Salmo 8
El salmo anterior terminaba con el propósito de alabar el «Nombre del Señor» (cfr Sal 7,18). Ahora se cumple ese propósito, fijando la atención en su primera gran obra: la creación, y, más en concreto, la creación del hombre. En la sucesión de los salmos, Sal 8 es el punto culminante de la oración iniciada en Sal 3. Tras las súplicas, la oración se despliega en alabanza.
El poema se abre con el reconocimiento ante Dios de su grandeza en la tierra y en el cielo (v. 2). A continuación proclama la forma en que Dios manifiesta su gloria: primero, mostrando su poder por medio de lo humanamente débil (v. 3); después, cuidándose del hombre y otorgándole una dignidad semejante a la suya (vv. 4-9). Concluye con el mismo reconocimiento de la gloria de Dios con el que comenzaba (v. 10).
Este salmo se cumple plenamente en Jesucristo: Él recibió, como Dios, la alabanza de los niños (cfr v. 3), Él ha sido coronado de gloria y esplendor en la resurrección (cfr v. 6), y a Él le han sido sometidas todas las cosas, incluso la muerte (cfr v. 7). Al rezar este salmo, el cristiano proclama la grandeza de la dignidad humana recuperada en Jesucristo.
Sal 8,1
«Según la de Gat». Parece que hace referencia a un acompañamiento musical, un arpa o una melodía.
Sal 8,2
Dios es aquel que se ha dado a conocer y se ha elegido un pueblo —«Señor nuestro»—; pero a la vez es aquel a quien pertenecen todos los pueblos, toda la tierra, y cuya gloria se manifiesta desde el lugar de su morada, encima de los cielos visibles o firmamento.
Sal 8,3
También en la tierra y en la historia hace Dios brillar su gloria cuando es reconocido y alabado por los que son débiles —los pequeños y los niños de pecho— y de esa forma vence la obcecación de quienes rechazan o rehúsan someterse a Él y a su voluntad. Sus planes se van cumpliendo en la historia a través de personas socialmente insignificantes, como lo era David en sus comienzos, o a través de un pueblo políticamente sin relieve, como lo era Israel. Jesús aplicó las palabras de este versículo a los niños que, cuando él entró en Jerusalén, gritaban: «Hosanna al Hijo de David» (Mt 21,15-16). La alabanza a Dios expresada en este salmo la realiza el cristiano alabando al mismo tiempo a Jesucristo: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo». La Iglesia utiliza este salmo en la celebración litúrgica de la solemnidad de la Santísima Trinidad.
Sal 8,4-10
Entre los humildes que reconocen a Dios se encuentra el salmista que manifiesta su admiración ante el hecho de que Dios, creador del universo, se haya fijado en el hombre y haya cuidado especialmente de él, y le haya dado además el dominio y señorío sobre toda la creación, haciéndole partícipe de su propio poder (vv. 6-9). Expresa de una manera poética que el hombre es «imagen y semejanza» de Dios (cfr Gn 1,26-27). El reconocimiento de la grandeza del hombre lleva a la contemplación de la grandeza infinitamente mayor de Dios. Contrasta con la actitud de quien, creyéndose poderoso, rechaza a Dios y se rebela contra Él (cfr v. 3).
«Poco menor que los ángeles» (v. 6). Así traducen los Setenta y las versiones latinas. En hebreo dice literalmente «poco menos que un dios» o «que unos dioses», aludiendo a los seres intermedios entre el dios supremo y los hombres, que se adoraban en el panteón cananeo.
En la Carta a los Hebreos se citan las palabras de los vv. 5-7 para afianzar la esperanza en el futuro mundo glorioso que pertenece a Cristo y que ya ha comenzado a realizarse con su resurrección y ascensión a los cielos: «Ahora no vemos que todo le esté ya sometido. En cambio, a aquel que fue hecho por un momento inferior a los ángeles, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor a causa de la muerte padecida. De modo que, por gracia de Dios, experimentó la muerte en beneficio de todos» (Hb 2,8-9). San Pablo apela asimismo al v. 7 para enseñar que la muerte será vencida definitivamente por Jesucristo, y que la creación entera será sometida a Dios por la obra redentora de Jesús: «Como último enemigo será destruida la muerte porque [Dios] ha sometido todas las cosas bajo sus pies [de Cristo]… Y cuando le hayan sido sometidas todas las cosas, entonces también el mismo Hijo se someterá a quien a él sometió todo, para que Dios sea todo en todas las cosas» (1 Co 15,26-28). El sometimiento de la creación al hombre y con él a Cristo está, por tanto, en proceso; pero ya se ha iniciado de manera irreversible en la resurrección de Jesús. Cristo lo va realizando mediante la Iglesia, en la medida en que los cristianos ponen a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Pues Dios «todo lo sometió bajo sus pies [de Cristo] y a él lo constituyó cabeza de todas las cosas en favor de la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud de quien llena todo en todas las cosas» (Ef 1,22-23). «La Sagrada Escritura enseña que el hombre ha sido creado “a imagen de Dios” capaz de conocer y amar a su Creador, y que ha sido constituido por Él señor de todas las criaturas terrenas (cfr Gn 1,26; Sb 2,23), para regirlas y servirse de ellas glorificando a Dios (cfr Si 17,3-10)» (Gaudium et spes, n. 12).
Con este salmo se da gracias a Dios por la dignidad que le ha otorgado al hombre. «Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestras tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro. Y, para que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en esta solicitud por nosotros, envías a los espíritus bienaventurados para que nos sirvan y nos ayuden, los constituyes nuestros guardianes, mandas que sean nuestros ayos» (S. Bernardo, Sermones de tempore 3).
Salmos 9-10
Estos salmos siguen el procedimiento de iniciar los versículos con cada una de las letras del alfabeto hebreo siguiendo su orden. Por eso se llaman «salmos acrósticos». En el texto hebreo, Sal 9 y Sal 10 son dos salmos distintos, aunque Sal 10 sigue la sucesión de las letras iniciada en Sal 9 y, al no llevar título de presentación, queda incluido bajo el de Sal 9. Probablemente en su origen formaban un solo salmo, como lo atestigua la versión de los Setenta y la Vulgata, que en el texto hebreo fue dividido en dos por razones litúrgicas: la primera parte (Sal 9) para ser usada como himno de alabanza; la segunda (Sal 10) como súplica y lamentación. Debido a este hecho, a partir de aquí la numeración de los salmos cambia en el texto hebreo y en el griego. En el hebreo, al que sigue la Neovulgata y también nosotros, el número del salmo es un dígito superior al número que presenta el texto griego, al que sigue la liturgia de la Iglesia. La numeración de los salmos continúa con esta divergencia hasta Sal 148.
En Sal 9 y 10, considerados como un solo himno, se continúa la alabanza al Nombre del Señor iniciada en el salmo anterior (cfr Sal 8,2.10), tal como se había prometido al final de Sal 7 (cfr Sal 7,18). Ahora, sin embargo, la atención recae en el justo juicio de Dios que se realiza sobre los impíos (cfr Sal 9,6-7; 10,15), sobre toda la tierra (cfr 9,9) y sobre las naciones (cfr 9,16). Ese juicio muestra que la fuerza del hombre proviene de Dios y que a Él hay que reconocer y obedecer (cfr Sal 8,6-7; 9,20-21; 10,16).
La estructura del conjunto Sal 9-10 presenta una oración que comienza y termina con una alabanza a Dios (9,2-3; 10,16-18), e incluye en su contenido una descripción de la salvación divina (9,4-7), expresiones de confianza en Dios (9,8-11; 10,14), diversas súplicas (9,14-15; 9,20-10,1; 10,12.15), una reflexión sapiencial sobre el destino de las naciones contrarias a Israel y de los malvados (9,16-19) y una especie de lamentación sobre la actuación de los impíos (10,2-11). Recoge primero la oración personal de un hombre que alza su voz en el Templo (9,2-15), e introduce a continuación reflexiones, súplicas y lamentos en los que ya no aparece la figura de un individuo orante (9,16-10,18).
Salmo 9
Sal 9 tiene la estructura de un himno de alabanza a Dios por la salvación que Él otorga (vv. 2-13), al que sigue una petición apoyada en la experiencia de la salvación anterior (vv. 14-21). Cada estrofa desarrolla un aspecto de la alabanza a Dios o un motivo por el que se suplica. Se inicia con la alabanza personal a Dios (vv. 2-3), que es al mismo tiempo una acción de gracias, pues a continuación se exponen los motivos que hacen surgir la alabanza: primero, la retirada y supresión de los enemigos (vv. 4-7); y segundo, la confianza en Dios como juez universal (vv. 8-11). La alabanza concluye con la invitación de quien la eleva a que otros se unan a ella y la dirijan al Dios de Israel que ha puesto la morada en el Templo de Jerusalén (vv. 12-13). Comienza luego una súplica, también de carácter personal, en la que el salmista pide la intervención divina para salvarle de la muerte y poder así seguir proclamando en el Templo su salvación (vv. 14-15). Esta súplica se apoya en la experiencia de lo que ha sucedido a las naciones y a los malvados (vv. 16-18; cfr vv. 4-7), y en la confianza de que Dios cuida del pobre y del afligido (v. 19). La petición concluye invocando nuevamente al Señor para que actúe y manifieste su poder a las naciones (vv. 20-21).
Para el cristiano la garantía del juicio final implorado en Sal 9 está ya en la resurrección de Jesucristo, tal como enseñaba San Pablo a los atenienses: «Dios ha permitido los tiempos de la ignorancia y anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes deben convertirse, puesto que ha fijado el día en que va a juzgar la tierra con justicia, por mediación del hombre que ha designado, presentando a todos un argumento digno de fe al resucitarlo de entre los muertos» (Hch 17,30-31).
Sal 9,2-3
Las «maravillas» son las grandes obras que el Señor ha realizado en la creación y en la historia de Israel, y también lo que Dios ha hecho en la vida personal del salmista.
Sal 9,4-7
Dios ha mostrado ser un juez justo que tiene poder para ejecutar su sentencia como un rey poderoso. Los «enemigos» aquí son los pueblos gentiles. La oración, por tanto, parece pronunciada por el rey.
Sal 9,8-11
De la consideración de lo que Dios ha hecho con los pueblos enemigos de Israel, se pasa a contemplar su poder y su justicia sobre toda la tierra (vv. 8-9), y su auxilio a quien sufre la injusticia y recurre a Él (vv. 10-11).
Sal 9,12-13
El salmista invita a quienes le escuchan, o al lector del poema, a unirse a su misma alabanza (cfr v. 3: «Canto salmos»).
Sal 9,14-15
La alabanza y acción de gracias a Dios por lo que ha sucedido suscitan la petición de una nueva intervención divina en la vida del salmista. En contraste con «las puertas de la muerte» están «las puertas» de Jerusalén, símbolo de salvación.
Sal 9,16-19
Sobre los enemigos se pide al Señor que desaparezcan, es decir, que vayan al seol, el lugar donde reposan los muertos.
Sal 9,20-21
El juicio divino ya se ha realizado en parte cuando, a lo largo de la historia, han ido desapareciendo las naciones —ciudades— que han oprimido a Israel (vv. 4-7.16), y cuando Dios ha mostrado su protección hacia el pobre que ha recurrido a Él (cfr vv. 10.14-15.19). Pero el juicio de Dios que el salmista implora va a realizarse definitivamente en el futuro y pondrá en evidencia el señorío universal de Dios (v. 20; cfr Sal 96,13; 98,9). «Era razonable que no sólo se estableciesen premios para los buenos y castigos para los malos en la vida futura, sino que también se decretase en un juicio general y público, a fin de que resultase para todos más notorio y grandioso, y para que todos tributasen a Dios alabanzas por su justicia y providencia, en vez de aquella injusta queja que hasta los varones justos solían a veces exhalar como hombres cuando veían a los malos engreídos en sus riquezas y alegres con sus honores» (Catecismo Romano 1,8,4).
Salmo 10
Continúa la oración de Sal 9, poniendo ahora el énfasis en la maldad de los impíos. Los salmos que vienen a continuación irán presentando las acciones y el destino de los que no reconocen como Dios al Señor. Este grupo termina con Sal 14 en el que se afirma expresamente su «necedad».
La interrogación inicial es una queja ante el Señor (v. 1); luego se expone la situación reinante (vv. 2-11) y termina con la súplica pidiendo la intervención divina (vv. 12-18).
Este salmo lleva al cristiano a sentir con más fuerza la necesidad de la redención de Cristo y a orar con más insistencia ante los males que se cometen en este mundo.
Sal 10,1
El interrogante inicial está motivado por el aparente silencio de Dios ante las injusticias y atropellos que sufre el salmista. Como glosa Santo Tomás de Aquino: «“Al no castigar a los que nos afligen, parece que Tú nos desprecias”. (…) Parece que el Señor duerme cuando permite que los justos sufran» (Postilla super Psalmos 9,22 y 33). Ante el acoso del pecado y del mal, el cristiano se dirige a Dios con un sentimiento similar al expresado en este versículo: «Imaginamos que el Señor no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos. (…) Es la hora de clamar: acuérdate de las promesas que me has hecho, para llenarme de esperanza; esto me consuela en mi nada, y llena mi vivir de fortaleza» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 304-305).
Sal 10,2-11
El mal comportamiento de los impíos tiene su raíz en la avaricia humana (vv. 3.8-10), unida al desprecio de Dios (vv. 4.11) y de sus leyes, que provoca una falsa autosuficiencia en el hombre (vv. 5-6). San Pablo empleará precisamente las palabras del v. 7 —unidas a las de otros salmos como las de Sal 5,10— para trazar el cuadro de la humanidad pecadora alejada de Dios.
Sal 10,12-18
Frente a la forma de pensar y de actuar de los soberbios se encuentra la actitud del salmista y de todo hombre que reconoce a Dios y pone su confianza en Él. Éste cree en la misericordia de Dios, en su providencia con los débiles de este mundo (v. 14) y en su absoluto señorío (v. 16). De esta fe brota la súplica, en la que, además de pedir la intervención divina en favor del pobre, pide también que la humanidad entera reconozca su limitación y vuelva al camino del bien. Cuando se le invoca, Dios interviene a favor del humilde —el pobre, el huérfano y desvalido—, víctima de la conducta inicua y traicionera del malvado. Así muestra la falsedad de la autosuficiencia humana (v. 18).
Salmo 11
En Sal 7,2 ya aparecía la actitud de buscar refugio en el Señor frente a los enemigos. Ante la angustiosa situación en la que los impíos ponen al pobre que confía en Dios (cfr 10,2-11) se plantea ahora la cuestión: ¿no es mejor huir? (v. 1). Los malvados realizan contra el justo aquellas acciones que se esperaba que Dios realizase contra ellos (cfr v. 2; Sal 7,13-14). Ante esto se recuerda de nuevo la seguridad que da la presencia de Dios en el Templo (cfr Sal 5,8) y la confianza en su justo juicio (Sal 7,10).
El poema comienza con una afirmación en primera persona de quien ha acudido al Señor, seguida de una pregunta retórica dirigida a quienes le rodean y le aconsejan huir (v. 1). Continúa contraponiendo las razones en que se basa ese consejo (vv. 2-3), y el motivo por el que él permanece en su sitio (vv. 4-6). Concluye con una alabanza al Señor por su justicia (v. 7).
El acceso a Dios, no sólo como juez justo, sino como Padre, y la permanencia junto a Él los obtendrán definitivamente los hombres a través de Jesucristo, «pues por él unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu» (Ef 2,18).
Sal 11,1
Aquí está concentrada la fuerza del salmo: el salmista ha decidido buscar su seguridad en el Templo, junto al Señor, en vez de huir lejos y escapar de la ciudad, como humanamente podría aconsejar la situación de peligro creada por las asechanzas y calumnias de los enemigos.
Sal 11,2-3
Ante las maquinaciones de los impíos y la anarquía social reinante, parece que nada puede hacer el hombre justo.
Sal 11,4-6
En la situación descrita, el salmista cuenta, sin embargo, con la presencia del Señor en el Templo, estando a la vez el Señor en los cielos (cfr Sal 8,2), desde donde ve y juzga todas las acciones de los hombres. Desde allí envía a los impíos su castigo que ahora no es descrito con imágenes de algo que puedan hacer los hombres —espada, flechas y dardos (cfr Sal 7,13-14)— sino como algo que sólo Dios puede realizar, algo que baja del cielo, como en el castigo de Sodoma y Gomorra (v. 6; cfr Gn 19,24). Tal es la suerte —«porción de su copa» (v. 6)— que espera a los impíos.
Apoyándose en la literalidad del v. 4, y trasponiéndolo a la presencia de Dios en el cristiano, comenta San Jerónimo: «Cuando el trono del Señor está en el cielo (…) está colocado solamente en una parte del cielo; en cambio, cuando el trono del Señor es el cielo (cfr Is 66,1), todo el cielo es trono del Señor. De aquí que por elevación el Señor que habita en su Templo santo, es decir, en el alma del creyente, o la habita parcialmente o la ocupa totalmente. Cuando somos todavía imperfectos, y en nosotros se encuentran todavía cosas buenas y malas, Dios habita sólo parcialmente en nuestra alma, es decir, en su cielo. Pero, cuando alcanzamos la perfección plena, somos transformados completamente en lugar donde Dios habita, y somos así el cielo que es su trono. Propiamente, sin embargo, sólo Nuestro Señor y Salvador es el Templo de Dios» (Breviarium in Psalmos 10,5).
Sal 11,7
La alabanza conclusiva refleja la esperanza del justo. Ver el «rostro» de Dios significa aquí tener libre y confiado acceso a Dios en el Templo, de modo parecido a como la expresión «ver el rostro del rey» indica en otros pasajes del Antiguo Testamento poder acceder a él libre y confiadamente (cfr Gn 43,3.5; 44,23-26; 2 S 3,13). Jesús en las Bienaventuranzas promete asimismo a los limpios de corazón que verán a Dios (cfr Mt 5,8). «[Esta] promesa supera toda felicidad. (…) En la Escritura, ver es poseer (…). El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir» (S. Gregorio de Nisa, De beatitudinibus 6; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2548).
Salmo 12
Los enemigos descritos en los salmos anteriores adquieren ahora un rasgo singular: se hacen fuertes y autosuficientes apoyándose en su capacidad de mentir. Antes, quienes rechazaban a Dios hablaban para sus adentros (cfr Sal 10,6); ahora proclaman públicamente su pensar (cfr 12,5). Tal actitud es lo contrario a la afirmación de Sal 8: al hombre la fuerza le viene de Dios y su grandeza está en reconocerlo.
El salmista comienza pidiendo la ayuda divina porque los hombres sólo dicen engaños (v. 2-3), y después expone su petición: que Dios les haga callar cuando proclaman su mentira (vv. 4-5). A continuación introduce el oráculo del Señor, cuya palabra es totalmente veraz (vv. 6-7). Concluye con una nueva súplica, ahora de carácter comunitario (vv. 7-8).
También Jesús hubo de enfrentarse a la hipocresía y perversidad de muchos en su tiempo, a una generación malvada (cfr Mt 12,39-45; 17,17). Su actitud ante ella fue dar testimonio claro de la voluntad del Padre.
Sal 12,2-3
La difusión de la mentira —«doblez de corazón»— imposibilita la confianza leal y fraterna entre los hombres. Ante ello, sólo queda recurrir al Señor.
Sal 12,4-5
El punto culminante de la mentira es la afirmación de que nada ni nadie es más fuerte que ella misma. El salmista recoge esta afirmación, al parecer generalizada, tal como la harían los soberbios. Resuena el poder que tiene la mentira y el daño que produce: «La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a otro. Atenta contra él en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2486).
Sal 12,6-7
A la afirmación de los soberbios se opone la palabra del Señor que contiene una promesa de salvación. Puede tratarse de un oráculo pronunciado por el sacerdote en el Templo, o de una afirmación del mismo salmista en nombre de Dios. En cualquier caso expresa una constante en los salmos y en la Biblia (cfr Sal 76,10; 102,14; Is 33,10) que siempre puede oponerse a la autosuficiencia humana basada en la mentira. El salmista resalta la veracidad de esa palabra de Dios con imágenes bien expresivas (v. 7).
Sal 12,8-9
Recogen, con otras palabras, la misma súplica de protección con la que se iniciaba el salmo.
Salmo 13
El aparente silencio de Dios aducido por los impíos ya ha sido mencionado en los salmos anteriores (cfr Sal 10,4.11), y también el deseo del creyente de gozar de la salvación divina (cfr Sal 9,15). Ahora el salmista reconoce ese silencio divino, muestra su aflicción por ello y pide angustiosamente al Señor que lo rompa (vv. 2-4); al mismo tiempo, manifiesta que ya goza de la salvación (v. 6).
La oración se inicia con una pregunta apremiante dirigida a Dios, y repetida cuatro veces, en la que se urge la intervención divina por tres motivos: su aparente olvido del hombre, el sufrimiento de éste en la enfermedad y el riesgo inminente de ser vencido por sus enemigos (vv. 2-3). Sigue la súplica pidiendo, en el mismo orden, que Dios se manifieste, que libre al orante de la enfermedad y la muerte, y que no triunfe sobre él su enemigo (vv. 4-5). Termina con el reconocimiento por parte del salmista de que ya ha sido salvado (v. 6). La brevedad y la perfecta construcción de este salmo hace de él un ejemplo típico de lamentación individual. El nombre del Señor aparece tres veces dominando cada una de las partes del salmo.
Este salmo invita al lector cristiano a hacer suyo el grito: «¿Hasta cuándo, Señor?». Es un grito que elevan a Dios a lo largo de la historia los que padecen la persecución y el martirio a causa de su fe: «Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: “¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?”» (Ap 6,9-10). Con ese mismo apremio la Iglesia pide la pronta venida del Señor (cfr Ap 22,17-20; 1 Co 15,23).
Sal 13,2-3
Al sufrimiento, quizá por una enfermedad (cfr v. 4), se une el del acoso de los que rechazan a Dios, que ven precisamente en aquella desgracia el signo de que Dios ha abandonado al hombre (v. 2; cfr v. 5). El cristiano que esté experimentando una situación similar a la del salmista puede hacer suyo su clamor con la seguridad de que, si persevera, el Señor saldrá en su ayuda: «Comprendan todas las almas que, si Dios no les cumple enseguida lo que le piden y necesitan, no fallará a su debido tiempo si ellas son constantes y no desmayan y se desalientan» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 2,4).
Sal 13,4-5
La angustia expresada por el salmista no está tanto en su situación de sufriente, cuanto en el aparente abandono de Dios.
Sal 13,6
El autor del salmo no duda; ha confiado en el amor divino y ya goza de la salvación. Por eso promete seguir alabando a Dios en el futuro.
Salmo 14
Los hombres, hijos de Adán, que se jactan de su fuerza (cfr Sal 9,20) y no reconocen a Dios (cfr Sal 10,11), se apoyan en su propia mentira (cfr Sal 12,4-5) y arguyen al creyente con el silencio de Dios (cfr Sal 13,2.5). Ahora ésos son presentados no sólo como impíos, sino como necios y faltos de conocimiento (Sal 14). Culmina así la oración que brota ante la falta de religiosidad que rodea al salmista, puesta en vivo contraste con la grandeza de la dignidad humana cantada en Sal 8.
La reflexión tiene el siguiente esquema: se inicia con una lamentación o queja sobre la necedad humana que no reconoce a Dios, comprobada por el salmista y por Dios mismo (vv. 1-3); sigue la recriminación por esa conducta que podría y debería evitarse con un sano razonamiento (vv. 4-6); y concluye con una afirmación de esperanza sobre la suerte del pueblo elegido (v. 7). El mismo salmo se encuentra repetido más adelante con ligerísimas variaciones (cfr Sal 53).
La misma «necedad» humana que contempla este salmo es la que San Pablo entiende que existe en la sociedad de su tiempo y en toda época, cuando los hombres «habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios se hicieron necios» (Rm 1,21-22).
Sal 14,1-3
La contraposición entre el necio que dice: «No hay Dios» (v. 1), y el sensato —sabio— que «busca a Dios» (v. 2) desarrolla la ya establecida en Sal 1 entre el impío y el justo. El pensamiento del necio: «No hay Dios», va inseparablemente unido, según el salmista, a su conducta: «No hay quien haga el bien» (vv. 1.3). Más que negar teóricamente la existencia de Dios, el razonamiento del «necio» discurre en el sentido de que Dios no se ocupa de los asuntos humanos ni se fija en la conducta del hombre. Queda denunciado el ateísmo práctico que dominaba —y que domina— la sociedad. De ahí que San Pablo transcriba las palabras de este salmo (vv. 1-3) cuando describe la situación de la humanidad alejada de Dios (cfr Rm 3,10-12). «La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cfr Sal 95,1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14,9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (S. Agustín, Sal 62,16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2628).
Sal 14,4-6
La conducta del necio que denuncia el salmo se debe a la falta de discernimiento ante la seguridad interior del hombre que confía en Dios (v. 6), y ante el futuro juicio divino (v. 5). En la primera parte del v. 4 no está claro si habla el salmista o Dios. Con la mención de «mi pueblo» —que ha de entenderse como el resto fiel que es oprimido y devorado por los impíos— cambia la perspectiva del comienzo, y la atención se centra en el pueblo de Israel.
Sal 14,7
Se contempla la vuelta de los desterrados en Babilonia como obra realizada por Dios desde su Templo de Jerusalén. Esto mismo debería hacer reflexionar al «necio».
Salmos 15-24
Sal 15 inicia una serie de plegarias que va hasta Sal 24 en el que de nuevo se proclama quién puede subir al Templo del Señor (cfr Sal 24,3). En ella predomina el tema del Templo y de la oración que se eleva desde él (cfr nota a
Sal 24).