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Sección 2. (33:7-39:15)
Elogio de la Sabiduría
Con un nuevo elogio de la sabiduría divina, a quien atribuye el autor la distinción de los días y de los tiempos, la diversa suerte de los hombres y los contrastes que cada día contemplamos en la naturaleza, se abre esta nueva sección, de características idénticas a las secciones precedentes. Los temas más importantes de la misma son: Dios protege al justo y castiga al malvado, el culto agradable al Señor, el hombre y la mujer, la verdadera y falsa sabiduría, el sincero amigo y el hipócrita, y otros temas diversos, como el médico, los sueños, el culto a los muertos, etc.
Dios, autor de las diferencias y contrastes en la creación (33:7-15)
7 ¿Por qué un día es distinto de otro día, mientras la luz todo el año procede del sol? 8 Es la sabiduría del Señor la que los diferencia, 9 y muda los tiempos y trae las fiestas. 10 A unos los distinguió y los santificó, i a otros los puso en el número de los días comunes. Todo hombre viene del polvo, y de la tierra fue creado Adán. 11 Pero con su gran sabiduría los distinguió el Señor y les fijó diferentes destinos. 12 A unos los bendijo y ensalzó, los santificó y allegó a sí; a otros los maldijo y los humilló y los derribó de su lugar. 13 Como el barro en manos del alfarero, 14 que le señala el destino según su juicio, así son los hombres en las manos de su Hacedor, que hace de ellos según su voluntad. 15 Enfrente del mal está el bien, y enfrente de la muerte, la vida; así, enfrente del justo, el pecador. Considera de este modo todas las obras del Altísimo, de dos en dos una enfrente de la otra.
Con la pregunta acerca de la distinción de los días, alumbrados todos ellos por un mismo sol, introduce el arduo problema de la diversa condición de los hombres, que tienen un mismo origen. La sabiduría, contesta Ben Sirac, no el sol, creado como todas las cosas, ni causa otra alguna, es quien hace sucederse los días y las estaciones con sus características propias; ella también la que ha santificado unos días, dedicándolos al culto divino, -como el sábado 5 y los días festivos de Pascua, Pentecostés, etc., mientras que ha dejado los demás hábiles para el trabajo. Lo mismo ocurre con los hombres; todos están hechos del mismo barro, al que un día retornan. Sin embargo, vemos profundas diferencias entre ellos en los diversos aspectos: unos son justos y piadosos, otros malvados e impíos; unos son sabios, otros necios; unos ricos, otros pobres. Esta diferencia no proviene del origen y naturaleza del hombre, idénticos uno y otro en todos ellos, sino, como la de los días y tiempos, de la sabiduría divina, la cual, por designios muchas veces inescrutables para nosotros, ha creado las diversas condiciones de hombres. Y así Dios con su sabiduría bendijo y exaltó a Noé, a Abraham, a Jacob, a José, al pueblo de Israel, dándole un destino singular en la historia de la humanidad; y dentro de él santificó y exaltó de un modo particular a los sacerdotes y profetas. En cambio, maldijo y humilló a Caín, al Faraón, Coré, Datan y Abirón, etc.; a los cananeos, a quienes arrojó de su tierra para que fuese ocupada por su pueblo escogido. Opinan algunos comentaristas que Ben Sirac tiene ciertamente la intención de combatir las concepciones de los judíos helenistas, que quieren borrar las distinciones entre el pueblo escogido y el mundo pagano, y acentúa así el carácter nacional de la religión israelita 6.
Con la conocida comparación del barro en las manos del alfarero, que San Pablo empleará a propósito de la predestinación7, ilustra Ben Sirac el pensamiento anterior, constatando la absoluta dependencia del hombre respecto de su Creador (v.13-15). Del mismo modo que el alfarero, conforme a la finalidad que se propone, da una u otra forma al barro amasado, así Dios, conforme a sus designios, diferencia a los hombres, fijándole a cada uno su destino. La creación nos ofrece por todas partes, tanto en el orden físico como en el orden moral, toda una serie de contrastes y oposiciones en los que resplandece la sabiduría divina. La belleza o la bondad de una cosa resalta más cuando se la contrasta con su contrario. La luz del día se aprecia mejor al compararla con la oscuridad de la noche, y la salud, cuando se sufre una enfermedad. También el mal y el pecado, si bien no provienen de Dios, sino del ser humano 8, ponen más de relieve el resplandor, estima y mérito del bien y de la virtud 9.
Ben Sirac habla de sí y de su obra (33:16-19)
16 Y yo he llegado el último de todos, como quien anda al rebusco después de la vendimia. 17 Mas por la bendición del Señor me aventajé a otros, y llené, como los vendimiadores, mi lagar. 18 Ved que no trabajé para mí solo, sino para todos los que buscan la sabiduría. 19 Oídme, pues, los grandes del pueblo; los que presidís la asamblea, prestadme atención.
Hecha una mención implícita de los profetas y escritores de Israel, escogidos por Dios para comunicar su mensaje al pueblo israelita, Ben Sirac testifica que también él se ha sentido llamado a contribuir con su libro a la obra de instrucción de los israelitas. El ha venido después de ellos a penetrar en los secretos de la sabiduría, como quien después de la vendimia anda en rebusco de lo que dejaron los vendimiadores. Pero con tan notable éxito, debido a la bendición de Dios (v.17), que aventajó a otros muchos en sabiduría, viniendo a ser como un vendimiador que ha llenado de fruto su lagar. Entonces sintió la conciencia de la misión, a que Dios lo llamaba, de comunicar la sabiduría a los demás, y se decidió, como afirma en el prólogo su nieto, a escribir su libro, no para su propio provecho particular, sino para hacer a los demás partícipes de su doctrina, la cual les llevará a una vida ajustada a la Ley. Termina dirigiendo una exhortación a los círculos dirigentes de la vida social y religiosa a que estudien la sabiduría contenida en su obra. Las leyes sabias de los gobernantes y su buen ejemplo serán un poderoso estímulo para que también los subditos practiquen el bien.
Consejos al jefe de familia sobre sus bienes y siervos (33:20-32)
20 Ni a tu hijo, ni a tu mujer, ni a tu hermano, ni a tu amigo des poder sobre ti en toda tu vida, ni entregues a otro tus bienes, no sea que luego tengas que pedirles a ellos. 21 Mientras en ti hay aliento de vida, a nadie dejes tu puesto; 22 porque mejor es que te rueguen tus hijos que no verte a merced de ellos. 23 En todo lo que haces sé el dueño; 24 no eches manchas en tu honor. Al fin de los días de tu vida, al tiempo de la muerte, distribuye tu heredad. 25 El forraje, el palo y la carga para el asno; el pan, la corrección y el trabajo para el siervo. 26 Haz trabajar a tu siervo, y tendrás descanso; dale mano suelta, y buscará la libertad. 27 Como el yugo y las coyundas hacen doblar el cuello, 28 así al siervo malévolo el azote y la tortura. Hazle trabajar y no le dejes ocioso, 29 que la ociosidad enseña muchas maldades. 30 Impónle el trabajo según lo que convenga, y si no obedeciere, métele en el cepo. No te excedas con nadie y no hagas nada sin discreción. 31 Si tienes un siervo, trátale como a ti mismo; es para ti tan necesario como tú mismo. Si tienes un siervo, trátale como a ti mismo, no te enfurezcas contra tu propia sangre. 32 Si le maltratas y, maldiciéndote, huye, ¿por qué camino lo buscarás?
Ben Sirac da un sabio consejo al padre de familia, cuyo fiel cumplimiento le puede librar de muchos disgustos en los días de su vejez. Durante su vida, le recomienda, jamás deberá traspasar el dominio de sus bienes a sus herederos. Únicamente si lo hace cuando su muerte se aproxima obrará sabiamente. Sabido es cómo los hijos que formaron un nuevo hogar se preocupan con frecuencia más de su esposa e hijos que de sus padres, que tienen a veces que andar de casa en casa de éstos mendigando el sustento, lo que lleva consigo muchas veces la pérdida de la autoridad paterna y del honor y prestigio que el padre ha de conservar hasta el final de la vida. Pide el orden natural que sea él quien ordene y aconseje en los asuntos familiares, y los hijos quienes les estén subordinados.
En cuanto a la conducta que se ha de observar con los siervos, comienza con una comparación un poco dura — no tanto como suena a nuestros oídos, ya que en aquel entonces el asno era un animal mucho más estimado y mejor tratado que lo es entre nosotros —, que luego suaviza. Como se alimenta a este animal para que pueda prestar sus servicios y se le aplica con el palo el castigo oportuno si no se conduce conforme a las exigencias de su amo, del mismo modo hay que proporcionar al siervo el alimento necesario que requieren los trabajos duros que con frecuencia se le imponen y someterlo al castigo conveniente si se deja llevar de la haraganería. Falto de un motivo elevado en su trabajo, se deja vencer muchas veces por ella si no es obligado. Las solas palabras, como dice Proverbios, no bastan para inducirlo a él10. Sigue una experimentada constatación: siervo a quien se hace trabajar rinde en su trabajo y permanece con su señor, al que proporcionará horas de descanso; pero, si no vigilas su trabajo y lo dejas en libertad, buscará la manera de huir y lo perderás.
Ben Sirac señala después la conducta que se ha de observar con los siervos malos y con los siervos buenos. Para con los primeros (v.27-30) recomienda imponerles el trabajo proporcionado a sus fuerzas, sin permitirles jamás la ociosidad, que, si puede ser en cualquier persona madre de todos los vicios, mucho más en quienes sin ella ya son malos. Si no cumple con dicho trabajo, lo castigarás con toda severidad, pero sin excederte, procurando en su corrección no desfogar tu ira con castigos que traspasen los justos límites.
Para los siervos buenos, Ben Sirac recomienda una conducta que denota un espíritu que se eleva notablemente sobre el de la sociedad pagana, aunque no todavía el que informa a San Pablo en sus consejos sobre el particular 11. Al siervo bueno que cumple su deber, su señor deberá tratarlo como a sí mismo, conforme al mandamiento del amor al prójimo. Y esto por un doble motivo o consideración humana: en primer lugar, por la necesidad que de sus servicios tienes; si a todo prójimo has de amar como a ti mismo, con mayor razón a quien te sirve con fidelidad y proporciona tal vez pingües ganancias. En segundo lugar, porque tu siervo es algo tuyo, de tu casa, que has comprado con tu propio dinero; tratarlo mal, enfureciéndote con él, sería hacerlo contra algo tuyo. Ten en cuenta que, si por tratarlo mal, siendo él fiel, escapa de tu casa, no lo recobrarás después, ya que la Ley ordenaba "no entregar a su amo un esclavo huido que se haya refugiado en tu casa."12
Sacy tiene a este propósito una preciosa observación para los señores y amos de nuestro tiempo: "Si el sabio quiere que un esclavo fiel sea querido como nuestra propia vida y que lo tratemos como a nuestro hermano, ¡cuánto más debemos tener tales sentimientos para con aquellos que hoy nos sirven con fidelidad y con afecto y que son de una condición diversa de los esclavos! Debemos considerarlos, según el dicho de San Pablo, no sólo como partícipes de una misma naturaleza igual a la nuestra, sino como redimidos con la sangre del mismo Hijo de Dios y llamados a la misma gloria; por esto debemos tratarlos no con aspereza y con amenazas, sino con mansedumbre y con amor, conscientes de que somos juntamente con ellos siervos de un mismo señor que está en el cielo y que no tendrá consideración alguna a la diversa condición de las personas." 13
1 Sal 22:6; 91. — 2 Prov 12:21. — 3 Ap 22:11. — 4 Cf. Núm 27:21; Dt 33:8; Sam 14:41; 28:6; Prov 16:33; 18:18. — 5 Gen 2:3; Ex 20:21. — 6 Cf. Spicq, o.c., a 7:15 p.730. — 7 Rom 9:10-23; Ts 45:9; Jer 18:4-6. — 8 15:11-21. — 9 Cf. P. Winter, Ben Sirac 33 (36), 7-15 and the Teaching ofthe "Tuo Vcrys": VT Ü955) 315-318; S. Morenz, Eine weitere Spur der Weisheit Amenopes in der Bibel [Sir 33:13 graece; Sap 15:7]: ZAS 84 (1959) 795. — 10 29:19. — 11 Ef 6:5-9; Flm8-20. — 13 Citado en Girotti, o.c., a 33:31-34 p.486. — 12 Dt 23:15.
34. Los Sueños. Principios Para una Conducta Sabia
Vaciedad de los sueños (34:1-7)
1 Vanas y engañosas son las esperanzas del insensato, y los sueños exaltan a los necios. 2 Como el que quiere coger la sombra o perseguir al viento, así es el que se apoya en sueños. 3 El que sueña es como quien se pone frente a sí, frente a su rostro tiene la imagen del espejo. 4 ¿De fuente impura puede salir cosa pura, y de la mentira puede salir verdad? 5 Cosa vana son la adivinación, los agüeros y los sueños; lo que esperas, eso es lo que sueñas. 6 A no ser que los mande el Altísimo a visitarte, no hagas caso de los sueños. 7 A muchos extraviaron los sueños, y quedaron defraudados los que les dieron fe.
La interpretación de los sueños era cosa muy extendida en la antigüedad y debía de ser frecuente en los días del autor del Eclesiástico. Los paganos basaban en ellos multitud de supersticiones.
Ben Sirac quiere instruir a sus discípulos sobre la vanidad de los sueños y la necedad de darles fe, excepción hecha de los casos en que Dios los infunde para comunicarse por medio de ellos al hombre.
Las esperanzas del insensato son vanas, "polvo arrebatado por el viento, humo que en el aire se disipa."1 No se apoyan, como las del justo, en las promesas hechas por Dios a la virtud, sino en planes inspirados por su maldad, que Dios a su debido tiempo destruirá, de modo que no se realizarán. Semejantes a esas esperanzas ilusorias son los sueños; no tienen tampoco realidad alguna en sí. Como la imagen reflejada en el espejo es una mera representación sin contenido, que sólo un niño puede tomar por realidad, así los sueños, mera imagen refleja de nuestros pensamientos y acciones, representación de una aparente realidad muchas veces absurda, no tiene realidad objetiva fuera de la fantasía del hombre. Prestarles crédito y tomarlos como inspiradores de conducta es tan vano y absurdo como pretender coger la sombra con la mano o perseguir el viento invisible.
Como una fuente de aguas corrompidas no puede dar agua pura y cristalina, ni la mentira producir por sí la verdad, así de lo que no es más que vana apariencia, tomado como algo real y objetivo, nada se puede esperar sino error y engaño. Esto ocurre con la adivinación, los agüeros y los sueños (ν.5), meras invenciones o representaciones de la fantasía, sin un contenido o significado real que pueda ser punto de partida para una conducta acertada. Ben Sirac recomienda no hacerles caso alguno, constatando que muchos, intentando descubrir a través de ellos un acertado modo de obrar, fueron inducidos al error. Tal vez tenemos en el v.7 una alusión a los falsos profetas, que se valían de la interpretación de los sueños para captarse la benevolencia del pueblo y despertar en él falsas esperanzas 2; y la perícopa tal vez arguye la infiltración en Palestina de las prácticas de adivinación pagana en el siglo II3.
Es preciso, sin embargo, hacer una excepción. Dios a veces se ha valido de sueños para comunicarse con los seres humanos, como lo testifica la Sagrada Escritura4. En este caso se trata de una comunicación divina y se la debe seguir, sin temor alguno a equivocación. Ben Sirac no da indicios a base de los cuales puedan distinguirse los sueños enviados por Dios de los sueños vanos y engañosos 5.
La Ley, la sabiduría, la experiencia (34:8-13)
8 Cumple la Ley sin regateos, que la sabiduría perfecta está en la boca fiel. 9 El hombre instruido sabe muchas cosas, y el muy experimentado puede enseñar. 10 El que no ha sido probado sabe muy poco, y el que ha corrido mucho es rico en experiencia. 11-12 Yo he visto mucho en mis correrías y sé mucho más de lo que digo. 13 Con frecuencia estuve en peligro de muerte, pero me salvé gracias a mi experiencia.
Rechazados los sueños, adivinaciones y agüeros corno principios de conducta, Ben Sirac señala fuentes certeras que pueden orientar la manera de conducirse: la Ley, que, por contener la palabra de Dios, enseña con sus prescripciones al hombre lo que ha de hacer y lo que ha de evitar sin temor a equivocarse. Lo mismo hay que decir de las enseñanzas de los sabios; también ellas son "fuentes absolutamente seguras" para poderse conducir con seguridad en la vida. Finalmente, la experiencia, que se adquiere sobre todo en las pruebas y viajes fuera de la patria. Las pruebas y tribulaciones son una fuente, sobre todo, de experiencia y educación moral, parte integrante de la verdadera sabiduría; los grandes santos sufrieron grandes tribulaciones y pruebas que Dios les envió, y los hicieron grandes y experimentados maestros de vida espiritual6. Los viajes fuera del círculo familiar proporcionan un conjunto de experiencias sumamente útiles para la vida. Ben Sirac aprendió tanto en los suyos, que no puede encerrar en su libro todas las enseñanzas aprendidas en sus correrías. Y le fueron tan útiles, que, habiéndose hallado varias veces en situaciones muy peligrosas, su habilidad le hizo salir indemne de todas ellas 7. "El que no ha visto el mundo — escribe Dom Calmet —, quien no ha viajado, quien no conoce a los hombres, no sabe nada. El estudio de gabinete y los conocimientos especulativos son poca cosa. Para formar un hombre y hacerlo capaz de negocios es preciso que haya visto a los seres humanos en otra parte que en los libros. Es cosa buena el viajar; fue así como los grandes hombres de la antigüedad que nosotros conocemos se hicieron tan célebres y hábiles. Fue así como Ulises mereció la reputación de uno de los más sabios y más experimentados príncipes del mundo, y como Pitágoras y Platón han adquirido esa elevada ciencia que los ha hecho tan recomendables." 8
Mejor todavía el temor de Dios (34:14-20)
14 Vivirá el espíritu de los que temen al Señor, 15 porque su esperanza se apoya en quien salva. 16 El que teme al Señor de nada teme y no se desalienta, porque El es su esperanza. 17 Dichosa el alma que teme al Señor. 18 ¿En quién se apoya y quién es su sostén? 19 Los ojos del Señor están puestos sobre los que le aman. Es su fuerte escudo, su apoyo poderoso, abrigo contra el solano, contra el ardor del mediodía. 20 Guarda contra el tropiezo, auxilio contra la caída. Eleva el alma y alumbra los ojos, da la salud, la vida y la bendición.
Pero hay un medio mucho más seguro que la misma experiencia y habilidad humanas para gobernarse con acierto en la vida, y es el temor de Dios, verdadero principio de la sabiduría. El fue la auténtica prudencia sobrenatural que libró a Ben Sirac de los graves peligros a que se vio expuesto en su vida 9. A él dedica esta perícopa, que viene a ser como un canto a la protección maravillosa de Dios sobre quienes practican el temor de Dios. En él proclama dichoso al varón temeroso de Dios, porque pone su esperanza en el Señor, dueño absoluto de todas las cosas, de la vida y de la muerte; que tiene poder para salvar y para perder y dispensa su protección sobre quienes ponen en él su confianza. "Aunque haya que pasar por un valle tenebroso — exclama el salmista dirigiéndose al Señor —, no temo mal alguno, porque tú estás conmigo"10. Y el autor de Proverbios afirma: "Huye el malvado sin que nadie le persiga, mas el justo va seguro como cachorro de león." 11 El espíritu del v.14 es la vida, que Dios protege y libra de los peligros que la acechan. Los v.17-18 se corresponden con los v. 19-20; los que aman a Dios tienen sus ojos puestos en El, y el Señor, a su vez, pone los suyos en los justos, conforme a la expresión del salmista: "Están los ojos de Yahvé sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia." 12 Y esa miradautua de Dios y del alma constituye la confianza y fuerza de ésta. La expresión los que le aman viene a equivaler a la más usada "los que le temen"; para los autores sapienciales, el temor de Dios no es el miedo, que lleva a obrar por temor al castigo, sino ese amor reverencial del hijo para con el padre que lleva a obrar por agradarle a El. Ben Sirac multiplica los términos y comparaciones para poner más de manifiesto la protección de Dios sobre los justos y los efectos saludables que lleva consigo. El viento solano abrasa el aire y seca la vegetación; cargado a veces de polvo y de arena, oscurece el cielo con un denso color pardo. La expresión alumbra los ojos se refiere, como las demás, a la protección que libra de los peligros que acechan la vida, conforme al pensamiento del salmista: "Mírame ya, óyeme, Yahvé, ¡Dios mío! Alumbra mis ojos, no me duerma en la muerte. Que no pueda decir mi enemigo: Le vencí." 13
Sacrificios no gratos a Dios (34:21-31)
21 El que sacrifica de lo mal adquirido hace una oblación irrisoria, y no son gratas las oblaciones inicuas. 22-23 No se complace el Altísimo en las ofrendas de los impíos, ni por la muchedumbre de los sacrificios perdona los pecados. 24 Como quien inmola al hijo a la vista de sus padres, así el que ofrece sacrificios de lo robado a los pobres. 25 Su escasez es la vida de los indigentes, y quien se la quita es un asesino. 26 Mata al prójimo quien le priva de la subsistencia, 27 y derrama sangre el que retiene el salario al jornalero. 28 Si uno edifica y otro destruye, ¿qué provecho sacan ambos si no es la fatiga? 29 Si uno ora y otro maldice, ¿a cuál de los dos va a escuchar el Señor? 30 Si uno se lava por un muerto y vuelve a tocarlo, ¿qué le aprovecha su lavatorio? 31 Como si uno ayuna por sus pecados y luego vuelve a cometerlos, ¿quién oirá su oración y qué le aprovechará el haber ayunado?
Los pensamientos expuestos sobre el temor de Dios llevan a Ben Sirac a hablar del verdadero culto a Dios, al que dedicará también casi todo el capítulo siguiente. En esta perícopa rechaza como reprobables los sacrificios cuyas ofrendas fueron fruto de injusticias. Es algo irrisorio, pues el oferente ofrece al Señor como suya, renunciando en su honor a ella, una cosa que no lo es, pues la adquirió injustamente. Tal oblación no puede en modo alguno agradar a Dios 14. Tampoco puede complacerse el Señor en los sacrificios de los impíos, a quienes faltan las disposiciones interiores que deben acompañar todo sacrificio, como es la paz y amistad con Dios, que la exige incluso con nuestros prójimos para que la ofrenda le sea grata 15. El autor de Proverbios repite que Yahvé aborrece el sacrificio del impío 16. Por más que unos y otros multipliquen sus sacrificios, no obtendrán el perdón de sus injusticias y pecados, que no se obtiene por otro camino que por el de la penitencia. Y arrepentirse de sus pecados es lo primero que tiene que hacer todo pecador para que sus sacrificios sean aceptables al Señor 17.
Pero, si lo ofrecido al Señor ha sido quitado al pobre, entonces el sacrificio resulta abominable a los ojos de Dios. Ben Sirac no duda en compararlo a la inmolación del hijo ante su padre. La razón es que Dios, padre de todos los hombres, lo es en particular de los pobres 18, por lo que un agravio hecho a ellos es un ultraje que se comete contra Dios. Además, el pobre vive del pan que tiene que mendigar; el humilde jornalero, del escaso salario que recibe; privarles del pan, del salario, es arrebatarles su único medio de subsistencia, es privarles de la vida. La sentencia merece ser meditada por todos aquellos que, negando al pobre lo que es debido, o al jornalero el salario que en justicia le corresponde, hacen luego con sus riquezas limosnas a los pobres, ofrecen sacrificios al Señor, levantan templos o donan sus imágenes. Semejante actitud clama al cielo. Así lo afirma el apóstol Santiago: "El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos" 19. Dos comparaciones abundan en el mismo pensamiento. Si lo que uno construye lo destruye otro (v.28), nada queda sino la fatiga que en ello se puso sin utilidad alguna. Si un rico ora, ofrece un sacrificio cuya ofrenda es fruto de injusticia para con el pobre, ésta está clamando al cielo contra él. Y así, lo que el sacrificio como obra buena en sí edificaría, tendría de mérito, lo destruye el hecho de ofrecer como propio a Dios lo que se ha quitado a la subsistencia de uno de sus predilectos. La oración del rico que se acerca con corazón inicuo no será escuchada; lo será, en cambio, la maldición de quien de él con razón se queja. La Ley mandaba purificarse a quien hubiese tocado un cadáver20; pero si, concluida la purificación, vuelve a tocarlo, ¿de qué le valió la primera purificación? Del mismo modo, si uno ora y ayuna por sus pecados y luego continúa cometiéndolos, sin arrepentimiento sincero y propósito de enmienda, ¿de qué le aprovecha la oración y el ayuno? No obtendrá el perdón de los pecados.
1 Sab 5:14. — 2 Jer 23:25; 29:8. — 3 Cf. Spicq, o.c., a 34:6-8 p-736, que cita Bouché-Leclercq, Histoire de la divination dans l'antiquité (París 1879-1881); F. Lexa, La magie dans l'Égypte antique III (París 1925); fr. Gumont, Les mages hellénisés (París 1938) p. 127.16o; G. Contenau, La divination chez les Assyriens et les Babyloniens (París 1940). — 4 Gen 20,3; 37:5; 41:1; Núm 12:6; Sam 28:6; Job 33:15; Jl 2:28; Mt 2:13.19. — 5 San Gregorio (1.4 Dialog. 0.48 y 49) da sabias normas para distinguirlos. — 6 El v.1i de la Vulgata dice: El que no ha sido tentado, ¿qué puede saber? Pero el que una vez fue engañado se hará cauteloso. Insiste en la necesidad de la prueba para alcanzar experiencia. — 7 50,1-17. La Vulgata dice en el v.13: fui librado por la protección (gratia) de Dios. Cf. 50,1-17. — 8 Citado en Spicq, o.c., a 34:9-12 p.737. — 9 Cf.51:17. — 10 23:4. — 11 28:1. — 12 33:18. — 14 El v.22 de la Vulgata dice: Sólo el Señor basta a los que esperan en El en el camino de la verdad y la justicia. Falta en el griego y en la versión siríaca. Está fuera de contexto. Añade a los pensamientos de la perícopa precedente que la verdadera esperanza en Dios es la que se apoya en la verdad y en la justicia. — 15 Mt 5:23-24. — 16 15:8; 21:27. — 17 Is 1:11-17; Sal 51:19. — 18 Job 29:16; Sal 10:14; 69:6. — 19 5:4· — 20 Núm 19:11.
35. Mas Sobre los Sacrificios, La Oración de Israel
El sacrificio agradable a Dios (35:1-15)
1 Quien observa la Ley, ése es el que ofrece ricas ofrendas. 2 El sacrificio saludable es guardar los preceptos. 3-4 Ser agradecido a Dios es ofrecer flor de harina, y practicar la limosna es ofrecer sacrificio de alabanza. 5 Se complace al Señor apartándose del mal, y se obtiene el perdón apartándose de la injusticia. 6 No te presentes ante el Señor con las manos vacías, 7 porque así te está mandado. 8 La ofrenda del justo hace pingüe el altar, y su buen olor llega ante el Altísimo. 9 El sacrificio del justo es acepto, y su memoria de recordación no será olvidada. 10 Honra al Señor con corazón generoso y no disminuyas las primicias de tus manos. 11 Ofrece todos tus dones con rostro alegre, y con alegría consagra los diezmos. 12 Da al Altísimo según lo que El te da, y da con ánimo generoso lo que puedas; 13 que el Señor es generoso en recompensar, y te pagará el séptuplo. 14 No pienses en sobornar al Señor, porque no recibirá tus dones. 15 Y no confíes en sacrificios injustos, porque justo es el Señor, y no hay en él aceptsón de personas.
Mediante el paralelismo que establece entre varios de los sacrificios judíos — la simple oblación, el sacrificio pacífico 1, la oblación de flor de harina 2 y el sacrificio de alabanza — y las virtudes — obediencia a la Ley y cumplimiento de sus preceptos, la acción de gracias y la misericordia —, que pone en parangón con aquéllos, Ben Sirac afirma que el verdadero sacrificio agradable a Dios es el cumplimiento de sus mandamientos y la práctica de las virtudes, sobre todo la gratitud para con Dios, autor de cuantos beneficios hemos recibido, y la misericordia para con el necesitado, tantas veces recomendada en la Ley. Dios se complace en quien se aparta del mal y de la injusticia, por lo que ello viene a ser incluso como un sacrificio de expiación por los pecados antes cometidos. El sabio inculca la doctrina de los profetas de que no agradan a Dios los sacrificios si no van acompañados de las debidas disposiciones interiores, del temor de Dios, que se manifiesta en el fiel cumplimiento de la Ley 3; tal vez contra el naciente espíritu farisaico, que, descuidando el aspecto moral de la misma, se preocupaba más del ceremonial.
Con las afirmaciones precedentes no pretende Ben Sirac que se prescinda de los sacrificios como actos exteriores de culto, sino que él mismo exhorta a ofrecerlos, conforme estaba preceptuado en la Ley, cuyo mandato repite textualmente (v.6)4. Poco después los aconsejará a los enfermos para conseguir de Dios la salud 5, y en el capítulo 50 del libro hace una entusiástica descripción del sacrificio del sumo sacerdote. En la Ley se insistía más en la parte exterior del culto, prescribiéndose los sacrificios rituales. Los profetas y autores sapienciales hacen más bien hincapié en las disposiciones interiores, justicia y santidad del oferente. Ambas cosas se complementan. "La obediencia vale más que el sacrificio, pero quien no cumple el sacrificio falta con esto mismo a la obediencia" (Girotti) 6. La memoria de recordación del justo, que no será olvidada, designa la porción de la ofrenda de flor de harina mezclada con el aceite y quemada con el incienso sobre el altar, como combustión, en memoria, en olor suave para Yahvé 7. Es, pues, preciso ofrecer al Señor, conforme a lo preceptuado en la Ley, sacrificios, las primicias 8, los diezmos 9. Y con las disposiciones indicadas, para que sean agradables al Señor. Ben Sirac añade (v. 11-13) Que los sacrificios han de ser ofrecidos con generosidad, conforme a lo que el Señor ha dado, sin escatimar nada en las ofrendas, lo que argüiría falta de agradecimiento, y con alegría, no como quien siente tener que desprenderse de sus dones. "Dios ama al que da con alegría," dice San Pablo 10. Y San Agustín advierte que, si "das el pan triste, el pan y el mérito perdiste." 11 A quien ofrece con esa generosidad y esa buena disposición, el Señor, que no puede dejarse vencer en liberalidad por sus criaturas, se lo recompensará muy abundantemente. El séptuplo, como "el ciento por uno," son números o expresiones simbólicas para expresar una gran abundancia. Y no intentes sobornar al Señor con tus dones, advierte Ben Sirac, como si fuera un juez humano; o engañarle ofreciéndole lo que es fruto de injusticias, o víctimas con defectos, que no podían ofrecerse, conforme ordenaba la Ley 12, o sin las disposiciones necesarias. Dios es un juez infinitamente sabio, que ve y juzga conforme a la verdad y sinceridad, e infinitamente justo, que no puede aceptar los sacrificios de un corazón doble y malicioso. Y sobre todo no aceptará en modo alguno, como afirmó ya en la perícopa precedente, aquellos sacrificios cuyas ofrendas proceden de injusticias con los menesterosos. Dios no tiene acepción de personas 13 para aceptar las oblaciones de los ricos que violan los derechos de los pobres. Sus predilecciones están decididamente en favor de los pobres y humildes.
La oración del afligido (35:16-26)
16 No toma partido contra el pobre y escucha la oración del oprimido. 17 Jamás desdeña la súplica del huérfano ni de la viuda si ante El derrama sus quejas. 18 ¿No corren las lágrimas de la viuda por sus mejillas y su clamor no se dirige contra el que las hace correr? 19-20 El que sirve al Señor devotamente halla acogida y su oración subirá hasta las nubes. 21 La oración del humilde traspasa las nubes y no descansa hasta llegar a Dios, ni se retira hasta que el Altísimo fija en ella su mirada. Juzgará el Señor y ejecutará su fallo. 22 No se hará esperar, y sin misericordia, hasta aplastar a los opresores. 13 Y hará venganza en las gentes hasta aniquilar al ejército de los prepotentes y romper el cetro de los inicuos; 24 hasta dar al hombre según sus obras y remunerarle conforme a sus intenciones; 25 hasta defender la causa de su pueblo y alegrarlos con su misericordia. 26 Hermosa es la misericordia en el tiempo de la tribulación, como las nubes cargadas de agua en tiempo de sequía.
Continuando el pensamiento de la perícopa anterior, Ben Sirac manifiesta que Dios se pone siempre del lado de los pobres y de los humildes, seres indefensos expuestos a toda clase de injusticias por parte de los poderosos, y escucha los clamores y quejas contra quienes los oprimen 14. La oración del que sirve devotamente a Dios, la plegaria del pobre que se llega a El con sencillez y humildad de corazón, traspasa las nubes y llega hasta el trono de Dios, forzándole a otorgarle lo que en ella implora.
La protección de Dios sobre los pobres y afligidos que ha afirmado Ben Sirac, lo lleva a expresar su fe en la protección de Dios sobre su pueblo, afligido por la dominación extranjera, en la presente perícopa, a la que seguirá en el capítulo siguiente una larga oración por la restauración de Israel. En los días en que el autor escribe su libro, Israel se encuentra bajo la dominación de los seléucidas, reyes gentiles que dominaban sobre el pueblo teocrático y llevaban consigo la cultura helénica, y, por tanto, pagana, y a veces la persecución 15.
Dios tendrá misericordia de su pueblo, que clama a El día y noche, y le dará una alegría tanto mayor cuanto más dura y prolongada fuere la tribulación; castigará a los pueblos paganos que oprimieron a Israel no sólo según sus obras, sino según sus mismas intenciones, que Dios conoce con toda claridad. La promesa tiene cierto sabor mesiánico 16.
1 Lev 7:11-14, — 2 Lev 2:1-3. — 3 Os 6:6; 14:3; Am 5:11-27; 8:4-10. — 4 Ex 23:15; 34:20; Dt 16:16. — 5 38:11. — 6 O.c., a 35:6-7 p.49O. — 7 Lev 2:2.9.16. — 8 Ex 23:16-19; Núm 15:18-21; Dt 26:1. — 9 Dt 12:6; 14:23; 26:12. — 10 2 Cor 9:7. — 11 In Psalm. 42. — 12 Lev 22:22; Dt 16:19-20; Mal 1:7-8. — 13 V.1s; Sab 6:7; Act 10:34; Rom 2:11; Gal 2:6, etc. — 14 Ex 22:22; Dt 10,18; 14:29; 16:11; 24:17; 26:12; 27:19. El v.19 de la Vulgata insiste en el pensamiento de los versos anteriores: De sus mejillas suben hasta el cielo, y el Señor, que las oye, no se complacerá en ellas. — 15 El traductor debía pensar en Antíoco IV Epífanes (f 164), cuya persecución daría lugar al levantamiento de los Macabeos. — 16 Cf. Is 45:8.
36. Implora la Restauración de Israel. Elección de Mujer
Oración de Ben Sirac (36:1-19)
1 Ten piedad de nosotros, Señor, Dios del universo, y míranos; 2 infunde tu temor en todas las naciones; 3 levanta tu mano sobre los pueblos extraños y haz que sientan tu poder. 4 Como a su vista te santificaste en nosotros, así a vista nuestra santifícate en ellos, 5 para que te conozcan como nosotros te conocemos y sepan que no hay Dios, Señor, fuera de ti. 6 Renueva los antiguos prodigios y repite los portentos; 7 glorifica tu mano y tu brazo derecho; 8 despierta tu ira y derrama tu cólera; 9 destruye al adversario y aplasta al enemigo; 10 apresura el tiempo y acuérdate de tus promesas, y sean celebradas tus hazañas. 11 Sea devorado el que intenta escapar al fuego de tu cólera y caigan en la ruina los que maltratan a tu pueblo. 12 Aplasta las cabezas de los príncipes enemigos, que dicen: "No hay nadie fuera de nosotros." 13Congrega a todas las tribus de Jacob y dales su heredad como de antiguo. 14 Ten piedad, Señor, del pueblo que lleva tu nombre, de Israel, a quien hiciste tu primogénito. 15 Compadécete de tu ciudad santa, de Jerusalén, la ciudad de tu morada. 16 Llena a Sión de tu majestad, y el templo de tu gloria. 17 Da testimonio a los que te hiciste desde el principio y cumple las promesas hechas en tu nombre. 18 Da su recompensa a los que esperan en ti y sean hallados verdaderos tus profetas. Escucha, Señor, la plegaria de los que te invocan, 19 según la bendición de Arón sobre tu pueblo, y conozcan todos los moradores de la tierra que tú, Señor, eres Dios por los siglos.
Ben Sirac hace una fervorosa oración en favor de Israel en la que pide su restauración, con la consiguiente humillación de sus enemigos. Tiene forma de salmo y ha sido escogida por la liturgia cristiana para las laudes del sábado. Está dirigida al Señor, Dios del universo. Yahvé, Padre del pueblo escogido, es el dueño del universo, y le están sometidas todas las gentes que en él habitan. Y en ella el sabio apela a su piedad, fuente de cuantos beneficios nos concede.
Pide en la primera parte que infunda su temor en todas las gentes (v.2); no un temor que las extermine, como se pide otras veces para los enemigos del pueblo, sino que los humille y castigue si es preciso, a fin de que reconozcan su poder soberano. La conducta observada por Dios con Israel a través de su historia ofrece al autor un precioso parangón: Dios se ha manifestado santo, aborrecedor del mal y de la impiedad, ante las naciones gentiles al castigar a Israel y enviarlo al cautiverio por su infidelidad y pecados para con Dios. Ahora pide Ben Sirac que se manifieste santo ante Israel, haciendo alarde de su poder sobre las naciones que lo oprimen, castigándolos a fin de que pongan fin a su dominación sobre Israel y reconozcan también ellos que Yahvé es el único Dios verdadero 1. Implora renueve los antiguos prodigios y portentos (v.6) con que un día dobló la cerviz de los egipcios y libró de su esclavitud a los israelitas, y, con las frases bíblicas tradicionales para pedir el castigo de los enemigos que oprimen a Israel 2, suplica con insistencia en su oración la destrucción de los gentiles que ahora dominan sobre él e intentan contaminarlo con su paganismo. Tal vez alude a Antíoco III el Grande, que recibió el castigo de su orgullo; vencido el 190 por los romanos en la batalla de Magnesia, verdadera catástrofe para los seléucidas, perdió la mayor parte de sus conquistas. Jeremías elevaba una súplica semejante sobre quienes "habían devorado y consumido a Jacob y devastado sus campos" 3. En estos mismos sentimientos abunda Isaías en la segunda parte de su libro. Semejantes imprecaciones no ofenden la inspiración del libro. Al pedir Ben Sirac el castigo para sus enemigos, lo hace, más que movido por el odio a los enemigos, impulsado, como los profetas y salmistas, por el celo de la gloria de Yahvé, que debe ser reconocido también por ellos como único Dios, y del amor al pueblo israelita, que desea ver libre de la dominación extranjera, la cual, con su persecución a veces, con sus costumbres paganas siempre, creaban un peligro y un obstáculo para la conservación y libre ejercicio de la religión yahvista. En medio de su oración por la humillación de los enemigos, el autor intercala (v.10) una ardiente súplica por el cumplimiento de las promesas de una era mesiánica en que Israel, libre de sus enemigos, pueda cantar con libertad y alegría las grandezas del Señor 4. La destrucción de los enemigos es una de las señales de la próxima venida del Mesías5.
En la segunda parte de su oración, Ben Sirac, siguiendo el estilo profético, eleva al Señor su plegaria por el pueblo escogido. Suplica en primer lugar la reunión de todas las tribus de Israel en la patria prometida (v.13). Los israelitas habían sido deportados a Asiría; los judíos, a Babilonia; muchos no volvieron a su patria; otros se hallaban dispersos por Egipto, Asia Menor; y los que vivían en Palestina estaban sometidos unas veces a Siria y otras a Egipto. Zacarías había anunciado que Dios repatriaría a los israelitas de oriente y occidente y habitarían en Jerusalén, siendo ellos su pueblo y Yahvé su Dios 6. Joel contempla a Israel disperso entre las gentes, y dice que Dios en los días mesiánicos hará justicia a los pueblos que lo han sometido a vejación, reunirá a todos los dispersos y llevará a cabo la restauración de Judá y Jerusalén 7. Isaías dice que al final de los tiempos llamará a los israelitas dispersos en Asur y Egipto y "se prosternarán ante Yahvé en el monte santo de Jerusalén." 8 La reunión de las doce tribus iba unida a las esperanzas mesiánicas.
A la vez que multiplica las expresiones implorando misericordia y protección para Israel, va indicando los motivos por los que tiene que compadecerse de su pueblo. Este lleva su nombre (v.14): Israel significa "Dios ve" (raáh El); por lo demás, en la Escritura llevar el nombre significa "ser propiedad de"; Israel es el pueblo de Dios 9, escogido para los destinos mesiánicos. Es su pueblo primogénito, único a quien comunicó la revelación anticotestamentaria y el primero que experimentó las delicadezas de Dios en el Antiguo Testamento y recibió la predicación de la nueva evangélica 10. Jerusalén, capital del reino israelita, es la morada escogida por Dios para habitar en medio de su pueblo; en ella está el templo, que llenó su gloria el día de su inauguración 11. Ben Sirac pide la glorificación de Jerusalén y el templo, anunciada para los tiempos mesiánicos. Ageo predijo que en los tiempos mesiánicos Dios llenará de gloria el nuevo templo, de modo que la gloria de la segunda casa precederá a la primera 12; e Isaías, que el monte de la casa de Yahvé sería confirmado por cabeza de los montes y ensalzado sobre los collados, y subirían las gentes a la casa del Dios de Jacob a ser enseñados por El..., "porque de Sión ha de salir la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahvé." 13 Finalmente, implora el cumplimiento de las profecías hechas por medio de sus patriarcas y profetas 14 al pueblo que escogió ya desde un principio en los patriarcas, formó en Egipto con la bajada de los hijos de Jacob e hizo su alianza con ellos en el Sinaí después de sacarlos de la esclavitud egipcia. El pueblo ha vivido siempre con la esperanza en un Mesías libertador. Dios tiene que cumplir esa esperanza, porque ha empeñado su palabra por medio de los profetas, y escuchar la plegaria de quienes tienen puesta en El su confianza conforme a la bendición de Aarón: "Que el Señor os bendiga y os conserve; que haga brillar sobre vosotros la luz de su rostro y tenga piedad de vosotros; que El vuelva a vosotros su rostro y os dé la paz."15 El cumplimiento conduciría a la glorificación de Yahvé, pues todas las naciones conocerán que es su Dios el único y verdadero Dios 16.
Prudencia en la elección de mujer (36:20-28)
20 El estómago recibe todos los manjares, pero hay unos manjares mejores que otros. 21 El paladar distingue los manjares desabridos, y el corazón discreto las palabras mentirosas. 22 El corazón perverso causa dolor, pero el hombre muy probado lo calma. 23 La mujer acepta el marido que le dan, habiendo entre ellas unas mejores que otras. 24 La belleza de la mujer alegra el rostro al marido y aumenta en el hombre el deseo de poseerla. 25 Si tiene palabras amables y suaves, su marido es dichoso. 26 El que tiene una mujer tiene un gran bien, ayuda a él conveniente y columna en que apoyarse. 27 Donde no hay valla es depredada la hacienda, y donde no hay mujer anda el hombre gimiendo y errante. 28 ¿Quién se fía de banda armada, que corre de ciudad en ciudad? Así tampoco del hombre que no tiene hogar y duerme donde le coge la noche.
Después de esta fervorosa plegaria, Ben Sirac vuelve a los consejos de sabiduría práctica que interrumpió con la oración. Se refieren los primeros de la perícopa presente a la discriminación en general y a la elección de mujer los demás. Hay alimentos buenos saludables al organismo; otros, en cambio, no tan buenos e incluso perjudiciales; el estómago es quien los distingue y declara la naturaleza de cada uno en orden a la digestión y nutrición. Los hay sabrosos y los hay desabridos; el paladar descubre el gusto agradable o desagradable de cada uno. De la misma manera, hay palabras veraces y las hay mentirosas; el sabio conoce el corazón de los hombres y sabe discernir lo que hay en él de sinceridad y de hipocresía. Hay corazones malvados y los hay buenos y experimentados; los primeros hacen sufrir a los demás, los segundos conocen un montón de resortes para descubrir los engaños de aquéllos y preservar de su mal.
Lo mismo ocurre con las mujeres. Unas son mejores que otras en virtud, en belleza, en prudencia para el gobierno de una casa. La mujer ha de aceptar el marido que sus padres le proporcionan; eran éstos en los orientales quienes buscaban marido para sus hijas. El marido, en cambio, escoge, y al hacerlo deberá tener en cuenta las cualidades que hacen a la mujer una buena esposa y sabia administradora de casa. "Si el matrimonio se mira — escribe Calmet — -con la finalidad única de unirse a una mujer y tener hijos, entonces no interesa tanto la elección, porque toda mujer está hecha para el hombre; pero, si se mira principalmente la sociedad y la dulzura de vida en esta unión, hay que atender sobre todo a las costumbres y cualidades de la que se elige para esposa."17 Ben Sirac señala la belleza, que suscita el atractivo sensible del marido y hace sobrellevar con alegría las preocupaciones y trabajos que lleva consigo el sostenimiento de.la casa. Si ella añade amabilidad y dulzura en su conversación y trato con su esposo, hallará una dicha extraordinaria que no todos encuentran en su hogar. Aludiendo al pensamiento de Gen 2:23-24, dice que tal mujer es una ayuda para su marido y un firme sostén en su esfuerzo por sostener la casa, en las dificultades y penalidades que ello lleva consigo.
Frente a la felicidad del hombre que encontró una mujer buena, presenta el autor dos pinceladas de la desdicha del solitario que no ha formado un hogar con una esposa. Si un campo no está rodeado de una valla que lo defienda, el sembrado es pisado por hombres y animales, y los frutos no se obtienen. Lo mismo le ocurre al que no ha edificado un hogar y carece de una mujer hacendosa a quien se confíe la administración de la casa: habrá de confiar a otros sus bienes y los tendrá expuestos a su codicia; deberá andarerrante y vagabundo, confiándose siempre a gente extraña, hoy aquí, mañana allí, sin la alegría y el apoyo de una esposa virtuosa. Y de gente errante que tiene que dormir donde la noche le sorprende, ¿quién se fía? Ben Sirac hace una velada invitación al matrimonio con una mujer virtuosa y de buenas cualidades, como preferible a una soltería vagabunda. No han llegado los tiempos en que Jesucristo proclame como camino más excelente la virginidad por el reino de los cielos.
1 Jer 16:21; Ez 28:22; 38:22-23. — 2 1 Re 19:17; Jer 48:45; Am 5:19. — 3 10:25. — 4 Is 5:19; 60,22; Dan 8:19; 11:27-35. El hebreo y la versión siríaca leen el lob: Pues ¿quién te dirá: Qué haces tú? Dios es el Señor de todo y nadie puede pedirle cuentas. Cf. Is 45:9; Job 9:12; Ecl 8:4; Act 1:7. — 5 Jl 3; Miq 7:7-20, etc. — 6 8:7-8. — 7 3:1-2. — 8 27:12-13; cf. Is 40:11; Jer 3:18; Ez 36:9; Am 9:14; Miq 7:14. — 9 Dt 28:10; 2 Sam 9:28; Jer 15:16; Bar 4:5; Zac 8:7-8. — 10 Ex 4:22; Jer 31:9; Os 11:1; Sab 18:13. — 11 1 Re 8:11. — 12 Ag 2:8:10. — 13 2:2-3. — 14 Is 41:26; 48:16; Lc 1:70. — 15 Núm 6:24-26. — 16 Is 52:10. — 17 Citado en Spicq., o.c., a 36:18-24 p.749.
37. Amigos, Consejeros, Sabios
Prudencia en la elección de los amigos (37:1-6)
1 Todo amigo dice: "Soy tu amigo"; pero hay muchos que no lo son más que de nombre. 2 ¿No es una pena mortal hacerse enemigo al amigo? 3 ¡Ay del mal amigo! ¿Por qué ha sido creado, para llenar la tierra de engaños? 4 Al tiempo de la alegría es amigo, pero al tiempo de la tribulación se vuelve. 5 El buen amigo lucha al lado de su amigo y embraza el escudo contra el enemigo. 6 No eches en olvido al amigo en la lucha y no le des de lado al tomar el botín.
Otra de las cosas en que hace falta discreción y prudencia para no exponerse a engaños y desilusiones es en la elección de los amigos. Con sus palabras todos se profesan amigos y en la prosperidad todos se esfuerzan por aparecer como los mejores y más fieles. Pero los hay que sólo son de nombre! que en el día de la adversidad te abandonan; más aún, hay quienes después se convierten en enemigos, lo que produce tanta mayor desilusión cuanto mayor confianza se puso en él, y tanto mayor sufrimiento de corazón cuanto más afecto se le profesó y de más íntimos secretos se hizo partícipe.
¿Cómo discernir el buen amigo del malo? Por su comportamiento en el día de la tribulación. El amigo falso es fiel a la amistad en la felicidad y prosperidad de su prójimo, mientras puede obtener provecho y utilidad de la amistad; pero en el día del infortunio, cuando la suerte se dio la vuelta, abandona a su amigo y no rara vez se convierte en su enemigo y acusador 2. El buen amigo, por el contrario, permanece fiel al amigo en su desgracia y comparte los sufrimientos con él. Y si éste es atacado por sus enemigos, empuña su escudo para defenderle de las calumnias y de los daños que le quieran inferir. Esa es la amistad leal y sincera.
Concluye la perícopa con un consejo: sé fiel a tu amigo siempre, en el tiempo de la adversidad como en el día de la prosperidad. La amistad supone una comunicación de bienes cuando los hay, y un mutuo sostén y consuelo en la desgracia cuando aquéllos faltan.
Prudencia en la elección de consejeros (37:7-21)
7 El consejero mantiene su consejo, pero hay quien aconseja en interés propio. 8 No te fíes de consejeros; mira antes de qué necesitan, no te aconsejen en provecho suyo: 9 No te echen un lazo 10 y te digan: "Este es el buen camino," y se te opongan luego, causando tu desgracia. 11 No te aconsejes de quien te envidia, ni descubras tus planes a tu émulo. 12 Con mujer no trates de su rival, ni de guerra con el tímido, ni del cambio con el comerciante, ni de venta con el comprador, ni de agradecimiento con el desagradecido, 13 ni de misericordia con el de duro corazón, ni de obra alguna con el perezoso, 14 ni de la sementera con el ajustado por año, ni de tarea con el siervo perezoso; ni te apoyes en ninguno de ellos para resolver. 15 Trata más bien con un varón piadoso, de quien sabes que guarda los preceptos; 16 cuyo corazón es semejante al tuyo, y que te compadecerá si te ve caído; 17 y permanece firme en lo que tu corazón resuelva, porque ninguno será para ti más fiel que él. 18 El alma del hombre anuncia esas cosas mejor que siete centinelas puestos en atalaya. 19 Y en todas ellas ora al Altísimo para que te dirija por la senda de la verdad. 20 El fundamento de toda obra es la reflexión; a toda empresa preceda el consejo. 21 La raíz de los consejos es el corazón, y de él proceden cuatro ramas: el bien y el mal, la vida y la muerte; y entre ellas decide siempre la lengua.
Para caminar seguros por el sendero de la vida y no tropezar en las numerosas piedras a su vera colocadas, por el azar unas veces, con mala intención otras, es necesario rodearse de buenos consejeros, que con su saber y experiencia nos aconsejen en las situaciones complicadas de nuestra vida. Pero también aquí es preciso sagacidad y prudencia; no todos son lo suficientemente rectos y desinteresados para buscar únicamente el bien de aquel que demanda sus consejos. El autor va a dar unas normas para discernir los buenos de los malos consejeros.
Antes de pedir consejo a una persona convendrá observar si ella tiene necesidad de aquello que podría conseguir mediante un consejo torcido. Si no es de una rectitud probada, podría aplaudirte unos proyectos cuyo beneficiario al fin sería él, o desaconsejarte como desacertados unos planes de que luego él se aprovecharía, dejándote a ti en la estacada. Tampoco será buen consejero quien siente envidia por su consultante. La pasión de la envidia difícilmente le dejará ser imparcial y objetivo y fácilmente aconsejará en perjuicio de aquellos por quienes siente emulación.
Imparcialidad y objetividad son imprescindibles para poder dar un juicio sincero y desinteresado, cualidades que en determinadas personas y circunstancias o materias rara vez se dan. La razón es que nadie es juez en su propia causa y que la pasión quita aquella lucidez a la mente que le es precisa para dar un consejo certero. Ben Sirac da en los v.1a-i4 una lista de esas personas a quienes en las circunstancias o asuntos que indica no será prudente pedir consejo. Así, a la mujer respecto de su rival; la aversión que hacia ella siente y la venganza, tan frecuente entre mujeres, la aparta de todo parecer que pueda serle favorable. Sería también absurdo consultar sobre asuntos de guerra al hombre tímido; aquéllos requieren de ordinario valentía y decisión, lo que le falta a éste, que rehuirá toda acción militar, por necesaria que sea. Como sería ingenuo preguntar sobre el cambio al comerciante mismo, o de la venta con quien te ha de comprar, pues el interés los ciega en provecho suyo. Ni cumplirías con tus deberes de ser agradecido para con quienes te han hecho beneficios si te haces aconsejar de quienes carecen se sentimientos de gratitud. Asimismo no consultes, si has de proceder con rigor o misericordia, con quien es duro de corazón, pues su consejo se inclinará, sin motivo suficiente tal vez, por el castigo. Tampoco harás cosa alguna de provecho con el perezoso, pues su indolencia no le deja aconsejar cuanto suponga decisión y sacrificio. Finalmente, no trates con el ajustado por año sobre la siembra, porque, como no estará en tiempo de la recogida y tal vez lo único que busca es ganarse la vida, aconsejaría aquella sementera que menos esfuerzo le supusiere; ni con el siervo perezoso sobre la necesidad o conveniencia de este o aquel trabajo; llevado de su desidia, juzgará inútiles o innecesarias las labores que la tierra precisa.
¿Quién será el buen consejero? El sabio responde que el mejor consejero es el hombre piadoso, cumplidor de la Ley (v. 15-16). Este juzgará conforme al precepto del amor al prójimo como a sí mismo en ella contenido 3, y a los principios morales de rectitud y sinceridad que ella enseña. Si a ello se añade que el consejero es de ideas y sentimientos semejantes a los de su consultante para poderlo comprender y está unido a él por sentimientos de amistad, que le hacen buscar con mayor interés tu bien, será el consejero ideal
Pero, escuchados los consejeros, Ben Sirac no quiere que sus discípulos sigan ciegamente su parecer, sino que, habida cuenta de aquél, resuelvas, conservando tu personalidad, la decisión que debes tomar. Los consejeros deben orientarse acerca de la decisión que debes tomar, pero no imponértela. La razón es que nadie sentirá por tu bien el interés que tú sientas; de ahí que tu propia mente y conciencia, empleada la diligencia debida — entre lo que entra a buscar el consejo ajeno —, podrá descubrir lo que más te convendrá mejor que los consejeros mismos que juzgan en cosas ajenas. Pero todavía no está todo.
Además del consejo y la reflexión propia, Ben Sirac recomienda la oración al Altísimo para confiarlas a El y suplicarle las dirija por el camino de la verdad (v.19), e.d., por camino seguro, ya que "traza el corazón del hombre sus caminos, pero es Yahvé quien dirige sus pasos"4. Es la súplica del salmista cuando ora al Señor: "Guíame en tu verdad y enséñame, porque tú eres mi Dios, mi Salvador, y en ti espero siempre."5 Y el consejo de Tobías a su hijo: "En todo tiempo bendice al Señor Dios y pídele que tus caminos sean rectos y todas tus sendas y consejos vayan bien encaminados..." 6 En esas tres cosas, el consejo, la reflexión y la súplica al Señor, radica el éxito en las empresas difíciles de la vida. Y la raíz del consejo es el corazón (v.21), añade Ben Sirac. En realidad, los sentimientos del corazón influyen más de lo que parece en los consejos que proferimos; por lo que él es muchas veces la raíz última del bien que hacemos con el consejo acertado de la vida más feliz que ocasionamos, del mal que provocamos con un consejo desacertado de la vida miserable, que conduce a la muerte, a que dimos ocasión. La lengua decide, pero sólo en cuanto manifiesta el consejo que elaboró la mente. En este sentido dice el autor de los Proverbios que la muerte y la vida están en poder de la lengua; cual sea el uso que de ella hagas, tal será el fruto."7
Diversas clases de sabios (37:22-29)
22 Hay varón prudente, maestro de muchos, pero inútil para sí mismo. 23Y hay sabio que con sus palabras se hace odioso y es excluido de todo festín, 24 porque no recibió del Señor la gracia. 25 Hay quien es sabio para sí mismo, y su sabiduría es en provecho de su cuerpo. 26 El varón sabio instruye a su pueblo, y los frutos de su inteligencia a ellos aprovechan. 27El varón sabio es colmado de bendiciones; todos cuantos le ven le felicitan. 28 La vida del hombre se limita a un escaso número de días, pero los días de Israel son innumerables. 29 El varón sabio heredará en su pueblo el honor, y su nombre vivirá por los siglos.
La perícopa sobre los buenos y malos consejeros lleva al autor a señalar diversas clases de sabios. Hay en primer lugar varones prudentes que son magníficos consejeros para los demás, pero "necios," como dice el texto hebreo, para sí mismos; señalan a otros con acierto el camino que deben seguir y no saben dar con el suyo. Hay otros que, siendo sabios, se hacen odiosos a los demás, como los sofistas, porque, en lugar de aprovechar su ciencia para aconsejar a los demás, hacen vana ostentación de una agudeza de ingenio que utilizan para engañar a los demás. Al no profesar una sabiduría digna de tal nombre, pierden toda estima y consideración ante los ciudadanos; éstos no acuden a consultarlos y pierden las recompensas que su ciencia debía proporcionarles.
En cambio, el verdadero sabio lo es en primer lugar para sí mismo. Sabe gobernar su vida conforme a las máximas de la sabiduría y obtiene con sus consejos los medios de subsistencia de que se ve privado el sofista. Pero su sabiduría es también útil a los demás, porque los instruye en su ciencia en orden a una vida virtuosa y aconseja en los diversos problemas y situaciones de la vida, haciéndolos así partícipes de los beneficios de su sabiduría. Consiguientemente, goza de estima y aprecio y todos cuantos lo conocen hacen elogios de él. Más aún, su recuerdo glorioso permanecerá de generación en generación, pues si bien los días de su vida están contados, los del pueblo de Israel, a quien el sabio pertenece — para Ben Sirac sólo Israel poseía la verdadera sabiduría, y, consiguientemente, todos sus sabios lo son auténticamente tales — son innumerables. En efecto, Israel, que se continuaría en la Iglesia cristiana, a quien Jesucristo prometió la perpetuidad, vivirá hasta el fin de los tiempos 8.
La templanza (37:30-34)
30 Hijo, sobre tu vida consulta a tu alma; mira lo que le es dañoso y no se lo des; 31 porque no todo conviene a todos, ni a todos les gusta todo. 32 No seas insaciable en festín suntuoso y no te eches sobre los manjares exquisitos; 33 porque en los muchos manjares anida la enfermedad, y la intemperancia lleva hasta el vómito. 34 A muchos acarreó la muerte su intemperancia, y el que se abstiene prolonga su vida.
Para conservar la salud es preciso conservar la virtud de la templanza y evitar los excesos en la comida y bebida. En consecuencia, has de examinar qué es lo que conviene y lo que no conviene a tu salud; qué cantidad de alimentos debes tomar para conservarla en buen estado, y atente a la norma que tu misma experiencia te dicta. Dada la diversa disposición y contextura de los organismos, no se puede establecer una norma uniforme para todos; lo que para unos puede ser excelente, para otros puede ser perjudicial.
Lo que a todos es necesario para conservarla es guardar la debida moderación en los banquetes, no dejándose llevar de la gula ante los manjares exquisitos y los licores inebriantes, como expuso ampliamente Ben Sirac en 31:12-42. La intemperancia, advierte aquí, puede llevar a la misma muerte. Se dice que mueren más víctimas de crápula que de la espada. "La moderación recomendada por el Siracida — escribe Bonsirven — está conforme con las tendencias generales de la moral judía, que es una moral de justo medio. Ella quiere, con Hillel, que se dé al cuerpo todos los cuidados convenientes, pero también que se guarde de todo exceso, sobre todo del exceso de la mesa y de los excesos de la bebida 9.
1 6:5-17. — 2 6:10-12. — 3 Dt 6:5. — 4 Prov 16:9. — 5 24:5. — 6 4:19 — 7 18:21. — 8 44:13-15; Sal 111:10. — 9 J. Bonsirven, o.c., II
38. El Medico, los Muertos, el Artesano
Conducta para con el médico (38:1-15)
1 Atiende al médico antes que lo necesites, que también él es hijo del Señor. 2 Pues del Altísimo tiene la ciencia de curar, y el rey le hace mercedes. 3 La ciencia del médico le hace andar erguido, y es admirado de los príncipes. 4 El Señor hace brotar de la tierra los remedios, y el varón prudente no los desecha. 5 ¿No endulzó el agua amarga con el leño para dar a conocer su poder? 6 El dio a los hombres la ciencia para mostrarse glorioso en sus maravillas. 9 Con los remedios el médico da la salud y calma el dolor, el boticario hace sus mezclas para que la criatura de Dios no perezca. 8 y por él se difunde y se conserva la salud entre los hombres. 9 Hijo mío, si caes enfermo, no te impacientes; ruega al Señor y él te sanará. 10 Huye del pecado y la parcialidad y purifica tu corazón de toda culpa. 11 Ofrece el incienso y la oblación de flor de harina; inmola víctimas pingües, las mejores que puedas. 12 Y llama al médico; porque el Señor le creó, y no le alejes de ti, pues te es necesario. 13 Hay ocasiones en que logra acertar, 14 porque también él oró al Señor para que le dirigiera en procurar el alivio y la salud, para prolongar la vida del enfermo. 16 El que peca contra su Hacedor caerá en manos del médico.
La mención de la enfermedad en la perícopa precedente sugirió a Ben Sirac ésta sobre el médico, única en el Antiguo Testamento. Parece había en su tiempo quienes no tenían para con él las deferencias debidas más que cuando la enfermedad traspasaba los umbrales de su casa, e incluso quienes, considerando la enfermedad como un castigo de Dios1, veían en los cuidados sanitarios del médico una conducta opuesta a los designios de Dios.
El autor recomienda honrar debidamente al médico cuando estás sano, con lo que, cuando caigas enfermo, lo encontrarás más dispuesto a atenderte con todo interés y diligencia. Añade que es Dios mismo quien le ha dado la ciencia de curar, como ha puesto en las plantas las virtudes curativas. En efecto, es el Altísimo quien ha creado al médico y le ha dado una misión que cumplir en la sociedad: la de curar las enfermedades, dentro, claro está, de los designios de Dios, el cual quiere el concurso de las causas segundas para llevar a cabo dicha curación cuando así lo ha dispuesto su voluntad. A la acción del médico se asocia la del farmacéutico, que con sus mezclas y combinaciones prepara los medicamentos que aquél prescribe, completando así su labor. Uno y otro reciben su ciencia de Dios y son instrumentos providenciales para la curación de las enfermedades, don de Dios en beneficio de la humanidad, sujeta a tantas miserias. Y para que puedan llevar a cabo su misión, Dios ha puesto en las cosas de la tierra, en las plantas, en los medicamentos, las virtudes curativas que el médico con su ciencia descubre. Si con un leño, que no tiene capacidad alguna para ello, pudo endulzar las aguas amargas de Mará 2, bien podrá comunicar a aquéllas virtudes curativas. Con razón puede gloriarse el médico con su ciencia, tan importante y práctica como es el devolver la salud, y su misión es digna de todo honor y deferencia. Por eso los grandes los admiran y honran, reconociendo la utilidad de sus conocimientos. De hecho, entre los orientales tenían un elevado rango en las cortes y gozaban de gran estima. "José tenía muchos a su servicio." 3 Herodoto precisa que en este país "cada médico cuidaba una sola enfermedad, no muchas. Todo está lleno de médicos: unos son médicos para los ojos; otros, para la cabeza, para los dientes, para la región abdominal, para las enfermedades de localización interna." 4
De cuanto precede, Ben Sirac deduce la doble conducta que se debe seguir cuando se es afectado por una enfermedad. En primer lugar, acudir a Dios, que, como queda indicado, es "quien hiere y quien cura con su mano" 5, con la oración, el arrepentimiento de sus culpas y los sacrificios. Un buen israelita no ha de impacientarse ante la enfermedad que Dios le envía, sino levantar a Dios su corazón y rogar tenga a bien curarle de ella e ilumine al médico para que logre acertar en el medio curativo. Para conseguir que tu oración sea grata al Señor, es preciso purificar el alma de las culpas pasadas y apartarla de todo pecado, manteniéndose firme en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Podría ocurrir, además, que la enfermedad fuese castigo de los pecados 6. Así serán también gratos a Dios los sacrificios que por tu enfermedad deberás ofrecer, el incienso y memorial de flor de harina 7, que recordará a Yahvé la súplica del oferente e infundirá en éste esperanza de ser escuchado por él; y en cuanto a víctimas, ofrece las mejores, pues se trata de un bien tan estimable como la salud, sin la cual de nada valen los bienes materiales. Es mejor salud con lo necesario que muerte dejando muchas riquezas.
Pero este recurso a Dios no excusa al enfermo de poner los medios naturales encaminados a conseguir la salud. Dios obra por medio de las causas segundas, y la causa segunda en este caso es el médico, por medio del cual Dios suele conceder la curación de las enfermedades. Y así, cuando cayeres enfermo, lo harás llamar (v.1a). Si no siempre da con el remedio eficaz — aun en nuestros días los mismos especialistas no pueden siempre garantizar el éxito de sus prescripciones médicas —, hay ocasiones en que logra descubrir la raíz del mal y prescribir el tratamiento oportuno. Además, también él habrá orado ante el Señor para que lo ilumine al investigar el remedio para tu enfermedad, y su oración, unida a la tuya, hará más fuerza ante El. Oportuna observación para el médico, que ha de poner en práctica cuantos medios le suministra la ciencia, pero que ha de pedir a la vez al Señor las luces necesarias para un acertado ejercicio de su profesión.
La afirmación con que termina la perícopa — quien peca contra su Hacedor caerá en manos del médico (v.1s) — responde a la concepción tradicional de que la enfermedad es castigo de los pecados y deriva del espíritu de la ley antigua, según el cual los pecados eran castigados con penas corporales. En rigor, toda enfermedad, como todo mal, proviene, en último término, del pecado original. Por lo que a los pecados actuales toca, los hay que llevan consigo el castigo en el cuerpo, como la intemperancia, la lujuria, etc.; pero no siempre los males y enfermedades arguyen pecados actuales. Job clama contra la opinión tradicional frente a su mujer y amigos, si bien no da la solución radical al problema del justo que sufre, contentándose con afirmar que Dios le envía sufrimientos para purificarlo y probarlo. Nosotros no ignoramos que a veces pueden ser consecuencia de los pecados cié los predecesores o sencillamente para que se manifieste el poder y la gloria de Dios 8, como sabemos también por la revelación que los pecados no han de ser necesariamente castigados en esta vida 9.
El luto y tristeza por los muertos (38:16-24)
16 Hijo mío, llora sobre el muerto y, profundamente afectado, canta lamentaciones, amortájale según su condición, y no dejes de darle sepultura. 17 Llora amargo llanto, suspira ardientemente. 18 y según la condición del muerto haz su duelo, un día o dos para no ser puesto en lenguas, y luego consuélate y da fin a tu tristeza; 19 porque la tristeza origina la muerte, y la tristeza del corazón consume el vigor. 20 Con la sepultura del muerto debe cesar la tristeza, pues la vida afligida hace mal. 21 No te acuerdes ya más de él, aléjalo de la memoria y piensa en lo por venir. 22 No pienses más en él, pues no hay retorno, que al muerto no le aprovecha y a ti te hace daño. 23 Piensa en su destino, pues el suyo será el tuyo, el suyo ayer, mañana el tuyo. 24 Con el descanso del muerto descanse su memoria y consuélate de su partida.
Por asociación de ideas, Ben Sirac pasa de la enfermedad a instruir a sus lectores sobre la actitud que deben observar respecto de los muertos. Les señala un triple deber de caridad: el llanto amargo y lamentaciones solemnes, que llevaban a cabo las plañideras profesionales 10, y que debían realizarse con profundos sentimientos de piedad; amortajarle conforme a su condición: sabemos por el Evangelio que se vendaban los miembros del difunto y se cubría su rostro con un sudario 11; y darle sepultura, lo que constituía para los hebreos un deber sagrado 12.
Entre los judíos, el duelo por el difunto duraba generalmente siete días 13; cuando se trataba de personajes ilustres, se extendía hasta un mes, como en el caso de Moisés y Aarón. El Talmud señala tres días para los llantos, siete para las lamentaciones, treinta para los cabellos y la barba, que es preciso dejar crecer. Pasado este tiempo, añade, Dios dice: "No seáis más sensibles que yo mismo." 14 Ben Sirac lo reduce a uno o dos días, aunque tal vez podría referirse a las ceremonias de duelo más ardientes, dando a entender que incluso se podrían suprimir si no fuera porque se interpretaría como señal de poco afecto hacia el difunto. Pero, pasado ese tiempo, conviene vencer toda tristeza, enseña Ben Sirac, ya que, si se prolonga, hace mal a quien no la desecha. En efecto, una tristeza excesiva abate el alma, creando en el ánimo una depresión que enerva las mismas energías corporales, minando la salud de tal modo, que puede incluso llegar a causar la misma muerte 15. Y al difunto nada le aprovecha ese llanto y tristeza; por muy intensos y extremados que sean, no harán volver a la vida a aquel que descendió al seol, del que no hay retorno posible; "como se deshace una nube y se va, así el que baja al sepulcro no sube más, no vuelve más a su casa, no le reconoce ya su morada."16 Ni se podrá con ellos mejorar en lo más mínimo su situación en aquel más allá. Finalmente, ten en cuenta que llegará un día en que también tú morirás; no acortes los días de tu vida ni los hagas tristes con esa prolongada aflicción. Piensa en las cosas futuras para olvidar las pasadas, que ya no tienen remedio, y vuelve a la alegría, que te hará más largos y felices los días de tu vida, pues "corazón alegre hace buen cuerpo; la tristeza seca los huesos." 17 Esta manera de pensar choca con nuestra mentalidad cristiana. Ben Sirac ignoraba la suerte que en el más allá estaba reservada a los difuntos y desconocía lo que en su favor podemos hacer, si no con lamentaciones inútiles, sí con un recuerdo que lleva a la oración y sacrificio. Privado de la revelación posterior que aclaró esos puntos, su sentir es naturalista, no elevándose sobre meras consideraciones humanas semejantes a la que encontramos en los paganos.
El artesano en contraste con el sabio (38:25-39)
25 La sabiduría del escriba se acrecienta con el bienestar, pues el que no tiene otros quehaceres puede llegar a ser sabio. 26¿Cómo puede ser sabio el que tiene que manejar el arado y pone su gloria en esgrimir la ahijada, aguijoneando a los bueyes y ocupándose en sus trabajos, y siendo su trato con los hijos de los toros? 27 Pone todo su empeño en trazar derechos los surcos, y su desvelo en procurar forraje para los novillos. 28 Lo mismo digamos del carpintero o del albañil, que trabaja día y noche; de los que graban los sellos y se aplican a inventar variadas figuras, y ponen toda su atención en reproducir el dibujo, y se desvelan por ejecutarlo fielmente. 29 Lo mismo digamos del herrero, que junto al yunque considera el hierro bruto, a quien el calor del fuego tuesta las carnes, y que resiste perseverante el ardor de la fragua. 30 El ruido del martillo ensordece sus oídos, y sus ojos están puestos en la obra. 31 Su pensamiento está en acabarla bien, y su desvelo en sacarla a la perfección. 32 Lo mismo digamos también del alfarero, que, sentado a su tarea, da vueltas al torno con los pies, tiene siempre la preocupación de su obra y de cumplir la tarea fijada. 33 Con sus manos modela la arcilla y con sus pies ablanda su dureza; 34 pone su atención en acabar el vidriado, y su diligencia en calentar el horno. 35 Todos éstos tienen su vida fiada a sus manos, y cada uno es sabio en su arte. 36 Sin ellos no podría edificarse una ciudad; 37 ni se habitaría en ella, ni se pasearía. Pero no se levantan en las asambleas sobre los otros; 38 ni se sientan en la silla del juez, porque no entienden las ordenanzas de las leyes; ni son capaces de interpretar la justicia y el derecho, ni se cuentan entre los que inventan parábolas. 39 Son, sí, expertos en sus labores materiales, y su pensamiento mira a las obras de su arte. Muy de otro modo que el que aplica su espíritu a meditar en la ley del Altísimo.
Ben Sirac hace una amplia comparación entre el artesano, que ha de pasar todas las horas del día en sus ocupaciones manuales, y el sabio, que, libre de ellas, puede entregarse al estudio de la sabiduría especulativa, lo que le da ciertas ventajas sobre aquél.
Lo primero ocurre al labrador, a quien las faenas agrícolas y el cuidado de los ganados, ocupaciones necesarias para la vida de la humanidad que Ben Sirac no desestima en lo más mínimo, ocupan toda la jornada y absorben por completo su atención, sin dejarle tiempo para conversar asiduamente con los sabios. Lo mismo sucede al carpintero y al albañil, que carecen igualmente de la oportunidad del estudio y reflexión precisos para alcanzar la sabiduría; y a los grabadores de sellos, arte importantísima y muy estimada en la antigüedad, que requería una dedicación especial, pues el escultor tenía que esmerarse en idear nuevos diseños — cada cual debía tener un sello especial, que le servía de distintivo personal — y reproducirlos con exactitud sobre el bronce o las piedras preciosas. En su tarea han de poner también todo su empeño el herrero, a quien el autor presenta trabajando conforme a la antigua costumbre, y el alfarero, oficio conocido ya en Egipto en el Medio Imperio. Aquél, con sus ojos puestos en la obra, intenta con su martillo hacer del trozo de hierro un utensilio útil, y en obtenerlo lo más perfectamente posible pone toda su ilusión y su tiempo; éste, con sus pies, ha de hacer girar la rueda, mientras con las manos modela la figura sobre la que después extiende el vidriado. Todo ello requiere, además de un cuidado especial, mucho tiempo, si quiere hacer un número elevado y variado de ejemplares que le asegure un notable rendimiento.
Todos éstos han de pasarse la vida en sus ocupaciones, que, aunque diversas, tienen de común la exigencia de una dedicación asidua, necesaria para poder ganar el sustento, de modo que no queda posibilidad de prescindir de él para dedicarse al estudio de la sabiduría. Su aspiración será el ser sabios y maestros cada uno en su oficio y producir primorosas obras de arte, con las cuales, por lo demás, prestan servicios imprescindibles a la humanidad; sin ellos no se habitarían las casas ni se pasearía por las plazas de la ciudad, pues unas y otras precisan ser construidas por ellos. Pero no han realizado estudios especulativos para tomar parte en las reuniones de los grandes y poder dar en ellas su opinión. No han estudiado la Ley para poder juzgar e interpretar leyes, ni la sabiduría para poder expresarla en palabras 18. No obstante, insiste Ben Sirac, pueden en su profesión ser expertos y confeccionar verdaderas obras de arte y ser, bajo este aspecto, beneméritos de la humanidad.
1 Núm 12:9-11; Sam 16:14; Job 4:7-8; Sal 38:3-11; 41:5. — 2 Ex 15:23. — 3 Gén 11, 50:2. — 4 Histor. II 58. — 5 Job 5:18; Os 6:1. — 6 Mt 9:2; Jn 5:14. — 7 Lev 2:2.9.16. — 8 Jn 9:2. — 9 H. Duesberg, Le mídecin, un sage (Eccli 38:1-15): Bivichr 38 (61)43-48; A. Maca-Lister, art. Medicine, en Hastings, Dict. de la Bible II 32135. — 10 Am 5:16; Mt 9:23; Mc 5:38. — 11 Jn 11:44. — 12 JE1 hebreo lee el lóbc: dale sepultura según su condición y no te ocultes en su muerte. Lo primero se refería a los funerales conforme a su posición social. Lo segundo, a los que se retiraban lo más pronto posible de los muertos por temor a contaminarse al contacto con los cadáveres (Núm 19:11-16) o para no tener que prestar los cuidados mencionados. — 13 Cf. 22:13. — 14 Talmud de Jerusalén, Mo'edh Qaton 2?b. — 15 El v.20 falta en el hebreo. En el griego, siríaca y Vulgata está muy oscuro. La traducción que escogemos sigue en 2oa la lección de los mejores códices griegos, y en 2ob la del griego corregido. La Bib. de Jér.: con los funerales debe cesar la aflicción; una vida llena de tristeza es insoportable. — 16 Job 7:9-10; 2 Sam 12:13. — 17 30:22-23; Prov 17:22. — 18 Cf P. W. Skehan, They Shall not be Found in Parables (Sir 38:38[3l]): Cf 9 23 (1961) 40.
39. El Escriba, Canto a las Obras de Dios
El escriba en contraste con el artesano (39:1-15)
1 Este investiga la sabiduría de todos los antiguos y dedica sus ocios a la lectura de los profetas. 2 Guarda en la mente las historias de los hombres famosos; penetra en lo intrincado de las parábolas; 3 investiga el sentido recóndito de los enigmas y se ocupa en descifrar las sentencias oscuras. 4Sirve en medio de los grandes, se presenta ante el príncipe. 5 Recorre tierras extrañas para conocer lo bueno y lo malo de los hombres. 6Madruga de mañana para dirigir su corazón al Señor, que le creó; para orar en presencia del Altísimo. 7 Abre su boca en la oración y ruega por sus pecados. 8 Y si le place al Señor soberano, le llenará del espíritu de inteligencia. 9 Como lluvia derrama palabras de sabiduría y en la oración alaba al Señor. 10 Dirige su voluntad y su inteligencia a meditar los misterios de Dios. 11 Publica las enseñanzas de su doctrina y se gloriará en conocer la ley y la divina alianza. 12 De muchos será alabada su inteligencia y jamás será echado en olvido. 13 No se borrará su memoria, y su nombre vivirá de generación en generación. 14 Los pueblos cantarán su sabiduría, y la asamblea pregonará sus alabanzas. 15 Mientras viva, su nombre será ilustre entre mil, y cuando descanse crecerá más su gloria.
En contraste con los artesanos, que se ocupan en los menesteres mencionados en la perícopa precedente, Ben Sirac hace ahora una elogiosa descripción del sabio, indicando sus ocupaciones y poniendo de manifiesto la excelencia de su profesión. Se trata en ella de los escribas, que nacieron precisamente de la necesidad que se sentía de una interpretación autoritativa de las Escrituras en orden a obtener una norma de conducta segura y práctica.
El escriba, en efecto, consagraba su vida al estudio de la Ley, de los escritos sapienciales — enumerados antes que los profetas quizá por la frecuente relación que Ben Sirac pone entre la Ley y la sabiduría —, que recogen en sus sentencias y proverbios la experiencia de las generaciones pasadas y de los profetas, que hablaron en nombre de Dios. No contentos con el estudio de los Libros Sagrados, los escribas enriquecen sus conocimientos con las tradiciones orales, transmitidas de generación en generación y recogidas en las escuelas, como la que dirigía Ben Sirac 1, y que referían enseñanzas de hombres célebres encerradas en sentencias oscuras, parábolas y enigmas, tan del gusto de los orientales.
Pero el escriba de que habla Ben Sirac no es el hombre de estudio, que se encierra en su habitación e ignora la ciencia práctica de la vida. Es el sabio que, llamado por los grandes y príncipes como consejero, tiene ocasión de manifestar su inteligencia y aumentar su sabiduría al contacto con otros sabios, ya que en las cortes de reyes solían encontrarse los personajes más venerables por su ciencia y experiencia. Recorre países extranjeros, no como el hombre de negocios, por afán de lucro material, sino para enriquecer sus conocimientos y experiencias al tratar con gentes de distinto carácter, cultura y costumbres. La convivencia con ellos da un más profundo conocimiento de la psicología humana y hace caer en la cuenta de las cosas buenas y de los defectos de nuestros conciudadanos. Las nuevas experiencias pueden aportar luz y métodos para mejorar aquéllas y evitar éstos, viniendo así a aumentar su sabiduría 2.
Hay, sin embargo, otra fuente de ciencia para el escriba, que es en orden de importancia la primera: la oración matutina y fervorosa al Creador en demanda de la sabiduría, acompañada de la súplica por el perdón de los pecados, pues que éstos son incompatibles con ella3. Un doble motivo exige esta actitud: en primer lugar, la sabiduría que busca el escriba no es la sabiduría humana, sino la divina, que se encierra en la palabra de Dios, y su misión es la de comunicarla al pueblo escogido para que se conduzca conforme a ella. En segundo lugar, esta sabiduría es un don de Dios, que El concede a quien quiere y como quiere y la otorga a quienes se la piden con fervor y desinterés, como Salomón4, conforme a lo que dice Santiago: "Si alguno de vosotros se halla falto de sabiduría, pídala a Dios, que a todos da largamente y sin reproche, y le será otorgada."5 Por eso el escriba se esmera en que su oración sea grata al Señor y le alaba en ella por los beneficios recibidos. Pero, no contento con ello, medita con su inteligencia los misterios de Dios para descubrir sus juicios, que, como verdadero sabio, lleva con su voluntad a la práctica. El conocimiento adquirido de la Ley, cuyo punto central es la alianza con su pueblo, hará sentir al escriba un profundo gozo y le capacita para comunicar a los demás la doctrina adquirida, que fluirá de sus labios como lluvia copiosa y benéfica. En premio recibirá un gran honor y estima en esta vida, pues cuantos se beneficien de sus enseñanzas alabarán su sabiduría. Aun después de su muerte su fama perdurará de generación en generación6. Y no sólo la comunidad israelita, sino también las demás gentes 7, pregonarán sus alabanzas. Los judíos honraban profundamente a sus sabios y expresaban su ciencia, su sabiduría, con las más atrevidas hipérboles. Si todo el cielo, decían, se convirtiese en pergamino y toda el agua del mar en tinta, no sería suficiente para escribir todos sus conocimientos 8. Ben Sirac nada dice de la gloria que obtendrán en el más allá, que tan claramente afirma Daniel cuando escribe: "Las muchedumbres de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para eterna vida, otros para eterna vergüenza y confusión. Los que fueron inteligentes brillarán con esplendor de cielo y los que enseñaron la justicia a las muchedumbres resplandecerán por siempre, eternamente, como las estrellas." 9
Con razón la Iglesia en su liturgia aplica esto a los santos doctores. En efecto, ellos aprendieron en su oración y contemplación la ciencia divina y la comunicaron a sus contemporáneos con su palabra, y a las generaciones que les siguieron con sus escritos. Y la Iglesia celebrará hasta el fin de los siglos sus alabanzas como astros de primera magnitud, que iluminarán siempre con su doctrina las inteligencias y los corazones de sus hijos.
Sección 3. (39:16-42:14)
Un largo himno de alabanza a la sabiduría divina, que resplandece en las obras de la creación y gobierno del mundo, introduce la última sección de la segunda parte. Siguen también en ella los más variados temas: miserias de la vida humana, la muerte, la suerte de los bienes de los impíos y de su descendencia, la alabanza del temor de Dios y otras cosas que resaltan por su bondad; los peligros de la mendicidad, la verdadera y falsa vergüenza, los cuidados que con las hijas deben tener los padres. Las características literarias son las de las secciones precedentes.

Elogio de la Sabiduría Divina
Bondad de las obras de Dios (39:16-41)
16 Después de haber meditado, quiero exponer mis reflexiones, pues como luna llena, estoy lleno de sabiduría. 17 Oídme, hijos piadosos, y floreceréis como rosal que crece junto al arroyo. 18 Derramad suave aroma como incienso. 19 Y floreced como el lirio, exhalad perfume suave y entonad cánticos de alabanza. Bendecid al Señor en todas sus obras, 20 y ensalzad su nombre, y unios en la confesión de sus alabanzas, en cantar con vuestros labios y las arpas. Alabadle así con alta voz: 21 Las obras del Señor son todas buenas; cuanto El quiere es a su tiempo. No ha lugar a decir: "Es peor esto que aquello," porque a su tiempo todo es conveniente. 22A una palabra suya se amontonaron las aguas y a una orden de su boca se formaron los depósitos de las aguas. 23 A un mandato suyo se realiza todo lo que El quiere, y no hay quien impida su obra de salud. 24 Las obras de todos los hombres están delante de El y nada se oculta a sus ojos. 25 De un cabo al otro cabo del mundo se extiende su mirada y nada hay admirable para El. 26 No ha lugar a decir: "¿Qué es esto, para qué es esto?" Todas las cosas fueron creadas para sus fines. 27 Su bendición es corno Nilo desbordado. 28 Y como el Eufrates riega la tierra seca, del mismo modo derrama su ira sobre las naciones. 29 y torna las aguas en salinas. Sus caminos para los justos son rectos, para los inicuos son tropiezos. 30 Las cosas buenas fueron creadas desde el principio para los buenos, así como las malas para los pecadores. 31 Son cosas de toda necesidad para la vida del hombre el agua, el fuego, el hierro, la sal, el trigo, la miel y la leche, el vino, el aceite y el vestido. 32 Todas estas cosas son buenas para los piadosos, mas para los pecadores se convierten en malas. 33 Hay vientos destinados a la venganza; descargan con furia sus azotes. 34 El día de la ira despliegan su poder y aplacan la cólera del que los hizo. 35 El fuego y el granizo, el hambre y la mortandad, todos son instrumentos de venganza. 36 Las fieras, los escorpiones, las víboras y la espada vengadora son para exterminio de los impíos. 37 En cumplir los mandatos de Dios se gozan, y se hallan prontos en la tierra para su ministerio; cuando llega el día, no traspasan el mandato. 38 Por esto desde el principio me confirmé en este juicio, y lo medité y lo consigné por escrito. 39 Las obras del Señor todas son buenas, y, llegada la hora, todas cumplen su destino. 40 Y no hay que decir: "Esto es peor que aquello," porque a su tiempo todas las cosas cumplirán su fin. 41 Y ahora de todo corazón cantad con vuestra boca y bendecid el nombre del Señor.
Ben Sirac puso en práctica los consejos con que terminó la sección precedente, y se siente tan lleno del espíritu de inteligencia que le ha sido comunicado en su meditación, que siente un impulso irresistible por comunicarlo a los demás. Comienza con una exhortación a sus discípulos a que escuchen sus reflexiones, las cuales les harán producir hermosos frutos de ciencia, virtud y agradecimiento a Dios, expresados en las imágenes del c.24:17-23, algunas de las cuales emplea la liturgia de la Iglesia en alabanza de los mártires. Llenos también ellos del espíritu de sabiduría, entonarán un himno de alabanza al Señor por la sabiduría y bondad que derramó y resplandece en todas sus obras.
En efecto, todas ellas fueron creadas por Dios teniendo por compañera la sabiduría 10, resultando todas ellas buenas; lo repite el autor del Génesis al narrar la creación de cada una de ellas. Tal vez a nosotros pueda parecer una inferior a la otra y hasta inútil, pero no es así: Dios señaló a cada una de ellas un fin determinado y todas responden igualmente a él. Dos obras enumera el autor en las que resaltan su poder, su sabiduría y su bondad: la reunión de las aguas en un lugar, que dejó seca y habitable la tierra para el hombre, formando los mares, que vienen a ser como los grandes depósitos que las contienen u, y la obra de la salvación, especialmente del pueblo hebreo, que está aquí en primer plano, en que se manifiesta, más que en ninguna otra cosa, como afirma el sabio, la omnipotencia divina 12. La palabra de Dios es todopoderosa para realizar cuanto El quiere, y nada puede obstaculizar sus designios cuando quiere salvar.
Otro atributo divino digno de toda alabanza es la omnisciencia (v.24), repetidamente afirmada por el sabio 13. Dios conoce todas las cosas, las pasadas y las futuras, lo profundo, lo oculto y lo que está en tinieblas 14. Conoce los secretos más íntimos del corazón del hombre, sus pensamientos e intenciones 15, sus mismas acciones futuras 16 y futuribles, es decir, las que el hombre habría realizado de haberse cumplido una acción determinada 17. De modo que no puede sentir nunca esa admiración, fruto de la ignorancia, que nosotros sentimos al descubrir algo admirable que ignorábamos. La razón es que Dios ha creado todas las cosas y ha sido El quien ha señalado, como quedó indicado, un fin determinado a cada una de ellas. Por lo que conoce la naturaleza de todas y cada una de las cosas y el fin para que han sido hechas sin necesidad de preguntarlo a alguien.
Y sobre todo son dignas de alabanza su misericordia y su justicia. Ben Sirac simboliza la primera en las abundantes aguas del Nilo y el Eufrates, que fertilizan las regiones de Egipto y Mesopotamia, llevando la vida a sus plantas, y la prosperidad a sus habitantes; de análoga manera, la bendición divina se extiende por el universo entero, comunicando a todos los seres la vida, y a los hombres el bienestar 18. La segunda tuvo expresión en el castigo de los pueblos cananeos 19 y en el castigo de las ciudades de la Pentápolis, anegadas en el mar Muerto, donde la sal hace la vida imposible 20.
Dios hizo buenas todas las cosas, y al hombre lo creó en estado de justicia original. Pero ante la prueba pecó, y comenzó a sentir esa ley que inclina al pecado. Ahora el hombre puede escoger el camino del bien o el camino del mal. A los justos agradan los caminos de Dios, que es el cumplimiento de los preceptos. A los malvados desagradan, porque van contra las malas inclinaciones, que ellos no quieren vencer; al no seguir los mandamientos de Dios, éstos vienen a ser para ellos ocasión de pecado y ruina. Lo mismo ocurre con las cosas; todas fueron creadas para el bien del hombre; pero mientras que los buenos las utilizan para el bien, los malvados, con su malicia, abusan de ellas para el mal, viniéndoles así a ser ocasión de pecado, y en este sentido malas para ellos. Es lo que expresa Ben Sirac cuando afirma que las cosas buenas fueron creadas desde el principio para los buenos, así como las malas para los malos (ν.50).
Y esas mismas cosas que Dios creó para bien del hombre, y de que el pecador se vale a veces para su pecado, El las utiliza para su castigo; así los vientos huracanados, que destrozan cuanto a su paso encuentran; los terremotos, que destruyen las ciudades; los rayos y el granizo de las tempestades 21; el hambre y las pestes que siguen a las guerras 22. También los animales fueron a veces el instrumento de la justicia divina. Los antiguos maniqueos argumentaban de la existencia de animales dañinos contra la creación del mundo por el Dios bueno y contra la Providencia divina. Ben Sirac nos enseña que son instrumentos de la justicia divina contra los pecados de los hombres. Finalmente, la espada, instrumento vengador con que Dios amenaza castigar las infidelidades de su pueblo a la alianza 23. Ben Sirac presenta estos elementos como gozándose en esa sumisión perfecta a las órdenes de su Creador (v.37), cuya voluntad al punto obedecen, sin traspasar en lo más mínimo los límites señalados al castigo. San Pablo presentaría también a los seres inanimados como resentidos por el pecado del hombre, gimiendo por la revelación de los hijos de Dios 24.
La precedente constatación le ha confirmado en la afirmación con que comenzó: todas las cosas son buenas, y aun aquellas que nos parecen malas tienen un fin que cumplir en los designios de la justicia divina, que, llegada su hora, cumplen con exacta fidelidad. Con todo motivo, los lectores de Ben Sirac deben entonar un himno al Creador, que hizo buenas todas sus obras.
"Esto nos enseña — escribe S. de Sacy — que se deben recibir todos los males de esta vida, y sobre todo los más grandes, como las pestes y las guerras, como venidos de la mano de Dios, que es quien los envía, tempera y termina como a El le place; y que si los buenos se encuentran expuestos a ellos como los malos, es — dice San Agustín — porque hay siempre alguna cosa en los buenos mismos que es malo y que merece ser castigado con estos males pasajeros, que purifican las almas de los santos y las hacen dignas de los bienes eternos." 25
1 11. — 2 34:9-13; 51:1-17. — 3 Sab 1:4. — 4 1 Re 3:5-9. — 5 1:5, — 6 37:2917; 41:14;6 44:13-15. — 7 Según el traductor griego, quien probablemente ha traducido intencionadamente — comunidad o congregación ('edhah) por pueblos llevado de tendencia universalista. — 8 Cf. J. Bonsirven, o.c., I 277-2791 R. Weill: Rhrel 118 (138) 21. — 9 12:2-3. — 10 Prov 8:22-3 — 11 Sal 33:7. — 12 Sab 11:24. — 13 15:19; 16:16-22; 17:13-17; 42:18-20; Sab 1:7-10. — 14 Dan 2:22. — 15 Jer 11:20; 17:10; Sal 7:10; 44:22; Prov 16:2; 21:2; 24:12. — 16 Ex 3:19; Sab 19:1. — 17 1 Re 9:13; 23:27; Jer 38:17-23; 42:1-22; Sab 4:11. — 18 24:26; Is 7:20; Jer 2:18; Zac 9:10. — 19 16:9- — 20 Gen 19:15-29. — 21 Ex 9:18-24; Jos 10,11; Sal 18:13; Sab 5:21-23; 16:16. — 22 Lev 26:25; Núm 14:12; Dt 28:21; 2 Re 24:13; Jer 29:18; Ez 7:15. — 23 Ex 22:23; Lev 26:25-33; Dt 32:25; Ez 21:33. — 24 Rom 8:22. — 25 Citado en Spicq, o.c., a 39:28-31 p.776. Contrasta este optimismo con el pesimismo de Cohelet.
40. Miserias y Cosas Útiles
Miserias de la vida humana (40:1-10)
1 Una penosa tarea se impuso a todo hombre y un pesado yugo oprime a los hijos de Adán desde el día que salen del seno de su madre hasta el día en que vuelven a la tierra, madre de todos. 2 Los pensamientos y los temores de su corazón y la continua espera del día de la muerte. 3 Desde el que glorioso se sienta en el trono hasta el humillado en la tierra y el polvo; 4 desde el que lleva púrpura y corona hasta el que viste groseras pieles; la cólera, la envidia, la turbación, el temor, la ansiedad de la muerte, la ira y las querellas, turban en sueños nocturnos su corazón. 5 Y en el tiempo del descanso en el lecho, los sueños de la noche alteran su mente. 6 Apenas descansa un poco, casi nada, y luego se queda dormitando como en día de guardia. Se siente turbado con las visiones de su corazón, como fugitivo que huye del enemigo. Cuando despierta, se ve a salvo y se admira de sus terrores. 8 En toda carne, desde el hombre hasta la bestia, se da esto; pero siete veces más a los pecadores se les añade: 9 peste y sangre, fiebre y espada, discordia, devastación, ruina y violencia, hambre y plagas. 10 Todas estas cosas fueron creadas por los inicuos y por ellos vino el diluvio.
Frente a las obras de Dios, llenas todas ellas de sabiduría y bondad, Ben Sirac presenta, como contraste, las miserias que acompañan a la vida humana desde el día en que el hombre nace hasta el día en que vuelve a la tierra, madre de todos ellos, en cuanto que del polvo vienen y en polvo se convierten 1. Todas las literaturas le dedican su capítulo, porque todos los hijos de Adán experimentan la angustia inevitable que la vida humana lleva consigo. Durante dos siglos y medio, las escuelas de Hillel y Shammai discutieron la cuestión: "Qué era mejor para el hombre, ¿haber sido creado o no?" Llegaron a la conclusión de que hubiera sido mejor para el hombre no haber sido creado, dadas las miserias físicas y morales que le aquejan 2.
Enumera el autor toda una serie de cosas que son otras tantas fuentes de angustia y miseria para el hombre. En primer lugar, el pensamiento de que un día hemos de morir y abandonar todas las cosas de esta vida, a las que, no obstante su caducidad, el hombre se apega con todo su corazón. En segundo lugar, las pasiones o males interiores, que afectan más bien al alma, que menciona en número de siete (v.4), lo que podría indicar la multiplicidad o gravedad de los males que aquejan nuestra vida. Pasiones que a todos afectan y que a veces impiden el sueño quieto y tranquilo. Lo describe gráficamente el autor: cuando llega la hora del descanso, queremos dormirnos para así echar en olvido, al menos durante unas horas, ciertas penas y preocupaciones. Al principio, rendidos tal vez por la fatiga, logramos conciliar el sueño; pero pronto la imaginación, revolviendo aquéllas, nos pone en un estado como de vigilia y desvelo tan fuerte, que produce sobresaltos al representar peligros que al despertar se comprueba eran meramente imaginaciones. En tercer lugar, las calamidades exteriores, que son frecuentemente presentadas en la Biblia como castigos que Dios envía por los pecados 3.
Y estos males afectan, en mayor o menor grado, a todos los mortales, ricos y pobres, príncipes y subditos, grandes y plebeyos; pero en grado mucho mayor a los pecadores, afirma Ben Sirac. La historia bíblica presenta numerosos casos en que Dios envió tales calamidades como castigo de pecados, pero la experiencia dice que también los buenos tienen que sufrirlos, y a veces en proporción no menor que los malos. Ben Sirac piensa conforme a la opinión tradicional, a la que Cohelet y Job pusieron los más serios reparos, de que las desgracias son castigo de los pecados. Ciertamente que todos los males son castigo de los pecados, de los actuales o al menos del pecado original; en este sentido ha de entenderse lo de que los males enumerados "fueron creados" para los inicuos. Esta es una razón de ser de los males. Pero hay otra que Ben Sirac no conoció: los males son una fuente de merecimientos para los buenos en orden a la vida eterna. Dios, que quiere que todos los hombres se salven y gocen del mayor grado de gloria, les proporciona, llevado de su amor, tales ocasiones de merecimiento. Los males, pues, no provienen de Dios; son efecto del pecado, y El los utiliza para los fines indicados, obteniendo así de los males bienes.
Los bienes de los impíos (40:11-16)
11 Todo lo que viene de la tierra, a la tierra vuelve, y lo que viene de lo alto vuelve a lo alto. 12 El soborno y la injusticia serán borrados, pero la honradez permanece para siempre. 13 Las riquezas de los malvados se secarán como torrente, que muge cuando al llover entre truenos 14 crecido arrastra peñascos; pero pronto se seca, le viene su fin. 15 La posteridad de los impíos no echará brotes, pues las raíces malvadas están sobre roca escarpada. 16 Como berro que nace a la orilla de las aguas, es arrancado antes que toda otra hierba.
Frente a la sabiduría y la rectitud que caracteriza las obras de Dios, conforme a la exposición de Ben Sirac, surge una segunda dificultad: muchas veces los malos triunfan y obtienen riquezas valiéndose de procedimientos injustos. El autor introduce su respuesta con el principio de nuestro origen y destino 4, que, aplicado al caso presente, opone la caducidad de la dicha de los impíos, que viene de la tierra, y la permanencia de la gloria de las obras buenas del justo, que le viene del cielo. En efecto, los sobornos y las injusticias perecerán juntamente con quienes las cometieron, mientras que la virtud permanecerá de generación en generación entre los descendientes del justo5. "De todas las cosas terrenas — escribe A. Lapide —, ninguna tiene consistencia y permanece sino la justicia y la virtud; todas las demás cosas serán abolidas e irán a parar a la tierra de que provienen" 6. Así ocurrirá con las riquezas del malvado, las cuales desaparecen muchas veces con más rapidez de lo que fueron adquiridas. Ben Sirac lo expresa con una comparación gráfica (v.13-14): se disipan con la rapidez con que pasa una crecida, que, al poco rato de haber pasado arrastrando consigo cuanto a su paso encontraba, deja completamente seco el cauce del arroyo que desbordó. Idéntica suerte correrá la posteridad de los impíos. Su vida será efímera como la de las plantas nacidas sobre roca, que presto se marchitan, o como berros nacidos a orilla de las aguas, que son los primeros en ser arrancados por el hombre o los animales. Es doctrina constante de los sabios 7, confirmada con numerosos episodios de la Biblia 8. En cambio, Ja misericordia para con el prójimo, obra buena tan recomendada en la Sagrada Escritura, perdurará siempre ante Dios, que no la dejará sin premio, y de los hombres, entre quienes se perpetuará su memoria 9.
Cosas buenas y mejores (40:17-28)
17 La beneficencia no es nunca conmovida, y la limosna perdura por siempre. 18 La vida con vino y licor es dulce; pero mejor que con estas dos cosas, con hallar un tesoro. 19 La educación de los hijos y la construcción de una ciudad dan fama duradera, más todavía tener una mujer sabia. 20 El vino y la música alegran el corazón, pero sobre ambas cosas está el amor de la sabiduría. 21 La flauta y el arpa hacen agradable el canto, pero sobre ambas cosas está la lengua blanda. 22 La gracia y la belleza son delicia de los ojos, pero sobre ambas cosas está el verdor del campo. 23 El amigo y el camarada son útiles a su tiempo, pero sobre ambos está la mujer prudente para el marido. 24 Los hermanos y parientes para el tiempo de la tribulación, pero más que unos y otros es salvadora la limosna. 25 El oro y la plata son pie firme, pero sobre ambas cosas es estimado el consejo. 26 Las riquezas y la fuerza levantan el corazón, pero sobre ambas cosas está el temor de Dios. 27 No hay penuria para el que teme al Senos, con El no hay necesidad de buscar apoyos. 28 El temor del Señor es como un paraíso de bendiciones y como baldaquino sobremanera glorioso.
Volviendo al tema de la sabiduría y bondad de las obras de Dios, y como contraste con las mencionadas miserias de la vida, Ben Sirac, por medio de una serie de comparaciones ternarias en que enumera tres cosas, declarando buenas las dos primeras y más excelente la tercera10, presenta unas cuantas cosas buenas y otras mejores todavía, entre las que sobresale el temor de Dios.
Tanto el que tiene medios de subsistencia como el obrero que tiene seguro su trabajo pueden sentirse felices, en cuanto que pueden vivir sin tener que mendigar de los demás. Pero lo es más quien encuentra un tesoro, porque abundará en bienes y podrá incluso montar un negocio con su dinero, que, por ser legítimamente adquirido, cuenta con la bendición de Dios. Heredar de los padres una distinguida educación, perpetuándose así su memoria en sus hijos, que añadían al nombre propio el patronímico, o construir una ciudad, a la que a veces se le da el nombre mismo del constructor, perpetuándose así su recuerdo, son cosas realmente dignas de estima, pero lo es más tener una mujer sabia y virtuosa, con la cual se pueda vivir en paz y alegría todos los días de la vida. Las alegrías presentes y continuas de un hogar feliz son para Ben Sirac preferibles a la gloria externa que las mencionadas cosas puedan aportar 11.
El vino y la música alegran el corazón (v.20) y quitan las penas de la vida, aligerando miserias 12; por eso acompañan siempre a los banquetes; pero proporciona una alegría mucho más íntima y profunda la sabiduría, tanto cuanto superan las alegrías interiores del alma a las exteriores de los sentidos 13. La flauta y el arpa amenizan el canto, formando un conjunto agradable. Pero es más agradable la lengua blanda, que con su bondad y amabilidad resulta "panal de miel, dulzura del alma y medicina de los huesos"14, viniendo a ser, con sus sabios y alentadores consejos, "árbol de vida" 15.
La vista se recrea sobre cuantas cosas encierran, gracia y belleza, pero en nada tanto como en el verdor de los campos cuando llega la primavera. Su color resulta en extremo agradable, y cuando se extiende sobre extensas zonas, deleita su contemplación. A la objeción de que la belleza humana supera a la del verdor de los campos, responde Lesétre diciendo que, si bien "el rostro humano tiene una belleza y una expresión a la que no pueden parangonarse las cosas inanimadas, sin embargo, la belleza humana resulta muchas veces peligrosa..., mientras que las cosas bellas de la naturaleza, en especial el verdor y las flores, ofrecen atractivos más inocentes y más aptos para elevar el alma a Dios." 16 Para él, la gracia humana es engañosa, y la belleza de la mujer, fugaz 17. Los sabios exaltan con frecuencia la dicha y utilidad que proporcionan los amigos fieles, especialmente en el tiempo de la prueba; pero para el marido la constituye mucho mayor la mujer prudente, porque, con ella ha de llevar relaciones mucho más íntimas y continuas que con los amigos.
Cierto que los hermanos y parientes más allegados pueden proporcionar una valiosa ayuda en el día de la tribulación (v.24); pero será más útil entonces la misericordia practicada para con el prójimo, porque ella alcanza el favor divino, que es el que puede salvar y sin el cual nada valen todos los auxilios humanos 18. El oro y la plata dan al hombre una cierta seguridad frente al porvenir, pues garantizan su subsistencia y permiten gozar en un grado mayor de la vida. Pero es más estimable y útil el consejo; con él se salvan situaciones difíciles y se hace un bien de orden superior 19; además son los buenos consejeros quienes señalan los caminos para conseguir y administrar bien las riquezas adquiridas.
Las riquezas y la fuerza dan al hombre confianza y segundad en sí mismo, por lo que son en gran manera estimables. Pero lo es más el temor de Dios; es el principio de la sabiduría, que trae consigo honores y riquezas 20 y vale más que la fuerza, pues libra de peligros que ésta no es capaz de vencer. Él que lo tiene no precisa apoyos humanos en que poner su confianza. Lo afirma también el salmista: "Temed a Yahvé vosotros sus santos, pues nada falta a los que le temen. Empobrecen los ricos y en la penuria pasan hambre; pero a los que buscan a Yahvé no les falta bien alguno." 21 La razón es que, llevándoles el temor de Dios al cumplimiento de los mandamientos divinos, los hace gratos a Dios, quien les concede toda clase de bendiciones espirituales y materiales y una protección especial, que expresa con la imagen del baldaquino que se levantaba sobre el sitial del rey y de los recién desposados en señal de gloria y actitud de protección.
La mendicidad (40:29-32)
29 Hijo mío, no mendigues; mejor es morir que mendigar. 30 El hombre que mira con ansias a la mesa ajena vive una vida que no debe tenerse por vida. Mancha su alma con manjares extraños. 31 Que son tormento para el varón sabio e inteligente. 32 Para el mendigo es dulce la mendicidad, pero es fuego que abrasa las entrañas.
Pero esa protección no eximirá al hombre del trabajo, mediante el cual ha de ganarse el sustento y evitará caer en la mendicidad, cosa tan detestable para los judíos, que Ben Sirac no puede menos de dedicarle unos versículos. Para Ben Sirac, la misma muerte es preferible a ella. Dos razones le hacen opinar de esta manera. La primera, las continuas humillaciones y desprecios a que expone, sin que siempre pueda remediar la necesidad. La segunda es que el mendigo se sentirá tentado más de una vez a comer alimentos prohibidos por la Ley. Además, la mendicidad era para los judíos indicio de una vida malvada, sobre la que pesaba el castigo de Dios. El salmista afirma que jamás ha visto abandonado al justo ni a su prole mendigar el pan 22, y la Escritura incluye la mendicidad entre las penas con que Dios castiga a los infractores de la Ley 23.
Naturalmente, todo varón prudente huirá de ella y procurará ganarse el sustento con sus manos bajo la protección divina, que le asegura el temor de Dios y bendice su trabajo. Constata el sabio que hay, sin embargo, quienes, a pesar de todo, se dan a la mendicidad; prefieren la humillación y la vergüenza, si es que la sienten, que el mendigar lleva consigo, a un trabajo honrado con que ganaría dignamente su sustento. Quien así vive no puede sentirse feliz, y más de una vez sentirá la ignominia que sobre él pesa, como también el hambre. Pero, acostumbrado a vivir sin trabajar, es incapaz de vencer la pereza y desidia que frente al trabajo siente.
1 Gen 3:19; Job 7:1; 14:1; Ecl 2:23. — 2 Cf. I. Bonsirven, O.C., II 8-9. — 3 Is 51:19; Ez 5:16-17. — 4 Gen 2:7; 3:19; Job 34 14-15; Sal 104:29; Ecl 3:21. — 5 Cf. 39:12-15. — 6 O.c., 340, 12 t.2p.331. — 7 10,17; 23:25; 41:6. — 8 1 Re 21 (Saúl); 14:10 (Jeroboam); 16:34 (Jiel); 2 Re n (Jehú). — 9 3:33. — 10 Cf. 23:21; Prov 30,1555. — 11 El texto hebreo dice: mas todavía quien encuentra la sabiduría. Cf.39:9-15; 41:11-13. — 12 3L35; 32:5-7; Prov 31:6-7. — 13 El texto hebreo dice: el amor entre confidentes, sin determinar. — 14 Prov 16:24. — 15 Prov 16:14. — 16 O.c., 340:22. — 17 Cf. Prov 30:31. — 18 Cf. v.17; 3:33-34; Prov 17:17. — 19 Prov 11:14. — 20 1:11-40. — 21 34:10-11. — 22 37:25. — 23 Lev 26:16; Dt 15:4.
41. Mas Cosas Desagradables
La muerte (41:1-7)
1 ¡Oh muerte, cuan amarga es tu memoria para el hombre que se siente satisfecho con sus riquezas; 2 para el hombre a quien todo le sonríe y en todo prospera y que aún puede disfrutar de los placeres! 3¡Oh muerte! bueno es tu fallo para el indigente y agotado de fuerzas; 4 para el cargado de años y de cuidados, quebrantado de ánimo y sin esperanza. 5 No temas el fallo de la muerte: acuérdate de los que te precedieron y de los que te seguirán, y que éste es el juicio del Señor sobre toda carne. 6 ¿Por qué rebelarte contra el fallo del Altísimo? Que vivas diez, cien o mil años, 7 en el hades no hay disputas sobre la duración de la vida.
Otro de los males que parecen oponerse a la sabiduría y bondad de Dios en la creación y gobierno del mundo es la muerte, en que culminan todos los males de este mundo. Ben Sirac advierte que si bien para unos la muerte es dolorosa, para otros es un alivio, y señala a continuación la actitud que se ha de seguir frente a ella, que justifica con un triple motivo.
La muerte es amarga para quienes tienen puesto su corazón en las riquezas, en los placeres de la vida; para aquellos a quienes la vida sonríe, porque con ella todo esto se acaba. Para todos ellos vale lo que del rico dice San Juan Crisóstomo: que su muerte es doble, ya que su alma tiene que separarse del cuerpo y de las riquezas, a las que ama no menos que al cuerpo.
Es un alivio, en cambio, para el indigente, que vive abismado en la miseria y se encuentra ya sin fuerzas para poder salir de ella; para el anciano cargado de achaques, a quien la vejez quita toda esperanza de una situación mejor. Uno y otro ven en la muerte la única liberación posible a una vida que ya no vale la pena de vivirse.
Ben Sirac se conforma con recomendar se evite un temor que sería, por lo demás, completamente inútil (v.5). Los motivos que para ello da son: que la muerte es patrimonio de todo mortal; a falta de otro mejor, algún consuelo aporta el pensamiento de que esa suerte espera a todos sin posibilidad alguna de excepción. "Es necio temer — escribe Séneca — lo que no puedes evitar, dolerte de encontrarte en la condición de que nadie se ve libre. Consuela grandemente ser arrebatado con todos los demás 1. Además, la muerte es un decreto del Señor sobre todo viviente que ningún ser mortal podrá eludir; es más prudente aceptar con toda resignación la voluntad divina que rebelarte contra una decisión de Dios que se cumplirá inexorablemente. Finalmente podrás vivir más o menos años, lo que también está determinado por el Altísimo 2; pero, una vez que entres en el hades, te será indiferente haber vivido más o menos tiempo; todos la mirarán igualmente como algo que ya pasó. No tengas, pues, gran interés por que tu vida en la tierra sea más o menos larga.
Ben Sirac refleja una visión antigua y naturalista de la muerte 3. Los cristianos sabemos que lo que hace la muerte más tolerable y hasta consoladora a los justos es el pensamiento de que ella señala el paso para una eternidad feliz, y lo que la hace más terrible a los pecadores es el que para ellos lo es para una desgracia eterna. Y que en el más allá lo que importará será no el número de años vividos, sino el modo como fueron vividos, porque de él dependerá la salvación o la condenación, el grado de felicidad o la medida de los tormentos.
La descendencia de los impíos (41:8-18)
8 Descendencia abominable es la de los pecadores, y generación de necios la que mora en la casa del impío. 9 La herencia de los hijos de los pecadores se arruinará, y lo que quedará a su linaje es el oprobio. 10 Al padre impío le ultrajan sus hijos, que a causa de él viven ellos en oprobio. 11 Ay de vosotros, hombres impíos, que abandonáis la Ley del Dios Altísimo! 12 Si tenéis prole, será para vuestro daño, y si engendráis, será para tener que lamentarlo. 13 Cuanto viene de la tierra, a la tierra ha de volver; así los impíos van de la maldición a la ruina. 14 El cuerpo del hombre es vanidad; el buen nombre no será borrado. 15 Ten cuidado de tu nombre, que permanece, más que de millares de tesoros. 16 Los días de vida feliz son contados, pero los del buen nombre son innumerables. 17 Observad, hijos míos, la disciplina del pudor; sabiduría escondida y tesoro oculto, ¿qué aprovechan una y otro? 18 Mejor es quien oculta su necedad que quien oculta su sabiduría.
Pero no todo acaba para el hombre con la muerte, aun miradas las cosas de tejas abajo, como hace Ben Sirac. Tras ella quedan sus hijos, que perpetúan los efectos de la buena o mala conducta de sus padres. Ello puede ser un fuerte estímulo para el buen obrar.
La descendencia de los malvados será abominable y objeto de oprobio, porque sus hijos heredarán los vicios y pecados de sus padres. Ben Sirac dice que su herencia se arruinará, lo que ocurre unas veces porque, habiendo sido injustamente adquiridos los bienes que la constituyen, le son justa o injustamente arrebatados; otras porque, habiendo heredado los vicios de sus padres, las disipan en poco tiempo. Y así los hijos de los malvados terminarán por maldecir y ultrajar a sus padres por haberles transmitido el deshonor de que ahora son víctimas ellos. El decálogo había anunciado que Dios castigaría a los malvados en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación4. El autor de la sabiduría dijo que a veces los hijos de los pecadores pagarían con su misma muerte prematura los crímenes de sus padres5. Ben Sirac hace en los v. 11-12 un paréntesis para fijar su atención y amenazar con los precedentes castigos a los judíos apóstatas, que, abandonando las prácticas de la Ley, se entregaban a las costumbres paganas. El libro de los Macabeos testifica la indignación que tal actitud provocaba en los judíos fieles 6.
Cuanto viene de la tierra, prosigue Ben Sirac (ν.13), a ella vuelve como a su propio destino, para no dejar rastro de su existencia. Lo mismo ocurre con el impνo; objeto de la maldiciσn divina y humana, baja al sepulcro con toda su infamia, y su memoria se relega en breve al olvido. Pero no así con el justo; si bien su cuerpo está destinado al polvo lo mismo que el del pecador, su memoria y buena fama se transmite a la posteridad de generación en generación. Por eso el autor exhorta a observar una conducta digna que se haga acreedora a ese buen nombre después de la muerte, que él considera de un valor superior a las riquezas, conforme al pensamiento de los sabios 7, pues aquél subsiste a la muerte cuando hemos de abandonar a éstos; más estimable que el vivir una vida un poco más o menos larga y feliz, ya que esto, como antes indicó, no cuenta para nada en el seol, mientras que la buena fama se transmite de generación en generación. Privados los hebreos de la idea de la resurrección y de la felicidad del más allá, habían de contentarse con la buena fama en esta vida y la supervivencia del buen nombre después de la muerte, que, consiguientemente, estimaban mucho los antiguos 8. Ello exige que la sabiduría del justo se manifieste externamente, no con espíritu de vanagloria, sino con aquella recta intención que para nuestras obras recomendaba Jesucristo 9. Si permanece oculta, no cumple con esa su misión. Es prudente, y lo recomiendan los sabios, ocultar la necedad, pero no la sabiduría.
Cosas de que uno debe avergonzarse (41:19-42)
19 Sed pudorosos conforme a mis palabras. 20 Pero no es laudable avergonzarse de todo, ni todo pudor merece aprobación. 21 Avergonzaos de la fornicación ante vuestros padres; de la mentira ante el juez y el príncipe; 22 del fraude ante el amo y el ama, y de la transgresión de la Ley ante la asamblea y ante el pueblo; 23 de la injusticia ante el compañero y el amigo; 24 del robo ante tus convecinos; de haber quebrantado un juramento y un pacto; de apoyar a la mesa el codo sobre el pan, y del vituperio por las cuentas que haya que dar; 25 de no responder a un saludo; de fijar la mirada sobre mujer ajena; 26 de volver el rostro a un pariente; de apropiarte dones y obsequios; 27 de fijar los ojos en mujer que tiene marido; de indiscreciones con la sierva de éste y de apoyarte en el lecho de ella. 28 De las palabras de ultraje a los amigos, y de reprocharles después de haberles dado algo; 42 de divulgar lo que has oído y de revelar secretos. De estas cosas has de avergonzarte con razón, y hallarás gracia ante todos los hombres.
Ben Sirac va a hacer unas recomendaciones del pudor a sus lectores. Observarlas contribuiría notablemente a conseguir el buen nombre que ha recomendado en la perícopa precedente. Pero en materia tan importante y delicada quiere poner las cosas en su punto, presentando una lista detallada de las cosas de que el hombre debe avergonzarse y jamás darle su aprobación, y otra de las que no debe sentir vergüenza, sino aplaudirlas. Ya en el c.4:20-26 habló de este tema; aquí lo concreta con varios ejemplos.
Las cosas de que debe avergonzarse son las siguientes: fornicación de los hijos, que repercute en deshonra de los padres, a quienes, además, se considerará como responsables de la conducta libertina de aquéllos por su negligencia en educarlos y vigilar sus costumbres. Les creará, además, una dificultad no pequeña para procurarles un matrimonio digno, particularmente en cuanto a las hijas se refiere. La mentira, que deshonra siempre; pero, proferida a los poderes constituidos, repercute en daño del bien común, por lo que, si eres cogido en ellas, serás justa y severamente castigado. El fraude al amo o al ama, que puede un día ser descubierto y te expone a ser expulsado de casa, con la consiguiente vergüenza, por abusar tal vez de la confianza que en ti pusieron tus amos, para robarles. Las infracciones de la Ley, que podrían traer graves males para toda la comunidad israelita, que fue a veces duramente castigada por el delito de un individuo 10, y sentirá desprecio por ti. La injusticia, que es siempre un delito; pero, cuando se comete con un compañero o amigo, denota además una infidelidad, que te hará perder su estima y amistad. El robar, que constituye en todo caso un pecado; pero, cometido en el lugar donde habitas, quitará a tus vecinos toda confianza en ti y tú te sentirás avergonzado ante ellos. Fallar a lo prometido conjuramento, que es una ofensa grave a Dios; a lo pactado con tu prójimo, lo que arguye una falta de fidelidad; te desacredita ante los demás, que no se fiarán en adelante de tu palabra 11. Apoyar a la mesa el codo sobre el pan, que debe de ser una expresión proverbial para expresar una falta de urbanidad ante los demás comensales o una avidez inmoderada por los manjares, no menos molesta a aquéllos. Injuriar a quien te pide rindas cuentas, que es señal de soberbia y altanería o de falta de seriedad en las mismas; cosas que deberás evitar. No responder a quien te saluda, lo cual denota una falta de educación o un ánimo resentido por la discordia o la venganza; lo primero es molesto a los hombres, lo segundo ofende al prójimo y a Dios. Fijar la mirada en mujer de mala vida, conducta que puede argüir ánimo impúdico y fornicario y pone en peligro de ser seducido por sus ardides 12. Volver el rostro a un pariente, no reconociéndole como tal por su modesta condición o negarle lo que en su necesidad pide, arguye arrogancia e ingratitud. Apropiarse dones y obsequios que no le corresponden es, además, una injusticia, de que se avergüenza todo el que tenga un poco de pundonor. Poner los ojos en mujer de otro o tener indiscreciones con su sierva, lo que te pone en peligro de adulterio o fornicación, que, además de hacer recaer la más deshonrosa infamia, te expone a la ira del marido ofendido. Ultrajar a los amigos arguye poca nobleza de sentimientos, y reprocharles después el beneficio que no pudiste negarle es incluso una grosería 13. Finalmente, el revelar secretos, lo cual hace indigno de la confianza de los demás; parientes y amigos habrán de tomar frente a él una actitud de prudente reserva en sus conversaciones 14. Quien cumple las normas que de estas observaciones se desprenden conseguirá el aprecio y estima de los demás y se asegura el buen nombre para después de su muerte. Los judíos de la diáspora, con su observancia, granjearían incluso la estima de los paganos hacia ellos.
1 De Providencia 0.5. — 2 Job 14:5- — 3 Cf. 38:18-23. — 4 Ex 20:5; 34:17 — 5 3:12.16-17; 4:3-6. — 6 1 Mac 2:23; 3:6, etc. — 7 Prov 22:1; Ecl 7:1. — 8 Plauto escribía: "Si conservo la buena fama, me considero suficientemente rico." Cf. testimonios de la S. E. y de autores paganos en A Lapide, o.c., a 41:15 t.2 p.355· — 9 Mt 6:1-13. — 10 Jos 7. — 11 El de veritate Dei de la Vulgata en el v.24 puede obedecer a la confusión en el griego, que tradujo από αληθείας (verdad) por άττό λήθης (olvido) o από άθεσίας (falta, omisiσn); y a la confusiσn en el hebreo de 'elóah (Dios) y d'láh (juramento). — 12 Prov 5-7. — 13 18:18; 20,15; 22:25:25-27. — 14 6:9; 8:17; 19:7-10; 22:22; 27:16.
42. Falsa Vergüenza, las Hijas, las Obras de Dios
Cosas de que uno no debe avergonzarse (42:l-8)
lb Pero he aquí de qué no has de avergonzarte ni tener temor de hacerlo: 2 de la ley del Altísimo y de su alianza; de la condenación pronunciada contra el impío; 3 de arreglar las cuentas con el amo y con el compañero y de la partición de una herencia o de una propiedad; 4 de la justeza en la balanza y en los pesos, ni de comprobar el peso y la medida; 5 ni de comprar poco o mucho, ni de ajustar el precio con el vendedor; ni de corregir con frecuencia a los hijos, ni de azotar hasta la sangre al siervo rebelde; 6 ni de sellar la puerta de la casa donde hay una mala mujer, ni de echar la llave donde hay muchas manos; 7 de marcar lo que deposites; de anotar en libro con cuidado lo que des o recibas; 8 ni de reprender al insensato y al necio, y aun al anciano sospechoso de liviandad. Así serás verdaderamente honrado de todos y tendrás la aprobación de todos.
Pero no basta lo precedente. Junto a la lista de cosas mencionadas que el hombre prudente debe evitar, Ben Sirac va a dar a sus lectores otra, en idéntica forma, de cosas que ha de practicar sin dejarse llevar de respetos humanos. Ante todo han de cumplir la ley del Altísimo en medio de los paganos y frente a la conducta de los judíos apóstatas; avergonzarse de ello sería una cobardía imperdonable y peligrosa para un israelita, que caería él mismo por ese camino en la apostasía. Jesucristo nos enseñó a los cristianos que a quien le confesare delante de los hombres, le confesaría El delante de su Padre celestial; pero a quien le negare con sus palabras o con sus obras, El también lo negará delante de su Padre, que está en los cielos 1. Condenar al impío, cuando la razón está de su parte, por el mero hecho de que lo sea, es obrar contra la justicia; se debe absolver al inocente y condenar al que obró mal, sin miramientos humanos, según ordena la Ley 2. No debes tener reparo alguno en arreglar tus cuentas con los compañeros de negocio o de viaje llevado de infundados respetos humanos, ni en exigir, respecto de una herencia, tus derechos, haciendo sea distribuida según justicia y no conforme a ambiciones ilegítimas, pensando lo que puedan decir. No haces más que lo que la justicia reclama. Por lo demás, cuentas bien arregladas evitan muchos disgustos. Ni avergonzarte de usar pesos y medidas exactas en tus ventas, aunque los demás comerciantes que las falsean te tilden de ingenuo o hagan irrisión de ti. Vale menos con honor y buen nombre que más obtenido con injusticia. Además que no obtendrá menor beneficio quien es más justo en sus pesos y medidas. El autor de Proverbios recomienda muchas veces como cosa muy agradable a Yahvé tal exactitud 3. En tus compras guíate por las necesidades de tu hogar y compra lo que para satisfacerlas necesitas, sin atender al qué dirán, y no tengas inconveniente alguno en ajustar el precio con el comerciante, dada su tendencia a exigir más de lo justo. Tendrás también gran cuidado en corregir a su debido tiempo α tus hijos, sin temor a ser considerado excesivamente duro para con ellos; las consecuencias de la ineducaciσn de los hijos son fatales tanto para ellos como para sus padres, como afirman repetidamente los sabios 4. Y lo mismo harás con tu siervo, a quien aplicaras el mas duro castigo para reducirlo a fidelidad; privado de miras sobrenaturales, era a veces el único medio de hacerle cumplir con su trabajo 5.
No te retraigas, por respetos humanos, de sellar la puerta de tu casa si en ella hay mujer mala; si ello te parece una deshonra, piensa la que podría venir si no tomas a tiempo las precauciones debidas. Ni de tener bajo llave tus cosas cuando hay por medio muchas manos, alguna de las cuales puede sentirse tentada a no ser fiel. Ni de marcar lo que depositas y anotar con cuidado lo que das y recibes, conforme hacían ya los antiguos egipcios. Y todo esto no por mero espíritu de desconfianza, sino para una prudencia humana, que debe evitar a los demás la tentación en que fácilmente pueden caer los miembros de la familia, y sobre todo los sirvientes no dignamente retribuidos; prudencia que, puesta en práctica, libra de muchos disgustos y dolores de cabeza. Finalmente, tendrás fortaleza para reprender al hombre insensato, que habla u obra estúpidamente, e incluso al mismo anciano sospechoso de liviandad. Es intolerable este vicio en él6. Concluye como en la sección anterior: quien sin respetos humanos de ninguna clase es fiel a las cosas enumeradas, obtendrá la admiración y aplauso de los demás.
Especiales precauciones con las hijas (42:9-14)
9 Una hija es para el padre un tesoro que hay que guardar, un cuidado que quita el sueño, por que en su juventud no sea violada y no sea aborrecida después de casada; 10 en su doncellez no sea deshonrada, y se vea encinta en la casa de su padre; que no sea infiel al marido, y bien casada sea estéril. 11 Hijo mío, sobre la hija atrevida refuerza la vigilancia, no te haga escarnio de tus enemigos, fábula de la ciudad, objeto de burla entre el pueblo, y te avergüence en medio de la muchedumbre. Que su habitación no tenga ventana, ni en la alcoba donde por la noche duerme haya entrada que dé a ella, 12 que no muestre su belleza a ninguno ni tenga trato íntimo con mujeres. 13 Porque de los vestidos sale la polilla, y de la mujer la maldad femenil. 14 Mejor es la rudeza del varón que la mujer zalamera, y la hija deshonrada es el oprobio de los padres.
Con el tema de la verdadera y falsa vergüenza relaciona Ben Sirac el del pudor de las hijas, para recomendar a sus padres otra vez la vigilancia sobre ellas. Para un padre, la hija en los años de su adolescencia y juventud es un tesoro, sobre todo por su virtud; pero supone para él un montón de preocupaciones: que no mancille su virtud con el mayor deshonor que puede venir a una joven; su estima por parte del marido una vez casada; su fidelidad a éste en el matrimonio; la posibilidad de que, bien desposada, fuese estéril, con lo que tenía que renunciar a la mayor gloria de una mujer israelita, que era contarse entre las ascendientes del Mesías 7.
Para el caso de la hija un poco libertina, que con sus imprudencias puede poner en peligro su pudor, Ben Sirac señala a su padre unas cuantas precauciones humanas encaminadas a evitar los peligros que podrían llevarla a la ruina moral: evitar toda posibilidad de que alguien pueda llegar a ella durante la noche, cuidar de que su belleza no fascine a alguno a la tentación y le tienda un lazo hacia el mal, y no permitirle el trato con mujeres casadas, de conversaciones licenciosas inconvenientes para ella. Una hija deshonrada, le advierte, constituye una ignominia para su padre, que daría a sus enemigos motivo de hirientes críticas; un oprobio que le echarían en cara sus mismos parientes y vecinos, y un objeto de comentario desfavorable para cuantos tuviesen noticia de ello. Todo lo cual debe inducir al padre a poner en práctica los precedentes consejos respecto de su hija.
Concluye con una comparación hiperbólica: es menos peligrosa la maldad de un hombre que la zalamería de una mujer respecto de una joven. A los sentimientos delicados de ésta y a su amor instintivo hacia la virtud repele la maldad y rudeza del hombre, resaltándole menos peligrosa que la amistad con tales mujeres, quienes le enseñarían esas artimañas maliciosas femeninas que arrastran al pecado, y que son a las mujeres libertinas tan naturales como a los vestidos la polilla.
1 Mt 10,32. — 2 Dt 1:17. — 3 11:1; 16:11. — 4 30:1-13; 33:33-40. — 5 33:25-30; Prov 29:19-21. — 6 25:4- — 7 Ex 23:26; Dt 7:14; Jer 22:30.
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