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I Jean 3, 1-24

Todo el capítulo tercero refleja el alma del Apóstol, contemplativa y emocionada ante el maravilloso don de la filiación divina. El Espíritu Santo, autor de toda la Sagrada Escritura, ha querido que llegase hasta nosotros esta revelación singular: somos hijos de Dios (v. 1).

No es fácil dividir el capítulo, pues el estilo reflexivo y coloquial incluye repeticiones y desarrollos que, por otra parte, dan mayor viveza y frescura a las palabras. Con todo, cabe distinguir una primera proclamación del mensaje central (vv. 1-2) y una doble exigencia de la filiación divina: rechazar todo pecado (vv. 3-10) y vivir en plenitud el amor fraterno (vv. 11-24).

 

I Jean 3, 1

«Que nos llamemos hijos de Dios». La expresión original —«somos llamados...»— es un hebraísmo, utilizado también por el Señor en las Bienaventuranzas (cfr Mt 5, 9): «ser llamados» equivale a «Dios nos llama»; y en el lenguaje de la Biblia, cuando Dios da un nombre no es un mero título, sino la realización de lo que se indica (cfr, p. ej.. Gen 17, 5), ya que la palabra de Dios es eficaz; lleva a cabo lo que dice. De ahí que San Juan añada: «¡y lo somos!».

No se trata, por tanto, de un simple título metafórico, ni de una ficción jurídica o una mera adopción al modo humano: la filiación divina es un característica fundamental de la vida del cristiano, una realidad espléndida por la que Dios da gratuitamente a los hombres una dignidad estrictamente sobrenatural, que los introduce en la intimidad divina y los hace domestici Dei, familiares de Dios (Eph 2, 19). Se explica el tono de asombro y de gozo con que San Juan transmite tal maravilla.

Este sentido de la filiación divina constituye uno de los puntos centrales de la espiritualidad del Opus Dei. Su Fundador enseña: No estamos destinados a una felicidad cualquiera, porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos los hombres.

Ésa es la gran osadía de la fe cristiana: proclamar el valor y la dignidad de la humana naturaleza, y afirmar que, mediante la gracia que nos eleva al orden sobrenatural, hemos sido creados para alcanzar la dignidad de hijos de Dios. Osadía ciertamente increíble, si no estuviera basada en el decreto salvador de Dios Padre, y no hubiera sido confirmada por la sangre de Cristo y reafirmada y hecha posible por la acción constante del Espíritu Santo (Es Cristo que pasa, n. 133).

«El mundo no nos conoce, porque no lo conoció a Él»: Estas palabras evocan las del Señor en la Última Cena: «Llega la hora en que todo el que os dé muerte pensará que hace un servicio a Dios. Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre ni a mí» (Ioh 16, 2-3). La filiación divina lleva consigo una unión e identificación misteriosa entre Jesucristo y el cristiano.

 

I Jean 3, 2

El don inefable de la filiación divina, que el mundo no conoce (v. 1), tampoco es experimentado en plenitud por los cristianos, ya que los gérmenes de vida divina que encierra sólo alcanzarán su total desarrollo en la vida eterna, cuando le veamos «tal cual es», «cara a cara» (1 Cor 13, 12). «Ésta es la vida eterna: Que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien Tú has enviado» (Ioh 17, 3). En esa visión inmediata de Dios tal como es, y de todas las cosas en Dios, la vida de la gracia y la filiación divina alcanzan su pleno desarrollo. Por su naturaleza, el hombre no es capaz de ver a Dios cara a cara; es necesario que Él lo ilumine mediante una luz especial, que llamamos lumen gloriae. Con ella no abarca del todo a Dios —cosa imposible para cualquier criatura— pero sí puede contemplarlo directamente.

Comentando este versículo, el Catecismo Romano explica que «la bienaventuranza consiste en dos cosas: una, que veremos a Dios tal y como es en su naturaleza y sustancia; y la otra, que seremos transformados como dioses, pues los que gozan de Él, aunque conservan su propia naturaleza, sin embargo, se revisten de cierta forma admirable, semejante a la divina, de modo que más parecen dioses que hombres» (I, 13, 7).

«Cuando se manifieste»: Caben dos interpretaciones, dado que el verbo en griego no tiene sujeto: «Cuando se manifieste (lo que seremos) seremos semejantes a Él (Dios)»; o bien, como interpreta la Neovulgata: «Cuando él (Cristo) se manifieste, seremos semejantes a él (Cristo)». La segunda interpretación es más probable y, por tanto, la que ha quedado reflejada en nuestra versión.

 

I Jean 3, 3

«Se purifica»: La esperanza cristiana, que tiene su fundamento en Cristo, es dinámica e impulsa al cristiano a «purificarse». Este verbo evoca las purificaciones rituales exigidas a los sacerdotes del Antiguo Testamento antes de iniciar el servicio divino (cfr Ex 19, 10; Num 8, 21; Act 21, 24); en este versículo, y en otros lugares del Nuevo Testamento, significa purificación interior de los pecados, justicia, santidad (1 Pet 1, 22; Iac 4, 8). El modelo es Jesucristo, «el puro», el que no ha tenido nunca pecado, el justo (1 Ioh 2, 29; 3, 7); no hay otro ideal de santidad para el cristiano, como el propio Jesús había dicho: «Aprended de mí» (Mt 11, 29; cfr Ioh 14, 6). Hemos de aprender de Él, de Jesús, nuestro único modelo. Si quieres ir adelante previniendo tropiezos y extravíos, no tienes más que andar por donde Él anduvo, apoyar tus plantas sobre la impronta de sus pisadas, adentrarte en su Corazón humilde y paciente, beber del manantial de sus mandatos y afectos; en una palabra, has de identificarte con Jesucristo, has de procurar convertirte de verdad en otro Cristo entre tus hermanos los hombres (Amigos de Dios, n. 128).

 

I Jean 3, 4-5

«El pecado es iniquidad»: Aunque no sea propiamente una definición, expresa una idea fundamental: todo pecado es más que una mera trasgresión de un precepto de la ley moral; es por encima de todo una ofensa a Dios —autor de esa ley—, un desprecio y un rechazo de su voluntad.

Para comprender bien el alcance de esta afirmación, hay que partir de que el hombre es criatura de Dios, a quien no sólo debe su existencia, sino del que depende en todo momento. De ahí que todo pecado suponga también la engañosa pretensión de querer ser como Dios (cfr Gen 3, 5), de construir su vida al margen o incluso contra Dios. Todo el que peca rompe su dependencia de Dios y se pone de parte del diablo. En esto consiste el misterio y la «iniquidad» del pecado. «Esta expresión —explica el Papa Juan Pablo II—, en la que resuena el eco de lo que escribe San Pablo sobre el misterio de la iniquidad (cfr 2 Thes 2, 7), se orienta a hacernos percibir lo que de oscuro e inaprensible se oculta en el pecado. Éste es sin duda, obra de la libertad del hombre; mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón de los cuales el pecado se sitúa más allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia, la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las oscuras fuerzas que, según San Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse de él (cfr Rom 7, 7-25; Eph 2, 2; 6, 12)» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 14).

Pero además, una vez que Cristo ha realizado la obra de nuestra Redención, todo pecado supone también una ofensa a nuestro Redentor, un volver a crucificar al Hijo de Dios (cfr Heb 6, 6). Por eso, San Juan recuerda el fin principal de la Encarnación: «Él se manifestó para quitar los pecados» (v. 5). Resuena aquí el eco de aquellas palabras que el Apóstol escuchó de labios del Bautista: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Ioh 1, 29). En efecto, como confesamos en el Credo de la Santa Misa, el Verbo se encarnó «por nosotros los hombres y por nuestra salvación». Siendo Dios verdadero y por tanto completamente exento de pecado(v. 5), asumió nuestra naturaleza humana, para cargar con nuestros pecados y llevarlos al madero de la Cruz. En consecuencia, el cristiano, rescatado del poder del diablo por la preciosa Sangre de Cristo e íntimamente unido a Él por la vida de la gracia, ha roto definitivamente con el pecado.

 

I Jean 3, 6-9

Este pasaje sirve de preparación para el v. 10, donde el Apóstol indica cuáles son los criterios por los que «se distinguen los hijos de Dios y los hijos del diablo»: vivir las virtudes cristianas y cumplir los mandamientos de Dios, especialmente el de la caridad fraterna.

Para entender bien las afirmaciones de San Juan, conviene recordar su batalla doctrinal contra los falsos maestros —los gnósticos—: éstos pretendían engañar a los fieles (v. 7), aduciendo un conocimiento especial de Dios (gnosis), que les situaba por encima del bien y del mal, de manera que lo considerado por la Iglesia como pecado, les resultaba indiferente e incapaz de arrebatarles su pretendida unión con Dios.

Frente a estos herejes, el Apóstol se hace eco de las palabras del Señor: «Por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12, 33). Así, al verdadero cristiano se le conoce por las obras de justicia (v. 7), es decir, por el cumplimiento de los mandamientos divinos, llevando una vida de santidad. Por eso son incompatibles con el pecado las cualidades que definen la existencia cristiana: la filiación divina —«el que ha nacido de Dios» (v. 9)—, la unión vital con Cristo —«todo el que permanece en él» (v. 6)—, la gracia santificante junto con las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo —tal parece ser el sentido de la expresión «germen divino» (v. 9)—. De este modo se entiende que «todo el que permanece en él (Cristo), no peca» (v. 6).

Es más, mientras «el germen divino permanece en él... no puede pecar» (v. 9). Es evidente que San Juan no pretende afirmar que el cristiano sea impecable; al comienzo de la carta había dicho: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1, 8). Lo que quiere dejar claro es que nadie puede justificar su propio pecado bajo el subterfugio de proclamarse hijo de Dios; la justicia de los hijos de Dios se refleja en sus obras, mientras que «el que peca, ése es del diablo» (v. 8), puesto que por el mismo pecado ha roto con Dios y se ha sometido a la esclavitud del demonio.

La antigua herejía ha rebrotado, de alguna manera, en nuestra época: hay quienes afirman que la trasgresión de los mandamientos divinos, aun en materia grave, no rompe la unión con Dios, mientras se mantenga la «opción fundamental» por Él. Contra este error, el Magisterio de la Iglesia recuerda que «se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de ‘opción fundamental’ —como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre, sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 17).

 

I Jean 3, 10

«Hijos del diablo»: Esta expresión no está utilizada en sentido estricto, sino según un modo de hablar semita muy frecuente, por el que significa «partidarios del diablo». En efecto, en los escritos joaneos aparecen referencias a los «hijos del diablo» (cfr Ioh 8, 44; Act 13, 10), o a los que «son del diablo» (1 Ioh 3, 8), o incluso denomina al traidor Judas como «diablo» (Ioh 6, 70); pero nunca aparecen giros como «nacido del diablo», «engendrado por el diablo». Por tanto, las expresiones «hijos del diablo» e «hijos de Dios» no se pueden colocar en el mismo plano.

«Hijos de Dios» también se refiere aquí primariamente al aspecto moral de la vida cristiana, designando —por oposición a «los hijos del diablo»— a quienes se comportan como partidarios de Dios. Sin embargo, la filiación divina tiene un sentido radicalmente distinto de la diabólica, ya que deriva de un acontecimiento trascendental: por la vida de la gracia el cristiano participa de la misma naturaleza de Dios (cfr 1 Ioh 3, 1-2 y notas correspondientes).

Los criterios de discernimiento entre los dos grupos mencionados son: la práctica de la justicia, esto es, la lucha por la santidad y contra el pecado, reseñada en la sección anterior (vv. 3-9), y la práctica del amor fraterno, como muestra en la sección siguiente (vv. 11-24).

 

I Jean 3, 11-22

Con la misma solemnidad que en 1, 5, inicia San Juan este importante pasaje sobre el amor fraterno. Como es habitual en su estilo, no es fácil descubrir un esquema rígido, pero hay una clara ilación de ideas, expresadas con contrastes y paradojas: 1) Enunciado del tema central: el mandamiento del amor (v. 11). 2) El contrapunto es el pecado de Caín (v. 12); los que no viven el amor fraterno son tan homicidas como él (vv. 13-15). 3) Nuestro modelo —nuevo contraste— es Cristo, que dio su vida por nosotros (v. 16); el amor fraterno, a ejemplo del Señor, no se queda en palabras, se demuestra con obras y de verdad (vv. 17-18).4) La consecuencia del amor fraterno es la confianza plena en Dios, que conoce todo (vv. 19-22).

En los Santos Padres esta perícopa de San Juan ha dado pie a encendidos y bellos comentarios. «Creo que ésta es la perla que buscaba el comerciante descrito en el Evangelio, que, al encontrarla, vendió todo lo que tenía y la compró (Mt 13, 46). Ésta es la perla preciosa: la caridad. Sin ella de nada te sirve todo lo que tengas; si sólo posees ésta, te basta. Ahora ves con la fe, después verás con visión intuitiva; si ahora que no vemos, amamos, ¡qué grado de amor alcanzaremos cuando veamos! Y, entre tanto, ¿en qué debemos ejercitarnos? En el amor fraterno. Puedes decirme: no he visto a Dios; pero ¿puedes decirme: no he visto al hombre? Ama a tu hermano. Si amas a tu hermano que ves, también verás a Dios, porque verás la caridad y dentro de ella habita Dios» (In Epist. Ioann. ad Parthos, V, 7).

 

I Jean 3, 11

El mandamiento nuevo del amor fraterno, que Jesús había señalado expresamente durante la Última Cena (cfr Ioh 13, 34-35 y nota), es el «mensaje» que los cristianos han aprendido desde el principio (cfr 1 Ioh 2,7). No hay mandamiento más sublime, y todos se resumen en él. Como explica San Agustín: «Todos pueden signarse con la señal de la cruz de Cristo; todos pueden responder: amén; todos pueden cantar aleluya; todos pueden hacerse bautizar, entrar en las iglesias, construir los muros de las basílicas. Pero los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo sino por la caridad. Los que practican la caridad son nacidos de Dios; los que no la practican no son nacidos de Dios. ¡Señal importante, diferencia esencial! Ten lo que quieras, si te falta esto sólo, todo lo demás no sirve para nada; y si te falta todo y no tienes más que esto, ¡has cumplido la ley!» (In Epist. Ioann. ad Parthos, V, 7).

 

I Jean 3, 12

Caín es el prototipo de los que pertenecen al diablo; no sólo porque mató violentamente a su hermano, sino porque el odio que anidaba en su corazón le impedía descubrir la bondad de Abel. Caín, por sus obras malas, no soportaba las buenas obras de su hermano. También hoy puede darse esta actitud ante la conducta recta de los demás: Porque no sabes —o no quieres— imitar la conducta noble de aquel hombre, tu secreta envidia te empuja a ridiculizarle (Surco, n. 911).

 

I Jean 3, 13

Este versículo es un inciso que rompe las consideraciones sobre el alcance del odio a los hermanos, para dar ánimos a todos los cristianos y, más en concreto, a aquellos que probablemente estaban ya sufriendo las persecuciones, quizás la de Domiciano. Jesús había anunciado claramente que sus discípulos padecerían persecución como Él (cfr Ioh 15, 18-22).

Para un cristiano, las contrariedades han de ser ocasión para mostrar con firmeza su fe, sin tristezas ni desalientos (cfr Ioh 16, 1-4): «Bienaventurados si os insultan por el nombre de Cristo, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros» (1 Pet 4, 14).

 

I Jean 3, 14-15

La vida cristiana supone el paso de la muerte a la vida, del pecado a la gracia. «Permanece en la muerte (del pecado)» el que no vive el mandamiento del amor.

«Todo el que aborrece a su hermano es un homicida». Sin duda, esta formulación clara y tajante recuerda la enseñanza de Jesucristo en el Sermón de la Montaña: «Todo el que se llene de ira contra su hermano, será reo de juicio» (Mt 5, 22). El pecado interno de odio tiene la misma malicia en su raíz que la realización externa de un homicidio.

San Juan, con tales fórmulas, deja bien sentado que el odio al prójimo es incompatible con la fe cristiana.

 

I Jean 3, 16-18

El cristiano conoce en Jesucristo la naturaleza y las exigencias del amor. No sólo a través de sus sublimes enseñanzas —como en la imagen del Buen Pastor (Ioh 10, 1 ss.), o en su discurso de la Última Cena—, sino sobre todo por medio de su ejemplo: «Dio su vida por nosotros» muriendo en la Cruz. Nosotros «debemos» hacer lo mismo: el término griego utilizado por San Juan implica una obligación. Es decir, el precepto del amor fraterno obliga por una doble razón: por la misma naturaleza de las cosas, ya que todos los hombres somos hermanos e hijos de Dios; y por la deuda contraída, porque debemos responder al amor infinito que Cristo nos ha demostrado al dar la vida por nosotros.

Con un ejemplo muy similar al de la Carta de Santiago (cfr Iac 2, 15-16), se ilustra que el amor verdadero se manifiesta en obras concretas: el que ante las necesidades ajenas «cierra su corazón», es que no ama de verdad. En el lenguaje semita se suele decir «cierra sus entrañas», porque éstas son consideradas la sede de los afectos, del amor entrañable. Los santos han recordado constantemente la enseñanza de San Juan: «Obras quiere el Señor —decía Santa Teresa—, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuese menester, lo ayunes porque ella lo coma, no tanto por ella como porque sabes que tu Señor quiere aquello; ésta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieras loar mucho a una persona, te alegres más mucho que si te loasen a ti» (Moradas, V, cap. 3, 11).

 

I Jean 3, 19-22

El Apóstol reafirma la serenidad del cristiano, porque el juicio de Dios es sapientísimo. Él no sólo conoce nuestros pecados y nuestra fragilidad, sino también nuestro arrepentimiento y buenos deseos, y nos comprende y perdona. Ya San Pedro había invocado, en su diálogo del lago Tiberíades, el conocimiento absoluto de Jesucristo: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo» (Ioh 21, 17).

De esta forma aparece diáfana la enseñanza de San Juan sobre la misericordia divina: si la conciencia nos acusa, podemos pedir perdón y fomentar nuestra esperanza en Dios; si no nos acusa, la confianza es plena y audaz, como la de un hijo que ha experimentado muchas veces la delicadeza del Padre. El amor de Dios es más fuerte y poderoso que nuestros pecados, recuerda el Papa Juan Pablo II: «Cuando nos damos cuenta de que el amor que Dios tiene por nosotros no se detiene ante nuestro pecado, no se echa atrás ante nuestras ofensas, sino que se hace más solícito y generoso; cuando somos conscientes de que este amor ha llegado incluso a causar la pasión y la muerte del Verbo hecho carne, que ha aceptado redimirnos pagando con su Sangre, entonces prorrumpimos en un acto de reconocimiento: ‘Sí, el Señor es rico en misericordia’ y decimos asimismo: ‘El Señor es misericordia’» (Reconciliatio et Paenitentia, n. 22).

Esta confianza en Dios llena de seguridad nuestra oración (v. 22). «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y se os concederá» (Ioh 15, 7; cfr 14, 13 s.; 16, 23.26-27).

 

I Jean 3, 23-24

Los mandamientos divinos se resumen aquí en un doble aspecto: la fe en Jesucristo y el amor a los hermanos. «Ni podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo; ni podemos creer de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno» (In I Epist. S. Ioannis, ad loc.). La fe y la caridad no pueden separarse (cfr Gal 5, 6); el mismo Señor había indicado cómo reconocer a sus discípulos: en el amor de unos por otros (Ioh 13, 34-35).

La guarda de los mandamientos garantiza al cristiano su permanencia en Dios: «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Ioh 15, 10). Pero además, esta fidelidad a los mandatos divinos hace que Dios permanezca en el cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo en su alma: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre» (Ioh 14, 15-16).

«Que Dios sea tu casa y que tú seas la casa de Dios; habita en Dios y que Dios habite en ti. Dios habita en ti para apoyarte; tú habita en Dios para no caer. Observa los mandamientos, guarda la caridad» (In I Epist. S. Ioannis, ad loc.).

 

Chapitre n°4

 

I Jean 4, 1-6

En la tercera parte de la carta (4, 1-5, 12), el autor sagrado desarrolla con amplitud los dos aspectos fundamentales en que acaba de resumir los mandamientos de Dios (3, 23): la fe en Jesucristo (4, 1-6; 5, 1-12) y el amor fraterno (4, 7-21).

Comienza dando unos criterios para reconocer el verdadero espíritu de Dios y discernir a los falsos maestros (4, 1-6); hay claras resonancias de lo expuesto en el capítulo segundo (cfr 2, 18-29). Allí a los herejes se les denominaba «anticristos», aquí «falsos profetas». Allí se subrayaba la inhabitación de la Santísima Trinidad en los creyentes —«vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre» (2, 24), la unción «permanece en vosotros» (2, 27)—; aquí se insiste más en la pertenencia o no a Dios, desarrollada en tres puntos: 1) El que confiesa a Jesucristo «es de Dios»; el que no lo confiesa «no es de Dios» (vv. 2-3). 2) Vosotros «sois de Dios»; ellos «son del mundo» (vv. 4-5). 3) Nosotros —seguramente los Apóstoles— «somos de Dios»; y, por tanto, la doctrina apostólica merece y requiere ser escuchada (v. 6).

«Ser de Dios» en el lenguaje de San Juan no significa propiamente origen, pues en realidad todos, buenos y malos, fieles o no, provienen de Dios. Indica más bien la pertenencia a un grupo —«de mis ovejas» (Ioh 10, 26)—, y, a la vez, una categoría, un modo de ser: «El que es de la tierra (...) de la tierra habla» (Ioh 3, 31); «vosotros sois de abajo; yo soy de arriba» (Ioh 8, 23); «todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Ioh 18, 37). La fe, por tanto, no afecta a algo extrínseco o accidental, sino que transforma la intimidad de la persona: pertenecer a la comunidad de los hijos de Dios lleva consigo un modo nuevo de ser, que se manifiesta en una conducta coherente.

 

I Jean 4, 2-3

Según algunos manuscritos griegos la traducción sería: «Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne...». En este caso el Apóstol estaría poniendo el acento en la realidad de la Encarnación, como si los falsos profetas que se oponen a la fe fueran los que afirmaban que la Humanidad de Cristo no era real, sino simple apariencia (ésta era la posición mantenida por los docetas).

Sin embargo, nos parece que la traducción «Jesucristo venido en carne» responde mejor al texto original y al contexto de la carta, ya que San Juan insiste con frecuencia en que la fe del cristiano se centra en la Persona de Jesucristo que, siendo Dios, se ha hecho hombre (cfr 2, 22; 4, 15; 5, 1.5). Esta insistencia va dirigida sobre todo contra las doctrinas gnósticas, que afirmaban que Jesús se había convertido en Hijo de Dios a partir del Bautismo (cfr nota a 1 Ioh 5, 6).

En relación con el Anticristo, cfr nota a 2, 18.

 

I Jean 4, 4

San Juan reitera el convencimiento de que, en el combate contra el Maligno, la victoria es de los cristianos (cfr 2, 13; 5, 4.18). Pero el fundamento de esa victoria es el poder de Cristo, que opera en ellos; de esta manera, junto a la seguridad de la fe, hay en el texto una llamada a la humildad: «No te ensoberbezcas, mira quién ha vencido en ti. ¿Por qué venciste? —‘Porque más poderoso es el que está en vosotros que el que está en el mundo’. Sé humilde; lleva a tu Señor; sé un borriquillo de tu jinete. Te conviene que Él te guíe, que Él te conduzca; porque si no lo tienes a Él por jinete, te dará por alzar la cabeza, por lanzar coces: ¡pero ay de ti sin guía! Esa libertad te llevaría a ser pasto de las fieras» (In Epist. Ioann. ad Parthos, VII, 2).

 

I Jean 4, 6

«El que conoce a Dios nos escucha»: Como en otros lugares de la carta hay un cambio de la segunda persona —vosotros— a la primera —nosotros— (cfr 2, 18.28; 3, 13-14). Cabría pensar que el Apóstol sólo pretende incluirse en el conjunto de la comunidad cristiana, como si dijera: «El que conoce a Dios escucha a los cristianos». Pero el sentido obvio es referir el «nosotros» a quienes tienen autoridad en la Iglesia, en perfecta sintonía con lo dicho por Jesús: «Quien a vosotros oye, a mí me oye» (Lc 10, 16). La obediencia al Magisterio vivo de la Iglesia es, por tanto, el criterio para distinguir el espíritu de la verdad y el espíritu del error. No puede ser de otra manera, ya que es el mismo Espíritu Santo el que lleva al Magisterio de la Iglesia a enseñar y a los fieles a recibir sus enseñanzas: «A estas definiciones (del supremo Magisterio) nunca puede faltar el asentimiento de la Iglesia en virtud de la acción del mismo Espíritu Santo, por la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe» (Lumen gentium, n. 25).

 

I Jean 4, 7-21

San Juan se extiende ahora en el segundo aspecto del mandamiento divino (cfr 1 Ioh 3, 23): el amor fraterno. El hilo de la argumentación es el siguiente: Dios es amor y es quien primero nos ha amado (vv. 7-10); el amor fraterno es la respuesta obligada al amor de Dios (vv. 11 -16); cuando hay amor perfecto no hay temor (vv. 17-18); el amor fraterno es manifestación del amor a Dios (vv. 19-21).

No es una repetición inútil de ideas ya expuestas (2, 7-11; 3, 11-18): frente a los falsos maestros que comenzaban a surgir, la caridad es la señal segura para reconocer al verdadero discípulo.

Es muy ilustrativa la tradición transmitida por San Jerónimo, sobre los últimos años de la vida de San Juan: siendo ya muy anciano, decía siempre lo mismo a los fieles: «Hijos míos, amaos unos a otros». En cierta ocasión, le preguntaron el porqué de su insistencia: «A lo cual respondió con esta sentencia digna de Juan: ‘Porque es el precepto del Señor, y si éste solo se cumple, basta’» (Comm. in Gal, III, 6, 10).

 

I Jean 4, 7

Los atributos divinos, las perfecciones que Él tiene en grado máximo, son la causa de nuestras virtudes: porque Dios es Justo, por ejemplo, nos ha hecho capaces de ser justos. De la misma manera, porque Dios es amor, los hombres somos capaces de amar. El verdadero amor, la verdadera caridad, procede de Dios.

 

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