Hébreux 10, 32-34
El cristiano está llamado a compartir la persecución que Cristo sufrió. «No es el discípulo más que el maestro» dijo el Señor (cfr Mt 10, 22-25; Lc 12, 11-12; Ioh 15, 18), que había anunciado a todos que quien deseara seguirle debía llevar a cuestas su cruz (cfr Mt 10, 38; 16, 24; Mc 8, 34; Lc 9, 23; 14, 27). Estas palabras del Salvador se cumplieron desde los comienzos. En el libro de los Hechos se narran las persecuciones del Sanedrín contra los Apóstoles, de algunos judíos contra Esteban, de Herodes contra Santiago y Pedro, etc. Los primeros cristianos soportaron animosamente estas tribulaciones, sirviéndose incluso de ellas para extender la fe, por Samaría en primer lugar, luego en Antioquía y más tarde por todo el Imperio Romano. El texto alude a la valentía de los primeros hermanos en la fe. Al mismo tiempo tiene tal vez presente las duras persecuciones promovidas por Nerón después del incendio de Roma. Por ello, los destinatarios, y todos los cristianos en general, deben mantener intacta la fe bautismal propia de los «recién iluminados», es decir, de los neófitos. Con este fin vale la pena que vuelvan con el pensamiento y la meditación a los comienzos de su vocación cristiana («acordaos de los días primeros...»). Deben actuar como los que compiten y luchan en público sin temor a ser motivo de espectáculo (cfr 1 Cor 4, 9).
Sin duda los padecimientos de los cristianos que provenían del judaísmo eran muy duros.
Estaban sometidos a «calumnias» y «vejaciones», palabras que literalmente indican afrentas, insultos, escarnios y los sufrimientos característicos de la persecución religiosa: confiscación de bienes, encarcelamiento e incluso la flagelación y otras torturas. Estos primeros hermanos en la fe no sólo supieron soportar estas tribulaciones, sino que además manifestaron su unión y su caridad, compartiendo con generosidad los sufrimientos de los que habían sido encarcelados.
Por otro lado, las mismas persecuciones tuvieron un efecto muy beneficioso (cfr 1 Pet 1, 6-9; Iac 1, 3-4), porque ayudaron a los que las sufrían a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y el deseo de la recompensa divina. De igual modo el cristiano tiene en todo tiempo que afrontar con valentía y sin quejarse las dificultades y contradicciones que se presenten en la vida. ¿Estás sufriendo una gran tribulación? —¿Tienes contradicciones? Di, muy despacio, como paladeándola, esta oración recia y viril:
‘Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén.—Amén’.
Yo te aseguro que alcanzarás la paz (Camino, n. 691).
Hébreux 10, 35-39
La «confianza», que se menciona en el v. 35, corresponde a un vocablo griego que indica la libertad y franqueza confiada con que una persona habla con un buen amigo y con Dios.
Frente a las persecuciones el autor sagrado renueva su exhortación a la perseverancia. San Juan Crisóstomo compara la situación de los cristianos a los que va dirigida la carta, a la de un atleta que después de haber ganado la competición espera sólo que el que preside los juegos le conceda la corona: «De ahora en adelante ya no hay más combate, basta que perseveréis en el mérito que habéis ganado para no perder el de vuestro triunfo (...).Ya no hay que combatir, sólo hace falta perseverar. Con sólo esperar lograréis vuestra corona; para alcanzarla habéis sufrido todo: luchas, cadenas, dolores, pérdida de bienes. ¿Qué más hubierais podido hacer? Lo único que os queda es esperar con paciencia el premio. Si se retrasa no se trata más que de un momento» (Hom. sobre Heb, ad loc.).
Aquí la paciencia, como comenta Santo Tomás, indica dos cosas: la virtud para mantener la fidelidad en medio de las persecuciones y la grandeza de ánimo de quien está seguro de recibir unos bienes que todavía no tiene (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). La exhortación a perseverar se apoya en dos citas de la Sagrada Escritura. La primera, de Is 26, 20, recuerda que Dios juzgará a los impíos dentro de poco tiempo. La segunda, de Hab 2, 4, citada otras veces por San Pablo (cfr Rom 1, 17; Gal 3, 11), anuncia la venida de la liberación del pueblo de Israel. El texto sagrado profetizaba propiamente que aquellos judíos que hubieran quedado fieles a Dios habrían escapado a la cautividad de Babilonia y habrían mantenido la vida. Movido por el Espíritu Santo el autor afirma que el antiguo vaticinio se ha cumplido en Cristo que es «el que viene», es decir, el que ha de venir por segunda vez. Así pues, el cristiano debe perseverar con entereza en esta espera gozosa: «Mantente firme como un yunque golpeado por el martillo. A un gran atleta corresponde vencer a pesar de los golpes. Sobre todo soportándolo por Dios, para que Él también nos soporte» (Carta a Policarpo, III, 1).
Chapitre n°11
Hébreux 11, 1
Aunque el texto no pretende definir rigurosamente la fe, de hecho describe muy claramente la esencia de esta virtud, relacionándola con la esperanza de los bienes futuros y con la certeza acerca de las verdades sobrenaturales. Por medio de la fe el creyente adquiere una certeza firme respecto a las promesas divinas y una posesión anticipada de los bienes celestiales. La traducción latina, con la palabra substantia, alude a la firmeza del apoyo de la fe porque substantia quiere decir literalmente «lo que está debajo».
Estas palabras indican que la fe, que es una forma de conocimiento, se distingue de los demás modos del conocer humano. En efecto, el hombre conoce por evidencia directa, por demostración racional o por el testimonio de otra persona. En este último caso podemos distinguir entre una fe humana, cuando el testimonio es de otro hombre (como en el caso de un alumno ante su maestro o de un niño que aprende de sus padres), y una fe sobrenatural, cuando el testimonio viene del mismo Dios, que es la Verdad Suprema. Por eso la certeza que da la fe es máxima.
Sin embargo, el objeto de la fe sobrenatural, que es Dios y los decretos eternos de su voluntad, ni es para el hombre algo evidente ni puede ser alcanzado con la sola razón. Por eso es necesario que Dios mismo sea el testigo de su revelación. Así que la fe es firme certeza, pero de cosas que no son evidentes, que no se ven, pero que se pueden esperar.
La fe es llamada también «prueba» de lo que no se ve. Como prueba, es decir, como demostración de unas verdades, se distingue de la opinión, de la sospecha, y de la duda, en las que no hay una absoluta seguridad. Y al decir que es de lo que no se ve, se distingue de la ciencia y del conocimiento intuitivo que hacen ver una cosa (cfr Suma Teológica, II-II, q. 4, a. 1).
Resumiendo podemos decir: «Cuando Dios revela —como enseña el Concilio Vaticano I—, estamos obligados a prestarle por la fe plena obediencia de entendimiento y voluntad. La Iglesia católica profesa que esta fe es el principio de la salvación humana y una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de Dios, creemos que lo que Dios ha revelado es verdadero, no por la verdad intrínseca de las cosas, captada por la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, y no puede engañarse ni engañarnos» (Dei Filius, cap. 3).
Es característico, pues, de la fe que nos mantenga siempre entre la certeza y la no-evidencia. Por eso para creer hay que querer creer, y el acto de fe es siempre libre y meritorio. Sin embargo, la fe puede, con la ayuda de Dios, transformarse en una certeza firmísima superior a cualquier demostración. «Esta fe, —comenta San Juan de Ávila—, no está arrimada a razones ni motivos, cualesquiera que se puedan traer; porque quien por aquellos cree, no cree de tal manera que su entendimiento quede persuadido, sin quedarle alguna duda o escrúpulo. Mas la fe que Dios infunde está arrimada a la Verdad divina, y hace creer con mayor firmeza que si lo viese con sus propios ojos, y tocase con sus propias manos, y con mayor certidumbre que la que tiene de que cuatro son más que tres, o de otra cosa de éstas, que las ve el entendimiento con tanta claridad, que ni tiene escrúpulo, ni las puede dudar aunque quiera» (Audi, filia, cap. 43).
La fe infundida por Dios es necesariamente el punto de partida de la esperanza y de la caridad: es lo que se suele llamar «fe viva».
Cuando se vive de esta fe es fácil descubrir que las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) se implican mutuamente. La fe y la esperanza hacen que el hombre se una a Dios como principio del que proceden todos los bienes; la caridad nos une a Dios directamente, con afecto amoroso, por ser Dios el Bien por excelencia. La fe es como el primer escalón: creemos, en efecto, que es verdadero lo que nos dice. Nos unimos luego a Él por la esperanza, en cuanto que es principio para nosotros de una perfecta bondad, es decir, en cuanto que nos apoyamos en la ayuda divina para obtener la bienaventuranza. El término de este proceso es la caridad, que nos mueve a la posesión eterna de Dios, Sumo Bien. Es evidente que la fe causa la esperanza. Crezcamos en esperanza, que de este modo nos afianzaremos en la fe, verdadero fundamento de las cosas que se esperan, y convencimiento de las que no se poseen (Heb XI, 1). Crezcamos en esta virtud, que es suplicar al Señor que acreciente su caridad en nosotros, porque sólo se confía de veras en lo que se ama con todas las fuerzas. Y vale la pena amar al Señor (Amigos de Dios, n. 220).
Si la esperanza en general es el convencimiento de poder alcanzar un bien futuro, posible y arduo, la esperanza teologal es la convicción de poder llegar a la bienaventuranza eterna con la ayuda de Dios. Y precisamente la fe nos da la certeza de estas dos últimas verdades: que nuestro fin es la bienaventuranza y que Dios quiere ayudarnos a conseguirla (cfr Suma Teológica, II-II, q. 17, aa. 5 y 7). Por tanto, nada puede desanimarnos en este camino hacia el fin último, porque nos apoyamos en «tres verdades: Dios es omnipotente, Dios me ama inmensamente, Dios es fiel a las promesas. Y es Él, el Dios de las misericordias, quien enciende en mí la confianza; por lo cual yo no me siento ni solo, ni inútil, ni abandonado, sino implicado en un destino de salvación que desembocará un día en el Paraíso» (Juan Pablo I, Alocución, 20-IX-1978).
Hébreux 11, 3
La creación del mundo o de «los siglos» a partir de la nada constituye uno de los primeros artículos de la fe. El texto recuerda de algún modo el final del v. 1 («prueba de las que no se ven»), puesto que por la fe se demuestra lo invisible; por eso conocemos el origen de todas las criaturas y descubrimos a Dios a partir de las cosas visibles.
La segunda parte del versículo presenta cierta ambigüedad. La traducción literal del texto griego sería «lo que se ve no procede de las cosas visibles». La Neovulgata, al traducir interpreta esta expresión como si fuera que «las cosas visibles se han hecho de las invisibles». Pero nos parece más precisa nuestra traducción al utilizar el singular «lo invisible» en lugar del plural «las cosas invisibles». El término «invisible» puede referirse a las «ideas ejemplares», presentes en la mente divina desde toda la eternidad, o a la misma esencia de Dios, que conforme al lenguaje de los rabinos de aquel tiempo, era denominado lo «Invisible» o lo «No engendrado», en oposición a este mundo visible y creado.
En definitiva se subraya la importancia de la fe en Dios creador y en la creación a partir de la nada. Esta verdad se confiesa en todos los símbolos de fe y ha sido definida muchas veces por el Magisterio de la Iglesia (cfr, entre otros, Conc. Lateranense IV; Conc. Vaticano I). «Creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de las cosas visibles —como es este mundo en el que pasamos nuestra breve vida— y de las cosas invisibles —como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles—» (Credo del Pueblo de Dios, n. 8).
Hébreux 11, 4
El libro del Génesis (4, 3-5) nos narra que Caín y Abel, los hijos de Adán y Eva, ofrecieron su oblación a Yahwéh. Dios miró con agrado la oblación de Abel y no la de Caín. El pensamiento judío consideró muchas veces que las palabras de Dios a Caín: «¿Por qué te has irritado y por qué ha decaído tu semblante? ¿No lo alzarías, acaso si obraras bien? Pero si no obras bien, el pecado acechará a la puerta» (Gen 4, 6-7) indican que el pecado de Caín podía consistir en la cicatería en el sacrificio, por no haber ofrecido lo mejor de sus primicias. A este pecado se añadiría también la envidia hacia Abel (Sap 10, 3 habla de la iniquidad de Caín y de su odio fratricida). Frente a Caín, prototipo del hombre envidioso, egoísta, violento y homicida la literatura judía ensalzó a Abel como ejemplo de generosidad, rectitud y piedad.
Sobre este trasfondo de la religiosidad judía hay que colocar las palabras de Jesús (Mt 23, 25) y de San Juan (1 Ioh 3, 12) que afirman de Abel que fue «justo», es decir, santo y piadoso. El texto de Hebreos pone de relieve que lo que hace mejor la ofrenda de Abel es precisamente su fe, su entrega, su generosidad. Por esto Dios le rindió testimonio de que era justo, mirando con agrado sus víctimas y tal vez —según una antigua tradición oral judía— enviando fuego para quemarlas. Ya que «miró más al mismo oferente que a su ofrenda, porque la oblación es aceptada en virtud de la bondad del oferente, cuando no se trata de un sacramento», como dice Santo Tomás (Comentario sobre Heb, ad loc.). Por esto el texto dice literalmente que «Dios mismo le rindió testimonio sobre sus ofrendas», como si sobreentendiera que «bajó» o que «envió fuego» para que las consumiera (cfr el famoso sacrificio de Elías en 1 Reg 18, 38; el sacrificio de Moisés y Aarón en Lev 9, 24 y el sacrificio de Gedeón en Idc 6, 21).
«Por la fe, aun después de muerto, todavía habla»: Al decir esto se evoca el pasaje del Génesis en el cual Dios declara a Caín que «la voz de la sangre de tu hermano clama a Mí desde la tierra» (Gen 4, 10). Abel es testigo, «mártir», de Dios, porque confiesa con su fe, su sacrificio y su generosidad las grandezas divinas. «Llevando a otros hacia la virtud, Abel habla elocuentemente. Un discurso tendrá siempre menos efecto que este martirio. Así como el cielo nos habla con sólo abrírsenos, de igual modo este gran santo nos exhorta ya solamente con insinuarse en nuestro recuerdo» (Hom. sobre Heb, 22).
Es bello considerar que el primer testimonio de fe en favor de Dios fue dado ya por un hijo de Adán y Eva y por medio de un sacrificio. Se explica, por tanto, que los Padres vieran en Abel una figura de Cristo: por ser pastor, por ofrecer un sacrificio agradable a Dios, por derramar su sangre, por ser «mártir de la fe».
La Liturgia, al renovar el Sacrificio de Cristo, pide a Dios que mire con mirada serena y bondadosa sobre las Ofrendas del Señor, así como miró sobre las ofrendas del «justo Abel» (cfr Misal Romano, Plegaria Eucarística I).
Hébreux 11, 5
También acerca de Henoc, uno de los patriarcas anteriores al diluvio, se desarrolló en el judaísmo una amplia tradición, debido a que el Libro del Génesis en lugar del habitual «murió» que se repite de todos los patriarcas, dice de él que «caminó en compañía de Elohim y Elohim le tomó consigo» (cfr Gen 5, 21-24). Esto hizo pensar que Henoc no murió y que, por lo tanto, estaba en la presencia de Dios preparando la venida del Mesías liberador, de quien tenía que ser uno de los precursores, junto con Elías, del que tampoco se dice que muriera. La traducción griega del AT, llamada «de los LXX», amplía un poco el texto hebreo de Gen 5, 23, diciendo que Henoc «agradó a Dios y no fue hallado porque Dios lo había trasladado». Por otro lado el Libro del Eclesiástico lo menciona con gran respeto proponiéndolo como ejemplo para todas las generaciones, diciendo que «agradó al Señor y fue trasladado» (Eccli 44, 16); y en otro lugar añade: «Nadie fue creado sobre la tierra semejante a Henoc» (Eccli 49, 14). En la literatura apócrifa judía la figura de Henoc adquirió un notable relieve y se le atribuyó un profundo conocimiento de las leyes de los astros, o una serie de fantasiosas empresas para preparar la venida del Mesías. Por esto se difundió la creencia de que Henoc volvería a la tierra antes de la venida del Ungido.
La Epístola a los Hebreos se apoya en los textos del Libro del Eclesiástico y en la versión griega del Génesis al afirmar que Henoc «recibió el testimonio de haber agradado a Dios» y, así, pone la figura de Henoc como ejemplo de fe.
La frase «fue arrebatado Henoc para que no viera la muerte» alude no sólo a que era un hombre justo sino que lo pone en relación con la venida del Mesías y el fin de los tiempos. En este sentido el texto no niega ni afirma que Henoc haya muerto sino simplemente que «fue arrebatado». Considerando la existencia del decreto universal de la muerte (cfr Heb 9, 27) que es consecuencia del pecado original (cfr Rom 5, 12) lo más probable es que «arrebatado» haya que entenderlo como una alusión a la muerte, y que la expresión siguiente «para que no viera la muerte» deba interpretarse o en sentido moral, de la muerte espiritual del pecado, o en sentido de una resurrección inmediatamente después de la muerte del Señor, como en el caso de algunos justos (cfr Mt 27, 52-53).
Hébreux 11, 6
La fe es virtud necesaria para la salvación, aunque la fe por sí sola no sea suficiente, porque la fe «actúa por medio de la caridad» (Gal 5, 6). Sin embargo, la fe tiene una importancia decisiva como «comienzo de la salvación del hombre» (De Fide ad Petrum, 1) y como «fundamento y raíz de toda justificación» (De iustificatione, cap. 8). Pero no sólo la fe en cuanto acto personal —acto de fe—, sino también en cuanto conjunto de verdades que se tienen como ciertas. Por eso, la teología habla de la necesidad de la fe con la cual se cree (actitud del creyente) y de las verdades de fe que deben ser creídas (artículos de la fe). El versículo habla de las dos, pero se detiene sobre todo en el segundo aspecto —el contenido u objeto de la fe— mientras que más arriba (11, 1) había considerado sobre todo el valor y la naturaleza del acto de fe. Nadie puede agradar a Dios si no se acerca a Él; pero no es posible acercarse a Dios sin la fe; luego nadie puede agradar a Dios si no tiene fe. Dios mismo nos mueve y ayuda para que nos acerquemos a Él, pero el hombre debe corresponder libremente. Y esto es precisamente el acto de fe. El acto de fe tiene un contenido; la fe es la disposición del alma «por cuya fuerza asentimos firmemente a lo que Dios nos ha comunicado (...). En efecto, puesto que el fin que ha sido fijado para la bienaventuranza del hombre es mucho más elevado que lo que puede alcanzar la fuerza de su entendimiento, era necesario que lo conociera por obra de Dios. Este conocimiento es la fe, que hace posible que tengamos por cierto lo que la autoridad de la Iglesia, nuestra Santísima Madre, ha declarado que ha sido comunicado por Dios» (Catecismo Romano, I, 1, 1).
Por esto distinguimos en las verdades de la fe aquellas que son accesibles a la razón humana y aquellas otras que no habrían podido ser alcanzadas por el hombre: son los llamados misterios. Las primeras se suelen reducir a tres: la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y la existencia de un orden moral establecido por Dios.
Es evidente que si no se cree en la existencia de Dios y en el orden moral por Él establecido no hay posibilidad de salvación. ¿En qué sentido, pues, dice aquí el pasaje que «el que se acerca a Dios debe creer que existe y que premia a quienes le buscan»? Podemos contestar, con Santo Tomás, que, después del pecado original, nadie puede salvarse si no tiene fe en el mediador prometido (Gen 3, 15). Para los paganos, que no recibieron ninguna revelación, fue y es suficiente creer que Dios es remunerador (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.).
Las palabras del autor sagrado plantean también otro problema: ¿cómo pueden salvarse quienes no conocen a Cristo? Hay que tener en cuenta en primer lugar la necesidad absoluta de la fe recta y verdadera. El hombre tiene obligación de buscar la verdad, sobre todo la verdad religiosa, y no puede contentarse con una religión cualquiera, como si todas las religiones fueran equivalentes (cfr Syllabus, nn. 15 y 16). Por esto los paganos adultos que piden bautizarse en peligro de muerte, o en situación de urgente necesidad, deben recibir antes del Bautismo una breve instrucción, adaptada a las circunstancias y a su capacidad intelectual, acerca de los misterios centrales de la fe: la Trinidad y la Encarnación (cfr Respuesta del S. Oficio de 26-I-1703).
Todo ello no quiere decir que los no cristianos no pueden salvarse. Sino que, como enseña el Concilio Vaticano II, «no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaran entrar o no quisieran permanecer en ella» (Lumen gentium, n. 14). «Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en llevar una vida recta» (Lumen gentium, n. 16).
Por eso, en la práctica apostólica y misionera, frente a las otras religiones «la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es el camino, la verdad y la vida (Ioh 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas (cfr 2 Cor 5, 18-19)» (Nostra aetate, n. 2). Y, en definitiva, «aunque Dios, por los caminos que Él sabe, puede traer a la fe, sin la cual es imposible complacerle (Heb 11, 6), a los hombres que sin culpa propia desconocen el Evangelio, incumbe, sin embargo, a la Iglesia la necesidad (cfr 1 Cor 9, 16), a la vez que el derecho sagrado, de evangelizar, y, en consecuencia, la actividad misionera conserva integra, hoy como siempre, su fuerza y su necesidad» (Ad gentes, n. 7).
Esa actitud de la Iglesia debe ser también la de cada cristiano, que ha de sentir el deseo de buscar constantemente a Dios y hacer que los demás también lo busquen. «Si tenemos un remunerador, hagamos todo lo posible para no perder la recompensa que se da por la virtud (...). Pero, ¿cómo se puede encontrar al Señor? Piensa en cómo se encuentra el oro: con mucho esfuerzo y trabajo (...). Es decir, como buscamos una cosa perdida así hemos de buscar a Dios. Acaso ¿no ponemos en ello todo el entendimiento? ¿No examinamos todas las cosas? ¿No recorremos lugares alejados? ¿No empleamos dinero? Si, por ejemplo, hemos perdido a un hijo nuestro: ¿qué dejaríamos de hacer?, ¿qué tierras, qué mares no atravesaríamos? (...). Si queremos buscar algo, ponemos por obra todo con tal de encontrar lo buscado. ¡Cuánto más en el caso de Dios!, ya que los que buscan tienen necesidad de Él» (Hom. sobre Heb, 22).
Hébreux 11, 7
Cuando Noé recibió de Dios el mandato de construir el arca (cfr Gen 6-9; Mt 24, 37-39; 1 Pet 3, 20; 2 Pet 2, 5), no había aún señal alguna del inminente diluvio, de modo que tuvo que confiar totalmente en la palabra divina. Y lo hizo con «religioso temor», es decir con una adhesión profundamente religiosa, que le llevó a poner en práctica fielmente lo que Dios le había indicado.
La fe de Noé «condenó el mundo» porque los hombres de su tiempo incrédulos y mundanos se burlaban de la preparación del arca. «¿Qué quieren decir las palabras: y al construirla condenó al mundo? Significan que presentó al mundo como merecedor de castigo, porque el hecho de presenciar esta construcción no llevó a los hombres a enmendarse ni a arrepentirse» (Hom. sobre Heb, 23, 1). Noé con su conducta coherente con la fe condena, a pesar suyo, la incredulidad de sus contemporáneos. También en la actualidad la vida de un hombre de fe puede ser un reproche para los que le rodean, pero no por eso éste debe modificar su comportamiento.
Hébreux 11, 8
Abrahán, «nuestro padre en la fe», es el ejemplo por antonomasia, en el Antiguo Testamento, de fe en Dios (cfr Gen 12, 1-4; Rom 4, 1 ss.; Gal 3, 6-9; Heb 6, 13ss.).No es extraño que el autor se detenga especialmente a describir la fiel conducta del padre del pueblo elegido. Fiado únicamente de la palabra divina, Abrahán abandona todas las seguridades y apoyos terrenos de su tierra natal en Ur de Caldea, para dirigirse con prontitud a un lugar lejano y desconocido, al país de Canaán, la tierra que Dios había prometido entregar a su descendencia. «Ni el amor de la patria, ni la suavidad del trato con los vecinos, ni las comodidades de la casa paterna le hicieron vacilar. Partió valerosa y ardientemente hacia donde Dios quiso llevarle. ¡Qué abnegación y renuncia! No se puede amar a Dios perfectamente si no se dejan los afectos de las cosas perecederas» (Tratado del Amor de Dios, lib. 10). Abrahán simboliza la necesidad del desprendimiento para alcanzar las promesas de redención y servir con eficacia a Dios y a los demás. No olvides que, para llegar a Cristo, se precisa sacrificio; tirar todo lo que estorbe (...). Tú has de proceder igualmente en esta contienda para la gloria de Dios, en esta lucha de amor y de paz, con la que tratamos de extender el reinado de Cristo. Por servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas, debes estar dispuesto a renunciar a todo lo que sobre (Amigos de Dios, n. 196).
Hébreux 11, 9-10
Abrahán, y como él su hijo Isaac y su nieto Jacob, lejos de instalarse cómodamente en un lugar permanente y definitivo, vivió en tiendas, como extranjero en tierra extraña (cfr Gen 23, 4). Por la fe el patriarca esperaba la «ciudad fundada sobre cimientos», que tenía como arquitecto a Dios. Frente a la provisionalidad y a lo pasajero de las tiendas y a la fragilidad de los cimientos de las ciudades construidas por los hombres, se alzaba la ciudad celeste, eterna y permanente, construida por Dios sobre sólido fundamento, en cuya posesión esperaba Abrahán. La tierra prometida era imagen de la definitiva patria a la que Dios había llamado al padre de Israel. Incluso una tardía tradición judía hablaba de que Abrahán tuvo una visión de la Jerusalén celestial tras sellar su alianza con Dios.
Los cristianos viven en el mundo por voluntad de Dios y lo aman, pero saben al mismo tiempo que no deben establecerse en él como si fuera su fin. «Residen cada uno en su propia patria, pero lo hacen como forasteros (...). Toda tierra extranjera es como una patria para ellos y toda patria como una tierra extranjera» (Carta a Diogneto, V, 5).
Hébreux 11, 11-12
Sara, lo mismo que Abrahán, ya era de edad muy avanzada cuando Dios le anunció que iba a concebir un hijo. Al principio su actitud fue de perplejidad e incluso de irónico escepticismo (cfr Gen 18, 9 s.). Pero pronto estas disposiciones se cambiarán en una fe que Dios premió con la concepción de Isaac. Puede decirse que la fe de Sara y su esposo supera la de los patriarcas anteriores, porque el cumplimiento de la palabra divina exigía un milagro, al haber perdido tanto Abrahán como Sara la capacidad de concebir. Por eso se dice que de uno sólo, de Abrahán, y éste decrépito (literalmente, «ya como muerto»), nació una numerosísima descendencia. Dios premia generosamente la fe de los hombres. ‘Si habueritis fidem, sicut granum sinapis!’ ¡Si tuvieras fe tan grande como un granito de mostaza!...
—¡Qué promesas encierra esa exclamación del Maestro! (Camino, n. 585).
La concepción de Isaac es también figura de la de Cristo. «Todas las concepciones milagrosas que tienen lugar en el Antiguo Testamento fueron como figuras del grandísimo milagro que es la Encarnación del Verbo. Convenía que su nacimiento de una virgen fuera prefigurado en otros para preparar las mentes a creer. Pero existe una diferencia, porque Sara recibió de Dios milagrosamente la capacidad de concebir de semen humano, mientras que la bienaventurada Virgen concibió sin él» (Comentario sobre Heb, 11, 3).
Hébreux 11, 13-16
Después de haber hablado de la fe de Abel, de Noé y de Abrahán, el pensamiento del hagiógrafo abarca, con una sola mirada, toda la historia de los Patriarcas y del éxodo, prescindiendo por un momento de la exposición cronológica. Al recuerdo de la salida de la propia tierra para peregrinar por países extranjeros «en busca de una patria», une el recuerdo del éxodo de Egipto. Entre Abrahán, que salió de Ur para ir hacia la tierra de Canaán, y el pueblo de Israel, que salió de Egipto hacia la tierra prometida, hay un evidente parecido, que es todavía mayor si se considera que ni Abrahán ni los seguidores de Moisés estaban destinados a ocupar la tierra. Ella pertenecería a su descendencia. Abrahán, de hecho, sólo pudo conseguir la propiedad de la cueva de Macpelah, cerca de Hebrón, con el terreno adyacente, que pagó a alto precio de plata. En la cueva fueron luego sepultados Sara, el propio Abrahán, Isaac, Rebeca, Jacob y Lía. Pero Abrahán se reconoció públicamente «peregrino y forastero» en Canaán cuando compró la cueva a los heteos (cfr Gen 23, 4). Tampoco los hebreos de la generación de Moisés pudieron entrar en Canaán. Se limitaron a conocerla por medio de los exploradores; su mismo caudillo sólo pudo contemplarla desde el monte Nebo antes de morir (cfr Dt 32, 49-52; 33, 1-4). A su vez, tanto Abrahán, Isaac y Jacob, que vivieron como nómadas en Canaán como los judíos del éxodo, son figura de los cristianos que vamos también en busca de una patria que es la patria «mejor», es decir, la celestial (cfr Heb 13, 14).
Es emocionante, sin duda, el recuerdo de los Patriarcas y del éxodo, y muy apropiado para fomentar la fe y la esperanza de los cristianos en medio de las dificultades que sufren en este mundo. De ellos se dice que «vieron» las promesas, tal vez aludiendo a algún don especial de Dios, como en el caso de Abrahán (cfr Ioh 8, 56), o bien por la fe, ya que por ella se tiene una visión intuitiva de las realidades sobrenaturales (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). «Y las saludaron desde lejos», con el gesto habitual de saludo lleno de alegría y de contento: «Saludaron las promesas y se alegraron —dice San Juan Crisóstomo—, ya que tenían tal fe en aquellas promesas, que llegaron a hacer gestos de saludo. Es una comparación que viene de los navegantes que, cuando vende lejos las ciudades a donde se dirigen, todavía antes de entrar en el puerto, lanzan saludos llenos de afecto» (Hom. sobre Heb, 23).
La actitud de los Patriarcas fue fiel manifestación de su fe en la vida futura, ya que, como apunta Santo Tomás, al decir que eran peregrinos (Gen 23, 4; 47, 9; cfr Dt 26, 5) y forasteros sobre la tierra, manifestaban que se dirigían hacia su patria, la Jerusalén celestial. No añoraban una patria terrena, ni la casa paterna, porque en este caso hubieran tenido tiempo de volver a ella (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). Así que las promesas tenían su cumplimiento no en algo terreno, sino en la eternidad del Cielo. «Por eso, Dios no se avergüenza» de ser llamado Dios de Abrahán, Isaac y Jacob. Porque mirando su fe y su fidelidad, se olvidaba de sus errores y de sus faltas. Y esto es lo que está dispuesto a hacer siempre con los cristianos.
En los vv. 14 y 16, según el texto griego original, y la Neovulgata latina, el tiempo de los verbos está puesto en presente, en lugar del indefinido (aoristo) que es el empleado en los versículos 13-16. La razón estaba en que todo el párrafo es un recuerdo de la vida de los Patriarcas, pero el interés principal reside en poner de relieve que su fe sirva de ejemplo para todas las generaciones. Así, puede decirse que es una narración histórica y sapiencial, articulada con verbos que indican la continuidad de la acción o, al menos, de algunos de sus efectos. Hemos unificado los tiempos en la traducción para que sea más acorde con los usos de la lengua castellana.
Hébreux 11, 17-19
Es difícil para nosotros hacernos cargo de los pensamientos que atravesaron la mente de Abrahán cuando Dios le pidió que sacrificara en holocausto a su hijo Isaac, el hijo de la promesa, el unigénito, en los montes de Moria (cfr Gen 22, 2). El AT nos hace ver la firmeza de Abrahán, su docilidad absoluta, la serenidad aún en medio del sufrimiento, su confianza en Dios (cfr Gen 22, 1-18). Así lo revela el diálogo entrañable entre el Patriarca y su hijo, cuando éste último le pregunta dónde está la víctima: «Dios se proveerá del cordero para el holocausto, hijo mío». En otros textos paulinos la fe de Abrahán había sido presentada como ejemplo (cfr Gal 3, 7; Rom 4, 3.11-12; 4, 17-22): pero se trataba de la fe en la promesa divina de una descendencia numerosísima a pesar de su vejez. Ahora se presenta en cambio la fe del Patriarca frente a un mandato aparentemente contradictorio: ¿Cómo era posible que Dios le pidiera precisamente el sacrificio de su hijo? Era posible porque Dios sabía que Abrahán tenía fe en el poder divino de resucitar a los muertos.
La obediencia de Abrahán a Dios en este episodio es la máxima demostración de su fe. Es aquí principalmente donde el Patriarca «esperó contra toda esperanza (...) dando gloria a Dios plenamente convencido de que es poderoso para cumplir lo que había prometido» (Rom 4, 18.21). «El Patriarca escucha un lenguaje que desmiente la promesa; oye contradecirse al autor mismo de la promesa, pero no se turba; va a obedecer como si todo fuera coherente. Y es que, en efecto, la coherencia existía: las dos palabras divinas se oponían según la razón humana, pero la fe las puso de acuerdo (...).
»Dios probó la fe de Abrahán. ¿Es que ignoraba el valor y la rectitud de este gran hombre? Sin duda los conocía bien. ¿Por qué entonces los somete a prueba? No era para comprobar Él mismo la virtud del Patriarca, sino para revelar al mundo su grandeza. El Apóstol muestra además a los Hebreos una de las causas de nuestras tentaciones, para que si uno sufre no se considere abandonado por parte de Dios» (Hom. sobre Heb, 25). Sabemos además que, precisamente por la generosidad y la fe de Abrahán, Dios renovó su promesa sellándola por vez primera con un juramento (cfr Gen 22, 16; Heb 6, 13-18). 19. «Por eso lo recobró y fue como un símbolo»: Abrahán recobró de nuevo a Isaac, después de haberlo ofrecido, porque Dios intervino antes de la inmolación (Gen 22, 11-12). Y lo recibió «como un símbolo» (literalmente «una parábola»). Toda la tradición ve en el sacrificio de Isaac, el unigénito, una figura del sacrificio redentor de Cristo, y considera, en particular, que la intervención de Dios en el monte de Moria es un anticipo de la Resurrección. «Lo recibió como un símbolo —comenta Teodoreto de Ciro—, es decir, como una figura de la Resurrección. Porque llevado a la muerte por voluntad del padre, volvió a vivir por la voz que impidió la muerte. En todo aquello se describió de antemano una figura de la pasión del Salvador, y por esto el Señor decía a los judíos: Abrahán, vuestro padre, se regocijó, por ver mi día; lo vio y se alegró» (Interpretatio Ep. ad Haebr, ad loc.).
De modo muy bello un escritor de la antigüedad cristiana, Orígenes, refleja esta tradición considerando que el sacrificio de Isaac nos hace entender algo del misterio de la Redención. «El hecho de que Isaac llevara la leña para el holocausto es figura de Cristo que llevó su cruz a cuestas. Pero, al mismo tiempo, llevar la leña para el holocausto es tarea del sacerdote. Luego Isaac fue a la vez víctima y sacerdote (...). Cristo es el Verbo de Dios, pero el Verbo se hizo carne. Por lo tanto en Cristo hay un elemento que viene de arriba y otro que viene de la naturaleza humana, asumida en el seno de la Virgen. Por esto Cristo sufre, pero en la carne, y muere, pero la que padece la muerte es la carne; de la cual es figura el carnero; según lo que decía San Juan: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo (cfr Ioh 1, 29) (...). Cristo es al mismo tiempo víctima y Sumo Sacerdote. Según el espíritu, en efecto, ofrece la víctima a su Padre; según la carne, Él mismo es ofrecido sobre el altar de la Cruz» (Homilías sobre el Génesis, 8, 6.9).
El Canon Romano de la Santa Misa, por todos estos motivos, une al Sacrificio de Cristo el recuerdo del sacrificio de Abel, de Isaac y de Melquisedec.
Hébreux 11, 20
Jacob instigado por su madre Rebeca, haciéndose pasar por Esaú, consiguió de Isaac la bendición que correspondía al primogénito, en la cual se transmitían las promesas hechas a Abrahán (cfr Gen 27, 27-29). Cuando Isaac descubrió el engaño vio en ello un designio de la Providencia y ratificó su actuación (cfr Gen 27, 33: «Porque de hecho yo he comido antes de que tú vinieses y le he bendecido y bendito está»). Para Esaú sólo queda una bendición genérica de libertad y posesión de una tierra no fecunda. Isaac es un testimonio de fe en los designios divinos, puesto que por ella descubre y acepta los planes de Dios.
Literalmente se dice que la bendición de Isaac es «respecto al futuro», porque transmitió a su hijo no una posesión actual de bienes sino la espera del cumplimiento futuro de las promesas divinas.
Hébreux 11, 21
«Le adoró apoyado sobre el extremo de su bastón». Se une aquí el recuerdo de dos gestos de Jacob: uno, cuando al terminar las bendiciones sobre los antepasados de las doce tribus, «recogió sus pies en el lecho y expiró, yendo a reunirse con su pueblo» (Gen 49, 32); otro, anterior, cuando el Patriarca sufrió el último ataque de la enfermedad (cfr Gen 47, 31). Después de haber hecho jurar a José que le enterraría en la tierra prometida, el anciano Jacob tuvo un desfallecimiento y «se inclinó sobre la cabecera de su lecho». La traducción griega del AT (de los setenta), cambiando ligeramente las vocales de una palabra hebrea, afirmó que Jacob «se prosternó apoyado sobre el extremo del bastón». Para el autor sagrado lo importante es dejar el recuerdo de la actitud reverencial de Jacob, que concluyó su vida con un acto de adoración a Dios.
Hébreux 11, 22
Cuando José se encontraba a punto de morir recordó la antigua promesa hecha por Dios a Abrahán (cfr Gen 15, 13 s.), según la cual, después de un tiempo de esclavitud y opresión en tierra extranjera, los hijos de Israel volverían a la tierra prometida. Aunque José gozaba de una posición privilegiada entre el pueblo egipcio, mantuvo su fe en la promesa que Dios había hecho a los antepasados de darles la tierra de Canaán y expresó su deseo de que su cuerpo reposara en aquella tierra: «Yo muero, pero Dios se ocupará sin falta de vosotros y os hará subir de este país al país que juró a Abrahán, a Isaac y a Jacob (...); Dios os visitará y entonces os llevaréis mis huesos de aquí» (Gen 50, 24-25; cfr Ex 13, 19; Ios 24, 32). El encargo de José sobre sus restos mortales manifiesta su fe en que Dios llevaría de nuevo la descendencia de Jacob a la tierra prometida.