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Hébreux 11, 23-29
Después de los Patriarcas, Moisés era la figura más venerada por el pueblo hebreo, que veía en él su fundador y su legislador (cfr Heb 3, 1-5 y notas relativas). En este pasaje se trazan unos pocos rasgos fundamentales de su vida, en los que Moisés se destaca como ejemplo de fe: en primer lugar de la fe de sus padres, porque no quisieron matarle a pesar del edicto del Faraón (cfr Ex 1, 16.22). El libro del Éxodo (cfr Ex 2, 2) nos señala la compasión de la madre, Yokebed, pero la tradición hebrea, de modo muy natural, recuerda también la decisión de desobedecer de su padre Amram. Esta decisión habría sido confirmada por una especial revelación divina. El motivo de la desobediencia debió ser en primer término el natural amor paterno unido a la hermosura del niño. Sin embargo, San Esteban, en su discurso (cfr Act 7, 20), recuerda que Moisés era «hermoso delante de Dios» o «grato a Dios», y alude a que su belleza era el reflejo del favor divino. Así que los padres, se dieron cuenta de alguna forma de que en aquel niño había una virtud divina (cfr Comentario sobre Heb, ad loc.). La fe de Moisés brilla también porque abandonó la casa del Faraón y renunció a todas las posibilidades que se le abrían por pertenecer a la corte de Egipto, y haber sido esmeradamente educado (cfr Act 7, 22). Sabemos, en efecto, que no soportó ver los malos tratos a que los judíos eran sometidos (cfr Ex 2, 11-15): mató a un vigilante egipcio y tuvo que huir. Cuando Yahwéh le confió la misión de liberar a los de su raza, no temió enfrentarse con el Faraón. Lanzó las plagas, rebatió a los magos y adivinos y luchó de modo inconmovible hasta conseguir su objetivo. Hizo todo esto apoyándose en la visión del monte Sinaí, en la cual se le manifestó, a través del fuego misterioso de la zarza, el Dios invisible. Por último, el texto recuerda la fe de todos aquellos hebreos que siguieron a Moisés en la epopeya del éxodo. Dios les concedió la fuerza para que pudieran pasar el Mar Rojo a pie enjuto, y exterminó, en cambio, al ejército de los egipcios (cfr Ex 14, 26-31).
El punto central de la enseñanza de este pasaje de la epístola es la doble oposición a la que obliga la fe: por una parte, entre el goce del pecado y el sufrimiento del pueblo de Dios; de otra, entre los «tesoros de Egipto» y el «oprobio de Cristo». Esta última expresión indica que los sufrimientos pasados en Egipto por el pueblo elegido prefiguran los dolores del Mesías.
Los maestros judíos del tiempo de San Pablo solían imaginarse al Mesías como un nuevo y más grande Moisés: todas las funciones de liberador, de convocador del pueblo, legislador, mediador de la Alianza, taumaturgo, etc., las haría de nuevo y definitivamente el Ungido. De ahí que resulte casi espontáneo recurrir al paralelismo Moisés-Cristo.
El «oprobio de Cristo» es también el dolor y el desprecio sufrido por los que siguen a Cristo. Ningún bien humano es comparable a la posesión del Señor mediante la gracia. Ningún sufrimiento representa demasiado para el verdadero discípulo con tal de seguir al Maestro y asemejarse a Él.
«Los verdaderos siervos de Jesucristo, cuando se ven despreciados y maltratados por amor suyo, lo tienen como un gran honor (...). Moisés podía haberse librado de la ira del Faraón sólo con haberse dejado pasar por hijo de la hija del rey, pero rehusó tal filiación y prefirió la aflicción de sus hermanos hebreos» (Sermones abreviados, 40, II, 1). Nuestra fe debe ser como la de Moisés: debemos despreciar el «goce terreno del pecado» (literalmente: el gozo pasajero del pecado) para aprender a sufrir con Cristo. Esta firme decisión de estar con Cristo junto a la Cruz es fuente de serenidad y de alegría. ¿No es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?
Es verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo la alegría de saberse corredentores con Él (Via Crucis, II).
 
Hébreux 11, 30
Por la fe en la palabra de Dios, que había dado instrucciones precisas a Josué sobre el modo en que debía tomar la ciudad de Jericó (cfr Ios 6, 2-5), se derrumbaron los muros que la protegían y los israelitas lograron la victoria. «Porque el sonido de las trompetas —comenta San Juan Crisóstomo— aunque retumbara durante diez siglos no es capaz de derribar muros, mientras que para la fe nada es imposible» (Hom. sobre Heb, 27).
La insistencia de los israelitas en girar en torno a las murallas de Jericó, es también un signo de la necesidad de ser obedientes a los mandatos e inspiraciones divinas, aunque a veces puedan parecer ineficaces.
 
Hébreux 11, 31
Josué antes de emprender la conquista de la tierra prometida envió dos exploradores para informarse bien del país de Jericó. Cuando éstos entraron en la ciudad se alojaron en casa de Rahab, una ramera que los escondió y ayudó a escapar cuando los soldados del rey los buscaban. Rahab creyó en el verdadero Dios y que el pueblo hebreo era el pueblo escogido; por eso ayudó a los exploradores con riesgo de su vida. Pidió que a ella y a su familia no les ocurriera daño alguno (cfr Ios 2, 1-21). Josué fue fiel a la promesa que habían hecho los exploradores y tanto Rahab como su familia salvaron la vida, mientras los demás, incrédulos, perecieron (cfr Ios 6, 22-25).
Por esta acción la figura de Rahab, a pesar de su anterior condición de extranjera y pecadora, fue desde antiguo muy alabada. Los Padres han visto frecuentemente en ella una figura de la «Iglesia de los gentiles», es decir, de aquellos paganos que se incorporan a ella.


Hébreux 11, 32-38
Hasta ahora se han recordado los ejemplos más eminentes de fe desde los patriarcas hasta Josué (siglos XIX al XIII a.C.). A continuación, evocando sus proezas y sufrimientos, de los que salieron victoriosos gracias a su fe, el autor sagrado menciona los testimonios de la fe de los héroes, jueces, reyes, profetas y mártires; desde el tiempo de la conquista de Palestina hasta el de los Macabeos (siglos XIII al II a.C.). Tan sólo cita, sin seguir un estricto orden cronológico, a los jueces más importantes (Gedeón, Barac, Sansón y Jefté), al más glorioso de los reyes (David) y al más célebre de los profetas antiguos (Samuel). Finalmente recuerda, sin referir nombres, hechos relevantes de fe y fidelidad.
Sabemos por la Sagrada Escritura que muchos de estos hombres tuvieron defectos y, a veces, faltas graves. Pero tales flaquezas no fueron impedimento para que desempeñaran una misión decisiva en los planes divinos: supieron ser instrumentos de Dios, y por eso son dignos de ser puestos como ejemplos de fe.
33-35a. «Por la fe sometieron reinos»: Esta expresión hace referencia a los conquistadores de la tierra prometida: Barac que venció a los cananeos (cfr Idc 4), Gedeón a los madianitas (cfr Idc 7), Jefté a los ammonitas (cfr Idc 11), Sansón a los filisteos (cfr Idc 14) y David, que acabó de someter a los pueblos enemigos de Israel (cfr 2 Sam 5, 17-25; 8, 1 s.; 10).
«Hicieron justicia»: Se trata por un lado de la función de gobierno ejercida por los Jueces sobre cada tribu, y por Samuel y los reyes sobre todo Israel (cfr 1 Sam 12, 3; 2 Sam 8, 15). Por otro lado, se puede entender que estas palabras aluden a los que practicaron la justicia en nombre de Dios y la hicieron valer, como fueron sobre todo los profetas.
«Alcanzaron las promesas»: Los justos del AT alcanzaron un anticipo de las promesas mesiánicas en el cumplimiento de los anuncios particulares que habían recibido de Dios. Barac venció a Sísara, como Dios lo había prometido (cfr Idc 4, 14 s.); del mismo modo Gedeón derrotó a los madianitas (cfr Idc 6, 14; 7, 7), David logró la paz del reino, profetizada por Natán (cfr 2 Sam 7, 11), etc.
«Cerraron bocas de leones»: Se refiere con estas palabras a las victorias sobre fieras salvajes que lograron Sansón (cfr Idc 14, 6), David (cfr 1 Sam 17, 34-35) y Benaias (cfr 2 Sam 23, 20). Pero está especialmente presente el recuerdo del episodio del profeta Daniel que desde el foso de los leones, a donde había sido arrojado por mantener su fe, manifestó al rey: «Mi Dios ha enviado a su ángel que ha cerrado la boca de los leones y no me han hecho ningún mal» (Dan 6, 23).
Gracias a su fe en Dios, algunos justos de la historia sagrada «apagaron la violencia del fuego», como los tres jóvenes arrojados al horno en Babilonia (cfr Dan 3, 21-94); o «escaparon del filo de la espada», como Moisés huyó de la ira del Faraón (cfr Ex 18, 4), David superó la fuerza de Goliat y Saúl (cfr 1 Sam 17, 34 ss; 18, 11; 19, 10), Elías encontró refugio frente a la persecución de Jezabel (cfr 1 Reg 19, 1 s.) y el pueblo judío en tiempos del rey Asuero pudo evitar el exterminio gracias a la oración y a la intercesión de Ester y Mardoqueo (cfr Est 3, 6 ss.).
Por la fe el rey Ezequías, enfermo de muerte, se curó milagrosamente de su enfermedad (cfr Is 38) y Sansón recobró sus fuerzas después de haber quedado débil y ciego (cfr Idc 15, 19; 16, 28-30). La fe hizo que los hebreos, bajo el mando de los jueces lucharan valientemente y derrotaran a los pueblos paganos; que Judit decapitara audazmente a Holofernes y causara la destrucción de su ejército; que los Macabeos rechazaran la invasión de las tropas extranjeras guiadas por Antíoco (cfr 1 Mach 1, 38).
Por la fe, en fin, la viuda de Sarepta, que había hospedado a Elías, recuperó a su hijo, resucitado por el profeta (cfr 1 Reg 17, 17 s.). Y Eliseo resucitó al hijo de la viuda sunamita (cfr 2 Reg 4, 33 s.).
Todos estos ejemplos demuestran la eficacia de la fe, que impregna toda la vida y conducta del hombre, tanto las grandes hazañas como los hechos menudos y cotidianos.
35b-36. La fe no sólo da la fuerza para realizar grandes proezas ni se manifiesta sólo con portentosos milagros, sino que otorga también al hombre la fortaleza necesaria para perseverar en el bien y soportar toda clase de sufrimientos físicos y morales, incluso el suplicio y la muerte más cruel. Por eso el texto sagrado alude a los diversos tormentos y penas que sufrieron los profetas y muchos de los justos del pueblo de Israel.
Se rememora, entre otros, tal vez la muerte de Eleazar (cfr 2 Mach 6, 19 ss.) y de los siete hermanos (cfr 2 Mach 7), que en la persecución de Antíoco IV Epifanes sufrieron terribles torturas. El rey había prometido perdonarles la vida si hubieran abandonado la fe y las leyes patrias comiendo carnes prohibidas. Pero mantuvieron su fidelidad a Dios y fueron martirizados sin piedad. Sin embargo, fueron firmes en su fe por la certeza del juicio de Dios y la esperanza de la resurrección (2 Mach 7, 9.14.23.29). El deseo de lograr una «resurrección mejor» hace referencia a la vida futura; es la fe en una vida incomparablemente más valiosa y real que la prolongación de la vida terrena, que habrían tenido en caso de haber apostatado. «El hecho de que no fueran librados de la muerte —escribe Santo Tomás— no ocurrió porque Dios no tuviera cuidado de ellos, sino para que consiguieran la vida eterna, que es más excelente que la liberación de cualquier pena presente y de cualquier resurrección a la vida actual» (Comentario sobre Heb, 11, 5).
El ejemplo de estos hombres que supieron resistir los sufrimientos, gracias a la fe, debe servir al cristiano como estímulo para afrontar con valentía la persecución, y defender con entereza la fe. «Reguemos a Dios no sufrir persecución, pero si la sufrimos, sepámosla llevar con valentía. Es propio del hombre prudente no arrojarse al peligro con ligereza, pero es propio del hombre valeroso excederse ante el peligro cuando cae en él» (Hom. sobre Heb, 5).


Hébreux 11, 37-38
Por la fe algunos justos fueron lapidados, como Zacarías, asesinado por orden del rey Joás (cfr 2 Chr 24, 20-21), o como Nabot, condenado a muerte por la calumnia difundida por Jezabel (cfr 1 Reg 21, 13), o como el profeta Jeremías, según afirma una antigua tradición. Otros fueron aserrados, como Isaías, que fue martirizado por el rey Manasés, conforme al testimonio de otra tradición judía.
Elías huyendo de quienes le perseguían anduvo errante vestido de pieles (cfr 1 Reg 19, 3 ss.). De modo parecido, Matatías y sus hijos en la guerra contra los seléucidas, se vieron obligados a ocultarse en los montes cubiertos con pieles de cabra (cfr 1 Mach 2, 28).
También en nuestros tiempos los hombres que profesan su fe en Dios sufren persecuciones equivalentes a las que se describen en estos versículos, aunque la animosidad hacia Cristo y a sus discípulos suele revestir ahora formas más sutiles.
 
Hébreux 11, 40
Es la conclusión de todos los ejemplos anteriores. Los justos de la Antigua Ley son admirables por su fe y su paciencia, pero, con todo, carecían de la fuerza de la gracia de Cristo. Es ilustrativa la frase de Jesús, cuando elogiaba a Juan el Bautista: «En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista. Pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él» (Mt 11, 11); o las palabras pronunciadas cuando recordó a sus discípulos su condición privilegiada (Lc 10, 23-24; Mt 13, 16-17): «Bienaventurados los ojos que ven lo que veis. Pues os aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron».
Dios no negó la recompensa a los justos del AT, sino que la aplazó hasta que, con la muerte y la Resurrección del Señor, se abrieran las puertas del Cielo. También ellos gozan ya de la gloria eterna y alcanzarán la perfección final de la resurrección gloriosa en el día del juicio. Dios es como un buen padre, comenta San Juan Crisóstomo, que dice a sus hijos queridos, después de que han terminado su trabajo, que no les dará de comer si no llegan también sus hermanos. «Y tú ¿te molestas por no haber recibido la recompensa? ¿Qué debería hacer entonces Abel, que fue el primero en alcanzar la victoria pero que se sentó sin ser coronado? ¿Y Noé? ¿Y todos los de aquellos tiempos que están esperándote a ti y a los que vendrán después de ti? ¿No ves cuánto mejor es nuestra situación? Por eso dice muy bien: Dios había dispuesto providencialmente algo mejor a favor nuestro. Y para que no se pensara que aquellos eran superiores a nosotros porque recibían antes la corona. Dios estableció un mismo momento para coronar a todos; y el que ganó hace muchos años será coronado contigo (...). Pues si todos somos un solo cuerpo, este cuerpo recibe un gozo mayor si todos son coronados a la vez y no por uno» (Hom. sobre Heb, 28).


Chapitre n°12
Hébreux 12, 1-3
Recordados los ejemplos de fe y fidelidad de los justos del Antiguo Testamento, se extrae ahora la consecuencia moral: los cristianos no podemos ser inferiores a ellos. Tanto más cuanto que, como modelo, no tenemos sólo a los patriarcas, a los reyes y a los profetas sino al mismo Cristo Jesús «iniciador y consumador de la fe»; es decir, Él es ejemplo perfecto de obediencia, de fidelidad a su misión, de unión con el Padre, de paciencia en el sufrimiento.
Cristo es presentado como un atleta fuerte y generoso que corre su carrera (cfr 1 Cor 9, 24; 1 Tim 6, 12; 2 Tim 2, 5), que sabe iniciar y sabe terminar su esfuerzo, que no desfallece y que consigue el triunfo. El cristiano debe vivir de la misma manera (cfr Gal 2, 2; Phil 2, 16; 5, 7). Es como si oyéramos de nuevo las palabras de Phil 2, 5-9: «Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo (...)». Su ejemplo nos alienta a superar el desprecio, la ignominia, y nos recuerda que no podemos extrañarnos si, en lugar del triunfo y del gozo, encontramos humillaciones y hostilidad (cfr Mt 10, 24; Lc 6, 40). Cruz, trabajos, tribulaciones: Los tendrás mientras vivas. —Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro (Camino, n. 699).
 
Hébreux 12, 1
Tres expresiones destacan en este versículo y contribuyen a subrayar la necesidad de ser fieles a la vocación recibida a pesar de las dificultades. La primera es la alusión a la «nube de testigos». Se refiere a la multitud de personas santas que, en la historia de Israel, permanecieron fieles (cfr 11, 2.4.5.39). Son una «nube», una multitud que cubre el cielo. Es frecuente encontrar en los escritores clásicos la comparación de un ejército que avanza en orden de batalla con el avance de una tormenta que cubre el cielo. Además, como la imagen de la nube sugiere, estos testigos están arriba, cerca del sol, como manifestación de su altura espiritual.
Pero, al mismo tiempo, son «testigos», es decir espectadores activos en el combate que ahora deben superar los cristianos. Se evoca así a los espectadores de los juegos atléticos que, desde lo alto del estadio, siguen con aplausos, gritos y gestos, las incidencias de la contienda.
«El pecado que nos asedia»: El pecado es representado como un adversario que nos rodea tanteando, para ver por donde atacar. Es una imagen parecida a la de 1 Pet 5, 8, donde se dice que el diablo gira alrededor como un león rugiente, y que recuerda también Gen 4, 7 donde Dios describe el pecado como una fiera hambrienta que está al acecho. El verbo utilizado para describir la actitud del pecado indica también que rodea por todos lados y se insinúa con facilidad, que insiste sin cansarse. «Puede tratarse de una alusión a las ocasiones de pecado, que está presente en todo lo que nos rodea, es decir en el mundo, en la carne, en el prójimo y en el diablo» (Comentario sobre Heb, ad loc.). El pecado es también un «lastre», un peso que impide los movimientos y quita soltura; tal vez haya también en el texto una alusión a la obesidad. El atleta debe dejar todo peso inútil y someterse a un régimen de vida lleno de pequeñas renuncias (cfr 1 Cor 9, 25). Sólo así podrá competir con esperanza de éxito.
Por último, se invita a los cristianos a correr «con tenacidad». No se trata de una carrera breve, sino de una prueba larga que requiere resistencia y capacidad para superar el dolor y el cansancio. «Así como en la carrera y en la lucha hace falta dejar todo lo que nos impide los movimientos, lo mismo sucede en la lucha de la tribulación. ‘He luchado bien en el combate, he terminado la carrera’ dice San Pablo (2 Tim 4, 7). El que quiere, pues, correr bien hacia Dios en medio de la tribulación debe dejar los pesos inútiles. El Apóstol llama a este peso ‘lastre y pecado que nos rodea’. El lastre son los pecados cometidos, que tiran del alma hacia abajo y la inclinan a pecar de nuevo» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
En definitiva, el versículo insiste en la exigencia del desprendimiento para vencer en el combate de la vida: Todo lo que no te lleve a Dios es un estorbo. Arráncalo y tíralo lejos (Camino, n. 189).
 
Hébreux 12, 2
El cristiano ha de fijar su vista en Jesús, como el corredor que, una vez comenzada la carrera, no se deja distraer por nada que sea ajeno a su propósito de llegar a la meta.
«Si quieres salvarte — escribe Santo Tomás— mira al rostro de tu Cristo. Él es iniciador de la fe en un doble sentido. Primero, al enseñarla con su predicación, y luego porque la imprime en el corazón. Él es también por un doble motivo la consumación de la fe, porque la confirma con sus milagros y porque la premia» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
Al llamar a Cristo «iniciador» de la fe, se refiere a que nuestro Señor ha mostrado a los cristianos el camino que deben seguir. Él es el capitán y guía de todos los fieles. Él es el campeón que corre delante y abre camino, marcando el ritmo. Recuérdese, a este respecto Heb 6, 20, donde Jesús fue llamado nuestro «precursor».
Cristo es el «iniciador» de la fe, es la causa de nuestra fe, es el primer objeto que creemos y, como autor de la gracia, quien infunde en nosotros esa virtud. Tal vez, el título de «iniciador» indica también que Cristo es para el cristiano —y para el cosmos— principio y fin, alfa y omega (cfr Apc 1, 17; 2, 8; 22, 13). En el mismo sentido, Jesús es «consumador» de la fe, ya que nos llevará a la perfección en nuestra fe y la transformará en la perfección de la gloria. Coronará en nosotros su misma obra (cfr Epístola 194, 5, 19), puesto que si creemos, es porque Él nos mueve a creer, y si somos glorificados es porque Él nos ha ayudado a permanecer fieles hasta el fin.
El ejemplo de Cristo es perfecto durante toda su vida y destaca especialmente en la Pasión. «En la Pasión de Cristo hay que considerar tres cosas: en primer lugar lo que evitó, luego lo que sufrió, y en tercer lugar lo que mereció. En cuanto a lo primero, habla de que dejó de lado ‘el gozo que se le ofrecía’, es decir, el gozo o la felicidad de aquí en la tierra, como cuando le buscaba la muchedumbre para hacerle rey y Él huyó al monte despreciando este honor (...). O bien porque deseando la felicidad de la vida eterna como premio ‘soportó la cruz’. Y ésta es la segunda cosa, es decir, que sufrió la cruz. ‘Se anonadó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz’. En esto se pone de manifiesto la crudeza del dolor, porque fue clavado por las manos y los pies, y la bajeza y el oprobio de esta muerte, porque era una muerte ignominiosa (...). La tercera cosa, es decir, lo que mereció, es el estar sentado a la derecha del Padre. Así que la exaltación de la humanidad de Cristo fue el premio de su pasión» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
Cristo es iniciador de la fe en su muerte de cruz, y consumador de ella en su glorificación. Sólo quienes participan de los padecimientos del Señor serán glorificados con Él (cfr Rom 6, 8). La vida cristiana comienza y culmina en Cristo.
Cualquier sufrimiento de Cristo hubiera bastado para nuestra redención. Pero el Señor aceptó por amor la muerte ignominiosa en la Cruz.
Ya han cosido a Jesús al madero. Los verdugos han ejecutado despiadadamente la sentencia. El Señor ha dejado hacer, con mansedumbre infinita.
No era necesario tanto tormento. Él pudo haber evitado aquellas amarguras, aquellas humillaciones, aquellos malos tratos, aquel juicio inicuo, y la vergüenza del patíbulo, y los clavos, y la lanzada... Pero quiso sufrir todo eso por ti y por mí. Y nosotros, ¿no vamos a saber corresponder?
Es muy posible que en alguna ocasión, a solas con un crucifijo, se te vengan las lágrimas a los ojos. No te domines... Pero procura que ese llanto acabe en un propósito (Via Crucis, XI, n. 1).
 
Hébreux 12, 3
«¿Qué te enseña Cristo desde lo alto de la Cruz, de la que no quiso bajar, sino que te armes de valor ante los que te insultan y seas fuerte en la fuerza de Dios?» (Enarrationes in Psalmos, 70, 1). Las dificultades que Jesús hubo de soportar fueron mucho mayores y penosas que las de cualquiera, porque a lo largo de su vida se enfrentó con la oposición constante de los hombres, con la de los paganos y, sobre todo, con la de los de su pueblo. Fue sometido a humillaciones sin número, hasta la Pasión y la muerte de Cruz. Pero lo que más hizo sufrir al Señor fueron la dureza de corazón, la ceguera espiritual, la impenitencia de aquellos mismos que Él había venido a salvar. Los «pecadores» que «contradicen» a Jesús no sólo son Caifás, Herodes, Pilato, etc., sino también los que siguen pecando a pesar del Sacrificio Redentor. Sin embargo, nuestro Señor llevó todo con paciencia y manifestó en grado sumo las cualidades y virtudes que pide a sus discípulos.
En Cristo, y en el cristiano, la debilidad se hace fortaleza y la humillación se convierte en gloria. «Jesucristo muere clavado en la Cruz. Pero si al mismo tiempo en esta debilidad se cumple su elevación, confirmada con la fuerza de la Resurrección, esto significa que las debilidades de todos los sufrimientos humanos pueden ser penetradas por la misma fuerza de Dios, que se ha manifestado en la Cruz de Cristo» (Salvifici doloris, n. 23).
El texto sagrado quiere infundir fuerza y esperanza en los fieles, proponiéndoles la contemplación de los sufrimientos de Cristo.
La contemplación de los sufrimientos de Cristo ha provocado la conversión de muchos cristianos. Santa Teresa de Jesús cuenta el cambio que se operó en ella: «Pues ya andaba mi alma cansada, y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaeciome, que entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado, y tan devota, que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía; y arrójeme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez, para no ofenderle» (Libro de su vida, cap. IX, 1).


Hébreux 12, 4-13
Siguiendo el ejemplo de Jesús, los cristianos deben luchar contra el pecado y ser perseverantes en las tribulaciones y persecuciones, porque si vienen es señal de que el Señor las permite para su bien. Las palabras de aliento de la carta adquieren aquí un cierto tono de reproche. Es como si dijera: ‘Cristo dio su vida por vuestros pecados, peleando hasta la muerte por vosotros, y ¿vosotros no os vais a someter a los sufrimientos por amor suyo? Es cierto que estáis sufriendo persecuciones, porque Dios os corrige como un Padre corrige a sus hijos. Pero sois hijos de Dios y por eso vuestra actitud debe ser de abandono ante sus planes aun cuando en ocasiones parezcan duros. Es ésta la forma como un Padre educa a sus hijos’.
Se insiste en que lo único importante es la fidelidad a Dios y que la mayor desgracia es el pecado de apostasía. Es preferible la muerte que la ofensa a Dios. No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (Camino, n. 386).


Hébreux 12, 5-11
Los sufrimientos —enseña el autor sagrado— son manifestación del amor paternal de Dios y al mismo tiempo prueba de nuestra condición de hijos suyos.
Esta enseñanza se reafirma con la cita de Prv 3, 11-12, entresacada de un largo discurso en el que un padre exhorta a su hijo a adquirir la verdadera sabiduría. En el presente pasaje se identifica a ese padre con Dios y a nosotros con los hijos a quienes van destinadas esas palabras.
La condición de hijos de Dios, que se adquiere al incorporarse a Cristo por el Bautismo, es el fundamento de la vida del cristiano y lo que debe darle paz y serenidad ante las dificultades con las que se puede encontrar a lo largo de la vida. Si se presenta la contradicción es que Dios la permite para que lleguemos al fin al que nos ha destinado. El término «corrección» que aparece constantemente en estos versículos no expresa exactamente el rico contenido de la palabra original griega, paideia. Ésta indica la labor educativa del padre con su hijo y del maestro con su discípulo, y también los castigos que se infligen en esta misma tarea. Aquí se hace referencia más bien a este segundo aspecto. Pero téngase en cuenta que en la antigüedad no se concebía la instrucción y educación que no empleara el castigo. Por tanto, no se puede pensar en Dios como en un padre cruel o despiadado, sino como en un padre bueno, que educa tierna y firmemente a sus hijos. Las adversidades y el sufrimiento son manifestación de esta pedagogía divina, medios de los que Dios se sirve para educarnos y corregirnos. Sufres en esta vida de aquí..., que es un sueño-corto. —Alégrate: porque te quiere mucho tu Padre-Dios, y, si no pones obstáculos, tras este sueño malo, te dará un buen despertar (Camino, n. 692). Si fuéramos hijos ilegítimos no se preocuparía de educarnos; como somos hijos nos corrige y lo hace para que seamos dignos de heredar su nombre. «Todo cuanto nos viene de parte de Dios —recuerda un antiguo escritor eclesiástico— y que de pronto nos parece próspero o adverso, nos es enviado por un padre lleno de ternura y por el más sabio de los médicos, con miras a nuestro propio bien» (Collationes, VII, 28).
Cuando el alma vive con estas disposiciones se llena de un «fruto apacible de justicia», es decir, cuando se aceptan de buen grado las pruebas a las que el Señor nos pueda someter, entonces, como consecuencia, se producen los frutos de santidad que llenan de paz: Jesús ora en el huerto: Pater mi (Mt XXVI, 39), Abba, Pater! (Mc XIV, 36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?
Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater,... fiat! (Via Crucis, I, n. 1).


Hébreux 12, 12-13
Esta exhortación es una consecuencia lógica de lo anterior. De algún modo sigue recordando el ambiente de competición atlética al que se hacía referencia al comienzo del capítulo. El v. 12 es como un grito de ánimo cuando entra el desfallecimiento en mitad de la prueba.
El autor recurre a una cita de Isaías (Is 35, 3) en la que las manos caídas y las rodillas flojas significan el decaimiento moral (cfr 2 Sam 2, 7; 4, 1; Ier 47, 3). A continuación, tomando unas palabras de Prv 4, 26, añade una exhortación a la buena conducta: «Dad pasos derechos con vuestros pies». Con estas palabras quiere mover a sus lectores a un recto comportamiento. Si el cristiano persevera en este esfuerzo de seguir el buen camino, aunque él sea un «miembro cojo», es decir, una persona débil en la fe y que corre el peligro de caer en la apostasía, a pesar de todo acabará por salir de su lastimoso estado.
Pero puede además tratarse no sólo de una exhortación dirigida a los que tienen necesidad de rectificar su conducta, sino también de una invitación a ser ejemplares y evitar el escándalo: una llamada a todos los cristianos para que se comporten rectamente y den ejemplo a sus hermanos más débiles.
 
Hébreux 12, 14
La lectura de estas palabras hace resonar en nuestros oídos aquellas otras del Señor en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios». Jesucristo promete a los que promueven la paz la condición de hijos de Dios, y por tanto la participación de la vida divina, causa de la santidad. De ahí que los Apóstoles y discípulos del Señor se hayan hecho eco con frecuencia de esta enseñanza (cfr Iac 3, 18; Rom 12, 18; 1 Pet 3, 11). La paz con Dios, que nace de la aceptación rendida de sus planes (v. 11), lleva necesariamente a promover y a mantener la paz con los demás. Pero la paz con Dios y con el prójimo es inseparable de la búsqueda de la santidad. Cristo da cumplimiento a las antiguas promesas, que anunciaban para los tiempos mesiánicos el florecimiento de la paz y la justicia (cfr Ps 72, 3; 85, 11-12; Is 9, 7, etc.).
«La santificación»: No se trata sólo de evitar el pecado. Hay que cultivar la virtud y el deseo de llegar a la santidad con la ayuda de la gracia. La santidad o perfección cristiana es la meta común para todos los discípulos de Cristo. Salvación y santidad son en realidad lo mismo, porque solamente los santos pueden llegar a la presencia de Dios: sólo los santos pueden ver al Santo.
«Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48). Las palabras del Señor han encontrado en la Iglesia un eco permanente que parece resonar ahora con singular energía. Hoy, una vez más me lo propongo a mí, y os lo recuerdo también a vosotros y a la humanidad entera: ésta es la voluntad de Dios, que seamos santos.
Para pacificar las almas con auténtica paz, para transformar la tierra, para buscar en el mundo y a través de las cosas del mundo a Dios Señor Nuestro, resulta indispensable la santidad personal (Amigos de Dios, n. 294).
 
Hébreux 12, 15
Teodoreto comentando este pasaje escribe: «No os preocupéis sólo de vosotros mismos, sino prestaos atención los unos a los otros; consolidad al titubeante y socorred al que necesite el auxilio de vuestra mano» (Interpretatio Ep. ad Haebr, ad loc.). Y es que el cristiano no sólo se debe ocupar de su alma y de su salvación sino que sobre su conciencia recae también la salvación de sus hermanos en la fe. Debe ser como un jardinero que cuida sus plantas y vigila para que no crezcan hierbas malas o se introduzcan plagas en su jardín. Ya en el AT se indicaba expresamente que el judío que apostata es como una raíz que echa veneno o ajenjo (cfr Dt 29, 17). Contemplar con indiferencia la infidelidad en algún hermano supondría dejar en peligro a quienes le rodean, pues el mal ejemplo puede extenderse como una epidemia y contagiar a los demás. Nos lo recuerda el reproche de San Pablo a los de Corinto: «¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?» (1 Cor 5, 6).
Por eso la vigilancia debe ser continua: que nadie pierda por propia culpa los dones recibidos de Dios. «El verdadero apóstol busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra: a los no creyentes para acercarlos a la fe; a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa: ‘la caridad de Cristo nos urge’ (2 Cor 5, 14), y en el corazón de todos deben resonar aquellas palabras del Apóstol: ‘¡Ay de mí si no evangelizara!’ (1 Cor 9, 16)» (Apostolicam actuositatem, n. 6).


Hébreux 12, 16-17
La conducta de Esaú manifiesta la irresponsabilidad a la que conduce el excesivo afán por los bienes temporales. En la literatura rabínica el hijo primogénito de Isaac se había ganado la fama de hombre inclinado a los vicios por sus matrimonios con mujeres hititas (cfr Gen 26, 34-35; 27, 46). La carta nos lo presenta como «fornicario», que puede ser interpretado en sentido estricto, como hombre impúdico y deshonesto, pero también en sentido metafórico, muy utilizado en el AT, para indicar al apóstata. Esaú es considerado igualmente «impío» porque vendió su primogenitura (cfr Gen 23, 32-34). Más tarde quiso obtener de Isaac, su padre, la bendición que correspondía al primogénito y que por engaño heredó Jacob (cfr Gen 11, 20). Pero no consiguió que su padre cambiara de opinión y le bendijera a pesar de haberla deseado con lágrimas en los ojos, según antiguas tradiciones judaicas.
Esaú «no se arrepintió de haber vendido la primogenitura sino de haberla perdido; no se dolía del pecado de la venta sino del perjuicio de la pérdida. Por eso su penitencia no fue aceptada, porque no era sincera» (Comentario sobre Heb, 12, 3).
La enseñanza moral de estos versículos es la fidelidad. Los cristianos son primogénitos, pero podrían caer en una infidelidad irreparable, poniendo en peligro el don de la fe.

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