto dura y poco conforme con el espíritu cristiano, hay que entenderla en conformidad con todo el libro y con el espíritu general del Nuevo Testamento. "Non haec odio inimicorum, pro quibus in hoc saeculo rogaverunt, orant, sed amore aequitatis" (San Beda). Los mártires desean ardientemente el triunfo de la palabra divina; de ahí la petición que dirigen a Dios para que se cumpla la justicia 27. Sin embargo, la súplica que aquí elevan los mártires no está inspirada en la del Señor ni en la de San Esteban Protomártir pidiendo perdón para sus verdugos. Es más bien el eco de las que leemos tantas veces en los salmos, en Jeremías y en otros lugares del Antiguo Testamento. La venganza más digna de Dios misericordioso es obligar a sus enemigos a postrarse ante El pidiendo perdón. La respuesta que se da a la petición de los mártires se parece bastante a la que se encuentra en el 4 Esdras 4:35-37. Los justos, desde sus receptáculos, preguntan: "¿Cuánto tiempo tendremos todavía que permanecer aquí?" A lo que responde el arcángel Jeremiel: "Hasta que el número de vuestros semejantes sea completo." De igual modo, los mártires del Apocalipsis han de callarse, esperando un poco de tiempo aún (v.11), a que se complete el número de sus hermanos que han de ser muertos como ellos. El tiempo de espera será corto, porque en el cielo los años cuentan poco. A los mártires se les da una túnica blanca, propia de los que ya han triunfado, como en Ap 3:5; 7:9. Los mártires participan desde ahora del triunfo y de la gloria celeste, que son prenda del pleno cumplimiento de las promesas divinas.
Para comprender bien el pensamiento de San Juan en el Apocalipsis hemos de tener presente que suele ver en un solo hecho simbólico lo que es una ley continua de la justicia divina: la glorificación celeste de los mártires, antes incluso de que hayan resucitado sus cuerpos 28. San Juan, lo mismo que los profetas antiguos, concibe el mundo en lucha continua. De una parte está la causa de Dios representada por los fieles; de otra está la causa del mundo, que combate contra Dios y los suyos.
La satisfacción prometida a los mártires va a ser simbolizada, bajo su doble aspecto, por la visión del sexto sello. Tal vez las oraciones de los santos hayan acelerado la acción divina.
Apertura del sexto sello: grandes cataclismos, 6:12-17
12 Cuando abrió el sexto sello, oí y hubo un gran terremoto, y el sol se volvió negro como un saco de pelo de cabra, y la luna se tornó toda como de sangre, 13 y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra como la higuera deja caer sus higos sacudida por un viento fuerte, 14 y el cielo se enrolló como un libro que se enrolla, y todos los montes e islas se movieron en sus lugares. 15 Los reyes de la tierra, y los magnates, y los tribunos, y los ricos, y los poderosos, y todo siervo, y todo libre se ocultaron en las cuevas y en las peñas de los montes. 16 Decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y ocultadnos de la cara del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero, 17 porque ha llegado el día grande de su ira, y ¿quién podrá tenerse en pie?

Los cataclismos cósmicos que siguen a la apertura del sexto sello parecen presentarse como una respuesta al clamor de los mártires. Son las señales que precederán al castigo de Dios contra los poderes del mal, y que por sí solos indican lo terrible y espantoso que será ese día. Todas las señales cósmicas descritas aquí por San Juan: terremotos, oscurecimiento del sol y de la luna, caída de las estrellas, arrollamiento del cielo, estremecimiento de los montes y de las islas (v.12-14), son clásicas y tradicionales en la literatura profética y apocalíptica tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Son figuras empleadas para anunciar el desencadenamiento de la cólera de Dios contra los impíos. De temblores de tierra se habla en Amos 8:8; en Joel 2:10; 3:4. De eclipses de sol y de la luna ensangrentada en Amos 8:9; Joel 2:10; 3:4; Isaías 13:10; 50:3; en San Mateo 24:21.29-30; en el mismo Apocalipsis 8:5; 11:13; 16:18. De la caída de las estrellas y de la desaparición del cielo, nos dice hermosamente Isaías: "La milicia de los cielos se disuelve, se enrollan los cielos como se enrolla un libro; y todo su ejército caerá como caen las hojas de la higuera." 29 Como se ve claramente, esta imagen de Isaías está tomada casi al pie de la letra por el autor del Apocalipsis. La única imagen que no encontramos en la Biblia es la de la translación de las montañas y de las islas 30, que puede considerarse como una consecuencia del gran terremoto anunciado en el v.12. Todas estas imágenes no hay que tomarlas al pie de la letra. No se trata de hechos reales, que han de suceder como preludio del fin del mundo, sino que son puros símbolos convencionales de desgracias que se han de abatir sobre los malvados. No es el juicio final lo que aquí se anuncia. Es más bien una de tantas intervenciones justicieras de Dios sobre la humanidad en el curso de su historia.
San Juan nos presenta a hombres de todas clases y condición el número siete indica totalidad —, desde los reyes, magnates, tribunos, ricos y poderosos hasta los siervos y libres, huyendo de los cataclismos para esconderse en las cavernas de los montes (v.15). Esto era frecuente en Palestina en tiempo de invasiones enemigas y de guerras 31. Y lo mismo dice Jesucristo en el Evangelio cuando habla de la caída de Jerusalén y de la gran tribulación 32. El apostrofe que dirigen los impíos a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y ocultadnos de la cara. del Cordero (v.16), nos recuerda las palabras que Cristo dirigió a las piadosas mujeres de Jerusalén, que se lamentaban de su suerte, cuando iba camino del Calvario: "Entonces dirán a los montes: Caed sobre nosotros, y a los collados: Ocultadnos." 33 Los malvados tienen conciencia de su culpabilidad, y, antes de comparecer ante la faz irritada del Cordero, prefieren desaparecer para siempre. Porque ha llegado el día terrible de su ira, y nadie podrá mantenerse en pie en su presencia (v.17). El manso Cordero se ha convertido en fiero León para los enemigos de Dios. La vista del Redentor inmolado será lo que más terror ha de causar a la humanidad ingrata. Los enemigos de Dios se sentirán llenos de espanto, y tendrán que reconocer la soberanía y la omnipotencia divinas, manifestadas en esas convulsiones cósmicas. El día grande de la ira del Señor es el paralelo del gran día de Yahvé, del cual nos hablan frecuentemente los profetas 34. Ese día será un día terrible, un día de tinieblas y oscuridad, en el que se oscurecerá el sol y la luna, y las estrellas caerán del cielo, y el universo entero se conmoverá 35. Todas estas imágenes sirven para dar realce a la intervención divina en favor de su Iglesia y en contra de los enemigos de ella.
El significado esencial de la escena descrita por San Juan es que los enemigos de Dios serán obligados a reconocer, en las diversas épocas de la historia, los signos precursores del gran día de Dios, del gran juicio del Señor 36. Y tendrán que constatar que no siempre podrán escapar a la justicia divina 37.

1 Cf. E. B. Allo, o.c. p.8-4; M. E. Boismard, L'Apocalypse, en La Sainte Bible dejórusalem p.42. — 2 Gf. G. Baldensperger, Les Cavaliers de l'Apocalypse (Ap 6:1-8): Rhpr 4 (1924) 1-31" — 3 Cf. W. M. Ramsay, o.c. p.s8. — 4 Cf. A. Gelin, o.c. p.612; dom Guiu M. Camps, o.c. p.2?5. — 5 Gf. P. Touilleux, o.c. p.52. — 6 Cf.Ez 4.16. — 7 Mt 20.255. — 8 El quénice, Χοΐνιξ, era una medida griega de capacidad para áridos. El denario era el sueldo medio de un trabajador por jornada. Equivalía más o menos a una peseta oro. — 9 Cf. Cicerón, In Verrem 3,Si. — 10 Según nuestra manera de ver, la traducción de Nácar-Colunga: el aceite y el vino ni tocarlos, es un tanto confusa, y se presta a diversas interpretaciones. Sería mejor traducir el griego το ελαιον και τον οινον μη άδικήσης: al aceite y al vino no les hagas daño, o bien, no les causes ningún perjuicio. De esta manera se ve claramente que el autor sagrado no habla de la escasez del aceite y del vino, como piensan algunos autores, sino, por el contrario, de sobreabundancia. — 11 Suetonio, Domitianus 7:2.15. — 12 El término griego θάνατος = muerte, es empleado con frecuencia por los LXX para traducir el hebreo deber = peste. — 13 Cf. Ap20:14. — 14 Ez 14:21. — 15 Tácito, Ármales 16:13; Suetonio, Nerón 39:45· — 16 Cf. E. B. Allo, o.c. p.Q4. — 17 Cf. Lev 17:11-14- — 18 Cf. Fil 2:17; 2Tim4:6. — 19 Cf. 2 Tim 4:6. — 20 tácito, Anuales 15:44· — 21 Sabbaih 125b. — 22 Cf. J. Bonsirven, Juda'isme Palest. I p.327-340; Strack-Billerbeck, o.c. I p.224; ΠΙ p.803. — 23 Ap 8:3. — 24 Esdras 4:3553. — 25 Gen 4:10. — 26 Ap 9:; 11:10. Libro de Henoc 22:5-7; — 27 Cf. E. B. Allo, o.c. p.104. — 28 E. B. Allo, o.c. ρ.104 — 29 Is 34:4. — 30 Cf. Ap 16:20. La traducciσn de Nácar-Colunga: todos ios montes e islas se movieron en sus lugares, no es del todo exacta. Sería mejor traducir, siguiendo el griego: "se movieron de sus lugares” (εκ των τόπων ocϊrcov εκινή3ησαν). En varios salmos (cf. Sal 18:8; 46:3-4; 114:4) se nos dice que los montes se conmovieron, que saltaron, que incluso se precipitaron en el mar. Tenemos, por consiguiente, una imagen bastante parecida a la del Apocalipsis. — 31 Gf. i Mac 2:28-30; Mt 24:16.26. — 32 Mc 13:14; Lc 21:21. — 33 Le 23:30. — 34 Cf. Am 5:18.20; Sof 1:14-16; Jl 2:1-2.11. — 35 Mt 24:29. — 36 Cf. Jl 2:11; Sof 1:14-18. — 37 E. B. Allo, o.c. p.ioó.
Capitulo 7
Preservación de los justos de los azotes, 7:1-8
1 Después de esto vi cuatro ángeles, que estaban en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, y retenían los cuatro vientos de ella para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol. 2 Vi otro ángel que subía del naciente del sol, y tenía el sello de Dios vivo, y gritó con voz fuerte a los cuatro ángeles, a quienes había sido encomendado dañar a la tierra y al mar, diciendo: 3 No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes. 4 Oí que el número de los sellados era de ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel: 5 De la tribu de Judá, doce mil sellados; de la tribu de Rubén, doce mil; de la tribu de Gad, doce mil; 6 de la tribu de Aser, doce mil; de la tribu de Neftalí, doce mil; de la tribu de Manases, doce mil; 7 de la tribu de Simeón, doce mil; de la tribu de Le vi, doce mil; de la tribu de Isacar, doce mil; 8 de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil.

Todo el capítulo séptimo está íntimamente ligado al sexto sello. Es como una respuesta al grito desesperado de los enemigos del Cordero: ¿Quién podrá mantenerse en pie? El autor sagrado quiere infundir aliento y esperanza a los fieles ante la gran catástrofe anunciada en el capítulo anterior. Hasta aquí los azotes divinos no hacían distinción entre los siervos de Dios y los impíos habitantes de la tierra. En adelante, los fieles serán preservados. Por eso, antes de abrir el séptimo sello, un ángel de Dios marca a los escogidos con una señal en la frente, que los distinguirá de los paganos.
El profeta ve cuatro angeles de pie sobre los cuatro ángulos de la tierra (v.1). La tierra antiguamente era concebida como plana y cuadrada 2. Los cuatro ángulos de la tierra equivalían a los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Los cuatro ángeles tenían como misión el retener los cuatro vientos de la tierra. En la tradición judía, todos los elementos materiales del mundo estaban regidos por ángeles que vigilaban su funcionamiento. Aquí, los cuatro vientos corresponden a los cuatro azotes del capítulo precedente. Los cuatro ángeles rectores de ellos les impiden soplar sobre la tierra y arrojar sobre ella los castigos decretados por la justicia divina. Con esto, San Juan afirma con bastante claridad que todos los elementos que componen el cosmos y las condiciones meteorológicas de él dependen totalmente de la voluntad de Dios.
Además de estos cuatro ángeles, San Juan ve un quinto ángel, que viene del oriente (v.2). El oriente es el lado de donde viene la luz, lo que corresponde bien a este ángel portador y anunciador de la salvación 3. El ángel que ve Juan lleva el sello (σφραγίβ) de Dios vivo, con el cual marcará a los siervos de Dios. Se trata, según parece, de un sello negativo que, al ser aplicado, deja marcada una imagen. En la antigüedad era frecuente llevar piedras entalladas con las cuales se marcaban los objetos, las cartas, etc. Y esta marca servía de firma. El objeto o la persona sellados, es decir, marcados con el sello, indicaban con esto que pertenecían al dueño del sello. Los esclavos y las personas pertenecientes al culto de los templos eran sellados frecuentemente a fuego, para significar de una manera indeleble su procedencia y propietario. El ángel portador del sello grita a los otros cuatro ángeles que no hagan daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles hasta que marque en la frente, con el sello de Dios, a los siervos del Señor (ν.β). Una vez hecho esto, ya podrαn cumplir su oficio justiciero. El signo sobre la frente indica la protección divina y la pertenencia a Dios y al Cordero 4. La imagen del signo o del sello religioso era también conocida en Israel. En el Éxodo 5 se narra que la noche en que se había de ejecutar la décima plaga, mandó Dios un ángel para que con la sangre del cordero pascual señalase las casas de los hebreos. De este modo fueron librados los israelitas de la décima plaga. En el mismo libro del Éxodo 6 se manda que en el turbante del sumo sacerdote había de haber una placa con la inscripción: le - Yahweh — "propiedad de Yahvé." El profeta Isaías 7 habla de los paganos convertidos a la religión de Yahvé, que tendrían sobre la mano la inscripción: le - Yahweh = "De Yahvé," "propiedad de Yahvé." Pero es sobre todo Ezequiel el que sirvió de modelo al autor del Apocalipsis. El profeta Ezequiel 8 ve un ángel, con pluma y tintero, que va señalando con una tau en la frente a los que no se habían contaminado con las abominaciones idolátricas que se cometían en Jerusalén. De esta manera, los sellados con la tau son preservados de la matanza de los otros seis ángeles. La visión del Apocalipsis corresponde perfectamente a esta de Ezequiel. A los marcados con el sello de Dios no les alcanzarán los azotes que van a descargar sobre el mundo los cuatro vientos. Probablemente, la señal con que eran sellados los siervos de Dios debía de ser el nombre de Dios y del Cordero, pues éste es el signo que distingue a los predestinados en Ap 14:1.
Lo cierto es que los marcados con el sello pasaban a estar bajo una protección especial de Dios. Ya hemos indicado más arriba que en la antigüedad pagana era corriente marcar a los esclavos con una señal, que indicaba ser propiedad de un determinado señor. Herodoto habla del templo egipcio de Hierápolis, en donde existía la costumbre de señalar con el sello sagrado a todos los esclavos que se refugiaban en el templo, con el fin de consagrarlos al servicio del dios. Después de lo cual, a nadie estaba permitido poner la mano sobre ellos 9. En Ap 13:16 también se dice que los seguidores de la Bestia llevarán su sello sobre la frente. El bautismo cristiano, que era administrado en nombre de Cristo y por el cual el fiel pasaba a ser como propiedad de Cristo, fue llamado σφραγίβ: sello 10. Aquí, sin embargo, no parece que se trate ni se aluda al bautismo. La señal es algo metafórico, como lo será la señal de la Bestia 11.
El número de los marcados en la frente es de 144.000 (v.4). Es éste un número simbólico, resultado de la suma de doce mil escogidos de cada una de las doce tribus de Israel (=12 X 12 X 1000), que designa una inmensa multitud. ¿A quiénes representan estos 144.000 sellados? Creemos que la opinión que tiene mayor probabilidad es la que ve en esta multitud de marcados a toda la Iglesia cristiana. Se identificaría con la ingente muchedumbre de que nos va a hablar San Juan en Ap 7:9-17. Pero San Juan presenta a esta inmensa multitud ya en el plano glorioso del cielo. Según Ap 3:9-10, las doce tribus de Israel designan a la Iglesia militante, en cuanto que los cristianos son considerados como formando el verdadero pueblo de Israel, que sucede al antiguo 12. Y los 144.000 vírgenes de Ap 14:1-5 que siguen al Cordero, pudieran también identificarse con la inmensa multitud de nuestro texto. Sin embargo, es más probable que revistan matices un tanto distintos esos dos grupos de 144.000: el grupo inmenso de sellados de Ap 7:4 representaría a la totalidad de los cristianos; mientras que los 144.000 vírgenes de Ap 14:4 designaría a la totalidad de los elegidos 13. Orígenes, Primasio, San Beda, Beato de Liébana, y autores modernos, como Renán, Swete y otros, ven en esta cifra simbolizada la multitud de los fieles de Cristo, que serán librados de los azotes en el día de la cólera de Dios contra los impíos. Otros escritores, siguiendo a Victorino Pettau y a Andrés de Cesárea, creen más bien que el número 144.000 representa a los cristianos convertidos del judaismo, desde los días apostólicos hasta la entrada en masa de Israel en la Iglesia 14. Y, finalmente, ciertos autores, como, por ejemplo, el P. S. Bartína 15, identifican esa muchedumbre inmensa de 144.000 con un grupo escogido que había de quedar excluido de las calamidades que se abatirían sobre la tierra, y que sería el que prolongase la Iglesia en la historia.
El vidente de Patmos coloca la tribu de Judá en primer lugar, por ser la tribu de la cual había salido el Mesías, Jesucristo 16. La tribu de Dan no es nombrada, tal vez porque una tradición judía la consideraba como maldita, por suponer que de ella había de salir el anticristo 17. Pero con el fin de que subsista el número 12 — número sagrado de las tribus de Israel — el hagiógrafo nombra a la tribu de Leví, y desdobla la tribu de José en las de Efraím (en lugar de Efraím es nombrado José) y de Manases.
Triunfo de los elegidos en el cielo, 7:9-17
9 Después de esto miré y vi una muchedumbre grande, que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos. 10 Clamaban con grande voz, diciendo: Salud a nuestro Dios, al que está sentado en el trono, y al Cordero. 11 Υ todos los αngeles estaban en pie alrededor del trono y de los ancianos y de los cuatro vivientes, y cayeron sobre sus rostros delante del trono y adoraron a Dios, diciendo: Amén. 12 Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén. 13 Tomó la palabra uno de los ancianos y me dijo: Estos vestidos de túnicas blancas, ¿quiénes son y de dónde vinieron? 14 Le respondí: Señor mío, eso tú lo sabes. Y me replicó: Estos son los que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero. 15 Por eso están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo, y el que está sentado en el trono extiende sobre ellos su tabernáculo. 16 Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol, ni ardor alguno, 17 porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.

San Juan, después de contemplar los 144.000 sellados, ve en el cielo una gran muchedumbre de elegidos de todas las naciones, incontables en número, que estaban de pie delante del trono y del Cordero (v.8). Esta multitud innumerable simboliza a toda la Iglesia, compuesta de gentes de toda raza y nación. El Señor había prometido a los patriarcas que en ellos serían bendecidos todos los pueblos de la tierra 18. Los profetas también habían predicho de muy diversas maneras la incorporación de las naciones al pueblo de Dios en los tiempos mesiánicos. Por eso Jesucristo había mandado a los apóstoles a predicar el Evangelio a toda criatura 19. Y San Pablo nos dirá todavía más claramente que en Cristo no hay judío ni gentil, hombre o mujer, siervo o libre, porque todos somos uno en Cristo 20. La gran muchedumbre que ve San Juan parece designar — según el v.14 —, un gran número de mártires cristianos, que vienen de la gran tribulación y ya poseen la bienaventuranza eterna. Los vestidos blancos y las palmas en las manos significan su triunfo y su felicidad celeste. Sin embargo, conviene tener presente que las túnicas blancas y las palmas pueden ser también el símbolo de todo cristiano que ha triunfado del mundo. El cristiano que ha permanecido fiel a su fe en medio de las dificultades de este mundo, consigue una dificilísima victoria, que en mucho se parece a la victoria de los mártires. Además, para San Juan, la vida en el cielo es la prolongación, la expansión de la vida de la gracia recibida en el bautismo. El contempla a los elegidos en una especie de peregrinación, de procesión hacia el cielo, en donde tendrá lugar el último acto de su largo peregrinar. Este último acto consistirá en sumarse al coro celeste de todos los elegidos para alabar a Dios por toda la eternidad 21. Por eso, en la perspectiva joánica, la Iglesia militante y la triunfante vienen como a identificarse, a sobreponerse frecuentemente. Esta es la razón que nos ha movido a identificar la muchedumbre innumerable de Ap 7:9 con los 144.000 siervos de Dios sellados en la frente de los versículos precedentes 22.
La inmensa turba toma parte, juntamente con los espíritus celestiales, en la gran liturgia del cielo, en el sacrificio de alabanza, el más grato al Señor (v. 10-12). En su acción de gracias entonan un cántico en el que reconocen que la salvación de que gozan la han recibido del que está sentado en el trono y del Cordero. Porque éstos son los únicos que la pueden dar. El cántico de alabanza va dirigido a ambos, con lo cual confiesan su unidad y — hablando en lenguaje teológico — la consubstancialidad del Padre y del Hijo. La expresión salud (σωτηρία) α nuestro Dios parece ser una traducción del hosanna de los judíos, que era empleado especialmente en las manifestaciones religiosas de la fiesta de los Tabernáculos 23.
Las miríadas de ángeles que estaban en torno al trono de Dios, los veinticuatro ancianos y los cuatro vivientes, se unen a la aclamación de los mártires postrándose en tierra y respondiendo con un solemne amén (v.11). Luego entonan una doxología de alabanza a Dios, que consta de siete términos (v.12). Con este septenario de plenitud y totalidad se celebran la sabiduría y el poder divinos, por haber hecho triunfar a tan inmensa multitud. En primer lugar es la bendición que le ofrecen todas las criaturas. De este colosal cántico de bendición de toda la creación tenemos como un eco lejano en el canto: "Bendecid todas las obras del Señor al Señor" 24. Después es la gloria, es decir, la manifestación de la grandeza de Dios, que invita a la alabanza, de la cual está llena toda la tierra 25. La sabiduría, que el mismo Dios pregona en el libro de Job, describiéndonos las maravillas de la creación, en que resplandece la sabiduría del Creador 26. La acción de gracias, la cual es debida a Dios por los innumerables beneficios que derrama en todas las criaturas, especialmente en los seres racionales, a quienes hace participantes de su propia bienaventuranza. Honor es el reconocimiento de la excelencia de una persona, y ¿quién más excelente que Dios, y a quién es más debido el reconocimiento de esa excelencia? El poder soberano para regir a nadie puede competir mejor que al que por derecho propio reina sobre la creación entera. Finalmente, la fortaleza, o mejor, la fuerza con que subyuga a cuantos se le oponen, sometiéndolos a su ley, conviene de modo especial a aquel que es llamado el todopoderoso. Todos estos atributos los posee Dios, no por algún tiempo determinado, sino por los siglos de los siglos. Así, los cielos y la tierra, los ángeles y los hombres se juntan, en esta solemnísima liturgia celeste, para aclamar a una al Dios soberano, que está sentado en el trono, y al Cordero.
A continuación (v.13-17) San Juan va a determinar mejor quiénes son los que forman esa muchedumbre incontable. Y en un diálogo entre uno de los veinticuatro ancianos y el vidente de Patmos, muy propio del estilo apocalíptico, aquél le responde: Estos son ios que vienen de la gran tribulación, y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero (v.14). La gran tribulación de que se habla aquí no es precisamente la de los últimos tiempos, es decir, la del juicio final, sino que probablemente se refiere a la persecución de Nerón, tipo de todas las persecuciones antirreligiosas de todos los tiempos. La muchedumbre vestida de túnicas blancas, lavadas en la sangre del Cordero, no comprende únicamente a los mártires de la persecución neroniana, sino también a todos los fieles purificados de sus pecados por el bautismo. El sacramento del bautismo recibe de la sangre de Cristo la virtud de lavar y purificar las almas 27. El cristiano, que recibe por el bautismo la gracia de Dios, posee ya en sí mismo la vida. Vive la vida de la gracia, que es comienzo de la vida eterna, aun en medio de las tribulaciones de la vida presente. Después vendrá la plena expansión de esa vida en el cielo. Así entendido este pasaje, se explica bien la expresión un tanto extraña: lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero. Es la sangre de Cristo, que lava y purifica las almas de los pecados contraídos. Esta metáfora de la sangre de Cristo que blanquea, quitando los pecados, se encuentra en otros lugares del Nuevo Testamento 28. La imagen del Apocalipsis debe de provenir de Ex 19:10.14 y Gen 49:11.
La felicidad celestial de los bienaventurados es concebida como una liturgia continua, en donde las almas ejercen día y noche su sacerdocio delante del trono de Dios dentro del templo celeste (v.15). Es la plena expansión de la idea que ve en los cristianos un reino de sacerdotes 29. El Dios omnipotente, que esta sentado en el trono, extenderá sobre ellos su tienda para protegerlos de las inclemencias del tiempo. Yahvé es presentado como un jeque beduino que acoge con suma hospitalidad a los viandantes fatigados por el largo caminar a través del desierto de este mundo. Con la venida de Cristo a este mundo, Dios montó su tienda entre nosotros 30. De la misma manera que Dios protegió a Israel en el desierto con su sombra protectora, o la She-kina, así también ahora Dios protege a sus elegidos habitando en rnedio de ellos 31. Pero la habitación indefectible y eterna de Dios entre los suyos sólo tendrá plena realización en el cielo. Allí los elegidos gozarán de una salud plena y perfecta, pues Dios los librará de todas las miserias de la presente vida. No tendrán hambre ni sed, ni sufrirán los ardores del sol, ni el dolor y la tristeza (v.16) 32. El mismo Cristo ios apacentará como pastor y los conducirá a las fuentes de la vida eterna (v.17), pues Jesucristo es el camino verdadero y único para ir al Padre 33, es la "fuente de la vida" 34. El profeta Isaías se había expresado ya en términos casi idénticos: "No padecerán hambre ni sed, calor ni viento solano que los aflija. Porque los guiará el que de ellos se ha compadecido, y los llevará a aguas manantiales" 35. En el Antiguo Testamento es frecuente comparar a Yahvé con un pastor que apacienta sus ovejas y las conduce a la majada 36. Jesucristo se llama a sí mismo el buen Pastor, que conoce a sus ovejas y las defiende de los lobos rapaces 37. Es también la. fuente de la vida sobrenatural para todos los que creen en El 38. Dios y el Cordero habitarán entre sus ovejas, entre sus elegidos, y serán su templo, su sol y su protección 39. El mismo Dios enjugará las lágrimas de sus ojos (v.17), es decir, los consolará y ya no permitirá que sufran más. Isaías, al hablarnos del festín mesiánico que Yahvé dará en Sión a todos los pueblos, también da realce a la idea de felicidad que experimentarán todos en aquellos tiempos, diciendo: "Y destruirá la muerte para siempre, y enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros, y alejará el oprobio de su pueblo, lejos de toda la tierra" 4°. Estas figuras tan dulces y emocionantes reaparecerán en los dos últimos capítulos del Apocalipsis.

1 Ap 6:17. Cf. M. García Cordero, O.c. p.8s. — 2 Cf. Is 11:12; Ez 7:2; 37:9- — 3 Cf. Ez 43:2. — 4 Ap 9:4; 14:1; 22:4. — 5 Ex 12:13. — 6 Ex 39:30. — 7 Is 44:5- — 8 Ez 9:4-6. — 9 fií'st. 2:113. — 10 Cf. Pastor de Hermas, SimíL 9:16:2-4. — 11 Cf. Ap is.ióss; 14:9; 16:2; 19:20; 20:4. — 12 Cf. Gal 6:16; Sant 1:1; 1 Pe 1:1. — 13 Cf. T. Martín, Discusión sobre el Apocalipsis. ¿Cuáles son los señalados?: Ilustración del Clero 16 (1922) 308-309.310-312.339-341; J. M. Bover, 144.000 signati: EstEcl n (1932) 535-547; R. E· Murphy, The Epistle for All Saints (Ap 7:2-22): American Ecclesiastical Review 121 (1949) 203-209. — 14 Rom H.25SS. Cf. M. García Cordero, o.c. p.57 — 15 Cf. S. Bartína, o.c., p.6y3. — 16 Cf. Testamento de Dan 5; Strack-Billerbeck o.c. III p.804. — 17 San Ireneo, Adv. haer. 5:30:2; San Hipólito, De antichristo 14: PG 10:737. — 18 Gen 12:3; 28:14. — 19 Mt 28:19. — 20 Gal 3:28. — 21 Cf. M. García Cordero, o.c. p.5g. — 22 Cf. Ap 7:4-8. — 23 La expresión σωτηρία era un tιrmino muy usado en las religiones paganas en la épcca en que escribía San Juan. — 24 Dan 3:52ss. — 25 Is6:3. — 26 Job 38ss. — 27 Cf. Ap 1:5. — 28 Cf. Heb9:7ss; 1 Jn 1:7. — 29 Cf. Ap 1:6; 5:101 20:6. — 30 Jn 1:14; cf. Ez 37:27; Zac 2:14. — 31 Ex 33:14-18; 34:9; i Re 8:11-13.27;cf. J. Bonsirven./udai'smepaíest. I p. 130.20655.216. — 32 Gf. Ap21,4- — 33 Jn 6:47; 10:28. — 34 Jn 4:10-14; 7:38; cf. Ap 22:1. — 35 Is 49:10. — 36 Gf. Is 40:11; Ez 34:23; Sal 23:1; 80:2; Miq 7:14; Zac 10:2. — 37 Jn 10:14; Heb 13:20; 1 Pe 2:25; 5:4. — 38 Jn4,14; 7:37- — 39 Ap 21,3ss; 22:3-5- — 40 Is 25:8.
Capitulo 8
Apertura del séptimo sello: silencio de media hora, 8:1
1 Cuando abrió el séptimo sello, hubo un silencio en el cielo por espacio corno de media hora.

La apertura del séptimo sello da comienzo a una nueva serie de catástrofes. Por consiguiente, el séptimo sello no constituye el final del drama, que trae consigo el gran día del castigo, sino que es sólo el final de un acto. Su apertura dará lugar a un nuevo septenario de catástrofes, que se producen al toque de siete trompetas. Al abrir el último sello se origina una gran expectación entre los que rodeaban el trono de Dios y el Cordero. La solemnidad del momento se pone de manifiesto al presentarnos a los habitantes celestes como atónitos, guardando silencio por espacio de media hora (v.1). Este impresionante silencio señala la espera ansiosa de las criaturas mientras se desenrolla el libro. Lo que ahora se va a descubrir es tan sorprendente y aterrador que todos quedan como sobrecogidos por el terror. Este silencio solemne, que precede la venida del gran día de la cólera, es una especie de entreacto, después del cual la escena pasa del cielo a la tierra. El toque de las siete trompetas anunciará una nueva serie de azotes, que constituirán el preludio a la llegada del reino de Dios.
Visión de las Siete Trompetas, 8:2-11:19
El vidente de Patmos va a contemplar de una manera profética la ejecución de los decretos del libro sellado. Las calamidades de este septenario se abatirán sobre los que no están marcados con el sello de Dios. Las siete trompetas hacen venir los castigos de Dios sobre todos los idólatras. El nuevo septenario presenta los mismos caracteres de composición que el precedente, pero es más monótono y artificial. El autor sagrado cambia únicamente de símbolos — como hace con frecuencia — para expresar la misma idea. Las calamidades de este septenario alcanzan uniformemente a un tercio de las cosas, lo que parece suponer una progresión sobre el septenario precedente, que alcanzaba sólo a una cuarta parte.
En la visión de las trompetas se advierten rasgos suficientes para establecer la identidad fundamental de los azotes descritos en ella con los que el profeta había visto prepararse en el cielo. La destrucción de los vegetales (8:7) hace pensar en el hambre de la que se ha hablado en Ap 6:5-6. Las aguas convertidas en ajenjo, que hacen morir a los hombres (8:10-11), tienen cierta relación con el cuarto jinete que trae consigo la epidemia (Ap 6:7-8). Los trastornos cósmicos (8:12) recuerdan evidentemente los trastornos acaecidos en el momento de la apertura del sexto sello (Ap 6:12-14). Por otra parte, las cuatro primeras trompetas corresponden también bastante bien a las cuatro primeras copas de Ap 16:2-9.
Las imágenes de estas visiones están inspiradas principalmente en la historia de las plagas de Egipto y en la tradición apocalíptica judía. Los detalles, muy probablemente, no pretenden tener una significación determinada, sino que son artificios literarios para dar más plasticidad a la idea de los grandes castigos de Dios. Por eso no pretendemos buscar la significación de cada detalle en particular, sino procuramos descubrir el sentido del conjunto l.
Las oraciones de los santos aceleran la llegada del gran día, 8:2-6
2 Vi siete ángeles, que estaban en pie delante de Dios, a los cuales fueron dadas siete trompetas. 3 Llegó otro ángel, y púsose en pie junto al altar, con un incensario de oro, y fuéronle dados muchos perfumes para unirlos a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro, que está delante del trono. 4 El humo de los perfumes subió, con las oraciones de los santos, de la mano del ángel a la presencia de Dios. 5 Tomó el ángel el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó sobre la tierra; y hubo truenos, voces, relámpagos y temblores. 6 Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas.

Tal vez haya que suponer que el Cordero, después de soltar el séptimo sello, desenrolló el libro y lo leyó. Una vez conocido el contenido del libro, da las órdenes pertinentes a los ángeles, que son sus agentes. San Juan ve los siete ángeles que están delante de Dios, a los que fueron entregadas siete trompetas (v.2). Estos ángeles deben de ser figuras ya conocidas, como lo indica el artículo τους. Probablemente sean los αngeles que la tradición judía conocía como los ángeles de la faz o angeles de la presencia, es decir, los siete arcángeles de que nos hablan Tobías 3, Daniel 4, San Lucas 5 y Henoc 6: Uriel, Rafael, Raguel, Miguel, Saraquiel, Gabriel, Remeiel. Están delante de Dios para significar que es El quien los envía a poner por obra sus juicios sobre la tierra. Ellos han de dar las señales para que los ministros de la justicia divina cumplan los mandatos que ya habían recibido. Las trompetas que les fueron entregadas' constituían una imagen escatológica tradicional. Por medio de ellas se da la señal de los juicios divinos, sobre todo la del último juicio 7. Ellas anuncian la destrucción del mundo pagano, pero son, al mismo tiempo, anuncio de alegría y liberación para los elegidos.
Pero antes de que los siete ángeles comiencen a hacer su oficio, llega otro ángel con un incensario, o, más propiamente, con una paleta que servía para transportar las brasas del altar de los holocaustos sobre el altar de los perfumes. El ángel se acerca al altar de los holocaustos, bajo el cual estaban los mártires 8, y recibe muchos perfumes, que simbolizan las oraciones de los santos, los cuales ha de ofrecer sobre el altar de oro (v.3). El autor sagrado concibe el templo celeste exactamente como el templo de Jerusalén. En él hay un altar de los holocaustos, un altar de los perfumes y un santo de los santos 9. Las oraciones de los fieles llegan hasta Dios por mediación de los ángeles 10. Se afirma aquí claramente la doctrina de la intercesión de los ángeles en favor de los hombres H. San Juan en el Apocalipsis insiste en presentar al ángel como intercesor de los santos al lado del Señor. En esto se conforma a la tradición bíblica y judía, que presenta frecuentemente a los ángeles como intercesores de los hombres, especialmente en los últimos libros del Antiguo Testamento 12. El ángel que había visto San Juan coloca los perfumes o el incienso sobre las brasas del altar. Y entonces se vio una columna de humo que subía, juntamente con las oraciones de los santos, de la mano del ángel a la presencia de Dios (v.4). Las oraciones, simbolizadas por los perfumes 13, piden justicia contra los perseguidores. Y, en efecto, Dios escucha las oraciones de los santos, pues pronto vamos a contemplar su realización. Dios va a intervenir en favor de su Iglesia.
El ángel, cumplida su ofrenda, vuelve al altar de los holocaustos y llena la paleta de brasas, que arroja sobre la tierra (ν,ζ). Este acto viene a ser como un presagio de los castigos que Dios va a enviar sobre el Imperio romano y sobre todas las naciones paganas. Una escena parecida la encontramos en Ezequiel 10:2: un ángel coge fuego del carro de los querubines y lo arroja sobre la ciudad de Jerusalén, para significar la destrucción de la ciudad por parte de los babilonios. En la visión del Apocalipsis, el fuego santo, al caer sobre la tierra contaminada con las iniquidades de los hombres, viene a revelar el estado de maldad que reina en ella. La caída de las brasas produce un efecto parecido al de la explosión de una bomba: se produce un trastorno cósmico, con truenos, voces, relámpagos y temblores de tierra. Estos son los signos de la venganza inminente de Dios. La justicia simbolizada por este fuego va a abatirse sobre el mundo culpable. Ha llegado la hora de la manifestación de la justicia divina. Por eso ios ángeles se disponen a tocarlas (v.6) para que el castigo divino descargue sobre el mundo. Las oraciones de los santos son las que atraen sobre la tierra la cólera divina, que vendrá templada con la misericordia.
Suenan las cuatro primeras trompetas, 8:7-12
7 Tocó el primero la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclado con sangre, que fue arrojado sobre la tierra; y quedó abrasada la tercera parte de las tierra, y quedó abrasada la tercera parte de los árboles, y toda hierba verde quedó abrasada. 8 El segundo ángel tocó la trompeta, y fue arrojada en el mar como una gran montaña ardiendo en llamas, y convirtióse en sangre la tercera parte del mar, 9 y murió la tercera parte de las criaturas que hay en el mar de las que tienen vida, y la tercera parte de las naves fue destruida. 10 Tocó las trompeta el tercer ángel, y cayó del cielo un astro grande, ardiendo como una tea, y cayó en la tercera parte de los ríos y en las fuentes de las aguas. 11 El nombre de ese astro es Ajenjo. Convirtióse en ajenjo la tercera parte de las aguas, y muchos de los hombres murieron por las aguas, que se habían vuelto amargas. 12 Tocó el cuarto ángel la trompeta, y fue herida la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de las estrellas, de suerte que se oscureció la tercera parte de las mismas, y el día perdió una tercera parte de su brillo, y asimismo la noche.

Del mismo modo que la apertura de los cuatro primeros sellos constituía una especie de grupo, así también aquí las cuatro trompetas forman un primer grupo. La razón de esto está en que se reparten, como los siete sellos, las siete cartas, las siete copas, en dos series de cuatro y de tres miembros respectivamente. Las calamidades que desencadena el toque de las diversas trompetas se abaten sobre un tercio de la naturaleza inanimada: la tierra, el mar, las aguas dulces y los cielos. Los hombres no son atacados directamente; pero indirectamente tendrán que sufrir los efectos consiguientes a la acción de los azotes divinos. Las calamidades desencadenadas por los cuatro jinetes herían a un cuarto de la humanidad. Aquí el castigo es mayor, pues abarca a un tercio. La cólera divina alcanzará su mayor extensión en el septenario de las copas 14.
La descripción de los azotes que se producen al toque de las diversas trompetas está tomada en buena parte de las plagas de Egipto, que en la tradición judía representaban los castigos típicos de Dios contra los idólatras 15. Las siete calamidades del Apocalipsis provocadas por las trompetas siguen muy de cerca, incluso en la parte literaria, la narración de las plagas del tiempo de Moisés 16. Es evidente que no han de tomarse al pie de la letra, ni aun en sentido alegórico, tratando de dar un sentido determinado a cada detalle. Se deben interpretar más bien en sentido parabólico, viendo en cada calamidad — tomada en conjunto — la acción de la justicia divina, que castiga a los hombres obrando sobre la naturaleza, que Dios había creado para su provecho 17.
El toque de trompetas se emplea con relativa frecuencia en la Biblia para anunciar acontecimientos de importancia decisiva. En el profeta Joel, las trompetas anuncian el día de Yahvé 18. Jesucristo, en el discurso escatológico 19, afirma que los ángeles llamarán a juicio a los hombres al toque de las trompetas. Y San Pablo dice que "al son de la trompeta resucitarán los muertos" y el Señor descenderá del cielo 20. También la literatura rabínica de tendencia apocalíptica se sirve de la imagen de los ángeles tocando las trompetas para convocar a juicio 21.
Según el libro cuarto de Esdras 22, la destrucción del mundo habría de durar siete días, tantos como había durado su creación. No tendría nada de extraño que el septenario de las trompetas se inspirase en esta concepción. Sin embargo, interpretando este septenario dentro del cuadro general del Apocalipsis de San Juan, es más probable que aquí el número siete tenga sentido de plenitud, como ya hemos visto que tenía en otros septenarios 23.
El toque de la primera trompeta parece desencadenar grandes tempestades, que provocan enormes pérdidas y calamidades agrícolas (v.7), parecidas a aquellas que nos refiere Tácito 24, acaecidas en los años 63, 68 y 69 d.C. Granizo y fuego mezclado con sangre destruyeron la tercera parte de la tierra y toda la vegetación que en ella había. En Ap 7:3, el ángel que tenía el sello de Dios vivo pide a los otros cuatro ángeles que no hagan daño a la tierra ni a los árboles hasta haber sellado a todos los siervos de Dios en sus frentes. Ahora parece que la señalización de los elegidos ya ha terminado, y ha llegado el momento de castigar al hombre, destruyendo la vegetación. La séptima plaga de Egipto, en la que se dice que "Yavé llovió granizo sobre la tierra de Egipto y, mezclado con el granizo, cayó fuego" 25, y los prodigios escatológicos anunciados por Joel 26, han suministrado los elementos literarios de este primer azote.
La segunda trompeta trae consigo un azote sobre el mar del todo singular. Una montaña ardiendo es arrojada al mar, y convierte en sangre la tercera parte de él, y destruye cuantos animales hay en sus aguas y hasta las naves que por ellas navegan (v.8-9). El hecho de convertirse el agua en sangre recuerda la primera plaga de Egipto, en la cual el Nilo se convirtió en sangre y murieron todos los peces que en ellas había 27. En la gran montaña arrojada al mar ardiendo en llamas, algunos autores ven una alusión a alguna erupción volcánica. Pudiera ser una referencia a la gran erupción del Vesubio (año 79 d.C.), en la que fueron sepultadas por la lava las ciudades de Pompeya y Herculano 28. El recuerdo de esta catástrofe verdaderamente apocalíptica debía de perdurar todavía a fines del siglo i, cuando San Juan redactaba su libro. Y este recuerdo pudo sugerirle elementos para la descripción del segundo azote.
Al sonar la tercera trompeta cayó del cielo un astro grande, ardiendo como una tea, sobre la tercera parte de los ríos y de las fuentes de agua (v.10). Este astro, llamado Ajenjo, inficionó las aguas, causando la muerte de muchos hombres con su amargura (v.11). Sin duda que este azote se refiere a alguna epidemia causada por las aguas emponzoñadas. En Ap 8:8-9 se hablaba de la contaminación de las aguas saladas del mar; ahora toca la vez a las aguas dulces de los ríos y de las fuentes. El astro envuelto en llamas que cae del cielo pudiera ser un ángel, por analogía con Ap 9:1. Pero también podría ser un bólido, que en los ambientes populares habría sido considerado como el causante de la epidemia. Uno de los Oráculos sibilinos (5:158-161) también anuncia la caída de un astro que secará el mar profundo y consumirá a Babilonia (Roma) y a Italia 29. En el libro cuarto de Esdras (5:9) se habla de las aguas dulces convertidas en amargas, que es considerado como un signo precursor de la proximidad del fin del mundo. El ajenjo (Artemisia absinthium) era una planta muy conocida en la antigüedad por su sabor, el más amargo de todos. En el Antiguo Testamento, el ajenjo es símbolo de la injusticia, de la idolatría y de los castigos divinos 30. Las aguas emponzoñadas con el ajenjo del Apocalipsis mataron a muchos hombres. No se especifica que fuera una tercera parte, como en las trompetas anteriores, sino que se habla de una manera general e indeterminada. Se pueden percibir en esta tercera, trompeta reminiscencias de la primera plaga de Egipto 31.
La cuarta trompeta trae consigo el oscurecimiento de la tercera parte del sol, de la luna y de las estrellas (v.12). También Dios creó los astros para servicio del hombre, a fin de que le sirvieran con su luz. Por eso su oscurecimiento es una señal de mal augurio para los hombres. Se debe de tratar de eclipses parciales, que eran de mal presagio para los antiguos. En las descripciones apocalípticas de la Sagrada Escritura y de la literatura judía posterior nunca faltan estos fenómenos celestes 32. Con ellos se quiere indicar que los astros, criaturas de Dios, también tomarán parte en los castigos divinos contra la humanidad. El azote desencadenado por esta cuarta trompeta depende evidentemente de la novena plaga de Egipto, en la que las tinieblas cubrieron durante tres días la tierra 33. En el libro de la Sabiduría, el autor sagrado se complace en ponderar la grandeza de esta plaga 34.
De esta manera, la tierra, el mar, las aguas dulces y los astros han sido heridos sucesivamente en un tercio. Esto muestra que la descripción del vidente de Patmos es una cosa convencional y artificial, para significar los castigos que habían de venir sobre el mundo. Del mundo material sólo quedan el aire, que será herido al sonar la séptima trompeta, y el Abismo, o sea el hades, del cual se hablará al tratar de la quinta trompeta.
Un águila anuncia tres calamidades, 8:13
13 Vi y oí un águila, que volaba por medio del cielo, diciendo con poderosa voz: ¡Ay, ay, ay de los moradores de la tierra por los restantes toques de trompeta de los tres ángeles que todavía han de tocar!

Los castigos desencadenados por las cuatro primeras trompetas han alcanzado directamente sólo a la tierra y a los astros. Los nombres han sido alcanzados hasta aquí sólo indirectamente. Las otras tres trompetas que quedan traerán consigo una creciente intensidad de los azotes, que alcanzarán a los hombres directamente, y sus efectos serán mucho más graves. Esto nos lo muestra el profeta con la breve introducción de Ap 8:13. Un águila aparece en lo alto del cielo para que se oiga bien de todas partes lo que va a decir. Con poderosa voz amenaza a los moradores de la tierra con las tres trompetas que todavía no han sonado. El águila profiere tres ayes contra los habitantes de la tierra 35, es decir, contra los paganos. Los tres ayes corresponden a las tres calamidades que provocarán las tres últimas trompetas. El ay (vae) amenazador, empleado con tanta frecuencia en la literatura bíblica 36 y extrabíblica 37, es exactamente lo opuesto de bienaventurados (beati), y presupone el anuncio o el deseo de que venga algún castigo.
El P.E.B. Alio nota, a propósito del segundo αν, que tambiιn los cristianos serían alcanzados por la calamidad. Pero San Juan hablaría como si no hiriera a los cristianos, porque supone que ellos se aprovecharían de esta ocasión para purificarse 38. En este sentido, los azotes serían presentados como pruebas providenciales, que prácticamente sólo harían daño a los paganos. Para los cristianos serían un medio de perfeccionamiento.
La imagen del águila no es nueva en la Sagrada Escritura, pues la emplea Jeremías para significar la rapidez con que vendrá el castigo sobre Moab y Edom 39. Pero los pasajes de Jeremías no tienen la solemne belleza del águila de San Juan, amenazando desde lo alto del cielo a la tierra con los azotes que traerán las trompetas que faltan. Las escenas de las tres trompetas restantes están separadas de las precedentes, siguiendo la ley de la ruptura de los septenarios después del cuarto (=4 + 3). De las tres calamidades que aún quedan, la quinta se termina en Ap 9:12; la sexta en Ap 11:13, y la séptima abarcará todo el fin del Apocalipsis, a cuyo final parece servir como de introducción (Ap 11:15-19). De aquí podemos deducir que este septenario es de estructura semejante a la del precedente, es decir, al de los siete sellos.

1 Dom Guiu M. — 2 Camps, o.c. p.283. — 3 Tob 12:15. — 4 Dan 10:13; 12:1. — 5 Lc 1:19. — 6 Libro de Henoc 20:2-8; cf. 4 Esdr 4:36. — 7 Cf. Is 27:13; Jl 2:1; Mt 24:31; 1 Cor 15:52. — 8 Ap 6:9. — 9 Cf. Ap 11:19; 14:17; 15:5-8; 16:17- — 10 Cf. Tob 12:12-15. — 11 Cf. Aps,8. — 12 Zac 1:12; Tob 12:12-15; cf. Libro de Henoc 9:3-n; 15:2-16:2; Test, de Levi 3:5-8; Test, de Judá 24:2; Baruc griego 12:3-13:5- — 13 Cf. Ap 5:8. En el salmo 141:2 se compara ya la oración al humo del incienso: "Séate mi oración como incienso ante ti." — 14 Cf.Ap 15-16. — 15 Cf. Ez 38:22; Sab ii,16;16:16-19; 17:1-20. — 16 Esto ya fue advertido por San Ireneo (Adv. haer. 4:30:4). — 17 Cf. Gen 1:28ss. — 18 Jl 2:1-3.15- — 19 Mt 24:31. — 20 1 Tes 4:16; 1 Cor 15:52. — 21 Libro 4 Esdras 6:23 ; Salmos de Salomón n,i; Oráculos sibil. 8:239. — 22 4 Esdr 7:30. — 23 Cf. M. García Cordero, o.c. p.97. — 24 Anuales 15:47. — 25 Ex 9:24 — 26 J13.3. — 27 Ex 7:20-21; cf. Sof 1:3. — 28 Cf. T. W. Crafer, The Revelation of St. John the Divine, en A New Commentary on Holy Scripture (Londres 1929) p.Ó92; P. Touilleux, o.c. p-54; A. Gelin, o.c. p.619. — 29 Cf. Strack-Billerbeck, o.c. III p.8o8; A. Gelin, o.c. p.óao. — 30 Cf. Am5:7;Jer9,iS;Dt29,17. — 31 Cf. Ex 7:19-25- — 32 Cf. Am 8:9; Jl 3:15; Mt 24:29; Me 13:24; 4 Esdr 5:4, — 33 Ex 10:21-29. — 34 Sab 17,iss. — 35 Cf. Ap 9:4.20; 11:10. — 36 Cf. Núm 21:29; 1 Re 13:30; Am 5:16; Mt 11:21; 23:1353; 24:19; 26:24; Mc 13:17; Lc 17:1. — 37 Cf. A. Díez Macho, Estudio de la "hazará" en la "Poética hebraica" de Mosén Ibn Ezra y en el texto masorético: Sefarad 7 (1947) 21. — 38 E. B. Allo, o.c. p.136. — 39 Jer 48:40; 49:16.
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