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8. Visión del Carnero y del Macho Cabrío
Las vicisitudes del pueblo judío van a ser reflejadas con más detalles en estos capítulos que siguen. La datación de la visión es del año tercero de Baltasar, pero su contenido se refiere detalladamente a la época de los Seléucidas de Siria, opresores de Palestina en el siglo II. Este capítulo está redactado en hebreo, mientras que el anterior lo estaba en arameo; pero es una clara continuación de éste. La disposición es muy similar: visión (1-14) y explicación hecha por un ángel (15-27)
Contenido de la visión (1-14)
1 El año tercero del reinado de Baltasar, yo, Daniel, tuve una visión, a más de la que había tenido anteriormente, 2 y, estando en la visión, me pareció hallarme en Susa, la capital, en la provincia de Elam, y estar durante la visión cerca del río Ulai. 3 Alcé los ojos y miré, y vi un carnero que estaba delante del río. Tenía dos cuernos, y aunque ambos eran altos, el uno era más alto que el otro, habiendo crecido más después del otro. 4 Vi al carnero acornear a poniente, a norte y mediodía, sin que bestia alguna pudiera resistirle y sin que nadie pudiera librarse de él. Hacía cuanto quería y se engrandeció. 5 Pero en esto vino un macho cabrío sin tocar la tierra con sus pies y con un cuerno entre los ojos. 6 Llegó al carnero de los dos cuernos que había visto delante del río, y corrió contra él con la furia de su fortaleza. 7 Vi que le acometía, rompiéndole ambos cuernos, sin que el carnero tuviera fuerza para resistirle, y, echándole por tierra, le pisoteó, sin que nadie pudiera librar al carnero. 8 El macho cabrío llegó a ser muy potente; pero, cuando lo fue, se le rompió el gran cuerno, y en su lugar le salieron cuatro cuernos, uno a cada uno de los vientos del cielo. 9 Del uno de ellos salió un cuerno pequeño, que creció mucho hacia el mediodía y el oriente y hacia la tierra gloriosa, 10 engrandecióse hasta llegar al ejército de los cielos, y echó a tierra estrellas y las holló. 11 Aun contra el príncipe del ejército se irguió, y le quitó el sacrificio perpetuo y destruyó su santuario. 12 Convocó impíamente ejércitos contra el sacrificio perpetuo, echó por tierra la verdad, hizo con buen éxito lo que quiso. 13 Entonces oí hablar a uno de los santos, respondiendo a otro santo que le preguntaba: ¿Hasta cuándo va a durar esta visión de la supresión del sacrificio perpetuo de la asoladora prevaricación y déla profanación del santuario?14 Entonces dijo: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas. Luego será purificado el gran santuario.

La datación en el año tercero de Baltasar quiere indicar que esta visión es continuación de la del capítulo anterior. Quizá esta datación es obra de un glosista posterior. Daniel es transportado imaginariamente a Susa, capital de Elam, destruida por Asurbanipal, reconstruida por Darío Histaspes (521-485) y lugar de residencia de los reyes persas en invierno. Por esa capital pasaba el río Ulai, que es el Eulaeus de los escritores clásicos 1. Elam era una provincia de la nueva Persia. Daniel ve imaginariamente a un carnero que está delante del río (v.3), que simbolizaba el imperio medopersa. La elección del carnero para designar a Persia es muy apropiada, porque, según la astronomía babilónico-persa, el reino de Persia estaba subordinado al signo del zodíaco del ariete. El carnero que veía Daniel tenía dos cuernos, uno mayor que el otro, es decir, el conglomerado étnico medo-persa.
El más alto correspondía a Persia, que había suplantado a Media en la hegemonía nacional (habiendo crecido mas después del otro, v.3). Ciro, príncipe de la provincia del norte de Persia, Anzán, venció al rey de Media, Astiajes, y se declaró soberano de Persia y de Media en 549 a.C. Después se lanzó hacia occidente. Es lo que quiere indicar el profeta al decir que el carnero acorneaba a poniente, a norte y a mediodía (v.4), las direcciones seguidas por los invasores persas: Babilonia, Lidia (Asia Menor) y Egipto, en tiempos de Cambises, sucesor de Ciro. Es la segunda bestia, semejante al oso que hemos visto en 7:5 con tres costillas entre los dientes. El poderío persa fue exorbitante, de forma que nadie podía con él. Todos los pueblos le estaban sometidos y no había esperanzas de liberarse de él.
Pero inesperadamente aparece en escena un macho cabrío que avanza tan apresuradamente, que apenas toca la tierra con sus pies (ν.6). Es la tercera bestia o leopardo con cuatro alas del 0.7, es decir, Alejandro Magno, que vertiginosamente se hace dueño del Próximo Oriente. Acometió al carnero de los dos cuernos, es decir, al imperio medo-persa, rompiéndole ambos cuernos. La victoria fue total. Alejandro Magno atravesó el Helesponto en 334, derrotó al rey de Persia Darío Codomano en 333, cruzó Palestina, conquistó Egipto y fundó Alejandría y después se dirigió a Persia, venciendo a los restos del imperio persa en Arbela en 331. La carrera militar no pudo ser más vertiginosa. El profeta quizá escogió la figura del macho cabrío para designar a Alejandro Magno, porque Siria (cuya provincia habían de regentar los sucesores de él, los Seléucidas, opresores de los judíos) está bajo el signo del Capricornio en la distribución astronómica de los babilonios. En todo caso, el único cuerno del macho cabrío simboliza a Alejandro Magno (v.5). Después creció desmesuradamente su imperio, llegando hasta la India (v.8); pero en su pleno apogeo murió el gran macedonio (se le rompió el gran cuerno) en 323, a la edad de treinta y dos años.
Al desaparecer el imperio se desmembró en cuatro partes, adjudicadas a los cuatro Diadocos (y en su lugar le salieron cuatro cuernos, uno a cada uno de los vientos del cielo, v.8), que son: 1) Casandro (Macedonia y Grecia), al occidente; 2) Lisímaco (Asia Menor, con Paflagonia y el Ponto), al norte; 3) Seleuco (Siria, Babilonia hasta el Indus), al este; 4) Ptolomeo (Egipto), al sur. Al menos así quedó dividido el imperio en 301 después de la batalla de Ypso, en Frigia, aunque hubo antes un período de luchas por el imperio entre los generales.
Los Seléucidas son los que más preocupan al profeta, por la importancia que tienen en los asuntos del pueblo judío, sobre todo Antíoco IV Epifanes, que es el cuerno pequeño, salido de uno de los cuatro (v.9), y que se extendió hacia el mediodía, el oriente y hacia la tierra gloriosa (v.9), es decir, hacia Egipto, Mesopotamia y Palestina, respectivamente. En 165 a.C., Antíoco IV Epifanes hizo una expedición contra las regiones del Tigris y Eufrates. La tierra gloriosa o hermosa es la tierra de los judíos 2, por ser el lugar de morada del pueblo elegido. En efecto, Antíoco IV invadió reiteradamente la Palestina en su paso hacia Egipto, intentando ahogar los sentimientos religiosos de los judíos. En su arrogancia pretendió igualarse a Zeus, poniendo en sus monedas una estrella en la frente 3.
Quizá aquí la expresión ejército de los cielos aluda al pueblo de Dios, llamado también pueblo de los santos4, y entonces se comprende bien la frase siguiente de que echó a tierra estrellas y las holló, es decir, con sus opresiones logró hacer abandonar la religión judía a muchos de los más altos representantes del pueblo judío. El príncipe del ejército en ese caso es Dios, que en el v.25 se llama príncipe de príncipes, y en 11:36 Dios de los cielos. El profeta quiere decir que el pequeño cuerno atacó el centro religioso donde moraba Dios, el templo de Jerusalén, suprimiendo el sacrificio perpetuo (v.1-1), es decir, el sacrificio cotidiano, que se ofrecía por las mañanas y las tardes5. La alusión es clara a la profanación del templo de Jerusalén por Antíoco IV Epifanes en 168 a.C., suprimiendo con ello el sacrificio diario6; y echó por tierra la verdad (v.12), es decir, trató de destruir la fe monoteística de los judíos.
La profanación culminó en laasoladora prevaricación (v.13), que la Vg traduce por la "abomination desolationis," que no es sino la entronización del ídolo abominable sobre el altar de los sacrificios 7. Esto representaba para el alma judía el mayor sacrilegio concebible. Justamente la supresión del sacrificio y profanación del santuario duró unos tres años y medio, que es lo que respondió a uno de los santos otro santo, que parece ser Gabriel. Daniel finge un diálogo celeste entre los ángeles para dar más impresión de misterio. En 10:5-6 aparece un personaje misterioso, que puede ser también uno de estos interlocutores.
En la literatura apocalíptica es muy común esta multiplicación de interlocutores, que no tienen otra misión que rodear de misterio y de interés los diálogos imaginativos. Así, el autor del libro de Daniel presenta a su protagonista dialogando con seres misteriosos celestiales en torno a problemas que inquietan al lector. Uno de ésos dice que la supresión del sacrificio durará dos mil trescientas tardes y mañanas (v.14), es decir, mil ciento cincuenta días, o sea, unos tres años y medio. La frase corresponde a un tiempo, tiempos y medio tiempo que hemos visto en 7:25. El santuario fue profanado en junio del 168 a.C. y consagrado de nuevo en diciembre del 165 a.C. 8 Quizá el punto de partida en el cómputo sea el 15 de diciembre del 168, en que se erigió el ídolo abominable. El autor dice tardes y mañanas, en vez de días, para computar el número de sacrificios omitidos, que debían ofrecerse uno por la mañana y otro por la tarde. Este período de tres años y medio es computado de modo diferente en distintos textos en cuanto al detalle 9, pero sustancialmente parece clara la alusión al período que duró la profanación del templo bajo Antíoco IV. La época de desolación terminará con la purificación del santuario, que se cumplió en el 25 de diciembre (Quisleu) de 165 a.C., después de la victoria de Judas Macabeo 10.
Interpretación de la visión (15-27)
15 Mientras yo, Daniel, contemplaba la visión y buscaba la inteligencia, púsose ante mí un como hombre, 16 y oí una voz de hombre que de en medio del Ulai gritaba y decía: Gabriel, explícale a éste la visión. 17 Vino éste luego cerca de donde estaba yo, y al acercarse me sobrecogí y caí sobre mi rostro. El me dijo: Atiende, hijo de hombre, que la visión es del fin de los tiempos. 18 Al hablarme caí entontecido sobre el rostro, pero él me tocó y me hizo estar en pie, 19 y me dijo: Voy a enseñarte lo que sucederá al fin del tiempo de la ira, pues tendrá fin ese tiempo. 20 El carnero de dos cuernos que has visto son los reyes de Media y de Persia; 21 el macho cabrío es el rey de Grecia, y el gran cuerno de entre sus ojos es el rey primero; 22 el romperse y salir en su lugar otros cuernos, cuatro reyes que se alzarán en la nación, mas no de tanta fuerza como aquél.23 Al final de su dominación, cuando se completen las prevaricaciones, levantaráse un rey imprudente e intrigante; 24 su poder crecerá, no por su propia fuerza, y producirá grandes ruinas y tendrá éxitos, y destruirá a poderosos y al pueblo de los santos. 25 Por sus prosperidades y por el éxito de sus intrigas, se llenará de arrogancia su corazón, y hará perecer a muchos que vivían apaciblemente, y se levantará contra el príncipe de los príncipes, pero será destruido sin que intervenga mano alguna. 26 La visión de las tardes y mañanas es verdadera; guárdala en tu corazón, porque es para mucho tiempo. 27 Yo, Daniel, quedé quebrantado y estuve enfermo algunos días, y cuando convalecí, me ocupé en asuntos del rey. Estaba asombrado de la visión, pero nadie la supo.
Daniel va a transmitir personalmente la interpretación de la visión sobre el carnero y el macho cabrío, que ya hemos explicado.
Para dar mayor interés al relato, finge un diálogo con un intérprete oficial, según es ley en los libros apocalípticos. Gabriel, el intérprete oficial en sus comunicaciones con los hombres, le adelanta a Daniel que la visión se refiera al v.11 de los tiempos (ν.17). En el v.18 puntualizarα que se trata del fin del tiempo de la ira, que, como veremos, no es sino la terminación de la época de persecución de Antíoco IV Epífanes.
Sigue luego la identificación del carnero y macho cabrio, como hemos visto anteriormente; es decir, los reyes de Media y de Persia, el de Grecia y sus cuatro sucesores. El rey imprudente e intrigante no es otro que el pequeño cuerno, es decir, Antíoco IV, que hizo guerra a la tierra gloriosa y contra el principe de los príncipes, que es el Dios de los judíos (v.25). Después el ángel intérprete le invita a prestar atención a la fisión de tardes y mañanas, es decir, a los hechos que han de transcurrir durante esos tres años y medio, en los que culminará la persecución de los fieles. Daniel quedó quebrantado y enfermo por la impresión recibida.

1 Cf. Plinto, Hist. Nat. 6:27. Sobre Susa cf. Neh 1:1; Est 1:1. — 2 Cf. 11:16.42. — 3 Cf. 2 Mac 9:10. — 4 Cf. 7:17.27; Henoc 90,24. — 5 Cf. Ex 29:38-42. La expresión holocausto perpetuo sólo aparece aquí en el A.T., pero se hace corriente en la literatura rabínica posterior. — 6 Cf. 1 Mac 1:45.59; 4:52-53. — 7 Cf. 1 Mac 1:57. — 8 Cf. 1 Mac 21:24.49-57; 4:26-59. — 9 Cf. 7:25; 9:27; 12:11. — 10 Cf. 1 Mac 1:54; 4:525.
9. Profecía de las Setenta Semanas
Daniel está pensativo sobre el fin de la cautividad y sobre las palabras que le han comunicado. El profeta Jeremías había anunciado que la cautividad duraría setenta años. Este lapso de tiempo está pronto a cumplirse; por otra parte, Gabriel le ha dicho que lo que le anuncia es para el fin de los tiempos. ¿Cómo compaginar ambos datos? De nuevo el arcángel Gabriel le aclara que la profecía de Jeremías se cumplirá puntualmente en lo relativo a la reconstrucción de la Ciudad Santa; pero, respecto al fin de las calamidades, los setenta años se convertirán en semanas de años.
Introducción (l-4)
1 El año primero de Darío, hijo de Asuero, de la nación de los medos, que vino a ser rey del reino de los caldeos, 2 el año primero de su reinado, yo, Daniel, estaba estudiando en los libros el número de los setenta años que había de cumplirse sobre las ruinas de Jerusalén, conforme al número de años que dijo Yahvé a Jeremías, profeta. 3 Volví mi rostro al Señor, Dios, buscándole en oración y plegaria, en ayuno, saco y ceniza, 4a y oré a Yahvé, mi Dios, y le hice esta confesión:

La datación presenta una de las anomalías históricas clásicas en el libro de Daniel, pues se presenta a Darío, rey de Media y de los 'caldeos, como hijo de Asuero o Jerjes, que más bien era hijo de Darío. De nuevo tenemos que acudir al modo popular de escribir del compilador del libro de Daniel, el cual, viviendo en el siglo π a.C., se hacνa eco de tradiciones cuya historicidad en los detalles es muy relativa. Siempre debemos volver a la idea de que esta antología fragmentaria que es el libro de Daniel es de tipo apologético-religioso, sin pretensiones de crítica histórica. Así, muchas veces las dataciones históricas resultan anacrónicas. El carácter artificial de esta compilación heterogénea explica todas estas anomalías críticas.
Según la datación del libro, lo que va a narrar tuvo lugar bastante tiempo después de la visión del capítulo anterior, ya que aquélla fue en el año tercero del rey Baltasar, mientras que ahora se pone la meditación de Daniel el primer año de Darío, después de la conquista de Babilonia en 538 a.C. Daniel meditaba sobre el contenido de la famosa profecía de Jeremías de que la cautividad duraría setenta años. Es una alusión a Jer 25:11 y 29:10, donde el profeta anuncia a los desterrados que deben prepararse para un largo destierro. Naturalmente, las palabras de Jeremías no han de tomarse en sentido matemático de setenta años, sino en el amplio de una larga generación. De todos modos, el redactor del libro de Daniel va a jugar con la cifra matemática en sus cálculos sobre la interpretación de la profecía.
En efecto, en el primer año de Darío estaban para cumplirse literariamente (partiendo del 605 a.C.) los setenta años de Jeremías, y el redactor del libro de Daniel presenta a su protagonista inquieto porque la situación de la cautividad lleva camino de alargarse. Daniel se decide a renovar sus prácticas de penitencia para que Dios abrevie la cautividad y le esclarezca la profecía.
Oración y confesión de Daniel (4b-19)
4b Señor, Dios grande y temible, que guardas la alianza y la misericordia con los que te aman y cumplen tus mandamientos: 5 Hemos pecado, hemos obrado la iniquidad, hemos sido perversos y rebeldes, nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus juicios, 6 no hemos hecho caso a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes y a todo el pueblo de la tierra. 7 Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la vergüenza en el rostro, que llevan hoy todos los hombres de Judá, los moradores de Jerusalén, todos los de Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras a que los arrojaste por las rebeliones con que contra ti se rebelaron. 8 ¡Oh Yahvé! nuestra es la vergüenza en el rostro de nuestros reyes, de nuestros príncipes, de nuestros padres, porque contra ti pecamos. 9 Pero es de Yahvé, nuestro Dios, el tener misericordia y el perdonar, aunque nos hayamos rebelado contra El. 10 No obedecimos a la voz de Yahvé, nuestro Dios, andando en sus leyes, que por mano de sus profetas puso delante de nosotros, 11 y todo Israel traspasó tu Ley, alejándose para no oír tu voz. Por eso vino sobre nosotros la maldición y el juramento escrito en la Ley de Moisés, siervo de Dios, por haber pecado contra El. 12 El ha cumplido su palabra, la que dijo de nosotros y de los jefes que nos gobiernan, trayendo sobre nosotros males tan grandes como no los hubo nunca debajo del cielo, cual fue el hecho en Jerusalén. 13 Vino todo este mal sobre nosotros como está escrito en la Ley de Moisés, y no hemos implorado a Yahvé, nuestro Dios, con virtiéndonos de nuestras iniquidades y reconociendo tu verdad. 14 Por eso veló Yahvé sobre este mal y lo trajo sobre nosotros, porque justo es Yahvé, nuestro Dios, en todas cuantas obras hace, pues no obedecimos a su voz. 15 Ahora, pues, Señor Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa y te hiciste nombre cual lo tienes hoy, hemos pecado santo, pues por nuestros pecados y las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de cuantos nos rodean. 17 Oye, pues, Dios nuestro, la oración de tu siervo, oye sus plegarias, y por amor de ti, Señor, haz brillar tu faz sobre tu santuario devastado. 18 Oye, Dios mío, y escucha. Abre los ojos y mira nuestras ruinas, mira la ciudad sobre la que se invoca tu nombre, pues no por nuestras justicias te presentamos nuestras súplicas, sino por tus grandes misericordias. 19 ¡Escucha, Señor! ¡Señor, perdona! ¡Atiende, Señor, y obra; no tardes, por amor de ti, Dios mío, ya que es invocado tu nombre sobre tu ciudad y sobre tu pueblo!

Esta oración es hermosa sin duda, pero no tiene nada de originalidad, ya que está hecha sobre un patrón literario común en la Biblia, adaptable a toda situación de angustia nacional. Primero se confiesan sinceramente los pecados, reconociendo la justicia divina al castigar a Israel por sus infidelidades, y por fin se pide misericordia, apelando al honor del nombre de Yahvé, que es invocado por su pueblo l. Pues que la justicia divina ha sido satisfecha, el profeta espera y pide que se acelere la hora de la misericordia.
Ya Moisés había anunciado grandes castigos al que no fuera fiel a la observancia de las leyes por él impuestas en nombre de su Dios 2. Por tanto, los judíos no deben extrañarse de la dureza del castigo. Durante generaciones la ira divina se ha ido colmando, y ahora tienen que expiar por los propios pecados y por los de sus reyes, príncipes y pueblo en general. Pero, como en otro tiempo Dios manifestó su poder en los milagros del Éxodo, debe ahora desplegar su omnipotencia en bien de su pueblo, desterrado de nuevo en Mesopotamia. El estilo de la oración es ampuloso y artificial.
La profecía de las setenta semanas (20-27)
20 Todavía estaba yo hablando, rogando, confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo, Israel, y presentando mis súplicas a Yahvé, mi Dios, por el monte santo de mi Dios; 21 todavía estaba hablando en mi oración, y aquel varón, Gabriel, a quien antes vi en la visión, volando rápidamente, se llegó a mí, como a la hora del sacrificio de la tarde. 22 Vino y, hablando conmigo, me dijo: Daniel, vengo ahora para hacerte entender. 23 Cuando comenzaste tu plegaria, fue dada la orden, y vengo para dártela a conocer, porque eres el predilecto. Oye, pues, la palabra y entiende la visión: 24Setenta semanas están prefijadas sobre tu pueblo y sobre tu ciudad santa para poner fin a la prevaricación y cancelar el pecado, para expiar la iniquidad y traer la justicia eterna, para sellar la visión y la profecía y ungir el santo de los santos. 25 Sabe, pues, y entiende que desde la salida del oráculo sobre el retorno y edificación de Jerusalén hasta un ungido príncipe habrá siete semanas, y en sesenta y dos semanas se reedificarán plaza y foso en la angustia de los tiempos. 26 Después de las sesenta y dos semanas será muerto un ungido, sin que tenga culpa. Y destruirá la ciudad y el santuario el pueblo de un príncipe que ha de venir, y su fin será en una inundación, y hasta el fin de la guerra están decretadas desolaciones. 27 Y afianzará la alianza para muchos durante una semana, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la oblación y habrá en el santuario una abominación desoladora 3 hasta que la ruina decretada venga sobre el devastador.

Mientras el profeta confesaba su pecado, es decir, el pecado colectivo de su pueblo, en el que se incluía él mismo, como hemos visto en la oración anterior, se le apareció Gabriel, como lo había hecho en la visión anterior4. Era la hora de la ofrenda de la tarde 5, cuando Daniel está reconcentrado, pensando en la profecía de Jeremías. El ángel le comunica que desde que comenzó su oración había sido dada la orden o declaración sobre la profecía de Jeremías que va a seguir (v.24-27). Dios ha respondido con prontitud, porque Daniel es su predilecto por su fidelidad en todo.
La aclaración que le va hacer Gabriel es complicada y le pide la máxima atención. Aquí parece que nos hallamos de nuevo ante artificios de la literatura apocalíptica, en la que juega una parte muy importante lo convencional. La clave de toda la interpretación es el número de setenta semanas de la profecía reiterada de Jeremías 6. Ya hemos indicado que este número no ha de tomarse aritméticamente, sino como simbólico, en el sentido de una generación amplia. El número setenta ha sido quizá escogido por la combinación de la multiplicación de 7 X 10, guarismos muy preferidos en la literatura bíblica como símbolo de multitud y de plenitud.
El ángel quiere mostrar que la salvación esperada llegará, pero después de un lapso de tiempo muy largo, que quiere enmarcar en el número recibido de setenta semanas, pero de años. Las semanas de años eran conocidas de los judíos en las leyes del año sabático y del jubileo7. El ángel Gabriel anuncia al ansioso Daniel que han sido prefijadas por Dios setenta semanas. Es decir, que el número de setenta años de la profecía de Jeremías se ha convertido en setenta semanas de años. El horizonte, pues, de expectación se amplía considerablemente. Aún deben pasar muchos años antes de que el pueblo y la ciudad de Jerusalén adquieran la plena liberación como consecuencia de la cancelación de la prevaricación y del pecado (v.24). Con esta frase, la profecía se dirige claramente a la era mesiánica. La principal característica de los tiempos mesiánicos en la literatura profética tradicional es la desaparición del pecado, el reinado de la justicia y de la equidad 8.
En la perspectiva, pues, del autor del libro de Daniel no se trata tanto de la reconstrucción de Jerusalén después del exilio cuanto de la manifestación de la teocracia mesiánica, cuando se establezca la justicia eterna y se selle la visión y la profecía, es decir, se cumplan los esperados vaticinios mesiánicos. El mejor sello de las profecías es su cumplimiento, pues con él demuestran su autenticidad y origen divino. Israel en su historia había vivido de las esperanzas de la época venturosa mesiánica. Y una de las señales del advenimiento de la era mesiánica es la unción del santo de los santos; expresión que en la Biblia se suele aplicar a cosas sagradas, como el altar de los holocaustos, la tienda de la alianza y los vasos sagrados 9. Por las particularidades y alusiones históricas que veremos al estudiar el v.27, parece que aquí el santo de los santos es la nueva dedicación del templo y del altar del templo de Jerusalén, realizada por los Macabeos en 165 a.C., después de la profanación del mismo por Antíoco IV Epífanes.
La perspectiva del hagiógrafo se centra en la historia de las persecuciones de los Macabeos, como veremos más adelante. Para el autor sagrado, la nueva dedicación del templo de Jerusalén señala una nueva era de ventura, que puede considerarse como el umbral de los tiempos mesiánicos. En su deseo de sembrar esperanzas entre sus contemporáneos, perseguidos por los Seléucidas, el hagiógrafo les presenta como próxima la inauguración de la era mesiánica anhelada, en la que desaparecería toda angustia e injusticia. Después de anunciar a Daniel el largo lapso de tiempo que ha de haber para el cumplimiento de estas cosas que reflejan el advenimiento de la era mesiánica, el ángel intérprete, Gabriel, va a especificar más en concreto los detalles de hechos que han de ocurrir en el término de estas setenta semanas de años, que aritméticamente nos dan cuatrocientos noventa años, aunque debemos volver a insistir en el valor convencional del número setenta.
El hagiógrafo, en la elaboración de la profecía, está trabajando con el pie forzado de los setenta años de la profecía de Jeremías y procura amoldarse, en general, a ese número, transformado por él en setenta semanas de años. Teniendo en cuenta esto, no debemos dar mucha importancia a las cifras concretas que va a dar a continuación. Ciertamente lo esencial profetice del fragmento está en este v.24, donde se habla de la implantación de la justicia eterna y del sello de la visión y de la profecía, que el hagiógrafo presenta como futuro inmediato a su generación oprimida del siglo II a.C. Todo lo demás (v.25-27) parece una mera esquematización histórica de hechos conocidos y realizados, presentados, conforme al género apocalíptico, como futuros.
El ángel intérprete, Gabriel, divide el período de setenta semanas en tres partes: a) siete semanas de años (cuarenta y nueve años), que se cancelan con la aparición de un ungido príncipe; b) sesenta y dos semanas (cuatrocientos treinta y cuatro años), durante las cuales se reedificarán plaza y foso en la angustia de los tiempos (v.25) y se cerrarán con la muerte de un ungido sin que tenga culpa 10; c) con la muerte de éste se inaugura la última semana, que se caracterizará por una encarnizada persecución de todo lo sagrado, realizada por el pueblo de un príncipe que ha de venir (v.26b). Pero, al fin, este príncipe será aniquilado ante la inundación de la justicia divina, que caerá como una tromba, aunque hasta entonces habrá desolaciones por doquier.
El hagiógrafo está obsesionado por los acontecimientos de esta terrible última semana, que se abre con la muerte de un ungido inocente y se cierra con la muerte de un príncipe perseguidor. La obra persecutoria culminará en la mitad de la última semana, cuando este príncipe haga cesar el sacrificio y la oblación (v.27), buscando alianza con muchos. Su labor de captación será grande. Como veremos, esta alianza parece ser una alusión a los esfuerzos de Antíoco IV Epífanes por atraerse a su programa de helenización a los judíos n. Su obra paganizadora culminará al profanar el santuario, colocando sobre el altar del templo la estatua de Júpiter Olímpico, que será la abominación desoladora, o, traducida con un semitismo, "la abominación de la desolación," según los LXX y la Vg. Esta situación durará hasta que sea aniquilado el devastador (v.27) 12·
Interpretación Mesiánica De Las "Setenta Semanas."
En el campo católico podemos distinguir dos interpretaciones corrientes, según se acepte la división tripartita del oráculo, conforme al texto hebreo, o la bipartita, seguida por la Vulgata y los LXX. Todo depende del terminus a quo que se tome en el cómputo. Los que aceptan la lectura de la Vg movidos de un interés apologético, procuran retrasar en lo posible el punto de partida en el cómputo de las famosas setenta semanas. La palabra clave para basar el cómputo matemático de la profecía está en el ab exitu sermonis, que hemos traducido por desde la salida del oráculo del v.25. ¿A qué se refiere en el contexto esta palabra u oráculo?
En el contexto parece claro que las palabras de Gabriel se refieran al oráculo de Jeremías sobre la duración de la cautividad, que debía durar setenta años. Sobre este oráculo versaba la meditación e inquietud de Daniel cuando se le apareció el arcángel para explicarle su sentido. Ciertamente que éste meditaba sobre la profecía de Jeremías, expresada en 25:11 y 29:10 del libro de Jeremías, que hoy tenemos como canónico. En 25:11, Jeremías habla de la destrucción de Babilonia después de setenta años, lo que suponía el fin del cautiverio de los judíos. Y esta profecía está fechada en el año 605 a.C. 13 En 29:10 de Jeremías se anuncia no sólo la destrucción de Babilonia, sino que expresamente se vaticina el retorno del pueblo exilado después de setenta años de cautiverio. Y este oráculo fue proferido en 596 a.C. 14
Por otra parte, en las palabras de Gabriel a Daniel se menciona expresamente el oráculo sobre el retorno y reconstrucción de Jerusalén, que va unido al retorno de los exilados. En el contexto, pues, el oráculo no es otro que la profecía de Jeremías sobre la que meditaba Daniel; en consecuencia, al hacer el cómputo de años de las semanas, hay que partir de una de las fechas en que Jeremías profirió su oráculo, es decir, en 605 o en 596 a.C.
A pesar de esto, muchos exegetas católicos, pensando más en el término ad quem, toman otro punto de partida, que no avala el contexto. Es decir, preocupados con dar un sentido matemático a la profecía en lo tocante a la aparición del Mesías-Jesucristo, buscan un punto de partida que cubra las sesenta y nueve semanas de años de la Vg; y así, tomando como referencia la muerte de Cristo (término ad quem) hacia el 30 d. C., calculan los 483 de las sesenta y nueve semanas hacia atrás, y llegan a un decreto de Arta-jerjes que dio a Esdras en el 458 a.C. 15 en favor de los judíos, o a ptro decreto que dio el mismo rey a Nehemías en 445 a.C. 16 Esta posición será muy apologética, pero muy poco científica, ya que nada insinúa en el contexto de Dan 9:25 que el sermo se refiera a este decreto. Por otra parte, el verdadero decreto de retorno y edificación de la ciudad lo dio Ciro en 538 a.C.
Según la opinión que comentamos, y que sigue la distribución de la Vg, la primera parte del período sería siete y sesenta y nueve semanas de años, que se cierran con la aparición de un Christum ducem, que es el mismo Christus muerto, que aparece después de las sesenta y dos semanas en el v.25. Pero entonces ¿cómo se explica la distinción de siete y sesenta y dos semanas para significar sesenta y nueve? Por otra parte, según esta hipótesis, la última semana sería el tiempo que va desde la muerte de Cristo (hacia el 30 d. C.) hasta la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d. C.), en que se cumpliría la abominación de la desolación de que habla Dan 9:27. En este supuesto, ¿cómo se ha de encajar en una semana de año (siete años} el tiempo que va desde el año 30 al 70 d. C. ? Los que patrocinan esta opinión dan un valor matemático exacto al cómputo de las setenta semanas, y entonces deben dar razón de la distribución matemática de los distintos números. Por otra parte, ¿cómo explicar la división de la última semana en dos mitades? (v.27).
La otra hipótesis, que nos parece más razonable, se basa en la, distribución que leemos en el texto hebreo, y que, por otra parte, no da un valor excesivamente matemático a las cifras, sino que supone como base el valor simbólico del número setenta, tanto en la profecía de Jeremías como en la explicación de Gabriel a Daniel. Según esta opinión, el punto de partida (desde la salida del oráculo) es la reiterada profecía de Jeremías de que la cautividad durará setenta años. Sobre este número simbólico, con significación de una amplia generación, el autor del libro de Daniel distribuye sus cálculos artificialmente, preocupándose, sobre todo, de la última semana, que le obsesiona, y cuyas particularidades refleja morosamente. Todo el período anterior es un encasillado artificial en orden a lograr un cómputo de setenta semanas de años, conforme a los setenta años de la profecía de Jeremías. El autor, pues, trabaja con un pie forzado, que es el número setenta. La distribución que va a dar de los dos períodos primeros es sólo aproximativa.
Distingue, pues, esta segunda opinión tres períodos: el primero dura siete semanas de años, a partir del oráculo de Jeremías proferido en 605 y en 596 a.C. Computando, a partir de cualquiera de esas fechas, cuarenta y nueve años grosso modo, nos lleva hacia el 538 a.C., en que hace su aparición un ungido príncipe, Ciro, el libertador de los judíos, que por su obra en favor de los judíos es saludado en Is 45:1 como ungido de Yahvé, y en 45:13 se dice de él que edificara mi ciudad. La primera parte, pues, de siete semanas se cierra con la aparición de este gran bienhechor del pueblo israelita.
Con el decreto de libertad de los judíos y la protección que les dio en la reconstrucción de su ciudad y templo, se abre la nueva etapa del vaticinio, que dura sesenta y dos semanas de años, es decir, cuatrocientos treinta y cuatro años. Durante este tiempo se reedificará la plaza y el foso en la angustia de los tiempos (v.25b). En estas palabras quedan reflejadas las angustias y estrecheces con que se cumplió la reconstrucción de la Ciudad Santa, tal como lo conocemos por los libros de Esdras y de Nehemías 17. Se nos dice en estos libros que los que reconstruían la ciudad tenían que tener en una mano la azada y en la otra la espada, para defenderse contra las incursiones de samaritanos y amonitas.
Esta segunda etapa del oráculo de Daniel se cierra con la muerte de un ungido 18, que parece ser, por el contexto siguiente, el sumo sacerdote Onías III, que fue asesinado en Antioquía en 171 a.C. 19 Con la muerte de éste, la profecía entra en su tercera etapa, que dura una semana, dividida en dos partes. Durante esta última semana de años ocurren las grandes desgracias a que se alude en los v.26b y 27.
Sabemos por la historia de los Macabeos que Antíoco IV Epífanes, después de su expedición a Egipto, expolió el templo de Jerusalén 20 (un pueblo con un jefe destruirá la ciudad y el santuario, v.26, e inició una labor de captación entre los judíos para ganarlos a su causa de helenización y de abandono de las leyes patrias 21, culminando su obra disolvente en la prohibición de la ofrenda y el sacrificio 22 y la erección, en el 15 de Quisleu (diciembre) de 168 a.C., del ídolo abominable (abominación desoladora o abominación de la desolación, v.27) 23 justamente a la mitad de la semana de años, que se inicia en el 171 a.C. con la muerte del ungido del Señor, Onías III. La cesación del sacrificio, más o menos, duró media semana de años (tres años y medio), pues en el 25 de Quisleu (diciembre) del 165 a.C. tuvo lugar la purificación y la nueva dedicación del templo 24.
Por fin, esta semana de años angustiosa termina con la muerte desastrosa del devastador Antíoco IV, que muere en el 164 a.C., desesperado y despreciado de todos25. Tenemos, pues, que desde el 171 a.C. (muerte de Onías II1) hasta el 164 a.C. (muerte del perseguidor Antíoco IV) hay justamente siete años (una semana de años). Al estudiar los c.11-12 de Daniel veremos más particularidades, que se cumplen al detalle en estos turbulentos días de persecución del tiempo de los Macabeos.
Como verá el lector, esta interpretación, más conforme al contexto y a las exigencias del texto mismo 26, supone que sólo el v.24 es netamente mesiánico, pues en él se anuncia, después de las setenta semanas de años, la implantación de un reinado de justicia, con la desaparición del pecado. Lo que se dice en los v.25-27 cae fuera de la perspectiva mesiánica, y más bien refleja hechos históricos" contemporáneos del hagiógrafo anteriores, expresados en forma profética, conforme al modo de escribir de los apocalípticos.
Por otra parte, esta interpretación, como antes hemos indicado, no da un valor matemático a los números, sino que los considera aproximativos con valor simbólico. El hagiógrafo quiere encajar dentro del número setenta tradicional de la profecía de Jeremías hechos muy distantes de la historia, y tiene una preocupación obsesionante por los hechos de la última semana; de ahí que todo lo anterior lo considere como accidental y sin mayor importancia.
Esta es la explicación de que el número cuatrocientos treinta y cuatro años, exigido por las sesenta y dos semanas de la segunda parte de la profecía, resulte demasiado grande para medir el período que va desde el 538 (aparición de Giro, ungido) a 171 a.C. (muerte del ungido Onías II1).
Se suele objetar contra esta interpretación la declaración de Cristo en el sermón escatológico: "Cuando viereis la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel en el lugar santo, entonces los que estén en Judea huyan a los montes."27. Sin duda que el Señor, con estas palabras, se refería a los hechos trágicos que iban a suceder en Jerusalén con el asedio de Tito en el año 70 d. C. La expresión abominación de la desolación aparece tres veces en el libro de Daniel 28. En dos de ellas, ciertamente el autor del libro de Daniel se refiere a la devastación realizada por Antíoco IV Epífanes en tiempos de los Macabeos. En 12:11 se dice que la profanación del templo y el tiempo de la duración de la abominación de la desolación durará mil doscientos noventa días (es decir, media semana de años; tres años y medio más o menos), lo que coincide con lo que se dice en el texto que comentamos sobre las setenta semanas en Dan 9:27. Ahora bien, ¿a cuál de estos textos del libro de Daniel se refiere Jesucristo ?
En cualquiera de estos textos parece que la abominación de la desolación en el libro de Daniel se refiere a la profanación del templo por Antíoco IV Epífanes. Cristo pudo tomar el texto de Daniel sobre la profanación del templo en la época de los Macabeos como tipo de la otra gran profanación que tendrá lugar en el año 70 d. C. con ocasión de la destrucción de Jerusalén por el ejército romano 29.
Ahora queda la dificultad general: si en esta profecía se anuncia la inauguración de los tiempos mesiánicos, como se dice en el v.24, después de la época macabea (supuesta nuestra interpretación), ¿cómo puede conciliarse este vaticinio con el hecho de que el Mesías haya aparecido realmente ciento sesenta y cuatro años después? Esta dificultad debe resolverse al tenor de lo que hemos dicho al explicar la profecía del Emmanuel de Isaías, es decir, teniendo en cuenta que los profetas carecen de perspectiva histórica del tiempo y, por tanto, superponen los planos históricos muchas veces en el horizonte profético. Es decir, el profeta vive preocupado con los problemas de su tiempo, y su misión en tiempos de angustia y de crisis de la conciencia nacional es reavivar la esperanza de salvación en virtud de las tradicionales promesas mesiánicas.
Los profetas son hombres de su tiempo y de la era mesiánica, en cuanto que todas sus esperanzas se centran en torno a los tiempos gloriosos de la aparición del Mesías. Tienen muchas veces revelaciones especiales sobre el hecho mesiánico, aunque se les oculten las circunstancias del mismo. Para ellos, el espacio de tiempo que hay entre su época y la mesiánica no tiene importancia, y, por otra parte, en sus ansias de reavivar las esperanzas en el pueblo, anuncian la era mesiánica como próxima, aunque en realidad no saben cuándo vendrá.
En el caso concreto de nuestra profecía del libro de Daniel, el hagiógrafo, que vive las angustias de la persecución religiosa contra su pueblo en tiempo de los Macabeos, anuncia como próxima la inauguración de los tiempos mesiánicos. Para excitar más la curiosidad de sus lectores ha estructurado la historia de su pueblo tomando como base el número setenta de la profecía de Jeremías y distinguiendo etapas históricas, que se han cumplido, para entrar ya en la zona del misterioso futuro que se abre al cerrarse la época macabaica 30.

1 Tenemos ejemplos de oraciones similares en Esd 9:6-15; Bar 1:15-3:8; Dan 3:25-45. Sobre las coincidencias de fraseología cf. Neh 1:5; Dt 7:9; 1 Re 8:47; Dt 17:20; Jer 44:4.21 ; Neh 9,34. — 2 Sobre estas amenazas cf. Lev 26; Dt 28:36-37.63-68; 29:24-28; 30:1-10. — 3 El TM dice literalmente: "y sobre el ala horrores, devastaciones, hasta que la consumación decretada se derrame sobre el desolador." Nuestra traducción es una combinación del texto hebreo y del griego, que nos parece más inteligible en el contexto. La Bible de Jé-rusalem traduce: "sobre el ala (del templo) será la abominación de la desolación hasta el fin, hasta el término asignado al desolador." — 4 Cf. 8:15-18. 6 Cf. Jer 25:11; 29:10. — 5 Cf. Ex 29:383; Núm 28:45. 7 Cf. Lev 25:2.4.5; 26:34.35.43; 2 Par 36:21. — 8 Cf. Is 1:26; 9:6; 4:3. — 9 Cf. Ex 29:36; 30,26-28; 40,11; Lev 8:10-11; Núm 7:1.10.84.88. Sólo en 1 Crón 23:13, por metonimia, se aplica la frase a Aarón. — 10 Así traducimos según la reconstrucción de Lagrange, basada en el paralelismo de Teodoción: "no hay juicio para él." Parece que ha habido una confusión de palabras hebreas. Cf. Lagrange, La prophétie des soixante-dix semaines de Daniel: RB 39 (1930) p.15s. — 11 Cf. 1 Mac i,lis. — 12 El P. Abel supone que había alguna inscripción con dedicatoria a Júpiter Olímpico, que en hebreo es Baal Shamayim ("Señor de los cielos"), con cuyo nombre haría juego de palabras el shomen ("desvastador"). Cf. abel, Vivre et Penser (1941) p.244. Esta división del oráculo en tres partes es según el texto hebreo, pues la Vulgata lo divide en dos partes: — a) siete y sesenta y dos semanas, que se cerrarían con la aparición de un Christum ducem;b) la última semana. Así, pues, sesenta y nueve semanas serían la primera parte del vaticinio, y una semana la segunda y última parte. Según esta lectura, la interpretación será diferente de la que vamos a exponer conforme a nuestra versión del texto hebreo. — 12 Cf. Jer 20:1. — 13 Cf. Jer 25:1. — 15 Cf. Esd7:8; 11-26. — 16 Cf. Neh 1:1; 2:1-9. — 17 Cf Esd 4,rs; Neh 6:1s; 9,37- — 18 El texto hebreo no dice "el ungido," con artículo, sino que está indeterminado, lo que indica que no es el mismo que el ungido príncipe, cuya aparición cerraba las siete semanas de — años primeras. Por otra parte, nada insinúa en el contexto que ese nuevo ungido sea el Mesías. Los LXX y la versión de Teodoción traducen por unción (χρίσμα), es decir, una cosa ungida, traducciσn que pasó a la Vetus Latina. Los Padres griegos y latinos así lo entendieron, y no aplicaron este texto a Jesucristo. 22 Cf. 1 Mac 1:47. — 19 Cf. 2 Mac 4:7s. 23 Cf. 1 Mac 1:5? — 20 Cf. 1 Mac 1:21; 2 Mac 5:11. 24 Cf. 1 Mac 4:52. — 21 Cf. 1 Mac 1:31.45.55; 2 Mac 4:12. 25 Cf. 1 Mac 6:16; 2 Mac 9:9.28. — 26 Esta interpretación es seguida por Lagrange, Ceuppens y gran parte de los exegetas católicos actuales. — 27 Cf. Mt 24:15. — 28 Estos textos de Daniel son, además de este de 9:27, que ahora estudiamos, 11:31: "A su orden (de Antíoco IV) se presentarán tropas que profanarán el santuario y la fortaleza, y harán cesar el sacrificio perpetuo y alzarán la abominación desoladora." Y en 12:11: "Después del tiempo de la cesación del sacrificio y del alzar la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días." — 29 No puede esgrimirse como argumento contra nuestra interpretación la supuesta unanimidad de los Santos Padres, ya que ésta no existe sino en el sentido general mesiánico que hemos propuesto. Cf. San Hipólito: PG 10,746; San Jerónimo: PL 25:542; San Hilario: PL 9:1054; San Ambrosio: PL 15:1808; San Agustín: PL 33:899. — 30 Sobre esta profecía véase Lagrange, a.c., y RB (1904) 514; Bigot: DTC IV 75-102; Uppens, De prophetiis messianicis in A.T. 505-2; Saydon, Verbum Dei II p.6o4ss (Barcea 1956); Chaine, o.c., 2625; A. Colunga: "Ciencia Tomista," 21 (1920) 285-305.
10. Luchas del pueblo de Dios y liberación.
Es la última visión del libro de Daniel. Está datada en el año tercero de Ciro y es como una introducción a las revelaciones de los c.11-12, donde hablará de las incidencias y luchas entre los Seléucidas de Siria y los Ptolomeos de Egipto. El estilo es plenamente apocalíptico. Los personajes e interlocutores se multiplican, y la dramatización de las escenas domina el carácter literario del mismo. De nuevo encontraremos aquí el diálogo de ideas teológicas plasmadas en personajes imaginarios.

Aparición de un ángel resplandeciente (1-7)
1 El año tercero de Ciro, rey de Persia, fue hecha a Daniel, llamado Baltasar, una revelación. Esta revelación es verdadera y anuncia una gran calamidad. Puso atención a la palabra y tuvo la inteligencia de la visión. 2 Por aquellos días, yo, Daniel, estuve en duelo tres semanas. 3 No comí manjar delicado ni entró carne ni vino en mi boca, ni me ungí, hasta que no pasaron las tres semanas. 4 El día veinticuatro del primer mes hallábame a las orillas del gran río Tigris. 5 Alcé los ojos y miré, viendo a un varón vestido de lino y con un cinturón de oro puro. 6 Su cuerpo era como de crisólito; su rostro resplandecía como el relámpago; sus ojos eran como brasas de fuego; sus brazos y sus pies parecían de bronce bruñido, y el sonido de su voz era como rumor de muchedumbre. 7 Yo solo, Daniel, vi la visión; los que conmigo estaban no vieron nada, pero se sobrecogieron de terror y huyeron a esconderse.

La datación es considerada por muchos autores como adición erudita de un glosista, pues es extraño el título rey de Persia en vez de Babilonia i. También es extraño el cambio de la tercera persona en la primera. Daniel tuvo, según el texto, una revelación en la que se anunciaba una gran calamidad para su pueblo. El profeta estaba ansioso por conocer lo que acaecería a su pueblo en los días posteriores (v.14), y por eso se pone en estado de ayuno y de duelo. La visión tuvo lugar en el veinticuatro del primer mes, que en el cómputo babilónico es el de Nisán (marzo-abril). Era el mes en que se celebraba la Pascua de los panes ázimos, en cuyos días había que comer el pan de la aflicción. El lugar de la aparición, a orillas del gran río Tigris (v.4). Generalmente se considera la palabra Tigris como glosa, ya que en la Biblia el gran río es siempre el Eufrates 2, en cuyas orillas se asentaba Babilonia, donde se hallaba Daniel.
Ante sus ojos se desplegó una visión parecida a la de la inauguración del ministerio profético de Ezequiel, dominada por la aparición de un varón vestido de lino y con un cinturón de oro (v.5). Es un ser celestial, desbordante de esplendor 3. El color del vestido de lino y el oro recalcan la idea de luminosidad característica de los seres celestiales en la Biblia. El aspecto de ese ser superior es tan impresionante, que Daniel quedó aterrado. Sus acompañantes no ven nada, como en el caso de la visión de San Pablo camino de Damasco 4.
Daniel, reconfortado (8-21)
8 Quédeme yo solo, y vi esta gran visión. No quedaron en mí fuerzas; se demudó el color de mi rostro, quedé desencajado y perdí todo mi vigor. 9 Oí el sonido de sus palabras, y, en oyendo el sonido de sus palabras, caí aturdido rostro a tierra. 10 Pero me tocó una mano, sacudiendo mis rodillas y mis manos, n y me dijo: Daniel, varón predilecto, está atento a las palabras que voy a decirte, y ponte en pie en el lugar en que estás, pues he sido enviado a ti. Una vez que me habló, púseme en pie temblando. 12 Díjome: Nada temas, Daniel, pues desde el primer día en que diste tu corazón a entender y a humillarte en presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y por ellas he venido yo a ti; 13 pero el príncipe del reino de Persia se me opuso veintiún días; mas Miguel, uno de los príncipes supremos, vino en mi ayuda, y yo prevalecí allí sobre los reyes de Persia 5. 14 Vengo ahora para darte a conocer lo que sucederá a tu pueblo en los tiempos venideros, pues a estos tiempos se refiere la visión. 15 Mientras me decía estas palabras, estaba yo con los ojos puestos en tierra y mudo, 16 cuando he aquí que uno que parecía un hijo de hombre tocó mis labios; abrí la boca y hablé, diciendo al que delante de mí estaba: Mi señor, la visión me ha llenado de espanto y he perdido todo vigor. 17 ¿Cómo va a poder el siervo de mi señor hablar a mi señor? Me faltan las fuerzas y no tengo aliento. 18 Entonces el que parecía hijo de hombre, me tocó de nuevo y me confortó. 19 Luego me dijo: ¡Nada temas, varón predilecto; sea contigo la paz! ¡Animo, valor! Y, en habiéndome, recobré mis fuerzas, y dije: Hable mi señor, pues me has fortalecido. 20 El me dijo: ¿Sabes para qué he venido yo a ti? Porque tengo que volverme luego a luchar con el príncipe de Persia, y, saliendo yo, vendrá el príncipe de Grecia. 21 Pero yo te daré a conocer lo que está escrito en el libro de la verdad. Nadie me ayuda contra ellos, si no es Miguel, vuestro príncipe.

Este fragmento es sumamente curioso por su contenido, y es preciso entenderlo a la luz de este simbolismo característico de los escritos apocalípticos, viendo en los personajes sobre todo la personificación de ideas teológicas. Ya hemos tenido ocasión de ver en los capítulos anteriores cómo el autor del libro de Daniel concibe la historia como una sucesión de imperios que van preparando, sin saberlo, la irrupción del reino de los santos. En la visión de la estatua de diversos metales del c.2 encontramos el esquema general ideológico de todas las visiones siguientes. En los capítulos 7 y 8, las líneas generales de este esquema se van explicitando, y en este capítulo 10 encontramos el desarrollo de la misma línea simbólica: Daniel está aturdido por la gran visión que acaba de tener; un ángel le toca y le habla, disculpándose de no haber venido antes, aunque su oración fue oída desde que puso su corazón a entender (v.12), es decir, desde que se decidió Daniel a hacer penitencia y humillarse ante Dios para comprender la visión.
El hagiógrafo quiere destacar la eficacia de la oración del fiel judío Daniel. Lo interesante de la declaración del ángel es que éste confiesa que un principe del reino de Persia no le permitió llegar, deteniéndole veintiún días antes de socorrer a Daniel (ν.13). Sσlo después que recibió la ayuda de Miguel, uno de los príncipes supremos, pudo venir en auxilio del angustiado Daniel. Pero después tiene que volver a luchar con el príncipe de Persia (v.20), sin decir que le vencerá, aunque añade que aparecerá el rey de Grecia. Todas estas palabras parecen extremadamente enigmáticas si se prescinde del modo de escribir de los autores apocalípticos. Podemos decir que aquí el autor del libro de Daniel no hace sino dramatizar la historia en función de determinadas ideas teológicas. ¿Quiénes son este príncipe de Persia que detiene al ángel, y el rey de Grecia que aparecerá después de la lucha entre el ángel misterioso y aquél?
En la tradición teológica ha estado bastante extendida la opinión de que aquí los príncipes de Persia y de Grecia y el hombre que habla a Daniel con Miguel son los angeles protectores de los respectivos pueblos de Persia, Grecia e Israel. Todos defienden los derechos de sus pueblos, y de ahí esa colisión entre ellos. No parece muy teológico esto de suponer que los angeles buenos protectores luchen entre sí, oponiéndose a la realización de los designios divinos. Por otra parte, el género literario del fragmento bíblico que comentamos nos da una explicación mucho más sencilla. Estos príncipes no son sino una personificación dramatizada de los respectivos reinos de Persia y Grecia, que se oponen al advenimiento del reino de los santos, patrocinado por el ángel intérprete y el protector por excelencia del pueblo judío, Miguel.
El representante de los intereses del pueblo de los santos ha tenido que luchar denodadamente por vencer primero al reino de Persia y después al de Grecia (de cuyos sucesores, los Seléucidas y Ptolomeos, se va a ocupar en los capítulos siguientes) antes de que triunfe la causa del reino de los santos, que no es otro que la piedra que derrumbó la estatua de los múltiples metales del sueño de Nabucodonosor. El ángel, o personaje resplandeciente vestido de lino que hemos visto al principio del capítulo, es la personificación del designio providencial de Dios en la historia, que va preparando la inauguración del reino de los santos, es decir, de la era mesiánica, venciendo las resistencias de los imperios que le precedieron. En su lucha es auxiliado poderosamente por el protector tradicional de Israel, el arcángel Miguel (v.21).
La gran lucha, vencido el príncipe de Persia, va a comenzar con el rey de Grecia (los Seléucidas y Lagidas), como se expresará en el capítulo siguiente. Por fin, el designio de Dios (personificado en ese personaje refulgente como el bronce) triunfará de la última oposición a la instauración del reino de los santos, que es la lucha contra el pueblo judío y sus instituciones en tiempo de los Macabeos. Por eso anuncia este personaje a Daniel que le comunicará lo que sucederá en los tiempos venideros (v.14), es decir, la última tentativa de oponerse a la instauración del reino de los santos, que terminará con la victoria total de la causa de Dios, lo que supone la inauguración de la era mesiánica.

1 Los LXX leen "en el año primero de Ciro." — 2 Cf. Gen 15:18; Jos 1:4. — 3 Algunos autores identifican este misterioso personaje interlocutor con el de 8:16 — 4 Act 9. — 5 Los LXX traducen: "yo le he dejado." Con un ligero cambio del hebreo, notarti en hotarti, tenemos he prevalecido; así Teodoción.
11. Las luchas entre Siria y Egipto. Persecución de los Judíos.
En este capítulo encontramos explicitados al detalle hechos que en los capítulos anteriores fueron anunciados de un modo más general. Aunque no se dan nombres concretos — según el estilo de la literatura apocalíptica — , sin embargo, los detalles que se describen son tales, que no es difícil identificarlos históricamente. La narración empieza de modo más genérico, con alusiones al reino de Persia y de Grecia, para centrarse en las relaciones minuciosas de los dos reinos — seléucida de Siria y lagida de Egipto — que tenían más trascendencia en la vida política y religiosa del pueblo judío.
Luchas entre los reyes de Siria y de Egipto (1-19)
1 El año primero de Darío el medo, yo estuve allá para animarle y sostenerle. 2 Y ahora voy a darte a saber la verdad: Habrá todavía tres reyes en Persia, y el cuarto acumulará más riquezas que los otros; cuando por sus riquezas sea poderoso, se levantará contra el reino de Grecia. 3 Pero se alzará un rey valeroso que dominará con gran poder y hará cuanto quiera. 4 Y cuando esté en la altura, se romperá su reino y será dividido hacia los cuatro vientos; no será de sus descendientes ni ya tan poderoso como fue, pues será dividido y pasará a otros distintos de ellos. 5 El rey del mediodía vendrá, se hará fuerte, pero uno de sus jefes será más fuerte que él y dominará, siendo potente su dominación. 6 Al cabo de algunos años se aliarán, y la hija del rey del mediodía vendrá al rey del norte para restablecer la concordia, pero no conservará ella la fuerza de su brazo ni permanecerá él en su brazo; ella será entregada, y con ella los que la trajeron, con su padre y con el que entonces había sido su sostén. 7 Un retoño de sus raíces se alzará en su lugar y vendrá con ejército y entrará en las plazas fuertes del rey del norte; dispondrá de ellas y se hará poderoso. 8 Aun a sus dioses, sus imágenes fundidas y sus objetos preciosos de plata y oro los cogerá y se los llevará a Egipto. Estará luego algunos años alejado del rey del norte, 9 y éste marchará contra el rey del mediodía y se volverá a su tierra. 10 Su hijo saldrá a campaña y reunirá una muy fuerte muchedumbre de tropas, avanzará y se derramará como un torrente; se desbordará, pero se volverá, y llevará las hostilidades hasta la Fortaleza, 11 El rey del mediodía se enfurecerá, y, saliendo, atacará al rey del norte, levantará una gran muchedumbre, y las tropas del rey del norte serán puestas en sus manos. 12 Esta muchedumbre se ensoberbecerá, y el corazón del rey se hinchará, derribará a muchos millares, pero no triunfará, 13 porque el rey del norte volverá con una muchedumbre más numerosa que la primera, y al cabo de algún tiempo marchará con un gran ejército y muchos aprestos. 14 Entonces se alzarán muchos contra el rey * del mediodía, y hombres violentos de su pueblo se rebelarán para cumplir la visión y sucumbirán. 15 El rey del norte avanzará y alzará baluartes y se apoderará de ciudades fuertes. Los ejércitos del mediodía no resistirán, faltos de fuerza para resistir. 16 El que avanza contra él hará lo que quiera y nadie podrá resistirle, y se quedará en lo mejor de la tierra, exterminando cuanto caiga en su mano. 17 Querrá adueñarse de todo el reino del mediodía, y le dará su hija por mujer con la intención de llevarle a la ruina; pero no sucederá esto, la cosa no le saldrá como quería. 18 Volverá sus ojos del lado de las islas y tomará muchas, pero un jefe pondrá fin al oprobio que sobre ellas quiso echar, y el oprobio recaerá sobre él. 19 Acogeráse luego a las fortalezas de su tierra, pero se tambaleará y caerá y no se le hallará.

La frase del ν. ι el año primero de Darío el medo parece glosa de un escriba que quiere datar la profecía al estilo de otros capítulos anteriores 1. El texto exige continuar el relato anterior, en que está hablando el ser refulgente que es la personificación del designio de Dios en la historia, el cual es ayudado por Miguel, el valedor de los derechos del pueblo judío. Va a explicitar lo que antes dijo, empezando por la historia de los reyes de Persia. Los cuatro reyes de Persia de que habla, parecen ser: Ciro (550-529), Cambises (529-521), Darío Histaspes (521-485), y el cuarto, famoso por sus riquezas, que hará la guerra a Grecia, es Jerjes (485-465), el cual en 480 intentó invadir el continente europeo para derrotar a Grecia 2. Aunque los persas fueron derrotados en el sigloV reiteradamente por los valerosos griegos (en Platea, Salamina, Maratón), sin embargo, el que dará el golpe de gracia al imperio persa es Alejandro Magno, que es el rey valeroso del ν.3. Pero su imperio serα efímero, pues en el cénit de sus victorias militares y en plena juventud morirá en Babilonia en 323 a.C., siendo dividido su reino hacia los cuatro vientos, es decir, entre los cuatro generales o Diadocos 3. Ninguno de ellos será de sus descendientes (v.4). En efecto, los dos hijos de Alejandro fueron asesinados unos trece años después de la muerte del gran macedonio4. Por otra parte, el imperio desmembrado nunca llegó a ser tan poderoso como en tiempo de Alejandro. El hagiógrafo, después de enumerar a grandes rasgos la historia de Persia y de Grecia bajo Alejandro, pasa a hablar detalladamente de las incidencias político-militares dé dos de los sucesores del caudillo macedonio (los Seléucidas de Siria y los Lagidas de Egipto), porque afectan a la trayectoria histórica del pueblo judío. El rey del mediodía es el de los Ptolomeos de Egipto; luchará denodadamente por la posesión de Palestina, que se hallaba en la encrucijada geográfica de ambos reinos rivales. En la distribución del imperio de Alejandro, Egipto y Libia quedaron bajo la égida del general Ptolomeo I, hijo de Lagos (de ahí el nombre de lagida dado a su dinastía). Desde el 322 al 306 a.C. gobernó sus provincias con la categoría de estratega, pretendiendo después el título de rey. Es el rey del mediodía de que habla el v.5.
Uno de sus jefes o generales llegó a ser más fuerte que él. Se trata del general Seleuco Nicator, a quien en principio le correspondió la satrapía de Babilonia y Siria en la convención de Triparadisus del 321 a.C.; pero por las intrigas de Antígono (a quien había correspondido el Asia Menor) tuvo que refugiarse en Egipto, sirviendo como general de Ptolomeo I Lagos. Después de la batalla de Gaza en 312 y después de recuperar su satrapía de Babilonia, fundó un reino propio en Siria (de su nombre Seleuco se llamará la dinastía de Siria de los Seléucidas) 5. Su dominación fue creciendo desmesuradamente al vencer a su contrincante Antígono en Ipso (301 a.C.); y su reino comprendía entonces desde Frigia y Capadocia hasta el Indus, siendo en realidad un gran imperio, cuya capital desde el año 300 es Antioquía de Siria.
Naturalmente, al punto surgieron los choques con los Lagidas de Egipto. El hagiógrafo, deseoso de centrar su narración en la época de los Macabeos, pasa por alto las incidencias habidas entre el sucesor de Seleuco I (Antíoco I Soter: 281-261/60) y los Lagidas, diciendo que después de algunos años (v.6) se entablaron conversaciones diplomáticas para poner fin a las hostilidades. Para ello, Ptolomeo II Filadelfo (285-246) intentó casar a su hija Berenice con su rival Antíoco II Theos (261/60-247/46) de Siria, pero poniendo como condición que éste se divorciara de su mujer Laodice, y, en consecuencia, los hijos habidos de ésta renunciaran a la herencia del trono. Con ello, Ptolomeo creía poder un día anexionarse el imperio de Siria.
Pero, a la muerte de éste, Antíoco II de Siria se divorció de Berenice, tomando su antigua mujer. Es a lo que alude el v.6, al decir que la hija del rey del mediodía no conservará la fuerza de su brazo. Y esto es un eco de la famosa frase de la mezcla de hierro y de arcilla de los pies de la estatua de diversos metales del c.2, donde en el v.43 se habla de alianza humana. La afrenta fue vengada por un retoño de sus raíces (v.7), es decir, un hermano de ella, llamado Ptolomeo III Evergetes (264-221), que emprendió una campaña contra el ejército de Seleuco II Calínico de Siria (246-226), sucesor de Antíoco II. El rey del mediodía (Egipto) se apoderó de las plazas fuertes del rey del norte (v.7), es decir, de Seleucia, puerto de Antioquía de Siria, llegando hasta Babilonia y volviendo después a Egipto con un gran botín (v.8).
Después de unos años de paz entre Siria y Egipto, el rey del norte (Siria), Seleuco II Calínico, dirigió una campaña de revancha contra el rey del mediodía (Egipto), pero fue derrotado, y tuvo que volverse a su tierra defraudado (v.8). Pero su hijo Antíoco III el Graude (223-187)6 atacó Palestina, que estaba bajo el dominio de Ptolomeo -IV Filopator (221-203), rey de Egipto. Al principio, aquél tomó la mayor parte del país (avanzará, se derramará como un torrente., v.10), pero al fin fue derrotado en Rafia (217 a.C.) (la Fortaleza del rey de Egipto), con lo que Palestina volvió a quedar bajo la férula de los Ptolomeos. Entonces el rey del mediodía, Ptolomeo Filopator, tomará la revancha después de haber reunido una gran muchedumbre de ejército (70.000 de infantería, 5.000 de caballería y 73 elefantes), y derrotará al rey del norte, cuyo ejército estaba formado por 62.000 soldados de infantería, 6.000 de a caballo y 102 elefantes.
Palestina quedó de nuevo bajo Egipto. Pero el rey de Egipto no supo aprovechar su victoria, mientras que Antíoco III el Grande, después de haber tenido espectaculares victorias en Persia y Asia
Menor, reunió un gran ejército y atacó de nuevo a Egipto (v.13), llegando hasta Gaza, en la misma frontera egipcia, siendo favorecido por las luchas intestinas habidas en Egipto bajo la minoría de edad de Ptolomeo V Epífanes (203-181), hijo de Ptolomeo IV (v.14)7·
A los insurrectos egipcios se les sumaron hombres violentos (v.14), que parecen ser los del partido de Tobías Amonita, que en su lucha contra los judíos favorecían a los Seléucidas de Siria, pues los egipcios eran tolerantes 8. Con su conducta hostil a los judíos cumplirán la visión relativa a la persecución de la época macabea, tal como está en el libro de Daniel (v.14). El rey del norte, Antíoco el Grande, vencerá a los ejércitos del mediodía (Egipto) en la famosa batalla de Banias (Cesárea de Filipo de los Evangelios) en 198 a.C. Como consecuencia de esta victoria, el rey de Siria se quedará con lo mejor de la tierra, que es la tierra hermosa del 8:9, es decir, Palestina 9. Queriendo dominar Egipto, ofreció su hija (v.16), Cleopatra, al rey de Egipto Ptolomeo V. No quería atacar militarmente a Egipto, porque entonces había de chocar con el poder del imperio romano, cuyos embajadores, venidos a Egipto para llevar la noticia de la victoria sobre Aníbal, le habían dicho en Alejandría a Antíoco III el Grande que no tocase el reino de Ptolomeo V.
El rey de Siria logró casar a su hija con Ptolomeo V, celebrándose las bodas en Rafia, donde poco antes había sido derrotado. Pero, a pesar del éxito inicial diplomático, la cosa no le saldrá como quería (ν.17), porque su hija seguirα más bien una política favorable a su marido. Empujado por sus éxitos, quiso extender su dominio a las islas (v.18) o costas del Mediterráneo. En efecto, en 197 a.C. ocupó el Asia Menor y en 192 a.C. desembarcó en Grecia, apoderándose de la parte situada al norte de Corinto. Pero en 191 a.C. le salió al paso el ejército romano, venciéndole en las Termopilas y después definitivamente en Magnesia, bajo las órdenes de Lucio Cornelio Escipión el Asiático. Con esta victoria, el caudillo romano le devolverá el oprobio (v.18) o insulto que Antíoco el Grande había hecho a los embajadores de Roma, que le reprochaban el haber recibido al vencido Aníbal10. Después de la derrota de Magnesia tuvo Antíoco III el Grande que abandonar el Asia Menor, retirándose a las fortalezas de su tierra de Siria (v.18); hasta que al fin caerá asesinado en Elimaide por haber querido apoderarse del tesoro del templo (187 a.C.).
La persecución de los judíos (20-45)
20 El que le sucederá mandará al ornamento del reino un exactor, pero en pocos días será quebrantado, y no por ira ni por guerra. 21 Un hombre despreciable ocupará su puesto, sin estar investido de la dignidad real. Aparecerá de improviso y se apoderará del reino por la intriga. 22 Las tropas, que se derramarán como un torrente, quedarán sumergidas ante él y aniquiladas, así como también un príncipe de la alianza. 23 Después de haberse concertado con él, usará de engaños, se pondrá en marcha y con poca gente vencerá. 24 Entrará de improviso en los lugares más fértiles de la provincia y hará lo que no hicieron sus padres ni los padres de sus padres. Repartirá el botín, los despojos y las riquezas, y traerá designios contra las fortalezas; todo esto durante algún tiempo. 25 Al frente de un gran ejército empleará su fuerza y su ardor contra el rey del mediodía. El rey del mediodía se empeñará en la guerra con un ejército poderoso y muy numeroso, pero no le resistirá, porque le harán traición. 26 Los que comen su pan le quebrantarán y su ejército será destruido, cayendo muchos muertos. 27 Los dos reyes meditarán en su corazón hacerse mal, y, sentados a la misma mesa, hablarán falazmente, mas no les servirá de nada, porque llegará el fin al tiempo señalado. 28 Volverá a su tierra con grandes riquezas y será en su corazón hostil a la alianza santa, y obrará contra ella; luego se volverá a su tierra. 29 Al tiempo determinado marchará de nuevo contra el mediodía, pero esta última vez no sucederán las cosas como en la primera; 30 vendrán contra él naves de Italia, y descorazonado, retrocederá. Luego, furioso contra la alianza santa, no se quedará inactivo, y volverá a concertarse con los que abandonaron la alianza santa. 31 A su orden se presentarán tropas que profanarán el santuario y la fortaleza, y harán cesar el sacrificio perpetuo, y alzarán la abominación desoladora. 32 Seducirá con sus halagos a los traidores a la alianza santa, pero el pueblo que conoce a Dios obrará con firmeza, 33 y los sabios entre ellos instruirán a la muchedumbre. Caerán de entre ellos por un tiempo a la espada, al fuego, al cautiverio y al pillaje, 34 y, mientras sucumben, tendrán poco socorro, y muchos se unirán a ellos hipócritamente. 35 Sucumbirán también algunos de los sabios para que sean depurados, purificados y blanqueados, hasta que llegue el fin, que no llegará sino al tiempo determinado. 36 El rey hará lo que quiera, y se gloriará por encima de todos los dioses, y del Dios de los dioses dirá cosas increíbles. Prosperará hasta que llegue la ira a su consumación, porque lo que está decretado se cumplirá. 37 No respetará ni aun al dios de sus padres ni a la delicia de las mujeres; no respetará dios alguno, porque se glorificará a sí mismo por encima de todos. 38 Honrará en su lugar al dios de las fortalezas, dios que no conocieron sus padres; le honrará con oro y plata, con piedras preciosas y cosas de gran valor. 39 A ese dios extraño dedicará las plazas fuertes, y colmará de honores a los que le reconozcan, y los hará dominar sobre muchos, distribuyéndoles tierras en merced. 40 Al fin de los tiempos, el rey del mediodía chocará con el del norte, y el rey del norte caerá sobre él como una tempestad, con carros y jinetes y numerosas naves; avanzará por las tierras, se derramará como un torrente y se desbordará. 41 Entrarán en la tierra gloriosa y sucumbirán muchos, pero Edom, Moab y los príncipes de los hijos de Amón se librarán de sus manos. 42 Extenderá su mano sobre muchas tierras, y no escapará la de Egipto; 43 se adueñará de tesoros de oro y plata y de todas las preciosidades de Egipto; libios y etíopes le seguirán. 44 Pero nuevas venidas del oriente y del norte le asustarán, y partirá muy enfurecido, con ánimo de exterminar a muchos. 45 Alzará la tienda de su palacio entre los mares y el monte glorioso y santo. Mas luego llegará su fin sin que nadie pueda socorrerle.

El sucesor de Antíoco III el Grande, Seleuco IV Filopator (187-175), enviará a un exactor (v.20), Heliodoro, ministro de finanzas, a Jerusalén para apoderarse del tesoro del templo 11, como lo había hecho su padre en el templo de Elimaide. Necesitado de dinero después de la gran derrota ante los romanos, y para cumplir lo pactado en la paz de Apamea, el sucesor de Antíoco III el Grande se decidió a llenar sus arcas en Palestina, el ornamento del reino, frase que es paralela a la tierra hermosa del v.16. El hagiógrafo reserva para el país donde moran los adoradores del verdadero Dios los mejores calificativos. Pero el rey de Siria será quebrantado, y no en lucha campal cuerpo a cuerpo, sino dolosamente (no por ira ni por guerra, v.20), sino envenenado a instigación de su ministro Heliodoro.
El hombre despreciable (v.21) que por la intriga se apodera del reino, es Antíoco IV Epífanes (175-163), hermano de Seleuco IV, que estaba como rehén en Roma, según lo estipulado entre los romanos y su padre Antíoco III el Grande. Su hermano Seleuco le rescató, enviando en su sustitución a su hijo Demetrio. Al morir inesperadamente Seleuco IV, llegaba Antíoco IV a Antioquía, y con el apoyo del rey de Pérgamo logró asegurarse el trono, vacante por la muerte de su hermano, en contra de los derechos del príncipe heredero, Demetrio, que estaba en Roma. El hagiógrafo le llama hombre despreciable (en 1 Mac 1:11 se le llama "raíz de pecado"), quizá en oposición al título que se había dado de Epífanes, que significa manifiesto, esplendente (el título completo es "dios manifiesto," como si fuera una encarnación de la divinidad).
Al poco de subir al trono invadió Judá, destituyendo al príncipe de la alianza (v.22), el sumo sacerdote Onías III, llamado príncipe de la alianza por ser jefe religioso de la comunidad israelita, que tenía un régimen teocrático, basado en la alianza entre Yahvé e Israel12. El sumo sacerdote depuesto buscó refugio en Dafne (cerca de Antioquía de Siria), y allí fue asesinado en 171 a.C. 13 Como hemos visto en 9:25, es el ungido-jefe asesinado mencionado en la profecía de las setenta semanas. Antíoco IV tuvo que hacer frente al ejército acaudillado por Heliodoro, venciéndole (las tropas, que se derramarán como un torrente, quedaran sumergidas ante él., v.22). En su labor de captación para la helenización del pueblo judío usó de engaños, ganando al principio poca gente. Deseoso de captarse amigos, multiplicaba sus prodigalidades a costa de expolios en las provincias más fértiles. y en las fortalezas de su reino (v.24) 14.
Repuesto de las derrotas militares de su padre, quiso tentar fortuna, atacando al rey del mediodía, Ptolomeo VI Filometor, nieto, por su madre, de Antíoco III el Grande y sobrino, por tanto, de Antíoco IV Epífanes. La campaña tuvo lugar en 169 a.C. El rey de Egipto fue derrotado en Pelusio, siendo hecho prisionero; el desastre se debió, sobre todo, a los malos consejos de los tutores del rey, Euleo y Leneo, que le instigaron a atacar al rey de Siria. Se dice de ellos que comen su pan (v.26), por la gran intimidad que tenían con el rey egipcio. Fueron los causantes de la derrota del ejército, en el que hubo muchos muertos. Una vez en poder de Antíoco IV, su sobrino Ptolomeo Filometor trató de ganarle a su causa, y ambos reyes mantuvieron una paz aparente, pero interiormente estaban buscando la ocasión de revancha (meditaron en su corazón hacerse mal, y, sentados a la misma mesa, hablaban falazmente., v.27).
Antíoco quiso hacer ver a su sobrino que, conquistando él Egipto, aquél estaría más seguro en el trono; pero la estratagema no les servirá de nada, porque en los designios divinos llegará al fin el tiempo señalado, es decir, la derrota de los planes del rey sirio. Acompañado de su sobrino Ptolomeo, el rey sirio avanzó sobre Menfis, pero una facción nacionalista proclamó en Alejandría como rey de Egipto a Ptolomeo Fiscón, hermano de Ptolomeo Filometor. Antíoco IV intentó tomar la ciudad rebelde; pero, convencido de su inexpugnabilidad, se volvió, cargado de grandes riquezas (v.28), a su tierra siria 15. Al pasar por Palestina saqueó el templo de Jerusalén (su corazón fue hostil a la alianza, v.28). Todos los expolios le eran insuficientes para su prodigalidad 16.
Después de saquear el templo de Jerusalén, dejó en la ciudad una guarnición siria 17; un año más tarde emprendió una nueva campaña contra Egipto (v.29), enfurecido porque su sobrino Ptolomeo Filometor se había aliado con su hermano Ptolomeo Fiscón en contra de sus intereses políticos sobre Egipto. Pero el fracaso en esta^expedición fue total, ya que tuvo que habérselas con los temibles* romanos 18. En efecto, al llegar a Alejandría se encontró con Popilio Laenas, que traía un ultimátum del senado romano, en el que se le exigía la inmediata evacuación de Egipto. Antíoco IV pidió tiempo para pensar y consultar la resolución, pero el delegado romano, trazando un círculo con su bastón alrededor de Antíoco, le dijo que no saliera de éste mientras no diera respuesta a su ultimátum. La humillación no pudo ser mayor. El rey sirio dijo que "haría lo que pedía el senado" romano.
No le quedó, pues, sino retornar a su país; pero, enfurecido, desahogó su cólera contra Palestina, persiguiendo a los judíos (la alianza santa, v.30), concertándose con los judíos apóstatas que abandonaron la alianza santa. Su plan era helenizar al pueblo judío para asimilarlo a su reino, creando así una fuerza política más vigorosa 19. Su obra persecutoria empezó por fundar un gimnasio al estilo griego y culminó en la profanación del templo y la fortaleza, o colina fortificada sobre la que se asentaba el santuario, haciendo cesar el sacrificio perpetuo y erigiendo en el altar de los holocaustos la abominación desoladora (v.31), o ídolo de Júpiter Olímpico 20. Su obra helenizadora, basada en halagos y facilidades a los apóstatas de la religión judía, tuvo cierto éxito, pero el pueblo que conoce a Dios reaccionó con firmeza (v.32). Es una alusión a las gestas heroicas del anciano Eleazar con su protesta enérgica y de la madre de los siete hijos, que dio la mayor lección de fortaleza religiosa de la historia universal21. El hagiógrafo llama a los piadosos que resistieron a la helenización Zos sabios; son los asideos, de que nos hablan los libros de los Macabeos 22. Este grupo fiel predicaba la lealtad a la ley judía, siendo ayudado por el reducido socorro de los Macabeos (v.34).
La guerra contra los sirios será cruenta y muchos morirán a la espada y al fuego (v.33). En la persecución perecerán algunos de los sabios y fieles mantenedores de los derechos religiosos judíos, durando esta situación hasta que llegue el fin, que no llegará sino al tiempo determinado (v.35) en los designios divinos. La persecución servirá para que sean depurados, purificados y blanqueados en sus ideales religiosos. En estos tiempos de lucha, muchos se unirán hipócritamente (v.34) a los mantenedores de los derechos de Dios, pero no con sinceridad, sino por cálculos humanos y por miedo al castigo de Judas Macabeo 23.
Antíoco IV, en el colmo de su delirio, se asimila al Júpiter Olímpico, cuyos emblemas hace representar sobre sus monedas (v.36), hablando blasfemamente del Dios de los dioses, que es Yahvé. Pero le llegará su hora, porque lo que está decretado se cumplirá. El hagiógrafo constantemente alude a los designios de Dios sobre la historia de su pueblo, y piensa en la hora de su manifestación airada para vengar tantos ultrajes contra su pueblo. El soberbio rey de Siria no respetó siquiera al dios de sus padres (v.37), Apolo, cuya imagen aparece en las monedas de los predecesores de Antíoco IV, y la sustituyó por la de Júpiter Olímpico, con el que llegó a identificarse 24. La delicia de las mujeres es la divinidad Adonis-Tammuz, de origen sirio-babilónico, cuya muerte era ritualmente lamentada por las mujeres de Siria 25. Como expoliador de templos, se puede decir en verdad que Antíoco IV no respetará dios alguno, suplantando a las divinidades tradicionales de su país y proponiendo como divinidad a adorar al dios de las fortalezas (v-38), probablemente Júpiter Capitolino (o Zeus Olímpico), cuya imagen había visto muchas veces durante su estancia en Roma cuando era rehén. Sabemos que a este dios le dedicó un suntuoso templo en Antioquía 26 y las plazas fuertes (v.39), como Dura-Europos, en el desierto sirio; Beisán, Gerasa, e intentó hacer lo mismo en Jerusalén27. A los que se prestaban a su política de helenización les daba con largueza honores. y tierras a merced 28.
Después de habernos presentado al detalle la historia de Antíoco IV Epífanes, anuncia el profeta su futuro desastroso. Hasta ahora las indicaciones eran netamente históricas, pero en adelante va a entrar en la zona de la profecía propiamente tal, como lo indica la expresión al fin de los tiempos (v.40), que para él es el fin de la persecución y el principio de una nueva era venturosa, la del mesianismo, anunciada en 9:24. En la parte propiamente profética, los detalles son nebulosos y no se pueden controlar históricamente. El autor del libro de Daniel como profeta había tenido una revelación sobre el fin deshonroso del perseguidor del pueblo judío, y nos la describe en sus detalles a base de elementos y clisés tradicionales en la literatura bíblica anterior 29.
No sabemos que haya habido otra expedición de Antíoco contra Egipto, como parece indicarse en el v.40 30. Muchos autores creen que en estos versículos se trata de una recapitulación de las anteriores campañas de Antíoco IV. Los v.40-45 serían, según esta hipótesis, como un duplicado de lo que se dice en los v.21-39, añadido por algún compilador posterior. Pero, como antes dijimos, es preferible considerar estos versos como pro/éticos; y, por tanto, sus detalles no han de tomarse al pie de la letra; lo sustancial del hecfco es el fin desastroso del perseguidor Antíoco IV Epífanes. El hagiógrafo-profeta supone al ejército de éste invadiendo la tierra gloriosa, o Palestina (v.41), dejando de lado, por razones estratégicas, a Edom, Moab y Amón, en TransJordania. Después de haber conseguido grandes victorias en Egipto y Libia, se volverá precipitadamente a causa de las nuevas venidas de oriente y del norte (v.44); como hizo Senaquerib cuando asediaba a Jerusalén 31.
Al volver de Egipto, alzará la tienda de su palacio (v.45), o tienda real de campaña 32, entre los mares y el monte glorioso y santo, es decir, entre el Mediterráneo y la colina de Sión. Antíoco IV, que había perseguido enconadamente al pueblo judío, debía morir (por idealización profética) en tierra de Palestina, frente a la colina majestuosa de Yahvé, donde tantas profanaciones se habían cometido. Esto es ya un clisé de la literatura profética, pues Ezequiel, Joel y Zacarías presentan también a los enemigos de Israel derrotados y muertos en las proximidades de Jerusalén 33. De hecho sabemos que Antíoco IV Epífanes murió cerca de Susa, en Persia 34. Al sublevarse los armenios y partos, se dirigió hacia oriente, y en Elimaida intentó saquear el templo, como su padre; pero no se lo permitió el pueblo amotinado; allí se enteró de la derrota de su ejército a manos de Judas Macabeo 35; quiso volverse con su ejército a Palestina con ánimos de arrasarla 36, pero cayó enfermo y murió en Tabae, cerca de Susa 37. Cuando el autor del libro de Daniel redactó su compilación, aún no había tenido lugar la muerte del perseguidor, pero la anunció concretamente, si bien idealizándola en los detalles, conforme a la tradición profética bíblica.

1 Cf. 7:1; 8:1; 9:1; 10:1. — 2 Cf. Herodoto, 7:20-99, donde se detalla la fuerza y riqueza de Jerjes. — 3 Sobre la división del imperio de Alejandro entre sus generales, véase lo que heraos dicho en el capítulo anterior. — 4 Parece que el instigador del asesinato de los dos hijos de Alejandro (el legítimo — nacido después de su muerte — , habido de Roxana, se llamaba Alejandro, y el ilegítimo, de Barsine, se llamaba Heracles) fue Casandro. Cf. Diodoro de Sic., XIX 105; XX 22. — 5 En 312 comenzó la "era de los Seléucidas," seguida en la cronología de los libros de los Macabeos. Cf. 1 Mac 1:10. — 6 A Seleuco II Calínico le sucedió su hijo Seleuco III Ceraunos, que sólo reinó dos años (226-223), siendo asesinado. Su sucesor fue su hermano Antíoco III el Grande. — 7 Cf. Polibio, XV 25:34. — 8 Cf. Flavio Josefo, Ant. 12:4:6. — 9 En Jer 2:19, Palestina es llamada "la más bella heredad," y en Ez 20,6.9, "la tierra que es la más hermosa de las tierras." — 10 Según Tito Livio (XXXIII 40), Antíoco había respondido a la reclamación de los romanos que "no les importaba lo que hacía Antíoco en Asia, como no importaba a éste lo que hacían los romanos en Italia." — 11 Cf. 2Mac3:7s. — 12 Sobre el carácter de Antíoco IV Epífanes véase el artículo de F. M. abel, Antiochus Epiphane, en "Vivre et penser": RB (1941) 231-54. — 13 En Eclo 50,1-21 se hace el cálido elogio de Onías III ,1o que indica la alta estima en que estaba en los medios cultos del judaismo. — 14 Cf. 1 Mac 3:30; Τίτο Livio, 41:20; Polibio, 26:10. — 15 Cf. 1 Mac 1:19. — 16 Los embajadores de Antíoco IV Epífanes llevaron a los romanos una corona de cincuenta talentos, y en Grecia repartieron regalos exorbitantes entre sus habitantes. Cf. Polibio, XXVIII 18. — 17 Cf. 1 Mac 1:20-25; 2 Mac 5:11-21. — 18 En hebreo se dice "naves de Kittim," literalmente "naves de Chipre"; pero esta denominación después designó a las costas del Mediterráneo en general (cf. Jer 2:10; Ez 27:6); y en la época de los Macabeos, los pueblos marítimos occidentales (cf. 1 Mac 1:1; 8,5). En él "Comentario de Habacuc" de ios rollos hallados junto al mar Muerto se llama a los romanos kittim. — 19 Cf. 1 Mac 1:11-15; 2 Mac 4:4-17. — 20 Cf. 1 Mac 1:41-53-543; Dan 8:3; 9:27; 12:11; 1 Mac 1:54. — 21 Cf. 2Mac6,18s; 7,is. — 22 Cf. 1 Mac 7:13; 2 Mac 14:5. — 23 Cf. 1 Mac 6:21; 7:13; 9:23. — 24 "Desde 169 al 166 es representado en las monedas con los emblemas de la divinidad, y la inscripción "Antíoco, dios manifiesto." Desde 166, su imagen es la de Zeus Olímpico con la inscripción "Rey Antíoco, dios manifiesto, victorioso" (F. M. abel, a.c., 2545). Lo que se dice aquí de Antíoco corresponde a lo que se dijo del pequeño cuerno del 0.7, del macho cabrío del c.8. Así se dice de él: "hará lo que le plazca" (8:25); "se exaltará a sí mismo" (8:10.11.25); "hablará altaneramente" (7:8.25), etc. (saydon, o.c., p.661). — 25 Cf. Is 17:10; Ez 8:14. — 26 Tito Livio, XLI 20. — 27 Cf. Abel, a.c., 242. — 28 Cf. 2 Mac 4:8-10,24. — 29 Cf: Is 10,28-34; 37:7; Ez 39:4; Jl 3:2.12-13; Zac 14:2. — 30 Porfirio dice que hubo otra expedición contra Egipto de Antíoco IV en el año n de su reinado. Cf. san jerónimo, In Dan. 9:40: PL 25:572. Pero probablemente Porfirio depende del texto bíblico. El autor racionalista quería a toda costa aplicar los versos de la Biblia a Antíoco IV. — 31 Cf. 1837:7. — 32 La palabra empleada por palacio es persa y sólo aparece aquí en el A.T. — 33 Cf. Ez 39:4; Jl 3:2.12-13; Zac 14:2. — 34 Cf. 1 Mac 3:31-37- — 35 Cf. 1 Mac 6:1-7; 2 Mac 9:1-3. — 36 Cf. 2 Mac 9:4- — 37 Cf. Polibio, 31, II.
12. Triunfo del Pueblo Elegido
Este breve capítulo puede dividirse en dos partes: a) anuncio de la salvación de los fieles judíos y de la resurrección de sus muertos (1-4); b) epílogo a la revelación comenzada en 11:2 y al libro en general, con la confirmación de lo antes dicho.

Salvación de los justos y resurrección de los muertos (1-4)
1 Entonces se alzaré. Miguel, el gran príncipe, el defensor de los hijos de tu pueblo, y será un tiempo de angustia, tal como no lo hubo desde que existen las naciones hasta ese día. Entonces se salvarán los que de tu pueblo estén escritos en el libro. 2 Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la eterna vida, otros para eterna vergüenza y confusión. 3 Los sabios brillarán con el esplendor del firmamento, y los que enseñaron la justicia a la muchedumbre resplandecerán por siempre, eternamente, como las estrellas. 4 Tú, Daniel, ten en secreto estas palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos lo leerán y acrecentarán su conocimiento.

El profeta anuncia un último gran ataque contra el judaísmo, en el que los fieles serán protegidos por Miguel, el valedor de los intereses religiosos del pueblo judío. La perspectiva profética se extiende en un período no muy definido, pero parece que el contexto exige que el tiempo de angustia sea el de la época macabea, como veremos en seguida. No obstante, este tiempo de prueba puede considerarse como tipo de la aflicción de los justos al fin del mundo, y, en este sentido, la perspectiva puede ser de algún modo escatológica 1.
Después de esta prueba purificatoria para los justos, se salvaran los que de tu pueblo están escritos en el libro (v.1). En los capítulos anteriores, el autor sagrado habla reiteradamente del reino de los santos, que sustituirá a los imperios históricos. Sin duda que el hagiógrafo piensa aquí en la nueva teocracia mesiánica, de la que serán ciudadanos sólo los que han sido fieles, los sabios, que han vencido la prueba de la persecución y que han enseñado con su conducta y consejos a otros a vencerla. De este modo, como triunfadores, se salvarán. los escritos en el libro (v.2), o registro de la vida, en el que están inscritos los que han de sobrevivir 2. Dios lleva la contabilidad de las acciones de los judíos, y, conforme a su conducta, los inscribe o rechaza del libro de la vida. Y de esta salvación no sólo participarán los judíos que sobrevivan a la persecución después de haber sido fieles a la ley de Dios, sino que aun los muertos resucitarán, unos para recibir el galardón de la vida eterna y otros para eterna vergüenza (v.2).
La perspectiva parece limitada en este texto a los judíos y a los perseguidores, si bien no se excluye la extensión de la resurrección en un sentido más universal. Se trata de una resurrección individual, no colectiva, nacional. En Is 26:19 hemos visto que se anunciaba una resurrección de los individuos para participar en la era mesiánica de la nueva teocracia. Ahora el autor del libro de Daniel anuncia también una resurrección de los judíos que han sufrido la persecución, leales a su ley religiosa, para participar de una vida eterna, que no se concreta más; al contrario, los que no han sido fieles a su ley o quizá los perseguidores resucitarán para eterna vergüenza y confusión. Entre los resucitados para la vida eterna destacarán los sabios, que con su palabra y ejemplo han enseñado la conducta que se debe seguir en los tiempos de persecución. Ellos han enseñado la justicia, es decir, el camino del temor de Dios y de la lealtad a sus preceptos, y como tales brillarán en la nueva era luminosa, que se abre con un fulgor comparable al de las estrellas.
Después de anunciar la distinta suerte de los justos y de los culpables, Daniel recibe la orden de mantener ocultas las revelaciones que le acaba de hacer hasta el tiempo del fin (v.4), es decir, hasta el tiempo de su cumplimiento. Esta orden, redactada en el lenguaje de los libros apocalípticos, pretende excitar la curiosidad del lector. No es necesario, pues, urgir el sentido misterioso de estas palabras. El libró puede referirse a las diversas visiones contenidas en el actual libro de Daniel o sólo a la última, que acaba de explicar, iniciada en el c. 11. Los libros apocalípticos judíos tenían un carácter esotérico, para que sólo los iniciados pudieran entenderlos. Daniel debe, pues, tener en secreto lo que acaba de ver y oír hasta que llegue la hora de su manifestación. En 8:26 se hace la misma recomendación esotérica. A medida que los hechos se vayan desenvolviendo, muchos lo leerán y acrecentarán su conocimiento 3.
Confirmación detallada de la revelación anterior (5-13)
5 Yo, Daniel, miré y vi a dos hombres que estaban en pie, el uno al lado de acá del río, el otro del lado de allá, 6 y uno de ellos dijo al varón vestido de lino que estaba sobre las aguas del río: ¿Cuándo será el fin y sucederán esas maravillas? 7 Y oí al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río, que, alzando al cielo su derecha y su izquierda, juró por el que eternamente vive que eso será dentro de un tiempo, de tiempos y de la mitad de un tiempo, y que todo esto se cumplirá cuando la fuerza del pueblo de los santos estuviera enteramente quebrantada. 8 Yo vi, pero, no entendiendo, pregunté: Mi señor, ¿cuál será el fin de estas cosas? 9 Y él respondió: Anda, Daniel, que esas cosas están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin. 10 Muchos serán purificados, emblanquecidos y depurados; los impíos seguirán el mal, y ninguno de los malvados entenderá, pero los que tienen entendimiento comprenderán, 11 Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar de la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. 12 Bienaventurado el que espere y llegue a mil trescientos treinta y cinco días. 13 Y tú camina a tu fin y descansarás, y al fin de los días te levantarás para recibir la heredad.

La perspectiva de persecución, que antes se presentaba nebulosa, se concreta ahora al tiempo de los Macabeos. Es la conclusión de la visión precedente. Ahora aparecen dos interlocutores en el estilo convencional apocalíptico. Los dos hombres deben de ser dos testigos oficiales de lo que acaba de decirse y de lo que se dirá con juramento solemne 4. Estos dos aparecen a ambos lados del río Eufrates 5. El personaje famoso vestido de lino, personificación del designio de Dios en la historia, como hemos visto anteriormente, con gesto solemne (alzando al cielo su derecha y su izquierda, ν.7) responde con juramento 6 que todo ello ocurrirá dentro de un tiempo, de tiempos y medio tiempo (ν.7), es decir, tres aρos y medio, que es justamente lo que duró la persecución de Antíoco IV, tal como se describe en 11:31-36. La expresión es idéntica a 7:25 y se ha de entender en el mismo sentido, y así la entendió ya San Jerónimo.
En el v.11 concreta más este período de persecución, que se caracterizará por la cesación del sacrificio perpetuo y la erección de la abominación desoladora, o ídolo de Júpiter Olímpico. La persecución durará mil doscientos noventa días, un poco más que los tres años y medio (mil doscientos setenta y siete días en 7:25 y 12:7). En 8:14 se habla de mil ciento cincuenta días de persecución (mil trescientas tardes y mañanas). Globalmente, la cifra es la misma y designa el tiempo que duró la profanación del templo de Jerusalén desde mediados del 168 a.C. hasta fines del 165 a.C., en que fue purificado el templo por Judas Macabeo.
El hagiógrafo termina llamando bienaventurado al que asista al cumplimiento de todo esto después del fin de la persecución. En su perspectiva profética se añaden nuevos días para que pueda ser testigo de la nueva era venturosa: bienaventurado el que llegue a mil trescientos treinta y cinco días (v.12). La cifra puede ser convencional, apocalíptica, para expresar que después del fin de la persecución aún hay que esperar algo más antes de entrar en la plena edad mesiánica. La perspectiva profética, pues, se alarga, e insinúa que Daniel no asistirá vivo al cumplimiento de todo esto, pero que resucitará para recibir la heredad (v.15). Con estas palabras se cierra la parte protocanónica del libro de Daniel.

1 Cf. San Jerónimo, In Dan. 12:1; San Crisóstomo, Adv. lud. Hom. 5:7. — 2 Sobre la expresión libro de la vida cf. Ex 32:21: "Perdónales su pecado o bórrame de tu libro, del que tú tienes escrito." Is 4:3; Ez 13:9; Sal 69:29: "Sean borrados del libro de la vida." En la literatura apócrifa es común esta concepción (cf. Jub 30,23; Henoc 81:4; 4 Esd 6:20, etc.). La imagen pasa al Ν. Τ. (Filp 4:3; Ap 3:5). — 3 La traducción de la última parte de este verso no es segura. — 4 Cf. Dt 19:15; Mt 18:19; 2 Cor 13:1. — 5 En hebreo, yeor, que significa primitivamente el Nilo, pero después significó río en general. Y aquí es el del 10:4, es decir, el Eufrates. — 6 Sobre este modo de jurar cf. Dt 32:40; Dan 4:31; Ap 10:6.
13. Historia de la Casta Susana.
Este capítulo y el siguiente pertenecen a la parte deuterocanó-nica del libro de Daniel, y han llegado a nosotros sólo en griego. En la Vulgata y los LXX aparece este relato de Susana después del c.12, pero en la traducción de Teodoción está al principio del libro. Se ha discutido si el texto que tenemos griego es traducción de otro semítico o si, más bien, el relato ha sido escrito ya en griego desde el principio.
Presentación de la virtuosa Susana (1-9)
1 Moraba en Babilonia un varón cuyo nombre era Joaquín. 2 Había tomado por mujer a una llamada Susana, hija de Helcías, muy hermosa y temerosa de Dios, 3 pues sus padres, que eran justos, la habían educado según la ley de Moisés. 4 Era Joaquín muy rico y tenía contiguo a su casa un jardín. Concurrían a su casa los judíos por ser él el más ilustre de todos. 5 Aquel año habían sido designados jueces dos ancianos, de los que dijo el Señor: Salió la iniquidad de Babilonia, de los ancianos constituidos en jueces, que parecían gobernar al pueblo. 6 Frecuentaban éstos la casa de Joaquín, y a ellos venían cuantos tenían algún pleito. 7 Hacia el mediodía, cuando el pueblo se había retirado, entraba y se paseaba Susana en el jardín de su marido, 8 y, viéndola cada día los dos ancianos entrar y pasearse, sintieron pasión por ella. 9 Y, pervertido su juicio, desviaron sus ojos para no mirar al cielo ni acordarse de los justos juicios.

El autor no nos dice nada de la fecha en que tuvo lugar lo que va a narrar. Los nombres de Joaquín y de Releías eran muy comunes entre los judíos. El de Susana ("lirio, azucena," muy en consonancia con su conducta pura) aparece sólo aquí en el A.T. Como perteneciente a una familia de alta posición social, había recibido una esmerada educación, según las tradicionales leyes judías (v.3). Su casa se convirtió en centro de reunión de los exilados por ser su marido muy considerado entre ellos. La expresión aquel año parece indicar que se ha perdido algún versículo en el que se aludiría a las circunstancias cronológicas del hecho. Puede también tener el sentido de en cierto año. Nada sabemos de la institución de los ancianos como jueces entre los exilados, aunque es muy verosímil. En el libro de Ezequiel se habla reiteradamente de los ancianos como representantes de los intereses de los exilados 1. Los judíos en el destierro tuvieron que improvisar un régimen judicial propio, conforme a sus leyes mosaicas, y pudieron muy bien tomar como modelo la institución de los ancianos de la época del desierto.
Por lo que aquí se insinúa, cada año se nombraban dos ancianos para presidir los tribunales propios judíos. El lugar de reunión de éstos era la casa de Joaquín, que por su amplitud se prestaba a ello. La tradición judía los ha identificado con los dos falsos profetas Acab y Sedecías, de que habla Jeremías en 29:23. La cita del v.5 (salió la iniquidad de Babilonia, de los ancianos contituidos en jueces.) nos es desconocida en la Biblia, pero puede ser una frase de algún profeta que no haya sido consignada en las actuales Escrituras canónicas, o quizá una alusión parafraseada al pasaje de Jer 23:145. De hecho, los dos ancianos se dejaron seducir por la belleza corporal de Susana y sintieron una ardiente pasión sexual por ella. La descripción de lo que sigue es muy pormenorizada y realista, no exenta de ironía. Llevados de sus malos deseos, olvidaron los justos juicios de Dios sobre los prevaricadores, a pesar de ser los representantes de la justicia de la Ley de Moisés.
Intento de violación de Susana (10-27)
10 Ambos estaban heridos de amor por Susana, pero no se lo habían comunicado entre sí, n porque sentían vergüenza de confesarse uno a otro su pasión y el deseo que tenían de unirse a ella, 12 y a porfía buscaban cada día ocasión de verla. 13 Dijéronse, pues, el uno al otro: Vamos a casa, que ya es la hora de comer. Y, saliendo, se separaron el uno del otro. 14 Pero, dando la vuelta, vinieron al mismo sitio. Preguntándose la causa, se declararon su pasión, y en común espiaron el momento de poder hallarla sola. 15 Y sucedió que, mientras esperaban el día oportuno, entró Susana al jardín, como el día anterior, acompañada sólo de dos doncellas, para bañarse en el jardín, porque hacía calor. 16 Nadie había allí, fuera de los dos ancianos, que, escondidos, la acechaban. 17 Y dijo a las doncellas: Traedme el aceite y los ungüentos y cerrad las puertas, que voy a bañarme. 18 Hicieron ellas como se les había dicho, y, cerrando las puertas del jardín, salieron por la puerta lateral para traer lo que se les había mandado, y no vieron a los ancianos que estaban escondidos. 19 En cuanto salieron las doncellas, se levantaron los ancianos y se precipitaron hacia ella, 20 diciéndole: Las puertas están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos pasión por ti; consiente, pues, y entrégate a nosotros; 21 de lo contrario, daremos testimonio contra ti de que estabas con un joven y por esto despediste a las doncellas. 22 Rompió a llorar Susana, y dijo: Por todas partes me siento en angustia, porque, si hago lo que proponéis, vendrá sobre mí la muerte, y si no lo hago, no escaparé a vuestras manos. 23 Mas prefiero caer inculpable en vuestras manos a pecar ante el Señor. 24 Y levantando Susana la voz, la levantaron también los dos ancianos contra ella. 25 Corrió uno de los dos a abrir las puertas del jardín. 26 Apenas oyeron los gritos los que estaban en casa, se precipitaron a entrar por la puerta lateral para ver lo que pasaba, 27 y luego los ancianos se explicaron, quedando los siervos grandemente confundidos, porque jamás semejante cosa se había dicho de Susana.

El hagiógrafo, irónicamente, destaca el contraste entre la mala conducta de los ancianos, que debían dar ejemplo de virtud por su edad y su calidad de jueces, y la virtud heroica de la bella Susana, que 110 quiso consentir a sus vergonzosas propuestas. Esta sabía que, si consentía, debía ser condenada a muerte 2. La amenaza calumniosa de los ancianos hizo que ella prorrumpiera en gritos de auxilio como único modo de salvar la situación. La narración está cuidada al detalle, y los contrastes se suceden con gran efecto literario.
Susana es acusada de adulterio (28-41)
28 Al día siguiente todo el pueblo concurrió a la casa de su marido, Joaquín, y vinieron asimismo los dos ancianos, llenos de perversos pensamientos contra Susana, a quien pretendían hacer morir. Ante el pueblo dijeron: 29 Enviad por Susana, hija de Helcías y mujer de Joaquín. Y la mandaron llamar. 30 Llegó Susana, y con ella sus padres, hijos y todos sus parientes. 31 Era Susana muy delicada y hermosa de aspecto. 32 Iba cubierta, y aquellos malvados mandaron que se descubriese para saciarse de su hermosura. 33 Lloraban entretanto los suyos y todos cuantos la veían. 34 Levantáronse los dos ancianos en medio del pueblo, pusieron sus manos sobre la cabeza de Susana, 35 que, llorando, miraba al cielo, lleno su corazón de confianza en el Señor. 36 Los ancianos dijeron: Mientras nos paseábamos solos por el jardín, entró ésta con dos doncellas y, cerrando la puerta, despidió a las dos doncellas. 37 En seguida se acercó un joven que estaba escondido en el jardín y se acostó con ella. 38 Y hallándonos nosotros en un ángulo del jardín, vimos la maldad y corrimos a ellos, y los vimos que estaban pecando, 39 pero no pudimos detener al joven, por ser más fuerte que nosotros, y abriendo las puertas, se escapó. 40 Pero sorprendimos a ésta, y preguntándola quién fuese el joven, no quiso decírnoslo. De esto damos nosotros testimonio. 41 Y la asamblea, como se trataba de ancianos del pueblo y, por añadidura, jueces, los creyó y la condenaron a muerte.

El supuesto adulterio de Susana corrió por toda la comunidad de exilados. Susana pertenecía a lo más escogido de la sociedad y era conocida por su honestidad. La acusación, pues, conmovió a la muchedumbre. Susana fue presentada al tribunal acompañada de sus parientes e hijos, avergonzados. La acusada era hermosa en extremo; como todas las mujeres, iba con la cabeza cubierta. Los ancianos, para saciar su sensualidad, la descubrieron c.32). Según la Ley, a la mujer sospechosa de adulterio debía quitársele el velo de la cabeza 3, pero en época posterior se exceptuaba de esto a las mujeres que eran extremadamente hermosas4. De ahí la observación del hagiógrafo sobre la mala intención de los lujuriosos ancianos.
Estos la acusaron públicamente poniendo sus manos sobre la cabeza de Susana (v.34), según era costumbre, pues los ancianos ahora actuaban no como jueces, sino como testigos 5. La simpatía de los asistentes estaba por Susana, por la buena reputación que tenía; pero, ante el hecho consumado, se vieron obligados a dar la razón a los dos inicuos ancianos, que ejercían de jueces en el pueblo por aquel entonces. La honorabilidad de los mismos era una garantía de su veracidad. La acusación de éstos está urdida con todo detalle para hacerla más verosímil ante la muchedumbre.
El éxito fue completo, ya que la asamblea los creyó, y el mismo pueblo dio el veredicto: Susana debía ser condenada a muerte (v.41). A la infortunada mujer no le quedó sino encomendar su inocencia al cielo, para que Dios la manifestara ante todos (v.35). Por encima de todos los tribunales humanos apeló al infalible y supremo de Dios, que, como veremos, hará resplandecer su inocencia. Los dos ancianos habían actuado como testigos y, por tanto, no podían dar sentencia de jueces. Es el clamor popular el que la da, convencido de la culpabilidad de Susana. Pero Dios hará que de nuevo el clamor popular exija la rehabilitación de la pobre acusada y la condenación de los falsos testigos.
Daniel defiende la inocencia de Susana (42-64)
42 Levantó entonces Susana la voz y dijo: "¡Dios eterno, conocedor de todo lo oculto, que ves las cosas todas antes que sucedan ! 43 Tu sabes que han declarado falsamente contra mí. Tú sabes que muero sin haber hecho nada de cuanto éstos han inventado inicuamente contra mí." 44 Oyó el Señor su voz, 45 y mientras era llevada a la muerte, despertó Dios el espíritu santo de un jovencito llamado Daniel, 46 que con voz fuerte gritó:Yo soy inocente de esta sangre. 47 Y todo el pueblo se volvió a él, diciéndole: ¿Qué significan esas palabras que has proferido? 48 Y él, puesto en medio de ellos, dijo: ¿Tan insensatos sois, hijos de Israel, que, sin inquirir ni poner.en claro la verdad, condenáis a esa hija de Israel? 49 Volved al tribunal, porque éstos han testificado falsamente contra ella. 5o Y todo el pueblo a gran prisa se volvió. Los ancianos le dijeron: Ven, siéntate en medio de nosotros y decláranoslo, porque el Señor te ha dado el don de la ancianidad. 51 Díjoles Daniel: Separadlos lejos uno de otro, que voy a interrogarlos. 52 Así que los hubieron separado uno de otro, llamó a uno de ellos y le dijo: Viejo envejecido en la maldad, ahora vienen sobre ti las maldades que tantas veces hiciste, 53 juzgando injustamente, condenando a los inocentes y absolviendo a los culpables, cuando Dios dice: No matarás al inocente y al justo. 54 Dinos, si viste a ésta, ¿bajo qué árboles los viste acariciarse? El contestó: Bajo un lentisco. 55 Replicó Daniel: Muy bien, has mentido contra tu propia cabeza, pues ya el ángel de Dios ha recibido la orden de partirte por medio. 56 Y haciéndole retirar, mandó traer al otro y le dijo: Raza de Canaán y no de Judá, la belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. 57 Así hacíais a las hijas de Israel, y ellas de miedo se os rendían; pero esta hija de Judá no consintió en vuestra iniquidad. 58 Ahora, pues, ¿bajo qué árbol los habéis sorprendido acariciándose mutuamente? Contestó él: Bajo una encina. 59 Díjole Daniel: Muy bien, has mentido tú también contra tu cabeza, pues el ángel de Dios tiene pronta ya la espada para rajarte por medio, para aniquilaros. 60 Y toda la asamblea levantó la voz bendiciendo a Dios, que salva a los que en El esperan. 61 Y se lanzaron contra los dos viejos, a quienes Daniel había convencido por su propia declaración de haber falsamente testificado. 62 Y, según la Ley de Moisés, les hicieron como ellos mismos habían maquinado contra su prójimo. Diéronles muerte, y se salvó en aquel día la sangre inocente. 63 Helcías y su mujer alabaron a Dios por la salvación de su hija, y con ellos Joaquín, su marido, y todos sus parientes, porque no fue hallada en ella torpeza. 64 Y desde aquel día en adelante, Daniel se hizo famoso en su pueblo.

Susana apeló al tribunal de Dios para que en última instancia declarase públicamente su inculpabilidad. La oración de la virtuosa mujer fue oída al punto. Dios tomó como instrumento para declarar la inocencia de Susana a un jovencito llamado Daniel. Sobre él envió el espíritu santo (v.45), o carisma de adivinación y discernimiento, para declarar la verdad oculta. Impulsado por una fuerza superior, el niño dijo a gritos que él era inocente de la sangre de la infortunada mujer (v.46). La intervención del jovencito causó sensación, y tan decididas eran sus palabras, que vieron en su grito un mensaje divino. Daniel les reprochó la ligereza en condenar a Susana sin haber probado totalmente su culpabilidad. La muchedumbre estaba bien dispuesta a favor de la condenada, y por eso la invitación a una revisión del proceso pareció muy bien a todos.
Los que formaron el tribunal, unos ancianos diferentes de los dos viejos lujuriosos que habían actuado de testigos, vieron en Daniel a un enviado de Dios y le invitaron a declarar la verdad, como si tuviera ya el don de la ancianidad (v.52), es decir, la madurez de juicio requerida para intervenir en una decisión judicial. Lo que va a hacer Daniel es lo primero que debían haber hecho los que condenaron a Susana para comprobar la veracidad de la acusación de los dos viejos calumniadores. A la pregunta del joven sobre la clase de árbol en que vieron a Susana pecar con el supuesto joven, la respuesta es discorde: uno dice que debajo del lentisco, mientras que el otro dice que bajo la encina 6. Daniel a uno le llama raza de Canaán, porque imita sus costumbres corrompidas7, y anuncia que el ángel del Señor va a cumplir la sentencia de muerte sobre cada uno de ellos para que expíen la calumnia que acaban de hacer y las anteriores iniquidades cometidas, abusando de su calidad de jueces del pueblo de Israel.
La sentencia del joven Daniel fue confirmada por el pueblo, y los dos viejos lujuriosos fueron ejecutados, conforme estaba prescrito en la Ley mosaica en caso de la falsa acusación 8. La inocencia de Susana quedó así públicamente reconocida, y todos alabaron a Dios porque había manifestado la verdad por su siervo Daniel, que desde entonces se hizo famoso en su pueblo (v.64). Los familiares de la acusada vieron rehabilitada la fama de ésta, y con ello se salvó la honorabilidad de toda la parentela.

1 Cf. EZ 14:1; 20:1. — 2 Cf. Lev 20:10; Dt 22:21-22; Jn 8:4-5. — 3 Cf. Núm 5,18. — 4 Cf. Mishna, Sota 1:5. — 5 Cf. Lev 24:14· — 6 En griego hay un juego de palabras entre lentisco (σχΐνον) y partir por medio (σχίσει) del v.55, y encina (rrpívov) y rajar (κατάπρίοτ)). Esta paranomasia fue ya puesta de relieve por Julio el Africano y Porfirio para probar que el relato habνa sido escrito originalmente en griego. Cf. San Jerónimo: PL 25:492.582. — 7 Sobre la corrupción de los cananeos cf. Gen 15:16; Lev 18:24-30; Sab 12:3-6; 14:23-26; Ez 16:3.45. — 8 Cf. Dt 19:16-21.
14. Bel y el Dragón
Es un nuevo apéndice a la ya compleja antología de narraciones del libro de Daniel. Se trata ahora de poner en ridículo ante los creyentes israelitas el culto idolátrico de la omnipotente Babilonia, objeto de admiración de los pequeños pueblos del antiguo Oriente. En los LXX se dice que la narración está tomada de "la profecía de Ambacum (o Habacuc), hijo de Jesús, de la tribu de Leví," lo que parece indicar que formaba parte de otra colección de relatos. Él fondo histórico es nebuloso.
Daniel rehusa adorar al ídolo Bel (1-7)
1 Reunióse Astiages con sus padres, sucediéndole en el reino Ciro el persa. 2 Era Daniel uno de los comensales del rey y el más honrado de todos sus amigos. 3 Tenían los babilonios un ídolo llamado Bel, que cotidianamente consumía doce altabas de harina, cuarenta ovejas y seis metretas de vino. 4 El rey le veneraba e iba cada día a adorarle, pero Daniel adoraba a su Dios. Díjole el rey: ¿Por qué no adoras a Bel? 5 A lo que Daniel respondió: Porque yo no adoro ídolos hechos por manos de hombres, sino al Dios vivo, Hacedor del cielo y de la tierra y soberano de toda carne. 6 El rey le replicó: ¿Crees que Bel no es un dios vivo? ¿No ves cuánto come y bebe cada día? 7 Le contestó Daniel, riendo: No se deje engañar el rey; éste, que por dentro sólo es barro y por fuera sólo bronce, no ha comido jamás.

La datación del v.1 no aparece en los LXX. Se ha supuesto que esta narración debía seguir a la del c.6, pues es muy análoga por su contenido. El v.1 es casi idéntico al 6:28, cambiando en Astiages el nombre de Darío. Astiages fue el último rey de Media, vencido y suplantado por Ciro 1, que anexionó el reino de aquél al imperio persa que éste creó. El rey de que se habla en este capítulo parece ser Ciro, aunque no se especifica expresamente. Bel era la divinidad patronal de Babilonia, llamada también Marduk2. Las ofrendas eran muy considerables. De ellas nos hablan los textos cuneiformes y el mismo Herodoto 3. Las cantidades que da la Biblia son exorbitantes: doce artabas de flor de harina (seis hectolitros)4, que correspondía a la oblación al ídolo; cuarenta ovejas (sacrificio cruento) 5 y seis metretas de vino (libaciones), es decir, unos dos hectolitros de vino 6.
Ciro fue muy condescendiente con los cultos religiosos de los pueblos vencidos. Aquí aparece como muy devoto del dios babilonio Bel. Naturalmente, Daniel, como en el c.6, no admite más Dios que el de sus padres, Creador de todo y soberano de toda carne (v.5), es decir, de todos los hombres. Sólo Yahvé es el Dios vivo, mientras que el ídolo de Babilonia es de barro por dentro y de bronce por fuera. El rey le replica que también es vivo, puesto que come grandes cantidades de ofrendas. La respuesta de Daniel es irónica y da lugar a una apuesta ofrecida por el mismo rey.
Daniel prueba que Bel no es un dios (8-22)
8 Encolerizado el rey, llamó a los sacerdotes y les dijo: Si no me decís quién consume todas estas provisiones, moriréis; 9 pero, si me hacéis ver que es Bel quien las consume, morirá Daniel por haber blasfemado contra Bel. Contestó Daniel al rey: Hágase según tu palabra. 10 Setenta eran los sacerdotes de Bel, fuera de sus mujeres e hijos. Vino el rey con Daniel al templo de Bel, 11 y le dijeron los sacerdotes: Nosotros saldremos fuera, y tú, rey, pondrás los alimentos y el vino mezclados y -cerrarás la puerta y la sellarás con tu anillo, 12 y si al venir por la mañana no hallamos que los alimentos han sido consumidos por Bel, moriremos; en caso contrario, Daniel nos habrá calumniado. 13 Estaban ellos muy confiados, porque debajo de la mesa habían hecho una entrada secreta, por la cual se introducían siempre para consumir las provisiones. 14 Pero así que salieron ellos y el rey colocó las provisiones, ordenó Daniel a sus siervos que trajeran ceniza, y en presencia del rey solo, la extendieron por todo el pavimento del templo. Después salieron y cerraron las puertas; luego de sellarlas con el sello real, se retiraron. 15 Por la noche vinieron, como de costumbre, los sacerdotes con sus mujeres e hijos y comieron y bebieron todas las provisiones. 16 Madrugó el rey muy de mañana, y Daniel con él, 17 y dijo el rey: Daniel, ¿están intactos los sellos? Daniel contestó: Intactos, rey.18 Abrió luego las puertas y miró el rey a la mesa, y dijo en alta voz: Grande eres, Bel, y no hay en ti engaño alguno. 19 Se sonrió Daniel, y deteniendo al rey para que no entrase dentro, le dijo: Mira el pavimento y ve de quién son estas pisadas. 20 Respondió el rey: Veo pisadas de hombres, de mujeres y de niños. E irritado el rey, 21 hizo prender a los sacerdotes, a sus mujeres e hijos, que le mostraron la puerta secreta por la que entraban a consumir lo que se colocaba sobre la mesa, 22 y los mandó matar. Después entregó Bel a Daniel, que lo destruyó, así como su templo.

El rey sospechó algún fraude de parte de los sacerdotes y propuso una comprobación del hecho. Los sacerdotes y Daniel aceptan. Aquéllos habían hecho una puerta oculta para entrar sin romper el sello que el rey puso en la entrada oficial. La sagacidad de Daniel sospechó esto, y sin que los sacerdotes supieran nada, mandó echar ceniza por el pavimento. Por la noche los sacerdotes y sus familias entraron en el templo y se llevaron las provisiones. El rey, al día siguiente, constata con Daniel que las provisiones han desaparecido sin que el sello de la puerta haya sido roto. Cuando empieza a cantar un himno de reconocimiento a Bel, Daniel le hace observar las pisadas en el pavimento. El rey se convence del fraude y manda matar a los impostores y destruir el ídolo y el templo.
No consta en los documentos profanos que Giro haya destruido el famoso templo de Bel-Marduk de Babilonia, como se indica en el v.22. Por Herodoto sabemos más bien que fue saqueado por Jerjes en el siglo V a.C., mucho tiempo después de Ciro. Estas imprecisiones históricas son frecuentes en el libro de Daniel, cuyos relatos, de muy diversa índole, han sufrido muchos retoques redaccionales. De su historicidad ha de juzgarse teniendo en cuenta la índole literaria midráshica del mismo, como en páginas anteriores hemos anotado reiteradamente. El hagiógrafo ha querido recoger relatos tradicionales en los que brilla el poder del Dios único para edificación de sus lectores. Y muchas veces, no siempre, el sentido de precisión histórica preside sus relatos de índole netamente religiosa.
Daniel mata al dragón (23-31)
23 Había también un gran dragón, muy venerado de los babilonios. 24 Dijo el rey a Daniel: ¡No dirás de éste que es hecho de bronce! Mira que está vivo y come y bebe; de éste no podrás decir que no es dios vivo. Adórale, pues. 25 A lo que Daniel contestó: Al Señor, mi Dios, adoraré, porque El solo es Dios vivo. 26 Si tú, rey, me lo permites, yo mataré a este dragón sin espada ni palo. Respondióle el rey: En tu poder está. 27 Y tomando Daniel pez, grasa y pelos, lo hirvió todo junto, e hizo unas bolas, que luego dio al dragón, el cual las comió, reventando con ellas. Y dijo: Mirad lo que venerabais. 28 Cuando esto oyeron los babilonios, se irritaron sobremanera y se amotinaron contra el rey, diciendo: El rey se ha hecho judío. Ha derribado a Bel, ha matado al dragón y ha degollado a sus sacerdotes. 29 Y llegándose al rey, le dijeron: Entréganos a Daniel; si no, te mataremos a ti y a tu casa. 30 Y viéndose el rey muy acosado, les entregó a Daniel a la fuerza, 31 y le arrojaron al foso de los leones.

Sigue la narración apologética para destacar la omnipotencia del Dios de los judíos y la inanidad de los ídolos paganos. Ahora es un dragón, el adorado como dios por los babilonios, la víctima de la intransigencia monoteística de Daniel. Las serpientes eran muy veneradas entre los babilonios (la teriolatría), y parece que hay indicios de que se daba culto a serpientes vivas7. El dragón era símbolo de Tiamat, el dragón-océano de la antigua mitología mesopotámica.
Daniel, despectivamente, se compromete a matar sin armas al dragón venerado por los babilonios; en efecto, le da de comer cosas indigeribles, y el dragón muere al punto 8. La noticia de la muerte del dragón irritó a los habitantes de Babilonia, que van a pedir cuentas al rey, al que consideran convertido al judaismo por consentir en todo lo que pedía Daniel. El rey, atemorizado, les entrega a Daniel, el cual fue arrojado de nuevo al foso de los leones.
Daniel, auxiliado por Dios en el foso de los leones. (32-39)
32 Había allí siete leones y allí estuvo Daniel siete días. Daban a los leones cada día dos cuerpos humanos y dos ovejas. Pero durante aquellos días no les dieron nada para que devorasen a Daniel. 33 Vivía entonces en Judá el profeta Habacuc, el cual, cocida la comida y mojado el pan en la cazuela, se iba al campo para llevarlo a los segadores. 34 Pero el ángel del Señor dijo a Habacuc: Lleva la comida que tienes preparada a Daniel, que está en Babilonia en el foso de los leones. 35 Y contestó Habacuc: Señor, nunca he visto a Babilonia y no sé qué es el foso de los leones. 36 Y tomándole el ángel del Señor por la coronilla, por los cabellos de su cabeza, le llevó a Babilonia, encima del foso, con la velocidad del espíritu. 37 Y gritó Habacuc: ¡Daniel,.Paniel! toma la comida que Dios te envía. 38 Y contestó Daniel: En verdad, ¡oh Dios! te has acordado de mí, pues no abandonas a los que te aman. 39 Y levantándose, comió, y al instante el ángel de Dios restituyó a Habacuc a su lugar.

El relato se desarrolla siempre con recargo de lo milagroso, muy en consonancia con el género literario midrdshico (novela edificante al estilo de la "leyenda dorada" de Jacobo de Vorágine). Los prodigios se multiplican: Daniel estuvo siete días en el foso con siete leones hambrientos, a los que se privaba de la ración diaria de dos cuerpos humanos 9 y de dos ovejas; y, sin embargo, se abstuvieron de tocarle; por fin, Dios le envió desde Judea al profeta Habacuc para que le trajera la comida 10. Daniel la recibe y da gracias a Dios, que no le abandonó en el foso de los leones.
El rey da gloria a Dios (40-43)
40 Al día siguiente vino el rey a llorar a Daniel, y, llegando al foso, miró y vio a Daniel sentado. 41 Entonces, levantando la voz, dijo: ¡Grande eres, Señor, Dios de Daniel, y no hay otro fuera de ti! 42 Y le sacó del foso y arrojó en él a los causantes de su condena, que al instante en su presencia fueron devorados. 43 Entonces el rey dijo: Teman todos los moradores de la tierra al Dios de Daniel, porque es el verdadero salvador, que hace milagros y maravillas en la tierra y ha librado a Daniel del foso de los leones.

La conclusión del episodio es en todo similar a la de 6:25. Allí Nabucodonosor fue a ver lo que había pasado a su amigo; aquí es Ciro el persa. La situación es en todo semejante, y el estilo convencional del relato, el mismo: Daniel es liberado, y el rey reconoce públicamente la omnipotencia del Dios de Daniel y arroja en el foso a los que le habían condenado. Todo ello cae dentro del género literario midráshico, que es una de las características del libro de Daniel.

1 Cf. Herodoto, I 130. — 2 Bel equivale al Baal ("señor") de los semitas occidentales. — 3 Cf. Herodoto, I 183. — 4 La arlaba era una medida persa de medio hectolitro de capacidad. — 5 Los LXX ponen cuatro ovejas. Hemos seguido la lección de Teodoción, admitida en la Vg como más apropiada en consonancia con las otras medidas. — 6 La metreta equivalía a unos 39 litros. Cf. Jn 2:6. Los LXX leen aceite en vez de vino. — 7 Cf. Landersdorfer, Der Orache von Babylon: "Biblische Zeitschrift" (1913) p-3- — 8 Herodoto habla de algo parecido (8:41). — 9 Los LXX añaden "de condenados a muerte." — 10 La palabra profeta falta en los LXX. Conocemos un profeta de este nombre entre los profetas menores, pero la identidad de nombre no basta para su identificación con este del libro de Daniel. En la Biblia se habla de otros traslados milagrosos por el aire (cf. 1 Re 18:12; 2 Re 2:11.16; Ez 8:3; Mt 4:5.8; Act 8:39-40).