A fin de que nadie abuse de la misericordia divina para continuar pecando, San Juan exhorta a evitar el pecado. Una cosa es reconocerse pecadores, conscientes de la propia fragilidad, y otra bien distinta llenarse de pasividad o de pesimismo, como si fuera imposible evitar la ofensa a Dios: Comprende Jesús nuestra debilidad y nos atrae hacia sí —explica San Josemaría Escrivá—, como a través de un plano inclinado, deseando que sepamos insistir en el esfuerzo de subir un poco, día a día. Nos busca como buscó a los dos discípulos de Emaús, saliéndoles al encuentro; como buscó a Tomás y le enseñó, e hizo que las tocara con sus dedos, las llagas abiertas en las manos y en el costado. Jesucristo siempre está esperando que volvamos a Él, precisamente porque conoce nuestra debilidad (Es Cristo que pasa, n. 75).
«Hijitos míos»: Es difícil traducir esta expresión y otras similares de San Juan, cargadas de ternura y de responsabilidad pastoral. Son fruto de un amor profundo y recio, como el de Jesús en la Última Cena (cfr Ioh 13, 33). Este mismo término griego aparece seis veces más en esta carta (2, 12.28; 3,7.18; 4, 4; 5, 21); en otras ocasiones emplea una palabra equivalente a nuestro «pequeños míos» (cfr 2, 14.18) o «queridísimos» (2, 7; 3, 2.21; 4, 1.7.11; 3 Ioh 2.5.11). En todas esas expresiones queda reflejada la relación profundamente humana del apóstol San Juan con los fieles.
«Tenemos un abogado ante el Padre»: Jesucristo, como único Mediador (cfr 1 Tim 2, 5), intercede por nosotros. Él, que ha muerto por nuestros pecados —es «la víctima de propiciación»—, presenta a Dios Padre sus méritos infinitos, en virtud de los cuales nos perdona siempre. El Espíritu Santo es llamado también Paráclito o Abogado, en cuanto que acompaña, consuela y guía a cada cristiano, y a la Iglesia entera, en su caminar terreno (cfr nota a Ioh 14, 16-17).
«El apóstol San Juan nos exhorta a evitar el pecado, dice San Alfonso María de Ligorio; pero, temiendo que decaigamos de ánimo, al recordar nuestras pasadas culpas, nos alienta a esperar el perdón, con tal que tengamos la firme resolución de no caer, diciéndonos que tenemos que habérnoslas con Cristo, que no murió sólo para perdonarnos, sino que además, después de muerto, se ha constituido abogado nuestro ante el Padre celestial» (Reflexiones sobre la Pasión, cap. 9, 2).
I Jean 2, 3-6
«En esto sabemos»: Es una expresión muy frecuente en esta carta (p. ej.: 2, 5.18; 3, 19.24), que introduce normalmente los criterios seguros para distinguir la verdad del error, tanto en la doctrina como en la conducta moral. En este caso, se refiere a la guarda de los mandamientos como señal del verdadero conocimiento de Dios.
Conocer a Dios no significa para San Juan una actividad meramente intelectual, ni pretender que la inmensidad de Dios quepa en el entendimiento limitado del hombre. Se refiere a algo más sencillo y vital: conocer a Dios es estar unidos a Él por la fe y por el amor —por la gracia—. Si en esta carta se insiste con tanta frecuencia en el conocimiento de Dios (cfr, p. ej, 2, 14; 3, 1; 4, 6-8; 5, 20), o en el de Jesucristo (cfr 2, 13-14; 3, 6), posiblemente sea porque los herejes —sobre todo los gnósticos— se jactaban de haber alcanzado una especial inteligencia de Dios, superior a la de los simples fieles. De ahí que el Apóstol describa en qué consiste el verdadero conocimiento de Dios, con expresiones que se complementan: conocerle (v. 4), en quien le conoce «el amor de Dios ha alcanzado verdaderamente su perfección» (v. 5), permanecer en Él (v. 6).
«Guardar sus mandamientos» (vv. 3 y 4), «guardar su palabra» (v. 5), «caminar como él caminó» (v. 6): El cumplimiento de los mandamientos es imprescindible, pues no cabe fe sin obras (cfr 1 Ioh 3, 17-18; Iac 2, 14 ss.; Gal 5, 6). Se requiere además guardar la palabra divina, es decir, recibir con docilidad toda la revelación, idea muy frecuente en los escritos joaneos (cfr, p.ej., Ioh 5, 38; 8, 31.51; 1 Ioh 2, 14). Pero, sobre todo, el cristiano ha de identificar su vida con la de Cristo; San Próspero comenta: «Caminar como él caminó, ¿qué otra cosa es sino abandonar las comodidades que él abandonó, no temer las contrariedades que él soportó, enseñar lo que él enseñó (...), continuar haciendo el bien también a los desagradecidos, orar por los enemigos, tener misericordia con los perversos, soportar con ánimo ecuánime a los engreídos y soberbios?» (De vita contemplativa, lib. II, cap. 21).
I Jean 2, 7-8
Con un juego de palabras el autor sagrado atrae la atención de los lectores hacia el mandamiento del amor fraterno, que va a describir en los vv. 9-11. En efecto, es un mandamiento antiguo (v. 7) y, a la vez, nuevo (v. 8). Antiguo, porque cristianismo y caridad son inseparables, y esto lo saben los fieles «desde el principio», es decir, desde la primera catequesis; de algún modo se puede decir que es incluso anterior al cristianismo, porque está impreso en el corazón del hombre. Pero es nuevo, porque no está anticuado, sino que se ha hecho realidad en Cristo y en los cristianos. La novedad no está en el precepto —se encuentra ya en el Antiguo Testamento (cfr Lev 19, 18)—, sino en la medida que exige Jesús —«como yo os he amado» (Ioh 13, 34)— y en su universalidad: el amor a todos los hombres, amigos y enemigos, sin distinción de raza, ni de ideología, ni de posición social (cfr nota a Ioh 13, 34-35).
Pero, además, el amor cristiano no se limita a buscar la felicidad terrena de los otros, sino que pretende llevar a los hombres a la fe y a la santidad: «¿Cuál es la perfección en el amor?, pregunta San Agustín. Amar a los enemigos y amarlos para que se conviertan en hermanos. Nuestro amor no debe ser material. Desear a uno el bienestar temporal es bueno; pero, aunque éste falte, debe asegurarse el alma (...). Es incierto si esta vida puede resultarle a uno útil o inútil; en cambio, la vida en Dios es siempre útil. Por tanto, ama a tus enemigos de modo que se conviertan en hermanos; ámalos de tal manera que los atraigas a la comunión contigo en la Iglesia» (In Epist. Ioann. ad Parthos, I, 9).
I Jean 2, 9-11
Con el estilo peculiar de esta carta se hace una aplicación del mandamiento nuevo, quizá frente a los falsos maestros, que despreciaban a los simples fieles, y producían escisiones dentro de los cristianos. El ritmo del lenguaje —aborrecer, amar, aborrecer—, en el que la idea positiva está expresada entre dos ideas opuestas, realza la importancia del amor al hermano.
El principal apostolado que los cristianos hemos de realizar en el mundo —enseña San Josemaría Escrivá—, el mejor testimonio de fe, es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad. Cuando no nos amamos de verdad, cuando hay ataques, calumnias y rencillas, ¿quién se sentirá atraído por los que sostienen que predican la Buena Nueva del Evangelio?
Resulta muy fácil, muy a la moda, afirmar con la boca que se ama a todas las criaturas, creyentes y no creyentes. Pero si el que habla así maltrata a los hermanos en la fe, dudo de que en su conducta exista algo distinto de una palabrería hipócrita. En cambio, cuando amamos en el Corazón de Cristo a los que somos hijos de un mismo Padre, estamos asociados en una misma fe y somos herederos de una misma esperanza (Minucio Félix, Octavius, XXXI), nuestra alma se engrandece y arde con el afán de que todos se acerquen a Nuestro Señor (Amigos de Dios, n. 226).
Luz-tinieblas: Repitiendo esta imagen antitética, se cierra el apartado comenzado en 1, 5 —«Dios es luz»—.
I Jean 2, 12-14
Estos versículos, que vienen a ser un inciso dentro del desarrollo de la carta, plantean algunas dificultades lingüísticas. La más importante es el modo de comprender el sentido de la expresión: escribo, o insisto, «porque...». La conjunción griega que aparece aquí podría tener —como interpreta la Neovulgata— sentido explicativo: Os escribo «que se os han perdonado vuestros pecados...». En este caso, el Apóstol estaría animando a los cristianos frente a los herejes; es como si dijera: estad seguros de «que se os han perdonado vuestros pecados...», es decir, de que sois vosotros, no ellos, quienes sois cristianos.
Sin embargo, de acuerdo con el contexto, también es correcto entenderlo con sentido causal: porque. De esta manera el Apóstol fundamenta su autoridad sobre los cristianos, confiando en que sus enseñanzas van a ser escuchadas; es como si les dijera: puedo escribiros, y tenéis el deber y el derecho de atenderme, «porque se os han perdonado vuestros pecados...».
También se presta a diversas interpretaciones el modo de dirigirse a los cristianos, llamándoles hijitos, niños, padres, jóvenes. Suele entenderse que las dos primeras denominaciones (hijitos, niños) abarcan a todos los cristianos, sin ninguna referencia a la edad física, o a su situación en la Iglesia como recién bautizados; en cambio, los otros dos apelativos (padres y jóvenes) irían dirigidos a tales grupos de cristianos. Con todo, no hay que descartar la posibilidad de que sean simples recursos retóricos, de modo que lo que se dice a los más jóvenes es perfectamente aplicable a los de más edad y viceversa; así lo entendía San Agustín: «Acordaos de que sois padres; si os olvidáis de Aquél que es desde el principio, habéis perdido la paternidad. También considerad una y otra vez que sois jóvenes: luchad por vencer; venced para ser coronados; sed humildes para no sucumbir en la lucha» (In Epist. Ioann. ad Parthos, II, 7).
«Habéis conocido al que existe desde el principio»: Se refiere a Jesucristo (cfr 1 Ioh 1, 1), distinguiéndolo del Padre, que aparece al comienzo del v. 14. San Juan hace hincapié en conocer, que abarca no sólo un saber teórico, sino más especialmente un conocimiento de fe y de amor (cfr nota a 2, 3-6).
I Jean 2, 13
«El Maligno». La referencia explícita al demonio aparece en varios pasajes de esta carta: es enemigo de los hijos de Dios (2, 14; 5, 18), peca desde el principio (3, 8) y tiene bajo su poder al mundo (5, 18-19; cfr Ioh 16, 11).
El Papa Juan Pablo II enseña a este respecto: «El Apóstol escribe: ¡‘Habéis vencido al Maligno’! (...). Conviene remontarse constantemente a las raíces del mal y del pecado en la historia de la humanidad y del universo, como Cristo se remontó a estas mismas raíces en su misterio pascual de la Cruz y de la Resurrección. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: al Maligno. La táctica que él usaba y usa consiste en no revelarse, a fin de que el mal, sembrado por él desde el principio, reciba su desarrollo por parte del hombre, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas, entre las clases y entre las naciones... para hacerse también cada vez más pecado ‘estructural’, y dejarse identificar cada vez menos como pecado ‘personal’. Por tanto, a fin de que el hombre se sienta en un cierto sentido ‘liberado’ del pecado y al mismo tiempo esté cada vez más sumido en él» (Carta a los jóvenes, n. 15).
I Jean 2, 15-17
El término «mundo» tiene diversas acepciones en la Sagrada Escritura (cfr nota a Ioh 17, 14-16). Aquí, como en otros lugares de la Biblia, tiene el sentido peyorativo de enemigo de Dios y del hombre (cfr también nota a Iac 1, 26-27), abarcando todo lo que se opone a Dios: el reino del pecado. El seguimiento de Cristo lleva consigo una exigencia radical: «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6, 24); «la amistad con el mundo es enemistad con Dios» (Iac 4, 4).
«La arrogancia de los bienes terrenos»: Este sentido originario del texto griego se ha venido traduciendo habitualmente como «soberbia de la vida», según la literalidad del texto latino. No hay contradicción entre las dos traducciones: la arrogancia que se apoya en las riquezas materiales desemboca en la soberbia.
La enumeración que hace San Juan de las manifestaciones de una vida mundana es un compendio de lo que se opone a la fidelidad al amor de Dios. La concupiscencia de la carne no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (...).
Podemos y debemos luchar contra la concupiscencia de la carne, porque siempre nos será concedida, si somos humildes, la gracia del Señor.
El otro enemigo, escribe San Juan, es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar. Los ojos que se quedan como pegados a las cosas terrenas, pero también los ojos que, por eso mismo, no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Por tanto, podemos utilizar la expresión de la Sagrada Escritura, para referirnos a la avaricia de los bienes materiales, y además a esa deformación que lleva a observar lo que nos rodea —los demás, las circunstancias de nuestra vida y de nuestro tiempo— sólo con visión humana.
Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses (Gen III, 5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios.
La existencia nuestra puede, de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la superbia vitae. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos. La lucha contra la soberbia ha de ser constante, que no en vano se ha dicho gráficamente que esa pasión muere un día después de que cada persona muera. Es la altivez del fariseo, a quien Dios se resiste a justificar, porque encuentra en él una barrera de autosuficiencia. Es la arrogancia, que conduce a despreciar a los demás hombres, a dominarlos, a maltratarlos: porque donde hay soberbia allí hay ofensa y deshonra (Prov XI, 2) (Es Cristo que pasa, nn. 5-6).
I Jean 2, 18-27
El pasaje desarrolla una de las ideas más importantes y frecuentes en las cartas de San Juan: la fidelidad de los cristianos puesta a prueba por los herejes. El estilo peculiar, de fuertes contrastes y paralelismos, da viveza a la exposición de la doctrina.
Describe primero la situación en que se encuentran aquellos cristianos: la existencia de los herejes lleva a pensar que se ha cumplido la predicción del Señor sobre la llegada del Anticristo (cfr Mt 24, 5-24 y par.), y ha comenzado «la última hora» (v. 18).
A continuación, desenmascara a quienes encarnan la figura del Anticristo, contraponiéndoles a quienes se mantienen fíeles: 1) Ellos no son de los nuestros (v. 19); vosotros, en cambio, permanecéis en la verdad (vv. 20-21). 2) Los herejes son unos embusteros que niegan la verdad fundamental de que Jesús es el Cristo (vv. 22-23); vosotros, en cambio, permanecéis en el Padre y en el Hijo (vv. 24-25). 3) Ellos, con arrogancia, pretenden erigirse en maestros; pero la unción permanece en vosotros y no necesitáis maestros espúreos (vv. 26-27).
La reiteración del término permanecer señala la necesidad de mantener incólume la doctrina de la Iglesia. Los fieles tienen derecho a vivir su fe sin turbaciones innecesarias, y es parte de la misión de los pastores de la Iglesia confirmar a los cristianos en la fe, como hace aquí San Juan. El Papa Pablo VI, al presentar el Credo del Pueblo de Dios, enseñaba: «La Iglesia, ciertamente, tiene siempre el deber de continuar su esfuerzo para profundizar y presentar, de una manera cada vez más adaptada a las generaciones que se suceden, los insondables misterios de Dios, ricos para todos de frutos de salvación. Pero es preciso al mismo tiempo tener el mayor cuidado, al cumplir el deber indispensable de búsqueda, de no atentar a las enseñanzas de la doctrina cristiana. Porque esto sería entonces originar, como se ve desgraciadamente hoy día, turbación y perplejidad en muchas almas fieles» (Homilía, 30-VI-1968).
I Jean 2, 18
«La última hora»: Probablemente esta expresión era familiar entre los primeros cristianos, que deseaban ardientemente la segunda venida de Cristo o parusía. Como se refleja en tantos pasajes del Nuevo Testamento, la plenitud de los tiempos está ya iniciada con la Encarnación y la Redención de Jesucristo (cfr Gal 4, 4; Eph 1, 10; Heb 9, 26). Desde entonces —y hasta el fin del mundo— estamos en los últimos tiempos, en la última etapa de la Historia de la Salvación en la tierra: de ahí el sentido de urgencia que siempre han tenido los cristianos en la propia santidad y en la propagación del Evangelio. «Para que nadie tenga pereza en progresar —exhorta San Agustín—, escucha: ‘Hijos míos, es la última hora’. Progresad, corred, creced; es la última hora. Ésta puede prolongarse, pero es la última» (In Epist. Ioann. ad Parthos, III, 3). Este sentido escatológico de los últimos tiempos, anunciado ya por los profetas (cfr Is 2, 2; Ier 23, 20; 49, 30), lo presenta también San Juan en su Evangelio (cfr, p. ej., Ioh 2, 4; 5, 28; 17, 1).
«El Anticristo». Una de las señales de «la última hora», anunciada por el Señor y los Apóstoles, es la actividad febril de los falsos profetas (cfr Mt 24, 11-24; Act 20-30; 2 Thes 2, 2 ss.; 2 Tim 4, 1 ss.; 2 Pet 1-3). La expresión «Anticristo» aparece sólo en las cartas de San Juan (1 Ioh 2, 18.22; 4, 3; 2 Ioh 7), si bien sus características son similares a las del «hombre impío», «el adversario», de que habla San Pablo (cfr 2 Thes 2, 1-12), y a las «Bestias» del Apocalipsis (cfr, p. ej., Apc 11, 7; 13, 1 ss.): su cualidad común y distintiva es la brutal oposición a Cristo, a su doctrina y a sus seguidores. No resulta fácil interpretar con seguridad si el Anticristo tiene sentido individual o colectivo. De las cartas de San Juan puede deducirse más bien lo segundo: designaría al conjunto de los que se oponen a Jesucristo —los «muchos anticristos»—, que han actuado desde los orígenes del Cristianismo, y continuarán luchando contra el Señor hasta el fin de los tiempos.
I Jean 2, 19
«No eran de los nuestros». San Juan desenmascara a los anticristos: no habrían tenido oportunidad de seducir a los fieles, si hubieran venido de fuera de la comunidad; pero se trata de cristianos fingidos, lobos con piel de oveja (cfr Mt 7, 15), «falsos hermanos» (Gal 2, 4), y así pueden inducir más fácilmente a confusión. El Señor ya advirtió que en el Reino de Dios crecen simultáneamente el trigo y la cizaña (cfr Mt 13, 24-30); la comprobación de esta penosa realidad no es motivo para desconfiar de la santidad de la Iglesia. Como explica San Agustín: «Muchos que no son de los nuestros reciben con nosotros los sacramentos; reciben con nosotros el Bautismo, reciben con nosotros lo que saben que los fieles reciben: la bendición, la Eucaristía y los demás santos sacramentos; reciben con nosotros la comunión del mismo altar, pero no son de los nuestros. La tentación demuestra que no lo son; cuando les sobreviene la tentación, vuelan fuera como impulsados por el viento, porque no son grano. Cuando la era del Señor comience a ser aventada en el día del juicio, entonces volarán todos; tenedlo muy en cuenta» (In Epist. Ioann. ad Parthos, III, 5).
I Jean 2, 20
«La unción del Santo»: Resulta difícil precisar cuál es esta unción (cfr también el v. 27), cuya actividad en el cristiano opone San Juan a la del Anticristo. Podría tratarse del Sacramento del Bautismo o de la Confirmación, o de ambos, donde la unción con el crisma forma parte del rito sacramental. En cualquier caso, se refiere a la acción del Padre y del Hijo por el Espíritu Santo en el alma del cristiano que ha recibido esos sacramentos: así se explica que tal unción instruya a los cristianos «acerca de todas las cosas» (v. 27).
El «Santo»: Con esta expresión San Juan puede designar a Dios Padre (cfr, p. ej., Apc 6, 10; Ioh 17, 11), a Dios Hijo (cfr Ioh 6, 69; Apc 3, 7), o simplemente a Dios, sin pretender distinguir las Personas. Este último uso era muy frecuente entre los judíos de aquella época, para referirse al único Dios.
«Todos estáis instruidos» (literalmente: «Todos sabéis»), no sólo acerca de la unción, sino de la doctrina cristiana en general. Algunos manuscritos importantes, a los que sigue la Vulgata Sixto-Clementina, leen: «Vosotros sabéis todo». Ambas lecturas se complementan, puesto que el Apóstol quiere subrayar que los cristianos no necesitan oír enseñanzas ajenas a las de la Iglesia, sino que, guiados por el Espíritu Santo, poseen la certeza de la fe. El Concilio Vaticano II cita este texto, al enseñar el sentido sobrenatural de la fe de los fieles: «La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cfr 1 Ioh 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando ‘desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos’ prestan su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres» (Lumen gentium, n. 12).
I Jean 2, 22
«Jesús es el Cristo»: Es una verdad fundamental de la fe cristiana. Como en la mayoría de los textos de San Juan, esta formulación no incluye únicamente que Jesús es el Mesías, sino también que es el Hijo de Dios (cfr Ioh 20, 31). Desde los primeros tiempos del cristianismo, la fe en Jesús, que incluía tanto su mesianidad como su divinidad, podía ser expresada aplicando a Jesús los títulos de «Mesías e Hijo de Dios», o uno sólo de estos términos. A lo largo de los siglos la Iglesia ha ido explicitando y profundizando en las verdades reveladas sobre Jesucristo, en parte porque diversos herejes han pretendido negarlas. También en los últimos años el Magisterio ha tenido que salir al paso de algunas concepciones erróneas: «Son claramente opuestas a esta fe las opiniones según las cuales no sería revelado y conocido que el Hijo de Dios subsiste desde la Eternidad en el misterio de Dios, distinto del Padre y del Espíritu Santo; e igualmente, las opiniones según las cuales debería abandonarse la noción de la única persona de Jesucristo, nacida del Padre antes de todos los siglos según la naturaleza divina, y en el tiempo de María Virgen según la naturaleza humana; y, finalmente, la afirmación según la cual la humanidad de Jesucristo existiría, no como asumida en la persona eterna del Hijo de Dios, sino, más bien, en sí misma como persona humana y, en consecuencia, el misterio de Jesucristo consistiría en el hecho de que Dios, al revelarse, estaría de un modo sumo presente en la persona humana de Jesús.
»Los que piensan de tal modo permanecen alejados de la verdadera fe de Jesucristo, incluso cuando afirman que la presencia única de Dios en Jesús hace que Él sea la expresión suprema y definitiva de la Revelación Divina; y no recobran la verdadera fe en la unidad de Cristo, cuando afirman que Jesús puede ser llamado Dios por el hecho de que, en la que dicen su persona humana, Dios está sumamente presente» (Mysterium Filii Dei, n. 3).
I Jean 2, 23
«Tener al Padre»: Es una expresión muy gráfica de la unión con Dios (cfr 2 Ioh 9). San Juan utiliza otros términos para indicar la misma realidad: por ejemplo, «conocerle» (1 Ioh 2, 3 s.; Ioh 14, 7), «verle» (Ioh 14, 7.9). Posiblemente, el Apóstol tiene presentes los errores de los gnósticos, para quienes la unión con Dios se alcanzaba mediante un conocimiento (gnosis) peculiar, que sólo podían conseguir los iniciados en su secta. El Apóstol repite la enseñanza contenida ya en su Evangelio: sólo a través de Cristo, de la fe en Él, se alcanza la unión y el conocimiento del Padre (cfr Ioh 1, 18; 14, 9-10); Jesús y el Padre son un único Dios (Ioh 14, 11). En consecuencia, la fe en Cristo es inseparable de la fe en la Santísima Trinidad: de ahí que la negación de la divinidad del Hijo lleve consigo la negación y la ruptura con Dios Padre. «Cuando se abandona el misterio de la persona divina y eterna de Cristo, Hijo de Dios, se destruye también la verdad de la Santísima Trinidad» (Mysterium Filii Dei, n. 4).
I Jean 2, 27
La unción (cfr nota a 2, 20) hace referencia al Espíritu Santo, que actúa en los fieles instruyéndolos «acerca de todas las cosas». Es lo que había anunciado el Señor: «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Ioh 14, 26).
El Apóstol no pretende decir que los fieles no necesitan del Magisterio de la Iglesia —no hubiera tenido sentido entonces escribirles—; lo que quiere dejar claro es que el verdadero maestro es el Espíritu Santo: en efecto, Él asiste al Magisterio cuando enseña, y actúa también en el alma del cristiano, ayudándole a aceptar esa enseñanza. «Si su unción os enseña todas las cosas, parece que nosotros nos afanamos inútilmente; ¿por qué gritar tanto? (...). He aquí la maravilla. El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el Maestro está dentro. No penséis que alguien aprende de un hombre; nosotros podemos llamar la atención con la fuerza de nuestra voz, pero si no está dentro el que enseña, nuestras voces resultan inútiles» (In Epist. Ioann. ad Parthos, III, 13).
I Jean 2, 28-29
Ambos versículos vienen a ser un resumen de lo que precede y una introducción a la doctrina de la filiación divina, de la que trata en el capítulo siguiente. La idea central que ha venido repitiéndose —«permaneced en Él»—, ahora amplía sus horizontes con el pensamiento del Juicio Final: Jesucristo, que nos ha de juzgar, es el mismo que nos ha dado la revelación y la vida. Éste es uno de los fundamentos de la esperanza cristiana.
«Tengamos confianza»: Es significativo el cambio de persona del verbo, en el que se incluye el mismo escritor sagrado: todos hemos de dar cuenta de nuestras obras y debemos tener confianza en Cristo Juez. El término que traducimos por «confianza» es mucho más rico en griego que en castellano: equivale a libertad, franqueza, audacia confiada.
«Será gran cosa a la hora de la muerte —exhorta Santa Teresa— ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama» (Camino de perfección, cap. 40, 8).
Chapitre n°3