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Hébreux 12, 18-21
El texto recuerda con detalle todos los elementos sensibles que acompañaron la manifestación de Dios en la cumbre del Sinaí (cfr Ex 19, 12-16; 20, 18), al mismo tiempo que añade algunos datos provenientes de la tradición oral judía.
Todo contribuye a inspirar un sentimiento de reverencia y temor religiosos, que explican la petición del pueblo de que no les hablara Dios, por miedo a morir. Dios para afirmar su trascendencia prohibió que nadie se atreviera a tocar el monte (Ex 19, 12.21). Ante un pueblo todavía rudo, era una manera de señalar la diferencia entre el Dios verdadero y los ídolos.
Según el Pentateuco nunca se dice que Moisés quedara asustado ante la manifestación del Sinaí; cuando se habla de su temor (Dt 9, 19) es para referirse a la segunda vez que subió al monte para recibir de nuevo las tablas que había roto en un ímpetu de ira (Dt 9, 15-18; Ex 32, 19-20). El miedo se debía a que Dios podía castigar con la muerte a los adoradores del becerro de oro. San Esteban (cfr Act 7, 32), al narrar la primera revelación de Dios a Moisés en la zarza, afirma que el futuro libertador de Israel «asustado, no se atrevía a mirar a Dios». En efecto, la presencia de la divinidad infunde en el hombre un sentido profundísimo de reverencia y de temor (cfr la actitud de Abrahán: Gen 15, 12; de Zacarías: Lc 1, 12; de Isaías: Is 6, 4-5; de Jeremías: Ier 1, 6; de Gedeón: Idc 6, 22-23; etc.).


Hébreux 12, 22-24
El texto sagrado presenta un contraste dramático entre dos escenas. Una es la estampa del establecimiento de la alianza en el Sinaí y la otra es la visión de la Ciudad celestial, morada de los ángeles y bienaventurados. Esta comparación lleva implícita una pregunta retórica. Si el marco de la Antigua Alianza fue tan grandioso y solemne, y si la misma Alianza fue tan sobrenatural y divina ¿qué hay que decir de la Nueva? Luego hay un poderoso motivo para mantenerse fieles: nos espera no ya un Dios austero y vengador, sino la alegría, el gozo, el resplandor de la mansión del Cielo. El monte Sinaí era para el pueblo hebreo el símbolo más importante de su especial vinculación a Dios, y le recordaba que el Todopoderoso era también el Juez supremo que pedía un amor exclusivo y abominaba de la idolatría. De modo parecido, otra montaña, la de Sión, sobre la cual se había edificado el Templo, representaba la presencia protectora de Dios en medio de su pueblo. Ambos montes, el Sinaí y Sión, eran figura de la montaña desde la cual reinaría el Mesías Rey y hacia la cual acudirían todos los pueblos para adorar al Dios verdadero (cfr Ps 2, 6; Is 2, 2; 11, 9; etc.).
Se amplia ahora la visión que el judaísmo, apoyado en la Sagrada Escritura, había elaborado del Cielo como la «Jerusalén nueva»: no es sólo la montaña santa, la fuente de la luz y de la gloria de Yahwéh (cfr Is 8, 18; 28, 16; 60, 1-11; Ps 50, 2; 74, 2; Ioel 3, 5), la ciudad de la paz (cfr Is 33, 20), sino que es una ciudad en la cual viven los ángeles y los justos glorificados, llena de gozo, posesión del Dios vivo y de Jesús. Es la Jerusalén celestial y eterna que describe también el libro del Apocalipsis (cfr Apc 21, 15-17; 22, 1-5).
En el texto aparece de nuevo el recuerdo del Éxodo (cfr Heb 3, 16-18; 4, 1-2; 9, 18-20; 10, 19-22). Los cristianos se van acercando al Cielo, a la patria definitiva, al descanso verdadero, así como los antiguos israelitas salieron de Egipto y atravesaron el desierto para alcanzar la tierra prometida en herencia a sus padres.
Sin embargo, el paralelismo no suprime las diferencias: la Antigua Alianza, aunque no desconoce expresiones y promesas jubilosas, está rodeada de temor religioso y de temblor; la Nueva Alianza está, en cambio, llena de gozo y de exultación, aun en medio del dolor.
«Se trata, (...) de la alegría gloriosa y sobrenatural, profetizada en favor de la nueva Jerusalén, rescatada del destierro y amada místicamente por Dios (...).
»Estas maravillosas promesas han sostenido, a lo largo de los siglos y en medio de las más terribles pruebas, la esperanza mística del antiguo Israel. Éste a su vez las ha transmitido a la Iglesia de Cristo; de manera que le somos deudores de algunos de los más puros acentos de nuestro canto de alegría. Y por otro lado, a la luz de la fe y de la experiencia cristiana del Espíritu, esta paz que es un don de Dios y que va en constante aumento como un torrente arrollador, hasta tanto que llega el tiempo de la ‘consolación’, está vinculada a la venida y a la presencia de Cristo» (Gaudete in Domino, nn. 2-3).
 
Hébreux 12, 22
La mención de Sión recuerda el otro monte donde se estableció la alianza: el Sinaí. Evoca también los numerosos textos proféticos en los cuales se anuncia que el Mesías empezaría su reinado desde Sión, su montaña santa (cfr Ps 2, 6; Is 6, 9; 25, 6; Ex 34, 13-15; Zac 14, 4). Así que Monte Sión, ciudad del Dios vivo y Jerusalén celestial son tres sinónimos para indicar la Iglesia triunfante en los Cielos.
Santo Tomás pone de relieve que parte de la felicidad eterna será precisamente la contemplación de la asamblea celestial: «Porque en la gloria del Cielo hay dos cosas que alegran sobremanera a los bienaventurados: el disfrute de la Divinidad y la convivencia con los santos» (Comentario sobre Heb, ad loc.).
«Os habéis acercado al Monte Sión»: Estamos en camino porque «la Iglesia, nacida del amor del Padre eterno (cfr Tit 3, 4), fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Espíritu Santo (cfr Eph 1, 3.5.6.13-14.23), tiene una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el siglo futuro podrá alcanzar plenamente. Sin embargo, está presente ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por aquellos miembros de la ciudad terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Señor» (Gaudium et spes, n. 40). 23. «La Iglesia de los primogénitos inscritos en los cielos». ¿Quiénes son estos «primogénitos»? Los bienaventurados, incluyendo los justos del AT, los Apóstoles y todos los cristianos que han alcanzado la visión beatífica. Son llamados «primogénitos» porque, como en el caso de los patriarcas, fueron los primeros que tuvieron fe; porque, como en el caso de los Apóstoles, fueron los que recibieron desde el principio la llamada de Cristo para transmitirla a los demás; y, finalmente, porque como en el caso de los fieles cristianos, fueron escogidos por Dios en medio de los paganos (cfr Rom 8, 29; Phil 3, 20; Col 1, 18; Apc 1, 5; 14, 4). Sus nombres han sido inscritos en los Cielos (cfr Lc 10, 20; Apc 2, 17; 3, 5; 13, 8; 17, 8).
 
Hébreux 12, 24
Jesús, como Verbo encarnado y Sumo Sacerdote, es el mediador de la Nueva Alianza (cfr Heb 8, 6; 9, 15; 1 Tim 2, 5; cfr Heb 2, 17; 3, 1; 7, 25). El pensamiento de la carta se detiene en el momento más significativo del pacto: el derramamiento de la sangre del Señor, que sella la Alianza y realiza la purificación universal (cfr Ex 24, 8; Heb 9, 12-14.20; 10, 19.28-29; 13, 20; 1 Pet 1, 2). Esta sangre «habla mejor que la de Abel». «Porque el derramamiento de la sangre de Cristo fue representada en figura por el derramamiento de la sangre de todos los justos que existieron desde el origen del mundo (...). Por esto, el derramamiento de la sangre de Abel fue un signo de este nuevo derramamiento. Pero la sangre de Cristo habla mejor que la de Abel: porque éste exigía venganza mientras que la sangre de Cristo exige el perdón» (Comentario sobre Heb, ad loc.). La seguridad que nos da la intercesión de la sangre de Cristo nos hace sentir dichosos por ser pecadores que, arrepentidos, se refugian en las llagas de Jesús en la Cruz.
«Pecadores, dice esta Epístola, ¡felices de vosotros, que después de pecar acudís a Jesús crucificado, que derramó toda su sangre para ponerse como mediador de paz entre Dios y los que pecan, y recabar de Él vuestro perdón! Si contra vosotros claman vuestras iniquidades, a favor vuestro clama la sangre del Redentor, y la divina justicia no puede menos de aplacarse a la voz de esta sangre» (Práctica del Amor a Jesucristo, cap. 3).
 
Hébreux 12, 25
La Antigua Alianza fue sellada de forma solemne para infundir respeto y veneración. La mayor trascendencia y dignidad de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Cristo, exigirá mayor obligación de fidelidad. Si los que se opusieron a Moisés, «al que pronunciaba oráculos en la tierra» (cfr Act 7, 38), fueron condenados, con mayor razón seremos castigados nosotros si nos apartamos «de quien nos habla desde el cielo». No cabe duda de la grave obligación que tiene el cristiano de ser fiel a Dios y a lo que Él nos ha revelado.
No existe jamás razón suficiente para volver la cara atrás (cfr Lc IX, 62): el Señor está a nuestro lado. Hemos de ser fieles, leales, hacer frente a nuestras obligaciones, encontrando en Jesús el amor y el estímulo para comprender las equivocaciones de los demás y superar nuestros propios errores. Así todos esos decaimientos —los tuyos, los míos, los de todos los hombres—, serán también soporte para el reino de Cristo (Es Cristo que pasa, n.160).


Hébreux 12, 26-27
Con palabras del profeta Ageo (Ag 2, 6) el autor sagrado manifiesta que así como la tierra tembló en el Sinaí cuando Dios selló la Alianza con Moisés, así también con la Nueva Alianza ha temblado la tierra y el cielo (cfr Mt 27, 51-52). Indica con esto que la Nueva Alianza es definitiva y eterna, mientras que la Antigua era provisional. La Ley de Moisés desapareció en lo que era caduco y terreno para permanecer lo que tenía valor inmutable.
Aunque sea más probable que el texto se refiera a la instauración por Cristo de la Nueva Ley en sustitución de la de Moisés, no se puede excluir la interpretación de este pasaje en sentido escatológico como lo han entendido algunos Padres de la Iglesia: «La Escritura nos enseña que el cielo y la tierra serán destruidos ‘una vez más’, como si este acontecimiento hubiera ocurrido ya antes. Pienso que quiere indicar la instauración irresistible de un nuevo estado de las cosas. Hay que creer a Pablo cuando dice que la conmoción final de la tierra no será otra cosa que la segunda venida de Cristo y que el universo actual será transformado y cederá su sitio a otro definitivo e inmutable» (Oratio 21).
Con todo, la enseñanza práctica es la misma. Las cosas terrenas son caducas; por esto debemos poner nuestros anhelos en las que no cambian y aspirar a los bienes celestiales. «¿Por qué te afliges cuando sufres en este mundo que no puede permanecer, en este mundo que poco después va a pasar? (...). Nadie edifica en una ciudad que va a ser destruida. Dime, por favor, si alguien te dijera que después de un año una ciudad va toda ella a derrumbarse, pero te afirmara que otra cualquiera iba a permanecer: ¿edificarías en la que se va a derrumbar? Por eso ahora os digo: no edifiquemos en este mundo, poco después todo caerá y perecerá» (Hom. sobre Heb, ad loc.).


Hébreux 12, 28-29
La epístola culmina en este versículo 28, que proclama la llegada de un «reino inconmovible» que no tendrá fin. Este reino es la Jerusalén celestial, que se anticipa en la Iglesia. Los cristianos que viven fielmente su vocación preparan la venida de ese Reino y lo hacen presente de algún modo en la tierra. «Un reino donde impere la verdad, la dignidad del hombre, la responsabilidad, la certeza de ser imagen de Dios. Un reino en el que se realice el proyecto divino sobre el hombre, basado en el amor, la libertad auténtica, el servicio mutuo y la reconciliación de los hombres con Dios y entre sí» (Audiencia con los jóvenes, 3-XI-1982).
Los cristianos son ciudadanos de este reino con pleno derecho a participar de los bienes que de él se derivan. Pero estos derechos simultáneamente conllevan unas obligaciones: conservar la gracia de Dios y darle a Él el culto debido. La exhortación a conservar la gracia es una consecuencia de la pertenencia a ese reino.
Algunos han entendido, sin embargo, que la expresión original griega —literalmente «tengamos gracia»— indica que hay que ser agradecidos con Dios. Aunque también sea posible, parece más acorde con el contexto entender que la gracia es lo que permite ofrecer a Dios el culto adecuado y grato. Es decir, conservemos celosamente ese don divino —la gracia santificante y los demás dones sobrenaturales— que nos hace súbditos del reino inaugurado con la Alianza de Cristo.
Cuando se dice que Dios es un «fuego devorador» se están evocando textos del AT (cfr p. ej. Dt 4, 24; 9, 3; Ex 24, 17; Is 33, 14). Para el que no acepte la gracia que nos ha obtenido Cristo la justicia de Dios será severa y completa como un fuego que no perdona nada.


Chapitre n°13
Hébreux 13, 1-3
Las enseñanzas de tipo moral que se desarrollan en el presente capítulo vuelven a ser una consecuencia lógica de lo que se había tratado ya a lo largo de toda la carta y de modo especial en el capítulo anterior: permanecer fiel a Cristo significa ser fiel a su Persona y a su doctrina, a lo que Cristo nos enseñó. «Si me amáis guardaréis mis mandamientos» (Ioh 14, 15) había dicho el Señor. Y entre las enseñanzas esenciales de nuestra fe destaca la de la práctica de la caridad: «Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros» (Ioh 13, 34-35). La caridad será, pues, la señal por la que reconocerán al cristiano. Como atestigua Tertuliano, los paganos dieron testimonio de esta realidad vivida por los primeros cristianos cuando decían: «Ved cómo se aman, dispuestos a morir los unos por los otros» (Apologeticum, XXXIX).
Pero la caridad fraterna tiene también muchas manifestaciones. Una de ellas es la hospitalidad, que constituye una de las tradicionalmente llamadas obras de misericordia. Se enaltece la virtud de la hospitalidad aludiendo implícitamente a episodios de la vida de Abrahán y Sara (cfr Gen 17), Lot (cfr Gen 19), Manóah (cfr Idc 13, 3-22) o Tobías (cfr Tob 12, 1-20), que pensando que acogían a simples viajeros hospedaron a ángeles. De igual modo los cristianos que practican esta obra de misericordia hospedan al mismo Cristo (cfr Mt 25, 40). Y también deben ver a Cristo en los que padecen cualquier tipo de sufrimiento. «Él mismo es el que en cada uno experimenta el amor; Él mismo es el que recibe ayuda, cuando esto se hace a cada uno que sufre sin excepción. Él mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano» (Salvifici doloris, n. 30).
 
Hébreux 13, 4
Para vivir la caridad con Dios y con los demás hombres es indispensable guardar la virtud de la castidad, que agranda la capacidad de amar del corazón humano. El texto exhorta con firmeza a valorar y honrar el matrimonio, viviendo la castidad conyugal. El matrimonio es una llamada personal de Dios a la búsqueda de la santidad en ese estado. «Todos los esposos, según el plan divino, están llamados a la santidad en el matrimonio, y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia de Dios y en la propia voluntad» (Familiaris consortio, n. 34). Pero para ello se requiere también la pureza conyugal, que es manifestación y prueba del verdadero amor. No hay amor humano neto, franco y alegre en el matrimonio si no se vive esa virtud de la castidad, que respeta el misterio de la sexualidad y lo ordena a la fecundidad y a la entrega (...).
Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta auténtica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara (Es Cristo que pasa, n. 25).


Hébreux 13, 5-6
Se nos enseña a no poner el corazón en las riquezas ni en el afán desordenado de los bienes materiales. El texto es quizá un eco de las palabras del Señor: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo (...)» (Mt 6, 19-20). Es una exhortación a vivir en una continua actitud de confianza en Dios, desprendido de las cosas de la tierra. Despégate de los bienes del mundo. —Ama y practica la pobreza de espíritu: conténtate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente (...) (Camino, n. 631).
El autor sagrado acude a unas palabras pronunciadas por Moisés en nombre de Dios para recordar a los lectores que es Dios mismo quien ha dicho al hombre que no le dejará ni le abandonará (cfr Dt 31, 6). Estas palabras nos deben llenar de consuelo, de modo que podamos decir con el salmista (cfr Ps 118, 6) que en Dios todo lo podemos y a nada hemos de temer, abandonándonos a la providencia divina (cfr Mt 6, 25-32). «Si posees a Cristo serás rico y con Él te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres.
»Pon en Dios tu confianza y sea Él el objeto de tu veneración y de tu amor. El responderá por ti y todo lo hará bien, como mejor convenga» (Imitación de Cristo, II, 1, 2-3).


Hébreux 13, 7-19
Esta sección moral de la epístola se detiene en los deberes específicamente eclesiales. Entre ellos destaca la obligación de mantener la unión, la obediencia y el respeto a los que tienen el oficio de dirigir la comunidad. Esta exhortación se repite dos veces (vv. 7 y 17), para subrayar la importancia de la obediencia a los legítimos pastores (cfr 1 Thes 5, 12-13; 1 Cor 16, 16). Debemos ver en los pastores un modelo para vivir nuestra fe (v. 7; cfr Phil 3, 17) y, sobre todo, los debemos considerar como los representantes de Cristo (cfr Gal 4, 12-14). La obediencia a la jerarquía lleva naturalmente a mantener la doctrina recta y a evitar opiniones heréticas (v. 9; cfr 1 Tim 6, 3; Gal 1, 6-9). La unidad de fe además se expresa también en la unidad del culto (v. 10; cfr Phil 3, 2; Eph 4, 4-5): nadie puede participar, al mismo tiempo, del culto judaico y del altar de Cristo (cfr 1 Cor 10, 16-21), así como nadie puede pensar que las prescripciones rabínicas sobre los alimentos sigan en vigencia (v. 9; Col 2, 16-18; 1 Tim 4, 3-5). Hace falta llevar a cabo una verdadera conversión (vv. 11-13; Rom 3, 23-26) y abandonar ritos y costumbres caducados, para compartir la Cruz del Señor (1 Cor 2, 21-25; Gal 6, 14-15). No podemos poner nuestra esperanza en las cosas de la tierra, sino que debemos ser conscientes de que nuestro fin es el Cielo (cfr Phil 3, 20). Por último, la unidad de fe, de disciplina y de sacramentos se manifestará en una vida coherente y unitaria: estaremos siempre en presencia de Dios, todo será para nosotros ocasión de oración y de ofrenda, viviremos sin interrupción la caridad con los demás (vv. 15-16; cfr Gal 6, 9-10; Rom 12, 9-13; Eph 5, 1-2; etc.). Con pocas palabras se dibuja el cuadro sumamente atractivo de la vida cristiana. Lo recordaba el último Concilio Ecuménico: «La vida cristiana exige un ejercicio continuo de la fe, de la esperanza y de la caridad.
»Solamente con la luz de la fe y con la meditación de la palabra de Dios puede una persona reconocer siempre y en todo lugar a Dios, en quien vivimos, nos movemos y existimos (Act 17, 28), buscar su voluntad en todo acontecimiento, ver a Cristo en todos los hombres, sean vecinos o extraños, y juzgar con rectitud sobre el verdadero significado y valor de las cosas temporales en sí mismas y en relación con el fin del hombre» (Apostolicam actuositatem, n. 2).


Hébreux 13, 7-14
El texto sagrado insiste en la necesidad de vivir unidos a «los que dirigen», a los que son pastores y maestros de las comunidades cristianas. La mención de su fidelidad hasta la muerte, alude a los que ya habían alcanzado la corona del martirio, como Esteban y Santiago el Mayor (cfr Act 7, 59-60; 12, 2), y a otros miembros de la comunidad, víctimas del odio de los judíos (cfr Act 8, 1; Heb 6, 10; 10, 32-34). Su vida era o había sido realmente admirable, pero la necesidad de la unidad no dependía entonces ni depende nunca de las cualidades humanas de los que tienen una responsabilidad de gobierno en la Iglesia: ¡Qué lástima que quien hace cabeza no te dé ejemplo!... —Pero, ¿acaso le obedeces por sus condiciones personales?... ¿O el ‘obedite praepositis vestris’ —‘obedeced a vuestros superiores’, de San Pablo, lo traduces, para tu comodidad, con una interpolación tuya que venga a decir..., siempre que el superior tenga virtudes a mi gusto? (Camino, n. 621).
La fidelidad y la unión con los pastores legítimos es fidelidad al mismo Cristo, porque «los Obispos rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente para edificar su grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta que el mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer puesto, como el servidor (cfr Lc 22, 26-27)» (Lumen gentium, n. 27). Así que bien se puede decir que quien escucha a ellos, escucha a Cristo (cfr Lc 10, 16). Por otro lado, los pastores deben manifestar hacia los fieles la misma solicitud y amor que demostró nuestro Redentor, de modo que en la admirable unidad de la caridad resplandezca el misterio de Cristo que «con toda razón es el único que rige y gobierna la Iglesia; y también por este título se asemeja a la cabeza. Ya que, para usar las palabras de San Ambrosio, así como la cabeza es la ciudadela regia del cuerpo (Hexameron, VI, 9,55), y desde ella, por estar adornada de mayores dotes, son dirigidos naturalmente todos los miembros a los que está sobrepuesta para mirar por ellos, así el Divino Redentor rige el timón de toda la sociedad cristiana y gobierna sus destinos» (Mystici corporis, n. 16).
El misterio de la Encarnación está indisolublemente unido al misterio de la Iglesia, de modo que la unidad de la Iglesia es la manifestación de la unidad del Cuerpo del Señor, que es uno a pesar de tener muchos miembros (cfr 1 Cor 12, 1-12; Lumen gentium, n. 7). Y, por tanto, la fidelidad a la Iglesia no se debe a un motivo humano, sino al deseo de ser fieles al mismo Cristo.
La fidelidad a Cristo, a su predicación, a sus preceptos y a los sacramentos por Él instituidos, lleva al cumplimiento amoroso de todas las normas rituales de la Iglesia, pero sobre todo a vivir interiormente la fe, el arrepentimiento de nuestras culpas y la fructuosa recepción de los sacramentos (cfr De iustificatione, caps. 6 y 8; Rom 3, 22-24; 11, 16; Eph 2, 8; 1 Cor 4, 7; 15, 10; 2 Cor 3, 5). No son los alimentos puros o impuros (cfr Col 2, 16; Rom 14, 2-4), ofrecidos o no a los ídolos (cfr 1 Cor 8; 10, 14-33), tomados o no en determinados días (cfr Rom 14, 5; Col 2,16; Gal 4, 10), los que contaminan a los hombres o los llevan a la salvación (cfr Mc 7, 15.18; Rom 14, 17.20): todo es puro para los que tienen un corazón puro (cfr Tit 1, 15). Lo importante es la gracia de Dios, que se nos comunica en los sacramentos y hace que vivamos por amor de Dios todos los mandamientos. A partir de la consideración de la pureza o impureza legal, se vuelve a la realidad nueva y fundamental: lo verdaderamente importante es tomar parte en el misterio pascual de Cristo, es decir, en su Pasión, Muerte y Resurrección.
 
Hébreux 13, 8
En este versículo está expresado el fundamento de toda vida cristiana. Es una maravillosa profesión de fe en la cual las palabras se hacen acto de adoración y de reverencia, como en la exaltación del Dios único en Dt 6, 4 («Yahwéh nuestro Dios, Yahwéh uno») o del Dios eterno en Ps 102, 13.28 («Mas tú Yahwéh en tu trono para siempre, y tu memoria de edad en edad»). Sólo que aquí el objeto de exaltación es Jesucristo. Aunque los primeros maestros y guías de los cristianos ya hayan muerto, para dar testimonio de su fe, siempre queda a los fieles un maestro y un guía que no morirá nunca, que vivirá para siempre coronado de gloria. Los hombres desaparecen. Cristo queda eternamente. Él existió desde siempre, es el Alfa y Omega, el Principio y el Fin (cfr Apc 1, 8; 22, 13); vivió «ayer» con los hombres, en un pasado histórico concreto; vive «hoy» en los Cielos, a la diestra del Padre, y está «hoy» a nuestro lado como autor de la gracia y como intercesor eterno (cfr Mt 28, 20; Heb 4, 14); quedará «para siempre» Sumo Sacerdote y Redentor (cfr Heb 6, 20; 7, 17) hasta establecer su Reino y entregarlo al Padre (cfr 1 Cor 15, 24-28).
Emociona pensar que la Humanidad santísima de Cristo no fue asumida sólo por un tiempo determinado. La Encarnación fue decretada desde toda la eternidad, y el Hijo de Dios, nacido de María Virgen, en el tiempo y en la historia, en los días de Cesar Augusto, permanece hombre para siempre, con un cuerpo glorioso en el cual resplandecen las señales de la Pasión. En la Humanidad de Cristo, unida ya indisolublemente a la Persona divina del Hijo, es de algún modo glorificada toda la creación (cfr Col 1, 15-20; Eph 1, 9-10). Por eso tenemos una firmísima seguridad de que la doctrina de Cristo es inmutable como Él y terminará por transformar el mundo. Sabemos que todas las circunstancias de la vida humana, el trabajo, la vida familiar y social, los afectos, los dolores, todo adquiere en Cristo un nuevo y definitivo sentido. «La Iglesia cree que Cristo, que murió y resucitó por todos, ofrece al hombre luz y fuerzas, por medio del Espíritu Santo, para que pueda responder a su vocación; y que no se les ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo por el que puedan salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y la finalidad de toda la historia humana se encuentran en su Señor y Maestro. Además, la Iglesia afirma que en el fondo de todos los cambios hay muchas cosas que no cambian, que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer y hoy y por todos los siglos» (Gaudium et spes, n. 10). De aquí la seguridad y la firmeza de cada cristiano. Jesús es el camino. Él ha dejado sobre este mundo las huellas limpias de sus pasos, señales indelebles que ni el desgaste de los años ni la perfidia del enemigo han logrado borrar. Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula. ¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos (Amigos de Dios, n. 127).
 
Hébreux 13, 9
Se enseñan dos mandamientos. El primero, la fidelidad en la doctrina, sin dejarse seducir por los que querían mantener todavía en vigor los preceptos de la Antigua Ley (cfr Act 20, 29-30; Gal 1, 6.7; 3, 2-4; 5, 12). Los cristianos no deben ceder al atractivo de las doctrinas nuevas que son «diversas», es decir, contradictorias y mudables, mientras que la verdad es una e inmutable, y son «extrañas» a la doctrina de Cristo.
El segundo mandamiento, expresado de forma implícita, probablemente resultaba claro para los lectores de la epístola, que conocían las extrañas prácticas de las sectas religiosas entonces existentes. Se afirma un principio fundamental: lo que da fuerza al corazón y lleva a tener una conducta moralmente buena no es el alimento material sino la gracia divina. La oposición entre la gracia y la comida es absoluta, aunque no se diga que esta última sea mala. Los alimentos «no aprovecharon» a los que los tomaron o siguieron tales prácticas. La gracia, en cambio, es la que sirve para todo. Es inevitable el recuerdo de Ioh 6, 63: «El espíritu es el que da vida, la carne de nada sirve».
 
Hébreux 13, 10
El término «altar» alude con toda probabilidad a la mesa eucarística y posiblemente también a Cristo en la Eucaristía. No es posible participar, al mismo tiempo, del culto cristiano y de otras prácticas religiosas (cfr 1 Cor 10, 21).
El texto enseña que el culto del Antiguo Testamento ha sido sustituido por el culto cristiano, que es la realidad, de la que el antiguo culto era como una sombra o anticipo.


Hébreux 13, 11-13
Hay que considerar este pasaje en el contexto del ceremonial veterotestamentario del gran «Día de la expiación» (cfr Heb 9, 7-9; 4, 14; 9, 24; 10, 20; Lev 16, 27). Jesucristo crucificado fuera de los muros de Jerusalén —ya que la pequeña altura del Calvario se levantaba fuera de la puerta de Efraim, al Noroeste de la ciudad— ha cumplido en Sí mismo la prefiguración de las víctimas sacrificadas, que eran quemadas fuera del campamento. Como el sacrificio del novillo y del macho cabrío, inmolados por los pecados del pueblo, permitía al Sumo Sacerdote entrar en el santuario, así la sangre de Cristo ha abierto el camino hacia el santuario del Cielo. Y como la piel, los huesos y la carne de las víctimas eran quemadas fuera del campamento, así Cristo salió de la ciudad. Pero la salida del Redentor encierra otro simbolismo. Salir de Jerusalén quiere decir también abandonar y declarar superado el culto judaico. Los primeros destinatarios de la epístola —que evidentemente son cristianos de origen hebreo— son invitados a abandonar la cómoda situación que viven en el Judaísmo, considerado como religión lícita en el Imperio Romano, y a no temer los riesgos —«el oprobio»— de seguir a Cristo, enfrentándose con odios por parte de los judíos y con persecuciones por parte de los paganos.
El «oprobio» hace referencia, tal vez, a que los restos de los animales sacrificados en el «Día de la expiación» hacían contraer una impureza legal (cfr Lev 16, 24.26.28), pero alude directamente a la Cruz (que era «escándalo» para los judíos —cfr 1 Cor 1, 23—) y a los escarnios que sufrió el Señor. La exhortación tiene, además, un sentido más amplio y es aplicable a los cristianos de cualquier tiempo, que deberán dejar aquello que les impida ser buenos discípulos de su Maestro. «También nosotros hemos de imitar a quien quiso padecer la cruz por nuestra salvación; hemos de salir de este mundo, o mejor dicho, de los asuntos vanos de este mundo» (Hom. sobre Heb, 33).
 
Hébreux 13, 14
Siguiendo un proceso cíclico, que ya otras veces había aparecido en esta epístola (cfr 9, 18-22.25), el autor sagrado asocia el tema del sacrificio expiatorio con el episodio del Éxodo. En definitiva, tres momentos en la historia de la salvación resultan de este modo vinculados entre sí. En primer lugar la salida de Egipto, con la celebración de la Pascua y el establecimiento de la Alianza en el Sinaí. Este primer episodio está marcado por el sacrificio del Cordero y por el sacrificio de expiación del Sinaí, cuando Moisés roció con la sangre a todo el pueblo y los libros de la Ley. Un segundo episodio, o mejor dicho un segundo punto de referencia, es el ceremonial del «Día de la expiación», que fue celebrado en el campamento durante la peregrinación en el desierto y luego en el Templo de Jerusalén. Tanto el Éxodo como el «Día de la expiación» tenían un sentido espiritual: el pueblo pedía perdón de sus pecados y pedía ser liberado de ellos, al mismo tiempo que celebraba la misericordia de Dios y la entrada en la tierra prometida. El tercer episodio es, evidentemente, la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que cumple y perfecciona lo que aquellas antiguas figuras anunciaban.
La vida de los cristianos es un éxodo (cfr Heb 4, 1-11) porque se trata de salir del pecado y vivir en unión con Dios, participando de la Cruz del Señor. Es un éxodo porque tendremos que salir de esta tierra para entrar en el Cielo. La muerte, que es castigo del pecado (cfr Rom 6, 23), es la condición necesaria para nuestra definitiva identificación con Cristo (cfr Rom 6, 10-11): «Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; el que, en cambio, pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9, 24; cfr Mt 10, 39; 16, 25; Mc 8, 35; Ioh 12, 25).
Se señala la necesidad del desprendimiento cristiano (cfr 2 Cor 5, 1-2; Phil 3, 20; Col 1, 5; 1 Pet 1, 4): No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva, porque ‘éste mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar’ (Jorge Manrique, Coplas, V). Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita (Amigos de Dios, n. 210).
La tensión de la vida cristiana es afirmada por el Concilio Vaticano II: «La esperanza de una tierra nueva no debe atenuar, sino más bien estimular el empeño por cultivar esta tierra en donde crece ese Cuerpo de la nueva familia humana que ya nos puede ofrecer un cierto esbozo del mundo nuevo. Por lo tanto, aunque haya que distinguir con cuidado el progreso terreno del desarrollo del Reino de Cristo, sin embargo, el progreso terreno, en cuanto que puede ayudar a organizar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el Reino de Dios» (Gaudium et spes, nn.37 y 39).


Hébreux 13, 15-16
El texto supone la distinción, que había en el Antiguo Testamento, entre el «sacrificio por el pecado» y los demás sacrificios ofrecidos por los creyentes. El primero, que se ofrecía públicamente, es el del famoso «Día de la expiación» de los judíos. Los demás sacrificios, sobre todo incruentos, de primicias, frutos, tortas de pan, etc., que los fieles presentaban a Dios como expresión de agradecimiento y alabanza, eran las «ofrendas pacíficas», entre las cuales destacaba la «ofrenda de alabanza» (cfr Lev 7, 11; Ps 50, 14; 116, 17).
En el Nuevo Testamento, los fieles, como ejercicio de su sacerdocio espiritual (cfr Rom 12, 1; Heb 12, 28), ofrecen sacrificios agradables a Dios: la oración (el fruto de los labios que confiesan a Dios), la beneficencia, la limosna, etc.
Dios ya había recordado, por medio de los profetas, que abominaba de los sacrificios puramente exteriores (cfr 1 Sam 15, 22; Is 1, 11-17; Ier 6, 20; Am 5, 21-22), lo que quería era un corazón misericordioso y puro (cfr Is 58, 6-8). Lo mismo había dicho Jesús (cfr Mt 5, 23-24; Mc 11, 25; Lc 18, 9-14). Así, en la Nueva Alianza, Cristo quiere que todos los fieles cristianos ejerzan ese sacerdocio que consiste en hacer el bien y ofrecer a Dios los pequeños sacrificios diarios: «Como Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio también de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa incesantemente hacia toda obra buena y perfecta» (Lumen gentium, n. 34).


Hébreux 13, 17-19
Se subraya la obligación que tienen los cristianos de pedir especialmente por quienes desempeñan misión de gobierno.
«Dos cosas debemos a los que nos dirigen en el terreno espiritual. Primero obediencia para cumplir sus indicaciones; y luego veneración, para honrarles como padres y aceptar la disciplina que nos recomiendan» (Comentario sobre Heb, 13, 3).
Tienes obligación de pedir y sacrificarte por la persona e intenciones de ‘quien hace Cabeza’ en tu empresa de apostolado. Si eres remiso en el cumplimiento de este deber, me haces pensar que te falta entusiasmo por tu camino (Camino, n. 953).

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