Salmo 15
El salmo anterior terminaba contemplando la salvación de Israel como obra del Señor desde su Templo (cfr 14,7); y en Sal 11 se veía, también en el Templo, la protección de Dios frente al enemigo (cfr Sal 11,4). Ahora se proclaman las condiciones que hacen falta al hombre para permanecer en el Templo del Señor (Sal 15). Éstas suponen una conducta que es exactamente lo contrario de lo que hacen los impíos o malvados (cfr Sal 10,7-10; 12,4-6).
Una pregunta inicial, en forma de oración, sobre la posibilidad de morar en el Templo (v. 1), da paso a una respuesta que contiene once requisitos de conducta honrada y leal hacia los demás (vv. 2-5). El salmo concluye con la afirmación de la seguridad que adquiere quien los cumple (v. 5c).
Las condiciones expresadas en este salmo para poder permanecer en el Templo, se resumen, en perspectiva cristiana, en el amor al prójimo: «Quien ama a su hermano —escribirá San Juan— permanece en la luz y no corre peligro de tropezar» (1 Jn 2,10).
Sal 15,1
Esta pregunta podría hacerla un sacerdote, o un levita de los que habitaban con cierta estabilidad en dependencias situadas en el recinto del Templo (cfr Jr 35,2-4; 36,10-21; Ez 42), o incluso un simple fiel que subía a rezar al Templo. En este caso podría ser parte de una liturgia de entrada en la que a la pregunta del visitante seguía la respuesta del sacerdote (cfr Sal 24,3). En el salmo la pregunta tiene un significado simbólico de unión con Dios, ser grato en su presencia y encontrar su protección.
Sal 15,2-5
Las condiciones para habitar en el Templo no son la pureza ritual o los sacrificios que se ofrecen, sino unas exigencias morales de conducta recta y honrada con el prójimo, tal como establecía la Alianza de Dios con su pueblo (cfr Ex 20,1-17), y recordaba la tradición profética (cfr Is 1,10-17; Jr 7,2-7; Ez 18,5-9; Os 6,6; Am 5,14-15; etc.). El hombre que cumple esas condiciones se hace grato al Señor y encuentra, por tanto, la firmeza y seguridad en su vida.
Este salmo culmina en la vida de nuestro Señor Jesucristo que enseñó que el amor a Dios no se puede separar del amor al prójimo: «De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en la Cruz que redime, signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al prójimo, que se concreta en la observancia de los mandamientos no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo afirma con extraordinario vigor: “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20)» (Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 14).
Salmo 16
Si el salmo anterior proclama las condiciones de amor al prójimo para estar junto al Señor, éste proclama la relación personal que existe entre el Señor y quien le sirve en exclusividad (cfr 16,4-6). Junto con el anterior, este salmo presenta la actitud contraria a la de quienes dicen: «No hay Dios» (cfr Sal 14,1), y afirma la esperanza de no acabar como aquéllos (cfr Sal 9,18). Dentro de la serie de los salmos 15 al 24, Sal 16 tiene su correlativo en Sal 23: «El Señor es mi pastor».
El punto de partida es la petición de la protección del Señor (v. 1). Sigue la confesión del salmista de haber reconocido que el Señor es su único bien (vv. 2-6), y la proclamación de las consecuencias que tiene en su vida personal (vv. 7-9). Concluye con la reafirmación ante Dios de esperar de Él la salvación (vv. 10-11).
Al rezar este salmo, el cristiano renueva la alegría de haber sido consagrado a Dios por el Bautismo, y manifiesta su deseo de vivir plenamente la comunión con los demás bautizados.
Sal 16,1
El que ha buscado refugio en el Señor parece ser un sacerdote o levita que vive dedicado totalmente a Él (cfr Sal 11,1).
Sal 16,2-6
El autor de la oración ha elegido al Señor como su único bien, y se ha unido con todo su afecto a aquellos que participan de la santidad de Dios. El v. 3 puede referirse a los sacerdotes dedicados al servicio divino (cfr Sal 106,16) o a los israelitas fieles, miembros de un pueblo santo (cfr Sal 34,10). Frente a los que adoran ídolos y ofrecen sacrificios humanos (cfr Is 57,5-6; 65,11; Ez 22,4), el salmista se mantiene fiel al Dios de Israel, y sólo a Él presta adoración (v. 4). Su situación (vv. 5-6) es como la de los hijos de Leví, a quienes no se les había dado parte alguna de la tierra prometida porque «su heredad» era el servicio del Templo y la parte que les correspondía de las ofrendas (cfr Nm 18,20; Dt 10,9; Jos 13,14; Sal 73,26). En el v. 5 se manifiesta la aceptación gozosa de aquella condición.
Sal 16,7-9
Estos versículos, que comienzan con una alabanza–bendición a Dios, expresan los bienes que de Él recibe quien le sirve en exclusividad: ser guiado por Él en todo momento, hallar en Él la seguridad, la alegría y la salud.
Entendiendo que es Jesucristo quien habla en el salmo, el v. 9 sirvió a los Santos Padres para reafirmar que resucitó con el mismo cuerpo que tenía en su vida mortal: «Ya que algunos sostienen de varias maneras que, como el Señor entró con las puertas cerradas (Jn 20,19), no resucitó con el mismo cuerpo que había muerto, escuchemos que el Señor mismo en el salmo recuerda: Hasta mi carne habitará en la esperanza (Sal 16,9). Sin duda, tras la muerte y la resurrección del Salvador, aquel cuerpo que estuvo vivo fue depositado en el sepulcro; en consecuencia resucitó el mismo cuerpo que había sido puesto exánime y sin vida en el sepulcro. Pero si resucitó el cuerpo idéntico, ¿cómo es que algunos sostienen que el Señor ha resucitado en una especie de cuerpo espiritual y poderoso, pero no el nuestro? Nosotros no pensamos esto; sería como negar que el cuerpo de Cristo se ha revestido de aquella gloria que, como creemos, también un día recibirán los santos» (S. Jerónimo, Breviarium in Psalmos 15,10).
Sal 16,10-11
La experiencia personal de Dios (v. 9) lleva a dirigirse nuevamente a Él manifestándole la esperanza de ser librado de la muerte y colmado de alegría por el cumplimiento de la Ley y por la dedicación a su servicio (vv. 10-11). Las palabras del v. 10 son interpretadas por la versión griega de los LXX como liberación de la corrupción del sepulcro tras la muerte, es decir, en el sentido de resurrección. Así fueron comprendidas también por los Apóstoles que vieron profetizada en ellas la resurrección de Jesucristo, argumentando que si eran palabras de David —como se consideraban todos los salmos— y David estaba muerto, tenían que referirse a alguien distinto de David: a Jesucristo. «Hermanos, permitidme que os diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta, y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entrañas, lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupción» (Hch 2,29-31; cfr Hch 13,35). Orígenes refería las palabras: «No abandonarás mi alma en el seol» (v. 10) al descenso de Cristo a los infiernos y a su resurrección (cfr Orígenes, In Evangelium Ioannis 1,220).
Santa Teresa de Jesús recogió magníficamente los sentimientos contenidos en este salmo al escribir: «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta» (Poesía 30).
Salmo 17
Los motivos de la confianza en Dios, afirmada en el salmo anterior (cfr Sal 16,1), se van desgranando en este salmo que tiene bastantes palabras comunes con aquél. Al mismo tiempo recoge los temas de la inocencia del justo (cfr Sal 5,5-8; 7,4-6) y de la perversidad del malvado (cfr Sal 7,3; 10,9) cuyo «lote» o «heredad» se describe en el v. 14 (frente a 16,5). Sal 17 presenta así el carácter propio de una súplica de confianza en Dios por parte del hombre que obra conforme al querer divino (vv. 4-5; cfr Sal 8).
En la estructura de este salmo se distinguen tres partes que comienzan, cada una, con la invocación del nombre del Señor o de Dios (vv. 1-5.6-12.13-14). En la primera, el salmista se dirige al Señor presentándose ante Él como justo e inocente (vv. 1-5); en la segunda, invoca a Dios apelando a su misericordia y a la protección que otorga al justo frente a sus enemigos (vv. 6-12); y en la tercera, insta al Señor a intervenir castigando al impío y salvando al salmista (vv. 13-15). El tema del justo abre y cierra el salmo (vv. 1.15).
La dicha que el hombre de corazón sincero pide al Señor —saciarse de su presencia (v. 15)— es la que Jesús promete a los limpios de corazón (cfr Mt 5,8), y la que en el libro del Apocalipsis constituye el premio de los siervos del Señor en la ciudad escatológica, donde «verán su rostro» (Ap 22,4).
Sal 17,1-5
La inocencia o «justicia» que el salmista puede presentar ante el juicio de Dios en todo momento se debe a que ha guardado los mandamientos de la Ley (v. 4).
Sal 17,6-12
El salmista pasa a una nueva apelación a Dios para que le salve de sus enemigos, ya que confía en Él. El cuidado que Dios había tenido de su pueblo en el desierto, «como la niña de sus ojos» (cfr Dt 32,10), y la protección que le había otorgado —«sombra» ante el sol abrasador (cfr Nm 14,9)—, los pide para sí el salmista (v. 8) comparando los peligros del desierto con los que ahora le presentan sus enemigos. La metáfora de la «sombra» la aplica a la protección que Dios otorga desde su Templo, en el que las alas de los querubines colocados sobre el Arca manifiestan su presencia (cfr 1 R 6,23-28; 8,6-7). La misma metáfora de las «alas» (v. 8), con significado de preocupación y cuidado maternales, la empleará Jesús para expresar su amor a Jerusalén cuando ésta le rechazaba (cfr Mt 23,37).
Sal 17,13-15
La tercera parte del salmo es una imprecación contra los enemigos descritos al final de la segunda (vv. 10-12). El salmista deja el castigo de aquéllos en manos de Dios, renunciando así él a cualquier violencia por su parte (vv. 13-14a), y pone en contraposición la suerte —«lote»— de aquéllos, reducida a los bienes materiales de este mundo (v. 14b), con la suya personal que consiste en «contemplar el rostro» de Dios (v. 15). Las últimas palabras del salmo «al despertar…» pueden ser entendidas en sentido propio —al llegar la mañana— como en Sal 3,6; 5,4, o en sentido metafórico —despertar de la muerte— como en Dn 12,2; Is 26,19. En cualquier caso, igual que en Sal 16,10, manifiestan la esperanza de que el bien supremo del hombre trasciende los bienes de este mundo y está en la contemplación gozosa de Dios. Sólo Éste puede «saciarle», porque «la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 19).
Salmo 18
A la súplica confiada del salmo anterior (cfr Sal 17), sigue ahora la proclamación de que Dios la ha escuchado (Sal 18), porque se ha fijado en la inocencia del orante (vv. 2-25; cfr Sal 17,2-4) y porque es movido por su misericordia (vv. 20-30; cfr Sal 17,6-7). Sal 18 aparece también en 2 S 22,1-51, donde es introducido con las mismas palabras que leemos en el título. Parece claro que se trata de una composición anterior al destierro.
Se abre con una letanía de invocaciones que aclaman a Dios como salvador (vv. 2-3). Después se narra un primer suceso salvífico experimentado por el salmista (David) al ser librado de la muerte (vv. 4-20): a punto de morir clamó al Señor (vv. 4-7), y Éste manifestó su poder semejante al de una tormenta y le salvó (vv. 8-20). Este relato se prolonga con una explicación de por qué actúa así el Señor (vv. 26-30): porque el orante era inocente (vv. 21-25) y porque Dios es fiel con quien le teme (vv. 26-30). A continuación viene otro relato de salvación, esta vez del rey en el campo de batalla (vv. 31-50). Es introducido con una nueva proclamación de la fidelidad de Dios a su palabra y de su protección hacia el salmista (vv. 31-35), y narra cómo venció el rey a sus enemigos en la batalla (vv. 36-43) y cómo obtuvo autoridad sobre su pueblo y sobre las demás naciones (vv. 44-46). Por eso aclama de nuevo al Señor (vv. 47-50). El salmo termina con una mención de David que enlaza con la presentación inicial (v. 51; cfr v. 1).
La perspectiva de este salmo cambia en el Nuevo Testamento a la luz de cómo Cristo ha llevado a cabo su victoria, en cuanto rey de las naciones, mediante el cumplimiento obediente de la voluntad del Padre, y de cómo es reconocido por aquéllas por medio de la predicación del Evangelio.
Sal 18,2-3
La proclamación de Dios como refugio seguro e inexpugnable —«roca», «fortaleza», «peña», «escudo», etc.—, la encontramos también al final del salmo (cfr vv. 47-50). Comentando el v. 3, exclama San Agustín: «¡Oh Dios mío, que primeramente me prestaste el auxilio de tu llamamiento para que pudiera confiar en ti! Protector mío y escudo de mi salud y mi redentor: eres mi protector porque no presumí de mis fuerzas levantándome contra ti con el arma de la soberbia, sino que fuiste mi arma, es decir, encontré una firme fortaleza de salvación, de modo que al instante de mostrármela me redimiste» (Enarrationes in Psalmos 17,3).
Sal 18,4-7
En el lenguaje de lamentación empleado en estos versículos, la muerte se atribuye al adversario del hombre más fuerte que él (v. 5). Etimológicamente Belial significa «inútil», pero con este término se denomina al demonio y su poder de hacer el mal a los hombres (cfr nota a 1 R 21,5-16). San Pablo lo contrapone a Cristo en 2 Co 6,15.
Sal 18,8-20
La amplia descripción de la teofanía divina (cfr Ex 19,16-19; Jc 5,4-6; etc.), resalta la superioridad del poder de Dios, su omnipotencia, frente a las fuerzas de la muerte.
Sal 18,21-25
En el centro del salmo está la proclamación de que Dios salva al hombre que cumple los mandamientos de la Ley. Tal es el sentido de «mi justicia» (v. 21).
Sal 18,26-30
Pero más allá de la justicia del salmista, el motivo por el que Dios salva es la fidelidad divina. Dios no se deja ganar en fidelidad y siempre responde al hombre según éste se comporte ante Él (vv. 26-27). Con frase lapidaria escribe San Josemaría refiriéndose a Jesucristo: «Si nos damos, Él se nos da» (Amigos de Dios, n. 22). Por su fidelidad, Dios salva, asimismo, al resto fiel de su pueblo por medio del rey y sus victorias (vv. 28-30).
Sal 18,31-35
Comienza el segundo relato de salvación, en el que se describe la victoria en una batalla. El salmista reconoce que «su justicia» (cfr v. 21) y su integridad en cumplir los mandamientos se deben en definitiva a la ayuda del Señor (vv. 33-34). Lo mismo sucede en las batallas humanas (v. 35).
Sal 18,36-43
La alternancia entre lo que Dios hace y lo que hace el hombre (el rey en la batalla) pone en evidencia que la ayuda divina cuenta, al mismo tiempo, con la audacia y el esfuerzo humano en la lucha.
Sal 18,44-46
La figura del rey como orante, aunque subyace en todo el salmo, aparece con más claridad en estos versículos. Expresan el dominio que Dios otorga al rey sobre el pueblo de Israel y sobre los demás pueblos (cfr Sal 28,8-9).
Sal 18,47-50
La consecuencia última del dominio universal del rey es la alabanza que se va a elevar al Señor en todos los pueblos. San Pablo ve en ese rey a Jesucristo, por quien Dios es reconocido tanto entre los judíos como entre los gentiles: «Digo, en efecto, que Cristo se hizo servidor de los que están circuncidados para mostrar la fidelidad de Dios, para ratificar las promesas hechas a los padres, y para que los gentiles glorificaran a Dios por su misericordia, conforme está escrito: Por eso te alabaré a ti entre los gentiles, y cantaré en honor de tu nombre» (Rm 15,8-9; cfr v. 50).
Salmo 19
Este salmo completa la alabanza prometida en el anterior (cfr Sal 18,50) y proclama cómo el Señor es «roca» segura de salvación por su dominio universal (19,5b-7; cfr Sal 18,47) y cómo ha mostrado sus caminos a su siervo el rey ungido (19,12-14; cfr 18,21-31.51).
El salmo tiene esta estructura: presenta al comienzo el modo en que es proclamada la gloria de Dios (vv. 2-5); después canta los instrumentos que la proclaman: el sol con sus ritmos (vv. 5c-7), y la Ley dada a Israel (vv. 8-11) por la que proporciona la integridad del hombre (vv. 12-15). Concluye con un grito de confianza total en el Señor (v. 15c).
Según el salmo, la gloria de Dios se manifiesta a toda la tierra por el sol y por la Ley divina. El lector cristiano de este salmo entiende que esa gloria se manifiesta definitivamente por la predicación del Evangelio.
Sal 19,1-5
El salmista no sólo reconoce la grandeza de Dios al contemplar el firmamento (cfr Sal 8,4), sino que además proclama, en lenguaje poético, que también la reconoce toda la tierra (v. 5a), porque la gloria divina se manifiesta continuada y silenciosamente a través de la sucesión de los días y las noches (v. 3). San Pablo, entendiendo que la voz del Señor es el Evangelio, aplica a los judíos que no quisieron aceptarlo las palabras del v. 5: «Pero yo digo, ¿es que no oyeron? Todo lo contrario: A toda la tierra llegó su voz» (Rm 10,18). Por eso quienes no reconocen a Dios no carecen de culpa.
Sal 19,5c-7
La sucesión del día y la noche se debe a la salida y al recorrido realizado por el sol. Pero el sol es una criatura de Dios que está bajo su cuidado. Siguiendo la forma de pensar de la antigüedad, el salmista expresa poéticamente que Dios proporciona al sol el descanso nocturno en una tienda como las usadas por los nómadas para pasar la noche, y que cada mañana se alza como un esposo y como un héroe. Más allá del lenguaje poético, en el salmo se percibe que, en efecto, «nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cfr Sal 19,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y en un espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cfr Jb 42,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (“Y vio Dios que era bueno… muy bueno”: Gn 1,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 299).
Sal 19,8-11
Parecida al sol es la Ley del Señor. También sus excelencias proclaman la gloria de Dios. Son cantadas en seis afirmaciones. En ellas se contemplan las maneras en que se ha manifestado (ley, preceptos, mandatos, mandamientos… etc.), se exponen sus cualidades (perfección, firmeza, rectitud, pureza, etc.), y se señalan sus efectos saludables para el hombre (vida, sabiduría, alegría, luz, etc.). Son ideas que se encuentran desarrolladas ampliamente en Sal 119. El «temor del Señor» (v. 10) ha de entenderse incluido en la Ley en cuanto que ésta manda al hombre respetar y venerar a Dios. La gloria de Dios se manifiesta en los bienes que el hombre recibe por el conocimiento y cumplimiento de la Ley de Dios, de modo parecido a como la tierra recibe el calor y la luz del sol.
Sal 19,12-15
El salmista sabe, sin embargo, que ante la Ley puede haber faltas de las que él no es consciente y que no escapan al juicio divino (vv. 12-13) como nada se oculta al calor del sol (cfr v. 7). Por eso pide perdón a Dios y le manifiesta el sincero deseo de ser íntegro ante Él (v. 14). La expresión de este deseo se une al canto de la gloria de Dios realizado silenciosamente por la creación entera (cfr v. 2). De esta forma, la alabanza a Dios y la santidad personal adquieren una dimensión cósmica: «La creación entera anhela la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Las peticiones del salmista en los vv. 13-14 culminan en la petición del Padrenuestro: «Y no nos pongas en tentación, sino líbranos del mal» (Mt 6,13). Con ella pedimos a Dios «que no nos permita tomar el camino que conduce al pecado. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza; solicita la gracia de la vigilancia y la perseverancia final» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2863).
Sal 19,15c
Los apelativos «Roca» y «Redentor» con los que se aclama finalmente al Señor —cuyo nombre se repite siete veces en la segunda parte del salmo— expresan la confianza en Dios, Señor de la naturaleza y de la vida del hombre. Aunque el salmo ha recogido dos temas bien distintos —el del sol y el de la Ley— los integra perfectamente en una sola oración de alabanza.
Salmo 20
Las victorias del rey cantadas en Sal 18, siempre motivo de oración pues dependen de Dios (cfr Sal 18,36-43.51), resuenan de nuevo en este salmo. Pero, además, ahora se invita al rey a que él mismo las pida al Señor en el Templo junto con el pueblo (Sal 20,6.10; cfr Sal 14,7).
El poema comienza deseando a alguien excepcional —al parecer al rey— que el Señor le responda y le auxilie (vv. 2-6); continúa con la proclamación de confianza en que el Señor responderá (vv. 7-9), y termina con una súplica dirigida a Dios para que salve al rey y auxilie al pueblo (v. 10).
Como otros salmos en los que aparece la figura del rey y el término «ungido» —en griego christós (cfr Sal 18,51)— también éste lleva al lector cristiano a pensar en Jesucristo y en su victoria sobre el pecado y la muerte. Ha sido la respuesta divina al clamor de la humanidad suplicante.
Sal 20,2-6
A lo largo del salmo hablan distintas voces (cfr vv. 2.6.7), probablemente en el contexto de ofrecer sacrificios en el Templo para pedir la victoria antes de la batalla (vv. 3-4). Por el tono de las expresiones parece que es primero el sacerdote quien en los vv. 2-5 desea al rey la ayuda y la benevolencia divinas. A su voz se une la del pueblo prometiendo alabar a su Dios si el rey sale victorioso (v. 6).
Sal 20,7-9
Alguien —quizá el mismo rey o el sacerdote— pronuncia un oráculo de salvación asegurando el auxilio de Dios desde el cielo (v. 7) en respuesta a la petición que se hace desde el Templo (v. 3; cfr 1 R 8,30-35). Y, a modo de comentario al oráculo, el pueblo —o quizá el ejército— da testimonio de haber salido vencedor gracias a la invocación del Señor (vv. 8-9); su fuerza y su confianza no estaban puestas en los medios humanos —carros y caballos—, sino en la oración. El paralelismo antitético en los vv. 8-9 resalta con fuerza las distintas actitudes y sus efectos. Acomodando el salmo a la vida cristiana, comenta San Agustín: «Unos ponen su confianza en ser arrastrados por el éxito voluble de los bienes temporales, y otros la ostentan en los deslumbrantes honores, engriéndose con ellos. Pero nosotros nos gozaremos en el nombre del Señor, Dios nuestro: nosotros, afianzando la esperanza en las cosas eternas, sin buscar nuestra gloria, nos alegraremos en el Nombre del Señor» (Enarrationes in Psalmos 19,8).
Sal 20,10
La respuesta favorable de Dios a su pueblo coincide con la salvación, es decir, con la victoria obtenida por el rey.
Salmo 21
En estrecha relación con el anterior, en el que se suplicaba a Dios que escuchase la petición del rey (cfr Sal 20,2-5.10), en este salmo se le dan gracias porque le ha escuchado y le ha dado la victoria y la gloria. El contexto originario de ambas composiciones está en las liturgias reales celebradas en el Templo antes del destierro.
Consta de dos secciones. En la primera, dirigida a Dios, se confiesa que la fuerza y el bienestar del rey le vienen de Él (vv. 2-7); en la segunda, dirigida al rey, se le anima a la destrucción de sus enemigos en nombre del Señor (vv. 9-13). Ambas secciones vienen separadas por la proclamación de la confianza del rey en el Señor (v. 8) y concluyen con una breve súplica y promesa de alabanza a Dios (v. 14).
El tenor de las expresiones de este salmo sobrepasa la realidad de los antiguos reyes de Israel y apunta a un rey ideal. Por eso fue considerado un salmo sobre el Mesías tanto en el judaísmo como en la Iglesia.
Sal 21,2-7
Los dones otorgados al rey (v. 2) no sólo responden a sus peticiones (vv. 3.5), sino que algunos le han sido dados anticipadamente a modo de bendición, como la coronación real (v. 4), y el honor, majestad y gozo en presencia de Dios (vv. 6-7). Las palabras del v. 5 se pueden ver cumplidas en Jesucristo, el cual «en los días de su vida en la tierra, ofreció con gran clamor y lágrimas oraciones y súplicas al que podía salvarle de la muerte, y fue escuchado por su piedad filial, y, aun siendo Hijo, aprendió por los padecimientos la obediencia. Y, llegado a la perfección, se ha hecho causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5,7-9).
Sal 21,8
Dos cosas se requieren para la firmeza del rey: que confíe en el Señor y que Éste muestre su misericordia. San Agustín, aplicando estas palabras a Cristo, comenta: «Cristo Jesús, el Rey que reina desde ese patíbulo de los esclavos, que es la Santa Cruz, no fracasa, no se ensoberbece. (…) Por el contrario, humilde, espera en la misericordia de su Padre y, debido a la obediencia, su flaqueza humana no se conmoverá» (Enarrationes in Psalmos 20,8).
Sal 21,9-13
Los enemigos del rey lo son al mismo tiempo de Dios, y el rey no es otra cosa que instrumento de los castigos divinos significados en la imagen del fuego (v. 10; cfr Gn 15,17).
Sal 21,14
Este versículo final vuelve a proclamar la «fuerza» de Dios, como ya se hacía en el primero; pero ahora quien se beneficia de ella es el pueblo. A través del auxilio otorgado al rey Dios auxilia a su pueblo (cfr Sal 20,10).
Salmo 22
Después de una serie de salmos en los que aparecían de un modo u otro las victorias del rey (cfr Sal 18; 20; 21), ahora se recoge la súplica y lamentación de un hombre que sufre, como sucedía en Sal 17. En Sal 22 el sufrimiento personal del orante viene expresado con imágenes de tal viveza que hacen de este salmo una de las oraciones de súplica más impresionantes del Salterio. Sólo Sal 69 tiene un tono parecido.
Abarca dos momentos: uno de lamentación y súplica a Dios de que no esté lejos (vv. 2-22); otro de acción de gracias e invitación a alabar al Señor porque ha salvado al mísero (vv. 23-32). La súplica–lamentación comienza con un grito confiado de petición de auxilio (vv. 2-3), al que siguen el recuerdo de lo que Dios hizo en otro tiempo por Israel (vv. 4-6), el lamento por la actual situación de desgracia personal del salmista (vv. 7-9), y la consideración de lo que Dios ha hecho por él en su nacimiento (vv. 10-11). Así desemboca en la petición como tal (v. 12), presentada por el orante desde la opresión que sufre por parte de los que le rodean (vv. 13-14), desde el dolor de su propia enfermedad (vv. 15-16) y desde el despojo que ha sufrido por parte de aquéllos (vv. 17-19). Desde ese estado reitera su petición de auxilio, liberación y salvación (vv. 20-22). A partir de aquí la oración adquiere el carácter de acción de gracias. El salmista manifiesta a Dios su propósito de alabarle e invita a todo el pueblo a unirse a su alabanza, exponiendo el motivo (vv. 23-25); después reconoce ante Dios que Él es quien le inspira, y proclama la forma en que Dios actuará con los pobres (vv. 26-27), con las naciones (vv. 28-29), con los ricos y autosuficientes (v. 30) y con la propia descendencia del salmista (vv. 31-32).
Nuestro Señor Jesucristo pronunció las primeras palabras de este salmo cuando estaba clavado en la cruz —Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní? (Mc 15,34; Mt 27,46)—, y manifestó que hacía suyos los sentimientos de confianza en Dios encerrados en esta oración. El salmo adquiere así un valor excepcional en cuanto que, por una parte, podemos ver en él prefigurados los sentimientos de Jesús; y, por otra, nos permite acercarnos un poco más al modo en que Jesús vivió su muerte y al significado que tiene para nosotros. Al narrar la muerte del Señor los evangelistas han querido poner de relieve que entonces se cumplieron las palabras de este salmo. Si, ciertamente, de la letra misma del salmo no puede deducirse con certeza quién es el que sufre y las circunstancias de su sufrimiento, desde el Nuevo Testamento se aclara que el salmo expresa los sufrimientos de Jesús en la cruz, e invita a quien lo reza a unir a ellos los suyos propios. La Iglesia emplea este salmo en la misa del Domingo de Ramos —tras la lectura del profeta Isaías acerca del siervo sufriente (Is 50,4-7)— y entre los salmos del viernes de la Liturgia de las Horas.
Sal 22,2-3
Más que una protesta por la lejanía y el silencio de Dios, estos versículos expresan la angustiosa incomprensión, ante el actuar divino, del hombre que sufre habiendo acudido al Señor. Pero la confianza en Dios sigue firme y viva, como indica la expresión «Dios mío», repetida tres veces.
Sal 22,4-6
El salmista confiesa su fe en la cercanía de Dios para con su pueblo en el Templo y en la historia.
Sal 22,7-9
Asimismo es consciente de que si Dios lo abandonara no sería ya un hombre, sino como un gusano (v. 7). Su dolor se acentúa porque quienes le contemplan en aquel estado afirman que Dios no lo ama (v. 9). Jesús en la pasión sufrió el oprobio y desprecio del pueblo (v. 7) al soportar los insultos y las burlas (cfr Mt 27,39-44; Mc 15,29; Lc 23,35). Las gentes movían la cabeza (v. 8) al verle colgado del madero (cfr Mt 27,39; Mc 15,29; Lc 23,35), y decían que Dios era el que debía salvarlo (v. 9) retándole a bajar de la cruz (cfr Mt 27,43).
Sal 22,10-11
El salmista, no obstante, apela a que Dios le cuidó al nacer; por eso vive.
Sal 22,13-14
Las metáforas para designar a los enemigos —novillos, toros y leones (cfr «perros», v. 17)— expresan su fuerza, ferocidad y saña. Basán era una región cerca de Golán, famosa por sus pastos y la bravura de su ganado (cfr Dt 32,14).
Sal 22,15-16
A la fuerza y ferocidad de los enemigos se contrapone la debilidad del hombre enfermo, comparándose al agua que se derrama y desaparece, o a la cera que se derrite y pierde su forma (v. 15). Los síntomas de su enfermedad, debido a la alta fiebre, son de muerte (v. 16).
Sal 22,17-19
Como víctima de una cacería, el salmista se siente acorralado y herido —«han taladrado» puede entenderse también como «han atado»— en sus manos y en sus pies, e incapaz ya, por tanto, de defenderse o huir (v. 17). Las heridas dejan todos los huesos de su cuerpo al descubierto (cfr Jb 19,20; Sal 69,27) y los enemigos le consideran ya muerto, por lo que se reparten sus vestidos (vv. 18-19). En el caso de Jesús, los síntomas previos a la muerte (v. 16) le hacen gritar: «Tengo sed» (Jn 19,28; cfr Mt 27,48; Mc 15,36; Lc 23,36). Sus manos y sus pies (v. 17) fueron taladrados al ser crucificado, y sus ropas repartidas, echando a suertes su túnica (v. 19; cfr Mt 27,35; Mc 15,24; Lc 23,34; Jn 19,23-24).
Sal 22,20-22
Acorralado y sin salida humana el salmista pide el auxilio del Señor para que le libre, presentando ahora los males que le afligen en orden inverso al que los había expuesto antes —espada o muerte, perros, león, búfalo—. Este orden indica la inmediatez del mal soportado. El texto hebreo y algunas versiones antiguas introducen al final del v. 22 la frase: «Tú me diste respuesta». Con ella se introduciría la segunda parte del salmo.
Sal 22,23-25
El rápido cambio en el tono del salmo indica que el salmista está seguro de la respuesta divina, y por eso hace votos de alabanza. En su alabanza–acción de gracias, el salmista va a ir asociando a grupos cada vez más amplios. Primero, al pueblo de Israel que había experimentado la protección del Señor cuando había clamado a Él. Son los «hermanos» del salmista. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Cristo el v. 23 ampliando el sentido de «hermanos» a todos los hombres. Cristo, en efecto, haciéndose solidario con el sufrimiento de todos los hombres, lleva a cabo el sacrificio redentor: «Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, y dice: Anunciaré tu nombre a mis hermanos…» (Hb 2,11-12). De esta forma el sufrimiento de Jesús en su pasión y muerte, expresado al hilo de Sal 22, nos hace ver su verdadera humanidad. La afirmación del salmo acerca del mísero que clama al Señor (v. 25) se cumple en Jesús que gritó en la cruz antes de entregar su espíritu (cfr Mt 27,50; Mc 15,37; Lc 23,46).
Sal 22,26-27
Las promesas del salmista implican una invitación a la alabanza dirigida a todos los que buscan al Señor, a los que desea una felicidad sin fin, superior a la de los bienes de la tierra.
Sal 22,28-29
Se tienen en cuenta todas las naciones, con una visión que contempla el reinado universal de Dios.
Sal 22,30
Presenta serias dificultades para una traducción exacta. Puede entenderse en el sentido de que también los muertos se unirán a la alabanza del salmista. Pero también podría significar que los ricos y autosuficientes se humillarán ante Dios en el momento de la muerte.
Sal 22,31-32
En cualquier caso el salmista termina su oración mirando al futuro: la alabanza (o el culto) al Señor continuará en las generaciones siguientes y en el nuevo pueblo que va a surgir.
Los Santos Padres recurren a este salmo en multitud de ocasiones, pues, al asumir los sentimientos expresados en él, Jesús muestra su condición humana, al mismo tiempo que es Dios: «Manténgase vigilante nuestra fe; comprenda que aquel al que poco antes contemplábamos en la condición divina aceptó la condición de esclavo, asemejado en todo a los hombres e identificado en su manera de ser a los humanos, humillado y hecho obediente hasta la muerte; pensemos que incluso quiso hacer suyas aquellas palabras del salmo, que pronunció colgado de la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Por tanto, es invocado por nosotros como Dios, pero Él ruega como siervo; en el primer caso, le vemos como creador, en el otro como criatura; sin sufrir mutación alguna, asumió la naturaleza creada para transformarla y hacer de nosotros con Él un solo hombre, cabeza y cuerpo. Oramos, por tanto, a Él, por Él y en Él, y hablamos junto con Él, ya que Él habla junto con nosotros» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 85,1).