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Salmo 61
La oración se introduce pidiendo a Dios que escuche (v. 2), luego se presenta la súplica (vv. 3-8), y finalmente la promesa de alabanza (v. 9). La súplica incluye primero la petición del salmista de ser conducido al Templo (v. 3); luego la motivación para que su deseo le sea concedido (v. 4), el anhelo de obtenerlo (v. 5) y la seguridad de que se realizará (v. 6); después se pide por el rey (vv. 7-8). El clamor a Dios (v. 2) y la promesa de alabar su nombre (v. 9) son el marco en que se desarrolla la oración.
Las expresiones de la oración por el rey —«de generación en generación», «por los siglos» (vv. 7-8)—, aun teniendo un carácter metafórico en el salmo (cfr Sal 45,18), apuntan a un reinado singular que el judaísmo antiguo proyectó sobre el reinado del Mesías. La fe cristiana las ve cumplidas en Jesucristo que, mediante su Ascensión a los Cielos, se sentó a la derecha de Dios Padre y su Reino no tendrá fin. Por eso, al rezar este salmo, el cristiano lo proyecta a estar con Cristo en la patria celestial.
Sal 61,2
El hombre que eleva a Dios su clamor en este salmo puede ser, como en Sal 42, alguien alejado de Jerusalén: «Desde el confín de la tierra» (v. 3), expresión que también puede hacer referencia al límite que supone la tumba, en cuyo caso el salmista clama a Dios estando al borde de la muerte.
Sal 61,3-6
El salmista es consciente de que él, por sí mismo, no puede alcanzar su deseo. Puesto que Dios es invocado con frecuencia como «roca de refugio» (Sal 31,3; 71,3; cfr también 18,3), la «roca inaccesible» puede ser Dios mismo, llamado a continuación «refugio», «torre inexpugnable» frente al enemigo que, en este caso, puede ser la muerte (vv. 3b-4). La seguridad que da Dios la encuentra el salmista en el Templo, donde el Señor está presente para protegerle; de ahí su ardiente deseo de permanecer siempre en él (v. 5; cfr Sal 17,8). La confianza de ser escuchado se apoya en experiencias anteriores y en pertenecer al pueblo elegido (v. 6). La «heredad» de los que temen el Nombre del Señor puede ser la tierra prometida en la que se desea habitar, o mejor aún, el gozar de la presencia y protección del Señor.
Sal 61,7-8.9
Los bienes mencionados en los vv. 4-6 se piden ahora para el rey; petición que, si bien algunos han considerado una inserción posterior en el salmo, tal como aparece puede significar que el salmista ve su suerte unida de algún modo a la del rey. Que éste tenga larga vida y que reine —«esté sentado»— en la presencia del Señor es como la garantía de que el salmista también la tendrá. De ahí la promesa de alabanza con la que concluye la oración (v. 9).
Atendiendo a la literalidad de las palabras del salmo, San Agustín lo leía como cumplido en la Iglesia, donde un solo hombre, Cristo, reza en todos los lugares de la tierra: «Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, si se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros» (Enarrationes in Psalmos 60,2-3).


Salmo 62
La roca a la que el orante anhelaba llegar en el salmo anterior (cfr Sal 61,3) viene descrita con más precisión en este salmo: es Dios y sólo Él (Sal 62,3.7). A Dios se le sigue considerando «alcázar» y «refugio» (vv. 3.8; cfr Sal 59,10-18), y los enemigos siguen caracterizados por su hipocresía (v. 5; cfr Sal 50,16-20; 52,4; 55,22). Continúa, por tanto, la oración de los salmos anteriores.
Comienza con la proclamación del salmista de que Dios es su refugio (vv. 2-3) ante el acoso de quienes quieren derribarle (vv. 4-5). Vuelve a proclamarlo con las mismas palabras (vv. 6-7), reafirmándolo para sí y para el pueblo (vv. 8-9). Como para ratificarlo se fija en la fragilidad del hombre (vv. 10-11) y en la fuerza de Dios (vv. 12-13). La oración está enmarcada entre la confesión personal de confianza en Dios (vv. 2-3) y la motivación para ello (vv. 12-13). La parte central, en la que se recoge la confesión personal de confianza en Dios (vv. 6-9) culmina con la exhortación al pueblo a tener la misma esperanza que el salmista.
El descanso que el salmista encuentra en Dios, el cristiano que reza este salmo lo encuentra al mismo tiempo en Jesucristo, pues así lo prometió Él mismo a quienes se acercan a Él y cargan con su yugo (cfr Mt 11,28-30).
Sal 62,2-3
La confesión personal hecha en estos versículos, y en vv. 6-7, destaca el carácter exclusivo que Dios tiene para el salmista y que le proporciona paz y seguridad interiores. En perspectiva cristiana esta confianza se acrecienta: «Las oleadas son numerosas y peligrosas las tempestades, pero no tememos el naufragio: estamos consolidados sobre la roca. Aunque el mar se enfurezca, no demolerá la roca. Aunque las olas se agiten, no podrán hundir la barca de Jesús. (…) Me importa poco cuanto el mundo considera como temible. Me río de sus bienes. Ni temo la pobreza, ni deseo la riqueza. Ni tengo miedo a la muerte, ni deseo seguir viviendo, si no es para aprovechamiento espiritual» (S. Juan Crisóstomo, Sermo antequam iret in exilium).
Sal 62,4-5
La razón para confiar en Dios es que, haciéndolo, no hay posibilidad de vacilar, a pesar de la debilidad personal en que se encuentre el hombre —«pared inclinada», «tapia ruinosa» (v. 4)—, y de la malicia de sus adversarios (v. 5).
Sal 62,8-9
Como Dios es refugio para el salmista, así puede serlo para todo el pueblo —«mi refugio» / «nuestro refugio»—.
Sal 62,10-11
Como argumento para buscar el refugio en Dios (vv. 8-9) el salmista recuerda una verdad alcanzada por la reflexión característica de los sabios de la época: el hombre comparado con Dios es nada (v. 10), y nada obtiene con sus malas acciones o con su poder y sus riquezas (v. 11; cfr Qo 2,16; 5,9). La convicción de encontrar la seguridad sólo en Dios y no en las riquezas es recogida en la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo cuando exhorta a sus discípulos a no amontonar tesoros en la tierra (cfr Mt 6,19), y les pone en evidencia que nadie puede servir a dos señores (cfr Mt 6,24).
Sal 62,12-13
Además de la experiencia se aduce el argumento de que lo ha dicho el mismo Dios en una especie de oráculo escuchado por el orante (v. 12), que le lleva a reconocer ante Él su misericordia y su justicia: Él retribuye a cada hombre (v. 13).


Salmo 63
Prosigue la oración del anterior. Allí se proclamaba que sólo Dios es salvación y refugio (cfr Sal 62,2-3; 6-7), aquí se anhela llegar a Él (Sal 63,2); allí se escuchaba al Señor (cfr Sal 62,12), aquí se le contempla (Sal 63,3); allí se proclamaba que Dios retribuye al hombre (cfr Sal 62,13), aquí se concreta cuál es la retribución para los hombres violentos (Sal 63,10-11) y para el rey y los suyos (Sal 63,12).
La oración comienza con el anhelo de Dios por parte del salmista (v. 2), recordando a continuación la experiencia que ha tenido de su presencia en el Templo (vv. 3-6), y exponiendo los sentimientos que le embargan durante la noche (vv. 7-9). En contraste, proclama el fracaso de sus enemigos y la alegría del rey por su triunfo sobre ellos (vv. 10-12). El deseo inicial (v. 2) desemboca en esperanza segura al final del salmo (v. 12), a través del recuerdo de su experiencia en el Templo (vv. 3-6) y sus sentimientos durante la noche (vv. 7-9).
En el título este salmo se atribuye a David errante por el desierto de Judá (cfr 1 S 22-24), y es posible que el último versículo sea un añadido en virtud del recuerdo de aquel rey. En cualquier caso, la confesión de que contemplar la bondad de Dios en el Templo vale más que la vida (v. 4), significa considerar la vida culminada cuando se ha contemplado tal bondad. Es la actitud del anciano Simeón cuando tras haber visto al Niño Jesús en el Templo exclama: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32).
Sal 63,2
La intensidad del deseo de Dios queda resaltada en su búsqueda desde el primer momento del día y con las metáforas de la sed (cfr Sal 42; 43).
Sal 63,3-6
El mismo deseo viene encendido por la experiencia anterior de encuentro con Dios en el Templo y por la comprensión del orante de que ese momento es el mayor bien posible, más que la misma vida (vv. 3-4). Este deseo se acrecienta en la oración y en la alabanza del Dios que se ha dado a conocer —«tu Nombre» (v. 5). «El alma que de verdad ama a Dios no puede querer estar satisfecha y contenta hasta que de veras posea a Dios. Todas las cosas que no son Dios, no sólo no la satisfacen, sino que le aumentan el deseo de verle tal cual Él es» (S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual 6,3).
Sal 63,7-9
En los momentos oscuros de dificultad —«en el lecho»—, la alegría y la fortaleza se encuentran en la unión con Dios.
Sal 63,10-12
El salmista manifiesta su convicción de que la unión con Dios va a darle la liberación de los males que le acechan, los enemigos. Ser «pasto de chacales» (v. 11) significa quedar insepultos, un mal aún peor que la misma muerte. La liberación que el salmista espera va unida al éxito del rey (v. 12; cfr Sal 61,7), al que se unen los que son fieles a Dios —«cuantos juran por Él»—, y ante el que enmudecen los ídolos —«embustes»—. Este salmo, como otros que describen la situación del justo perseguido, tiene su aplicación más clara en Jesús, el justo por excelencia. Sin embargo, Jesús no es sólo un ejemplo para nosotros, sino redentor. Por eso no es extraño que los sufrimientos del salmista se interpretaran, a la luz de las palabras de San Pablo: «Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col 1,24). Así se ven insertos en el misterio de la redención: «Cada uno de nosotros aportamos a esta especie de común república nuestra lo que debemos de acuerdo con nuestra capacidad, y en proporción a las fuerzas que poseemos, contribuimos con una especie de canon de sufrimientos. No habrá liquidación definitiva de todos los padecimientos hasta que haya llegado el fin del tiempo. No se os ocurra, por tanto, hermanos, pensar que todos aquellos justos que padecieron persecución de parte de los inicuos, incluso aquellos que vinieron enviados antes de la aparición del Señor, para anunciar su llegada, no pertenecieron a los miembros de Cristo. Es imposible que no pertenezca a los miembros de Cristo, quien pertenece a la ciudad que tiene a Cristo por rey» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 61,4).


Salmo 64
Las acciones y el fracaso de quienes pensaban perder la vida del salmista (cfr Sal 63,10) se describen ahora con más precisión llevando así adelante la oración de los salmos anteriores (Sal 64,2; cfr Sal 61,2; 63,2). Sal 64 muestra, en efecto, cómo Dios retribuye al hombre según sus obras (cfr 62,13): a los que disparan sus palabras como flechas (Sal 64,4), Dios les lanza una flecha (64,8).
Se inicia la súplica con la petición del auxilio divino (vv. 2-3). A continuación se describe la forma en que actúan los enemigos del salmista (vv. 4-7) y cómo Dios les hace fracasar (vv. 8-9). Concluye exponiendo cómo reaccionarán ante ello todos los hombres y, particularmente, los justos (vv. 10-11). Este salmo ofrece el esquema tipo de los salmos de súplica individual.
Las tramas contra el justo descritas en este poema las sufrió de modo extremo nuestro Señor Jesucristo, cuando las autoridades judías conspiraron contra Él para prenderlo con engaño y darle muerte (cfr Mt 26,3-5.14-16).
Sal 64,2-3
La acción de los enemigos es presentada ahora como una conspiración o amotinamiento a espaldas del salmista (cfr Sal 2,1), y no sólo como falsa acusación (cfr Sal 59,13).
Sal 64,4-7
Predomina la idea de «trampa» (v. 6), «plan urdido» (v. 7), «a escondidas» (v. 5). El texto del v. 7 es oscuro; puede entenderse en el sentido de que Dios escruta lo íntimo del hombre y lo profundo del corazón. Sobre la comparación de la lengua con la espada, cfr Sal 55,22; 57,5.
Sal 64,8-9
La acción de Dios puede referirse al pasado o al futuro; pero tal como aparece tiene más bien carácter atemporal: significa la forma de actuar Dios con los malvados.
Sal 64,10-11
Todos los hombres reconocerán que es Dios quien actúa. El salmista, como el justo, ha buscado refugio en el Señor (v. 11; cfr vv. 2-3). Como en tantos salmos, las palabras finales son un hálito de esperanza para los que permanecen fieles a Dios en la adversidad: «Ahora amamos en esperanza. Por esto, dice el salmo que el justo se alegra en el Señor. Y añade, enseguida, porque no posee aún la clara visión: y espera en él. Sin embargo, poseemos ya desde ahora las primicias del Espíritu, que son como un acercamiento a aquel a quien amamos, como una previa gustación, aunque tenue, de lo que más tarde hemos de comer y beber ávidamente. ¿Cuál es la explicación de que nos alegremos con el Señor, si Él está lejos? En realidad no está lejos. Tú eres el que hace que esté lejos. Ámalo, y se te acercará; ámalo, y habitará en ti. El Señor está cerca. Nada os preocupe» (S. Agustín, Sermones 21,3-4).
Salmos 65-68
Al grupo de salmos de súplica en los que se acentuaba la seguridad que el orante encuentra en el Señor (Sal 61-64) sigue ahora otro en el que se alaba al Señor con una perspectiva universalista (Sal 65-68). Es como si Dios hubiese escuchado y actuado.


Salmo 65
En Sal 64 se aseguraba un hecho venturoso: que todos los hombres «temerán» al ver las acciones de Dios (Sal 64,10). Ahora se insiste en lo mismo desde otra perspectiva: «Los habitantes… del orbe temen» al ver lo que Dios ha hecho con su pueblo (Sal 65,9). La oración adquiere de este modo una dimensión comunitaria: el orante se siente miembro del pueblo bendecido por Dios. La perspectiva universalista es similar a la de Is 49,1.6; 66,18-20, por lo que se piensa que se trata de un salmo postexílico.
Comienza la oración reconociendo ante el Dios de Israel que a Él se le debe alabanza (vv. 2-3), y se desarrolla después exponiéndole los motivos (vv. 4-14): primero, porque perdona y acoge en su Templo (vv. 4-5); después, porque con su poder ha salvado a su pueblo (vv. 6-9); finalmente, porque bendice la tierra prometida con la fertilidad (vv. 10-14).
La alabanza a Dios cantada en este salmo adquiere una dimensión nueva al hacerse oración del cristiano. Dios, en efecto ha elegido y acercado a Él, por medio de Jesucristo, a hombres de todos los confines de la tierra para hacerlos partícipes de su santidad (v. 5; cfr Ef 1,4), perdonando sus pecados (v. 4; cfr Ef 1,7). La acción salvadora y poderosa de Dios, que «amansa el fragor de los mares» (v. 8), quedó manifestada no sólo en los prodigios en favor de Israel a los que alude el salmo, sino también en los milagros realizados por Jesús en el Mar de Galilea (cfr Mt 8,26).
Sal 65,2-3
El texto no es muy claro. La versión griega de los Setenta, a la que sigue la Neovulgata, tradujo la primera parte del v. 2 como: «Oh Dios, a Ti se te debe un himno en Sión», y añadió «en Jerusalén» al final del versículo. En el texto hebreo encontramos: «A Ti el silencio, la alabanza». «Silencio» corresponde al mismo término hebreo que en Sal 62,2 traducíamos por «descanso». El sentido es que a Dios se debe el «descanso», la paz del pueblo, y, en consecuencia, la alabanza. También puede entenderse que, para Dios, el «silencio» o «descanso» de los servidores del Templo es ya alabanza, antes de que se rompa con los votos y súplicas de quienes acuden allí. «Toda carne», puede tener el significado de «todo hombre» en sentido universalista (cfr Is 2,2-4), o referirse a «todo el pueblo» como en Joel 3,1.
Sal 65,4-5
El primer don divino que el salmista reconoce es la misericordia y el perdón que Dios otorga en el Templo. Aunque en el original hebreo se expresa en primera persona —«sobre mí»— lo hace como miembro del pueblo. Los Setenta y otras versiones a las que seguimos cambian por «sobre nosotros». Rasgo de la misericordia divina es asimismo mostrar su presencia, su «santidad» en el Templo (v. 5).
Sal 65,6-9
Dios se ha manifestado y ha salvado a Israel, siendo de esa forma causa de esperanza para todos los pueblos, porque es Señor de todos ellos y de toda la tierra (vv. 7-8). Al reconocimiento de Dios al que llegarán todos los hombres por las señales —«prodigios»— que ha obrado con Israel, se une la creación entera, el sol y las estrellas, es decir, «la salida de la aurora y de la tarde» (v. 9).
Sal 65,10-12
Dios es presentado como un agricultor que tiene poder sobre la lluvia y la fecundidad de la tierra. Por eso cada año la cosecha es espléndida y las huellas del carro que la transporta refleja su abundancia (v. 12; cfr Is 66,15; 68,5.18). Él hace que todos los terrenos sean fecundos.
Sal 65,13-14
Utilizando unas bellas metáforas, el salmista ve a la naturaleza unirse a la voz del hombre para cantar la bondad de Dios (vv. 13-14; cfr Is 44,23; 49,13). Los vv. 10-14 pudieron ser en su origen un canto de recolección que ahora el salmista ha integrado en su canto de alabanza. Es fácil entender que las expresiones de este salmo sobre la fecundidad de la tierra como don de Dios sirvieran para admirar el don excelso que otorga el Señor a los cristianos en el Espíritu Santo y en la Eucaristía: «El manantial de Dios rebosa de agua, haces crecer los trigos. No hay duda de qué manantial se trata, pues dice el salmista: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor dice en los evangelios: El que beba del agua que yo le daré; de sus entrañas manarán torrentes de agua viva, que salta hasta la vida eterna. Y en otro lugar: El que cree en mí; como dice la Escritura, de sus entrañas manarán torrentes de agua viva. Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Así, pues, esta acequia está llena del agua de Dios. Pues, efectivamente, nos hallamos inundados por los dones del Espíritu Santo, y la corriente que rebosa del agua de Dios se derrama sobre nosotros desde aquella fuente de vida. También encontramos ya preparado nuestro alimento. ¿Y de qué alimento se trata? De aquel mediante el cual nos preparamos para la unión con Dios, ya que, mediante la comunión eucarística de su santo cuerpo, tendremos, más adelante, acceso a la unión con su cuerpo santo. Y es lo que el salmo que comentamos da a entender, cuando dice: Haces crecer los trigos; porque este alimento ahora nos salva y nos dispone además para la eternidad» (S. Hilario de Poitiers, Tractatus super Psalmos 64,14-15).


Salmo 66
La atención se centra ahora en la salvación del pueblo (vv. 5-12), ya aludida en la alabanza del salmo anterior (cfr Sal 65,6). También se proclama que Dios ha escuchado al salmista (vv. 16-19) dando así testimonio personal de lo que se profesaba en Sal 65,3: «Porque escuchas la plegaria». Continúa por tanto la oración de alabanza iniciada en Sal 64.
Se abre con una invitación dirigida a toda la tierra a proclamar el Nombre del Señor (vv. 1-4), y luego se cantan los motivos (vv. 5-12): hizo pasar a Israel a través de las aguas como signo de su poder sobre las naciones (vv. 5-7), y lo libró de los desastres de una derrota que había sufrido como prueba (vv. 8-12). Después viene la acción de gracias personal del salmista (vv. 13-20): promete cumplir sus votos (vv. 13-15) y da testimonio de que Dios le ha escuchado (vv. 16-20).
La invitación a la alabanza a Dios, que impregna todos estos salmos, es secundada por el cristiano al tener presente no sólo lo que Dios hizo por el antiguo pueblo de Israel, sino lo que ha hecho por su nuevo pueblo, la Iglesia. También a ésta la mantiene en pie a pesar de las pruebas que ha sufrido a lo largo de la historia. Cualquier cristiano, al recitar este salmo, puede sentirse elegido por Dios en Cristo para ser «alabanza de su gloria» (Ef 1,12.14).
Sal 66,1-4
La invitación inicial se dirige a toda la tierra, como señal de que Dios domina y envía sus beneficios sobre ella (cfr Sal 47,2), y está encuadrada en el «Nombre» de Dios (vv. 2.4), es decir, se trata del Dios que se ha dado a conocer a Israel (cfr Ex 3,14ss.).
Sal 66,5-7
El salmista invita a «ver las obras de Dios» porque éstas y sus efectos pueden ser contempladas en el Templo en cuanto que en él son celebradas. Se recuerda el paso del Mar Rojo (cfr Ex 14-15) y del Jordán (cfr Jos 3,7-17). También se puede descubrir, por tanto, el poder de Dios en la misma existencia del pueblo (v. 7). Algo parecido puede hacer cada hombre recordando los beneficios recibidos de Dios: «Cuando el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando endereza su mirada hacia el porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría» (Casiano, Collationes 9).
Sal 66,8-12
Todos los pueblos pueden reconocer al Dios de Israel, pues, a pesar de los reveses sufridos por el pueblo de Dios —la «prueba» puede aludir a las campañas asirias (cfr 2 R 18-19) o al destierro—, éste sigue subsistiendo en paz (cfr Is 40,1-2).
Sal 66,13-15
De proclamar la salvación del pueblo el salmista pasa a confesar la suya personal. Este paso ha hecho suponer que quien habla es el rey en nombre del pueblo; pero puede tratarse de la acción de gracias de un fiel que se ha visto salvado por Dios, unida ahora a la proclamación de la salvación del pueblo. Como es común en las acciones de gracias, se expresa primero el propósito de cumplir las promesas hechas a Dios (vv. 13-15).
Sal 66,16-20
A la promesa sigue el testimonio del beneficio recibido. El «venid, escuchad» del v. 16 se corresponde al «venid a ver» del v. 5. Subyace la reivindicación de la inocencia del salmista (v. 18) tal como sucede en los salmos en que aparecen los enemigos (cfr Sal 17; 59).


Salmo 67
Al recuerdo de las obras de Dios en favor de su pueblo en el pasado (cfr Sal 66,5-12), se suma ahora la petición de que siga actuando en el presente (Sal 67,2), para que de esa forma sea secundada la invitación a la alabanza divina dirigida a todos los pueblos (cfr Sal 66,2.8; 67,4.6). Así el mismo argumento de la invitación se hace objeto de súplica a Dios. El testimonio se completa con la oración.
El contenido del salmo se anuncia ya a modo de introducción en el v. 2; luego se desarrolla como una oración dirigida a Dios en la que se presentan la finalidad (vv. 3-4) y las motivaciones (vv. 5-6) de la petición. Termina con la proclamación, en los vv. 7-8, de que Dios ha escuchado. Un estribillo, repetido en los vv. 4 y 6, condensa el contenido de la oración.
El deseo y la petición de salvación universal expresados en este salmo encuentran su cumplimiento en el envío de los Apóstoles por parte de Jesucristo, mandándoles predicar la conversión a todas las naciones (cfr Lc 24,47), y en la implantación de la Iglesia en la que hombres de todos los pueblos se unen en la alabanza al Señor (cfr Hch 2,9-12.47).
Sal 67,2
El deseo se hace eco de las palabras de la bendición sobre los israelitas que encontramos en Nm 6,24-26. Se refiere a la fecundidad de la tierra (v. 2; cfr Gn 1,28) y a la protección frente a los enemigos (cfr Sal 4,7; 13,2).
Sal 67,3-4
La finalidad de la súplica no es tanto el bien de Israel, cuanto el reconocimiento de Dios y de sus designios salvíficos en toda la tierra, y el que todos los pueblos y toda la humanidad se unan en la alabanza a Dios cantada por Israel (v. 4).
Sal 67,5-6
Se pide que la salvación llegue a todas las naciones y que todas ellas se rijan según los planes divinos (v. 5), para que de esa forma se unan a la alabanza (v. 6).
Sal 67,7-8
Se reconoce que la fecundidad de la tierra prometida es efecto de la bendición divina, y se resume el contenido del salmo que ya se había expresado en el v. 2. Destaca la perspectiva universalista.
La alabanza de todos los pueblos a Dios se realiza en la Iglesia, cumpliéndose así lo anhelado en el salmo: «¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 47,7).
La liturgia de la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad de Santa María Madre de Dios, para expresar que a través de la Santísima Virgen hemos recibido la mayor de las bendiciones, Jesucristo, y que, con su intercesión maternal, continúa dándonos su bendición.


Salmo 68
Culminan aquí las alabanzas iniciadas en Sal 65, ya que en Sal 68 convergen los recuerdos de las hazañas del Señor en el pasado (cfr Sal 66,5-12), la contemplación de su presencia en el Templo (cfr Sal 65,2.5), y la consideración de su señorío sobre toda la tierra y todos los pueblos (Sal 65,9; 66,1; 67,3-6). La oración de alabanza encuentra un momento culminante en este salmo.
Es un canto complejo en el que no se aprecia una estructura clara. Comienza, a modo de introducción, proclamando el poder de Dios frente a sus enemigos (vv. 2-4); continúa cantando cómo se ha manifestado ese poder (cuerpo del salmo, vv. 5-32); y concluye invitando a reconocerlo en el Cielo y en el Templo (vv. 35-36). El recuerdo de la manifestación del poder divino se entremezcla con invitaciones a la alabanza (vv. 5.27.33) y con expresiones laudatorias dirigidas a Dios (vv. 10.11.19.25.29-31).
El cuerpo del salmo se inicia proclamando que el Dios de los Cielos está presente en el Templo desde donde protege al débil (vv. 5-7); es el Dios del Sinaí que guió a su pueblo por el desierto a la tierra prometida, dispersando pueblos enemigos (vv. 8-15); es el que quiso habitar en el monte Sión (vv. 16-19), desde donde cuida de su pueblo (vv. 20-24). Allí, en el Santuario, le aclaman las tribus de Israel (vv. 25-28), y desde allí hace fuerte a su pueblo y atrae a los reyes y naciones de la tierra (vv. 29-32). Este salmo pudo haber sido un canto procesional (vv. 25-28) que recogía piezas de tradición antigua similares a las citadas en Ex 15,1-21, Jc 5,1-31 y Ha 3,1-19, y que fue desarrollándose con el paso del tiempo.
La alabanza que el antiguo Israel dirigía a Dios en este salmo recordando su historia y contemplando el Templo de Jerusalén, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, la dirige a Jesucristo recordando su entrada en el Santuario del Cielo (cfr Hb 4,14-16; 7,26; 8,1; etc.). En Cristo, ascendido a los Cielos, tiene su culminación el señorío de Dios que, en otro tiempo, se manifestaba en el Templo de Jerusalén.
Sal 68,2-4
En las palabras del v. 2 resuena el grito de Moisés cuando los israelitas iniciaron su camino por el desierto con el Arca (cfr Nm 10,35). Como entonces, también ahora Dios actúa con eficacia y rapidez, destruyendo al impío y salvando —dando alegría— al justo (vv. 3-4).
Sal 68,5-7
Se invita a alabar al Dios del Sinaí y a rendirle homenaje —«aplanad el camino» (v. 5)—. El que «cabalga sobre las nubes» —título con resonancias cananeas que se aplica a veces al Dios de Israel (cfr Dt 33,26; Is 19,1; Sal 18,11; etc.)—, es el mismo Dios que reveló su nombre a Moisés y que está presente en el Templo protegiendo al débil —«padre de los huérfanos», «defensor de las viudas», etc.—, (v. 6). «La invocación de Dios como “Padre” es conocida en muchas religiones. La divinidad es con frecuencia considerada como “padre de los dioses y de los hombres”. En Israel, Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo (cfr Dt 32,6; Ml 2,10). Pues aún más, es Padre en razón de la Alianza y del don de la Ley a Israel, su “primogénito” (Ex 4,22). Es llamado también Padre del rey de Israel (cfr 2 S 7,14). Es muy especialmente “el Padre de los pobres”, del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa (cfr Sal 68,6)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 238).
Sal 68,8-15
Las alusiones a la manifestación de Dios en el Sinaí (v. 9), al caminar del pueblo por el desierto (v. 8) y a la conquista de la tierra (vv. 10-14) son bastante veladas y recogen temas y expresiones del libro del Éxodo y del de los Jueces (cfr Ex 15,1-21; Jc 5,16). La «paloma» con plata y oro (v. 14) significa al pueblo entrando en la tierra prometida (cfr Os 11,11) con riqueza y esplendor. El monte «Salmón» (v. 15), o monte umbrío, se refiere, al parecer, a una colina cerca de Siquem, en el centro de Samaría (cfr Jc 9,48-49).
Sal 68,16-19
Los frondosos bosques de Basán (Za 11,2; cfr Sal 22,13) pueden sentir celos del monte Sión (Jerusalén), porque en éste ha puesto su gloria —«el carro» (v. 18; cfr 2 R 6,17)— el Señor, llevando consigo, como un rey victorioso, prisioneros y gran tributo (v. 19). San Pablo en Ef 4,8-13 aplica el v. 19 a Jesucristo, pero cambiando ligeramente el texto: «Subiendo a lo alto llevó cautiva la cautividad y concedió dones a los hombres» (Ef 4,8). El Apóstol entiende que Cristo ascendió a los Cielos, desde donde dio el Espíritu Santo (cfr Hch 1,6-2,13). Siguiendo esta orientación el salmo fue leído en la tradición cristiana en sentido cristológico: «La pasión de Cristo ha fructificado en fuerza y en poder. Porque el Señor, habiendo subido a las alturas, por su pasión, ha llevado con él a los cautivos y ha dado todos los dones a los hombres: a los que creen en Él les ha dado poder de pisar con los pies las serpientes, los escorpiones y todo el poder del enemigo» (S. Ireneo, Adversus haereses 2,20,3).
Sal 68,20-24
Tras la proclamación de la presencia de Dios en el Templo se introduce la alabanza, con la reafirmación de la seguridad que el pueblo encuentra en su Dios frente a los enemigos.
Sal 68,25-28
Queda reflejada la forma procesional de una liturgia de alabanza, siendo quizás el v. 27 una antífona invitatoria dirigida a todo el pueblo —«fuente» equivaldría a «estirpe»— para que se una a la alabanza. La mención de la tribu de Benjamín como guía puede deberse a Saúl, perteneciente a aquella tribu y primer rey de Israel; la de Judá, a que con David se inicia la monarquía sucesoria (cfr 2 S 7,14); y la de Zabulón y Neftalí, a que éstos tomaron parte en la victoria de Débora (cfr Jc 4,6; 5,18).
Sal 68,29-32
El pueblo elegido recibe su fortaleza de Dios, presente en el Templo y reconocido por los reyes. El v. 31 se refiere a Egipto; se pide su castigo y se predice su sumisión al Dios de Israel (v. 32).
Sal 68,33-36
La oración concluye con una invitación a la alabanza al Dios de Israel dirigida a todos los reyes de la tierra, recogiendo de nuevo en los vv. 34-36, a modo de resumen, la proclamación del poder de Dios en los cielos, sobre las naciones, y en su Templo para su pueblo.
Salmos 69-72
Tras el grupo de salmos de alabanza que preceden (Sal 65-68), vienen tres de súplica en los que se acentúa la esperanza (Sal 69-72). Con ellos concluye la segunda parte del libro de los Salmos (cfr Sal 72,18-19).

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