Capitulo 9
Este capítulo narra lo que sucedió después de tocar la quinta trompeta y lo que tuvo lugar después de la sexta. Los castigos que estas dos trompetas desencadenan son más fuertes y severos que los que hemos visto anteriormente. Pero todavía los superará el azote que traerá consigo la trompeta séptima. La descripción de estas calamidades contiene más abundancia de pormenores que las hasta ahora vistas. El fin que se propone Dios al enviar estas plagas es el de convertir a los paganos e impíos para que no continúen persiguiendo a su Iglesia 1.
Quinta trompeta: Primera calamidad: insectos infernales, 9:1-12
1 El quinto ángel sonó la trompeta, y vi una estrella que caía del cielo sobre la tierra y le fue dada la llave del pozo del abismo; 2 y abrió el pozo del abismo, y subió del pozo humo, como el humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire a causa del humo del pozo. 3 Del humo salieron langostas sobre la tierra y les fue dado poder, como el poder que tienen los escorpiones de la tierra. 4 Les fue dicho que no dañasen la hierba de la tierra, ni ninguna verdura, ni ningún árbol, sino sólo a los hombres que no tienen el sello de Dios sobre sus frentes. 5 Se dio orden de que no los matasen, sino que fuesen atormentados durante cinco meses; y su tormento era como el tormento del escorpión cuando hiere al hombre. 6 Los hombres buscarán en aquellos días la muerte y no la hallarán, y desearán morir y la muerte huirá de ellos. 7 Las langostas eran semejantes a caballos preparados para la guerra, y tenían sobre sus cabezas como coronas semejantes al oro, y sus rostros eran como rostros de hombre; 8 y tenían cabellos como cabellos de mujer y sus dientes eran como de león; 9 y tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas era como el ruido de muchos caballos que corren a la guerra. 10 Tenían colas semejantes a los escorpiones, y aguijones, y en sus colas residía su poder de dañar a los hombres por cinco meses, 11 Por rey tienen sobre sí al ángel del abismo, cuyo nombre es en hebreo Abaddon, y en griego tiene por nombre Apolyon. 12 El primer ¡ay! pasó; he aquí que vienen aún otros dos ¡ayes! después de esto.
San Juan nos ofrece en esta quinta trompeta la descripción de una terrible invasión de demonios, salidos del abismo, bajo la forma de langostas infernales. Estas atormentan a los hombres que no están marcados con el sello divino; pero sin matarlos. En Palestina es conocida la plaga de langostas, que procede de la orilla oriental del mar Muerto y a veces invade las tierras de la parte occidental, dejándolas desoladas 2. Estos insectos son tan voraces que no dejan nada verde. A veces son tan numerosos que forman nubes de varios kilómetros, que llegan a oscurecer el sol. Cuando vuelan en grandes bandadas producen con sus alas un ruido intenso.
En el Éxodo 10:12-19 se habla también de una plaga de langostas que Dios mandó sobre Egipto. Pero es especialmente el profeta Joel quien nos dejó una descripción maravillosa de la invasión de la langosta 3. La descripción del Apocalipsis se inspira indudablemente en la octava plaga de Egipto 4, pero sobre todo en la narración de Joel. Las langostas de que nos habla el vidente de Patmos deben de responder a alguna representación híbrida, bastante frecuentes en el Oriente antiguo (cf. v.7-10). Baste recordar los querubes de Ezequiel, en cuya representación entran cabeza y tronco de hombre, cuerpo de toro con patas de león y alas de águila 5. Tal vez la imagen de los centauros griegos no está ausente de la mente de Juan.
El ejército de langostas sube del abismo, del océano primitivo, que aquí es considerado como la morada de los demonios. La tierra está comunicada con este abismo por medio de un pozo muy profundo, que de ordinario está cerrado, y cuya llave la tiene el mismo Dios, con el fin de limitar la acción diabólica sobre el mundo. San Juan ve una estrella caer del cielo sobre la tierra, a la cual fue dada la llave del pozo del abismo (v.1). Esta estrella representa un ángel 6, pues, según la literatura apocalíptica, los ángeles eran los que dirigían las estrellas y se consideraban como una personificación de las mismas 7. Esta estrella caída no representa un ángel caído 8, sino un ángel mandado por Dios para desencadenar otro castigo contra los malvados. Probablemente el autor sagrado se refiera al ángel que guardaba el abismo. Y no sería nada de extraño que aludiese a U riel, que, según el Libro de Henoc 20:2, tenía autoridad sobre el mundo y el Tártaro. El abismo (hebreo: tehom), que en el Antiguo Testamento era el océano sobre el cual estaba fundamentada la tierra, se convierte en la literatura apocalíptica en una prisión subterránea 9. En ella había un fuego que atormentaba a los ángeles caídos y a los demonios 10, y que había de ser el lugar de tormento de todos los pecadores 11. Para el autor del Apocalipsis, el lugar de castigo escatológico es el estanque de fuego 12. El abismo es considerado como el lugar en donde Satanás y los ángeles caídos son temporalmente encadenados y castigados 13. Este abismo es también una región tenebrosa de la que procedían las pestes y los monstruos 14.
A la estrella que caía del cielo le fue dada la llave del pozo del abismo. Cristo mismo fue quien le dio la llave, pues, según Ap 1:18, Jesucristo es el que tiene las "llaves de la muerte y del infierno."
El poder y la providencia de Dios se extienden a toda la creación, y también controlan los abismos y los poderes del mal. San Juan tiene especial cuidado en el Apocalipsis de dar realce a la absoluta omnipotencia de Dios y de Jesucristo sobre todas las cosas. La estrella, o sea el ángel que recibió la llave, abrió el pozo del abismo (v.2) para soltar la quinta calamidad. En el momento mismo de abrir la puerta del pozo que comunica con el abismo, sale una densa humareda, semejante al humo de un gran horno. La inmensa humareda oscureció el sol y el aire. Y de en medio del humo comenzaron a salir langostas que se posaban sobre la tierra (ν.β). En realidad, estos seres, mαs bien que langostas, son monstruos apocalípticos compuestos de varios elementos. Pues en los v.7-8 nos dirá el autor sagrado que las langostas eran semejantes a caballos preparados para la guerra, que tenían rostros de hombre, cabellos de mujer, dientes de león y cola de escorpión. Esta descripción de la terrible langosta se inspira indudablemente en pasajes bíblicos, y posiblemente también en tradiciones y en representaciones extrabíblicas. San Juan, apoyándose en la plaga de langostas de Egipto 15, en la maravillosa descripción que hace Joel de una invasión de langostas 16, en los elementos que le suministraba Ezequiel acerca de animales mitológicos 17, y en lo que él mismo podía conocer por la literatura y el arte griego-orientales, ha logrado combinar con gran habilidad estos diversos antecedentes literarios, dándonos la imagen de un animal verdaderamente dañino. Los diversos elementos constitutivos de estas langostas infernales sirven para simbolizar el gran poder que tenían para hacer daño. Poseían la rapidez del caballo, la sagacidad del hombre, el atractivo de la mujer, la fuerza del león, la voracidad de la langosta y el veneno del escorpión. Difícilmente el autor sagrado podría imaginar otro ser más dañino y aterrador que el que aquí nos presenta 18.
A estos animales tan maléficos se les prohibe dañar los cultivos del hombre, como la hierba de la tierra, la verdura, los arboles. Tan sólo se les permite atormentar a los hombres que no están marcados con el sello de Dios sobre sus frentes (v.4). Para no incurrir en dificultades y contradicciones hemos de tener presente que estas distintas calamidades no se suceden cronológicamente, ni tampoco dependen unas de otras. Son cuadros convencionales en los que se prescinde de los demás, compuestos para expresar una idea teológica y religiosa. Por eso no nos hemos de extrañar que en el azote provocado por la primera trompeta 19 se diga que "toda hierba verde quedó abrasada," mientras que aquí se supone que esa hierba verde todavía existía. Lo que pretende el autor sagrado con esto es poner de relieve que so lo los hombres no sellados serán los que sufrirán el castigo divino.
Se ordena a las langostas infernales no matar a los hombres, sino atormentarlos durante cinco meses (ν.5). Υ el tormento que se les infligνa era como el de la picadura de un escorpión, que, si bien es dolorosísima, raramente es mortal 20. La picadura de los escorpiones es temible a causa del dolor intolerable que produce. El tiempo en que se les permite atormentar a los hombres no marcados con el sello de Dios es de cinco meses. Es precisamente la duración de la vida de una langosta, o sea un verano entero. Aquí cinco meses es un período de tiempo inferior a medio año, con el cual se quiere indicar un espacio de tiempo relativamente corto. El tormento causado por las picaduras de estas langostas-escorpiones es tan doloroso que las víctimas desearán y buscarán la muerte, pero no la hallarán porque la muerte huirá de ellos (v.6). El autor sagrado nos presenta la muerte personificada, que huye de los hombres heridos por los escorpiones para hacerlos sufrir más, y así obligarlos a entrar dentro de sí, a reconocer sus pecados y a convertirse.
La visión de las langostas es muy posible que aluda a algún hecho histórico, como, por ejemplo, a una invasión de los partos. Sin embargo, una interpretación casi tradicional, aceptada por muchos comentaristas ya desde los tiempos de Andrés de Cesárea, prefiere ver en las langostas un símbolo de los tormentos espirituales provocados por los demonios en las conciencias de los hombres. Los malos espíritus atacarían a éstos con turbaciones de espíritu y remordimientos de conciencia tan fuertes que les harían desear la muerte y llamarla a gritos, aunque en vano. Como en las cuatro primeras trompetas, tampoco aquí se puede alegorizar, sino aplicar la ley de la parábola, que mira al conjunto de la descripción para ver expresada en ella una idea.
El ejército de langostas infernales avanzaba de una manera arrolladora e implacable, pues eran semejantes a caballos pertrechados para la guerra. Con sus dientes de león deshacían todo cuanto encontraban a su paso, y con el veneno de sus colas paralizaban a todos los vivientes. Las monstruosas langostas, por su parte, estaban eficazmente defendidas con corazas de acero, que las hacían invulnerables. Sin embargo, este ejército aguerrido recibe la orden de no dañar a los vegetales, como hemos visto ya en el v.4. Sólo podrán causar daño a los hombres por cinco meses (v.y-10). Los vegetales librados del azote de la langosta tal vez simbolicen a los fieles cristianos que han de ser preservados de las calamidades. El rey de esas langostas infernales es el ángel del abismo, llamado en hebreo Abaddon, y en griego Apolyon (v.11). El término hebreo 'abaddon significa destrucción, perdición, y suele ser empleado en la Biblia como paralelo de seol, lo cual quiere decir que es sinónimo de seol o de región de los muertos 2! Es, por lo tanto, una personificación de los poderes de la muerte, como el hades en Ap 1:18. El autor sagrado traduce Abaddon en griego por Apolyon, que también significa destructor 22, que tal vez tenga cierta relación con Apolo, que con su arco y sus flechas causaba estragos, como las langostas con el aguijón venenoso semejante al de los escorpiones.
El hagiógrafo se detiene de repente y anuncia que éste es el fin del primero de los ¡ayes! con el que amenazaba el águila en Ap 8:13. Pero al mismo tiempo afirma que van a seguir otros dos ¡ayes! (v.12), no menos perniciosos que el primero.
Sexta trompeta: Segunda calamidad: ejército diabólico, 9:13-21
13 El sexto ángel sonó la trompeta, y oí una voz que salía de los cuatro ángulos del altar de oro, que está en la presencia de Dios, 14 que decía al sexto ángel que tenía la trompeta: Suelta los cuatro ángeles que están ligados sobre el gran río Eufrates. 15 Fueron sueltos los cuatro ángeles, que estaban preparados para la hora, y para el día, y para el mes, y para el año, a fin de que diesen muerte a la tercera parte de los hombres. 16 El número de los del ejército de la caballería era de dos miríadas de miríadas; yo oí su número. 17 Asimismo vi en la visión los caballos y los que cabalgaban sobre ellos, que tenían corazas color de fuego, y de jacinto, y de azufre; y las cabezas de los caballos eran como cabezas de leones, y de su boca salía fuego, y humo, y azufre. 18 Con las tres plagas perecieron la tercera parte de los hombres, es a saber: por el fuego, y por el humo, y por el azufre que salía de su boca. 19 El poder de los caballos estaba en su boca y en sus colas, pues las colas eran semejantes a serpientes, tenían cabezas y con ellas dañaban. 20 El resto de los hombres que no murió de estas plagas no se arrepintieron de las obras de sus manos, dejando de adorar a los demonios, a los ídolos de oro y de plata, de bronce y de piedra y de madera, los cuales ni pueden ver, ni oír, ni andar; 21 ni se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus maleficios, ni de su fornicación, ni de sus robos.
Llega el segundo de los ¡ayes! El sexto ángel hace sonar la trompeta, y de los cuatro cuernos del altar de oro sale una voz (v.13). Esta voz, que proviene del altar de los perfumes, debe de ser una personificación de las oraciones de los santos allí ofrecidas 23. Estos piden que continúen los azotes contra el mundo pagano; es decir, que se cumpla la justicia divina contra los impíos 24.
La voz salida de los cuatro cuernos del altar 25 ordena al sexto ángel, de parte de Dios, que suelte los cuatro angeles que están ligados sobre el río Eufrates (v,14). En la literatura bíblica el Eufrates suele ser frecuentemente el punto de partida de las hordas invasoras, que tantas veces habían de devastar la Palestina. Durante siglos fueron los asir ios, después los babilonios, más tarde los persas y escitas y en tiempo de San Juan eran los partos. Los cuatro ángeles encadenados a orillas del Eufrates no hay que confundirlos con los de Ap 7:1-3·
Parecen ser más bien la personificación de las fuerzas invasoras, que van a sembrar por doquier la devastación y la ruina. Probablemente son los ángeles del castigo mencionados en Henoc 53:3, que con sus instrumentos de suplicio van a atormentar a los reyes y poderosos de la tierra. El artículo τούβ que emplea el texto griego del Apocalipsis hace suponer que estos cuatro αngeles eran conocidos en la tradición judío-cristiana 26. Según el Libro de Henoc 56:5-8, estos ángeles se pondrán un día al frente de los partos y de los medos, cuya caballería invadirá Palestina para el combate escatológico. San Juan probablemente se sirve de esta tradición transformándola un poco 27: contempla a esos ángeles poniéndose al frente de la caballería diabólica, lo mismo que Abaddón guiaba a las langostas infernales, y lanzándose contra los impíos. Y, en efecto, los partos, terror del Imperio romano de aquella época, acechaban la oportunidad a orillas del Eufrates para lanzarse sobre el mundo civilizado. Las luchas entre los partos y el Imperio romano eran frecuentes, y la victoria no siempre había sonreído a los romanos. Más de una vez las provincias del Imperio se vieron invadidas por la impetuosa caballería de los partos, terrible por su destreza en el manejo del arco. Solamente bajo Trajano, después que éste conquistó Mesopotamia y estableció la frontera a orillas del Tigris, cesó por un tiempo el temor de los partos. Sin embargo, hay que tener presente que las invasiones de los partos son el símbolo de las catástrofes que amenazan a los grandes imperios paganos perseguidores de la Iglesia de Dios.
Los cuatro ángeles que estaban preparados por Dios para el momento preciso — para la hora, para el día, para el mes y para el año — señalado por su justicia, fueron sueltos (v.15). Se sueltan cuatro ángeles, porque sus efectos han de alcanzar a las cuatro partes del mundo. En este azote ya no se trata de atormentar sin matar, sino que este ejército invasor, capitaneado por los cuatro ángeles, hará perecer a la tercera parte de los hombres. Sigue el mismo esquema que las cuatro primeras calamidades, desencadenadas por el toque de las trompetas. Pero los castigos son cada vez más terribles. El dar muerte a una tercera parte de los hombres quiere significar el gran estrago y carnicería que llevará a cabo el ejército invasor.
Nada más soltar a los cuatro ángeles aparece la caballería infernal compuesta de 200 millones de caballos y otros tantos de jinetes: el número de los del ejército. era de dos miríadas de miríadas (v.16). La masa del ejército es realmente imponente, y designa una potencia irresistible. La cifra que oyó, y que nos transmite el profeta, es semejante a la de los ángeles de la corte celestial, cuyo número era también de miríadas de miríadas 28. San Juan quiere como dar a entender que existen dos ejércitos formidables, el de Dios y el del diablo, que se espían, dispuestos a lanzarse el uno contra el otro. Este paralelismo o contraste que parece aflorar entre los dos ejércitos, indica que el autor sagrado se refiere aquí posiblemente al ejército de ángeles del abismo infernal, o, al menos, considera a los partos como los ministros del infierno.
La descripción que nos da el hagiógrafo de este ejército es tan fantástica y aterrorizadora como la de las langostas-centauros de la quinta trompeta. Los jinetes tenían corazas color de fuego; las cabezas de los caballos eran poderosas como las de los leones. Sus bocas exhalan un aliento verdaderamente infernal: fuego, humo y azufre (v.17). El azufre ardiendo y humeando es un elemento típico de las descripciones demoníacas y del infierno. La imagen de monstruos arrojando por sus bocas fuego y humo era entonces bastante corriente. Incluso se la encuentra entre los clásicos, como Ovidio y Virgilio. Las colas de los caballos del ejército infernal eran como serpientes, tenían cabezas y con ellas dañaban (v.19). En la mitología oriental era frecuente la representación de seres humanos con cabeza de león o con colas de serpiente 29. Y en la Gigan-tomaquia de Pérgamo — que San Juan había podido contemplar —, los enemigos de los dioses tienen los miembros inferiores serpentiformes.
La caballería infernal, descrita con caracteres verdaderamente espeluznantes, con sus terroríficas armas: fuego, humo y azufre, muy propias del abismo, causó la muerte de una tercera parte de los hombres (v.18). Algo parecido sucedió en las cuatro primeras trompetas, en las que pereció también la tercera parte de los seres que sufrieron su acción. La intención de Dios al permitir que muriesen tantos hombres era producir en los restantes el arrepentimiento. Sin embargo, los resultados de este castigo fueron nulos. Los supervivientes de la catástrofe no se aprovecharon de la lección para convertirse a Dios, antes bien, continuaron ofendiéndole con su culto a los ídolos y con otros muchos crímenes (v.20-21). Las malas obras de estos impíos forman, pues, dos grupos: unas van contra Dios y otras contra el prójimo. Contra Dios, el autor sagrado recuerda principalmente la idolatría, que consiste en adorar a figuras inertes de materias más o menos preciosas que no tienen alma ni vida. De la idolatría proceden todos los demás pecados, incluso los más vergonzosos 30. También pertenecen al capítulo de la idolatría los maleficios, de los cuales nos habla en el v.21. Comprenden las artes mágicas, las brujerías, las encantaciones, etc. En otros lugares del Nuevo Testamento suelen acompañar a la idolatría 31. Las obras malas cometidas contra el prójimo se resumen en tres apartados: homicidios, fornicaciones, robos.
Dios, que ante todo desea la salud de los hombres 32, ordena todos estos azotes al bien de los hombres. Dios bondadoso dirige tanto las obras de su justicia como de su misericordia a la conversión de los pecadores. Pero, en el caso presente, los planes mise- ricordiosos de Dios quedan frustrados por la protervia humana. Lo que decidirá a los pecadores a volverse a Dios será la exaltación de los dos Testigos simbólicos, que serán presentados en el capítulo 11.
De los cristianos no se dice nada. Pero, por analogía con el conjunto de este septenario, se puede concluir que debieron de salir purificados de la prueba. La gran tribulación pasada constituyó para ellos una ocasión de purificación espiritual, de la que salieron más fortalecidos en su fe y en su esperanza 33.
1 Gf. S. Bartina, o.c. p.680. — 2 Existen tres clases de langosta: Pachytylus migratorius, Schistocerca peregrina y Staurono-tus maroccanus. Suelen darse principalmente en Egipto, Arabia, Palestina y en África, desde donde a veces se desplazan a las islas Canarias, al sur de España, Sicilia, etc. — 3 Jl 1-2. — 4 Ex 10:1-20; cf. Sab 16:9. — 5 Ez 1:5-11. — 6 Cf. Ap 20:1-3. — 7 Libro de Henoc 86:1-4. Cf. J. Bonsirven, Judaisme palest. I p.231-232.242. — 8 En la literatura bíblica, sin embargo, se representa al demonio como cayendo del cielo. El mismo Jesucristo nos dice en Le 10:18: "Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo." Y el texto de Is 14:12 también ha sido aplicado a Satanás. — 9 Cf. Is 24:21-22. — 10 Libro de Henoc 21:7-10. — 11 Libro de Henoc 54:1-6. — 12 Ap 19:20; 20:9.145; 21:8. — 13 Ap 20:3. — 14 Libro de Henoc 19:15; 21,7ss; 90:24-27. — 15 Ex 10:12-19. — 16 Jl 1:6-12. — 17 Ez 1:5-11. Es muy posible que haya influencia también de Sab 16:9. — 18 Cf. M. García-Cordero, o.c. p.104-105. Es muy posible que las largas cabelleras, al estilo de los bárbaros, simbolicen su crueldad. Cf. Suetonio, Vespasianas 24:4; J. Michl, Zu Apocalypse 9:8: Bi 23 (1942) 192-193. — 19 Ap 8:7. — 20 Cf. Dt 8:15; Eclo 26:10; Sab 16:9. — 21 Cf. Job 26:6; Prov 15:11; 27:20; 30:153. — 22 Apolyon proviene del verbo griego άπόλλυμι, “destruir,” cechar a perder.” — 23 Cf. Ap 8:3-5- — 24 Cf. Ap6:9-n; 8:3-4. — 25 Cf. Ex 37:26; 1 Re 1:50; 2:28. — 26 En el texto sirνaco del 4 Esdras se dice: "Que sean sueltos estos cuatro reyes que están condenados sobre el gran río Eufrates, que aniquilarán una tercera parte de los hombres." Citado por M. García Cordero, o.c. p.ioy. — 27 Cf. A. Gelin, o.c. p.622. — 28 Ap 5:11. — 29 H. Vincent-P. Dhorme, Les chérubins: RB (1926) 356. — 30 Cf. Rom 1:24-26. San Juan considera también los crímenes y vicios de los paganos como una consecuencia de la idolatría. — 31 Ap 21:8; 22:15; cf. Gal 5:20; 1 Pe 4:15. — 32 1 Tim 2:4. — 33 M. García Cordero, o.c. p.106.
Capitulo 10
Entre la sexta y la séptima trompeta, San Juan intercala los capítulos i o y n. En el 10 se habla de la aparición de un ángel con un mensaje de consuelo, el cual manda a Juan comer un librito para que profetice. Este hecho tiene cierto paralelismo con Ap 5:2, en donde un ángel invitaba a abrir el libro de los siete sellos. El capítulo II nos refiere la medición de templo y la preparación, llevada a cabo por los dos Testigos, del triunfo del reino de Dios. Estos dos capítulos constituyen, por consiguiente, una interrupción en el septenario de las trompetas. Interrupciones semejantes ya las hemos encontrado entre el sexto y el séptimo sello, con el episodio de los 144.000 sellados y de la muchedumbre celeste. Como suele hacer el autor sagrado, después de la terrible catástrofe desencadenada por el ejército infernal, quiere presentar a los cristianos fieles el anuncio de la salud, de la venida del reino de Dios *. En realidad, todos los azotes que la Providencia divina permite que se abatan sobre la humanidad, son como el preludio de la consumación final y del triunfo definitivo de Cristo y de su Iglesia.
Inminencia del castigo: La llegada del reino de Dios, 10:1-7
1 Vi otro ángel poderoso, que descendía del cielo envuelto en una nube; tenía sobre su cabeza el arco iris, y su rostro era corno el sol, y sus pies, como columnas de fuego, 2 y en su mano tenía un librito abierto. Y poniendo su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, 3 gritó con poderosa voz, como león que ruge. Cuando gritó, hablaron los siete truenos con sus propias voces. 4 Cuando hubieron hablado los siete truenos, iba yo a escribir; pero oí una voz del cielo que me decía: Sella las cosas que han hablado los siete truenos y no las escribas. 5 El ángel que yo había visto estar sobre el mar y sobre la tierra levantó al cielo su mano derecha 6 y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y cuanto hay en él, la tierra y cuanto en ella hay, el mar y cuanto existe en él, que no habrá más tiempo, 7 sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él suene la trompeta, se cumplirá el misterio de Dios, como El lo anunció a sus siervos los profetas.
San Juan está ahora sobre la tierra, desde donde ve a un ángel que baja del cielo. El aspecto del ángel era imponente, poderoso, y toda su figura majestuosa. Para encubrir un tanto su majestad y gloria viene envuelto en una nube, que es el vehículo tradicional empleado por los seres celestes para sus viajes entre el cielo y la tierra 2. Llevaba sobre su cabeza el arco iris (v.1), que, a manera de aureola o de halo glorioso irisado, rodeaba su cabeza. El arco iris indica su gloria espiritual y su procedencia celestial; pero, al mismo tiempo, es signo de que el ángel trae un mensaje de paz y de misericordia 3 para los fieles cristianos perseguidos. El juicio general que va a anunciar y los juicios particulares que mandará profetizar al vidente de Patmos demuestran esto mismo. Los fieles recibirán satisfacción y sus deseos serán cumplidos. El rostro del ángel resplandecía como el sol y sus pies eran como columnas de fuego. Este aspecto resplandeciente y lleno de gloria es una nota característica de las apariciones sobrenaturales de seres en forma humana 4. Esta imagen del ángel nos recuerda un tanto la visión del ángel de Ap 5:2. Como éste había en cierta manera anunciado y provocado el comienzo de las calamidades sobre el mundo pagano, así el ángel de Ap 10:1 viene a anunciar la consumación próxima de los juicios divinos. La intervención de este ángel poderoso significa la importancia de la misión que trae: la consumación está próxima 5.
El hecho de que el ángel resplandece a semejanza del Hijo del hombre en la aparición inicial de los mensajes a las siete iglesias 6, ha llevado a algunos autores a identificarlo con Jesucristo. Sin embargo, el resplandor es común a los seres sobrenaturales y gloriosos. Además, aquí el ángel actúa como los otros y Dios le da órdenes, lo cual nunca sucede con Jesucristo. ¿Qué ángel es? Pudiera ser Gabriel, "fuerza de Dios," al cual convendría a perfección el epíteto de poderoso (ισχυρός). Trae tambiιn un mensaje consolador de tipo mesiánico, como es la llegada del reino de Dios, que será el coronamiento en la historia del Evangelio.
El ángel de aspecto imponente tiene en su mano un librito abierto (v.2). Este librito está como en contraste con el libro sellado del capítulo 5, a causa de su pequenez 7 y por estar abierto. Sus pequeñas proporciones parecen significar que contiene pocos oráculos. Y está abierto porque dichos oráculos son relativamente claros o bien porque ya han sido revelados bajo alguna forma en la visión de las siete trompetas. El librito debía de contener los destinos del Imperio romano, considerado en sus relaciones con la Iglesia y como prototipo de las potencias que han de ser vencidas por Cristo.
Las proporciones colosales del ángel, que tenía su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra, designan su misión universal, la cual abarcará al mundo en su totalidad. Su poderosa voz está en consonancia con su superhercúlea estatura. Dio un grito 8 inarticulado, parecido al rugido de un león, que se convirtió en un eco inmenso semejante al de siete truenos (v.3). El ángel emitió probablemente con su poderosa voz siete mensajes, cuyo eco iba retumbando por todos los ángulos de la tierra 9. El trueno en la Sagrada Escritura es la voz de Dios 10. Los siete truenos, eco del poderoso grito del ángel, parecen simbolizar "todo el conjunto de la revelación profética comunicada por Dios a Juan" 11. Pero si no simbolizan todo el conjunto de la revelación profética, al menos debe de tratarse de cierto número de revelaciones o mensajes dirigidos a los cristianos, porque San Juan, al oír la voz, entiende algo que al punto se dispone a escribir para darlo a conocer a las Iglesias. Pero una voz del cielo se lo impide, ordenándole que no lo escriba, que lo guarde en su corazón hasta que llegue la hora de revelarlo (v.4). Sellar las cosas que han dicho los siete truenos es igual que mantenerlas en secreto. Lo cual significa que San Juan había oído muchos secretos acerca de los designios de Dios sobre la humanidad, que no serían puestos por escrito, es decir, no serían revelados. Son estos artificios literarios muy en consonancia con el carácter apocalíptico de nuestro libro. Ya el profeta Daniel se expresaba casi en los mismos términos: "Tú, Daniel, ten en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin" 12. La razón que se da en Daniel para mantener el secreto es el tiempo lejano en que ha de tener lugar lo anunciado 13.
Ha habido muchos autores que han intentado penetrar en el contenido de los siete truenos. Pero es difícil determinar con certeza cuáles eran los mensajes de los siete truenos. Lo que nos parece más probable y más en conformidad con todo el tenor del Apocalipsis es que lo dicho por los truenos debe de ser el anuncio de nuevas calamidades relacionadas con el mensaje del ángel. Tal vez se prohiba a San Juan revelarlas para no desalentar a los cristianos, ya tan probados.
El mensajero divino, después de haber dado un grito atronador, se dispone a pronunciar un juramento para certificar la absoluta verdad de lo que va a decir. El juramento estaba permitido por la ley judía y tenía gran fuerza obligatoria. También entre los cristianos es lícito, siempre que sea verdadero aquello por lo que se jura y haya motivo suficiente para jurar. El ángel, en actitud de prestar solemne juramento 14, jura levantando al cielo su mano derecha y teniendo sus pies asentados sobre la tierra y el mar (v.5-6). Con esta actitud, el ángel quiere significar que toca las tres partes del universo porque va a jurar por aquel que creó el cielo, la tierra y el mar 15. La acción de elevar la mano al cielo, como queriendo poner por testigo a Dios, por quien se jura, es común en la Sagrada Escritura 16. En esta actitud, el ángel pronuncia la fórmula del juramento. Y para que no haya duda alguna de que es el Dios verdadero al que pone por garante de lo que va a decir, añade que es el que creó el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos existe n. ¿Qué es lo que jura? Que no habrá más tiempo (v.6). La palabra tiempo aquí significa dilación, espera. Por consiguiente, significa que ya no pasará más tiempo, ya no habrá más dilación para el cumplimiento de los juicios divinos que se realizarán al sonido de la séptima trompeta. La apertura de los siete sellos y los toques de las trompetas habían hecho retrasar la venida de la consumación de todas las cosas. Sin embargo, una vez que suene la séptima trompeta, se cumplirá el misterio de Dios (v.7). Este misterio de Dios es el establecimiento definitivo del reino de Dios y de su Cristo, que tendrá lugar con la destrucción de las naciones paganas. San Pablo también nos habla del misterio de Dios en varias de sus epístolas 1S. Para el Apóstol de los Gentiles, el misterio de Dios era "Jesucristo, en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia." 19 Toda la esperanza de que se cumpliera el misterio de Dios, es decir, que llegara el reino de Dios, se fundaba en las promesas divinas anunciadas por Dios por medio de sus profetas, como nos advierte el autor del Apocalipsis. La tardanza hay que entenderla, con muchísima probabilidad, de la espera de los cristianos en el cumplimiento de las promesas divinas 20. Después que Cristo había subido al cielo esperaban impacientes su plena realización. Incluso sabemos por la 2 Pe 3:3-4 que ciertos cristianos desconfiaban, hacia fines de la edad apostólica, de la realización de las promesas de nuestro Señor. Por eso era necesaria una confirmación solemne de esas promesas. Y de ahí que el ángel jure solemnemente en nombre de Dios que la realización del misterio de Dios se llevará a efecto. Parece que se trata de una realización inmediata. En cuyo caso se trataría de los designios providenciales de Dios sobre su Iglesia, es decir, del triunfo de la Iglesia sobre los poderes paganos. Se trata en definitiva del triunfo del mesianismo, del Evangelio, anunciado por los profetas 21. Este triunfo, sin embargo, no será definitivo hasta que se realice la plena consumación del reinado de justicia y paz entrevisto por los profetas del Antiguo Testamento y esperado impacientemente por los fieles del Nuevo Testamento. La unión de todos los elegidos entre sí y con Cristo será perfecta cuando suene la trompeta que anunciará el último juicio y la retribución definitiva. La Iglesia militante, después de las luchas y persecuciones sufridas en este mundo, obtendrá de este modo el triunfo último e inalienable. Sólo entonces los cristianos fieles saciarán plenamente sus ansias de salvación y de triunfo. San Juan trata indudablemente de consolar e infundir ánimo a los cristianos decaídos. La certeza de que las promesas divinas se cumplirán pronto con un gran triunfo de la Iglesia sobre sus enemigos era un pensamiento muy apropiado para consolar y excitar el entusiasmo en los miembros de la Iglesia perseguida.
San Juan come un librito, 10:8-11
8 La voz que yo había oído del cielo, de nuevo me habló y me dijo: Ve, toma el librito abierto de mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra. 9 Fuime hacia el ángel, diciendo que me diese el librito. El me respondió: Toma y cómelo, y amargará tu vientre, mas en tu boca será dulce como la miel. 10 Tomé el librito de mano del ángel, y me puse a comerlo, y era en mi boca como miel dulce; pero cuando lo hube comido sentí amargadas mis entrañas. 11 Me dijeron: Es preciso que de nuevo profetices a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos.
Otra vez la voz del cielo, la misma que había prohibido escribir la revelación de los siete truenos, habla al vidente de Patmos. Le manda tomar el librito abierto de mano del ángel que está sobre el mar y sobre la tierra (v.8). El ángel se lo da y le ordena que lo coma. El librito estaba abierto, con lo cual quiere significar que su contenido no era secreto y podía ser comunicado a los cristianos. No era necesario abrirlo ni leerlo públicamente, porque el Cordero ya había abierto el gran libro sellado que contenía todo lo del librito y otras muchas cosas futuras. Conviene que San Juan lo coma, es decir, que se penetre bien de su contenido para anunciarlo y profetizarlo a todos los pueblos y naciones 22. Dicho contenido es muy probablemente el capítulo 12 y todo lo que sigue del Apocalipsis. La escena de Juan comiendo el librito está tomada indudablemente del profeta Ezequiel, el cual ve en la visión inaugural un rollo escrito por delante y por detrás, que contenía lamentaciones, elegías y ayes 23. Y a continuación oye una voz del cielo que ordena: "Hijo de hombre, come eso que tienes delante; come ese rollo y habla luego a la casa de Israel. Yo abrí la boca e hízome él comer el rollo, diciendo: Hijo de hombre, llena tu vientre e hinche tus entrañas de este rollo que te presento. Yo lo comí, y me supo a mieles" 24. La acción de comerse el libro significa apropiarse intelectualmente el contenido de él. A Ezequiel le resultó el rollo dulce como la miel; a San Juan le resultará dulce en la boca, pero amargo en el vientre (v.q-10). El librito le resulta dulce a Juan porque anuncia el triunfo de la Iglesia y la liberación de los cristianos de la opresión de los poderes paganos. Pero al mismo tiempo lo siente amargo porque también anuncia los sufrimientos temporales de los cristianos y la suerte trágica de los paganos. Su corazón compasivo de padre se siente angustiado al contemplar la ruina de tantos infieles. La misión profética, por otra parte, es una cosa extraordinariamente elevada y dulce; pero a la vez es difícil de cumplir, como vemos por el ejemplo de Jeremías.
Finalmente, se dice a Juan que tendrá que profetizar de nuevo a los pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes numerosos (v.11). Esto significa que el vidente de Patmos, antes de terminar el Apocalipsis, tendrá que publicar las visiones contenidas en el librito. Estas visiones deben abarcar todo el contenido de los capítulos 12-20, que se refiere al Imperio romano. Los reyes de los que nos habla aquí el autor sagrado no pueden ser otros que los del capítulo 17:10-12. Esto indica que la materia del librito corresponde, más o menos, al contenido de la séptima trompeta. El profeta se siente impulsado por una necesidad interior, después que ha comido el libro, a predicar una vez más. Esta expresión hay que entenderla por relación a todas las profecías que ya ha pronunciado. Los oráculos que va a pronunciar a continuación serán, en parte, los mismos que ya ha anunciado, pero revestirán otra forma, con alusiones más particulares, y serán contemplados desde un punto de vista diverso. Tenemos aquí un ejemplo claro del procedimiento de composición llamado recapitulación, en virtud del cual San Juan en el Apocalipsis no expone una serie continua y cronológica de sucesos futuros, sino que describe los mismos sucesos bajo formas literarias distintas 25.
1 Cf. A. Feuillet, Le chapítre X de l'Apocalypse. Son apport dans la solution du problérre eschatologique: Sacra Pagina, Miscellanea Bíblica, Congressus Internationalis Catholicus de Re Bíblica, vol.2 (Bruxelas-Lovaina 1959) p.414-429. — 2 Gf. Ex 24,15s; Sal 104:3; Dan 7:13; Mc 9:7; Act 1:9; 1 Tes 4:17; Ap 1:7; 11:12; 14:14· — 3 Cf. Gen 9:12-17. — 4 Ap 1:15. — 5 Gf. Ap 10:6-7. — 6 Gf. Ap i,13ss. — 7 El término griego βιβλαρίδιον es el su vez lo es de otro, βιβλίον de βίβλος. diminutivo de otro diminutivo, βιβλάριον, que a — 8 San Juan emplea μυκάομοπ, “mugir,” que no puede aplicarse al leσn. De todas maneras, el autor sagrado probablemente quiso significar con esto la potencia y majestad del grito del ángel. — 9 S. Bartina, o.c. p.689- — 10 El salmo 29:3ss llama al trueno la "voz de Yahvé." Cf. Jn 12:283. Este símbolo tal vez provenga de la mitología babilónica, en la que Adad, dios de la tempestad, cuando daba su voz, retumbaba en las siete esferas planetarias. — 11 E. B. Allo, o.c. p.139- — 12 Dan 12:4. — 13 Dan 8:26. — 14 Cf. Gen 14:22; Dan 12:7. — 15 Ex 20:11; Sal 146:6. — 16 Gen 14:22; Dt 32:40. — 17 Ex 20:11. — 18 Gf. 1 Cor 2,iss; Ef I.9-H.21-22 — 19 Col 2:2. — 20 Cf. Le 19:11; 24:21; Act 1:6. 21 Cf. Ama,?; Le 1:70. — 22 Cf. Ap 10:11. — 23 Ez 2:8-9. — 24 Ez 3:1-3- — 25 Cf. E. B. Allo, o.c. p.143.
Capitulo 11
Misión de los dos testigos, 11:1-13
El episodio de los dos Testigos es uno de los más misteriosos del Apocalipsis. Sin embargo, si examinamos atentamente nuestro texto, veremos que San Juan ha querido contraponer el resultado de la actividad de los dos Testigos a las calamidades del azote precedente. Se trata simplemente de la antítesis periódica que el autor sagrado suele colocar después del sexto momento de los septenarios. El procedimiento es semejante al del sexto sello, en donde el vidente de Patmos oponía la postración de los impíos heridos por grandes calamidades 1 a la seguridad y triunfo de los 144.000 y de la gran multitud que afluía continuamente al cielo 2. La plaga desencadenada al toque de la sexta trompeta había llevado al colmo de la desesperación a los infieles, porque había hecho desaparecer un tercio de la humanidad. No obstante, esta justicia vengativa no había logrado convertir a los paganos 3. Aquí, en cambio, San Juan contempla la solicitud providencial de Dios sobre su Iglesia, simbolizada por los dos Testigos. El la protege continuamente y la conduce al triunfo a través de luchas y dolores. Este asombroso espectáculo de la Providencia divina produce sobre los enemigos de la Iglesia un efecto que no habían logrado conseguir las calamidades precedentes: les hace abrir los ojos y dar gloria a Dios 4. El alcance del oráculo del capítulo n no ha de ser restringido hasta ver en él únicamente una predicción de la suerte de Jerusalén y de los judíos. Así lo piensan algunos autores, que creen encontrar aquí un documento judío adaptado por San Juan a su finalidad teológica. Las razones en que se apoyan son diversas. El templo de Dios es el de la ciudad de Jerusalén histórica, y no el templo celeste como en el resto del Apocalipsis. Jerusalén es llamada la gran ciudad, expresión que en otros lugares del Apocalipsis designa a Roma 5. También es llamada Jerusalén la ciudad santa, que en otras partes se refiere a la Jerusalén celestial 6. Los habitantes de la tierra son los que habitan en Palestina, y no los moradores de todo el mundo, como de ordinario se dice en el Apocalipsis. Es posible que la toma de Jerusalén por los romanos en el año 70 haya proporcionado a San Juan los elementos para componer la escena. Pero ha de ser interpretada en un sentido espiritual y como aludiendo a un hecho universal 7. El templo de Jerusalén es el símbolo de la Iglesia, que será perseguida por los gentiles, es decir, por el Imperio romano y por todos los demás pueblos paganos. Mas la Iglesia será preservada de todos los males futuros, que, si en algo la pueden tocar, será únicamente en su aspecto exterior.
1 Fueme dada una caña] semejante a una vara, diciendo: Levántate y mide el templo de Dios y el altar y a los que adoran en él. 2 El atrio exterior del templo déjalo fuera y no lo midas, porque ha sido entregado a las naciones, que hollarán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses. 3 Mandaré a mis dos testigos para que profeticen, durante mil doscientos sesenta días, vestidos de saco. 4 Estos son los dos olivos y los dos candeleros que están delante del Señor de la tierra. 5 Si alguno quisiere hacerles daño, saldrá fuego de su boca, que devorará a sus enemigos. Todo el que quisiera dañarlos morirá. 6 Ellos tienen poder de cerrar el cielo para que la lluvia no caiga los días de su ministerio profético y tienen poder sobre las aguas para tornarlas en sangre, y para herir la tierra con todo género de plagas cuantas veces quisieren. 7 Cuando hubieren acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, y los vencerá y les quitará la vida. 8 Su cuerpo yacerá en la plaza de la gran ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Egipto, donde su Señor fue crucificado. 9 Los pueblos, las tribus, las lenguas y las naciones verán sus cuerpos durante tres días y medio y no permitirán que sus cuerpos sean puestos en el sepulcro. 10 Los moradores de la tierra se alegrarán a causa de ellos, y se regocijarán, y mutuamente se mandarán regalos, porque estos dos profetas eran el tormento de los moradores de la tierra. 11 Después de tres días y medio, un espíritu de vida que procede de Dios entró en ellos, y los hizo levantarse sobre sus pies, y un temor grande se apoderó de quienes los contemplaban. 12 Oí una gran voz del cielo que les decía: Subid acá. Subieron al cielo en una nube, y viéronlos subir sus enemigos. 13 En aquella hora se produjo un gran terremoto, y vino al suelo la décima parte de la ciudad, y perecieron en el terremoto hasta siete mil seres humanos, y los restantes quedaron llenos de espanto, y dieron gloria al Dios del cielo.
San Juan tiene una visión en la cual se le entrega una caña para medir. Y una voz, probablemente la de Cristo, le ordena medir el templo de Dios, el altar y a los que adoran en él (v.1). La acción simbólica prescrita al vidente es la misma que encontramos en el profeta Ezequiel 8. El profeta, que se encontraba en Babilonia, es trasladado en rapto a Jerusalén y ve a un ángel que medía el templo y la ciudad de Jerusalén en orden a su restauración. Isaías también anuncia que Edom será medido para reducirlo a la nada 9. Por donde se ve que medir puede significar la preservación o la destrucción. En nuestro texto del Apocalipsis se hace la medición en vista de una preservación de la destrucción 10. Es una acción de significado semejante a la de marcar a los siervos de Dios en sus frentes H. Aquí ya no se trata del templo celeste, ni del altar del cielo 12, sino del templo terrestre de Jerusalén, que representa a la Iglesia. San Juan mide simbólicamente a la Iglesia para su preservación. La acción de medir es equivalente al sellado preservativo de los 144.000. La parte del templo que es medida será preservada de la profanación. Las partes que mide Juan son el santuario, el altar de los holocaustos y el atrio en donde éste se hallaba, o sea toda la parte limitada por una barrera de piedra en donde se leía una inscripción, colocada en diversas partes de la barrera: "Que ningún extraño (a la religión judía) entre en el interior de la barrera del cercado que rodea el santuario. El que sea sorprendido incurrirá por su propia culpa en la pena de muerte" 13. El templo de Jerusalén, edificado por Heredes, tenía cuatro atrios con pórticos: el de los sacerdotes, el de los israelitas, el de las mujeres y el más exterior, que era el de los gentiles. San Juan recibe la orden de dejar sin medir el atrio exterior y la ciudad santa, es decir, Jerusalén, porque no serán preservados, sino entregados a los gentiles durante cuarenta y dos meses, o sea durante tres años y medio (v.2).
¿Qué significa este número de cuarenta y dos meses? La respuesta la daremos en seguida. Pero antes hemos de observar que esta cifra es barajada constantemente por el autor del Apocalipsis. La ciudad santa será profanada durante cuarenta y dos meses 14. Los dos Testigos profetizarán por un espacio de tiempo de mil doscientos sesenta días (ν.β), ο sea durante cuarenta y dos meses. La Mujer del capνtulo 12 se refugia en el desierto durante tres años y medio 15, es decir, un tiempo equivalente a cuarenta y dos meses. Esa misma Mujer, que representa a la Iglesia, será protegida por Dios en el desierto por un tiempo, dos tiempos y medio tiempo 16, o sea por tres años y medio o cuarenta y dos meses. La Bestia blasfemará contra Dios y los santos cuarenta y dos meses 17. El libro de Daniel es el que nos da la clave para entender el significado del número cuarenta y dos meses o de tres años y medio, o también de un tiempo, dos tiempos y medio tiempo. El profeta nos habla de la persecución de Antíoco IV Epífanes, el cual desencadenó una terrible persecución contra la religión judía, y profanó el templo de Jerusalén durante un tiempo, dos tiempos y medio tiempo 18, es decir, por un período de tres años y medio (desde junio del año 168 hasta diciembre del 165 a. C.). Desde entonces la cifra de tres años y medio se ha convertido en la duración tipo de toda persecución, de toda época de crisis. Por eso, San Lucas 19 y Santiago 20 se han servido de esta expresión tradicional para designar la duración de una sequía que, en realidad, sólo duró tres años 21. Esto significa que el número de tres años y medio sirve para simbolizar todo período de persecución contra la verdadera religión, durare lo que durare. Tres años y medio es un número imperfecto, pues constituye la mitad de una semana de años, o sea de siete años, que es el número de la perfección en el Apocalipsis. Indica, por consiguiente, que la persecución contra la Iglesia no llegará a destruirla, no alcanzará el objetivo que se proponían sus perseguidores 22.
Es muy posible que San Juan aluda a la profanación del templo de Jerusalén por las tropas romanas de Tito. Los zelotes habían convertido el templo en una fortaleza, en el cual resistieron desde el año 68 hasta el 70. Las legiones romanas lograron desalojarlos primeramente del atrio exterior, pero la resistencia de los zelotes fue terriblemente tenaz y encarnizada en los atrios interiores y en el santuario. Mucho antes, los romanos ya se habían apoderado de la ciudad santa de Jerusalén. Pero hemos de tener en cuenta que San Juan se sirve de estas imágenes de la Jerusalén terrestre para simbolizar la Iglesia y la persecución del Imperio romano contra ella. El templo y los adoradores preservados de la profanación significan la Iglesia, que, como institución eterna 23, será preservada de los asaltos de los perseguidores. Estos solamente podrán perseguirla y herirla en su estructura y en su aspecto exterior. Esto es lo que parecen significar los atrios hollados por las naciones. Que a su vez parece ser un eco de la profecía de Jesús sobre la destrucción de la ciudad santa de Jerusalén: Esta "será hollada por los gentiles, hasta que se cumplan los tiempos de las naciones." 24
Durante mil doscientos sesenta días, o sea por un lapso de tiempo de tres años y medio, el Señor enviará dos Testigos vestidos de saco, encargados de profetizar (ν.3) y predicar la penitencia. Su actividad apostσlica dura tres años y medio, es decir, cuarenta y dos meses, que es el tiempo que dura la profanación del atrio exterior hollado por las naciones. Van vestidos de saco, como los profetas del Antiguo Testamento, en señal de austeridad ante un mundo corrompido por el pecado. Su misión será, pues, una protesta continua contra la victoria aparente del mal 25. Y profetizan, es decir, predican, como ya lo habían hecho los profetas antiguos, la penitencia, con el fin de excitar a los pecadores al arrepentimiento.
Se ha discutido mucho, ya desde antiguo, sobre la personalidad de estos dos Testigos. Los autores antiguos y medievales han identificado en su mayoría estos dos Testigos con Elías y Henoc. Otra interpretación, propuesta por Tyconius 26 y seguida por Alcázar, Bossuet, Swete, Alio, etc., ve en esos dos Testigos fuerzas colectivas de la Iglesia. Los dos Testigos representan, por consiguiente, a la Iglesia en su misión de dar testimonio. Este testimonio está simbolizado por dos testigos, en parte tal vez por referencia a la ley del Dt 19:15 27, en parte también por correspondencia con la imagen de Zacarías 4:2-14. El testimonio de la Iglesia, dado por sus mártires y confesores, por la palabra y la vida de todos aquellos en los cuales vive y habla Cristo, constituye una profecía continua, que dura a través de los 1.260 días del triunfo del paganismo 28. Los dos Testigos apocalípticos representarían, por lo tanto, a todos aquellos que, en las persecuciones desencadenadas en tiempo de San Juan, darían testimonio de Jesucristo y de su Evangelio. Designarían la actividad apostólica y profética de la Iglesia durante la persecución. Para otros autores, en cambio, los dos Testigos de Dios representan a Moisés y Elías. Moisés, el profeta legislador, y Elías, el profeta debelador de la idolatría. Pero estos personajes estarían aquí como símbolos, el uno de la Ley y el otro de los Profetas. Serían los mismos que aparecieron en la transfiguración hablando con el Señor 29. La historia nos da bien a conocer cuál fue la vida de estos testigos, y cuan dura la lucha que tuvieron que sostener por la causa de Dios 30. Sin duda que el autor sagrado presenta los dos Testigos con los rasgos de Moisés y Elías, como se ve por los v.5-6. Pero esto es tan sólo un artificio literario, que no impide que esos dos Testigos descritos con los rasgos de Moisés y Elías designen a la Iglesia en su misión de dar testimonio. Esta nos parece ser la hipótesis que tiene mayor probabilidad, por estar en perfecta armonía con la temática del Apocalipsis. Mariana y algunos otros autores ven en esos dos Testigos a San Pedro y a San Pablo 31.
Los dos Testigos, que encarnan la acción de la Iglesia en medio del mundo pagano, son descritos bajo la imagen de dos olivos y dos candeleros, que están delante del Señor (v./j.). Esta imagen ha sido tomada de Zacarías 4:11-14, en donde el profeta ve dos olivos que están al lado de un candelero y le suministran aceite. El candelero simboliza el templo de Jerusalén en construcción. Y los dos olivos son el sumo sacerdote Josué y el gobernador civil Zorobabel, que trabajaban unidos en la reconstrucción del templo y del pueblo de Dios. San Juan se sirve de esta visión de Zacarías para expresar realidades cristianas. Los dos olivos y los dos candeleros del Apocalipsis representan los intereses espirituales de la Iglesia. El Señor los ha armado de su poder para que puedan defenderse de sus enemigos y neutralizar los portentos del anticristo. Si alguien quisiera dañarlos, saldrá fuego de su boca, que consumirá a sus enemigos (v.s), como hizo Elías con los enviados del rey Ocozías 32. También Moisés hizo que se abriera la tierra para que se tragara a Coré, Datan y Abirón, y consiguió que bajara fuego del cielo para abrasar a los doscientos cincuenta hombres que habían ofrecido el incienso 33. En la literatura apocalíptica judía se presenta asimismo al Mesías lanzando fuego de su boca contra sus enemigos 34. Fuego hay que tomarlo aquí en sentido simbólico, como lo exige el contexto: significa el efecto producido por la predicación de la Iglesia. En el Antiguo Testamento se compara a veces la predicación ardiente de ciertos profetas con el fuego. "Porque habéis dicho todo esto — exclama Jeremías — mis palabras serán en vuestra boca fuego, y este pueblo cual montón de leña. Y los abrasará" 35. Y el libro del Eclesiástico, refiriéndose precisamente al profeta Elías, escribe: "Como un fuego se levantó Elías; su palabra era ardiente como antorcha" 36. La comparación se asemeja bastante a la de los dos Testigos, considerados por el autor del Apocalipsis como dos candeleros que con su palabra de fuego han de encender e iluminar al mundo 37.
El autor sagrado sigue aplicando a los dos Testigos datos tomados de Moisés y Elías. Como éste, tendrán poder para suspender la lluvia (v.6) y para hacerla caer 38. Aún más, tienen poder para convertir el agua en sangre, como Moisés en Egipto, cuando hizo desencadenarse la primera plaga 39, y para hacer venir sobre la tierra todas las plagas con que Moisés castigó al faraón hasta obtener la libertad de Israel. La acción bienhechora de los dos Testigos, lo mismo que la de Moisés y Elías, está ordenada al provecho del pueblo de Dios, del verdadero Israel. Ellos buscan con su predicación la manera más apropiada para defender a la Iglesia contra sus enemigos, que querían destruirla.
Los dos Testigos serán defendidos y protegidos por Dios hasta que logren llevar a feliz término su ministerio. Al fin, Dios permitirá que surja una Bestia del abismo, es decir, una potencia extranjera antirreligiosa, que los perseguirá, los vencerá y les quitará la vida (v.7). Sin embargo, su victoria será momentánea 40, porque Dios les hará revivir y reinarán con El para siempre 41. La Bestia que aparece por anticipación, sin haber sido presentada, simboliza el Imperio romano, y, más en particular, tal vez al emperador Nerón 42, figura del anticristo y de todos los perseguidores de la Iglesia. San Juan describirá más en concreto, en los capítulos que siguen, las intervenciones de esta Bestia en contra de la Iglesia de Cristo. La Bestia debía de ser conocida de los lectores del Apocalipsis, ya que el autor sagrado nos la presenta precedida del artículo. La ve subir del abismo, porque es el infierno el que la suscita, o también del mar, porque representa al Imperio romano, y para el vidente de Patmos el poder de Roma procedía del lado del mar, es decir, de occidente. La imagen de esta Bestia está tomada del profeta Daniel, el cual nos presenta los imperios de Oriente bajo la figura de diversas bestias 43. Sobre todo nos pinta con muy vivos colores aquella "cuarta bestia, terrible, espantosa, sobremanera fuerte, con grandes dientes de hierro, que devoraba y trituraba, y las sobras las machacaba con los pies." 44 Esta bestia es el imperio seléucida, del cual salió un cuerno que hacía la guerra a los santos y los vencía 45. Este no es otro que Antíoco IV Epífanes, el gran perseguidor del pueblo judío, que profanó el templo dedicándolo a Júpiter Olímpico.
La Bestia del Apocalipsis, como el cuerno de la cuarta bestia de Daniel, hará la guerra a los dos Testigos, íos vencerá y les quitará la vida. Con esto parece querer indicar San Juan que las persecuciones desencadenadas por el Imperio romano contra los cristianos vencerán aparentemente durante algún tiempo a la Iglesia. Los dos Testigos muertos son el símbolo de los cristianos martirizados durante las violentas persecuciones de Nerón y Domiciano 46. La Bestia, después de matar a los dos Testigos, deja abandonados sus cadáveres — para mayor escarnio — en medio de la ciudad, para que sean pasto de los perros y de las aves. Esta ciudad es designada con los epítetos de gran ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Egipto, donde su Señor fue crucificado (v.8). Es muy probable que dicha ciudad sea Jerusalén 47; la Jerusalén que mata a los profetas y que apedrea a los enviados del Señor 48. Así parece indicarlo San Juan al afirmar que es la ciudad en la que su Señor fue crucificado. Se la designa despectivamente con los nombres de Sodoma, a causa de sus abominaciones y corrupción de costumbres, y de Egipto, por ser la ciudad perseguidora y opresora de la Iglesia. Estos dos nombres son tipo de una ciudad malvada 49, que pueden ser aplicados a cualquier urbe. Jerusalén, que había sido la ciudad elegida por Dios para poner en ella su morada, se había convertido en la ciudad deicida. Era el símbolo de la oposición al cristianismo. Por los Hechos de los Apóstoles y otros escritos del Nuevo Testamento sabemos cómo de Jerusalén salían órdenes, delegaciones de judíos y predicadores de la sinagoga, con el propósito decidido de combatir y destruir a la Iglesia naciente.
Sin embargo, a nuestro parecer, Jerusalén es aquí una figura simbólica — como lo son también el templo y los dos Testigos — que representa la Roma imperial, la gran Sodoma corrompida por innumerables crímenes, tipo del mundo en donde triunfan las fuerzas del mal. Esto se ve claramente en las secciones siguientes, en donde Roma es el centro de la persecución contra la Iglesia 50. ¿Por qué entonces el autor sagrado, si alude a Roma, no emplea el nombre cifrado de Babilonia para designarla? Porque las visiones de medición habían tenido por escenario Jerusalén. Porque para San Juan, Jerusalén era la gran apóstata; y porque la destrucción de la ciudad el año 70 d.C. se mantenía viva en su memoria.
Los cadáveres de los dos Testigos permanecen insepultos tres días y medio (v.6) en la plaza de la gran ciudad. Este lapso de tiempo simboliza la corta duración del triunfo aparente y efímero de la Bestia y de los pueblos paganos. La victoria durará justamente tantos días cuantos años duró la actividad victoriosa de los dos Testigos, es decir, que el triunfo será trescientas sesenta veces más breve que la duración de la misión de los dos Testigos. Con esto, San Juan quiere significar que el tiempo de ilusión de los que se figuran haber matado a la Iglesia es siempre muy corto.
Los dos Testigos muertos habían predicado no sólo al pueblo de Israel, sino también a las naciones todas, a las que anunciaban los juicios de Dios 51. Por esto, los pueblos, las tribus, las lenguas y las naciones, es decir, el mundo infiel, se asocia a la obra de la Bestia, no permitiendo que los cadáveres de los dos Testigos sean sepultados. Todos estos moradores de la tierra — expresión empleada por el Apocalipsis para designar a los enemigos de Dios y de su Iglesia — se alegrarán de ver muertos a los que los molestaban con su palabra. Y, en señal de alegría, se dan mutuamente el parabién (v.10). Los dos Testigos los atormentaban reprendiendo sus vicios y amenazándoles con los terribles juicios de Dios. Sus palabras eran como dardos encendidos que herían su vida disoluta. Ahora, la muerte de los dos Testigos será causa de gran regocijo, y se mandarán presentes entre sí como señal de victoria y alegría. En la muerte de los dos Testigos ven una prueba de que las divinidades no aprobaban su obra. Algo parecido hicieron los sacerdotes y escribas judíos a los pies de la cruz en el Gólgota 52. La duración de esta ilusión es, sin embargo, muy corta: tres días y medio. Al cabo de estos tres días y medio, un espíritu de vida que procede de Dios entra en ellos y les devuelve la vida (v.11). Es decir, resucitaron por la virtud de Dios, y sus enemigos pudieron contemplar el milagro. Entonces, ante semejante prodigio, los que los veían sintieron un gran temor. Y creció todavía más este temor cuando oyeron una voz que de lo alto los llamaba, diciendo: Subid al cielo. Obedecieron y subieron al cielo en una nube ante la mirada atónita de sus enemigos (v.12). Era el triunfo total de los dos Testigos. El mundo les había hecho la guerra, pero el Señor, cuya causa representaban en la tierra, había salido en su defensa y les había dado la victoria. La resurrección de los dos Testigos está descrita con palabras tomadas del profeta Ezequiel 53. Este ve un campo cubierto de huesos secos, que en virtud de la palabra de Dios, predicada por el profeta, reviven y resucitan. La resurrección de estos huesos es una imagen de la resurrección del pueblo judío, es decir, de su restauración después del destierro babilónico. Por otra parte, el relato de la resurrección y ascensión de los dos Testigos parece inspirarse en la ascensión de nuestro Señor 54, en la historia de Elías 55 y en la leyenda judía de Moisés. Según Josefo Flavio 56, Moisés habría sido llevado al cielo en una nube desde las cercanías de Jericó 57. Los dos Testigos, que representan la Iglesia cristiana perseguida, vuelven como a encarnar a esos dos grandes personajes del Antiguo Testamento, que también habían tenido que sufrir por la causa de Dios. El triunfo de los dos Testigos coincide con la resurrección de los mártires, después de los tres años y medio de persecución 58. Simboliza la victoria de la Iglesia después de la persecución sufrida; e incluso podemos afirmar que simboliza el triunfo de la Iglesia después de cualquier persecución, porque, como decía Tertuliano, "sanguis martyrum semen christianorum." Toda resurrección de la Iglesia, toda nueva manifestación suya exterior, ha debido de sorprender y atemorizar al mundo pagano 59.
Los v.11 y 12 forman como un paralelo implícito con el milenio y ayudan a comprenderlo mejor.
El v.13 es digno de ser notado. El triunfo de los dos Testigos va acompañado de un grave terremoto en la ciudad, que destruye la décima parte de ella y mata hasta siete mil seres humanos. Estas cifras son simbólicas, para significar que un gran número de personas de todas las clases sociales perecieron, en castigo por no haberse aprovechado del mensaje de los dos Testigos. El castigo, relativamente moderado si lo comparamos con los precedentes, manifiesta la bondad y la misericordia del Señor, que da tiempo a los restantes para convertirse. Los evangelistas también nos hablan de un temblor de tierra que tuvo lugar a la muerte de Jesús 60. Y en los profetas, las conmociones cósmicas suelen acompañar a los juicios divinos sobre Israel o sobre las demás naciones 61. El castigo divino del que nos habla el autor del Apocalipsis produjo en las personas que no perecieron en la catástrofe gran espanto. Y este terror fue el que les condujo al arrepentimiento y a la conversión. En efecto, los que se libran del castigo dan gloria al Dios del cielo, es decir, que se convierten al monoteísmo, a la religión del verdadero Dios. La actitud de estos convertidos nos recuerda al pueblo que bajaba del Calvario hiriéndose el pecho y reconociendo su pecado después de haber contemplado el temblor de tierra y la muerte de Cristo 62.
La séptima trompeta: establecimiento del reino de Dios, 11:14-19
14 El segundo ¡ay! ha pasado; he aquí que llega el tercer ¡ay! 15 El séptimo ángel tocó la trompeta, y oyéronse en el cielo grandes voces, que decían: Ya llegó el reino de nuestro Dios y de su Cristo sobre el mundo y remará por los siglos de los siglos. 16 Los veinticuatro ancianos, que estaban sentados delante del trono de Dios, cayeron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo: 17 Dárnoste gracias, Señor, Dios todopoderoso, el que es, el que era, porque has cobrado tu gran poder y entrado en posesión de tu reino. 18 Las naciones se habían enfurecido, pero llegó tu ira, y el tiempo de que sean juzgados los muertos, y de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y destruir a los que destruían la tierra. 19 Se abrió el templo de Dios, que está en el cielo, y dejóse ver el arca del testamento en su templo, y hubo relámpagos, y voces, y rayos, y un temblor y granizo fuerte.
El segundo ¡ay! termina con la conversión de aquellos que habían sido librados del castigo, aunque propiamente sería mejor decir que el segundo ¡ay! es aquel que ha sido descrito en Ap 9:13-19. San Juan anuncia a continuación que el tercer ¡ay! está a punto de llegar (v.14). Este corresponde a la séptima trompeta. Y tendrá su realización en la caída de Babilonia (Roma), narrada en el capítulo 17. Como la apertura del séptimo sello había sido la señal de la ejecución de los decretos divinos, así también el toque de la séptima trompeta traerá consigo la consumación. Esta se llevará a cabo durante el toque de la séptima trompeta; y comprenderá todo el período final, que será bastante largo. Durante este período se realizará el misterio de Dios y se manifestará su soberanía efectiva.
San Juan, al percibir el sonido de la séptima trompeta, oyó decir en el cielo que todo había terminado. El vidente de Patmos, cuando habla de hechos cuya realización no ha tenido lugar en su tiempo, sino que se realizarán en el futuro, no los suele contemplar con sus ojos. Los conoce únicamente por haberlos oído. Los V.14-IQ son considerados por la mayoría de los autores como un intermedio y una anticipación a la descripción de la consumación anunciada por la séptima trompeta.
Al llegar la vez al séptimo ángel, éste toca la trompeta y se oyen en el cielo grandes voces (v.15). Estas grandes voces contrastan con el silencio impresionante que había seguido a la apertura del séptimo sello 63. Estas voces tal vez sean las de los cuatro vivientes, que sostenían el trono de Dios 4, ya que se hace mención de los veinticuatro ancianos, que suelen aparecer en unión con ellos. Esto se comprende todavía mejor si tenemos en cuenta que, a pesar del carácter flotante de las visiones, el fondo de la escena es siempre el mismo desde el capítulo 4 65. Las grandes voces que se oyeron en el cielo decían: Ya llegó el reino de nuestro Dios y de su Cristo sobre el mundo y reinará por los siglos de los siglos (v.15). Esta expresión no significa que el reino de Dios y de Jesucristo vaya a empezar, sino que ya consiguió su fin: ha logrado establecerse ya para siempre. El futuro reinara (βασιλεύσει) no puede significar aquν otra cosa que la continuación eterna de un reino, ya inaugurado, en toda su perfección y esplendor. Cristo había inaugurado este reino con su venida al mundo. Y ahora, aunque incipiente, se consolidará firmemente con el triunfo sobre los poderes de este mundo, representados por la Roma pagana y perseguidora. En adelante nadie podrá detener su expansión arrolladora. Y Dios reinará en su Iglesia por siempre jamás.
El anuncio del reino del Señor y de su Cristo, que aquí llevan a cabo las voces de los cuatro vivientes, nos introduce en el corazón de la segunda parte del Apocalipsis. Al llegar este momento del anuncio tan deseado en los cielos y en la tierra, los veinticuatro ancianos se postran, como en la entronización del Cordero, y adoran al Señor todopoderoso (v.16), dándole gracias por haber recobrado su poder y entrado en posesión de su reino (v.17). Por derecho natural, todo el universo y cuantos lo habitan, sin excluir los hombres, están bajo el poder soberano de Dios. Por algún tiempo Dios había permitido la rebeldía de los hombres, los cuales, en vez de reconocer a Dios como a su Señor y Hacedor, rendían culto a las obras mismas de Dios, trasladando a ellas los atributos divinos. Los ancianos dan por terminado todo esto. Dios ha recobrado su gran poder y ha entrado en posesión del reino que le tenían usurpado. Esta es la causa de que los veinticuatro ancianos entonen un himno de alabanza en el que cantan la intervención de Dios en el mundo con el fin de hacer triunfar definitivamente a su Iglesia. Dan gracias a Dios por esta suprema manifestación de su amor, de su gloria, y también de su justicia. En la fórmula el que es, el que era, se omite la frase complementaria ν el que vendrá 66, porque el reino de Dios ya está presente, o porque para el autor sagrado es tan cierto su establecimiento que lo da ya por realizado. Es lo que anunciaba el ángel del capítulo 10:7 acerca de la consumación del misterio de Dios. Se considera como realizado todo el contenido del libro de los siete sellos 67.
El himno de los veinticuatro ancianos no sólo canta el poder y la gloria de Dios, sino también su justicia, manifestada en contra de las naciones paganas. En el salmo 2, el mundo rebelde se levanta contra Yahvé y contra su Cristo. Pero Yahvé se ríe de estas bravatas de los pobres mortales, y, usando de su autoridad soberana, entroniza a su Hijo en Sión, dándole por heredad los confines todos de la tierra. El Apocalipsis también nos recuerda que las naciones se habían enfurecido contra la soberanía del Señor (v.18). Pero inmediatamente añade que llegó el tiempo de la ira justiciera de Dios contra ellas y el momento de devolverles lo merecido por las persecuciones desencadenadas contra la Iglesia y sus miembros. Por otra parte, es ya también hora de que sean juzgados los muertos, de que se dé la recompensa merecida a los profetas o predicadores del Evangelio, que tanto han trabajado por la causa de Dios, de que se premie a los santos que han muerto por Cristo, y a los que temen al Señor, sean pequeños o grandes. Los que temen al Señor son los que reverencian su nombre y observan sus mandamientos. De esta manera Dios cumplirá la justicia que le pedían las almas de los mártires 68. Y deshará a los que destruían la tierra santa, es decir, su Iglesia.
El autor sagrado parece aludir aquí a una lucha entablada entre la Iglesia y los enemigos de ella. Y, en efecto, en los capítulos 17-18, San Juan describirá el castigo de la Gran Prostituta (Roma), que corrompía la tierra. Después hablará del exterminio de los gentiles 69 y de su juicio 70. Todos estos sucesos son preanunciados en el v.18 del capítulo 11. Los vencedores en esta lucha están divididos en tres categorías: los profetas, que tuvieron gran importancia en la Iglesia primitiva; los santos, es decir, aquellos que sufrieron por el nombre de Jesús 71, y todos los que temen el nombre del Señor.
San Juan no alude en este pasaje al juicio final. Es muy posible que, siguiendo el ejemplo de los profetas, anuncie el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra, con un juicio previo contra aquellos que antes le hacían la guerra 72. En este juicio recibirán su premio todos aquellos que, en los tiempos pasados, fueron fieles a Dios y defendieron su causa, aun a costa de su sangre. La muerte de Cristo les abrió las puertas de la gloria. Con la implantación del reino de Dios en la tierra y con la perspectiva del triunfo de la Iglesia se termina esta sección profética del Apocalipsis. Los cristianos perseguidos han de regocijarse porque la victoria ya está al alcance de la mano.
La esperanza de triunfo de los fieles es corroborada por la apertura del templo de Dios, que está en el cielo, dejándose así ver el arca de la alianza (v.19). En adelante, Dios no estará separado de su pueblo, como sucedía en el Antiguo Testamento. Todos serán admitidos al "santo de los santos" del santuario celeste. De este modo se inaugura la vida de plena intimidad de los elegidos con Dios en el cielo. Esta es la nueva fase de triunfo inaugurada con la apertura del templo de Dios. El vidente de Patmos contempla en el cielo un templo semejante al que él había visto en Jerusalén, con su respectiva arca de la alianza. El arca de la alianza había sido el símbolo por excelencia de la presencia de Dios en medio de su pueblo y de la alianza entre Yahvé e Israel. También en el Apocalipsis el arca será el símbolo de la nueva alianza entre Dios y el nuevo Israel. Porque el arca es la imagen del Verbo de Dios, que "se hizo carne y habitó entre nosotros." 73 Según la tradición judía 74, el arca de la alianza volvería a aparecer cuando se restableciese el reino de Dios. El arca de la nueva alianza será prenda de una más estrecha vinculación de los fieles con Dios y de protección divina sobre su Iglesia.
Los relámpagos, rayos, temblores, granizo y voces son como las salvas con que la naturaleza saluda a su Señor al aparecer sobre la tierra para castigar a los enemigos de su Iglesia. Los signos que acompañan su aparición son semejantes a los que acompañaron la alianza del Sinaí. Las perturbaciones atmosféricas suelen acompañar a los momentos solemnes de alguna intervención de Dios en la historia, como si la tierra se hiciese eco de ella. El septenario de las trompetas termina como el septenario de los sellos 75, y, como sucederá con el septenario de las copas 76, con un terrible fragor de relámpagos, rayos, voces, granizo y temblores.
El v.19 forma como una transición entre la primera sección profética del Apocalipsis y la segunda. Y trata de explicar de qué manera se cumplió lo que se anuncia como la consumación del misterio de Dios y la llegada de su reino.
1 Ap 6:12-17. — 2 Ap 7:1-17- — 3 Ap 9:20-21. — 4 Ap 11:13. — 5 Ap 16:19; 17:18; 18:10. — 6 Ap 21:2.10; 22:19. — 7 Así la interpretan Victorino de Pettau y Andrés de Cesárea. — 8 Ez 40:3-42:18; cf. Zac 2:5-9. — 9 Is 34.li. — 10 Cf.2 Sam8:2. — 11 Ap 7:1-8. — 12 Ap6:9. — 13 Cf. A. Gelin, o.c. p.625; F. Vigouroux, Le Nouveau Testament et les découvertes at-chéologiques modernes (París 1907) 286. — 14 Ap 11:2. — 15 Ap 12:6. — 16 Ap 12:14. — 18 Dan 7:25; 12:7. — 19 Lc 4:25- — 20 Sant 5:17. — 21 Cf. 1 Re 18:1. — 22 Cf. S. Bartina, o.c. p.694· — 23 Cf. Mt 16:18. A propósito de la interpretación del c.n, cf. A. Feuillet, Essai d'inter-prétation du chapitren de l'Apocalypse: NTSt 3 (1957-1958) 183-200. — 24 Le 21:24. — 25 E. B. Allo, o.c. p.149. — 26 Tyconius dice que los dos Testigos es "ecclesia duobus testamentis praedicans et pro-phetans." — 27 Cf. Jn 8:17. — 28 H. B. Swete, The Apocalypse ofthe Sí. John (Londres 1909), en h.l.; E. B. Allo, o.c. p.157-161. — 29 Mt 17 3ss. — 30 Cf. 2 Grón 36:1355; Mt 23:2955. — 31 Cf. S. bartina, o.c. p.Ó99; J. Munck, Pefrus und Paulus in der Offenbarung Johannis. Ein Beitrag zur Auslegung der Apokalypse (Copenhague 1950) 126; D. Haugg, Die zwei Zeugen (Ap 11:2) (Münster 1936); O. J. R. A. Schwarz, Die zwei Zeugen: Kirche und Israel (Ap 11:3): Una Sancta, Hefte 15 (1960) 145-153. — 32 2 Re 1:10-12. — 33 Núm 16:25-35. — 34 Cf. Libro 4 Esdras 13:10-11; Ascensión de Isaías 4:18. — 35 Jer 5:14. — 36 Eclo 48:1. — 37 Mt 5:14-16. — 38 1 Re 17:1-2; 18:41-46; Eclo 48:3; Lc 4:25; Sant 5:17. — 39 Ex 7:19-25- — 40 Cf. Ap 13:7- — 41 Ap 11:11-12; 20:4. — 42 Cf. Ap 13:1.18; 17:8. — 43 Dan 7:1-21. — 44 Dan 7:7. — 45 Dan 7.8.19SS. — 46 Cf. M. García Cordero, o.c. p.122. — 47 El P. M. E. Boismard y otros autores suprimen, como una glosa inspirada tal vez en Mt 23:37, la frase donde su Señor fue crucificado, e identifican la gran ciudad con Roma. Gf. M. E. Boismard, L'Apocalypse, en La Sainte Bible dejérusalem p.54. — 48 Mt 23:37- — 49 Sab 19:14-15. — 50 Cf. Ap 16:19; 17:18; 18:10.16-19. — 51 Cf. Am 1-4; Is 13-23; Jer 46-51; Ez 25-32; Nah 1-3. — 52 Me 15:31-32. — 53 Ez 37:7-10. — 54 Ap 12:5; Act 1:9. — 55 2 Re 2:11. — 56 Ant. lud. 4:8:48. — 57 Jos. Flavio, Contra Apionem 1:22; Cf. Clemente Alejandrino, Stromata 6:15: PG 9.355SS. — 58 Ap 20:4. — 59 e. β. Allo, o.c. p.154. — 60 Mt 27:52; cf. Mc 15:33- — 61 Jl 2:2-32. — 62 Le 23:48. — 63 Ap 8:1. — 64 Ap 4:6-8. — 65 E. B. Allo, o.c. p.168. — 66 Gf. Ap 1:8; 4:8. — 67 Ap 5. — 68 Ap 6:9-10. — 69 Ap 20:7-10. — 70 Ap 20:13-15. — 71 Cf. Ap 14:5; 16:6; 18:20.24. — 72 Cf. Is 24:1ss; Zac 14:1ss. — 73 Jn 1:14. — 74 2 Mac 2:5-8. — 75 Ap 8:5 — 76 Ap 16:18.
Ejecución de los decretos del librito abierto, 12:1-22:5
En esta segunda sección profética se desarrollan las predicciones contenidas en el librito recibido por Juan en el capítulo 10:8-11. Todo es concebido desde el punto de vista de la Iglesia y de las luchas que ha tenido que sostener contra el Imperio romano, tipo del anticristo y de todos los poderes enemigos de Dios. El Dragón, es decir, el diablo, declara la guerra a la Iglesia sirviéndose de dos Bestias, que encarnan el poder de Roma y el sacerdocio pagano. Es la gran persecución de tres años y medio, que se terminará con el juicio de los perseguidores l y con la inauguración del reino milenario de Cristo 2. El ejército celestial, teniendo por capitán al Cordero, infligirá al anticristo una derrota completa. La visión del capítulo 20 viene como a resumir todo esto, mostrando que Cristo no ha dejado de reinar nunca desde su encarnación, incluso en medio de las terribles contingencias de su pasión y muerte.
Capitulo 12
Visión de la mujer y del dragón, 12:1-18
El capítulo 12 abre la última sección del libro a manera de grandioso prefacio. San Juan nos mostrará en él que es el odio de Satanás la causa principal de las persecuciones que el Imperio romano había desencadenado contra la Iglesia y sus fieles. Tocamos aquí el punto culminante del Apocalipsis, pues el capítulo 12 es central en este libro sagrado. Contiene una de las escenas más grandiosas del Apocalipsis, y prepara con algunas pinceladas las figuras principales que han de jugar un papel de primer orden en la última sección del libro. Este capítulo constituye el desarrollo del tercer ay! Se puede dividir — el capítulo 12 — en tres partes: la Mujer da a luz un Niño, 12:1-6; Miguel combate contra el Dragón y lo arroja del cielo, 12, 7-12; la Mujer en el desierto, 12:13-18.
La Mujer da a luz a un Niño, 12:1-6
1 Apareció en el cielo una señal grande, una Mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas, 2 y, estando encinta, gritaba con los dolores de parto y las ansias de parir. 3 Apareció en el cielo otra señal, y vi un gran Dragón, de color de fuego, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre la cabeza siete coronas. 4 Con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo, y los arrojó a la tierra. Se paró el Dragón delante de la Mujer, que estaba a punto de parir, para tragarse a su Hijo en cuanto le pariese. 5 Parió un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro, pero el Hijo fue arrebatado a Dios y a su trono. 6 La Mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios para que allí la alimentasen durante mil doscientos sesenta días.
El vidente de Patmos contempla en el cielo una señal grande. El cielo no es propiamente el escenario de la visión, cuyas fases se desarrollan sobre la tierra, sino que el cielo es más bien la pantalla sobre la cual se proyecta la señal. Esta señal es una mujer vestida de la luz del sol, con la luna por escabel de sus pies y una corona de doce estrellas (v.1). Esta descripción de la mujer con esos atributos radiantes indica su carácter supramundano, santo, puro 3. El resplandor de la Mujer, envuelta en el sol, da relieve a su grandeza y gloria extraordinarias. Este simbolismo era conocido de los judíos, los cuales se sirven de la imagen de la luz para expresar la gloria de Dios 4, e incluso emplean a veces ornamentos astrales para la representación glorificada de grandes personajes o de sublimes realidades. El Cantar de los Cantares también nos describe la esposa rodeada de luz: "¿Quién es esta que se alza como aurora, hermosa cual la luna, espléndida como el sol?" 5 Y el Testamento de Neftalí describe a judá con una imagen bastante parecida a la del Apocalipsis: "Judá se puso resplandeciente como la luna, y bajo sus pies había doce rayos" 6. Las doce estrellas designan muy probablemente las doce tribus de Israel. En esto coinciden hoy día casi todos los autores 7. Pero también pudieran designar los doce apóstoles 8. Esta imagen nos recuerda el pasaje del Génesis, en el cual se dice que José había visto en sueños que el sol, la luna y once estrellas le adoraban 9.
Los adornos siderales eran atribuidos también a varias divinidades paganas, como a Cibeles, a Isis y a Attis 10. Además, el culto de la diosa madre era muy floreciente en la provincia proconsular de Asia en tiempos de Juan. Por eso, la visión de "la Mujer-Iglesia pudiera muy bien ser — como dice A. Gelin — una réplica plástica de la diosa cuyo culto era necesario combatir." 11
No obstante la gloria celeste que circunda a esta Mujer extraordinaria, San Juan nos la presenta gritando por los dolores de parto y las ansias de parir (v.2). Estos detalles que nos da el autor sagrado son de capital importancia para individualizar a la misteriosa Mujer. ¿Quién es esa Mujer refulgente de gloria y de esplendor? La respuesta más sencilla para nosotros sería la de afirmar que esa Mujer es María, la Madre de Jesús, ya que en el v.5 se dice con bastante claridad que dio a luz al Mesías. Pero hay varias razones que parecen oponerse poderosamente a esta solución. En primer lugar se dice en nuestro pasaje que la Mujer gritaba en los dolores de parto. Ahora bien, la tradición enseña unánimemente que la Santísima Virgen dio a luz a Jesús de una manera virginal y sin dolor. En segundo lugar, el autor sagrado habla en el v.17 de los descendientes de la Mujer, o sea de otros hijos que habría tenido. Nosotros sabemos por los Evangelios, por la fe y la tradición que María fue siempre Virgen y tuvo un solo Hijo, Jesucristo. Estas razones tan evidentes obligaron a los intérpretes, ya desde antiguo, a buscar otras soluciones. Unos ven en la Mujer el símbolo de Israel; para otros sería la figura de la Iglesia. Y no faltan quienes vean en ella simbolizada de alguna manera a la Santísima Virgen.
Los que ven en la Mujer la representación de Israel se fundan en razones que, a nuestra manera de ver, son de mucho peso. Son muchos los lugares de los profetas del Antiguo Testamento en que Israel es representado bajo la figura de una mujer. Dejando aparte la esposa del Cantar de los Cantares, podemos descubrir esta personificación de Israel en Oseas 12, en Jeremías 13 y en Ezequiel 14. Este último nos presenta a las dos hermanas Oola y Ooliba, que representan a los dos reinos de Samaría y Judá 15. Los libros apócrifos siguen también la misma norma, como se puede ver en 4 Esdras 16. Y en el Nuevo Testamento encontramos estas mismas personificaciones 17. Por otra parte, la imagen de Sión en dolores de parto no era desconocida en el Antiguo Testamento. El profeta Miqueas exclama: "Te dueles y gimes, hija de Sión, como mujer en parto porque vas a salir ahora de la ciudad y morarás en los campos y llegarás hasta Babilonia" 18. Isaías nos presenta a los israelitas oprimidos que claman a Yahvé: "Como la mujer encinta cuando llega el parto se retuerce y grita en sus dolores, así estábamos nosotros lejos de ti, oh Yahvé!" 19 Y en otro lugar, el mismo profeta nos habla de la multiplicación de la nueva Jerusalén en estos términos: "Antes de ponerse de parto ha parido; antes de sentir los dolores dio a luz un hijo. ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio nunca tal? ¿Nace un pueblo en un día? Una nación, ¿nace toda de una vez? Pues Sión ha parido a sus hijos antes de sentir los dolores." 20
Además, el autor del Apocalipsis nos dice expresamente en el v.6 que la Mujer huyó al desierto, en donde fue alimentada por Dios hasta que desapareció el peligro de parte de sus enemigos. Por el libro del Éxodo sabemos que Israel huyó de Egipto al desierto del Sinaí, en donde fue alimentado por Dios con el maná caído del cielo hasta que se convirtió en un pueblo bien constituido, capaz de enfrentarse y resistir a los pueblos enemigos. De este paralelo evidente parece seguirse que la Mujer del Apocalipsis representa al pueblo de Dios personificado. Pero ¿qué pueblo es éste? ¿Es acaso el Israel de la Antigua Alianza o más bien el nuevo Israel, es decir, la Iglesia de Cristo? Creemos que la mujer de nuestro texto simboliza en primer lugar al Israel del Antiguo Testamento, del cual nació Jesucristo según la carne. Y en segundo lugar representa al nuevo Israel, o sea a la Iglesia, que será el blanco de todos los ataques del Dragón.
Por el ν. 17 se ve claramente que San Juan mira principalmente a la Iglesia cristiana, ya que presenta a la Mujer como Madre de todos los creyentes en Jesús. Sin embargo, es importante notar la continuidad existente entre el antiguo Israel de las promesas y el nuevo Israel, en el cual se realizaron esas promesas. Son, en efecto, dos fases distintas de una misma realidad, de una misma comunidad: forman una sola y única Iglesia a través de todas las edades. Es la Iglesia histórica que ha dado a luz al Mesías. Este alumbramiento ha sido preparado dolorosamente a través de toda la historia de Israel. Son los dolores de parto y las ansias de parir de que nos habla el Apocalipsis. Estos dolores no pueden referirse evidentemente al nacimiento feliz y virginal del Mesías en Belén. Victorino de Pettau (hacia el año 303) los interpreta de los sufrimientos de los justos del Antiguo Testamento: "Ella es la antigua Iglesia de los patriarcas y profetas, de los santos y de los apóstoles. Tuvo que soportar los gemidos y tormentos de sus anhelos hasta que Cristo, el fruto prometido de su pueblo según la carne, tomó cuerpo de esta misma raza" 21. Los dolores de que nos habla el autor del Apocalipsis tienen una significación simbólica. Según la tradición judía, recogida también en San Mateo 22 y presente en diversos lugares del Apocalipsis, grandes dolores y sufrimientos de Israel, que son comparados con los dolores de parto, habían de preceder la venida del Mesías 23. Los mismos profetas solían anunciar la venida del Mesías en los momentos de las grandes tribulaciones sufridas por el pueblo de Dios. Yahvé sometía el pueblo a dura penitencia en castigo de sus prevaricaciones. Pero cuando mayor era la tribulación y más lejanas las esperanzas humanas de remedio, más fundada se presentaba la esperanza de la salud mesiánica. El nacimiento del Mesías prometido a Israel tendría lugar en los mayores aprietos de la nación. Vendría acompañado de graves dolores de parto. San Pablo nos habla también de estos dolores al fin de los tiempos, antes de la salud definitiva 24. En los libros apócrifos y en la literatura rabínica se ponderan sobremanera los "dolores del alumbramiento del Mesías" 25. Estos dolores serían tan graves, que algunos preferirían renunciar incluso a los bienes me-siánicos por no experimentar calamidades tan terribles 26.
Tal es, sin duda, el sentido de nuestro texto, expresado en estilo muy conforme con el de los antiguos profetas y muy ajustado al lenguaje apocalíptico. El Mesías había de nacer de la nación santa en los momentos de mayor angustia. Por consiguiente, la Mujer del Apocalipsis es la personificación de la Iglesia en sus diversas fases. Primero, en su estadio imperfecto del Antiguo Testamento, y después, en su estadio perfecto del Nuevo Testamento. Uno constituye el perfeccionamiento y la coronación del otro. Porque no hay más que una Iglesia, que ha venido desarrollándose a través dé los siglos.
Por el hecho de ser esta Mujer, tan maravillosamente adornada, la Madre del Mesías (ν.5) ha habido muchos autores antiguos y modernos que la identifican con la Virgen María, de quien, en efecto, nació el Salvador. Esta interpretación se puede justificar si tenemos en cuenta que el sentido histórico no agota la riqueza de la Sagrada Escritura tal como nos enseñan a leerla los Santos Padres y la Iglesia. En un sentido literal acomodaticio se puede aplicar este texto a la Santísima Virgen María, Madre del Mesías y de todos los cristianos, siguiendo a San Agustín 27 y a San Bernardo 28. San Pablo, escribiendo a los romanos, contrapone Cristo a Adán en estos términos: "La muerte reinó desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no habían pecado, como pecó Adán, que es tipo del que había de venir. Mas no fue el don como la transgresión. Pues si por la transgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la gracia de Dios y el don gratuito, consistente en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos. Y no fue el don lo que fue la obra de un solo pecador, pues por el pecado de uno solo vino el juicio para condenación; mas el don, después de muchas transgresiones, acabó en justificación." 29 Esta misma contraposición es desarrollada por el Apóstol en 1 Cor 15:45-49. Pues esta contraposición entre Adán y Cristo llevó a los Santos Padres a otra, la de Eva y María, que suelen desarrollarla haciendo ver la parte que tomó María en la obra de la redención. Es la aplicación del principio de analogía, que tanto valor tiene en la ciencia teológica.
Pues bien, entre la Mujer del Apocalipsis, el pueblo elegido, la descendencia de Abraham según la fe, de la que salió el Mesías y María, originaria del pueblo electo que le dio a luz, hay una analogía evidente. Si el Apóstol de los Gentiles pudo contar entre las glorias de Israel el que de él procediese Cristo 30, mucho más se puede esto decir de la Madre que le dio a luz, y que por esto mereció el título de Madre de Dios. De igual modo, si el Apóstol dice de Israel, de la descendencia de Abraham según la fe, que es nuestra madre 31, mucho mejor se puede dar este nombre a la que engendró a Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, primogénito entre muchos hermanos 32, por quien nosotros hemos recibido la dignidad dé hijos de Dios 33.
Todo esto y mucho más lo conocía San Juan. Por eso es muy posible que el vidente de Patmos aluda de algún modo, en esta visión del Ap 12, a la Santísima Virgen María. El, que conocía a María, la Madre de Jesús; que la había recibido como madre suya en el Calvario, que había cumplido con ella los deberes de un buen hijo, no podía menos de pensar en ella cuando nos habla del nacimiento del Mesías. La liturgia de la Iglesia también entiende esta visión de la Virgen María. A esta aplicación no se opone el que en nuestro texto se hable de los do I ores de parto de la Mujer, ya que esto se podría entender de la compasión de María 34. En estos últimos tiempos se ha escrito mucho sobre el sentido mariano de esta visión del Apocalipsis 35. Los defensores del sentido mariológico ven en la descendencia de la Mujer del v.17, significada la maternidad espiritual de María, que también engendra a los que creen en Jesús 36.
Como contraposición a la imagen radiante de luz de la Mujer, que simboliza a la Iglesia, San Juan contempla un nuevo prodigio: ve en el cielo un gran Dragón de color de fuego, con siete cabezas, diez cuernos y siete coronas (ν.3). Este Dragón representa los poderes del mal, que se levantan contra la Iglesia de Cristo con el propósito de destruirla. Según el v.8, el Dragón es Satanás, la antigua serpiente Π', por medio de la cual el diablo tentó a Eva. Aquí no persigue a Eva, sino a la Mujer ideal, al Israel de Dios. En el Antiguo Testamento se habla frecuentemente de un monstruo marino 38, que es designado con los nombres de Leviatán, Behemot y Rahab, el cual simboliza las fuerzas enemigas de Dios. El Dragón que aparece en nuestro texto del Apocalipsis es semejante a la Bestia de Ap 13:1 y 17:3. Sin embargo, aquí las cabezas y los cuernos del Dragón no parecen tener el significado preciso que tienen los de la Bestia. Los diez cuernos y las siete coronas del Dragón son símbolos de su poder. Estos elementos están tomados del libro de Daniel 39, en donde los diez cuernos designan a diez reyes de la dinastía de los seléucidas. Las siete cabezas, como las de la hidra de la fábula y las del basilisco de siete cabezas, significan su resistencia a la muerte. Las coronas que adornan las siete cabezas significan su gran poder, ejercido por medio de otros tantos reyes. El Dragón tiene coronas porque es el Principe de este mundo 40, y como tal se presenta a Jesús en el desierto para tentarle 41. Las tentaciones de Jesús constituyen un indicio de la lucha sorda y continua que el demonio mantiene contra Dios a través de los siglos. La historia de la humanidad está sembrada de hechos y sucesos que manifiestan bien claramente la lucha entablada desde el principio entre el bien y el mal. El Apocalipsis dramatiza sobremanera esta lucha entre las fuerzas del bien y las del mal, entre Jesucristo y Satanás, que terminará con el triunfo total y definitivo de Cristo.
San Juan nos indica la fuerza maléfica y formidable del Dragón al afirmar que con su cola arrastró la tercera parte de los astros y los arrojó a la tierra (v.4). También en el libro de Daniel se nos habla de un "pequeño cuerno" que creció mucho hacia los cuatro puntos cardinales, "engrandeciéndose hasta llegar al ejército de los cielos, y echó a tierra estrellas y las holló." 42 El profeta Daniel se refiere a Antíoco IV Epífanes, que con su persecución religiosa contra el judaísmo logró la defección de relevantes personajes de la nación hebrea y profanó el templo y todo lo más sagrado de la religión de Yahvé 43. Por eso no sería de extrañar que el autor del Apocalipsis aludiese a la apostasía de altos representantes de la Iglesia de Cristo durante las persecuciones entonces desencadenadas. Sin embargo, según un simbolismo conocido en la literatura apocalíptica 44, las estrellas que caen del cielo representan a los ángeles prevaricadores. Con su poder de persuasión, el Dragón arrastra en pos de sí una buena porción de los ángeles del cielo, y con el mismo poder arrastrará también a muchísimos hombres, como arrastró a nuestros primeros padres en el paraíso.
El Dragón, que había aparecido en el cielo arrastrando a la tercera parte de las estrellas, se para delante de la Mujer, que estaba a punto de dar a luz, para tragarse a su Hijo. La actitud del Dragón nos indica claramente que lo que intenta es acabar con el reino de Dios dando muerte a su fundador. Se da cuenta que el que va a nacer es el Mesías, el cual viene a implantar el reino de Dios en este mundo con el fin de acabar con el imperio del mal. La historia evangélica nos muestra con toda claridad que el demonio atentó desde el principio contra la vida de Jesús y se esforzó por deshacer su obra. A inspiración diabólica obedecían los conatos de Heredes para dar muerte a Jesús recién nacido y, especialmente las tentaciones del desierto con el propósito de anular la misión mesiánica de Jesucristo. Pero, sobre todo, la escena que nos describe el Apocalipsis alude a los esfuerzos de los judíos, estimulados por el demonio 45, para dar muerte a nuestro Señor y acabar con su obra. También podemos ver aquí implícitamente indicados los lazos que el diablo tenderá a todos los cristianos para hacerlos caer, porque la idea del Cristo místico está presente en este relato al lado de la del Cristo personal 46.
El Hijo que nace de la Mujer es caracterizado empleando unas palabras del salmo 2:9: Parió un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de hierro (v.5). Esta cita de un salmo mesiánico indica claramente que San Juan identifica este Niño varón con el Mesías, es decir, con Jesucristo, considerado tanto en su realidad histórica como mística en los cristianos. El Mesías, según el Antiguo
Testamento, había de apacentar, como soberano y dominador, a Israel y a todas las naciones. Sería como el lugarteniente de Yahvé, que trataría con cetro autoritario y poderoso, o sea con dureza, a los que se sublevasen contra él. La Mujer que le da a luz representa al pueblo elegido, que, en medio de grandes dificultades y crisis de todo género, ha logrado alumbrar al Mesías.
El Dragón no pudo devorar al Niño recién nacido porque fue arrebatado a Dios y a su trono. El autor sagrado alude, sin duda, a la ascensión de Cristo y a su triunfo, que provocará la caída del Dragón. Jesucristo, por su gloriosa ascensión, subió al cielo y ahora reina al lado de Dios Padre por los siglos de los siglos. San Juan pasa de repente del nacimiento de Cristo a su ascensión prescindiendo de todos los hechos de la vida terrestre de Jesús, de su pasión y resurrección. Esto no significa que desconozca esos hechos, a los cuales alude en el ν. 11 y en todo el Apocalipsis 47, sino que pretende mostrar la impotencia de Satanás ante el poder omnipotente de Dios y de su Hijo. San Juan, incluso en su evangelio, pasó por alto la infancia y la juventud de Jesús. Lo que aquí interesa al autor sagrado es la continuación de la lucha entre el Dragón y el Niño, representado en sus seguidores. Cristo es el primogénito de muchos hermanos 48 que habían de seguir su misma suerte, dolorosa primero, gloriosa después. Jesucristo es el capitán que dirige los escuadrones de sus seguidores contra las fuerzas de Satanás. La lucha continuará mientras dure el mundo. Pero el Dragón se verá impotente para resistir al ímpetu del ejército celestial. Desfogará su rabia, como la desfoga en nuestro pasaje, ante su impotencia frente a Jesucristo y a la Mujer que lo ha engendrado. El establecimiento de la Iglesia en este mundo exaspera a Satanás, que se da a perseguirla por todos los medios a su alcance.
La Mujer tuvo que huir al desierto (v.6) para librarse de los ataques del Dragón. Es una anticipación de la huida, de la cual se volverá a hablar en los v.13-iy. ¿Qué significa la huida de esta Mujer al desierto para escapar a las acometidas del Dragón? Ante todo hemos de tener presente que el desierto es el refugio tradicional de los perseguidos en el Antiguo Testamento 49. Además, San Juan sabía perfectamente que en el desierto halló Israel un refugio contra la persecución de los egipcios y en el desierto fue alimentado por Dios con el maná. En Oseas se dice que Dios llevará a su pueblo al desierto y que allí le hablará al corazón. Este desierto 50 no es otro que el retiro del mundo — en el cual reina el Dragón, Satanás — para vivir la vida escondida con Cristo en Dios. En este desierto, la Iglesia de Jesucristo será preservada de la contaminación pagana y podrá llevar una vida espiritual más profunda, de mayor concentración e intimidad con Dios. Y allí, en aquel retiro íntimo con Dios, los cristianos serán alimentados con el agua milagrosa de la palabra divina y con el pan bajado del cielo que es la Eucaristía, figurada por el maná 51. Así interpretan este pasaje Primasio, Andrés de Cesárea y San Beda.
Narra Eusebio que, al estallar la guerra judía de los años 66-70 d.C. y antes que Tito sitiase Jerusalén, los fieles cristianos de esta ciudad, en virtud de una revelación divina, se retiraron el año 67 a Pella, en TransJordania, escapando así a los estragos de la guerra 52. No hay inconveniente en admitir que este hecho haya podido sugerir a San Juan esta imagen de la huida al desierto, aunque TransJordania estaba muy lejos de ser un desierto en aquella época.
La permanencia de la Mujer en el desierto durará mil doscientos sesenta días, es decir, tres años y medio, o, en términos apocalípticos, media semana de años. Este período de tiempo representa todo el tiempo que ha de durar la persecución, sea el que fuere. Es una cifra que nos es conocida por Daniel, en donde es equivalente al tiempo que ha de durar la abominación de la desolación del templo de Jerusalén 53 llevada a cabo por Antíoco IV Epífanes. El tiempo que durarán las persecuciones del Dragón contra la Mujer y sus hijos los cristianos será de media semana de años, cifra simbólica, cuyo valor real sólo Dios conoce 54. Después de estas persecuciones llegará la victoria definitiva de Cristo 55 y el reino de la paz.
La Mujer, huida al desierto, es sustentada por Dios durante todo el tiempo que dure la persecución, o sea, por espacio de tres años y medio. Hay evidentemente aquí una clara alusión a Israel, alimentado en el desierto por el maná que Dios le envió 56. Y posiblemente también se refiera al sustento milagroso con el que Dios fortaleció al profeta Elías para que pudiese caminar y llegar al monte Horeb 57. El autor del Apocalipsis suele servirse de hechos y pasajes del Antiguo Testamento para expresar e ilustrar realidades mucho más elevadas del Nuevo Testamento. En esto sigue la misma concepción de San Pablo, para el cual las realidades del Antiguo Testamento eran figuras de otras realidades superiores del Nuevo Testamento.
Miguel combate contra el Dragón y lo arroja del cielo, 12:7-12
7 Hubo una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el Dragón, 8 y peleó el Dragón y sus ángeles, y no pudieron triunfar ni fue hallado su lugar en el cielo. 9 Fue arrojado el Dragón grande, la antigua serpiente, llamada diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra, y fue precipitado en la tierra, y sus ángeles fueron con él precipitados. 10 Oí una gran voz en el cielo que decía: Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche. 11 Pero ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio, y menospreciaron su vida hasta morir. 12 Por eso, regocijaos, cielos y todos los que moráis en ellos. ¡Ay de la tierra y de la mar! porque descendió el diablo a vosotras animado de gran furor por cuanto sabe que le queda poco tiempo.
Como preámbulo a las luchas que el Dragón entablará contra los fieles de Cristo, San Juan nos describe una batalla que tiene lugar en el cielo. Los ángeles buenos se enfrentan con los espíritus reprobos, logrando la victoria sobre éstos. Al frente del ejército de los ángeles buenos está Miguel 58. La victoria conseguida por Miguel y los suyos es la victoria de Jesucristo, de la que nos hablan los Evangelios. Jesús, aludiendo a la derrota que infligiría al demonio muriendo sobre la cruz, se expresa en estos términos: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera" 59. Y en otra circunstancia decía el mismo Cristo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo" 60. La expulsión de los malos espíritus de los endemoniados era una victoria sobre el príncipe de las tinieblas y un retroceso de su imperio ante el avance del reino de Dios 61. Los cristianos vencerán al demonio por la virtud de Jesucristo, pues Jesús forma un todo con sus fieles. Las persecuciones que El sufrió de parte del mundo y de su príncipe Satanás continuarán contra los suyos, porque el discípulo no puede ser de mejor condición que el maestro 62. Pero la victoria alcanzada por Jesús beneficiará a los suyos, los cuales, con la fuerza del Maestro, serán también vencedores.
El cielo atmosférico es la morada de las potestades aéreas según la concepción antigua 63. En él es donde tiene lugar la batalla entre las legiones del Padre celestial 64 y las de Satanás (v.4). Miguel, el protector del pueblo de Israel en Daniel 65, se convierte en el Apocalipsis en el protector del Israel de Dios, es decir, de la Iglesia de Jesucristo. Es ésta la única vez en todo el Apocalipsis que se da el nombre de un ángel. Miguel es el caudillo de los ejércitos celestiales que pelean contra las fuerzas del Dragón. La batalla que se entabla entre ambos bandos parece como si fuera ocasionada por la ascensión de Cristo al cielo. Jesucristo, sentado en el trono de Dios, recibe de éste la soberanía sobre toda la creación. Satanás y los suyos no quieren aceptarla. Y entonces Cristo, obrando como rey, lanza contra el Dragón el ejército angélico, poniéndole en fuga. Esta desbandada simboliza la derrota de las fuerzas diabólicas por la cruz de Cristo. Las fuerzas del Dragón con su jefe son arrojadas a la tierra, teniendo que abandonar su propia morada del cielo (v.8). Pero en la tierra no dejarán de seguir la lucha, que habían comenzado con tan felices resultados en el paraíso terrenal. San Juan, al hablar de la derrota del Dragón y de su precipitación sobre la tierra, tal vez se inspire en Henoc eslavo, el cual, hablando de los ángeles caídos, dice: "Uno que era extraño a los coros de ángeles. concibió un plan imposible: quiso colocar su trono más alto que las nubes por encima de la tierra con el fin de poder llegar a ser igual en rango a mi poder. Y entonces yo lo arrojé de las alturas junto con sus ángeles, y permaneció volando continuamente en el aire sobre el insondable." 66 Esta concepción parece haber sido la que aceptó en general la teología judía contemporánea 67. También en el Nuevo Testamento la 2 Pe 2:4 y Jds 6 hablan claramente de la caída de Satanás y de sus ángeles al infierno, considerándolo como un hecho pasado ya muy lejano. Para el autor del Apocalipsis, el descalabro sufrido por el demonio y su caída del cielo tuvo lugar principalmente cuando Jesús triunfó de la muerte en la cruz. Desde entonces, el poder del demonio quedó destruido y su actividad fue grandemente limitada y reducida.
El Dragón es identificado claramente en el v.8. Es la antigua serpiente del Génesis 3:1-5, o sea el demonio bajo la forma animal, enemigo de Dios y de la humanidad. La identificación de la serpiente con Satán es también claramente afirmada en el libro de la Sabiduría: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo" 68. El Dragón es llamado también Diablo y Satanás. El nombre hebreo Satán, que los LXX traducen por Diablo, significa propiamente el acusador, el adversario 69. Es el seductor del capítulo 3 del Génesis, que extravia a toda la redondez de la tierra. Antes de que Cristo triunfase del demonio por la cruz, Satanás gozaba de cierto derecho de acusador de los hombres delante de Dios por haberse hecho sus esclavos mediante el pecado 70. Pero después del triunfo de Cristo sobre el Calvario, el demonio ha quedado derrotado y ha sido arrojado fuera. En adelante ya no tendrá ningún derecho sobre los redimidos por la sangre de Jesucristo.
La derrota decisiva del Dragón provoca una gran alegría en el cielo. Los ángeles o bien las almas de los primeros mártires 71 entonan un cántico de alabanza a Dios y a Cristo (v.10). Porque la victoria de Miguel es en realidad la victoria de Jesucristo. La doxología está inspirada en las aclamaciones imperiales, tan en boga en la época en que escribía San Juan. Los que la cantan son los ángeles o tal vez los mártires. Si fueran estos últimos, se explicaría bien que llamaran hermanos a los fieles que aún vivían en la tierra, cuyo triunfo futuro se considera tan seguro, que se presenta como ya realizado 72. Con la derrota del Dragón llega la salvación para todos los que quieran seguir las huellas de Cristo. Y se manifiesta el poder irresistible de Dios, que nadie puede detener, y el reino que ejerce sobre toda la creación sin trabas de ninguna clase. Al mismo tiempo, la autoridad de Cristo sobre el mundo y sobre la Iglesia será reconocida por la humanidad entera.
Los santos cantan el himno de alabanza porque fue precipitado del cielo el acusador que los acusaba delante de Dios constantemente. Esta victoria la han conseguido por la virtud de la sangre del Cordero, que fue derramada por todos, y también por sus propios sufrimientos, al dar testimonio de Cristo con su vida (v.11). Lo que en realidad venció al Dragón fue la cruz de Cristo, y los seguidores de Cristo le vencerán siendo fieles a su Maestro hasta la muerte si fuere preciso. El triunfo del pecado y la salvación eterna por la sangre de Cristo sólo se obtienen por la fidelidad al mensaje de Jesús llevada hasta sus últimas consecuencias.
La victoria de los ejércitos celestiales debe ser motivo de regocijo tanto en el cielo como en la tierra, porque en ambos repercutirá el triunfo favorablemente. Estos cantos de victoria se repiten con frecuencia en todo el resto del libro, porque el autor sagrado quiere fortalecer con ellos el ánimo de los fieles con la esperanza del triunfo. Aquí termina — como sucede con todos los cánticos celestes del Apocalipsis — un pasaje que sirve como de primer acto al segundo bosquejo del drama indicado en el v.6. Es una especie de introducción a lo que sigue, lo mismo que la visión de los sellos, la proclamación del águila en Ap 8:13 y el cántico de los ángeles antes de las copas, Ap 15. El autor sagrado se mueve siempre en el mismo cuadro 73.
El furor del Diablo crece con la derrota tanto más cuanto que sabe le queda poco tiempo para perseguir y hacer daño a la Iglesia de Cristo (v.1a). San Juan, a imitación de los profetas, consideraba como muy próxima la victoria definitiva de Cristo, el fin de las persecuciones y la implantación de su reino de paz sobre la tierra. La lucha durará solamente tres años y medio según la cronología del vidente de Patmos. El tiempo de que dispone el Dragón para hacer daño a los seguidores de Cristo es, pues, muy corto en comparación con la eternidad del triunfo de Jesucristo y de todos los bienaventurados 74. Pero la tierra y el mar tendrán que sufrir todavía de los perseguidores de Cristo y de su Iglesia, que, como instrumentos del Dragón, se opondrán con todas sus fuerzas a su implantación en este mundo. El furor de Satanás alcanzará a todos los moradores de la tierra, pero de modo muy diverso. Los idólatras quedarán esclavizados por el diablo y sometidos a los efectos de la justicia divina. Los fieles, en cambio, aunque en apariencia vencidos, conseguirán la victoria bien por medio del martirio o bien por el mérito de las tribulaciones sufridas. El Dragón perseguirá a la Iglesia e inducirá a los hombres a la apostasía. En esta tarea será ayudado por dos Bestias, que provendrán una del mar y la otra de la tierra. Son los últimos asaltos del demonio, que anuncian el tercer ¡ay! el cual abarca todo el resto del Apocalipsis hasta la completa victoria sobre Satán en el capítulo 19.
La Mujer en el desierto, 12:13-18
13 Cuando el dragón se vio precipitado en la tierra, se dio a perseguir a la mujer que había parido al Hijo varón. 14 Pero friéronle dadas a la mujer dos alas de águila grande, para que volase al desierto, a su lugar, donde es alimentada por un tiempo y dos tiempos y medio tiempo, lejos de la vista de la serpiente. 15 La serpiente arrojó de su boca, detrás de la mujer, como un río de agua para hacer que el río la arrastrase. 16 Pero la tierra vino en ayuda de la mujer, y abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había arrojado de su boca. 17 Se enfureció el dragón contra la mujer, y fuese a hacer la guerra contra el resto de su descendencia, contra los que guardan los preceptos de Dios y tienen el testimonio de Jesús. 18 Se apostó sobre la playa del mar.
Los v.13-14 desarrollan el pensamiento del v.6. El Dragón, al sentirse derrotado y humillado por el ejército de Jesucristo, se revuelve con mayor rabia contra la Mujer. Pero Dios acude en ayuda de la Mujer, y para que pueda huir de las acometidas del Dragón se le dan dos grandes alas. Las alas — figura o metáfora muy conocida en la apocalíptica judía — simbolizan la rapidez y el poderoso auxilio divino dado a la Mujer para que pueda huir al desierto 75. En el Pentateuco se dice que Dios transportó sobre sus alas a Israel desde Egipto al desierto 76. Y el profeta Ezequiel compara a Nabu-codonosor, que lleva cautivo al rey de Judá a Babilonia, a un águila poderosa 77. El lugar donde ha de refugiarse la Mujer es el desierto, que, como ya hemos visto, era el refugio tradicional de todos los perseguidos. A él huyó el profeta Elias 78, a él huyeron los Hasidim 79 y a él se retiraron también los miembros de la comunidad de Qum-rán 80. La duración de este retiro de la Mujer en el desierto es siempre la misma, aunque expresada en forma nueva: un tiempo y dos tiempos y medio tiempo (v.14). Es decir, tres años y medio, que es la duración simbólica de toda persecución 81. En el desierto no hay elementos de vida, pero Dios se encargará de alimentar a la Mujer como alimentó a Israel con el maná y con el agua milagrosa.
No pudiendo el Dragón dar alcance a la Mujer, que se retira al desierto con la velocidad del águila, recurre a un subterfugio: arroja de su boca como un río de agua para que arrastre a la Mujer (v.15). Es muy posible que San Juan piense aquí en algún monstruo acuático, como el Leviatán, o en el cocodrilo o la ballena, que lanzan borbotones de agua al aire 82. El río de agua que el Dragón arroja contra la Mujer simboliza las calamidades y persecuciones que Satanás desencadenará contra la Iglesia para destruirla. En los Salmos y en los Profetas, las persecuciones y tribulaciones que sufren los justos se hallan expresadas a veces por las muchas aguas, que amenazan anegarlos 83. Tal parece ser el origen de esta imagen.
Algunos autores consideran como probable que San Juan utilice aquí elementos de un mito griego, como el de Latona, que, a punto de dar a luz a Apolo, es perseguida por la serpiente Pitón. Latona huye entonces a la isla Ortigia, en donde da a luz a Apolo sin que se dé cuenta Pitón. Después Apolo matará a la serpiente Pitón 84. Desde el punto de vista de la inspiración e inenarrancia de la Sagrada Escritura, no existe inconveniente alguno en admitir que el autor del Apocalipsis se haya servido de la leyenda griega para su composición escenográfica.
No obstante las artimañas del Dragón para impedir la huida de la Mujer, Dios vela sobre ella, pues el que le había preparado un retiro en el desierto no había de abandonarla en este lance (v.16). Con este fin hace que la tierra se convierta en auxiliar de la Mujer perseguida: la tierra sedienta, a semejanza de los torrentes o wadis resecos de Palestina, se traga totalmente la impetuosa torrentera. El autor sagrado quiere simbolizar con esta imagen las persecuciones del mal contra la Iglesia, semejantes a aguas desbordadas 85. Pero Dios siempre vendrá en ayuda de los suyos, concediéndoles al fin la victoria sobre todos sus enemigos. Los lectores del Apocalipsis debían ver aquí una prueba de la protección divina sobre ellos en las persecuciones que sufrían.
El Dragón, sin embargo, no se da por vencido. Ante el fracaso sufrido en el intento de abatir a Cristo y a la Mujer que lo había engendrado, desfoga su rabia dándose a perseguir a la descendencia de la Mujer (v.17). Las acometidas del Dragón no se dirigen contra los paganos, que son suyos, sino contra los fieles de Jesucristo, contra aquellos que guardan los preceptos de Dios y se mantienen firmes en la fe dando testimonio de Jesús con su vida o con su sangre. Esto último era propio de los confesores de la fe, a quienes la Iglesia dio el nombre de mártires, de testigos de Jesucristo. El martirio es la más alta manifestación de fidelidad a Cristo y a su mensaje de salvación 86. El Dragón hace la guerra a todos los hermanos de Jesús, a toda la Iglesia considerada bajo dos aspectos diferentes: en cuanto conjunto y en sus miembros. Mientras que la Iglesia, la sociedad cristiana, en su esencia es indefectible, sus miembros individuales permanecen expuestos a las persecuciones del demonio. Contra éstos dirige Satanás principalmente sus asaltos.
Las diferencias entre judíos y gentiles que habían preocupado a los apóstoles en el concilio de Jerusalén ya no existían en los días en que San Juan escribía el Apocalipsis. Al menos no aparece reflejada dicha oposición en nuestro libro.
El Dragón, burlado e impotente para herir a la Mujer y a su descendencia, excogita una alianza que le será de gran ayuda para continuar la guerra contra los cristianos. Con este propósito se apostó en la playa del mar (v.18) 87 mirando hacia occidente, hacia Roma, de donde le vendría la ayuda deseada para proseguir la lucha. Y, en efecto, del mar surgirá la Bestia, en la que se encarnará el Dragón para continuar su guerra a muerte contra la Iglesia.
El fin que se propone el Apocalipsis es transmitir a los cristianos atribulados un mensaje de esperanza, alentándolos para que soportasen con fortaleza y constancia las persecuciones que los amenazaban. Esta es la razón de que el autor sagrado inculque constantemente a sus lectores la seguridad del triunfo definitivo de Cristo sobre los poderes del mal. Es la misma finalidad que se percibe en todas las escenas del capítulo 12.
1 Ap 14:6-20:2. — 2 Ap 20:3-6. — 3 Cf. Ap 1:9-16; 10:1-4. — 4 Sal 104:2; Ez 1:265. — 5 Cant 6:10. — 6 Testamento de Neftalí 5:5. — 7 Ap 7:4-8; 21:12. — 8 Cf. Ap 21:14. — 9 Gen 37:9-10. — 10 Cf. Daremberg-Saglio, Dict. des antiquités, art. Cibeles, Isis, Attis; F. Cumont, Les religions orientales dans le paganisme romain (París 1929) plancha IV. — 11 A. Gelin, o.c. p.629; P. Touilleux, o.c. p.123-131. — 12 Os 2:19-20. — 13 Jer 3:6-10. — 14 Ez 16:22. — 17 Gal 4:265; Heb 11:10; 12:22; 13:14; Ap 19:8; 21:11. — 18 Miq 4:10. — 19 Is 26:17. — 15 16:2-58. — 16 Libro 4 Esrfr. 9:38-10:59. — 20 Is 66:7-8. — 21 Victorino De Pettau, Scholia in Ap. Beati loannis, h.l.: PL 5:336. — 22 Mt24:8. — 23 Dom M Guiu Camps, o.c. p.soo. — 24 1 Tes 5:3- — 25 Libro 4 Esdr, 16:39-40. — 26 Cf. M. J. Lagrange, Le Messianisme chez les juifs (150 av. J.C. a 200 ap. J.C.) (París 1909) p.iSóss. — 27 San Agustín, De symbolo ad catechumenos 4:1: PL 40:655-656. — 28 San Bernardo, Sermones de B. Virgine: PL 184:1020. — 29 Rom 5:14-16. — 30 Rom 3,iss. — 31 Gal 4:26. — 32 Rom 8:29. — 33 1 Jn 2:29. — 34 Cf. Lc 2:35- — 35 Cf. J. M. Bover, El capítulo 12 del Apocalipsis y el 0.3 del Génesis: EstEcl i (1922) 319-336; T. Gallus, Scholion ad mulierem Apokalypseos 12:1: VD 30 (1952) 332-340; B. J. Le Frois, The Woman Clothed with the Sun (Ap 12). Individual or Collective? An Exegetical Study (Roma 1954); P. Bellet, La visión simbólica de la Mujer en el Apocalipsis: CultBib n (19S4) 346-351; Carlos De Villapadierna, La mujer del Apocalipsis 12, ¿es la Virgen María?: CultBib n (1954) 336-345; A. Colunga, La mujer del Apocalipsis (11:19-12:18): Sal 1 (1954) 675-687; J. Giblet, Mulier amicta solé iuxta Ap 12: CollectaneaMechlinensia 24 (1954) 724-726; F. M. Braun, La Femme et le Dragón: BiViChr 7 (1954) 63-72; La Femme vétue de soleil (Ap 12). Etat du probléme: RT 55 (1955) 639-669; L. Cerfaux, La visión de la Femme et du Dragón de l'Apocalypse en rélation avec le Protévangile: Ethl 3 r (1955) 7-33; P. Gaech) Ter, Zur Vision vom sonnenbekleideten Weibe (Ap 12): Natalitium C. Jax i (Innsbruk 1955: 85-88; A. Romeo, La Donna ravvolta dal solé, Madre di Cristo e dei cristiani nel Cielo (Ap 12) Acta Congr. Mariologici-Mariani III (Roma 1955) 216-58; A. M. Dubarle, La Femme couron-née d'étoiles (Ap 12): Mélanges Bibliques redigés en l'honneur de A. Robert (París 1957) 512-518; M. Peinador, Estudio sintético-comparativo de textos que fundamentan las revelaciones entre María y la Iglesia: EstMar 18 (1957) 127-155; A. Trabucco, La Donna ravvolta di solé: Mar 19 (1957) 1-58.289-334; A. Feuillet, Le Messie et sa Mere, d'aprés le chap. 12 de VAp: RB 66 (1959) 55-86; S. Lyonnet, María Santissima nell'Apocalisse: Tabor 27 (1959) 213-222; J. Michl, Die Deutung der apokalyptischen Frau in der Gegenwart: BZ 3 (1959) 301 -310; P. Prigent, Apocalypse 12. Histoire de l'exégése (Tubinga 1959); M. Peinador, Eí problema de María y la Iglesia.: EstMar 10 (1960) 161-194; CultBib (1960) 17755; S. Bartina, Apocalipsis de San Juan, en La Sagrada Escritura. Nuevo Testam. III p.710-713. — 35 Cf. Jn 19:25-27. — 37 Gen 3:1-19. — 38 Is 27:1; 51:95 Jer 51:34; Ez 29:3-6; Job 3:8; 7:12; 40:20-41; 25; Sal 74:14; 104:26. — 39 Dan 7:7; 8:9-10. La Pistis Sofía 66, habla de un basilisco de siete cabezas. — 40 Cf. Jn 12:31;14:30; 16:11; Ef 2:2. — 41 Mt 4:8-9; Lc 4:5-7. — 42 Dan 8:9-10. — 43 Cf. 1 Mac 2:7-13. — 44 Cf. Libro de Henoc 86:1-3. — 45 Lc 23:2.23 — 46 Cf. E. B. Allo, o.c. p.150. — 47 Gf. Ap 1:5.18; 2:8; 5:6-12. — 48 Rom 8:29; Col 1:15. — 49 Gf. i Re 17:2ss; ig,3ss; i Mac 2:29-30. El desierto es el lugar tradicional de la vida religiosa profunda y en donde Dios se comunica más íntimamente al alma. Los profetas sentían nostalgia de la vida del desierto al contemplar la corrupción de costumbres de las ciudades (Os 2:16-17; Jer 2:2-3; 31:2-3). Esto explica que las almas sedientas de una mayor perfección huyesen de la vida paganizada de las ciudades y fuesen al desierto. Así hacían los recabitas (Jer 35:6-το); asν hicieron los "monjes" de Qumrán, que se retiraron a las orillas del mar Muerto para estar alejados del sacerdocio corrompido de Jerusalén (cf. 1 95 8,12ss; 9:20). Véase A. G. Lamadrid, Los descubrimientos de Qumrán (Madrid 1956) p. 130-144. También San Juan Bautista inicia su predicación y su misión precursora en el desierto (Mt 3:1-12; Me 1:2-8; Le 3:3-18). Gf. J. Steinmann, El Bautista y la espiritualidad del desierto (Madrid 1959). — 50 Gf. P. Bonnard, La signification du désert dans le N. T.: Homniage a K. Barth (1946) 9s. — 51 Jn 6:31ss. — 52 Eusebio, fííst. Eccl 3:5:3- — 53 Dan 9:27; 12,ii. — 54 Mc 13:32ss. — 55 Ap 20. — 56 Ex 16:4-35; Sal 78:24-25; 105:40; Sab 16:20-29. — 57 1 Re 19:6-8. — 58 Miguel o Mika'el es un término hebreo compuesto que significa Quien como Dios. — 59 Jn 12:31. — 60 Lc 10:18. — 61 Lc 11:17-20. — 62 Jn 15:18-22. — 63 Cf. Ef 2:2. — 64 Mt 26:53. — 65 Dan 10:21; 12:1. — 66 Henoc eslavo 29:4-5. — 67 Cf. Testam. Benjamín 3:4; Ascensión de Isaías 4:2; 7:9. — 68 Sab 2:24. Cf. J. M. Bcver, El capítulo 12 del Apocalipsis y el capítulo 3 del Génesis: EstEcl i (1922) 319-336. — 69 Cf. Zac 3:1-2; Job 1:6-12; 2:2-6. El carácter de adversario de Dios se irá acentuando en el A. T., hasta terminar por ser el enemigo por excelencia de Dios y el instigador al mal (i Crón 21:1). Cf. J. Bonsirven, Lejudaisme palest. I p.245; Strack-Billerbeck, o.c. I p.138-139.141; III p.814. — 70 Cf. Job 1:6-12; 2:2-7. — 71 Gf. Ap6:11. — 72 A. Gelin, o.c. — 73 E. B. Allo, o.c. — 74 Cf. M. García Cordero, o.c. p.13." — 75 Gf. Dt 28:49; Jer 4:13; 48:40; Job 9:26. — 76 Ex 19:4; Dt 32:11. — 77 Ez 17:3-7- — 78 1 Re 19:4-8. — 79 1 Mac 2:29.42. — 80 Gf. i QS8,13. — 81 Cf. Ap 11:3; Dan 7:25; 12:7. — 82 Cf. Job 41:9-12. — 83 Cf. Os 5:10; Is 8:6-8; Sal 18:5·17; 32:6; 42:8; 124.4- — 84 Cf. Dom M. Guiu Camps, o.c. p.302; A. Gelin, o.c. p.632; E. B. Allo, o.c. p.iSgs; Daremberg-Saglio, Dící. d'Antiq. Gréco-Romaines fig.4358 y 4361. — 85 Cf. Is 28:15; Nah 1:8; Dan 9:26; 11:22. — 86 Cf. 1 Jn 3:23; 4:7.21; 5:1-15. — 87 Algunos buenos códices tienen έστάβην = “me apostι," "me coloqué," en primera persona singular, referido a San Juan. En cuyo caso no sería la Bestia la que se apostó, sino el vidente de Patmos. Y, en efecto, el capítulo 13 comienza diciendo: Vi cómo salía del mar una bestia. (v.1), que parece indicar que San Juan estaba en la playa. Sin embargo, el contexto favorece más la lección en tercera persona, referida a la Bestia.