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Salmo 69
La conexión de este salmo con el anterior puede estar en que se concreta para la situación del individuo lo que en Sal 68 se proclamaba para el pueblo (cfr Sal 68,20-21). De nuevo la oración se orienta a la vida personal del hombre, integrado en una comunidad de salvación (Sal 69,36; Sal 60-61) en la que también se dan sufrimientos y tensiones.
Comienza la súplica con un grito a Dios pidiendo salvación en una situación límite (v. 2), causada por algo humillante, quizá una enfermedad, y por el odio de los enemigos (vv. 3-5). A continuación el orante confiesa a Dios su culpa y, al mismo tiempo, su celo por Él, motivo de burla para los que le rodean (vv. 6-13), y eleva sus plegarias pidiendo auxilio (vv. 14-19). Luego manifiesta su dolor por las afrentas que recibe (vv. 20-22), y pide a Dios que sus enemigos reciban el castigo merecido (vv. 23-29) y él la salvación (v. 30). Después promete alabanzas al Señor (vv. 31-32) y exhorta a los humildes y al universo entero a la alabanza (vv. 33-35). Concluye con el anuncio de la reconstrucción de Jerusalén y Judá (vv. 36-37).
Nuestro Señor Jesucristo soportó de forma eminente los sufrimientos expresados en este salmo. Por eso, después de Sal 22, es el más citado en el Nuevo Testamento para mostrar que se ha cumplido en Jesucristo, y para exhortar a encontrar en su texto, como en toda la Escritura, el consuelo que ayuda a mantener viva la esperanza (cfr Rm 15,4).
Sal 69,2.3-5
La imagen del hombre a punto de ahogarse ya aparecía en Sal 40,3 (cfr Sal 88,7; Lm 3,53), y los síntomas de dolor en la garganta y los ojos (v. 4) en Sal 22,16; 6,7. Sobre la proclamación de inocencia del salmista y la descripción de los enemigos (v. 5) cfr Sal 17; 35,7.19. Jesucristo apeló a las palabras del v. 5 —«me odiaron sin motivo» (Jn 15,25; cfr Sal 35,19)— para describir la actitud de sus enemigos.
Sal 69,6-13
Aunque inocente frente a sus enemigos (v. 4), el salmista se reconoce, sin duda a causa de su desgracia, culpable ante Dios (vv. 6-7), y pide ante todo que los piadosos como él —«los que esperan en Ti» (v. 7)— no queden confundidos por los impíos que se burlan ante la piedad y penitencia de un hombre que sufre (vv. 8-13). La piedad del salmista se refleja en su amor al Templo, por lo que se convierte en blanco de los que desprecian el lugar santo y la presencia de Dios en él (v. 10). Las palabras del v. 10 —«el celo de tu Casa me devora»— las vieron cumplidas los discípulos de Jesús cuando éste manifestó su piedad hacia el Templo echando de él a los mercaderes (cfr Jn 2,17). «Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21,13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará” (Sal 69,10; Jn 2,16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cfr Hch 2,46; 3,1; 5,20.21; etc.)». (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 584).
San Pablo se apoya en las siguientes palabras del v. 10 —«las afrentas de los que te afrentan caen sobre mí»— para iluminar el sentido de los sufrimientos de Cristo que cargó sobre Él el peso de los pecados de los hombres, y para proponerlo como ejemplo a sus discípulos que «debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (Rm 15,1).
Sal 69,14-19
Para ser escuchado por Dios el orante apela primero a los atributos del Dios de la Alianza —«misericordia», «fidelidad», «compasión» (vv. 14.17; cfr Ex 34,6)—, y después a la situación de extrema angustia en la que se encuentra (vv. 15-16.18-19). Señala así el orden de las motivaciones que mueven a Dios.
Sal 69,20-22
También presenta a Dios el dolor que le producen las afrentas que recibe, la soledad en que se encuentra y las asechanzas que le tienden sus enemigos. Al narrar la pasión y la agonía de Jesucristo, los evangelistas recuerdan estos versículos: abandonado de todos en el huerto de los Olivos y sin hallar compasión de sus verdugos fue llevado al suplicio (v. 21; cfr Mt 26,40-41; Jn 16,32); y le dieron a beber vino mezclado con hiel y vinagre (v. 22; cfr Mt 27,34.48).
Sal 69,23-29.30
En cuanto a los enemigos, se pide que reciban lo que ellos hacen —ley del talión— (v. 29), y él la salud (v. 30). Sobre el «libro de los vivos»— expresión que no aparece así en ningún otro lugar del Antiguo Testamento— cfr Ex 32,32-33; Is 4,3; Jr 22,30; Ez 13,9; Dn 12,1: son pasajes en los que se habla del libro en el que Dios lleva cuenta de sus fieles. San Pablo cita las palabras de los vv. 23-24 viéndolas cumplidas en la suerte de los judíos que endurecieron su corazón y no aceptaron el Evangelio de la salvación por Jesucristo (cfr Rm 11,9-10). Y en los Hechos de los Apóstoles se ve cumplida la imprecación del v. 26 en la muerte de Judas Iscariote, cuando en su lugar eligieron a Matías (cfr Hch 1,16-20).
Sal 69,31-32
De nuevo encontramos que la alabanza a Dios de un corazón contrito es más valiosa que los sacrificios de animales (cfr Sal 51,18-19).
Sal 69,33-35
La instrucción sapiencial del v. 34 sirve de quicio para la alegría de los pobres (v. 33), y para la alabanza con dimensiones cósmicas (v. 35).
Sal 69,36-37
El cambio de perspectiva en estos versículos ha llevado a pensar que son una añadidura posterior a la composición originaria del salmo, como sucedía en 14,7; 51,20-21; 53,7. Con todo, y tal como aparecen, muestran una vez más que la súplica individual abarca también la salvación de la comunidad: compárense los vv. 36 y 2 en los que aparece el verbo «salvar».
Interpretado en sentido cristológico, este salmo «contiene una plegaria del Salvador, pronunciada en función de su humanidad, y recoge también las causas por las que fue conducido a la muerte en la cruz. Además, cuenta claramente sus sufrimientos, así como las desgracias que tenían que acaecerles a los judíos después de su Pasión. En cuanto a que el Señor ha presentado esta plegaria en función de su naturaleza humana, esto está indicado al final del salmo cuando dice: el Señor escucha a los necesitados, no desdeña a sus cautivos» (S. Atanasio, Expositiones in Psalmos 68).


Salmo 70
Se condensa la misma súplica contenida en el salmo anterior, si bien ahora destacando la urgencia. Los enemigos del salmista no sólo le persiguen y le hacen sufrir (cfr Sal 69,22.27), sino que quieren matarle, buscan su vida (Sal 70,3); mientras que los justos —los que buscan a Dios— no sólo son invitados a tener esperanza (cfr Sal 69,4) sino a proclamar la grandeza del Señor (Sal 70,5). La unidad temática y de vocabulario indican la unión de este salmo con el anterior y con el siguiente.
Comienza con un grito de socorro dirigido a Dios (v. 2), y continúa —cuerpo del salmo— con la expresión de lo que el salmista desea para sus enemigos (vv. 3-4), y para los que buscan a Dios (v. 5). Concluye pidiendo de nuevo urgentemente auxilio (v. 6). La súplica contenida en este salmo está incluida, en versión yahvista, en Sal 40,14-18.
El título pone esta súplica en relación con la ofrenda de flor de harina o «memoria» (cfr Lv 2,1-2). Quizá fuese usado con tal motivo en la liturgia israelita. En la Iglesia es un salmo propio del tiempo de Adviento por entender que el Señor, cuya venida se anhela, es Jesucristo.
Sal 70,2
La intensidad de la oración se manifiesta en la urgencia con la que se pide el auxilio divino (cfr v. 6). Por este motivo se ha convertido en invitatorio oficial en muchas celebraciones litúrgicas cristianas: «Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme».
Sal 70,3-4.5
Se desea que el griterío burlón de los enemigos del salmista, los que «buscan» darle muerte, se convierta en vergüenza para ellos (vv. 3-4), mientras que la confianza de los que «buscan» la salvación en Dios se convierta en ellos en grito de alabanza (v. 5). Supone la intervención divina.
Sal 70,6
La situación de debilidad y de desgracia aviva la oración. Así sucedió en la vida de nuestro Señor Jesucristo y sucede en la Iglesia: «Señor, te he llamado, ven deprisa. Esto lo podemos decir todos. No lo digo yo solo, lo dice el Cristo total. Pero se refiere, sobre todo, a su cuerpo personal; ya que, cuando se encontraba en este mundo, Cristo oró con su ser de carne, oró al Padre con su cuerpo, y, mientras oraba, gotas de sangre destilaban de todo su cuerpo. Así está escrito en el Evangelio: Jesús oraba con más insistencia, y sudaba como gotas de sangre. ¿Qué quiere decir el flujo de sangre de todo su cuerpo sino la pasión de los mártires de la Iglesia? Señor, te he llamado, ven deprisa; escucha mi voz cuando te llamo. Pensabas que ya estaba resuelta la cuestión de la plegaria con decir: Te he llamado. Has llamado, pero no te quedes ya tranquilo. Si se acaba la tribulación, se acaba la llamada; pero si, en cambio, la tribulación de la Iglesia y del cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los tiempos, no sólo has de decir: Te he llamado, ven deprisa, sino también: Escucha mi voz cuando te llamo» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 140,4).


Salmo 71
La oración de este salmo, transmitido sin título, queda unida a la del anterior (cfr Sal 70,2; 71,12), si bien ahora se eleva desde la situación concreta de un hombre anciano y sin fuerzas (Sal 71,1.13.18). Si en Sal 69 se acentuaba la confianza en Dios y en Sal 70 la urgencia en la petición, en Sal 71 sobresale la confesión de esperanza a pesar de la vejez del salmista.
Se inicia con la petición del auxilio de Dios en quien se ha puesto la confianza (vv. 1-4), y, tras apelar a que Él ha sido protector del salmista desde la niñez (vv. 5-8), éste suplica a Dios que no le abandone en la vejez ante los que atentan contra él (vv. 9-13), y confiesa su esperanza (v. 14). A continuación hace votos de dar testimonio (vv. 15-18), y proclama la justicia divina que ha experimentado a lo largo de su vida (vv. 19-21). Termina con la promesa de una alabanza cultual (vv. 22-24). La correspondencia entre la petición de no ser avergonzado (v. 1) y el haber quedado avergonzados sus enemigos (v. 24) tras haberlo pedido así (v. 13) da unidad a esta composición, en la que se encuentran, como en una antología, expresiones de otros salmos (para vv. 1-3, cfr Sal 31,2-4; para v. 12, cfr Sal 22,20; para v. 13, cfr Sal 35,4; 40,15).
Para el lector cristiano, Jesucristo es la salvación que se pide en este salmo. Dios se la mostró al anciano Simeón que, en su vejez, vio culminada su vida —«aumentado su honor» (v. 21)— al contemplar al Niño Jesús en el Templo (cfr Lc 2,25-35). También Dios mostró su salvación a Juan Bautista cuando estaba en el seno de su madre, Santa Isabel (cfr Lc 1,44). De esta forma el salmo se cumple en Jesús, cuyo nombre significa precisamente «el Señor salva».
Sal 71,1-4
La expresión «espero» (v. 1) se refiere al tiempo presente, pero supone el pasado, tal como traducen las versiones griega y latina: «esperé», en vez de «espero», señalando que el salmista ya puso su confianza en el Señor en su juventud (cfr v. 5). Su experiencia le dice que Dios ha decretado salvarle (v. 3). Muchas traducciones, sin embargo, corrigen este versículo siguiendo las antiguas versiones, y ponen «el alcázar firme de mi salvación» en vez de «has decretado salvarme», que sería la traducción literal del hebreo. De esta forma, el texto cuadraría mejor con el tono de la súplica.
Sal 71,5-8
El salmista reconoce que Dios le protegió al nacer (v. 6; cfr Sal 22,10-11), y que le ha protegido a lo largo de su vida; ésta puede ser presentada como un signo extraordinario —«prodigio»— de tal protección (v. 7).
Sal 71,9-13
La falta de fuerzas en la vejez significaría, para los enemigos del orante, que Dios le ha abandonado (vv. 10-11; cfr Sal 22,8-9). Es el argumento que se presenta para mover al Señor a actuar.
Sal 71,14
Es el punto central y culminante del salmo. El orante profesa su esperanza sin admitir dudas (v. 14). «Crezcamos en esperanza (…) que es suplicar al Señor que acreciente su caridad en nosotros, porque sólo se confía de veras en lo que se ama con todas las fuerzas. Y vale la pena amar al Señor» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 220).
Sal 71,15-18
La esperanza del salmista va unida a la firme convicción de que podrá dar testimonio de lo que el Señor va a hacer por él (vv. 15-16). El sentido exacto de estos versos es, con todo, dudoso: la expresión «aunque no sepa contarlas» (v. 15) parece ser añadidura de un copista para dar a la frase siguiente —«publicaré las hazañas…»— el significado de «me presentaré mostrando las acciones de Dios en mí», aunque no sea capaz de narrarlas o explicarlas como lo fue en otro tiempo (v. 17).
Sal 71,19-21
Apoyado en experiencias pasadas, el salmista canta la grandeza de Dios (v. 19), aun en medio de la tribulación y el riesgo de muerte (v. 20), y espera una intervención divina que le salve (v. 21).
Sal 71,22-24
Esa intervención le llevará a la alabanza cultual, con arpa y cítara, y a un convencimiento más profundo de la justicia de Dios (v. 24).


Salmo 72
En los tres salmos anteriores el salmista pedía para él el auxilio divino (Sal 69-71); ahora se pide para el rey y su reinado. Se cierra así la segunda parte del libro de los Salmos, con una mirada a toda la comunidad y a todas las naciones. En Sal 71 se apelaba a la justicia —salvación— de Dios (cfr Sal 71,2) y se la proclamaba (cfr Sal 71,15.19.24). Es la misma justicia que ahora se pide para el rey (Sal 72,1). Mediante ella Dios librará al pobre y desvalido (Sal 72,12-14; cfr Sal 69,3-4; 70,6; 71,9). La sucesión de estos salmos manifiesta la convicción de que Dios envía su auxilio a través de su ungido, el rey.
Comienza con la petición de que Dios conceda al rey su juicio y su justicia (v. 1), y sigue exponiendo los bienes que el salmista desea que acompañen el reinado (vv. 2-17): la equidad y la justicia dentro del pueblo (vv. 2-4); larga duración y amplitud geográfica (vv. 5-8); el reconocimiento del rey y la sumisión a él de todos los pueblos (vv. 9-11); la defensa del débil (vv. 12-14); larga y próspera vida del rey, abundancia en el país y fama eterna (vv. 15-17). Concluye con la solemne doxología que marca el final de la segunda parte del libro de los Salmos (vv. 18-19) y, al final, trae una curiosa anotación editorial (v. 20).
Aunque atribuido en el título a Salomón, esta composición puede responder a la ceremonia de entronización del rey en época posterior, quizás la de Isaías (s. VIII a.C.) o la de Josías (s. VII a.C.). Presenta un rey y un reinado ideales que la tradición judía atribuyó al Mesías. El cumplimiento de este salmo en Jesucristo subyace en la adoración de los Magos (vv. 10.15; cfr Mt 2,1-12), y en la universalidad de la salvación que Él trae como Rey Mesías. Por este motivo, la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad de la Epifanía del Señor.
Sal 72,1
«Juicio» y «justicia» son atributos relacionados con el poder salvador de Dios (cfr Sal 9,5.8; 19,10; etc.). El emplear «rey» e «hijo del rey», aunque son sinónimos, indica la legitimidad dinástica.
Sal 72,2-4
El rey participa del poder salvador de Dios, que viene de lo alto (v. 3; cfr Is 45,8; 55,12), cuando sale en defensa del pobre (vv. 3-4).
Sal 72,5-8
Un reinado así se desea que dure siempre, y es comparable a la lluvia que hace fructificar a la tierra. Pero ahora son frutos de justicia (v. 7; cfr Os 6,3). En vez de «dure» (v. 5), tal como traducen los Setenta, el texto hebreo dice «que te tema»; la corrección hecha en el texto griego sirve para que la frase tenga mejor sentido. La extensión que se desea al reino (v. 8) es la que responde a las promesas (cfr Za 9,10; Si 44,22): desde el Mar Rojo, hasta el Mediterráneo; y desde el Éufrates, hasta el confín de la tierra (cfr Gn 15,18).
Sal 72,9-11
Todos los pueblos han de servir a ese rey agraciado con la justicia de Dios, desde el extremo occidente —«Tarsis y las islas»— hasta la Arabia suroccidental —«Sebá y Sabá»— (cfr 1 R 10,13.22).
La tradición cristiana entendió estos versículos como profecía acerca de Jesús. «También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia. Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo» (S. León Magno, In Nativitate Domini 3).
Sal 72,12-14
El motivo del reconocimiento universal del rey mesías es que su acción liberadora llega a todos los oprimidos.
Sal 72,15-17
Estas aclamaciones sirven para cerrar la oración por el rey, deseando que se siga rezando por él (v. 15), que haya hartura de bienes en el país durante su reinado (v. 16) y que en su persona sean bendecidas todas las naciones (v. 17; cfr Gn 12,3).
Sal 72,18-19
Esta doxología final, más desarrollada que la de Sal 41,14, incluye la universalidad de la salvación (v. 19).
Sal 72,20
Aunque en el título este salmo se atribuye a Salomón, para el recopilador forma parte de una colección de «salmos de David» iniciada en Sal 51, distinta de la recogida en la primera parte del libro (Sal 3-41).
Libro III: Salmos 73-89
La parte tercera del libro de los Salmos incluye primero un grupo de once composiciones atribuidas a Asaf (Sal 73-83; cfr Sal 50). A éstas les sigue un nuevo grupo de salmos «de los hijos de Coré» (Sal 84-88) entre los que se intercala una plegaria de David (Sal 86). Termina con una oración, asignada a Etán, en la que se pide por el rey (Sal 89). En general, por tanto, reúne piezas atribuidas a cantores del Templo, entre los que puede considerarse a David.
Salmos 73-83
Sobre Asaf, cfr Introducción, § 5. Estos salmos de Asaf tienen la peculiaridad de fijarse, con más atención que otros, en las exigencias de la Alianza y en las consecuencias del pecado del pueblo.


Salmo 73
Es el primero de los del grupo de salmos de Asaf y guarda cierto paralelismo con Sal 1, con el que se inicia el salterio. Presenta de nuevo, a modo de introducción, la suerte del justo y del impío, invitando a seguir el ejemplo del salmista que, a pesar de todo, se decide por Dios. Es la verdadera sabiduría que va guiando constantemente al lector del libro de los Salmos (cfr Sal 37; 49).
El poema se inicia con la proclamación de la bondad de Dios hacia su pueblo y sus fieles (v. 1); luego narra la experiencia personal del orante (vv. 2-27), y concluye con el testimonio de que para él lo bueno es estar junto a Dios (v. 28). La experiencia que narra el salmista es que estuvo a punto de apartarse de Dios al sentir envidia hacia los impíos (vv. 2-3), cuyo éxito y mal comportamiento describe a continuación (vv. 4-12). Cuenta cómo se planteó el sentido de su propia rectitud (vv. 13-14), pero, no pudiendo actuar como aquéllos, profundizó en los designios divinos (vv. 15-17). Entonces comprendió el destino que espera a los impíos (vv. 18-20) y la insensatez de su envidia hacia ellos (vv. 21-22), pues a él le sostiene y le sostendrá siempre el Señor (vv. 23-26), mientras que quien se aleja de Él se perderá (v. 27).
Jesús declaró bienaventurados a los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (cfr Mt 5,8). Así se manifiesta la bondad de Dios hacia éstos, tal como es proclamada al inicio de este salmo. La esperanza del salmista en que Dios le acoja en su gloria (v. 24) y en estar con Él (vv. 25.28), adquiere todo su sentido en la bienaventuranza de Jesús de «ver a Dios»: «Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1723).
Sal 73,1
El verdadero Israel lo forman quienes buscan con sinceridad a Dios. El salmista se cuenta entre los «limpios de corazón» (cfr v. 13), es decir, entre quienes actúan con intención recta y temor del Señor (cfr Sal 24,4). Pero quiere dar a conocer el drama interior que sufre al ver la prosperidad de los impíos.
Sal 73,2-3
Al autor del poema le asalta la tentación de seguir los caminos de los impíos al ver su éxito (cfr Pr 3,31; Jb 21,7-13).
Sal 73,4-12
La prosperidad de los impíos (vv. 4-5) va unida al orgullo y a la violencia (v. 6), a su visión materialista de la vida (v. 7), a su capacidad de mentir, abusar y embaucar (vv. 8-10), y, sobre todo, a su desprecio a Dios (v. 11).
Sal 73,13-14
La realidad descrita en los versículos anteriores lleva a plantearse la pregunta de si vale la pena mantenerse fiel a Dios y a sus preceptos, cuando sucede que al justo le llegan constantemente desgracias (cfr Jb 7,18).
Sal 73,15-17
La pregunta se hace aún más dramática por la conciencia del salmista de pertenecer al pueblo de la Alianza —«la estirpe de tus hijos»— y saberse obligado por ella a mantenerse fiel al Señor (cfr v. 1). La luz sólo le viene de Dios (vv. 16-17). En el texto hebreo se lee los «santuarios» en plural y podría significar los misteriosos designios divinos; pero ya antiguas versiones como los Setenta, la Vulgata y la siríaca, y muchas modernas, entienden que se trata del Santuario en singular, es decir, del Templo. En cualquier caso es en la relación con Dios donde el orante encuentra respuesta a su inquietud.
Sal 73,18-20
La fugacidad de la prosperidad de los impíos se comprende desde la luz que viene de Dios.
Sal 73,21-22
A la luz de los designios divinos, el salmista se da cuenta de la irracionalidad de sus anteriores angustias. Había reaccionado sin pensar, como los animales. La Vulgata traducía «como un borrico» en lugar de «como las bestias» que dice literalmente el texto hebreo. Puesto que el texto del salmo sigue con unos versículos en los que el salmista manifiesta dejarse conducir por el Señor, puede verse aquí una invitación a la humildad y al servicio, como le gustaba sentir a San Josemaría, al considerar que un borrico fue el trono de Cristo en su entrada triunfal en Jerusalén: «No sé a vosotros; pero a mí no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como jumento: como un borriquito soy yo (…). Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen» (Es Cristo que pasa, nn. 181-182).
Sal 73,23-27
Reflexionando en presencia de Dios, se experimenta el gozo de estar con Él y de seguir sus caminos, y se siente la esperanza de que Él hará brillar su favor. La exclusividad que Dios tiene para el salmista queda reflejada en los vv. 25-26: a nadie más que a Él contempla en los cielos, y en nada sino en Él halla gusto en la tierra. Los sentimientos expresados en este salmo son similares a los que aparecen en boca de un levita en Sal 16.
Sal 73,28
«A las puertas de la hija de Sión», es una añadidura al texto hebreo que se encuentra en los Setenta y en la Neovulgata, enfatizando así el testimonio público del salmista.


Salmo 74
De los salmos de Asaf, éste es el primero en el que aparece la queja a Dios por la situación del pueblo (cfr Sal 77,9-10; 79,1-5; 80,5-7), y el que con mayor dramatismo describe la destrucción del Templo del año 587 a.C. De esta forma, la prueba a la que Dios sometió a su pueblo se hace motivo de oración, de modo parecido a como en el salmo anterior también se hacía oración la tentación sufrida por el salmista ante la prosperidad de los impíos.
La lamentación se inicia con una queja dirigida a Dios por haber rechazado a su pueblo (v. 1) y, enseguida, se le pide que se acuerde de él a causa de la destrucción del Templo (vv. 2-8) y por la situación en que ha quedado el pueblo (vv. 9-11). A pesar de todo se confiesa a Dios Rey y Salvador (v. 12). A continuación se cantan las grandes obras que realizó en la creación (vv. 13-17), y de nuevo se le pide que, viendo la afrenta infligida por los enemigos, salve a los suyos (vv. 18-23). Los once primeros versículos se encuadran en la queja de: «¿Por qué…?» (vv. 1.11), y todo el salmo corre al hilo de la petición a Dios de que «recuerde» (vv. 2.18.22-23). La confesión del v. 12 constituye el centro del salmo.
Aunque Sal 74 expresa el dolor y la prueba que supuso la destrucción del Templo de Jerusalén, su centro de atención es la reivindicación del honor de Dios, su «Nombre» (vv. 10.18.21). Esa reivindicación la llevará Dios a cabo de modo culminante en la resurrección de Jesucristo, nuevo y definitivo Templo de Dios (cfr Jn 2,19-21).
Sal 74,1
La lamentación se enfatiza, como en otros salmos, con una interrogación dirigida a Dios (vv. 1.10-11; cfr Sal 2,1; 10,1; etc.). En ella se da ya razón desde la fe de lo que ha sucedido: un castigo de Dios para su pueblo, tan grande —la destrucción del Templo—, que el salmista lo entiende enfáticamente como un rechazo «para siempre».
Sal 74,2-8
Ante la situación aludida en el v. 1, para mover a Dios se aducen la elección y la Alianza por un lado (v. 2), y la brutalidad de la acción profanadora de los enemigos, por otro (v. 3-8).
Sal 74,9-11
No hay perspectivas de la esperanza suscitada por los profetas en otros tiempos; sin embargo, está el hecho de que el Nombre de Dios es despreciado por el enemigo (v. 10), y esto constituye el mayor dolor para el salmista (v. 18).
Sal 74,12
El salmista proclama a Dios como Rey del pueblo y recuerda la protección recibida desde el principio.
Sal 74,13-17
La acción de Dios como rey poderoso está sobre cualquier fuerza del mal (vv. 13-14), le muestra benefactor (v. 15), señor de cielo y tierra (vv. 16-17), y contrasta con las acciones de los enemigos descritas en los vv. 4-8. Sobre «Leviatán» (v. 14), cfr nota a Jb 3,8.
Sal 74,18-23
En virtud de que Dios es más poderoso que sus enemigos, y de que ha sido ultrajado su Nombre (v. 18), se le pide que salve a su pueblo (v. 19). En el texto hebreo éste es comparado a una tórtola («no entregues a las fieras la vida de tu tórtola»), como en Os 7,11; 11,11, para resaltar su debilidad; la versión de los Setenta y la Neovulgata leen, corrigiendo ligeramente el texto, «la vida de los que te alaban». En cualquier caso, se trata del pueblo fiel a la Alianza, que sufre violencia por todas partes (v. 20) y espera salvación (v. 21). La causa del pueblo, pobre y humilde, se ha convertido en causa de Dios (vv. 22-23).
Los pobres del Señor (vv. 19.21; cfr So 2,3; Sal 22,27; 34,3; Is 49,13; 61,1; etc.), son «los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 716). Ellos son «la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Ésta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor “un pueblo bien dispuesto” (cfr Lc 1,17)» (ibidem).

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