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Isaïe 7, 1 - 12, 6
Este conjunto de relatos y oráculos ha sido llamado comúnmente «Libro del Enmanuel», porque se estima que su cumbre está en el misterioso anuncio del Mesías-Salvador, llamado Immanu-El, «Enmanuel», que significa «Dios-con-nosotros» (7, 14). Es uno de los bloques más interesantes de la primera parte de Isaías. Algunos autores incluyen también en el «Libro del Enmanuel» la visión de la majestad divina y vocación del profeta (6, 1-13), que puede ser considerada como un capítulo introductorio.
La profecía del Enmanuel comienza con el anuncio profético del «signo» salvífico que será dado por Dios: la «virgen» que concebirá y dará a luz un «niño» (7, 1-8, 22). El «niño» es descrito con atributos que difícilmente se explican en el nivel de lo meramente humano (8, 23-9, 6). La alegría de la salvación que acaba de anunciarse se entenebrece —es una de las paradojas frecuentes del libro— con los anuncios de la ira del Señor y la destrucción de Samaría y la amenaza a Jerusalén a manos de Asiria (9, 7-10, 19). Pero, como es habitual en la enseñanza de Isaías, se salvará un «resto». Dios hará surgir un «vástago» del tronco de Jesé, esto es, un descendiente de David en el que «se posará el Espíritu del Señor», e inaugurará el reinado de justicia y paz y volverán a su tierra los exiliados (10, 20-11, 16). Por ello, el profeta entona un breve salmo de acción de gracias (12, 1-6).


Isaïe 7, 1-9
Tras el relato de la vocación de Isaías donde se hablaba de la incapacidad de un corazón endurecido para escuchar la palabra del Señor (cfr 6, 9-10), se aduce ahora un ejemplo que lo corrobora. Se trata de lo sucedido en un encuentro entre Isaías y el rey Ajaz, en el que el monarca se debate en la duda de qué postura tomar ante las presiones que recibe para que su reino se incorpore a la coalición antiasiria formada por Israel (aquí también llamado Efraím) —cuya capital era Samaría— y por Siria —cuya capital era Damasco—. De Tabeel (o Tabeal) (v. 6) no se conoce más de lo que aquí se dice. Quizá fuera un alto funcionario, dispuesto a seguir la política aramea en el reino del Sur. El mensaje profético consiste en advertir a Judá que debe confiar en Dios prestando fe a su palabra, sin recurrir a alianzas políticas, ni con los sirio-efraimitas ni con Asiria. El párrafo termina lacónicamente con la amenaza de que si Ajaz y los suyos no creen, no subsistirán (vv. 7-9). En la narración se pone como testigo del diálogo a un hijo de Isaías al que se llama «Sear-Yasub» (v. 3), nombre que está cargado de simbolismo, pues significa «un resto volverá». De algún modo, con su presencia, está testificando que Dios asegura la permanencia perenne del pueblo: siempre habrá una parte, un resto, que volverá a Dios y recobrará lo perdido (cfr 10, 20-22).


Isaïe 7, 10-17
Aunque el monarca la había rechazado, el Señor le ofrece una señal de que no tiene por qué temer las amenazas de los reyes de Israel y Siria: una doncella está encinta y dará a luz un niño a quien llamará Enmanuel; en pocos años, antes de que el niño tenga uso de razón, los dos reinos a los que Ajaz teme habrán quedado desolados y vendrá una prosperidad a Judá como no la tenía desde antes de que comenzaran las amenazas del poderío asirio.
Las palabras del profeta, que en su contexto histórico y en su significación literal resultarían bastante claras para los protagonistas, tienen además la capacidad de enriquecerse con nuevos significados: es lo que ha sucedido con este texto en el desarrollo progresivo de la Revelación. En efecto, en el v. 14 hay tres elementos que, por separado y en su conjunto, pueden ser signo de la paz y de la salvación: la madre, el hijo y el nombre «Enmanuel». La madre es una doncella, es decir, una mujer joven que no ha tenido hijos antes. Podría referirse a la joven esposa de Ajaz o a una joven indeterminada. En todo caso, al presentar su embarazo en el marco de una señal que se da al rey, se indica que estamos ante un hecho novedoso. No es extraño, por eso, que los intérpretes posteriores, especialmente los que tradujeron el texto al griego hacia el siglo II a.C., para subrayar esa novedad asombrosa tradujeran la palabra hebrea «doncella» por la palabra griega «virgen». Después, los evangelistas San Mateo (Mt 1, 23) y San Lucas (Lc 1, 26-31) indicaron que la virginidad de María era la señal de que su Hijo es el Mesías, el verdadero Dios con nosotros, que trae la salvación.
El niño es el elemento más significativo. Si se trata del hijo de Ajaz, el futuro rey Ezequías, la profecía estaría mostrando que su nacimiento iba a ser señal de la protección divina, porque con él se aseguraría la sucesión dinástica. Si se refiere a un niño indeterminado, las palabras del profeta enseñarían que el nacimiento de este niño pondría de manifiesto la esperanza de que «Dios iba a estar con nosotros», y su edad de discernimiento (v. 16) indicaría la llegada de la paz; sería, por tanto, la señal de que «Dios está con nosotros». En el Nuevo Testamento, estas palabras se cumplen en su sentido más profundo: María es Virgen y es Madre, y su Hijo no es un símbolo de la protección de Dios sino la realidad del Dios verdadero que habita entre nosotros.
El nombre «Enmanuel» es expresión profética del carácter de revelación que tiene el nacimiento del niño, como eran reveladores los nombres de los hijos de Isaías: Sear-Yasub, que significa «un resto volverá» (7, 3), y Maher-salal-jas-baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín» (8, 1-3). En el Nuevo Testamento, el nombre subraya la realidad gozosa de que Jesús es en verdad «Dios con nosotros».
La tradición cristiana ha contemplado el oráculo de Isaías con el mayor respeto y veneración: «Aprende del profeta mismo cómo ha podido suceder esto. ¿Según, quizá, la ley de la naturaleza? De ninguna manera, responde el profeta. He aquí que una virgen..., replica el profeta (...). ¡Oh evento admirable: una virgen llega a ser madre permaneciendo virgen! (...) Convenía, en efecto, que el que hacía su ingreso en la vida humana para la salvación de los hombres (...) tomase origen de una integridad absoluta y entregada a Él sin reserva alguna» (S. Gregorio de Nisa, In diem natalem Christi, 1136).
Por eso, exponiendo el sentir de la Iglesia, el Concilio Vaticano II puede expresarse así: «La Sagrada Escritura, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, y la venerable Tradición van mostrando de manera cada vez más clara la función de María en la historia de la salvación y, por así decirlo, la proponen a nuestra contemplación. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación en la que se va preparando, paso a paso, la venida de Cristo al mundo. Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y se interpretan a la luz de la plena revelación ulterior, iluminan poco a poco con más claridad la figura de la mujer, Madre del Redentor. Bajo esta luz, ella aparece proféticamente en la promesa hecha a nuestros primeros padres acerca de la victoria sobre la serpiente (cfr Gn 3, 15). Igualmente, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo que se llamará Emmanuel (Is 7, 14; Mi 5, 2-3; Mt 1, 22-23). Ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen. Finalmente, con ella, excelsa Hija de Sión, después de la larga espera de la promesa, se cumple el plazo y se inaugura el nuevo plan de salvación. Es el momento en que el Hijo de Dios tomó de María la naturaleza humana para librar al hombre del pecado por medio de los misterios vividos en su carne» (Lumen gentium, n. 55).
El hecho de que el oráculo fuera pronunciado en circunstancias históricas concretas no cierra, pues, su horizonte más trascendente, es decir, mesiánico, que se ha ido abriendo a la luz de la historia de la salvación, en la que se deben mirar los episodios en función del designio salvador de Dios y de su acontecimiento último, que es Jesucristo. Sólo desde esta perspectiva se está en condiciones de entender que la historia del Antiguo Testamento, en su conjunto y en muchas de sus etapas, constituye una profecía del Nuevo, una «preparación del Evangelio». Por esto, para la lectura cristiana, que dispone de alguna manera del conocimiento del «final», la interpretación mesiánica del oráculo del Enmanuel es perfectamente coherente con su sentido literal.
Las palabras del profeta, cumplidas en Cristo, han dado pie a numerosas y bellas interpretaciones espirituales: «Este Enmanuel, nacido de la Virgen, come manteca y miel, y pide de cada uno de nosotros manteca para comer (...). Nuestras obras dulces, nuestras palabras suaves y buenas, son la miel que come el Enmanuel nacido de la Virgen (...). Comiendo en verdad de nuestras buenas palabras, obras y razones, nos alimenta con sus alimentos espirituales, que son divinos y mejores. Y desde el momento que es una cosa dichosa acoger al Salvador, abiertas las puertas de nuestro corazón, preparamos para Él la “miel” y toda su cena, y así Él mismo nos conduce a la gran cena del Padre en el reino de los cielos, que está en Cristo Jesús» (Orígenes, Homiliae in Isaiam, 2, 2).


Isaïe 7, 18-25
Se incluyen aquí, tal vez porque aluden a temas relacionados con los que se vienen tratando en esta sección del libro, cuatro oráculos que comienzan con la expresión «aquel día». Probablemente se refieren a las campañas asirias que desolaron el territorio de Judá y llegaron hasta el asedio de Jerusalén.
El primer oráculo (vv. 18-19) habla de la amenaza de devastación por parte de las potencias extranjeras. Podría referirse a las constantes provocaciones de Egipto o, más probablemente, al inminente ataque de Asiria.
En el segundo (v. 20) se compara a Asiria con una «navaja alquilada»: es alusión irónica a la ayuda pedida por Ajaz a ese reino (cfr 2 R 16, 8). «El Río» se refiere al Éufrates.
El tercer oráculo (vv. 21-22), por contraste, es una llamada a la confianza total en el Señor. En él se habla de «cuajada y miel» (v. 22), como en la profecía del Enmanuel (cfr 7, 15). A pesar de la escasez de productos agrícolas debida a la devastación de los campos de cultivo, el Señor proporcionará alimentos abundantes y sabrosos al «resto» que quede en la tierra, que será como el germen para la futura reconstrucción del país.
El cuarto oráculo (vv. 23-25) describe con crudeza la desolación del país tras las campañas de los ejércitos asirios.


Isaïe 8, 1-20
La amenaza asiria sigue pesando sobre los habitantes de Jerusalén. No faltaban quienes abogaban por unirse a la alianza antiasiria formada por Resín de Damasco y el rey de Samaría, pero el profeta advierte que aceptar esa propuesta no impediría verse arrastrados por el poderío asirio (vv. 5-8). Todos los acuerdos de los hombres que no cuentan con Dios, fracasarán (vv. 8c-10). En cambio, no hay que tener miedo a poner toda la confianza en el Señor, el único a quien se debe reverenciar (vv. 11-15). El v. 14 es retomado por San Pablo para mostrar que si Israel no encontró la justicia fue porque no la buscó en la fe en Dios, sino como fruto de sus propias obras (cfr Rm 9, 31-33). La Carta a los Hebreos (Hb 2, 13) traslada las palabras de los vv. 17-18, según el texto griego, a Jesucristo, que ha asumido en su carne los padecimientos propios y de los hombres, que así pueden llamarse sus hermanos. Todas esas consideraciones vienen enmarcadas por textos narrativos (vv. 1-4 y 16-20). El primero (vv. 1-4) alude a una acción simbólica de Isaías: escribir de parte del Señor el nombre de Maher-salal-jas-baz, que significa «pronto saqueo, rápido botín», e imponer ese nombre simbólico a un hijo suyo. Es decir, los que presionan al rey de Judá para que se unan a la alianza antiasiria serán en poco tiempo presa de los asirios. El segundo (vv. 16-20) recoge la acción de sellar el testimonio, llevada a cabo por el mismo profeta, que equivale a aferrarse a la palabra de Dios que asegura la permanencia del pueblo y de Jerusalén a través, sobre todo, del significado del nombre de sus dos hijos (v. 18; cfr 7, 3). Dios es fiel y no puede frustrar a los suyos incumpliendo sus promesas; sería absurdo, además de idolátrico, acudir a nigromantes o adivinos como hacen los paganos (vv. 19-20).


Isaïe 8, 21-22
El temor que había surgido ante las inquietantes noticias que llegaban acerca del creciente poderío asirio se hizo aún mayor cuando comenzaron a sentirse sus efectos. Parece que este texto se refiere a la deportación de los galileos, llevada a cabo por Teglatpalasar III el año 732. Con muy pocas, pero expresivas palabras, se describe el dolor de los que marchan al exilio y contemplan camino del destierro que toda su tierra ha sido devastada por los enemigos. Este panorama tan negativo prepara los ánimos para recibir con gozo el oráculo que viene a continuación.


Isaïe 8, 23 - 9, 6
Comienza a hacerse presente, aún entre sombras, la figura del rey Ezequías, que a diferencia de su padre Ajaz, fue un rey piadoso que confió totalmente en el Señor. Después de que Galilea fuera devastada por Teglatpalasar III de Asiria, con la consiguiente deportación del pueblo que vivía allí (cfr 8, 21-22), el rey Ezequías de Judá reconquistaría esa zona, que recobraría su proverbial esplendor durante un cierto tiempo. Estos sucesos abrieron de nuevo paso a la esperanza.
Es posible que este oráculo tenga relación con la profecía del Enmanuel (7, 1-17), y que el niño con prerrogativas mesiánicas que ha nacido (cfr 9, 5-6) sea aquel niño del que profetizó Isaías que habría de nacer (cfr 7, 14). En este sentido 8, 23-9, 6 es considerado el segundo oráculo del ciclo del Enmanuel. Ese «niño» que ha nacido, el hijo que se nos ha dado, es un don de Dios (9, 5), porque significa la presencia de Dios entre los suyos. El texto hebreo le atribuye cuatro cualidades que parecen sumar las de los más grandes hombres que forjaron la historia de Israel: la sabiduría de Salomón (cfr 1 R 3) («Consejero maravilloso»), el valor de David (cfr 1 S 7) («Dios fuerte»), las dotes de gobierno de Moisés (cfr Dt 34, 10-12) («Padre sempiterno») y las virtudes de los antiguos patriarcas («Príncipe de la paz»). En la antigua Vulgata latina se traducían por seis («Admirabilis, Consiliarius, Deus, Fortis, Pater futuri saeculi. Princeps pacis»), que son las que pasaron al uso litúrgico. La Neovulgata ha vuelto al texto hebreo. En todo caso se trata de títulos que los pueblos semitas aplicaban al monarca reinante, pero que, en su conjunto, trascienden a Ezequías y a cualquier otro rey de Judá. Por eso, la tradición cristiana ha visto que tales cualidades se cumplen sólo en Jesús. San Bernardo, por ejemplo, comenta así la razón de ser de cada uno de esos nombres: «Es Admirable en su nacimiento, Consejero en su predicación, Dios en sus obras, Fuerte en la Pasión, Padre perpetuo en la resurrección, y Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna» (Sermones de diversis, 53, 1).
Así como esos nombres se han aplicado a Jesús, la reconquista efímera de Galilea por Ezequías ha sido vista sólo como anuncio de la definitiva salvación realizada por Jesucristo. En los Evangelios resuenan expresiones de este oráculo en diversos pasajes en los que se habla de Jesús. Cuando Lucas narra la Anunciación a María (Lc 1, 31-33) alude a que el hijo que concebirá y dará a luz recibirá «el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin» (Lc 1, 32b-33; cfr 9, 6). Y en el relato de la manifestación del nacimiento a los pastores de Belén se les anuncia que «os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Mesías, el Señor...» (Lc 2, 11-12; cfr 9, 5). San Mateo ve en el comienzo del ministerio de Jesús en Galilea (Mt 4, 12-17) el cumplimiento de este oráculo de Isaías (cfr 8, 23-9, 1): las tierras que en tiempo del profeta se encontraban devastadas y a las que los asirios habían llevado gentes extranjeras para colonizarlas, han sido las primeras en recibir la luz de la salvación del Mesías.


Isaïe 9, 7 - 10, 4
Éste es un severo oráculo contra Israel, el reino del Norte. Los territorios de Efraím y Manases, y la capital Samaría, sufrieron la acometida de sus enemigos, pero sólo fue el comienzo de los acontecimientos trágicos que terminarían con el derrumbamiento total del reino (cfr 2 R 15, 17-38).
En cada una de las estrofas se repite por tres veces el mismo estribillo: «A pesar de todo, no se ha calmado su ira, y su mano continúa extendida» (9, 11.16.20 y 10, 4). Se insiste, pues, dramáticamente en el gran castigo que se cierne sobre ellos debido a su impiedad, y a que no se han convertido. El oráculo comienza por tratar de una invasión provocada por la soberbia del pueblo a manos de los arameos y filisteos (9, 7-11), para seguir con la descripción de la falta de arrepentimiento en los responsables del pueblo, que conllevará un castigo del que ni siquiera los más débiles —los que en otras ocasiones son los predilectos de la misericordia y amor de Dios— escaparán (9, 12-16). A continuación describe la confusión reinante entre el pueblo y las guerras fratricidas que lo asolan (9, 17-20), para terminar lamentándose de los legisladores injustos y de los que son culpables de la injusticia social (10, 1-4).


Isaïe 10, 5-19
El profeta ve en las actuaciones de los asirios una manifestación del gobierno de Dios sobre las naciones: Asiria ha sido el instrumento del que el Señor se ha valido para corregir la infidelidad de su pueblo (cfr vv. 5-6). Tomando pie en este pasaje de Isaías y en otros de la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica explica: «Así vemos al Espíritu Santo, autor principal de la Sagrada Escritura, atribuir con frecuencia a Dios acciones sin mencionar causas segundas. Esto no es “una manera de hablar” primitiva, sino un modo profundo de recordar la primacía de Dios y su señorío absoluto sobre la historia y el mundo (cfr Is 10, 5-15; 45, 5-7; Dt 32, 39; Si 11, 14)» (n. 304).
Sin embargo, Asiria se excedió en sus funciones tratando a Judá como a las naciones paganas; no se imaginó que su fortaleza era prestada por Dios y se llenó de orgullo por su propio poderío —el v. 9 recoge una lista de ciudades importantes conquistadas por los asirios— (vv. 7-11). Por eso, en su momento, el Señor los juzgará y humillará su soberbia (vv. 12-18). No quedará de aquella más que un resto insignificante (v. 19).
Hay aquí una llamada a reconocer a Dios como Señor de la historia y a ser dóciles a sus planes (cfr vv. 15-16), a la vez que se condena el pecado de orgullo, que lleva a arrogarse lo que pertenece a Dios y a ponerse en su lugar. Por eso, en sentido espiritual, Orígenes ve en el v. 10 una imagen de la arrogancia de todo pecador: «Cada uno se hace un dios de lo que le parece bien y sirve al pecado, sujeto a la maldición, haciendo una estatua, fundiendo la obra de las manos de un artesano y poniéndola en secreto. Y ciertamente en el secreto del corazón construimos muchos ídolos cuando pecamos» (Homiliae in Isaiam, 8, 1).


Isaïe 10, 20-34
En contraste con el resto insignificante de AsirIa (cfr 10, 19), el «resto» de Israel se salvará y estará lleno de vitalidad (cfr 4, 3; 7, 3). No es un residuo de algo llamado a desaparecer, sino una cepa que fue podada y que al rebrotar en el momento oportuno será hermosa y dará fruto abundante.
Desde luego, la palabras del profeta son claras y advierten a Judá de lo que le espera: un castigo ejemplar (vv. 20-23), al que sólo sobrevivirán los que se apoyen en el Señor y no en quien los hiere (v. 20), es decir, los que hagan caso a lo que el Señor advirtió a Ajaz por medio de Isaías: «Si no creéis —esto es, si no os apoyáis en Dios—, no subsistiréis» (7, 9). La invasión va llegando desde el norte y arrasando cuantas ciudades hay entre Samaría y Jerusalén (vv. 27-32), pero Judá puede aguardar con paciencia esos momentos amargos, ya que sólo durarán un tiempo y después el Señor intervendrá a favor de su pueblo, como lo había hecho con sus padres en otros momentos anteriores de dificultad (vv. 33-34).
El v. 22 es citado explícitamente por San Pablo en Rm 9, 27 (según la versión de los Setenta) en apoyo de las reflexiones del Apóstol acerca de la elección de Israel y la vocación de los gentiles a la salvación dentro del misterio de la predestinación.


Isaïe 11, 1-9
Este pasaje es considerado el tercer oráculo del Enmanuel. Tiene dos secciones. La primera (vv. 1-5) anuncia al vástago que saldrá de la cepa de Jesé, el padre de David, en un futuro. La segunda (vv. 6-9) presenta los frutos de su reinado con las imágenes de la paz mesiánica, esto es, la restauración del estado de justicia original de la creación.
En la primera parte se anuncia con solemnidad la llegada al trono de un nuevo rey, nacido de la misma estirpe de David; humilde como indica la imagen del tronco talado, pero con la vitalidad de un retoño tierno. Se refiere al rey venidero («saldrá») y no al monarca reinante. El nuevo rey gozará de cualidades excepcionales para gobernar gracias al Espíritu del Señor que vendrá sobre él. El Espíritu divino es una fuerza interior, un don concedido por Dios a los personajes más notables de la historia de la salvación para cumplir una misión arriesgada y difícil: a Moisés (cfr Nm 11, 17), a los jueces (cfr Jc 3, 10; 6, 34), a David (1 S 16, 13). El nuevo descendiente de David regirá al pueblo no con el despotismo de los monarcas de la época sino con el dinamismo carismático que le viene de Dios. Las cualidades o dones del Espíritu son seis, enumerados de dos en dos: la sabiduría e inteligencia se refieren a la destreza y prudencia para no errar en el juicio, a ejemplo de Salomón (cfr 1 R 5, 26); el consejo y fortaleza son propias del buen estratega como David; el conocimiento y el temor de Dios son de orden religioso para que el rey no olvide que representa a Dios en el pueblo.
La segunda parte describe, de manera bella y expresiva, la paz mesiánica que conseguirá este nuevo «vástago». El panorama que se presenta es la restauración del paraíso en la armonía de que gozaba al inicio de la creación, y que fue rota por el pecado. La violencia desaparecerá incluso entre los animales irracionales. En contraste con el intento soberbio de los hombres de querer «ser como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5), entonces recibirán como un don divino el llenarse del «conocimiento del Señor» (v. 9). El «niño» que por dos veces se menciona (vv. 6.8) no tiene que ver directamente con el rey-niño del oráculo recogido en el cap. 9 (9, 5) ni con el Enmanuel (7, 14). Sin embargo, en lo íntimo del profeta probablemente tenían muchos puntos de contacto, como queda de manifiesto por la referencia a la función de gobierno, que se refleja en la misión de guiar (v. 6).
La imagen del «vástago» de estirpe real que hará posible la paz en la tierra ha sido interpretada en la tradición cristiana como cumplida en Jesucristo. Santo Tomás de Aquino, que entiende que aquí se habla de Cristo como el que lleva a cabo la restauración del género humano, señala: «Primero se habla del “restaurador”, Cristo, en cuanto a su nacimiento (v. 1); luego en cuanto a su santidad (vv. 2-9) y finalmente en cuanto a su dignidad (v. 10)» (Expositio super Isaiam, 11). Y Juan Pablo II comenta: «Aludiendo a la venida de un personaje misterioso, que la revelación neotestamentaria identificará con Jesús, Isaías relaciona la persona y su misión con una acción especial del Espíritu de Dios, Espíritu del Señor. Dice así el Profeta: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé / y un retoño de sus raíces brotará. / Reposará sobre él el espíritu del Señor. / espíritu de sabiduría e inteligencia, / espíritu de consejo y fortaleza, / espíritu de ciencia y de temor del Señor. / Y le inspirará en el temor del Señor” (Is 11, 1-3). Este texto es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de “espíritu”, entendido ante todo como “aliento carismático” y el “Espíritu” como persona y como don, don para la persona. El Mesías de la estirpe de David (“del tronco de Jesé”) es precisamente aquella persona sobre la que “se posará” el Espíritu del Señor. Es obvio que en este caso todavía no se puede hablar de la revelación del Paráclito; sin embargo, con aquella alusión velada a la figura del futuro Mesías se abre, por decirlo de algún modo, la vía sobre la que se prepara la plena revelación del Espíritu Santo en la unidad del misterio trinitario, que se manifestará finalmente en la Nueva Alianza» (Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, n. 15).
En el contexto de lectura cristiana que descubre en estas palabras una alusión a la actuación del Espíritu Santo en las almas, se entiende que se haya prestado especial atención a los «espíritus» que reposan de modo estable sobre el Mesías, y que son «dones» estables a través de los cuales actúa el Espíritu Santo. Estos son seis según el texto hebreo, al que sigue la Neovulgata. La traducción griega de los Setenta y la Vulgata desdoblaron el don de temor en dos: «el don de piedad» y el de temor de Dios. Por eso, la catequesis y la teología hablan de siete: «Los siete dones del Espíritu Santo son: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de David (cfr Is 11, 1-2). Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1831).


Isaïe 11, 10-12,6
La primera gran sección del libro de Isaías (1, 2-12, 6), que había comenzado describiendo un momento de crisis profunda, con Judá desolada y Jerusalén sitiada (1, 2-23), termina ahora con palabras de alegría y alabanza al Señor, que salva y restaura a su pueblo. Tras los malos momentos, las infidelidades del pueblo, las severas advertencias del profeta, el terror y destrucción sembrados por los ejércitos extranjeros, sobrevivirá un «resto» que retornará triunfante y jubiloso a la tierra que Dios le había otorgado. Las cuatro estrofas que componen esta pieza dirigen la mirada hacia «aquel día» (cfr 11, 10.11; 12, 1.4), situando así el cumplimiento glorioso de las promesas de salvación en una perspectiva escatológica. Las dos primeras podrían ser una adición de la época persa (siglo V a.C.), cuando ya habían vuelto los exiliados de Babilonia, pero quedaban muchos judíos dispersos en otras naciones.
El Señor, que había extendido su mano para castigar las infidelidades (cfr 5, 26; 9, 11.16.20; 10, 4), la volverá a extender para rescatar a su pueblo (cfr 11, 11) de todos los países donde fueron dispersados —Patrós se refiere al alto Egipto; Elam a la antigua región del sudoeste de Irán; Sinar a Babilonia; Jamat a una ciudad de Siria; las islas del mar especialmente a los pueblos del mar Egeo— y para restablecer la unidad entre las tribus. Todos experimentarán la cercanía de Dios en su camino de retorno, como la experimentaron sus antepasados cuando salieron de Egipto para emprender el camino a la tierra prometida (cfr 11, 11-16).
La Iglesia se ve reflejada en ese «resto» que ha conocido y experimentado la salvación de Dios y se siente llamada a llevar el testimonio de su alegría a la humanidad entera. «Por ello —dice el Concilio Vaticano II—, todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, fomentar en sí mismos un espíritu verdaderamente católico y consagrar sus energías a la obra de evangelización. Sepan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación en pro de la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Así, su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como signo levantado entre las naciones, luz del mundo (Mt 5, 14) y sal de la tierra (Mt 5, 13)» (Ad gentes, n. 36).
El sentido de la protección divina sobre la Iglesia y sus hijos es constante en la conciencia cristiana: La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea —siempre y en todo— signo levantado ante las naciones, que anuncia a la humanidad la benevolencia y el amor de Dios (cfr Is 11, 12). Por grandes que sean nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 128).
Los vv. 12,1-6 son como un breve salmo de acción de gracias y alabanza a Dios, digno colofón del ciclo de profecías o «Libro del Enmanuel» (7, 1-12, 6). En el centro del himno está la «salvación» (vv. 2.3) prometida por Dios, el Santo de Israel (v. 6; cfr 6, 3), en estos capítulos. San Jerónimo escribe: «De aquel a quien antes llamara Enmanuel, dice después que quita los expolios y corre a entregar el botín, y le da otros nombres para que no parezca que es otro del que Gabriel anunció a la Virgen (cfr Lc 1, 31). Ahora le llama Salvador y proclama que han de beberse las aguas de sus fuentes» (Commentarii in Isaiam, 12, 1). Y San Cirilo de Alejandría, por su parte, identifica estas fuentes con el mismo Cristo: «El agua es la palabra vivificante de Dios, las fuentes son los apóstoles y evangelistas y los mismos profetas: pero sobre todo la fuente de la salvación es Cristo» (Commentarius in Isaiam, 12, 3).
Las palabras del v. 3 dieron título a la encíclica que el Papa Pío XII dedicó a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: «Estas palabras con las que el profeta Isaías prefiguraba simbólicamente los múltiples y abundantes bienes que la era mesiánica había de traer consigo, vienen espontáneas a Nuestra mente, si damos una mirada retrospectiva a los cien años pasados desde que Nuestro Predecesor, de i. m., Pío IX, correspondiendo a los deseos del orbe católico, mandó celebrar la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús en la Iglesia universal. Innumerables son, en efecto, las riquezas celestiales que el culto tributado al Sagrado Corazón infunde en las almas: las purifica, las llena de consuelos sobrenaturales y las mueve a alcanzar las virtudes todas. Por ello, recordando las palabras del apóstol Santiago: Toda dádiva, buena y todo don perfecto de arriba desciende, del Padre de las luces (St. 1, 17), razón tenemos para considerar en este culto, ya tan universal y cada vez más fervoroso, el inapreciable don que el Verbo Encarnado, nuestro Salvador divino y único Mediador de la gracia y de la verdad entre el Padre Celestial y el género humano, ha concedido a la Iglesia, su mística Esposa, en el curso de los últimos siglos, en los que ella ha tenido que vencer tantas dificultades y soportar pruebas tantas. Gracias a don tan inestimable, la Iglesia puede manifestar más ampliamente su amor a su Divino Fundador y cumplir más fielmente esta exhortación que, según el evangelista San Juan, profirió el mismo Jesucristo: En el último gran día de la fiesta. Jesús, habiéndose puesto en pie, dijo en alta voz.: “El que tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí”. Pues, como dice la Escritura, “de su seno manarán ríos de agua viva”. Y esto lo dijo Él del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él (Jn 7, 37-39)» (Haurietis aquas, n. 1).


Isaïe 13, 1 - 23, 18
La segunda sección de la primera parte del libro de Isaías está formada por una colección de oráculos dirigidos a las naciones. Tal como se nos ha transmitido, la sección forma un conjunto coherente desde el punto de vista literario. La sucesión de oráculos no se ajusta a un orden cronológico, sino que están agrupados por naciones.
Esta sección tiene amplias correspondencias en muchos otros libros proféticos: Amós, Jeremías y Ezequiel principalmente. Los acontecimientos a los que alude se sitúan en un arco temporal muy amplio, unos dos siglos, pues el imperio babilónico no acabará hasta el 539 a.C., con la conquista de Ciro el Grande, rey de los persas y medos.
Los oráculos se dirigen contra Babilonia (13, 1-14, 23), Asiria (14, 24-27), Filistea (14, 28-32), Moab (15, 1-16, 14), Damasco y Efraím (17, 1-14), Etiopía (18, 1-7), Egipto (19, 1-20, 6), de nuevo Babilonia (21, 1-10), y finalmente Dumá (21, 11-12) y Arabia (21, 13-17). Hay también uno contra la propia Jerusalén (22, 1-14) y otro, excepcional, contra una persona: Sebná (22, 15-25). Por último se recogen los oráculos contra Tiro (23, 1-18).
El mensaje teológico de esta sección es claro: Dios es el Señor de la historia. A veces hace uso de las naciones como instrumentos de su cólera para castigar las rebeldías y pecados del pueblo elegido. Pero juzga y condena también a esas naciones por la crueldad y orgullo con que han ejecutado los designios divinos. Pese a todas las desgracias y pecados, el Señor salvará a su pueblo, es más, llevará a cabo lo que parecería imposible: la conversión de las naciones (cfr 19, 12-25).


Isaïe 13, 1 - 14, 23
Los dos primeros oráculos (13, 1-22 y 14, 4-23) se dirigen contra Babilonia. Son posteriores a muchos otros de la sección, pero como el destierro a este lugar fue el de mayores proporciones y consecuencias que padeció Judá, tal vez por eso aparecen en primer lugar. Habría que fechar estas piezas hacia el final del imperio babilonio, cuando todavía éste gozaba de la gloria (13, 19) que más tarde perdió por completo (13, 20-22). Entre ambos oráculos, un breve apartado en prosa explica su sentido: el Señor tendrá misericordia de su pueblo, le dará reposo y el pueblo de Israel se impondrá sobre quienes lo habían oprimido (14, 1-3).
En 13, 1-22 se anuncia la destrucción de Babilonia a manos de los medos (13, 17), pueblo que se unió con los persas contra ésta. El profeta vaticina que los medos serán el instrumento en las manos de Dios que desolará el territorio babilónico. Con imágenes crudas se describe la severidad del «día del Señor» (13, 6), es decir, del día en que se ejecute el castigo. Tras el anuncio de este día (vv. 2-8), se proclama que en él participarán hasta los astros (vv. 9-13) y será terrible y cruel el fin de Babilonia (vv. 14-22).


Isaïe 14, 4-23
constituye un poema satírico contra el rey de Babilonia, ya derrocado (vv. 5-21), seguido de un colofón en prosa (vv. 22-23). Ambas piezas pueden referirse a cualquier rey de Babilonia. «Monte de la reunión» y «confines del septentrión» (14, 13) son alusiones a la concepción mítica babilónica de la morada de los dioses.
En 14, 12 Isaías se refiere al rey de Babilonia como «lucero», traducido en latín, a partir del griego, por lucifer, «el que lleva la luz», es decir, el planeta Venus, que precede y acompaña la salida del sol. Las palabras de Jesús en Lc 10, 18: «Veía yo a Satanás caer del cielo como un rayo», quizá hacen alusión a este pasaje de Isaías, indicando la derrota del diablo como consecuencia de la instauración del Reino de Dios. Por eso los Padres de la Iglesia vieron en estos dos textos una señal del fracaso del diablo en su rebelión contra Dios. Desde la Edad Media la palabra «Lucifer» se convirtió en uno de los nombres del demonio. Siguiendo esta interpretación en la que el «seol» (14, 15) se entiende como el lugar de los condenados, San Bernardo pondera el espanto del infierno para mover a la conversión, mientras es posible: «Señor, ¡que diferencia entre un manto de piedras preciosas y otro de gusanos, entre las delicias del paraíso y la tiña del infierno! Sé muy bien que ese fuego está reservado para el diablo y sus ángeles, y para los hombres que son como ellos. Aquello es un eterno consumirse, una muerte interminable, un tormento inacabable. Desciende, pues, ahora en vida al infierno: recorre con los ojos del espíritu estos antros de dolor, y escapa del crimen y del vicio que causaron la muerte a los malvados y pecadores. Odia la iniquidad y ama la Ley del Señor, y en estos mercados tan espantosos compra el odio al pecado» (Sermones de diversis, 42, 6).

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