Apocalypse 12, 3-4
San Juan describe al diablo (cfr v. 9) basándose en rasgos simbólicos, tomados del Antiguo Testamento. La serpiente o dragón proviene de Gen 3, 1-24, pasaje latente desde Apc 12, 3 hasta el final del libro. El color rojo y las siete cabezas con las siete diademas indican que despliega todo su poder para hacer la guerra. Los diez cuernos, en Dan 7, 7, representan a los reyes enemigos del pueblo de Israel; en Daniel se habla además de un cuerno para indicar a Antíoco IV Epifanes, del que también se dice, para resaltar sus victorias, que precipita las estrellas del cielo sobre la tierra (cfr Dan 8, 10). Satanás ha arrastrado con él a otros ángeles, como se narrará más adelante (Apc 12, 9). En resumen, con estos símbolos se quiere poner de relieve sobre todo el enorme poder de Satanás. «Al diablo se le llama serpiente, escribe S. Cipriano, porque arrastrándose sigilosamente y engañando con una imagen de paz, se acerca por senderos sueltos, y es tal su astucia y tan cegadora su falacia (...), que quiere hacer pasar la noche por día, el veneno en vez de la medicina. De tal manera que mintiendo con cosas parecidas, echa a perder la verdad con sutileza. Por eso se transfigura en ángel de luz» (De Unitate Ecclesiae, I-III).
Tras la caída de nuestros primeros padres se entabla la guerra entre la serpiente y su linaje contra la mujer y el suyo: «Pondré enemistad —dijo Dios a la serpiente— entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza, mientras tú le herirás en el calcañar» (Gen 3, 15). Jesucristo es el descendiente de la mujer que llevará a cabo la victoria sobre el demonio (cfr Mc 1, 23-26; Lc 4, 31-37; etc.). De ahí que el poder del mal centre todas sus fuerzas en destruir a Cristo (cfr Mt 2, 13-18), o en torcer su misión (cfr Mt 4, 1-11 y par). La forma en que describe San Juan esa enemistad aludiendo a los orígenes es sumamente expresiva.
Apocalypse 12, 5
Con el nacimiento de Jesucristo se cumple el proyecto de Dios anunciado por los profetas (cfr Is 66, 7) y por los Salmos (cfr Ps 2, 9), y se inicia la victoria definitiva sobre el demonio. Esta victoria se decide de modo eminente en la vida terrena de Jesús, que culmina con su Pasión, Resurrección y Ascensión al Cielo. San Juan resalta sobre todo el triunfo de Cristo que, como confiesa la Iglesia, «está sentado a la derecha del Padre» (Símbolo Niceno-Constantinopolitano).
Apocalypse 12, 6
La figura de la Mujer evoca la imagen de la Iglesia, pueblo de Dios. Israel se refugió en el desierto al escapar del Faraón, así también la Iglesia tras la victoria de Cristo. El desierto representa el ámbito de soledad e íntima unión con Dios. Allí Dios cuidaba personalmente de su pueblo, librándole de los enemigos (cfr Ex 17, 8-16) y alimentándole con las codornices y el maná (cfr Ex 16, 1-36). Una protección similar tiene ahora la Iglesia, contra la que no podrán los poderes del infierno (cfr Mt 16, 18), y a la que Cristo alimenta con su Cuerpo y su Palabra, durante el tiempo de su peregrinaje en la historia, que es un tiempo de lucha y aspereza, como el de Israel por el desierto, pero limitado —mil doscientos sesenta días (cfr nota a 11, 3)—.
Aunque la figura de la Mujer, en este versículo, parece hacer referencia directamente a la Iglesia, sigue estando presente de alguna forma la imagen individual de la Mujer que ha dado a luz al Mesías, la Santísima Virgen. Ella ha experimentado, como ninguna otra criatura, la especialísima unión con Dios y su protección de los poderes del mal, incluso de la muerte. De tal forma que, como enseña el Concilio Vaticano II, «entretanto (mientras la Iglesia peregrine en la tierra), la Madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada en el siglo futuro, así en esta tierra, hasta que llegue el día del Señor (cfr 2 Pet 3, 10), antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo» (Lumen gentium, n. 68).
Apocalypse 12, 7-9
La lucha entre la serpiente y sus ángeles contra Miguel y los suyos, y la derrota de aquélla, aparecen íntimamente relacionadas con la muerte y glorificación de Cristo (cfr vv. 5.11). Al mismo tiempo, la mención de Miguel y de la serpiente antigua, así como los efectos de la lucha —el ser arrojados del cielo—, hacen pensar en el origen del demonio. Éste, que era una criatura angélica muy excelsa, según algunas tradiciones judías (cfr Vida latina de Adán y Eva, 12-16) se convirtió en diablo cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (cfr Gen 1, 26; 2, 7). El demonio no aceptó la dignidad concedida al hombre. Miguel, en cambio, obedeció, pero el diablo y otros ángeles, al considerar al hombre inferior a ellos, se rebelaron contra Dios. Entonces el diablo y sus seguidores angélicos fueron arrojados al infierno y a la tierra, por lo que no cesan de tentar al hombre para que, pecando, se vea también privado de la gloria de Dios.
A la luz de esta tradición, en el Apocalipsis se pone de relieve que, en efecto, Cristo, nuevo Adán, verdadero Dios y verdadero hombre, al ser glorificado merece y recibe la adoración debida, por lo que el diablo es definitivamente derrotado. El proyecto divino abarca la creación y la redención. Cristo, «imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas» (Col 1, 15-16), es el causante de la derrota del diablo en una batalla que abarca toda la historia, pero que ha tenido su momento definitivo en la Encarnación, Muerte y Glorificación del Señor: «Ahora es el juicio de este mundo —dice Jesús refiriéndose a los acontecimientos pascuales—, ahora el príncipe de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Ioh 12, 31-33). Y, ante la noticia traída por los discípulos de que en su nombre son sometidos los demonios, Jesucristo exclama: «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10, 18).
En Dan 10, 13 y 12, 1 se dice que el arcángel San Miguel es el que defiende, de parte de Dios, al pueblo elegido. Su nombre significa «¿Quién como Dios?», y su función es velar por los derechos divinos frente a quienes quieren usurparlos, como los tiranos de los pueblos, o el mismo Satán al intentar hacerse con el cuerpo de Moisés según la carta de San Judas (v. 9). De ahí que también en el Apocalipsis aparezca San Miguel como el que se enfrenta con Satanás, la serpiente antigua, aunque la victoria y el correspondiente castigo los decide Dios o Cristo. La Iglesia, por ello, invoca a San Miguel como su guardián en las adversidades y contra las asechanzas del demonio (cfr Liturgia de las Horas, 29 de septiembre, Himno del Oficio de Lecturas).
Los Santos Padres interpretan estos versículos del Apocalipsis como testimonio de la lucha entre Miguel y el diablo al principio de la historia, que fue consecuencia de la prueba que hubieron de pasar los espíritus angélicos. Y, a la luz del Apocalipsis, entendieron, como referidas a aquel momento primordial, las palabras que el profeta Isaías pronunciara contra el rey de Babilonia: «¡Cómo has caído de los cielos, Lucero (o Lucifer), hijo de la aurora! ¡Has sido abatido a tierra, dominador de naciones!» (Is 14, 12). También vieron en este pasaje del Apocalipsis la lucha que Satanás sostiene contra la Iglesia a lo largo de la historia y que se radicalizará al final de los tiempos: «El cielo es la Iglesia, escribe San Gregorio, que en la noche de la vida presente, mientras posee en sí misma las innumerables virtudes de los santos, brilla como las radiantes estrellas celestes; pero, la cola del dragón arroja las estrellas a la tierra (...). Las estrellas que caen del cielo a la tierra son aquellas que habiendo perdido la esperanza de las cosas celestiales, codician bajo la guía del diablo el ámbito de la gloria terrena» (Moralia, 32, 12).
Apocalypse 12, 10-12
Con la Ascensión de Cristo a los Cielos ha quedado inaugurado el Reino de Dios, y, por ello, las criaturas celestiales prorrumpen en un cántico de alegría. El demonio ha sido privado de su poder sobre el hombre, en cuanto que éste, por la obra redentora de Cristo y la fe, puede salir del mundo del pecado. Esta realidad gozosa se expresa diciendo que ya no hay lugar para el acusador. Satán, que como su nombre significa y el Antiguo Testamento enseña, acusaba al hombre ante Dios (cfr Iob 1, 6; 3, 12, 2): frente al proyecto divino de la creación, podía presentar como victoria suya a cualquier hombre que hubiese desfigurado en sí la imagen y semejanza de Dios por el pecado. Ahora, tras la Redención, se ha acabado ese poder de Satanás, pues como escribe San Juan: «Si alguno peca, tenemos un abogado ante el Padre: Jesucristo, el justo. Él es la víctima de propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1 Ioh 2, 1-2). Además, al ascender al cielo. Cristo nos envía al Espíritu Santo como «intercesor y abogado, especialmente cuando el hombre, o la humanidad, se encuentra ante el juicio de condena de aquel ‘acusador’, del que el Apocalipsis dice que ‘acusa a nuestros hermanos día y noche delante de nuestro Dios’» (Dominum et Vivificantem, n. 67).
Aunque Satanás ha perdido ese poder de actuar en el mundo, todavía le queda un tiempo, desde la Resurrección del Señor hasta el final de la historia, en el que puede obstaculizar entre los hombres la obra de Cristo. Por ello actúa cada vez con más furor, al ver que se le acaba el tiempo, intentando que cada hombre y la sociedad se alejen de los planes y mandatos de Dios.
Con esta especie de canto entonado desde el Cielo, el autor del Apocalipsis advierte a la Iglesia de las dificultades que se le avecinan a medida que se acerca el final de los tiempos.
Apocalypse 12, 13-17
El ataque de la serpiente se contempla ahora desde la situación de la Iglesia que sufre. La Mujer que da a luz un Hijo varón es imagen de la Madre del Mesías, la Virgen María, y de la Iglesia que, «cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es constituida Madre por la palabra de Dios fielmente recibida» (Lumen gentium, n. 64). Mediante la Iglesia los cristianos se incorporan a Cristo, contribuyendo al crecimiento de su Cuerpo (cfr nota a Eph 4, 13). En este sentido puede decirse que la Iglesia es la Mujer que engendra a Cristo.
La lucha que soporta la Iglesia contra los poderes del mal viene aquí descrita con representaciones del Éxodo, ya que también aquél fue el momento de máximo peligro para el pueblo de Israel. Dios lo llevó entonces por el desierto «sobre alas de águila» (Ex 19, 4), es decir, de forma extraordinaria, superior a las posibilidades humanas. Cuando el profeta Isaías anuncia la liberación del cautiverio en Babilonia, también dice que «subirán con alas de águila...» (Is 40, 31). La Iglesia, a lo largo de la historia, goza de esa misma protección divina para vivir la unión con su Señor representada por el desierto. El período de «un tiempo, dos tiempos y medio tiempo», que es lo mismo que tres años y medio, es considerado —por lo menos a partir de Dan 7, 25— como el tiempo convencional de cualquier persecución.
El río de agua simboliza las fuerzas destructivas del mal, que proceden del demonio. Al igual que en el desierto del Sinaí la tierra tragó a los que se rebelaban contra Dios (cfr Dt 16, 30-34), así serán anuladas esas fuerzas en su ataque contra la Iglesia, pues, como prometió el Señor «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). No debe extrañarnos, por tanto, que la Iglesia sufra persecuciones: No es algo nuevo, comenta San Josemaría Escrivá. Desde que Jesucristo nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia (El fin sobrenatural de la Iglesia).
La Iglesia es santa, pero quienes viven en ella —los cristianos, el «resto de su descendencia»— experimentan el ataque del Maligno, pues éste no cesa en su empeño de vencer. Por lo tanto «urge al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero asociado al misterio pascual, configurado en la muerte de Cristo, llegará corroborado por la esperanza a la resurrección» (Gaudium et spes, n. 22).
Apocalypse 12, 18
La mayor parte de los manuscritos griegos, aunque no los más antiguos, traen este versículo en primera persona: «Y me detuve...», referido al vidente. La Neovulgata, sin embargo, ha preferido la tercera persona, en cuyo caso el versículo se refiere a la serpiente, que se presenta así como haciendo surgir los poderes del mal, encarnados en las bestias que se describen a continuación.
Chapitre n°13
Apocalypse 13, 1-18
Satanás, la serpiente antigua, lanza su ataque por medio de las bestias a las que comunica su poder (cfr vv. 2.12). Las bestias representan los poderes históricos en los que de una u otra forma se encarnan las fuerzas del mal. La primera bestia (vv. 1-10) simboliza el poder político exacerbado hasta suplantar a Dios; la segunda (vv. 11-12), aquellas fuerzas del mal que defienden, justifican y propagan tal deificación del poder, presentándolo como bueno. Estas bestias aluden de forma inmediata al imperio romano, pero éste es considerado a la vez, en algunos aspectos, como instrumento de una potencia diabólica que, traspasando aquel tiempo concreto, se cierne constantemente sobre el hombre y se manifiesta con más fuerza a medida que se avecina el final de la historia.
El diablo, para hacer la guerra a los hijos de la Mujer, además de atacarlos individual y personalmente, se sirve de instrumentos socio-políticos y culturales, que usurpan el puesto del verdadero Dios. Como escribe Juan Pablo II: «Por desgracia, la resistencia al Espíritu Santo (...) encuentra en las diversas épocas históricas, y especialmente en la época moderna, su dimensión externa, concentrándose como contenido de la cultura y de la civilización, como sistema filosófico, como ideología, como programa de acción y formación de comportamientos humanos. Encuentra su máxima expresión en el materialismo, ya sea en su forma teórica —como sistema de pensamiento—, ya sea en su forma práctica —como método de lectura y de valoración de los hechos—, y además como programa de conducta correspondiente. El sistema que ha dado el máximo desarrollo y ha llevado a sus últimas consecuencias prácticas esta forma de pensamiento, de ideología y de praxis es el materialismo dialéctico e histórico, reconocido hoy como núcleo vital del marxismo» (Dominum et Vivificantem, n. 56).
Apocalypse 13, 1-4
San Juan describe la primera bestia con los rasgos que empleó el profeta Daniel para designar los imperios que avasallaron al pueblo de Israel, y especialmente los sucesores de Alejandro Magno —sobre todo Antíoco Epifanes— simbolizados en la cuarta bestia de la visión del profeta (cfr Dan 7, 7-8). En círculos judíos y cristianos contemporáneos al Apocalipsis ya se reinterpretaba la cuarta bestia de Daniel, viendo en ella al imperio romano; el mismo autor del Apocalipsis lo hace explícito más adelante diciendo que las siete cabezas y los diez cuernos son otros tantos emperadores y reyes (cfr Apc 17, 9-12). La herida de una de las cabezas puede aludir a alguna crisis política concreta, como el asesinato de César o los disturbios tras la muerte de Nerón, que fue superada por el imperio. La mayoría de los Santos Padres vieron en la bestia al Anticristo, y así escribe San Ireneo: «En la bestia que surge está compendiada toda maldad y toda mentira, de modo que concentrada y cumplida en ella toda la fuerza de la apostasía, sea arrojada al horno del fuego» (Adversus haereses, V, 29).
En cualquier caso, el texto sagrado denuncia el pecado de idolatría ante el poder político, al que se le confieren atributos propios de Dios, con quien nadie puede compararse. La exclamación «¿Quién como la bestia?» es una contrarréplica del significado del nombre del arcángel Miguel, «¿Quién como Dios?». Con razón, pues, la descripción de la cabeza de la bestia coincide con la de la serpiente (cfr 12, 3), mostrando así su indudable parentesco y similitud. En efecto, «la idolatría es una forma extrema del desorden introducido por el pecado. Al sustituir la adoración del Dios vivo por el culto de la creatura, falsea las relaciones entre los hombres y conlleva diversas formas de opresión» (Libertatis conscientia, n. 39).
Apocalypse 13, 5-8
La palabra blasfema y los actos de violencia de la bestia muestran el origen satánico de su poder. La bestia actúa a lo largo de la historia —cuarenta y dos meses o tres años y medio—, y se hace presente en todo el mundo. Sólo los que, por la gracia de Dios, reconocen y siguen a Cristo tendrán fuerza para no adorar a la bestia, o, en otras palabras, para resistir el absolutismo de los poderes políticos cuando éstos se arrogan lo que corresponde a Dios y a su ley.
La fe cristiana es el gran resorte de la verdadera libertad, fe que «la Iglesia ha experimentado siempre en la vida de una multitud de fieles, especialmente en los pequeños y los pobres. Por la fe éstos saben que son el objeto del amor infinito de Dios. Cada uno de ellos puede decir: ‘vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gal 2, 20b). Tal es su dignidad que ninguno de los poderosos puede arrebatársela; tal es la alegría liberadora presente en ellos...» (Libertatis conscientia, n. 21). De esta forma, la Iglesia es siempre, en medio de la comunidad política, «signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana» (Gaudium et spes, n. 76).
Apocalypse 13, 9-10
San Juan deja el lenguaje de la visión y habla directamente al lector, invitándole a reconocer, en el momento histórico en que vive, la verdad que él le manifiesta de parte de Dios. Los destinatarios inmediatos del libro pudieron ver en la terrible persecución de Domiciano (años 95-96) el poder satánico desatado contra la Iglesia. Pero la invitación se dirige a todo el que lee el libro en cualquier tiempo; también en nuestra época que «ha visto surgir los sistemas totalitarios y unas formas de tiranía que no habrían sido posibles en la época anterior al progreso tecnológico. Por una parte, la perfección técnica ha sido aplicada a perpetrar genocidios, por otra, unas minorías practicando terrorismo que causa la muerte de numerosos inocentes, pretenden mantener a raya a naciones enteras.
»Hoy el control puede alcanzar hasta la intimidad de los individuos; y las dependencias creadas por los sistemas de prevención pueden representar también amenazas potenciales de opresión...» (Libertatis conscientia, n. 14).
El Apocalipsis, utilizando las mismas palabras que Jeremías dirigía a los malvados (cfr Ier 15, 2; 43, 11), las aplica ahora a los tiempos finales. De este modo, se ha de entender que, ante los ataques de la bestia, San Juan exhorte a resistir con firmeza, aceptando las consecuencias de la persecución, sin doblegarse y con fe. «En el sufrimiento —enseña Juan Pablo II comentando Rom 5, 3— está contenida una particular ‘llamada a la virtud’, que el hombre debe ejercitar. Ésta es la virtud de la perseverancia al ‘soportar lo que molesta y hace daño’. Haciendo esto, el hombre hace brotar la esperanza, que mantiene en él la convicción de que el sufrimiento no lo vencerá ni lo privará de su dignidad» (Salvifici doloris, n. 23).
Apocalypse 13, 11-17
Más adelante (cfr 16, 13; 19, 20 y notas) esta segunda bestia será identificada con el falso profeta, ya que, en efecto, su papel es seducir a los hombres para que adoren a la primera bestia. Realiza, con el poder del mal, prodigios semejantes a los de los profetas —como Elías, que hizo bajar fuego del cielo (cfr 1 Reg 18, 38)—, e incluso parece imitar la fuerza del Espíritu que da vida, animando las imágenes de la bestia. Ejerce además un despotismo feroz, privando de los medios de subsistencia a quienes no se le someten y llevan su marca. «El que surja de la tierra, escribe San Gregorio, indica la soberbia de la gloria terrena; y el que tenga dos cuernos semejantes a los del cordero, quiere decir que mediante una santidad hipócrita simula tener sabiduría, la vida que el Señor tiene realmente» (Moralia, 33, 20).
No sabemos si el autor se refiere a una persona concreta, como el asiarca encargado de promover el culto al emperador en Asia Menor, o a un grupo, como los sacerdotes paganos que realizaban y propagaban tal culto. Parece cierto que bajo la imagen de la bestia se contemplan las implicaciones religioso-políticas de la divinización del emperador, con graves consecuencias para los cristianos, que no podían aceptarlo. En definitiva, esta bestia es símbolo de los regímenes que rechazan a Dios y exaltan falsamente al hombre. Hoy existen otras formas de poder, que de alguna manera podían ser sucesoras de aquellos, como el ateísmo militante, tanto en la forma de secularismo ateo, como de materialismo dialéctico. San Hipólito describe así la marca y el sello de la bestia: «Niego al Creador del cielo y de la tierra, niego el bautismo, niego la adoración acostumbrada a Dios por mi parte. A ti (Bestia) me adhiero, en ti creo» (De consummat.).
Conviene notar el carácter engañoso del materialismo al estilo de la bestia, pues «si a veces habla también del ‘espíritu’ y de las ‘cuestiones del espíritu’, por ejemplo en el campo de la cultura o de la moral, lo hace solamente porque considera algunos hechos como derivados (epifenómenos) de la materia (...). Según esta interpretación, la religión puede ser entendida solamente como una especie de ‘ilusión idealista’ que ha de ser combatida con los modos y métodos oportunos, según los lugares y circunstancias históricas, para eliminarla de la sociedad y del corazón mismo del hombre» (Dominum et Vivificantem, n. 56).
Apocalypse 13, 18
El autor del Apocalipsis da el nombre de la bestia según el procedimiento llamado gematría, que consiste en sustituir el nombre por el valor numérico de las letras que lo componen. Hay que tener en cuenta que, tanto en hebreo como en griego, se utilizan las letras del alfabeto con valor numérico. La cifra de 666 cuadra con el nombre de César-Nerón en hebreo. Algunos manuscritos traen 616, que correspondería a César-Dios en griego. En cualquier caso, la clave de interpretación exacta de esta cifra se desconoce en la Tradición, por lo que se han propuesto distintos nombres.
Chapitre n°14
-1-16, 21. Se presenta ahora al Cordero y el juicio de Dios como anticipación de su victoria. El tema se prolonga hasta el cap. 17, donde aparecerán de nuevo los poderes del mal, bajo otras imágenes, como objeto del juicio de Dios. Primero muestra al Cordero y su acompañamiento (cfr 14, 1-5); en seguida expone el anuncio y descripción anticipada del juicio final (14, 6-20); mientras resalta la gloria del Cordero (cfr 15, 1-4), presenta el desarrollo del juicio al hilo del derramamiento de las siete copas del furor de Dios (cfr 15, 5-16, 21).
Frente a los poderes del mundo que se oponen a Dios y a la Iglesia, inducidos por Satanás, está Cristo resucitado con los suyos, que cantan su gloria y su triunfo. Estos son los que participan de la salvación que ya ha sido realizada, pero que culminará con la instauración plena del Reino de Dios: las bodas del Cordero y la Jerusalén celestial (cfr Apc 21-22). Entretanto, frente a los poderes adversos, la Iglesia contempla a Cristo «Cordero inocente, que con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él, Dios nos reconcilió consigo y entre nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: el Hijo de Dios ‘me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gal 2, 20)» (Gaudium et spes, n. 22).
Apocalypse 14, 1-3
El lugar en que está el Cordero es sumamente significativo: en el monte Sión, en Jerusalén, donde según el Antiguo Testamento tenía Dios su morada entre los hombres (cfr Ps 74, 2; 132, 15; etc.), y donde, según algunas tradiciones judías, había de aparecer el Mesías reuniendo allí a los suyos. Se trata por tanto de un lugar idealizado que representa a la Iglesia, protegida por Cristo y congregada en torno a Él. Allí están los que pertenecen a Cristo y al Padre, y llevan por tanto su marca: hijos de Dios. Estos son un número inenarrable, pero completo en sí mismo: el pueblo de Dios representado en una cifra que es el resultado de multiplicar 12 (las tribus) por 12 (los apóstoles) por 1.000 (número desorbitado) (cfr Apc 7, 3 ss.).
Los ciento cuarenta y cuatro mil no están todavía en el cielo, de donde proviene el potente ruido, sino en la tierra, aunque rescatados de su poder que es el de la bestia (cfr 13, 13-14). El ruido del cielo refleja la fuerza y el poder de Dios; y la voz celeste se expresa por la suavidad de la música litúrgica. Es un cántico nuevo, porque ahora canta la salvación de Cristo (cfr Apc 15, 3-4), como el que en el Antiguo Testamento cantaba las maravillas de Dios (cfr p. ej., Ps 33, 3; 40, 4; 96, 1). Sólo los que pertenecen a Cristo pueden asociarse a este cántico, uniéndose de este modo a la liturgia celestial: «Nuestra unión con la Iglesia celestial se realiza en forma nobilísima, especialmente cuando en la sagrada liturgia, en la cual ‘la virtud del Espíritu Santo obra sobre nosotros por los signos sacramentales’, celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la Divina Majestad, y todos los redimidos por la sangre de Cristo de toda tribu, lengua, pueblo y nación (cfr Apc 5, 9), congregados en una misma Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza al Dios Uno y Trino» (Lumen gentium, n. 50).
Apocalypse 14, 4-5
El texto se refiere a los que están en disposición de participar en las bodas del Cordero (cfr 19, 9; 21, 2), porque no se han manchado con la idolatría, sino que han sido preservados para Él. Ya San Pablo compara a cada cristiano con una virgen casta (cfr 2 Cor 11, 2), y presenta a la Iglesia como la Esposa de Cristo (cfr Eph 5, 21-32). El autor del Apocalipsis se refiere a todos los miembros de la Iglesia en cuanto que son santos, llamados a la santidad; pero el simbolismo que emplea conlleva una realidad profunda: que la virginidad y celibato por el Reino de los Cielos es una realización singular y un signo evidente de esa dimensión esponsalicia de la Iglesia. Enseña el Concilio Vaticano II, a propósito de la castidad de los religiosos, que «de esta forma ellos recuerdan a todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio establecido por Dios, y que ha de revelarse totalmente en la vida futura, por el que la Iglesia tiene a Cristo por esposo único» (Perfectae caritatis, n. 12).
Los ciento cuarenta y cuatro mil son también los que se han identificado plenamente con Cristo, muerto y resucitado, negándose a sí mismos y poniendo todas sus fuerzas en el empeño apostólico (cfr Mt 10, 38). Son finalmente los que Cristo, con su Sangre, ha hecho propiedad suya y del Padre —como Israel que era primicia de los frutos de Yahwéh (cfr Ier 2, 3)—, es decir, los que forman un pueblo santo como aquel resto de Israel descrito por Sof 3, 13: «No cometerán más injusticia, no dirán mentiras y no se encontrará en su boca lengua engañosa». Si bien el profeta dice estas palabras de quienes no han de invocar a los dioses falsos, el Apocalipsis las aplica a quienes no se someten a la bestia, a los que viven con total sinceridad unidos a Cristo.
Apocalypse 14, 6-20
La presencia victoriosa de Cristo al final de los tiempos —parusía— llevará consigo el juicio de toda la humanidad. En este pasaje del Apocalipsis, para llamar a todos a conversión, se anuncia solemnemente en un cuadro en que aparecen siete personajes: tres ángeles que anuncian el juicio (cfr vv. 6.8.9), el Hijo del Hombre que lo realizará (cfr v. 14), y otros tres ángeles que intervienen en su ejecución (cfr vv. 15.17.19). De esta forma muestra San Juan que se trata de un anuncio definitivo que concierne a toda la humanidad.
La Iglesia nos advierte que «como no sabemos ni el día ni la hora, por aviso del Señor, debemos vigilar constantemente para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cfr Heb 9, 27), si queremos entrar con Él a las nupcias, merezcamos ser contados entre los escogidos (cfr Mt 25, 31-46); (...). En efecto, antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer ‘ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, bueno o malo’ (2 Cor 5, 10); y al fin del mundo ‘los que hicieron el bien saldrán para la resurrección de vida; y los que practicaron el mal, para resurrección del juicio’ (Ioh 5, 29; cfr Mt 25, 46)» (Lumen gentium, n. 48).
Apocalypse 14, 6-7
«Otro ángel»: Se indica que ese ángel es distinto de los que hacen sonar las trompetas (cfr 11, 15), aunque pertenece a la misma serie de mensajeros divinos de los últimos tiempos. Su mensaje, dado desde lo alto del cielo, llega a todos los habitantes de la tierra, y consiste en una llamada a reconocer y adorar a Dios como Creador de todas las cosas. Supone, por tanto, que todo hombre «tiene capacidad para conocer y amar a su Creador» (Gaudium et spes, n. 12); y a su anuncio se le llama «evangelio eterno», porque tal reconocimiento de Dios será ratificado y premiado el día del Juicio, y tendrá, por tanto, validez para siempre (cfr Act 14, 15 ss.; 1 Thes 1, 9).
Apocalypse 14, 8
Desde la perspectiva del final se contempla como si ya hubiera ocurrido la caída del poder que entonces perseguía a la Iglesia: la Roma absolutista y pagana que, por extender por todo el mundo el culto al emperador, hizo a los pueblos objeto de la cólera de Dios. Se llama a Roma la gran Babilonia, porque esta antigua ciudad era, desde la deportación de los judíos el año 587 antes de Cristo, símbolo del poder pagano perseguidor del pueblo de Dios.
Apocalypse 14, 9-11
Se anuncia y se describe simbólicamente el castigo de los adoradores de la bestia, es decir, de los que se han sometido a la idolatría. El «fuego y azufre» es una imagen tomada de Gen 19, 24 para resaltar el horror del castigo: como el que padecieron Sodoma y Gomorra, pero que, en este caso, será eterno y públicamente manifiesto ante Cristo y los ángeles.
La existencia de un castigo eterno para los réprobos y de un premio eterno para los elegidos es un dogma de fe, definido solemnemente por el Magisterio de la Iglesia en el Concilio Ecuménico Lateranense IV: «Jesucristo (...) ha de venir al fin del mundo, para juzgar a los vivos y a los muertos, y dar a cada uno según sus obras tanto a los réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios cuerpos que ahora tienen, para recibir según sus obras —buenas o malas—: aquellos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo, gloria sempiterna» (De fide catholica, cap.1).
En el infierno habrá castigo espiritual —desasosiego permanente—y tormento corporal, porque el hombre es espíritu y materia. No sabemos cómo es el infierno, pero de estas palabras del Apocalipsis —como de las del Señor en Mt 25, 41, y de otros pasajes de la Sagrada Escritura— puede deducirse que allí habrá penas de daño y de sentido.
Apocalypse 14, 12
Como en Apc 13, 10 se exhorta a los fieles para que se mantengan firmes en la tribulación, con la esperanza de que Dios dará a cada uno su merecido. Tal actitud de paciencia no significa inhibirse de la lucha contra los poderes del mal, y del esfuerzo por conseguir y «garantizar las condiciones para el ejercicio de una auténtica libertad humana» (Libertatis conscientia, n. 31). A este respecto enseña el Concilio Vaticano II: «La espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación por el perfeccionamiento de esta tierra donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un destello del mundo nuevo» (Gaudium et spes, n. 39).
En este pasaje del Apocalipsis, se dice a los cristianos que en aquella situación concreta de persecución, la lucha de quienes guardan los mandamientos y mantienen la fe, no ha de ser una respuesta violenta. Esta enseñanza es aplicable a cualquier situación que reclama una liberación en sentido temporal: «Cristo nos ha dado el mandamiento del amor a los enemigos (cfr Mt 5, 44; Lc 6, 27-28.35). La liberación según el espíritu del Evangelio es, por tanto, incompatible con el odio al otro, tomado individual o colectivamente, incluido el enemigo» (Libertatis conscientia, n. 77).
Apocalypse 14, 13
La bienaventuranza divina anuncia el gozo de los que terminan su vida siendo fieles a Cristo. Los maestros judíos enseñaban que «cuando un hombre muere no lo acompañan la plata ni el oro, las piedras preciosas ni las perlas, sino la ley y las buenas obras» (Pirquè Abot, VI, 9). No se trata solamente de que los justos sean premiados por sus obras, sino de que éstas —de algún modo— permanecen con ellos; como enseña la Iglesia, «los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre ‘el reino eterno y universal; reino de verdad y de vida; reino de santidad y de gracia; reino de justicia, de amor y de paz’» (Gaudium et spes, n. 39).
La muerte entendida así no es un final, sino un tránsito, un paso, comparado con la Pascua por San Bernardo: «A este paso a la vida, los pobres infieles llaman muerte, pero los fíeles ¿qué han de llamarle sino Pascua? Porque se muere al mundo para vivir por completo para Dios. Se entra al lugar del tabernáculo admirable, a la casa de Dios» (Divini amoris, cap. 15).
Apocalypse 14, 14-20
La descripción anticipada del Juicio Final se presenta en dos escenas: la siega (cfr 14, 14-16) y la vendimia (cfr 14, 17-20), siguiendo, sin duda, la profecía de Joel acerca del juicio de Dios sobre los pueblos enemigos de Israel: «¡Despiértense y suban las naciones al valle de Josafat! Que allí me sentaré yo para juzgar a todas las naciones circundantes. Meted la hoz, porque la mies está madura; venid, pisad, que el lagar está lleno, y las cavas rebosan, tan grande es su maldad» (Ioel 4, 12-13).
En la primera escena es el mismo Cristo, bajo el título de Hijo del Hombre (cfr Dan 7, 13), quien va a realizar el juicio presentado con la imagen de la siega, como en la parábola del trigo y la cizaña (cfr Mt 13, 24-30). En la segunda es un ángel, emisario de Dios, quien hace la vendimia y prepara el lagar para que sea pisado por Dios —siguiendo la profecía de Is 63, 3 que dice; «Sólo yo he pisado el lagar»—, o bien por Cristo, según se dirá más adelante en Apc 19, 15. En cualquier caso se enseña que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ha recibido el poder de realizar el Juicio Universal que, según la tradición judía, se desarrollaría a las puertas de Jerusalén (cfr p. ej., Zach 14, 4), y con un espantoso baño de sangre (cfr Apc 14, 20).
En ambas escenas se resalta la presencia de un ángel que da la orden (cfr vv. 15.18). El hecho de que este ángel salga del Santuario y del altar significa que ese final está relacionado con las oraciones de los santos y de los mártires, que mueven a Cristo a actuar (cfr Apc 8, 3-4). Por eso la Iglesia, inmediatamente después de que se ha hecho presente Cristo en el altar por la Consagración de las especies eucarísticas, clama por su segunda venida —la Parusía—, que será su triunfo definitivo: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!» (Misal Romano, Aclamación Eucarística después de la Consagración).