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Salmo 54
El salmo anterior concluía con el deseo de que el Señor diera la salvación a su pueblo haciendo temblar a quienes lo devoraban (cfr Sal 53,6-7). Ahora el salmista pide esa liberación para él (v. 3), y pide también que sus adversarios desaparezcan (v. 7). El sacrificio voluntario que promete ofrecer (v. 8) responde al que Dios quiere (Sal 50,14; 51,18-19). Sal 54 por tanto personaliza la oración de Sal 53, enlazando de este modo con Sal 51 y 52,10.
Primero se presenta la súplica (vv. 3-4), y enseguida su motivación (v. 5). Después se expresa la confianza en Dios (vv. 6-7), y, finalmente, el propósito de ofrecerle un sacrificio (vv. 8-9). Estamos ante la estructura típica de un salmo de súplica individual. Al comienzo y al final, como enmarcando la oración, aparece «el Nombre» del Señor (vv. 3.8), y su acción liberadora (vv. 3.9); en el centro, la confesión de confianza (v. 6).
La situación del orante ha sido asimilada en el título de este salmo a la de David cuando, perseguido por Saúl, se refugió en el desierto de Zif y sus habitantes le delataron ante el rey (cfr 1 S 23,19; 26,1). Pero como sucede en otros salmos atribuidos a David, su contenido sobrepasa aquella situación y puede actualizarse en cualquier momento. Así el v. 8 puede aplicarse a nuestro Señor Jesucristo, que aceptó voluntariamente su muerte (cfr Jn 10,18) como sacrificio de expiación por los pecados de todos los hombres (cfr Hb 10,9).
Sal 54,3-4
«Salvar» y «hacer justicia» —expresiones de carácter jurídico— están en paralelismo (v. 3), indicando así que la justicia divina es salvación para quien confía en Dios. También están en paralelismo «Nombre» y «poder», ya que el Dios que revela su Nombre a su pueblo es el Dios de cielos y tierra, el Todopoderoso (cfr Sal 47).
Sal 54,5
Los «soberbios» que se alzan contra el salmista parecen ser miembros del pueblo que le persiguen con crueldad (cfr Sal 86,14).
Sal 54,6-7
Los adversarios del salmista no han contado con el hecho de que es Dios quien protege la vida de éste (v. 6), y el mal que traman va a volverse contra ellos (v. 7) según la ley del talión (cfr Dt 19,16-19).
Sal 54,8-9
Al ser «voluntario» —es decir, no prescrito por la Ley ni a causa del pecado (cfr Lv 7,16-17; 22,18.21)—, el sacrificio que el salmista ofrece al Señor manifiesta la sinceridad de su corazón (v. 8; cfr Sal 51,19). La acción del salmista es figura del sacrificio que realizará Nuestro Señor Jesucristo: «Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (cfr Hb 10,10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (cfr Jn 4,10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (cfr Jn 15,13), ofrece su vida (cfr Jn 10,17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (cfr Hb 9,14), para reparar nuestra desobediencia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 614).


Salmo 55
A los «soberbios», que atentan contra la vida del orante según el salmo anterior (cfr Sal 54,5), se suma ahora el «amigo» (vv. 13-15). En Sal 50,19-20, Dios recriminaba al que urdía contra su hermano, ahora es el propio salmista el que lo experimenta en su vida (v. 22). Es el hombre de lengua traicionera de Sal 52,5. La destrucción que Dios anunciaba para aquél (cfr Sal 50,22), y se pedía en Sal 54,7, viene concretada ahora en Sal 55 (vv. 16.24). En este salmo, por tanto, están desarrollados los sentimientos contenidos en los salmos anteriores.
La oración comienza con una apelación a Dios para que escuche (v. 2-3a), y pasa a exponer la opresión que sufre el salmista (vv. 3b-6). Hablando consigo mismo expresa su deseo de encontrar descanso lejos (vv. 7-9), y pide al Señor que confunda a sus enemigos (vv. 10-12). Después se lamenta del agravio que recibe de su amigo (vv. 13-15), deseando que aquéllos y éste desaparezcan (v. 16). Luego expone su actitud de súplica y de esperanza en Dios (vv. 17-20) y la maldad de sus adversarios (vv. 21-22), invitando al lector a acudir al Señor (v. 23). Concluye dirigiéndose de nuevo a Dios y expresándole su confianza (v. 24). Así la expresión de confianza al final del salmo (v. 24e) enlaza con la petición inicial (v. 2). La agitación interior del salmista queda reflejada en el reiterado cambio de la dirección del discurso.
El sufrimiento que se manifiesta en este salmo lo experimentó de forma eminente nuestro Señor Jesucristo cuando Judas Iscariote, uno de sus discípulos —«compañero», «confidente» (v. 14)— tramó contra él (cfr Mt 26,21-24; Jn 13,18-19; Sal 41,10). Como el salmista, también Jesús clamó a Dios para que le salvara (cfr Hb 5,7-9) y también nos enseñó a orar incesantemente sin descanso (cfr v. 18; Lc 18,6-8).
Sal 55,2-3
Cuatro verbos se suceden sin interrupción para instar a Dios. Son signo de la fuerza con la que suplica el salmista.
Sal 55,3b-6
El salmista señala tanto las causas de su situación (v. 4), como los efectos que produce en su interior (vv. 5-6).
Sal 55,7-9
El deseo de huir lejos refleja una decisión desesperada, pues significa alejarse del Templo (cfr Sal 11,1). En sentido alegórico, San Juan Clímaco aplica la imagen de las dos alas al recogimiento exterior e interior. «Ambas virtudes, escribe, son de hecho como dos alas de oro por medio de las cuales un alma llamada a la santidad asciende segura a lo alto del cielo. Sin duda el escritor inspirado cantó sobre ellas: ¿Quien me diese alas, como a la paloma, para volar —se entiende por el camino de la práctica— y, después, encontrar descanso por el camino de la contemplación y la humildad?» (Scala paradisi 4[15]).
Sal 55,10-12
Pero para el salmista tal lejanía sería mejor que soportar la situación en la ciudad que, por los términos en los que se describe, refleja probablemente los problemas internos surgidos a la vuelta del destierro (cfr Ne 5,1-5).
Sal 55,13-15
El dolor del salmista llega al colmo cuando ve que se ha vuelto contra él quien, en otros tiempos, le acompañaba al Templo gozando juntos de la alegría de la peregrinación.
Sal 55,16
El castigo deseado recuerda el que sufrieron los que se rebelaron contra Moisés en el desierto (cfr Nm 16,30-33).
Sal 55,17-20
Los tres momentos señalados de oración (v. 18; cfr Dn 6,11) reflejan en realidad que la oración es continua, y el v. 19 indica que el salmista ve ya anticipada su liberación.
Sal 55,21-22
La hipocresía en el hablar y el actuar la ve el salmista en la conducta de los enemigos: ni temen a Dios ni son leales con los hombres (v. 21); y, a pesar de sus apariencias suaves y bondadosas, no hacen más que ejercer violencia (v. 22).
Sal 55,23
Puede verse la exhortación que el salmista se hace a sí mismo, o una voz que él oye interiormente proveniente del Señor, o, incluso, un oráculo pronunciado por un sacerdote. Son palabras que invitan a la esperanza en medio de la tribulación —«no abandona para siempre»—. De ahí que le llevaran a confesar a San Josemaría: «Paradoja: desde que me decidí a seguir el consejo del Salmo: arroja sobre el Señor tus preocupaciones, y Él te sostendrá, cada día tengo menos preocupaciones en la cabeza… Y a la vez, con el trabajo oportuno, se resuelve todo, ¡con más claridad!» (Surco, n. 873).
Sal 55,24
El «pozo de la perdición» es el sepulcro. La muerte prematura será el castigo por la maldad.


Salmo 56
La oración del salmo anterior pidiendo a Dios que escuchara y respondiera (cfr Sal 55,2-3) se continúa ahora, rogándole que «tenga piedad» (Sal 56,2). El grito con el que concluía Sal 55 —«yo confío en Ti»— se recoge de nuevo (v. 4) y se desarrolla en términos de seguridad frente a todo lo que pueda hacer el hombre (vv. 5.12).
La oración contiene la súplica de un hombre perseguido (vv. 2-3) que, enseguida, manifiesta su confianza en Dios (vv. 4-5). Pasa luego a describir la acción de los enemigos (vv. 6-7) y pide a Dios que se fije en su dolor (vv. 8-9) y les haga retroceder, ya que él confía y no teme lo que pueda hacerle el hombre (vv. 10-12). Finalmente reconoce ante Dios que ha de cumplir las promesas hechas, pues ya se ve salvado (vv. 13-14). La oración se inserta en el marco literario de la petición (v. 2) y del haber sido escuchado (v. 14). Su desarrollo está marcado por un estribillo en el que se proclama la confianza en Dios (vv. 5.11-12).
El título que acompaña a este salmo presenta a David prisionero de los filisteos, cuando en realidad él mismo fue a refugiarse en Gat, y temiendo por su vida se hizo el loco y se marchó de allí (cfr 1 S 21,11-22,1). Ciertamente puede darse una cierta analogía entre la situación de David en Gat y la que refleja el salmista en su vida, pero una vez más vemos que el contenido del salmo trasciende las circunstancias concretas. Al rezar este salmo, el cristiano recuerda las palabras de San Pablo cuando afirma que nada nos podrá separar del amor de Dios (cfr Rm 8,35-39).
Sal 56,2-3
«Un hombre» tiene aquí el sentido de «el hombre» en cuanto ser débil frente al poder de Dios (cfr vv. 5-12).
Sal 56,4-5
Ya pueden los hombres acechar constantemente —«todo el día» (vv. 2.3.6)—, juntándose muchos (vv. 3.7), que nada malo podrán hacer a quien confía en Dios (vv. 4-5). «Alabar la palabra» (v. 5) significa aceptar y dar gracias a Dios por su promesa de salvación (cfr Sal 50,15); promesa que lleva a confiar en Él y a no temer a ningún hombre. Las palabras del v. 5, en las que se resume la oración del salmo, vuelven a aparecer, casi idénticas, en Sal 118,6. En la Carta a los Hebreos las encontramos como exhortación dirigida a los cristianos para que estén contentos con lo que tengan, desechando toda codicia, «de modo que podamos decir confiadamente: El Señor es mi auxilio y no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?» (Hb 13,6).
Sal 56,6-7
La acción de los enemigos, cuya identidad no sabemos, parte de sus designios perversos, de su interior (v. 6), y se desarrolla progresivamente (v. 7).
Sal 56,8-9
Sobre sus enemigos lanza el salmista la imprecación que se hacía contra los gentiles (v. 8), al tiempo que siente la protección de Dios sobre su vida (v. 9): le acompaña como a los patriarcas en sus peregrinaciones —«errante» (cfr Dt 26,5)—, se cuida de todos sus sufrimientos —«lágrimas en tu odre»—, y no lo echa en olvido —«estar en tu libro»—. San Agustín recurre a estas palabras para enseñar cómo debe ser nuestra oración: «Lejos, pues, de nosotros la oración con vana palabrería; pero que no falte la oración prolongada, mientras persevere ferviente la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario y urgente con palabras superfluas. Orar, en cambio, prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de aquel que nos escucha. Porque, con frecuencia, la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales. Porque el Señor recoge nuestras lágrimas en su odre y a él no se le ocultan nuestros gemidos, pues todo lo creó por medio de aquel que es su Palabra, y no necesita las palabras humanas» (Epistolae 130,10,20).
Sal 56,10-12
Como Dios no cuida de los enemigos del salmista, éste ve ya anticipadamente su dispersión. En cambio él se apoya en su fe en Dios que es el Señor, es decir, en el Dios de la Alianza que ha hablado a su pueblo (v. 11).
Sal 56,13-14
El orante manifiesta a Dios la deuda que ha contraído con Él porque ya se siente salvado. El contraste entre «muerte» por un lado, y «presencia de Dios» y «luz de los vivientes» por otro, deja entender que para el salmista vivir es estar con Dios.


Salmo 57
Continúa la oración del salmo anterior con el que éste coincide en las palabras iniciales (cfr Sal 56,2; 57,2). En aquél la seguridad del orante estaba en la promesa divina (cfr 56,5.11-12); en éste se apoya en la omnipotencia de Dios (vv. 3.6.12). La esperanza del retroceso de los enemigos cantada en Sal 56,10, se proclama cumplida en Sal 57,7.
Comienza con una súplica en la que se expresa la confianza en Dios (v. 2), seguida del motivo por el que la hace (vv. 3-4). Enseguida, el salmista, pasa a manifestar la situación insoportable en la que se encuentra (v. 5), y desde la que clama al Dios de cielos y tierra (v. 6). Después, como en una segunda parte de la oración, viene el reconocimiento de que Dios le ha salvado (v. 7), y la promesa de alabarle por su misericordia (vv. 8-11), para concluir con el mismo clamor del v. 6 al Dios de cielos y tierra (v. 12).
En el título que le acompaña, este salmo es presentado como recitado por David cuando Dios puso a su alcance a Saúl en una cueva (1 S 24,4-8). David no quiso dar muerte al rey pudiendo hacerlo, pero aquel suceso le confirmó su persuasión de gozar de la protección divina y de que la caída de Saúl estaba cerca. La proyección del salmo a aquellas circunstancias indica que se trata de una oración transida de esperanza y de firmeza en la cercanía de la salvación (cfr v. 8), porque se perciben ya los indicios de su llegada. Esto hace que la oración se intensifique: «Álzate… oh Dios» (vv. 6.12). El cristiano reza este salmo desde la fe en nuestro Señor Jesucristo, que proclamó que la llegada del Reino de Dios estaba cerca y lo manifestó con sus obras y su presencia (cfr Mt 12,18; Mc 1,15). Y también nos enseñó a pedir a Dios: «Venga tu Reino…» (Mt 6,10).
Sal 57,2
La repetición de la súplica refleja su intensidad. Las expresiones del salmista dejan suponer que ha buscado refugio en el Templo durante la noche —«a la sombra de tus alas»—. Pero tal forma de expresarse puede ser un modo de manifestar que en una situación difícil recurre al Señor y encuentra la salvación.
Sal 57,3-4
La súplica brota de haber puesto la confianza en el Señor, y suscita la esperanza de salvación porque es el Dios que ha mostrado su misericordia y fidelidad en la Alianza con su pueblo.
Sal 57,5
La situación del salmista viene descrita con imágenes comunes a otros salmos: los enemigos son comparados con fieras (cfr Sal 7,3); manifiesta el dolor de tener que vivir con ellos (cfr Sal 55,7-9); sus acciones son como redes tendidas y fosa cavada (cfr v. 7; Sal 7,16).
Sal 57,6
Desde su situación angustiosa, el salmista alza su voz a Dios pidiendo que muestre su poder en el cielo y en la tierra (cfr Sal 19).
Sal 57,7.8-11
Porque Dios ha mostrado su poder frente a los enemigos (v. 7), la petición deriva en proclamación de confianza en el Señor (v. 8). Como se avecina la aurora a medida que transcurre la noche, así se avecina la salvación de Dios en la tribulación (v. 9), y el orante se dispone a proclamarlo al rayar el alba ante todos los hombres (vv. 10-11). Puesto que los vv. 8-12 se repiten casi literalmente en Sal 108,2-6, se puede pensar que constituían una pieza suelta aplicable a distintas situaciones.
La firmeza de corazón expresada en estos versículos, la experimenta el cristiano considerando la providencia de Dios: «Con la claridad de Dios en el entendimiento, que parece inactivo, nos resulta indudable que, si el Creador cuida de todos —incluso de sus enemigos—, ¡cuánto más cuidará de sus amigos! Nos convencemos de que no hay mal, ni contradicción, que no vengan para bien: así se asientan con más firmeza, en nuestro espíritu, la alegría y la paz, que ningún motivo humano podrá arrancarnos, porque estas visitaciones siempre nos dejan algo suyo, algo divino. Alabaremos al Señor Dios Nuestro, que ha efectuado en nosotros obras admirables (cfr Jb 5,9), y comprenderemos que hemos sido creados con capacidad para poseer un infinito tesoro (cfr Sb 7,14)» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 305).


Salmo 58
La petición del salmo anterior —«Álzate… oh Dios» (cfr Sal 57,6.12)— se concreta en éste a propósito de los que «se alzan» a sí mismos —«poderosos»— en la tierra (Sal 58,2). Ni los jueces con su poder serán capaces de hacer nada contra el que confía en el Señor (cfr Sal 56,5.12); también sobre ellos recae el juicio divino (cfr Sal 50,4.16). Puesto que estos temas ya se encuentran en los salmos anteriores, Sal 58 se presenta como reafirmación de la confianza en el Señor por parte del hombre que le teme.
Comienza con una acusación a los jueces de su falta de justicia (vv. 2-3), y describe a continuación la perversidad de sus acciones (vv. 4-6). Después pide a Dios que éstos fracasen en sus proyectos (vv. 7-9) y augura su inmediata destrucción (v. 10), que contrasta con la alegría del justo (vv. 11-12). El salmo está enmarcado en la idea de «hacer justicia», ausente en los jueces inicuos (v. 2) y propia de Dios que también les juzga a ellos (v. 12).
La imagen del juez inicuo, que no teme a Dios ni a los hombres, es recogida por nuestro Señor Jesucristo como tipo del hombre poderoso que desoye el clamor del pobre que busca justicia (cfr Lc 18,2-8). Pero a diferencia del tono del salmo, en la enseñanza de Jesús ese juez aún puede ser movido por la constancia de la petición del humilde.
Sal 58,2-3
Hemos traducido por «poderosos» un término hebreo bastante oscuro que algunos interpretan como «dioses». Se refiere a los jueces de la tierra y pone de relieve, quizá irónicamente, su poder. También el v. 3 es de difícil traducción, y muchos lo entienden en el sentido de que aquellos jueces ejercen la violencia con sus propias manos, además de proyectarla en su corazón, es decir, en sus deseos y pensamientos.
Sal 58,4-6
El mal en aquellos jueces no es algo esporádico, sino constante: lo han hecho siempre, desoyendo la voz del Señor (cfr Sal 50,21; 51,7).
Sal 58,7-9
La oración imprecatoria de estos versículos contiene imágenes de gran fuerza. Para su interpretación en la tradición de la Iglesia, cfr Sal 109,16-20.
Sal 58,10
El sentido este versículo, aunque el texto es muy oscuro, podría ser que el éxito de esos impíos dura menos que lo que tarda el fuego de la zarza seca, fácilmente inflamable, en calentar la olla; su desaparición va a ser algo repentino.
Sal 58,11-12
En contraste con lo anterior, el justo se alegra, y todos pueden reconocer que Dios hace justicia. Las crudas expresiones del v. 11 resaltan la completa victoria de Dios en sus juicios.
La dureza de muchas de las frases de este salmo (vv. 7-9.11) han sido causa de que no se utilice en la liturgia cristiana. Sin embargo, su enseñanza queda recogida en la doctrina de la Iglesia, pues no deja de ser una advertencia ante el juicio de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras: «Cristo glorioso, al venir al final de los tiempos a juzgar a vivos y muertos, revelará la disposición secreta de los corazones y retribuirá a cada hombre según sus obras y según su aceptación o su rechazo de la gracia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 682). Y el Catecismo Romano señalando la conveniencia de este juicio comenta: «Era razonable que no sólo se estableciesen premios para los buenos y castigos para los malos en la vida futura, sino que también se decretase en un juicio general y público, a fin de que resultase para todos más notorio y grandioso, y para que todos tributasen a Dios alabanzas por su justicia y providencia, en vez de aquella injusta queja que hasta los varones justos solían a veces exhalar como hombres, cuando veían a los malos engreídos de sus riquezas y alegres con sus honores. (…) Es necesario que se celebre un juicio universal, no dijeran acaso los hombres que Dios, andando, paseándose de uno a otro polo del Cielo, no se cuida de las cosas de la tierra» (1,8,4).


Salmo 59
En este salmo se personaliza la perspectiva del anterior. Allí se contemplaba la perversidad de los jueces; ahora el salmista se siente injustamente perseguido sin que haya delito alguno en él (vv. 4-5). Es acosado en la ciudad paganizada, como en Sal 56, y ante los enemigos que «se alzan» contra él (v. 2), pero encuentra su lugar seguro, su alcázar, en Dios que se alza sobre los cielos (cfr Sal 57,6). De nuevo es la mañana el momento de proclamar la gloria de Dios (cfr Sal 57,9; 59,17).
El salmo se inicia con un grito que pide a Dios la liberación de los enemigos (vv. 2-3), y luego se desarrolla en dos partes que terminan, cada una, con la misma proclamación de Dios como fortaleza y alcázar (vv. 10.18). Ambas partes incluyen la misma comparación de la acción de los enemigos con la de los perros que merodean por la ciudad (vv. 7.15). En la primera predomina la súplica a Dios para que intervenga (vv. 4.6.8); en la segunda se concreta más el tipo de intervención divina que se espera (vv. 11.12.14), y se promete alabanza al Señor (vv. 17-18).
El título que acompaña al salmo apunta a la situación de David cuando Saúl envió a su casa gentes para que la vigilaran por la noche y le dieran muerte al amanecer; pero David, advertido por su esposa Mical, huyó durante la noche por una ventana (cfr 1 S 19,11-22). Se trata de la acomodación del salmo a unas circunstancias que si bien no quedan reflejadas en su contenido, pueden encontrar cierto parecido con algunas expresiones, como la comparación de los perros que llegan al atardecer (v. 7.15), o la posibilidad de cantar la bondad del Señor por la mañana (v. 17). En realidad el salmo está abierto para convertirse en oración de quien, injustamente acosado por sus enemigos, busca refugio en su Dios. En este sentido el contenido del salmo se cumplió en nuestro Señor Jesucristo, cuyos enemigos actuaron como los perros descritos en el salmo, mientras él, inocente y sin culpa, ponía toda su confianza en Dios.
Sal 59,2-3
En las cuatro peticiones se resalta la iniquidad y violencia que sobre el orante ejercen sus enemigos.
Sal 59,4-6
En contraste con sus perseguidores, el salmista presenta a Dios su propia inocencia (cfr Sal 7; 17). De esa forma urge al Señor para que intervenga como juez justo (vv. 5b-6). Le invoca apelando a su dominio universal —«Dios de los ejércitos» (Sal 24,10; 48,9)— y a la elección de Israel como su pueblo.
Sal 59,7
La comparación con bandas de perros vagabundos, que acuden a la tarde a la ciudad en busca de comida, denota un profundo desprecio (cfr vv. 8-9; 15-16; Sal 22,17-18; cfr Dt 23,19).
Sal 59,8-10
La petición del castigo de las naciones ha llevado a pensar que los enemigos son los pueblos gentiles (v. 9) y que el orante sería el rey. Pero más bien parece tratarse de una generalización del salmista: sus enemigos son como los paganos que acechan al pueblo de Dios y se les incluye en la misma petición de castigo (v. 6). Frente a ellos el salmista encuentra su seguridad en Dios (v. 10). «Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza. Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 92).
Sal 59,11-14
La reivindicación que el salmista pide al Señor conlleva que sus enemigos no sean destruidos de inmediato, sino castigados a una vida errante, sin tierra, de manera que haya tiempo para que en la conciencia del pueblo quede bien grabada la acción de Dios, y no caigan pronto en el olvido, como otras veces (v. 12; cfr Dt 8,1-19). Pero, con todo, el destino final que se pide para los enemigos es su desaparición (v. 14).
Sal 59,15-16
Sigue adelante la comparación con los perros, destacando ahora su avidez. Conforme al sentido espiritual y atendiendo a la vida interior comenta San Juan de la Cruz: «Y por eso justamente, [los malos apetitos] como perros, siempre andan hambreando, porque las meajas más sirven de avivar el apetito que de satisfacer el hambre. Y así, de ellos dice David (Sal 59,15-16): Famen patientur ut canes, et circuibunt civitatem. Si vero non fuerint saturati, et murmurabunt; quiere decir: Ellos padecerán hambre como perros y rodearán la ciudad y, como no se vean hartos, murmurarán. Porque ésta es la propiedad del que tiene apetitos, que siempre está descontento y desabrido, como el que tiene hambre. Pues, ¿qué tiene que ver el hambre que ponen todas las criaturas con la hartura que causa el espíritu de Dios? Por eso, no puede entrar esta hartura increada en el alma si no se echa primero esotra hambre criada del apetito del alma; pues, como habemos dicho, no pueden morar dos contrarios en un sujeto, los cuales en este caso son hambre y hartura» (Subida al monte Carmelo 1,6,3).
Sal 59,17-18
En contraste con el desasosiego de sus enemigos, el salmista podrá proclamar el poder del Señor, porque habrá pasado la tribulación —«por la mañana» (v. 17)—, y podrá confesarle como su «alcázar».


Salmo 60
En el salmo anterior se pedía a Dios el castigo de los paganos (cfr Sal 59,6) pues Él «se ríe de ellos» (Sal 59,9); ahora se contempla al pueblo de Dios derrotado por aquéllos. La causa, sin embargo, no es el poder de los gentiles, sino que Dios se ha airado con su pueblo (Sal 60,3; cfr Sal 44,10-15). A los jueces inicuos (cfr Sal 58) y a los enemigos del salmista (cfr Sal 57; 59) se añaden ahora los paganos (Sal 60) como aquellos de quienes Dios salva, pues a quien confía en Él nada puede hacerle el hombre (cfr Sal 56). Incluso «vana es la salvación que viene del hombre» (Sal 60,13). La oración comunitaria del salmo 60 lleva así adelante la que hacía el individuo en los salmos anteriores.
La oración comienza con el reconocimiento ante Dios de que ha sido Él quien ha castigado a su pueblo (vv. 3-5), proporcionándole al mismo tiempo una señal de salvación (vv. 6-7). A continuación se recoge la respuesta divina dada a modo de oráculo (vv. 8-10); y, a la pregunta retórica sobre quién les guiará a la victoria (v. 11), se responde con una confesión de confianza en que con Dios los enemigos serán vencidos (vv. 12-14).
La segunda parte del título (v. 2) relaciona este salmo con las victorias de David (cfr 2 S 8,2.3.13; 1 Cro 18,2.3.12). Pero, como en los salmos anteriores, se trata de una acomodación superficial, pues la idea de fondo del salmo, es decir, la seguridad de la victoria cuando Dios acompaña a su pueblo, tiene sentido universal. San Pablo expresaba esos mismos sentimientos cuando afirmaba que si Dios está con nosotros podemos vencer todos los obstáculos (cfr Rm 8,31).
Sal 60,3-5
Aunque no se dice expresamente, parece suponerse un pecado del pueblo que habría suscitado la ira de Dios (v. 3). La acumulación de verbos con significado de desgracia, todos ellos teniendo como sujeto a Dios, resalta el carácter dramático de la prueba. Puede pensarse en la caída de Samaría el año 721 o en la de Jerusalén, el 587; en cualquier caso queda reflejada una derrota militar con graves consecuencias.
Sal 60,6-7
Paradójicamente el mismo Dios que ha causado la derrota ha dado una ocasión de salvarse —«una bandera»— a quienes le temen, a algunos «predilectos», proporcionándoles la posibilidad de huir y, en consecuencia, de elevar la súplica. También pueden entenderse estos versículos en el sentido de que Dios, tras una derrota, ha congregado de nuevo a su pueblo —«los que le temen»— y éste pide la respuesta divina antes de volver a atacar (v. 11).
Sal 60,8-10
El oráculo, quizás pronunciado por un sacerdote en el Templo, presenta al Dios de Israel como un rey guerrero y vencedor que conquista territorios y los distribuye como botín (v. 8), se reserva los que prefiere (v. 9) y somete a los que rodean su reino (v. 10). Los territorios mencionados hacen pensar en las conquistas de David, y el carácter arcaico de las expresiones supone alguna fuente antigua, como el Libro de las guerras del Señor (Nm 21,14). Pero la calificación de Judá como cetro presupone la profecía de Natán en 2 S 7,13-14. Además los versículos 7-14 se encuentran repetidos en Sal 108,7-14, por lo que puede pensarse en una pieza independiente de carácter oracular sobre la que se ha construido el salmo.
Sal 60,11
La «ciudad fortificada» pudiera ser Bosrá, capital de Edom (Idumea).
Sal 60,12-14
Puesto que la derrota se ha debido a Dios, con Él del lado del pueblo y acompañando al ejército está asegurada la victoria. De ahí el ánimo para seguir luchando: «No desmayéis, pues, aunque se haya dicho que os rodearán grandes peligros, porque no se extinguirá vuestro fervor, antes al contrario, venceréis todas las dificultades» (S. Juan Crisóstomo, Homiliae in Mattheum 46,2).
Salmos 61-64
Sal 51-60 contemplaban, desde distintos puntos de vista, la malicia humana: el pecado por el que se pide perdón (cfr Sal 51), la prepotencia de los fuertes (cfr Sal 52), la necedad de quien niega a Dios (cfr Sal 53), la alevosía de los enemigos del salmista (cfr 54-57), la iniquidad de los jueces (cfr Sal 58) y la saña de los pueblos enemigos de Israel (cfr Sal 59-60). Ahora viene un grupo en el que predomina el tema de la seguridad que se encuentra en Dios y en el Templo, en su fuerza, cuando aparece alguna desgracia o se vive bajo amenazas (Sal 61-64). Sal 61 refleja la desgracia de estar lejos del Templo.

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