Isaïe 14, 24-27
Este breve oráculo contra Asiria va en la línea de las invectivas contra ese imperio ya aparecidos ocasionalmente en los caps. 7 a 12: el Señor destruirá a Asiria. Esta potencia debía ser sólo —dice el Señor— «la vara de mi cólera» (10, 5), pero se ha extralimitado en su crueldad, se ha atribuido a sí misma, a su propia fuerza, el éxito de sus empresas. No ha reconocido la soberanía de Dios sobre el mundo, sino que ha pretendido suplantarle: ahí está su culpa y su castigo.
El oráculo, por encima de las circunstancias históricas concretas en que fue proferido, tiene valor perenne y es una advertencia para que aprendamos a contar con Dios en nuestras decisiones. «Si fuéramos montes de Dios (cfr v. 25), los fundamentos de Él estarán en nosotros, para así asentar la palabra de verdad en nuestros corazones y edificar las buenas obras en la fe. Es necesario que renunciemos de verdad al pecado para que nuestra cerviz sea liberada del yugo de los asirios y podamos ser borriquillos de Cristo. Pues no podemos imponer a nuestra cerviz un doble yugo, el de Cristo y el asirio» (S. Basilio, Enarratio in Isaiam, 14, 284).
Isaïe 14, 28-32
Ahora toca su turno a Filistea, la región costera del Mediterráneo, que nunca llegó a formar parte de los reinos de Israel y Judá, y cuyos habitantes ya desde el tiempo de los Jueces, acosaron a los israelitas. También se encuentran oráculos contra Filistea en el libro de Jeremías (Jr 47, 1-7).
Este oráculo, según su encabezamiento, está encuadrado el año de la muerte del rey Ajaz (el 727 a.C.), en plena actividad profética de Isaías. Advierte a los filisteos que no deben alegrarse por la muerte del rey, cuyo vasallaje a Asiria en el contexto de la guerra sirio-efraimita había acarreado malas consecuencias para Filistea (14, 29a). De manera misteriosa se anuncia un sucesor del rey asirio que protegerá a los suyos (14, 29b-30a). Como consecuencia, el peligro retornará a Filistea con la llegada de temibles escuadrones desde el norte, desde Asiria, que derrotarán a los filisteos, mientras que los débiles y los pobres del pueblo del Señor encontrarán refugio en Jerusalén (14, 30b-32). En efecto, Senaquerib, en la campaña del 701 a.C., durante el reinado del piadoso rey Ezequías, hijo de Ajaz, llenó de devastación las llanuras fértiles de los filisteos y puso cerco a Jerusalén, pero hubo de levantarlo sin que la población de la ciudad sufriese daño alguno (cfr 36, 1 ss.; 2 R 18, 13 ss.).
Isaïe 15, 1-16, 14
Moab había sido enemigo tradicional de Judá. Estaba compuesto por tribus nómadas que merodeaban al este del Jordán y del Mar Muerto. Emparentadas con los israelitas (cfr Gn 19, 30-37), habían aprovechado diversas ocasiones de debilidad o desgracia de Judá para atacarla y apoderarse de algunas tierras. Esta circunstancia explica que en los oráculos contra las naciones de Amós (Am 2, 1-3), Jeremías (48, 1-47) y Ezequiel (Ez 25, 8-11) se encuentre un vaticinio contra Moab. El recogido aquí, lo mismo que el de Jeremías, es un largo poema. Primero se presenta al país de Moab —con sus principales montes (Nebo), fuentes y ciudades— totalmente asolado (15, 1-9). Los moabitas buscan en vano refugio en Judá ante la invasión de las tropas asirias (16, 1-5). Sigue una lamentación por la penosa situación en que quedará Moab, a quien no servirá de nada ir con plegarias a sus santuarios idolátricos (16, 6-12). Por último, una breve pieza en prosa en la que se dictamina la inminente desgracia de Moab (16, 13-14).
Algunas expresiones de las contenidas en Isaías se encuentran formuladas con términos parecidos en Jeremías (16, 6-10 y Jr 48, 29-33; 15, 2b-3 y Jr 48, 37-38). Al final, lo mismo que en los oráculos de Jeremías (Jr 48, 47), se indica que quedará un resto de Moab, aunque pequeño (16, 14).
Isaïe 17, 1-14
La agrupación de los oráculos contra Damasco (capital de Siria) y Efraím (esto es, Israel) en un mismo bloque tiene su origen en la alianza de ambos reinos contra Judá en la llamada guerra sirio-efraimita, para forzarla a entrar en la alianza antiasiria que habían formado (cfr 2 R 16, 5-9).
En primer lugar se recoge un oráculo contra Damasco con invectivas contra Efraím (vv. 1-6). Sigue una breve sección en prosa que, como en otros bloques de oráculos contra las naciones, sintetiza las ideas principales: habrá desolación para los que han abandonado al Señor, que hará reaccionar a los hombres y los moverá a retornar a su Hacedor (vv. 7-9). Por último, nuevos oráculos anuncian una invasión extranjera que traerá consigo el fin de Israel (vv. 10-14).
Isaïe 18, 1-7
Los oráculos precedentes van dirigidos contra las potencias del norte, del este y del oeste. Ahora el profeta se dirige contra los pueblos del sur: Etiopía y Egipto (18, 1-20, 6). En el lenguaje bíblico es frecuente identificar Kûsh con Etiopía (v. 1), como hemos hecho en nuestra traducción. Sin embargo, Kûsh es el nombre antiguo de una amplia región (también llamada Nubia), que abarcaba lo que hoy son buena parte del Sudán y Etiopía. Sabacá, rey de Kûsh (710-696 a.C.), conquistó Egipto y fundó allí una nueva dinastía, la XXV, que fue nubia. Envió legados a Jerusalén en propuesta de alianza contra Asiria. Debió de ser una embajada impresionante por el fausto, la estatura y el color intensamente negro de sus hombres y por el prestigio de haber vencido a los egipcios. Estos datos permiten situar el oráculo contra Etiopía durante el ministerio de Isaías.
Isaïe 19, 1-25
Quizá la memoria de Etiopía (cfr 18, 1-7) ha dado la oportunidad de hablar de Egipto. Se alude a muchos detalles geográficos, religiosos y culturales del país del Nilo: a algunas ciudades (Soán [w. 11.13] es más conocida por Tanis, en el delta del Nilo; Nof [v. 13] es Menfis; la Ciudad del Sol [v. 18] era Heliópolis, cuyas majestuosas ruinas están hoy en las afueras de El Cairo); a los brazos y canales del gran río y a sus cultivos; a sus sabios, ídolos, sacerdotes y adivinos.
En el primer oráculo (vv. 1-15) se ridiculiza la proverbial sabiduría egipcia (vv. 11-13) y se dibuja un país en descomposición irremediable, sin que sus ídolos le presten protección alguna.
Con ocasión de este vaticinio se añaden seis breves oráculos en prosa, de un tono distinto, que comienzan por la expresión «aquel día» (vv. 16-17.18.19-20.21-22.23.24-25). En ellos se muestra la dimensión universal de la salvación ofrecida por el Señor, que abarca la reconciliación de Egipto, Asiria e Israel con Dios y culmina con la bendición divina de los tres pueblos. El mensaje llega a ser emocionante: Dios es Señor de las naciones y del tiempo. Dirige sus designios inescrutables a través de los sucesos de la historia humana, que confluyen en un final pacífico y feliz, en que los pueblos le adorarán como el verdadero Dios en su heredad predilecta, Israel.
Isaïe 20, 1-6
El «Tartán» es el título o graduación de un alto oficial del ejército asirio, quizás el general en jefe. La acción simbólica —característica de otros profetas, pero que en Isaías sólo aparece aquí (cfr Introducción, p. 18)— se produce con ocasión de la toma de la plaza fuerte de Asdod por parte de Sargón II, ocurrida el año 711 a.C. En esos momentos Judá tenía puesta su confianza en el apoyo que pudieran prestarle Egipto y Etiopía frente a los asirios. La acción de caminar como si fuera un prisionero de guerra conducido al cautiverio es una advertencia de que así serán llevados por los asirios aquellos que confían en la protección de Egipto y Etiopía. Todo el pasaje es una llamada de atención para que el pueblo no busque seguridad en alianzas con otras naciones, sino que ponga su confianza sólo en Dios.
Isaïe 21, 1-10
El oráculo parte de una visión sobre el asalto a Babilonia por parte de los elamitas y los medos, que ocupaban las regiones del actual Irán y que formaron el gran imperio persa. Habría que datarlo probablemente poco antes del 539 a.C.
El ataque pilla por sorpresa a los magnates babilonios (vv. 1-5). La visión describe el descuido de éstos y su parsimonia en la organización de los banquetes con cuatro infinitivos («preparar, disponer, comer, beber»), mientras las tropas invasoras están ya a las puertas. De pronto se oye el grito de alarma: «Levantaos», y la preparación inmediata para el combate: «Dad grasa al escudo» (v. 5), para que las armas del enemigo resbalen. Pero será tarde.
Por otra parte (vv. 6-9) el profeta recibe la orden de mantenerse vigilante, a la espera de que llegue a conocer que la palabra del Señor se ha cumplido. Debe estar atento, prestando atención a cualquier caravana (v. 7) que pueda traer la noticia de la destrucción de Babilonia. Por fin, el anuncio —que más tarde será recogido en el Apocalipsis de San Juan para proclamar el final de la Babilonia que simbolizaba a Roma (Ap 14, 8; 18, 2)— es traído por dos jinetes (v. 9).
La caída de Babilonia es motivo de gran alegría para Israel —al que se denomina «hijo de mi era» (v. 10)—, es decir, para los habitantes de Judá y Jerusalén que habían sido deportados en aquellas tierras (vv. 8-10).
Isaïe 21, 11-12
Dumá es un oasis situado en el norte de Arabia, territorio del clan ismaelita que lleva ese nombre (cfr Gn 25, 14; 1 Cro 1, 30). Pero es más probable que aquí Dumá sea una variante del nombre de Edom, territorio situado en Transjordania, contra el que se contienen oráculos en otros profetas: Jeremías (Jr 49, 7-22), Ezequiel (Ez 25, 12-14; 35, 1-15) y Abdías (Ab 1-9). De hecho, el monte de Seír citado en este oráculo (v. 11) está en la región de Edom. La versión griega lee: «Oráculo sobre Idumea», es decir, Edom.
En la Biblia las tinieblas de la noche simbolizan desventura, mientras que la luz del día es figura de salvación. La misteriosa respuesta del centinela es una amenaza: a pesar de que primero tengan un tiempo de serenidad y triunfo (la mañana), al final sobrevendrá el castigo (la noche) (cfr v. 12).
La exhortación a la vigilancia —«centinela, ¿qué es de la noche?»— se ha entendido también como una llamada para el cristiano a mantener una actitud de desvelo por la fidelidad de los demás en la Iglesia: «Siendo necesario guardar mi propia conciencia y la del prójimo, ni una ni otra es bastante conocida de mí: una y otra son abismo insondable; una y otra son abismo para mí, y, con todo eso, exigen de mí la guarda de una y de otra, y vocean: Centinela, ¿qué has visto esta noche?» (S. Bernardo, Sermones in adventu Domini, 3, 6). De ahí que San Josemaría enseñara: Custos, quid de nocte! —¡Centinela, alerta! Ojalá tú también te acostumbraras a tener, durante la semana, tu día de guardia: para entregarte más, para vivir con más amorosa vigilancia cada detalle, para hacer un poco más de oración y de mortificación (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 960).
Isaïe 21, 13-17
El oráculo sobre Arabia menciona tribus y lugares clásicos de la antigua Transjordania: Dedán (cfr Gn 10, 6-7; 25, 3; Jr 49, 8; Ez 25, 12-13), Temá (cfr Gn 25, 15) y Quedar (cfr 42, 11; Jr 2, 10; 49, 28). Esas tribus del norte de Arabia habían sido a veces un azote para los habitantes de Judá. A ellas alcanzarían también los estragos de la guerra.
Isaïe 22, 1-14
El libro de Isaías, según nos ha llegado, intercala entre los oráculos contra las naciones el cap. 22, que contiene oráculos contra la misma Jerusalén (vv. 1-14) y contra un personaje llamado Sebná (22, 15-25), alto funcionario de la corte del rey Ezequías de Judá. La razón para su inclusión en este lugar puede deberse a que hace referencia a sucesos de alrededor del año 701 a.C., ya muy avanzado el ministerio profético de Isaías.
El oráculo sobre Jerusalén (vv. 1-14) reprocha la alegría desmesurada de sus habitantes tras el levantamiento del cerco de las tropas de Senaquerib de Asiria (año 701 a.C.). Los moradores de Jerusalén se olvidaron pronto de que fue el Señor quien los había librado. Para Isaías, no han entendido nada de lo que ha ocurrido: Dios los ha salvado esta vez para que se arrepientan de sus pecados, pero ellos persisten en sus delitos. Decepcionado por la actitud irresponsable del pueblo, el profeta presiente que el alborozo se tornará en duelo. La mención de Elam y Quir se explica por el hecho de que esas regiones de Persia y del norte de Arabia, respectivamente, habían proporcionado mercenarios a los ejércitos asirios. En el v. 11 se alude a las obras de Ezequías para proveer de agua a Jerusalén durante el asedio (cfr 2 R 20, 20 y 2 Cro 32, 27 ss.), entre ellas un túnel que sigue existiendo en la actualidad.
No se conoce ningún valle que tenga por nombre «valle de la Visión» (vv. 1.5). Podría ser un nombre simbólico; en todo caso, estaría en las afueras de Jerusalén. La «Casa del Bosque» (v. 8) era una gran sala dentro del palacio de Salomón (cfr 1 R 7, 1-12).
La segunda parte del v. 13 «comamos y bebamos que mañana moriremos» es citada por San Pablo en 1 Co 15, 32b como resumen de la actitud que podría adoptar el hombre si no existiera la resurrección de los muertos. Por eso San Juan Damasceno, comentando este versículo, dice: «Habrá resurrección. En efecto, Dios es justo y habrá recompensa para los que le esperan (cfr Hb 11, 6). Si el alma hubiera combatido por sí sola en la palestra de la virtud, ella sola sería premiada; y si ella sola se hubiera sumido en los placeres, ella sola sería justamente castigada. Pero, puesto que el alma no se ha entregado sin el cuerpo ni a la virtud ni al vicio, justamente una y otra recibirán justamente el premio o el castigo» (De fide orthodoxa, 4, 27).
Isaïe 22, 15-25
Sebná era un importante funcionario de la corte real, que es también mencionado en otros textos (36, 3.11.22; 37, 2 y 2 R 18, 26.37; 19, 2). Quizá fue un extranjero que, después de gozar de gran predicamento en el palacio de Ezequías, fue desplazado y sustituido por Eliaquim. Isaías le reprocha a Sebná su afán de ostentación (v. 16) y le anuncia su destitución (vv. 17-19.25). Su sucesor, Eliaquim, hijo de Jilquías (vv. 20-24), será quien el 701 a.C., durante el asedio asirio de Jerusalén, conducirá la delegación encargada por el rey de negociar con las fuerzas enemigas (cfr 2 R 18, 18-19, 2).
Cualesquiera que fueran las circunstancias históricas en que se pronunció el oráculo, las palabras del v. 22 tuvieron notable resonancia en el Nuevo Testamento. La primera parte del versículo evoca las palabras de Jesús a Pedro al darle «las llaves del Reino» (Mt 16, 19). En este sentido puede ser útil recordar que el mayordomo de palacio era el que, como representante del rey, cada día abría y cerraba la vida administrativa del pueblo. El texto de la segunda parte de ese mismo versículo es aplicado en el Apocalipsis al Mesías, «el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David» (Ap 3, 7), porque Jesús, el Mesías, como nuevo David abre las puertas del cielo. La liturgia de la Iglesia, entre las célebres «antífonas de la O» previas a la Navidad, canta a Cristo bajo este título mesiánico: «Llave de David y cetro de la casa de Israel, Tú, que reinas sobre el mundo, ven a libertar a los que en tinieblas te esperan» (Liturgia de las Horas, Antífona de Vísperas del 20 de diciembre).
Isaïe 23, 1-18
El último oráculo contra las naciones se dirige a Tiro, la principal ciudad de Fenicia. Sidón, que también se menciona (vv. 2.4.12), es otra de las grandes ciudades fenicias, situada 35 km. al norte de Tiro. Quizá en el vaticinio se hayan unido los oráculos contra las dos ciudades en uno solo, o se emplee el nombre de Sidón en sentido genérico, indicando la región de Fenicia, tal como lo interpreta la versión de los Setenta en el v. 2. Tiro, aunque fue sitiada por asirios y babilonios, logró mantenerse inexpugnable (hasta su toma ulterior por Alejandro Magno) gracias a su emplazamiento sobre dos islotes rocosos. Esta característica geográfica explica que el profeta se refiera a Tiro como una isla (vv. 2.4). No resulta fácil saber a qué ataques se refiere el oráculo. En cualquier caso, se evocan las cualidades y actividades marítimas y comerciales de esas prósperas ciudades.
«Tarsis» (vv. 1.6.10). No se sabe con seguridad dónde está este lugar. Se ha pensado que se podría tratar de Tartesos, en la costa occidental de Andalucía. Sin embargo, también es posible que designe alguna otra región del occidente lejano (cfr Sal 72, 10; Jon 1, 3; 4, 2; Ez 27, 12). Las «naves de Tarsis» (vv. 1.14; cfr 2, 16; 60, 9; 1 R 10, 22) podrían ser las naves construidas en ese lugar, aunque esa expresión normalmente se refiere de modo genérico a los grandes navíos que hacían las rutas comerciales.
«Quitim» (vv. 1.12). En su origen se refiere a la gente de Chipre, pero progresivamente el término se va aplicando también a los pueblos del Egeo (cfr Jr 2, 10; Ez 27, 6), a los macedonios (1 M 1, 1; 8, 5) e incluso a los romanos (Dn 11, 30).
«Sijor» (v. 3) designa probablemente a uno de los brazos del delta del Nilo y probablemente se utilice como sinónimo de este río (cfr Jr 2, 18; Jos 13, 3).
Isaïe 24, 1 - 27, 13
La tercera sección de la primera parte del libro de Isaías contiene textos de género muy variado, aunque predominan las visiones y los oráculos escatológicos. Muchos autores denominan a esta sección «Apocalipsis de Isaías» o «Gran Apocalipsis» —en contraste con otra sección posterior (34, 1-35, 10), más breve, de este mismo género, a la que se suele denominar «Pequeño Apocalipsis»—. Está constituida por una colección de oráculos escatológicos que han alcanzado su forma actual después del destierro de Babilonia. Anuncian el juicio del Señor sobre toda la tierra, describiendo con profusión de detalles los cataclismos del «día de Señor». Al final de todo, después de una catástrofe de alcance cósmico, Dios ofrecerá a los justos el festín mesiánico, que reflejará la victoria definitiva de aquellos que están dispersos por todas las naciones. Entre estos oráculos escatológicos hay intercalados poemas líricos, que cantan la providencia especial del Señor sobre su pueblo y la victoria sobre enemigos y opresores.
Isaïe 24, 1-23
Si en los oráculos dirigidos a las naciones (13, 1-23, 18) se manifiesta el juicio de Dios contra cada uno de los pueblos, ahora, en este terrible oráculo, se anuncia un castigo de dimensión universal. En él cabe distinguir varias secciones: la destrucción de todos los habitantes de la tierra (vv. 1-3); los efectos en los seres de la tierra y en sus elementos (vv. 4-16a); la destrucción definitiva de la tierra y de todo lo que contiene (vv. 16b-23).
El oráculo habla de una catástrofe cósmica que hace presa en la tierra, e incluso en los cielos (v. 4), a causa de que los hombres han transgredido las leyes y han violado la «alianza eterna» (v. 5). Es probable que esta «alianza eterna» se refiera a la alianza de Noé (Gn 9, 8-17), que al ser incumplida pesa como una maldición que trae toda clase de desgracias, de las que sólo se salva un pequeño resto (v. 6).
Como ya se decía en los relatos de los orígenes, cuando la humanidad hizo sus planes al margen de Dios fue dispersada (cfr Gn 11, 1-9). También ahora la ciudad queda vacía y todo es desolación (vv. 8-12). Sin embargo, en medio de la ruina universal hay gentes que gritan desde el mar con júbilo por su liberación (vv. 13-20), como sucedió en el éxodo tras el paso del Mar Rojo. Por último, «aquel día», como en el Diluvio (cfr Gn 6, 13-8, 22), el Señor mostrará su poder castigando a los pecadores, a la vez que manifiesta abiertamente su gloria reinando desde Jerusalén (vv. 21-23).
Por «Mar» (v. 14) se entiende el Mediterráneo y, por extensión, el occidente. «Ejército de las alturas» (v. 21) se refiere a los astros, divinizados en los mitos asirio-babilónicos.
Isaïe 25, 1-5
Tras meditar sobre el justo juicio de Dios que ha conmovido a toda la tierra y ha hecho de su reino en Jerusalén el lugar de la manifestación de su gloria (cfr 24, 23), estalla ahora un vibrante canto de acción de gracias y alabanza al Señor, que triunfa sobre la ciudad arrogante y se hace refugio para el débil (v. 4). No hay datos suficientes para identificar qué ciudad ha sido reducida a ruinas (v. 2). Podría tratarse de Babilonia, pero en cualquier caso y por encima de las circunstancias de un momento concreto de la historia, el canto expresa la voz de todo hombre en cualquier tiempo y lugar que ensalza al Señor, que protege a los débiles y echa por tierra toda arrogancia humana.
Isaïe 25, 6-8
El Señor ha preparado a todos los pueblos en el monte Sión un singular banquete. Dios les hará partícipes de «manjares suculentos» y «vinos exquisitos». Así, se expresa de modo simbólico que el Señor hace partícipes a los hombres de alimentos divinos, que superan todo lo imaginable (v. 8).
Estas palabras son una prefiguración del banquete eucarístico, instituido por Jesucristo en Jerusalén, en el que se entrega un alimento divino, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor, que vigoriza el alma y es prenda de la vida futura: «La participación en la “cena del Señor” es anticipación del banquete escatológico por las “bodas del Cordero” (Ap 19, 9). Al celebrar el memorial de Cristo, que resucitó y ascendió al cielo, la comunidad cristiana está a la espera de “la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”» (Juan Pablo II, Dies Domini, n. 38). De ahí que los santos frecuentemente hayan exhortado a considerar esta realidad a la hora de recibir la Eucaristía: «Es para nosotros prenda eterna, de manera que ello nos asegura el Cielo; éstas son las arras que nos envía el cielo en garantía de que un día será nuestra morada; y, aún más, Jesucristo hará que nuestros cuerpos resuciten tanto más gloriosos, cuanto más frecuente y dignamente hayamos recibido el suyo en la Comunión» (S. Juan Bautista María Vianney, Sermón sobre la Comunión).
La «muerte» (v. 8) es una metáfora de la destrucción definitiva de Israel: Dios asegura que nunca ocurrirá. Por otra parte, este versículo es citado por San Pablo, al afirmar gozoso que la resurrección de Cristo ha supuesto la victoria definitiva sobre la muerte (1 Co 15, 54-55), y por el Apocalipsis, al anunciar la salvación que traerá el Cordero muerto y resucitado: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó» (Ap 21, 4; cfr también Ap 7, 17). La Iglesia evoca asimismo estas palabras en su oración por los difuntos, por quienes pide a Dios que los reciba en su Reino «donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como Tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a Ti y cantaremos eternamente tus alabanzas» (Misal Romano, Plegaria Eucarística III).
Isaïe 25, 9-26, 6
Tras la celebración del banquete preparado por Dios se entonan dos himnos que se cantarán «aquel día». En el primero se alaba al Señor que es un Dios fiel, de modo que quienes han depositado en Él sus esperanzas de salvación no quedarán defraudados, mientras que la altivez de Moab será humillada (25, 9-12). En el segundo se vuelve (cfr 25,1-5) a festejar al Señor por proporcionar refugio al pobre y al desvalido (26, 1-6).
Isaïe 26, 7-19
Se entabla ahora un diálogo personal con Dios en forma de oración o salmo de estilo sapiencial (vv. 7-10). No se narran a terceros las grandezas del Señor ni se alaban sus obras, sino que el profeta se dirige directamente a Él para expresar su confianza (vv. 7-8), manifestar los afectos íntimos de su corazón (v. 9a; cfr Sal 42), pedir que se manifieste su justicia (vv. 9b-10) e intervenga (v. 11), que traiga la paz (v. 12), y para celebrar en ese diálogo la fidelidad mantenida hasta el final (vv. 13-19). El v. 19 es un atisbo de esperanza en la resurrección individual, aunque aquí, igual que en 25, 8, se refiere al resurgir del pueblo, como en la visión de los huesos revitalizados de Ezequiel (cfr Ez 37, 1-14). La resurrección individual será reconocida plenamente en Dn 12, 1-3.
Comentando el v. 10, San Bernardo se dirige a Dios: «Quiero que te irrites contra mí, Padre de las misericordias; pero con aquella ira con que corriges al extraviado, no con aquella con que le cierras la senda de la justicia» (In Cantica Canticorum, 42, 4).
Isaïe 26, 20-27, 13
El «Gran Apocalipsis» (24, 1-27, 13) culmina con la convocatoria del juicio del Señor para «pedir cuentas del pecado» a la humanidad entera (26, 20-21; cfr Ap 3, 10; 6, 10). Se reúnen cuatro oráculos que comienzan solemnemente evocando «aquel día» (27, 1. 2.12.13).
En el primero (27, 1) se trata simbólicamente del castigo que sobrevendrá a los pueblos que han oprimido a Israel. «Leviatán» designa, según los antiguos, un monstruo marino, una especie de serpiente o dragón, que personificaba el caos de las aguas y encarnaba las fuerzas maléficas enemigas a Dios (cfr Job 3, 8). El primer Leviatán alude a Asiria, el segundo Leviatán probablemente a Babilonia y el «dragón marino» a Egipto.
En contraste con ese castigo, el segundo oráculo (27, 2-11) habla a favor de Israel con la alegoría de la viña que ya había sido utilizada en otro pasaje (5, 1-7). A diferencia de aquel canto de la viña, en que se reprochaba la falta de fruto a pesar de los cuidados que le había dispensado el Señor, ahora una vez que ha sido restaurada, el Señor la defenderá (27, 2-5), y dará frutos aunque la viña haya tenido que pasar por duras pruebas para ser purificada (27, 6-11). El v. 27, 9 es aducido por San Pablo para anunciar la conversión final de Israel (cfr Rm 11, 25-27).
Los dos últimos oráculos anuncian el futuro esperanzador de Israel (27, 12-13). Por dos veces se habla de la llamada a los hijos de Israel dispersos entre las naciones, que serán recogidos de los países adonde fueron deportados, y vendrán a postrarse ante el Señor en Jerusalén. «Desde el Río hasta el torrente de Egipto» (v. 12): es decir, desde el Éufrates hasta, seguramente, el Wadi-al-Arish (que desemboca en la costa norte de la península del Sinaí). Son las fronteras ideales de la tierra de Israel.
Isaïe 28, 1 - 33, 24
Se inicia ahora la cuarta sección de la primera parte del libro de Isaías. Dios, soberano del mundo, juzga todas las maldades de las naciones y prepara el camino para que Israel y Judá, una vez recogidos sus desterrados de donde fueron llevados, participen de su gloria. Sin embargo —y de eso habla esta sección— el pueblo elegido no estaba preparado. Por este motivo se evoca en tono de queja la resistencia que oponen con su comportamiento a la manifestación y realización de los planes divinos de salvación.
Toda la sección se estructura en seis unidades menores, también denominadas los «Ayes de Isaías», porque todas ellas comienzan con esa interjección de lamento (28, 1; 29, 1.15; 30, 1; 31, 1 y 33, 1).
Isaïe 28, 1-29
La primera lamentación u oráculo de los «¡Ay!» se dirige a los guías del pueblo, que —como borrachos carentes de sentido— no se dan cuenta de las obras que Dios realiza y sus discretos pero eficaces modos de actuar. Se divide en dos piezas de condena, una contra el reino del Norte (vv. 1-6) y otra más desarrollada contra el del Sur (vv. 7-29).
La primera pieza (vv. 1-6) es un juicio contra Efraím, que simboliza a todo el reino del Norte. Como ya lo habían hecho otros profetas (cfr Am 4, 1; 6, 4-6 y Os 7, 5), Isaías recrimina a sus habitantes por estar ebrios, ufanos de la seguridad que tienen de sí mismos. Les advierte de la amenaza de la invasión de Asiria. El personaje «fuerte y poderoso» (v. 2) al que se alude es, posiblemente, el rey asirio Sargón que tomó Samaría y puso fin al reino de Israel. Isaías contrasta la «corona» de borracho que se ponen los orgullosos (vv. 1.3) con la «corona gloriosa» (v. 5) que será el Señor para el «resto» que le ha permanecido fiel.
La segunda pieza (vv. 7-29) es un juicio contra Jerusalén, pormenorizado en tres diatribas. La primera va dirigida contra los sacerdotes y los falsos profetas que engañan al pueblo (vv. 7-13). Isaías se burla de ellos (v. 10) diciendo cómo suenan sus palabras a los oídos de la gente: como el balbuceo de los niños que empiezan a hablar, o como las palabras sin sentido de los borrachos. (Teóricamente se podrían traducir por: «Precepto y más precepto; precepto y más precepto; regla y más regla; regla y más regla; un poco aquí; un poco allí», pero es más probable que sólo estén tratando de imitar el sonido de palabras inconexas.) Dios se reirá de ellos y les hablará también con su propio lenguaje incomprensible (cfr v. 13). En concreto el v. 11 es esgrimido por San Pablo para prevenir a los cristianos del abuso del don de lenguas (cfr 1 Co 14, 20-22).
La segunda diatriba (vv. 14-19) está dirigida a los malos gobernantes y consejeros. Confían en la mentira, que los arrastrará a la muerte. En cambio, el Señor ha puesto en Sión una roca firme que proporciona apoyo seguro: el derecho y la justicia (cfr vv. 16-17). La «piedra probada, angular, preciosa» (v. 16) ha sido interpretada en sentido mesiánico y cristológico desde muy antiguo. En los documentos de Qumrán hallados junto al Mar Muerto esta piedra es la comunidad; en el targum o versión aramea es el rey Mesías. En el Nuevo Testamento son muchas las alusiones al sentido cristológico de la piedra angular: unas veces citando el Salmo 118, 22 (Mt 21, 42), otras en la explicación de la Iglesia como edificación de Dios (1 P 2, 4-8). Como piedra de tropiezo (cfr 8, 14) es mencionada en esa misma carta de San Pedro (1 P 2, 8) y en Rm 9, 33 a propósito del escándalo que la predicación de San Pablo producía en algunos judíos.
La tercera (vv. 20-29) mira al pueblo entero; adquiere un tono de singular seriedad y advierte que cuando el Señor actúa no es momento de burlas sino de prestar atención. El profeta explica el modo de actuar de Dios, pausado y discreto pero eficaz, con la parábola del agricultor. Se comparan las acciones, a veces duras, de Dios con su pueblo a las del labrador con la tierra que cultiva. Constituye una doctrina de la cuidadosa providencia divina, que prepara un pueblo digno a través de enseñanzas, premios y castigos. Es una reflexión también sobre los «signos de los tiempos», que siempre hemos de aprender las criaturas humanas, y que nos resultan más difíciles cuando nos sobrevienen tribulaciones que no sabemos o no queremos entender. Las labores agrícolas son utilizadas con frecuencia como punto de partida para conocer el obrar de Dios. Así ocurre, por ejemplo, en el Nuevo Testamento, en la parábola del sembrador (Mt 13, 1-23 y par.).
Isaïe 29, 1-14
Con «¡Ay Ariel, Ariel!» comienza la segunda lamentación. Se dirige a Jerusalén, designada con un nombre simbólico que también se daba a la parte superior del altar de los holocaustos en el Templo (cfr Ez 43, 15; ver nota a Ez 43, 13-17). El oráculo hace referencia al asedio de la ciudad santa por las tropas asirias el año 701 a.C. (vv. 1-4), del que pocos meses más tarde sería librada misteriosamente (vv. 5-8). Sin embargo, todo eso no es más que una llamada de atención contra el endurecimiento de los corazones de los habitantes de Jerusalén, que les impide entender las palabras del Señor. Se fustiga la ceguera de Jerusalén para «leer» lo que Dios está escribiendo en los acontecimientos (vv. 9-12). Se termina, con la denuncia de la religión formalista, exterior, «con la boca», mientras el corazón está alejado del Señor (vv. 13-14).
La dureza de corazón o resistencia a entender la acción del Señor en los acontecimientos, escudándose en una religiosidad meramente formal, fue también combatida con firmeza por el mismo Jesucristo, según narra el Evangelio: «Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. En vano me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos» (Mt 15, 6b-9; cfr Mc 7, 6-8)».
San Pablo en la Carta a los Romanos utiliza palabras del v. 10 para referirse al papel de Israel en el plan salvífico de Dios: «Les dio Dios espíritu de necedad, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy» (Rm 11, 8). Muestra así que la incredulidad del pueblo judío ante Cristo estaba en los planes de Dios. Y en la Carta a los Corintios, al tratar de la sabiduría de la cruz, cita palabras del v. 14b: «Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes» (1 Co 1, 18-19). Si durante la invasión de Senaquerib Dios confundió la prudencia humana que aconsejaba hacer una alianza con Egipto en lugar de confiar en Él, así también Dios confunde la sabiduría humana que considera la cruz de Cristo una necedad: «Echa a perder la sabiduría de los sabios cuando hace lo que ellos niegan que pueda ser hecho; y vence la inteligencia de los prudentes cuando demuestra que Dios, al que consideran lejano, interviene en lo que ellos piensan que es necio» (Ambrosiaster, Ad Corinthios, 1, 19).
Isaïe 29, 15-24
Una nueva lamentación es introducida por el tercer «¡Ay!». Al principio se trata de la situación ridícula en la que se encuentra el que piensa que puede pasar inadvertido al juicio de Dios (vv. 15-16). La imagen del barro y del alfarero (cfr nota a Jr 18, 1-12) muestra la necedad de negar que el hombre tenga un «Hacedor», o de enfrentarse a Él asegurando que «no sabe lo que hace». El profeta denuncia la falta de sentido que manifiestan los hombres de Judá con su alejamiento de Dios. San Pablo, en Rm 9, 20-21, tomará el argumento del v. 16 para ilustrar la libre elección divina de pueblos y personas (cfr 45, 9).
Pero la necedad no es definitiva (vv. 17-24). El Señor va a actuar y, cuando lo haga, nada escapará a su poder: los sordos oirán y los ciegos verán, los opresores desaparecerán y habrá terminado el endurecimiento.
La curación de las enfermedades, en concreto la sordera y la ceguera (vv. 18-19; cfr 35, 5) es específica de los tiempos mesiánicos; será signo del restablecimiento del reino. San Mateo pone en boca de Jesús a la pregunta de los discípulos de Juan acerca de si Él era el que había de venir o era necesario esperar a otro: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Mt 11, 4-6; cfr Is 26, 19; 35, 5-6; 61, 1-3). Así, con la referencia a estas obras, Jesús demuestra que Él es el Mesías, cuya misión es la de instaurar el Reino de Dios, tal como había sido profetizado por Isaías.
La última promesa (vv. 22-24) hunde sus raíces en la tradición patriarcal. La vocación de Abrahán, que únicamente en este pasaje de la Biblia es denominada «rescate», y la historia de Jacob, librado de tantos peligros, fundamenta la esperanza del rescate y salvación definitivos.
Isaïe 30, 1-33
La cuarta lamentación se dirige a quienes buscan inútilmente la ayuda de Egipto para resistir el embate asirio, en vez de contar con el Señor y apoyarse en Él. Comienza con amenazas (vv. 1-17), pero después el tono va cambiando hasta mostrar que Dios se compadece de su pueblo, indicándole el camino que debe seguir para librarse del peligro de Asiria (vv. 18-33).
En primer lugar (vv. 1-17) se insiste en que es insensatez y rebeldía hacer planes humanos al margen de Dios: es una estupidez buscar el amparo de Egipto, cuyo auxilio es completamente inútil. El Señor, condena la desconfianza en Dios que supone llevar a cabo acciones diplomáticas encaminadas a obtener el apoyo egipcio (vv. 1-7). El profeta debe advertir al pueblo, que se obstina en desobedecer la Ley de Dios y no quiere que los profetas cumplan su misión (vv. 8-11), de la ruina irreparable que acarreará su alianza con Egipto (vv. 12-14), al que se describe gradualmente como peligroso (v. 6), inútil (v. 7) y decididamente pernicioso (vv. 12-14). Habiendo podido evitar el castigo acudiendo al Señor, han confiado en sus propias fuerzas, buscando ayuda en los «caballos» y «carros» de sus aliados (vv. 15-17). Soán (Tanis), y Janes (Hierápolis) (v. 4) son ciudades egipcias situadas en el Delta del Nilo (cfr nota a 19, 1-25). Rahab (v. 7) es un monstruo marino de la mitología oriental, que algunas veces designa a Egipto (cfr Jb 9, 13; 26, 12; Sal 87, 4; 89, 11).
La segunda parte de la lamentación (vv. 18-33) está integrada por diversos oráculos, en los que se suceden promesas de liberación a Jerusalén y amenazas de castigo para Asiria. Primero se describe la situación de felicidad en que se encontraría el pueblo si volviese a su Dios (vv. 18-22). El Señor espera ansioso su retorno, porque está lleno de misericordia y amor hacia los suyos (v. 18). En cuanto vuelvan, gozarán de un bienestar, expresado con imágenes de abundancia de bienes materiales, mayor que el que podían imaginar (vv. 23-26). Asiria, por el contrario, experimentará el severo juicio de Dios (vv. 27-33). El «Tófet» (v. 33), literalmente «crematorio», era el lugar en el valle de Ben-Hinom, (o Ge-ben-Hinnôn, la gehenna) en las afueras de Jerusalén donde, en algún tiempo, sacrificaron niños al dios cananeo Moloc (ver nota a Jr 7, 21-8,3; cfr Jr 19, 5; 32, 35). Llegó a convertirse en lugar de reprobación y de venganza divina contra los pecadores. Allí el poderío asirio tiene preparado su destino.